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Eulogio López, "Progresismo burocrático" (legalización prostitución), Hispanidad, 2.X.00 |
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Los holandeses han legalizado los burdeles, o más bien, han legalizado el proxenetismo. A partir de ahora, las casas de lenocinio serán legales en aquel modernista y moderno país europeo, noticia ésta que siempre es recibida con mucha risa por el común de los mortales y con tremenda seriedad por la progresía.
Como se trata de una medida progresista, la norma viene aderezada con un sofisticado sistema normativo. Las autoridades aseguran que con la legalización se podrá "controlar" mejor el sector, porque en el universo progresista todo debe ser controlado. Por ejemplo, las coimas extranjeras podrán ejercer su actividad siempre que los ingresos que obtengan no resulten "marginales y secundarios". Ante todo, profesionalidad. Si se dedica usted a una profesión, dedíquese en cuerpo y alma (más bien en cuerpo). Nada de ingresos complementarios.
Las profesionales no tendrán derecho a paro, lo cual es muy injusto, dado que cotizarán a la Seguridad Social, tanto las asalariadas como las autónomas y quedan obligadas a rellenar la declaración de la renta. Seamos serios: el dinero negro atenta contra la justicia social. A su vez, los empresarios del ramo, deberán pagar impuestos municipales y de sociedades, como cualquier otra empresa, y deberán cumplir las normas sanitarias vigentes (los inspectores de sanidad e higiene se las van a ver en figurillas).
Todo queda atado y bien atado. Por ejemplo, las prostitutas podrán apuntarse a las listas de paro, y los empresarios del ramo podrán acudir a dichas oficinas para solicitar "trabajadores-as" con experiencia. Cualificados, como quien dice.
Por el momento, al legislador se le ha olvidado la formación profesional inherente a toda profesión regulada. No se puede alcanzar la profesionalidad sin una base formativa previa y sin un reciclaje continuo.. Pero es cuestión de que el sector madure y logre cotizar en la Bolsa de Amsterdam. No se rían, estamos hablando de una plantilla de 25.000 personas.
Naturalmente, las corporaciones locales desarrollarán, en ordenanzas municipales, la ley estatal, y se advierte a los municipios que no podrán denegar una licencia por "razones morales" y que, eso sí, deberán contar con un funcionario que asesore a las prostitutas y atienda sus sugerencias o quejas sobre la gestión del negocio. Esto es importante, porque Holanda, a pesar de figurar a la cabeza de la modernidad europea, no cuenta con escuela de negocios que impartan cursos de postgrado con titulación en gestión de casas de placer. Y claro, así no hay manera de que el sector prospere con unas adecuadas técnicas de "marketing", control de riesgos y planificación estratégica.
La vieja moral tradicional, tan denostada ella, era muy simple: consideraba, y considera, que el sexo es una cosa muy seria, donde hombre y mujer se entregan mutuamente, sin transacción comercial por medio, porque se trataba de un acto creativo y unitivo, no de un canje. A partir de ese principio, no necesitaba, ni necesita, ley alguna para desarrollar la idea. La prostitución no era un acto inmoral porque estuviera prohibido, sino porque atentaba contra el principio de la entrega entre hombre y mujer y de la dignidad de ambos.
Pero el progresismo no. El progresismo necesita regular todo lo que existe, controlarlo todo, computarlo todo, inspeccionarlo todo, burocratizarlo todo. Uno de los datos más ilustrativos de la sociedad actual es que los recopiladores de normas (en España, el famoso Aranzadi) engrosan cada año su volumen para desesperación de los abogados, la profesión actual que más formación continua exige a sus miembros. El abogado de prestigio no es hoy aquel que aplica unos principios jurídicos, sino aquel que lee antes el BOE... o las decenas de "Boes" que emiten las instituciones más diversas, así como las sentencias que desarrollan esa elefantiasis jurídica. Urge la informatización de las administraciones públicas y los tribunales de justicia, más que nada para no deforestar el planeta.
Es de lo más lógico: si no hay principios a los que adherirse tiene que haber leyes que imponer, lo que genera una sociedad harto complicada, quizás asfixiante. El hombre occidental conculca cada día, cada hora, un montón de normas, de las mayoría de las cuales no conoce ni su existencia, aunque pueda ser denunciado por cualquiera de ellas. Es lo que llamamos Estado de Derecho, que más bien tiene poco de estado de derechos, sino de Estado burocrático.
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