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Ecclesia in Africa (Sobre la Iglesia en África, 14.IX.95) |
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INDICE
INTRODUCCIÓN
El Concilio
El Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar
La convocatoria de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos
Un acontecimiento de gracia
Destinatarios de la Exhortación
Plan de la Exhortación
CAPITULO 1: UN MOMENTO ECLESIAL HISTÓRICO
Profesión de fe
Sínodo de resurrección, Sínodo de esperanza
Colegialidad afectiva y efectiva
En plena comunión con la Iglesia universal
Un mensaje oportuno y creíble
Familia de Dios en camino sinodal
Dios quiere salvar a África
CAPÍTULO 2: LA IGLESIA EN ÁFRICA
I. BREVE HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL CONTINENTE
Primera fase
Segunda fase
Tercera fase
Homenaje a los misioneros
Arraigo y crecimiento de la Iglesia
¿Qué ha llegado a ser África?
Valores positivos de la cultura africana
Algunas opciones de los pueblos africanos
II. PROBLEMAS ACTUALES DE LA IGLESIA EN ÁFRICA
Evangelización en profundidad
Superación de las divisiones
Matrimonio y vocaciones
Dificultades sociopolíticas
Invasión de los medios de comunicación social
III. FORMACIÓN DE LOS AGENTES DE LA EVANGELIZACIÓN
CAPÍTULO 3: EVANGELIZACIÓN E INCULTURACIÓN
Misión de la Iglesia
Anuncio
Urgencia y necesidad de la inculturación
Fundamentos teológicos
Criterios y ámbitos de la inculturación
Iglesia como Familia de Dios
Campos de aplicación
Diálogo
Desarrollo humano integral
Ser la voz de quienes no tienen voz
Medios de comunicación social
CAPÍTULO 4: EN LA PERSPECTIVA DEL TERCER MILENIO CRISTIANO
I. LOS DESAFÍOS ACTUALES
Necesidad del Bautismo
Urgencia de la evangelización
Importancia de la formación
Profundización de la fe
La fuerza del testimonio
Inculturar la fe
Una comunidad reconciliada
II. LA FAMILIA
Evangelización de la familia
La Sagrada Familia como modelo
Dignidad y papel del hombre y de la mujer
Dignidad y papel del matrimonio
Salvar la familia africana
La familia abierta a la sociedad
CAPÍTULO 5: "SERÉIS MIS TESTIGOS" EN ÁFRICA
Testimonio y santidad
I. AGENTES DE LA EVANGELIZACIÓN
Comunidades eclesiales vivas
Laicado
Catequistas
La familia
Jóvenes
Hombres y mujeres consagrados
Hombres y mujeres consagrados
Diáconos
Sacerdotes
Obispos
II. ESTRUCTURAS PARA LA EVANGELIZACIÓN
Parroquias
Movimientos y asociaciones
Escuelas
Universidades e Institutos Superiores
Medios materiales
CAPÍTULO 6: EDIFICAR EL REINO DE DIOS
Reino de Justicia y de paz
Dimensión eclesial del testimonio
La sal de la tierra
Colaborar con los demás creyentes
Una buena gestión de los asuntos públicos
Construir la nación
La vía del derecho
Administrar el patrimonio común
La dimensión internacional
I. FACTORES PREOCUPANTES
Devolver la esperanza a los jóvenes
El flagelo del sida
¡"Con las espadas forjad arados" (cf Is 2,4): nunca más guerras!
Refugiados y prófugos
El peso de la deuda Internacional
Dignidad de la mujer africana
II. COMUNICAR LA BUENA NUEVA
Seguir a Cristo, comunicador por excelencia
Formas tradicionales de comunicación
Evangelización del mundo de los medios de comunicación
Uso de los medios de comunicación social
Colaboración y coordinación de los medios de comunicación social
CAPÍTULO 7: "SERÉIS MIS TESTIGOS HASTA LOS CONFINES DE LA TIERRA"
Abiertos a la misión
Solidaridad pastoral orgánica
Santidad y misión
Practicar la solidaridad
CONCLUSIÓN
Hacia el nuevo milenio cristiano
Oración a María, Madre de la Iglesia
INTRODUCCIÓN
1. LA IGLESIA QUE ESTÁ EN ÁFRICA celebró con alegría y esperanza durante cuatro semanas, su fe en Cristo resucitado, en el curso de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos. Su recuerdo permanece aún vivo en toda la Comunidad eclesial.
Fieles a la tradición de los primeros siglos del Cristianismo en África, los Pastores de este continente, en comunión con el Sucesor del apóstol Pedro y los miembros del Colegio episcopal procedentes de otras regiones del mundo, celebraron un Sínodo que se presentó como acontecimiento de esperanza y de resurrección, en el momento mismo en que las vicisitudes humanas parecían más bien empujar a África hacia el desánimo y la desesperación.
Los Padres Sinodales, asistidos por cualificados representantes del clero, de los religiosos y del laicado, examinaron detenidamente y con realismo las luces y las sombras, los desafíos y las perspectivas de la evangelización en África, al aproximarse el tercer milenio de la fe cristiana.
Los miembros de la Asamblea sinodal me han pedido que dé a conocer a toda la Iglesia los frutos de sus reflexiones y de sus oraciones, de sus discu-siones y de sus intercambios. Con alegría y gratitud al Señor he acogido esta petición, y hoy, en el momento mismo en que, en comunión con los Pastores y los fieles de la Iglesia católica en África, abro la fase celebrativa de la Asamblea especial para África, hago público el texto de esta Exhortación apostólica postsinodal, que es fruto de un trabajo colegial intenso y prolongado.
Pero antes de entrar en la exposición de cuanto se maduró durante el Sínodo, considero oportuno mencionar, aunque sea velozmente, las distintas fases de un acontecimiento tan decisivo para la Iglesia en África.
El Concilio
2. El concilio ecuménico Vaticano II puede considerarse ciertamente, desde el punto de vista de la historia de la salvación, como la piedra angular de este siglo, próximo ya a desembocar en el tercer milenio. En el marco de ese gran acontecimiento, la Iglesia de Dios que está en África vivió, por su parte, auténticos momentos de gracia. En efecto, la idea de un encuentro, bajo una forma u otra, de los obispos de África para dialogar sobre la evangelización del continente, se remonta al período del Concilio. Aquel acontecimiento histórico fue verdaderamente el crisol de la colegialidad y una expresión peculiar de la comunión afectiva y efectiva del episcopado mundial. Los obispos, en esa ocasión, trataron de señalar los instrumentos adecuados para compartir mejor y hacer más eficaz su solicitud por todas las Iglesias (cf 2 Cor 11,28) y comenzaron a proponer, con ese fin, las estructuras oportunas a nivel nacional, regional y continental.
El Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar
3. En este clima, los obispos de África y Madagascar presentes en el Concilio decidieron crear un Secretariado General propio para coordinar sus intervenciones, de modo que se ofreciera en el aula, en cuanto fuera posible, un punto de vista común. Esta cooperación inicial entre los obispos de África se institucionalizó después con la creación en Kampala del Simposio de las Conferencias Episcopales de África y Madagascar (S.C.E.A.M. ). Esto sucedió con ocasión de la visita del papa Pablo VI a Uganda en julio y agosto de 1969, primera visita a África de un Pontífice de los tiempos modernos.
La convocatoria de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos
4. Las Asambleas generales del Sínodo de los obispos, que se sucedieron periódicamente a partir de 1967, ofrecieron a la Iglesia que está en África preciosas oportunidades de hacer sentir su propia voz en el ámbito universal de la Iglesia. Así, en la IIª Asamblea general ordinaria (1971), los Padres Sinodales de África acogieron con alegría la oportunidad que se les presentaba de pedir una mayor justicia en el mundo. La IIIª Asamblea General ordinaria sobre la evangelización en el mundo contemporáneo (1974) permitió examinar particularmente los problemas de la evangelización en África. En esa circunstancia los obispos del continente presentes en el Sínodo publicaron un importan te mensaje titulado. Poco después, durante el Año Santo de l975, el S.C.E.A.M. convocó su propia Asamblea plenaria en Roma, para profundizar el tema de la evangelización.
5. Posteriormente, de 1977 a 1983, varios obispos, sacerdotes, personas consagradas, teólogos y laicos manifestaron el deseo de un Concilio o de un Sínodo africano, con el objetivo de evaluar la evangelización en África en vista de las grandes opciones que se deben adoptar para el futuro del continente. Acogí favorablemente y alenté la idea de una "coordinación bajo diferentes formas" de todo el episcopado africano "a fin de examinar los problemas religiosos que se presentan al conjunto del continente". Por ello, el S.C.E.A.M. se preocupó de buscar vías y medios para llevar a buen fin el proyecto de este encuentro continental. Se consultó a las Conferencias Episcopales y a cada obispo de África y Madagascar, después de lo cual pude convocar una Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos. El 6 de enero de 1989, en el contexto de la solemnidad de la Epifanía -celebración litúrgica en que la Iglesia se siente más consciente de la universalidad de su misión y del consiguiente deber de llevar la luz de Cristo a todos los pueblos-, anuncié que había asumido esta "iniciativa de gran importancia para la difusión del evangelio". Y precisé que lo había hecho acogiendo la petición, manifestada muchas veces y en momentos distintos por los obispos de África, por sacerdotes, teólogos y exponentes del laicado, de que "se promueva una orgánica solidaridad pastoral en todo el territorio africano e islas adyacentes".
Un acontecimiento de gracia
6. La Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos ha sido un momento histórico de gracia: el Señor ha visitado a su pueblo que está en África. En efecto, este continente vive hoy lo que puede definirse un signo de los tiempos, un momento propicio, un día de salvación para África. Parece llegada la "hora de África", una hora favorable que invita con insistencia a los mensajeros de Cristo a bogar mar adentro y a echar las redes para la pesca (cf Lc 5,4). Como al inicio del cristianismo, el alto funcionario de Candace, Reina de Etiopía, feliz de haber recibido la fe mediante el bautismo, prosiguió su camino llegando a ser testigo de Cristo (cf He 8,27-39), del mismo modo hoy la Iglesia en África, llena de alegría y gratitud por la fe recibida, debe proseguir su misión evangelizadora, para atraer los pueblos del continente al Señor, enseñándoles a observar cuanto Él ha mandado (cf Mt 28,20).
A partir de la solemne liturgia eucarística in augural que, el l0 de abril de 1994, celebré en la Basílica Vaticana junto con treinta y cinco Cardenal es, un Patriarca, treinta y nueve arzobispos, ciento cuarenta y seis obispos y noventa sacerdotes, la Iglesia, Familia de Dios, pueblo de los creyentes, se congregó en torno a la Tumba de Pedro. Estaba presente África con la variedad de sus ritos, junto con todo el pueblo de Dios: danzaba manifestando su alegría, expresando su fe en la vida, al sonido de los tam-tam y de otros instrumentos musicales africanos. En esta ocasión, África sintió que era, según la expresión de Pablo VI, tierra amada por el Padre eterno. Por esto yo mismo saludé ese momento de gracia con las palabras del Salmista. "¡Este es el día que el Señor ha hecho, exultemos y gocemos con él!"(Sal 118/11 7,24).
Destinatarios de la Exhortación
7. Con esta Exhortación apostólica postsinodal, en comunión con la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, deseo dirigirme en primer lugar a los Pastores y a los fieles laicos, y también a los hermanos de las demás Confesiones cristianas, así como a cuantos profesan las grandes religiones monoteístas, en particular los seguidores de la religión tradicional africana, y a todos los hombres de buena voluntad que, de un modo u otro, se interesan por el desarrollo espiritual y material de África o tienen en sus manos los destinos de este gran continente.
Ante todo mi pensamiento se dirige naturalmente a los africanos mismos y a todos los que viven en el continente; pienso, en particular, en los hijos y las hijas de la Iglesia católica: obispos, sacerdotes, diáconos, seminaristas, miembros de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica, catequistas y todos los que hacen del servicio a sus hermanos el ideal de su existencia. Deseo confirmarlos en la fe (cf Lc 22,32) y exhortarles a perseverar en la esperanza que viene de Cristo resucitado, venciendo toda tentación de desánimo.
Plan de la Exhortación
8. La Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos examinó en profundidad el tema que le había sido propuesto: "La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000: seréis mis testigos (cf He 1,8)". Esta Exhortación tratará de seguir de cerca este mismo itinerario. Arrancará del momento histórico, verdadero kairós, en que se celebró el Sínodo, examinando sus objetivos, preparación y desarrollo. Se detendrá sobre la situación actual de la Iglesia en África, recordando las distintas fases del compromiso misionero. Además, afrontará los diferentes aspectos de la misión evangelizadora con los que la Iglesia debe contar en el momento presente: la evangelización, la inculturación, el diálogo, la justicia y la paz, los medios de comunicación social. La alusión a las urgencias y los desafíos que interpelan a la Iglesia en África a las puertas del año 2000, permitirá delinear las tareas del testigo de Cristo en África, de cara a una aportación más eficaz para la edificación del reino de Dios. Así será posible individuar al final, los compromisos de la Iglesia en África como Iglesia misionera: una Iglesia de misión que llega a ser ella misma misionera: "Seréis mis testigos..., hasta los confines de la tierra" (He 1,8).
CAPITULO 1: UN MOMENTO ECLESIAL HISTÓRICO
9. "Esta Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos es un acontecimiento providencial, por el que debemos dar gracias al Padre omnipotente y misericordioso mediante su Hijo en el Espíritu Santo, y glorificarlo". Con estas palabras los Padres sinodales, durante la primera Congregación general, abrieron solemnemente el debate relativo al tema del Sínodo. En una ocasión precedente, yo mismo había ya expresado una convicción semejante, reconociendo que "la Asamblea especial es un acontecimiento eclesial de suma importancia para África, un kairós, un momento de gracia, en el que Dios manifiesta su salvación. Toda la Iglesia está invitada a aceptar plenamente este tiempo de gracia, a recibir y difundir la Buena Nueva. El esfuerzo de preparación para el Sínodo no sólo servirá para el buen desarrollo de la celebración sinodal, sino que ya desde ahora redundará en beneficio de las Iglesias locales que peregrinan en África, cuya fe y testimonio se refuerzan, haciéndolas cada vez más maduras".
Profesión de fe
10. Este momento de gracia se concretó ante todo en una solemne profesión de fe. Congregados al rededor de la Tumba de Pedro para la inauguración de la Asamblea especial, los Padres del Sínodo proclamaron su fe, la fe de Pedro que, respondiendo a la pregunta de Cristo: "¿También vosotros queréis marcharos?", dice: "Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios"(Jn 6,67-69). Los obispos de África, en quienes la Iglesia católica hallaba aquellos días una particular expresión junto a la Tumba del apóstol, reafirmaron que creían firmemente que la omnipotencia y la misericordia del único Dios se han manifestado sobre todo en la Encarnación redentora del Hijo de Dios, Hijo que es consustancial al Padre en la unidad del Espíritu Santo y que, en esta unidad trinitaria, recibe en plenitud gloria y honor. Esta es nuestra fe-afirmaron los Padres-esta es l a fe de la Iglesia, esta es la fe de todas las Iglesias locales que, diseminadas por el continente africano, caminan hacia la casa de Dios.
Esta fe en Jesucristo se manifestó de modo constante, con fuerza y unanimidad, en las intervenciones de los Padres del Sínodo a lo largo de la Asamblea especial. Firmes en esta fe, los obispos de África confiaron su continente a Cristo Señor, convencidos de que sólo Él, con su evangelio y su Iglesia, puede salvar a África de las dificultades actuales y curarla de sus numerosos males.
11. Al mismo tiempo, con ocasión de la apertura solemne de la Asamblea especial, los obispos de África proclamaron públicamente su fe en "la única Iglesia de Cristo, de la que confesamos en el Credo que es una, santa, católica y apostólica". Estos atributos indican rasgos esenciales de la Iglesia y de su misión. La Iglesia "no los tiene por ella misma; es Cristo, quien, por el Espíritu Santo, da a la Iglesia el ser una, santa, católica y apostólica, y Él es también quien la llama a ejercitar cada una de estas cualidades".
Todos aquellos que tuvieron el privilegio de asistir a la celebración de la Asamblea especial para África se alegraron de ver que los católicos africanos van asumiendo cada vez más responsabilidades en sus Iglesias locales y se esfuerzan por comprender mejor lo que significa ser simultáneamente católico y africano. La celebración de la Asamblea especial manifestó al mundo entero que las Iglesias locales de África tienen un puesto legítimo en la comunión de la Iglesia, tienen derecho a conservar y desarrollar "sus propias tradiciones, sin quitar nada al primado de la Sede de Pedro, que preside toda la comunidad de amor, defiende las diferencias legítimas y al mismo tiempo se preocupa de que las particularidades no sólo no perjudiquen a la unidad, sino que más bien la favorezcan".
Sínodo de resurrección, Sínodo de esperanza
12. Por un singular designio de la Providencia, la solemne inauguración de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos tuvo lugar el segundo domingo de Pascua, es decir, al concluir su octava. Los Padres Sinodales, reunidos aquel día en la Basílica Vaticana, eran conscientes del hecho de que la alegría de su Iglesia brotaba del mismo acontecimiento que colmó de alegría los corazones de los apóstoles el día de Pascua: la resurrección del Señor Jesús (cf Lc 24,40-41). Eran profundamente conscientes de la presencia en medio de ellos del Señor resucitado, que les decía como a los apóstoles: "¡Paz a vosotros!" (Jn 20, 21.26). Eran conscientes de su promesa de que permanecería con su Iglesia para siempre (cf Mt 28,20) y, por tanto, también durante todo el desarrollo de la Asamblea sinodal. El clima pascual en el que la Asamblea especial inició su trabajo, con sus participantes unidos en la celebración de su fe en Cristo resucitado, evocaba espontáneamente en mi espíritu las palabras dirigidas por Jesús al apóstol Tomás: "dichosos los que no han visto y han creído"(Jn 20,29).
13. En efecto, ha sido el Sínodo de la resurrección y de la esperanza, como declararon con alegría y entusiasmo los Padres sinodales en las primeras frases de su Mensaje dirigido al Pueblo de Dios. Son palabras que gustosamente hago mías: "Como María Magdalena, la mañana de la Resurrección, y los discípulos de Emaús, con corazón ardiente e inteligencia iluminada, la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos proclama: ¡Cristo, nuestra esperanza, ha resucitado! Se ha encontrado con nosotros, ha caminado con nosotros. Nos ha explicado las Escrituras y nos ha dicho: "Yo soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1,1718) (...). Y, como san Juan en Patmos, en tiempos especialmente difíciles, recibió profecías de esperanza para el pueblo de Dios, también nosotros anunciamos un mensaje de esperanza. En este momento en que tantos odios fratricidas, provocados por intereses políticos, desgarran a nuestros pueblos; en este momento en que el peso de la deuda externa o de la devaluación los agobia, nosotros, los obispos de África, junto con todos los que participan en este santo Sínodo, unidos al Santo Padre y a todos nuestros hermanos en el episcopado que nos han elegido, queremos pronunciar una palabra de esperanza y de consuelo con respecto a ti, Familia de Dios que estás en África; con respecto a ti, Familia de Dios esparcida por el mundo: ¡Cristo, nuestra esperanza, vive y nosotros también viviremos!" .
14. Exhorto a todo el Pueblo de Dios en África a acoger con espíritu abierto el mensaje de esperanza que le dirigió la Asamblea sinodal. Los Padres del Sínodo, plenamente conscientes de ser portadores de las expectativas no sólo de los católicos africanos, sino también de todos los hombres y mujeres de aquel continente, durante sus discusiones afrontaron con claridad los múltiples males que oprimen el África de hoy. Analizaron toda la complejidad y extensión de lo que la Iglesia está llamada a realizar para favorecer el deseado cambio, pero lo hicieron con una actitud libre de pesimismo o desesperación. A pesar del panorama prevalentemente negativo que hoy presentan numerosas regiones de África y de las tristes experiencias que no pocos países atraviesan, la Iglesia tiene el deber de afirmar con fuerza que es posible superar estas dificultades. Ella debe fortalecer en todos los africanos la esperanza en una verdadera liberación. Su confianza se fundamenta, en última instancia, en la conciencia de la promesa divina, que nos asegura que nuestra historia no está cerrada en sí misma, sino que está abierta al reino de Dios. Por esto ni la desesperación ni el pesimismo pueden justificarse cuando se piensa en el futuro tanto de África como de las demás partes del mundo.
Colegialidad afectiva y efectiva
15. Antes de comenzar a tratar los diversos argumentos, quisiera poner de relieve que el Sínodo de los obispos es un instrumento muy propicio para favorecer la comunión eclesial. Cuando, hacia el final del concilio Vaticano II, el papa Pablo VI instituyó el Sínodo, indicó claramente que una de sus finalidades esenciales sería la de expresar y promover, bajo la guía del Sucesor de Pedro, la comunión recíproca de los obispos de todo el mundo. El principio subyacente a la institución del Sínodo de los obispos es simple: cuanto más fuerte es la comunión de los obispos entre sí, más enriquecida resulta la comunión de la Iglesia en su conjunto. La Iglesia en África es testigo de la verdad de estas palabras, porque ha hecho la experiencia del entusiasmo y de los resultados concretos que han acompañado los preparativos de la Asamblea del Sínodo de los obispos dedicada a ella.
16. Con ocasión de mi primer encuentro con el Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los obispos reunido con vistas a la Asamblea especial para África, indiqué la razón por la cual había parecido oportuno convocar esta Asamblea: la promoción de "una solidaridad pastoral orgánica en todo el territorio africano y en las iglesias adyacentes". Con esta expresión pretendía englobar los fines y objetivos principales hacia los que debería orientarse la Asamblea especial. Para expresar mejor mis expectativas, añadí que las reflexiones preparatorias de la Asamblea deberían referirse a "todos los aspectos importantes de la vida de la Iglesia en África y, en particular, incluir la evangelización, la inculturación, el diálogo, la solicitud pastoral en lo social y los medios de comunicación social".
17. Durante mis visitas pastorales a África, me he referido con frecuencia a la Asamblea especial para África y a los objetivos principales para los cuales había sido convocada. Cuando participé por primera vez, en suelo africano, en una reunión del Consejo del Sínodo, no dejé de subrayar mi convicción de que una Asamblea sinodal no puede reducirse a una consulta sobre cuestiones prácticas. Su verdadera razón de ser está en el hecho de que la Iglesia no puede crecer si no es fortaleciendo la comunión entre sus miembros, comenzando por sus Pastores.
Cada Asamblea sinodal manifiesta y desarrolla la solidaridad entre quienes presiden las Iglesias particulares en el cumplimiento de su misión más allá de los límites de las respectivas diócesis. Como enseña el concilio Vaticano II, "los obispos, como legítimos sucesores de los apóstoles y miembros del Colegio episcopal, han de ser siempre conscientes de que están unidos entre sí y mostrar su solicitud por todas las Iglesias. En efecto, por institución divina y por imperativo de la función apostólica, cada uno junto con los otros obispos es responsable de la Iglesia".
18. El tema que he asignado a la Asamblea especial -"La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000. "seréis mis testigos" (He 1,8)"-manifiesta mi deseo de que esta Iglesia viva el período de tiempo hasta el Gran Jubileo como un "nuevo Adviento", tiempo de espera y preparación. En efecto, considero la preparación para el año 2000 como una de las claves de interpretación de mi pontificado .
Las Asambleas sinodales celebradas en estos casi treinta años -las Asambleas Generales y las especiales continentales, regionales o nacionales- se sitúan todas en esta perspectiva de preparación del Gran Jubileo. El hecho de que la evangelización sea el tema de todas estas Asambleas sinodales muestra cómo hoy está viva en la Iglesia la conciencia de la misión salvífica que ha recibido de Cristo. Esta toma de conciencia se manifiesta con particular evidencia en las Exhortaciones apostólicas postsinodales dedicadas a la evangelización, a la catequesis, a la familia, a la penitencia y reconciliación en la vida de la Iglesia y de toda la humanidad, a la vocación y misión de los laicos, a la formación de los presbíteros.
En plena comunión con la Iglesia universal
19. Desde el inicio de la preparación de la Asamblea especial ha sido mi vivo deseo, plenamente compartido por el Consejo de la Secretaría General, procurar que este Sínodo fuera auténticamente africano, sin equívocos. Al mismo tiempo, era de fundamental importancia que la Asamblea especial se celebrara en plena comunión con la Iglesia universal. Efectivamente, la Asamblea ha tenido siempre en cuenta a la Iglesia universal. Recíprocamente, cuando llegó el momento de publicar los Lineamenta, invité a mis Hermanos en el Episcopado y a todo el Pueblo de Dios disperso por el mundo a recordar en la oración a la Asamblea especial para África y a sentirse comprometidos en las actividades promovidas para este evento.
Esta Asamblea, como he afirmado frecuentemente, tiene notable importancia para la Iglesia universal, no solamente por el interés que su convocatoria ha suscitado por todas partes, sino también por la naturaleza misma de la comunión eclesial que trasciende toda frontera de tiempo y lugar. De hecho, la Asamblea especial ha inspirado muchas oraciones y buenas obras con las que los fieles y las comunidades eclesiales de los otros continentes han acompañado el desarrollo del Sínodo. No hay duda de que, en el misterio de la comunión de los santos, estos lo hayan sostenido también con su intercesión desde el cielo.
Cuando dispuse que la primera fase de los trabajos de la Asamblea especial se tuviera en Roma, lo hice para subrayar aún más claramente la comunión entre la Iglesia que está en África y la Iglesia universal, para evidenciar el compromiso de todos los fieles en favor de África.
20. La solemne concelebración eucarística de apertura del Sínodo, que presidí en la Basílica de san Pedro, puso de relieve la universalidad de la Iglesia de modo maravilloso y conmovedor. Esta universalidad, "que no es uniformidad sino comunión de diferencias compatibles con el evangelio", ha sido vivida por todos los obispos. Como miembros del cuerpo episcopal que sucede al Colegio de los apóstoles, todos eran conscientes de haber sido consagrados no solamente para una diócesis, sino para la salvación de todo el mundo.
Doy gracias a Dios Omnipotente por la ocasión que nos ha dado de experimentar, gracias a la Asamblea especial, lo que significa una auténtica catolicidad. "Por la fuerza de esta catolicidad, cada grupo aporta sus dones a los demás y a toda la Iglesia".
Un mensaje oportuno y creíble
21. Según los Padres sinodales, la cuestión principal que la Iglesia en África debe afrontar consiste en describir con toda la claridad posible lo que ella es y lo que debe realizar en plenitud, para que su mensaje sea oportuno y creíble. Todas las discusiones de la Asamblea se han referido a esta exigencia verdaderamente esencial y fundamental, un auténtico desafío para la Iglesia en África.
Es verdad que "el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Él es quien impulsa a anunciar el evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de salvación". Pero, reafirmada esta verdad, la Asamblea especial ha querido añadir justamente que la evangelización es también una misión que el Señor Jesús ha confiado a su Iglesia, bajo la guía y potencia del Espíritu. Es necesaria nuestra cooperación mediante la oración ferviente, una gran reflexión, proyectos adecuados y la disponibilidad de los recursos.
El debate sinodal sobre el tema de la oportunidad y credibilidad del mensaje de la Iglesia en África implicaba una reflexión sobre la credibilidad misma de los anunciadores de dicho mensaje. Los Padres han afrontado la cuestión de modo directo, con profunda sinceridad, sin ninguna concesión. De esto ya se había ocupado el papa Pablo VI que, con palabras memorables, había recordado: "Se ha repetido frecuentemente en nuestros días que este siglo siente sed de autenticidad. Sobre todo con relación a los jóvenes, se afirma que estos sufren horrores ante lo ficticio, ante la falsedad, y que además son decididamente partidarios de la verdad y la transparencia. A estos signos de los tiempos debería corresponder en nosotros una actitud vigilante. Tácitamente o a grandes gritos, pero siempre con fuerza, se nos pregunta: ¿Creéis verdaderamente en lo que anunciáis? ¿Vivís lo que creéis? ¿Predicáis verdaderamente lo que vivís? Hoy más que nunca el testimonio de vida se ha convertido en una condición esencial con vistas a una eficacia real de la predicación. Sin andar con rodeos, podemos decir que en cierta medida nos hacemos responsables del evangelio que proclamamos".
Por esto, con referencia a la misión evangelizadora de la Iglesia en el campo de la justicia y de la paz, yo mismo señalé: "Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna".
22. ¿Cómo no considerar aquí que la octava Asamblea plenaria del S.C.E.A.M., celebrada en Lagos (Nigeria), en 1987, ya había tomado en consideración con notable claridad la cuestión de la credibilidad y oportunidad del mensaje de la Iglesia en África? Dicha Asamblea había declarado que la credibilidad de la Iglesia en África dependía de obispos y sacerdotes capaces de dar un testimonio ejemplar, siguiendo las huellas de Cristo; de religiosos realmente fieles, auténticos testigos por su modo de vivir los consejos evangélicos; de un laicado dinámico con padres profundamente creyentes, educadores conscientes de su responsabilidad, dirigentes políticos animados por un profundo sentido moral.
Familia de Dios en camino sinodal
23. Dirigiéndome el 23 de junio de 1989 a los miembros del Consejo de la Secretaría General, insistí mucho en la participación del Pueblo de Dios, a todos los niveles, especialmente en África, en la preparación de la Asamblea especial. "Si se prepara bien, dije, la sesión del Sínodo permitirá implicar a todos los sectores de la comunidad cristiana: individuos, pequeñas comunidades, parroquias, diócesis e instituciones locales, nacionales e internacionales".
Entre el inicio de mi Pontificado y la inauguración de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, he podido realizar diez viajes pastoral es a África y Madagascar, visitando treinta y seis naciones. Con ocasión de los viajes apostólicos sucesivos a la convocatoria de la Asamblea especial , el tema del Sínodo y el de la necesidad para todos los fieles de prepararse a la Asamblea sinodal han estado siempre presentes de manera preeminente en mis encuentros con el Pueblo de Dios en África. También he aprovechado las visitas ad limina de los obispos de aquel continente para solicitar la colaboración de todos en la preparación de la Asamblea especial para África. Además, en tres ocasiones diversas he tenido sesiones de trabajo, junto con el Consejo de la Secretaría General, en suelo africano: en Yamoussoukro (Costa de Marfil) en 1990, en Luanda (Angola) en 1992 y en Kampala (Uganda) en 1993, siempre para invitar a los africanos a participar de manera activa y conjunta en la preparación de la Asamblea sinodal.
24. La presentación de los Lineamenta en Lomé (Togo) el 25 de julio de 1990, con ocasión de la novena Asamblea General del S.C.E.A.M., significó sin duda una etapa nueva e importante del iter preparatorio de la Asamblea especial. Se puede decir que la publicación de los Lineamenta puso en marcha decididamente los preparativos para el Sínodo en todas las Iglesias particulares de África. La Asamblea del S.C.E.A.M. en Lomé compuso una Plegaria por la Asamblea especial y pidió que se recitara, tanto en público como en privado, en todas las parroquias africanas hasta la celebración del Sínodo. Esta iniciativa del S.C.E.A.M. ha sido verdaderamente feliz y no ha pasado inadvertida en la Iglesia universal.
Para favorecer también la difusión de los Lineamenta, varias Conferencias Episcopales y diócesis los han traducido en su lengua como, por ejemplo, en suahili, árabe, malgache y otros idiomas. "Publicaciones, conferencias y simposios sobre los temas del Sínodo han sido organizados por diversas Conferencias Episcopales, Institutos de Teología y Seminarios, Asociaciones de Institutos de vida consagrada, algún periódico, importantes revistas, obispos y teólogos".
25. Doy gracias a Dios Omnipotente por la solicitud con la que han sido redactados los Lineamenta y el Instrumentum laboris del Sínodo. Ha sido una tarea afrontada y desarrollada por africanos, obispos y expertos, comenzando por la Comisión antepreparatoria del Sínodo, en enero y marzo de 1989. La Comisión fue relevada después por el Consejo de la Secretaría General de la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos, instituido por mí el 20 de junio de 1989.
Además, estoy profundamente agradecido al grupo de trabajo que ha preparado tan bien las liturgias eucarísticas para la apertura y la clausura del Sínodo. El grupo, compuesto por teólogos, liturgistas y expertos en cantos e instrumentos africanos de expresión litúrgica, hizo posible, según mi deseo, que dichas celebraciones tuvieran un evidente carácter africano.
26. Ahora debo añadir que la respuesta de los africanos a mi llamada para participar en la preparación del Sínodo fue verdaderamente admirable. La acogida dispensada a los Lineamenta, sea dentro como fuera de las comunidades eclesiales africanas, superó ampliamente toda previsión. Muchas Iglesias locales se han servido de los Lineamenta para movilizar a los fieles y, desde ahora, podemos decir sin duda que los frutos del Sínodo comienzan a manifestarse en un nuevo compromiso y en una renovada toma de conciencia de los cristianos de África.
Durante las diversas fases de preparación de la Asamblea especial, numerosos miembros de la Iglesia en África-clero, religiosos, religiosas, laicos- han participado de manera ejemplar en el itinerario sinodal, "caminando juntos", poniendo cada uno los propios talentos al servicio de la Iglesia y orando juntos con fervor por el éxito del Sínodo. Más de una vez los mismos Padres del Sínodo señalaron durante la Asamblea sinodal, que su trabajo se facilitaba gracias precisamente a la "preparación esmerada y meticulosa de este Sínodo, desarrollada con la colaboración activa de toda la Iglesia en África, en todos los niveles".
Dios quiere salvar a África
27. El apóstol de los Gentiles nos dice que Dios "quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad. Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos"(1Tim 2,4-6). Puesto que Dios llama a todos los hombres a un único y mismo destino, que es divino, "debemos mantener que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo conocido sólo por Dios, se asocien a este misterio pascual". El amor redentor de Dios abraza a la humanidad entera, a toda raza, tribu o nación: por tanto, abraza también a las poblaciones del continente africano. La Providencia divina quiso que África estuviera presente durante la Pasión de Cristo en la persona de Simón de Cirene, obligado por los soldados romanos a ayudar al Señor llevando la Cruz (cf Mc 15,21).
28. La liturgia del domingo VI de Pascua de 1994, durante la solemne celebración eucarística para la conclusión de la sesión de trabajo de la Asamblea especial, me ofreció la ocasión de reflexionar sobre el designio salvífico de Dios respecto a África. Una de las lecturas bíblicas, tomada de los Hechos de los apóstoles, evocaba un acontecimiento que puede ser considerado como el primer paso en la misión de la Iglesia hacia los paganos: la narración de la visita de Pedro, bajo el impulso del Espíritu Santo, a la casa de un pagano, el centurión Cornelio. Hasta ese momento el evangelio había sido proclamado sobre todo entre los hebreos. Después de haber dudado no poco, Pedro, iluminado por el Espíritu, decidió ir a la casa de un pagano. Cuando llegó, tuvo la grata sorpresa de ver que el centurión esperaba a Cristo y el Bautismo. El libro de los Hechos de los apóstoles refiere: "Los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios" (He 10,45-46).
En casa de Cornelio, en cierto sentido, se reprodujo el milagro de Pentecostés. Pedro dijo entonces: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato... ¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a estos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?"(He 10,34-35.47).
Así comenzó la misión de la Iglesia ad gentes, cuyo principal heraldo sería Pablo de Tarso. Los primeros misioneros que llegaron al corazón de África se maravillaron, del mismo modo que los cristianos de los tiempos apostólicos, ante la efusión del Espíritu Santo.
29. El designio de Dios para la salvación de África está en los orígenes de la difusión de la Iglesia en el continente africano. Sin embargo, al ser la Iglesia, por voluntad de Cristo, misionera por su naturaleza, la Iglesia misma en África está llamada a asumir un papel activo al servicio del plan salvífico de Dios. Por esto he dicho frecuentemente que "la Iglesia en África es la Iglesia misionera y de misión".
La Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos ha examinado los medios mediante los cuales los africanos podrán realizar mejor el mandato que el Señor resucitado dio a sus discípulos: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes"(Mt 28,19).
CAPÍTULO 2: LA IGLESIA EN ÁFRICA
I. BREVE HISTORIA DE LA EVANGELIZACIÓN EN EL CONTINENTE
30. El día de la apertura de la Asamblea especial para África del Sínodo de los Obispos, primera reunión de ese tipo en la historia, los Padres sinodales recordaron algunas de las maravillas realizadas por Dios en la historia de la evangelización en África. Es una historia que se remonta a la época del nacimiento mismo de la Iglesia. La difusión del evangelio tuvo fases diversas. Los primeros siglos del cristianismo vieron la evangelización de Egipto y de África del Norte. Una segunda fase, relativa a las regiones del continente situadas al sur del Sahara, tuvo lugar en los siglos XV y XVI. Una tercera fase, caracterizada por un esfuerzo misionero extraordinario, se inició en el siglo XIX.
Primera fase
31. En un mensaje a los obispos y a todos los pueblos de África sobre la promoción del bienestar material y espiritual del continente, mi venerado predecesor Pablo VI evocó con memorables palabras el glorioso esplendor del pasado cristiano de África: "Pensamos en las Iglesias cristianas de África, cuyo origen se remonta a los tiempos apostólicos y está ligado, según la tradición, al nombre y predicación del evangelista Marcos. Pensamos en la pléyade innumerable de santos, mártires, confesores y vírgenes que pertenecen a ellas. En realidad, desde el siglo II al siglo IV la vida cristiana en las regiones septentrionales de África fue intensísima e iba en vanguardia tanto en el estudio teológico como en la expresión literaria. Nos vienen a la memoria los nombres de los grandes doctores y escritores, como Orígenes, san Atanasio, san Cirilo, lumbreras de la escuela alejandrina, y en la otra parte de la costa mediterránea africana, Tertuliano, san Cipriano, y sobre todo san Agustín, una de las luces más brillantes de la cristiandad. Recordemos a los grandes santos del desierto, Pablo, Antonio, Pacomio, primeros fundadores del monaquismo, difundido después, siguiendo su ejemplo, en Oriente y Occidente. Y, entre tantos otros, no queremos dejar de nombrar a san Frumencio, llamado Abba Salama, que, consagrado obispo por san Atanasio, fue apóstol de Etiopía". Durante estos primeros siglos de la Iglesia en África, algunas mujeres dieron también testimonio de Cristo. Entre ellas se debe mencionar particularmente a las santas Felicidad y Perpetua, a santa Mónica y a santa Tecla.
"Estos luminosos ejemplos, como también las figuras de los santos Papas de origen africano Víctor I, Melquíades y Gelasio I, pertenecen al patrimonio común de la Iglesia; y los escritos de los autores cristianos de África son todavía hoy fundamentales para profundizar, a la luz de la palabra de Dios, en la historia de la salvación. En el recuerdo de las antiguas glorias del África cristiana, queremos expresar nuestro profundo respeto por las Iglesias con las que no estamos en plena comunión: la Iglesia griega del Patriarcado de Alejandría, la Iglesia copta de Egipto y la Iglesia etiópica, que tienen de común con la Iglesia católica el origen y la herencia doctrinal y espiritual de los grandes Padres y Santos no sólo de su tierra, sino de toda la antigua Iglesia. Ellas han trabajado y sufrido mucho por mantener vivo el nombre cristiano en África a través de las vicisitudes de los tiempos". Estas Iglesias dan todavía hoy testimonio de la vitalidad cristiana que reciben de sus raíces apostólicas, particularmente en Egipto y en Etiopía y, hasta el siglo XVII, en Nubia. En el resto del continente comenzaba entonces otra etapa de la evangelización .
Segunda fase
32. En los siglos XV y XVI, la exploración de la costa africana por parte de los portugueses fue acompañada pronto por la evangelización de las regiones de África situadas al sur del Sahara. Este esfuerzo afectaba, entre otras zonas, a las regiones del actual Benín, Santo Tomé, Angola, Mozambique y Madagascar.
El 7 de junio de 1992, domingo de Pentecostés, al conmemorar los 500 años de la evangelización de Angola, en Luanda dije entre otras cosas: "Los Hechos de los apóstoles describen por su nombre a los habitantes de los sitios que tomaron parte directamente en el nacimiento de la Iglesia por el soplo del Espíritu Santo: "todos los oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios" (He 2,11). Hace quinientos años a ese coro de lenguas se añadieron los pueblos de Angola. En aquel momento, en vuestra patria africana, se renovó el Pentecostés de Jerusalén. Vuestros antepasados oyeron el mensaje de la Buena Nueva, que es la lengua del Espíritu. Sus corazones acogieron por primera vez esta palabra e inclinaron su cabeza en la fuente del agua bautismal, en la que el hombre, por obra del Espíritu Santo, muere con Cristo crucificado y renace a una vida nueva en su resurrección (...). Ese mismo Espíritu fue el que impulsó a aquellos hombres de fe, los primeros misioneros, que en 1491, llegaron hasta la desembocadura del río Zaire, en Pinda, iniciando una auténtica epopeya misionera. Fue el Espíritu Santo, que obra a su modo en el corazón de los hombres, quien movió al gran rey del Congo Nzingaa-Nkuwu a pedir misioneros para anunciar el evangelio. Fue el Espíritu Santo quien animó la vida de aquellos primeros cuatro cristianos angoleños que, al regresar de Europa, dieron testimonio del valor de la fe cristiana. Después de los primeros misioneros, vinieron muchos más de Portugal y de otros países de Europa, para continuar, ampliar y consolidar la obra comenzada".
Durante este período se erigieron un cierto número de sedes episcopales y una de las primicias de esta acción misionera fue la consagración en Roma, en 1518, por parte de León X, de Don Enrique, hijo de Don Alfonso I, rey del Congo, como obispo titular de Utica. Don Enrique llegó a ser así el primer obispo autóctono del África negra.
En aquella época, exactamente en el año 1622, el Papa Gregorio XV erigió con carácter estable la Congregación De Propaganda Fide con el fin de organizar y desarrollar mejor las misiones.
Por diversas dificultades, la segunda fase de la evangelización de África se concluyó en el siglo XVIII con la extinción de casi todas las misiones en las regiones al sur del Sahara.
Tercera fase
33. La tercera fase de evangelización sistemática de África comenzó en el siglo XIX, período caracterizado por un esfuerzo extraordinario, llevado a cabo por los grandes apóstoles y animadores de las misiones africanas. Fue un período de rápido crecimiento, como muestran claramente las estadísticas presentadas a la Asamblea sinodal por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. África respondió muy generosamente a la llamada de Cristo. En estos últimos decenios numerosos países africanos han celebrado el primer centenario del comienzo de su evangelización. Verdaderamente el crecimiento de la Iglesia en África, de cien años a esta parte, es una maravilla de la gracia de Dios.
La gloria y esplendor del período contemporáneo de la evangelización en África quedan ilustrados de modo admirable por los santos que el África moderna ha dado a la Iglesia. El Papa Pablo VI tuvo oportunidad de manifestar con elocuencia esta realidad al canonizar a los mártires de Uganda en la Basílica de san Pedro, con ocasión de la Jornada Misionera Mundial de 1964: "Estos mártires africanos vienen a añadir a ese catálogo de vencedores, que es el martirologio, una página trágica y magnífica, verdaderamente digna de sumarse a aquellas maravillosas de la antigua África (...). El África, bañada por la sangre de estos mártires, primicias de la nueva era -y Dios quiera que sean los últimos, pues tan precioso y tan grande fue su holocausto-, resurge libre y redimida".
34. La serie de santos que África da a la Iglesia, serie que es su mayor título de honor, continúa creciendo. ¿Cómo no mencionar, entre los más recientes, a Clementina Anwarite, virgen y mártir de Zaire, que beatifiqué en tierra africana en 1985, a Victoria Rasoamanarivo, de Madagascar, y a Josefina Bakhita, de Sudán, beatificadas también durante mi pontificado. ¿Y cómo no recordar al beato Isidoro Bakanja, mártir de Zaire, que tuve el privilegio de elevar al honor de los altares durante la Asamblea especial para África?
"Otras causas están en curso. La Iglesia en África debe encargarse de redactar su propio martirologio, añadiendo a las magníficas figuras de los primeros siglos (...) los mártires y los santos de los últimos tiempos".
Ante el formidable crecimiento de la Iglesia en África durante los últimos cien años, ante los frutos de santidad alcanzados, hay una sola explicación posible: todo eso es don de Dios, ya que ningún esfuerzo humano habría podido realizar una obra semejante en un período tan breve relativamente. Sin embargo, no hay lugar para un triunfalismo humano. Recordando el esplendor glorioso de la Iglesia en África, los Padres sinodales quisieron celebrar sólo las maravillas obradas por Dios para la liberación y la salvación de África.
"Esta ha sido la obra del Señor, una maravilla a nuestros ojos" (Sal 118/117,23).
"Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre" (Lc 1,49).
Homenaje a los misioneros
35. El espléndido crecimiento y las realizaciones de la Iglesia en África se deben en gran parte a la heroica y desinteresada dedicación de los misioneros. Esto es reconocido por todos. En efecto, la tierra bendita de África está sembrada de tumbas de valientes heraldos del evangelio.
Cuando los obispos de África se encontraron en Roma para la Asamblea especial eran muy conscientes de la deuda de gratitud que su continente tiene con sus antepasados en la fe.
En el discurso dirigido a la primera Asamblea del S.C.E.A.M. en Kampala, el 31 julio de 1969, el papa Pablo VI hizo referencia a esta deuda de gratitud: "Vosotros, los africanos, sois ya los misioneros de vosotros mismos. La Iglesia de Cristo está, en verdad, plantada en esta tierra bendita (cf AG 6). Pero tenemos que cumplir un deber: el de recordar a cuantos en África, antes que vosotros, y hoy todavía con vosotros, predicaron y predican el evangelio, como nos amonesta la Sagrada Escritura: "Recordaos de vuestros antecesores que os han anunciado la palabra de Dios y, considerando el fin de su vida, imitad su fe" (Heb 13,7). Se trata de una historia que no debemos olvidar y que confiero a la Iglesia local la nota de su autenticidad y de su nobleza, la nota "apostólica"; ella es un drama de caridad, de heroísmo, de sacrificio, que hace grande y santa, desde su origen, a la Iglesia africana".
36. La Asamblea especial saldó dignamente esta deuda de gratitud cuando, con ocasión de su primera Congregación general, declaró: "Aquí conviene rendir un sentido homenaje a los misioneros, hombres y mujeres de todos los Institutos religiosos y seculares, y a todos los países que, a lo largo de los casi dos mil años de evangelización del continente africano (...) se han dedicado intensamente a transmitir la antorcha de la fe cristiana (...). Precisamente por eso, nosotros, los felices herederos de esta maravillosa aventura, queremos dar gracias a Dios en esta solemne circunstancia".
En el Mensaje al Pueblo de Dios los Padres sinodales renovaron con vigor el homenaje a los misioneros, pero no olvidaron rendir homenaje a los hijos e hijas de África, especialmente a los catequistas y a los intérpretes, que colaboraron con ellos.
37. Gracias a la gran epopeya misionera, de la que el continente africano ha sido escenario sobre todo durante los últimos dos siglos, hemos podido encontrarnos en Roma para celebrar la Asamblea especial para África. La semilla esparcida a su tiempo ha producido frutos abundantes. Mis Hermanos en el episcopado, hijos de los pueblos de África, son un testimonio elocuente de esto. Junto con sus sacerdotes, llevan ya sobre sus espaldas gran parte del trabajo de la evangelización. Lo atestiguan también los numerosos hijos e hijas de África que ingresan en las antiguas Congregaciones misioneras o en los nuevos Institutos nacidos en tierra africana, llevando en sus manos la antorcha de la consagración total al servicio de Dios y del evangelio.
Arraigo y crecimiento de la Iglesia
38. El hecho de que en casi dos siglos el número de católicos en África haya crecido rápidamente constituye por sí mismo un resultado notable desde cualquier punto de vista. Elementos como el sensible y rápido aumento del número de las circunscripciones eclesiásticas, el crecimiento del clero autóctono, de los seminaristas y de los candidatos en los Institutos de vida consagrada y la progresiva extensión de la red de catequistas, cuya contribución a la difusión del evangelio entre las poblaciones africanas es bien conocida con firman, en particular, la consolidación de la Iglesia en el continente. De fundamental importancia es el alto porcentaje de obispos nativos, que constituyen ya la jerarquía en el continente.
Los Padres sinodales pusieron de relieve los numerosos y muy significativos pasos dados por la Iglesia de África a nivel de inculturación y de diálogo ecuménico. Las notables y meritorias realizaciones en el campo de la educación son reconocidas universalmente.
Aunque los católicos sean sólo el catorce por ciento de la población africana, las instituciones católicas en el campo de la sanidad representan el diecisiete por ciento del total de las estructuras sanitarias de todo el continente.
Las iniciativas emprendidas con valentía por las jóvenes Iglesias de África para llevar el evangelio "hasta los confines de la tierra" (He 1,8) son sin duda dignas de mención. Los Institutos misioneros surgidos en África han crecido numéricamente y han comenzado a ofrecer misioneros no sólo a los países del continente, sino también a otras regiones de la tierra. Sacerdotes diocesanos de África, cuyo número está creciendo lentamente, comienzan a estar disponibles, durante períodos limitados, como sacerdotes fidei donum, en otras diócesis, pobres de personal, en su nación o en otras. En las provincias africanas de los Institutos religiosos de derecho pontificio, tanto masculinos como femeninos, ha aumentado también el número de sus miembros. De este modo la Iglesia se pone al servicio de los pueblos africanos; acepta además participar en el "intercambio de dones" con otras Iglesias particulares en el ámbito de todo el Pueblo de Dios. Todo esto manifiesta, de manera evidente, la madurez alcanzada por la Iglesia en África: esto es lo que ha hecho posible la celebración de la Asamblea especial del Sínodo de los obispos.
¿Qué ha llegado a ser África?
39. Hace menos de treinta años, no pocos países africanos se independizaban de las potencias coloniales. Esto suscitó grandes esperanzas en lo relativo al desarrollo político, económico, social y cultural de los pueblos africanos. Aunque "en algunas naciones no se haya aún consolidado, desgraciadamente, la situación interna, y la violencia haya reinado o reine alguna vez, esto no puede dar lugar a una condena general que se extienda a todo un pueblo o toda una nación, o peor todavía, a todo un continente".
40. ¿Cuál es, sin embargo, la situación real del conjunto del continente africano hoy, especialmente desde el punto de vista de la misión evangelizadora de la Iglesia? Los Padres sinodales, a este propósito, se preguntaron en primer lugar: "En un continente saturado de malas noticias, ¿de qué modo el mensaje cristiano constituye una Buena Nueva para nuestro pueblo? En medio de una desesperación que lo invade todo, ¿dónde están la esperanza y el optimismo que transmite el evangelio? La evangelización promueve muchos de los valores esenciales que tanta falta hacen al continente: esperanza, paz, alegría, armonía, amor y unidad".
Después de haber señalado, justamente, que África es un inmenso continente con situaciones muy diversas y que por tanto es necesario evitar las generalizaciones tanto al evaluar los problemas como al sugerir las soluciones, la Asamblea sinodal constató con dolor: "Una situación común es, sin duda, el hecho de que en África abundan los problemas: en casi todas nuestras naciones hay una miseria espantosa, una mala administración de los escasos recursos de que se dispone, una inestabilidad política y una desorientación social. El resultado está ante nuestros ojos: miseria, guerras, desesperación. En un mundo controlado por las naciones ricas y poderosas, África se ha convertido prácticamente en un apéndice sin importancia, a menudo olvidado y descuidado por todos".
41. Para muchos Padres sinodales el África de hoy se puede parangonar con aquel hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó; cayó en manos de salteadores que lo despojaron, lo golpearon y se marcharon dejándolo medio muerto (cf Lc 10,30-37). África es un continente en el que innumerables seres humanos -hombres y mujeres, niños y jóvenes- están tendidos, de algún modo, al borde del camino, enfermos, heridos, indefensos, marginados y abandonados. Ellos tienen necesidad imperiosa de buenos Samaritanos que vengan en su ayuda.
Por mi parte, deseo que la Iglesia continúe paciente e incansablemente su obra de buen Samaritano. En efecto, durante un largo período, regímenes hoy desaparecidos pusieron a dura prueba a los africanos y debilitaron su capacidad de reacción: el hombre herido debe reencontrar todas las fuerzas de su propia humanidad. Los hijos e hijas de África tienen necesidad de presencia comprensiva y de solicitud pastoral. Hay que ayudarles a recobrar sus energías, para ponerlas al servicio del bien común.
Valores positivos de la cultura africana
42. África, no obstante sus grandes riquezas naturales, se encuentra en una situación económica de pobreza. Sin embargo posee una múltiple variedad de valores culturales y de inestimables cualidades humanas, que puede ofrecer a las Iglesias y a toda la humanidad. Los Padres sinodales han puesto de relieve algunos de estos valores culturales, que son ciertamente una preparación providencial para la transmisión del evangelio; son valores que pueden favorecer una evolución positiva de la dramática situación del continente, y facilitar la recuperación global de que depende el auspiciado desarrollo de cada una de las naciones.
Los africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo sacro, sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo espiritual. La realidad del pecado en sus formas individuales y sociales está bastante presente en la conciencia de aquellos pueblos, y se sien te también la necesidad de ritos de purificación y expiación.
43. En la cultura y tradición africanas, el papel de la familia está considerado generalmente como fundamental. El africano, abierto a este sentido de la familia, del amor y del respeto a la vida, ama a los hijos, que son acogidos con alegría como un don de Dios. "Todos los hijos e hijas de África aman la vida. Precisamente es el amor por la vida el que les manda atribuir una importancia tan grande a la veneración por los antepasados. Creen instintivamente que los muertos continúan viviendo y desean permanecer en comunión con ellos De algún modo, ¿no es ésta una preparación para la fe en la comunión de los Santos? Los pueblos de África respetan la vida que es concebida y nace. Se alegran de esta vida. Rechazan la idea de que pueda ser aniquilada, incluso cuando las llamadas "civilizaciones desarrolladas" quieren inducirlos a esto.
Y las prácticas hostiles a la vida se les imponen por medio de sistemas económicos al servicio del egoísmo de los ricos". Los africanos manifiestan respeto por la vida hasta su término natural y reservan dentro de la familia un puesto a los ancianos y a los parientes.
Las culturas africanas tiene un agudo sentido de la solidaridad y de la vida comunitaria. No se concibe en África una fiesta que no sea compartida con todo el poblado. De hecho, la vida comunitaria en las sociedades africanas es expresión de la gran familia. Con ardiente deseo oro y pido que se ore para que África conserve siempre esta preciosa herencia cultural y nunca sucumba a la tentación del individualismo, tan extraño a sus mejores tradiciones.
Algunas opciones de los pueblos africanos
44. Aunque no hay que minimizar en absoluto los aspectos trágicos de la situación africana antes citados, vale la pena recordar aquí algunas realidades positivas de los pueblos del continente que merecen ser alabadas y alentadas. Por ejemplo, los Padres sinodales en su Mensaje al Pueblo de Dios han recordado con alegría el inicio del proceso democrático en tantos países africanos y han auspiciado que se consolide y desaparezcan pronto los obstáculos y resistencias al Estado de derecho, mediante la colaboración de todos los protagonistas y gracias a su sentido del bien común.
Los "vientos de cambio" soplan con fuerza en muchos lugares del continente y el pueblo pide cada vez con más insistencia el reconocimiento y la promoción de los derechos y libertades del ser humano. Al respecto, señalo con satisfacción que la Iglesia en África, fiel a su vocación, está decididamente al lado de los oprimidos, de los pueblos sin voz y de los marginados. La animo firmemente a continuar dando este testimonio. La opción preferencial por los pobres es "una forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia... Esta preocupación acuciante por los pobres -que, según la significativa fórmula, son "los pobres del Señor"- debe traducirse, a todos los niveles, en acciones concretas hasta alcanzar decididamente algunas reformas necesarias".
45. A pesar de la pobreza y de los pocos medios disponibles, la Iglesia en África tiene un papel de primer orden en lo referente al desarrollo humano integral; sus notables realizaciones en este campo son reconocidas frecuentemente por los gobiernos y por los expertos internacionales.
La Asamblea especial para África expresó su profundo agradecimiento "a todos los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad que trabajan en el campo de la asistencia y de la promoción humana con Caritas y otras organizaciones para el desarrollo". La asistencia que ellos, como buenos Samaritanos, dan a las víctimas africanas de las guerras y catástrofes, a los refugiados y prófugos, merece admiración, reconocimiento y apoyo por parte de todos.
Siento el deber de expresar viva gratitud a la Iglesia en África por el papel que ha desarrollado, a lo largo de los años, en favor de la paz y la reconciliación en no pocas situaciones de conflicto, desorden político o guerra civil.
II. PROBLEMAS ACTUALES DE LA IGLESIA EN ÁFRICA
46. Los Obispos de África se encuentran frente a dos interrogantes fundamentales: La Iglesia, ¿cómo debe desarrollar su misión evangelizadora al aproximarse el año 2000? Los cristianos africanos, ¿cómo podrán ser testigos cada vez más fieles del Señor Jesús? Para ofrecer adecuadas respuestas a estos interrogantes los obispos, antes y durante la Asamblea especial, han examinado los principales desafíos que debe afrontar hoy la comunidad eclesial africana.
Evangelización en profundidad
47. El primer y fundamental dato puesto de relieve por los Padres sinodales es la sed de Dios de los pueblos africanos. Para no defraudar esta expectativa, los miembros de la Iglesia deben ante todo profundizar su fe. En efecto, la Iglesia, precisamente porque es evangelizadora, debe comenzar "por evangelizarse a sí misma". Es necesario que afronte el desafío derivado de "este tema de la Iglesia que se evangeliza, a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar el mundo de manera creíble".
El Sínodo ha visto la urgencia de proclamar en África la Buena Nueva a millones de personas todavía no evangelizadas. La Iglesia respeta y estima ciertamente las religiones no -cristianas profesadas por numerosísimas personas en el continente africano, porque constituyen la expresión viva del espíritu de amplios sectores de la población, aunque "ni el respeto ni la estima hacia estas religiones, ni la complejidad de las cuestiones planteadas implican para la Iglesia una invitación a silenciar ante los no cristianos el anuncio de Jesucristo. Al contrario, la Iglesia piensa que estas multitudes tienen derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo (cf Ef 3,8) dentro del cual creemos que toda la humanidad puede encontrar, con insospechada plenitud, todo lo que busca a tientas acerca de dios, del hombre y de su destino, de la vida y de la muerte, de la verdad".
48. Los Padres sinodales afirman con razón que "un profundo interés por una inculturación verdadera y equilibrada de este mismo evangelio resulta necesario para evitar la confusión y la alienación en nuestra sociedad, que está sufriendo una rápida evolución". Al visitar Malawi, en 1989, tuve ocasión de decir: "Pongo hoy ante vosotros un desafío, un desafío a que rechacéis un camino de vida que no corresponda con lo mejor de vuestras tradiciones locales y de vuestra fe cristiana. Mucha gente en África mira más allá de África, hacia la llamada "libertad del estilo moderno de vida". Hoy os urjo a que miréis dentro de vosotros mismos. Mirad a las riquezas de vuestras tradiciones, mirad a la fe que estamos celebrando en esta asamblea. Aquí encontraréis la libertad genuina, encontraréis aquí a Cristo que os guiará hacia la verdad".
Superación de las divisiones
49. Otro desafío señalado por los Padres sinodales se refiere a las diversas formas de división que es necesario superar gracias a una sincera práctica del diálogo. Con razón se ha puesto de relieve que, dentro de las fronteras heredadas de las potencias coloniales, la coexistencia de grupos étnicos, tradiciones, lenguas e incluso religiones diversas, a menudo encuentra obstáculos debido a graves hostilidades recíprocas. "Las oposiciones tribales ponen a veces en peligro, si no la paz, al menos la búsqueda del bien común para el conjunto de la sociedad, creando así dificultades a la vida de las Iglesias y a la acogida de pastores de otro origen étnico". Por esto la Iglesia en África se siente interpelada por el deber preciso de superar dichas divisiones. También desde este punto de vista, la Asamblea especial ha subrayado la importancia del diálogo ecuménico con las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como del diálogo con la religión tradicional africana y con el Islam. Además, los Padres se han preguntado con qué medios se puede alcanzar dicha meta.
Matrimonio y vocaciones
50. Un desafío importante, subrayado casi unánimemente por las Conferencias Episcopales de África en las respuestas a los Lineamenta, es el matrimonio cristiano y la vida familiar. Lo que está en juego es mucho: en efecto, "el futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia".
Otro tema fundamental que la Asamblea especial ha puesto de relieve es la atención de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada: es necesario discernirlas con sabiduría, acompañarlas con formadores capaces y controlar la calidad de la formación que se les ofrece. De la solicitud puesta en la solución de este problema depende que se realice la esperanza de un florecimiento de vocaciones misioneras africanas, como requiere el anuncio del evangelio en cualquier parte del continente e incluso más allá de sus confines.
Dificultades sociopolíticas
51. "En África se siente muy vivamente esta exigencia de aplicación del evangelio a la vida concreta. ¿Cómo se podría anunciar a Cristo en ese inmenso continente, olvidando que coincide con una de las zonas más pobres del mundo? ¿Cómo se podría no tener en cuenta la historia, tejida de sufrimientos, de una tierra donde muchas naciones luchan aún contra el hambre, la guerra, las rivalidades raciales y tribales, la inestabilidad política y la violación de los derechos humanos? Todo ello constituye un desafío a la evangelización".
Todos los documentos preparatorios, así como las discusiones durante la Asamblea, han puesto ampliamente de relieve el hecho de que cuestiones como la pobreza creciente en África, la urbanización, la deuda internacional, el comercio de armas el problema de los refugiados y los prófugos, los problemas demográficos y las amenazas que pesan sobre la familia, la emancipación de las mujeres, la propagación del sida, la supervivencia en algunos lugares de la práctica de la esclavitud, el etnocentrismo y la oposición tribal, son parte de lo desafíos fundamentales examinados por el Sínodo.
Invasión de los medios de comunicación social
52. Finalmente, la Asamblea especial se ha preocupado de los medios de comunicación social cuestión de enorme importancia porque se trata, al mismo tiempo, de instrumentos de evangelización y medios de difusión de una nueva cultura que necesita ser evangelizada. Los Padres sinodales han constatado así el triste hecho de que "los países subdesarrollados, en vez de transformarse en naciones autónomas, preocupadas de su propia marcha hacia la justa participación en los bienes y servicios destinados a todos, se convierten en piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco. Esto sucede a menudo en el campo de los medios de comunicación social, los cuales, al estar dirigidos mayormente por centros de la parte Norte del mundo, no siempre tienen en la debida consideración las prioridades y los problemas propios de estos países, ni respetan su fisonomía cultural; a menudo, imponen una visión desviada de la vida y del hombre y así no responden a las exigencias del verdadero desarrollo".
III. FORMACIÓN DE LOS AGENTES DE LA EVANGELIZACIÓN
53. ¿Con qué recursos la Iglesia en África logrará superar los desafíos apenas mencionados? "El más importante, después de la gracia de Cristo, es el pueblo. El Pueblo de Dios-entendido en el sentido teológico de la Lumen gentium, un pueblo que abarca a los miembros del Cuerpo de Cristo en su totalidad-ha recibido el mandato, que es al mismo tiempo un honor y un deber, de proclamar el mensaje evangélico (...). Es preciso preparar, motivar y fortalecer a toda la comunidad para la evangelización, a cada uno según su función específica dentro de la Iglesia". Por esto, el Sínodo ha puesto fuertemente el acento en la formación de los agentes de la evangelización en África. Ya he recordado la necesidad de la formación apropiada de los candidatos al sacerdocio y de quienes son llamados a la vida consagrada. La Asamblea ha prestado igualmente debida atención a la formación de los fiel es laicos, reconociendo su papel insustituible en la evangelización de África. En particular, se ha puesto justamente el acento en la formación de los catequistas laicos.
54. Se impone una última pregunta: la Iglesia en África ¿ha formado suficientemente a los laicos para que asuman con competencia sus responsabilidades civiles y consideren los problemas de orden sociopolítico a la luz del evangelio y de la fe en Dios? Esto es seguramente un cometido que interpela a los cristianos: ejercer en el tejido social un influjo dirigido a transformar no solamente las mentalidades, sino las mismas estructuras de la sociedad, de modo que se reflejen mejor los designios de Dios sobre la familia humana. Precisamente por esto he propuesto para los laicos una formación completa que les ayude a llevar una vida plenamente coherente. La fe, la esperanza y la caridad no pueden dejar de orientar el comportamiento del auténtico discípulo de Cristo en cualquier actividad, situación y responsabilidad. Puesto que "evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad", los cristianos deben ser formados para que vivan las exigencias sociales del evangelio, de modo que su testimonio se convierta en un desafío profético ante todo lo que perjudica el verdadero bien de los hombres y de las mujeres de África, como de cualquier otro continente.
CAPÍTULO 3: EVANGELIZACIÓN E INCULTURACIÓN
Misión de la Iglesia
55. "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16,15). Este es el mandato que, antes de subir al Padre, Cristo resucitado dejó a los apóstoles: "Ellos salieron a predicar por todas partes..." (Mc 16,20).
"La tarea de la evangelización de todos los hombres, constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar". La Iglesia, nacida de la acción evangelizadora de Jesús y de los Doce, es a su vez enviada, "depositaria de la Buena Nueva que debe ser anunciada (...). La Iglesia comienza por evangelizarse a sí misma". En lo sucesivo, "la Iglesia misma envía a los evangelizadores. Ella pone en su boca la Palabra que salva". Como el Apóstol de los gentiles, la Iglesia puede decir: "Predicar el evangelio (...) es un deber que me incumbe. Y, !ay de mí si no predicara el evangelio!" (1Cor 9, 16).
La Iglesia anuncia la Buena Nueva no sólo a través de la proclamación de la palabra que ha recibido del Señor, sino también mediante el testimonio de la vida, gracias al cual los discípulos de Cristo dan razón de la fe, de la esperanza y del amor que hay en ellos (cf 1Pe 3,15).
Este testimonio que el cristiano da de Cristo y del evangelio puede llegar hasta el sacrificio supremo: el martirio (cf Mc 8,35). En efecto, la Iglesia y el cristiano anuncian a Aquel que es "señal de contradicción"(Lc 2,34). Proclaman a "un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1Cor 1,23). Como he dicho antes, además de los ilustres mártires de los primeros siglos, África puede gloriarse de sus mártires y santos de la época moderna.
La evangelización tiene por objeto "transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad". En el Hijo único, y por medio de Él, se renovarán las relaciones de los hombres con Dios, con los demás hombres, con la creación entera. Por eso el anuncio del evangelio puede contribuir a la transformación interior de todas las personas de buena voluntad que tienen el corazón abierto a la acción del Espíritu Santo.
56. Testimoniar el evangelio con la palabra y con las obras: esta es la consigna que la Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos ha recibido y transmite ahora a la Iglesia del continente. "Seréis mis testigos" (He 1,8): esto es lo importante, estos deberán ser en África los frutos del Sínodo en cada ámbito de la vida humana.
La Iglesia en África, tierra que ha llegado a ser "nueva patria de Cristo", nacida de la predicación de valientes obispos y sacerdotes misioneros, ayudada eficazmente por los catequistas -"esa multitud tan benemérita de la obra de las misiones entre los gentiles- es ya responsable de la misión en el continente y en el mundo: Africanos, sois ya misioneros de vosotros mismos", decía en Kampala mi predecesor Pablo VI. Ya que la gran mayoría de los habitantes del continente africano no han recibido aún el anuncio de la Buena Nueva de la salvación, el Sínodo recomienda que se favorezcan las vocaciones misioneras y pide que se fomenten y se apoye activamente el ofrecimiento de oraciones, sacrificios y ayudas concretas en favor del trabajo misionero de la Iglesia.
Anuncio
57. "El Sínodo recuerda que evangelizar es anunciar por medio de la palabra y la vida la Buena Nueva de Jesucristo, crucificado, muerto y resucitado, camino verdad y vida". A África, apremiada en todas partes por gérmenes de odio y violencia, por conflictos y guerras, los evangelizadores deben proclamar la esperanza de la vida fundamentada en el misterio pascual. Justo cuando, humanamente hablando, su vida parecía destinada al fracaso, Jesús instituyó la eucaristía, "prenda de la gloria eterna", para perpetuar en el tiempo y en el espacio su victoria sobre la muerte. Por esto la Asamblea especial para África, en este período en que el continente africano bajo algunos aspectos está en situación es críticas, ha querido presentarse como "Sínodo de la resurrección, Sínodo de la esperanza(...). ¡Cristo, nuestra esperanza, vive y nosotros también viviremos!". ¡África no está orientada a la muerte, sino a la vida!
Es necesario, pues, "que la nueva evangelización esté centrada en el encuentro con la persona viva de Cristo". "El primer anuncio debe tender, por tanto, a hacer que todos vivan esa experiencia transformadora y entusiasmante de Jesucristo, que llama a seguirlo en una aventura de fe". Tarea, esta, singularmente facilitada por el hecho de que "el africano cree en Dios creador a partir de su vida y de su religión tradicional. Está, pues, abierto también a la plena y definitiva revelación de Dios en Jesucristo, Dios con nosotros, Verbo hecho carne. Jesús, Buena Nueva, es Dios que salva al africano (...) de la opresión y de la esclavitud".
La evangelización debe abarcar "al hombre y a la sociedad en todos los niveles de su existencia. Se manifiesta en diversas actividades, en particular en aquellas tomadas específicamente en consideración por el Sínodo: anuncio, inculturación, diálogo, justicia y paz, medios de comunicación social".
Para que esta misión se logre plenamente es necesario actuar de modo que "en la evangelización el recurso al Espíritu Santo sea insistente, para que se realice un continuo Pentecostés, en el que María, como en el primero, tenga su lugar. En efecto, el Espíritu Santo guía a la Iglesia hacia la verdad completa (cf Jn 16,13) y le permite ir al encuentro del mundo para testimoniar a Cristo con segura confianza.
58. La palabra que sale de la boca de Dios es viva y eficaz, no vuelve nunca a Él de vacío (cf Is 55,1 1; Heb 4,12-13). Es necesario, pues, proclamarla sin descanso, insistir "a tiempo y a destiempo..., con toda paciencia y doctrina" (2Tim 4,2). La Palabra de Dios escrita, confiada en primer lugar a la Iglesia, (2Pe 1,20); corresponde a la Iglesia ofrecer su interpretación auténtica.
Para hacer que la Palabra de Dios sea conocida, amada, meditada y conservada en el corazón de los fieles (cf Lc 2,19.51), es necesario intensificar los esfuerzos para facilitar el acceso a la Sagrada Escritura, especialmente mediante traducciones completas o parciales de la Biblia, realizadas en lo posible en colaboración con las demás Iglesias y Comunidades eclesiales y acompañadas con guías de lectura para la oración, el estudio en familia o en comunidad. Se debe promover además la formación bíblica del clero, religiosos, catequistas y laicos en general; preparar adecuadas celebraciones de la Palabra; favorecer el apostolado bíblico con la ayuda del Centro Bíblico para África y Madagascar y de otras estructuras semejantes, que se han de fomentar a todos los niveles. En resumen, se procurará poner la Sagrada Escritura en las manos de todos los fieles desde la infancia.
Urgencia y necesidad de la inculturación
59. Los Padres sinodales han señalado en varias ocasiones la importancia particular que para la evangelización tiene la inculturación, es decir, el proceso mediante el cual "la catequesis 'se encarna' en las diferentes culturas". La inculturación comprende una doble dimensión: por una parte, "una íntima transformación de los auténticos valores culturales mediante su integración en el cristianismo" y, por otra, "la radicación del cristianismo en las diversas culturas humanas". El Sínodo considera la inculturación como una prioridad y una urgencia en la vida de las Iglesias particulares para que el evangelio arraigue realmente en África; "una exigencia de la evangelización"; "un camino hacia una plena evangelización"; uno de los desafíos mayores para la Iglesia en el continente a las puertas del tercer milenio.
Fundamentos teológicos
60. "Pero al llegar la plenitud de los tiempos" (Gal 4,4), el Verbo, segunda Persona de la Santísima Trinidad, Hijo único de Dios, "se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María y se hizo hombre". Es el misterio sublime de la encarnación del Verbo, misterio que tuvo lugar en la historia: en circunstancias de tiempo y espacio bien definidas, en medio de un pueblo con una cultura propia, que Dios había elegido y acompañado a lo largo de toda la historia de salvación con el fin de mostrar, mediante cuanto obraba en él, lo que quería hacer por todo el género humano.
Demostración evidente del amor de Dios hacia los hombres (cf Rom 5, 8), Jesucristo, con su vida, con la Buena Nueva anunciada a los pobres, con su pasión, muerte y gloriosa resurrección, llevó a cabo la remisión de nuestros pecados y nuestra reconciliación con Dios, su Padre y, gracias a Él, nuestro Padre. La Palabra que la Iglesia anuncia es precisamente el Verbo de Dios hecho hombre, Él mismo sujeto y objeto de esta Palabra. La Buena Nueva es Jesucristo.
Como "la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros" (Jn 1,14), así la Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente esta penetración del mensaje evangélico en las culturas. En efecto, la encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación en una cultura específica.
61. Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado tendrá que seguir la "lógica" propia del misterio de la redención. En efecto, la encarnación del Verbo no constituye un momento aislado sino que tiende hacia "la hora" de Jesús y el misterio pascual: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12,24). "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12,32). Este anonadamiento de sí mismo, esta kénosis necesaria para la exaltación itinerario de Jesús y de cada uno de sus discípulos (cf Flp 2,6-9), es iluminador para el encuentro de las culturas con Cristo y su evangelio. "Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del evangelio a la luz del misterio pascual".
Es mirando al misterio de la encarnación y de la redención como se debe hacer el discernimiento de los valores y de los antivalores de las culturas. Como el Verbo de Dios se hizo en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado, así la inculturación de la Buena Nueva asume todos los valores humanos auténticos purificándolos del pecado y restituyéndolos a su pleno significado.
La inculturación tiene también profundos vínculos con el misterio de Pentecostés, gracias a la efusión y acción del Espíritu, que unifica dones y talentos, todos los pueblos de la tierra, al entrar en la Iglesia, viven un nuevo Pentecostés, profesan en su propia lengua la única fe en Jesucristo y proclaman las maravillas que el Señor ha realizado en ellos. El Espíritu, que en el plano natural es la fuente originaria de la sabiduría de los pueblos, guía con una luz sobrenatural a la Iglesia hacia el conocimiento de toda la Verdad. A su vez la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace "sponsa ornata monilibus suis", "la novia que se adorna con sus aderezos (cf Is 61,10).
Criterios y ámbitos de la inculturación
62. Es una tarea difícil y delicada, ya que pone a prueba la fidelidad de la Iglesia al evangelio y a la Tradición apostólica en la evolución constante de las culturas. Por ello los Padres sinodales observaron: "Ante los rápidos cambios culturales, sociales, económicos y políticos, nuestras Iglesias locales deben trabajar en un proceso de inculturación siempre renovado, respetando los dos criterios siguientes: la compatibilidad con el mensaje cristiano y la comunión con la Iglesia universal (...). En todo caso se tratará de evitar cualquier sincretismo".
"Como camino hacia una plena evangelización, la inculturación trata de preparar al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su propio ser personal, cultural, económico y político, para la plena adhesión a Dios Padre y para llevar una vida santa mediante la acción del Espíritu Santo".
Al dar gracias a Dios por los frutos que los esfuerzos de la inculturación han dado ya en la vida de las Iglesias del continente, particularmente en las antiguas Iglesias orientales de África, el Sínodo ha recomendado "a los obispos y a las Conferencias episcopales que tengan en cuenta que la inculturación engloba todos los ámbitos de la vida de la Iglesia y de la evangelización: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia. Todo esto muestra la necesidad de una búsqueda en el ámbito de las culturas africanas en toda su complejidad". Precisamente por eso el Sínodo ha invitado a los Pastores "a aprovechar al máximo las múltiples posibilidades que la disciplina actual de la Iglesia establece ya al respecto".
Iglesia como Familia de Dios
63. El Sínodo no sólo ha hablado de la inculturación, sino que también la ha aplicado concretamente, asumiendo como idea-guía para la evangelización de África la de Iglesia como Familia de Dios. En ella los Padres sinodales han reconocido una expresión de la naturaleza de la Iglesia particularmente apropiada para África. En efecto, la imagen pone el acento en la solicitud por el otro, la solidaridad, el calor de las relaciones, la acogida, el diálogo y la confianza. La nueva evangelización tenderá pues a edificar la Iglesia como Familia, excluyendo todo etnocentrismo y todo particularismo excesivo, tratando de promover por el contrario la reconciliación y la verdadera comunión entre las diversas etnias, favoreciendo la solidaridad y el compartir tanto el personal como los recursos de las Iglesias particulares, sin consideraciones indebidas de orden étnico. "Es de desear que los teólogos elaboren la teología de la Iglesia-Familia con toda la riqueza contenida en este concepto, desarrollando su complementariedad mediante otras imágenes de la Iglesia".
Esto supone una profunda reflexión sobre el patrimonio bíblico y tradicional que el Concilio Vaticano II ha recogido en la constitución dogmática Lumen gentium. El admirable texto expone la doctrina sobre la Iglesia recurriendo a imágenes, sacadas de la Sagrada Escritura, como Cuerpo místico, Pueblo de Dios, templo del Espíritu, rebaño y redil, casa en la que Dios mora con los hombres. Según el Concilio, la Iglesia es esposa de Cristo y madre nuestra, ciudad santa y primicia del Reino futuro. Es necesario tener en cuenta estas sugestivas imágenes al desarrollar, según la indicación del Sínodo, una eclesiología centrada en el concepto de Iglesia-Familia de Dios". Se podrá entonces apreciar en toda su riqueza y densidad la afirmación de la que parte la constitución conciliar: "La Iglesia es en Cristo como el sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano".
Campos de aplicación
64. En la práctica, sin prejuicio alguno por las tradiciones propias de cada Iglesia, latina u oriental, "se debe tender a la inculturación de la liturgia, teniendo cuidado de no cambiar nada de los elementos esenciales, de modo que el pueblo fiel pueda comprender y vivir mejor las celebraciones litúrgicas".
El Sínodo ha afirmado además que, incluso cuando la doctrina es difícilmente asimilable a pesar de un largo período de evangelización, o bien, cuando su práctica supone serios problemas pastorales, sobre todo en la vida sacramental, es necesario permanecer fieles a la enseñanza de la Iglesia y, al mismo tiempo, respetar a las personas en la justicia y con verdadera caridad pastoral. Partiendo de este principio, el Sínodo ha expresado el deseo de que las Conferencias episcopales, en colaboración con las Universidades y los Institutos católicos, creen comisiones de estudio, especialmente sobre el matrimonio, la veneración de los antepasados y el mundo de los espíritus, con objeto de examinar a fondo todos los aspectos culturales de estos problemas desde el punto de vista teológico, sacramental, ritual y canónicos .
Diálogo
65. "La actitud de diálogo es el modo de ser del cristiano tanto dentro de su comunidad, como en relación con los demás creyentes y con los hombres y mujeres de buena voluntad". El diálogo se ha de practicar ante todo dentro de la Iglesia-Familia, a todos los niveles: entre obispos, Conferencias episcopales o Asambleas de la jerarquía y Sede Apostólica, entre las Conferencias o Asambleas episcopales de las diferentes naciones del mismo continente y las de los demás continentes y, en cada Iglesia particular, entre el obispo, presbiterio, personas consagradas, agentes pastorales y fieles laicos; así como entre los diversos ritos dentro de la misma Iglesia. El S.C.E.A.M. procurará tener "estructuras y medios que garanticen el ejercicio de este diálogo", en particular para favorecer una solidaridad pastoral orgánica.
"Los católicos, unidos a Cristo mediante su testimonio en África, están invitados a desarrollar un diálogo ecuménico con todos los hermanos bautizados de las demás Confesiones cristianas, a fin de lograr la unidad por la que Cristo oró, y de este modo su servicio a las poblaciones del continente haga el evangelio más creíble a los ojos de cuantos y cuantas buscan a Dios". Este diálogo podrá concretarse en iniciativas como la traducción ecuménica de la Biblia, la profundización teológica de uno u otro aspecto de la fe cristiana, o incluso ofreciendo juntos un testimonio evangélico a favor de la justicia, la paz y el respeto de la dignidad humana. Para esto se procurará crear comisiones nacionales y diocesanas de ecumenismos. Juntos, los cristianos son responsables de dar testimonio del evangelio en el continente. Los progresos del ecumenismo tienen también como objetivo hacer que este testimonio sea más eficaz.
66. "El compromiso del diálogo debe abarcar también a los musulmanes de buena voluntad. Los cristianos no pueden olvidar que muchos musulmanes tratan de imitar la fe de Abrahan y vivir las exigencias del Decálogo". A este respecto, el Mensaje del Sínodo destaca que el Dios vivo, Creador del cielo y de la tierra y Señor de la historia, es el Padre de la gran familia humana que formamos. Como tal, quiere que demos testimonio de Él respetando los valores y las tradiciones religiosas propias de cada uno, trabajando juntos para la promoción humana y el desarrollo en todos los niveles. Lejos de querer ser aquél en cuyo nombre unos eliminan a otras personas, Él compromete a los creyentes a trabajar juntos al servicio de la justicia y la paz. Se pondrá, pues, particular atención en que el diálogo islamo-cristiano respete por ambas partes el ejercicio de la libertad religiosa, con todo lo que esto comporta, incluidas también las manifestaciones exteriores y públicas de la fe. Cristianos y musulmanes están llamados a comprometerse en la promoción de un diálogo inmune de los riesgos derivados de un irenismo de mala ley o de un fundamentalismo militante, y levantando su voz contra políticas y prácticas desleales, así como contra toda falta de reciprocidad en relación con la libertad religiosa.
67. En cuanto a la religión tradicional africana, un diálogo sereno y prudente podrá, por un a parte, proteger de influjos negativos que condicionan la misma forma de vida de muchos católicos y, por otra, asegurar la asimilación de los valores positivos como la creencia en el Ser Supremo, Eterno, Creador, Providente y justo Juez que se armonizan bien con el contenido de la fe. Estos pueden ser vistos como una preparación al evangelio, porque contienen preciosas semina Verbi capaces de llevar, como ya ha ocurrido en el pasado, a muchas personas a abrirse a la plenitud de la Revelación en Jesucristo por medio de la proclamación del evangelio".
Por tanto, es necesario tratar con mucho respeto y estima a quienes se adhieren a la religión tradicional, evitando todo lenguaje inadecuado e irrespetuoso. A este fin, en los centros de formación sacerdotal y religiosa se deben impartir oportunos conocimientos sobre la religión tradicionales.
Desarrollo humano integral
68. El desarrollo humano integral-desarrollo de todo hombre y de todo el hombre, especialmente de quien es más pobre y marginado en la comunidad-constituye el centro mismo de la evangelización. "Entre evangelización y promoción humana -desarrollo, liberación- existen efectivamente lazos muy fuertes. Vínculos de orden antropológico, porque el hombre que hay que evangelizar no es un ser abstracto, sino un ser sujeto a los problemas sociales y económicos. Lazos de orden teológico ya que no se puede disociar el plan de la creación del plan de la redención que llega hasta situaciones muy concretas de injusticia, a la que hay que combatir, y de justicia que hay que restaurar. Vínculos de orden eminentemente evangélico como es el de la caridad: en efecto, ¿cómo proclamar el mandamiento nuevo sin promover, mediante la justicia y la paz, el verdadero, el auténtico crecimiento del hombre?".
De ese modo, el Señor Jesús, cuando inauguró su ministerio público en la sinagoga de Nazaret, eligió para ilustrar su misión el texto mesiánico del libro de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto que me ha ungido el Señor. A anunciar la Buena Nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar un año de gracia del Señor" (Lc 4,18-19; cf Is 61,1-2).
El Señor se considera, pues, como enviado para aliviar la miseria de los hombres y combatir toda forma de marginación. Ha venido a liberar al hombre; ha venido a tomar nuestras flaquezas y a cargar con nuestras enfermedades: "De hecho todo el ministerio de Jesús está orientado a atender a cuantos, en torno a Él, estaban marcados por el sufrimiento: personas que sufrían, paralíticos, leprosos, ciegos, sordos, mudos (cf Mt 8,17)". "No es posible aceptar que la obra de la evangelización pueda o deba olvidar las cuestiones extremadamente graves, tan debatidas hoy día, que atañen a la justicia, a la liberación, al desarrollo y a la paz en el mundo". : la liberación que la evangelización anuncia "no puede reducirse a la simple y estrecha dimensión económica, política, social o cultural, sino que debe abarcar al hombre entero, en todas sus dimensiones, incluida su apertura al Absoluto, que es Dios".
Afirma justamente el Concilio Vaticano II: "La Iglesia, al buscar su propio fin salvífico, no sólo comunica al hombre la vida divina, sino que también derrama su luz reflejada en cierto modo sobre todo el mundo, especialmente en cuanto que sana y eleva la dignidad de la persona humana, e impregna de un sentido y una significación más profunda la actividad cotidiana de los hombres. La Iglesia cree que de esta manera, por medio de cada uno de sus miembros y de toda su comunidad, puede contribuir mucho a humanizar más la familia de los hombres y la historia". La Iglesia anuncia y comienza a realizar el Reino de Dios siguiendo las huellas de Jesús, porque "la naturaleza del Reino es la comunión de todos los seres humanos entre sí y con Dios". Así "el Reino es fuente de plena liberación y de salvación total para los hombres: con éstos, pues, la Iglesia camina y vive, realmente y enteramente solidaria con su historia".
69. La historia de los hombres asume su auténtico sentido en la encarnación del Verbo de Dios, que es el fundamento de la dignidad humana restaurada. El hombre ha sido redimido por medio de Cristo, "imagen de Dios invisible, generado antes de toda criatura" (Col 1, 15); más aún, "el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre". Cómo no exclamar con san León Magno: "¡Cristiano, toma conciencia de tu dignidad!",
Anunciar a Cristo es, pues, revelar al hombre su dignidad inalienable, que Dios ha rescatado mediante la encarnación de su Hijo único. El Concilio Vaticano II prosigue así: "Al haberse confiado a la Iglesia la manifestación del misterio de Dios, que es el fin último del hombre, ella misma descubre al hombre el sentido de su propia existencia, es decir, la verdad íntima sobre el hombre".
Dotado de esta incomparable dignidad, el hombre no puede vivir en condiciones de vida social, económica, cultural y política infrahumanas. Éste es el fundamento teológico de la lucha por la defensa de la dignidad personal, por la justicia y la paz social, por la promoción humana, la liberación y el desarrollo integral del hombre y de todos los hombres. Por ello, considerando esta dignidad, el desarrollo de los pueblos-dentro de cada nación y en las relaciones internacionales-debe realizarse de manera solidaria, como afirmaba del modo más apropiado mi predecesor Pablo VI. Precisamente en esta perspectiva podía decir: "El desarrollo es el nuevo nombre de la paz". Se puede, pues, afirmar con razón que "el desarrollo integral supone el respeto de la dignidad humana, la cual sólo puede realizarse en la justicia y la paz".
Ser la voz de quienes no tienen voz
70. Animados por la fe y la esperanza en la fuerza salvífica de Jesús, los Padres del Sínodo concluyeron sus trabajos renovando el compromiso de aceptar el desafío de ser instrumentos de salvación en los distintos ámbitos de la vida de los pueblos africanos. "La Iglesia -declararon- debe continuar ejerciendo su papel profético y ser la voz de quienes no tienen voz", para que en todas partes se reconozca la dignidad humana a cada persona y el hombre sea siempre el centro de todos los programas de gobierno. "El Sínodo (...) interpela la conciencia de los jefes de Estado y delos responsables del bien público, para que garanticen cada vez más la liberación y el desarrollo armónico de sus poblaciones". Sólo con estas condiciones se construye la paz entre las naciones.
La evangelización debe promover iniciativas que contribuyan a desarrollar y ennoblecer al hombre en su existencia espiritual y material. Se trata del desarrollo de todo hombre y de todo el hombre considerado no sólo de modo aislado, sino también y especialmente en el marco de un desarrollo solidario y armonioso de todos los miembros de una nación y de todos los pueblos de la tierra.
En suma, la evangelización debe denunciar y combatir todo lo que envilece y destruye al hombre. "Al ejercicio de este ministerio de evangelización en el campo social, que es un aspecto de la función profética de la Iglesia, corresponde también la denuncia de los males y de las injusticias. Pero conviene aclarar que el anuncio es siempre más importante que la denuncia, y que esta no puede prescindir de aquel, que le brinda su verdadera consistencia y la fuerza de su motivación más alta".
Medios de comunicación social
71. "Desde siempre Dios se caracteriza por su voluntad de comunicación. Lo realiza de modos diversos. Da el ser a todas las criaturas animadas o inanimadas. Establece particularmente con el hombre relaciones privilegiadas. 'Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos n os ha hablado por medio del Hijo' (Heb 1,1-2)". El Verbo de Dios es, por su naturaleza, palabra, diálogo y comunicación. Ha venido a restaurar, de una parte, la comunicación y l as relaciones entre Dios y los hombres, y, de otra, las de los hombres entre sí.
Los medios de comunicación social han llamado la atención del Sínodo bajo dos aspectos importantes y complementarios: como un universo cultural nuevo y naciente, y como un conjunto de instrumentos al servicio de la comunicación. Constituyen desde el inicio una cultura nueva que tiene su lenguaje propio y sobre todo sus valores y contravalores específicos. En este sentido tienen necesidad, como todas las culturas, de ser evangelizados.
En efecto, en nuestros días los medios de comunicación social constituyen no sólo un mundo, sino una cultura y una civilización. Y la Iglesia es enviada también a llevar la Buena Nueva de la salvación a este mundo. Los heraldos del evangelio deben, pues, penetrar en ellos para impregnarse de esta nueva civilización y cultura, con el fin de servirse oportunamente de la misma. "El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola-como suele decirse-en una 'aldea global'. Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo de orientación e inspiración para los comportamientos individuales, familiares y sociales".
La formación para el uso de los medios de comunicación social es una necesidad, no sólo para quien anuncia el evangelio, que debe entre otras cosas poseer el estilo de la comunicación, sino también para el lector, el receptor y el telespectador que, formados para comprender este tipo de comunicación, deben saber asumir sus aportaciones con discernimiento y espíritu crítico.
En África, donde la tradición oral es una de las características de la cultura, esta formación tiene una importancia capital. Este tipo de comunicación debe recordar a los Pastores, especialmente a los obispos y sacerdotes, que la Iglesia es enviada a hablar, a predicar el evangelio mediante la palabra y los gestos. Ella no puede, pues, callar, bajo el riesgo de incumplir su misión; a menos que, en ciertas circunstancias, el silencio mismo sea un modo de hablar y de testimoniar. Debemos, pues, anunciar siempre a tiempo y a destiempo (cf 2Tim 4,2), pero teniendo como objetivo edificar en la caridad y en la verdad.
CAPÍTULO 4: EN LA PERSPECTIVA DEL TERCER MILENIO CRISTIANO
I. LOS DESAFÍOS ACTUALES
72. La Asamblea especial para África del Sínodo de los obispos ha sido convocada para que la Iglesia de Dios, extendida por el continente, reflexione sobre su misión evangelizadora con vistas al tercer milenio, y prepare "una orgánica solidaridad pastoral en todo el territorio africano e islas adyacentes". Esta misión implica, como se ha subrayado anteriormente, urgencias y desafíos, debidos a profundos y rápidos cambios de las sociedades africanas y a los efectos derivados de la expansión de una civilización planetaria.
Necesidad del Bautismo
73. La primera urgencia es naturalmente la evangelización misma. Por un lado, la Iglesia debe asimilar y vivir cada vez mejor el mensaje que el Señor le ha confiado. Por otro, debe testimoniar y anunciar este mensaje a cuantos todavía no conocen a Jesucristo. En efecto, es para ellos por lo que el Señor dijo a los apóstoles: "lid, pues, y haced discípulos a todas las gentes" (Mt 28,19).
Como en Pentecostés, la predicación del kerigma tiene como finalidad natural llevar a quien escucha a la metanoia y a recibir el Bautismo: "El anuncio de la palabra de Dios tiende a la conversión cristiana, es decir, a la adhesión plena y sincera a Cristo y a su evangelio mediante la fe". La conversión a Cristo, además, "está relacionada con el bautismo no sólo por la praxis de la Iglesia, sino por voluntad del mismo Cristo, que envió a hacer discípulos a todas las gentes y a bautizarlas (cf Mt 28,19); está relacionada también por la exigencia intrínseca de recibir la plenitud de la nueva vida en él: "En verdad, en verdad te digo:-enseña Jesús a Nicodemo-el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3,5). En efecto, el bautismo nos regenera a la vida de los hijos de Dios, nos une a Jesucristo y nos unge en el Espíritu Santo: no es un mero sello de la conversión, como un signo exterior que la demuestra y la certifica, sino que es un sacramento que significa y lleva a cabo este nuevo nacimiento por el Espíritu; instaura vínculos reales e inseparables con la Trinidad; hace miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia". Por lo tanto, un itinerario de conversión que no llegase al bautismo se quedaría a mitad de camino.
En verdad, los hombres de buena voluntad que, sin ninguna culpa por su parte, no reciben el anuncio evangélico, pero viven en armonía con su conciencia según la ley de Dios, serán salvados por Cristo y en Cristo. De hecho, para todo ser humano existe siempre en acto la llamada de Dios, que espera ser reconocida y acogida (cf 1Tim 2,4). Precisamente para facilitar este reconocimiento y esta acogida, a los discípulos de Cristo se les pide que no descansen hasta que el gozoso mensaje de la salvación no sea llevado a todos.
Urgencia de la evangelización
74. El Nombre de Jesucristo es el único por el cual nosotros podemos salvarnos (cf He 4,12). Ya que en África existen millones de personas aún no evangelizadas, la Iglesia se encuentra ante la tarea necesaria y urgente, de proclamar la Buena Nueva a todos, y conducir a aquellos que escuchan al bautismo y a la vida cristianas. "La urgencia de la actividad misionera brota de la radical novedad de vida traída por Cristo y vivida por sus discípulos. Esta nueva vida es un don de Dios, y al hombre se le pide que lo acoja y desarrolle, si quiere realizarse según su vocación integral, en conformidad con Cristo". Esta nueva vida en la originalidad radical del evangelio implica también rupturas con las costumbres y la cultura de cualquier pueblo de la tierra, porque el evangelio nunca es un producto interno de un determinado país, sino que siempre "viene de fuera", viene de lo Alto. Para los bautizados el gran desafío es siempre la coherencia de una existencia cristiana con forme con los compromisos del Bautismo, que significa muerte al pecado y resurrección cotidiana a una vida nueva (cf Rom 6, 4-5). Sin esta coherencia, los discípulos de Cristo difícilmente podrán ser "sal de la tierra" y "luz del mundo" (Mt 5,13.14). Si la Iglesia en África se compromete con valentía y sin titubeos en este camino, la Cruz podrá ser plantada en todas las partes del continente para la salvación de los pueblos que no tienen miedo de abrir las puertas al Redentor.
Importancia de la formación
75. En todos los sectores de la vida eclesial la formación es de capital importancia. En efecto, nadie puede conocer realmente las verdades de fe que nunca ha tenido ocasión de aprender, ni puede realizar obras para las que jamás ha sido educado. Por eso "es preciso preparar, motivar y fortalecer a toda la comunidad para la evangelización, a cada uno según su función específica dentro de la Iglesia". Esto vale también para los obispos, los presbíteros, los miembros de Institutos de vida con sagrada y de las Sociedades de vida apostólica, los de los Institutos seculares y para todos los fieles laicos.
La formación misionera debe ocupar un lugar privilegiado. Es "obra de la Iglesia local con la ayuda de los misioneros y de sus Institutos, así como de los miembros de las Iglesias jóvenes. Esta labor ha de ser entendida no como algo marginal, sino central en la vida cristiana".
El programa de formación incluirá, de modo particular, la preparación de los laicos para desarrollar plenamente su papel de animación cristiana del orden temporal (político, cultural, económico, social), que es compromiso característico de la vocación secular del laicado. A este propósito, se debe animar a laicos competentes y motivados a comprometerse en la acción política, en la cual, mediante un ejercicio digno de los cargos públicos, puedan "procurar el bien común y preparar al mismo tiempo el camino al evangelio".
Profundización de la fe
76. La I | |