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¿Acaso Dios busca fastidiar? PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Si el semblante de la virtud
pudiera verse,
enamoraría a todos.
Platón

 

¿Caminar sobre el agua?

Ha escrito un pensador español que quien, en aras de la libertad, pretendiera caminar sobre las aguas, solo conseguiría ahogarse. Y si esto sucede en el orden físico, algo parecido ocurre en el orden moral.

Es verdad que los efectos de transgredir las leyes morales no suelen ser tan patentes como ir en contra de las leyes físicas, pero no por eso las consecuencias son menos destructoras. Transgredir las leyes físicas —como, por ejemplo, al pretender caminar sobre las aguas— acarrea unas consecuencias fácilmente comprobables. Pero el hecho de que sean más fácilmente comprobables no implica que por eso sean más ciertas: simplemente, son más fáciles de percibir o de entender.

Es cierto que somos libres. Somos libres de tirarnos volando desde un tercer piso. Somos libres de intentar caminar por el agua. Pero eso no significa que sea lo más sensato, porque la naturaleza no nos ha dotado de alas ni de aletas.

Somos libres para caminar desnudos por el polo Norte, pero no es lo más aconsejable si la naturaleza no nos ha dado una protección térmica como la de la foca o el pingüino. Hacemos un uso sensato de la libertad solo en la medida en que asumimos libremente las leyes que rigen nuestra propia naturaleza.

Necesitamos de nuestra libertad, pero debemos contar siempre, además, con la realidad de nuestra naturaleza. Si no, podremos demostrar que somos muy libres, pero no habremos demostrado mucha sensatez.

—Pero no todo el mundo coincide en cuáles son las exigencias morales de la naturaleza del hombre.

Todo ser humano tiene un conocimiento íntimo, natural, de la ley moral, con los consiguientes deberes para con uno mismo, con los demás y con la propia naturaleza. Otra cuestión es que podamos engañarnos al percibirlo o al llevarlo a la práctica.

 

Cuestión de sensibilidad

—Pero de alguna manera deberíamos percibir que la transgresión de esa ley nos perjudica, ¿no?

Si en un coro hay uno que da una nota falsa, una persona que apenas entienda de música, o que tenga mal oído, no notará nada. Pero si el que escucha es alguien que sabe, se dará cuenta enseguida de que hay uno que está desafinando.

Algo parecido nos sucede cuando, por las razones que sea, nos falta sensibilidad moral: no notamos hasta qué punto nos perjudica una transgresión de la ley natural (con la diferencia de que ese error tiene mayor influencia en nosotros que el fallo de una nota musical).

Cuando alguien quebranta las leyes físicas (la ley de la gravedad, por ejemplo), pronto comprueba que el verdadero quebrantado es él mismo. Con la ley moral sucede algo parecido, aunque a veces tarde un poco más en descubrirse. Cuando el hombre transgrede las exigencias morales naturales se degrada, se aleja de su pleno desarrollo personal. Por eso, si nos esforzáramos más por conocer las verdaderas consecuencias de nuestros actos, cambiaría quizá bastante nuestra forma de actuar.

 

¿Aguafiestas de la vida?

Hay personas que creen —como afirma aquel dicho popular— que “todo lo que nos gusta, o está prohibido o engorda”. Piensan que la virtud, o la religión, son realidades que vienen a aguarles la fiesta de la vida. Las ven como una ingrata secuencia de restricciones, obligaciones y renuncias. Solo se fijan en el lado antipático que siempre presenta cualquier esfuerzo, y no advierten el lado atractivo de la virtud, su rostro amable, su efecto liberador.

“Solamente haciendo el bien se puede realmente ser feliz”, decía Aristóteles. Todo lo que Dios exige, nos lo exige precisamente porque es lo que más nos conviene.

Dios no ha señalado una serie de exigencias morales con el sencillo objeto de fastidiarnos. Sería un error asociar la voluntad de Dios, o el premio en el más allá, a una supuesta resignación a la infelicidad en esta tierra. Si la vida es un don de Dios, y la felicidad eterna es su destino, tiene razón Aristóteles cuando dice que la felicidad está unida a cumplir ese designio divino. La ética es una facilitación de la vida, no su constante entorpecimiento.

Vivir los mandatos de Dios tiene cierto parecido —aunque lejano— con seguir las instrucciones de mantenimiento de un vehículo. Esas instrucciones pueden prescribir algunas normas cuyo motivo no siempre el usuario entiende totalmente. Pero el fabricante, que conoce bien el funcionamiento, nos recomienda que, por nuestro bien, cumplamos esas normas, aunque no siempre las comprendamos enteramente. Si alguna cosa nos parece inútil es porque quizá ignoramos los daños que provocaría su incumplimiento.

—Pero ya que la fe es algo razonable, lo lógico sería que entendiéramos bien por qué conviene hacer las cosas.

Siguiendo con el ejemplo del vehículo, imagina una persona que quisiera utilizar durante años un automóvil sin cambiar el aceite, o sin reponer el líquido de frenos, porque dice no entender bien la necesidad de hacerlo con tanta frecuencia. Acabaría por gripar el motor por falta de lubricante, o se estrellaría por falta de líquido de frenos. Y no dejaría de correr esos riesgos por desconocerlos, o de no entenderlos bien del todo (o de no querer entenderlos).

Si desea entender bien las razones de lo que hace, lo más sensato entonces es que aprenda mecánica del automóvil. Si sabe poco de esa ciencia, seguir esas instrucciones del fabricante no supone actuar de modo poco razonable, sino actuar fiándose de alguien que le merece confianza. Cuando se actúa fiado en otro, también se aplica el entendimiento: uno entiende que lo que le dicen merece credibilidad, porque cree que la persona que se lo dice es digna de crédito.

 

Creer es propio de seres inteligentes

Creer es algo razonable. Nos pasamos la vida fiándonos de lo que alguien nos dice. Por la autoridad de otros aceptamos las creencias históricas, la mayoría de las geográficas y buena parte de las referidas a los asuntos de la vida cotidiana. Nos fiamos del manual de instrucciones del coche, y de multitud de cosas en la vida normal de cada día: de lo contrario, sería imposible vivir.

—Pero a muchos, las exigencias de la fe les parecen exageradas.

Hay realidades que exigen un cierto nivel de exigencia y de compromiso. Es fácil encontrar o inventar teorías agradables al oído, cálidamente permisivas, y que incluso adornen la vida de un cierto aire trascendente, pero no basta con eso para que sean verdaderas.

—Pero decías que hacer el bien no tiene por qué ser desagradable.

Lo principal no es buscar lo agradable ni lo desagradable, sino lo que es propio de nuestra naturaleza. O lo que quiere Dios de nosotros, que en definitiva es lo mismo. Y como Dios busca siempre nuestro bien, precisamente eso será lo mejor para nosotros. Y, a la larga, también lo más agradable.

Si llegamos con sed a una fuente en la que encontramos un cartel que dice “agua no potable”, esto puede producirnos una primera reacción de desagrado, pues tenemos sed y allí hay agua fresca. Pero saciar la sed con esa agua nos llevaría a una intoxicación, que ese cartel nos ahorra. Quien pone ese cartel no busca fastidiar, sino ayudar, prevenirnos ante un mal no siempre perceptible con evidencia. Y esa agua no nos hace daño por tener el cartel, sino que han puesto el cartel para que no nos haga daño.

La fe verdadera es exigente. Y exige una conversión verdadera, del corazón. El deber moral no puede considerarse como una cárcel de la que el hombre tenga que liberarse para poder hacer finalmente lo que le venga en gana. Las normas morales no son limitaciones arbitrarias impuestas a las personas, sino verdades liberadoras que llenan de luz su existencia y constituyen su propia dignidad.

 

Alfonso Aguiló

 

 

 
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