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Jesús Sanz, "Telediarios y párroco onubense", PUP, 5.II.02 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Cuenta san Lucas que los fariseos quisieron acorralar a Jesucristo llevándole “una mujer sorprendida en adulterio: la ley de Moisés nos manda apedrear a tales mujeres; tú, ¿qué dices?” Y tengo para mí que consiguieron ponerle en un aprieto, pero no en el sentido que ellos pretendían: el aprieto fue más bien cómo lo haría para no coger él mismo las piedras y lanzarlas contra aquella punta de farsantes. Pienso incluso que el gesto de escribir en el suelo no fue sino una manera de contener el furor, algo así como lo que nosotros llamamos “contar hasta cien”.

Pues bien, estas cosas siguen ocurriendo, porque la estirpe de los fariseos ha sido muy prolífica. Y Cristo sigue sufriéndolas en su cuerpo, en la Iglesia. Me refiero ahora al tratamiento informativo que se ha dado al asunto del párroco que, al parecer, confesó su homosexualidad a una publicación del ramo. Hablo del telediario de la 1, que es el que vi, aunque no me cuesta mucho imaginar un tratamiento similar en otros medios. Ahí tenéis, parecen decir, a un hombre honrado, servidor vuestro, con clergyman y todo, estimado en su pueblo (no faltó la correspondiente encuesta ciudadana). Vosotros decís que lo suyo es un desorden y habláis de la obligación del celibato. ¿Es esta vuestra caridad?

El montaje es en todo similar: si la Iglesia agacha las orejas y se inclina por la indulgencia, ¿para qué existís y de qué han servido todas vuestras enseñanzas a lo largo de estos siglos? Si se reafirma en su doctrina, ¡anatema sit a esta panda de intolerantes cavernícolas! Y siempre, la tragedia de un ser humano aireada como un espectáculo, utilizada como arma arrojadiza en mezquinos rencores y abandonada luego sin más.

Por supuesto, la Iglesia tampoco caerá en la trampa. Desconozco el drama de este hombre y los motivos que le hayan llevado a olvidar el valor de la castidad y a confundirla (quizá) con el desamor, como ignoro los condicionamientos que pesaron sobre aquella mujer adúltera, finalmente perdonada y exhortada a “no pecar más”. Un párroco, a poco que descuide su vida de piedad, puede ser un hombre terriblemente solo. Pero la manipulación interesada que se ha hecho (y, que, sin duda, se hará) de este pobre hombre, exhibiéndolo como el gorila blanco del zoo, da, sencillamente, asco. Tanto que algunos lo desahogamos, una vez más, escribiendo, y a pesar de que esta caterva no merecería una línea.



 
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