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Jornada Mundial de la Juventud 2002 (Toronto, 25-28.VIII.02) PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Palabras de Juan Pablo II al despedirse de los jóvenes el 28.VII.02, al finalizar la Jornada Mundial de la Juventud de Toronto


Concluimos esta espléndida celebración de la Eucaristía con la oración del «Angelus» a María, Madre del Redentor.

A ella confío los frutos de esta Jornada Mundial de la Juventud, para que asegure con su ayuda su eficacia con el paso del tiempo. Que nuestro encuentro traiga un despertar de la pastoral juvenil en Canadá. ¡Qué el entusiasmo de este momento sea la chispa que se necesita para iniciar una nueva era de poderosos testigos del Evangelio!

Deseo anunciar formalmente que la próxima Jornada Mundial de la Juventud tendrá lugar en el año 2005 en Colonia, Alemania.

En la imponente catedral de Colonia se honra la memoria de los Magos, los sabios de Oriente que siguieron la estrella que les llevó hasta Cristo. Como peregrinos, vuestro camino espiritual a Colonia comienza hoy. ¡Cristo os espera allí para la XX Jornada Mundial de la Juventud!

Que la Virgen María, nuestra Madre, os acompañe en la peregrinación de la fe.

Angelus Domini nuntiavit Mariae...

[Después de rezar el «Angelus» el Papa pronunció su saludo en varios idiomas. Comenzó en francés]

Quiero agradecer a todos los que han colaborado a hacer que la Jornada Mundial de la Juventud sea todo un éxito: los ciudadanos de Toronto, los voluntarios, la policía, el departamento de bomberos, el alcalde y las autoridades a todos los niveles del gobierno canadiense. Mis más sinceros saludos para las demás Iglesias cristianas y comunidades representadas aquí, así como a los seguidores de otras tradiciones religiosas. Mi deseo para todos los que estáis aquí es que los compromisos que habéis tomado durante estos días de fe y celebración traigan abundantes frutos de entrega y testimonio. ¡Que el recuerdo de Toronto forme parte del tesoro de vuestra vida!

[En inglés]
Extiendo una palabra especial de gratitud al cardenal Ambrozic, arzobispo de Toronto, a la Conferencia de Obispos Canadienses y al Comité Organizador. Agradezco también al Consejo Pontificio para los Laicos en la persona de su presidente, el cardenal James Francis Stafford.

Saludo a los cardenales y obispos que han venido de otras partes del mundo, y a todos los sacerdotes, diáconos y religiosos que han compartido estos días con los jóvenes. Mientras nos preparamos para regresar a casa, cito las palabras de San Agustín: «Hemos sido felices juntos en la luz que compartida. Realmente hemos disfrutado estando juntos. Nos hemos regocijado. Pero mientras nos separamos, no nos separemos de Él» (In Io.ev. tr., 35,9).

[En castellano]
Muchas gracias a los jóvenes de lengua española. No tengáis miedo de responder con generosidad a la llamada del Señor. ¡Que vuestra fe brille ante el mundo! ¡Que vuestras acciones muestren vuestro compromiso derivado del mensaje de salvación del Evangelio!
Queridos jóvenes de lengua portuguesa: La Jornada Mundial de la Juventud no termina aquí, continuará en vuestras vidas de fidelidad a Cristo. ¡Sed Sal! ¡Sed luz para el mundo que os rodea!

[En italiano]
Queridos jóvenes italianos: Mantened vivo el regalo de fe que os ha sostenido en estos días. La Iglesia necesita vuestra entrega. «¡Nos vemos en Roma!».

[En alemán]
Queridos amigos de habla alemana: Vosotros de una manera especial tenéis que mantener vivo el espíritu de la Jornada Mundial de la Juventud, con el fin de preparaos para Colonia en 2005. Trabajad para construir una civilización de amor y justicia. Dejad que vuestra luz lleve a muchos otros al reino de Cristo de santidad, verdad y justicia.

[En polaco]
Mis pensamientos van a mi tierra natal de Polonia, la cual muy pronto visitaré nuevamente. Nunca perdáis la vista de vuestra herencia cristiana. Es ahí donde encontraréis la sabiduría y valentía que necesitáis para hacer frente a los grandes retos morales y éticos de nuestros tiempos. Os encomiendo a todos a la protección de nuestra Señora de Jasna Góra.




Homilía de Juan Pablo II en la eucaristía conclusiva de la XVII Jornada Mundial de la Juventud en el Downsview Park de Toronto


«Vosotros sois la sal de la tierra...
Vosotros sois la luz del mundo» (Mateo 5, 13.14)

Queridos jóvenes de la XVII Jornada Mundial de la Juventud,
queridas hermanas y hermanos

1. En una montaña cercana al lago de Galilea, los discípulos de Jesús escuchaban su voz dulce y apremiante: dulce como el paisaje mismo de Galilea, apremiante como un llamado a escoger entre la vida y la muerte, entre la verdad y la mentira. El Señor pronunció entonces palabras de vida que estarían llamadas a resonar para siempre en el corazón de los discípulos.

Hoy os dirige las mismas palabras, jóvenes de Toronto, de Ontario y de toda Canadá, de los Estados Unidos, del Caribe, de la América de lengua española y portuguesa, de Europa, África, Asia y Oceanía. ¡Escuchad la voz de Jesús en lo íntimo de vuestros corazones! Sus palabras os dicen quién sois en cuanto cristianos. Os muestran lo que tenéis que hacer para permanecer en su amor.

2. Jesús ofrece una cosa; «el espíritu del mundo» ofrece otra. En la lectura de hoy, tomada de la Carta a los Efesios, san Pablo afirma que Jesús nos ha hecho pasar de las tinieblas a la luz (Cf. 5, 8). Sin lugar a dudas el gran apóstol pensaba en la luz que le cegó, cuando perseguía a los cristianos en el camino de Damasco. Cuando recuperó la vista, ya nada era como antes. Pablo había vuelto a nacer y, a partir de entonces, nada podría haberle arrebatado la alegría que había inundado su espíritu.

Queridos jóvenes, vosotros también estáis llamados a ser transformados. «Despierta tú que duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo» (Efesios 5, 14): sigue diciendo Pablo.

«El espíritu del mundo» ofrece muchas ilusiones, muchas parodias de la felicidad. Sin duda las tinieblas más espesas son las que se insinúan en el espíritu de los jóvenes, cuando falsos profetas apagan en ellos la luz de la fe, de la esperanza y del amor. El engaño más grande, el manantial más grande de la infelicidad, es la ilusión de encontrar la vida prescindiendo de Dios, alcanzar la libertad excluyendo las verdades morales y la responsabilidad personal.

3. El Señor nos invita a escoger entre dos caminos, que están en competencia, para apoderarse de vuestra alma. Esta opción constituye la esencia y el desafío de la Jornada Mundial de la Juventud. ¿Por qué os habéis reunido aquí procedentes de todas las partes del mundo? Para decir juntos a Cristo: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6, 68). Jesús, amigo íntimo de cada joven, tiene palabras de vida. El mundo que heredáis es un mundo que tiene desesperadamente necesidad de un sentido renovado de la fraternidad y de la solidaridad humana. Es un mundo que necesita ser tocado y curado por la bondad y por la riqueza del amor de Dios. El mundo actual tiene necesidad de testigos de este amor. Necesita que vosotros seáis la sal de la tierra y la luz del mundo.

[Hablando en castellano, añadió:]

4. La sal se usa para conservar y mantener sanos los alimentos. Como apóstoles del tercer milenio os corresponde a vosotros conservar y mantener viva la conciencia de la presencia de Jesucristo, nuestro Salvador, de modo especial en la celebración de la Eucaristía, memorial de su muerte redentora y de su gloriosa resurrección. Debéis mantener vivo el recuerdo de las palabras de vidas que pronunció, de las espléndidas obras de misericordia y de bondad que realizó. ¡Debéis constantemente recordar al mundo que «el Evangelio es fuerza de Dios que salva» (Romanos 1,16)!.

La sal condimenta y da sabor a la comida. Siguiendo a Cristo, debéis cambiar y mejorar el «sabor» de la historia humana. Con vuestra fe, esperanza y amor, con vuestra inteligencia, fortaleza y perseverancia, debéis humanizar el mundo en que vivimos. El modo para alcanzarlo lo indicaba ya el profeta Isaías en la primera lectura de hoy: «Suelta las cadenas injustas... parte tu pan con el hambriento... Cuando destierres de ti el gesto amenazador y la maledicencia... brillará tu luz en las tinieblas» (Isaías 58, 6-10).

5. Incluso una pequeña llama aclara el pesado manto de la noche. ¡Cuánta luz podréis transmitir todos juntos si os unís en la comunión de la Iglesia! ¡Si amáis a Jesús, si amáis a la Iglesia! No os desalentéis por las culpas y las faltas de algunos de sus hijos. El daño provocado por algunos sacerdotes y religiosas a personas jóvenes o frágiles nos llena a todos de un profundo sentido de tristeza y vergüenza. ¡Pero, pensad en la gran mayoría de sacerdotes y religiosos generosamente comprometidos, con el único deseo de servir y hacer el bien! Aquí hay hoy muchos sacerdotes, seminaristas y personas consagradas: ¡estad a su lado y apoyadles! Y, si en lo profundo de vuestro corazón sentís resonar la misma llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, no tengáis miedo de seguir a Cristo en el camino de la Cruz. En los momentos difíciles de la historia de la Iglesia, el deber de la santidad se hace todavía más urgente. Y la santidad no es una cuestión de edad. La santidad es vivir en el Espíritu Santo, como hicieron Kateri Tekakwitha y muchos otros jóvenes.

Vosotros sois jóvenes, y el Papa está viejo y algo cansado. Pero todavía se identifica con vuestras expectativas y con vuestras esperanzas. Si bien he vivido entre muchas tinieblas, bajo duros regímenes totalitarios, he visto lo suficiente como para convencerme de manera inquebrantable de que ninguna dificultad, ningún miedo es tan grande como para poder sofocar completamente la esperanza que palpita siempre en el corazón de los jóvenes.

¡No dejéis que muera esa esperanza! ¡Arriesgad vuestra vida por ella! Nosotros no somos la suma de nuestras debilidades y nuestros fracasos; por el contrario, somos la suma del amor del Padre por nosotros y de nuestra real capacidad para convertirnos en imagen de su Hijo.

6. Señor Jesucristo,
guarda a estos jóvenes en tu amor.
Que escuchen tu voz
y crean en lo que tú dices,
pues sólo tu tienes palabras de vida eterna.
Enséñales a profesar la propia fe,
a dar el propio amor,
a comunicar la propia esperanza a los demás.
Hazles testigos convincentes de tu Evangelio,
en un mundo que tanta necesidad tiene
de tu gracia salvadora.
Haz de ellos el nuevo pueblo de las Bienaventuranzas,
para que sean sal de la tierra y luz del mundo
al inicio del tercer milenio cristiano.
María, Madre de la Iglesia, protege y guía a estos chicos y chicas,
del siglo XXI.
Abrázales fuertemente en tu corazón materno. Amén.



Saludo de apertura y homilía de Juan Pablo II en la vigilia de oración junto a unos 600.000 jóvenes en la tarde del sábado 27.VII.02 en el Downsview Park de Toronto


Saludo de apertura del Santo Padre


Jóvenes del mundo, queridos amigos:

1. ¡En nombre del Señor, os saludo a todos con cariño! Me siento feliz de estar nuevamente entre vosotros, después de los días que habéis pasado de catequesis, de reflexión, de encuentro y de fiesta. Nos estamos acercando a la fase final de vuestra Jornada Mundial, cuyo punto culminante será nuestra celebración eucarística de mañana.

En vosotros, reunidos en Toronto de las cuatro esquinas de la tierra, la Iglesia lee su futuro, y siente el llamado a la juventud con el que el Espíritu Santo siempre la enriquece. El entusiasmo y alegría que mostráis son un signo seguro de vuestro amor por el Señor, y de vuestro deseo de servirlo en la Iglesia y en vuestros hermanos y hermanas.

2. Hace unos días, en Wadowice, mi ciudad natal, tuvo lugar el Tercer Foro Internacional de Jóvenes. Congregó a jóvenes católicos, greco-católicos y ortodoxos de Polonia y Europa Oriental. Hoy, miles de jóvenes de toda Polonia están allí reunidos y unidos a nosotros por medio de un enlace televisivo para celebrar esta vigilia de oración con nosotros. Permitidme saludarlos en polaco.

Saludo a los jóvenes que hablan polaco, venidos aquí en gran número de nuestra patria y de otros países del mundo, así como a los miles de jóvenes que se han reunido en Wadowice procedentes de toda Polonia y de los países de Europa del Este para vivir junto a nosotros esta vigilia de oración. A todos deseo que estos días traigan abundantes frutos de generoso empuje en la adhesión a Cristo y su Evangelio.

3. Durante la vigilia de esta noche daremos la bienvenida a la Cruz de Cristo, signo del amor de Dios por la humanidad. Alabaremos al Señor Resucitado, luz que brilla en las tinieblas. Rezaremos con los Salmos, repitiendo las mismas palabras que Jesús utilizó durante su vida en la tierra cuando hablaba con su Padre. Los Salmos siguen siendo hoy la oración de la Iglesia. Luego, escucharemos la Palabra de Dios, lámpara para nuestros pasos, luz para nuestro camino (Cf. Salmos 119,105). Os invito a que seáis la voz de los jóvenes de todo el mundo, para expresar vuestras alegrías, vuestras decepciones, vuestras esperanzas. Poned vuestra atención en Jesús, el Dios Viviente, y repetid lo que los apóstoles le pidieron: «Señor, enséñanos a orar». La oración será la sal que da sabor a vuestras vidas, y que os conduce a Él, verdadera luz de la humanidad.



Discurso del Santo Padre


Queridos jóvenes:

1. En 1985, cuando quería lanzar las Jornadas Mundiales de la Juventud, llevaba en el corazón las palabras del apóstol Juan que acabamos de escuchar: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, la Palabra de vida... os lo anunciamos» (1 Juan 1, 1.3). E imaginaba las Jornadas Mundiales de la Juventud como un momento intenso en el que los jóvenes del mundo pudieran encontrar a Cristo, que es eternamente joven, y aprender de él ser evangelizadores de los demás jóvenes.

Esta noche, junto a vosotros, alabo a Dios y le doy gracias por el don otorgado a la Iglesia por medio de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Millones de jóvenes han participado, y como resultado se han vuelto mejores testigos de Cristo y más comprometidos. Os doy en especial las gracias a vosotros, que habéis respondido a mi invitación de venir aquí a Toronto para «contar al mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta los extremos confines de la tierra» (Mensaje para la XVII Jornada Mundial de la Juventud 2002, N. 5)

2. El nuevo milenio se abrió con dos acontecimientos contrastantes: por una parte, la imagen de multitudes de peregrinos que fueron a Roma durante el gran Jubileo para pasar a través de la Puerta Santa que es Cristo, nuestro Salvador y Redentor; por otra, el terrible ataque terrorista en Nueva York, imagen de un mundo en el que la hostilidad y el odio parecen prevalecer.

La pregunta que surge es dramática: ¿sobre qué cimientos debemos construir la nueva era de la historia que está emergiendo de las grandes transformaciones del siglo veinte? ¿Es suficiente depender solamente de la revolución tecnológica que ahora está teniendo lugar, que parece responder únicamente a los criterios de productividad y eficiencia, sin referencia alguna a la dimensión espiritual del individuo o a los valores éticos compartidos universalmente? ¿Es correcto contentarse con respuestas provisorias para las preguntas fundamentales, y abandonar la vida a la merced de los impulsos de los instintos, de las sensaciones efímeras o modas pasajeras?

La pregunta sigue en pie: ¿sobré qué cimientos, sobre qué certezas deberíamos construir nuestras vidas y la vida de la comunidad a la que pertenecemos?

3. Queridos amigos: de manera espontánea en vuestros corazones, en el entusiasmo de vuestros años jóvenes, conocéis la respuesta, y la estáis dando por medio de vuestra presencia aquí esta noche: Cristo sólo es la piedra angular sobre la que es posible construir de manera sólida nuestra existencia. Solamente Cristo --conocido, contemplado y amado-- es el amigo fiel que nunca nos defrauda, que se convierte en nuestro compañero de viaje y que con sus palabras hace que arda nuestro corazón (Cf. Lucas 24,13-35).

El siglo XX trató a menudo de prescindir de esa piedra angular, y trató de construir la civilización humana sin referencia a Dios. ¡En realidad terminó construyendo la civilización contra el hombre! Los cristianos son conscientes de que no es posible rechazar o ignorar a Dios sin correr el riesgo de degradar al hombre.

4. La aspiración que alimenta la humanidad, entre incontables injusticias y sufrimientos, es la esperanza de una nueva civilización caracterizada por la libertad y la paz. Pero para afrontar este desafío, se necesita una nueva generación de constructores. Movidos no por el temor ni la violencia sino por la urgencia de un amor genuino, tienen que aprender a construir, ladrillo por ladrillo, la civilización de Dios dentro de la civilización del hombre.

Queridos jóvenes, permitidme que os confíe mi esperanza: ¡tenéis que ser esos «constructores»! Vosotros sois los hombres y las mujeres del mañana. El futuro está en vuestros corazones y en vuestras manos. Dios os confía la tarea, difícil y entusiasmante, de trabajar con Él en la construcción de la civilización del amor.

5. De la Carta del apóstol san Juan --el más joven de los apóstoles, y quizás por esa precisa razón el más amado por el Señor-- hemos escuchado estas palabras: « Dios es Luz, en él no hay tiniebla alguna» (1 Juan 1,5). Pero, Juan también observa, nadie ha visto a Dios. Es Jesús, el Hijo único del Padre, quien nos lo ha revelado (Cf. Juan 1,18). Por tanto, si Jesús ha revelado a Dios, ha revelado también la luz. Con Cristo, de hecho, «la luz verdadera que ilumina a todo hombre» (Juan1, 9) ha venido al mundo.

Queridos jóvenes, dejad que os invada la luz de Cristo, y difundir esa luz dondequiera que estéis. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: « La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres». (número 2715).

En la medida en que vuestra amistad con Cristo, vuestro conocimiento de su misterio, vuestra entrega a Jesús, sean genuinos y profundos, seréis «hijos de la luz», y a su vez «luz del mundo». Por esta razón, os repito las palabras del Evangelio: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». (Mateo 5, 16)

6. Esta tarde, el Papa, junto con todos vosotros, jóvenes de todos los continentes, reafirma ante el mundo la fe que sostiene la vida de la Iglesia. Cristo es la luz de las naciones. Murió y resucitó para devolver a los hombres, que caminan por la historia, la esperanza de la eternidad. Su Evangelio no aliena al hombre: todo valor auténtico, independientemente de la cultura en que se manifieste, es aceptado y elevado por Cristo. Consciente de esta realidad, los cristianos no pueden dejar de sentir en sus corazones el orgullo y la responsabilidad de su llamado a ser testigos de la luz del Evangelio.

Precisamente por este motivo, os digo esta tarde: ¡que la luz de Cristo brille en vuestras vidas! ¡No esperéis a tener más años para adentraros en el camino de la santidad! La santidad siempre es juvenil, de la misma manera que la juventud de Dios es eterna.

Comunicad a todas las personas la belleza del encuentro con Dios que da sentido a vuestra vida. Que nadie os aventaje en la búsqueda de la justicia, en la promoción de la paz, en vuestro compromiso de hermandad y solidaridad.

Qué hermosa es la canción que hemos estado escuchando durante estos días:
«¡Luz del mundo! ¡Sal de la tierra!».
¡Sed para el mundo el rostro del amor!
¡Ser para la tierra el reflejo de su luz!

Este es el regalo más hermoso y preciado que podéis dar a la Iglesia y al mundo. Vosotros sabéis que el Papa está con vosotros, con su oración y bendición afectuosa.

7. Quisiera volver a saludar a los jóvenes en polaco:
Queridos jóvenes amigos, os doy las gracias por vuestra presencia. En Toronto, en Wadowice, y por doquier estáis espiritualmente unidos a los jóvenes del mundo que viven su XVII Jornada Mundial. Os quiero asegurar que os abrazo siempre con el corazón y la oración a cada uno de vosotros, pidiendo a Dios que podáis ser sal y luz de la tierra ahora y cuando seáis adultos. ¡Que Dios os bendiga!




Saludo de apertura y discurso de Juan Pablo II en la fiesta de acogida de los jóvenes el 25.VII.02


Saludo de apertura del Santo Padre

¡Queridos jóvenes amigos!

1. Habéis venido a Toronto desde todos los continentes para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud. Os dirijo mi más cordial saludo. He estado esperando impacientemente este encuentro, especialmente cuando día tras día recibía en el Vaticano de todas las partes del mundo las buenas noticias sobre las numerosas iniciativas que han marcado vuestro viaje hasta aquí. Y a menudo, aun sin haberos conocido, os encomendé a cada uno de vosotros en mis oraciones al Señor. Él siempre os ha conocido y Él os ama a cada uno de vosotros personalmente.

Con fraternal afecto saludo a los cardenales y obispos que están aquí con vosotros, en particular a monseñor Jacques Berthelet, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Canadá, al cardenal Aloysius Ambrozic, arzobispo de esta ciudad, y al Cardenal James Francis Stafford, presidente del Consejo Pontificio para los Laicos.

A todos vosotros os digo: que los contactos con vuestros Pastores os ayuden a descubrir y apreciar cada vez más la belleza de la Iglesia, experimentada como comunión misionera.

2. Al escuchar la larga lista de países de los que procedéis, hemos hecho prácticamente un viaje alrededor del mundo. En cada uno de vosotros he vislumbrado los rostros de todos vuestros jóvenes compañeros que he conocido en el curso de mis viajes apostólicos y a los cuales en una manera vosotros representáis aquí. En mi imaginación os he visto de viaje, caminando en la sombra de la Cruz del Jubileo, en esta gran peregrinación de jóvenes que, trasladándose de continente a continente, está ansiosa por reunir al mundo entero en un apretado abrazo de fe y esperanza.

Hoy esta peregrinación hace una escala aquí, en las orillas del Lago Ontario, que nos recuerda otro lago, el Lago de Tiberíades, en cuyas orillas Jesús hizo una fascinante propuesta a sus primeros discípulos, algunos de los cuales probablemente eran jóvenes como vosotros (Cf. Juan 1, 35-42).

El Papa, que os quiere mucho, ha venido desde lejos para escuchar nuevamente con vosotros las palabras de Jesús, que como sucedió con sus discípulos en aquel día, hace mucho tiempo, pueden encender una llama en el corazón de un joven y dar sentido a toda su vida.

Por tanto, os invito a que aprovechéis cada uno de los momentos de esta Jornada Mundial de la Juventud, que está apenas empezando, una ocasión privilegiada en la que cada uno de vosotros escuche atentamente al Señor, con un corazón generoso y dispuesto, para llegar a ser «sal de la tierra y luz del mundo» (Cf. Mateo 5, 13-16).


Discurso del Santo Padre

¡Queridos jóvenes!

1. Acabamos de escuchar la Carta Magna del Cristianismo: las Bienaventuranzas. Hemos visto una vez más, con los ojos del corazón, lo que sucedió en ese momento: una multitud de personas se reúne alrededor de Jesús en la montaña, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, venidos de Galilea, pero también de Jerusalén, de Judea, de las ciudades de Decápolis, de Tiro y Sidón. Todos esperaban una palabra, un gesto que les diera consuelo y esperanza.

Nosotros también nos hemos reunido aquí, esta tarde, para escuchar con atención al Señor. Él os mira con mucho cariño: venís de diferentes regiones de Canadá, de los Estados Unidos, de América Central y de América del Sur, de Europa, de África, de Asia, de Oceanía. He oído vuestras voces alegres, vuestros gritos, vuestras canciones, y he sentido el profundo anhelo que late en vuestros corazones: ¡queréis ser feliz!

Queridos jóvenes, muchas y tentadoras son las voces que os llaman de todas las partes: muchas de estas voces os proponen una alegría que puede obtenerse con el dinero, con el éxito, con el poder. Principalmente, proponen una alegría que procede del placer superficial y efímero de los sentidos.

2. Queridos jóvenes, ante vuestro deseo joven de felicidad, el Papa anciano, con muchos años, pero aún joven de corazón, responde con palabras que no son suyas. Son palabras que resonaron hace dos mil años. Palabras que hemos escuchado nuevamente esta tarde: «Bienaventurados...». La palabra clave en la enseñanza de Jesús es un anuncio de alegría: «Bienaventurados...».

El hombre ha sido creado para la felicidad. Vuestra sed de felicidad, por tanto, es legítima. Cristo tiene la respuesta a vuestro deseo. Pero él os pide que confiéis en él. La verdadera alegría es una victoria, algo que no puede obtenerse sin una larga y difícil lucha. Cristo tiene el secreto de la victoria.

Vosotros ya sabéis qué es lo que había pasado antes. Lo narra el Libro del Génesis: Dios creó al hombre y a la mujer en un paraíso, el Edén, porque quería que fueran felices. Desafortunadamente, el pecado arruinó sus planes iniciales. Pero Dios no se resignó a este fracaso. Él envió a su Hijo al mundo para devolvernos una perspectiva aun más hermosa del cielo. Dios se hizo hombre --lo han subrayado los Padres de la Iglesia-- para que los hombres y las mujeres puedan convertirse en Dios. Éste es el viraje decisivo realizado en la historia humana por la Encarnación.

3. ¿De qué lucha estamos hablando? Cristo mismo nos da la respuesta: san Pablo escribió: Jesús «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo... se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (Filipenses 2,6-8). Se trata de una lucha hasta la muerte. Cristo no venció esta batalla por sí mismo sino por nosotros. A partir de su muerte, surgió la vida. La tumba en el Calvario se ha convertido en la cuna de la nueva humanidad en camino hacia la verdadera felicidad.

El «Sermón de la Montaña» traza el mapa de este viaje. Las ocho Bienaventuranzas son las señales de tránsito que nos indican el camino. Es un camino cuesta arriba, pero Jesús lo ha caminado antes que nosotros. Un día dijo: «el que me siga no caminará en la oscuridad» (Juan 8,12). Y en otra ocasión agregó: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Juan 15,11).

Caminando con Cristo podemos encontrar la alegría, ¡la verdadera alegría! Precisamente por esta razón, hoy Jesús os hace nuevamente un anuncio de alegría: «Bienaventurados...».

Ahora que estamos por dar la bienvenida a su gloriosa Cruz, la Cruz que ha acompañado a los jóvenes en los caminos del mundo, dejemos que esta palabra de consuelo y exigente resuene en el silencio de nuestro corazón: «Bienaventurados...».

4. Reunidos alrededor de la Cruz del Señor, dirigimos nuestra mirada hacia Él: Jesús no se limitó a proclamar las Bienaventuranzas, ¡las vivió! Al recorrer de nuevo su vida, al releer el Evangelio, quedamos sorprendidos: Jesús es precisamente el más pobre entre los pobres, el más dócil entre los mansos, la persona con el corazón más limpio y más misericordioso. Las Bienaventuranzas no son más que la descripción de un rostro, ¡su rostro!

Al mismo tiempo, las Bienaventuranzas describen lo que un cristiano debería ser: son el retrato del discípulo de Jesús, la fotografía de quienes han aceptado el Reino de Dios y quieren que su vida esté en sintonía con las exigencias del Evangelio. Jesús se dirige a este hombre, llamándole «bienaventurado».

La alegría que prometen as Bienaventuranzas es la misma alegría de Jesús: una alegría buscada y encontrada en la obediencia al Padre y en la entrega de sí mismo al prójimo.

5. ¡Jóvenes de Canadá, de América y del mundo entero!: Al mirar a Jesús, aprenderéis lo que significa ser pobres de espíritu, mansos y misericordiosos; lo que significa buscar la justicia, ser limpios de corazón, trabajadores por la paz.

Con vuestra mirada fija en él, vosotros descubriréis el sendero del perdón y la reconciliación en un mundo a menudo devastado por la violencia y el terror. El año pasado, vimos con una claridad dramática el rostro trágico de la malicia humana. Vimos lo que sucede cuando el odio, el pecado y la muerte toman control.

Pero hoy, la voz de Jesús resuena en medio de nosotros. Su voz es una voz de vida, de esperanza, de perdón; una voz de justicia y de paz. ¡Escuchémosla!

6. Queridos amigos, la Iglesia os mira hoy con confianza y espera que vosotros sean gente de las Bienaventuranzas.

Bienaventurados vosotros si, como Jesús, sois pobres de espíritu, buenos y misericordiosos; si realmente buscáis lo que es justo y recto; si sois puros de corazón, si trabajáis por la paz, si amáis a los pobres y les servís. ¡Bienaventurados!

Sólo Jesús es el verdadero Maestro, sólo Jesús habla del mensaje inalterable que responde a los anhelos más profundos del corazón humano, porque solamente él conoce «qué es lo que hay en cada persona» (Cf. Juan 2,25). Hoy os llama para ser sal y luz del mundo, para escoger el bien, vivir en la justicia, para convertiros en instrumentos de amor y paz. Su llamada siempre ha exigido una elección entre lo bueno y lo malo, entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte. Hoy os presenta la misma invitación a vosotros, reunidos aquí en las orillas del Lago Ontario.

7. ¿Qué llamada seguirán los centinelas de la mañana? Creer en Jesús es aceptar lo que él dice, aunque esté en contra de lo que otros digan. Significa rechazar las solicitudes del pecado, por más atractivas que parezcan, siguiendo la exigente senda de las virtudes del Evangelio.

Jóvenes que me escucháis: ¡contestad al Señor con corazones fuertes y generosos! Él cuenta con vosotros. Nunca lo olvidéis: ¡Cristo os necesita para llevar a cabo su plan de salvación! Cristo tienen necesidad de vuestra juventud y de vuestro generoso entusiasmo para hacer resonar su proclamación de alegría en el nuevo milenio. ¡Responded a su llamada poniendo vuestras vidas al servicio de vuestros hermanos y hermanas! Confiad en Cristo, porque él confía en vosotros.

8. Señor Jesucristo, proclama una vez más
las Bienaventuranzas en presencia de estos jóvenes,
reunidos en Toronto para la Jornada Mundial de la Juventud.
Mírales con amor y escucha sus jóvenes corazones,
Dispuestos a arriesgar por ti su futuro.
Los has llamado a ser «sal de la tierra y luz del mundo».
Sigue enseñándoles la verdad y belleza de la visión
que tú proclamaste en la Montaña.
¡Hazlos hombres y mujeres de tus Bienaventuranzas!
Que la luz de tu sabiduría brille sobre ellos,
de manera que con palabras y obras
difundan en el mundo la luz y la sal del Evangelio.
¡Haz que toda su vida sea un reflejo luminoso de ti,
que eres la verdadera luz,
venida a este mundo para que todo el que crea en ti no perezca,
sino que tenga vida eterna (Cf. Juan 3, 16).



Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada Mundial de la Juventud 2002, 25.VII.01


"Vosotros sois la sal de la tierra...
Vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5, 13-14)

¡Queridos jóvenes!

1. Aún permanece muy vivo en mi memoria el recuerdo de los momentos extraordinarios que hemos vivido juntos en Roma durante el Jubileo del año 2000, cuando habéis venido en peregrinación a las tumbas de los Apóstoles san Pedro y san Pablo. Habéis pasado por la Puerta Santa en largas filas silenciosas y os habéis preparado a recibir el sacramento de la Reconciliación; después, en la vigilia nocturna y en la Misa de la mañana en Tor Vergata, habéis vivido una intensa experiencia espiritual y eclesial; robustecidos en la fe, habéis vuelto a casa con la misión que os he confiado: que seáis, en esta aurora del nuevo milenio, testigos valientes del Evangelio.

La celebración de la Jornada Mundial de la Juventud se ha convertido ya en un momento importante de vuestra vida, como lo ha sido para la vida de la Iglesia. Os invito, pues, a que comencéis a prepararos para XVIIª edición de este gran acontecimiento, que se celebrará internacionalmente en Toronto, Canadá, el verano del próximo año. Será una nueva ocasión para encontrar a Cristo, dar testimonio de su presencia en la sociedad contemporánea y llegar a ser constructores de la "civilización del amor y la verdad".

2. "Vosotros sois la sal de la tierra... vosotros sois la luz del mundo", (Mt 5,13-14): éste es el lema que he elegido para la próxima Jornada Mundial de la Juventud. Las dos imágenes, de la sal y la luz, utilizadas por Jesús, son complementarias y ricas de sentido. En efecto, en la antigüedad se consideraba a la sal y a la luz como elementos esenciales de la vida humana.

"Vosotros sois la sal de la tierra....". Como es bien sabido, una de las funciones principales de la sal es sazonar, dar gusto y sabor a los alimentos. Esta imagen nos recuerda que, por el bautismo, todo nuestro ser ha sido profundamente transformado, porque ha sido "sazonado" con la vida nueva que viene de Cristo (cf. Rm 6, 4). La sal por la que no se desvirtúa la identidad cristiana, incluso en un ambiente hondamente secularizado, es la gracia bautismal que nos ha regenerado, haciéndonos vivir en Cristo y concediendo la capacidad de responder a su llamada para "que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios" (Rm 12, 1). Escribiendo a los cristianos de Roma, san Pablo los exhorta a manifestar claramente su modo de vivir y de pensar, diferente del de sus contemporáneos: "no os acomodéis al mundo presente, antes bien transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto" (Rm 12, 2).

Durante mucho tiempo, la sal ha sido también el medio usado habitualmente para conservar los alimentos. Como la sal de la tierra, estáis llamados a conservar la fe que habéis recibido y a transmitirla intacta a los demás. Vuestra generación tiene ante sí el gran desafío de mantener integro el depósito de la fe (cf 2 Ts 2, 15; 1 Tm 6, 20; 2 Tm 1, 14).

¡Descubrid vuestras raíces cristianas, aprended la historia de la Iglesia, profundizad el conocimiento de la herencia espiritual que os ha sido transmitido, seguid a los testigos y a los maestros que os han precedido! Sólo permaneciendo fieles a los mandamientos de Dios, a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz, podréis ser los apóstoles y los testigos del nuevo milenio.

Es propio de la condición humana, y especialmente de la juventud, buscar lo absoluto, el sentido y la plenitud de la existencia. Queridos jóvenes, ¡no os contentéis con nada que esté por debajo de los ideales más altos! No os dejéis desanimar por los que, decepcionados de la vida, se han hecho sordos a los deseos más profundos y más auténticos de su corazón. Tenéis razón en no resignaros a las diversiones insulsas, a las modas pasajeras y a los proyectos insignificantes. Si mantenéis grandes deseos para el Señor, sabréis evitar la mediocridad y el conformismo, tan difusos en nuestra sociedad.

3. "Vosotros sois la luz del mundo....". Para todos aquellos que al principio escucharon a Jesús, al igual que para nosotros, el símbolo de la luz evoca el deseo de verdad y la sed de llegar a la plenitud del conocimiento que están impresos en lo más íntimo de cada ser humano.

Cuando la luz va menguando o desaparece completamente, ya no se consigue distinguir la realidad que nos rodea. En el corazón de la noche podemos sentir temor e inseguridad, esperando sólo con impaciencia la llegada de la luz de la aurora. Queridos jóvenes, ¡a vosotros os corresponde ser los centinela de la mañana (cf. Is 21, 11-12) que anuncian la llegada del sol que es Cristo resucitado!

La luz de la cual Jesús nos habla en el Evangelio es la de la fe, don gratuito de Dios, que viene a iluminar el corazón y a dar claridad a la inteligencia: "Pues el mismo Dios que dijo: ‘De las tinieblas brille la luz’, ha hecho brillar la luz en nuestros corazones, para irradiar el conocimiento de la gloria de Dios que está en la faz de Cristo" (2 Co 4, 6). Por eso adquieren un relieve especial las palabras de Jesús cuando explica su identidad y su misión: "Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).

El encuentro personal con Cristo ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos. Con el nuevo modo que Él nos proporciona de ver el mundo y las personas, nos hace penetrar más profundamente en el misterio de la fe, que no es sólo acoger y ratificar con la inteligencia un conjunto de enunciados teóricos, sino asimilar una experiencia, vivir una verdad; es la sal y la luz de toda la realidad (cf. Veritatis splendor, 88).

En el contexto actual de secularización, en el que muchos de nuestros contemporáneos piensan y viven como si Dios no existiera, o son atraídos por formas de religiosidad irracionales, es necesario que precisamente vosotros, queridos jóvenes, reafirméis que la fe es una decisión personal que compromete toda la existencia. ¡Que el Evangelio sea el gran criterio que guíe las decisiones y el rumbo de vuestra vida! De este modo os haréis misioneros con los gestos y las palabras y, dondequiera que trabajéis y viváis, seréis signos del amor de Dios, testigos creíbles de la presencia amorosa de Cristo. No lo olvidéis: ¡"No se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín" (cf. Mt 5,15).

Así como la sal da sabor a la comida y la luz ilumina las tinieblas, así también la santidad da pleno sentido a la vida, haciéndola un reflejo de la gloria de Dios. ¡Con cuántos santos, también entre los jóvenes, cuenta la historia de la Iglesia! En su amor por Dios han hecho resplandecer las mismas virtudes heroicas ante el mundo, convirtiéndose en modelos de vida propuestos por la Iglesia para que todos les imiten. Entre otros muchos, baste recordar a Inés de Roma, Andrés de Phú Yên, Pedro Calungsod, Josefina Bakhita, Teresa de Lisieux, Pier Giorgio Frassati, Marcel Callo, Francisco Castelló Aleu o, también, Kateri Tekakwitha, la joven iraquesa llamada la "azucena de los Mohawks". Pido a Dios tres veces Santo que, por la intercesión de esta muchedumbre inmensa de testigos, os haga ser santos, queridos jóvenes, ¡los santos del tercer milenio!

4. Queridos jóvenes, ha llegado el momento de prepararse para la XVII Jornada Mundial de la Juventud. Os dirijo una especial invitación a leer y a profundizar la Carta apostólica Novo milenio ineunte, que he escrito a comienzos de año para acompañar a los bautizados, en esta nueva etapa de la vida de la Iglesia y de los hombres: "Un nuevo siglo y un nuevo milenio se abren a la luz de Cristo. Pero no todos ven esta luz. Nosotros tenemos el maravilloso y exigente cometido de ser su "reflejo"" (n. 54).

Sí, es la hora de la misión. En vuestras diócesis y en vuestras parroquias, en vuestros movimientos, asociaciones y comunidades, Cristo os llama, la Iglesia os acoge como casa y escuela de comunión y de oración. Profundizad en el estudio de la Palabra de Dios y dejad que ella ilumine vuestra mente y vuestro corazón. Tomad fuerza de la gracia sacramental de la Reconciliación y de la Eucaristía. Tratad asiduamente con el Señor en ese "corazón con corazón" que es la adoración eucarística. Día tras día recibiréis nuevo impulso, que os permitirá confortar a los que sufren y llevar la paz al mundo. Muchas son las personas heridas por la vida, excluida del desarrollo económico, sin un techo, una familia o un trabajo; muchas se pierden tras falsas ilusiones o han abandonado toda esperanza. Contemplando la luz que resplandece sobre el rostro de Cristo resucitado, aprended a vivir como "hijos de la luz e hijos del día" (1 Ts 5, 5), manifestando a todos que "el fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad" (Ef 5, 9).

5. Queridos jóvenes amigos, para todos los que puedan, ¡la cita es en Toronto! En el corazón de una ciudad multicultural y pluriconfesional, anunciaremos la unicidad de Cristo Salvador y la universalidad del misterio de salvación del que la Iglesia es sacramento. Rogaremos por la total comunión entre los cristianos en la verdad y en la caridad, respondiendo a la invitación apremiante de Dios que desea ardientemente "que sean uno como nosotros" (Jn 17, 11).

Venid para hacer resonar en las grandes arterias de Toronto el anuncio gozoso de Cristo, que ama a todos los hombres y lleva a cumplimiento todo germen de bien, de belleza y de verdad existente en la ciudad humana. Venid para contar al mundo vuestra alegría de haber encontrado a Cristo Jesús, vuestro deseo de conocerlo cada vez mejor, vuestro compromiso de anunciar el Evangelio de salvación hasta los extremos confines de la tierra.

Vuestros coetáneos canadienses se preparan ya para acogeros calurosamente y con gran hospitalidad, junto con sus Obispos y las Autoridades civiles. Se lo agradezco ya desde ahora cordialmente. ¡Quiera Dios que esta primera Jornada Mundial de los Jóvenes al comienzo del tercer milenio transmita a todos un mensaje de fe, de esperanza y de amor!

Os acompaña mi bendición, mientras confío a María, Madre de la Iglesia, a cada uno de vosotros, vuestra vocación y vuestra misión.

En Castel Gandolfo, el 25 de julio de 2001

IOANNES PAULUS II
 
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