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Exposición del caso:
Juan tiene 15 años, y es el segundo de tres hermanos. La mayor es una chica, Paz, que tan sólo le lleva año y medio en edad. Aparentemente no se llevaban demasiado bien, pero la realidad era algo distinta de las apariencias. Desde hacía algunos años, parecía que uno de las diversiones favoritas de Juan, sobre todo cuando se aburría, era hacer rabiar a su hermana, con procedimientos que iban variando según la edad. Últimamente el "argumento" favorito de Juan era "meterse" con las chicas y el mundillo femenino, sobre todo con las amigas de Paz, lo que solía provocar que ésta se enfadase, y acabaran a insultos. Sin embargo, un examen más atento revelaba que había afecto entre los dos. Daba la impresión de que reivindicaban el monopolio del enfrentamiento, pues cuando intervenían terceras personas siempre se defendían mutuamente, sobre todo si el otro o la otra no estaban presentes. Quien más lo notaba era su madre, que a veces quedaba desconcertada de que a solas parecieran el perro y el gato, pero si intentaba intervenir hacían frente común. Además, se ayudaban bastante. Paz era más brillante en los estudios, y explicaba cosas a Juan; éste era más habilidoso, y le arreglaba cosas a su hermana —desde la bicicleta hasta algún aparato eléctrico—, a la vez que también le explicaba a manejar algún programa de ordenador y le enseñaba a "navegar" por internet.
Además, a veces hablaban bastante. Ambos tenían cualidades que el otro admiraba, y, pese al aparente desprecio, Juan tenía cierta curiosidad por conocer la mentalidad con que las chicas enfocaban las cosas. No parecía ser recíproca esa curiosidad, pues Paz parecía conocer las cosas mejor, aunque alguna vez también se interesaba por algo.
Juan era consciente de estar en la "edad del pavo". Pese a las protestas cuando se lo recordaba alguien de su familia, en el fondo le gustaba oírlo, aunque sólo fuera para llamar la atención y sentirse más mayor e independiente que antes. No podía decirse estrictamente que el "despertar sexual" le llegase con la adolescencia; ya antes había cierta curiosidad y cierto atractivo, espoleado en buena parte por un ambiente escolar bastante tosco al respecto. A sus doce años era frecuente, por ejemplo, que alguno que quería "dárselas de hombre" apareciera por el colegio con una revista pornográfica oculta, fingiendo una cierta resistencia a enseñarla a los demás cuando en realidad para eso la había llevado, y excitando así la curiosidad de los demás.
En su casa no parecía haber interés en enseñarle nada sobre estos temas. Aunque no pensaba en ello, intuía que el principal motivo era que había discrepancia entre sus padres. Su padre parecía tomárselo más a la ligera, pues cuando estaba sólo él presente era bastante menos estricto con la televisión que cuando también estaba su madre; también hablaba con más desenfado que ella, y alguna vez había oído cómo discrepaban en asuntos como las uniones no matrimoniales. Su padre pensaba que cada uno podía hacer lo que mejor le pareciera, mientras que a su madre eso le parecía "una barbaridad". De todas formas, a Juan le parecía que su madre no era del todo congruente con su visión, por lo aficionada que era a las llamadas "revistas de corazón". Había ojeado alguna a escondidas, sobre todo para fijarse en algún físico agraciado, pero a la vez albergaba un curioso desprecio por todo eso, que le parecía un mundo de cotilleo insustancial, y despreciaba a la mayoría de los personajes que allí aparecían. El desprecio se dirigía preferentemente a las mujeres, ya tenía la impresión de que eran idiotas que se dejaban engañar: "cuanto más guapas, más tontas", pensaba.
De todas formas, con la llegada de la adolescencia cambiaron algunas cosas. De visita en casa de un amigo conoció a su hermana de 13 años. Estaba bastante crecida, aunque su mentalidad seguía siendo la de una chiquilla con bastante más interés en jugar con sus amigas que en salir con ningún chico. Pero, aparte de parecerle guapa, notó en aquella chica una cierta simpatía discreta e ingenua, además de buen tono y buen gusto. La idealizó, y empezó a soñar con ella. No se daba mucha cuenta, pero había una curiosa dicotomía en su interior. Cuando pensaba en esa chica, caía en una especie de amor platónico, espiritualizado y romántico. Cuando algún estímulo, interior o exterior, apelaba al instinto sexual, cambiaba la actitud, que era egoísta y dominadora; pero aquí lo que aparecían eran imágenes sacadas de cualquier mirada malintencionada, nunca la de "ella".
La hermana de Juan, Paz, empezó a salir con un chico. Parecía tomárselo con ilusión. Más de una vez, al volver a casa después de estar juntos, a los diez minutos ya estaba llamándole por teléfono, y, como no paraba, sus padres tuvieron que intervenir para frenar lo que a su juicio iba a disparar la factura telefónica. Sin embargo, la ilusión pareció disminuir al cabo de unas semanas, y un día Paz llegó a casa visiblemente enfadada: había roto con el chico. Juan quiso enterarse de lo que había pasado, pero sus intentos fueron rechazados con brusquedad, aunque al final se le escapó a Paz, ya bastante alterada, algo así como que ya se lo había avisado una amiga suya, que "’eso buscan todos", y que "son asquerosos". Como primera reacción, Juan adoptó una reacción de indignación, más fingida que real. "¿Todos, eh? Pero vamos... con que ¡todos! ¡Es que no se salva ni uno! Claro, supongo que yo tampoco. ¡Venga, dime que soy asqueroso!". "Tú sabrás lo que eres", contestó Paz en tono cortante, y se metió en su habitación. Estaba claro que no quería discutir. Juan no le habría dado más importancia al incidente, salvo porque la oyó sollozar desde el pasillo. Entendió que ese chico sólo había querido aprovecharse de ella, divertirse a su costa. Luego pensó que él no era así: no trataría así a su soñado amor cuando saliera con ella. Además, pensó que tenía que disculparse; como era incierto lo que ocurriría si intentaba decir algo, escribió en un papelito "He estado borde. Perdona", y lo pasó por la ranura de la habitación de su hermana.
No hubo contestación explícita por parte de Paz, pero empezó a sentirse más unida a su hermano. A la vez, hubo alguna circunstancia que despertó cierta admiración de Juan por su hermana. Su madre sufrió un día una caída y se fracturó la muñeca. Paz tuvo que suplirla en bastantes cosas, y parecía crecerse con esas tareas. Mostraba una abnegación y un cuidado de los detalles que no se había visto anteriormente. Juan admiraba en ella una madurez que él no tenía, o que todavía no tenía. No mucho después, invitaron un día a toda la familia a una boda de un pariente. Cuando, antes de salir, apareció ella con su traje nuevo y arreglada, Juan quedó deslumbrado. Normalmente Paz era bastante descuidada, sobre todo con el uniforme del colegio, pero parecía haber ganado varios años de repente, y parecía una mujer auténtica y auténticamente guapa. Con él pasaba al revés. Su hermana lo llamó, y Juan soportó estoicamente que le pusiera bien la raya del pelo y el nudo de la corbata, mientras le decía que iba hecho un desastre. En el banquete de boda, Juan notaba cómo su hermana se desenvolvía mejor que él, y con más elegancia; de hecho, empezaba a sentirse algo incómodo: sus padres le habían llamado la atención más de una vez por zafiedad en la mesa, se veía algo tímido y retraído, sobre todo con chicas, lo que no coincidía con sus fantasías y le daba cierta rabia. Al final, miraba con envidia a su hermana en el baile, mientras se quedaba en una esquina. Pasado un buen rato, ella se le acercó, y con un tono de indignación fingida le dijo: "¿Qué? ¿No piensas sacarme?". Salió a bailar una pieza con su hermana, y por un momento se sentía el amo del universo, y desde luego orgulloso de Paz.
Pasaban las semanas. Un día Juan llegó algo alterado a casa, pero no quiso decir nada, a pesar de que parecía más abatido conforme pasaban los días. Al final, Paz le preguntó qué le pasaba. Juan tenía ganas de que llegase esta pregunta. A solas se lo contó. Habían descubierto en su clase que un compañero era homosexual: se le cayeron de su carpeta unas fotos procedentes de una revista poco recomendable, y cuando hurgaron en sus cosas apareció una entrada a un cine conocido por su particular clientela; total, que tuvo que reconocerlo. Las fotos le resultaban repelentes, y por eso se había unido a una parte considerable de su clase que reaccionó hostigando al chico. Pero la cosa iba en aumento, y Juan se desligó del grupo, porque le empezaba a hastiar lo que ya era manifiesta crueldad y le empezaba a dar pena el chico acosado. Quería hablar de esto con alguien sensato, pero descartó a sus amigos porque no se estaban portando bien; a su padre por pensar que reaccionaría de modo poco considerado; y a su madre porque haría un drama de algo que no era un problema suyo. Por eso sólo quedaba su hermana mayor. Tras el relato a su hermana, hubo un breve diálogo:
— Y además es que no lo entiendo. ¿Cómo le ha podido pasar una cosa así?
— No sé... —replicó Paz—. Bueno, entre las chicas a veces pasa. Se encariña una con una amiga, y si se descuidan se enamoran. Y son sensibleras, pero normales.
— No, no, no es eso. Eso es una, no todas. Quiero decir, también a uno le puede gustar otro, sobre todo si tiene cara de niño. Pero eso puede pasar con uno que tienes cerca, pero no llegar a eso de las revistas, o el cine; o sea, que no es en general. Eso, además, se pasa. Y lo de éste, no parece. ¿O se puede arreglar...?
— Vaya, si le ayudáis así, seguro que no. Pobrecillo...
— Bueno, a lo mejor no es tan pobrecillo. A lo mejor encuentra otro igual y son felices...
— No creo que se pueda ser feliz así. Si tienes un problema, no creo que seas feliz simplemente con hundirte en el problema. Y si tienes un complejo...
— A lo mejor el complejo se lo hemos creado nosotros...
— ¿Seguro?
— Bueno, ya era raro antes de que nadie se metiera con él. Pero tenía problemas en su casa, y pensábamos que era por eso.
— A lo mejor todo tiene que ver.
— Vale, ¿y cómo se le puede ayudar?
— Bueno, de entrada puedes decirle que todavía le queda un amigo en clase.
— ¿Y no me va a tomar por otro...?
— No. Dile claro que no. Que al revés, que si puedes hacer algo para ayudarle... A lo mejor puedes aconsejarle que hable con alguna persona sensata que le ayude a salir.
— ¿Y si no quiere salir?
— Eso ya es asunto suyo. Allá él. Tú has hecho lo que has podido.
Pero, a pesar de su intención, Juan no pudo llegar, pues el chico no tardó en dejar el colegio. Al cabo de varias semanas, otro episodio iba a alterarle. Sus padres le dijeron que les esperara a la salida del colegio, pues tenían que dejar unos papeles en la Secretaría. Juan los vio llegar y entrar. Paz se quedó mientras en el coche. Ella estudiaba en otro colegio. Al cabo de un rato, ella se cansó de esperar dentro del coche y salió fuera a estirar las piernas. Juan estaba con varios compañeros, que no conocían a su hermana. Cuando la vieron, saltó el comentario: "¡Jo, qué tía!" Y lo que siguió fueron comentarios obscenos, que subían progresivamente de tono: parecía que jugaban a ver quién decía la mayor burrada. Juan se desconcertó, no se atrevió a decirles quién era, y se descolgó de ellos, de forma que no le vieron subir al coche de sus padres cuando éstos acabaron las gestiones. Volvió silencioso y con cara de pocos amigos. A la pregunta de qué le pasaba, contestaba invariablemente en un tono cortante: "nada".
Juan se encerró en su habitación. Paz no se atrevía a intentar entrar, pero a veces pasaba junto a la puerta, como si esperara oír no se sabía qué. Poco antes de cenar, lo que pudo oír es que Juan estaba llorando. Juan no fue a cenar. Ya entrada la noche, Paz intentó entrar. Juan no dijo nada, pero la dejó pasar. Le llevó un yogur de fresa —sabía que era de lo que más gustaba—, e intentó preguntar algo: si tenía que ver con ella, si era por el episodio que le había contado anteriormente, si había reñido con los amigos o con alguien, si le había salido mal algún examen o algo, si le habían castigado, si había quedado en evidencia... La respuesta fue invariable: "no". "¿Entonces?". Hubo silencio por un momento. Por fin, Juan dijo algo: "Tenías razón. Ya sé lo que soy. Soy un asqueroso, como todos. Yo tengo otra manera de decirlo". "Oye, ¿te enfadaste por aquello...?". "Ya te he dicho que no tiene nada que ver contigo. Déjame en paz". Pero no la echó de su habitación. Por un momento permaneció silencioso, y entonces parecía que iba a volver a echarse a llorar; pudo contenerse unos segundos, pero acabó llorando. Paz estaba desconcertada, pero al cabo de un rato intuyó algo. Cambió a un tono más serio, y dijo: "Oye, vosotros que os gusta dároslas de hombres. Pues si tienes un problema, resuelve tu problema". "Vale, gracias". "Oye, va en serio". "¿Y tú qué sabes si se puede?" "Sí que puedes". Dicho esto, Paz salió.
Al cabo de unos días Juan cambió de cara. En un momento dado, hizo un leve gesto de asentimiento a Paz. Como el siguiente domingo fue a Misa y comulgó, su hermana dedujo que había ido a confesarse. Empezó a estudiar más. Por las llamadas que se recibían, al parecer había cambiado de amigos. Se iba disipando la actitud "pasota" que con frecuencia había tenido. Hablaba más y mejor. Parecía interesarse más por los demás. Estaba más contento.
Días después, la que volvía especialmente contenta a casa era Paz. Juan preguntó el motivo, y resulta que había empezado a salir con otro chico. "¿Pero éste está bien?". "¡Ay, sí! Éste es de verdad". "¡Anda ya...! Será asqueroso como todos". "¡Idiota!". "¡Eso! ¡Y asqueroso!". "¡Vete a...". Se acaloraron, y al reclamo de los gritos llegó su madre, alterada. "¿Ya estáis otra vez?". La réplica fue de Juan: "Anda, déjanos, que estamos hablando". "¿Ah, sí? ¿Y esos gritos?". "No es nada, mamá —contestó Paz—. Es eso, que estábamos hablando". Tras comprobar que era inútil insistir, la madre los dejó, con cara de no entender nada, y un poco enfadada porque, al ver la cara de desconcierto que había puesto, notó que sus dos hijos contenían la risa. Al final, ya calmados los ánimos, Paz se dirigió a su hermano: "No sé, a lo mejor yo también tenía un problema y no me daba cuenta".
No mucho tiempo después, Juan volvió del colegio con un aspecto lamentable: varios moratones, la camisa con algún roto y algún botón arrancado, sucio y sudado. Su madre, que le abrió la puerta, se alteró. "¿Qué ha pasado? Te has pegado con alguno...". "No me pasa nada". "Me vas a decir ahora qué ha pasado, o no sales de casa este fin de semana". "Nada. No me pasa nada". Al reclamo de las voces, apareció su padre. Lo examinó, y con un tono más serio dijo: "¿Por qué te has pegado?". Juan pareció vacilar un momento, pero al final contestó: "¡Es que con mi hermana no se mete nadie!". Su madre intentó replicar: "¿Pero estás tonto? ¿Cómo puedes...?". Pero en ese momento miró a su marido, y enseguida notó que éste miraba a su hijo con orgullo. Se dio cuenta de que no tenía nada que hacer, y se alejó, algo enfadada porque le parecía que en aquella casa todo el mundo iba contra ella.
Preguntas que se formulan:
— ¿Qué relación hay entre sexualidad y procreación? ¿Qué relación tienen con la persona y la personalidad? ¿Es algo meramente físico o fisiológico? ¿Cómo incide esta "seriedad" en la moralidad?
— ¿Hay algo malo en el placer sexual? ¿Qué razones encuentras para no satisfacer ese deseo cuando el cuerpo lo pide? ¿Qué juicio moral merece la pornografía?
— ¿Qué medios se pueden poner para guardar la castidad y para vivir un noviazgo limpio?
— ¿Es la homosexualidad simplemente una "tendencia" tan natural como la heterosexualidad? ¿Qué es en realidad? ¿Es algo que "se encuentra" o se adquiere? ¿Qué juicio moral merece?
— ¿Justifica la inclinación afectiva el ejercicio sexual? ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene la continencia sexual antes del matrimonio? ¿Qué relación tienen afectividad y sexualidad?
Bibliografía
Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2333, 2337-2340, 2343, 2346, 2354, 2358.
Comentario:
Catecismo Iglesia Católica n. 2337. La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer. La virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la integridad del don.
Catecismo Iglesia Católica n. 2338. La persona casta mantiene la integridad de las fuerzas de vida y amor depositadas en ella. Esta integridad asegura la unidad de la persona; se opone a todo comportamiento que pueda lesionar. No tolera ni la doble vida ni el doble lenguaje.
Si la sexualidad es importante es porque es algo más que una función fisiológica y reproductiva. No es pura sexualidad animal —aunque se asume—, sino humana: forma parte de la persona y de la personalidad. Podría decirse que en el hombre no hay simple "reproducción", sino más bien "procreación", en el sentido de que los padres al traer hijos al mundo colaboran con el amor creador de Dios. Y el hombre está hecho para querer, es feliz y se desarrolla plenamente cuando hay amor de verdad en su corazón. El amor es algo más profundo que el simple sentimiento, y se manifiesta en el don de sí: en la entrega, que es lo contrario del egoísmo. Integrar la sexualidad en la personalidad humana quiere decir vivirla en el amor y entrega que, en este aspecto, se orienta a la formación de una familia, y por tanto al matrimonio.
Si se desvincula de ese sentido humano, la sexualidad se queda en lo que tiene de animal, en un instinto que, de por sí, sólo busca su satisfacción. Eso en los animales cumple una función, pero en el ser humano lo animaliza, le hace centrarse en la satisfacción del propio instinto, y por tanto egoísta: mata el amor. Por eso "precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad" (Camino, 124). Se puede ver en el caso estudiado. En el aspecto negativo, el egoísmo se aprecia claramente en el primer chico que salía con la hermana de Juan, y era ese egoísmo manifiesto —"sólo buscaba aprovecharse"— lo que provoca la fuerte decepción de la chica. También se intuye el carácter falsario de ese chico: finge un aprecio que no tiene. La timidez se nota en el propio Juan, que, viviendo en un mundo imaginario centrado en sí mismo, no ha aprendido a desenvolverse con carácter en el mundo real, como se ve en la boda y en que en un primer momento no sepa hacer frente a sus amigos; y le da cierta rabia, porque no quiere ser así y sabe en el fondo que es falta de personalidad. La crueldad se pone de manifiesto en el comportamiento con el compañero al que descubren su homosexualidad: crueldad sin traza alguna de ayudar a quien lo necesita. Lo positivo se puede ver en el propio Juan cuando reacciona: se va haciendo más íntegro en todos los aspectos: trabajo, trato, etc.: en una palabra, madurez.
Catecismo Iglesia Católica n. 2339. La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado. "La dignidad del hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección constante y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados" (GS 17).
En el caso, el diálogo entre los dos hermanos en la habitación de Juan refleja esta afirmación. La esclavitud no es total, porque Juan sigue teniendo voluntad, pero es real, ya que está disminuida: por eso no se ve capaz de superar la situación. Necesita ayuda, y por una parte la quiere, aunque por otra parte se resista porque le humilla, o así le parece. En aquella tarde, lo que le apesadumbra es ver algo que en realidad venía de bastante atrás: la profunda insatisfacción que queda en lo más profundo de sí tras una vida de descuido, la baja estimación de sí mismo que tiene tras ver el deterioro que ha producido en su vida. "Parece como si el ‘espíritu’ se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito... Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar. —Para ti escribió San Pablo: ‘castigo mi cuerpo y lo esclavizo, no sea que, habiendo predicado a otros, venga yo a ser reprobado" (Surco, 841). Y el "cuerpo" no se refiere tan sólo a la sexualidad: el "pasotismo" y la tosquedad de formas a que se alude en el caso son manifestaciones de una vida en la que domina la apetencia corporal en general, ahogando valores humanos.
Por contraste, es apreciable la mejoría general de Juan cuando toma la decisión de cambiar y pone los medios para ello. El resultado es una vida más humana en todos los sentidos, una vida más alegre y una vida de la que puede sentirse satisfecho, aunque no deje de haber fallos.
Catecismo Iglesia Católica n. 2340. El que quiere permanecer fiel a las promesas de su bautismo y resistir las tentaciones debe poner los medios para ello: el conocimiento de sí, la práctica de una ascesis adaptada a las situaciones encontradas, la obediencia a los mandamientos divinos, la práctica de las virtudes morales y la fidelidad a la oración. "La castidad nos recompone; nos devuelve a la unidad que habíamos perdido dispersándonos" (S. Agustín, conf. 10, 29; 40).
En el combate por la castidad se puede vencer, aunque el primer requisito es proponérselo decididamente, ya que ser posible no quiere decir que sea fácil, sobre todo si el comportamiento anterior no ha sido muy bueno. Por eso el consejo de la hermana de Juan es acertado: si hay un problema, lo propio de un hombre —o de un hombre con un mínimo de fortaleza— es encararlo y ver cómo se soluciona, y no, en cambio, actitudes como la desesperanza, el dejarlo para más adelante, o el huir no queriendo pensar en ello. Hay que contar también con el tiempo: tiempo ha costado adquirir un vicio, tiempo debe costar recuperar la virtud.
Por lo demás, este punto del Catecismo de la Iglesia Católica enumera someramente los medios. También se encuentra una breve enumeración en Camino: "Todos sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes, frecuentando los Sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera" (n. 124). Hay que notar, en primer lugar, que se incluyen los medios sobrenaturales. En el Catecismo se menciona la oración, en Camino los sacramentos. Podríamos añadir, como una baza muy importante, la devoción a la Virgen. Son necesarios, ya que nuestra naturaleza caída necesita de la gracia de Dios para sanar sus heridas y elevarse. De todas formas, hay que poner además medios humanos. Los que enumera aquí el Catecismo se podrían resumir en dos grupos. El primero es lo que designa por "ascesis", que incluye un esfuerzo sostenido por vivir la reciedumbre, combatir la pereza, trabajar seriamente, ocupar bien el tiempo, y huir con decisión de las ocasiones de pecado —o sea, vivir en este aspecto la prudencia—. Al segundo grupo podríamos denominarlo "formación"; en el Catecismo se menciona uno de sus principales frutos: el conocimiento de sí mismo. Pero hay algún aspecto más, como la ayuda práctica y estimulante para emprender una vida espiritualmente sana. Aquí la dirección espiritual juega un importante papel. Y en el caso se ve cómo Juan pone los medios seriamente, y cómo empieza a dar frutos. Acude a los sacramentos —Penitencia y Eucaristía—, se notan los resultados de una verdadera lucha ascética —en la laboriosidad y diligencia—, y toma decisiones prudentes, en este caso una que puede ser heroica pero que en ocasiones puede ser necesaria: cambiar de amistades.
La cita de San Agustín recogida en ese punto del Catecismo de la Iglesia Católica se ilustra también en este caso. Posiblemente el aspecto más positivo de Juan era que, a pesar de las formas, tenía buen corazón, y eso era algo que en el fondo apreciaba mucho. Parece que lo que le acaba abriendo los ojos es darse cuenta que una vida sin castidad marchitaba el buen corazón, y comprobar el deterioro que se estaba produciendo en el suyo. También se da cuenta de la ruptura entre el corazón y el instinto (o la pasión). Según prevalezca en un determinado momento una cosa u otra, Juan es distinto. Se podría decir que, según el momento y el ambiente, en cierto modo hay dos Juan. Esa ruptura de la personalidad es lo que había perdido por dispersarse, y la que había que recomponer.
Catecismo Iglesia Católica n. 2343. La castidad tiene unas leyes de crecimiento; éste pasa por grados marcados por la imperfección y, muy a menudo, por el pecado. "Pero el hombre, llamado a vivir responsablemente el designio sabio y amoroso de Dios, es un ser histórico que se construye día a día con sus opciones numerosas y libres; por esto él conoce, ama y realiza el bien moral según las diversas etapas de crecimiento" (FC 34).
Esta afirmación se pone claramente en evidencia en el caso estudiado. Juan está en plena adolescencia. Es una etapa en la que se da un despertar de la sexualidad, pero de una forma aún inmadura. Falta sobre todo integrar armónicamente todos los aspectos indicados. De ahí que se encuentren paralelamente —sin unidad— una tendencia al "amor platónico", idealizado e irreal, y una pura atracción física "deshumanizada". Podríamos decir que por un lado hay un "espíritu con poco cuerpo", y por otro distinto "cuerpos con poco espíritu". Esto no es sólo culpa de Juan, sino lo característico de una edad y una etapa de crecimiento, y consecuencia del desorden que ha dejado el pecado original en nuestras pasiones (concupiscencia). Ahora bien, esta inmadurez no puede presentarse como excusa que justifique pecados. Cada edad tiene sus características y sus luchas, como también tiene aspectos distintos la lucha de un soltero y de un casado, pero ambos tienen que luchar, y ambos pueden vencer si ponen los medios adecuados. Además, es importante tener en cuenta la importancia de la adolescencia, pues es la edad en la que más se configura la personalidad, lo que incluye su vertiente sexual. No se trata de que más tarde no se pueda recuperar lo perdido, pero sí de que encarrilar bien la personalidad en la adolescencia facilita mucho la madurez y la lucha en etapas posteriores de la vida.
La alusión al pecado que hace el Catecismo de la Iglesia Católica no significa que haya caídas inevitables. Lo que sí quiere decir es que, sobre todo en la etapa adolescente, suele haber bastante insensatez e inconsciencia, de forma que puede no valorarse suficientemente las cosas hasta que se comprueban las consecuencias de su descuido. Como sucedió con Adán y Eva, el pecado con frecuencia abre los ojos (aunque en este caso el pecado no se refiere a la castidad). Hay que evitar el pecado. Pero una vez cometido, ya no se puede evitar; lo que sí se puede —además de arrepentirse y confesarse— es aprender y escarmentar. Hay que evitar el mal, pero no se debe perder de vista que se puede sacar bien del mal. Un requisito es imprescindible para ello: la humildad. Hay que distinguir bien el desaliento y el enfado con uno mismo, de la auténtica contrición. Aquél procede del orgullo —del orgullo herido—, ésta de la humildad; aquél es estéril, ésta es fecunda. En un primer momento, la reacción de Juan es de orgullo, aunque ni él se dé cuenta. Pero la primera reacción no suele ser la más interesante. Lo importante es que se abre paso una reacción más noble, y acaba dando sus frutos. La humildad lleva a reconocernos pecadores y a ser conscientes de que, si no somos peores, es por la gracia de Dios que nos sostiene. Y así, "la santa pureza la da Dios cuando se pide con humildad" (Camino, 118).
Catecismo Iglesia Católica n. 2346. La caridad es la forma de todas las virtudes. Bajo su influencia, la castidad aparece como una escuela de donación de la persona. El dominio de sí está ordenado al don de sí mismo. La castidad conduce al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y de la ternura de Dios.
Todas las virtudes se ordenan a la caridad, pero en el caso de la castidad se puede apreciar quizás con más claridad que en otros casos. Si no se vive, la afectividad, que bien entendida está en la base de cosas tan nobles como la amistad, acaba reducida a instinto, y se marchita la capacidad de querer y de ser fiel al auténtico amor. Por eso, bien sea para seguir una vocación al matrimonio o bien para seguir una vocación al celibato, la castidad es siempre una preparación necesaria para ello.
"¡Qué hermosa es la santa pureza! Pero no es santa, ni agradable a Dios, si la separamos de la caridad. La caridad es la semilla que crecerá y dará frutos sabrosísimos con el riego, que es la pureza. Sin caridad, la pureza es infecunda, y sus aguas estériles convierten las almas en un lodazal, en una charca inmunda, de donde salen vaharadas de soberbia" (Camino, 119). Esto se pone de relieve en varios aspectos del caso, pero quizás de manera particular en uno que puede pasar inadvertido: es el "problema" que tenía la hermana de Juan. Ha sufrido un desengaño, y, sin darse demasiada cuenta de ello, su reacción había sido replegarse en sí misma y despreciar lo que antes la había ilusionado. Adopta una postura orgullosa que se parece a la del fariseo de la parábola del fariseo y el publicano, sobre todo en su juicio sobre el prójimo: "todos" son igualmente perversos. Hay aquí también orgullo herido, aunque sea distinto del de Juan. Por fortuna, lo acaba superando. No se trata, por supuesto, que haya una necesidad de buscar novio/a con 16 ó 17 años; se trata de que había una actitud soberbia que debía rectificarse.
Catecismo Iglesia Católica n. 2354. La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, puesto que queda fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico.
Se transcribe este punto como ejemplo de pecado contra la castidad. Se elige éste por ser el que aparece en el caso. Hay, por supuesto, bastantes más —y algunos peores—, pero la causa de que constituyan un pecado es bastante parecida en todos los casos. Es un buen ejemplo del género de pecados contra la castidad, la lujuria, pues muestra claramente que se busca únicamente un placer desnaturalizado y egoísta, con total desprecio de la persona y de su valor. En el caso se pone de manifiesto que las personas pasan a ser consideradas sólo como objetos. De hecho, sobre la pornografía se acuñaron hace algunos años unos términos bastante expresivos: "mujer-objeto", "mujeres de papel", etc. Y quien se acostumbra a la pornografía también se acostumbra a mirar con la misma mentalidad a las personas, ya no "de papel" sino de carne y hueso, como sucede en el caso con la hermana de Juan. Si Juan no se había dado cuenta del todo es porque, como señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica, estaba metido "en la ilusión de un mundo ficticio", pero abre los ojos a la realidad cuando aquello afecta a un ser querido, su hermana. Todo esto pone de manifiesto un serio deterioro en quienes caen en este pecado, que dificulta seriamente no sólo el querer, sino incluso la capacidad de relacionarse con los demás como personas. La timidez que muestra el protagonista del caso no es ajena a esto. El caso pone así en evidencia que "hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia" (Camino, 121).
A la vez, este ejemplo muestra la gravedad que tienen los pecados de lujuria cuando se consienten deliberadamente. Precisamente por constituir la sexualidad un componente importante de la persona y la personalidad, lo que la degrada es un grave daño a la persona —en todo caso, a la persona del pecador— y a la personalidad. Dicho de otra manera, la gravedad del pecado no proviene de un cierto desprecio de lo sexual, sino más bien al contrario: de su aprecio. Si en otras épocas quizás se pudo tratar despectivamente a la sexualidad, el principal error al respecto en nuestros días consiste en trivializarla, quitándole su auténtico valor, que en el cristianismo se refuerza por ser el cuerpo humano templo del Espíritu Santo. "¡Si supieras lo que vales!...— Es San Pablo quien te lo dice: has sido comprado ‘pretio magno’ –a gran precio. Y luego te dice: ‘glorificate et portate Deum in corpore vestro’ –glorifica a Dios y llévale en tu cuerpo" (Camino, 135).
Catecismo Iglesia Católica n. 2333. Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual. La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.
El aprecio al que se ha aludido debe por tanto tenerse con las personas del sexo contrario. No facilita vivir la castidad un cierto desprecio de las mujeres por parte de los hombres, o viceversa, como tampoco facilita vivir el celibato un desprecio del matrimonio. Más bien al contrario, esas actitudes acercan a la postura de ver a la persona atractiva como un puro objeto, y en ese sentido constituyen un obstáculo.
En el caso estudiado, a Juan le viene muy bien reconocer y apreciar las cualidades de su hermana. "La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su amor por lo concreto, su agudeza de ingenio, su capacidad de intuición, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad" (Conversaciones, n. 87). Cuando las circunstancias demandan a la hermana de Juan crecerse dejando de ser una chiquilla para convertirse en una mujer, y responde bien, él se queda deslumbrado, y sin ser muy consciente de ello empieza a ver la feminidad de un modo más completo que antes, y a valorarla. Le sirve a él también para crecerse, pues por contraste se empieza a dar cuenta de carencias en su personalidad; o, dicho de otro modo, se da más cuenta de que tiene que hacerse un hombre y se conforma a menudo con ser un crío, al igual que alguno de sus amigos, que quieren dárselas precisamente de aquello que no son. También se aprecia que ese reconocimiento contribuye a la armonía familiar.
Catecismo Iglesia Católica n. 2358. Un número apreciable de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente radicadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una verdadera prueba. Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición.
La sexualidad tiene sus trastornos. Por afectar a la personalidad, algunos no son un puro trastorno fisiológico, sino un verdadero trastorno de personalidad. La homosexualidad es quizás el más frecuente. Sus causas son diversas y en parte poco conocidas. Lo más habitual es la confluencia de algunos rasgos que la propician, y unas circunstancias, internas y externas, que la motivan más inmediatamente. Es un asunto que no se resuelve simplemente con la respuesta a la pregunta sobre si "se nace" o "se hace". En el caso se intuyen algunas circunstancias que han podido contribuir: algunos problemas de carácter, y algunos problemas familiares.
Da la impresión de que ha sido poco habitual situar este asunto en sus justos términos. Muchas veces se ha considerado como una degeneración execrable y culpable. Hoy en día muchos lo ven como una "sexualidad alternativa", tan normal como la heterosexualidad, sólo que distinta. No es ni lo uno ni lo otro. A veces se puede caer en la homosexualidad por una vida degradada, pero muchas otras veces no hay culpa personal. Y no es una "normalidad distinta", sino una anormalidad. Es falsa la visión de que la moral cristiana les impide alcanzar la felicidad de una vida sexual normal y satisfactoria con su pareja. Las prácticas homosexuales son gravemente desordenadas. Pero además hay que pensar que no se accede a la felicidad a través de la inmoralidad. Las normas morales no son arbitrarias: responden a la verdad del hombre. Y, en este terreno, la verdad es que la satisfacción —en sentido más profundo, no sólo el placer efímero—, y la felicidad, no pueden llegar a través de las relaciones homosexuales. Y la realidad, propagandas aparte, así lo confirma. Pensar otra cosa sería algo parecido a pensar que uno puede andar tranquila y agradablemente con dos zapatos del mismo pie.
No precisa mucho comentario el comportamiento de los compañeros que aparece en el caso: exactamente lo contrario de lo que señala este punto del Catecismo de la Iglesia Católica. Y eso cuando quizás se podía ayudar de verdad. Porque la adolescencia es el periodo donde más de configura la personalidad, también en la vertiente sexual, y por tanto puede ser el momento en el que se puede superar ese posible trastorno, o dejar que arraigue definitivamente. La ayuda que hace falta supera las posibilidades de Juan, porque se precisa una asistencia más cualificada, pero su papel puede ser decisivo en cuanto a animar al afectado a buscar esa ayuda. Lo que, por el contrario, sería muy dañino, es aconsejar —como hacen algunos— que asuma su condición de homosexual como algo definitivo y normal, y "desarrolle" su sexualidad en ese sentido. Las inclinaciones homosexuales son objetivamente desordenadas, y en consecuencia es inmoral realizarlas, pero eso no quita que el homosexual como persona merece todo respeto. Nunca debe olvidarse eso: que un ser humano no puede ser caracterizado sólo como "homosexual"; es, ante todo, una persona.
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