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Benedicto XVI, Jornada Mundial de la Juventud, Colonia, 18-21.VIII.05 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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VIAJE APOSTÓLICO A COLONIA CON MOTIVO DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD
FIESTA DE ACOGIDA DE LOS JÓVENES
EN EL EMBARCADERO DEL POLLER RHEINWIESEN, COLONIA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jueves 18 de agosto de 2005

Queridos jóvenes:

Es una dicha encontrarme con vosotros aquí, en Colonia, a orillas del Rhin. Habéis venido desde varias partes de Alemania, de Europa, del mundo, haciéndoos peregrinos tras los Magos de Oriente. Siguiendo sus huellas, queréis descubrir a Jesús. Habéis aceptado emprender el camino para llegar también vosotros a contemplar, personal y comunitariamente, el rostro de Dios manifestado en el niño acostado en el pesebre. Como vosotros, también yo me he puesto en camino para, con vosotros, arrodillarme ante la blanca Hostia consagrada, en la que los ojos de la fe reconocen la presencia real del Salvador del mundo. Todos juntos seguiremos meditando sobre el tema de esta Jornada Mundial del Juventud: «Venimos a adorarlo» (Mt 2,2).

Os saludo y os recibo con inmensa alegría, queridos jóvenes, tanto si venís de cerca como de lejos, caminando por las sendas del mundo y los derroteros de vuestra vida. Saludo particularmente a los que han venido de Oriente, como los Magos. Representáis a las incontables muchedumbres de nuestros hermanos y hermanas de la humanidad que esperan, sin saberlo, que aparezca en su cielo la estrella que los conduzca a Cristo, Luz de las Gentes, para encontrar en Él la respuesta que sacie la sed de sus corazones. Saludo con afecto también a los que estáis aquí y no habéis recibido el bautismo, a los que no conocéis todavía a Cristo o no os reconocéis en la Iglesia. Precisamente a vosotros os invitaba de modo particular a este encuentro el Papa Juan Pablo II; os agradezco que hayáis decidido venir a Colonia. Alguno de vosotros podría tal vez identificarse con la descripción que Edith Stein hizo de su propia adolescencia, ella, que vivió después en el Carmelo de Colonia: «Había perdido conscientemente y deliberadamente la costumbre de rezar». Durante estos días podréis recobrar la experiencia vibrante de la oración como diálogo con Dios, del que sabemos que nos ama y al que, a la vez, queremos amar. Quisiera decir a todos insistentemente: abrid vuestro corazón a Dios, dejad sorprenderos por Cristo. Dadle el «derecho a hablaros» durante estos días. Abrid las puertas de vuestra libertad a su amor misericordioso. Presentad vuestras alegrías y vuestras penas a Cristo, dejando que Él ilumine con su luz vuestra mente y acaricie con su gracia vuestro corazón. En estos días benditos de alegría y deseo de compartir, haced la experiencia liberadora de la Iglesia como lugar de la misericordia y de la ternura de Dios para con los hombres. En la Iglesia y mediante la Iglesia llegaréis a Cristo que os espera.

A llegar hoy a Colonia para participar con vosotros en la XX Jornada Mundial de la Juventud, me surge espontáneamente el recuerdo emocionado y agradecido del Siervo de Dios, tan querido por todos nosotros, Juan Pablo II, que tuvo la idea brillante de convocar a los jóvenes de todo el mundo para celebrar juntos a Cristo, único Redentor del género humano. Gracias al diálogo profundo que se ha desarrollado durante más de veinte años entre el Papa y los jóvenes, muchos de ellos han podido profundizar la fe, establecer lazos de comunión, apasionarse por la Buena Nueva de la salvación en Cristo y proclamarla en muchas partes de la tierra. Este gran Papa ha sabido entender los desafíos que se presentan a los jóvenes de hoy y, confirmando su confianza en ellos, no ha dudado en incitarlos a proclamar con valentía el Evangelio y ser constructores intrépidos de la civilización de la verdad, del amor y de la paz.

Ahora me corresponde a mí recoger esta extraordinaria herencia espiritual que nos ha dejado el Papa Juan Pablo II. Él os ha querido, vosotros le habéis entendido y habéis correspondido con el entusiasmo de vuestra edad. Ahora, todos juntos tenemos el cometido de llevar a la práctica sus enseñanzas. Con este compromiso estamos aquí, en Colonia, peregrinos tras las huellas de los Magos. Según la tradición, en griego sus nombres eran Melchor, Gaspar y Baltasar. Mateo refiere en su Evangelio la pregunta que ardía en el corazón de los Magos: «¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido?» (Mt 2, 2). Su búsqueda era el motivo por el cual emprendieron el largo viaje hasta Jerusalén. Por eso soportaron fatigas y sacrificios, sin ceder al desaliento y a la tentación de volver atrás. Ésta era la única pregunta que hacían cuando estaban cerca de la meta. También nosotros hemos venido a Colonia porque hemos sentido en el corazón, si bien de forma diversa, la misma pregunta que inducía a los hombres de Oriente a ponerse en camino. Es cierto que hoy no buscamos ya a un rey; pero estamos preocupados por la situación del mundo y preguntamos: ¿Dónde encuentro los criterios para mi vida; dónde los criterios para colaborar de modo responsable en la edificación del presente y del futuro de nuestro mundo? ¿De quién puedo fiarme; a quién confiarme? ¿Dónde está aquél que puede darme la respuesta satisfactoria a los anhelos del corazón? Plantearse dichas cuestiones significa reconocer, ante todo, que el camino no termina hasta que se ha encontrado a Quien tiene el poder de instaurar el Reino universal de justicia y paz, al que los hombres aspiran, aunque no lo sepan construir por sí solos. Hacerse estas preguntas significa además buscar a Alguien que ni se engaña ni puede engañar, y que por eso es capaz de ofrecer una certidumbre tan firme, que merece la pena vivir por ella y, si fuera preciso, también morir por ella.

Cuando se perfila en el horizonte de la existencia una respuesta como ésta, queridos amigos, hay que saber tomar las decisiones necesarias. Es como alguien que se encuentra en una bifurcación: ¿Qué camino tomar? ¿El que sugieren las pasiones o el que indica la estrella que brilla en la conciencia? Los Magos, una vez que oyeron la respuesta «en Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta» (Mt 2,5), decidieron continuar el camino y llegar hasta el final, iluminados por esta palabra. Desde Jerusalén fueron a Belén, es decir, desde la palabra que les había indicado dónde estaba el Rey de los Judíos que buscaban, hasta el encuentro con aquel Rey, que es al mismo tiempo el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. También a nosotros se nos dice aquella palabra. También nosotros hemos de hacer nuestra opción. En realidad, pensándolo bien, ésta es precisamente la experiencia que hacemos en la participación en cada Eucaristía. En efecto, en cada Misa, el encuentro con la Palabra de Dios nos introduce en la participación del misterio de la cruz y resurrección de Cristo y de este modo nos introduce en la Mesa eucarística, en la unión con Cristo. En el altar está presente al que los Magos vieron acostado entre pajas: Cristo, el Pan vivo bajado del cielo para dar la vida al mundo, el verdadero Cordero que da su propia vida para la salvación de la humanidad. Iluminados por la Palabra, siempre es en Belén – la «Casa del pan» – donde podremos tener ese encuentro sobrecogedor con la indecible grandeza de un Dios que se ha humillado hasta el punto hacerse ver en el pesebre y de darse como alimento sobre el altar.

¡Podemos imaginar el asombro de los Magos ante el Niño en pañales! Sólo la fe les permitió reconocer en la figura de aquel niño al Rey que buscaban, al Dios al que la estrella les había guiado. En Él, cubriendo el abismo entre lo finito y lo infinito, entre lo visible y lo invisible, el Eterno ha entrado en el tiempo, el Misterio se ha dado a conocer, mostrándose ante nosotros en los frágiles miembros de un niño recién nacido. «Los Magos están asombrados ante lo que allí contemplan: el cielo en la tierra y la tierra en el cielo; el hombre en Dios y Dios en el hombre; ven encerrado en un pequeñísimo cuerpo aquello que no puede ser contenido en todo el mundo» (San Pedro Crisólogo, Serm. 160,2). Durante estas jornadas, en este «Año de la Eucaristía», contemplaremos con el mismo asombro a Cristo presente en el Tabernáculo de la misericordia, en el Sacramento del altar. Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazareth, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro «sí» al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que he dicho al principio de mi pontificado: « Quien deja entrar a Cristo [en la propia vida] no pierde nada, nada – absolutamente nada – de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera» (Homilía en el solemne inicio del ministerio petrino, 24 abril 2005). Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo.

Os invito a que os esforcéis estos días a servir sin reservas a Cristo, cueste lo que cueste. El encuentro con Jesucristo os permitirá gustar interiormente la alegría de su presencia viva y vivificante, para testimoniarla después en vuestro entorno. Que vuestra presencia en esta ciudad sea el primer signo de anuncio del Evangelio mediante el testimonio de vuestro comportamiento y alegría de vivir. Hagamos surgir de nuestro corazón un himno de alabanza y acción de gracias al Padre por tantos bienes que nos ha dado y por el don de la fe que celebraremos juntos, manifestándolo al mundo desde esta tierra del centro de Europa, de una Europa que debe mucho al Evangelio y a los que han dado testimonio de él a lo largo de los siglos.

Ahora me haré peregrino hacia la catedral de Colonia para venerar allí las reliquias de los santos Magos, que decidieron abandonar todo para seguir la estrella que los condujo al Salvador del género humano. También vosotros, queridos jóvenes, habéis tenido o tendréis ocasión de hacer la misma peregrinación. Estas reliquias no son más que el signo frágil y pobre de lo que ellos fueron y vivieron hace tantos siglos. Las reliquias nos conducen a Dios mismo; en efecto, es Él quien, con la fuerza de su gracia, da a seres frágiles la valentía de testimoniarlo ante del mundo. Cuando la Iglesia nos invita a venerar los restos mortales de los mártires y de los santos, no olvida que, en definitiva, se trata de pobres huesos humanos, pero huesos que pertenecían a personas en las que se ha posado la potencia trascendente de Dios. Las reliquias de los santos son huellas de la presencia invisible pero real que ilumina las tinieblas del mundo, manifestando el Reino de los cielos que habita dentro de nosotros. Ellas proclaman, con nosotros y por nosotros: «Maranatha» – «Ven, Señor Jesús». Queridos, con estas palabras os saludo y os cito para la vigilia del sábado por la tarde. A todos, ¡hasta luego!



VISITA A LA CATEDRAL DE COLONIA
SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Jueves 18 de agosto de 2005

Queridos hermanos y hermanas

Es una gran alegría para mi estar esta noche con vosotros, en esta ciudad de Colonia a la que amo por tantos recuerdos que me unen a ella. Durante algunos años he vivido en la ciudad cercana de Bonn como profesor, y venía frecuentemente a Colonia donde he encontrado muchos amigos. Considero un especial designio de la Providencia el hecho de que muy pronto se estableció una relación de amistad con el Arzobispo de entonces, el Cardenal Joseph Frings, que me concedió toda su confianza y me llamó como teólogo suyo para el Concilio Vaticano II, pudiendo, de este modo, participar activamente en aquel evento histórico. También conocí al sucesor, el Cardenal Joseph Höffner, con quien me relacioné durante años, primero como colega fraterno en la Conferencia Episcopal alemana y luego en la colaboración común en diversos Dicasterios de la Curia romana. También es un buen amigo vuestro actual Arzobispo, el Cardenal Joachim Meisner, al que agradezco las palabras de calurosa acogida y el gran empeño que ha puesto durante estos meses en la preparación de la Jornada Mundial de la Juventud. Deseo expresar también mi profundo reconocimiento por todo su empeño al Cardenal Karl Lehmann, Presidente de la Conferencia Episcopal alemana, y por mediación suya a los Obispos y a todos los que se han ocupado de movilizar a las fuerzas vivas de la Iglesia de este País con vistas a este gran acontecimiento eclesial de hoy. Agradezco a todos los que han preparado durante meses y meses este momento fuerte, tan esperado por todos: en particular, al Comité organizador de Colonia, pero también a las diócesis y las comunidades locales que han acogido a los jóvenes en estos últimos días. Puedo imaginar lo que todo esto significa, la energía empleada y los sacrificios que ha costado, y espero que redunden en el éxito espiritual de esta Jornada Mundial de la Juventud. Finalmente, he de manifestar mi profunda gratitud a las autoridades civiles y militares, a los responsables municipales y regionales, a los cuerpos de policía y a los agentes de seguridad de Alemania y del Land Renania Septentrional-Westfalia. En la persona del alcalde de esta ciudad doy las gracias a toda la población de Colonia por la comprensión demostrada ante la «invasión» de tantos jóvenes procedentes de todas las partes del mundo.

La ciudad de Colonia no sería lo que es sin los Reyes Magos, que tanto han influido en su historia, su cultura y su fe. En cierto sentido, la Iglesia celebra aquí todo el año la fiesta de la Epifanía. Por eso, antes de dirigirme a vosotros delante de esta magnífica catedral, he querido recogerme unos instantes en oración ante el relicario de los tres Reyes Magos, dando gracias a Dios por su testimonio de fe, de esperanza y de amor. En 1164, las reliquias de los Magos salieron de Milán y, escoltadas por el arzobispo de Colonia Reinald von Dassel, atravesaron los Alpes hasta llegar a Colonia, donde fueron acogidas con grandes manifestaciones de júbilo. En su peregrinación por Europa, las reliquias de los Magos han dejado huellas evidentes, que aún hoy permanecen en los nombres de lugares y en la devoción popular. Los habitantes de Colonia han hecho fabricar para las reliquias de los Rey Magos el relicario más precioso de todo el mundo cristiano y, como si no bastara, han levantado sobre él un relicario más grande todavía, como es esta estupenda catedral gótica que, después de los desperfectos de la guerra, ha vuelto a presentarse a los ojos de los visitantes en todo el esplendor de su belleza. Junto con Jerusalén la «Ciudad Santa», con Roma la «Ciudad Eterna», con Santiago de Compostela en España, gracias a los Magos, Colonia se ha ido convirtiendo a lo largo de los siglos en uno de los lugares de peregrinación más importantes del occidente cristiano.

Sin embargo, Colonia no es solamente la ciudad de los Magos. Está profundamente marcada por la presencia de tantos santos que, mediante el testimonio de su vida y la huella que han dejado en la historia del pueblo alemán, han contribuido al crecimiento de Europa sobre las raíces cristianas. Pienso en particular en los mártires y las mártires de los primeros siglos, como la joven Santa Úrsula y sus compañeras que, según la tradición, fueron martirizadas bajo Diocleciano. Y, ¿cómo no citar a San Bonifacio, el apóstol de Alemania, que en el año 745 fue elegido Obispo de Colonia con el consentimiento del Papa Zacarías? A esta ciudad está vinculado el nombre de San Alberto Magno, cuyo cuerpo descansa aquí cerca, en la cripta de la iglesia de San Andrés. En Colonia, Alberto Magno tuvo como discípulo a Santo Tomás de Aquino, que después fue también profesor aquí. Tampoco se puede olvidar al beato Adolph Kolping, muerto en Colonia en 1865, que, tras ser zapatero se hizo sacerdote y fundó numerosas obras sociales, sobre todo en el campo de la formación profesional. Pasando a los tiempos más recientes, pienso en Edith Stein, eminente filósofa judía del siglo XX, que entró en el Carmelo de Colonia con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz y murió en el campo de concentración de Auschwitz. El Papa Juan Pablo II la ha canonizado y declarado Copatrona de Europa, con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena.

Con éstos y con todos los demás santos, conocidos o desconocidos, descubrimos el rostro más íntimo y más verdadero de esta ciudad y tomamos conciencia del patrimonio de valores que las generaciones cristianas que nos han precedido nos han confiado. Es un patrimonio muy rico. Hemos de estar a su altura. Es una responsabilidad que nos recuerdan hasta las piedras de los antiguos edificios de la ciudad. Por lo demás, hablando de valores espirituales, es posible dar vida a una comprensión recíproca entre los hombres y los pueblos, entre culturas y civilizaciones, aunque sean diferentes. En este contexto, dirijo un caluroso saludo a los representantes de las diversas confesiones cristianas y de las otras religiones. Doy gracias a todos por su presencia en Colonia con ocasión de este gran encuentro, esperando que ello haga progresar en el camino de la reconciliación y la unidad entre los hombres. En efecto, Colonia no sólo nos habla de Europa, sino que nos abre a la universalidad de la Iglesia y del mundo. Aquí está uno de los tres Magos que ha sido representado como un rey negro y, por lo tanto, como el representante del continente africano. Según la tradición, aquí murieron los mártires san Gereón y compañeros, de la legión tebana. Independientemente de la precisa credibilidad histórica de tales tradiciones, el culto a estos santos, que ha florecido en el curso de los siglos, atestigua la apertura universalista de los fieles de Colonia y, más en general, de la Iglesia que ha crecido en Alemania gracias a la acción apostólica de San Bonifacio. Esta apertura se ha confirmado en tiempos recientes por grandes iniciativas caritativas, como «Misereor», «Adveniat», «Missio» y «Renovabis». Estas obras, surgidas también en Colonia, hacen presente la caridad de Cristo en todos los continentes.

Ahora estáis aquí vosotros, jóvenes del mundo entero, representantes de aquellos pueblos lejanos que reconocieron a Cristo a través de los Magos y que fueron reunidos en el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que acoge a hombres y mujeres de todas las culturas. Hoy corresponde a vosotros la tarea de vivir el aliento universal de la Iglesia. Dejáos inflamar por el fuego del Espíritu, para que un nuevo Pentecostés renueve vuestros corazones. Que por vuestra mediación, vuestros coetáneos de todas las partes de la tierra lleguen a reconocer en Cristo la verdadera respuesta a sus esperanzas y se abran a acoger al Verbo de Dios encarnado, que ha muerto y resucitado para la salvación del mundo.


VISITA A LA SINAGOGA DE COLONIA
SALUDO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Viernes 19 de agosto de 2005


Distinguidas señoras, ilustres señores,
queridos hermanos y hermanas

¡Schalom lêchém! Tras la elección como sucesor del apóstol Pedro, deseaba ardientemente, con ocasión de mi primera visita a Alemania, encontrarme con la comunidad hebrea de Colonia y los representantes del judaísmo alemán. Quisiera enlazar esta visita con lo ocurrido el 17 de noviembre de 1980, cuando mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, en su primer viaje a Alemania, se encontró en Maguncia con el Comité Central Hebreo en Alemania y la Conferencia Rabínica. Deseo confirmar también en esta circunstancia mi intención de continuar el camino hacia una mejora de las relaciones y de la amistad con el pueblo hebreo, en el que el Papa Juan Pablo II ha dado pasos decisivos (cf. A la Delegación del International Jewish Committee on Interreligious Consultations, 9 junio 2005: L’Osservatore Romano, 10 junio 2005, p. 5).

La comunidad judía de Colonia puede sentirse realmente «en casa» en esta ciudad. En efecto, ésta es la sede más antigua de una comunidad hebrea en territorio alemán: se remonta a la Colonia de la época romana. La historia de las relaciones entre la comunidad hebrea y la comunidad cristiana es compleja y a menudo dolorosa. Ha habido periodos de buena convivencia, aunque también se ha producido la expulsión de los judíos de Colonia en el año 1424. Después, en el siglo XX, en el tiempo más oscuro de la historia alemana y europea, una demencial ideología racista, de matriz neopagana, dio origen al intento, planeado y realizado sistemáticamente por el régimen, de exterminar el judaísmo europeo: se produjo así lo que ha pasado a la historia como la Shoá. Sólo en Colonia, las víctimas conocidas por su nombre de este crimen inaudito, y hasta aquel momento también inimaginable, se elevan a 7.000; en realidad, seguramente fueron muchas más. No se reconocía la santidad de Dios, y por eso se menospreció también la sacralidad de la vida humana.

Este año se celebra el 60º aniversario de la liberación de los campos de concentración nazis, en los que millones de judíos – hombres, mujeres y niños – fueron llevados a la muerte en las cámaras de gas e incinerados en los hornos crematorios. Hago mías las palabras escritas por mi venerado Predecesor con ocasión del 60º aniversario de la liberación de Auschwitz y digo también: «Me inclino ante todos los que experimentaron aquella manifestación del mysterium iniquitatis». Los acontecimientos terribles de entonces han de «despertar incesantemente las conciencias, extinguir los conflictos y exhortar a la paz» (Mensaje por la liberación de Auschwitz, 15 enero 2005). Hemos de recordarnos a la vez de Dios y de su sabio proyecto para el mundo por Él creado: Él, advierte el Libro de la Sabiduría, es «amante de la vida» (11, 26).

Se cumple también este año el 40° aniversario de la promulgación de la Declaración Nostra aetate, del Concilio Ecuménico Vaticano II, que ha abierto nuevas perspectivas en las relaciones judeocristianas en un clima de diálogo y solidaridad. Esta Declaración, en el capítulo cuarto, recuerda nuestras raíces comunes y el rico patrimonio espiritual que comparten judíos y cristianos. Tanto los judíos como los cristianos reconocen en Abraham a su padre común en la fe (cf. Ga 3,7; Rm 4,11s.), y hacen referencia a las enseñanzas de Moisés y los profetas. La espiritualidad de los judíos, al igual que los cristianos, se alimenta de los Salmos. Con el apóstol Pablo, los cristianos están convencidos que «los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Rm 11,29; cf, 9,6.11; 11,1s). Teniendo en cuenta la raíz hebrea del cristianismo (cf. Rm 11,16.24), mi venerado Predecesor, confirmando un juicio de los Obispos alemanes, dijo: «Quién encuentra a Jesucristo encuentra al hebraísmo» (Insegnamenti, vol. III/2, 1980, p. 1272).

La Declaración conciliar Nostra aetate, por tanto, «deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y por parte de cualquier persona» (n. 4). Dios nos ha creado a todos «a su imagen» (cf. Gn 1,27), honrándonos así con una dignidad trascendente. Ante Dios, todos los hombres tienen la misma dignidad, a cualquier pueblo, cultura o religión que pertenezcan. Por esta razón la Declaración Nostra aetate también habla con gran consideración de los musulmanes (cf. n. 3), y de los pertenecientes a otras religiones (cf. n. 2). Fundándose en la dignidad humana común a todos, la Iglesia católica «reprueba, como ajena al espíritu de Cristo, cualquier discriminación o vejación por motivos de raza o color, de condición o religión» (ibíd., n. 5). La Iglesia es consciente del deber que tiene de trasmitir, tanto en la catequesis como en cada aspecto de su vida, esta doctrina a las nuevas generaciones que no han visto los terribles acontecimientos ocurridos antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Es una tarea especialmente importante porque, desafortunadamente, hoy resurgen nuevos signos de antisemitismo y aparecen diversas formas de hostilidad generalizada hacia los extranjeros. ¿Cómo no ver en eso un motivo de preocupación y cautela? La Iglesia católica se compromete – lo reafirmo también esta ocasión – en favor de la tolerancia, el respeto, la amistad y la paz entre todos los pueblos, las culturas y las religiones.

En los cuarenta años transcurridos desde la Declaración conciliar Nostra aetate, tanto en Alemania como en el ámbito internacional se ha hecho mucho para mejorar y ahondar las relaciones entre judíos y cristianos. Además de las relaciones oficiales, y gracias sobre todo a la colaboración entre los especialistas en ciencias bíblicas, se han entablado muchas amistades. A este propósito, recuerdo las diversas declaraciones de la Conferencia Episcopal alemana y la actividad benéfica de la «Sociedad para la colaboración cristiano-hebrea de Colonia», que ha contribuido a que la comunidad hebrea, a partir del año 1945, pudiera sentirse nuevamente «en su casa» en Colonia y se estableciera una buena convivencia con las comunidades cristianas. Pero queda aún mucho por hacer. Hemos de conocernos recíprocamente mucho más y mejor. Por eso aliento a un diálogo sincero y confiado entre judíos y cristianos: sólo de este modo será posible llegar a una interpretación compartida sobre cuestiones históricas aún discutidas y, sobre todo, avanzar en la valoración, desde el punto de vista teológico, de la relación entre hebraísmo y cristianismo. Este diálogo, para ser sincero, no debe ocultar o minimizar las diferencias existentes: también en lo que, por nuestras íntimas convicciones de fe, nos distinguen unos de otros, y precisamente en ello, hemos de respetarnos recíprocamente.

Finalmente, no debemos mirar sólo hacia atrás, hacia el pasado, sino también hacia delante, hacia las tareas de hoy y de mañana. Nuestro rico patrimonio común y nuestra relación fraterna inspirada en una confianza creciente, nos obligan a dar conjuntamente un testimonio todavía más concorde, colaborando prácticamente en favor de la defensa y la promoción de los derechos del hombre y el carácter sagrado de la vida humana, de los valores de la familia, de la justicia social y de la paz en el mundo. El Decálogo (cf. Ex 20; Dt 5) es nuestro patrimonio y compromiso común. Los diez mandamientos no son una carga, sino la indicación del camino hacia una vida en plenitud. Lo son particularmente para los jóvenes que encuentro en estos días y que tengo muy presentes en el corazón. Es mi deseo que sepan reconocer en el Decálogo la lámpara para sus pasos, la luz en su camino (cf. Sal 118,105). Los adultos tienen la responsabilidad de pasar a los jóvenes la antorcha de la esperanza que fue entregada por Dios tanto a los judíos como a los cristianos, para que las fuerzas del mal «nunca más» prevalezcan, y las generaciones futuras, con la ayuda de Dios, puedan construir un mundo más justo y pacífico en el que todos los hombres tengan el mismo derecho de ciudadanía.

Concluyo con las palabras del Salmo 29, que son un deseo y también una oración: «El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz».

¡Que él nos escuche!


ENCUENTRO CON LOS SEMINARISTAS
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Iglesia de San Pantaleón de Colonia

Viernes 19 de agosto de 2005

Queridos seminaristas:

Os saludo a todos con gran afecto, agradeciendo vuestra jovial acogida y, sobre todo, el que hayáis venido a este encuentro desde numerosos Países de los cinco continentes. Me dirijo ante todo al Seminarista, al Sacerdote y al Obispo que nos han ofrecido su testimonio personal. Gracias de corazón. Estoy contento de tener este encuentro con vosotros. He querido que, en el programa de estos días en Colonia, hubiera un encuentro especial con los jóvenes seminaristas, para resaltar de manera más explícita y vigorosa la dimensión vocacional que tienen siempre las Jornadas Mundiales de la Juventud. Seguramente, estáis viviendo esta experiencia con una intensidad muy particular, precisamente porque sois seminaristas, es decir, jóvenes que se encuentran en un tiempo fuerte de búsqueda de Cristo y de encuentro con Él, en vista de una misión importante en la Iglesia. Esto es el seminario: no tanto un lugar, sino un tiempo significativo en la vida de un discípulo de Jesús. Imagino el eco que pueden tener en vuestro interior las palabras del lema de esta vigésima Jornada mundial – «Hemos venido a adorarlo» – y todo el relato evangélico de los Magos, del que se ha tomado el lema. Este pasaje tiene un valor singular para vosotros, precisamente porque estáis realizando un proceso de discernimiento y comprobación de la llamada al sacerdocio. Sobre esto quisiera detenerme a reflexionar con vosotros.

¿Por qué los Magos fueron a Belén desde países lejanos? La respuesta está en relación con el misterio de la «estrella» que vieron «salir» y que identificaron como la estrella del «Rey de los Judíos», es decir, como la señal del nacimiento del Mesías (cf. Mt 2,2). Por tanto, su viaje fue motivado por una fuerte esperanza, que luego tuvo en la estrella su confirmación y guía hacia el “Rey de los Judíos”, hacia la realeza de Dios mismo. Los Magos marcharon porque tenían un deseo grande que los indujo a dejarlo todo y a ponerse en camino. Era como si hubieran esperado siempre aquella estrella. Como si aquel viaje hubiera estado siempre inscrito en su destino, que ahora finalmente se cumple. Queridos amigos, esto es el misterio de la llamada, de la vocación; misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejar todo para seguirlo más de cerca. El seminarista vive la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de «enamoramiento». Su ánimo, henchido de asombro, le hace decir en la oración: Señor, ¿por qué precisamente a mí? Pero el amor no tiene un «por qué», es un don gratuito al que se responde con la entrega de sí mismo.

El seminario es un tiempo destinado a la formación y al discernimiento. La formación, como bien sabéis, tiene varias dimensiones que convergen en la unidad de la persona: esa comprende el ámbito humano, espiritual y cultural. Su objetivo más profundo es el de hacer conocer íntimamente aquel Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro. Por esto es necesario un estudio profundo de la Sagrada Escritura como también de la fe y de la vida de la Iglesia, en la cual la Escritura permanece como palabra viva. Todo esto debe enlazarse con las preguntas de nuestra razón y, por tanto, con el contexto de la vida humana de hoy. Este estudio, a veces, puede parecer pesado, pero constituye una parte insustituible de nuestro encuentro con Cristo y de nuestra llamada a anunciarlo. Todo contribuye a desarrollar una personalidad coherente y equilibrada, capaz de asumir válidamente la misión presbiteral y llevarla a cabo después responsablemente. El papel de los formadores es decisivo: la calidad del presbiterio en una Iglesia particular depende en buena parte de la del seminario y, por tanto, de la calidad de los responsables de la formación. Queridos seminaristas, precisamente por eso rezamos hoy con viva gratitud por todos vuestros superiores, profesores y educadores, que sentimos espiritualmente presentes en este encuentro. Pidamos a Dios que desempeñen lo mejor posible la tarea tan importante que se les ha confiado. El seminario es un tiempo de camino, de búsqueda, pero sobre todo de descubrimiento de Cristo. En efecto, sólo si tiene una experiencia personal de Cristo, el joven puede comprender en verdad su voluntad y por lo tanto la propia vocación. Cuanto más conoces a Jesús, más te atrae su misterio; cuanto más lo encuentras, más fuerte es el deseo de buscarlo. Es un movimiento del espíritu que dura toda la vida, y que en el seminario pasa como una estación llena de promesas, su «primavera».

Al llegar a Belén, los Magos «entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). He aquí por fin el momento tan esperado: el encuentro con Jesús. «Entraron en la casa»: esta casa representa en cierto modo la Iglesia. Para encontrar al Salvador hay que entrar en la casa, que es la Iglesia. Durante el tiempo del seminario se produce una maduración particularmente significativa en la conciencia del joven seminarista: ya no ve a la Iglesia «desde fuera», sino la siente, por así decir, «en su interior», como «su casa», porque es casa de Cristo, donde «habita» María, su madre. Y es justo la Madre quien le muestra a Jesús, su Hijo, quien se lo presenta; en cierto modo lo hace ver, tocar, tomarlo en sus brazos. María le enseña a contemplarlo con los ojos del corazón y a vivir de Él. En todos los momentos de la vida en el seminario se puede experimentar esta afectuosa presencia de la Virgen, que introduce a cada uno al encuentro con Cristo en el silencio de la meditación, en el oración y en la fraternidad. María ayuda a encontrar al Señor sobre todo en la Celebración eucarística, cuando en la Palabra y en el Pan consagrado se hace nuestro alimento espiritual cotidiano.

«Y cayendo de rodillas lo adoraron...; le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra» (Mt 2,11-12). Con esto culmina todo el itinerario: el encuentro se convierte en adoración, dando lugar a un acto de fe y amor que reconoce en Jesús, nacido de María, al Hijo de Dios hecho hombre. ¿Cómo no ver prefigurado en el gesto de los Magos la fe de Simón Pedro y de los Apóstoles, la fe de Pablo y de todos los santos, en particular de los santos seminaristas y sacerdotes que han marcado los dos mil años de historia de la Iglesia? El secreto de la santidad es la amistad con Cristo y la adhesión fiel a su voluntad. «Cristo es todo para nosotros», decía San Ambrosio; y San Benito exhortaba a no anteponer nada al amor de Cristo. Que Cristo sea todo para vosotros. Especialmente vosotros, queridos seminaristas, ofrecedle a Él lo más precioso que tenéis, como sugería el venerado Juan Pablo II en su Mensaje para esta Jornada Mundial: el oro de vuestra libertad, el incienso de vuestra oración fervorosa, la mirra de vuestro afecto más profundo (cf. n. 4).

El seminario es un tiempo de preparación para la misión. Los Magos «se marcharon a su tierra», y ciertamente dieron testimonio del encuentro con el Rey de los Judíos. También vosotros, después del largo y necesario itinerario formativo del seminario, seréis enviados para ser los ministros de Cristo; cada uno de vosotros volverá entre la gente como alter Christus. En el viaje de retorno, los Magos tuvieron que afrontar seguramente peligros, sacrificios, desorientación, dudas...¡ya no tenían la estrella para guiarlos! Ahora la luz estaba dentro de ellos. Ahora tenían que custodiarla y alimentarla con la memoria constante de Cristo, de su Rostro santo, de su Amor inefable. ¡Queridos seminaristas! Si Dios quiere, también vosotros un día, consagrados por el Espíritu Santo, iniciaréis vuestra misión. Recordad siempre las palabras de Jesús: «Permaneced en mi amor» (Jn 15,9). Si permanecéis en Cristo, daréis mucho fruto. No lo habéis elegido vosotros a Él, sino que Él os ha elegido a vosotros (cf. Jn 15,16). ¡He aquí el secreto de vuestra vocación y de vuestra misión! Está guardado en el corazón inmaculado de María, que vela con amor materno sobre cada uno de vosotros. Recurrid frecuentemente a Ella con confianza. Yo os aseguro mi afecto y mi oración cotidiana, y os bendigo de corazón.


VIGILIA CON LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colonia - Explanada de Marienfeld

Sábado 20 de agosto de 2005

Queridos jóvenes:

En nuestra peregrinación con los misteriosos Magos de Oriente hemos llegado al momento que san Mateo describe así en su Evangelio: «Entraron en la casa (sobre la que se había parado la estrella), vieron al niño con María, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). El camino exterior de aquellos hombres terminó. Llegaron a la meta. Pero en este punto comienza un nuevo camino para ellos, una peregrinación interior que cambia toda su vida. Porque seguramente se habían imaginado a este Rey recién nacido de modo diferente. Se habían detenido precisamente en Jerusalén para obtener del Rey local información sobre el Rey prometido que había nacido. Sabían que el mundo estaba desordenado y por eso estaban inquietos. Estaban convencidos de que Dios existía, y que era un Dios justo y bondadoso. Tal vez habían oído hablar también de las grandes profecías en las que los profetas de Israel habían anunciado un Rey que estaría en íntima armonía con Dios y que, en su nombre y de parte suya, restablecería el orden en el mundo. Se habían puesto en camino para encontrar a este Rey; en lo más hondo de su ser buscaban el derecho, la justicia que debía venir de Dios, y querían servir a ese Rey, postrarse a sus pies, y así servir también ellos a la renovación del mundo. Eran de esas personas que «tienen hambre y sed de justicia» (Mt 5, 6). Un hambre y sed que les llevó a emprender el camino; se hicieron peregrinos para alcanzar la justicia que esperaban de Dios y para ponerse a su servicio.

Aunque otros se quedaran en casa y les consideraban utópicos y soñadores, en realidad eran seres con los pies en tierra, y sabían que para cambiar el mundo hace falta disponer de poder. Por eso, no podían buscar al niño de la promesa si no en el palacio del Rey. No obstante, ahora se postran ante una criatura de gente pobre, y pronto se enterarán de que Herodes – el Rey al que habían acudido – le acechaba con su poder, de modo que a la familia no le quedaba otra opción que la fuga y el exilio. El nuevo Rey era muy diferente de lo que se esperaban. Debían, pues, aprender que Dios es diverso de cómo acostumbramos a imaginarlo. Aquí comenzó su camino interior. Comenzó en el mismo momento en que se postraron ante este Niño y lo reconocieron como el Rey prometido. Pero debían aún interiorizar estos gozosos gestos.

Debían cambiar su idea sobre el poder, sobre Dios y sobre el hombre y, con ello cambiar también ellos mismos. Ahora habían visto: el poder de Dios es diferente al poder de los grandes del mundo. Su modo de actuar es distinto de como lo imaginamos, y de como quisiéramos imponerle también a Él. En este mundo, Dios no le hace competencia a las formas terrenales del poder. No contrapone sus ejércitos a otros ejércitos. Cuando Jesús estaba en el Huerto de los olivos, Dios no le envía doce legiones de ángeles para ayudarlo (cf. Mt 26,53). Al poder estridente y pomposo de este mundo, Él contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz – y después siempre en la historia – sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios. Dios es diverso; ahora se dan cuenta de ello. Y eso significa que ahora ellos mismos tienen que ser diferentes, han de aprender el estilo de Dios.

Habían venido para ponerse al servicio de este Rey, para modelar su majestad sobre la suya. Éste era el sentido de su gesto de acatamiento, de su adoración. Una adoración que comprendía también sus presentes – oro, incienso y mirra –, dones que se hacían a un Rey considerado divino. La adoración tiene un contenido y comporta también una donación. Los personajes que venían de Oriente, con el gesto de adoración, querían reconocer a este niño como su Rey y poner a su servicio el propio poder y las propias posibilidades, siguiendo un camino justo. Sirviéndole y siguiéndole, querían servir junto a Él la causa de la justicia y del bien en el mundo. En esto, tenían razón. Pero ahora aprenden que esto no se puede hacer simplemente a través de órdenes impartidas desde lo alto de un trono. Aprenden que deben entregarse a sí mismos: un don menor que éste es poco para este Rey. Aprenden que su vida debe acomodarse a este modo divino de ejercer el poder, a este modo de ser de Dios mismo. Han de convertirse en hombres de la verdad, del derecho, de la bondad, del perdón, de la misericordia. Ya no se preguntarán: ¿Para qué me sirve esto? Se preguntarán más bien: ¿Cómo puedo servir a que Dios esté presente en el mundo? Tienen que aprender a perderse a sí mismos y, precisamente así, a encontrarse a sí mismos. Saliendo de Jerusalén, han de permanecer tras las huellas del verdadero Rey, en el seguimiento de Jesús.

Queridos amigos, podemos preguntarnos lo que todo esto significa para nosotros. Pues lo que acabamos de decir sobre la naturaleza diversa de Dios, que ha de orientar nuestras vidas, suena bien, pero queda algo vago y difuminado. Por eso Dios nos ha dado ejemplos. Los Magos que vienen de oriente son sólo los primeros de una larga lista de hombres y mujeres que en su vida han buscado constantemente con los ojos la estrella de Dios, que han buscado al Dios que está cerca de nosotros, seres humanos, y que nos indica el camino. Es la muchedumbre de los santos – conocidos o desconocidos – mediante los cuales el Señor nos ha abierto a lo largo de la historia el Evangelio, hojeando sus páginas; y lo está haciendo todavía. En sus vidas se revela la riqueza del Evangelio como en un gran libro ilustrado. Son la estela luminosa que Dios ha dejando en el transcurso de la historia, y sigue dejando aún. Mi venerado predecesor, el Papa Juan Pablo II, ha beatificado y canonizado a un gran número de personas, tanto de tiempos recientes como lejanos. En estas figuras ha querido demostrarnos cómo se consigue ser cristianos; cómo se logra llevar una vida del modo justo: a vivir a la manera de Dios. Los beatos y los santos han sido personas que no han buscado obstinadamente la propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo. De este modo, ellos nos indican la vía para ser felices y nos muestran cómo se consigue ser personas verdaderamente humanas. En las vicisitudes de la historia, han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar; la han iluminado siempre de nuevo lo suficiente para dar la posibilidad de aceptar – tal vez en el dolor – la palabra de Dios al terminar del obra del creación: «Y era muy bueno». Basta pensar en figuras como san Benito, san Francisco de Asís, santa Teresa de Ávila, san Ignacio de Loyola, san Carlos Borromeo, a los fundadores de las órdenes religiosas del siglo XVIII, que han animado y orientado el movimiento social, o a los santos de nuestro tiempo: Maximiliano Kolbe, Edith Stein, Madre Teresa, Padre Pío. Contemplando estas figuras comprendemos lo que significa «adorar» y lo que quiere decir vivir a medida del niño de Belén, a medida de Jesucristo y de Dios mismo.

Los santos, hemos dicho, son los verdaderos reformadores. Ahora quisiera expresarlo de manera más radical aún: sólo de los santos, sólo de Dios, proviene la verdadera revolución, el cambio decisivo del mundo. En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo. No libera al hombre, sino que le priva de su dignidad y lo esclaviza. No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?

Queridos amigos, permitidme que añada sólo dos breves ideas. Muchos hablan de Dios; en el nombre de Dios se predica también el odio y se practica la violencia. Por tanto, es importante descubrir el verdadero rostro de Dios. Los Magos de Oriente lo encontraron cuando se postraron ante el niño de Belén.«Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre», dijo Jesús a Felipe (Jn 14,9). En Jesucristo, que por nosotros permitió que su corazón fuera traspasado, en Él se ha manifestado el verdadero rostro de Dios. Lo seguiremos junto con la muchedumbre de los que nos han precedido. Entonces iremos por el camino justo.

Esto significa que no nos construimos un Dios privado, un Jesús privado, sino que creemos y nos postramos ante el Jesús que nos muestran las Sagradas Escrituras, y que en la gran comunidad de fieles llamada Iglesia se manifiesta viviente, siempre con nosotros y al mismo tiempo siempre ante de nosotros. Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor mismo nos lo ha dicho: es una red con peces buenos y malos, un campo con trigo y cizaña. El Papa Juan Pablo II, que nos ha mostrado el verdadero rostro de la Iglesia en los numerosos santos que ha proclamado, también ha pedido perdón por el mal causado en el transcurso de la historia por las palabras o los actos de hombres de la Iglesia. De este modo, también a nosotros nos ha hecho ver nuestra verdadera imagen, y nos ha exhortado a entrar, con todos nuestros defectos y debilidades, en la muchedumbre de los santos que comenzó a formarse con los Magos de Oriente. En el fondo, consuela que exista la cizaña en la Iglesia. Así, no obstante todos nuestros defectos, podemos esperar estar aún entre los que siguen a Jesús, que ha llamado precisamente a los pecadores. La Iglesia es como una familia humana, pero es también al mismo tiempo la gran familia de Dios, mediante la cual Él establece un espacio de comunión y unidad en todos los continentes, culturas y naciones. Por eso nos alegramos de pertenecer a esta gran familia; de tener hermanos y amigos en todo el mundo. Justo aquí, en Colonia, experimentamos lo hermoso que es pertenecer a una familia tan grande como el mundo, que comprende el cielo y la tierra, el pasado, el presente y el futuro de todas las partes de la tierra. En esta gran comitiva de peregrinos, caminamos junto con Cristo, caminamos con la estrella que ilumina la historia.

«Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2,11). Queridos amigos, ésta no es una historia lejana, de hace mucho tiempo. Es una presencia. Aquí, en la Hostia consagrada, Él está ante nosotros y entre nosotros. Como entonces, se oculta misteriosamente en un santo silencio y, como entonces, desvela precisamente así el verdadero rostro de Dios. Por nosotros se ha hecho grano de trigo que cae en tierra y muere y da fruto hasta el fin del mundo (cf. Jn 12,24). Él está presente, como entonces en Belén. Y nos invita a esa peregrinación interior que se llama adoración. Pongámonos ahora en camino para esta peregrinación del espíritu, y pidámosle a Él que nos guíe. Amén.


SANTA MISA
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Colonia - Explanada de Marienfeld

Domingo 21 de agosto de 2005

Queridos jóvenes:

Ante la sagrada Hostia, en la cual Jesús se ha hecho pan para nosotros, que interiormente sostiene y nutre nuestra vida (cf. Jn 6,35), hemos comenzado ayer tarde el camino interior de la adoración. En la Eucaristía la adoración debe llegar a ser unión. Con la Celebración eucarística nos encontramos en aquella “hora” de Jesús, de la cual habla el Evangelio de Juan. Mediante la Eucaristía, esta “hora” suya se convierte en nuestra hora, su presencia en medio de nosotros. Junto con los discípulos Él celebró la cena pascual de Israel, el memorial de la acción liberadora de Dios que había guiado a Israel de la esclavitud a la libertad. Jesús sigue los ritos de Israel. Pronuncia sobre el pan la oración de alabanza y bendición. Sin embargo, sucede algo nuevo. Él da gracias a Dios non solamente por las grandes obras del pasado; le da gracias por la propia exaltación que se realizará mediante la Cruz y la Resurrección, dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio de la Ley y de los Profetas: “Esto es mi Cuerpo entregado en sacrificio por vosotros. Este cáliz es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre”. Y así distribuye el pan y el cáliz, y, al mismo tiempo, les encarga la tarea de volver a decir y hacer siempre en su memoria aquello que estaba diciendo y haciendo en aquel momento.

¿Qué está sucediendo? ¿Cómo Jesús puede repartir su Cuerpo y su Sangre? Haciendo del pan su Cuerpo y del vino su Sangre, Él anticipa su muerte, la acepta en lo más íntimo y la transforma en una acción de amor. Lo que desde el exterior es violencia brutal, desde el interior se transforma en un acto de un amor que se entrega totalmente. Esta es la transformación sustancial que se realizó en el cenáculo y que estaba destinada a suscitar un proceso de transformaciones cuyo último fin es la transformación del mundo hasta que Dios sea todo en todos (cf. 1 Cor 15,28). Desde siempre todos los hombres esperan en su corazón, de algún modo, un cambio, una transformación del mundo. Este es, ahora, el acto central de transformación capaz de renovar verdaderamente el mundo: la violencia se transforma en amor y, por tanto, la muerte en vida. Dado que este acto convierte la muerte en amor, la muerte como tal está ya, desde su interior, superada; en ella está ya presente la resurrección. La muerte ha sido, por así decir, profundamente herida, tanto que, de ahora en adelante, no puede ser la última palabra. Ésta es, por usar una imagen muy conocida para nosotros, la fisión nuclear llevada en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo. Todos los demás cambios son superficiales y no salvan. Por esto hablamos de redención: lo que desde lo más íntimo era necesario ha sucedido, y nosotros podemos entrar en este dinamismo. Jesús puede distribuir su Cuerpo, porqué se entrega realmente a sí mismo.

Esta primera transformación fundamental de la violencia en amor, de la muerte en vida lleva consigo las demás transformaciones. Pan y vino se convierten en su Cuerpo y su Sangre. Llegados a este punto la transformación no puede detenerse, antes bien, es aquí donde debe comenzar plenamente. El Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan para que a su vez nosotros mismos seamos transformados. Nosotros mismos debemos llegar a ser Cuerpo de Cristo, sus consaguíneos. Todos comemos el único pan, y esto significa que entre nosotros llegamos a ser una sola cosa. La adoración, hemos dicho, llega a ser, de este modo, unión. Dios no solamente está frente a nosotros, como el Totalmente otro. Está dentro de nosotros, y nosotros estamos en Él. Su dinámica nos penetra y desde nosotros quiere propagarse a los demás y extenderse a todo el mundo, para que su amor sea realmente la medida dominante del mundo. Yo encuentro una alusión muy bella a este nuevo paso que la Última Cena nos indica con la diferente acepción de la palabra “adoración” en griego y en latín. La palabra griega es proskynesis. Significa el gesto de sumisión, el reconocimiento de Dios como nuestra verdadera medida, cuya norma aceptamos seguir. Significa que la libertad no quiere decir gozar de la vida, considerarse absolutamente autónomo, sino orientarse según la medida de la verdad y del bien, para llegar a ser, de esta manera, nosotros mismos, verdaderos y buenos. Este gesto es necesario, aun cuando nuestra ansia de libertad se resiste, en un primer momento, a esta perspectiva. Hacerla completamente nuestra será posible solamente en el segundo paso que nos presenta la Última Cena. La palabra latina adoración es ad-oratio, contacto boca a boca, beso, abrazo y, por tanto, en resumen, amor. La sumisión se hace unión, porque aquel al cual nos sometemos es Amor. Así la sumisión adquiere sentido, porque no nos impone cosas extrañas, sino que nos libera desde lo más íntimo de nuestro ser.

Volvamos de nuevo a la Última Cena. La novedad que allí se verificó, estaba en la nueva profundidad de la antigua oración de bendición de Israel, que ahora se hacía palabra de transformación y nos concedía el poder participar en la hora de Cristo. Jesús no nos ha encargado la tarea de repetir la Cena pascual que, por otra parte, en cuanto aniversario, no es repetible a voluntad. Nos ha dado la tarea de entrar en su “hora”. Entramos en ella mediante la palabra del poder sagrado de la consagración, una transformación que se realiza mediante la oración de alabanza, que nos sitúa en continuidad con Israel y con toda la historia de la salvación, y al mismo tiempo nos concede la novedad hacia la cual aquella oración tendía por su íntima naturaleza. Esta oración, llamada por la Iglesia “oración eucarística”, hace presente la Eucaristía. Es palabra de poder, que transforma los dones de la tierra de modo totalmente nuevo en la donación de Dios mismo y que nos compromete en este proceso de transformación. Por esto llamamos a este acontecimiento Eucaristía, que es la traducción de la palabra hebrea beracha, agradecimiento, alabanza, bendición, y asimismo transformación a partir del Señor: presencia de su “hora”. La hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor. En otras palabras: es Dios quien ha vencido, porque Él es Amor. La hora de Jesús quiere llegar a ser nuestra hora y lo será, si nosotros, mediante la celebración de la Eucaristía, nos dejamos arrastrar por aquel proceso de transformaciones que el Señor pretende. La Eucaristía debe llegar a ser el centro de nuestra vida. No se trata de positivismo o ansia de poder, cuando la Iglesia nos dice que la Eucaristía es parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero las mujeres y luego los discípulos tuvieron la gracia de ver al Señor. Desde entonces supieron que el primer día de la semana, el domingo, sería el día de Él, de Cristo. El día del inicio de la creación sería el día de la renovación de la creación. Creación y redención caminan juntas. Por esto es tan importante el domingo. Es bonito que hoy, en muchas culturas, el domingo sea un día libre o, juntamente con el sábado, constituya el denominado “fin de semana” libre. Pero este tiempo libre permanece vacío si en él no está Dios. ¡Queridos amigos! A veces, en principio, puede resultar incómodo tener que programar en el domingo también la Misa. Pero si os empeñáis, constataréis más tarde que es exactamente esto lo que le da sentido al tiempo libre. No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida.

Quien a descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia Él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin Él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no. Y de este modo, junto a olvido de Dios existe como un boom de lo religioso. No quiero desacreditar todo lo que se sitúa en este contexto. Puede darse también la alegría sincera del descubrimiento. Pero exagerando demasiado, la religión se convierte casi en un producto de consumo. Se escoge aquello que place, y algunos saben también sacarle provecho. Pero la religión buscada a la “medida de cada uno” a la postre no nos ayuda. Es cómoda, pero en el momento de crisis nos abandona a nuestra suerte. Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo! Tratemos nosotros mismos de conocerlo siempre mejor para poder guiar también, de modo convincente, a los demás hacia Él. Por esto es tan importante el amor a la Sagrada Escritura y, en consecuencia, conocer la fe de la Iglesia que nos muestra el sentido de la Escritura. Es el Espíritu Santo el que guía a la Iglesia en su fe creciente y la ha hecho y hace penetrar cada vez más en las profundidades de la verdad (cf. Jn 16,13). El Papa Juan Pablo II nos ha dejado una obra maravillosa, en la cual la fe secular se explica sintéticamente: el Catecismo de la Iglesia Católica. Yo mismo, recientemente, he podido presentar el Compendio de tal Catecismo, que ha sido elaborado a petición del difunto Papa. Son dos libros fundamentales que querría recomendaros a todos vosotros.

Obviamente, los libros por sí solos no bastan. ¡Construid comunidades basadas en la fe! En los últimos decenios han nacido movimientos y comunidades en los cuales la fuerza del Evangelio se deja sentir con vivacidad. Buscad la comunión en la fe como compañeros de camino que juntos van siguiendo el itinerario de la gran peregrinación que primero nos señalaron los Magos de Oriente. La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles.

Aún, una vez más, debo volver a la Eucaristía. “Porque aún siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan” dice san Pablo (1 Cor 10,17). Con esto quiere decir: puesto que recibimos al mismo Señor y Él nos acoge y nos atrae hacia sí, seamos también una sola cosa entre nosotros. Esto debe manifestarse en la vida. Debe mostrase en la capacidad de perdón. Debe manifestarse en la sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Debe manifestarse en la disponibilidad para compartir. Debe manifestarse en el compromiso con el prójimo, tanto con el cercano como con el externamente lejano, que, sin embargo, nos mira siempre de cerca. Existen hoy formas de voluntariado, modelos de servicio mutuo, de los cuales justamente nuestra sociedad tiene necesidad urgente. No debemos, por ejemplo, abandonar a los ancianos en su soledad, no debemos pasar de largo ante los que sufren. Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos. Entonces no nos adaptaremos más a seguir viviendo preocupados solamente por nosotros mismos, sino que veremos donde y como somos necesarios. Viviendo y actuando así nos daremos cuenta bien pronto que es mucho más bello ser útiles y estar a disposición de los demás que preocuparse solo de las comodidades que se nos ofrecen. Yo sé que vosotros como jóvenes aspiráis a cosas grandes, que queréis comprometeros por un mundo mejor. Demostrádselo a los hombres, demostrádselo al mundo, que espera exactamente este testimonio de los discípulos de Jesucristo y que, sobre todo mediante vuestro amor, podrá descubrir la estrella que como creyentes seguimos.

¡Caminemos con Cristo y vivamos nuestra vida como verdaderos adoradores de Dios! Amén.


ANGELUS
Queridos amigos:

Hemos llegado al final de esta maravillosa celebración, y también de la vigésima Jornada Mundial de la Juventud. Siento resonar con fuerza en mi corazón una palabra: «¡gracias!». Estoy seguro que esta palabra encuentra un eco unánime en cada uno de vosotros. Dios mismo la ha grabado en nuestros corazones y la ha rubricado con esta Eucaristía, que significa precisamente «agradecimiento». Sí, queridos jóvenes, la palabra de agradecimiento, que nace de la fe, se expresa en el canto de alabanza a Él, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha dado un prueba más de su inmenso amor.

Nuestro agradecimiento, que se eleva a Dios por el don de este encuentro inolvidable, se extiende a todos los que han preparado su organización y desarrollo. Renuevo en particular mi vivo agradecimiento al Consejo Pontificio de los Laicos, presidido por el arzobispo Stanisław Ryłko, con la ayuda eficaz del Secretario, Mons. Josef Clemens, y a los Hermanos del Episcopado alemán, en primer lugar al arzobispo de Colonia, Cardenal Joachim Meisner. Gracias a las Autoridades políticas y administrativas, que han hecho posible el desarrollo sereno de todas las manifestaciones de estos días; gracias también a tantos voluntarios provenientes de las Diócesis alemanas y de otros muchos países. Y un agradecimiento cordial a los numerosos monasterios de vida contemplativa, que han acompañado con su oración la Jornada Mundial de la Juventud.

En este momento en que la presencia viva entre nosotros de Cristo resucitado alimenta la fe y la esperanza, tengo la dicha de anunciar que el próximo Encuentro Mundial de la Juventud tendrá lugar en Sydney, Australia, el año 2008. Encomendemos a la guía materna y solícita de la Santísima Virgen María el camino futuro de los jóvenes del mundo entero.

Angelus Domini…

[francés] Saludo con afecto a los jóvenes de lengua francesa. Queridos amigos, agradezco vuestra participación y os deseo que volváis a vuestros Países llevando en vosotros, como los Magos, la alegría de haber encontrado a Cristo, el Hijo del Dios vivo.

[inglés] A los jóvenes de lengua inglesa provenientes de diversas partes del mundo, dirijo un cálido saludo, al final de estas inolvidables Jornadas. ¡Qué la luz de Cristo, que habéis seguido para venir a Colonia resplandezca ahora más límpida e intensa en vuestra vida!

[español] Queridos jóvenes de lengua española. Habéis venido para adorar a Cristo. Ahora que lo habéis encontrado, continuad a adorarlo en vuestro corazón, siempre dispuestos a dar razón de vuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). ¡Feliz regreso a vuestros Países”

[italiano] Queridos amigos de lengua italiana. Llega ya al final la vigésima Jornada Mundial de la Juventud, pero esta celebración eucarística continúa en la vida: llevad a todos la alegría de Cristo que aquí habéis encontrado.

[polaco] ¡Un abrazo afectuoso a todos vosotros, jóvenes polacos! Como os diría el gran Papa Juan Pablo II, mantened viva la llama de la fe en vuestra vida y en la de vuestro pueblo. Que María, Madre de Cristo, guíe siempre vuestros pasos.

[portugués] Saludo con afecto a los jóvenes de lengua portuguesa. Queridos jóvenes, os deseo que viváis siempre en amistad con Jesús, para experimentar la verdadera alegría y comunicarla a todos, especialmente a vuestros coetáneos que se encuentra en dificultad.

[filipino] ¡Queridos amigos de lengua filipina y todos vosotros, jóvenes de Asia! Como los Magos habéis venido de Oriente para adorar a Cristo. Ahora que lo habéis encontrado, volved a vuestros países llevando en el corazón la luz de su amor.

[swahili] ¡Un cordial saludo, también para vosotros jóvenes africanos!, Llevad a vuestro grande y amado continente la esperanza que Cristo os ha dado. Sed, por todas partes, sembradores de paz y de fraternidad.

[alemán] Queridos amigos que habláis mi lengua, os agradezco el afecto que me habéis demostrado en estos días. Acompañadme de cerca con vuestra oración. Caminad unidos. Sed siempre fieles a Cristo y a la Iglesia. ¡Qué la paz y la alegría de Cristo estén siempre con vosotros!


ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE ALEMANIA
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Domingo 21 de agosto de 2005

Venerables Hermanos en el episcopado

Bendigo al Señor, que me ha concedido el gozo de encontraros aquí, en tierra alemana, al final de esta XX Jornada Mundial de la Juventud. Me parece que se pueda decir que la Providencia con sus disposiciones, apreciadas por nosotros durante estas jornadas, no ha querido solamente animarme a mí, Sucesor de Pedro, sino ofrecer una señal de esperanza también a la Iglesia que vive en este País y especialmente a vosotros, sus Pastores. Renuevo a todos de corazón mi más profundo agradecimiento por el empeño que habéis puesto en la preparación del acontecimiento; en particular, al Cardenal Joachim Meisner y sus Auxiliares, así como al Cardenal Presidente de la Conferencia Episcopal, Karl Lehmann y a todos los colaboradores.

Como he dicho esta mañana al final de la gran Celebración eucarística en la explanada de Marienfeld, Alemania ha presenciado estos días una imponente peregrinación, y no una cualquiera, sino una peregrinación de jóvenes. Este acontecimiento, que la Diócesis de Colonia y todos vosotros habéis contribuido a preparar con esfuerzo, está ahora ante nuestros ojos, y es motivo de gratitud a Dios, de reflexión, de renovado impulso. El querido Papa Juan Pablo II, promotor de las Jornadas Mundiales de la Juventud, solía decir que en este tipo peregrinaciones los protagonistas son los jóvenes, y que el Papa, en cierto sentido, los sigue. Una observación graciosa, pero que encierra una verdad profunda: los jóvenes, al ir en busca de una plenitud de vida, no obstante sus fragilidades y lagunas, conducen a los Pastores a escuchar sus interrogantes y a empeñarse para que la única respuesta verdadera, la de Cristo, les llegue de un modo comprensible para ellos. Nos corresponde a nosotros, pues, apreciar este don que Dios ha hecho a la Iglesia en Alemania, aceptando el reto que supone y valorando sus potencialidades.

Es importante subrayar que este acontecimiento, aunque sea excepcional, no es algo aislado. La de Colonia – por hablar de un modo corriente – «no es una catedral en el desierto». En efecto, pienso en los numerosos dones que enriquecen a la Iglesia en Alemania. Desearía repasarlos brevemente con vosotros, precisamente en el espíritu de alabanza y gratitud que ha animado estos días de gracia. En este País, muchas personas viven la fe de modo ejemplar, con gran amor por la Iglesia, por sus Pastores y por el Sucesor de Pedro. Son numerosos los que asumen voluntariamente responsabilidades, a veces exigentes, en la vida diocesana y parroquial, en las asociaciones y en los movimientos, en particular en favor de los jóvenes. Muchos sacerdotes, religiosos y laicos cumplen fielmente su servicio en situaciones pastorales a menudo difíciles. También es grande la generosidad de los católicos alemanes respecto a los más pobres. Muchos sacerdotes fidei donum y misioneros alemanes están trabajando en tierras lejanas. A través de múltiples instituciones, la Iglesia católica está presente en la vida pública. Es notable la labor desarrollada por las numerosas instituciones caritativas: desde Misereor, Adveniat, Missio, o Renovabis hasta las Cáritas diocesanas y parroquiales. También es vasta la acción educativa de las escuelas católicas y de otras instituciones y organizaciones católicas en favor de la juventud. Estos son algunos rasgos, incompletos pero significativos, que perfilan por decirlo así, el retrato de una Iglesia viva, la Iglesia que nos ha engendrado en la fe y a la que tenemos el honor y el gozo de servir.

Sabemos que en el rostro de esta Iglesia no faltan lamentablemente arrugas, sombras que ofuscan su esplendor. Queremos tenerlas también presentes, por amor y con amor, en este momento de fiesta y de agradecimiento. Siguen progresando el secularismo y la descristianización. Cada vez es menor el influjo de la ética y la moral católica. Bastantes personas abandonan la Iglesia o, aunque queden, aceptan sólo una parte de la enseñanza católica. Sigue siendo preocupante la situación religiosa en el Este, donde la mayoría de la población está sin bautizar y no tiene contacto alguno con la Iglesia. Reconocemos en estas realidades otros tantos desafíos, y vosotros mismos sois los más conscientes de ello, como se desprende de vuestra Carta pastoral del 21 de septiembre de 2004, con ocasión del 1250° aniversario del martirio de San Bonifacio. En ella, citando al jesuita Alfred Delp, habéis dicho: «nos hemos convertido en tierra de misión». Al ser originario de este País tan querido por mí, me siento particularmente afectado por sus problemas, y hoy deseo expresaros mi afecto y solidaridad, junto con todo el Colegio episcopal, animándoos a perseverar unidos y confiados en vuestra misión. La Iglesia en Alemania tiene que convertirse cada vez más en misionera, empeñándose en encontrar el modo de transmitir la fe a las futuras generaciones.

Este es el panorama que nos presenta la Jornada Mundial de la Juventud: nos invita a proyectar nuestra mirada hacia el futuro. Los jóvenes son para la Iglesia, y especialmente para los pastores, los padres y los educadores, una llamada viviente a la fe y a la esperanza. Mi venerado Predecesor, al elegir el tema de esta XX Jornada – «Hemos venido a adorarle» (Mt 2,2) – ha confirmado implícitamente esta llamada. Ha trazado una orientación clara para el camino de los jóvenes: los ha estimulado a buscar a Cristo, teniendo como modelo a los Magos; los ha invitado a seguir la estrella, reflejo de Cristo en el firmamento de la existencia personal y social; los ha educado con su ejemplo dulce y enérgico a ponerse de rodillas ante el Dios hecho hombre, ante el Hijo de la Virgen María, reconociendo en Él al Redentor del hombre. Este mismo modelo que ha indicado a los jóvenes, Juan Pablo II lo ha propuesto también a los Pastores, para orientar su servicio a las nuevas generaciones y a toda familia eclesial. En efecto, el Camino, la Verdad y la Vida que toda persona busca – y el joven de manera emblemática –, nos ha sido confiado a nosotros, los Pastores, por Cristo mismo, que nos ha hecho sus testigos y ministros de su Evangelio (cf. Mt 28,18-20). Por tanto, ni debemos amortiguar la búsqueda ni esconder la Verdad, sino mantener la tensión fecunda entre estos dos polos: una tensión que se corresponde profundamente con la índole del hombre contemporáneo. Con la luz y la fuerza de este don, es decir, del Evangelio que el Espíritu Santo no cesa de hacer vivo y actual, podemos anunciar a Cristo sin temor y podemos invitar a todos a no temer abrirle el corazón, porque estamos convencidos que Él es plenitud de vida y felicidad.

Esto es lo que significa ser Iglesia abierta al futuro y, como tal, rica de promesas para las nuevas generaciones. En efecto, los jóvenes no buscan una Iglesia juvenil, sino joven de espíritu; una Iglesia en la que se transparenta Cristo, Hombre nuevo. Éste es precisamente el compromiso que hoy queremos asumir, en un momento verdaderamente singular, porque concluye un gran acontecimiento juvenil, que nos impulsa a poner los ojos en el porvenir de la Iglesia y la sociedad. En esta luz positiva y embargada de esperanza podemos también afrontar con confianza las cuestiones más difíciles que acucian a la Comunidad eclesial en Alemania. Una vez más, los jóvenes son para nosotros, Pastores, una provocación saludable, porque nos piden que seamos coherentes, unidos, intrépidos. Por nuestra parte, hemos de educarlos a la paciencia, al discernimiento, al sano realismo. Pero sin falsas componendas, para no desvirtuar el Evangelio.

Queridos Hermanos, la experiencia de estos veinte años nos ha enseñado que cada Jornada Mundial de la Juventud, en cierto modo, es para el País que la hospeda un nuevo comienzo para la pastoral juvenil. La preparación del acontecimiento moviliza personas y recursos, y su celebración lleva consigo una oleada de entusiasmo, que es preciso favorecer del mejor modo posible. Es un potencial enorme de energías, que puede acrecentarse más y más, difundiéndose sobre el territorio. Pienso en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos; pienso en los sacerdotes, en los religiosos, los catequistas, los animadores que se ocupan de los jóvenes. Imagino que muchísimos se han implicado en este acontecimiento en Alemania. Pido al Señor que para cada uno de ellos haya significado un auténtico crecimiento en el amor a Cristo y a la Iglesia, y animo todos a llevar adelante juntos, con renovado espíritu de servicio, el trabajo pastoral entre las nuevas generaciones.

La mayor parte de los jóvenes alemanes vive en buenas condiciones sociales y económicas, pero no faltan situaciones difíciles. Aumenta en todas los sectores sociales el número de los que proceden de familias disgregadas. Lamentablemente, el paro juvenil en Alemania se ha incrementado. Además, numerosos muchachos y muchachas están confusos, sin respuestas válidas a las cuestiones sobre el sentido de la vida y de la muerte, sobre su presente y su futuro. Muchas propuestas de la sociedad moderna desembocan en el vacío y bastantes jóvenes terminan cayendo en las «arenas movedizas» del alcohol y la droga, o en los círculos de grupos extremistas. Buena parte de los jóvenes alemanes, sobre todo en el Este, no ha conocido nunca personalmente la Buena Nueva de Jesucristo. E, incluso en las zonas tradicionalmente católicas, la enseñanza de la religión y la catequesis no siempre consigue establecer vínculos duraderos entre los jóvenes con la Comunidad eclesial. Por eso, la Iglesia en Alemania está comprometida en buscar nuevas vías para llegar a los jóvenes y para anunciarles a Cristo. La Jornada Mundial de la Juventud, por usar una expresión del Papa Juan Pablo II, es un excepcional «laboratorio» en este sentido. Un laboratorio también vocacional, porque en estos días el Señor no dejará de hacer oír con fuerza su llamada al corazón de bastantes jóvenes. Una llamada que, naturalmente, requiere ser acogida e interiorizada para echar raíces profundas y dar así frutos buenos y duraderos. Muchos testimonios de jóvenes y parejas demuestran que la experiencia de estos Encuentros mundiales, cuando continúa en un camino de fe, de discernimiento y de servicio eclesial, lleva a opciones maduras de vida matrimonial, religiosa, sacerdotal y misionera. Teniendo en cuenta la escasez de sacerdotes y religiosos que ya también en Alemania es dramática, os invito, queridos Hermanos, a promover con renovado impulso una pastoral vocacional que incluya a las parroquias, a los centros educativos y a las familias. La pastoral juvenil y vocacional enlaza inevitablemente con la pastoral familiar. No digo nada nuevo al señalar que hoy la familia ha de afrontar muchos problemas y dificultades. Os exhorto ardientemente a no desanimaros y a proseguir con confianza en vuestro empeño en favor de la familia cristiana. El objetivo que nos proponemos es que los cónyuges sean capaces de desempeñar plenamente su misión, particularmente en la evangelización de los niños y los jóvenes.

En el mundo juvenil desempeñan un papel importante las asociaciones y los movimientos, que son una riqueza indudable. La Iglesia ha de valorizar estas realidades y, al mismo tiempo, conducirlas con sabiduría pastoral, para que contribuyan del mejor modo posible con sus propios dones a la edificación de la comunidad, sin competir nunca unas con otras, sino respetándose y colaborando juntas para suscitar en los jóvenes la alegría de la fe, el amor por la Iglesia y la pasión por el Reino de Dios. A este respecto, es indispensable que todos los que están comprometidos con y para los jóvenes sean personalmente testigos convencidos de Cristo y fieles al magisterio de la Iglesia. Una argumentación análoga puede hacerse en el campo de la educación católica y en la catequesis: estoy seguro que no dejaréis de poner el mayor cuidado en elegir personas preparadas y fieles al magisterio eclesial para las tareas de enseñar la religión y dar catequesis. Una ayuda válida para este cometido en la formación cristiana de las nuevas generaciones se puede encontrar en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, donde se han recogido sintéticamente todos los contenidos esenciales de la fe y de la moral católica, formulados de manera clara y accesible a todos.

Queridos Hermanos en el episcopado, si Dios quiere tendremos otras ocasiones para profundizar tantas cuestiones que reclaman vuestra solicitud pastoral y la mía. En esta oportunidad he querido recoger con vosotros el mensaje que ha dejado la gran peregrinación de jóvenes. Me parece que ellos, al final de esta experiencia, podrían decirnos en síntesis: «Hemos venido a adorarlo. Lo hemos encontrado. Ayudadnos ahora a ser sus discípulos y testigos». Es una petición exigente, pero sumamente consoladora para el corazón de un Pastor. Que el recuerdo de los días vividos aquí en Colonia bajo el signo de la esperanza refuerce nuestro y vuestro ministerio. Os dejo mi aliento afectuoso, que es al mismo tiempo una ferviente petición fraterna de caminar y actuar unidos, sobre el fundamento de una comunión que tiene en la Eucaristía su cumbre y su fuente inagotable. Os encomiendo a todos a María Santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia, a la vez que imparto de corazón a cada uno de vosotros y a vuestras Comunidades una especial Bendición Apostólica.


CEREMONIA DE DESPEDIDA
EN EL AEROPUERTO INTERNACIONAL DE COLONIA/BONN
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Domingo 21 de agosto de 2005

Al término de esta mi primera visita en tierra alemana como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro, siento una vez más la necesidad de expresar viva gratitud por la acogida dispensada a mí y a mis colaboradores y, especialmente, a los numerosos jóvenes llegados a Colonia de todos los continentes con ocasión de esta Jornada Mundial de la Juventud. El Señor me ha llamado a suceder al querido Pontífice Juan Pablo II, genial promotor de las Jornadas Mundiales de la Juventud. He acogido con gozo esta herencia y doy gracias a Dios, que me ha dado la oportunidad de vivir junto a tantos jóvenes esta nueva etapa de su peregrinación espiritual, de continente en continente, siguiendo la Cruz de Cristo.

Doy las gracias a todos los que se han esforzado para que cada fase y momento de este extraordinario encuentro se desarrollara con orden y serenidad. Los días pasados juntos, han permitido a muchos chicos y chicas procedentes del mundo entero conocer mejor Alemania. Todos somos conscientes del mal producido por nuestra patria en el siglo XX, y lo reconocemos con vergüenza y dolor. Pero en estos días, gracias a Dios, se ha puesto de manifiesto abundantemente que existía y existe también otra Alemania, un País de particulares recursos humanos, culturales y espirituales. ¡Deseo que tales recursos, gracias también al acontecimiento de estos días, vuelvan a irradiarse en el mundo! Ahora, los jóvenes de todo el mundo pueden retornar a sus países enriquecidos por los contactos y la experiencia de diálogo y de fraternidad que han tenido en muchas regiones de nuestra Patria. Estoy seguro que su estancia, caracterizada por el típico entusiasmo de su edad, deja a las poblaciones que generosamente los ha hospedado un grato recuerdo, constituyendo, también, un signo de esperanza para Alemania. En efecto, se puede decir que en estos días Alemania ha sido el centro del mundo católico. Los jóvenes de todos los continentes y culturas, estrechamente unidos con fe en torno a sus Pastores y al Sucesor de Pedro, han hecho visible una Iglesia joven, que con imaginación y valentía quiere esculpir el rostro de una humanidad más justa y solidaria. Siguiendo el ejemplo de los Magos, los jóvenes se han puesto en camino para encontrar a Cristo, como recuerda el tema de la Jornada Mundial de la Juventud. Ahora regresan a sus pueblos y ciudades para testimoniar la luz, la belleza y el vigor del Evangelio, del que han hecho una renovada experiencia.

Siento la necesidad de dar las gracias a todos los que han abierto el corazón y las casas a estos innumerables jóvenes peregrinos. Gracias a las Autoridades gubernativas, a los Responsables políticos y a las diversas Administraciones civiles y militares, así como a los servicios de seguridad y las múltiples Organizaciones de voluntariado, que con gran dedicación han trabajado en la preparación y en el fructuoso desarrollo de cada iniciativa y manifestación de esta Jornada Mundial. Gracias a los que se han ocupado de los encuentros de reflexión y oración, así como de las celebraciones litúrgicas, en las que se han dado ejemplos elocuentes de la vitalidad alegre de la fe que anima a los jóvenes de nuestro tiempo. Quisiera extender mi reconocimiento a los responsables de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como también a los representantes de las otras Religiones que han querido estar presentes en este importante encuentro, y espero que se intensifique el compromiso común de formar a las jóvenes generaciones en los valores humanos y espirituales que son indispensables para construir un futuro de libertad y paz verdadera.

Expreso mi más sentido agradecimiento al Cardenal Joachim Meisner, Arzobispo de Colonia, la Diócesis que ha hospedado este Encuentro Mundial, al Episcopado alemán, con su Presidente, el Cardenal Karl Lehmann, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, a las comunidades parroquiales, a las asociaciones laicales y a los movimientos que se han esforzado en que la estancia de los jóvenes haya sido espiritualmente provechosa. Gracias muy especialmente, y con mucho afecto, a los jóvenes alemanes, que de tantos modos han demostrado su disponibilidad para acoger a sus coetáneos, y han compartido con ellos momentos de fe que podemos calificar como memorables. Espero que este acontecimiento eclesial quede grabado en la vida de los católicos de Alemania y sea incentivo para un renovado impulso espiritual y apostólico en su seno. Que el Evangelio sea acogido en su integridad y testimoniado con pasión por todos los discípulos de Cristo, para que se revele así como fermento para una auténtica renovación de toda la sociedad alemana, también mediante el diálogo con las diversas comunidades cristianas y con los seguidores de otras religiones.

En fin, saludo con deferente gratitud a las Autoridades políticas, civiles y diplomáticas que han tenido a bien estar presentes en esta despedida. Un agradecimiento particular a usted, Señor Canciller, a cuya cortesía confío el cometido de transmitir las seguridades de mi reconocimiento al Presidente del República, a los miembros del Gobierno y a todo el pueblo alemán. Con el corazón henchido de las emociones y recuerdos de estos días, me dispongo a retornar a Roma, invocando sobre todos abundantes bendiciones divinas para un futuro de serena prosperidad, de concordia y de paz.
 
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