Inicio arrow Documentación católica arrow Pontificado de Juan Pablo II arrow Instrumentum laboris (Documento base para el Sínodo sobre la figura del obispo, 1.VI.01)
Instrumentum laboris (Documento base para el Sínodo sobre la figura del obispo, 1.VI.01) PDF Imprimir E-Mail English Spanish
Digg!Reddit!Del.icio.us!meneame!Slashdot!Technorati!StumbleUpon!Newsvine!Furl!Yahoo!Ma.gnolia!
Documento base para el Sínodo sobre la figura del obispo, 1.VI.2001 INTRODUCCIÓN

En la perspectiva de un nuevo milenio

1. Cristo Jesús nuestra esperanza (1 Tim 1,1), el mismo ayer hoy y siempre (Hb 13,8), Pastor supremo (1 P 5,4), guía su Iglesia a la plenitud de la verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la cual se cumplirán todas las promesas e serán colmadas las esperanzas de la humanidad.

Al inicio del tercer milenio cristiano, la humanidad y la Iglesia se encaminan hacia un futuro que trae consigo la herencia de un siglo, ya pasado, lleno de sombras y de luces.

Nos encontramos en un momento nuevo de la historia humana. Muchos se interrogan sobre las metas futuras de la humanidad y se preguntan cuál será el futuro del mundo, que aparece por una parte inmerso en un dinamismo de progreso, con una creciente interdependencia en la economía, en la cultura y en las comunicaciones, y por otra parte todavía lleno de conflictos sociales, con amplias zonas donde crecen el hambre, las enfermedades y la pobreza.

El inicio de un nuevo milenio pone en el centro de la conciencia mundial un futuro por construir y con ello el tema de la esperanza, condición esencial del homo viator y del cristiano, orientado hacia el cumplimiento de las promesas de Dios. Una esperanza entendida también como llama de la fe y estímulo de la caridad, hacia un futuro de resultados imprevisibles.

2. En este nuevo inicio se coloca la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, prevista inicialmente en el Año Jubilar y ahora programada para el mes de octubre del 2001.

Con intuición profética Juan Pablo II ha querido asignar a tal Asamblea un tema de gran importancia: Episcopus minister Evangelii Iesu Christi propter spem mundi.

Son diversas y sugestivas las razones que hacen de éste un tema particularmente apropiado al actual momento de la vida de la Iglesia y de la humanidad. Ellas son ante todo de carácter teológico y eclesiológico, pero también de orden antropológico y social.


En la huella de las precedentes asambleas sinodales

3. En primer lugar están las razones de carácter teológico. La Iglesia entera ha celebrado con alegría el Gran Jubileo del 2000 para honrar la memoria del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo hace ya dos mil años; no sólo para recordar con gratitud su venida en medio de nosotros, sino también para celebrar su presencia viva en la Iglesia, en estos veinte siglos de su historia, su obra como único Salvador del mundo, centro del cosmos y de la historia.

En la indivisible unidad entre Cristo y su Evangelio, el tema del Sínodo tiende a subrayar que es Él, Jesucristo, Hijo de Dios, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo (cf. Jn 10,36), la esperanza del mundo y del hombre, de cada hombre y para todo el hombre.

En efecto, es Cristo la Palabra definitiva y el don total del Padre, el verdadero Evangelio de Dios, en el cual se realizan todas las promesas y en el cual está el Amén de Dios (cf. 2 Co1,20), el cumplimiento de la esperanza del mundo. Su Evangelio es la noticia siempre nueva y buena, potencia de vida que continúa a iluminar los caminos del mundo hacia el futuro, como lo ha hecho durante veinte siglos. En efecto, son inseparables su doctrina y su persona, su obra y sus enseñanzas, su mensaje y su Iglesia, donde él continúa a estar presente. La Iglesia, al inicio del tercer milenio, propone todavía con alegría su mensaje de vida y de esperanza a toda la humanidad.

4. Hay luego razones de orden eclesiológico. Algunas son de carácter permanente, otras de orden coyuntural.

El Señor Jesús, al final de su permanencia entre nosotros, ha enviado a los apóstoles como sus testigos y mensajeros hasta los confines de la tierra y hasta el fin de los tiempos. También sobre esta palabra se apoya el arduo deber de proponer al mundo su persona y su doctrina como suprema esperanza: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19-20). Los obispos, en comunión con el Papa, están llamados hoy, a cumplir esta misión junto con todos los miembros de la Iglesia, siendo los testigos del Evangelio de Cristo en el mundo, aunque a ellos, como sucesores de los apóstoles, les "incumbe la noble tarea de ser los primeros en proclamar las ‘razones de la esperanza’ (1 P 3,15); esperanza que se apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su palabra y que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el pecado".

La importancia de la celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, centrada en modo particular en el ministerio del obispo como servidor del Evangelio para la esperanza del mundo, emerge con claridad se si considera que las últimas Asambleas ordinarias han tratado respectivamente la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (1987), la formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales (1990) y la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo (1994). Fruto de las reuniones sinodales fueron las respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales de Juan Pablo II: Christifideles laici, Pastores dabo vobis y Vita consecrata.

Parecía entonces oportuno afrontar el tema del ministerio del obispo bajo el perfil de la proclamación del Evangelio y de la esperanza, casi como vértice y síntesis. En efecto, las varias asambleas sinodales ordinarias han dado un nuevo impulso de renovación a las diversas vocaciones en el pueblo de Dios, para una mayor complementariedad, en una eclesiología de comunión y de misión, atenta a la naturaleza jerárquica y carismática de la Iglesia. Ahora la disertación específica del tema de esta asamblea indica la necesidad de orientar hacia el futuro la misión del entero pueblo de Dios, en comunión con sus pastores.

5. Más aún, en la última década del siglo XX, hacia el final del segundo milenio de la era cristiana, los obispos de los diversos continentes fueron convocados por el Romano Pontífice en diversas Asambleas sinodales especiales, para tratar acerca de la Iglesia en Europa (1991 y 1999), en África (1994), en América (1997), en Asia (1998) y en Oceanía (1998). Fruto de estos encuentros son los respectivos documentos post-sinodales publicados o de próxima publicación.

La próxima Asamblea ordinaria, con su característico tema, podrá beneficiarse con la experiencia de un período particularmente intenso de comunión sinodal, como jamás había sucedido antes.

En realidad, todos los Sínodos de las últimas décadas han tocado el tema del ministerio episcopal, no sólo porque se trató de Sínodos de Obispos, sino porque de algún modo han ayudado a configurar la ministerialidad episcopal en las últimas décadas en relación a la Evangelización (1974), a la Catequesis (1977), a la Familia (1981), a la Reconciliación y la Penitencia (1983), a los Fieles laicos (1987), a los Presbíteros (1990), a la Vida Consagrada (1994) y a la actuación del Concilio Vaticano II, en el Sínodo extraordinario de 1985.

6. El aspecto doctrinal y pastoral específico del tema del Sínodo se concreta entonces en el anuncio del Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo. Es en esta perspectiva que la temática de la próxima Asamblea ordinaria tendrá máxima importancia también a nivel antropológico y social. La Iglesia, que quiere compartir "las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy", deberá preguntarse por qué senderos se encamina la humanidad de nuestro tiempo, en la cual ella misma está inmersa como sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14). Ella deberá preguntarse también cómo anunciar hoy la verdadera esperanza del mundo que es Cristo y su Evangelio.

Estamos en el inicio de un nuevo milenio de la era cristiana, caracterizado por particulares situaciones sociales y culturales, casi una "aetas nova", una época nueva, a veces definida como post-modernismo o post-modernidad. Es necesario que con un nuevo impulso resuene en el mundo el anuncio de la salvación, en modo de suscitar aquel dinamismo teologal que es propio del Evangelio, para que la humanidad entera lo "escuche y crea, creyendo espere, esperando ame".

En efecto, la esperanza cristiana está íntimamente unida al anuncio audaz e integral del Evangelio, que sobresale entre las funciones principales del ministerio episcopal. Por esto, entre los múltiples deberes y tareas del obispo, "sobre todas las preocupaciones y dificultades, que están inevitablemente ligadas al fiel trabajo cotidiano en la viña del Señor, debe estar primero de todo la esperanza".


Continuidad y novedad

7. En este camino de gracia se coloca la preparación y la próxima celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.

El texto de los Lineamenta publicado en 1998, ha suscitado intereses y consensos, y ha ofrecido la ocasión para una profundización de las temáticas inherentes al ministerio del obispo. Fruto de las respuestas de las Conferencias Episcopales y de otros organismos, sin dejar de lado a muchos obispos y otros miembros del Pueblo de Dios, es el presente Instrumentum laboris, que intenta proponer e ilustrar el tema elegido por el Papa, incorporando cuestiones y propuestas, en continuidad con los Lineamenta, en modo que ofrezca un plan para un ordenado y abierto desenvolvimiento del trabajo sinodal.

El proceso preparatorio de la asamblea, de la consultación promovida con los Lineamenta ha pasado a través de las respuestas y ha llegado hasta el Instrumentum laboris, delineando así la típica actividad sinodal como un flujo ininterrumpido de meditación sobre el tema dado por el Santo Padre. Esta operación, que del texto inicial ha confluido en el presente documento de trabajo, tiene en este caso un carácter especial. En efecto, el alto consenso obtenido por los Lineamenta ha producido primero un desarrollo muy homogéneo de las ideas y después una singular correspondencia entre los dos textos.

La rica experiencia que los obispos del mundo han vivido en las últimas asambleas ordinarias y especiales de los Sínodos y el precioso patrimonio de doctrina que de allí emergió, están en la base de una preparación provechosa de la próxima asamblea. Por esto el Instrumentum laoris no pretende alargarse en una amplia descripción de la situación mundial, ni menos aún atraer la atención sobre cuestiones de carácter particular o regional, ya examinadas en las precedentes Asambleas continentales.

8. La disertación específica del ministerio del obispo como servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo se coloca en el interior de una continuidad magisterial, que evoca los documentos del Concilio Vaticano II; en modo especial, desde el punto de vista doctrinal, la Constitución Dogmática Lumen gentium y el Decreto conciliar Christus Dominus.

Por su modo completo y concreto en la ilustración de la figura y del ministerio del obispo en su iglesia particular, el Directorio Pastoral de la Congregación para los Obispos, Ecclesiae Imago del 22 de febrero de 1973, conserva una validez esencial todavía hoy. Desde el punto de vista teológico-canónico hay que referirse al Codex iuris canonici (CIC) de 1983 y al Codex canonum Ecclesiarum Orientalium (CCEO) de 1990, para las necesarias actualizaciones.

Muchos son además los documentos del Magisterio postconciliar que en modo específico se refieren al ministerio pastoral de los obispos, entre ellos de manera especial las alocuciones de los Romanos Pontífices a las diversas Conferencias episcopales con ocasión de las visitas "ad limina" o de los viajes apostólicos de las últimas décadas.

Entre otros documentos más recientes, que se refieren a problemas específicos del ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia universal y en las iglesias particulares, se debe recordar, desde el punto de vista eclesiológico, la Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis notio del 22 de mayo de 1992, sobre algunos aspectos de la Iglesia como comunión, y finalmente, la Carta apostólica en forma de Motu propio de Juan Pablo II Apostolos suos, del 21 de mayo de 1998, sobre la naturaleza teológica y jurídica de las Conferencias Episcopales.

9. La referencia al obispo en el tema asignado por el Santo Padre Juan Pablo II para la próxima asamblea sinodal merece una aclaración. Se trata del ministerio episcopal, como fue ilustrado por la Costitución dogmática Lumen gentium y por el Decreto conciliar Chrsitus Dominus, en toda su rica gama de temas y deberes pastorales. Todos los obispos, de hecho, tienen en común la gracia de la ordenación episcopal, son sucesores de los apóstoles y en comunión con el Romano Pontífice forman parte del Colegio episcopal.

El Concilio Vaticano II ha puesto nuevamente en un lugar de honor la realidad del Colegio episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles y es expresión privilegiada del servicio pastoral desarrollado por los obispos en comunión entre ellos y con el Sucesor de Pedro. En cuanto miembros de este colegio todos los obispos "han sido consagrados no solo para una diócesis determinada, sino para la salvación de todo el mundo" . Por institución y voluntad de Cristo ellos "están obligados a tener por la Iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la Iglesia universal".

En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la Iglesia católica, participa de la plenitud del sacramento del orden. Como ministro del Señor y sucesor de los apóstoles, con la gracia del Paráclito, debe obrar para que toda la Iglesia crezca como familia del Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu, en la triple función que está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la de santificar y la de gobernar.

En modo particular, sin embargo, el Sínodo mira más concretamente al obispo diocesano en la plenitud de su ministerio en la iglesia particular. Él es presencia viva y actual de Cristo "pastor y obispo" de nuestras almas (1 P 2,25); es su vicario en la iglesia particular a él confiada, no sólo de su palabra sino también de su misma persona.

Por otra parte, la importancia del tema del Sínodo aparece claramente cuando se considera cómo en las últimas décadas ha cambiado la imagen del obispo; él aparece en la experiencia de los fieles, más cerca y presente en medio de su pueblo, como padre, hermano y amigo; más simple y accesible. Y sin embargo, han aumentado sus responsabilidades pastorales y se han alargado sus deberes ministeriales, en una Iglesia siempre más atenta a las necesidades del mundo, a tal punto que el obispo aparece hoy empeñado en varias tareas ministeriales y muchas veces es signo de contradicción a causa de la defensa de la verdad. Por lo tanto, él está abierto a una constante renovación de su oficio pastoral, en una cada vez más profunda dimensión de comunión y de colaboración con los presbíteros, las personas consagradas y los laicos.

La Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos será sin duda la ocasión para verificar que cuanto más sólida es la unidad de los obispos con el Papa, entre ellos y con el pueblo de Dios, tanto más resulta enriquecida la comunión y la misión de la Iglesia, y al mismo tiempo, tanto más reforzado y confortado será su mismo ministerio.


Un renovado anuncio del Evangelio de la esperanza

10. Muchos son los motivos de esperanza con los que la Iglesia mira a la celebración del próximo sínodo. El tiempo oportuno del Gran Jubileo del 2000, preparado por el camino trinitario cumplido en los años precedentes, ha ofrecido a todo el pueblo de Dios la gracia de vivir un Año santo en la conversión, en la reconciliación y en la renovación espiritual.

En Roma y en Tierra Santa, al lado del sucesor de Pedro, en las iglesias particulares en torno a los propios pastores, los fieles han tenido la gozosa experiencia de un año de misericordia y de santidad. Tanto es así que muchos se han preguntado cómo dar continuidad, en el comienzo del nuevo siglo y milenio, a la gracia y a las experiencias positivas del Gran Jubileo.

La Iglesia se ha puesto nuevamente delante del mundo como signo de esperanza, especialmente por el testimonio de muchas categorías del pueblo de Dios, como los jóvenes y las familias; pero también por los gestos fuertes de carácter ecuménico, de purificación de la memoria y de pedido de perdón, por la audaz evocación de los testigos de la fe del siglo XX.

Fueron fuertes y significativas las solicitudes de clemencia para los encarcelados y de reducción o total condonación de la deuda internacional, que pesa sobre el destino de muchas naciones.

También los obispos han tenido la posibilidad de vivir momentos de intensa comunión y renovación espiritual en su Jubileo específico, junto al Papa y unidos a la Virgen María, como en el Cenáculo de Pentecostés.

El Evangelio de Cristo se demuestra todavía potencia de vida, palabra que humaniza y une a los pueblos en una sola familia y promueve el bien de todos más allá de las diferencias de lengua, raza o religión.

11. Sobre el fundamento de la esperanza cristiana que no falla (cf. Rm 5,5), la Iglesia orienta sus pasos hacia el futuro, con un renovado impulso para una nueva evangelización.

El mundo que ha superado el umbral del nuevo milenio espera una palabra de esperanza, una luz que lo guíe en el futuro. El Evangelio, en la historia temporal de los hombres, fue, es y será un fermento de libertad y de progreso, de fraternidad, de unidad y de paz.

El próximo Sínodo de los Obispos, espera ofrecer a la Iglesia y al mundo el anuncio audaz y confiado del Evangelio de Cristo, que abre los corazones a la esperanza terrena y eterna. Pretende hacerlo con el testimonio de unidad, de gozo y de solicitud por la humanidad de nuestro tiempo de parte de los sucesores de los apóstoles en comunión con el Papa, a los cuales el Señor mismo ha asegurado su asistencia hasta la consumación de los siglos (cf. Mt 28,20).


--------------------------------------------------------------------------------





CAPÍTULO I

UN MINISTERIO DE ESPERANZA



Una mirada sobre el mundo con los sentimientos del Buen Pastor

12. ¿Qué actitud asume hoy el obispo para ser servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo?

Antes que nada, el obispo se ubica frente al mundo con una mirada contemplativa, ante la realidad de nuestro mundo, en lo concreto del propio ministerio y en comunión con la Iglesia universal y particular, a cuyo cuidado él está destinado. Luego, lo hace con un corazón compasivo, capaz de entrar en comunión con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para los cuales debe ser testigo y servidor de la esperanza.

Una imagen evangélica da vida a la actitud que se le exige. Al comienzo de su ministerio Jesús se presenta como el heraldo de la Buena noticia del Padre y lo confirma saliendo al encuentro de las necesidades de la gente: "y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor" (Mt 9,36).

El obispo, con la gracia del Espíritu Santo que dilata y profundiza su mirada de fe, revive los sentimientos de Cristo Buen Pastor ante las ansias y las búsquedas del mundo de hoy, anunciando una palabra de verdad y de vida y promoviendo una acción que va al corazón mismo de la humanidad. Sólo así, unido a Cristo, fiel a su Evangelio, abierto con realismo a este mundo, amado por Dios, se transforma en profeta de la esperanza.

Con esta imagen se presenta ante los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, los cuales, después de la caída de las ideologías y de las utopías, a veces sin memoria del pasado y demasiado ansiosos por el presente, tienen proyectos más bien efímeros y limitados y son a menudo manipulados por fuerzas económicas y políticas. Por esto necesitan redescubrir la virtud de la esperanza, poseer válidas razones para creer y para esperar, y, por lo tanto, también para amar y obrar más allá de lo inmediato cotidiano, con una serena mirada sobre el pasado y una perspectiva abierta al futuro.

La Iglesia, y en ella el obispo, como pastor del rebaño, en continuidad con las actitudes de Jesús, se propone como testigo de la esperanza que no falla (cf. Rm 5,5), consciente de la fuerza propulsora que la orienta hacia el cumplimiento de las promesas de Dios: en efecto "el amor de Dios, fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado" (ib.).

A la Iglesia y a sus pastores fue confiado el Evangelio de la esperanza. Ésta se apoya sobre la certeza de las promesas de Dios, es la esperanza viva a la que el Padre nos ha reengendrado con la resurrección de Cristo (cf. 1 P 1,3), victoria sobre la muerte y sobre el pecado. Y como consecuencia se apoya en la certeza de la perenne presencia de Cristo, Señor de la historia, Padre del siglo futuro (cf. Is 9,6).

Por lo tanto, hay que abrir y vivir bajo el signo de la confianza teologal el tercer milenio del cristianismo con la proclamación del Evangelio de las promesas de Dios.

En las Escrituras y en la tradición de la Iglesia encontramos la semilla escondida de los designios de Dios, que debe germinar en el futuro de los hombres y de los pueblos, confiado a la acción del Espíritu Santo, sabio artífice de la trama de la historia con nuestra colaboración.


Bajo el signo de la esperanza teologal

13. La esperanza teologal, que se apoya totalmente en las promesas de Dios, reviste hoy también un papel importante, al comienzo de un siglo y de un milenio. La espera y la preparación de las últimas décadas para alcanzar una meta tan importante de la historia humana, como lo es el año 2000, signado por el memorial dos veces milenario del nacimiento de Jesús, se dilatan aún desde el punto de vista simbólico hacia el futuro. No ya hacia una meta alcanzada, sino casi hacia un horizonte lejano, con el deber de construir pacientemente el futuro.

La esperanza se presenta como fuerza motriz de lo nuevo, como capacidad de soñar el futuro y de dejar huellas duraderas en el tiempo con la novedad de las obras, como capacidad de construir la historia con la fuerza del Evangelio, o, por lo menos, de dar sentido a la historia, antes de que sean las fuerzas del mundo las que establezcan el sentido del futuro o programen los plazos.

Y todo esto en la fidelidad al deber característico de los cristianos, que es aquel de ser como el alma del mundo. "Lo que el alma es en el cuerpo, esto han de ser los cristianos en el mundo" afirma la carta a Diogneto. La Iglesia de Jesús está llamada a ser inspiradora y promotora de historia, en la escucha de las expectativas más profundas y de las esperanzas más auténticas de los hombres y de las mujeres de este mundo.

La esperanza de la cual el obispo debe ser testigo, para ser servidor del Evangelio de Cristo, es la virtud teologal o teológica de la esperanza, en la unidad de la fe que cree y del amor que obra.

El directorio pastoral Ecclesiae imago había puesto en evidencia, a este respecto, algunas características del ministerio del obispo en una síntesis que vale la pena recordar a propósito de la esperanza en Dios, que es fiel a sus promesas: "El Evangelio, del cual el obispo por fe vive y que anuncia a los hombres con la palabra de Cristo, es 'garantía de lo que se espera; prueba de las realidades que no se ven' (Hb 11,1). Apoyándose, por tanto, en semejante esperanza, el obispo con firme certeza espera de Dios todo bien, y repone en la Divina Providencia la máxima confianza. Repite con Pablo: 'Todo lo puedo en aquel que me conforta' (Flp 4,13), acordándose de los santos apóstoles y de los antiguos obispos quienes, aún experimentando graves dificultades y obstáculos de todo género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios con toda franqueza (cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31). La esperanza, que 'no falla' (Rm 5,5), estimula en el obispo el espíritu misionero y, en consecuencia, el espíritu de creatividad, es decir de iniciativa. En efecto, sabe que ha sido mandado por Dios, Señor de la historia (cf. 1 Tim 1,17), para edificar la Iglesia en el lugar, en el tiempo y en el momento que 'ha fijado el Padre con su autoridad' (Hch 1,7). De aquí también ese sano optimismo que el obispo vive personalmente y, por así decirlo, irradia en los demás, especialmente a sus colaboradores".

14. Sostenido por esta esperanza teologal, el obispo se prepara para programar, intuir y casi soñar el futuro, releyendo la Palabra de Dios, bajo la gracia del Espíritu Santo y en la comunión eclesial.

La Palabra de Dios, fecundada por el Espíritu Santo en el corazón del obispo unido a sus sacerdotes y a sus fieles, será siempre fuente perenne de inspiración y de recursos para afrontar los desafíos del futuro. Según una feliz expresión de Pablo VI: "La Iglesia tiene necesidad de un perenne Pentecostés, necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en la mirada".

El Papa, el Colegio Episcopal, los obispos de las Conferencias episcopales nacionales o regionales, todo el pueblo santo de Dios tienen en común también la vocación a la misma esperanza (cf. Ef 4,4).

Esta comunión en la esperanza asegura la presencia viva de Cristo y la inspiración del Espíritu, al cual fue confiado llevar a cumplimiento la plenitud de la comprensión y de la actuación del Evangelio de Jesús en la historia humana.

La comunión en la esperanza debe ser profundizada y compartida como fuente de inspiración, fecundada por la oración del obispo, por el diálogo de la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo especial, con sus más estrechos colaboradores, para llegar a reflexiones y programas concretos y compartidos.

La esperanza de los cristianos es el motor del futuro. Es la virtud que no sólo deja huellas en la vida de la humanidad, sino que abre también nuevos surcos en la historia, para sembrar la semilla de las promesas divinas y guiar los caminos del futuro con la fuerza de Dios. La Iglesia será efectivamente signo de esperanza si sabrá estar atenta al designio de Dios, que garantiza un futuro de plenitud, si seguirá fielmente su voluntad y sabrá discernir las expectativas más válidas de la humanidad, de las cuales debe ser intérprete y orientadora.


Entre el pasado y el futuro

15. La Iglesia atraviesa el umbral de la esperanza en los comienzos del tercer milenio con una particular atención a la humanidad de hoy, compartiendo alegrías y esperanzas, tristezas y angustias, pero sabiendo que posee la palabra de la salvación. Sin embargo, hay que reflexionar a qué mundo son enviados los obispos para anunciar el Evangelio.

La esperanza teologal, que crece y se desarrolla como confianza en las promesas de Dios, a veces se purifica en la espera; pero será tanto más auténtica cuanto más probada; se radica en los signos positivos que germinan, entre el ya y el no todavía del Reino, presente en este mundo, pero orientado hacia su cumplimiento final en la gloria.

Ella es memoria fundante, fija en la revelación, que manifiesta no sólo la historia de la salvación, sino también el proyecto y el designio de Dios para el futuro. No es casual que el último libro de la Sagrada Escritura lleva el nombre de Apocalipsis, es decir, revelación. La esperanza suscita en los corazones un dinamismo activo, capaz de volver a encenderse continuamente en la cotidianidad.

Se trata de aquella "perseverancia" fiel, de la cual hablan los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,42) como actitud propia de los discípulos de Jesús, inmersos cada día en la vida de fe. Es la firme confianza puesta en Dios, Padre del Señor Jesucristo, el cual, con la resurrección de su Hijo, proyecta el hoy cotidiano hacia el seguro cumplimiento de las promesas.

16. Muchas veces, especialmente en la última década, una visión panorámica de la realidad del mundo de hoy fue trazada por el Magisterio.

También en el Sínodo de los Obispos este análisis fue llevado a cabo durante las asambleas especiales continentales para Europa, África, América, Asia y Oceanía, así como también en las respectivas Exhortaciones apostólicas post-sinodales hasta ahora publicadas.

No es entonces el momento de rehacer este análisis que, a pesar de presentar rasgos comunes por la creciente globalización de los aspectos generales, tiene sin embargo necesidad de una atenta visión local de los problemas y de las soluciones.

En el texto de los Lineamenta fue igualmente ilustrada la situación general, que en parte ha sido confirmada y enriquecida por las respuestas de las Conferencias Episcopales.


Entre luces y sombras en el panorama mundial

17. El panorama que ofrece nuestro mundo es variado. Sin embargo, la Iglesia con la mirada vigilante y el corazón compasivo del Buen Pastor (cf. Mt 9,36) no puede dejar de advertir con realismo, más allá de los análisis políticos, sociológicos o económicos, los signos de desconfianza o, más aún, de desesperación que hay en el mundo, para ofrecer la medicina de la consolación y el fortalecimiento de la confianza y de la liberación en Cristo. No es una consolación pasajera y débil, que se revela caduca, sino aquella de las certezas de la fe; certezas descubiertas por corazones capaces de amar y de servir, fundadas en la visión unitaria y real de los aspectos de la vida personal y social, sin reducciones pesimistas ni optimistas. Todo esto puede ofrecer el Evangelio de la esperanza.

Quedan todavía sin resolver algunas situaciones problemáticas que comprometen y estimulan el ministerio de la Iglesia, la cual ofrece una esperanza hacia una continua renovación del mundo y de la sociedad, también en lo concreto del ministerio del obispo en su iglesia particular.

18. En muchas partes de nuestro mundo la situación de pobreza, la falta de libertad, el escaso ejercicio de los derechos humanos, los conflictos étnicos, el subdesarrollo que hace crecer la pobreza de las grandes masas populares, crean situaciones de sufrimiento y de falta de esperanza en el futuro.

Constantemente los medios de comunicación nos muestran rostros de desesperación: rostros de niños privados de la necesaria nutrición y muchas veces indignamente explotados; rostros de jóvenes a los cuales se les niega la educación y se los obliga al trabajo de menores; rostros de jóvenes desocupados, entregados a la desesperación y a la indiferencia, fácil presa de la manipulación ideológica o del impulso hacia la degradación moral y espiritual; rostros de mujeres privadas de la propia dignidad; rostros de ancianos necesitados de asistencia; masas de pobres que buscan en la emigración una esperanza para el futuro y refugiados en busca de una patria; rostros de indígenas privados de sus tierras.

No fueron todavía superados los conflictos que al final del precedente siglo y milenio, han provocado muerte y destrucción, emigración, pobreza, luchas étnicas y odios tribales, dejando muerte y heridas profundas en el cuerpo y en el espíritu.

Todavía no se han cicatrizado las laceraciones de algunos recientes conflictos locales que han dividido profundamente culturas y nacionalidades, llamadas a integrarse en un diálogo de paz. Cada tanto afloran fundamentalismos religiosos, enemigos del diálogo y de la paz.

Además en las naciones de mayor progreso muchas veces se encuentran grandes áreas de depresión económica y moral; se nota un aumento de la corrupción y de la ilegalidad, también en el campo político.

19. Los efectos de la globalización ya se escuchan con la despiadada lógica de programas económicos inspirados en un liberalismo desenfrenado que hace a los ricos siempre más ricos y a los pobres siempre más pobres, excluidos como son de los programas de desarrollo, al punto que algunos hablan ya de un nuevo desorden mundial. Preocupa justamente el futuro de enteras poblaciones, que pertenecen a la misma familia de Dios y tienen en común los mismos derechos; son dejadas al margen de la justa participación en el bien común. En muchas ocasiones las comunidades indígenas son usurpadas de las riquezas de la materia prima y de los recursos naturales de los propios países en una desleal explotación del territorio y de las poblaciones.

No obstante una sensibilidad cada vez más positiva hacia la ecología, puede decirse que hasta la tierra padece - como tal vez no haya sucedido antes en la historia de la humanidad - cambios climáticos del ecosistema, que suscitan interrogantes sobre el futuro de nuestro planeta. Es causa de preocupación la degradación del ambiente. La Iglesia se hace portavoz de las aspiraciones más auténticas en favor de un equilibrio ecológico que no ponga en peligro nuestra tierra y la creación entera, obra de las manos del Creador, ofrecida a la humanidad como lugar de belleza y de equilibrio, don y fuente natural de la existencia humana.


Entre el retorno a lo sagrado y la indiferencia

20. Aunque no faltan signos de un despertar religioso, de nuevos intereses por las realidades espirituales y de un cierto retorno a lo sagrado, los pastores ven con preocupación la que fue definida una silenciosa y tranquila apostasía de las masas de la práctica eclesial. Avanza una cultura inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los cristianos hay una creciente indiferencia con respecto al futuro escatológico y sobrenatural de la vida que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida.

Esto se traduce en un individualismo carente de comunión eclesial y de práctica sacramental. Por ello algunas veces se cae en el extremo de la búsqueda de compensación espiritualista en los movimientos religiosos alternativos y en las sectas, en la adopción de formas de religiosidad, que son en parte imitación de las prácticas ascéticas más nobles de algunas religiones no cristianas. Hoy muchos se conforman con una ambigua religiosidad sin una referencia personal al Dios verdadero de Jesucristo y de la comunidad eclesial.

Para muchos pastores es motivo de preocupación y de una oscura visión del futuro el reducido número de las vocaciones sacerdotales y religiosas, aunque sea sólo en vista de una pastoral ordinaria de evangelización, de una adecuada vida sacramental y eucarística, con el relativo cuidado de la vitalidad de la fe y de la práctica cristiana.

Un nuevo horizonte de problemas éticos

21. Son causa de preocupación el crecimiento del relativismo moral, una cierta cultura que no hace prevalecer la vida y que no la respeta, una desacralización del comienzo y del fin de la existencia humana, tan ligados al misterio del Dios de la vida.

Son signo de esperanza en el Dios Creador la transmisión de la vida física, la educación de los hijos, el uso de la promoción de los valores de la existencia humana en su plenitud de sentido y de destino.

Nunca como en este momento de la historia la falsa ecuación que aquello que es científicamente posible es también éticamente justo nos ha llevado a una verdadera y propia manipulación biológica. De ella se derivan graves consecuencias para el hombre, que es imagen y semejanza de Dios en Cristo, nuestra vida (Jn 1,14: 14,16). De aquí provienen los problemas que han estallado en los últimos años, que se expanden como una sombra hacia el futuro.

La apasionada defensa que el Magisterio de la Iglesia ha hecho de la dignidad de cada vida humana, desde su nacimiento hasta su declino, está influenciando también en la opinión pública y está dando además algunos frutos en el sector de la ética mundial. Están en juego el futuro de la humanidad y la dignidad de la persona humana con sus derechos intocables e inalienables.

22. La crisis de la familia y de su estabilidad, además de las solapadas insidias contra la institución familiar, se presentan hoy como graves amenazas contra la vida y la educación de los hijos.

Es constante en nuestro tiempo la acción doctrinal de la Iglesia en favor de la vida y en el campo del matrimonio y la familia. Son puntos de referencia de esta ininterrumpida acción algunos documentos del Magisterio Pontificio y de otros dicasterios de la Santa Sede, así como también las Jornadas internacionales de la Familia, que son de ayuda a los cónyuges en vista de una adecuada espiritualidad matrimonial y familiar.


Situaciones eclesiales emergentes

23. Una nueva situación eclesial se verifica en los territorios que vivieron un largo período bajo regímenes totalitarios. Aquellas Iglesias viven en una redescubierta libertad de culto y en una nueva presencia apostólica; experimentan el florecer de las vocaciones y un incipiente impulso misionero fuera de los confines de las propias iglesias particulares. En ellas la fatiga y la alegría de un nuevo comienzo, el frecuente testimonio de una alegre vitalidad católica y de un fervor de la fe desconocido en otros países hacer esperar en un futuro prometedor.

Quedan todavía problemas estructurales y organizativos, como la dificultad de un diálogo fraterno y de una concreta comunión y colaboración ecuménica con las otras iglesias, especialmente con las ortodoxas.

Sin embargo la Iglesia no renuncia a su deber de anunciar con audacia el Evangelio en estos países asolados por el vacío dejado por la cultura de los regímenes totalitarios. Es más, debe promover la educación a la libertad y una nueva comunión entre todos los cristianos. Una necesaria educación de la fe puede influir en la superación de una cierta práctica de devoción sin fundamentos sólidos y en el impulso de una renovada evangelización; es necesaria la promoción de una fe adulta, de una vida moral coherente, especialmente ante el asedio de las sectas y ante el peligro de caer, como algunos temen, en la búsqueda de un excesivo consumismo.

24. El futuro de la Iglesia del tercer milenio se ha ido, poco a poco, configurando como una desconcentración de la presencia de los católicos hacia los países de África y Asia, donde, como también en América Latina, florecen jóvenes iglesias, llenas de fervor y de vitalidad, ricas en vocaciones sacerdotales y religiosas, que muchas veces ayudan a superar la escasez de fuerzas vivas que se registra en Occidente.

No se pueden olvidar los vastos y poblados territorios del continente asiático donde todavía muchos fieles no pueden expresar plena y públicamente su fe católica en comunión con la Iglesia universal y su Supremo Pastor. La Iglesia mira también a estos países con una gran esperanza y confía en la acción silenciosa del Espíritu Santo, para que los fieles puedan finalmente expresar la plenitud de la comunión eclesial visible y de la recíproca ayuda para hacer conocer a todos a Cristo Salvador.


Signos de vitalidad y de esperanza

25. Entre los signos positivos que al final del siglo y del milenio fueron percibidos, también en las recientes asambleas sinodales, encontramos el ansia por la paz, el deseo de una participación solidaria de las naciones en la solución de eventuales conflictos locales, la creciente conciencia de los derechos humanos, la igual dignidad de todas las naciones, la búsqueda de una mayor unidad en el planeta, con una solidaridad efectiva a nivel mundial entre países pobres y ricos. La dedicación de muchos al servicio de los pobres y de los países más necesitados a través el voluntariado es germen de esperanza. Crece la estima del genio femenino y se percibe una mayor responsabilidad de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia.

No faltan temores por los excesos de la globalización; sin embargo hay saludables reacciones bajo formas de solidaridad, de mayor sensibilidad en la salvaguardia de los valores culturales de los pueblos y de las naciones, de una conciencia de hacer prevalecer los valores éticos y religiosos sobre los económicos y políticos. Existe en nuestro mundo una acentuada búsqueda de la verdadera libertad y un creciente sentido de comunión contra los individualismos.

El anuncio del Compendio de la doctrina social de la Iglesia da buenas esperanzas en vista del compromiso en el campo social y económico en favor de todos los pueblos.

En los vaivenes de luces y sombras, a veces se descubren también a nivel mundial movimientos de opinión a favor de algunos aspectos que parecen amenazados. Contra la manipulación genética y el desprecio de la vida naciente está surgiendo una mayor atención por la vida humana y su valor trascendente, que la une al Dios de la vida. Se busca fuertemente una convergencia sobre los valores éticos a nivel internacional, mientras del peligro de un desequilibrio ecológico nace un sentido más profundo del valor de la creación.


Hacia un nuevo humanismo

26. La masificación y la globalización suscitan, como justa reacción, un deseo profundo de personalismo e interioridad. Hoy es muy valorado el equilibrio entre unidad y pluralismo: unidad que pertenece al designio de Dios, que ha creado una única naturaleza humana, fundamento de la unidad de la familia de los pueblos, de su origen y de su destino; pluralismo de naciones, lenguas y culturas que reflejan la riqueza de la multiforme sabiduría de Dios (cf. Ef 3,1). En este contexto asistimos también al despertar de las culturas como contrapunto a una mundialización que aplasta y empobrece. Al contrario, la identidad cultural, provoca, también en el intercambio de bienes, un enriquecimiento recíproco.

En la problemática situación de desesperación de muchos, como son la soledad, el egoísmo, los pequeños proyectos humanos sin trascendencia, muchas veces replegados sobre el egocentrismo de las personas y de los grupos, la esperanza traza amplios senderos de comunión, de colaboración, de acciones comunes, de voluntariado generoso y gratuito. Tales valores se integran en el gran designio de Dios a través de la vida personal, eclesial, familiar, en la cual cada uno responde según la propia vocación.

También hoy hay una búsqueda del sentido y de la cualidad de la vida en cada nivel, incluido el espiritual. Se manifiesta una mayor sensibilidad hacia el personalismo y hacia el sentido comunitario de las relaciones interpersonales, sobre la base de una verdadera comunión entre las personas.

El mundo actual y la Iglesia sienten la urgencia de la unidad, aunque muchas veces sea amenazada la plena y auténtica "cultura" de la unidad y de la comunión.


Los frutos del Jubileo

27. A nivel eclesial continúa, especialmente después del Gran jubileo del 2000, la renovación de la vida cristiana, de la participación solidaria de todos en la nueva evangelización.

La preparación del Jubileo de la Encarnación, según el programa pastoral y espiritual trazado en la Tertio millenio adveniente de Juan Pablo II, fue vivida a nivel universal con válidas iniciativas de catequesis y de vida sacramental. Los tres años dedicados a la contemplación del misterio del Hijo, del Espíritu Santo y del Padre, con específicos compromisos de carácter sacramental (redescubrimiento del bautismo, de la confirmación y de la penitencia), de vida teologal (la fe, la esperanza y el amor) y ético-sociales, están dando sus frutos.

El Jubileo del 2000, vivido según el espíritu de la institución bíblica del quincuagésimo año (cf Lv 25) con su plena realización en Jesús de Nazaret (cf Lc 4,16 ss), ha sido realmente un año de progreso espiritual. La gracia de la conversión se ha multiplicado, alimentando la esperanza de una continuidad, como de un nuevo comienzo, que coincide con la puesta en marcha del tercer milenio.

28. Algunos momentos del Jubileo han sido un signo especial para la Iglesia y para el mundo. La Jornada mundial de la juventud ha ofrecido un testimonio de fe, de piedad y de frescura eclesial con la gozosa presencia y participación de tantos jóvenes, provenientes de todo el mundo y reunidos en Roma alrededor del Papa. Su presencia eclesial es un desafío, la pastoral juvenil una de las fronteras de las próximas décadas. En los jóvenes cristianos se siente la exigencia de una clara y decidida vida evangélica.


Bajo la guía del Espíritu

29. Como ya fue notado en las diversas asambleas sinodales continentales, y ha emergido especialmente en ocasión de la solemnidad de Pentecostés de 1998, la Iglesia siente fuertemente que el Espíritu Santo, como ha hecho en otras épocas de la historia, ha sembrado nuevas energías espirituales y apostólicas, auténticos carismas de vida evangélica y de espíritu misionero, aptos para las necesidades del mundo de hoy, especialmente en los movimientos eclesiales y en las nuevas comunidades. Esta siembra promete una cosecha abundante favorecida por las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales de muchos jóvenes deseosos de consagrar sus vidas al servicio del Evangelio.

Respondiendo a los criterios de eclesialidad trazados por el Magisterio y a su propio carisma, estas nuevas realidades son ya, junto con aquellas existentes, el presente y el futuro de la Iglesia en el mundo.


Hacia senderos convergentes de unidad

30. El siglo y el milenio que se abren ciertamente encuentran a los fieles y a los pastores de las diversas iglesias y comunidades cristianas más unidos, a través de los innegables progresos del diálogo ecuménico, fruto precioso del Espíritu en el siglo ya transcurrido. Un diálogo que ha tenido sus variables vicisitudes en las últimas décadas. Un proseguimiento de los contactos ecuménicos en los últimos años anima este irreversible compromiso de la Iglesia y de las otras iglesias y comunidades cristianas.

Algunos eventos jubilares como la apertura de la puerta santa de la Basílica de San Pablo, la conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX, el viaje del Papa a Tierra Santa, junto con otras iniciativas recientes, constituyen el signo de una renovada voluntad de parte de los cristianos de recorrer juntos los caminos del Señor.

También el diálogo interreligioso está abierto a nuevos desarrollos en la búsqueda de la paz y en el reconocimiento de valores religiosos y trascendentes. Hay que nombrar en primer lugar las relaciones con representantes del pueblo de Dios de la primera alianza. Tales encuentros abren senderos de esperanza, al comienzo de un milenio que muchos ven como la época del gran diálogo entre las religiones mundiales, guardianes de los valores del espíritu.

El diálogo, entendido como encuentro entre personas y grupos, en el respeto de las diversas identidades y en el rechazo del irenismo y del sincretismo, no es sólo el nuevo nombre de la caridad, como ha dicho Pablo VI, sino que hoy también es el nuevo nombre de la esperanza, en un renovado escenario mundial.


Un fuerte reclamo de espiritualidad

31. Es un signo de esperanza el reclamo de espiritualidad que es una exigencia del tiempo presente y que asume diversos aspectos.

Ante todo como una fuerte llamada a la experiencia primigenia cristiana que es el encuentro con un Viviente. Esto significa el necesario pasaje de la proclamación de la fe a la fe vivida. Postula también una liturgia viva en el encuentro con la bondad del Dios misericordioso que nos ofrece redención y salvación, como aquel que es "médico de la carne y del espíritu".

En el ámbito moral se siente la necesidad de "vivificar" la experiencia cristiana en sus exigencias éticas con el soplo del Espíritu. En efecto, la moral cristiana "difunde toda su fuerza misionera, cuando se realiza a través del don no sólo de la palabra anunciada sino también de la palabra vivida. En particular, es la vida de santidad, que resplandece en tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicionada a todas las exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles".

Se hace evidente, por lo tanto, la urgente necesidad de una pastoral más espiritual que responda a las exigencias de la nueva evangelización; se perfila la necesidad de cualificar la pastoral en modo que tienda a suscitar el encuentro personal y místico con Cristo, a imitación de los apóstoles, antes y después de la resurrección, y de los primeros cristianos.


Obispos testigos de esperanza

32. Esta visión de la situación de la Iglesia en el mundo, con sus luces y sus sombras, al comienzo del tercer milenio de la era cristiana, es el testimonio que cada obispo debe dar del Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo, ya sea en el vasto horizonte de la Iglesia universal ya sea en las diversas iglesias particulares.

De aquí resulta la concreta responsabilidad espiritual y pastoral del obispo en la iglesia particular, en una sociedad que vive en el mundo global de las comunicaciones, participando de la vida del entero planeta.

No se puede olvidar, además, el compromiso que tal situación comporta para una ordenada visión de la Iglesia que vive en el mundo, pidiendo a los obispos la necesaria palabra y acción en vista del bien común.


Fieles en las expectativas y las promesas de Dios como la Virgen María

33. La esperanza de la Iglesia viene de Cristo, el Resucitado, que posee ya la victoria y la anticipación escatológica de las promesas de Dios en la gloria futura.

Ante las pruebas cotidianas, en el contexto de una existencia que se hace espera de algo nuevo que debe venir de Dios, el obispo es para su Iglesia como Abrahán, que "esperando contra toda esperanza, creyó" (Rm 4,18-22). Confía con certeza en la palabra y en el designio de Dios, como María, mujer de la esperanza, que esperó el cumplimiento de las promesas del Dios fiel, en Nazaret, en Belén, en el Calvario y en el Cenáculo.

La historia de la Iglesia es una historia de fe y de caridad, pero también una historia de esperanza y de coraje. El obispo que sabe ser vigilante profeta de esperanza, como un centinela de Dios en la noche (cf Is 21,11), puede dar confianza a su grey, trazando en el mundo senderos de novedad.

Cada obispo, poniendo sólo en Dios su fe y su esperanza (1 P 1,21), debe poder hacer propias las palabras de S. Agustín: "Como seamos, vuestra esperanza no sea puesta en nosotros. Como obispo, me rebajo a decir esto: quiero alegrarme con vosotros, no ser exaltado. No me congratulo para nada con quien sea que habré descubierto que pone en mí su esperanza: sea corregido, no confirmado; debe cambiar, no hay que alentarlo... vuestra esperanza no sea puesta en nosotros, no sea puesta en los hombres. Si somos buenos, somos ministros; si somos malos, somos ministros. Pero si somos ministros buenos, fieles, somos realmente ministros".

34. En este amplio horizonte se coloca el ministerio de la Iglesia para el próximo milenio, en modo especial la misión del obispo como testigo y promotor de esperanza cristiana.

Para cada pastor de la Iglesia se trata de llevar, en modo audaz e intrépido, la presencia de Dios en lo cotidiano de la vida. El entero servicio episcopal es ministerio para el renacimiento "a una esperanza viva" (1 P 1,3) del pueblo de Dios y de cada hombre. Por eso es necesario que el obispo oriente toda la obra de evangelización al servicio de la esperanza, sobre todo de los jóvenes, amenazados por los mitos ilusorios y por el pesimismo de sueños que se desvanecen, y de cuantos, afligidos por las múltiples formas de pobreza, miran a la Iglesia como su única defensa, gracias a su esperanza sobrenatural.

Fiel a la esperanza, cada obispo debe custodiarla en sí mismo porque es el don pascual del Señor resucitado. Ella se funda en el hecho que el Evangelio, a cuyo servicio el obispo vive, es un bien total, el punto crucial en el cual se centra el ministerio episcopal. Sin la esperanza toda su acción pastoral sería estéril. El secreto de su misión está, en cambio, en la firme solidez de su esperanza teologal y escatológica. De ella afirma S. Pablo "fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó hasta vosotros" (Col 1,6).

La esperanza cristiana inicia con Cristo y se nutre de Cristo, es participación al misterio de su Pascua y anticipación para una suerte análoga a aquella de Cristo, ya que el Padre con Él "nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos" (Ef 2,6).

De esta esperanza el obispo es signo y ministro. Cada obispo puede acoger para sí estas palabras de Juan Pablo II: "Sin la esperanza seríamos no sólo hombres infelices y dignos de compasión, sino que toda nuestra acción pastoral sería infructuosa; nosotros no osaríamos emprender más nada. En la inflexibilidad de nuestra esperanza reside el secreto de nuestra misión. Ella es más fuerte de las repetidas desilusiones y de las dudas fatigosas porqué toma su fuerza de una fuente que ni nuestra desatención ni nuestra negligencia pueden agotar. La surgiente de nuestra esperanza es Dios mismo, que mediante Cristo una vez y para siempre ha vencido al mundo y hoy continúa a través de nosotros su misión salvífica entre los hombres!."



CAPÍTULO II

MISTERIO, MINISTERIO Y
CAMINO ESPIRITUAL DEL OBISPO



La imagen de Cristo Buen Pastor

35. Son muchos los textos de la Escritura que aluden a la figura espiritual del obispo, a la luz de Cristo, sumo sacerdote y pastor de nuestras almas. Son párrafos del Antiguo y del Nuevo Testamento, centrados sobre la imagen del sumo sacerdote o del pastor.

Todos los textos hacen referencia al arquetipo que es Cristo. Él se ha presentado en las parábolas evangélicas como el pastor en búsqueda de la oveja perdida (cf Lc 15,4-7), se autodefinió "buen" pastor del rebaño (cf Jn 10,11.14.16; Mt 26,31; Mc 14,27); fue reconocido por la comunidad apostólica con este título: "pastor y obispo de las ... almas" (1 P 2,25), "príncipe de los pastores" (1 P 5,4), "gran pastor de las ovejas" (Hb 13,20), resucitado por el Padre. En la visión del Apocalipsis el Señor resucitado es el Cordero-Pastor (cf Ap 13, 17) que une en sí mismo la realidad de la ofrenda del sacrificio pascual y de la salvación, las figuras del sacerdote y pastor del Antiguo y del Nuevo Testamento.

La primitiva iconografía cristiana ha amado representar a Cristo como pastor bueno y hermoso, vivo en el esplendor de su resurrección, cantado por la liturgia como el buen pastor resucitado que ha dado la vida por sus ovejas.

Jesucristo entonces es el pastor, que une en sí la verdad, la bondad y la belleza del don de sí por el rebaño. La belleza del buen pastor está en el amor con que se entrega por cada una de sus ovejas y establece con ellas una relación directa de conocimiento y amor.

El lugar del encuentro con el Buen Pastor es la Iglesia, donde él se hace presente, apacienta su rebaño con la palabra y los sacramentos, lo guía hacia las praderas de la vida eterna mediante aquellos a los cuales Cristo mismo por medio del Espíritu Santo ha constituido pastores del rebaño. La belleza del pastor se manifiesta en la belleza de una Iglesia que ama y que sirve. Ella es motivo de esperanza para toda la humanidad, movida también por el instinto divino, que lleva en el corazón, hacia la belleza que salva, la cual se expresa en el rostro del Cordero-Pastor.

36. Sólo Cristo es el buen Pastor. De él, como manantial, se irradia en la Iglesia el ministerio pastoral, que Jesús ha confiado a Pedro (cf Jn 21, 15.17); una gracia que fue percibida como la continuidad del ministerio apostólico de guiar y de vigilar: "Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios" (1 P 5,2).

La figura del obispo como pastor es, por lo tanto, familiar a la tradición cristiana en las palabras, en los gestos, en las insignias episcopales, siempre sin embargo en la contemplación del único pastor y en la imitación de sus sentimientos, por la fuerza de la gracia recibida de Él.

"Aquel a quien Jesús, el buen Pastor, ha confiado, mediante el sacramento del episcopado, sus mismos poderes, tiene como obligación de amor apacentar la grey del Señor, tratar de corresponder con el decidido empeño de vivir y ejercitar el ministerio con las mismas disposiciones que tuvo Cristo, Príncipe de los Pastores (cf 1 P 5,4) y obispo de nuestras almas (cf. 1 P 2,25)".

El ministerio episcopal en la Iglesia es un amoris officium, según las palabras de Agustín, un servicio de unidad, en la comunión y en la misión. A este altísimo arquetipo que es Cristo hace referencia el nombre de pastor y todas las expresiones que de él derivan.


I. Misterio y Gracia del Episcopado

La gracia de la ordenación episcopal

37. Con la consagración episcopal "se confiere la plenitud del sacramento del orden, llamada en la práctica litúrgica de la Iglesia y en la enseñanza de los Santos Padres sumo sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado". La íntima naturaleza del misterio y del ministerio del obispo viene expresada por las palabras y por los gestos de la ordenación episcopal, en la liturgia sacramental a la que, con razón, la antigua tradición llama "natalis Episcopi".

La imagen eclesial del obispo se perfila ya desde la antigüedad cristiana en las diversas liturgias de ordenación episcopal en Oriente y en Occidente, como el momento en el cual, con la imposición de las manos y las palabras de la consagración, la gracia del Espíritu Santo desciende sobre el elegido y con el carácter sagrado imprime en plenitud la imagen viva de Cristo maestro, pontífice y pastor, para obrar en nombre suyo y en su persona.

El obispo es consagrado también con la unción del santo crisma para ser partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, en modo tal que pueda plenamente ejercitar el ministerio de la palabra, de la santificación y del gobierno. Como pontífice es separado de entre los hombres y constituido en favor de los hombres en todo aquello que tiene que ver con Dios (cf. Hb 5,1). El episcopado, se dice, no es un término que indique primariamente un honor, sino un servicio; está destinado sobre todo a hacer el bien más que a manifestar una preeminencia. En efecto, también para el obispo valen las palabras del Señor "el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve" (Lc 22,26).


En comunión con la Trinidad

38. La dimensión trinitaria de la vida de Jesús, que lo une al Padre y al Espíritu como consagrado y enviado en el mundo y se manifiesta en todo su ser y obrar, plasma también la personalidad del obispo, como buen pastor, sucesor de los apóstoles.

Esta participación en la vida y en la misión trinitaria tiene una primera aplicación en los apóstoles, como primeros partícipes de la comunión y de la misión: "Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" (Jn 15,9; cf. 17,23); "Como el Padre me envió, también yo os envío" (Jn 20,21). Jesús además reza por los discípulos para que sean envueltos en el mismo amor trinitario: como el Padre y el Hijo son uno, que los discípulos sean uno (cf. Jn 17,21).

Esta referencia a la Trinidad hace remontar el ministerio del obispo hasta su fuente. La sucesión apostólica, además, no es sólo física y temporal, sino también ontológica y espiritual, mediante la gracia de la ordenación episcopal. En efecto, los obispos han sido mandados por los apóstoles, como sus sucesores, los apóstoles han sido enviados por Cristo y Cristo ha sido mandado por el Padre.

39. El sello trinitario de la gracia del episcopado lo expresa en modo apropiado la liturgia romana de la ordenación episcopal: "Cuida, pues, de todo el rebaño que el Espíritu Santo te encarga guardar, como pastor de la Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen representas en la asamblea, en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerces, y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad".

Se pone además de manifiesto, a través de las palabras y los gestos de la ordenación con la imposición de las manos, un gesto que, según Ireneo de Lyon, evoca las dos manos del Padre, el Hijo y el Espíritu; este último plasma al elegido para la plenitud del sacerdocio, como el don del "Espíritu del Sumo sacerdocio" es revertido sobre Cristo y transmitido a los apóstoles, los cuales han fundado en todas partes la Iglesia.


Desde el Padre por Cristo en el Espíritu

40. La tradición que presenta al obispo como imagen del Padre es muy antigua. Se la encuentra especialmente en las Cartas de Ignacio de Antioquía. En efecto, el Padre es como el obispo invisible, el obispo de todos. A su vez el obispo debe ser por todos reverenciado porque es imagen del Padre. En modo similar un antiguo texto amonesta: amad a los obispos que son, después de Dios, padre y madre.

También hoy en la ordenación episcopal se alude a esta dimensión paterna; el obispo es llamado a cuidar con afecto paterno al pueblo santo de Dios, como un auténtico padre de familia, para guiarlo, con la ayuda de los presbíteros y diáconos, en el camino de la salvación. El descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, ya presente en el Concilio Vaticano II, hace más elocuente la imagen paterna del obispo.

En continuidad con la persona de Cristo, que es la imagen original del Padre y la manifestación de su presencia y de su misericordia, también el obispo, por la gracia sacramental, se transforma en imagen viviente del Señor Jesús como cabeza y esposo de la Iglesia a él confiada. En ella ejerce como sacerdote el ministerio de la santificación, del culto y de la oración; como maestro el servicio de la evangelización, de la catequesis y de la enseñanza; como pastor, el deber del gobierno y de la conducción del pueblo. Son ministerios que él debe ejercer con los rasgos característicos del buen pastor: la caridad, el conocimiento de la grey, el cuidado de todos, la acción misericordiosa hacia los pobres, los peregrinos, los indigentes, la búsqueda de las ovejas perdidas para reconducirlas al único rebaño de la Iglesia.

Todo esto es posible porque el obispo recibe en plenitud en su ordenación la unción del Espíritu Santo que descendió sobre los discípulos en Pentecostés, Espíritu del sumo sacerdocio, que lo habilita interiormente, configurándolo a Cristo, para ser viva continuación de su misterio en favor de su Cuerpo místico.

Esta visión trinitaria de la vida y del ministerio del obispo signa además en profundidad su constante referencia al misterio que resplandece también en la Iglesia, imagen de la Trinidad, pueblo reunido en la paz y en la concordia, de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


La imagen eclesial del obispo

41. Las mismas consignas e insignias que el obispo recibe en su ordenación episcopal, como expresión de la gracia y del ministerio, son elocuentes en su simbolismo eclesial.

El libro del Evangelio, puesto sobre la cabeza del obispo, es signo de una vida totalmente sometida a la Palabra de Dios y consumada en la predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina.

El anillo es símbolo de la fidelidad, en la integridad de la fe y en la pureza de la vida, hacia la Iglesia, que él debe custodiar como esposa de Cristo. La mitra alude a la santidad episcopal y a la corona de la gloria que el Príncipe de los Pastores asignará a sus siervos fieles. El báculo es símbolo del oficio del Buen Pastor, que cuida y guía con solicitud el rebaño a él confiado por el Espíritu Santo.

También el palio, que los obispos desde siempre usan en Oriente y algunos obispos reciben ahora en Occidente, tiene varios y diversos significados. Para los metropolitanos que lo reciben en Occidente es signo de comunión con la Sede apostólica, vínculo de caridad y estímulo de fortaleza en la confesión y defensa de la fe. El palio, sin embargo, como el omophorion de los obispos de las Iglesias orientales, ha tenido en la antigüedad y aún hoy conserva otros significados de gran valor espiritual y eclesial. Confeccionado con lana y ornado con signos de cruz, es emblema del obispo, identificado con Cristo, el Buen Pastor inmolado, que ha dado la vida por el rebaño y lleva sobre la espalda la oveja perdida, significa la solicitud por todos, especialmente por aquellos que se alejan del rebaño. Así lo atestigua la tradición oriental y la occidental.

La cruz que el obispo lleva visiblemente sobre el pecho es signo elocuente de su pertenencia a Cristo, de la confesión de su confianza en él, de la fuerza recibida constantemente de la cruz del Señor para poder donar la vida. Lejos de ser una joya o un ornamento exterior, representa la cruz gloriosa de Cristo, signo de esperanza, según la elocuente palabra del apóstol: "En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo!" (Ga 6,14).

Estas simples indicaciones ponen en evidencia el simbolismo implícito en la solemnidad de la ordenación episcopal.

Todo ello lleva en sí una connotación de universalidad para todos aquellos que han recibido la ordenación episcopal y, en comunión con el Romano Pontífice, forman parte del Colegio Episcopal y con él comparten la solicitud por toda la Iglesia.


El espíritu de santidad

42. De la figura del obispo, como es expresada por las palabras y por los ritos de la ordenación, emerge la llamada a la santidad, su peculiar espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica. Es una tradición confirmada por los ritos de Occidente y de Oriente que confieren al obispo la plenitud de la santidad para vivirla delante de Dios y en comunión con los fieles.

El antiguo Eucologio de Serapión expresa este concepto en la oración de la consagración del obispo: "Dios de verdad, haz de tu servidor un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los Santos apóstoles; y dónale la gracia del Espíritu divino, que haz concedido a todos los siervos fieles, profetas y patriarcas".

Se trata de una llamada a la santidad, vivida en la caridad pastoral, en el servicio continuo del Señor, en la ofrenda de los santos dones, en el ministerio de la remisión de los pecados, agradando a Él con mansedumbre y pureza, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de suave fragancia.

De estas premisas emerge para el obispo la llamada a la santidad propia, a raíz del don recibido y del misterio de santificación a él confiado.


II. La Santificación en el propio Ministerio

La vida espiritual del obispo

43. La vida espiritual del obispo, como vida en Cristo según el Espíritu, tiene su raíz en la gracia del sacramento del bautismo y de la confirmación, donde, en cuanto "christifidelis", renacido en Cristo, fue hecho capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo por medio de las virtudes teologales, de vivir y obrar bajo la moción del espíritu Santo por medio de sus santos dones. En efecto, el obispo, no diversamente de todos los otros discípulos del Señor que fueron incorporados a él y se han transformado en templo del Espíritu, vive su vocación cristiana consciente de su relación con Cristo, como discípulo y apóstol. Lo ha expresado bien Agustín con su notoria fórmula referida a sus fieles: "Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano".

También el obispo, entonces, como bautizado y confirmado, se nutre de la eucaristía y tiene necesidad del perdón del Padre, a causa de la fragilidad humana. Además, junto a todos los presbíteros, debe recorrer caminos específicos de espiritualidad, llamado a la santidad por el nuevo título del Orden sagrado.

44. Se trata, sin embargo, de una espiritualidad propia, que el obispo deduce de su realidad, orientado a vivir en la fe, en la esperanza y en la caridad el ministerio evangelizador, de liturgo y de guía de la comunidad. Es una espiritualidad eclesial porque cada obispo es conformado a Cristo Pastor y Esposo para amar y servir a la Iglesia.

No es posible amar a Cristo y vivir en la intimidad con él sin amar a la Iglesia, que Cristo ama: tanto, en efecto, se posee el Espíritu de Dios cuanto se ama a la Iglesia "una en todos y toda en cada uno; simple en la pluralidad por la unidad de la fe, múltiple en cada uno por el aglutinante de la caridad y la variedad de carismas". Sólo del amor por la Iglesia, amada por Cristo hasta el don de sí mismo por ella (cf. Ef 5,25), nace una espiritualidad a la medida total de aquella con la que el Señor Jesús ha amado a los hombres, o sea hasta la cruz.

Es, entonces, una espiritualidad de comunión eclesial, orientada a construir la Iglesia con una vigilante atención, de modo que las palabras y las obras, los gestos y las decisiones, que comprometen el servicio pastoral, sean signo del dinamismo trinitario de la comunión y de la misión.


Una auténtica caridad pastoral

45. Centro de la espiritualidad específica del obispo es el ejercicio de su ministerio, informado interiormente por la fe, por la esperanza y en modo especial por la caridad pastoral, que es el alma de su apostolado, en un dinamismo de "pro-existentia" pastoral, es decir, un vivir para Dios y para los otros, como Cristo, orientado hacia el Padre y totalmente al servicio de los hermanos, en el don cotidiano de sí en un servicio gratuito de amor, en comunión con la Trinidad. "Los pastores de la grey de Cristo - afirma la Lumen gentium - a imagen del sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras almas, desempeñen su ministerio santamente y con entusiasmo, humildemente y con fortaleza. Así cumplido, ese ministerio será también para ellos un magnífico medio de santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son dotados de la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. No teman entregar su vida por las ovejas, y hechos modelo para la grey (cf. 1 P 5,3), estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día mayor".

Ya el Directorio pastoral Ecclesiae imago había dedicado un entero y detallado capítulo a las virtudes necesarias en un obispo. En ese contexto, además de las referencias a las virtudes sobrenaturales de la obediencia, de la perfecta continencia por amor del Reino, de la pobreza, de la prudencia pastoral y de la fortaleza, se encuentra además una llamada a la virtud teologal de la esperanza. Apoyándose en ella el obispo con firme certeza espera de Dios todo bien y pone en la divina Providencia la máxima confianza, "acordándose de los santos Apóstoles y de los antiguos obispos, quienes, aún experimentando graves dificultades y obstáculos de todo género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios con toda franqueza (cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31)".

Desde los primeros siglos del cristianismo, y hasta el siglo veinte, muchos obispos han sido modelos de sabiduría teológica y de caridad pastoral; han unido en su existencia el ministerio de la predicación y de la catequesis, la celebración de los santos misterios y la oración, el celo apostólico y el amor intenso por el Señor. Han fundado Iglesias, reformado las costumbres, defendido la verdad; han sido audaces testigos en el martirio y han dejado una huella en la sociedad, con iniciativas de caridad y justicia, con gestos de coraje frente a los potentes del mundo en favor del propio pueblo.


El ministerio de la predicación

46. La espiritualidad ministerial, radicada en la caridad pastoral y expresada en triple oficio de enseñar, santificar y gobernar, no debe ser vivida por el obispo al margen de su ministerio, sino en la unidad de vida de su ministerio.

El obispo es ante todo ministro de la verdad que salva, no sólo para enseñar e instruir sino también para conducir a los hombres a la esperanza, y por lo tanto, al progreso en el camino de la esperanza. Si, entonces, un obispo quiere verdaderamente mostrarse a su pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza no puede hacer otra cosa que alimentarse de la Palabra de Verdad, en total adhesión y plena disponibilidad a ella, sobre el modelo de la santa Madre de Dios María, que "ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor" (Lc 1,45).

Dado que esta divina Palabra está contenida y expresada en la Sagrada Escritura, a ella el obispo debe recurrir constantemente, con una lectura asidua y un estudio diligente, para obtener ayuda en su ministerio. Esto no solamente porque sería un vano predicador de la Palabra de Dios al exterior si no la escuchase en su interior, sino también porque vaciaría su ministerio en favor de la esperanza. De hecho, el obispo se nutre de la Escritura para crecer en su espiritualidad, en modo de desarrollar con veracidad su ministerio de evangelizador. Sólo así, como S. Pablo, él podrá dirigirse a sus fieles diciendo: "con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza" (Rm 15,4)

En el ministerio episcopal se repite la opción de los apóstoles en el comienzo de la Iglesia: "Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra" (Hch 6,4). Como ha escrito Orígenes: "Son éstas las dos actividades del Pontífice: o aprender de Dios, leyendo las Escrituras divinas y meditándolas varias veces, o enseñar al pueblo. Mas, enseñe las cosas que él mismo aprendió de Dios."


Orante y maestro de la oración

47. El obispo es también orante, aquel que intercede por su pueblo, con la fiel celebración de la liturgia de las Horas, que también debe presidir en medio de su pueblo.

Consciente que el será maestro de oración para sus fieles sólo a través de su misma oración personal, el obispo se dirigirá a Dios para repetir, junto con el salmista: "Yo espero en tu palabra" (Sal 119, 114). La oración, en efecto, es un momento expresivo de la esperanza o, como se lee en S. Tomás, ella misma es "intérprete de la esperanza".

Es propio del obispo el ministerio de la oración pastoral y apostólica, delante de Dios por su pueblo, a imitación de Jesús que reza por los apóstoles (cf. Jn 17) y del apóstol Pablo que reza por sus comunidades (cf. Ef 3,14-21; Flp 1,3-10). En efecto, él también en su oración, debe llevar consigo toda la Iglesia rezando en manera especial por el pueblo que le ha sido confiado. Imitando a Jesús en la elección de sus Apóstoles (cf. Lc 6,12-13), también él someterá al Padre todas sus iniciativas pastorales y le presentará, mediante Cristo en el Espíritu sus expectativas y sus esperanzas. Y el Dios de la esperanza lo colmará de todo gozo y paz, para que abunde en la esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (cf. Rm 15,13).

Un obispo debe además buscar las ocasiones en las cuales pueda escuchar la Palabra de Dios y rezar junto con el presbiterio, con los diáconos permanentes, con los seminaristas y con los consagrados y las consagradas presentes en la iglesia particular y, donde y cuando sea posible, también con los laicos, en particular con aquellos que viven en forma asociada su apostolado.

De este modo el obispo favorece el espíritu de comunión, sostiene la vida espiritual de la Diócesis mostrándose como "maestro de perfección" en su iglesia particular, comprometido a "fomentar la santidad de sus clérigos, de los religiosos y laicos, de acuerdo con la peculiar vocación de cada uno". Al mismo tiempo lleva a su origen divino y confirma en la comunión de la oración a los vínculos de las relaciones eclesiales, en las cuales ha sido injertado como visible centro de unidad.

Tampoco descuidará las ocasiones para transcurrir junto con los hermanos obispos, sobre todo aquellos de la misma provincia y región eclesiástica, análogos momentos de encuentro espiritual. En tales ocasiones se expresa la alegría que deriva del vivir juntos entre hermanos (cf. Sal 133,1), se manifiesta y crece el afecto colegial.


Nutrido por la gracia de los sacramentos

48. La eficacia de la guía pastoral de un obispo y de su testimonio de Cristo, esperanza del mundo, depende en gran parte de la autenticidad del seguimiento del Señor y del vivir en amistad con Él.

Sólo la santidad es anuncio profético de la renovación que el obispo anticipa en la propia vida al acercarse a aquella meta hacia la cual conduce a sus fieles. Sin embargo, en su camino espiritual, como todo cristiano él también, siendo consciente de las propias debilidades, de los propios desalientos y del propio pecado, experimenta la necesidad de la conversión. Pero dado que, como predicaba S. Agustín, no puede negarse la esperanza del perdón aquel al cual no ha sido impedido el pecado, el obispo, debe recurrir al sacramento de la penitencia y de la reconciliación. Cualquiera tiene la esperanza de ser hijo de Dios y de ver a Dios así como él es, se purifica a sí mismo como es puro el Padre celeste (cf. Jn 3,3).

También los apóstoles, a los cuales Jesús resucitado ha comunicado el don del Espíritu Santo para perdonar los pecados (cf. Jn 20,22-23), han tenido necesidad de recibir del Señor la palabra de la paz que reconcilia y el pedido del amor arrepentido que sana (cf. Jn 20,19.21; 21,15 ss).

Indudablemente es signo de aliento para el pueblo de Dios el ver al propio obispo acercarse, él en primer lugar, al sacramento de la reconciliación en particulares circunstancias, como cuando preside una celebración de ese tipo en la forma comunitaria.

El obispo, junto con todo el pueblo de Dios, alimenta la propia esperanza a partir de la santa liturgia. En efecto, la Iglesia cuando celebra la liturgia en la tierra, pregusta, en la esperanza, la liturgia de la Jerusalén celeste, hacia la cual tiende como peregrina y donde Cristo está sentado a la derecha del Padre "al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el Señor y no por un hombre" (Hb 8,2).

49. Todos los sacramentos de la Iglesia, primero de todos la Eucaristía, son memorial de las palabras, de las obras y de los misterios del Señor, representación de la salvación obrada por Cristo una vez para siempre y anticipación de la plena posesión, que será el don del tiempo final. Hasta entonces la Iglesia los celebra como signos eficaces en su espera, en la invocación y en la esperanza.

Tanto en Oriente como en Occidente la espiritualidad del ministerio episcopal está unida a la celebración de los santos misterios que el obispo preside y celebra junto con su presbiterio, con los diáconos y con el pueblo santo de Dios.

La variedad de los ritos de la Iglesia y su especificidad, ya sea en Oriente como en Occidente, signa la vida del pueblo de Dios, le confiere una identidad propia y es fuente de una rica espiritualidad eclesial. Por eso, el obispo como gran sacerdote de su pueblo debe no sólo celebrar atentamente los santos misterios, sino también hacer de la celebración de ellos una auténtica escuela de espiritualidad para el pueblo. Le será útil en esto su conocimiento de la teología y de la liturgia episcopal como aparece en el Caeremoniale Episcoporum.

Los obispos de las Iglesias Orientales, fieles al propio rico patrimonio litúrgico, con las diversas y particulares celebraciones, podrán vivir y obrar en comunión, en plena sintonía con los valores espirituales de las propias tradiciones.


Como gran sacerdote en medio de su pueblo

50. Entre la acciones litúrgicas hay algunas en las cuales la presencia del obispo tiene un significado particular. En primer lugar, la Misa crismal, durante la cual son bendecidos el Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de los Enfermos y consagrado el santo Crisma: es el momento de la más alta manifestación de la iglesia local, que celebra al Señor Jesús, sacerdote sumo y eterno de su mismo sacrificio. Para un obispo es un momento de gran esperanza, porque él encuentra el presbiterio diocesano reunido en torno a sí para mirar juntos, en el horizonte gozoso de la Pascua, al gran sacerdote; para renovar, así, la gracia sacramental del Orden mediante la renovación de las promesas que, desde el día de la Ordenación, fundan el especial carácter de su ministerio en la Iglesia. En esta circunstancia, única en el año litúrgico, los sólidos vínculos de la comunión eclesial, son para el pueblo de Dios, aunque apesadumbrado por innumerables ansiedades, un vibrante grito de esperanza.

A esta celebración se agregará la solemne liturgia de la ordenación de nuevos presbíteros y de nuevos diáconos. Aquí, recibiendo de Dios los nuevos cooperadores del orden episcopal y de su ministerio, el obispo ve cumplidas por el Espíritu, donum Dei e dator munerum, la oración por la abundancia de las vocaciones y la esperanza de una Iglesia todavía más esplendorosa en su rostro ministerial.

Análogamente se puede decir de la administración del sacramento de la Confirmación, del cual el obispo es el ministro originario y, en el rito latino, ministro ordinario.

También en este sacramento de la efusión del Espíritu Santo, que comporta muchas veces para los pastores un gran compromiso de tiempo y es una ocasión para cumplir la visita pastoral en las parroquias, el obispo vive un momento de intensa espiritualidad ministerial y de comunión con sus fieles, especialmente con los jóvenes. El hecho que sea el pastor de la diócesis quien administra el sacramento, evidencia que éste tiene como efecto unir más estrechamente a todos al misterio de Pentecostés, a la Iglesia de Dios en sus orígenes apostólicos, a la comunidad local y asociar a aquellos que lo reciben a la misión de testimoniar a Cristo.


Una espiritualidad de comunión

51. Signo de una fuerte espiritualidad de comunión y elemento de gran valor para la santidad y la santificación del obispo es la comunión con sus presbíteros, con los diáconos, los religiosos y las religiosas, con los laicos, tanto en la relación personal como en diversas reuniones. Su palabra de exhortación y su mensaje espiritual tiende a favorecer y a garantizar la presencia activa y santificante de Cristo en medio a su Iglesia y el flujo de la gracia del Espíritu Santo que crea un particular testimonio de unidad y caridad.

Por eso es oportuno que el obispo anime y promueva también con su presencia y su palabra los "momentos del Espíritu" que favorecen el crecimiento de la vida espiritual, como son los retiros, los ejercicios espirituales, las jornadas de espiritualidad, usando también los medios de comunicación social que pueden alcanzar también a los más lejanos.

Deberá saber también sacar fruto de los medios comunes de la vida espiritual, como la búsqueda del consejo espiritual, la amistad y la comunión fraterna, para evitar el riesgo de la soledad y el peligro del desánimo ante los problemas.

Él podrá así vivir y animar una espiritualidad de comunión con los operadores de la pastoral a través de la escucha, de la colaboración, y de la responsable asignación de los deberes y de los ministerios.

Un medio especial para mantener viva esta espiritualidad es la comunión afectiva y efectiva del obispo, en su oración y en sus relaciones, con el Papa y con los otros obispos.

El obispo no está solo en su ministerio: debe donar y recibir aquel flujo de caridad fraterna que viene de la relación con los otros hermanos en el episcopado, en un verdadero ejercicio de amor recíproco, como aquel pedido por Jesús a sus discípulos (cf. Jn 13,34; 15,12-13), que se transforma también en un compartir la oración, el discernimiento, las experiencias espirituales y pastorales.

Por este motivo son importantes las ocasiones de diálogo y de intercambio, los retiros espirituales, los momentos de distensión y de reposo, en los cuales los obispos pueden ejercitar la comunión y la caridad pastoral.


Animador de una espiritualidad pastoral

52. Él mismo está llamado a estar en medio del pueblo como promotor y animador de una pastoral de santidad, maestro espiritual de su grey, con el estilo de vida y el testimonio creíble en palabras y en obras.

La llamada a la santidad compromete al obispo a ser también promotor de la vocación universal a la santidad en su iglesia. A este fin él debe promover la espiritualidad y la santidad del pueblo de Dios con iniciativas específicas acogiendo los carismas antiguos y recientes, signos de la riqueza del Espíritu Santo.


En comunión con la Santa Madre de Dios

53. La especial presencia materna de María, honrada con una relación personal de auténtico amor filial, es sostén del obispo en su vida espiritual.

Cada obispo está llamado a revivir aquel particular acto de entrega de María y del discípulo Juan a los pies de la cruz (cf. Jn 19,26-27); está llamado además a verse reflejado en la oración perseverante de los discípulos con María, la Madre de Jesús, desde la Ascensión hasta Pentecostés (cf. Hch 1,14). Cada obispo y todos los obispos en la comunión fraterna son confiados a los cuidados maternos de María en el ministerio, en la comunión y en la esperanza.

Esto comporta una sólida devoción mariana, que consiste en una intensa comunión con la Santa Madre de Dios en el ministerio litúrgico de santificación y de culto, en la enseñanza de la doctrina, en la vida y en el gobierno. Este estilo mariano en el ejercicio del ministerio episcopal deriva del mismo perfil mariano de la Iglesia.


III. Camino Espiritual del Obispo

Un necesario camino espiritual

54. La espiritualidad cristiana es un camino con sus etapas, sus pruebas y sus sorpresas, en un dinamismo de fidelidad a la propia vocación. Las estaciones de la vida, la tensión constante hacia la perfección y la santidad personal, según el designio de Dios, ayudan también al obispo a descubrir en su ministerio un verdadero y propio itinerario espiritual. En medio de las alegrías y de las pruebas, que no faltan en la vida del pastor, vivirá la propia historia y la de su pueblo. Un camino que debe recorrer precediendo a su grey, en la fidelidad a Cristo, con un testimonio también público hasta el fin.

Podrá y deberá hacerlo con serena confianza y animado por la esperanza teologal, también cuando se encontrará en las condiciones de presentar la renuncia al cargo. Sin embargo, no deberá cesar de vivir hasta el fin, en las formas más apropiadas, el espíritu del ministerio en la oración o en otras actividades.


Con el realismo espiritual de lo cotidiano

55. El realismo espiritual enseña además a evaluar cómo el obispo debe vivir su vocación a la santidad también en su debilidad humana, en la multiplicidad de compromisos, en los imprevistos cotidianos, en muchos problemas personales e institucionales. A veces, comprometido y solicitado por tantas responsabilidades, corre el riesgo de ser superado por los problemas, sin encontrar válidas respuestas y soluciones.

Cada obispo experimenta el peso de la vida y de la historia; también sobre él pesan la responsabilidad, el compartir los problemas y las alegrías de su gente. A veces estará bajo la presión de los medios de comunicación, ante fenómenos que involucran a la Iglesia y a la defensa de la verdadera doctrina y de la moral; afrontará acusaciones injustas o problemas de carácter social.

Por esto necesita cultivar un sereno tenor de vida que favorezca el equilibrio mental, psíquico, afectivo, capaz de fomentar una disposición a las relaciones interpersonales, a acoger a las personas y sus problemas, a ensimismarse con las situaciones tristes o alegres de su gente que quiere encontrar en él la madurez y la bondad de un padre y de un maestro espiritual.

Al obispo es necesario el coraje en la fatiga de su ministerio, la audacia en llevar la cruz con dignidad y experimentar la gloria de servir, en comunión con el Crucificado-Glorioso.


En la armonía del divino y de lo humano

56. El obispo está llamado a cultivar una espiritualidad a la medida de la humanitas misma de Jesús, en la cual pueda expresar el aspecto divino y humano de su consagración y misión. De este modo dará equilibrio a sí mismo en sus compromisos: la celebración litúrgica y la oración personal, la programación pastoral, el recogimiento y el reposo, la justa distensión y el congruo tiempo de vacaciones, el estudio y la actualización teológica y pastoral.

El cuidado de la propia salud, física, psíquica y espiritual, y el equilibrio de la existencia son también para el obispo un acto de amor hacia los fieles, una garantía de mayor disponibilidad y apertura a las inspiraciones del Espíritu.

Armado con estos subsidios de espiritualidad, encuentra la paz del corazón y la profundidad de la comunión con la Trinidad, que lo ha elegido y consagrado. En la gracia que Dios le asegura, cada día sabrá desarrollar su ministerio, atento a las necesidades de la Iglesia y del mundo, como testigo de la esperanza.

En efecto, el obispo cada día renueva su confianza en Dios y se enorgullece, como el Apóstol, "en la esperanza de la gloria de Dios... sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza" (Rm 5,2-4). De la esperanza deriva además la alegría. La alegría cristiana, que es, en efecto, alegría en la esperanza (cf. Rm 12,12), es además objeto de la esperanza. El obispo, testigo de la alegría cristiana que nace de la cruz, no sólo debe hablar de la alegría, sino que debe además "esperar la alegría" y testimoniarla ante su pueblo.


Fidelidad hasta el final

57. Será paciente y perseverante en la esperanza, cuando en el ejercicio de su ministerio será puesto a la prueba de la enfermedad o será conducido por el Señor a vivir los últimos años de su vida como una ofrenda en favor de su rebaño o bien será llamado a dar testimonio de Cristo en difíciles condiciones de persecución y de martirio, como no raramente ha sucedido y sucede en nuestro tiempo.

Éstas serán también ocasiones preciosas para que todo el pueblo a él confiado sepa que su pastor vive el don total de sí como Cristo en la Cruz.

Para esto será también hermoso ver al obispo que, consciente de su enfermedad, recibe el sacramento de la Unción de los enfermos y el santo viático con solemnidad y en compañía del clero y del pueblo.

En este último testimonio de su vida terrena él tendrá la ocasión de enseñar a sus fieles que jamás hay que traicionar la propia esperanza y que cada dolor del momento presente es aliviado con la esperanza de las realidades futuras.

En el último acto de su éxodo de este mundo al Padre, él podrá reasumir y volver a proponer la finalidad de su mismo ministerio en la Iglesia: señalar la meta escatológica a los hijos de la Iglesia, como Moisés señaló en el monte Nebo la tierra prometida a los hijos de Israel (cf. Dt 34,1 ss).

En consecuencia también la conclusión de su itinerario con la muerte y las exequias solemnes celebradas en la iglesia catedral, deben ser un momento espiritual de gran valor para la vida de los fieles, un canto a la resurrección del Señor que acoge a sus siervos fieles. Esta es una ocasión propicia para dejar como don a la Iglesia las palabras de un testamento espiritual y la imagen de un rostro amigo y cercano, junto a todos los pastores que lo han precedido en la iglesia particular.


El ejemplo de los santos obispos

58. El camino espiritual del obispo está iluminado por la gran multitud de pastores de la Iglesia, que a partir de los apóstoles han iluminado con su ejemplo la vida de la Iglesia en cada época y en cada lugar. Sería arduo hacer una lista de estos ilustres modelos que brillan en la Iglesia, cuya santidad ha sido o será reconocida por la Iglesia. Pero sus nombres y sus rostros están bien presentes en la vida de la Iglesia universal y de las iglesias locales, también en la celebración cíclica del año litúrgico o en las lecturas de la liturgia de las horas.

Pensemos a los santos pastores que desde el comienzo de la Iglesia han unido la santidad de vida con la predicación y la sabiduría, el sentido pastoral y también social del mensaje evangélico. Algunos de ellos han dado su vida a través del testimonio del martirio. Hay santos pastores fundadores de iglesias recordados y celebrados como santos patronos.

Han existido pastores que resplandecen por su doctrina, que han dado una contribución específica en los concilios ecuménicos y han puesto en práctica con sabiduría las directivas de reforma y de renovación. Son también santos obispos muchos misioneros que han llevado el Evangelio a nuevas tierras y han organizado la vida de las iglesias locales nacientes. No han faltado hasta nuestros días testigos de la fe que han pagado con la cárcel, el exilio y otros sufrimientos, su fidelidad a la Iglesia católica y a la comunión con la Sede de Pedro. Otros en circunstancias difíciles han dado la vida por su rebaño como defensores de los derechos humanos y religiosos.

La comunión espiritual con estos pastores es motivo de esperanza y fuente de impulso apostólico. Cada obispo ve en ellos una manifestación de la gracia y la fuerza del Espíritu Santo, así como también el modelo de la fidelidad a la cual está llamado en el propio ministerio pastoral.


CAPÍTULO III

EL EPISCOPADO, MINISTERIO DE COMUNIÓN
Y DE MISIÓN EN LA IGLESIA UNIVERSAL



Amigos de Cristo, elegidos y enviados por Él

59. Las palabras de Jesús en la última Cena, en modo especial en el cap. 15 de Juan, se refieren a la vocación de los apóstoles a la luz de la comunión y de la misión. Jesús habla de la vid y los sarmientos en una figura bíblica que expresa con claridad la necesidad de la comunión y la fecundidad de la misión. Aunque la palabra de Jesús tiene una dimensión eclesial y eucarística que alcanza a todos los fieles, ella se refiere en primer lugar al círculo de los apóstoles y en consecuencia de sus sucesores.

En el discurso de Jesús sobre la vid y los sarmientos emerge el dinamismo trinitario de la comunión y de la misión. El padre es el viñador; Cristo es la verdadera vid; la savia interior de comunión y fecundidad es el Espíritu Santo que vivifica los sarmientos unidos a la vid, destinados a dar fruto abundante y duradero. En el centro de esta parábola hay una enseñanza fundamental: los discípulos de Jesús son llamados a permanecer en comunión vital con Cristo, con su palabra y sus mandamientos, para crecer a través de la poda de Dios y dar frutos en abundancia (cf. Jn 15,1-10).

De esto se deriva la necesidad de la comunión con Cristo y en él con el Padre y el Espíritu, en la vid mística, en la cual se encuentra veladamente representada la Iglesia.

"Separados de mí no podéis hacer nada" (Jn 15,5). Según el sentido de la parábola de la vid, en el Evangelio de S. Juan, Jesús indica a sus discípulos la comunión con Él como fidelidad a una amistad divina: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando" (Jn 15,14). En la amistad de Cristo está comprendido el compartir los secretos del Padre, el don de la vida hasta la muerte, la comunión recíproca en el amor. Ella supone, de parte de Jesús y en continuidad con su misión que viene del Padre, la elección y el envío misionero de los discípulos: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca " (Jn 15,16). De parte del discípulo se pide la fidelidad a la palabra y a la misión.

60. El obispo, sarmiento vivo injertado en la vid que es Cristo, su amigo, discípulo y apóstol, lleva en sí la llamada personal y ministerial a la comunión y a la misión.

La identidad del obispo en la Iglesia tiene su fundamento en el dinamismo de la sucesión apostólica, entendida no sólo como investidura de autoridad sino como extensión trinitaria de la comunión y de la misión. Elegido por el Señor, llamado a una constante comunión con él, enviado al mundo, él se identifica con la persona de Jesús en la transmisión de la vida divina, en la comunión del amor, en el sacrificio de su existencia.


I. El Ministerio Episcopal en una Eclesiología de Comunión

En la Iglesia imagen de la Trinidad

61. El Concilio Vaticano II ha dado un lugar privilegiado en su reflexión teológica a la Iglesia, como lugar de los misterios de la fe, con una particular atención al tema central de la comunión. De hecho, la Iglesia, es definida desde el inicio de la Constitución Lumen gentium como "un sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano".

Con razón entonces el documento de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos del 1985 ha afirmado: "la eclesiología de comunión es una idea central y fundamental en los documentos del Concilio". El concepto de comunión está "en el corazón del autoconocimiento de la Iglesia". Ella es a la vez vertical y horizontal, comunión con Dios y entre los hombres, don de la Trinidad y compromiso en la fe y en el amor, visible e invisible.

La comunión eclesial, fundada sobre la palabra de Dios y sus sacramentos, especialmente la Eucaristía, expresada en la fe, fundada sobre la esperanza, animada por la caridad, radicada en la unidad del ministerio de enseñanza y de gobierno del sucesor de Pedro y de los obispos, posee a la vez fuerza de unidad y dinamismo misionero. Análogamente al misterio de la Trinidad, que es comunión y misión para la salvación del mundo, la Iglesia, imagen viviente de la Trinidad, con la fuerza misma del Espíritu, es convocación (ekklesía) y manifestación (epiphanía) misionera para la salvación del mundo.

La Iglesia debe ser siempre y en todas partes, en medida creciente, participación y sacramento del amor trinitario, para la salvación del mundo. En consecuencia, tiene la fuerza misma del Espíritu, que en la Trinidad es principio de comunión y de misión en el amor.

62. Por lo tanto, la Iglesia es el misterio-sacramento en el cual convergen la evangelización y la catequesis, la celebración de los misterios, la espiritualidad eclesial, la vida de caridad de los cristianos, la acción y el testimonio misionero. Sólo en una auténtica perspectiva eclesial pueden ser comprendidos los compromisos morales, las estrategias pastorales, los caminos de espiritualidad vivida.

Comunión y misión se implican mutuamente. La fuerza de la comunión hace crecer la Iglesia en extensión y en profundidad. Pero la misión hace crecer también la comunión, que se extiende, como círculos concéntricos, hasta alcanzar a todos. En efecto, la Iglesia se difunde en las diversas culturas y las introduce en el Reino, de modo que todo lo que de Dios ha salido a Dios pueda volver. Por esto se ha afirmado: "La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión".

La comunión corresponde al ser de la Iglesia, recuerda el destino de todos los carismas al ágape, a la comunión en la unidad, en el mismo designio de salvación, en el mismo proyecto eclesial.

La unidad de la Iglesia como comunión y misión no pertenece sólo a la esencia de su misterio y de su compromiso en el mundo, ella es también la garantía y el sello de su obrar divino: todo proviene del designio trinitario de Dios, que en su unidad está en el origen de todo y es también el destino final de todo, según la visión de la historia de la salvación que involucra a la humanidad y al cosmos.


En una eclesiología de comunión y de misión

63. También en nuestro tiempo la unidad es un signo de esperanza ya sea que se trate de los pueblos, ya sea que se hable del obrar humano por un mundo reconciliado. Pero la unidad es también signo y testimonio creíble de la autenticidad del Evangelio. De aquí nace la urgencia también en nuestro mundo de la unidad de la Iglesia y de un modo particular de la unidad de todos del discípulos de Cristo, para que el mundo crea (cf. Jn 17,21).

El misterio trinitario, que es misterio de comunión en la reciprocidad, es como el cuadro de referencia de la vida de la Iglesia, de su misión, de sus ministerios y por lo tanto del ministerio episcopal.

Tal perspectiva es un signo de esperanza para el mundo en medio de las disgregaciones de la unidad, de las contraposiciones y de los conflictos. La fuerza de la Iglesia está en la comunión, su debilidad está en la división y en la contraposición.

64. El ministerio episcopal se encuadra en esta eclesiología de comunión y de misión que genera un obrar en comunión, una espiritualidad y un estilo de comunión.

En efecto, en este ministerio se expresa la unidad de la sucesión apostólica en el Colegio de los obispos, bajo el ministerio petrino. Además, en el obispo converge la iglesia particular, la comunidad del pueblo de Dios, con los presbíteros, los diáconos, las personas consagradas, los laicos.

Esta comunión en la unidad es sostenida por la caridad pastoral y por la esperanza sobrenatural en la actuación de designio divino con la fuerza del Espíritu Santo.


Unidad y catolicidad del ministerio episcopal

65. Enviado en nombre de Cristo como pastor de una iglesia particular, el obispo cuida la porción del pueblo de Dios que le ha sido confiada y la hace crecer como comunión en el Espíritu por medio del Evangelio y de la Eucaristía. En ella es visible el principio y fundamento de la unidad de la fe, de los sacramentos y del gobierno en razón de la potestad recibida.

Sin embargo, cada obispo es pastor de una iglesia particular en cuanto es miembro del Colegio de los obispos. En este mismo Colegio cada obispo está inserido en virtud de la consagración episcopal y mediante la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio. De esto derivan para el ministerio del obispo algunas consecuencias que, aún en forma sintética, es oportuno considerar.

La primera es que el obispo no está nunca solo. Esto es verdad no solamente respecto a su colocación en la propia iglesia particular, sino también en la Iglesia universal, unido como está - por la naturaleza misma del episcopado uno e indivisible - a todo el Colegio episcopal, el cual sucede al Colegio apostólico. Por esta razón cada obispo está simultáneamente en relación con la iglesia particular y con la Iglesia universal.

Visible principio y fundamento de la unidad en la propia iglesia particular, cada obispo lleva en sí el vínculo visible de comunión eclesial entre su iglesia y la Iglesia universal. Por esto todos los obispos, aún residiendo en diversas partes del mundo, pero siempre custodiando la comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio episcopal y con el mismo Colegio en su totalidad, dan consistencia y figura a la catolicidad de la Iglesia; al mismo tiempo confieren a la iglesia particular, de la que son encargados, la misma nota de catolicidad.

"El obispo es principio y fundamento visible de la unidad en la iglesia particular confiada a su ministerio pastoral, pero para que cada iglesia particular sea plenamente Iglesia, es decir, presencia particular de la Iglesia universal con todos sus elementos esenciales, y por lo tanto constituida a imagen de la Iglesia universal, debe hallarse presente en ella, como elemento propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal ‘junto con su Cabeza, el Romano Pontífice, y jamás sin ella’".

En la comunión de las Iglesias, entonces, el obispo representa su iglesia particular y, en ésta, él representa la comunión de las iglesias. Mediante el ministerio episcopal, en efecto, cada iglesia particular, que también es una portio Ecclesiae universalis, vive la totalidad de la una-santa y está presente en ella la totalidad de la católica-apostólica.

66. La segunda consecuencia, sobre la que parece oportuno detenerse, es que justamente esta unión colegial, o comunión fraterna de caridad, o afecto colegial, es la fuente de la solicitud que cada obispo, por institución y mandato de Cristo, tiene con respecto a toda la Iglesia y a todas las otras iglesias particulares. Así se dilata también su solicitud por "aquellas regiones del orbe terrestre en que todavía no ha sido anunciada la palabra de Dios, o en que, principalmente por el escaso número de sacerdotes, se hallan los fieles en peligro de apartarse de los mandamientos de la vida cristiana y aún de perder la fe misma".

Por otra parte, los dones divinos, mediante los cuales cada obispo edifica su iglesia particular, o sea el Evangelio y la Eucaristía, son los mismos que no sólo constituyen cada iglesia particular como reunión en el Espíritu, sino que también la abren, cada una, a la comunión con todas las otras iglesias. El anuncio del Evangelio, en efecto, es universal y, por voluntad del Señor, está dirigido a todos los hombres y es inmutable en todos los tiempos.

Luego, la celebración de la Eucaristía por su misma naturaleza y como todas las otras acciones litúrgicas, es acción de toda la Iglesia, pertenece al entero cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta y lo implica. También de aquí surge el deber de todo obispo, como legítimo sucesor de los apóstoles y miembro del Colegio episcopal, de ser en cierto modo garante de la Iglesia toda (sponsor Ecclesiae).


En comunión con el Sucesor de Pedro

67. La eclesiología de comunión, característica de la Iglesia Católica, expresa las múltiples relaciones de unidad no sólo en la misma fe, esperanza y caridad, en la misma doctrina y en los sacramentos, entre todas las iglesias particulares, sino también en la concreta comunión con el Romano Pontífice, principio visible de la unidad de la Iglesia. Esta realidad se manifiesta en la santificación y en el culto, en la doctrina y en el gobierno, según el proyecto divino de Cristo, que ha querido que Pedro y sus sucesores fueran principio de unidad visible para que confirmaran a los hermanos en la fe.

La unidad de la Iglesia, en comunión y bajo la guía del sucesor de Pedro, es además fuente de esperanza para el futuro. El designio de Dios es la unidad de la entera familia humana y la Iglesia católica conserva en su estructura este precioso don.

Tal unidad es fuente de confianza y de esperanza para el futuro de la misión de los cristianos en el mundo. En efecto, ella es garantía de la continuidad de la verdad y de la vida del Evangelio: la plenitud de una Iglesia que sea una, santa, católica y apostólica, como fue querida por Cristo, y que "subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él".

68. Múltiples son los vínculos que unen a cada obispo con el ministerio de Pedro. En primer lugar, la comunión en la vida divina, especialmente a través de la celebración de la Eucaristía, fundamento de la unidad de la Iglesia en Cristo. Cada celebración de la Eucaristía, signo de la "sanctorum communio", o sea de la comunión de los santos y de las cosas santas, según la apreciada expresión de la antigüedad cristiana, tiene lugar en unión, no sólo con el propio obispo, sino ante todo con el Papa y con el orden episcopal, en consecuencia con el clero y con todo el pueblo de Dios, como lo expresan los diversos formularios de la plegaria eucarística.

A esto se agrega la comunión en la predicación del Evangelio y en la recta doctrina, en fidelidad al magisterio de la Iglesia que el Romano Pontífice ejerce, especialmente en las cuestiones de fe y costumbres. La cordial acogida y difusión del magisterio pontificio es signo de auténtica comunión y garantía de unidad en la Iglesia, también para guiar el pueblo de Dios por los senderos de la verdad, especialmente en campos doctrinales que exigen también el estudio profundo y específico de nuevas problemáticas.

Por último también la necesaria unidad en la disciplina eclesiástica es signo de comunión en la verdad y en la vida, aún con las legítimas variaciones, según el derecho.


Colaboración en el ministerio petrino

69. La pertenencia al Colegio de los obispos, que no puede se