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No digas que estás solo

Autor: César Fernández García

Editorial Bruño

Colección: Altamar nº 61

Año 2009

176 pp.

No digas que estás solo es una novela de intriga, misterio y reflexión sobre la pervivencia de los hechos y las vidas pasadas. La intriga lleva de la mano al miedo desde las primeras líneas de la novela. Este miedo va aumentando gracias a una correcta estructura narrativa, en la que los sustos se van sucediendo paulatinamente, dosificados con maestría, a la vez que vamos conociendo a los personajes e interesándonos por sus motivaciones. Y todo ello lográndose mantener con solidez hasta llegar a un clímax perfecto, sorprendente, con el que el lector se siente satisfecho pues le dan, al mismo tiempo, pensamiento y entretenimiento. Y se lo otorgan de forma honesta, sin trucos ni dobles piruetas narrativas sacadas de la manga.


El lector debe prepararse a asistir a historia de distintas lecturas, a pasar miedo, a inquietarse por desentrañar la intriga y sobre todo, a quedarse con la boca abierta con el final de la novela, pues esos últimos capítulos en los que todo se pone patas arriba, son una apuesta por lo que representa la literatura que ha de interesar hasta el lector más impasible. Una literatura que además ofrece una aguda reflexión sobre la auténtica identidad del ser, sobre la inmortalidad de sus acciones.


La obra crea una atmósfera de miedo mediante la sutil sugerencia de lo desconocido, que es el atávico miedo de los hombres ante lo que no conseguimos entender. La acción se circunscribe básicamente a Cotela, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés que, en realidad, supone un universo de perfiles alegóricos. Hasta allí se trasladan dos jovencísimos becarios y dos veteranos periodistas para filmar un documental sobre las aldeas que perdieron a todos sus habitantes y que ahora yacen con los muros caídos por la podredumbre y el olvido. El trabajo parece sencillo y atractivo, sobre todo para los dos jóvenes becarios, Begoña y Alberto. Supone, además, una excelente ocasión para conocerse mejor, pues entre ellos parece latir una cierta conexión. Sin embargo, uno tras otro se van sucediendo hechos inexplicables, escalofriantes. Una extraña presencia los acecha. No están solos. Nunca se está solo.


Cuando caen las nieves, Catela va a suponer un lugar de donde no se puede salir. El efecto claustrofóbico propicia que el tiempo y el espacio pierdan su carácter referencial y se conviertan en coordinadas propias de una leyenda. Pero lo que los personajes van a conocer no es una ficción, sino la verdad de aquel pueblo. La verdad de muchos pueblos abandonados en los que todavía perviven las historias de sus habitantes. Especialmente, conocen la tragedia de un adolescente, Luis, a partir de sus propios poemas, de una noticia del periódico de la época y de las referencias de un médico que lo conoció. Esa verdad les afectará muy pronto, no sólo en cuanto al documental que pretenden filmar, sino también en sus propias vidas.
En la convivencia entre los cuatro personajes se va deslizando progresivamente la irrupción de una presencia amenazadora que, con el transcurso del relato, se va haciendo más evidente. En esa evolución hacia el descubrimiento de la entidad del peligro, la novela sugiere que la amenaza no está lejos del ser humano, sino en su propio interior.


No digas que estás solo fluye con un ritmo elegante y sosegado que, sin prescindir de momentos de gran intensidad — la persecución del viejo Eusebio en el primer capítulo; la desaparición de Menchu; el descubrimiento del maniquí; la huida por la nieve; la lucha sobre el acantilado — basa su eficacia en la sugerencia de una atmósfera inquietante y en la creación y aumento progresivo del suspense.
El desenlace cumple con los dos requisitos que agradece el lector y exige la calidad literaria: es tan necesario como imprevisible. El pasado regresa para dar sentido al presente y unir sensibilidades a las que el tiempo ha separado, pero la vida ha unido. Por eso mismo, los personajes se sienten vinculados con la vida del adolescente, cruelmente asesinado en Cotela. No sólo se sienten conmovidos por su historia y por su sed de vida, sino también acompañados por él. También el lector.

 

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