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Quien no arriesga nada,

arriesga aún más.

Erica Jong
¿Dónde está la felicidad: en ser joven, en tener mucho dinero, en gozar de salud...? Durante más de diez años, un nutrido equipo de investigadores norteamericanos dirigido por David Myers y Ed Diener ha intentado arrojar alguna nueva luz sobre esta cuestión a través de amplios estudios estadísticos.

Desde el principio se propusieron no fijarse sólo en las sensaciones subjetivas de felicidad que tenían los encuestados, sino también en el juicio que merecían ante los demás. Este enfoque les facilitó una de sus primeras conclusiones: casi todos los que se sentían felices también lo eran a los ojos de sus más íntimos amigos, de sus familiares y de los propios psicólogos que les interrogaban.

También observaron que la impresión personal de felicidad está distribuida de modo bastante homogéneo en casi todas las edades, niveles de ingresos económicos o de titulación académica, y tampoco se ve afectada de modo significativo por la raza o el sexo. Por ejemplo, sólo encontraron una cierta relación entre ingresos económicos y sensación de felicidad en algunos países muy pobres, como la India o Bangladesh; en los demás casos, solía ser incluso ligeramente más frecuente lo contrario.

La investigación concluía señalando una serie de rasgos de carácter que parecen comunes a casi todas las personas que se sienten felices: “la persona feliz es cordial y optimista, tiene un elevado control sobre ella misma, posee un profundo sentido ético y goza de una alta autoestima”.

Aunque es difícil saber en qué medida esos rasgos de carácter contribuyen a la felicidad o son más bien parte de sus efectos, sí podemos concluir con Myers y Diener en destacar la gran importancia que para toda persona tiene la mejora de su carácter.

Es frecuente observar, por ejemplo, cómo muchas personas jóvenes hacen grandes inversiones de tiempo, energía y dinero para ampliar cada vez más sus conocimientos y mejorar su propia preparación personal; y, sin embargo, a pesar de ese gran esfuerzo, se encuentran luego con serias carencias en lo que se refiere a la formación básica de su propio carácter: pesimismo, indecisión, desorden, inseguridad, dependencia de los estados de ánimo, dificultad para trabajar en equipo y relacionarse con los demás, u otros defectos en su modo de ser que suponen un lastre importante, y no sólo para su valía profesional sino también para su felicidad y su realización como personas.

El carácter de una persona es, muy frecuentemente, lo que marca el techo de sus posibilidades en lo profesional, o en sus relaciones familiares o de amistad. Las más de las veces, lo que nos falta no son más conocimientos, títulos o idiomas, sino una mejor relación con los demás, dominar más los estados de ánimo, saber organizarnos mejor, ser más cordiales y optimistas, comprender mejor los problemas propios y ajenos, cultivar más los valores que dan luz y sentido a nuestra vida.

Casi todo el mundo intuye que tendría que mejorar en muchos de esos aspectos, pero pocos saben cómo lograrlo. El propósito de estas páginas es reflexionar sobre cómo desde la familia se puede acceder a ese cambio: un cambio que pasa por cambiar nosotros mismos, y en muchos casos por cambiar antes nuestra percepción de los problemas.

 
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