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Joseluis García, "El error de ignorar los fundamentos espirituales europeos", PUP, 15.I.02 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Ha pasado un tanto inadvertido el duro lamento de Juan Pablo II en el reciente encuentro con los embajadores de 172 países acreditados ante la Santa Sede, en el que deploró que en la última cumbre de líderes de la UE celebrada en Bélgica entre el 14 y el 15 de diciembre, «las comunidades de creyentes no hubieran sido mencionadas explícitamente» para esta labor.

«La marginación de las religiones que han contribuido y todavía contribuyen a la cultura y al humanismo de lo que Europa está legítimamente orgullosa, me parece que son al mismo tiempo una injusticia y un error de perspectiva», denunció enérgicamente el Papa.

Para un intelectual de primer orden, como es Karol Wojtyla, «¡reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa!». Por eso, de cara a la redacción de una futura Constitución, el pontífice advierte que «es fundamental que se aclaren cada vez mejor los objetivos de esta construcción europea y los valores sobre los que ha de apoyarse».Esta denuncia fue precedida de su complacencia por la implantación de una moneda común...

A estas alturas a nadie se le oculta que la unificación europea no puede basarse sólo en motivos políticos, económicos y financieros. Este es el sentir de muchos intelectuales y lo dicen los mismos responsables de la Convención: es necesaria una dimensión espiritual que dé la perspectiva de un camino a menudo difícil y contrastado, hacia una mayor unidad de los pueblos europeos. Hasta hace algún tiempo se pensaba que el proceso de secularización era irreversible. Max Weber formuló esta teoría, pero luego se dio cuenta de que no era así y abogó por la persistencia de la religión en el mundo moderno. Hay quien, sin embargo, prefiere repetir los viejos tópicos y cerrar los ojos ante la realidad. Es como si algunos grupos, muy fuertes a nivel político, tuvieran miedo a nombrar la realidad de la fe cristiana y a reconocer su aportación decisiva en la construcción europea. Algunos siguen dando excesiva importancia a la laicidad como algo excluyente de la moral y la religión, posiblemente por el prurito de no traicionar los ideales de la revolución francesa. Pero éstos han de comprender que el mundo va hacia adelante y no se puede mirar al fenómeno religioso con la lente de los pensadores del siglo XVIII.

Se haría necesario realizar un supremo esfuerzo porque ciertos políticos e intelectuales comprendiesen que la religión -como el arte, el humanismo o todos los valores espirituales- no se oponen a la laicidad del estado, sino que la enriquecen y llenan de sentido. De lo contrario, la sociedad resultante será un pobre ejercicio contable o una magnífico monumento técnico, pero que olvidará lo más importante del hombre: su corazón y la expansión de su espíritu. Esta actitud de rechazo a los principios y al fenómeno religioso vacía de sentido la vida humana y recrudecerá el actual empobrecimiento causado por este reduccionismo materialista.

En este mismo sentido, hace solo unos meses, Jacques Delors, histórico exponente del Partido Socialista Francés, refiriéndose al documento, que quiere ser el embrión de una futura Constitución europea se lamentaba de la supresión «por razones relacionadas a una cierta idea de laicidad, la referencia a la "herencia religiosa". Sería como si en Francia a quienes no les gusta la dictadura, o más bien el poder autoritario, decidieran hacer desaparecer de la historia a Napoleón. Del mismo modo, a quienes en Europa no les gusta que haya existido Cristo, querrían suprimir la referencia a la religión. Es absurdo. Todos los elementos que cimentado la humanidad, tal y como nosotros la hemos recibido, deben ser tomados en consideración en la Carta».

Karol Wojtyla, pese a sus años y sus problemas de salud, mantiene intacta su lucidez y es uno de los talentos con mayor poder creativo y de cuya visión de futuro dan buena cuenta los cientos de proyectos que salen a diario de su mesa. Es un campeón de los derechos humanos. Su denuncia no debe caer en saco roto y los artífices del proyecto europeo harán bien en atender sus advertencias, evitando este triste espectáculo de terca miopía.
 
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