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La historia no es útil
tanto por lo que nos dice del pasado
como porque en ella se lee el futuro.
J. B. Say

  • No tengo tiempo

  • Preparación personal

  • Cultura

  • Cabezas bien hechas, no bien llenas


No tengo tiempo

Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.

En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta:

—Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol?

—Más de dos horas.

—Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo..., ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra?

—No puedo parar, llevo mucho retraso.

—Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.

—Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.

Y así concluyó aquella conversación.

Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía...; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.

—Me parece que en muchos casos la culpa está en que la formación es efectivamente muy teórica y no resuelve los problemas que tiene la gente.

De acuerdo, pero la solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.

El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado:

Lo que les pierde es
la teoría del
desprecio por la teoría.

Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes (aquel famoso cuadrante II) que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.



Preparación personal

Si consideramos los diversos ámbitos de la propia preparación personal, podríamos hablar en primer lugar de un nivel referido a lo estrictamente corporal: atender al cuidado de la salud, llevar una alimentación sana y equilibrada, hacer el necesario ejercicio físico, etc.

Estas exigencias pueden resultar bastante costosas para algunas personas. Y si uno no está acostumbrado a ellas, al comenzar a tomarlas más en serio, es fácil que el cuerpo proteste contra el cambio, y quiera seguir en su cómoda cuesta abajo de la vida: comer y beber lo que nos venga en gana, desdeñar el ejercicio físico, ser negligentes en el cuidado de la salud, etc. Se necesita un tiempo para acostumbrar al cuerpo a esa disciplina, pero a medida que se logra, uno se encuentra con más energía y mejor humor, las actividades normales van resultando menos costosas y aumenta la capacidad para hacer cosas más exigentes.

Si pasamos a analizar otro nivel más alto de nuestra preparación personal, referido por ejemplo a nuestras capacidades intelectuales, es probable que advirtamos que nuestras circunstancias de vida quizá no nos empujan a usar mucho de ellas. Depende mucho del tipo de ocupaciones de cada uno, pero sucede con frecuencia a quien ha dejado ya la disciplina exterior de sus obligaciones de estudiante, y su trabajo tampoco le obliga a ejercer con exigencia su capacidad de leer, o de pensar analíticamente, o de expresarse por escrito con un mínimo de riqueza y corrección.

—Lo malo es que, si el trabajo no nos lo exige, luego, en el poco tiempo libre que uno tiene, tampoco está uno para demasiadas florituras intelectuales...

Tampoco se trata de caer en un obsesivo afán de ejercer las capacidades mentales, de la misma manera que hacer periódicamente un poco de ejercicio físico no es pasarse las tardes en un gimnasio dedicado al culturismo. Pero si nos detenemos a pensar en cómo empleamos nuestro tiempo libre, quizá advirtamos que pasamos bastante tiempo con distracciones demasiado pasivas y que nos aportan muy poco, y que podríamos dedicarnos más a otras que nos aportarían más, y que también descansan más.

Un ejemplo típico es la televisión. Ser capaz de autorregularse en su uso con sensatez y equilibrio es un hábito que puede tener unas importantes consecuencias para el futuro de una persona.

—¿No exageras un poco?

Me refiero a que un consumo excesivo e indiscriminado de televisión supone perder la ocasión de hacer muchas cosas en la vida. Basta pensar que si una persona dedica tres horas diarias a ver televisión –y aún estaría por debajo de la media del mundo occidental–, ese tiempo supone casi la quinta parte del que se pasa cada día levantado de la cama. O sea, que es como dedicar quince años de la vida a ver la televisión quince horas diarias. Y en ese tiempo realmente se pueden hacer muchas cosas.

—Es cierto, pero supongo que viendo la televisión también se pueden aprender cosas.

Hay programas que efectivamente tienen una alta calidad, bien por su contenido formativo o informativo, o incluso de entretenimiento y de descanso, y es verdad que pueden enriquecernos y ayudarnos mucho. Pero también es cierto que muchos otros sencillamente nos hacen perder el tiempo (y eso sin contar con los que puedan influirnos negativamente, que también los hay).

Además, si resulta que vemos la televisión a granel, sin que medie una selección y búsqueda de los espacios que de verdad nos interesan, tragándonos todo, de un canal a otro, todas las tardes, todas las noches, lo que haya... eso habría que calificarlo de adicción, y sus efectos no pueden ser positivos. La televisión es un buen siervo pero un mal amo, y no debemos dejar que su uso nos domine, sino ser capaces de emplearla con moderación y sensatez.

—¿Y cómo es que, hablando de la preparación personal, has casi empezado hablando de la televisión, y con tanta insistencia?

Quizá porque es la ocupación –quitando el trabajo y el sueño– a la que dedica más tiempo cada día el ciudadano occidental de tipo medio. Y parece claro que de ahí es de donde más tiempo puede sacar para su preparación personal en todos los ámbitos.



Cultura

La vida de un hombre sin cultura es como una llanura desértica. La cultura nos facilita interpretar la realidad del mundo que nos rodea. Con la cultura podemos despejar un poco de ese misterio que somos cada hombre. La cultura enriquece al hombre, le lleva a profundizar en sus raíces y en su historia. La cultura nos pone sobre la pista de nuestro pasado, nos hace valorar lo que ha sido nuestra andadura sobre la tierra –la nuestra personal y la de toda la historia del hombre–, y nos empuja –si es verdadera cultura– hacia la verdad y, por ella, hacia la libertad.

—Pero supongo que la cultura de un hombre no se improvisa. Para llegar a tener un pensamiento y unas valoraciones profundas y acertadas, será preciso dedicar mucho tiempo y esfuerzo.

Tiempo y esfuerzo, y también acierto, puesto que ser culto no es tanto saber muchas cosas como tener una explicación coherente, y en clave de verdad, de lo que es el hombre y el mundo que le rodea.

Lo importante no es tener muchos conocimientos, sino que esos conocimientos nos ayuden a dar una respuesta acertada a los problemas nuestros y de quienes nos rodean. Porque, de lo contrario, ¿de qué nos sirve tener muchos conocimientos, si luego resultan fragmentarios y contradictorios, si no sabemos la verdad que pueda haber en ellos? Sin un criterio de verdad, la multiplicidad de conocimientos desemboca en una erudición simple y ramplona, pero no en una verdadera cultura. Cultura es todo y sólo aquello que ayuda al ser humano a ser plenamente hombre.

El término cultura viene del latín, del verbo colere: cultivar. Su empleo era metafórico, y es Cicerón quien insiste en que al igual que una tierra sin cultivar, por buena que sea, sólo produce abrojos, el espíritu del hombre necesita ser ejercitado para producir los frutos que le son propios.

Y para cultivarse cada día un poco más, el hombre ha de tener un proyecto mínimamente definido. Cada uno ha de buscar una síntesis personal de sus intereses y necesidades culturales, y de este modo contribuir a forjar conscientemente su propia personalidad y su actitud ante la vida. Sólo así podrá superar la seductora mediocridad de esas subculturas superficiales y masificadas que a veces parece que se nos quieren imponer, con una sutil y terca persistencia, y contra las que es preciso oponer una auténtica búsqueda que nos sirva para aprehender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenernos.

La verdadera cultura
ha de servir para
interpretar correctamente la vida.

La verdadera cultura ha de hacer la vida más humana, ha de hacernos descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones. El hombre no se agota en su biología, sino que tiene todo un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o intentar de algún modo sobrevivir en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira.

Cultivar el propio mundo interior tiene siempre su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo en su carácter, sino hasta en lo aparentemente más inmotivado del porte externo: la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz; todo eso es matizado, vivificado y mediatizado por el propio talante personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre: allí es donde al hombre se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.

Por eso, un buen camino para mejorar el propio carácter es enriquecer el propio mundo interior. Así, lo que de ese mundo interior salga luego al exterior se parecerá lo más posible a lo que uno anda buscando.

—Pero a veces parece que la cultura se promociona demasiado a golpe de marketing, y que los medios de comunicación imponen mucho las modas y hacen como de filtro del gusto mayoritario.

Precisamente por eso conviene presentar una cierta resistencia a esos embates del marketing cultural. Y como no sirve de mucho añorar tiempos mejores (que además quizá nunca existieron), lo mejor es –como sugiere Ignacio Aréchaga– resistir a esa uniformización con métodos más plurales de selección: en vez de guiarse sólo por la lista de best-sellers, perder tiempo hojeando libros en las librerías y compartiendo los hallazgos con gente cuya opinión valoramos; no sentirse raro por elegir una película recomendada de boca a oreja, en vez de aquella otra promocionada al alimón en todos los dominicales; o descubrir ese programa de televisión que aporta algo, aunque esté permanentemente expulsado del prime time.



Cabezas bien hechas, no bien llenas

Con el saber, entendido como un serio compromiso de búsqueda de la verdad, vienen siempre al hombre grandes bienes.

La ignorancia, por el contrario, está casi siempre en el origen de los comportamientos autoritarios, de los conflictos absurdos, de las descalificaciones necias, de los insultos y las agresiones. La ignorancia es simplificadora, drástica en sus afirmaciones, amiga de trivializar y poco aficionada a matices o aclaraciones.

Sócrates decía que
lo peor del ignorante
no es que no sepa,
sino que no sepa que no sabe.

Por eso, ganar terreno a la ignorancia –sobre todo a la no reconocida, que es la más peligrosa– es uno de los grandes retos para la vida de cualquier sociedad, de cualquier institución, de cualquier familia, de cualquier persona.

—Para ganar terreno a la ignorancia será preciso mejorar la formación, pero habría que precisar primero cómo debe ser una buena formación.

Una buena formación –apunta José Antonio Ibáñez-Martín– no puede reducirse a un simple enciclopedismo, a almacenar datos en la cabeza.

Educar es formar
cabezas bien hechas,
no bien llenas.

Una buena formación exige en primer lugar un conjunto de conocimientos que permita mejorar cualitativamente nuestra existencia. No se trata de almacenar datos, sino de lograr un conjunto de saberes bien estructurado: unos amplios conocimientos de la propia especialidad profesional, junto a un deseo universal de tener un mínimo de iniciación a otros saberes.

En segundo lugar, es preciso buscar la formación del juicio: de ese juicio que en ciencia significa espíritu crítico y método, que en arte se llama gusto, y que en la vida práctica se traduce en discernimiento y lucidez.

Junto a esa formación en los conocimientos y en el juicio, es preciso añadir, en tercer lugar, el ejercicio de las virtudes individuales y sociales, así como el cultivo de otras dimensiones humanas, porque bien sabemos que para vivir con acierto no basta con el conocimiento.

Los hombres de bien
no se identifican simplemente
con los que saben ética,
ya que luego
hay que ponerla en práctica.

La formación debe despertar en lo más profundo del corazón del hombre una atracción hacia los valores. Debe descubrir la vida como un proyecto que parte de una plataforma que no hemos escogido, pero que discurrirá por los cauces que nos marquemos.

Como afirmaba Ortega,
la vida nos ha sido dada,
pero no nos ha sido dada hecha.

Platón, por ejemplo, aseguraba que el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano, e insistía en que no puede calificarse de educativa una tarea orientada a transmitir conocimientos que no vayan acompañados de la razón o la justicia. Séneca también señalaba que una buena educación ha de dotar a la persona de una sólida contextura moral, que le haga avanzar en la adquisición de la ciencia del bien y del mal.

La formación ha de ayudar a orientar rectamente el uso de la libertad. Y esto exige primero la enseñanza del bien y después el aliento para ponerlo por obra mediante un responsable compromiso personal:

Lucidez para ver lo que debemos hacer
y fuerza para querer hacerlo,
pues los hombres no somos
como unas máquinas
que basta con programar.

Junto al desarrollo de la inteligencia debe estar la consolidación de la voluntad y la educación de los sentimientos.

—Y supongo que gran parte de ese aliento al que te refieres debe estar en el buen ejemplo que se recibe.

El ejemplo es, sin duda, muy importante. Pero lo verdaderamente decisivo es que ese buen ejemplo nos lleve a un compromiso personal por avanzar en ese camino. Un camino que requiere esfuerzo, sentido del deber, disciplina personal y sacrificio.

—Pero deber, disciplina y sacrificio suenan un poco a antiguos estilos voluntaristas...

No se puede negar la necesidad de purificar alguno de estos conceptos para descontaminarlos de ciertos resabios negativos que les han dado un aire frío, rígido y pasivo. Son términos que se han empleado muchas veces en un contexto muy poco educativo, es verdad, pero eso no puede llevarnos a minusvalorar la importancia del esfuerzo, pues sin él casi nada valioso puede lograrse, ni en la vida intelectual ni en la moral.


 
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