Alfonso Aguiló, “Arranques llenos de suficiencia”, Hacer Familia nº 284, 1.X.2017

Desde 1618, Suecia se encontraba en guerra con Polonia dentro del creciente conflicto de la Guerra de los Treinta Años. El rey Gustavo II Adolfo deseaba mejorar la flota real sueca para lograr un mejor control sobre el mar Báltico. Había hecho una gran apuesta por el poderío naval, que ya le había permitido grandes victorias, como la conquista de Riga y Livonia en 1621.

En 1625 mandó construir cuatro grandes naves. Quería que fueran las más poderosas y mejor armadas que existieran. Una de ellas, el “Vasa” sería el símbolo del poderío naval del Imperio sueco. Una vez iniciada la construcción del buque, el rey quiso que se añadiera un nuevo puente de cañones, para que fuese una aún más temible máquina de guerra.

Ese añadido hizo que la nave fuera más alta de lo inicialmente previsto y que el centro de gravedad quedara más elevado de lo habitual. Poco antes de su botadura se hizo una prueba de estabilidad, que no fue muy satisfactoria, pero el monarca se impacientó con los retrasos, y nadie se atrevió a llevarle la contraria. Al observar que las ventanas de la fila inferior de cañones quedaban demasiado cerca del nivel del agua, el almirante Fleming decidió que solo se cargara la mitad del lastre previsto, con lo cual, quizá sin darse demasiada cuenta, hizo que el centro de gravedad quedara aún más elevado.

El buque desplazaba más de 1200 toneladas. Tenía un aspecto imponente, con su dotación de 64 cañones, 130 marineros y 300 soldados. Aunque no era el buque más grande de su época, era sin duda el más poderoso, y de hecho hasta casi dos siglos después no se construyó ninguno con semejante potencia de fuego.​ La decoración exterior era impresionante, con más de 700 esculturas de colores llamativos. La alta elevación de su popa permitía que los soldados pudieran disparar hacia abajo al efectuar abordajes de otros barcos, con una clara superioridad. El precio del navío superaba al 5% del producto nacional bruto del país.

El 10 de agosto de 1628 amaneció un hermoso domingo veraniego en Estocolmo. Toda la ciudad quería ver al grandioso buque iniciar su viaje para unirse a la armada real. Se desplegaron las velas y se efectuó la botadura. Cuando había recorrido menos de una milla, al pasar frente a la isla de Södermalm, se levantó una suave brisa. El navío se escoró un poco y el agua empezó a entrar por las ventanas de la línea inferior de cañones. La inundación de las bodegas produjo un hundimiento rapidísimo.

El viaje inaugural del gran buque que debía ser el orgullo naval sueco duró escasamente 13 minutos y dejó unos 50 muertos. Se hundió sin combate ni tempestades, por una simple ráfaga de viento en su propia bahía. De orgullo nacional, el Vasa pasó a ser sinónimo de decepción y de deshonra.

En 1961, después de pasar 333 años en el fondo de la bahía, el Vasa fue rescatado en un excelente estado de conservación y hoy puede contemplarse en el Vasamuseet, el museo más visitado de Escandinavia. Todo un ejemplo de cómo se puede hacer algo muy interesante a partir de lo que ha sido un vergonzoso fracaso, y una muestra también de cómo abordar con inteligencia las páginas más decepcionantes de la propia historia.

Muchos ven aquel museo como un recordatorio de la necedad de quienes, por soberbia y negligencia, atropellaron las buenas técnicas de construcción naval de la época. Algunos lo han llamado “el Titanic del siglo XVII”, un proyecto visionario del buque de guerra más poderoso del mundo, que quería provocar terror por su gran altura, por su puente extra de cañones nunca visto hasta la fecha, y por su fastuosa decoración exterior, pero cuya vida se redujo a unos pocos minutos y se hundió en la misma bahía donde fue botado.

La historia nos muestra que casi siempre acaban así los arranques llenos de suficiencia. La arrogancia, el engreimiento, los aires de grandeza, aunque estén fundamentados sobre cualidades y logros objetivos, con facilidad malogran el esfuerzo y las buenas dotes naturales. Hay muchas personas inteligentes que son víctimas de esa obcecación que les lleva a desoír los consejos, a actuar de modo autoritario, o a cegarse en su ridículo egocentrismo. A su alrededor suele haber demasiada adulación, demasiado servilismo, un ambiente en el que nadie les quiere contradecir: por miedo, o porque ya saben que no sirve para nada, o porque siempre hay otros culpables a mano.