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Juan Manuel de Prada, "Y ahora, Montgomery", ABC, 15.X.01 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Aquí no se libra ni el apuntador. Ahora le toca el turno a Montgomery, el héroe de El Alamein, el debelador de Rommel, el hombre que devolvió el orgullo al maltrecho y alicaído ejército británico. Uno de sus más reputados biógrafos proclama sin ambages su homosexualidad. Las razones que aduce para demostrar un secreto tan bien custodiado hasta hoy no pueden ser más peregrinas y disparatadas, a juzgar por la muy documentada crónica que Mariano Pérez Ródenas publicaba ayer en Los Domingos de ABC. Montgomery compartió casa con su madre hasta la edad de treinta y ocho años. Sus flirteos con las chicas fueron bastante torpes y pusilánimes. Casi cuarentón, se casó con una viuda que fallecería poco después de aportar un unigénito al matrimonio. Montgomery decidió entonces guardar ausencia a la memoria de su esposa y no volver a casarse. El biógrafo incorpora a estas precisiones (en las que sólo un olfato perverso podría detectar el olor de la chamusquina) un cotilleo insignificante y más bien cochambroso: al parecer, tras la muerte de su esposa, Montgomery se rodeó de una servidumbre masculina. Y, a la bajeza del chismorreo, añade la felonía injuriosa, insinuando que su devoción hacia los jóvenes que entregaban su hálito por la libertad de su país y del mundo escondía una querencia amorosa. Qué asco, joder, qué asco. Hay que ser muy calenturiento, muy sórdidamente calenturiento, para imaginarse estas viscosidades.

La banalidad contemporánea tiende a profanar con supercherías y mistificaciones ese sentimiento de sagrada hermandad que los verdaderos militares se profesan entre sí. Si en las escuelas se leyese a Homero, no padeceríamos esta lacra. Aquiles ama a Patroclo con amor de padre, de hermano y de amigo; cuando le comunican la infausta nueva de su muerte, una nube de sombría y desesperada aflicción se derrama sobre el belicoso Pelida, que al instante depone su ira contra Agamenón y jura no descansar mientras Héctor no perezca, abatido por el hierro, y pague por haber entregado el cadáver de Patroclo al mordisco inclemente de los perros. Este sentimiento de sagrada hermandad entre Aquiles y Patroclo ha sido luego rebajado por escoliastas frívolos a la categoría de mero escarceo erótico, pero cualquier lector atento de Homero sabe que lo que allí se invoca es algo mucho más perdurable y hermoso. El hijo de Peleo, Aquiles alígero, entiende que, al morir Patroclo, le ha sido arrebatada parte de su propia alma; por eso cuando el espectro del amigo se le aparece en sueños y le ruega que disponga sus exequias, para poder ingresar en las moradas de Hades, Aquiles le pide que antes se abrace a él, para que en la fuerza de ese abrazo se restañe el funesto llanto y su corazón deje de sentirse mutilado. Patroclo es parte de Aquiles.

Este sentimiento de sagrada hermandad entre militares, que encontramos descrito en Homero y también en John Ford, ahora es ridiculizado por los tiparracos con mando en plaza, que lo consideran un síntoma de fascismo, los muy miserables. Por eso, cuando se enfrentan a un rebrote de este sentimiento, tan puro y enaltecedor, tan austeramente apasionado, necesitan enfangarlo con clandestinas pulsiones eróticas. Pero el amor que Montgomery tributaba a sus soldados, a la juventud sacrificada que defendía el mundo del acoso de la barbarie, era el amor que se rinde a la sangre que se vierte jubilosamente por un ideal, el amor a la patria exánime que sobrevivía gracias a esa sangre derramada, el amor invicto y luctuoso que un militar verdadero siente por sus soldados, que son carne de su propia carne, y cuya muerte le duele como una amputación. Montgomery amaba a sus soldados con amor de padre, con amor de hermano y de amigo. Hace falta ser muy indigno y muy carroñero para andar escarbando en un sentimiento tan sagrado, superior a cualquier tendencia sexual.



 
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