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Juan Manuel de Prada, "Gays", ABC, 7.VII.2001 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Las celebraciones del Orgullo Gay siempre dejan detrás de sí un reguero mixto de indignaciones y aplausos, un poco al estilo de esas delirantes corridas con «división de opiniones», en las que la petición de orejas se entremezcla con el lanzamiento de almohadillas. Pero, a medida que pasan los años y la aceptación social de la homosexualidad se extiende, percibo que el objetivo primigenio de estas manifestaciones queda más o menos difuminado por el jolgorio y la pachanga que las caracterizan. Hasta los más recalcitrantes homófobos acatan las cabalgatas del Orgullo Gay como si se tratase de verbenas pintorescas o desfiles de gigantes y cabezudos. El clima de fanfarria, con sus gotitas de astracanada y desvarío surrealista, ha acabado por resultar inofensivo. Del mismo modo que los gérmenes patógenos desarrollan defensas contra los antibióticos, haciéndolos nocivos o superfluos, las pirotecnias festivas que rodean la conmemoración del Orgullo Gay han acabado por convertirse en una rutina municipal que deja indiferentes a quienes se supone que debería exasperar. Yo diría que los homosexuales corren el riesgo de creer que esta aceptación complaciente y hastiada constituye un triunfo; más bien creo que se trata del espejismo de un triunfo. Los homosexuales han protagonizado una de las epopeyas sociales más costosas de nuestro tiempo. Del mismo modo que las feministas consiguieron en su día el reconocimiento legal de unos derechos que a la mujer le habían sido usurpados, los homosexuales han logrado que lo que hasta hace poco se consideraba una tara y una perversión se haya aceptado como una peculiaridad genética y afectiva perfectamente legítima. Los homosexuales han abandonado ese gueto de clandestinidad donde se les había confinado durante siglos (el celebérrimo armario), para vencer el hostigamiento de los mojigatos, de los machistas obtusos, de los beatorros ultramontanos y demás faunas fósiles. Pero este triunfo —parcial— parece haberlos emborrachado de una especie de fatuidad exhibicionista que amenaza con desvirtuar los principios de su actividad pionera. Esta embriaguez de triunfo la percibo, por ejemplo, en la invasión repentina de una presunta «estética gay» que en realidad es más bien una «estética sarasa», y que cristaliza en la proliferación de personajes más o menos mediáticos que alardean de su condición sexual con actitudes que rozan (o directamente incurren) en el esperpento. No creo que la homosexualidad tenga nada que ver con el envilecimiento histriónico, con la degradación caricaturesca de la conducta y, en definitiva, con esas sobreactuaciones propias de vodevil con que algunos presuntos miembros de la comunidad gay intentan obtener notoriedad. Estos gays paródicos transmiten una imagen deformada del homosexual, como una especie de bufón de corte al que se le ríen las gracietas. Y creo que esta misma imagen deformada es la que muchos espectadores imparciales pueden llevarse de esos desfiles en los que se celebra el Orgullo Gay. Los homosexuales han sabido purificar una atmósfera demasiado fétida y aburridamente ortodoxa, mostrándonos el interior inédito de ese armario en donde habían permanecido encerrados. Pero esa apertura higiénica y demoledora de tantos tabúes no merece el corolario de la parodia, sobre todo cuando aún quedan tantas batallas pendientes. Son todavía muchos los homosexuales que viven su naturaleza como una experiencia dolorosa y vergonzante; son muchos los homosexuales que aún sienten en el cogote el aliento de la persecución. Dejarse llevar por cierta complacencia exhibicionista, justo ahora en que la exhibición ha dejado de poseer la eficacia catártica y escandalosa de antaño, no parece la estrategia más inteligente. La delgada línea que separa la reivindicación de la carnavalada está a punto de ser traspasada; nadie contempla con tanto regocijo y satisfacción esta posibilidad como los enemigos de los homosexuales, que quieren verlos convertidos en irrisorios monstruitos de barraca.
 
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