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Juan Velarde Fuertes, "La Iglesia y el dinero", Alfa y Omega, 13.IX.01 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Cada época necesita un orden socioeconómico diferente. Al abrirse y enlazarse el mundo económico en los siglos XV y XVI gracias a los descubrimientos lusitanos y españoles, se hundió para siempre la Edad Media como idea directriz de lo económico. Schumpeter, en su Historia del Análisis Económico, nos señala cómo así, entre otras cosas, se hizo añicos todo un planteamiento que ascendía hasta Aristóteles, al escribir que «nada más fácil que mostrar que lo que primariamente interesaba a Aristóteles era lo natural y lo justo, vistos desde la posición de su ideal de la vida buena y virtuosa, y que los hechos económicos y las relaciones entre hechos económicos por él considerados y estimados se presentan a la luz de los prejuicios ideológicos que se podían suponer en un hombre que ha vivido en, y ha escrito para una clase culta y ociosa que despreciaba el trabajo y los negocios, amaba, naturalmente, al agricultor que le alimentaba y odiaba al prestamista que explotaba al agricultor». Pero todo se altera cuando, al concluir el Medioevo -agrega Schumpeter en esta obra fundamental-, «los escolásticos tardíos analizaron la actividad económica en sí misma -la industria decía san Antonio de Florencia-, y particularmente la actividad comercial y de especulación, desde un punto de vista contrapuesto diametralmente al de Aristóteles. El hombre económico de épocas posteriores asomó ya en la concepción de la razón económica prudente, frase tomista que adquirió una connotación nada tomista por la interpretación de Juan de Lugo: la prudente razón implica en efecto, según Lugo, la intención de conseguir ganancias por cualquier medio legítimo».

El capitalismo naciente, que ha puesto así a su favor a la escolástica tardía, logrará pronto el apoyo de la Escuela de Salamanca. Con Domingo de Soto o Tomás de Mercado, y, por supuesto, con toda esa pléyade de discípulos de Francisco de Vitoria que encabeza Martín de Azpilcueta, al justificar el pago de intereses, se abre una comprensión nueva del fenómeno económico desde el punto de vista de la Iglesia católica. El que con esta ayuda se pudieron conseguir progresos, en el ámbito católico, tan importantes como sucedió en la Europa nórdica con el auxilio de las tesis de los teólogos puritanos estudiados por Max Weber, es algo crecientemente admitido. Sin ir más lejos, basta consultar a Amintore Fanfani.

Es más, este sistema crecientemente globalizado, con una complejidad grande en sus estructuras financieras, basadas, entre otras cosas, en una especulación creciente, nunca vista, crea un punto de apoyo tal, como he señalado en mi contestación al discurso de recepción en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas del cardenal Rouco el 29 de marzo de 2001, que hoy, prácticamente, todos los pueblos podrían tener una vida decente si sus gobernantes dejasen de ser, simultáneamente, incapaces y corruptos. Esto es, el juego de los mercados -lo que exige especulaciones-, su acción en lo financiero y en lo productivo, no es nada malo ni condenable. Es más, se puede demostrar que así es como el hombre dejó de ser aquel ser degradado, maloliente, de escasa esperanza de vida, al que aludió Hobbes.

Después de la Revolución Industrial existió en la Iglesia de Francia -recordemos los célebres sermones del padre Félix S.J. en Notre Dame- una admisión de los planteamientos de la ortodoxia de los grandes clásicos. Una serie de excelentes economistas, desde Paul Leroy-Beaulieu a Thery y los componentes de la Escuela de Angers, sostuvieron estos puntos de vista hasta ser sumergidos por la corriente doctrinal católica alemana, que se vinculó a la heterodoxia económica del historicismo y del socialismo de cátedra. En Francia también, a comienzos del siglo XX, la Iglesia defendió sus activos, trasladándolos a España, al huir de la campaña anticlerical del Gran Oriente Francés, cuando éste lanzó el llamado asunto de los mil millones. También esta Iglesia tuvo equivocaciones tan espectaculares como el célebre asunto Bontoux, que provocó una ejemplar reacción entre la Jerarquía gala. El primer impulso a nuestra industria hidroeléctrica, en parte, partió de ahí, de esta llegada de fondos católicos galos. Y mucho nos benefició, así como a las necesidades de la Iglesia en el país vecino.

Sin embargo, en el siglo XX, un grupo importante de católicos, y dentro de él algunos teólogos, comenzó a dejarse influir por asertos que, de algún modo, se enmarcan en la marcha hasta el socialismo de la que habló también Schumpeter en su postrer ensayo. Procuraron crear una mala conciencia en los empresarios, en los financieros, en los grandes dirigentes de la vida económica. Sólo el Estado, con su intervencionismo, o extraños y utópicos movimientos contra el capitalismo, podían justificarse moralmente. Su presión fue colosal, al menos hasta que la encíclica Centesimus annus, de Juan Pablo II, comenzó a levantar esta losa, tras haber escuchado Su Santidad a un importante grupo de maestros de la economía.

El reflujo ha comenzado, pero los rescoldos de esta reacción contra el mercado, contra la especulación, contra la búsqueda de beneficios, aún permanecen. Por eso se considera incluso impropio que la Iglesia se dedique a actuar en el mundo financiero. Pues bien, hay que decirlo alto y claro. La Iglesia tiene obligación de, con los fondos que administra, obtener las mayores rentas posibles, para dedicarlas a sus fines pastorales: tareas caritativas, acciones misioneras, atención pecuniaria de los servidores del culto, desarrollo de los centros de enseñanza. Por tanto, nada de desagarrarse las vestiduras porque estos fondos se inviertan en los mercados financieros. Otra cosa sería estúpido.

Dicho esto, es también evidente que se trata de dinero sagrado, esto es, que no es tolerable cometer con él imprudencias, como se ha puesto, por ejemplo, en evidencia más de una vez, y no sólo en el caso de Gescartera, en el que la acumulación de estupideces y de estúpidos asombra. Por ello creo que ha llegado el momento, para la Iglesia española, de crear un Consejo, Comisión, o cosa así, de notables expertos en cuestiones financieras a los que se convoque -y que tendrían, a mi juicio, responsabilidad moral grave si no acuden a esa convocatoria-, para aconsejar a la Jerarquía en estas cuestiones. Con este Consejo o Comisión, no hubiera sida posible que se cayese en el garlito de los pingües beneficios que anuncian, más de una vez, los aventureros y desaprensivos. Simultáneamente la Iglesia debe señalar que la lucha para eliminar la pobreza es su labor, y que centrar la vida en el dinero es reprobable, y que no tiene sentido, como ya sostuvo Aristóteles, identificar el comportamiento racional del hombre con la búsqueda incansable de la riqueza. También que debe apoyar la búsqueda del orden del mercado, como ha sostenido la Escuela de Friburgo tan ligada a esa Universidad Católica alemana, para impedir monopolios. Igualmente, que se debe luchar contra la masificación y que el mercado no debe afectar a nada que suponga restringir la dignidad de la persona humana, o lo que es igual, que el mercado laboral no puede ser libre.

Nada de eso quiere decir que se pueda descuidar el que de los activos económicos eclesiásticos sean administrados de modo tal que sean capaces de rendir los mejores resultados materiales posibles. Hay que recordar, con la ciencia económica en la mano aquello de los Hechos de los Apóstoles: «Oí una voz que me decía: Anda, Pedro: mata y come. Yo respondí: Ni pensarlo, Señor; jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro». Ayunos de conocimientos de economía -no fue este el caso, por cierto, de la Escuela de Salamanca-, a lo largo del siglo XX se han declarado impuras demasiadas tomas de posición en economía, que han impedido matar y comer cosas que Dios había declarado puras no sólo a los miembros individuales del pueblo de Dios, sino a la propia Iglesia.
 
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