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El temperamento no es un destino inexorable PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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No hay más invierno

que la soledad.

Pedro Salinas
Aprendizaje emocional

Cualquier persona –sobre todo si es padre de familia numerosa o profesional de educación infantil– puede ver cómo unos niños nacen siendo plácidos y tranquilos mientras que otros son desde el principio irritables y difíciles, o cómo unos son más activos y otros más pasivos, o unos más optimistas y otros menos.

Cada persona nace con todo un bagaje sentimental, cuyo influjo estará siempre de alguna manera presente a lo largo de toda su vida. La pregunta es si puede transformarse ese equipaje sentimental con el que las personas venimos al mundo. ¿Se pueden transformar las reacciones habituales de aquellas personas que desde niños han sido, pongamos por caso, sumamente inestables, o desesperadamente tímidas, o terriblemente pesimistas?

Jerome Kagan, un investigador de la Universidad de Harvard que hizo unos extensos estudios sobre la timidez infantil, observó que hay un considerable porcentaje de niños que desde el primer año de vida se muestran reacios a todo lo que no les resulta familiar (tanto probar una nueva comida como aproximarse a personas o lugares desconocidos), y se sienten paralizados en las más variadas situaciones de la vida social (ya sea en clase, en el patio de recreo o siempre que se sienten observados).

Kagan comprobó que cuando esos niños llegan a ser adultos, suelen ser personas que tienden a permanecer aisladas, sienten un fuerte temor si tienen que dirigir unas palabras ante un grupo de personas y, en general, se sienten incómodas cuando están expuestas a la mirada ajena.

Por otra parte, hay también un importante porcentaje de niños que desde muy pronto manifiestan una marcada tendencia a la tristeza y el mal humor: son proclives a la negatividad, se desconciertan con facilidad ante los contratiempos, parecen incapaces de dominar siquiera un poco sus preocupaciones y sus estados de ánimo, etc.

Hay, por el contrario, otros muchos niños cuyos sentimientos parecen gravitar de forma natural en torno a lo positivo, y son naturalmente optimistas y despreocupados, sociables, alegres y con una gran confianza en sí mismos. Y esos estilos sentimentales de la infancia suelen perdurar después –estadísticamente hablando– en la vida adulta.

Las investigaciones de Jerome Kagan concluyeron con apreciaciones bastante alentadoras respecto a la capacidad transformadora de una adecuada educación. Los ejemplos anteriores ilustran cómo el temperamento innato nos predispone para reaccionar ante las situaciones ordinarias de la vida con un registro emocional positivo o negativo. Pero esto no significa que ese sustrato innato sea como un destino inexorable o una condena. Se puede cambiar, y mucho. Pero, eso sí, conviene empezar lo antes posible.

Las lecciones emocionales
que recibimos en la infancia
tienen un impacto muy profundo,
ya sea amplificando o enmudeciendo
una determinada predisposición genética.



El riesgo de la hiperprotección

Algunos padres piensan que deben proteger a su hijo tímido de toda posible inquietud, pues les rompe el corazón verle sufrir. Sin embargo, esa sobreprotección parece alentar a la larga los temores del niño, pues le impide desarrollar su valor. Jerome Kagan, que también estudió extensamente esta cuestión, comprobó que los padres que actúan así suelen ser luego excesivamente indulgentes o ambiguos a la hora de exigir a sus hijos, y les privan de la oportunidad de aprender a hacer frente a lo desconocido o lo difícil.

En cambio, los padres que procuran mostrarse cariñosos y atentos, pero sin caer en el error de evitarles cualquier pequeño contratiempo, logran que el niño aprenda a dominar mejor por sí mismo ese momento de desasosiego. Suelen ser padres que marcan un sentido claro de la autoridad y la disciplina necesarias para una correcta educación y, en particular, para superar la temerosidad o la falta de recursos infantil.

Ante el niño tímido,
los padres deben ejercer
una leve presión
para que sea más sociable.

Han de procurar que hable más, que salga más de casa, que abra más su círculo de amistades y trate más a los que ya son sus amigos, que comparta sus cosas, etc. De lo contrario, con los años puede cronificarse el problema y acabar siendo una persona temerosa, solitaria, arisca, desconfiada, etc.

—¿Y cuál es el origen de la timidez?

La timidez es un entramado complejo de sentimientos. Suele provenir del temor al juicio de quien nos observa, que nos hace sentir vergüenza. Se podría decir que es un estado de ánimo causado por la impresión de no estar actuando con la debida dignidad. La mirada ajena, convertida en una amenaza, aparece como desencadenante de una sensación de miedo a ser mal visto o mal considerado. Y a veces se tiene tanto miedo a la mirada o a la presencia ajena que se evita exponerse a ella.

Muchos niños son temperamentalmente vergonzosos, y de modo innato tienden a la timidez, pero aprenden pronto a superarla. En un determinado momento, al romper el hielo que supone, por ejemplo, hablar en público ante varios compañeros, se dan cuenta de que pueden hacerlo bien, o que al menos se desenvuelven con suficiente soltura. Esas experiencias, aunque sean muy fugaces y puntuales, resultan muy alentadoras para el chico –o para el más mayor–, pues le hacen ver que tiene capacidad para superar su vergüenza natural y llegar a ser una persona segura.

Una recomendación práctica para los padres es tender a que la escuela sea para el niño como una primera batalla que él ha de afrontar por su cuenta, sin sus padres. Ante las pequeñas dificultades que surgen en el trato ordinario con sus compañeros y profesores, no conviene intervenir cuando el chico puede resolver por sí mismo el problema. Como es natural, no se trata de que los padres se desentiendan, pues deben estar pendientes de su marcha escolar, y en contacto con sus profesores, pero es mejor que alienten a su hijo desde el principio a considerar que ése es su campo propio, donde le dan ayuda y orientación, pero donde debe aprender a manejarse por sí mismo.



Motivación para cambiar

En sus primeros años, el niño se mueve en medio de una realidad que apenas conoce. Va poco a poco configurando un estilo afectivo, contando casi siempre con su ambiente familiar y escolar como principal punto de referencia. Con el transcurso de los años, se van produciendo cambios graduales, casi imperceptibles, y también a veces cambios más bruscos, causados normalmente por emociones intensas, aunque no siempre con una manifestación exterior notoria.

La mayoría de los cambios se producen
después de advertir en nosotros
—siempre con cierta dosis de sorpresa–
algo que nos desagrada.

Ese descubrimiento nos produce un impacto emocional, más o menos fuerte, que evaluamos, sobre el que reflexionamos, y que finalmente nos hace decidirnos a dar un cambio.

Por eso, la mayor parte de las deficiencias afectivas proceden de la ignorancia sobre cómo es uno mismo y por qué: la mayoría de los cambios de una persona proceden de una mejora en la percepción sobre sí misma y sobre la realidad en general. Y para lograrlo, es preciso mantener siempre una considerable capacidad de sorpresa, una suficiente capacidad de autocrítica.

Hay que cultivar
una elevada sensibilidad personal
que nos permita captar
aquello que en nuestra vida
no debe pasarnos inadvertido.

A su vez, esa percepción que cada uno tiene de sí mismo depende mucho de la que tengan los demás. De ahí la importancia de sentirse valorado y querido por quienes nos rodean, y por eso también gran parte de los trastornos afectivos tienen su origen en una deficiente comunicación con las personas más cercanas.

Para evitar esos problemas, o para intentar subsanarlos, es preciso establecer buenas relaciones personales. Esto es aplicable a la familia, a las relaciones de amistad o vecindad, al ambiente de trabajo o a cualquier otro. Y en el caso de la enseñanza, o de la educación en general, muestra la importancia de lograr, en mayor o menor medida, la colaboración del interesado.

—Pero el problema, en muchos casos, es que precisamente el interesado está falto de motivación para cambiar.

Tienes razón, y quizá por eso la tarea de educar reviste a veces tanta dificultad, y supone un auténtico reto de ingenio y de paciencia, un verdadero arte. Para educar, y sobre todo en las edades más difíciles, los problemas de motivación son quizá los de mayor complejidad. Por eso las recetas de cambio fácil pueden llegar a resultar tan irritantes para quienes sufren esos problemas y están hartos de escuchar consejos que se empeñan en trivializar la realidad.

Salir del círculo vicioso
de la desmotivación
es uno de los retos
más importantes y más difíciles
para cualquier educador.



De la reflexión a la acción

«Aquel episodio –pensaba para sí la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro– vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el único en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

»Ella –su hija– había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo más de espacio. Habría logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quizá en un punto firme en su vida.

»Para hacerlo, debería haber tenido mano firme. Cuando ella dijo "es mejor que te marches", debería haberme quedado. Debería haberme negado a irme sin más, debería haber vuelto a llamar a su puerta cada día; insistir hasta transformar esa hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sentía.

»No lo hice, en cambio: por cobardía, pereza y falso sentido del pudor. A mí nunca me había gustado la invasividad, quería ser diferente, respetar estrictamente su libertad. Pero detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse.

»Hay una frontera sutilísima entre una cosa y otra; atravesarla o no atravesarla es asunto de un instante, de una decisión cuya importancia a veces sólo percibes cuando el instante ya ha pasado. Sólo entonces te arrepientes, sólo entonces comprendes que aquel momento pedía a gritos la intromisión, y me decía a mí misma: estabas presente, tenías conciencia, y de esa conciencia tenía que nacer la obligación de actuar.

»El amor no cuadra con los perezosos, y para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.»

Esta reflexión de aquella mujer atormentada por sus recuerdos puede servirnos para recordar que el verdadero afecto necesita a veces de energía y de firmeza.

Para educar
—también para educarse a uno mismo–,
es necesario un serio esfuerzo para pasar
de la reflexión a la acción.

Y en ocasiones, estar dispuestos a hacernos una cierta violencia para superar la dejadez, para pasar o hacer pasar un mal rato cuando sea necesario.

La forma más segura de lograr un cambio real en la educación de los sentimientos es por medio de la acción.

—¿Pero no decías antes que es cosa más bien de reflexión, de caer en la cuenta de que hay algo en nosotros que merece la pena cambiar?

Eso es cierto.

Pero si la reflexión
no acaba llevándonos a la acción,
no cambiaremos.

Quizá no podemos cambiar nuestro modo de sentir en determinado momento, pero sí podemos decidir qué haremos cuando sintamos eso, y hacer que nuestra conducta contribuya a la consolidación de determinado hábito sentimental. Por ejemplo, si ante un sentimiento concreto de miedo o de pereza que queremos vencer, logramos mantener durante un tiempo una conducta de superación de eso que nos paralizaba, iremos creando poco a poco un hábito sentimental de valentía o de diligencia ante ese estímulo concreto, y ese sentimiento de miedo o de pereza acabará remitiendo. En ese sentido digo que la acción es imprescindible para el cambio personal.

Aristóteles, hablando de la formación del carácter, decía que los simples actos aislados no constituyen hábitos.

La autoeducación del carácter requiere
un esfuerzo de repetición de actos positivos.

—Pero la experiencia demuestra que los cambios personales suelen ser lentos y difíciles.

Sin duda, porque las inercias son muchas y nuestras fuerzas limitadas. Pero debemos ser protagonistas de nuestra propia vida y no pensar que estamos atados a un inexorable destino sentimental.



Descifrar las claves

Ortega y Gasset decía que no hay nada más fácil que escribir sobre algo un buen montón de folios, pero que, hablando de un tema concreto, escribir uno, uno sólo, precisando bien las cosas, a veces parece casi imposible.

Algo parecido podría decirse de la vida sentimental. Es una realidad compleja y escurridiza, nada fácil de explicar de modo sencillo. Algunos sentimientos surgen en una situación bien concreta y conocida: sentimos admiración, miedo, o ira, ante determinadas personas o sucesos, y comprendemos con claridad lo que nos sucede. Pero ante muchos otros, no siempre encontramos un desencadenante claro: nos podemos encontrar tristes, irritados o cansados, sin saber bien por qué. Y ante esos sentimientos, nos gustaría poder cambiarlos, y disipar de un plumazo la vergüenza, la ira, la angustia o el aburrimiento, pero vemos que no resulta sencillo.

Como ha escrito José Antonio Marina, el estado emocional es como un resultado consciente de acontecimientos de los que no siempre somos plenamente conscientes, y algunos de ellos son simplemente biológicos.

Nuestros sentimientos son como
un lenguaje cifrado
que expresa cuál es
la textura de nuestro corazón.

Estudiando esas resonancias afectivas podemos descifrar las claves de nuestra vida afectiva. Nos gustaría poder responder a la pregunta, en la que tanto nos va en la vida: ¿por qué siento yo lo que siento?, ¿por qué esa otra persona siente lo que siente?

Vemos que un mismo estímulo produce sentimientos distintos a distintas personas. El estilo afectivo es el resultado de elementos dispares provenientes de la genética individual y la historia personal. Y en este último ingrediente, nunca puede olvidarse el papel de la libertad individual como gran configurador de la propia persona.



Autores de nuestra propia biografía

Vivir es parecido a escribir una novela. En la novela, el autor va, frase a frase, perfilando los personajes, el argumento, el estilo; y en cada instante tiene que decidir la palabra que escribe a continuación, que sin duda viene condicionada por todas las que ha escrito antes. En la construcción de la propia vida, hay también un constante encuentro entre la inercia de todo lo que ha habido anteriormente y el empeño por conducir lo que viene después.

Igual que el lenguaje al novelista, la naturaleza impone a nuestra vida unas reglas y unas estructuras que hemos de aceptar. Pero si nos limitáramos a seguir sin más sus rutinas, caeríamos en un automatismo acartonado. Mantener un buen estilo –tanto en el escribir como en el vivir– es siempre un equilibrio entre aceptar lo que nos viene dado y al tiempo aportar creatividad personal.

—Pero a veces nos sentimos poco autores de nuestra propia biografía, y vemos nuestra vida muy determinada por el azar, por los impulsos del propio temperamento, o por las circunstancias de nuestro entorno y tantas coyunturas impuestas que dejan poco sitio a nuestra libertad personal.

Reconocerse como autor de la propia vida, aunque a veces el determinismo o el azar parezcan querer guiarnos como a una marioneta, es algo asequible. Sólo los humanos podemos (siempre relativamente, desde luego) romper con las supuestas fatalidades de nuestro origen y nuestro entorno, en vez de resignarnos sumisamente a ellas. Podemos compensar las deficiencias de nacimiento con elecciones propias que nos eleven por encima de lo rutinariamente previsible. Por eso se ha dicho que la educación es, en cierto modo, un intento de rescatar al hombre de la fatalidad zoológica o de la limitación agobiante de la mera experiencia personal, para impulsarle por un camino de libertad plenamente humana.

Es preciso poner esfuerzo en sacudirse la inercia, mantener a pulso la libertad, nadar contracorriente siempre que haga falta, y reírse de lo que deba uno reírse pero tomarse muy en serio las cosas serias. El ser humano puede elegir lo que quiere aprender, adquirir voluntariamente determinadas capacidades, intervenir en el flujo de información que le llega, decidir sobre su comportamiento: en definitiva, puede decidir cómo quiere ser.

Cuando se es joven, generalmente se piensa poco en esto. Pero cuando pasan los años, es más fácil ver que el camino recorrido es como una senda llena de bifurcaciones, de flechas que señalan direcciones diferentes. Tomamos algunos de esos desvíos casi sin darnos cuenta, otros ni siquiera los vimos, y tampoco sabemos bien adónde nos habrían llevado esos otros que dejamos de lado, si a un sitio mejor o peor, aunque muchas veces es fácil de imaginar. Cada vez que llegamos a un desvío, en la decisión de pasar de largo o tomarlo, a menudo está en juego mucho.

La vida se desarrolla
entre una sucesión
de continuas decisiones.

No se trata de añorar las posibilidades de cada camino lateral que dejamos de tomar, pero sí de avanzar por nuestro camino con los ojos bien abiertos, para no equivocarnos.

Podríamos concluir, con Schumacher, que el futuro está siempre haciéndose, pero que se hace principalmente con el material ya existente. Nuestro porvenir está vertebrado por esa fuerza misteriosa y rebelde que es la libertad creadora del hombre.

El futuro no es inexorable,
el futuro está
entretejido de libertad.


 
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