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Julio de la Vega, "El complejo mundo de las sectas" PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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1) ¿QUÉ SON?

Aunque parezca mentira, hay que empezar diciendo, en un trabajo dedicado a las sectas, que no existe ninguna definición completamente satisfactoria de “secta”. Las acepciones que proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como la primera: “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”) pueden servir para cualquier religión, e incluso, en otros casos, se pueden aplicar a grupos con un ideario común como partidos políticos o incluso asociaciones constituidas para defender una idea. De hecho, al tratar de este tema se suelen eludir las definiciones precisas, y se suelen sustituir por descripciones a partir de unas propiedades: “secta es un grupo religioso en el que se cumplen las siguientes características: ...”. En realidad, es un concepto bastante ambiguo, del que se tienen los elementos, pero cuando se intenta definir resulta que siempre encontramos alguno de los elementos que queda fuera de la definición, e incluso que pueden entrar otros grupos no considerados como secta. O sea, que no están todos los que son, y puede que no sean algunos de los que están.

Esa dificultad se refleja en los escasos documentos de la Iglesia Católica que aluden a esta cuestión. Se es consciente de la ambigüedad del término “secta”, y se acompaña de otras palabras que hacen hincapié en la novedad. Así, el documento que redactó en 1986 el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, junto con otros tres organismos pontificios (Secretariados para los No Cristianos y para los No Creyentes, y Consejo Pontificio para la Cultura), llevaba por título Desafíos pastorales. Sectas o nuevos movimientos religiosos. Y la reciente Exhortación Apostólica Ecclesia in America, de Juan Pablo II, habla de “sectas y nuevos grupos religiosos” (n.73). Los documentos sobre el tema de varias Conferencias episcopales emplean también una terminología semejante. En España, el trabajo más riguroso de catalogación y descripción de las sectas, a cargo del Prof. Manuel Guerra Gómez, lleva por título Los Nuevos Movimientos Religiosos (Eunsa, 1993), y con este término los designa. Posteriormente, el mismo autor ha publicado el Diccionario enciclopédico de las sectas (BAC, 1998), aunque en este caso el título, centrado en el término “secta”, puede deberse más a razones comerciales que de rigor científico.

En todo caso, es patente que situar el criterio definitorio en la novedad no resuelve el problema de la imprecisión. En primer lugar, porque se basa en un criterio muy circunstancial, aunque digno de tenerse en cuenta. Y, en segundo lugar, porque es evidente que hay nuevos movimientos religiosos que no pueden calificarse de sectas. Además, la “novedad” tiene límites muy imprecisos: ¿cuánto tiempo se necesita para dejar de ser “novedad”? ¿Un siglo? ¿Y por qué un siglo, y no medio, o siglo y medio? De todas formas, la novedad es un factor a considerar, pero como consecuencia: no hay mucha continuidad histórica, pero no porque no haya habido sectas en el pasado, sino más bien porque tienden a ser efímeras, a no durar mucho. Es un producto defectuoso, y por eso tiende a durar poco.

En el aludido Diccionario enciclopédico de las sectas, Guerra da una definición de secta. Una secta –escribe (pag. 818)- es la clave existencial, teórica y práctica, de los que pertenecen a un grupo autónomo, no cristiano, fanáticamente proselitista, exaltador del esfuerzo personal y expectante de un cambio maravilloso, ya colectivo –de la humanidad-, ya individual o del hombre en una especie de superhombre. Hay algunos puntos de particular interés en esta definición. Uno es que, aunque la “clave existencial” es lo que corresponde a la religión, evita la palabra “religión” o sus derivados. El motivo es la existencia de sectas que pretenden ocupar el lugar de la religión con una explicación pseudocientífica que no hace referencia a divinidad alguna, aunque por otra parte mantengan rasgos propios de las religiones. Otro punto interesante es el de su carácter no cristiano. No significa que Jesucristo carezca de un lugar relevante en su doctrina –también lo tiene en el Islam, y nadie lo considera cristiano-, sino que no se le considera Dios. Y resulta lógico que así sea, pues, aunque bastantes sectas se autoproclamen cristianas, desde el momento en que la doctrina de Jesucristo es alterada por el advenimiento de un “profeta” o equivalente posterior, es éste quien ocupa el lugar supremo, desplazando, quiérase o no, a Cristo, que por ello no puede ser considerado como Dios encarnado. De todas formas, hay algunas excepciones, y una explicación para ellas. En las sectas de origen cristiano, la secta supone una degradación con respecto al grupo de origen. Cuando éste es, como sucede en la mayoría de los casos, protestante, el grupo desgajado, al simplificar todavía más un cristianismo ya de por sí carente de varios elementos sobrenaturales, se sale del tope a partir del cual ya no puede considerarse cristiano. En las pocas que surgen del catolicismo, no suele llegar a tanto, y es lo grotesco, en vez del carácter no cristiano, lo que suele caracterizarlas. En España, por ejemplo, se suele considerar como secta el grupo exótico y un tanto grotesco nacido alrededor del Palmar de Troya, registrado como “Iglesia Cristiana Palmariana” y bajo el liderazgo del autocoronado “papa” Clemente Domínguez. Es indiscutible que ese grupo está totalmente desgajado de la Iglesia Católica y que tiene rasgos sectarios: el tono estrafalario que adopta y lo grotesco del grupo y de su creador, un curioso visionario, pues por otra parte, considerado el hecho en sí mismo, no pasa de ser un cisma.

En donde no hay excepciones es en el carácter autónomo de las sectas. Por eso, este rasgo indica que no puede haber sectas dentro de las Iglesias cristianas. Esto es inequívoco: aunque puede darse el caso de grupos extremistas, o incluso de un cierto “espíritu sectario”, en el seno de una Iglesia, no pueden calificarse de sectas. En el caso de la Iglesia Católica, Juan Pablo II ha dejado bien claro que el apostolado católico debe estar bien lejos de la metodología agresiva de bastantes sectas; la Iglesia censura, en concreto, “un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa” (Ecclesia in America, 73).

Este rasgo de separación nos sitúa ante otra de las características utilizadas para calificar a un grupo como secta. La segunda acepción de la palabra “secta” que ofrece el Diccionario de la Real Academia se centra en este aspecto: “doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra”. De hecho, la raíz etimológica del término concuerda con este significado. “Secta” procede del latín, de una raíz de la que proceden otras palabras como “seccionar” o “secesión”; viene a significar “lo que se ha seccionado”. De hecho, varias de las sectas más conocidas han surgido como una secesión de un grupo religioso mayor.

De todas maneras, todos estos rasgos, con ser frecuentes e incluso importantes, no acaban de dar una respuesta clara a la pregunta de qué es una secta. Hace falta una definición más precisa. La que proporciona Guerra tampoco acaba de ser convincente, y el mismo autor señala que “no puede pasar de descriptiva”. Pero es que, de una parte, hay sectas que no son fanáticamente proselitistas –las hay que sólo quieren congregar una élite de “elegidos”-; ni que exaltan el esfuerzo personal, o al menos no más que cualquier religión; ni tampoco todas tienen un carácter apocalíptico; ni todas proceden de una escisión de otro grupo preestablecido. Y, de otra parte, es evidente que hay nuevos movimientos de carácter religioso que no pueden ser considerados sectas, así como que puede haber grupos con alguna de las características arriba enumeradas que tampoco lo son.

Entonces, ¿cómo podemos definir una secta? Puede aventurarse una definición que, si bien no es perfecta, sirve para encuadrar las que se mencionan aquí, y se centra en lo que parece ser las características esenciales: entendemos por “secta” un grupo autónomo estructurado sobre un sucedáneo de religión que tiene su origen en la doctrina de un visionario.

Y es que, efectivamente, si nos remontamos al origen de una secta siempre nos encontramos con una especie de “iluminado”, que asegura haber recibido una “luz” sobre las cuestiones más propiamente religiosas: el origen y el destino del hombre. Puede tratarse de una supuesta revelación, en cuyo caso se presenta como profeta de la divinidad; en este caso se suele partir de una religión, que queda así “superada” con la nueva “revelación”. Puede asimismo alegarse otro origen, como puede ser las pretendidas dotes personales excepcionales, el entronque con sabidurías antiguas, e incluso los extraterrestres; en estos casos, se suelen presentar como originales, aunque, como es lógico, no carezcan de influencias. No hay, en ningún caso, más motivo razonable para seguir al creador de una secta que su “carisma personal”, que se mezcla con una argumentación que va desde una pseudociencia –una “gnosis”- hasta la tergiversación de textos y fuentes de las religiones, y en particular de la Biblia. El resultado es un conjunto de creencias muy poco razonable –con frecuencia, llamativamente irracional-, lo cual tiene sus consecuencias. La primera es la falta de racionalidad en lo que se cree; de ahí que sea frecuente el hecho de que, cuando uno se encuentra con algún propagador de una secta e intenta razonar, su reacción suela ser la huida o el enquistamiento. También explica por qué el objetivo principal de muchas sectas sean personas con un escaso nivel cultural y una menor preparación en materia doctrinal. Lo más lógico, cuando se intenta una expansión en serio, sería ir prioritariamente a personas influyentes; de hecho, algunas las buscan, pero más bien entre personas famosas por motivos ajenos a su nivel cultural –deportistas, artistas, etc.-, no entre intelectuales. En cambio, cuando los miembros son gente de cierto nivel social, sucede lo contrario: un fuerte elitismo reservado a un selecto y reducido grupo de elegidos, en el que la racionalidad suele ser sustituida por la “visión” o la pasión.

Otra consecuencia es que sucede lo mismo a nivel colectivo. No se apela a que sea razonable lo predicado, sino a la autoridad incontestable del fundador. Por eso todo viene como instrucción desde arriba, sin otro margen para el seguidor que el aceptarlo sin que quepa pedir explicación alguna fuera de la que oficialmente se da. No se trata de que no haya espacio para la contestación –al fin y al cabo, no deja de ser razonable: o lo aceptas, o te vas-: es que tampoco lo hay para la teología o la filosofía. Y aquí podemos hallar un elemento diferenciador: si en algún grupo religioso hay un teólogo distinto al jefe supremo, salvo que sea su “mano derecha” (algo equivalente al “ideólogo del partido” en política) aquello no es una secta.

Todo esto motiva el tan achacado fanatismo de las sectas y sus miembros. Y es que, en efecto, el fanatismo se caracteriza por la falta de racionalidad, ante la cual la adhesión debe basarse en la visceralidad, en el apasionamiento del que no quiere entrar en razón, muchas veces porque se sabe vulnerable –o lo intuye- si lo hace. Por el mismo motivo, ya que el único argumento acaba siendo el de autoridad, se explica la fuerte cohesión y disciplina del grupo.

Como es lógico, la rareza de las ideas se suele corresponder con la rareza del personaje que las proclama. Conocer la vida de los creadores de sectas suele ser un buen antídoto para no dejarse embaucar por ellas. Suelen ser personas de frenética actividad propagadora de su doctrina, pero no personas de una conducta ejemplar, y menos aún de una marcada espiritualidad personal. No es sorprendente, además, que una teoría poco racional provenga de un sujeto con problemas de racionalidad, o, en otras palabras, con trastornos psíquicos. Por dar algunos ejemplos, encontramos que el fundador de los Testigos de Jehová vendía a sus seguidores “trigo milagroso” a sesenta veces su precio de mercado (fue condenado por estafa), y resulta tanto más difícil explicar en qué iba a consistir ese carácter milagroso en cuanto que lo vendía a un año escaso del fin del mundo según su propia profecía. O que el fundador de la Iglesia de la Cienciología la fundase como tal cuando su “método de curación” empezara a estar amenazado por demandas de intrusismo en la medicina, y se le presente como venido de Venus (o sea, que un grupo que pretende basarse en la ciencia asegura que viene de un “edén” consistente en un yermo estéril a quinientos grados centígrados y cien atmósferas de presión). O que el creador de la llamada “secta Moon” diga de sí mismo que “el mundo entero está en mis manos” o que “si algo deseo se cumplirá”, lo que, aparte de absurdo, no es precisamente un buen cartel para atraer adeptos.

Se explica así que lo que ofrece una secta sea, más que una religión, un sucedáneo de ésta. En realidad, y esto ha sucedido siempre en la historia, se trata de subproductos que tienen auge sólo en la medida en que las crisis en el seno de las que merecen llamarse propiamente religiones les dejan un hueco. Cuando se esparcen las dudas, las vacilaciones, las mentalidades relativistas, o se cercena el mensaje religioso dejando en la penumbra lo más esencial, es cuando se produce un deseo de respuestas sostenidas con certeza, y se está dispuesto a creer hasta lo inverosímil. Ése es el caldo de cultivo donde florecen las sectas, con unas doctrinas que de otro modo serían tenidas por extravagancias o chifladuras. Juan Pablo II así lo señala, cuando escribe que “hay que preguntarse si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a las necesidades materiales de los destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que tienen esos pueblos (de América latina, en este caso), dejándolos así vulnerables ante cualquier oferta supuestamente espiritual” (Ecclesia in America, 73).


2) QUÉ NO SON


El término “secta” se está utilizando en la actualidad con demasiada profusión y demasiada poca precisión. Por el carácter peyorativo que hoy connota –no siempre ha sido así, ni mucho menos-, hay una tendencia a utilizarlo como arma arrojadiza para desprestigiar a los grupos religiosos que no gustan, o cuyos métodos no gustan. Hay personas agnósticas que califican de secta a todo grupo religioso que muestra convencimiento y espíritu proselitista, simplemente porque desde su óptica son incapaces de distinguir convencimiento de fanatismo. “Proselitismo” se está convirtiendo en una palabra maldita, cuando en realidad sólo significa ganar adeptos, y el problema, si lo hay, está en el modo de conseguirlos, no en el hecho de conseguirlos. Porque está claro que, en una sociedad libre, como la que presumimos con razón de tener, uno de los derechos más elementales es el de exponer las ideas propias, y por tanto, el de tratar de convencer. Ahí está la publicidad como muestra patente; publicidad que puede hacerse molesta –casi todos tenemos experiencia de ello-, pero que no puede considerarse ilegítima por esta razón. Cosa distinta es que sí sea ilegítima por falta de ética, como cuando socava la libertad de elección con la mentira o con métodos subliminales. Pues con el tema que nos ocupa sucede lo mismo.

Con la cabeza más libre de prejuicios, es más fácil delimitar el campo de las sectas. Aquí se ha optado por atenerse a una definición que resulta algo más restrictiva de lo que es más usual, en pro de la precisión. De todas formas, siempre nos encontraremos con unos límites algo borrosos. Por un lado, no siempre resulta fácil distinguir con claridad una secta de una religión establecida. Como veremos, esto sucede con bastantes sectas orientales. La solución fácil, adoptada por muchos, es utilizar un criterio temporal –la secta es algo nuevo, lo que lleva siglos existiendo es religión-, pero la duración no deja de ser algo circunstancial y por ello poco riguroso como criterio. En otros casos, tampoco es del todo clara la distinción entre una secta y un grupo político extremista, precisamente porque los fanatismos suelen fundir política y religión. Y todavía quedan otros casos en los que la dificultad reside en catalogar algo como secta o como negocio, ya que hay algunos grupos en los que la religión (o similar) parece no ser más que la tapadera de un negocio, e incluso se ha llegado a dar el caso de alguna entidad comercial que adopta una especie de ideario y métodos propios de sectas para crear una cohesión y propiciar un fervor y una dedicación cuasirreligiosos. Aquí consideramos sectas a las que tienen –o al menos parecen tener- primariamente un carácter religioso o cuasirreligioso, descartando así a las que tienen un objetivo principal de naturaleza política o comercial. Lo que no se descarta es que una secta tenga negocios –a veces poco limpios, o de ganancias desmesuradas-, o tenga un objetivo político, que en ocasiones es uno bien sencillo de formular: conquistar el mundo.

Como ya se ha señalado, no se pueden considerar sectas los grupos pertenecientes a una iglesia, comunidad eclesial o religión ya establecida. Esto excluye no sólo cualquier institución o comunidad católica, sino también los grupos protestantes. En concreto, no son propiamente sectas los grupos evangélicos protestantes, aunque tengan algún rasgo de semejanza con las sectas, se les considere como tales con frecuencia, o incluso, curiosamente, se denominen a sí mismos –como sucede en ocasiones, al menos en España- con el término con el que se designa a las sectas en Estados Unidos (cult, “culto”). Coinciden con varias sectas en un método de captación claramente parasitario de la confesión cristiana más extendida –en España, el catolicismo-, de modo que lanzan una propaganda que incide sólo en lo que de común tienen –seguir a Jesucristo, cumplir los mandamientos-, para, después de presentarse como lo auténtico del cristianismo –con esa ambigüedad calculada-, ir poco a poco desvelando sus verdaderas creencias y las diferencias con la Iglesia Católica, y acabar por suscitar una fuerte inquina contra ésta (la pintan como satánica, y al Papa de “anticristo”, etc.). Coinciden también en dirigirse a capas sociales de poca cultura y preparación, como pueblos indígenas en América latina o poblados gitanos en España (un terreno muy desatendido pastoralmente, en el que han conseguido que un 60% aproximadamente de los gitanos pertenezcan al “culto”, aunque bastantes de esas conversiones sean todavía bastante superficiales). Pero, aunque constituyan una de las versiones más simplificadas del cristianismo, son cristianos, herederos de la corriente de fundamentalismo evangélico que surgió a mediados del siglo pasado en el protestantismo como reacción al llamado “protestantismo liberal”.

Tampoco se incluyen aquí entre las sectas organizaciones como la masonería, aunque haya especialistas en sectas que sí la incluyen. Aunque tenga, en sus diversas variantes y obediencias, una organización interna semejante a las sectarias (no siempre, de todas formas, con la cohesión que se pretende y se aparenta), una especie de culto parecido al de alguna secta, y una cierta “gnosis” en la “sabiduría” que en ella se adquiere, lo que se cree y se predica no es propiamente una doctrina religiosa, y menos aún procedente de “iluminados”, sino el racionalismo agnóstico –a veces ateo- propio de la Ilustración. Lo cual no obsta para poder encontrar, alguna vez, una auténtica secta –teosófica, gnóstica, satánica, o de otro tipo- formada alrededor de una logia masónica.

Sí que se incluyen aquí, en cambio, las sectas orientales, a pesar de que en más de un caso puedan ser integradas dentro de una religión. La peculiaridad de las principales religiones del extremo Oriente permite que esa integración sea compatible con la autonomía del grupo, así como con la dependencia de las “iluminaciones” de una persona. Por esta razón, caen dentro de la definición de secta. Además, hay que tener en cuenta que, en numerosas ocasiones, al trasladar las creencias orientales a Occidente, éstas se mezclan con aportaciones occidentales, dando lugar a doctrinas y grupos bastante singulares, y en ocasiones bastante fantasiosos y alejados de su matriz religiosa.


3) QUIÉNES SON


Es un hecho conocido que hay una gran cantidad de sectas. La variedad abarca todos los aspectos. Hay algunas con miles de adeptos por todo el mundo (aquí hay que advertir que casi nunca son de fiar los datos que proporciona la propia secta, aunque sea sólo para sus adeptos; si fueran ciertas las cifras de seguidores y los índices de crecimiento, hace ya años que las religiones tradicionales estarían agonizando, y más de medio mundo sería sectario), mientras que otras apenas son un puñado de personas en un mismo lugar. Hay algunas que tienen cierta implantación en algunos países, mientras que en otras naciones son otras las más importantes. Hay algunas que duran muchos años, y otras que son mucho más efímeras. En otro sentido, hay algunas cuya doctrina es tan inverosímil que cuesta creer que alguien se sume a ella –de hecho, se suele pensar que ocultan algo más inconfesable, que hay “gato encerrado”-, y otras con un credo menos disparatado.

Con todo este panorama, hacer una clasificación no resulta tarea fácil. Lo que parece más razonable en un espacio limitado es ofrecer una clasificación que abarque al menos una mayoría –siempre queda alguna que se escapa-, y, dentro de cada apartado, detenerse en aquellas que tienen una mayor implantación. De este modo, se pone al menos un ejemplo significativo de cada categoría, con lo que se puede entender mejor su naturaleza; y, a la vez, se da una exposición sucinta de las más importantes o las más conocidas, que son las que podemos encontrarnos con mayor probabilidad en forma de propaganda, “abordaje callejero”, templo en el vecindario, noticia de prensa, etc.

Se hace así una clasificación cuatripartita. Hay que aclarar que los ejemplos se ponen en relación con la realidad española de hoy. Así, por ejemplo, se dedica poco espacio a la Iglesia de la Unificación (la llamada “secta Moon”) pues, aunque en otros ámbitos geográficos –Estados Unidos, Corea (su tierra de origen), etc.- tenga importancia, su implantación en España es insignificante. Tampoco parece útil detenerse en la conocida como “Niños de Dios”, pues, aunque tuvo su importancia y, sobre todo, generó preocupación, hace una veintena de años, hoy ha sido prácticamente desmantelada (se demostró en juicio que era corruptora de menores), y carece por tanto de relevancia alguna. (¿Puede trasladarse el cuadro a América latina? En cierto modo sí, con la diferencia de que aquí encontramos una mayor variedad y, sobre todo, unas cifran mayores, tanto absolutas como relativas. ¿Motivos? El principal es la existencia de mayores sectores de población vulnerables. Pero también cuentan otros dos. Uno es la “temporalización” de la predicación católica en bastantes zonas, con pérdida del sentido trascendental de la religión. El otro es la cercanía de Estados Unidos, país de origen de gran cantidad de sectas, y, sobre todo, país en el que cuentan algunas de ellas con mucho dinero. Es tanto lo que algunas sectas y otros grupos protestantes gastan en latinoamérica, que han dado que pensar a más de uno que se trata de un verdadero intento centralizado de colonización religiosa).

a) Sectas de origen cristiano

Se trata de sectas originadas a partir de confesiones cristianas (protestantes casi siempre), que resultan ser una deformación del cristianismo, de forma que se mantienen formas cristianas a la vez que se vacía el credo de contenido hasta acabar en muchos casos rechazando la verdad central que identifica al cristianismo como tal: la creencia en que Jesucristo es el Hijo de Dios encarnado. Las sectas de este tipo son, con mucho, las más importantes, al menos si nos atenemos al número de adeptos. Aquí se exponen sobre todo las dos principales; hay, desde luego, muchas más, pero el examen de estas dos ya proporciona una cierta idea general que sirve para identificar al resto.

a.1- Testigos de Jehová

La denominación es apropiada, pues en España están registrados como “Testigos cristianos de Jehová” (aunque la sociedad norteamericana que tiene la propiedad intelectual se denomina Watch Tower Bible & Tract Society, “Sociedad de la Biblia y de los Tratados de la Atalaya). Es la secta más numerosa en España; las cifras no son muy fiables: han llegado a dar la de unos ciento cincuenta mil, pero está más que probablemente abultada, y algo menos de cien mil es un número más próximo a la realidad. En el mundo, sus seguidores suman unos cinco millones.

Dos nombres señalan el nacimiento y consolidación de la secta: Charles Taze Russell (1852-1916), el fundador; y Joseph Franklin Rutherford (1869-1942), el que la organizó y estructuró. La secta tiene un marcado carácter apocalíptico –en todos los sentidos de la palabra- desde el principio hasta hoy. Russell era un hombre particularmente hábil en los negocios, aunque inestable en su vida familiar e incluso religiosa, pues pasó por varias confesiones para asentarse solamente en la que él fundó alrededor de sus “revelaciones”. Éstas tenían su centro en el libro de Apocalipsis, en el que cree ver el fin del mundo en el año 1914; en ese año, tras la “batalla de Armagedón”, 144.000 elegidos irían al cielo con Jesús (“los cielos nuevos”), mientras que el resto de auténticos creyentes –sus seguidores- quedarían viviendo en un paraíso terrestre (“la tierra nueva” que menciona el Apocalipsis); el resto de la humanidad sería destruida. Este es el núcleo de su creencia, que se ha mantenido inalterable, con una lógica excepción: la fecha (pasó a ser 1918, 1925, 1941, 1975, y ahora es indeterminada, pero próxima).

¿Cuál era el papel de Russell en este panorama? Creyó encontrarlo en unos versículos del evangelio de San Mateo: “¿quién es, pues, el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente de la servidumbre, para darles el alimento a la hora debida? Dichoso aquel siervo a quien su amo cuando vuelva encuentre obrando así” (Mt 24, 45-46). Convierte así una enseñanza de estilo parabólico (eso sí, en un contexto profético) en una profecía literal que se refiere... a él. Russell fundó una sociedad –la Zion’s Watchtower Society, “Sociedad de la Torre de Vigilancia de Sión” o “Sociedad de la Atalaya de Sión”-, una revista –Zion’s Watchtower, hoy Watchtower, “La Atalaya”, que sigue siendo su principal publicación-, y se lanzó a propagar su organización, y a vender todo tipo de propaganda, rasgos estos que se mantienen. El resto de su doctrina consiste en una particular explicación –sobre todo, en materia moral- de pasajes sueltos de la Biblia, que han ido modificándose con el paso de los años y los diversos liderazgos de la secta. En cualquier caso, reniegan de toda iglesia constituida (pervierten la doctrina, son “satánicas”), y no consideran a Cristo como Dios (dependiendo de los momentos, le pueden conceder una cierta divinidad, pero nunca en pie de igualdad con Dios Padre).

El sucesor de Russell, Rutherford, fue quien dio a la secta el carácter y el “estilo” que la identifica. Rutherford (se suele mencionar como “el Juez Rutherford”, aunque sólo fue juez suplente en alguna ocasión aislada) era un hombre de carácter despótico, con una rígida mentalidad puritana (lo que no obstaba para haber tenido algún problema con el alcohol; quizás por ello, y en plena época de la “ley seca”, no lo prohibió a los adeptos). A él se debe la configuración de la secta como una entidad de rígido centralismo y fuerte burocratización y control. Él perfiló meticulosamente un fuerte código moral. Él fue también quien introdujo el nombre de “Jehová” como único de Dios (procede de una antigua lectura del hebreo: pronunciar “Yahvé” con otras vocales –en el hebreo clásico sólo se escriben las consonantes- para no pronunciar el Nombre santo).

En términos generales, los rasgos arriba mencionados explican su moral. Como el fin del mundo está cerca y sólo se salvan los “testigos”, hay urgencia en desarrollar un proselitismo frenético. No hay interés por un mundo de inminente destrucción: “no somos de este mundo” (se prohibe, no ya el servicio militar, sino incluso votar en elecciones políticas, y hasta reconocer o saludar una bandera). Lo cual lleva a una segregación en la vida social: la única sociedad que interesa es la teocrática posterior al evento final, y mientras tanto procuran adelantarla (admiten el término “sociedad teocrática”). Deben evitar todo lo que pueda suponer avaricia o apego a este mundo (se prohibe, por ejemplo, todo juego de azar, incluida la lotería), y tienen una moral sexual bastante exigente (aunque sólo en la conducta externa, y por lo demás no se excluye la masturbación). Por supuesto, se debe evitar todo contacto con lo que suponga una influencia en las ideas ajena a la que proviene de la secta (ha incluido hasta hace muy poco la prohibición de ir a la Universidad), y con quienes han abandonado la secta (últimamente parece admitirse en caso de familiares muy próximos, pero sin que pueda hablarse de religión). Por lo demás, se ha de creer y practicar... lo que diga La Atalaya desde la sede central en Brooklyn (Nueva York). Es conocido que han cambiado de ideas en bastantes cosas (la más conocida es la famosa prohibición de transfusiones de sangre, que aparece en 1950), justificando los cambios –y los fiascos en las profecías- con las teorías más peregrinas, como compararse con un velero que, para navegar hacia un puerto, debe hacer virajes según sople el viento; o, más en consonancia con su doctrina, afirmar que la luz de la verdad se va haciendo más brillante a medida que el Gran Día del Dios Todopoderoso se acerca. Esto ha motivado continuas retiradas de libros y revistas, y su sustitución por nuevas publicaciones; incluso los escritos del fundador mismo, Russell, están fuera de circulación.

La historia de la organización ha sido azarosa, con rápidas expansiones y contracciones. En la cúpula, a la muerte de Rutherford le sucedió N.H. Knorr, que murió poco después, sucediéndole Frederick W. Franz. Éstos siguieron detentanto el control absoluto, aunque su tono era menos personalista, y las declaraciones y publicaciones se hacían a nombre de la “Organización de Dios” o la “Sociedad del Nuevo Mundo” (el término es de Knorr). El problema llegó en 1975, para el que estaba profetizado el nuevo mundo y la caída del viejo. Evidentemente no llegó, lo que provocó una fuerte sacudida entre los “testigos”, que perdieron en poco tiempo un tercio de sus adeptos. Esto provocó algunos cambios. Siguió habiendo un presidente (el actual es Milton Henschel), pero asistido por un “consejo de ancianos” –su número varía: entre 11 y 18, y por supuesto son “ungidos” que entran en los 144.000 privilegiados-, cuya función anterior era más nominal que real (con Rutherford ni existía). Ya no se ha vuelto a dar una fecha para el fin del mundo, aunque se sigue diciendo que será “muy pronto” (la excusa que se dio por el fallo y la falta de nueva fecha concreta era que ¡no podía calcularse el tiempo entre la creación de Adán y la de Eva!). En todo caso, siempre la cúpula ha reivindicado una inspiración directa desde el cielo: Jesús mismo interpreta la Biblia, y la comunica a “la Sociedad”; lo único que ha variado es la intermediación celeste: con Russell era el “Espíritu de Jesús”, con Rutherford los ángeles, después volvió el “espíritu de Dios”. Así, sus enseñanzas, en especial las que aparecen en La Atalaya, son tan sagradas e indiscutibles como la Biblia misma.

La cúpula jehovista tiene su sede central y editorial (“Betel”) en Brooklyn, en un centro donde trabajan más de dos mil “betelitas”. En el otro extremo de la organización, la célula básica es la “congregación” (unas 27.000 en el mundo), a cargo de unos “ancianos” (elders), con varios cargos jerarquizados y alrededor de una especie de templo o “Salón del Reino”. La escala sube a través de “distritos”, “circuitos” y “grupos”, a cargo de supervisores (“superintendentes”) de rango creciente, hasta llegar a la sede central neoyorkina. Los ancianos tienen la misión de controlar la doctrina y la integridad moral de los testigos, y la propagación de la secta.

Quienes tachan a esta secta de particularmente nociva esgrimen principalmente dos argumentos: el daño espiritual provocado en los miembros, que quedan con una personalidad anulada poco menos que irrecuperable en muchos casos (se habla incluso de “síndrome disociativo atípico” para caracterizar el fenómeno); y, en segundo lugar, la explotación económica de los mismos por sus jerarcas, de forma que es frecuente hacerse la idea de que toda esta organización no es más que un montaje que busca en realidad el enriquecimiento a costa de unos infelices. ¿Qué hay de verdad en ello? Para ser honrados, es difícil dar una respuesta con total precisión y certeza. Hay bastantes dificultades: desde la falta de transparencia de la propia organización, hasta el riesgo de convertir casos particulares en reglas universales, pasando por el hecho de que un grupo que se segrega tanto como los testigos de Jehová suele producir juicios muy encontrados –incondicionales adhesiones por un lado, radicales detracciones por el otro- con el consiguiente peligro para la objetividad. No obstante, son cosas que no pueden pasarse por alto, y hay que intentar responder con verdad. Hay datos que permiten una aproximación bastante objetiva.

Lo primero que aparece como cierto es que un testigo de Jehová, y en particular si es un “Publicador de las Buenas Nuevas” –el militante de base-, está sometido a una tensión bastante fuerte. La misma segregación es el primer factor de tensión: es vivir en una sociedad en la que se participa muy a medias y frecuentemente con personas con las que se pueden compartir pocas cosas. Si se trata de una sociedad perversa cuyo fin es inminente, esa separación resulta más comprensible y tolerante, pero lo cierto es que los años transcurren y ese final apocalíptico no acaba nunca de llegar. Además, cuando alguien se segrega, tiende a ser considerado por los de alrededor como un “bicho raro”, y se le señala con el dedo como tal.

Este factor se exacerba cuando las diferencias están dentro del seno familiar, y sobre todo cuando uno de los cónyuges es testigo de Jehová y el otro no. El carácter mismo de la organización produce un distanciamiento, y la dedicación a la secta, unida al control de ésta, es un serio foco de conflictividad. De hecho, son matrimonios con un altísimo porcentaje de separaciones. Y puede comprobarse que la mayor parte de relatos de exmiembros que se exponen para afirmar el carácter inhumano de la secta, tratan de dramas familiares y familias rotas por ser uno de los cónyuges seguidor de la secta.

La dedicación que se pide al militante es un segundo factor importante. Aquí hay que tener en cuenta que se trata de una dinámica basada más en las ilusiones y aspiraciones humanas básicas que en la obligación estricta. Un seguidor de la secta tiene cerradas muchas puertas en la vida: muchos trabajos y ascensos le están de hecho vedados, no podía hasta hace poco enviar a su hijo a la Universidad, la vida social fuera del ámbito de la organización es muy limitada, etc. Sus expectativas, por tanto, se centran dentro de la misma organización. Y, en primer lugar, si quiere recibir el bautismo (ritual, no sacramental: los testigos de Jehová no reconocen la gracia ni sacramento alguno; no tiene reconocimiento como sacramento); y, posteriormente, si aspira a ser depositario de responsabilidades, tiene que “merecerlo”. Esto significa ponerse a disposición de una organización local con unos ambiciosos objetivos traducidos en metas programadas, lo que supone gastar todo el tiempo disponible a la propagación de la secta. Hay que tener en cuenta que la organización local –la congregación- está a su vez presionada por el escalón superior para conseguir unos resultados, y así sucesivamente hasta la cúspide, lo que motiva que con facilidad se den excesos de celo en los dirigentes locales, que exigen y presionan. De todo esta actividad se lleva un minucioso registro, y la estadística resultante sube todos los escalones hasta la central.

A todo esto hay que añadir que la mayoría de los jehovistas son lanzados a una actividad propagadora para la que no están bien preparados, salvo en lo que respecta a su determinación. La imagen de unos testigos de Jehová que abordan a la gente armados de unas sofisticadas “técnicas de captación” que dominan es bastante fantasiosa, excepto en lo del abordaje en sí mismo. La realidad más frecuente es la de unas personas con poca cultura que han recibido unos cursillos, con una sesión semanal de actualización, en los que se proporcionan unas instrucciones y argumentos que se aprenden casi de memoria, y que, sin una capacidad de razonar y dialogar fundamentando sus creencias, hace que salgan a la calle con una actitud acomplejada –se nota a primera vista muchas veces- y cohibida, teniendo que poner mucha fuerza de voluntad para superarlo. Escenas como la protagonizada por un testigo, que en un autobús urbano no se atrevió a hablar con nadie, y cuando se bajaba gritó de repente “¡Jehová es el único Dios!”, para poco menos que irse corriendo por la calle, son más habituales que la puesta en práctica de las complejas técnicas que algunos les atribuyen. E incluso los más veteranos y preparados suelen dar media vuelta cuando se encuentran con alguien medianamente bien preparado en cuestiones religiosas.

También ha de tenerse en cuenta la presión económica, con colectas y peticiones de todo tipo. Aunque se mitigue por el hecho de que pueden desprenderse con más facilidad de un dinero que no pueden gastar en muchas cosas en las que otros gastan, no deja de ser considerable, e incluso ha sido este hecho objeto de quejas entre los miembros de la secta que, lógicamente, no suelen trascender fuera de su ámbito. Este aspecto, no obstante, se tratará con más detalle un poco más adelante.

Sin embargo, el principal foco de tensión no proviene de los motivos analizados, sino del tipo de control que ejerce la secta sobre sus miembros. La rigidez y la burocracia que imprimió Rutherford se mantienen sustancialmente. Aquí no existe nada parecido al confidencial tribunal de misericordia que es el sacramento de la Penitencia, sino un juicio exterior a cargo de los “ancianos”, del que se hace acta, que se eleva y se conserva. Si se trata de algo grave, puede suponer la expulsión sin posible retorno, que en la creencia de los testigos significa la condenación irreversible, aparte del extrañamiento que supone de lo que hasta entonces ha constituido el círculo de relaciones, incluso familiares. Cabe un arrepentimiento público, sobre todo si es la primera vez –a fin de cuentas, a pesar de la imagen de un Dios implacable y vengador que tienen, en la Biblia también se habla de perdón-, pero, al igual que ser hallado culpable en asuntos de menor importancia, suele suponer la pérdida de cargos dentro de la organización, que también es irreversible por lo menos en muchos años. La perspectiva de una expulsión o de una pérdida de confianza permanente debe ser para muchos de los testigos algo muy preocupante, si no aterrador.

Previa al juicio es la denuncia, normalmente a cargo de otro seguidor de la secta. Por la proximidad y el conocimiento que ésta proporciona, no es extraño que provenga de un familiar o de un amigo. La moral que sostienen convierte en cómplice a quien no denuncie algo grave de lo que tiene certeza, con las consecuencias que cabe fácilmente figurarse. Se busca una cierta garantía procesal en el juicio, de forma que haya certeza de la culpabilidad del acusado. Esto implica la necesidad de testigos, lo que a su vez implica que, ante la duda, se decrete por los jueces –el tribunal es colegiado- el seguimiento del implicado para comprobar los hechos. No es necesariamente ocultado: en ocasiones se comunica al propio interesado que se le va a seguir. Pero, en todo caso, queda siempre en el aire la sombra de haber podido ser denunciado y de ser vigilado.

Todo este sistema puede provocar reacciones distintas, según el talante de cada persona. Pero indudablemente genera un mayor o menor ensimismamiento, ya que en la práctica no se puede tener una confidencialidad completa con nadie. Y si se tiene –por ejemplo, con el cónyuge-, puede provocar con facilidad conflictos internos. Con todo, peor aún puede ser lo que sucede cuando se cae en una conducta reprobable, lo cual, conociendo la debilidad humana, no puede considerarse algo muy extraño. Se entiende con facilidad que el sistema empuje, no a buscar la misericordia y el perdón, sino a esconder la falta. Lo que sigue es fácil de entender: la ocultación, la simulación, la posible ruptura interior y conciencia de vivir en la mentira, incluso la doblez, sobre todo si se ocupa un cargo de responsabilidad. No se pretende decir con esto que todo testigo de Jehová viva así, pero sí que no debe ser nada infrecuente. Y esto, mantenido durante años, hace un auténtico daño a la persona.

Cuando se analiza todo este panorama, se comprende la razón del deterioro espiritual e incluso psíquico que no es infrecuente encontrar entre testigos y ex testigos, sin necesidad de tener que recurrir a una especie de siniestras técnicas ocultas. Ante un cúmulo de motivos para vivir en una constante tensión, si bien se puede llevar mejor o peor según los casos, también es cierto que, estadísticamente, el precio que se paga por ello es constatable. Es la consecuencia de vivir en una especie de frenesí apocalíptico con una rígida mentalidad puritana.

La otra cuestión importante es la referida a las finanzas de la organización. Se suele decir, con bastante razón, que se trata de una gigantesca empresa de venta de propaganda religiosa con vendedores a título gratuito y gran dedicación –algunos con dedicación exclusiva-, con el consiguiente resultado de unos enormes ingresos que fundamentalmente van a parar a la central neoyorkina. Aparte de lo ingresado por las colectas, se barajan unas cifras de unos quinientos millones de revistas –La Atalaya y ¡Despertad!- y unos cincuenta millones de libros –su versión de la Biblia incluida- al año. La cifra impresiona, pero un análisis más detallado impresiona un poco menos. Si cada miembro es un activo vendedor, la venta per capita arroja un saldo de unas cien revistas y diez libros al año, lo cual no equivale a una “máquina de vender” muy eficaz. Suponiendo que cada testigo está personalmente suscrito a las dos revistas, el resultado aproximado es que cada mes compra cuatro y vende otras cuatro; en libros, es diez veces menos: no llega a uno al mes. Son, desde luego, cálculos bastante rudimentarios e inexactos, pero sirven para hacerse una idea. Hay, además, otro factor a tener en cuenta que no figura en las estadísticas. Y es que, si se considera por una parte la reticencia de la gente a comprar este tipo de productos; y, por otra, la conveniencia de vender para situarse bien dentro de la secta, se concluye que no es descabellado pensar que hay un porcentaje de estas ventas que son en realidad regalos que se informan como ventas. Corre así con el gasto el propio testigo (que en todo caso paga por adelantado todo lo que recibe); pensándolo bien, aunque sea una contribución extra, no es excesivamente caro quedar bien, o al menos no quedar mal. Y esto concuerda con lo que es experiencia común acerca de los testigos de Jehová por parte de los extraños: se regala bastante material impreso, y se vende muy poco. En resumidas cuentas, parece que la “máquina de vender” que muchos ven en los testigos no es una imagen muy certera; lo es mucho más la de “máquina de comprar”.

¿Y qué hace la cúpula de Brooklyn con los millones de dólares que ingresa? Está difundida una idea bastante cercana a la estafa, que presenta a una cúpula, quizás descreída, embolsando millones a costa de los pobres ingenuos que dan su vida al servicio de una causa que cínicamente inventan. No parece ser exactamente así en realidad. En 1990 dejó la secta –fue expulsado: se adujo la excusa de ¡cenar con un apóstata!, pero en realidad fue por atreverse a disentir- uno de los miembros del Consejo de gobierno supremo, Raymond Franz, sobrino nada menos que del entonces Presidente, Frederick Franz, y autor principal de una importante obra, un diccionario bíblico titulado Ayuda para entender la Biblia. Cuando, separado de la secta, tuvo que iniciar una nueva vida, necesitó pedir ayuda a algún amigo –precisamente el que había cenado con él- para poder instalarse, y vive una vida bastante modesta. No hay rastro de sumas embolsadas desde la cúpula de la organización. Y de su relato se deduce con claridad que, cuando era testigo de Jehová, creía en lo que hacía. Desde luego, aunque lógicamente la cúpula tiene mayores ingresos que los demás, los testimonios sobre los sueldos pagados en la central de Brooklyn coinciden en señalar que eran muy bajos. Incluso la casa que se hizo construir Rutherford en San Diego para esperar la resurrección de los Patriarcas (una de las profecías fallidas del “juez”), y que utilizaba él mientras tanto, a pesar de llamarse Beth Sharim (“casa de los príncipes” en hebreo) y de todo lo que se ha dicho sobre ella, se parecía más a un chalet de persona acomodada que a un palacio de príncipes orientales. Tampoco se conoce ningún templo fastuoso; y, desde luego, los “salones del Reino” de las congregaciones suelen ser bastante pobres.

Lo que sucede es que, junto a los ingresos, hay que considerar los gastos. A las más de dos mil personas cobrando de la organización sólo en Brooklyn, súmense los gastos de otros muchos con dedicación completa, los que supone abrir nuevos frentes, los viajes, los congresos, los edificios, y lo que cuesta la edición y distribución de tanta publicación y de una minuciosa burocracia, y la cuenta saldrá bastante abultada. No puede olvidarse qué tipo de organización es. Por la posición de sus afiliados, recauda muchos pocos, para alimentar a una estructura que, debido a su fuerte centralismo, control y dinamismo, es necesariamente compleja. Y necesita explotar a sus miembros (fuera de ellos, es evidente que no encuentra simpatías) para seguir sobreviviendo. Aunque no sea ésa precisamente la imagen que la propia organización quiere dar de sí misma.

Por lo demás, la historia del jehovismo pone de relieve que no es una realidad estática, que no cambie nada. Hay una evolución. La convulsión que siguió al año 1975 ha obligado a replantear algunas cosas. La tendencia actual parece dirigirse hacia la consolidación de la secta, al constatar sobre todo que en lugares donde llevan más tiempo se está produciendo una regresión. En España, por ejemplo, el techo parece que se tocó hacia 1997, donde es posible que se alcanzara la cifra de 100.000 miembros; desde entonces, está disminuyendo el número de adeptos. Ese deseo de consolidación se manifiesta, en primer lugar, en un intento se suavizar formas, y cuidar más las relaciones públicas. Atrás quedan desde luego los tiempos de Rutherford, en los que entraban en barrios católicos estadounidenses en coches con altavoz arremetiendo a gritos contra la Iglesia y el Papa. Hoy van formando incluso equivalentes a oficinas de relaciones públicas, en las que con la mayor simpatía intentan rectificar informaciones de prensa y explicar sus puntos de vista. Se ha llegado a dar el caso insólito de participación en algún congreso interreligioso. Pero también se intenta dar un rostro más humano de puertas adentro. En la versión actual del manual para la guía de congregaciones, dirigido a los “ancianos” –y, por supuesto, de circulación estrictamente restringida a éstos-, y titulado Presten atención a sí mismos y a todo el rebaño, se insiste más en buscar el arrepentimiento, se habla de misericordia, se insta a que se pasen por alto detalles de poca importancia.

La suavización parece que también afecta, no ya a las formas, sino también a la sustancia en lo concerniente a las reglas de conducta, y particularmente a la segregación. Pueden relacionarse más con personas ajenas a la secta, acudir a juzgados en determinadas ocasiones, recibir un décimo de lotería siempre que no lo paguen...etc. También, como ya se ha mencionado, pueden ya acceder a la Universidad. Sólo hay un punto que se ha endurecido: el trato con los “apóstatas”, los que han dejado la secta.

De todas formas, esta suavización tiene un límite y un margen no muy ancho, más allá del cual se desnaturaliza –y probablemente se disgrega- la secta misma (de hecho, ha aparecido ya alguna disidencia, sobre todo intentando presionar para que se acepten de nuevo las transfusiones de sangre). Su carácter apocalíptico le ha permitido una rápida expansión... y es a la vez su espada de Damocles. Se pueden mitigar, alterar o modificar muchas cosas, pero hay una que no puede cambiar: la convicción de que el fin del mundo –del actual, por lo menos- está cerca*. Pero el caso es que no acaba de llegar...

a.2- Mormones

“Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días” es un nombre demasiado largo para el uso común incluso de sus propios adeptos, por lo que el nombre común con que se les conoce es el de “mormones”. Deriva de El libro de (no “del”) Mormón (en adelante, LM), nombre de un libro que completaría los dos Testamentos de La Biblia. Por su duración, estabilidad, prestancia y respetabilidad parece que nos encontramos ante lo más parecido a una religión establecida, pero su origen y su doctrina son propios de secta.

Como en el caso del jehovismo, aunque casi un siglo antes, aquí también hay un fundador y un posterior consolidador, sin el cual la secta habría quedado en un pequeño grupo que no habría salido de Estados Unidos, como ha sucedido con algunas ramas desgajadas del tronco principal en sus comienzos. El fundador es Joseph Smith (1805-1844). Según los mormones, es “el profeta escogido para restaurar en la tierra la verdadera Iglesia de Jesucristo” (LM, Apéndice, pag. 195). La brevedad de su vida se debe a un final violento. La versión oficial dice así: “Dondequiera que se establecían José Smith y los santos, eran duramente perseguidos. El 27 de junio de 1844, José Smith y su hermano Hyrum murieron como mártires en Carthage, Illinois” (LM, Apéndice, pag. 196). Efectivamente, murieron asesinados cuando estaban en la cárcel de Carthage, linchados por una multitud.

La cuestión que queda en el aire, sin embargo, es qué hacían en la cárcel, y a qué se debió el linchamiento. Las actas del juicio por este asesinato revelan que las dotes de seductor de Smith tuvieron más que ver que sus creencias religiosas, aunque había una conexión: creía en la poligamia, y la practicaba (no se conoce el número exacto de esposas que tomó, pero supera las treinta; un estudio reciente, publicado en Salt Lake City en 1997, que documenta bastante bien el tema, identifica 33 conocidas: cfr. Todd Crompton, In Sacred Loneliness: The Plural Wives of Joseph Smith). La acusación que le llevó a la cárcel a la espera de juicio comprende algunos delitos más. La versión oficial afirma que se trasladó a Illinois para confortar a sus seguidores, que estaban siendo acosados. Hostigados sí que estaban, y es posible que tuviera la intención de confortarlos, pero el traslado estaba motivado principalmente por su expulsión de Missouri decretada por el gobernador Boggs. Debió parecerle algo humillante a Smith, pues lo que declaró es que se iba por propia voluntad: “he pensado que es procedente y prudente dejar el lugar por un corto periodo, por mi propia seguridad y la seguridad de esta gente” (Doctrina y Convenios, sec. 109, ApB 1b*). No parece tampoco que fuera dispuesto a afrontar cualquier peligro, incluido el martirio; más bien parece que Illinois era sólo una escala –habla del acoso en los dos estados-, y pensaba ir más hacia el Este. Es también significativo que en esa misma carta (ApB, 1c) promete saldar sus deudas “a tiempo”: parece un indicio de lo que le llevó a la cárcel.

Smith perteneció a una familia cuyos padres se dedicaban a la adivinación y magia, y que cambió a un presbiterianismo estricto. Joseph no parece haberlo asimilado bien, pues se pasa pronto al metodismo, que tampoco acabó de convencerle. Aquí llegó la visión: Dios le elegía para fundar la auténtica iglesia, pues el resto eran falsas. Poco después hay una nueva visión: el ángel Moroni le habla del Libro de Mormón, escrito en planchas de oro y oculto en el Cerro Cumarah, que debía desenterrar y traducir en parte. Así lo hizo y... el ángel se llevó las planchas.

El poder de persuasión de Smith era indudable. A su temprana muerte, aparte del disperso harén, tenía numerosos seguidores, con una cierta organización; incluso se le acusaba de tener una milicia en Missouri (aunque en todo caso no sería muy poderosa si no pudo evitar su destierro). Una de sus profecías era que el “nuevo Sión” se establecería en Missouri. No se cumplió, y el principal responsable de ello fue el sucesor de Smith, quien dio a la secta su fisonomía y organización: Brigham Young. Con fundamento los mormones le llaman “el nuevo Moisés”. Viendo los problemas que se les echaban encima, tomó una decisión drástica (según los mormones, dictada por Dios): con sus veintisiete esposas, sus doce mil seguidores y todos sus arreos organizó un éxodo hacia el Oeste.

Parecía que iba a acabar en California, una verdadera “tierra prometida” para muchos por aquella época. Pero cuando pasaban por el valle del Lago Salado, una tierra árida con un gran lago de agua salada que nadie quería, Young decretó: “es aquí”. Y allí se quedaron. Fundaron la ciudad de Salt Lake City y colonizaron una tierra que con el tiempo se convertiría en el Estado de Utah. Era el año 1848. En retrospectiva, puede afirmarse que esa decisión los salvó: California era y es una tierra rica con muchas posibilidades, pero es seguro que hubieran tropezado con más dificultades que en Illinois; Utah, en cambio, era para ellos solos, y allí se pudieron organizar bien, alejados del resto del mundo.

Young demostró ser un hombre tenaz, autoritario y buen organizador. Estuvo treinta años al frente de la comunidad mormona, que se convirtió en una sociedad organizada que empezaba a prosperar. Consiguió vivir en paz con los indios y los blancos. Incluso tuvo dotes de diplomático, llegando a un acuerdo con la Unión cuando el presidente Buchanan le envió un pequeño ejército para apagar cualquier sueño secesionista. Cuando más tarde los mormones se lanzaron a propagar sus creencias, tenían una retaguardia y un respaldo del que no ha gozado ninguna otra secta.

Cualquier estudio sobre el mormonismo, sea a favor o en contra, acaba remitiendo a la misma cuestión: la autenticidad de las escrituras que, además de los dos testamentos de la Biblia, tienen por inspiradas. Las integran tres escritos. Uno es La Perla de Gran Precio, que, según los mormones, “contiene traducciones inspiradas de algunos de los escritos de Moisés, Abraham y Mateo; extractos de su historia y testimonio personal; y trece afirmaciones de la doctrina y las creencias de la Iglesia” (LM, Apéndice, pag. 196); o sea, unos añadidos y retoques al Antiguo Testamento, un relato autobiográfico, y los llamados “trece artículos” que compendian la fe mormona. El segundo es Doctrina y Convenios, que recoge, sobre todo, disposiciones doctrinales, ceremoniales y organizativas de Smith, como reveladas directamente por Dios a éste. También incluye algún escrito posterior a Smith, por lo que se considera un libro abierto, con posibilidad de posteriores revelaciones. Pero el más importante de los escritos es el Libro de Mormón. Éste sería un tercer testamento, colocado junto al Antiguo y al Nuevo. El papel de Smith sería aquí el de traductor; inspirado, eso sí.

El estudio externo de la “revelación” de Smith es complejo, y no permite sacar muchas conclusiones con nitidez. En los relatos autobiográficos de Smith se han hallado imprecisiones y errores en fechas, y faltas de concordancia entre relatos. Tres seguidores de Smith atestiguaron con su firma que habían visto las planchas del Libro de Mormón, pero le abandonaron, por lo que recurrió a una segunda tanda de ocho testigos. Posteriormente dos de la primera tanda volvieron a él, y alguno de la segunda dejó de seguirle. Como fuente histórica todo esto resulta farragoso, sin que permita concluir la falsedad de los testigos con absoluta certeza. Pero, a la vez, tampoco resulta una fuente muy consistente para ser alegada a favor de su autenticidad.

Hay, sin embargo, una prueba documental. Smith compró a un tratante de antigüedades, entre otras cosas, dos papiros que aportó como prueba de la autenticidad de su revelación, ya que según él estaban escritos en una variante del antiguo egipcio y contenían fragmentos del llamado Libro de Abraham, que forma parte de La Perla de Gran Precio. En la década de los 30 del siglo XIX no había medios para verificar o traducir los papiros, pero hoy día sí los hay. El resultado de su estudio es que son auténticos papiros antiguos (entre los papirólogos se conocen como “papiros Joseph Smith 1 y 11”, o “PJS 1 y 11”), fragmentos ambos de un único documento, y escritos en jeroglífico egipcio. Pero su contenido tiene poco que ver con Abraham, y mucho con los rituales funerarios de los antiguos egipcios, en concreto con el llamado Libro de respiraciones (un fragmento describe el entierro, el otro transcribe hechizos para el muerto). La investigación fue propiciada por los mismos mormones, pero tras el resultado no hablan ya más de este asunto, y los papiros descansan en algún lugar inaccesible de la Universidad Brigham Young de Salt Lake City.

Mayor interés tiene, sin embargo, el examen del contenido de los mismos libros mormónicos. El núcleo de éstos, y en particular del Libro de Mormón, consiste en el desplazamiento del centro de gravedad de la historia de la salvación obrada por Jesucristo a América del Norte. El nexo de una tesis semejante con la Biblia cristiana, aparte de alguno de los añadidos de Smith, sería el texto del Evangelio de San Juan en el que Cristo, tras decir que Él es el buen pastor, añade: “Tengo otras ovejas que no son de este redil, a ésas también es necesario que las traiga, y oirán mi voz y formarán un solo rebaño, con un solo pastor” (Jn. 10, 16). Estas palabras, para los mormones, no se referían a los gentiles –los paganos en general-, sino a un pueblo peculiar: los nefitas. Nefi era –siempre según el libro mormón- un judío que fue instado por Dios para salir de Jerusalén con su casa hacia el año 600 a.C., hacia una nueva tierra prometida, que alcanzó en barco tras cruzar la península arábiga. Por supuesto, se trataba de América del Norte. El Libro de Mormón narra, en quince libros, la historia de ese pueblo desde su origen hasta su destrucción en el 421 de nuestra era a manos de sus eternos enemigos, los lamanitas, por causa de su infidelidad y sus pecados, y a la espera de la promesa divina de un nuevo resurgir cuando Dios lo dispusiera (con Smith, claro está). Según la narración, fueron visitados por Jesucristo tras su Resurrección.

Un análisis de detalle pone de manifiesto la existencia de anacronismos –el mismo hecho de que aparezca dividido en capítulos y versículos ya lo es-, por mucho que se camuflen en un pretendido estilo bíblico en el que se repiten pasajes bíblicos enteros. El relato pinta a Nefi viajando hacia América con una especie de brújula milagrosa (LM,1 Nefi 18, 12 y 21; 2 Nefi 5, 12), curioso objeto en aquella época y en manos de alguien que no sabía bien hacia dónde se dirigía. Al llegar, encontró una fauna sorprendente para tratarse de norteamérica: no hay mención de bisontes o ciervos, y sí en cambio de asnos, caballos, vacas y cabras (LM, 1 Nefi 18, 25); incluso, en una ocasión, aparecen elefantes (LM Éter 9, 19). Por aquí y por allá surgen expresiones de conceptos insólitos, no ya en la América anterior al siglo V, sino en cualquier parte del mundo en esas épocas; algunos ejemplos pueden ilustrarlo:

- “Y cuando llegaron a su tierra, he aquí, para su asombro hallaron que los zoramitas habían edificado sinagogas, y que se congregaban un día a la semana” (LM, Alma 31, 12). Puede compartirse fácilmente el asombro, entre otras cosas porque cuando supuestamente salió Nefi de Jerusalén no existían allí todavía sinagogas, que comenzaron a erigirse a partir del exilio babilónico.

- “Y el resto de aquellos disidentes, más bien que caer a tierra por la espada, se rindieron al estandarte de la libertad” (LM, Alma 51, 20). La referencia es del año 67 a.C., y en esa época es difícil ver a alguien luchar por el “estandarte de la libertad”, y más difícil aún verle rendirse ante él.

- “Al grado de que se vieron obligados a entregar sus armas y rendirse como prisioneros de guerra” (LM, Alma, 56, 54). En esos años (65-63 a.C.), nadie podía soñar con un concepto tan civilizado como “prisionero de guerra”: el que se rendía quedaba como esclavo

- “Y sucedió que Moroni se irritó contra el gobierno a causa de su indiferencia en lo concerniente a la libertad de su país” (LM, Alma, 59, 13). Es verdaderamente asombroso encontrar una irritación de este género y en estos términos en el año 62 a.C.

- “Pues por causa de tantas guerras y contenciones (por “contiendas”), se había hecho necesario que de nuevo se hiciera una reglamentación en la iglesia” (LM, Alma 62, 44). Aquí el año es el 60 a.C., donde, si el concepto de “iglesia” resulta extraño, más extraña todavía es la noción de “reglamentación”.

- “Y no había sino muy poca madera sobre la superficie de la tierra, por lo que la gente que fue allá se volvió sumamente experta en obras de cemento; por tanto, construyeron casas de cemento en las cuales habitaron” (LM, Helamán 3, 7). Cualquiera que sepa algo de historia de la arquitectura puede decir lo reciente que es la construcción de cemento, y lo inaudito de una transformación así, y aparentemente instantánea, en el año 46 a.C. y en América.

- “Y no había abogado, ni juez, ni sumo sacerdote, que tuviera el poder para condenar a muerte a una persona, a menos que el gobernador de la tierra firmara la sentencia” (LM, 3 Nefi 6, 22). Se puede suponer que “abogado” es una mala traducción de “lawyer”, que puede significar “experto en leyes”, y que en el año 30 ya habían logrado un concepto tan afortunado como el de “persona”; pero lo de “firmar una sentencia” excede ya de lo admisible.

De todas formas, conviene que los árboles no impidan ver el bosque. Resulta ilógico que, mientras aparecen artículos en revistas mormonas sobre el descubrimiento en Omán –en un extremo de la península arábiga- de un lugar que encaja con la descripción de una etapa del viaje inaugural de esta historia, no haya rastros tangibles en la propia Norteamérica. El Libro de Mormón habla de una civilización con ciudades, murallas, un templo del tamaño del de Salomón; llega a decir textualmente que “toda la superficie de la tierra había quedado cubierta de edificios” (LM, Mormón 1, 7), muchos de ellos por lo visto de cemento; hace aparecer ejércitos organizados que combatían con espadas (se mencionan también cimitarras, un arma extraña en la Biblia: cfr., por ejemplo, LM, Mosíah 9, 16), y hasta con carros de guerra (cfr. LM, Alma 18, 10); y no se haya descubierto absolutamente nada de esto. No se ha hallado ni una espada, una tumba, una lápida, unas ruinas: nada. De todos los pueblos bíblicos se conservan y de descubren restos; de los mormónicos sólo aparece un papiro, que en cualquier caso no se tuvo nunca por americano, pero que además no tiene nada que ver con el mormonismo.

Hay algún aspecto polémico más. Quizás el más ventilado sea la poligamia. Los mormones renunciaron a ella cuando, a finales del siglo XIX –en 1890-, se les impuso como condición para que Utah ingresara como Estado en la Unión. Son monógamos desde entonces, salvo algún disidente que vive en Utah con dos o tres esposas (parece que se les tolera de mala gana). La explicación que suelen dar es una equivalencia con la época bíblica patriarcal, en la que Dios la permitía para el crecimiento del pueblo elegido, para después abolirse en tiempos del tercer sucesor de Smith, Wilford Woodruff, que “recibió una revelación en la que se puso fin al matrimonio plural en la Iglesia” (LM, Apéndice, pag. 212). Puede parecer más o menos razonable, pero el caso es que no encaja con lo que dice su propio libro: “Por tanto, yo, el Señor Dios, no permitiré que los de este pueblo hagan como hicieron los de la antigüedad. Por tanto, hermanos míos, oídme y escuchad la palabra del Señor: Pues entre vosotros ningún hombre tendrá sino una esposa; y concubina no tendrá ninguna” (LM, Jacob 2, 26-27). El texto es claro, y tendría que haberlo sido también para Smith cuando lo puso por escrito.

Hay además algún rasgo que refleja el ambiente donde vivió Smith. Es llamativa la ausencia de mujeres en las escrituras mormónicas. Genéricamente sí están presentes, pero no hay nombres propios –salvo el de la Madre de Cristo, y en contadas ocasiones-, ni el más mínimo protagonismo. Del mismo modo, en los escritos epistolares de Smith que forman la mayor parte de Doctrina y Convenios, aparecen muchos nombres propios, pero ninguno es de mujer; hay revelaciones dirigidas a muchos seguidores de Smith, pero nada dirigido a ninguna de las que había tomado por esposas. Puede debatirse si el fundador del mormonismo respetaba o no a las mujeres –en Carthage indudablemente pensaban que no-, pero lo que resulta patente es que de hecho no contaban para nada distinto a la maternidad.

Peor cariz tiene lo que ha sido una continua acusación hacia los mormones: el racismo. En los Estados Unidos de la tercera década del siglo XX había estados esclavistas y otros que no lo eran, pero la superioridad de la raza blanca era algo que pocos discutían. Y en el Libro de Mormón hay reflejos de ello. Expresiones como las siguientes dejan poco lugar a dudas: “¡Oh hermanos míos, temo que a no ser que os arrepintáis de vuestros pecados su piel (de sus enemigos lamanitas) será más blanca que vuestra piel, cuando seáis llevados con ellos ante el trono de Dios!” (LM, Jacob 3, 8); “Y la piel de los lamanitas era obscura, conforme a la señal que fue puesta sobre sus padres, la cual fue una maldición sobre ellos por motivo de su transgresión y su rebelión en contra de sus hermanos Nefi, Jacob, José y Sam, que fueron hombres justos y santos” (LM, Alma 3, 6); “Y aconteció que aquellos lamanitas que se habían unido con los nefitas fueron contados entre éstos. Y les fue quitada su maldición, y su piel se tornó blanca como la de los nefitas” (LM, 3 Nefi 2, 14-15); “... porque este pueblo será dispersado, y llegará a ser una gente de color obscuro, inmunda y repulsiva, sobrepujando a la descripción de cuanto se haya visto entre nosotros; sí, y aun lo que haya habido entre los lamanitas; y esto a causa de su incredulidad y su idolatría” (LM, Mormón 5, 15).

La historia posterior confirma el tono racista –eso sí, nada violento- con que se inició el mormonismo. En Utah tuvieron bastante buenas relaciones con los indios de los alrededores, pero no hicieron intento alguno de ganarlos para su fe, a pesar del carácter misional que manifestaban desde el principio. Sus misiones, empezando por Gran Bretaña –elección lógica, por el idioma y ser la tierra natal de Brigham Young-, se dirigieron exclusivamente a pueblos de raza blanca hasta hace relativamente poco tiempo. En teoría se aceptaba a todo el mundo, pero una “profecía” de Joseph Smith III en 1865 que se recoge en Doctrina y Convenios dice textualmente: “No te apresures a ordenar hombres de raza negra para oficios de mi iglesia, porque en verdad te digo que no todos me son aceptables como siervos; quiero sin embargo que todos los hombres se salven, pero cada uno en su propio orden, y hay algunos escogidos como instrumentos para ser ministros para su propia raza. Queda contento, Yo el Señor lo he dicho” (sec. 116, 4). Esto se ha traducido en que sólo muy recientemente han sido admitidos hombres de color al sacerdocio mormónico. Hoy en día se sigue notando: por ejemplo, hay un solo templo mormónico en África y, significativamente, está en la República Sudafricana. Los actuales mormones quieren renegar de todo esto, y, siguiendo con el ejemplo anterior, tienen prevista la construcción de un templo en Ghana. No es justo, desde luego, achacarles en exclusiva lo que era un prejuicio generalizado hace más de siglo y medio, pero, a la vez, no es muy razonable tomar como inspirados unos escritos que recogen ese tipo de prejuicios.

Si se pasa a examinar nociones más específicamente teológicas, aparecen reparos más importantes, sobre todo los relativos a la historia global que ofrece la fe mormona, por cuanto no se refieren ya a lo recogido en tal o cual pasaje, sino al conjunto de los escritos. Aparte de lo inverosímil de la historia, resulta que, al parecer, la misión de Jesucristo mismo es un fracaso... mientras no aparezca el profeta Joseph Smith. Porque resulta que la Iglesia fundada sobre los doce apóstoles fracasa desde el principio: desemboca, según su fe y las profecías del Libro de Mormón, en “la formación (“entre las naciones de los gentiles”) de una grande iglesia... la formación de una iglesia que es la más abominable de todas las iglesias (parece una alusión velada a la Iglesia Católica)... y vi que el diablo fue su fundador” (LM, 1 Nefi 13, 4-6). Ahora bien, a la fundada sobre la “rama americana” no le fue mucho mejor: dura casi exactamente cuatro siglos, para desaparecer por su iniquidad. Hace falta un tercer intento, lo cual, quiérase o no, supone no ya el fracaso de los hombres, sino el fracaso del mismo Jesucristo. Más aún: ¿cuál es el papel de un Joseph Smith, cuando resulta que Cristo, por sí mismo, funda dos iglesias que fracasan, mientras que cuando la funda a través del profeta es cuando por fin prospera?

Smith es, además, un profeta singular. Si se atiende a lo que escribió y a otros testimonios, la profecía no se limitaba a transmitir una doctrina, pues todo lo que hacía, disponía o quería era directa voluntad de Dios. Si se atiende a Doctrina y Convenios (DC en adelante), Dios revelaba hasta que le prepararan una casa, o que su padre no se moviera de la que tenía. Cuando pedía en matrimonio a una chica –adolescentes en buena proporción-, lo hacía en nombre de una revelación divina, aunque en este caso no lo ponía por escrito, en parte para que no se enterara su legítima esposa. Por supuesto, también revelaba todo tipo de maldiciones divinas para quien se interpusiera en el camino de Smith. No hay un profeta semejante en la Biblia, y no es de extrañar que los mormones sean más reticentes a difundir este libro que el de Mormón. Las predicciones tampoco se salvan. La mayoría que figura en los libros mormónicos son recogidas en los dos Testamentos bíblicos –en muchos casos textualmente (de la Biblia del rey Jacobo, una versión inglesa de 1611)-, pero hay unas pocas originales. La más clara es la que se refiere a la “nueva Sión”, donde se iba a edificar la “nueva Jerusalén” apocalíptica. El tono puede ser ilustrado con este texto: “He aquí que yo, el Señor, os he juntado para que la promesa pueda ser cumplida, para que los fieles de entre vosotros sean guardados y disfruten juntos en la tierra de Missouri. Yo, el Señor, lo prometo a los fieles y no puedo mentir” (DC, sec. 62, 6); y completado con este otro: “y esa ciudad será construida, empezando por el Templo, que ha sido señalado por el dedo del Señor, en los límites occidentales del Estado de Missouri, y dedicado por la mano de Joseph Smith, Jr., y otros con los que el Señor está complacido” (DC, sec. 83, 1c). Lo que parece tener pocos límites es la autocomplacencia de Smith y un protagonismo que pone en boca de Dios. Eso no es propio de la literatura profética. Es también interesante que, dando mandatos con nombre propio a diestro y siniestro, aquí prefiere omitir nombres. Al parecer, las defecciones habidas no lo hacían prudente. Pero, evidentemente, lo más importante es que en Missouri no hay nada parecido a una nueva Jerusalén o una nueva Sión. De hecho, por causa de esta profecía hubo un sector de mormones que se desgajó del tronco principal y no quiso emigrar con Young al Oeste, permaneciendo hasta hoy como una rama independiente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Estos son los motivos principales que sitúan al mormonismo entre las sectas. Si sólo se miran, por ejemplo, Los Artículos de Fe (incluidos en La Perla de Gran Precio), no hay, salvo la añadidura del tercer testamento y la apertura a posibles revelaciones futuras, muchas diferencias con algunas confesiones protestantes. Lo mismo puede decirse del mismo Libro de Mormón. Lo que parece deducirse de sus palabras es que hay un Dios; se admite la Trinidad, aunque parece interpretarse en sentido modalista (o sea, que más que tres personas son una sola que se presenta de tres modos diferentes); que Jesucristo es el Redentor universal, y es Dios; que existe la gracia, y que el Bautismo la confiere (prohiben el bautismo de niños, alegando que no hay pecados que perdonar: la doctrina del pecado original es ajena al mormonismo); admiten la “cena eucarística” en memoria de la Pasión, pero no como un sacramento propiamente dicho y, como los protestantes, menos aún con carácter sacrificial; reconocen un doble sacerdocio escalonado: el de Aarón primero, el de Melquisedec después; creen “en la misma organización que existía en la Iglesia Primitiva, o sea: apóstoles, profetas, pastores, doctores, evangelistas, y así en adelante” (Los Artículos de Fe, 6); y la moral es, básicamente, la que se encuentra en la Biblia. Hasta aquí, parece tratarse de una más entre tantas confesiones cristianas.

Pero, con una herencia de Smith acerca de una revelación abierta, unos profetas de fácil inspiración y un mayor énfasis en las novedades que en la Biblia, el problema es que toda esta doctrina se complicó tras su muerte. Las aportaciones de Brigham Young fueron delirantes. Empezó a hablar de unos dioses corporales –una especie de “Olimpo bíblico”-, de los que uno de ellos era Adán (bajó trayéndose a una de sus esposas: Eva), que resultó ser al final... ¡el padre carnal de Jesucristo!, que, a su vez, dejó descendencia directa, fruto de la poligamia (entre otras, con las dos hermanas de Betania). Lo que añadieron otros “profetas” y “apóstoles” es, cuando menos, fuente de ulteriores confusiones. Hasta se llegó a cambiar en la “cena eucarística” el vino por agua. Y no podían faltar, en todos estos añadidos, visiones apocalípticas de mucho efectismo.

El mormonismo de hoy, ante la imposibilidad de contradecir este cúmulo de visiones, intenta al menos olvidarlas, al menos las más estrafalarias, y centrarse en sus escrituras originales, aunque no le faltan oponentes que las recuerdan. Ya han dejado de ser una comunidad aislada en un territorio remoto. Ahora tienen unos siete millones y medio de adeptos en todo el mundo. De todas formas, su reparto es desigual: el centro sigue siendo el Estado de Utah –aunque la movilidad interna que hay en Estados Unidos motiva que la proporción de mormones en Salt Lake City disminuya-, y más de dos tercios de los mormones son estadounidenses. No es de extrañar que su afán misionero lo quieran orientar prioritariamente en dar una imagen de iglesia y no de secta. Eso significa, en primer lugar, un esfuerzo para establecerse en los cinco continentes y, hasta cierto punto, evitar parecer un producto norteamericano para norteamericanos.

De ahí el despliegue de medios para establecerse sólidamente en muchos lugares, con la profusión de misioneros y la construcción de vistosos templos. En España se han puesto de manifiesto ambas cosas. Cuando se escriben estas líneas se ha inaugurado recientemente un grandioso templo en el barrio de Moratalaz de Madrid, con instalaciones realmente vistosas. Forma parte de un programa de construcción que se extiende por todo el mundo libre. La imagen de los misioneros se ha hecho familiar: parejas de jóvenes de buena presentación, siempre varones: ellos solos deben prestar un servicio misionero de dos años -costeado normalmente por ellos mismos- tras convertirse en “élders” (término que han optado por castellanizar sin traducir), lo que sucede cuando reciben el segundo sacerdocio –“de Melquisedec”-, a partir de los dieciocho años. Están bien trajeados, con pelo corto, educados y correctos (a veces puede que un poco arrogantes, pero eso se debe más a ser norteamericanos que mormones), y desde hace unos años con una plaquita identificatoria. Su objetivo es que la persona abordada asista a una reunión explicatoria, para introducirse en las escrituras mormonas y pedir luces al Espíritu Santo para aceptarlas como inspiradas. Cuando acaban su periodo misional, vuelven a la vida normal.

En otro orden de cosas, han hecho también un esfuerzo para dar una imagen más razonable. La presidencia sigue siendo única –no puede ser de otro modo: es la sucesión de Smith a todos los efectos-, pero con dos consejeros adjuntos, y más filtros para admitir algo como profecía revelada. La organización es muy centralizada, aunque se han anunciado algunas medidas descentralizadoras. Por debajo de la presidencia y los dos adjuntos, hay un consejo de doce “apóstoles”, y otro inferior de 70 miembros. Por otra parte, han procurado –sobre todo en Salt Lake City- crear entidades y revistas de estudios mormónicos, distintos de los genealógicos (por tomar las palabras de San Pablo a los Corintios que aluden a un “bautismo por los muertos” en un sentido retrospectivo, que sirve para el rescate de un antepasado, han creado unos estudios genealógicos de tal dimensión que en Salt Lake City ocupan a más de 600 personas), a semejanza de los estudios bíblicos y teológicos de las iglesias cristianas.

Lo más respetable que ofrecen los mormones es la moral que predican. Personalmente son austeros: se prohibe el alcohol, el tabaco y hasta el café (por excitante), se ayuna una vez al mes, etc. Pero donde destacan más es en el aprecio a la familia y la moral familiar. El matrimonio es algo sagrado, que cuando es santo –“sellado” en su templo- pervive en el más allá. El divorcio es raro, y sólo por causas extremas, sobre todo por infidelidad. Y no han cedido, como lo han hecho tantas confesiones protestantes, a la presión ambiental para que acepten los anticonceptivos. Han organizado congresos en pro de los valores familiares, a los que invitan a otras personas que comparten estos valores.

¿De dónde sale el dinero para tanto despliegue: templos, casas, revistas, libros regalados, etc.? La historia lo explica bien. Desde el principio, asumieron la disposición bíblica que exige pagar el diezmo –el 10%- de lo que ganan a la iglesia. Cuando empezaron a prosperar en Utah, todavía en el siglo XIX, se empezó a acumular así un dinero que la organización decidió invertir, primero en compañías de ferrocarriles y más tarde en otras inversiones. Esto ha dado lugar a un verdadero emporio financiero, que actualmente está a cargo de tres “obispos” supervisores. Es, en definitiva, un dinero correctamente adquirido.

El gran impulso misionero que están manifestando los mormones está dando sus frutos, aunque por otra parte distan mucho de ser espectaculares. En España, la cifra actual de adeptos está ligeramente por debajo de los veinte mil, y no consiguen crecer. Comparado con los testigos de Jehová, no son muchos. Su excesivo “americanismo” constituye, sin duda, un obstáculo para su aceptación. A largo plazo, sin embargo, su talón de Aquiles es otro. Con los medios actuales de investigación, sus escrituras no resisten un examen serio y sus orígenes históricos quedan cada vez más en evidencia. No se trata principalmente de los ataques que en este sentido puedan recibir de fuera, sino de los previsibles resultados de los estudios que el mismo mormonismo está propiciando. Lo ocurrido con el papiro de Smith, estudiado por un grupo paritario de mormones y no mormones, es una advertencia de lo que puede suceder en el futuro.

a.3- Otros

Las dos entidades analizadas son, con mucha diferencia, las de mayor envergadura, y su número de seguidores supera con mucho el de cualquier otra secta que pueda encontrarse en España. Por esta razón, se hace sólo un somero repaso de otras dos (en realidad, sólo una es auténtica secta) de menor envergadura, siempre dentro de este apartado de sectas de origen cristiano. Hay alguna más, pero de muy escasa importancia, que en España no superan los trescientos miembros cada una.

Es frecuente ver incluida entre las sectas a la llamada Iglesia Adventista del Séptimo Día, aunque no hay unanimidad al respecto: Guerra la incluye en su primer libro (Las sectas, pags. 134-141), pero en su segundo duda, situándola en la frontera entre iglesia y secta (Diccionario..., pags. 35-36); los sociólogos Díaz-Salazar y Giner (Religión y sociedad en España) no la mencionan entre las sectas; Salarrullana (Las sectas) la considera repetidamente como tal. En España tiene unos seis mil fieles, aunque tiene mucha actividad, y difunden profusamente –la reciben, por ejemplo, todas las ONGs- la revista ADRA, acrónimo de la sociedad asistencial del mismo nombre (“Adventist Development and Resources Agency”). Pero mucha mayor implantación tiene en América latina, donde sus fieles constituyen el grueso de los diez millones aproximadamente de adventistas que hay en el mundo. En Estados Unidos, donde tienen su sede central, no llegan al millón.

Nació en Estados Unidos, a mediados del siglo pasado. Debía haber bastante ambiente apocalíptico en la tercera década del siglo XIX, pues por los mismos años en los que nacía el mormonismo, surgió en el estado de Nueva York un baptista llamado William Miller que anunció en fin del mundo para el año 1844, y reunió bastantes seguidores. Resulta superfluo decir que la profecía no se cumplió, pero Miller no se rindió. Dijo –como suele ser habitual en estos casos- que el cálculo estaba mal hecho, pero que el fin del mundo estaba cercano de todos modos, y fundó una iglesia. Por esta espera del pronto advenimiento de Jesucristo, se les llamó adventistas. En 1849 murió Miller, y su fundación se fue dispersando en pequeños grupos. Así hubieran quedado, si en uno de ellos no hubiera surgido alguien que dio un fuerte impulso, cohesión y organización al adventismo, creando su único grupo numeroso. Era una mujer: Ellen G. White. A ella se debió el nombre completo: añadió la referencia al “último día” porque retornaban a la celebración del “shabbat” judío en vez del domingo cristiano.

En cuanto a sus creencias en sí, el adventismo, aunque tenga rasgos propios, acusa su origen baptista. Pertenece al grupo de lo que viene a llamarse “iglesias congregacionalistas”, con un cristianismo que es tal aunque sea muy simplificado, y con las características del fundamentalismo protestante (llamado así por sus propios protagonistas por buscar una vuelta a los fundamentos), incluida una particular aversión a la Iglesia Católica; de hecho, se autodefine como “un grupo conservador”, lo que aplicado a una iglesia en Estados Unidos tiene un significado inequívoco. Por esta razón, se trata de una confesión protestante más que de una secta. Corrobora este hecho el que en España la Iglesia Adventista del Séptimo Día haya sido admitida en la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, aunque en algún otro país los demás evangélicos no han querido admitirla, por considerarla un puritanismo extremista más que por cualquier otra razón doctrinal.

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Se puede también mencionar aquí a la Iglesia de la Unificación, conocida generalmente como “secta Moon”, por su fundador, el coreano Sun Myung Moon –conocido por sus seguidores como “reverendo Moon”-, pero más a causa de su importancia a nivel mundial, con unos dos millones de fieles (es la cifra oficial que se da, aunque probablemente no llegue a esa cifra), que por sus logros en España, donde apenas hay un brote en Cataluña y una oficina en Madrid, con menos de medio millar de adeptos. Aquí se juntan rasgos orientales y cristianos, aunque se incluye en este capítulo porque su esqueleto sigue siendo la Biblia. Es una secta reciente, ya que Moon la fundó en 1954 y todavía vive. Su protagonismo es absoluto: los rasgos de la secta son los rasgos de Moon.

El aspecto doctrinal está muy centrado en una peculiar interpretación del mandato bíblico al primer hombre: “creced, multiplicaos y dominad la tierra”. De entrada, Moon le da un sentido cronológico. “Creced” –el primer mandato- tiene aquí un sentido de alcanzar la madurez personal. Y aquí es donde entroncan principalmente las ideas orientales, ya que no se trata de nada parecido a un crecimiento de la gracia o en la gracia, sino a una armonía interior con perfecto autodominio, propios de las espiritualidades y de las técnicas orientales, y en particular de las tradiciones de origen chino. “Multiplicaos” es el segundo mandato, y de hecho es llamativa la insistencia en los escritos del moonismo sobre el sexo y la familia. Casarse es considerado obligación, pero que debe cumplirse sólo después de alcanzar el primer objetivo (en tres etapas: “formación”, “crecimiento” y “madurez”); de hecho, llegan a decir que la desobediencia original de Adán consistió en pretender la unión sexual antes de tiempo. Aquí cabría objetar: ¿y Cristo? La respuesta no carece de originalidad –otra cosa es la solidez-: fue asesinado antes de poder casarse, cuando ya alcanzó la perfección. Queda “dominar la tierra”, que significa... precisamente eso: el dominio universal. Y de ello, claro está, se iba a encargar él, Moon, comenzando por fundar una iglesia llamada a unificar todas las demás (de ahí el nombre de “Iglesia de la Unificación”).

Por lo demás, conocer a la persona y el país de procedencia de la secta –donde tiene la mitad de sus seguidores-, ayuda mucho a entender su cariz. Los verdaderos delirios de grandeza de Moon explican el tono de sus declaraciones, su belicosidad (patente, por ejemplo en la “solución” que da para la homosexualidad: una cura a base de palizas), y la celebración de espectáculos como la boda simultánea de más de cuarenta mil parejas en un estadio deportivo, probablemente lo más conocido del grupo en España hasta la reciente boda de un obispo africano por su rito, por su cobertura de prensa. Sobre el visceral anticomunismo que profesan basta decir que Moon estuvo encarcelado en Corea del Norte. Y queda el rasgo que constituye el blanco de la mayoría de las acusaciones contra el moonismo: la extraña mezcolanza entre religión, política y economía de la secta, que cuenta en la actualidad con un entramado de empresas e instituciones varias de todos los tipos. Ahora bien, quien conozca la realidad coreana sabrá que desde la postguerra las personas más admiradas han sido los creadores de las “chae-bol”, los grandes conglomerados empresariales que fabricaban y vendían desde jabón hasta coches y satélites, alcanzaban mayor influencia que un ministro y se inmiscuían en cualquier sector del país, con maniobras un tanto oscuras si la situación lo requería. También sabrá que la realidad de los bonzos budistas dista mucho de parecerse a esa imagen de idílico lama tibetano que más de uno tiene, y se entrometen en la vida política y económica del país, incluso a bofetada limpia, como lo ha testimoniado alguna imagen reciente aparecida en periódicos e informativos de televisión. En ese ambiente, una figura como Moon no resulta tan sorprendente como lo es en Occidente.

Pero, a pesar de su poder, el futuro del moonismo es bastante incierto. Al “reverendo” no le queda mucha vida (ha cumplido 80 años en 2000), y no parece haber nadie con un carisma como el suyo del que su grupo es dependiente. De entrada, Moon mismo la disolvió oficialmente en 1996, para trasladar el centro de gravedad de la organización a otras dos creaciones suyas concéntricas: la “Iglesia de las familias por la unificación”, que recoge el testigo de la anterior, es el nuevo núcleo; y la “Federación de las familias por la paz y la unificación mundial”, entidad catalogada como asociación cultural, que tiene como fines propagar su visión de la familia, y permitir una adhesión progresiva a la secta. Sin embargo, la visión de modélica familia que ha querido ofrecer se ve cada vez más comprometida por sucesos como el suicidio de un hijo en octubre de 1999 (niegan que fuera un suicidio, pero es difícil buscar otra explicación para una caída desde la decimoséptima planta de un hotel sin signo de violencia alguno). El anticomunismo –quizás su principal banderín de enganche- será un recuerdo si sucede la previsible caída del comunismo en Corea. Y, cuando se asiste al declive de las “chae-bol” coreanas (Daewoo ha suspendido pagos y se está desmantelando, Hyundai sufre una fuerte crisis), parece bastante razonable predecir una crisis semejante para el montado por Sun Myung Moon tras la desaparición de éste.

b) Sectas neopaganas

Se agrupan bajo este epígrafe sectas muy dispares, precisamente porque no tienen su raíz en ninguna religión –alguna influencia es inevitable de todos modos-, salvo, en su caso, las que buscan su origen en antiguas religiones ya extinguidas, o aquellas que, más que una raíz, han copiado un cierto patrón de una religión pero sostienen unas creencias que nada tienen que ver con ella. En las obras sobre sectas es frecuente presentar este grupo dividido en varias categorías, en buena parte por la gran variedad que presenta. Díaz-Salazar y Giner, en cambio, también utilizan una sola categoría, que denomina “científico-filosóficas, basadas en el gnosticismo y el ocultismo esotérico” (Religión y sociedad en España, pag. 113). La idea está bien captada, pero no tan bien definida. En realidad, se las podría clasificar como “sectas gnósticas”, pero el problema aquí es que todas o casi todas las sectas tienen algo de gnosticismo, por ser fundadas por algún tipo de “iluminado”. Se opta así por agruparlas como “sectas neopaganas”, lo cual tiene la ventaja lógica de situarse en la misma línea –atendiendo al origen- que el grupo precedente y el posterior.

Otros autores se refieren a la mayoría de sectas de esta clase como grupos del “New Age” (la Nueva Era). Pero el New Age es más una mentalidad difusa con algunos rasgos de pensamiento comunes –y una etiqueta comercial- que algo organizado. La mayoría de estas sectas no están organizadas por arquetipos de ese movimiento. Sectas de esta clase, por otra parte, han existido siempre. Lo que ocurre es que el New Age origina una mentalidad, con sus características de naturalismo, irracionalismo, búsqueda de algo nuevo y sincretismo, que propicia el acercamiento al tipo de sectas que aquí se incluyen. No es tanto el movimiento New Age el creador de estos grupos, sino más bien un caldo de cultivo que facilita su arraigo. Aunque puede decirse que en cierto modo facilita asimismo su desarraigo. En efecto, la mentalidad “New Age” tiene también un fondo de escepticismo que motiva los abandonos con la misma facilidad que las adhesiones; en realidad, tiene bastante de consumista: se prueba, se disfruta y se tira. Por eso, en sectas que han tenido más aceptación, hay más movimiento del que parece; el censo tomado en dos fechas con cinco años de separación puede arrojar la misma cifra, pero eso no quiere decir que sean las mismas personas, salvo un “núcleo duro” que sí permanece.

Este grupo abarca muchas sectas, pero más bien poco numerosas. En algunos casos no son más que grupos aislados casi desconocidos típicamente gnósticos: un grupo de “elegidos” alrededor del “iluminado” que les proporciona la auténtica sabiduría que está fuera del alcance de la masa plebeya. En otros casos hay un esfuerzo divulgador, lo que hace que sean más, y, además –y este es un dato a tener en cuenta- suelen tener proporcionalmente más influencia que los demás grupos. Hay dos motivos para ello. El primero deriva de sus ideas: aquí se encuentra lo más extravagante, lo más exótico y, en ocasiones, también lo más peligroso, lo cual despierta tanto la curiosidad individual como la atención de los medios de comunicación. Aquí están los grupos que suscitan reacciones del tipo “¿pero cómo puede haber alguien que se crea eso?”. Pero, contrariamente a lo que pudiera parecer a primera vista, y aquí radica el segundo motivo, los seguidores de estas sectas son frecuentemente personas con una posición social superior a la media. La vanidad intelectual –más sutil y peligrosa que otras más aparentes- juega aquí un importante papel. De modo especial para personas que tienen una posición superior a su cultura real, resulta siempre atractivo ingresar en el club selecto de “los que verdaderamente saben”. Se repite así la fábula narrada en el Conde Lucanor sobre el rey al que presentaron un arcón vacío diciéndole que contenía un valioso traje que sólo podía ser visto por las personas inteligentes; tras comprarlo a gran precio, decidió estrenarlo en una fiesta de palacio, y, ante la hilaridad general al ver al rey en paños menores, éste reaccionaba con desprecio pensando que “ya decía yo que son todos unos imbéciles”.

Aquí se presentan algunos ejemplos: con particular detenimiento en la secta de mayor proyección mundial dentro de este grupo.

b.1- Iglesia de la Cienciología

Es difícil encontrar en una entidad un nombre menos apropiado que éste. Los dos términos son equívocos. Se trata de una “iglesia” que no cree en Dios. Y de una “cienciología” (etimológicamente “ciencia sobre la ciencia”) que tiene muy poco que ver con la ciencia y mucho con una desbordante fantasía. Este curioso empleo de las palabras ya proporciona una pista de la realidad que hay bajo este nombre.

La clave para entender todo el entramado de la cienciología es, como suele suceder con las sectas, su creador, el estadounidense Lafayette Ronald Hubbard (1911-1986). Una de las características más comprobadas de este peculiar personaje es el hecho de que muy raramente sus palabras coinciden con la verdad, hasta el punto de poder sospecharse una incapacidad patológica de ser veraz. En la demanda de divorcio de su segunda mujer (la engañó desde el momento de casarse, pues aún era legalmente válido su matrimonio anterior; y era la segunda vez que lo hacía), ésta declaró ente el juez que sufría esquizofrenia paranoide, y su hijo lo calificó de paranoico. Puede pensarse que estas palabras podrían estar motivadas o demasiado influidas por desavenencias familiares (la mujer firmó posteriormente un papel retractándose, al parecer para que la dejaran en paz), pero mayor peso tienen las palabras cuando es el juez quien las incluye en la sentencia, en este caso un juez de la Corte Superior de California en 1984: “La organización es claramente esquizofrénica y paranoica, y semejante combinación parece ser un reflejo de su fundador LRH”; “La pruebas dibujan un hombre que ha sido virtualmente un mentiroso patológico cuando se trata de su historia, procedencia y logros”.

En la última guerra mundial Hubbard sirvió como oficial de la reserva naval. Tras licenciarse al acabar la guerra, se dedicó a escribir novelas de ciencia-ficción. En 1950 publicó Dianética (término que en griego viene a significar “por medio de la mente”), que anunció como un revolucionario método de curación de todo tipo de males por medio del control mental sobre el cuerpo. Como prueba de ello, aseguraba que le había curado de unas heridas de guerra que le habían dejado desahuciado. También ha afirmado que hundió dos submarinos japoneses, y sus adeptos le pintan como “el héroe de guerra”. Lo que cuentan los archivos de la Marina estadounidense es otra historia. Hubbard mandaba un patrullero de costa, y, en su segunda salida, al oírse en el “asdic” (el primitivo sonar de la guerra mundial) un sonido sospechoso, lo tomó sin más comprobaciones como un submarino –en el transcurso de la acción serían dos-, y le soltó todas las cargas de profundidad que tenía. Con ese rasgo que le caracterizaría de tomar la imaginación por realidad, los dio por hundidos los dos (no había ninguno), y solicitó una medalla por ello (le fue denegada; sólo recibió las medallas generales concedidas a todos los que entraron en acción). Lo cierto es que a las pocas semanas fue relevado del mando, y no volvió a recibir un puesto a bordo de un barco. No hay registro alguno sobre heridas –sí sobre una caída en una escalera-, pero de todas formas muy difícilmente podía ser herido en combate quien se limitó a hacer algunas salidas para patrullar la costa de Oregón.

Inesperadamente, Dianética triunfó, vendiendo más de 150.000 ejemplares en poco tiempo, y Hubbard empezó a aprovecharse de ello con la puesta en práctica de sus ideas. En 1954 funda la Iglesia de la Cienciología. Hay algún testimonio sobre haberle oído decir “me gustaría empezar una religión. Ahí es donde está el dinero”. Se utilizan mucho en su contra, y es cierto que el dinero aquí cuenta mucho, pero ni siquiera esas palabras reflejaban la verdad, o al menos toda la verdad. Lo que ocurría es que, si había habido varios psiquiatras que le tildaban de curandero por su libro, cuando pretendió ejercer la dianética movieron a las asociaciones profesionales de médicos a demandarle por intrusismo y práctica ilegal. Convertirla en religión le ponía a salvo de sus detractores.

A partir de ese momento, se dedica a construir la organización, a la vez que escribe y pronuncia conferencias y lecciones, que la secta difunde con ocasión y sin ella. Con su firma salen decenas de libros –incluso una enciclopedia-, que tratan de todo: desde poesía y música, hasta cartillas para aprender a leer, física, filosofía –la suya, muy particular-, mundos extraterrestres, control mental y aplicaciones prácticas de su sistema: en total, más de 100.000 páginas. Hubbard se presenta –o lo presentan- con un nutrido curriculum académico. Tampoco esto responde a la verdad: la única carrera propiamente dicha que consta que empezó fue ciencias físicas, pero no pasó del primer año. Donde sí se inspiró fue en sus numerosos viajes en la preguerra, sobre todo en el extremo Oriente.

La organización que creó tenía una doble cara, aspecto éste muy familiar en todo lo relacionado con la cienciología. O, quizás, sea más preciso hablar de dos caras y una careta.

La careta es el aspecto de “iglesia”. Hay unas iglesias, unos “reverendos”, una cruz de dibujo particular como emblema, un “servicio dominical”, unas ceremonias de “bautismo” y matrimonio, incluso un “Credo de la Iglesia de Cienciología” que menciona a Dios. Pero en las iglesias el espacio dedicado al templo propiamente dicho es reducido; bonito, pero escaso. Los “reverendos” se ponen un alzacuello para la foto. No hay insistencia ninguna en recibir el “bautismo”, un remedo del cristiano. El “servicio” no va más allá de una plática sobre teorías de la secta. Aparece el término “Dios” en la declaración, y en ningún otro sitio, y en ésta su uso es ambiguo: no hay nada parecido a “creer en Dios”, ni nada de lo que se pueda deducir; el contenido es una especie de declaración de derechos humanos (acomodados en algún caso a sus pretensiones), sin ningún fundamento en nada trascendente. Más que hablar de fe, lo hacen de técnica, y definen la cienciología como “filosofía religiosa aplicada”. Incluso el término “iglesia” resulta ser un postizo cuando se examina lo que se escribe y dice para consumo interno: se habla sólo de “cienciología”. Es, en definitiva, una careta, una operación de imagen por parte de quienes quieren gozar del reconocimiento y los derechos de una religión.

Las caras son algo más interesantes. La primera, más conocida, es la de una organización que aplica la dianética, la “tecnología” diseñada por Hubbard. Cada ser humano lleva en germen, por así decirlo, un superhombre. Esto es así porque en cada uno, junto con el cuerpo y la mente, habita un “espíritu” –un thetán, en términos cienciológicos-, que adviene al hombre de fuera de él, con la fuerza del espíritu puro y la experiencia de otras vidas vividas. Pero también hay una herencia negativa –de lo negativo anterior- que se concreta en unos factores de distorsión que llaman engramas. Con la dianética se trata pues de liberar al hombre, liberando el thetán de las engramas. En esto consiste la salvación para un cienciólogo.

¿Cómo se lleva a cabo? Mediante una “carrera de purificación” consistente en un tratamiento que dura una larga serie de cursos y cursillos. En primer lugar, se libera el cuerpo de engramas mediante un tratamiento consistente básicamente en una serie de saunas y la ingestión de fuertes dosis de vitaminas y de aceite vegetal. Más complejo es librar la mente, que por culpa de las engramas se encuentra en un penoso estado de “mente reactiva”, causante de todas las infelicidades humanas. Aquí el instrumento principal es la llamada “auditación”, que en palabras de Hubbard “puede elevar a cualquier persona, de una condición de ceguera del espíritu, a la dicha esplendorosa de la existencia espiritual”. Se trata de una larguísima serie de entrevistas personales con un/una auditor/a, que se vale de un aparato conocido como “E-Metro” (por “electrómetro”), una especie de pequeño detector de mentiras, que, cuando el sujeto auditado sostiene un electrodo en cada mano, transmite una suave corriente eléctrica. Se asegura que sirve para detectar perturbaciones emocionales del pasado a la vez que thetáns corporales. Lo cierto es que, con ese aparato y tras muchas horas de “auditación”, lo que sale a relucir es la vida entera de quien se somete a ese tratamiento*. Al completarse esta “carrera de purificación”, liberado ya de elementos negativos, se llega al estado de “claro” (clear, que aquí se podría traducir mejor como “esclarecido”). Pero no acaba aquí la cosa: esto es sólo el primer paso hacia el “Puente hacia la Libertad Total”. Queda aflorar todas las posibilidades del thetán: ser “Thetán Operativo”. Hay ocho grados, con los correspondientes cursos, cada vez más complejos y caros. El penúltimo –junto con el máximo grado de auditor- sólo puede hacerse en un hotel reconvertido de Clearwater (Florida) (la propaganda lo presenta como un retiro religioso). Y el último, el “Thetán Operativo VIII”, sólo se adquiere en un lujoso barco de unos 150 m. de eslora, el Freewinds, mientras realiza cruceros por el Caribe.

Los cienciólogos atribuyen resultados extraordinarios a estos métodos, hablan incluso de “salvación” y “eternidad”. Al final queda un superhombre libre de trabas y de todo elemento física o moralmente torcido, capaz incluso de dominar otros objetos con su mente. Pero la evidencia de esos adelantos no aparece por ninguna parte. ¿Puede haber algún efecto positivo? En lo físico, las vitaminas generalmente sientan bien –aunque en exceso puede haber algún peligro-, y la sauna es relajante. Lo psíquico es más complejo. Sí puede decirse que, en general, sincerarse suele ser algo bastante conveniente para la tranquilidad interior, e incluso en algunos casos tiene efectos terapéuticos. Pero, a la vez, es importante escoger bien a la persona con quien sincerarse y de la que recibir consejo. Se confía nada menos que la intimidad personal, y acudir a la persona equivocada puede tener consecuencias desastrosas.

Por lo demás, no es difícil ver en todo esto influencias de las teorías reencarnacionistas propias de las religiones orientales, que Hubbard conoció gracias a sus viajes en barco antes de la guerra mundial.

La segunda cara de la cienciología, complementaria de la primera, es más compleja y se hace más patente conforme se ahonda en el interior de la organización. El punto de gravedad se desplaza de la liberación del individuo a la liberación de la humanidad. Se parte de que el mundo está en irreversible decadencia, y al filo de la catástrofe. Sólo lo puede salvar –y llevar a la inmortalidad- la cienciología, y hay prisa. También hay oposición, pero “ni todos los simios de la prensa con sus alaridos, ni los sádicos de sangre fría que gobiernan las «sociedades cultas» es probable que sean capaces de detener la primera posibilidad que tiene el Hombre de lograr la inmortalidad y llegar hasta el sol” (Hubbard, Diario mensual del Auditor, n. 44). En consecuencia, el cienciólogo está en guerra, aunque, también, por supuesto, seguro de la victoria. Todo esto supone la existencia de unas ideas que fundamentan su actividad, y cuenta para la lucha con una compleja organización y personas preparadas. En ella hay una curiosa mezcla de “jugar a soldados” y a la conquista del universo, con la carencia de escrúpulos en los medios para conseguir sus objetivos. Todo vale para salvar al mundo. Y eso se traduce en traspasar el campo de la legalidad cuando se considera necesario y la inclusión de medios bastante poco éticos. A esto se le llama fair game, “juego limpio”: es evidente a quién hay que atribuir la paternidad de la expresión. Por último, para este juego también hay que tener enemigos definidos, y los tienen señalados.

Primero, las ideas. Conforme se va avanzando en los grados de “thetán operativo”, el cienciólogo está preparado para conocer toda la verdad. Ésta consiste en una compleja historia, no muy diferente de las que aparecen en películas de ciencia-ficción sobre luchas intergalácticas. Resulta que hace noventa y cinco millones de años se fundó una Federación Galáctica de setenta y seis planetas. Veinte millones de años después tenía un grave problema de superpoblación, y al malvado dirigente de la Federación, Xenu, se le ocurrió la ingeniosa idea de que unos renegados se llevaran a cientos de millones de “almas” –los thetáns- a un planeta llamado Teegeeack (la Tierra). Las arrojaron en volcanes, para hacer explotar una bomba termonuclear en cada uno a continuación. “Manchadas” y debilitadas por este procedimiento, podían ser intoxicadas mediante hipnosis (con falsas imágenes distorsionantes, una de las cuales es la de Dios), y metidas en cajas que se “empaquetaron” en dos zonas volcánicas: Hawaii y Canarias. La historia sigue, pero lo importante es este origen del hombre, junto al hecho de que sólo la técnica cienciológica es capaz de reintegrar al thetán a su prístina condición. Si antes se ponía de manifiesto la influencia de los viajes a Oriente de Hubbard, ahora se trasluce su anterior profesión.

La organización es compleja. No hay una única entidad aglutinante, sino un complejo de entidades vinculadas entre sí, de forma que “cienciología” no es ninguna en particular y es todas a la vez. A primera vista parece que la que engloba todo es la llamada Church of Scientology International (Iglesia de Cienciología Internacional), y que por tanto su presidente –Heber Jentzsch- encabeza la cienciología, y así tiende a considerarse por la prensa, pero no es así. En realidad, su misión se centra en constituir la imagen y llevar las relaciones públicas de la organización, pero no está ahí el centro de decisiones, sino en el llamado Centro de Tecnología Religiosa, con base en Los Angeles, que ejerce el control a través de los derechos de propiedad intelectual de Hubbard (todo, hasta la mínima insignia, se patenta), de los que es depositario (aunque hay de hecho una cadena de mando más directa).

Montar un entramado de sociedades en vez de una sola aglutinante tiene varias ventajas. Hay interdependencia –o subordinación- cuando conviene, y cuando no se asegura que una nada tiene que ver con la otra. De cara a exigir responsabilidades es indudablemente una ventaja. Puede hacerse, dentro del complejo, una clasificación que divide la entidades en dos: las pretendidamente religiosas, y las pretendidamente civiles. Las primeras tienen la ventaja de una mayor protección legal y de la exención de impuestos. Las segundas, como Narconón –dedicada a la prevención y tratamiento de la drogadicción- o Bridge Publications Inc. –empresa editoral-, tienen la ventaja de ofrecer servicios técnicos o asistenciales –cursos sobre drogas, campañas de alfabetización o de técnicas de estudio- sin aparecer conectadas con la cienciología –siendo básicamente los cursos elementales de la “dianética” lo que dan - y poder obtener subvenciones públicas que no podría obtener una entidad religiosa. El problema está, entre otras cosas, en el hecho del trasvase de fondos de las segundas –fondos públicos en ocasiones- a las primeras –exentas de impuestos-: según la legislación de cada país, es posible, es ilegal o incluso es delictivo. Y, desde luego, se hace en todo caso: viven de ello.

En las diversas organizaciones, los cuadros de mando están formados por personas con dedicación exclusiva a la organización, reclutados cuando son jóvenes de por vida, con un contrato por un billón de años (prorrogables, es de suponer). Forman la llamada “Organización del Mar” (Sea Org), que es considerada una “orden religiosa”*. Son la élite de la cienciología. Visten uniformes al estilo de la marina, con grados, galones, condecoraciones... Toda esta terminología naval (la entidad donde reciben los últimos grados en su formación se llama Flag Service Organization; el Freewinds es el “flagship”, que en inglés significa “buque insignia”) es el reflejo del apasionamiento del Hubbard por el mar. Una vez en sus puestos, en la “diseminación” (“siembra” sería mejor traducción) de la cienciología, se expresan en sus informes en términos de conquista del mundo y tonos triunfalistas, lo que ha alarmado a más de un periodista y le ha hecho ver más de lo que hay en la realidad. Abundan términos como “supresión”, “toma de posiciones en... (la institución o el país que corresponda), “contraofensiva”, “estrategia”, etc. Hasta hace no muchos años, eran frecuentes las declaraciones de que en el año 2000 el mundo sería suyo; la realidad les ha hecho últimamente algo menos pretenciosos.

No hay conquista ni armas militares, pero eso no quiere decir que carezcan de peligro. Cuando se trata de combatir al enemigo, se utilizan todo tipo de medios, legales –lo que no significa éticos- o ilegales. Los preferidos son las acciones legales –alegando violación de propiedad intelectual o de otros derechos-, y la contratación de detectives privados para sacar “trapos sucios” que se pueden esgrimir como arma. Cuando no se puede conseguir nada por ese medio, se ha recurrido a la difamación, incluso calumniosa. Se han llegado a dar casos como el de una ciencióloga que se disfraza de prostituta y se arrima al objetivo para que se saque la correspondiente fotografía. En el terreno de lo delictivo, ha habido sustracción de documentos tanto de entidades privadas como públicas, y puesta en práctica de técnicas de espionaje, como infiltraciones y colocación de micrófonos. Hubbard creó un organismo especializado para estas tareas en 1966, al que llamó “Oficina del Guardián” (Guardian’s Office), a cuyo frente colocó a su tercera mujer, Mary Sue, que de hecho era la segunda en jerarquía dentro del complejo cienciológico.

¿Quiénes son los enemigos a combatir? Son los periodistas que no simpatizan con los cienciólogos, quienes les investigan, los desertores que quieren hablar, los que quieren demandarles, los que quieren imitar o sacar provecho de sus técnicas por su cuenta, y... los psiquiatras. La inquina contra éstos, transmitida por Hubbard, llega a límites que cuesta creer. Han creado una sociedad, la Citizens Commission on Human Rights (“Comisión Cuidadana por los Derechos Humanos”) con el solo fin de combatir y denigrar la psiquiatría. En el discurso inaugural del templo de Washington, David Miscavige –a cargo del Centro de Tecnología Religiosa- incluía palabras como éstas: “Y si alguien se pregunta alguna vez quién apagó las luces en este periodo más bien oscuro, fue también en 1955 (poco después de que Hubbard fundara la “iglesia”) cuando los agentes de la Asociación Psiquiátrica Americana se reunieron en el Capitolio para preparar en detalle la infame Ley Siberia, que proponía un campo de concentración secreto en la desolada Alaska” (¡!); “Tras la derrota de su querida Ley Siberia, los psiquiatras se unieron al gobierno de EE.UU., principalmente con el IRS (Hacienda), ¡y dio comienzo una guerra que ha durado casi 40 años!”. A principios de los noventa, se da noticia en la revista Scientology News de un discurso de Heber Jenztsch en el que “reveló planes para erradicar totalmente este moribundo engendro (la psiquiatría) para el año 2000”, y anunció la publicación de dos libros: Psiquiatría, la traición final, y Psiquiatras, los hombres detrás de Hitler (¡!). Los ejemplos son necesarios para entender la intensidad y el tono del ataque. Los motivos, en cambio, no son tan difíciles de adivinar.

Todo este montaje, en el que la imagen está muy cuidada para connotar un alto nivel, cuesta bastante dinero. ¿De dónde sale? Fundamentalmente de la venta de sus productos. Los libros de iniciación –de Dianética solamente se han vendido millones de ejemplares- se venden más o menos a un precio normal. Los cursillos iniciales resultan ya caros, sobre todo si se atiende a lo que dan. Pero a partir de aquí los precios se van disparando rebasando con mucho el límite de lo razonable. “Cruzar el puente” –el curso completo- cuesta unos trescientos mil dólares (más de cincuenta millones de pesetas). Un brazalete de clear se sitúa, según el modelo, entre treinta y cinco mil pesetas y ciento cincuenta mil. Un libro de Hubbard para ya iniciados como The Skills of a Theta Being (“Las destrezas de un ser thetán”) se les vende a ochocientos dólares (unas ciento treinta y cinco mil pesetas). Un “E-Metro”, que a precio de mercado saldría probablemente por menos de diez mil pesetas, cuesta más de diez veces más (el equipo completo se acerca al millón de pesetas). Es fácil deducir que más de uno se ha dejado sus ahorros en el intento por llegar a ser el inmortal superhombre que se anuncia, en más de un caso quedándose a mitad de camino por falta de fondos. Si son jóvenes, esta circunstancia ha propiciado su firma para el ingreso en la “Organización del Mar”. A su vez, los que viven de la organización reciben una buena parte de sus ingresos –según el puesto- en forma de comisiones sobre ventas (entre el 10% y el 35%), convirtiéndose así en activos y agitados vendedores, la base que hace funcionar la maquinaria de la cienciología.

Son precios que habrán desanimado a más de uno. Por eso, para atraer a inciados o retener a quienes han llegado a la condición de clear, han puesto en marcha en los últimos años programas nuevos, que se presentan como más asequibles, como el llamado Havingness Rundown, “Recorrido de Havingness” (el término inglés es difícil de traducir: es algo así como “la condición de quien tiene”). Así, para quienes lo sigan se pueden presentar como un atajo, mientras que a los que tienen una cuenta corriente nutrida se les puede decir que es algo de segunda categoría. En todo caso, el esfuerzo que están poniendo los cienciólogos para intentar conseguir candidatos a los cursos de auditores revela que debe haber bastantes iniciados que no están muy convencidos.

Falta por conocer un dato importante: ¿cuántos son? No es fácil responder. En primer lugar, porque no es fácil definir qué es un cienciólogo; en segundo lugar, porque los datos oficiales no son fiables. Suponiendo que se considera cienciólogo el que ha llegado al estado de clear y sigue participando activamente en las actividades de la organización, es disparatado aceptar la cifra de unos diez millones que dicen ser; es posible que esa cifra corresponda a los que en alguna ocasión han participado en los cursos que imparten. Aunque en este aspecto ninguna fuente es del todo fiable, la cifra de doscientos mil en todo el mundo parece aproximada a la realidad. También es interesante, para conocer la fuerza de la organización, la cifra de los integrantes de la “Org del Mar”. Aquí se baraja la cifra de unos quince mil, aunque hay que tener en cuenta que, debido a los contratos por un billón de años, se niegan a reconocer los abandonos, por lo que el número debe ser menor, posiblemente la mitad.

La historia de la cienciología es breve, pero bastante azarosa. Hubbard, cuando pudo, empezó a dirigir la organización desde un barco (el original “Flagship”), el Apollo. En 1966, inesperadamente, anunció que dejaba la presidencia de la cienciología. Los motivos no son claros: quizás se enteró de que se le empezaba a investigar, y en todo caso debía sentirse perseguido (a la vez que sucedía esto, creaba la “Oficina del Guardián”). Pero, una vez más, era falso: siguió dirigiendo la organización en la sombra. Se puso de manifiesto en 1977, con el mayor golpe recibido por la cienciología. El FBI irrumpió simultáneamente en las sedes de la “Oficina del Guardián” en Los Angeles –la central- y Washington. Ante un Gran Jurado se pusieron de manifiesto varios delitos, entre ellos el robo de documentos oficiales (concernientes a ellos mismos: no eran, como a veces se ha dicho, secretos de defensa o papeles de la CIA). El principal personaje sentado en el banquillo era Mary Sue Hubbard. Al final, se llegó a una solución negociada: ella aceptaba la culpabilidad de algunos cargos –por los que recibió una sentencia no muy dura-, y a cambio se retiraba la acusación a su marido, que a la luz de los documentos incautados era evidente que seguía manejando los hilos en la sombra.

El FBI, de todas formas, no renunció a capturar a Hubbard. Pero, ¿dónde estaba? Se había hecho construir un cuartel general secreto cerca de Los Angeles. Siguieron su pista hasta dar con el sitio en 1980. Pero cuando iban a entrar, un chivatazo alertó a Hubbard, y al llegar el FBI encontró... una productora de cine en funcionamiento (Golden Era Productions: la habían creado años antes, y allí estaba su material casi abandonado, pero aquel incidente la revitalizó, y empezaron a producir películas cienciológicas). Cuando pasó el peligro, Hubbard volvió al lugar.

Por aquellos años, empezó a cobrar una creciente importancia dentro de la organización un joven nacido en 1960 en el seno de una familia católica de Nueva Jersey, que a los 16 años dejó los estudios para dedicarse por entero a la cienciología: David Miscavige. Cercano a Hubbard casi desde el principio, comenzó en los ochenta a convertirse en el brazo ejecutor de sus órdenes. La salud de Hubbard se iba deteriorando, y cuando murió en 1986 Miscavige se convirtió en su sucesor. Ya antes había arreglado el problema creado con la persecución del FBI, y se había quitado de encima a la única persona que podía hacerle sombra: Mary Sue Hubbard. La versión oficial refiere que la “Oficina del Guardián” se había convertido en una organización que se había separado de la cienciología y estaba haciendo la guerra por su cuenta, siendo necesario suprimirla y apartar de la cienciología a Mary Sue y sus principales colaboradores. Aparte de ser un argumento poco consistente –quien no quiere obedecer no suele querer disolverse-, la realidad conocida cuenta otra historia diferente. Miscavige, con la aprobación de Ronald Hubbard, convenció a Mary Sue de que no podía seguir, y aceptó un dorado retiro. A continuación, se fue deshaciendo de quienes como ella estaban “quemados” por la información del FBI, apartándolos o enviándolos a las sucursales europeas –las más fuertes son las de Dinamarca y Gran Bretaña-. Oficialmente se cerró la “Oficina del Guardián”, pero a la vez se creaba la “Oficina de Asuntos Especiales”, que heredaba sus cometidos y sus procedimientos, aunque con más cautela que anteriormente.

Miscavige, a la muerte de Hubbard, se hizo con el control total, que ejerce a través de su puesto como Presidente de la Junta del Centro de Tecnología Religiosa, con sede central en Los Angeles, verdadero centro de la cienciología –él vive en la antigua finca de Hubbard-. Es el organismo que posee toda la propiedad intelectual de la cienciología, y del que depende la “Red del Inspector General”, que supervisa el funcionamiento de toda la pléyade de organismos cienciológicos. Miscavige mostró desde el principio ser hábil y resolutivo. Repitió la jugada que había hecho con la “Oficina del Guardián” cuando supo que había otra investigación en curso por parte de la Hacienda norteamericana. Es más consciente que Hubbard de hasta dónde puede llegar, se deja ver más y ha demostrado saber cuidar las relaciones públicas. Pero esencialmente nada ha cambiado.

Desde el Centro de Tecnología Religiosa se dirige la principal guerra que sostiene la cienciología: la judicial. Aquí no se repara en medios o en gastos. Es difícil encontrar una organización que demande más a la vez que sea tan demandada. Demandan en pro de su reconocimiento como entidad religiosa exenta de impuestos, y contra todo el que informa en su contra, en especial cuando es el los medios de comunicación: periódicos, revistas y websites de Internet. Son demandados por algunos delitos como los fiscales, y por daños y perjuicios. En términos generales, lo más frecuente ha sido que la cienciología ha ganado los procesos “abstractos” –reconocimientos generales-, y ha perdido los concretos –referidos a casos particulares-. Acabó por ganar la larga batalla por ser reconocida como religión en los Estados Unidos, lo que se está repitiendo en otros países de Europa Occidental. En cambio, contra los medios informativos no suele haber tanto éxito. De todas formas, hay alguna excepción, y un fallo puede ser fatal: la revista Time ganó un pleito por un artículo titulado cult of greed (que significa, a la vez, “secta de la codicia” y “culto a la codicia”), en el que se le pedía una indemnización de aproximadamente ¡setenta mil millones de pesetas!, cantidad que, a pesar del victimismo de la secta, parecía confirmar el titular. En 1996 se puso de manifiesto este peligro, al culminarse la guerra que mantenían en los tribunales contra una entidad antisecta llamada Cult Awareness Network, contra la que habían interpuesto, de un modo u otro, en uno u otro Estado, nada menos que más de cincuenta demandas; bastó una sola para hundirla. Volveremos sobre este episodio más adelante. En cambio, cuando es la parte demandada, la cienciología ha tenido que pagar considerables cantidades por daños causados en las personas, o fraudes con los productos que ofrece.

Comparativamente con otros países occidentales, en España la implantación de la cienciología es más bien escasa. Han tenido serios reveses. En 1988, la Iglesia de la Cienciología Internacional montó una convención en un hotel de lujo de Madrid. Se trataba de impulsar la organización y de causar una buena impresión. Sucedió lo contrario. Cuando llegó Heber Jentzsch para presidirlo, se encontró conducido a la comisaría de policía en vez del hotel. La policía llevaba nueve meses investigando concienzudamente, con ayuda de la Interpol, y esperó a la convención para hacer una redada de 69 personas. Jentzsch esposado era una imagen suculenta para la prensa, y se difundió por todo el mundo. Pasaron a disposición del Juzgado de Instrucción nº 21 de Madrid. Más tarde se trasladaron diligencias a la Audiencia Nacional, por la magnitud de la organización, pero las devolvieron a los Juzgados de Instrucción. Jentzsch, después de decir, en su línea de siempre, que todo se debía a una conspiración de psiquiatras, quedó en libertad bajo fianza, y abandonó el país para no volver. El fiscal pedía para él nada menos que treinta años de cárcel. Por increíble que parezca, tras varios aplazamientos, al final se celebró la vista a principios de 2001, más de doce años después de las detenciones. Todavía no hay sentencia en el momento en que se escriben estas líneas, pero en todo caso no se esperan condenas muy fuertes: el fiscal rebajó mucho sus pretensiones, tanto en número de imputados como de delitos. Jentzsch quedaba ya fuera de la lista, pero, por si acaso, no estaba allí para escucharlo.

De los cargos, el más fácil de probar era el fraude fiscal de Narconón, que era probablemente la más floreciente de las ramas cienciológicas en España. Tenía concedida la condición de asociación benéfica, y algunas residencias para rehabilitación de toxicómanos. Los métodos eran los de Hubbard –no podía ser de otro modo-, la dotación de personal mínima, la de servicios muy pobre –por no decir adjetivos peores-, los precios del orden de 180.000 pts./mes, los beneficios millonarios –en la de Cercedilla (Madrid) 134 millones en un año-, y no declaraban a Hacienda. Además, el fiscal y el juez instructor lo han considerado estafa. El intrusismo en la medicina era otra acusación. No tendría demasiada importancia si no fuera porque hubo algún incidente serio. Se impartían los cursos de Hubbard por parte de la asociación “Dianética”. Se apuntó un diabético, y le convencieron del milagroso poder de sus métodos; acabó con un coma diabético. Otros cargos surgieron porque, sin saberlo, la policía había colocado micrófonos en sus sedes, y de allí salieron los correspondientes cargos por las amenazas, coacciones... el fair game de Hubbard, en una palabra.

Todo esto les ha supuesto un serio retroceso. De entrada, no han conseguido, a pesar de la contratación de los mejores abogados –cobrando minutas muy considerables-, el ansiado reconocimiento como entidad religiosa. Cienciología en España está representada sobre todo por “Dianética”, con el status de asociación civil. Tiene tres establecimientos, y otros tres Narconón. Las cifras oficiales de diez mil cienciólogos y cien miembros de la “Org del Mar” vuelven a ser poco fiables. Un tercio de cada cifra posiblemente se acerque más a la realidad. Es poco, pero es previsible que la organización no se conforme con la situación española, y vuelva a la carga como en los años 80.

Después de todo este examen de la cienciología –algo extenso por necesidad, ya que la organización es compleja-, queda la pregunta sobre su futuro. Aparentemente, su balance es de expansión, consolidación y victoria en las principales batallas legales –y cuando las pierden tienen aguante para sobrevivir y volver a pelear-. A corto plazo, pues, parece que sus perspectivas son buenas. Sin embargo, su agresividad puede ganarles batallas, pero también les crea enemigos. El principal es la prensa. Y la prensa tiene en sus manos un arma que puede resultar letal para los cienciólogos: la “ciencia secreta” para los iniciados. Muestra de ello es la sorprendente virulencia con que atacan a quien divulga las doctrinas de circulación restringida de la secta, aunque lo exponga por exotismo y sin censurarles. Son fantasías que sólo pueden ser creídas tras una concienzuda “preparación”. Si de antemano se conocen, en frío, el posible atractivo que puede presentar la secta desaparece. Como decía Dennis Erlich, un antiguo supervisor del Flag Service Organization –un instructor de alto nivel, que les conoce bien- convertido en adversario: “¿Quién ganará? Ya hemos ganado. Hemos sacado el genio de la botella”.

b.2- Otras

Dentro de este grupo, no hay ninguna otra organización de tamaño, dinamismo o complejidad comparable a la cienciología. De las muchas que hay, se repasan algunas de las más significativas, que sirven para hacerse una cierta idea del grupo, siempre imperfecta, porque la variedad es muy grande.

Aparentemente, pocos grupos organizados encajan mejor con la llamada mentalidad “New Age” como Nueva Acrópolis. Sin embargo, se creó mucho antes de que se oyera hablar de “New Age”, y tiene unos antecedentes que se remontan mucho más atrás.

Hay dos círculos concéntricos de personas alrededor de Nueva Acrópolis. El exterior figura como una asociación cultural (“Asociación Cultural Nueva Acrópolis”), y lo es. Tiene socios, publicaciones, y unas actividades centradas sobre todo en conferencias, que versan sobre todo tipo de temas del gusto del neopaganismo, el esoterismo, el ocultismo, y en general el gusto por lo exótico: civilizaciones y culturas de la antigüedad, pensamiento y simbolismos de arcanas civilizaciones, religiones extinguidas o poco conocidas, ocultismos, poderes mentales y parapsicología, gnosticismos de todo tipo, etc. El círculo interior lo constituyen personas dedicadas en mayor o menor grado a la organización, que profesan unas ideas determinadas, han completado unos estudios en el Centro de Formación Filosófica, y forman un conjunto disciplinado. Sólo respecto de este círculo interior puede hablarse de secta.

El origen remoto se remonta a 1875, cuando bajo la inspiración de la rusa Helena Petrovna Blabatsky se funda en Londres la Sociedad Teosófica (la fundó un masón, el coronel Olcott). La propaganda de Nueva Acrópolis, donde veneran a Blabatsky, la define como una mujer que “a través de una filosofía ecléctica, buscó la verdad oculta en las Artes, Ciencias, y Religiones de la Antigüedad y la unión entre todos los hombres”. Era en realidad una especie de “vidente” gnóstica y esotérica, una especie bastante común en la Rusia del pasado siglo. Nueva Acrópolis hereda esos rasgos fundamentales de su pensamiento: ocultismo esotérico (doctrina reservada a los iniciados del círculo interior), clecticismo neopagano (se combinan elementos de cualquier paganismo antiguo, sin preocuparse mucho de su compatibilidad), y una especie de ideal de fraternidad universal neopagano (elemento claramente procedente de la masonería).

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental entre el ideario de Blabatsky y el de los acropolitanos. Mientras aquélla se apoyaba fundamentalmente en las antiguas religiones orientales, éstos encuentran su apoyo principal en la filosofía pagana occidental, con elementos tomados del pitagorismo (Pitágoras, además de sus aportaciones a las matemáticas como el famoso teorema de su nombre, fundó una especie de secta esotérica), el platonismo y el neoplatonismo. De hecho, Nueva Acrópolis no quiere ser etiquetada, no ya como secta, sino tampoco como religión: no quieren ser más que una filosofía. Sólo que esta filosofía lo engloba todo.

El fundador del grupo es el “profesor” –parece que no acabó los estudios universitarios- argentino Jorge Ángel Livraga Rizzi (1930-1991). El propósito de su “filosofía” es alcanzar el “yo superior” –el superhombre, aunque no se le llame así-, despertándolo –se encuentra ya potencialmente en el espíritu- por los medios familiares al esoterismo: sabiduría oculta, simbolismo, imaginación, estudio de los sueños, y –esto es menos común- una vida físicamente sana. La consecución de ese “yo superior” es la puerta al “yo cósmico o universal”, realidad colectiva arquetípica. Cuando haya muchos que lo consigan, el “yo universal” aparecerá como una conciencia colectiva, lo que dará lugar a una nueva sociedad, regida por los ideales que propugna. Se traslucen aquí, efectivamente, ideas platónicas: el alma degradada por el cuerpo mortal, que procede del “mundo de las ideas” o “cosmos noetós” (“cosmos” en griego no es simplemente “universo”: es “universo ordenado”, armónico), y a él tiene que volver liberándose de los condicionamientos materiales; y neoplatónicas: el “alma del mundo”. Todo ello envuelto en un ambiente esotérico con influencias orientales, pero que también estaba presente en Pitágoras.

Hasta aquí, la cosa no pasa de ser un esoterismo neopagano más, con la particularidad de ser más “occidentalizado” que lo habitual. Pero resulta que los sueños de Livraga incluían sueños imperiales. Organizó su grupo con algunos caracteres de milicia –quiso haber sido militar, pero no fue admitido en la Academia-, con la idea de que esa nueva sociedad sería un imperio regido por sus ideas. Como los griegos, salvo el efímero reinado de Alejandro Magno, no construyeron un imperio universal, Livraga buscó su simbología en el imperio romano: los hachones característicos, el saludo romano –incluido el “Ave, César”-, etc. El problema es que a la misma fuente habían acudido los fascistas italianos de Mussolini (el mismo término “fascismo” procede de esos hachones, símbolos de la potestad en la Roma clásica, y denominados “fasces”), y que esa nueva sociedad imperial suena al “nuevo orden” propugnado por los grupos neonazis. Si a esto se añade la existencia de un cuerpo de seguridad con uniformes negros que practican artes marciales y el empleo de un vocabulario cuasimilitar –Livraga estaba al frente del “comando mundial”-, la catalogación de Nueva Acrópolis como grupo neonazi estaba bastante servida.

¿Es así? Ellos lo niegan, pero a la vez indicios no faltan. Por otra parte, como grupo neonazi su comportamiento es extraño. No difunden propaganda de ese género, ni participan en actos característicos de esos grupos. La simbología misma es más cercana a la fascista italiana que a la alemana nazi, lo cual tampoco es habitual*. Si todo fuera en el fondo una tapadera para una organización “ultra” neofascista, parece que no acaban de salir nunca de la tapadera, y sobra veneración a personajes como Madame Blavatsky mientras que falta a otros conocidos personajes que constituyen símbolos de la extrema derecha. Más bien parece que se ha llegado a un resultado análogo por vías distintas. Es posible que en su juventud Livraga, a quien sus seguidores presentan como dedicado “a promover la fraternidad entre los individuos y los pueblos”, haya estado cercano a grupos de la extrema derecha argentina –en realidad más pasional que extrema-, pero lo que sí es seguro es que estaba más influido por ideales masónicos, y que si no perteneció a esa organización –cuantitativa y cualitativamente poderosa en los círculos intelectuales argentinos de la época-, al menos no estaba lejos de ella y la conocía bien.

Livraga, a pesar de ser el supremo “comandante”, parece que confiaba más es su carisma que en la organización, y no dejó a su muerte una organización excesivamente centralizada. Nueva Acrópolis está configurada como una federación de entidades nacionales (32 con el tamaño suficiente para ser miembros, y con representación de otros diez países). La Federación, con sede en Bruselas, se dedica sólo a la representación y la organización de un congreso anual. La presidencia está ostentada por uno de los presidentes nacionales elegidos. Actualmente lo es la presidenta de la Asociación española, Delia Steinberg, prueba de España es uno de los lugares donde más ha cuajado la organización, al menos relativamente, aunque también la elección se debe a la cercanía con Livraga, pues vivió con él en Madrid. Madrid parece ser, por tanto, el principal centro de decisión de la secta.

De hecho, Livraga la escogió como residencia en los últimos años de su vida –murió en Madrid-, a pesar de ser consciente de que la policía seguía sus movimientos (al final fue llevado ante en juez por llevar él y su guardaespaldas sendas pistolas sin licencia; no es gran cosa). En España han tenido su apogeo, con más de mil miembros de la secta, pero ese número ha bajado, y posiblemente ahora esté en torno a la mitad; adquirieron en su día y arreglaron un castillo en Guadalajara –el de Santiuste-, pero lo tuvieron que dejar por no poder mantenerlo. Este descenso de afiliados ha sido la tónica general de estos años, de forma que no deben superar los diez mil en el mundo; en buena lógica, los países con mayor implantación deben ser aquellos en los que han fundado instituciones docentes: Perú, El Salvador y Paraguay (es llamativo el contraste de los nombres: “Colegio Giordano Bruno” en Perú, “Universidad San Jorge” en El Salvador; es probable que en alguno de estos casos haya habido apoyo masón). La causa parece radicar en la curiosa mezcolanza de creencias, símbolos y estructuras. La predicción más razonable es que no tardarán en desaparecer, a menos que dejen de lado esa especie de organización paramilitar con simbología parafascista que la peculiar idiosincrasia de Livraga montó.

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También es un argentino, Mario Luis Rodríguez Cobos (nacido en 1938), el creador de una secta conocida hoy como Movimiento Humanista. El nombre es lo de menos, pues, al igual que los símbolos, ha cambiado varias veces. En España hace años se presentaba como “La Comunidad”. El cambio es oportunista, ya que sirve para parasitar a las distintas organizaciones que se definen como humanistas, de forma que, por ejemplo, si se busca algo “humanista” en Internet lo más probable es que se encuentre uno con la tupida red de websites de esta organización. Hace unos años se presentaron a las elecciones políticas europeas como “Verdes Ecologistas”, que llegó incluso a formar parte de Izquierda Unida –hasta que se dieron cuenta de quiénes eran-, y dividió el voto ecologista. Esto, lógicamente, ha irritado tanto a los ecologistas como a los “otros” humanistas. Ahora se siguen presentando en varios países como “Partido Humanista” –incluso han creado lo que llaman “la Internacional Humanista”, donde se encuentran sólo ellos-. Ya se sabe que no ganan un solo puesto, pero sirve como plataforma propagandista, da una cierta carta de ciudadanía, y pone a su disposición el censo electoral para poder enviar su propaganda. Todo esto da una idea del carácter oportunista y escurridizo del argentino.

Pero lo que éste ha montado no es un partido político, sino una secta. Rodríguez Cobos es conocido y firma como “Silo”; se considera el pistoletazo fundacional del grupo un discurso suyo en Argentina (se habló del “nuevo sermón de la montaña” por parte del “mesías de los Andes”), pronunciado en 1969. Lo que propugna podría resumirse diciendo que es la secta de la utopía atea. Como utopía, no tiene nada que envidiar a las utopías clásicas que se han venido sucediendo desde el Renacimiento. Pinta en primer lugar un panorama catastrofista del mundo, dominado por el “gran capital”, que produce una tensión social y una destrucción de la naturaleza crecientes. Luego propone su mundo feliz: una fraternidad universal y pacífica, donde se reconstruya la naturaleza y la sociedad, donde el gran capital será sustituido por una especie de corporativismo –es más colectivista de lo que parece a primera vista- y el Estado mismo por una sociedad participativa a todos los niveles. Suena muy bonito, pero en las toneladas de papel que producen estos humanistas uno encuentra mucha demagogia y ninguna explicación cabal sobre cómo ponerlo en práctica. Salvo que considere como tal algunas propuestas electorales del Partido Humanista –su brazo político-, como la creación de una banca pública al nivel corporativo que se trate para dar créditos a todo el mundo a interés cero.

Es también ateo. Se presenta como una entidad sincretista en el que caben todos, creyentes o no, pero en realidad lo que cabe es lo que comulga con las ideas de “Silo”, lo cual no otorga un margen muy ancho. Uno de sus principios constitutivos es bastante claro al respecto: “nada por encima del ser humano, y ningún ser humano por debajo de otro”.

También se nota este carácter en la moral, que se puede deducir de sus “principios de la acción válida”. Son doce en total. El sexto dice así: “Si persigues el placer, te encadenas al sufrimiento. Pero, en tanto no perjudiques tu salud, goza sin inhibición cuando la oportunidad se presente”. Y el texto del noveno es: “Cuando perjudicas a los demás quedas encadenado. Pero si no perjudicas a otro, puedes hacer cuanto quieras con libertad”. Son, desde luego, muy pocos límites, y más aún si se interpreta este último principio a la luz del anterior, dando como resultado que el único perjuicio contemplado es el de la salud. Esto, dentro de un colectivo más o menos cerrado, ateo –al menos en la práctica- y utópico, deja la puerta bastante abierta a excesos, y en particular la promiscuidad sexual. Se ha acusado a la secta de favorecerla con fines de captación y fijación en el grupo. Puede ser, pero en realidad no hace falta. La historia enseña que las utopías naturalistas y colectivistas –siempre lo son-, cuando se intentan ensayar, siempre acaban desastrosamente en este terreno (y en los demás).

De puertas adentro, se advierten más claramente los contactos de “Silo” con doctrinas y grupos esotéricos y teosóficos. Si se tacha su doctrina de naturalista, los siloístas lo rechazan con indignación, ya que para ellos “naturalismo” significa conformarse con la actual naturaleza del hombre, y ellos aspiran a superarla. Los medios para conseguirlo son una mezcla de técnicas individuales y de una especie de “terapia de grupo”. Incluye ejercicios de relajación, pero más importante es la introspección en busca de experiencias traumatizantes y prejuicios alienantes, que debe tener como primer resultado la liberación de todo sufrimiento. El trasfondo que tiene todo esto es el intento de liberarse del sentimiento de culpa, y en última instancia del sentido del pecado. El apoyo colectivo juega también su papel en este propósito, y de ahí las largas reuniones grupales, con un cierto carácter esotérico, y que incluyen algunas ceremonias lejanamente inspiradas en las cristianas. Pero son de signo contrario: aquí la religión, como primer “dogmatismo alienante”, es el enemigo. Se pretende estar por encima de cualquier dogma; en la práctica, esto significa la pretensión de estar por encima del bien y del mal.

Este “nuevo humanismo” no habría ido más allá de ser uno de tantos grupos típicos de la época hippy de finales de los sesenta y principios de los setenta, seducidos a la vez por el ocultismo naturalista y por el fetiche del comunitarismo autogestionario, si no fuera por la personalidad de “Silo”. La especialidad de Rodríguez Cobos no era tanto la teoría –no acabó las carreras universitarias que empezó-, pero para eso tenía junto a él al “ideólogo” del grupo, Bruno von Ehremberg (firma como “H. van Doren”). Pero era un organizador nato, que ya antes de apostatar de la fe católica había sido Presidente de la juventud de la Acción Católica argentina, y después siguió sacando experiencia a raíz de algunos fracasos. Diseñó un grupo de estructura piramidal, en cuyo vértice, como “Coordinador General” y “Primer magisterio” (primero y absoluto), está “Silo”. Por lo demás, la estructura guarda semejanzas con la de los grupos en la clandestinidad. En la base está una estructura celular, en la que se estimula al que ingresa nombrándole “delegado” del pequeño grupo... que tiene que formar. También se nota esta semejanza en el tipo de actividades formativas, consistentes en largas sesiones. Para asegurar la estructura, hay una fuerte disciplina en algunos aspectos, entre ellos el pago de cuotas –unas 30.000 pts. anuales en el nivel básico-, con un sistema en el que la mitad de los ingresos cubre los gastos locales, y la otra mitad va al escalón superior.

Es una secta relativamente joven, que puede considerarse en expansión, aunque ha habido retrocesos, al parecer debidos sobre todo al cansancio motivado por la considerable actividad de apoyo al Partido Humanista sin que se vieran resultados tangibles. Los datos oficiales hablan de treinta mil miembros, con una implantación en setenta y cuatro países. Probablemente la cifra real sea algo menor. En España se suele dar la cifra de cinco mil componentes, que resulta excesiva; de hecho, es significativo que, a efectos organizativos, el grupo español dependa de Portugal. Quizás la mitad sea un dato más próximo a la realidad. El futuro del grupo dependerá, en buena parte, de que encuentre a alguien capaz de tomar el relevo de Silo, que cumple sesenta y dos años en 2000.

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Volviendo al llamado “New Age”, parece claro que la mentalidad que se cataloga con este nombre no casa muy bien con la disciplina rígida de grupos como los que se han examinado en este apartado. Por otra parte, es también cierto que ha propiciado el auge del llamado “neopaganismo”. Esto se traduce en la proliferación de pequeños grupos que quieren volver a los cultos de las antiguas civilizaciones paganas, especialmente a los de signo telúrico: los de dioses que encarnan fuerzas naturales. En más de un caso, la adoración se dirige directamente a la diosa Madre Naturaleza, o es ambigua en este sentido.

Las tradiciones y mitologías a las que pueden adherirse son de los tipos más variados: hay cultos a los dioses escandinavos, eslavos, bálticos, griegos y romanos, persas, etc. La tendencia predominante es entroncar con la antigüedad de la geografía propia, aunque también se puede recurrir a los vedas, los egipcios, o los africanos. Es algo menos común acudir a los germanos, por ser un sector bastante ocupado por grupos neonazis y afines. Hay sectas de nueva creación, mientras otras entroncan con pensadores o sociedades del siglo XIX. Hay que tener en cuenta que el romanticismo de principios del siglo pasado hizo revivir el interés por todos estos pueblos antiguos y sus leyendas heroicas, antiguas o inventadas, como se refleja en sus manifestaciones literarias.

De todas formas, la civilización grecorromana no atrae tanto por estar en las raíces de la sociedad actual que se desea cambiar. Tampoco la oriental, que tiene sus sectas propias y es un tanto despectiva de la naturaleza. Ni la egipcia, demasiado centrada en ritos funerarios. De otras se sabe muy poco, o hay muy poco que saber. Todo esto explica el auge que dentro de estos grupos están teniendo los basados en la civilización celta, que además tiene la ventaja de llevar consigo un folklore musical bastante rico. Surge así con cierta fuerza el druidismo, que pretende imitar a los druidas, que formaban la casta sacerdotal de los celtas.

Una de las organizaciones druidicas más extensas y mejor organizadas, que puede servirnos de ejemplo de secta de este tipo, es la llamada Ár nDraíocht Féin (“Una hermandad druida” en gaélico, aunque como no suele saberse pronunciar también se anuncian con la traducción inglesa: A Druid Fellowship). Nació en Estados Unidos en 1982 de la mano de Isaac Bonewits –el nombre indica ascendencia judía-, y está ya extendida por la geografía estadounidense y canadiense. Se organiza en pequeños grupos llamados “arboledas” (groves), que se dicen “semiautónomos”, y lo son sobre todo para organizar sus cultos y festivales.

Hay un credo fundamental. “Creemos en una multiplicidad de dioses y diosas, así como de seres inferiores, muchos de los cuales son dignos de respeto, amor y veneración” (Bonewits). La secta como tal no quiere pronunciarse si uno de ellos es el “ser supremo”, pero sí del rechazo a una “figura del mal radical”. La misma figura de la divinidad es algo difusa: “Creemos que la divinidad es a la vez inmanente (interna) y trascendente (externa), siendo mucho más importante prestar atención a la inmanencia en esta fase crucial de la historia humana”. Y la razón es que se trata de rechazar todo “dogmatismo”, pues para ellos las religiones monolíticas basadas en “mesías y supergurús” son un obstáculo para el crecimiento espiritual”. En el terreno práctico, gran optimismo –confianza en las fuerzas naturales-, tolerancia y autonomía, junto con la preocupación por el bienestar (no es exactamente lo mismo que “bien”) del prójimo. Pero, eso sí, “consideramos la preocupación y la actividad ecológica como un deber sagrado”.

Es así claro que lo que más une es la actividad, no el credo. En la actividad se manifiesta el carácter esotérico, que se atribuye, en primer lugar, a los antiguos druidas. Una cosa es el adepto, y otra el druida. Lo primero es fácil de adquirir, lo segundo requiere una enseñanza larga y programada, y sus compromisos. Incluso dentro de la condición de druida, hay tres “círculos”, cada uno más reservado que el anterior. Hay toda una mitificación sobre la sabiduría oculta de los antiguos druidas, que sólo se transmitían entre ellos (se refleja incluso en los famosos cómics de Asterix). En realidad, ocurría –y ocurre- lo mismo con todas las civilizaciones primitivas. La casta sacerdotal -llámense hechiceros, chamanes, o como sea-, necesitaba ese ocultismo para mantener su posición de pieza imprescindible, pero cuando se podía entrar en esa oculta sabiduría no se encontraba más que un conjunto de hechizos y reglas prácticas de desenvolvimiento.

La organización está bastante desarrollada. A la cabeza está el “Archidruida” (Bonewits hasta 1996, hoy John Adelmann, que se hace llamar Fox, “zorro”), con un consejo en el que cada componente tiene una función propia (vicepresidente, tesorero, registrador, encargado de estudios, etc.), formando “la Arboleda Madre”. De ésta dependen las demás “arboledas”, extendidas al menos por veintisiete estados de EE.UU. y tres provincias de Canadá. Tienen publicaciones (destaca la revista Oak Leaves, “Hojas de roble”) y un detallado programa de estudios, que incluye las asignaturas de ritual, adivinación, magia, “bardería” (la condición de Bardo, que también jugaba un papel importante en la antigua sociedad celta), curación, y otras artes.

Cabe hacerse una pregunta: ¿entronca todo esto realmente con los antiguos druidas? La verdad es que más en las formas –y esto con reservas- que en el fondo. La predilección por los bosques tenía más que ver con la magia ocultista que con el ecologismo. Y, desde luego, lo que se suele soslayar, cuando se recuerda a los antiguos celtas, es que fue una civilización particularmente violenta. De hecho, en el arrinconamiento y casi desaparición de los celtas –cubrieron sobre todo lo que hoy es Francia, las islas británicas, Bélgica, Holanda y el Norte de Italia, y hoy quedan sus raíces solamente en Irlanda, Escocia y Gales-, tuvo tanto que ver la potencia de los invasores como el debilitamiento de los celtas a causa de sus continuas guerras intestinas.

Ár nDraíocht Féin se considera parte del druidismo, que a la vez se considera parte del “movimiento neopagano”. Es frecuente la intercomunicación, la organización de congresos, festivales y otras reuniones. Como es de suponer, se incluyen aquí grupos de lo más variado. Algunos son puramente neopaganos; otros, en cambio, están más conectados con otras tendencias y actividades: espiritualidades orientales, espiritismo, variedades de las llamadas “ciencias ocultas” –un verdadero contrasentido- como la brujería, e incluso satanismo.

c) Sectas de origen oriental

Las religiones orientales siempre han ejercido una cierta fascinación en el mundo occidental. Cuando Occidente entraba en una crisis religiosa, muchas miradas se dirigían hacia el Este. Entre el mundo grecorromano del siglo I de nuestra era, eran ya muy populares los dioses egipcios, especialmente Isis, Osiris y Serapis. Algo más tarde le tocó el turno a la religión persa, que incluso afectó al cristianismo –ya más desarrollado- al producir la “herejía” –era más bien una religión distinta- maniquea. La India quedaba todavía demasiado lejos. El triunfo final del cristianismo a partir del siglo IV acabó con todo este paganismo, pero cuando Occidente aflojaba, volvían a surgir brotes, especialmente de maniqueísmo y de una especie de platonismo orientalizado. El siglo XVIII ya vio surgir un interés por lo que podía aportar el Extremo Oriente, que se consolidó en la siguiente centuria. En el siglo XX, encontramos en Occidente una crisis religiosa y cultural al llegar los años 60, lo que, entre otras muchas consecuencias, dio auge a novedades de impronta oriental, y se empezó a hacer familiar la imagen de algún “gurú” que ofrecía una espiritualidad que era a la vez nueva y antiquísima, pues entroncaba con libros y cultos muy anteriores a Jesucristo.

De todas formas, hay que hacer notar que buena parte de las tradiciones y grupos orientales no tienen ningún interés en ser exportados al mundo occidental. De todas las variantes del budismo, la única que ha hecho un esfuerzo por implantarse en él ha sido el lamaísmo tibetano, que no representa más del diez por ciento del total de budistas, y lo ha hecho obligado por la necesidad. Tíbet era un país totalmente cerrado a la presencia extranjera, y por eso mismo se encontró sin amigos cuando fue invadido por los chinos. No les ha quedado más remedio que hacerse notar e intentar ser alguien fuera de sus fronteras. El mismo Dalai Lama –su jefe supremo- ha tenido que encontrar su “reencarnación” (quien será su sucesor) en un niño... ¡de Granada! De todas formas, esta expresión religiosa no es una secta, sino simplemente la continuación de una religión con muchos siglos de antigüedad.

Extremo Oriente es un mundo en el que bullen las sectas, generalmente entroncadas con las diversas tradiciones religiosas del país en el que nacen. Asimismo, también es lo habitual que no pretendan salir de sus fronteras, al menos étnicas. La secta “Falung-gong”, que recientemente ha ocupado titulares de prensa por ensañarse el gobierno chino con ella, puede mover a miles e incluso millones de personas, pero es un producto chino para chinos, y sus seguidores en Estados Unidos –donde vive su creador- son miembros de la colonia china afincados allí. Hay sectas chinas y japonesas, pero sin relevancia alguna en el mundo occidental, salvo como pura curiosidad. También las hay en Corea, pero, salvo la de Moon, tampoco han salido de Corea, y ésta tiene una mayor raíz occidental que oriental.

La atención se centra así en la India. De su tradición religiosa han salido las sectas que tienen alguna relevancia en el primer mundo. Para poder entenderlas apropiadamente, conviene conocer algo de la particularidad del hinduismo. No es una religión organizada y estructurada como podemos estar acostumbrados a ver en nuestra sociedad. Es más bien una tradición religiosa nacional, que configura un marco de creencias fundamentales. A partir de este patrimonio común –que incluye una colección de antiguos libros sagrados-, se configuran diversos grupos, que siguen a un líder o hacen particular incidencia en un aspecto o en el culto de un dios o diosa. Es por tanto una religión que deja espacio en su interior al sectarismo, sin que deba entenderse el término en un sentido peyorativo. La historia del hinduismo es una historia de continuas revitalizaciones y corrientes, formadas alrededor de “sadhúes”, santones ascetas que ejercían como maestros de espiritualidad –con diversos títulos: “gurú” es quizás el más conocido-. Esto ha dado lugar a sectas de todo tipo –la mayoría efímeras, algunas más duraderas-, algunas respetables y otras no tanto, como la que encontraron los ingleses a su llegada llamada de los “thugs”, adoradores de la diosa Kali que exigía sacrificios humanos, realizados mediante estrangulamiento con un pañuelo ritual de seda (en inglés ha quedado el término, con el significado de indeseable, amenaza del orden social).

Es también importante tener en cuenta que nos encontramos aquí con el único antiguo politeísmo que aún sigue en vigor extensamente. Se siente, por una parte, acosado por los monoteísmos –islamismo y cristianismo-, lo que se traduce en un repliegue nacionalista hostil a toda innovación extranjera, y propenso a la susceptibilidad y a explosiones de fervor violento. Pero hay en ello un cierto trasfondo de sentirse débil, lo que incita a la renovación, lo cual por otra parte viene también exigido por su propia evolución interna. Ya no parece tan razonable como antes tener un panteón de dioses antropomórficos de curioso aspecto, y se abren paso formas que hacen hincapié en aspectos más espirituales y una cosmovisión más razonada, intentando a la vez no romper con los orígenes, la llamada literatura védica (vedas son sus libros sagrados), que proporcionan elementos muy heterogéneos, de forma que se puede hacer hincapié en lo que más interesa. Estamos por tanto frente a una religión que se mueve más de lo que parece, lo que produce a la vez convulsiones como efecto indeseado pero inevitable.

El marco común en la religión hinduista está formado por unas cuantas ideas que, en mayor o menor grado, comparten las sectas de origen hindú implantadas en Occidente. Conviene aclarar que no ha existido en Oriente una filosofía como la que se desarrolló a partir de los griegos, y que por tanto se trata de una serie de nociones basadas en unos conceptos no muy bien perfilados racionalmente. No hay tampoco una preocupación por construir un sistema de pensamiento coherente, de forma que pueden encontrarse, dentro de la misma creencia, elementos difícilmente compatibles entre sí, y cuya comprensión se suele dejar en manos del líder espiritual, que, fruto de la ascética y la meditación continuas, es el único –quizás con quienes le han seguido de cerca- que ha logrado una sabiduría integradora y profunda. De ahí que las sectas de origen hindú tiendan al esoterismo.

Hay en el hinduísmo una cierta tensión entre politeísmo y panteísmo. De una parte, tenemos una pluralidad de dioses y diosas de distinto rango –las supremas deidades clásicas son Brahma, Shiva y Visnú-; de otra, una tendencia hacia una visión panteísta del mundo, de forma que el objetivo de la espiritualidad es fundirse con el Absoluto que todo lo abarca. Esta tensión ha sufrido diversos avatares históricos, con una cierta vuelta al politeísmo clásico como reacción a la escisión budista –Buda era indio-, más claramente panteísta, y una lenta recuperación de posiciones por parte del panteísmo. Pero no se pretende una ruptura con la otra parte, y se tiende así a una especie de modalismo, en el que las diversas divinidades son modos de presentarse el absoluto, y su jerarquía encuentra una explicación parecida al emanacionismo neoplatónico: sucesivas emanaciones del “Uno Absoluto”.

Toda esta confusión ha propiciado otro rasgo que se encuentra prácticamente en todas las sectas derivadas: el sincretismo. Todo se puede meter en el mismo puchero, y ya se irá poniendo cada cosa en su sitio. No es por tanto una pura táctica para acercar posibles adeptos el que estas sectas traten de integrar todo y declaren que Cristo o Mahoma son expresiones de religiosidad auténtica y quepan dentro de sus doctrinas, con lo que no es necesaria una renuncia a ellos para seguir al nuevo grupo. Es algo que verdaderamente forma parte de su pensamiento, como también Mahoma integró la Biblia y la figura de Jesucristo como profeta en la religión que fundó.

Otra característica en común con el neoplatonismo es el dualismo, de forma que lo material, el cuerpo incluido, es más bien despreciado en beneficio del espíritu. Una primera consecuencia, común en todas las religiones orientales, es el ascetismo fundamentalmente negativo que propugnan. Se trata de lograr un completo despego de todo lo de este mundo, para poderse así fundir con el Absoluto. Pero ese todo abarca incluso lo personal, ya que en la fusión con el infinito se diluye la individualidad concreta. Esta ascética es clara y radical en el budismo, que busca el llamado estado de nirvana, palabra sánscrita que significa “aniquilación”, pero también está en la raíz de las espiritualidades de matriz hindú.

Más peculiar de Oriente es la visión de la vida como una purificación que, de no lograrse, produce la reencarnación del espíritu en otro cuerpo, más o menos elevado según sea mayor la carga negativa que hayan generado la o las vidas previas. Puede ser así de hombre o de animal; y, dentro de los hombres, puede ser de condición más o menos digna. Esa carga tiene un nombre, karma, con la que tiene que cargar cada persona. Dos consecuencias principales se derivan de esta visión. La primera es el fatalismo: el karma responde a una ley inexorable, y cada cual sólo puede resignarse con su condición. La segunda es la división en castas, que se fundamenta así en algo más profundo que la mera organización social. Hay, en muchas de las sectas hindúes, una tercera consecuencia: la dieta vegetariana. Matar y comer animales sería un crimen, pues se podría estar acabando con la reencarnación de un espíritu.

Estas características generales son, por supuesto con algunas variantes según los casos, compartidas por las sectas incluidas en este apartado. Son muchas, y sólo nos detendremos en algunas para mostrarlas a título de ejemplo. En general, se trata de “productos de exportación”. No proceden de sectores hindúes establecidos en la India, que suelen ser fuertemente nacionalistas y sin deseo de compartir sus creencias con extranjeros. Proceden de mesianismos ligados a “sadhús” que salen fuera del país y crean una secta en el extranjero, de proyección multinacional, a veces con alguna idea occidental incorporada que se toma en préstamo.

Es importante notar que el atractivo que encuentran estas sectas no procede de su doctrina, sino de su espiritualidad y sus técnicas de oración. “No está por eso fuera de lugar –afirma Juan Pablo II- alertar a aquellos cristianos que con entusiasmo se abren a ciertas propuestas provenientes de tradiciones religiosas del Extremo Oriente en materia, por ejemplo, de técnicas y métodos de meditación y de ascesis. En algunos ambientes se han convertido en una especie de moda que se acepta de manera más bien acrítica. Es necesario conocer primero el propio patrimonio espiritual y reflexionar sobre si es justo arrinconarlo tranquilamente” (Cruzando el umbral de la esperanza, pag. 103). El propio Pontífice, unas líneas antes, hace la reflexión. “La verdad sobre Dios Creador del mundo y sobre Cristo su Redentor es una poderosa fuerza que inspira un comportamiento positivo hacia la creación, y un constante impulso a comprometerse en su transformación y en su perfeccionamiento. El Concilio Vaticano II ha confirmado ampliamente esta verdad: abandonarse a una actitud negativa hacia el mundo, con la convicción de que para el hombre el mundo es sólo fuente de sufrimiento y de que por eso nos debemos distanciar de él, no es negativa solamente porque sea unilateral, sino también porque fundamentalmente es contraria al desarrollo del hombre y al desarrollo del mundo, que el Creador ha dado y confiado al hombre como tarea” (id., pag. 102). Puede parecer a primera vista que hay una fuerte semejanza entre las espiritualidades orientales y algunas cristianas con origen en religiosos que se han apartado del mundo, pero cuando se ven de cerca y se entienden bien aparece la diferencia fundamental: para éstas últimas, la labor negativa purificadora es sólo un medio para llenar el alma de algo más elevado, y no se trata de anular la personalidad, sino de configurarla con Cristo mediante la gracia, lo que redunda en una perfección personal, no en un anulamiento en aras del infinito. Y, además, para los cristianos, el único “mundo” malo es lo que mancha el pecado, no lo que Dios crea.

Estas palabras de Juan Pablo II nos colocan indirectamente frente a otra característica de las sectas incluidas en este apartado. Se trata de la enorme desproporción que suele haber entre el número de los que se acercan e incluso se introducen en las prácticas de estas sectas, y el de sus miembros propiamente dichos. En más de un caso funcionan como auténticas academias de religiosidad oriental, a las que acuden bastantes personas, sobre todo jóvenes. Sólo unos pocos entre ellos ingresarán en la secta. La mayoría se acercan para probar algo que parece una experiencia interesante, y al cabo de un tiempo –generalmente poco- lo dejan, bien sea por cansancio, porque surgen obligaciones que les impiden seguir con esa dedicación, porque a la postre no ha resultado tan interesante como parecía, o porque les resulta excesivamente exigente, o incluso porque se hacen conscientes de su negatividad. En algunos casos, se alejan porque han visto cosas poco edificantes y poco acordes con lo predicado. A los maestros se les pide una vida muy rigurosa, y si a la postre no son capaces de alcanzarla queda un vacío que es fácilmente llenado por una rendición a los deseos de ese cuerpo tan despreciado. La tradición religiosa hindú es conocida por el ascetismo de los gurús, pero también ofrece por otro lado algunas muestras de la sensualidad más refinada.

c.1- Hare Krishna

A pesar del declive que está sufriendo, la Sociedad Internacional para la Conciencia de Krishna (International Society for Krishna Consciousness, en adelante ISKCON, acrónimo que ellos mismos utilizan), más conocida como “Hare Krishna” por el mantra –la letanía- con esas palabras recitado por las calles, es la secta que más se conoce dentro de este apartado. Fue fundada en 1966 en Estados Unidos por un gurú establecido en Nueva York, Srila Prabhupada (Abhay Charan De, 1896-1977).

Desde el punto de vista estrictamente doctrinal, resulta difícil calificar este grupo como secta si se compara con el hinduismo más común, ya que, en vez de ser un sucedáneo, supone más bien una elevación. De entrada, es lo más parecido al monoteísmo puro que se encuentra en una religión oriental. Prabhupada quiere conectar con lo que considera más puro de la cultura védica (en particular el Bhagavad-gita, que son los 700 últimos versos del poema épico Mahabharata, escritos hacia el siglo IV de nuestra era), y rechaza el politeísmo y el panteísmo –que califica de ateo y materialista- como corruptelas del espíritu original. Hay un solo Dios, cuya denominación más apropiada es la de Krishna, y a Él sólo hay que adorar. Se admite, como figura en los libros védicos, la existencia de seres superiores de rango inferior a Krishna, los “semidioses”, pero dar culto a éstos es desviar la verdadera piedad: son responsables del mundo material –inferior al espíritu-, y supone venerar a lo inferior en perjuicio de lo superior, haciéndose materialista.

El resto de la doctrina es bastante familiar para quien conozca algo de la tradición religiosa de la India: existencia del karma, reencarnación -como parte de un ciclo vital continuo, del que puede uno librarse espiritualizándose mediante la unión estrecha con Dios-. Afirma la existencia de cuatro “órdenes” de hombres, como aparece en el Bhagavad-gita, pero rechaza firmemente que se deba traducir en un sistema de castas por nacimiento: uno es brahmán –el grupo superior- o sudra –el inferior- por su talante, cualidades y méritos. Eso sí, hay que buscar a los gobernantes entre quienes muestran ser brahmanes. He aquí una característica bastante común a los grupos de raíz hindú proyectados fuera de la India que puede servir de guía a lo que será el futuro del hinduismo, ya que la lenta erosión del sistema cerrado de castas debe propiciar, más tarde o más temprano, cambios no sólo en la sociedad, sino en la religión ligada a ella.

La moral que predican es exigente y bastante elevada. Se trata de vivir una vida natural y sencilla -“el devoto de Krishna quiere ser sensato y sobrio”-, con amor a la naturaleza –no falta aquí una fuerte inclinación ecológica-, y desprendimiento de tanta falsa necesidad que ha creado la civilización moderna por culpa de la codicia. Son estrictamente vegetarianos, con una estudiada dietética. El sexo sólo es válido, y bueno, cuando tiene por objeto procrear dentro del matrimonio, porque entonces está al servicio de la vida (no se reniega del placer: “uno acepta el placer y la responsabilidad”). Se prohibe todo estimulante: no sólo drogas y alcohol, sino también café, te y tabaco. También se excluye el juego de azar. Es una moral sorprendentemente positiva en comparación con lo habitual del Extremo Oriente. “El ser interior –señalan- es por naturaleza alegre. Así nosotros no necesitamos ninguna cosa material para sentirnos feliz (sic, por “felices”). Simplemente necesitamos purificarnos y descubrir la felicidad que ya está allí”.

La visión de Prabhupada tenía su vertiente social, que incluía su particular utopía. Aparte de las comunidades de sus más estrechos seguidores (ashram), abarcaba la futura construcción de pequeñas ciudades donde se viviera con la sencillez y el desprendimiento que predicaba, lo que postula cierto comunitarismo como en toda utopía. Aunque ISKCON tiene su sede principal en Nueva York, sus seguidores han seguido con su proyecto de crear una ciudad-piloto de esas características en Mayapur (Bengala Occidental, India), con un número de habitantes entre 20.000 y 50.000, y alrededor de un templo dedicado a Krishna –o, mejor, dicho, un complejo de tres templos-, cuya construcción se ha empezado y está aún sin concluir.

Hay varias categorías de miembros. Simplificando un poco, puede hablarse de tres grupos: los casados, los que viven en los ashram –comunas- dedicados en exclusiva al estudio y la meditación (también trabajan el campo) bajo la guía de maestros espirituales (brahmacaris), y éstos últimos, los ascetas (sannyasis) (en las ceremonias al menos, visten túnicas blancas, naranja-rosáceo y naranja respectivamente). Lo más problemático es que está previsto que una persona casada pueda, si lo desea, dejar su vida familiar para dedicarse en exclusiva a la práctica de la secta, lo cual, evidentemente, puede generar conflictos, dependiendo de la situación familiar concreta de cada uno.

Donde hay un número de adeptos suficiente, los “Hare-Krishna” edifican un templo, con un complejo conjunto de ceremonias. Donde no se puede llegar a tanto, montan un “Centro de predicación”, con las funciones de un templo simplificadas. Donde están comenzando y todavía no hay suficientes adeptos, lo que se instala es un “Centro nama-hatta”, cuya misión es iniciar a los interesados. En todo caso, y esté donde esté, cada seguidor del grupo debe dedicar un tiempo diario de meditación según las técnicas del bhakti-yoga (“yoga para devotos”), y recitar su mantra 1728 veces al día (pasando 16 veces al día una especie de rosario de 108 cuentas); se asegura que esa recitación “trae ese natural estado puro de la mente”, consistente en “ponernos en armonía con Krishna y sus energías”: es “una vibración sonora que limpia la mente, liberándola de la ansiedad y la ilusión”, “incluso si nosotros no entendemos el idioma”.

Srila Prabhupada llegó a Nueva York en 1965 como pasajero de un barco de carga, y con poco más de lo puesto. Tenía sesenta y nueve años. Comenzó a hacerse notar cantando en un parque neoyorkino su famoso mantra (Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare), como han hecho sus discípulos por las calles durante años (últimamente parece que han abandonado esa práctica callejera). Cuando murió, doce años después, dejó más de cinco mil discípulos iniciados, ciento ocho centros esparcidos por el mundo, cincuenta y un libros escritos (la mayoría comentarios de literatura védica), y alguna otra creación: una editorial (“Bhaktivedanta Book Trust”), una academia de predicación (“Bhaktivedanta Institute”), un ashram piloto de 200.000 hectáreas en el Estado de West Virginia –llamado “Nueva Vrindaban”- y otros más pequeños, e incluso una cadena de restaurantes vegetarianos. Dejó su organización centrada en el ISKCON, a cuyo frente estaba una Comisión de gobierno de unos treinta componentes. Hacia abajo, se estructura por áreas geográficas nacionales, con Consejos nacionales donde su tamaño lo permite.

Si la intención de Prabhupada era revelar la devoción de Krishna en un Occidente que la desconocía, y se dirigió con razón a donde pensó que estaba su centro, también se puso de manifiesto que él desconocía mucho del mundo occidental. Y por ahí vinieron los problemas. Buena parte de los jóvenes que escucharon su mensaje en los primeros años provenía de la “cultura” hippy, en boga hacia el final de los sesenta. De éstos, algunos eran drogadictos –como también algún otro que había sido veterano de la guerra de Vietnam-, y es de suponer que en más de un caso pensarían en la secta como una vía para dejar las drogas. Pero no era tan sencillo. El mismo Prabhupada, que por lo que se sabe tenía un carácter más contemporizador de lo que sugiere su adusta figura, vio el problema y envió a varios a Nueva Vrindaban con la esperanza de que su ambiente sano los rehabilitaría. Fue una ingenuidad. El mismo jefe de la comunidad, un neoyorkino afiliado de primera hora que se llamaba Keith Ham y cambió su nombre por el de Bhaktipada, resultó ser la primera oveja negra. Además de degenerarse la vida moral de la comunidad, Bhaktipada acabó siendo poco menos que un gangster, implicado en el tráfico de drogas. Cuando, sobre todo por actuaciones de la policía, el órgano supremo de los “Hare Krishna” tomó plena conciencia de lo sucedido, fue expulsado con todos sus seguidores en 1987, a tiempo de evitar que las primeras sentencias penales les mancharan del todo. Ham-Bhaktipada está en la actualidad en la cárcel, cumpliendo una larga sentencia. Lo primero que le pudieron probar era un incendio provocado de un edificio para cobrar el seguro, pero sin duda había más cosas, incluso al menos un asesinato atribuido a uno de sus hombres, de un seguidor de la secta, que pudo deberse a un ajuste de cuentas entre traficantes o a impedir que hablara. Se le acusó de ordenar este y otro asesinato. Al final, los tribunales de West Virginia le condenaron a veinte años de prisión.

El caso de Ham-Bhaktipada es sin duda el más grave y más aireado, pero no el único. Prabhupada era un auténtico asceta, pero no todos sus seguidores siguieron fielmente su camino. De los once gurús que dejó constituidos como maestros, cinco han tenido que ser expulsados por conductas indignas. El mismo año de la expulsión de Bhaktipada, el responsable europeo de la secta fue asesinado por un seguidor; fue al parecer un arrebato de desesperación porque, en vez de ser ayudado a salir de la droga, se había encontrado con que su jefe estaba también enganchado al LSD, el alucinógeno –conocido como ácido- que se hizo popular entre los hippies de los sesenta y setenta. Su sucesor huyó recientemente con los fondos disponibles. Han tenido también problemas de abusos a menores en alguna residencia que regentaban, sobre todo en una de la India, y algún episodio desafortunado más.

De todas formas, la principal causa de la pérdida de miembros ha sido el cansancio. El duro monaquismo oriental de Prabhupada –cuyo régimen de vida comenzaba levantándose a las 4 de la mañana para meditar- se aceptaba mejor al principio, entre el entusiasmo juvenil y un tono apocalíptico –Prabhupada anunció una catástrofe mundial inminente- que concordaba con el temor de la época álgida de la guerra fría, pero el paso de los años ha desanimado a más de uno y ha puesto de manifiesto que muchos otros no estaban en condiciones de soportar ese estilo de vida. La secta llegó a tener más de veinte mil componentes, pero en los noventa bajó a la mitad aproximadamente.

Lo sorprendente es, sin embargo, el hecho de que la organización se ha mantenido e incluso en algún sitio ha iniciado una lenta recuperación. La causa principal es que ha tenido una buena dirección. Los dirigentes han reaccionado muy bien a las contrariedades. En vez de intentar agazaparse y echar humo ante los desastres, han reconocido públicamente los hechos y analizado también públicamente sus causas, y lo han publicado en su revista Back to Godhead (“De Vuelta al Supremo”). Esto, claro está, aparte de expulsar fulminantemente a los responsables. Ante estas manifestaciones sinceras y nobles, se ha recuperado en buena parte el prestigio perdido, a la vez que se han frenado las demandas en su contra. Por otra parte, han buscado nuevos campos de expansión, sobre todo en el Este de Europa (como han hecho muchas otras sectas), y en el país de origen: la India, donde han tenido buena acogida y se les mira con bastante respeto. Al fin y al cabo, por mucho que traten de mantener las distancias con el hinduismo “oficial”, el “Hare Krishna” no es más que una de sus ramas más evolucionadas. Han moderado asimismo sus formas, abandonando los espectáculos callejeros de bailes al son de su mantra y las descaradas peticiones de limosnas, dando un tono de seriedad a la secta del que antes se dudaba mucho. Ahora mismo cuentan con unos quince mil adeptos en todo el mundo –con un número mucho mayor de simpatizantes-, y mantiene prácticamente la misma estructura que hace quince años.

La rama española, afortunadamente, parece haberse mantenido al margen de los graves problemas acaecidos en otras partes. Aquí el reclutamiento no se hizo entre hippies, que prácticamente no existían, sino entre personas con distintas motivaciones e indudablemente sin las lacras de otros lugares. En la línea de otros países, llegaron a tener más de quinientos adeptos, mientras que ahora el número parece haberse estabilizado más o menos en la mitad. Su principal núcleo es un ashram situado en las afueras de Brihuega (Guadalajara), llamado “Nueva Vrajamandala”. Por lo demás, tienen otros cinco centros –en las principales ciudades-, y se financian con la venta de productos agrícolas, de publicaciones, y de incienso, sándalo y otros perfumes que fabrican.

c.2- Meditación Trascendental

La primera impresión que puede tenerse de los grupos religiosos formados alrededor de un gurú procedente de la India es que todos deben ser más o menos variantes de lo mismo, y por tanto que “visto uno, vistos todos”. No es así. Indudablemente debe haber algún elemento común desde el momento en que todos beben de las mismas fuentes, la literatura védica. Pero, contando con ello, posiblemente “Hare Krishna” y “Meditación Trascendental” (en adelante MT) estén en polos opuestos dentro de una misma tradición. Y las apariencias engañan. Quien haya visto, por una parte, un grupo de seguidores de “Hare Krishna” rapados con coleta cantando su mantra por la calle, danzando acompañados de unos minúsculos platillos (kartalos), está tentado a pensar que esa charanga no procede de algo serio; y, por otra parte, quien se haya encontrado con la propaganda de MT, bien elaborada e incluso con pretensión científica, está inclinado a considerarlo como algo serio. En realidad, es más bien al revés.

En el ISKCON encontramos una veneración por Prabhupada, cuya imagen se encuentra en unos altarcitos ante los que se postran los adeptos. Se trata de la puja, que aplicada al gurú de turno constituye un elemento común en la tradición hindú. Pero lo que se atribuye a Maharishi Mahesh Yogi, el fundador y actual líder de MT, sobrepuja toda medida. Según la propaganda de la secta, Maharishi “descubrió la Constitución del Universo –el potencial viviente de la Ley Natural-”; ha formulado la “Teoría Absoluta” del gobierno, la educación, la salud, la defensa (basada en poderes mentales que apaciguan al enemigo potencial), la economía, la administración, la ley y el orden, y, por supuesto, la regeneración del hombre, que le libera de todo condicionamiento negativo y le capacita para elevarse a alturas sobrehumanas; ha creado la “Ciencia de la Inteligencia Creativa”, de la que se deriva el “efecto Maharishi” –que toda una sociedad se sosiega, mejora y se acerca al ideal con que sólo un 1 % de la población practique meditación trascendental-, que se pretende científicamente y estadísticamente comprobado; “ofrece la salud perfecta y una larga vida a través de la iluminación”, e incluso el “Maharishi Amrit Kalash, el néctar de la inmortalidad, es ofrecido al mundo”; y “formuló el Plan Maestro para crear el Cielo en la Tierra para la reconstrucción del mundo entero, interior y exterior”. Todo esto suena distinto de lo que predicaba Prabhupada, y si se le despoja del decorado védico recuerda más bien a ... Hubbard.

Y es que, en efecto, un examen detenido revela bastantes semejanzas entre MT y la cienciología. Maharishi también presenta su “sabiduría” como ciencia, tecnología e incluso “mecánica”, y afirma una y otra vez que “la investigación científica avala el éxito del programa”. La secta ha creado una serie de “universidades védicas” –la principal en el Estado de Iowa (EE.UU.)-, y a su alrededor produce una literatura pseudocientífica que, por supuesto, no sale de su ámbito. Un ejemplo puede verse en este párrafo sobre el “efecto Maharishi”, firmado por Urs Strobel: “Esta predicción se basa en un modelo teorético de campos que describe la superposición coherente de amplitudes, en el que la intensidad del efecto generado es proporcional al cuadrado del número de participantes (Hagelin, 1987). Por ejemplo, en sistemas coherentes como los lasers, los elementos coherentes del sistema tienen una influencia proporcional al cuadrado de su número, mientras que los elementos incoherentes tienen una influencia que está generalmente en proporción simple con su número. Así, el tamaño predecido de población influenciada por un número dado de participantes en TM y TM-Sidhi (un segundo escalón en el proceso de TM) podría ser abarcado tentativamente con la ecuación: ME = aN1 + bN2²” (ME: población afectada por el “efecto Maharishi”; N1 y N2 es la población general y la que practica TM respectivamente; a y b son constantes).

La secta no se conforma con anunciar que salvará a la humanidad de catástrofes, sino que asegura haber empezado a hacerlo ya. Maharishi afirma haber enviado a sus adeptos más selectos –los “yoguis voladores” (Yogic Flyers)- a los puntos conflictivos del planeta, con decisiva influencia pacificadora. Más aún: si el mundo se ha librado de una guerra nuclear, ha sido gracias a que en 1989 “el gobierno de la URSS adoptó la Meditación Trascendental de Maharishi y el Ayur-Veda de Maharishi” (¡!). Quien sí lo ha practicado es el presidente de Mozambique, Chissano, que asegura haberlo difundido por familia, familia extensa, ministros y militares, “y el resultado ha sido la paz política y el equilibrio de la Naturaleza en mi país”. Estas palabras de Chissano podían sonar prometedoras cuando las pronunció en 1993, pero ese equilibrio anunciado parece un sarcasmo después de que el país haya sido devastado por masivas inundaciones en 2000. Pero no importa: Maharishi y sus seguidores, al igual que Hubbard y los suyos, salvan el mundo.

La retórica de los dos, altisonante y hueca, presenta asimismo un notable parecido. Un ejemplo de ello puede ser ilustrativo:


“Estamos ofreciendo una oportunidad al mundo de elevarse a esa brillante majestad y dignidad de vida que es el derecho de nacimiento de todo individuo y toda nación. En la Meditación Trascendental y el programa TM-Sidhi tenemos el conocimiento práctico necesario para llamar a las puertas de la invencibilidad y liberar a la humanidad de toda atadura para siempre”. (Maharishi).
“Durante este breve espacio de tiempo fuimos capaces de desarrollar, comunicar y aplicar una tecnología rápida y precisa, que conduce al hombre desde la ciénaga del desaliento hasta la brillante alegría de la existencia espiritual. (...) Durante este periodo, tenemos nuestra oportunidad para dejar de descender, descender y descender hasta la enfermedad y la muerte, y virar rápidamente hacia el sol”. (Hubbard).

La secta no se presenta como una religión –menos aún como una secta-, sino como una técnica. La afirmación básica es que se trata de liberar al hombre de sus problemas interiores, provocados por un estrés que es el resultado de la disarmonía en su interior (con raíz en el sistema nervioso), a través de unas relajantes técnicas de meditación oriental que se ofrecen al gran público mediante cursillos (nótese aquí también la semejanza con la dianética de Hubbard). Bien presentado y proclamado compatible con cualquier creencia, ha constituido un programa atractivo para muchos, de forma que más de tres millones de personas han recibido cursos de meditación trascendental –más de un millón en Estados Unidos-. El curso inicial no es particularmente costoso –menos de quince mil pesetas-, pero es sólo la iniciación. Tras un periodo bastante largo como aprendiz, el iniciado se convierte en “Supervisor”; tras este grado, viene el de Maestro; después de éste, el de Gobernante; y así sucesivamente. Conforme se sube la escala, se complica la cosa, y, naturalmente, sube el precio. El curso de maestro ya exige desplazamiento y residencia (por cierto, uno de los lugares escogidos para ello está en España, en La Antilla, junto a una extensa playa de la tranquila costa onubense, y ha habido cursos también en Mallorca). “Al final –señala John Knapp, que perteneció a la organización y ahora se dedica a informar de la secta para desaconsejarlo a otros-, uno acaba preocupándose sólo de cómo conseguir el dinero para el siguiente curso”. Aquí también salta a la vista el parecido con la cienciología.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental entre las dos sectas. Hubbard creó una “técnica” secular, y en un momento dado la convirtió en religión. Maharishi ha hecho exactamente lo contrario. El creador de MT nació en India en 1911. En los años 40 era un monje hindú que vivía a los pies del Himalaya, bajo la dirección de un prestigioso gurú llamado Brahamananda Saraswati, conocido en MT como “gurú Dev”, que falleció en 1953. Es indudable que Maharishi guarda buen recuerdo de su maestro, ya que sus ceremonias siguen incluyendo la puja ante un altar con su retrato, y es de suponer que todo esto implica que conserva también las creencias que aprendió junto a él. Tras la muerte de “gurú Dev”, Maharishi no duró mucho en el monasterio. Activo, emprendedor y perspicaz, empezó a actuar como gurú y formar así un grupo de devotos. En 1957 funda el Movimiento de Regeneración Espiritual –se considera como el inicio de TM-, y empieza a viajar fuera de la India para difundirlo. La predicación de Maharishi era claramente religiosa –enseñaba lo que había aprendido-, como por otra parte el nombre mismo de la organización sugiere. Pero no obtiene el resultado esperado: la religión hindú no suscita más interés que el de la curiosidad, con pocas excepciones, y el balance de los 60 es más bien pobre. Entonces, en los 70, se opera el cambio: a partir de un momento dado, se trata de cubrir la enseñanza y la organización con un ropaje científico y presentarlas como una técnica –científicamente validada- ajena a toda religión, incluida por supuesto la hindú. Cambió así el nombre por el actual. Lógicamente, se presentaba como compatible con cualquier religión. Maharishi lo justificaba diciendo a sus íntimos que Occidente no estaba preparado para recibir la verdad completa. Este argumento se repetirá para ocultar bastantes cosas, y para mentir en otras.

El carácter esotérico que ya de por sí tiene el monaquismo hindú se refuerza con este disfraz de ciencia, que, en la cúspide, es considerado prácticamente un camelo, a pesar del aparato con que Maharishi ha fundado varias “universidades védicas” (la de Fairfield, Iowa, otorga incluso títulos reconocidos de filosofía, aunque otras titulaciones quedan en el deseo). TM está estructurado en círculos concéntricos, con un fuerte secretismo entre ellos.

Todo esto se pone de relieve desde el principio. El que acude a TM para los cursos iniciales recibe del Maestro un mantra para que lo recite y memorice, como parte del método. Se le dice que son unos sonidos sin significado, escogidos para él/ella con arreglo a sus características y necesidades personales, ya que el ritmo interno de las palabras contribuye a la armonía interior y por tanto a la eficacia del curso; y se le exige un secreto total sobre esas palabras, ya que si lo revela será todo ineficaz. En realidad, el Maestro ha recibido unos pocos, que ha tenido que memorizar y reparte por edades; cree que hay más, pero la verdad es que ése es todo el repertorio en el momento dado. Ahora bien, lo más importante es que no son sonidos sin significado: son palabras en sánscrito de invocación a diversos dioses, o seres divinizados, hindús. Es, pues, un engaño, pero no hay peligro de que el Maestro cometa una indiscreción al respecto, ya que tampoco él lo sabe; sólo a un nivel más alto que el de Maestro se conoce toda la verdad sobre los mantras*.

Por otra parte, se asegura al principiante que, con el curso, podrá conseguir una “conciencia pura” –“conciencia cósmica”, en su terminología particular-, con sólo dos sesiones diarias de meditación de veinte minutos cada una. Se trata de un estado en el que se siente una especie de bienestar extático y se consigue la rectitud en la acción sin esfuerzo. Sin embargo, en los cursos para ser Maestro el propio Maharishi afirma –personalmente o en cinta- que con sólo esa dosis de meditación y la escasa duración del curso no se puede alcanzar ese estado, sólo accesible tras cursos más avanzados, pero hay que seguir afirmando lo contrario a quien se acerca a MT. ¿Razón? Muy sencilla: todavía no están preparados para recibir toda la verdad, y se podrían venir abajo si se dice todo desde el principio.

Sin embargo, bastantes participantes siguen adelante con TM sin sentirse engañados. Esto se debe a que los primeros efectos suelen ser positivos para bastantes personas. No es difícil de entender. Acuden con el reclamo de un método de liberación del estrés, y, aunque no lleguen a tener un verdadero estrés en sentido estricto, sí es cierto que vivimos en una civilización de prisas y de dispersión, de forma que unos minutos de meditación, aunque carezca de todo contenido espiritual y sólo consista en un pararse, relajarse y pensar suelen sentar bien a la mayoría de las personas. Esto, aunque tenga poco que ver con los métodos específicos de Maharishi, anima a seguir. Pero en etapas ulteriores ya se anuncia que puede haber momentos difíciles debidos a que el fuerte estrés acumulado puede hacer que sea desagradable e incluso doloroso deshacerse de él, lo que ya resulta sorprendente. Y obliga a preguntarse qué se entiende aquí por “estrés”. La respuesta auténtica es que se trata de ... el karma acumulado en vidas anteriores, la carga negativa heredada. Estamos por tanto ante otro ejemplo de disfraz de una noción de la religiosidad hindú.

No es fácil determinar con precisión las etapas que suceden a la iniciación, ya que hay adaptaciones de un modelo, y, en las técnicas mismas, ha habido modificaciones a lo largo de los años. Sí puede decirse que, en lo que podría denominarse el segundo nivel, estamos desde luego en otro nivel de precios, que se sitúa normalmente en unas ciento veinticinco mil pesetas por curso. Las técnicas se vuelven más complejas y más intensas –seis sesiones de meditación en vez de dos-. Se combinan periodos de meditación con técnicas de yoga llamadas asanas, en lo que se conoce como sistema “circular”. Se añaden a esto clases, normalmente impartidas proyectando videos de Maharishi, y pujas; suele haber también alguna sesión de masaje, y cintas de canto de himnos sagrados hindúes sacados del Sama Veda, uno de los exponentes de la literatura védica.

Como en tantas otras situaciones de la vida, la falta de resultados –al menos de los esperados- ha sido respondida con una “huida hacia adelante”. A mitad de los setenta, Maharishi se había vuelto más cauto a la hora de prometer resultados a corto plazo, y continuó elaborando lo que viene a ser el camino de nunca acabar. Así, en 1976 lanzó el “Programa MT-Sidhi y la experiencia del burbujeante bienestar (bubbling bliss) en el Volar Yóguico (Yogic Flying) para crear en el individuo la suprema coordinación mente-cuerpo y la coherencia en la conciencia universal”. O sea, cursos avanzados, en los que los precios rondan ya el millón de pesetas. Se entra aquí en el club de los “yoguis voladores” –un nuevo círculo concéntrico de MT-, que, según se anuncia, serán capaces de levitarse, atravesar una pared e incluso hacerse invisibles a voluntad, adquirir la fuerza de un elefante, etc. Todas estas propiedades se anunciaban sobre todo al principio, pero empezó a haber demandas judiciales en los 80 solicitando indemnizaciones por publicidad engañosa e incluso estafa, y se dejó de prometer resultados de este tipo. Los cursos consistían en un principio en seis meses de vida cuasimonástica: yoga, ayunos, dietas, meditación, etc. El elemento central lo constituía la experimentación del samyama, un proceso mental que permite a quienes tengan una “conciencia pura” adoptar determinadas ideas que proporcionan control perfecto y poderes paranormales –“supranormales” sería un término más adecuado- sin esfuerzo alguno: los sutras. Cada sutra provocaría un efecto maravilloso: fuerza, bienestar supremo, visión de lo escondido, “supersensibilidad”, levitación, etc. En la actualidad, los cursos de Sidhi yoga son múltiples; o sea, se vuelve a dividir en grados.

De este modo, se pone de manifiesto que el montaje de Maharishi es el cuento de nunca acabar. Siempre hay una etapa ulterior. Si alguien consigue la “conciencia trascendental”, le espera la “conciencia cósmica”, y a ésta la “conciencia de Dios”; sigue la “conciencia unitaria”, y después está la misteriosa “conciencia de Brahmán”. Total, que al final quien ha recorrido todo el camino es... él, Maharishi Mahesh Yogi, y sólo él.

Pero el caso es que quien no acaba de encajar con el ideal propuesto es el propio Maharishi. Y es que una cosa es la apariencia y otra los hechos. La apariencia, muy cuidada, es la de un apacible santón hindú, afable y espiritual. Pero los hechos, si se examinan atentamente, no muestran a un asceta sumido en una constante meditación, sino más bien a un activista incesante y un gestor incansable. Sus adeptos le han oído, pero apenas le han visto hacer otra cosa que hablar. Y cuando le ven, le ven moverse, yendo continuamente de un lado para otro; Maharishi quiere verlo todo y supervisar personalmente todo en su organización. Al principio, prometía resultados maravillosos con poco esfuerzo, y a sus más cercanos seguidores les hace más hincapié en que tengan sentido práctico que en la profundidad de su meditación, a la vez que sugiere atajos en el camino a la “unidad” que no tienen mucho que ver con el largo y esforzado itinerario del meditante al que adoctrina MT.

El gran gurú de MT es un hombre emprendedor, hábil, escurridizo y astuto. Ha creado una organización que cuenta con unos veinte mil adeptos incondicionales –más incondicionales conforme pertenecen a círculos más interiores-, una red de “universidades védicas” -algunas de ellas incipientes; otras, como la de Fairfield, bien dotadas, incluidas dos cúpulas de meditación, una para hombres y otra para mujeres, con capacidad para mil personas cada una-, centros de salud “ayur-védicos”, e incluso una red de partidos políticos llamados “Partido de la Ley Natural” (claramente, la “ley natural” es la cosmovisión de Maharishi). MT mueve en el mundo millones de dólares.

Maharishi ha demostrado tener perspicacia, de forma que, cuando ve venir los posibles problemas, sabe dar los giros oportunos. Su habilidad para saber dejar a tiempo una técnica –o incluso una doctrina- cuando puede darle problemas, así como para saber guardar siempre un as en la manga, es notable. No le faltan tampoco recursos para no dejarse acorralar –sobre todo cuando se pone en evidencia un engaño-, y para saber dar la imagen conveniente en cada momento. Su discurso es ambiguo en los puntos más fundamentales, y, si se estudia detenidamente, resulta ser una ambigüedad muy bien calculada. Valgan como muestra estas palabras sobre el punto central de MT, su verdadera naturaleza: “Nuestra posición tiene un carácter universal. Si queremos llamar religión a este árbol de sabiduría universal y eterna, llamémoslo la Religión Universal que sostiene toda religión; si queremos llamarlo fe, llamémoslo la Fe Universal que sostiene toda fe; si queremos llamarlo filosofía, llamémoslo la Filosofía Universal que sostiene toda filosofía; si queremos llamarlo ciencia, llamémoslo la Ciencia Universal, la Ciencia de las ciencias; si queremos llamarlo arte, llamémoslo entonces el Arte Universal”. Un buen ejemplo de sofística.

A la vez, no le ha faltado astucia. MT ha constituido una multiplicidad de entidades civiles registradas, y ha patentado todo lo patentable. Pero en ningún lugar aparece Maharishi. O sea, es el jefe de todo, pero no es el responsable legal de nada. Ha sabido también aprovecharse del carácter multinacional de su organización, estableciendo una cabeza tricéfala. Los centros de MT son tres, situados en Estados Unidos (San Francisco), India (Estado de Uttar Pradesh) y Suiza. Corresponden, respectivamente, a la capital administrativa, la capital religiosa y la capital financiera de la secta. Es, qué duda cabe, una visión sagaz para alguien que ha salido de un monasterio junto al Himalaya.

Es obligado hacerse una pregunta, una vez llegados a este punto: ¿en qué cree realmente Maharishi? Es imposible dar una respuesta con toda garantía, por lo hermético del personaje, y porque, en cualquier caso, no se puede penetrar en el interior de una persona. Pero, de todas formas, hay indicios que permiten dar una contestación fiable. Maharishi Mahesh Yogi es un exponente de un hinduismo bastante primitivo, que adorna y disfraza con una multiplicidad de ritos y prácticas lo que resulta una amalgama de viejos mitos politeístas y un fondo nítidamente panteísta. En el fondo, la cosmovisión de Maharishi, despojada de adornos con apariencia de profunda sabiduría, es muy simple. En su doctrina, la verdadera divinidad es una especie de fuerza cósmica inteligente que lo abarca todo, y la auténtica sabiduría es darse cuenta de ello. Toda su técnica consiste en encontrar resortes que permitan abrirse a manifestaciones superiores de esa energía –en la jerga sánscrita, despertar en uno el soma-: una especie de magia oriental esotérica, un hechicerismo particularmente sofisticado. De hecho, aunque Maharishi tenga buena acogida entre las autoridades indias –al fin y al cabo, es una fuente de ingresos para el país-, no puede decirse lo mismo con respecto a los gurús hindúes, que lo consideran un advenedizo y un oportunista, capaz de hacer cualquier cosa con su religión con tal de tener éxito y dinero.

Hay alguna cosa peor, que por otra parte no es exclusiva de esta secta. Con el yoga se pueden conseguir cosas, pero desde luego no las que se anuncian. Se puede lograr un control corporal superior al normal, llegando incluso, entre otros efectos, a una especie de suspensión sensorial. Es posible de esta manera que alguien sienta su cuerpo como en flotación, pero levitar de verdad es algo completamente distinto; y, claro está, hay multitud de cintas de video de Maharishi, pero ninguna que muestre a un “yogui volador” despegando del suelo; el secretismo ha servido, desde tiempo inmemorial, para esconder el fracaso. Surge entonces la tentación de buscar la “iluminación” y la “fuerza cósmica” a través de sucedáneos, especialmente en ambientes cerrados y esotéricos, como son las comunidades monásticas orientales, que no faltan tampoco en MT. Y los sucedáneos son principalmente dos: el sexo y las drogas. De lo primero no hay mucha evidencia directa, pero sí hay pruebas de lo segundo. Hace años, MT puso en circulación –restringida a cíirculos superiores- unas pastillas con el rótulo de “energol-Ma” (puede que se trate del Amrit Kalash, el “néctar de la inmortalidad” que anunciaban, aunque parece tratarse de cosas distintas*). Se trata de unos comprimidos con una composición de extractos vegetales con efectos afrodisíacos y estimulantes. En Occidente están prohibidos por peligrosos, y por eso su circulación es clandestina, pero no lo están en la India, y allí se utilizan más abiertamente. Es una antigua droga, que a la vez postula la actividad sexual de algún tipo, cosa curiosa procediendo de los purusha de MT (y con la marca de sus Ayurveda, centros de salud védicos), que son comunidades de monjes célibes (también los hay femeninos).

Quedan por ver las consecuencias negativas de las técnicas de la secta. ¿Hay, aparte de la falsedad, la pérdida de tiempo y el posible timo, algún efecto pernicioso derivado de los métodos mismos? Son muchos los testimonios que así lo afirman, aunque a la vez hay numerosas divergencias que no facilitan una respuesta ponderada. De entrada, hay que decir que depende de las personas concretas: hay quien ha salido prácticamente como ha entrado, y hay quien ha salido claramente peor. Se trata de unas técnicas que, en sus fases elementales, tienden a la interiorización del sujeto, desvinculándole con el mundo exterior; y que, en fases más avanzadas, buscan producir una especie de suspensión sensorial –éxtasis-, con inclusión de algún elemento hipnótico. Lo primero puede producir algún efecto negativo, aunque generalmente no pasa de leve, tal como algún trastorno de sueño, cefaleas o naúseas. Pero el más importante es la falta de concentración en las cosas: aquí sí que se puede hablar de “síndrome disociativo”, término que viene a significar una especie de despiste patológico. En sí mismo no es algo tremendo, pero puede tener consecuencias dramáticas si la falta de fijeza se produce en el trabajo, conduciendo o en otra actividad importante. Más seria es la especie de quietismo vacío que pueden producir los cursos “avanzados”, que suelen llevar consigo unos efectos de supresión emocional y de alucinaciones por desconexión con la realidad. En algunos casos, han generado síntomas que han precisado de asistencia psiquiátrica, incluidos los depresivos, que tienen como frecuente caldo de cultivo la ansiedad ante el vacío. Y, si bien es cierto que cuando se han advertido peligros serios –sobre todo judiciales-, Maharishi ha variado la técnica, también lo es que continúa habiendo riesgos. La praxis ordinaria de MT no ayuda mucho al respecto: si no da resultado el método o produce perjuicios, la culpa se la lleva el interesado, achacándose bien al “estrés”, bien a que no ha seguido correctamente el método; y si se pasa por malos momentos, es que había un fuerte “estrés” –léase karma- que se resistía a ser liberado (“¡algo grande está sucediendo!” es la frase que se repite una y otra vez en estos casos).

Si se mira al futuro, la pregunta clave es: ¿sobrevivirá MT a Maharishi? No es fácil dar una respuesta. Por una parte, la organización, con más de mil quinientos centros de difusión y cuentas saneadas (en España, su presencia no es particularmente numerosa, aunque sea un lugar escogido para impartir cursos de Maestros: algo más de quinientas personas auténticamente implicadas, con poco más de media docena de centros), parece lo suficientemente fuerte para continuar con su tarea. Por otro lado, no parece que su creador se haya preocupado de tener un claro sucesor. De todos modos, a medio plazo es probable que sufra un serio eclipse, por la sencilla razón de que basa toda su actividad en unos secretos que cada día que pasa lo van dejando de ser.

c.3- Otras

Las dos sectas orientales estudiadas en este apartado son las únicas que, habiendo alcanzado un tamaño considerable, se han mostrado estables. El resto ha fallado en lograr una de estas características: o no han adquirido tamaño –en Occidente, se entiende-, o no han sido capaces de superar la prueba del tiempo. No vale mucho la pena extenderse en ellas, sobre todo teniendo en cuenta que con las dos examinadas se abarca bien la doctrina que ofrecen las demás, al menos en sus rasgos esenciales. De todos modos, se puede aludir a un par de ellas, que tienen una característica común: tuvieron un auge inicial, que se vio truncado por importantes fallos de sus líderes.

Un gurú fundó en la India en 1960 una secta a la que denominó “Misión de la Luz Divina”. Cinco años después murió, dejando esposa y tres hijos. Ella quería suceder a su marido, pero los mahatmas –maestros- de la secta se oponían a algo tan poco tradicional. Tras una serie de controversias e intrigas, se llegó a una solución de compromiso: la encabezaría el hijo pequeño –no el mayor, como era habitual-, con lo que sería un hijo varón el heredero, pero supuestamente manejable por su madre. Era en año 1965, el hijo tenía ocho años, se llamaba Prem Pal Singh Rawat, y adoptó el nombre de Maharaj-Ji.

El niño demostró tener lo que algunos llamarían una buena puesta en escena. Tenía gancho y parecía adaptarse a su papel. Por eso, su ambiciosa madre le llevó con su séquito a Estados Unidos en 1971, cuando tenía trece años. Llegó en un momento donde el tipo de mensaje que predicaba tenía buena aceptación, y se convirtió en una estrella fulgurante. Empezaron a recibir adeptos, y crearon una extensa organización. En su primera aparición el auditorio ascendía a dos mil personas. Sólo dos años después de su llegada, en 1973, en una puja celebrada al aire libre en Houston, veinticinco mil personas se postraron ante él. En 1974, la secta había iniciado en sus prácticas a más de cincuenta mil personas en Estados Unidos, y estaban comenzando con éxito en otros países, entre ellos España. El joven gurú prometía algo parecido a lo de Maharishi en MT: una “iluminación” a través de la meditación, compatible con cualquier creencia religiosa. De hecho, la doctrina de ambas organizaciones era bastante semejante, pero Maharaj-Ji ofrecía sus sesiones (satsangs, “compañías de la verdad”) gratuitamente, en lo que parecía un servicio desinteresado. En realidad, se abastecía de quienes ingresaban en la organización en un segundo escalón, cuando el “aspirante” era considerado suficientemente preparado para recibir el “conocimiento”, que resultaba ser un completo estilo de vida semejante al de los adeptos de MT. No dejaba de incluir, como es habitual en este tipo de sectas, un monaquismo en el que quien ingresaba lo dejaba todo –familia, posesiones-, para integrarse en un ashram.

Sin embargo, el declive no tardó en llegar, y la causa fue la evolución de Maharaj-Ji (en menor grado, también la conducta de alguno de sus mahatmas). En un principio tenía asumido su papel, e, imbuido del sincretismo hindú, pensaba verdaderamente que su sistema era compatible con cualquier religión, a la que reforzaba iluminándola. Pero al llegar a la adolescencia se pusieron de manifiesto todas las consecuencias de ser un niño idolatrado y a la vez carente de afecto. Se sacudió la tutela de su madre y hermanos, que se vieron apartados (no dejaron de pleitear para intentar reganar su influencia perdida), y volvieron a la India para constituir otra rama de la organización original. Maharaj-Ji empezó a creerse la encarnación viva de la suprema energía, y exigió ser considerado como Dios. Con el dinero recibido, comenzó un lujoso tren de vida. Adquiría todo aquello de lo que se encaprichaba, incluyendo, por ejemplo, unos cuantos automóviles de lujo entre los que figuraban dos Rolls-Royce. Ocultaba todo esto a todo el mundo salvo a unos pocos íntimos, pero algunas cosas llegaban a la prensa, como la comisión de varias infracciones por exceso de velocidad al volante de un Maserati. Lo que ya no se pudo ocultar es que acabó encaprichándose también de una bella azafata unos años mayor que él, con la que se casó. Lógicamente, no eran noticias agradables para los habitantes de los ashrams, que vivían pobremente y en un régimen de celibato, y cuyas pertenencias habían ido a parar a las cuentas del gurú, su supuesto modelo de vida.

Maharaj-Ji seguía con una buena escenificación, pero la realidad era muy distinta a la apariencia. Era un adolescente inseguro, que cada vez dudaba más de todo y de todos. Tenía ataques de fuertes ansiedades que intentaba ahogar en alcohol, y frecuentemente se echaba a llorar. Quería librarse de su papel por un lado, pero por otro se sentía atrapado por el lujo, que no estaba dispuesto a dejar. Engordó hasta un punto en que sólo se puede explicar por los efectos secundarios de algunos ansiolíticos o por trastornos bulímicos. Se iba haciendo evidente que no era más que un crío inmaduro y trastornado. Ni siquiera podía refugiarse en su propia meditación, pues desde el principio había sido incapaz de meditar ni diez minutos seguidos. En 1984 se instaló en Miami, de donde apenas sale.

A mediados de los setenta el número de sus seguidores comenzó a decrecer, a la par que se iba conociendo y divulgando la cara oculta de su persona. En 1977, el Presidente de la organización en Estados Unidos, Bob Mishler, desistió de sus intentos de reconducirle a una postura y una vida razonable, le dejó y empezó a contar lo que sabía, que era... todo. Esto marcó el declive definitivo de la secta fuera de la India. Desde entonces, han hecho algunos esfuerzos para dar otra imagen –incluida la occidentalización de nombres: “instructor” por mahatma, “gratitud” por “devoción”, etc.; incluso han cambiado el nombre de la organización por el de “Elan Vital” (como el principio filosófico del francés Bergson)-, y han conseguido conservar un número de adeptos, pero con unas cifras que son un pálido reflejo de las que llegaron a conseguir, y que siguen disminuyendo.

En España, la historia de la secta ha sido más breve aún. Comenzó con fuerza tras una visita de Maharaj-Ji a Bilbao en 1972, y se abrieron varios centros, por los que pasaban bastantes personas. Sin embargo, el fenómeno duró poco. Quien acabó de hecho con la rama española de la secta fue la policía. Ante varios abandonos familiares que en algunos casos eran de menores (quizás no sabían que por entonces la mayoría de edad legal estaba establecida a los 21 años), tomó cartas en el asunto, cerrando las instalaciones de la organización. Un intento de reconstrucción posterior tuvo un éxito muy limitado, con una opinión pública que, a diferencia de unos años antes, les era claramente contraria, al ser de dominio público lo que había sucedido.

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Muy distinto es el caso de Ánanda Marga (“Camino de la felicidad” –Bliss Path-), que quizás podría haber sido la secta de origen hindú más sólida y extendida, si no hubiera sido por los problemas que surgieron en su propio lugar de nacimiento, la India. Surgió, como tantas otras sectas, con el despertar religioso producido en la India a raíz de su independencia. El fundador era un funcionario de ferrocarriles de 34 años llamado Prabhat Ranjan Sarkar, que adoptó el nombre de “Shrii Shrii Anandamurti” (“El que atrae a otros como la encarnación de la felicidad”). Fundó el grupo en 1955, en la ciudad de Jamalpur (Estado de Bihar, India), y pronto se extendió por los Estados de Bihar y Bengala Occidental primero, y más tarde –ya en los sesenta- por toda la India. En la segunda mitad de los sesenta comenzó su expansión fuera de las fronteras indias.

Sarkar, llamado Baba por sus adeptos (“Padre”, un título de respeto muy común en India), combinaba la religiosidad tradicional con algunas ideas más modernas. El aspecto tradicional aúna los elementos usuales: yoga, meditación, búsqueda del estado de “suave bienestar feliz”, culto al gurú fundador, que es visto como la encarnación divina (sus adeptos aseguran que era un yogui consumado a los cuatro años, y gurú a los seis), sabiduría védica (comentada en libros –sobre todo el titulado “Ananda Sutra”- por Anandamurti). También habitual es la creación de comunidades monásticas masculinas y femeninas, y una moral exigente para el resto de los seguidores (sexo sólo admitido cuando se orienta a la procreación). Un poco más peculiar, que parece reflejar influencias bíblicas, es la insistencia en las purificaciones rituales y el uso de la circuncisión.

Entre las ideas más modernas encontramos el intento de racionalizar sus creencias, creando una filosofía, y una ciencia integral. Aquí el ideario es parecido en algunos aspectos al de Maharishi: teoría de la Microvita, con pretensión de englobar toda ciencia, y que consiste en que en última instancia todos los elementos vitales son microvita, emanaciones de la “conciencia pura”. La organización se anuncia como un nuevo humanismo. Pero el rasgo más peculiar de Ánanda Marga es que incluye un verdadero programa social. No faltan ideas utópicas parecidas a las de Meditación Trascendental, acerca de un pacífico gobierno universal de sabios (vedantas en último extremo: sabios védicos). Pero la diferencia es que, junto a ello, sostiene un programa de acción político-social bastante más pegado al suelo, basado en una especie de socialismo cooperativista, una idea bastante en boga por esos años, sobre todo en países como India. Consiste básicamente en la creación de granjas colectivas extensas, con un sistema de rotación de cultivos y autoabastecimiento –tienden a la autosuficiencia- de combustibles, fertilizantes y sistemas de irrigación, con exquisito cuidado por los aspectos ecológicos, conservación del suelo y reforestación, según un plan denominado PROUT (“Progressive Utilization Theory”, “Teoría de la utilización progresiva”).

Esta combinación de ideas resultó atractiva para muchos en un Estado bastante pobre como el de Bihar. Bastantes de los que se adhirieron a la secta, que tenía pretensiones de crear un partido político, eran personas que votaban antes a los comunistas, y ahí empezaron los problemas. El Partido Comunista local no se conformó con esta situación, que veía como una amenaza. Lo que siguió probablemente no podrá esclarecerse del todo nunca, pero parece claro que obedeció a una estrategia de provocación por parte de los comunistas, un arte en el que eran mucho más expertos que los marguis. Se trataba de hostigar a la incipiente organización para provocar la violencia, lo que no resultaba difícil de conseguir, ya que la extracción social de los marguis y el clima general del país garantizaba que en sus filas hubiera un buen porcentaje de potenciales exaltados. Hubo actos violentos por ambas partes, pero los comunistas sabían esconder la mano mejor, y la actuación de la policía se dirigió sobre todo contra los seguidores de la secta, intentando suprimir de paso un molesto posible competidor político al izquierdista Partido del Congreso, en el poder desde la independencia.

En 1971 llegó el pretexto esperado: un exmiembro del grupo acusó a Anandamurti de conspirar para asesinar a otro exmiembro. El líder de la secta fue encarcelado a la espera de juicio, y su organización declarada ilegal. La reacción aparece como desproporcionada, máxime teniendo en cuenta la fragilidad de las pruebas. Anandamurti fue sentenciado en 1975 a diez años de prisión, pero en 1978 la apelación al Tribunal Supremo prosperó, y fue puesto en libertad. Para entonces, sin embargo, ya estaban los ánimos demasiado caldeados. Cuando se declaró ilegal, la policía empezó a clausurar locales, y los marguis respondieron con manifestaciones, que en varios casos degeneraron en violencia callejera. Detuvieron a más de mil setecientos. Ocho seguidores se autoinmolaron en la calle prendiéndose fuego; en Calcuta, murieron dieciocho por los disparos de la policía en una manifestación. Hubo algún plan aislado para atentar contra intereses indios en el extranjero, y la India alertó a otros países, que comenzaron a ver con malos ojos a los seguidores de la secta. Con la libertad del Baba se normalizó la situación, pero ya no era lo mismo. No sólo se había debilitado la organización por el acoso desde el exterior, sino por la división interna provocada por la situación conflictiva.

Con el líder fuera de escena y la organización revuelta, Ánanda Marga perdió la oportunidad de oro de una rápida expansión en Occidente, aunque allí no llegara la situación convulsiva de la India. Se estancó en los 70, y comenzó a perder terreno en los 80, aunque, como tantas otras sectas, haya logrado una tímida recuperación en los 90 acudiendo a la nueva oportunidad que constituían los países del Este europeo. Pero en los 90 ya no han podido contar con el impulso del fundador, que falleció en 1990. Si, como dicen los marguis, Anandamarga es el resultado de la visita divina a la humanidad cada mil años aproximadamente, tendrán que esperar mucho hasta dar con otro líder tan carismático como él. En España, tras llegar a superar los quinientos adeptos, su presencia en la actualidad es puramente testimonial. No hay datos estadísticos fiables, pero en todo Occidente los marguis no deben pasar de diez mil.

Y, sin embargo, tenía los ingredientes para convertirse en la principal organización religiosa de origen hindú en Occidente. Sus cartas eran un cierto buen equilibrio entre espiritualidad y acción, un planteamiento más razonable que otras sectas, una preocupación ecológica con propuestas concretas que no son descabelladas, y una vertiente asistencial. De hecho, han fundado AMURT (“Ananda Marga Universal Relief Team”, “Grupo de asistencia universal Ánanda Marga”), una organización no gubernamental de asistencia humanitaria para situaciones de catástrofe, y presumen, con razón, de ser una de las poquísimas ONGs de estas características nacidas en un país del tercer mundo. Aunque, por otra parte, se ha puesto de manifiesto el carácter poco realista de la reforma social que proponían en su centro piloto, una extensa finca de más de cien kilómetros cuadrados en Bengala Occidental llamada “Ánanda Nagar” (“la ciudad de la felicidad), donde los resultados cosechados han sido más bien limitados.

d) Sectas satánicas

Llegados aquí nos encontramos con algo que no consiste simplemente en una religión desenfocada: es la perversión de la religión, o la religión de la perversidad. Se trata de rendir culto al principio del mal, en la conciencia de que lo es. Lo que ya no es unánime es la entidad que confieren a ese principio: para unos grupos es un principio abstracto; para otros, una especie de fuerza impersonal del mal, un concepto parecido al “lado oscuro de la fuerza” popularizado por la serie de películas de “la guerra de las galaxias”; para otros, donde la perversidad alcanza su cima, son verdaderos espíritus del mal. En todo caso, en Occidente se le denomina con los términos acuñados por el cristianismo para designar al demonio: Satán, Satanás, Lucifer, Ángel del Infierno, etc.

Este rasgo fundamental motiva que estas sectas formen grupo aparte. Muchas características de las sectas en general no son aplicables a este grupo. Suelen ser grupos pequeños –rara vez con más de cincuenta integrantes-, pero en bastantes casos con un tupido nudo de interconexiones entre grupos afines. Hacen poca propaganda, y son muy poco proselitistas. Cuanto más se adentra uno en el satanismo más radical, más se encuentra con grupos cerrados y herméticos. Y también se encuentra frecuentemente con personas de buena posición y cultura. No es gente que haya sido engañada: saben dónde se han metido. El engaño, en todo caso, es el mismo que intentó el diablo cuando tentó a Jesús al enseñarle los reinos del mundo: “todo esto te daré si postrándote me adoras” (Mt 4, 9); sólo que aquí con éxito. El atractivo del satanismo es, simple y llanamente, el atractivo del mal.

Conviene hacer algunas puntualizaciones. La primera es algo bastante sabido: que el satanismo es algo mucho más antiguo que las actuales sectas dedicadas a su culto. En cierto modo, es algo tan antiguo como la religión misma. En las mismas religiones animistas y arcaicas encontramos hechiceros y brujos que invocan a los espíritus malignos, y no para exorcizarlos, sino sometiéndose a ellos o buscando su alianza. Buscan el poder que parece fácil de adquirir rindiéndose al mal. Estas manifestaciones siguen vivas hoy en día en muchos lugares de África y en las llamadas religiones afro-americanas. Hay mucha actividad satánica de este tipo, mezclada o no con manifestaciones de satanismo occidental, en lugares como Brasil, Nueva Orleans o las islas del Caribe. Hay incluso un país –Haití- donde la religión mayoritaria es el llamado “vudú”, una mezcla de animismo africano con elementos cristianos, en el que se cree en un Dios... pero demasiado lejano para estar al alcance de los hombres, por lo que a éstos sólo queda invocar a los espíritus secundarios... que muchas veces son los del mal. Pero, aunque en algún caso este tipo de cultos derive en la creación de sectas, no se trata de este tipo de grupos en este capítulo.

También es bastante antiguo el satanismo dentro del mundo cristiano. Los nuevos grupos heredan de los antiguos, cuando menos, una simbología y unos ritos que vienen de lejos, aunque en sus componentes principales quedan fijados sobre todo en el siglo XVII, más o menos a la vez que los ritos masónicos. No es casualidad, ya que había entonces bastantes interconexiones –más que ahora, desde luego- entre las logias masónicas y las satánicas. Ambas tienen en común un carácter anticristiano –y más específicamente anticatólico-, que en las sectas satánicas es especialmente virulento, radical y hasta grosero; se puede decir que, como religión, el satanismo es “reaccionario”: es una reacción se signo negativo, una antirreligión.

La simbología heredada y más característica del satanismo procede sobre todo de tres fuentes principales: alusiones al diablo de la Sagrada Escritura, como la ambientación tenebrista –del “señor de las tinieblas”- o el número “666” (curiosamente, no suele figurar la serpiente); símbolos cristianos invertidos, sobre todo la cruz invertida y el triángulo (con que se solía representar la Trinidad) invertido; y otros que parecen remontarse a antiguos ocultismos, sobre todo la kábala judía, como el “baphomet” o figura clásica del macho cabrío. En cuanto a los ritos, destaca la llamada “misa negra”. Se trata de una parodia sacrílega de la Misa católica. Tiene variantes según grupos y momentos, pero suele incluir un rito paralelo con invocaciones contrarias (“padre nuestro, que estás en el infierno...”), la preside un crucifijo invertido, incluye alguna acción degenerada, empezando por utilizar como altar una mujer desnuda, y se añade con frecuencia la profanación de Hostias consagradas. En los rituales de estas sectas hay tres elementos que no faltan nunca: sacrilegio, sexo –con frecuencia, en formas aberrantes- y magia negra; otro elemento frecuente, pero no presente en todos los casos, es la droga. También es frecuente encontrar ritos sangrientos, aunque en la mayoría de los casos la sangre es de animales.

Hay una segunda aclaración necesaria: que el satanismo, en términos generales, no se limita a la actividad sectaria. Hay una verdadera subcultura satánica, con muy variadas manifestaciones. Hay satanismo en algunas actividades ocultistas, esotéricas y adivinatorias, en adivinos y mediums espiritistas. Hay una amplia gama satánica en algunos sectores de la música moderna, en particular en algunos sectores de “gótico” y en subgrupos de “rock duro” (heavy metal), especialmente el black metal, con nombres de grupos como Black Sabbath, AC-DC, King Diamond, Kiss y un largo etcétera. Es cierto que, en el primer sector, hay numerosos casos en los que no hay más que decorado y fraude; y, en el segundo, más de un grupo musical utiliza la temática diabólica como argumento de venta sin más pretensiones. Pero otras veces el satanismo es auténtico. Discernir en concreto cuándo estamos ante algo auténtico o falso es a veces muy complicado, pero lo que sí se puede afirmar con certeza es que las dos cosas existen.

Puede encontrarse además una literatura satánica que hoy en día está al alcance de cualquiera a poco que la busque. Hay productos modernos y antiguos. Hay teoría, historia y rituales. Lo cual trae como consecuencia que cualquiera puede hacerse satanista y practicarlo por su cuenta, en solitario o juntándose con dos o tres amigos o parientes. Y eso, claro está, no tiene envergadura suficiente como para ser calificado de secta. Aunque también es cierto que muchas de las sectas satánicas –numéricamente, la mayoría-, nacen a partir de esos individuos o grupos minúsculos, que se expanden tras un tiempo de práctica. Nace así un grupo numeroso de sectas, pero de poco tamaño. Son efímeras: dependen de la persona que las crea, y cuando deja de estar presente el grupo se disuelve, si no ha desaparecido antes. Esta dependencia configura muchas veces un tipo particular de integrantes: hay sectas compuestas de profesionales liberales, o de jóvenes, o solamente de mujeres.

¿Qué motiva a esas personas a adherirse a un grupo satánico? En palabras de un experto en este tema, los motivos “son muy diversos y entre éstos podemos encontrar: la convicción de encontrar ventajas materiales de diverso tipo, incluso con perjuicio para otras personas; la voluntad de «contestar» a la sociedad de modo excéntrico y transgresivo; una morbosa atracción hacia lo que es pavoroso y horrendo, tal vez dictada por el deseo inconsciente de exorcizar los propios miedos; la respuesta violenta a traumas, a veces sufridos en la infancia; la adquisición de poderes particulares que se cree que pueden obtenerse por medio de conocimientos ocultos y por la participación en determinados ritos; la satisfacción de desviaciones sexuales a través de experiencias inusuales, que tienen como base algo de oscuro y ritual” (Giuseppe Ferrari, en “L’Osservatore Romano”, 24.I.1997). En algún caso, puede añadirse el odio hacia Dios surgido ante el rechazo de alguna adversidad. Y es asimismo fácil de entender que el demonio es un estandarte bastante atractivo para mentes psicópatas. Pertenecen a este tipo de personas desquiciadas los protagonistas de los más conocidos crímenes rituales de satanistas: el crimen múltiple en la casa de Los Angeles de la actriz Sharon Tate y otras cinco personas en 1969 por parte de la “familia Manson”, liderada por Charles Manson, un desequilibrado que llegó a creer ser a la vez Jesucristo y el anticristo; y los del Rancho Santa Elena –el “Rancho del Infierno”-, en México, lindando con la frontera con Estados Unidos, donde se descubrieron en 1989 quince cuerpos descuartizados, en su mayoría traficantes de droga competidores del creador del pequeño grupo, Adolfo de Jesús Constanzo, que daba culto al diablo y a la droga a la vez; también se han encontrado mentes psicópatas detrás de algunos casos de satánicos que inducían a jóvenes a suicidarse*, y en otros casos.

d.1- Iglesia de Satán

Nos encontramos aquí con algo muy singular: nunca, hasta la creación de esta secta, un grupo satánico había sobrepasado la cifra de mil miembros. La “Iglesia de Satán” superó los diez mil. Para explicar este fenómeno hay que acudir, como en tantas otras sectas, a la persona que lo creó: Anton Szandor LaVey (1930-1997).

Bajo cualquier punto de vista, LaVey (es un nombre artístico: el auténtico es Howard Stanton Levey) es un personaje singular. Nacido en Chicago, su familia enseguida se trasladó a San Francisco, donde creció en un ambiente nada religioso. A los dieciséis años dejó el hogar paterno; quiso alistarse en la Legión Extranjera francesa, pero no pudo, y se unió a un circo, donde pronto se dedicó a trabajar como organista y domador de ocho leones y cuatro tigres. Ya en la adolescencia empezó a interesarse por el ocultismo y la magia, en buena parte para intentar ganarse en favor de chicas, en unos años en que muchos de sus novios estaban combatiendo en la guerra mundial. Su fuente más importante eran las obras del que ha venido a ser el principal inspirador del satanismo contemporáneo: el inglés Aleister Crowley (1875-1947). LaVey dejó el circo, dedicándose a diversos trabajos –organista (desde iglesias hasta antros poco recomendables, donde en ocasiones encontraba a las mismas personas), fotógrafo forense de la policía, etc.-, entre los cuales iba cobrando mayor entidad todo lo referente a la magia y el hipnotismo.

En los años 50 fundó el “Círculo Mágico”, que instauró alrededor de la finca que llegaría a llamarse “la Casa Negra” (“La Casa Blanca” es la residencia del Presidente de los Estados Unidos), un antiguo burdel cuya construcción se remonta al siglo XIX. Allí comenzó un “taller de brujería”, con reuniones los viernes por la noche; es el día satánico por antonomasia, y desde el principio lo que se practicaba era lo aprendido de Crowley: magia negra satánica. De aquí surgió el primer libro firmado por LaVey: El Brujo Satánico.

En 1966 dio un paso más, y fundó la “Iglesia de Satán”, proclamando con su fundación el primer “año satánico”. Tres años más tarde, publica La Biblia satánica. El éxito fue sorprendente. En pocos años, la secta tenía un número indeterminado de adeptos entre diez y veinte mil, y la antibiblia de LaVey vendió más de medio millón de ejemplares (como se ha seguido vendiendo, posiblemente el número de ejemplares vendidos ronde el millón al acabar el siglo XX). Completó su producción con El brujo satánico (1970) y Los rituales satánicos (1972).

La filosofía de LaVey –y de su creación- puede resumirse diciendo que es una mezcla de magia negra y las ideas de Nietzsche. Para él, la verdadera naturaleza del hombre es la de “una bestia carnal, viviendo en un cosmos permeado y motivado por la Fuerza Oscura que llamamos Satán”. Es ateo, y declara con frecuencia que uno mismo es su propio dios: “nosotros los satanistas somos nuestros propios dioses, y los exploradores de la Senda Siniestra”. De lo que se deduce que no considera al diablo como un ser personal. Aquí, de todos modos, se sitúa una calculada ambigüedad. En el satanismo de LaVey, se trata de actuar en los ritos como si existiera ese ser supremo del mal, mientras que fuera de ellos esto se considera una sugestión necesaria para ambientar adecuadamente el rito, sin creer en la existencia de ese ser personal. Lógicamente, dentro de este esquema caben distintas posturas personales, y la idea misma invita a fluctuar entre un lado y otro, en una duda permanente.

Los escritos de LaVey destilan, como ocurre con Nietzsche, más desprecio que odio al cristianismo. Se considera una religión de negación, para esclavos, para el rebaño. La meta es el “superhombre” satánico que, como el nietzscheano, esté por encima del bien y del mal. En su antibiblia, LaVey incluye una especie antimandamientos, las “nueve afirmaciones”, una conseguida síntesis de los principios de un egocentrismo epicureísta que ha tenido una gran aceptación dentro de la subcultura satanista*.

La actividad de la secta está focalizada, como en todos los grupos satánicos, en los rituales. Comprende dos tipos de ceremonias: las anticristianas, encabezadas por la inevitable “misa negra”, a la que se le unen la “venta del alma” a Satanás y otros actos blasfemos; y las de magia negra, denominadas “magia mayor”, en contraste con la “magia menor”, que es la practicada fuera de rito, en la vida cotidiana. Los ritos de magia pueden ser de tres tipos: sexuales –se busca satisfacer un deseo al respecto-, “compasivos” –en favor de alguien, incluido uno mismo-, o “destructivos” –persiguen el mal ajeno-.

La complejidad de los ritos varía en función de varios parámetros. Por una parte, entra en juego el esoterismo que siempre ha acompañado a la práctica de la brujería: el principiante se va adentrando por etapas cada vez más complejas. Por otra, depende de los medios disponibles. La “Iglesia de Satán” ha facilitado que el “hagáselo usted mismo” se extienda también al mundo del satanismo. Se proporcionan instrucciones y asesoramiento a los miembros aislados, para que puedan practicar por su cuenta; en el Libro de Belial de la Biblia Satánica ya se explica lo suficiente sobre este tema. Para crear una “capilla negra” hace falta: habitación destinada ad hoc, mesa que haga de altar, una imagen de baphomet (el sello de la “Iglesia de Satán” lo recoge: consiste en la imagen de la cabra insertada en un pentagrama invertido, y rodeado de un círculo con algunas letras del alfabeto –alefato- judío), una vela negra –como mínimo- y otra blanca, campana, cáliz (con frecuencia es robado de una iglesia), algo para beber en él, espada o daga, falo, gong, pergamino, incienso, túnica negra (habitualmente con capucha que cubre la cara), y lo necesario para crear un decorado siniestro. Pero si todavía no se han conseguido todos estos elementos, se puede empezar con algo más sencillo, con tal de que se consiga una ambientación adecuada. El predominio del negro y la nocturnidad de la ceremonia no pueden faltar. Por otra parte, hay bastantes elementos que quedan al gusto de cada grupo o individuo, como puede ser la música; la del agrado de LaVey dista mucho del rock satánico.

Esta descentralización pone de manifiesto que la “Iglesia de Satán” es una entidad del tipo denominado por algunos “organización-agencia”. Hay un núcleo organizado y organizativo en San Francisco, constituido por LaVey alrededor suyo. Todo lo demás es periférico y sin estructurar, salvo las células que puedan organizar sus adeptos en cualquier lugar. El aspirante a miembro envía su solicitud a la central californiana, y si es admitido paga una entrada de cien dólares y una cuota. Recibe su tarjeta y la posibilidad de ser admitido en los ritos de la central si viaja a San Francisco. Pagando lo que corresponda, tiene derecho a recibir la revista del grupo –The Cloven Hoof, “La pezuña hendida” (más tarde, en los 90, se añadió The Black Flame, “La llama negra”)-, y el asesoramiento que solicite; puede encargar, si no la encuentra a mano, cualquier producto de la multimedia de la secta, Hell’s Kitchen Productions (“Producciones Cocina del Infierno”). Lo demás corre por su cuenta. La verdad es que este es uno de los secretos de su extensión. Las sectas satánicas no permiten una cohesión firme y un número elevado de miembros: o lo uno o lo otro. Si se busca la extensión, sólo caben soluciones de tipo federativo o la escogida por este grupo.

LaVey tuvo un sorprendente éxito inicial porque lanzó públicamente su “iglesia” –algo insólito en una secta satánica- como abanderada de la contracultura, en un momento en la que ésta estaba de moda en numerosos sectores. Pero pronto surgieron los problemas, tanto internos como externos. Los internos venían del hecho de que, con una admisión casi indiscriminada, afluyeron individuos problemáticos, y se demostró que bastantes afiliados estaban mucho más interesados en orgías con sexo y droga que en la práctica del satanismo y la magia negra. Los problemas externos llegaban en forma de amenazas y ataques, por parte de personas indignadas de que pretendiera tomar carta de legalidad una entidad con esas ideas y actividades. No tuvo más remedio LaVey que deshacerse de algunos miembros, establecer un control más estrecho de las solicitudes y adoptar un tono bastante más discreto, aunque supusiera renunciar a su sueño de una “religión” satánica de multitudes liderada por él mismo y su élite.

No cesaron con ello las dificultades, y la “Iglesia de Satán” fue perdiendo integrantes con el paso de los años. En parte fue debido a haber sufrido numerosas escisiones, fenómeno fácil de comprender en una organización como ésta, máxime cuando LaVey prácticamente no salía de San Francisco. Otra causa importante fue la ideología. Se ha tildado de “satanismo liberal” al de LaVey por parte de otros grupos satánicos más extremistas, pero en realidad no tiene mucho de liberal y sí bastante de filonazi. Un apoyo en las ideas de Nietzsche conduce a ello; fue este filósofo desquiciado el auténtico mentor intelectual del nacionalsocialismo alemán. Las simpatías de buena parte del satanismo contemporáneo con el nazismo están mal disimuladas, si no abiertamente confesadas. LaVey reprochaba a Hitler el ser racista. Pero no le reprochaba nada más, y la “Iglesia de Satán” está compuesta casi exclusivamente de personas de raza blanca anglosajona. Por lo demás, defiende la creación de un estado-policía, y resulta significativo el saludo que éste y otros muchos grupos satánicos emplean: “¡Heil, Satán!”. Este carácter ideológico encajaba mal con la mayor parte de los componentes del movimiento contracultural americano de los 70, y se tradujo en numerosos abandonos.

Es bastante probable que la muerte de LaVey en 1997 sea el principio del fin de la “Iglesia de Satán”, al menos como una organización numerosa y extendida. De todas formas, la voluntad es de continuarla, y quedó en manos de las dos personas más allegadas a LaVey, que son dos mujeres: Blanche Barton, que ha estado junto a él desde los años ochenta, y pasa a ser la “suma sacerdotisa” de la secta; y la hija de Anton, Karla. Pero las pronosticadas disensiones internas no se han hecho esperar mucho, y en 1999 Karla LaVey se separó de la fundación de su padre, para crear en el mes de octubre la First Satanic Church (“Primera Iglesia Satánica”, o “Iglesia Satánica Primaria”), de la que es suma sacerdotisa, reivindicando las auténticas esencias del satanismo de Anton.

De todos modos, puede decirse que la continuidad de la “Iglesia de Satán” es lo de menos. Lo que verdaderamente queda es el legado personal de Anton Szandor LaVey, que es el punto de referencia de un amplio sector del satanismo moderno. Sus ideas y sus publicaciones inspiran a gran cantidad de grupos que practican el satanismo. Algunas son imitaciones de su creación en otros lugares del mundo, pues la secta que fundó prácticamente tenía que restringir su ámbito a los Estados Unidos. Aunque en ningún caso alcanzan el tamaño de la original, las hay que han adquirido cierta envergadura, como el “Templo de Tezcat” en México, país que cuenta con una larga tradición de satanismo. En otros casos se trata simplemente de grupos pequeños de reciente creación, que encuentran en el legado de LaVey la logística que necesitan para ponerse en marcha. Incluso el satanismo ateo de antigua fundación se apoya en sus ideas, a las que ven como una fundamentación bastante lograda de su postura; así ocurre hasta con el satanismo tradicional originado alrededor de la francmasonería, como es el caso de “Ordre Guillaume”, una federación francesa de logias satánicas.

Lo irónico de esta influencia se manifiesta cuando se conoce mejor la persona de LaVey. No ha sido un satanista típico. Lo primero que salta a la vista es que nunca dejó de ser un hombre de escenario. Rapándose la cabeza, adoptando una perilla de aspecto mefistofélico, vistiendo siempre de negro y recibiendo visitas siempre por la noche, ha creado una imagen que sólo tiene significado de cara a la galería. No ha faltado el espectáculo desde el principio, desde la famosa “boda satánica” de 1977 a la que estaban invitados los reporteros y de difundió por medio mundo, hasta esas fotografías suyas de cuidado aspecto siniestro que él mismo se encargó de difundir. LaVey estaba en realidad lanzando un producto al mercado. Y se aprovechó de él. Cobraba por la venta de productos “satánicos” como medallones y otra parafernalia, cobraba por consulta –cien dólares cada una-, y por otorgar los grados de la secta, cobraba por asesorar películas de Hollywood en las que aparecía el diablo de un modo u otro. Filmaba rituales sexuales, y vendía las imágenes a la industria pornográfica europea. Firmaba unas publicaciones que en buena parte habían escrito otras personas. Y montó una organización con unos costes mínimos. El resultado fue que se enriqueció a costa del satanismo. LaVey creía en la magia, pero sobre todo lo que verdaderamente profesaba era la egolatría. Vivía a su gusto, con una vida más bien perezosa y la compañía y música –siempre fue un apasionado del órgano- que le agradaban. En realidad era un cínico ateo, que montó un espectáculo de pésimo gusto, y acabó por despreciar a los mismos seguidores de los que se aprovechaba.

Con todo, no faltó en su vida algún episodio que le invitó a ver que estaba jugando con algo más serio de lo que suponía. Un día la cantante Jane Mansfield, seguidora suya, le pidió una maldición para su abogado, con quien estaba teniendo problemas. Al poco tiempo, éste murió en accidente de automóvil... junto con Mansfield. Reconoció que le hizo pensar: “esto es demasiado para ser una coincidencia; pero sin embargo quiero creer que son coincidencias”. Pero el diablo no es el vencedor en la lucha entre el bien y el mal, y faltaba la “coincidencia” que pusiera de manifiesto que no es el demonio quien tiene la última palabra en este mundo. Llegó en el momento más oportuno: el último. Cuando estaba para morir, fue trasladado al hospital más cercano. Y resultó ser un hospital católico, que tenía el nombre de Santa María. “No habrá confesión en el lecho de muerte”, había declarado. Pero sólo Dios, y quizás alguien más en este mundo, conocen el desenlace de este encuentro.

d.2- Otras.

Actualmente sólo hay, dentro de este grupo, otra secta que supere el millar de adeptos: el Templo de Set. Nació en 1975 de la mano de un militar, Michael A. Aquino (nacido en 1949), como escisión de la “Iglesia de Satán”. Aquino –que dirigía por entonces The Cloven Hoof-, junto con un grupo de dirigentes del grupo de LaVey que formó el llamado “Consejo de los Nueve”, dejó a éste con la acusación de que había convertido a la “iglesia” en un montaje para su provecho personal, ya que su venalidad le había llevado a anunciar la venta de los altos grados y el sacerdocio satánicos.

Pero Aquino no se limitó a hacer un clónico de la organización de LaVey, sino que confirió a su secta una fisonomía propia, bastante original. De entrada, cambió toda la simbología anticristiana, sustituyéndola por otra tomada de una religión más antigua que el cristianismo: la egipcia. “Set (una antigua divinidad egipcia, simbolizada en un escarabajo, pero también en un sol en ocaso, pues era el Señor de la Oscuridad y el asesino de Osiris) convirtió –señala Aquino- la imagen reconocida de los Poderes de la Oscuridad en su más temprana personificación histórica por parte de la humanidad, y en consecuencia mucha de la actividad del Templo incorporó imaginería egipcia en vez de europea medieval o renacentista”. Sí conservó como signo el pentagrama, pero sólo en la forma de estrella invertida de cinco puntas inscrita en un círculo, sin cabra u otros signos. La apariencia externa resulta así mucho más formal que la de la secta de procedencia; a primera vista, parece tratarse de un culto neopagano, en vez de una expresión de satanismo; pero aquí también se sigue la “senda siniestra”. En realidad, es una buena muestra del contacto que existe entre algunas expresiones del neopaganismo y el satanismo.

La afinidad entre las dos sectas es mayor en lo tocante a ideología, pero también en este terreno hay diferencias significativas. El Templo de Set también profesa, en líneas generales, una mezcla de ocultismo ritual satanista y de las ideas de Nietzsche, pero el énfasis se pone en la construcción del superhombre –con los poderes ocultos podría superar su naturaleza-, y no tanto en la vida placentera; en este aspecto, en palabras de Aquino, “el satanista está más cercano a Maquiavelo, Hobbes y Nietzsche que a Crowley”. Al menos es así en teoría; en la práctica, depende de cada adepto. Hay por lo demás un tono de secta esotérica. El que llaman “principio de Xeper” (ese hacerse a uno mismo que preconizan) se desarrolla a través de grados, con procesos de iniciación y sus ceremonias correspondientes.

Aquino, a diferencia de LaVey, ha puesto en la organización y cohesión del grupo mayor énfasis que en su extensión. Se nota que es militar, y que el mando le resulta más atractivo que la vida placentera. Ha establecido una rígida jerarquía de seis grados (Iniciado, Maestro, Sacerdote, Guardián del Templo, Mago e “Ipsissimus”), cada uno con sus insignias correspondientes (el medallón, por ejemplo, es de distinto color en cada grado). Ha estructurado la secta en células compactas –“pilares”-; por encima, hay cónclaves regionales, y uno general –internacional- anual. Ha creado su propia literatura, en la que destaca The Book Coming Forth by Night (“El libro que llega de noche”), los folletos explicativos llamados Tablets y el boletín Scroll. Ha establecido “Órdenes” dentro de la secta, que suponen una especie de especialización en un campo del pensamiento o del ocultismo (las hay del Vampiro –la principal-, del Trapezoide, de Amón, de la Torre Negra, de la Garra del Oso, de Leviatán, de Merlín, de Setne Khaumuast, de Shuti, de Uart, de Xnum, y el Instituto Oculto de Tecnología; en Alemania ha surgido la “Orden de Nietzsche”; la de Xeper se clausuró). Todo esto crea una complejidad que sería muy prolijo –y de escasa utilidad- intentar explicar. Se podría señalar aquí también a San Francisco como el centro de la secta, pero en este caso quizás es más acertado decir que su verdadero centro es... Internet.

Ahora, bien, por debajo de todo esto, las creencias más esenciales no difieren mucho de las de LaVey, ni tampoco su magia o su exacerbada sensualidad. Se encuentra también aquí esa ambigüedad fundamental sobre la existencia del destinatario de sus invocaciones. Sólo que en el Templo de Set hay una mayor inclinación por algunas tradiciones, particularmente orientales, que sí refieren la existencia de espíritus del mal. En este sentido, es más claro que en esta secta es más común –por supuesto, no es unánime-, al menos para los que han rebasado la iniciación, otorgar cierta entidad al principio del mal; lo que no es del todo claro es qué tipo de entidad. Aunque quizás una buena pista sea la manifiesta afición de Aquino por el personaje de Darth Vader, de la conocida serie de filmes sobre la guerra de las galaxias.

El Templo de Set nunca ha sobrepasado los dos millares de adeptos –ahora son bastantes menos-, pero, a diferencia de la Iglesia de Satán, sí ha intentado salir a otros países, en concreto europeos. Los resultados han sido modestos. Aquino comenzó a promocionarse en Londres, a través de las librerías especializadas en ocultismo, y logró algunos partidarios. Después se crearon grupos reducidos en el continente, en Bélgica, Alemania (donde Aquino no se privó de hacer una ceremonia satánica en un castillo que había utilizado Himmler para ocultismos), y España. Aquino quiso crear una especie de satanismo con presentación de guante blanco. Don Webb, uno de los “sumos sacerdotes” de la secta, al entrevistar a los “Grandes Maestres de la Orden del Vampiro del Templo de Set”, Robert Neilly y la propia esposa de Aquino, Lilith, declaraba que “es mi buena fortuna haber encontrado a dos de las criaturas más elegantes que andan sobre la faz de la tierra”. Pero la realidad no coincide. Lo que llegó a declarar el antiguo dirigente en España es una muestra: “Yo, le voy a ser sincero, me hice satánico para fornicar, fumar droga y tener poder. Sabe, lo conseguí a medias”. Así las cosas, no extraña que no prosperara la implantación en España.

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El submundo satanista es muy complejo y dinámico. Clasificarlo es una tarea difícil, por cuanto ni los propios satanistas están de acuerdo entre sí. De todas formas, quizás la más lograda, sin ser muy compleja, es la que agrupa las sectas satánicas en cinco clases: modernas –con la Iglesia de Satán como principal exponente-, “séticas” –el Templo de Set-, eclécticas, luciferinas y tradicionales. Sobre las eclécticas, baste decir que es la mezcla de satanismo con algún otro culto; lo más frecuente es que se trate de algún culto neopagano (en cierto sentido, el Templo de Set podría incluirse aquí, pero no se hace así porque en realidad se trata de satanismo puro con un ropaje ecléctico), pero puede ser de otro tipo; por existir, existe hasta una llamada “Iglesia Cristiana Satánica” (¡!). En todo caso, esta clase tiene un escaso interés.

El problema surge al intentar definir el luciferianismo o satanismo luciferino (o luciferiano). Entre los mismos satanistas hay discrepancias fundamentales. En teoría, y simplificando un poco, el rasgo distintivo es que “Satán” es visto como “el señor de las tinieblas”, mientras que “Lucifer” (“portador de luz”) lo es como “señor de la luz”, haciendo hincapié en unos rasgos más positivos. Esto se notaría también en las formas, empezando por el cambio de saludo, del “heil Satan!” al “ave Lucifer!”. Pero en la realidad esta distinción es muy poco clara. Hay que buscar otros criterios. Lo que sucede es que entre el satanismo moderno y el tradicional no hay espacio para un tercer grupo intermedio en cuanto a su doctrina. Donde hay que buscar el rasgo característico para un tercer grupo de sectas es en el estilo. Atendiendo a ello, sí que existe una clase característica a la que algunos llaman “luciferianismo”, pero la verdad es que el nombre es lo de menos.

En términos generales, esta cuarta clase está formada por grupos compuestos de gente más bien joven, de extracción social más baja que los componentes de los demás grupos satánicos. Es, comparado con los demás, un satanismo más zafio –que ya es decir-, y más exaltado. “Debe tenerse en cuenta que el satanismo luciferiano es 100% físico, carnal, sexual y material”, señala uno de sus componentes, añadiendo una invitación a olvidarse de “ese satanismo de biblioteca”. Su música preferida ya no es la “siniestra” melodía suave de órgano, sino el Black Metal. La exaltación se nota, en unos cuantos casos, en su proyección política, que deriva con facilidad en un carácter neonazi, que llega incluso a introducir el nombre de Hitler en los rituales. En éstos –sin ser ésta una práctica excluvisa de esta clase- suele haber sangre, casi siempre de animales sacrificados, no siendo raro el “vampirismo”: beber la sangre de las víctimas, e incluso puede que la de los propios componentes. En los casos de vandalismo satánico, que tiene la principal manifestación en la profanación de tumbas, la autoría también suele ser de alguno de estos grupos (cuando son neonazis, las tumbas son de judíos). En algunas ocasiones la cosa puede ser peor. Una secta de este tipo ha protagonizado el único caso conocido de asesinato reivindicado públicamente por una secta satánica, en uno de los países más violentos del mundo: Colombia. Allí, el día de Jueves Santo de 1998, el grupo “Lobos en contra de Cristo” (el nombre viene de las palabras evangélicas sobre el buen pastor, las ovejas y el lobo), envió vino francés y bombones envenenados a trece sacerdotes, con el resultado de la muerte de un sacerdote y al menos tres personas más.

Sólo un grupo luciferiano ha llegado a contar con doscientos miembros: los Bambini di Satana (“Hijos de Satán”). Esta secta italiana nacida en 1982 con centro en Bolonia consiguió reunir el mayor número de miembros de una denominación satánica europea gracias a que su fundador, Marco Dimitri, se presentó a algunos debates televisivos sobre satanismo, en contra de la costumbre generalizada de este tipo de sectas. Dimitri defiende un satanismo ateo y nihilista, se ha hecho llamar “la bestia 666” y, por el tono narcisista que exhibe, y la frecuencia y vocabulario con que habla del sexo, no da la impresión de ser una persona muy equilibrada. Se hizo notorio por el juicio a raíz de las declaraciones de una exadepta denunciando violencia sexual, incluido el abuso de niños. Se exageró la acusación, creando una complicación que hacía difícil distinguir lo real de lo fantástico, y al final los imputados salieron absueltos (han tenido otras denuncias, que se han retirado por causas desconocidas). Pero se trata de un grupo con una literatura propia, que ha sustituido la “Biblia Satánica” de LaVey por el “Evangelio Infernal”, donde se hace una clara apología del odio y la violencia de todo tipo.

En cuanto a las creencias, no hay unanimidad en los grupos luciferianos. Algunos son de corte ateo, y por tanto en este sentido se asemejan al satanismo “moderno”; otros ven a Lucifer como alguien con entidad propia, asemejándose así al llamado “tradicional”.

Este último grupo, el satanismo tradicional, que también puede denominarse “paladista” (término de origen francés), se caracteriza por tanto en la aceptación de que el ser al que dan culto, el diablo, realmente existe. Pero eso no quiere decir que haya una creencia uniforme. En unos casos se sostiene la postura más lógica al respecto: una especie de maniqueísmo que, aun con matices variables, en lo fundamental sostiene la existencia de dos principios –del bien y del mal- parejos y contrapuestos, para elegir al de la “senda siniestra”, por resultar, debido a la razón que sea (poder, “indulgencia”, etc.), más atractivo que el de la otra senda, que no es otro que el Dios de los cristianos. Otros identifican, sin más, al diablo como el principio supremo: su dios. Otros tienen una raíz deísta: Dios habría creado el mundo... para desentenderse de él y dejarlo en manos del “príncipe de este mundo”. Algunos ven a Dios como Dios y al diablo como el diablo, pero... odian a Dios, por el motivo que sea, a veces asociado a experiencias personales dolorosas que no han sabido superar.

Se crea así un batiburrillo de grupos, con viejos ritos e ideas junto con nuevas adaptaciones. Podemos tomar un ejemplo de los escritos de Nate Leved, que se presenta como el “obispo herético de Satán”, creador del grupo “Hijos de la Rosa Negra” (Children of the Black Rose) (también lo es de la Church Lucifer –sin el of, que corresponde a otro grupo-, conectada con él). “Satán es realidad. (...) Satán es Lucifer, el demonio, y mucho más”. Hasta aquí lo que cabría esperar, muy sencillo de entender. Pero se va complicando: “Satán adopta muchas formas. Lo más aproximado a que podemos llegar para describir a Satán es que es una Fuerza del ser. (...) Esa Fuerza es el poder que conecta junto el Todo”. ¿Panteísmo satánico? No del todo. “Satán es una fuerza espiritual”, continúa; “Las fuerzas espirituales pueden interactuar con las fuerzas físicas e incluso cambiar o torcer sus propiedades. Eso es lo que hace posible la magia y por qué Satán es considerado un ser mágico, el creador del Todo. Los seres humanos, actuando en concierto con fuerzas espirituales como Satán, pueden realizar su voluntad y deseos sobre las fuerzas físicas y sus propiedades”. ¿En qué quedamos pues, es una fuerza o es la fuerza? Como filosofía no parece muy rigurosa. Pero la fantasía irrumpe al tratar del cristianismo. “ Por otro lado, Jehová (conocido en otras partes como Anu) era un mero comandante de una nave alienígena que aterrizó su aparato a 34º N y 34º E en el valle aluvial de siete niveles de Rachiyah, en Kharsag, cerca del Líbano” (¡!). Lo que sigue parece el argumento de un cómic: se hizo pasar por dios, esclavizó a los hombres preparando el planeta para una futura colonización de su planeta; pero hay más: otras especies extraterrestres –22 por lo menos- compiten por lo mismo; y hoy van a latinoamérica sobre todo, porque el gobierno de Estados Unidos tiene un tratado secreto para mantenerlos alejados de su territorio. Para Leved el que no se entera de esto es porque no quiere, ya que “hay ahora muchos libros dedicados a este tema”. En resumidas cuentas: satanismo gnóstico, con una cosmovisión no muy alejada de la que hemos visto en Hubbard.

Pero con todo este discurso, aparentemente inofensivo, no debe olvidarse que la rosa escogida es precisamente la negra. El satanismo “tradicional” tiende de por sí a ser el más radicalmente anticristiano, aunque sus manifestaciones varían de unos casos a otros. En el extremo, ha habido algún sacrificio humano. Son especialmente preocupantes, en este sentido, algunos grupos escandinavos, y otros con conexiones en el inmundo negocio de la explotación infantil, que incluye sadismos asesinos. Pero, sin llegar a tanto, otras veces lo que ocurre es que una espiral de acontecimientos puede conducir a algún seguidor a donde no se había propuesto llegar al inicio. Es demasiado comprometedor que algunas cosas hechas en la oscuridad salgan a la luz, y así no es raro que quien se harta de ello y decide abandonar un grupo, se vea seriamente amenazado para que no se vaya, o al menos para que no diga nada. Si acaba hablando más de la cuenta, las consecuencias son imprevisibles.

Puede hacerse una última pregunta: ¿cuánto satanismo hay en España? Es muy difícil dar datos exactos, por el secretismo que rodea a estos grupos y la facilidad con que se consigue ocultarlos cuando son pequeños, y también por tratarse de una realidad cambiante: una cifra puede dejar de ser válida en seis meses, por haberse disuelto algunos grupos y haber aparecido otros. Además, el caso español es singular, por la afluencia turística, que tiene repercusiones en este tema. Con todo, podemos aventurar una cifra aproximada, aunque sin demasiada certeza: unos cien grupos –la mayor parte minúsculos, pero con un mínimo de organización y un local para ritos-, con unos dos mil miembros. Son cifras modestas comparadas con las de países vecinos, como Italia, Francia o Gran Bretaña.


4) ¿POR QUÉ SON?


¿Qué mueve a las sectas? Las respuestas a esta pregunta han sido tan dispares, y en ocasiones tan apasionadas, que es difícil no concluir que con frecuencia interviene el prejuicio y la simplificación, con el consiguiente perjuicio para la verdad.

El que probablemente constituye el prejuicio más extendido puede resumirse de la siguiente manera: “eso no se lo puede creer nadie, luego tiene que haber algo detrás”. Desde, luego, la conjunción de las doctrinas singulares de muchas sectas con una mentalidad racionalista inclinada a un cierto escepticismo, invita a pensar así. Pero este juicio acaba por negar lo evidente.

De entrada, hay que aclarar que los prejuicios suelen encerrar ambigüedades. ¿Qué significa “haber algo detrás”? Puede significar que hay algo más de lo que se enseña al profano o al que se acerca por primera vez, y eso es bastante cierto. Ya hemos visto el carácter esotérico, en mayor o menor grado, de una buena proporción de sectas, de forma que sus creencias no son presentadas en su totalidad desde el principio, sino paulatinamente conforme se adentra el seguidor en el grupo. Y, en las sectas que no son esotéricas, como suelen ser las de origen cristiano –lo más frecuente es que sean apocalípticas, y no esotéricas-, suele haber una cierta táctica de aproximación, de modo que tienden a presentarse como un grupo que vive la verdadera autenticidad cristiana, haciendo hincapié en lo que se conoce o se supone como creencia común, insistiendo en lo que une y dejando lo que separa para más adelante, cuando se ha estrechado más la vinculación del neófito con la secta. En este sentido, sí que suele haber “algo más”, pero, para sorpresa de quien parte del “eso no se lo puede creer nadie”, lo que queda por descubrir suele resultar todavía más difícil de creer o de aceptar. Es más, por eso precisamente se suele dejar para más adelante.

Pero una cosa es un “algo más” suplementario, y otra cosa muy distinta es que sea sustitutorio. O sea, que lo que dicen creer sea únicamente una pantalla, una máscara bajo la cual se oculta la verdadera y diferente realidad. Los miembros de una secta creen en sus doctrinas. Puede parecer increíble para los extraños, pero es así. Pueden tener, como cualquiera, estados subjetivos de duda o de crisis, pero eso precisamente avala lo que aquí se afirma: si todo se conoce como una pura fachada, no hay dudas posibles. Como señala Robert Vaughn Young, otrora portavoz de la cienciología –un típico ejemplo de algo que suena muy poco razonable- en Estados Unidos, a la hora de entrevistar a un cienciólogo “un periodista debe saber que estará hablando con un fanático: una persona que trata de salvar el mundo. Eso es exactamente lo que los cienciólogos creen que están haciendo”. Los mismos relatos de exmiembros pueden ser más o menos objetivos, más o menos fiables, pero en un aspecto son unánimes: cuando pertenecían a la secta, creían en ella.

Otro prejuicio con bastante aceptación es el de quien ve las sectas como un grupo en el que una persona o una pequeña élite mantiene deliberadamente engañados a sus adeptos, unos pobres ingenuos fanatizados que no son conscientes de que son explotados y manipulados en provecho de la cerrada cúpula de la secta, que persigue fines muy distintos a los religiosas. Esta visión tiene numerosos apoyos en la prensa sensacionalista, ávida de conseguir material hasta donde no lo hay para elaborar reportajes en los que se “abre los ojos” al lector para mostrarle que en el gran teatro del mundo la auténtica realidad está entre bastidores, donde se tejen conspiraciones y se hacen repartos del poder a espaldas del inocente ciudadano. Si todo fuera como algunas publicaciones de este tipo relatan, resulta verdaderamente milagroso que el mundo, y el lector mismo, sigan su curso diario ocupados en problemas tan “tontos” como cuadrar las cuentas familiares, educar a sus hijos o buscar trabajo, sin que se les hagan notorias las consecuencias de tan poderosas urdimbres. El rigor de muchos de estos artículos es simplemente inexistente*, y no hay otro remedio que concluir que la manipulación que resalta con más evidencia es la del lector. Por otro lado, resulta curioso comprobar que, de las sectas anteriormente examinadas, la que más podría aproximarse a este esquema es Meditación Trascendental, pero resulta que el engaño es en sentido contrario al que sostiene el prejuicio: lo que se disimula es el carácter religioso, y lo que en el fondo se busca es propagar una religión.

De todas formas, conviene mostrar qué hay de verdad y qué de mentira en las diversas motivaciones que se achacan a las sectas, y a eso se dedicará este capítulo.

a) ¿Son un negocio?

Decir que las sectas –o buena parte de ellas- son un negocio, o, más aún, sostener que no son nada más que un negocio, es una idea que muchos comparten. Hay algunos datos que inducen a pensar así. En varias encontramos en la militancia de base una mano de obra barata –gratuita muchas veces- con una dedicación igual o mayor que la de la empresa más exigente, lanzada a la venta del material producido por la secta; en este aspecto, los Testigos de Jehová son el paradigma. Otras veces se trata de que la secta vende a sus adeptos, en mayor o menor grado, material o enseñanza a precios netamente superiores a los que les correspondería en el mercado; aquí, los ejemplos más característicos son Meditación Trascendental y, sobre todo, la Cienciología. En algún caso el creador de la secta se ha enriquecido y vive rodeado de un descarado lujo, siendo el más claro ejemplo el gurú Maharaj-Ji. Hay incluso algún caso en el que la secta ha servido de trampolín para la adquisición de negocios de otro tipo, como ha sucedido con el “reverendo” Moon. Y todavía se podría añadir el hecho de que alguna cuenta con mucho dinero, como se evidencia por lo que gasta, sin que se sepa bien de dónde sale (lo que no quiere decir que no se pueda saber), como es el caso de los mormones. En sectas de menor tamaño, no es raro que los adeptos, o parte de ellos, entreguen al grupo sus posesiones, lo que sucede especialmente en sectas de sesgo apocalíptico -¿para qué conservar lo que no va a durar?- o que preconizan una forma de vida comunitaria. Todo esto ha conducido a que se concluya que lo que persiguen las sectas es el dinero, el dinero y el dinero; un puro negocio, vamos.

Pero en este punto conviene hacer una distinción, que puede parecer una sutileza a primera vista, pero que es esencial para situar correctamente la cuestión: que es necesario distinguir entre hacer negocio y ser un negocio. Es indudable que cualquier organización necesita una financiación, por modesta que sea, y, naturalmente, las sectas no constituyen una excepción. Y para ello se puede recurrir a varias posibilidades, entre ellas a vender algo –bienes o servicios-, lo que comporta la existencia de un negocio, aunque no sea profesional. Y, en este sentido, hay que desechar como irreal la idea de que no se deben mezclar la religión y el negocio. Una cosa es que, como tiene a gala la Iglesia Católica, lo sagrado en sí mismo no se vende sino que se da, y otra cosa es que alrededor de la vida religiosa –en su más amplio sentido- no pueda haber negocios, ya que sin la existencia de éstos frecuentemente no se puede vivir. Nadie con sentido común objeta a que un monasterio se gane el sustento vendiendo dulces, o música gregoriana, o tenga una hospedería, y ponemos este ejemplo a propósito por tratarse de los fieles que se han apartado del mundo. Apartarse de este mundo no significa dejar de vivir en este planeta, en el que resulta necesario el intercambio regido por la justicia: o sea, el negocio. Este mismo libro, que trata de un tema religioso, se pone a la venta y se compra, esperemos que a satisfacción de ambas partes.

En el caso de varias sectas de considerable tamaño, la necesidad de financiación es acuciante. La envergadura y extensión de lo que pretenden montar –sobre todo, si es en poco tiempo-, el propósito de una rápida expansión universal y el fuerte control interno son aspectos que tienen una vertiente económica, y suponen mucho dinero. Pensemos, por ejemplo, en la sede de los Testigos de Jehová con más de dos mil personas trabajando allí, o en la serie de “universidades védicas” de Maharishi. También lo supone muchas veces el cuidar y defender su imagen pública: piénsese, por ejemplo, en las nuevas catedrales mormónicas o en los innumerables pleitos de los cienciólogos. Se crean así en ciertos casos estructuras complejas con un fuerte dinamismo, que gastan de por sí grandes cantidades. En más de una ocasión esta situación atrapa en cierto sentido a la secta, que no ve otra salida para cubrirlos que expandirse aún más, con lo que quizás solucione el problema de hoy pero quizás lo agrande en el mañana, o al menos supone una apuesta con riesgo: en otras palabras, es un ejemplo más de buscar la solución a un problema en la llamada “huida hacia delante”.

Cuando se llega a esa situación, máxime si no han salido bien los cálculos o los planes de expansión, la dirección de la secta busca dinero donde sea, exprimiendo a sus propios adeptos –es significativo que dentro de los Testigos de Jehová hayan surgido voces de protesta sobre las colectas, e insólito que hayan trascendido- y convirtiendo al grupo en una máquina de ventas. Con facilidad tiene el efecto de dar la impresión de que lo único que se busca es el dinero. Pero aquí surge la diferencia entre el hacer y el ser un negocio. En lo que es un negocio, el fin está en la cuenta de resultados, y lo demás es instrumental (aunque no por ello se dejen de respetar valores éticos absolutos cuando es el caso). Cuando no lo es, es el negocio mismo lo instrumental. Y lo que vemos en las sectas es que el negocio está al servicio de la secta, no la secta al servicio del negocio. Sin perjuicio de la posibilidad de que haya personas singulares bien situadas que puedan aprovecharse de los esfuerzos de la secta, lo cierto es que todo el negocio tiene como fin primordial alimentar la maquinaria burocrática de la secta y su propagación, no al revés.

Puede llegarse a una situación en la que una secta llegue por esta dinámica a asemejarse a una empresa comercial, con sofisticadas técnicas de marketing, así como también puede darse la situación inversa: que una empresa comercial llegue a asemejarse a una secta, por la relación que tiene con quienes trabajan en ella. ¿Es posible esto? Es posible y real. Se está abriendo paso una cultura empresarial, cuyo origen está en los Estados Unidos, en la que se tiende a exigir –la mayoría de las veces indirectamente, pero eficazmente- que la persona viva para la empresa, o, lo que es lo mismo, que la empresa pase a ocupar el fin de la existencia del individuo. Esto es, ni más ni menos, ocupar el lugar de la religión. Y, en este contexto, siempre aparecerá alguien que, si le dejan, lleve este planteamiento hasta el extremo. Así, en las relaciones de sectas que circulan en Norteamérica es frecuente ver incluido un nombre: Amway.

En 1959, dos vendedores a domicilio de productos de droguería y cosmética crearon su propia empresa, a la que quisieron llamar por una abreviatura de American Way, “Amway”. Poco a poco fueron prosperando y creando un sofisticado estilo y modo de funcionamiento. ¿Y en qué consiste este “modo americano”? De entrada consiste en una red de vendedores a comisión, en el que cada vendedor es animado no sólo a vender directamente, sino a crear su propia red de vendedores –de la que pasa a ser el jefe-, de modo que cobra una comisión sobre las ventas propias y sobre las que hacen quienes dependen de él. Y así, se anuncia que se puede llegar a ser millonario en poco tiempo –si se sabe crear una red con personas selectas, que a su vez sean capaces y estén estimuladas para reclutar otro grupo de personas que se dediquen a ello-. Todo ello envuelto con una “filosofía” del éxito voluntarista: “si de verdad se lo propone, lo puede conseguir; si no, será usted un fracasado”. Hasta aquí, no hay nada de particular: otra empresa que opta por la distribución a través de vendedores a comisión, con una política de ventas agresiva –que ya suscita algunos interrogantes éticos-, y un ingenioso sistema que permite dar distinciones y cargos sin subir un solo escalón en la empresa, ya que se “asciende” con lo que uno crea por debajo –y aquí los interrogantes se hacen mayores-. Este rasgo levanta alguna sospecha, y más cuando se sabe que Amway ha separado la venta en sí misma –Amway Corporation- de lo que en cualquier otra empresa es el departamento de recursos humanos en lo que respecta a los vendedores (que en este caso viene a coincidir con la red de distribución), que formalmente constituye no ya otra empresa, sino varias otras empresas –por supuesto, íntimamente ligadas a la matriz-. ¿Por qué este deslinde de responsabilidades?

Y es que aquí hay gato encerrado. Como primer aliciente, se ofrece –a bombo y platillo- al que ficha por la empresa un descuento medio del 30% de todos los productos que comercializa Amway; o sea, el precio correspondiente a la venta al por mayor, ya que no hay detallista. Pero es engañoso, ya que, en primer lugar, hay unos trucos contables que hacen que ese porcentaje sea menor*. Y después, resulta que el catálogo de precios mismo es arbitrario: lo que fabrica no sale a la venta en comercios (se le puede poner el precio que se desee, porque nadie lo va a comprar en una tienda), y en lo demás, de hecho, puede coincidir o no con el precio real del mercado. El resultado es que los productos que fabrican –droguería y cosméticos sobre todo- salen a un precio que suele coincidir con el de mercado –sólo que en este caso la empresa lo vende a precio superior a la competencia, pues se vende a precio de minorista, no de fábrica-, y los que no fabrican –pueden vender de todo, hasta coches- salen por un precio superior al del mercado –muchas veces Amway es un intermediario más-, a veces sensiblemente superior. Y se bombardea a quienes entran en el juego que es una grave deslealtad con la empresa no comprar... ¡de todo!, a través de ella. Se entra ya decididamente en el terreno del engaño: aunque la empresa cumpla lo pactado, lo que se anuncia no coincide con la “letra pequeña”, y en algunos productos el precio es abusivo.

Hay más. El que entra empieza comprando por unas veinticinco mil pesetas el “lote de entrada”, consistente en “lo que se necesita para empezar”: algunos productos (en teoría de muestra) y elementos “motivacionales”: cassettes y otro material gráfico en el que se proporciona la “filosofía” de la entidad y técnicas... más de reclutamiento que de venta. De hecho, el porcentaje por ventas directas es escaso, y sólo se puede ganar dinero de verdad a través de las ventas de la red que uno consiga formar. Es algo calculado. Y, de hecho, la verdad es que no compensa en absoluto intentar gastar el relativamente poco tiempo disponible en vender, sino en reclutar vendedores. Éstos no se buscan entre personas sin trabajo –no tienen poder adquisitivo, ni suelen tener buenas relaciones-, sino entre conocidos y amigos que tienen un trabajo: se ofrece como un sistema en el tiempo libre, con el que se llegará a no necesitar el trabajo que tienen. Y es que, además, buena parte de ese tiempo libre se gasta en una continua “motivación” en la que se sigue comprando material –no se agota: sólo en cassettes hay unas mil distintas, pero a la vez abrumadoramente repetitivas- y se asiste a unas reuniones... pagando. Y a ello hay que sumar el tiempo dedicado a la “línea descendente” –así se llama- que se haya formado o se esté intentando formar, lo cual, de paso, también comporta algunos gastos. El resultado de todo esto es que una proporción que podría cifrarse en uno de cada cincuenta consigue, en su cuenta global particular de resultados, ganar algo de dinero, y muy pocos ganan mucho. Y así llegamos a la conclusión de que lo que en realidad se ha creado no es una red de vendedores, sino una red de compradores. Examinado el asunto atentamente, nos encontramos con una sofisticada y bien estudiada estructura piramidal –revestida del moderno nombre “marketing multi-nivel”-, cuya posibilidad de ganancia, para quien entra en el juego, estriba únicamente en hacer crecer la pirámide por abajo, para recibir de... los de abajo, que a su vez tienen la esperanza de poder continuar el juego. (De la empresa, y es significativo, lo que se recibe son unas insignias que reconocen como vendedor “zafiro”, “esmeralda”, “diamante”, etc., según... no el volumen de ventas, sino el número de vendedores de la línea descendente que han presentado determinada cifra de volumen). Hay algún país donde este tipo de proceder es considerado como práctica fraudulenta (aunque aquí está todo pensado para disuadir de litigar, empezando por la partición de responsabilidades entre diversas empresas), y, en todo caso, es éticamente lamentable. Pero, ¿qué puede tener que ver esto con una secta? ¿Dónde están las posibles semejanzas?

Las semejanzas estriban en que la adherencia a la red de Amway está revestida de tintes fuertemente cuasi-religiosos. De entrada, en todo lo que emana de la empresa dirigido a esta red –sobre todo, las reuniones y la revista Amagram- se insiste en que ofrecen la felicidad, consistente en un paraíso mundano de vida lujosa, a quien tenga una fe incondicional y una entrega sin reservas a la causa. Incluso se le da un revestimiento misional al reclutamiento, afirmando que se ayuda a otras personas a entrar en ese club de elegidos. Curioso altruismo, dirigido a aquellos a costa de los que se va a vivir, que entran pensando que van a vivir a costa de otros. No falta ni siquiera un barniz de religiosidad, con citas evangélicas y de autores religiosos. Se crea después una cultura empresarial consistente en una rígida estructura, en la que la dependencia con el inmediato superior y siguientes en la línea –“patrocinadores”- va mucho más allá de una relación profesional: a él se debe ir no sólo con los problemas del trabajo, sino también con los personales. ¿Por qué? Pues porque si, supongamos, el problema consiste en que la frenética dedicación a Amway comienza a deteriorar la relación matrimonial –algo no muy difícil de imaginar-, y se acude a un sacerdote o un consejero matrimonial, a poco sentido común que éste tenga lo que aconsejará es que salga de esa red, y esto no se lo puede permitir este sistema. A la vez, la respuesta que dará el “patrocinador” es invariablemente la que figura en un repertorio proporcionado por la empresa: está todo previsto. Se une a todo ello un código de conducta detallado –hasta cómo hay que vestir- que de hecho supone vivir para esta causa, y una machacona “motivación” que insiste una y otra vez en sus principios. Convierte a las personas en verdaderos apóstoles de la empresa (también aquí hay instrucciones muy detalladas), y así tienden a “quemar” las relaciones de amistad, que tarde o temprano, dentro o fuera, acaban dándose cuenta de que han sido manejados, con el resultado de que se acaba uno relacionando sólo con los integrantes de la red. Todo esto crea una devoción por el “negocio” sólo comparable a la religiosa –cuesta creer hasta qué extremo, hasta que se ve-, y un ambiente que verdaderamente es muy parecido al de algunas sectas.

Lógicamente, la verdad sobre este tipo de montajes se acaba difundiendo, y Amway está retrocediendo posiciones en Estados Unidos, a pesar del fuerte esfuerzo de parar las críticas en los tribunales. La reacción ha sido lanzarse al extranjero, con cierto éxito, aunque depende de cada país. En España se lanzó en 1986 y entró en fase de expansión, con unos resultados hasta ahora más bien discretos, a pesar de que han querido entrar con buena imagen patrocinando un equipo de baloncesto. Al parecer, el mayor éxito se ha cosechado en el país en donde más arraigada está la fuerte vinculación del trabajador con la empresa: Japón.

La existencia de este tipo de empresas hace que en algunas clasificaciones se incluya un apartado titulado “sectas comerciales”. ¿Pero estamos aquí ante una secta? No. La diferencia estriba en que en una secta el negocio –cuando lo hay- está al servicio de la causa, mientras que aquí es la causa la que está al servicio del negocio. Aunque se pueda decir que hay aquí un verdadero culto al dinero, no es algo propiamente religioso. No hay ceremonias religiosas, y el grupo ha sido creado no por un visionario religioso, sino por un calculador hombre de negocios. A sensu contrario, este ejemplo nos sirve para situar en una correcta perspectiva el aspecto de negocio de las auténticas sectas. A la vez, sirve para darse cuenta de a dónde puede conducir la mentalidad de un excesivo enganche al trabajo junto con la exigencia de una desmedida dedicación a la empresa. Se den cuenta o no de ello sus protagonistas, la empresa y el beneficio van así tendiendo a ocupar el lugar de Dios, y la relación trabajador-empresa empieza a adquirir elementos y tonos cuasi-religiosos. De esta manera, una empresa comercial puede acabar convirtiéndose en una especie de pseudo-secta. Ejemplos como el analizado aquí deberían hacer reflexionar a más de uno.

Hay otra aproximación al tema, que contribuye a dar luces sobre la cuestión planteada. Y es comprobar lo que ocurre con una secta auténtica cuando se desnaturaliza y sólo busca hacer negocio: se viene abajo. Lo que ha sucedido con la Misión de la Luz Divina y el gurú Maharaj-Ji es muy significativo. También sirve de ejemplo lo que ocurrió con la Iglesia de Satán: cuando se vio claramente que LaVey estaba utilizando el satanismo en su provecho, comenzaron los abandonos y las escisiones, comenzando por el Templo de Set de Michael Aquino y la First Church of Satan (“Primera Iglesia de Satán) de “Lord Egan” (su auténtico nombre es John Dewey; es de suponer que al auténtico Lord Egan, británico, no le debe hacer mucha gracia). Si no se vino abajo del todo, como en el caso anterior, fue porque explotó más bien el satanismo, no tanto a sus adeptos.

b) ¿Buscan el poder?

Este es el segundo tópico en circulación más en boga que corre sobre las sectas: que su objetivo último –al menos, el de sus dirigentes- es el poder. También aquí hay indicios que parecen avalarlo. En primer lugar, suelen abogar por regímenes teocráticos, lo cual quiere decir que sueñan con un mundo regido por los principios de la secta, lo que implícitamente –o explícitamente a veces- significa que la secta misma gobernará el mundo. Es frecuente un tinte apocalíptico al respecto: salvarán al mundo, que de otra manera camina hacia la destrucción. Así ocurre con los Testigos de Jehová, con la Cienciología y con Meditación Trascendental, y en menor medida –y disipándose- con los mormones. Otras, como las demás de origen hindú y el Movimiento Humanista, sin llegar al catastrofismo aseguran tener la llave del futuro mundo feliz. Incluso un personaje como LaVey se ha permitido el lujo de declarar que el satanismo será la religión del siglo XXI.

Las actitudes ante el poder constituido son variadas. Unos han constituido partidos políticos por todo Occidente, como el Movimiento Humanista (Partido Humanista) y Meditación Trascendental (Partido de la Ley Natural). Otros, al parecer, han hecho tanteos en este sentido, como Ánanda Marga o los mormones (se constituyó en España hace años el llamado Partido Proverista –de “pro-veritas”-, vinculado a los mormones, que pronto desapareció), dejándolo ante la evidencia de que no les compensa. A veces no se va más allá de los sueños de grandeza, como ocurre con Nueva Acrópolis. En algún caso reniegan de él, siendo aquí el ejemplo típico los Testigos de Jehová, que sólo reconocen el gobierno teocrático de Jehová (tienen prohibido el voto en elecciones políticas, aunque últimamente parece que se les permite acudir a las mesas electorales como interventores si el sorteo les designa para ello). En otros casos parecen indiferentes, siendo su objetivo implantarse en la sociedad y no apuntar directamente al poder: se trata de crecer, y ya llegará el momento de pensar en el gobierno.

Así, pues, ¿es cierto que buscan el poder? Lo cierto es que de nuevo encontramos una cierta ambigüedad en la pregunta misma, que suele llevar algunas connotaciones implícitas. Porque una cosa es seguir una doctrina que conduce en último extremo a conseguir el poder, y otra que todo sea una pantalla que enmascara la consecución del poder como único objetivo real. Lo primero suele ser cierto bastantes veces –con matices para cada caso-, mientras que lo segundo suele proceder de un prejuicio según el cual la búsqueda de poder es el motivante último de la conducta humana, o sencillamente por parte de quien sí tiene esa mentalidad para con su vida.

Puede hacerse una comparación con una entidad que llegó a conseguir el poder: el Partido Nacionalsocialista alemán. Tuvo analogías con las sectas. Tenía una ideología cuasi-religiosa (Bormann, a cargo del aparato del Partido, se encargó de dejar claro que la militancia era incompatible con el ejercicio de cualquier religión) de tintes neopaganos. Tenía un líder “carismático”, Adolf Hitler, y una publicación –Mein Kampf, “Mi lucha”- que difundían sus adeptos como si de un nuevo Evangelio se tratase. Organizó un grupo paramilitar como las SS con conciencia de ser la “orden” del movimiento nazi. Prometía un futuro paradisiaco para la Alemania del “Reich de los mil años” –por fortuna, sólo duró doce-.

¿Es por tanto una secta? No, no lo es. En realidad, la ideología era, en cierto sentido, lo de menos. Hitler, ya en el poder, manifestó a sus íntimos en más de una ocasión que ya no le interesaba Mein Kampf, y que no volvería a escribir una cosa así. No se preocuparon de crear un sistema congruente de ideas. El teórico “ideólogo” del Partido, Rosemberg, era un cretino de pocas luces, que pronto fue marginado, y al final se le dio un cargo inoperante para quitárselo de en medio (lo que le costó la condena a muerte en Nüremberg); la única ideología era la que procedía de Nietzsche y de unos cuantos apologistas del racismo y la eugenesia (anglosajones, no alemanes: es algo que se suele soslayar). Los objetivos eran únicamente políticos: la creación de un imperio alemán racista que se extendería hacia el Este –el llamado lebensraum, “espacio vital”-. Lo demás era puramente instrumental. Al fin y al cabo, ¿qué importancia puede conceder a las ideas quien comenta, como Hitler, que era una lástima que Carlos Martel frenara a los musulmanes el Poitiers en el siglo VIII, pues de no ser así habrían llevado el Islam a Alemania, dándole así unas creencias mucho más aptas que el cristianismo para construir un imperio alemán que dominaría el mundo?

Esa instrumentalidad de las ideas es algo que no ocurre en las auténticas sectas. Análogamente a lo examinado en el apartado anterior, lo que sucede es que cuando un aspecto de la vida –en este caso, la política- se sobredimensiona y se hace omniabarcante, ocupa el lugar de la religión, y tiende a tener manifestaciones cuasi-religiosas. Por supuesto, los nazis no son el único ejemplo: basta ver el carácter de genuino “santuario marxista” en que se había convertido el mausoleo de Lenin. Varias sectas no ocultan que quieren –al menos, les gustaría- intervenir en la política, y, pese a los disfraces que puedan adoptar, tienden al totalitarismo. Pero no buscan el poder por sí mismo: lo que buscan es la implantación universal de sus creencias, para lo cual necesitan el poder. El matiz diferencial puede parecer sutil, pero es importante.

Ahora bien, así como el significado de “dinero” es unívoco, el de “poder” es más impreciso. Puede entenderse como poder sobre las personas y los acontecimientos que rodean a la persona. Y esto sí que tiene mucho que ver con unas cuantas sectas. De entrada, las satánicas lo buscan expresamente, pues la magia negra no tiene otra intención que conseguir el poder por malas artes. Muchas neopaganas tembién incluyen magia en su repertorio (los druidas son un buen ejemplo). En otros casos, el poder que se pretende conseguir es no a través de recursos externos, sino de capacidades propias: ofrecen convertirse en superhombres. La Cienciología, Meditación Trascendental y el Movimiento Humanista son claros exponentes. Sólo las sectas de origen cristiano parecen alejadas de este planteamiento. Pero esta característica, por lo general, no permanece en lo oculto, sino todo lo contrario: suele ser más bien un reclamo. Y, en cierto modo, no deja de ser algo religioso en el fondo: es indudable que en toda religión el hombre aspira a encontrar algo que le haga “ser más”. Lleva en su naturaleza la conciencia de su limitación, y en su espíritu el anhelo de trascenderla. La cuestión es aquí si se busca adecuadamente, o si se siguen pistas falsas; si ese “poder” se busca junto al auténtico Dios, o se espera de falsos dioses.

Un último aspecto de esta cuestión es si el “poder” significa control sobre otras personas dentro de la secta. En este sentido, no hay que engañarse: el poder gusta. Todo empleado –o casi todos- quiere llegar a jefe, y no sólo por la nómina.Así las cosas, no hay razón por la que las sectas constituyan una excepción. Sin embargo, si lo que uno se pregunta es si el fundador de una secta busca ese poder –ese sentirse importante, incluso venerado- como motivo de fondo para iniciarla, la respuesta no es fácil. Haría falta meterse en el interior de la persona para saberlo con exactitud, y es imposible. Es verdad que puede haber indicios que proporcionen una certeza razonable, pero en el caso de las sectas esto se complica mucho, precisamente porque sus creadores suelen ser personalidades complejas, por no decir complicadas, y de lo que hay indicios en más de un caso es de se trata de personas no exentas de trastornos mentales.

c) ¿Lavado de cerebro?

En marzo de 1997, treinta y nueve personas aparecieron muertas en un edificio de California. La autopsia reveló que habían fallecido por envenenamiento, tras ingerir un cóctel mortal de fenobarbitol con vodka. La mayoría eran jóvenes, con estudios superiores y buena posición. Dejaron escrita la razón de su muerte. Pertenecían a la secta Heaven’s Gate (“Puerta del Cielo”), un grupo de los llamados “ufológicos”* por sostener una creencia en la que tienen un papel los extraterrestres. Eran los días en los que un cometa muy visible, el Hale-Bopp, estaba más cerca de la tierra, y aseguraban haberse suicidado para ser recogidos por una nave espacial que se ocultaba tras el cometa, y que les salvaría del inminente “reciclado” de este planeta. No tardó en descubrirse que estaba anunciado. En la página web de la secta en Internet, el fundador y líder del grupo, el “Rey Do” (Marshall Applewhite, de setenta y dos años), había dejado escrito lo siguiente: “El que Hale-Bopp tenga un “compañero” es intrascendente desde nuestra perspectiva. Sin embargo, su llegada es gozosa y altamente significativa para nosotros en la “Puerta del Cielo”. La alegría viene de que nuestro Miembro Mayor en el Nivel Evolutivo Sobrehumano (el “Reino de los Cielos”) nos ha dejado claro que la aproximación del Hale-Bopp es la “señal” que estábamos esperando; el tiempo de la llegada de la nave espacial desde en Nivel Sobrehumano para llevarnos a casa en “Su Mundo”, en los Cielos literalmente. Nuestro aprendizaje de 22 años aquí en la tierra está llegando a su conclusión: la “graduación” del Nivel Evolutivo Humano. Estamos felizmente preparados para dejar “este mundo” e ir con la tripulación de Ti. Si usted estudia el material de esta página web podrá presumiblemente comprender nuestra alegría y cuál ha sido nuestra finalidad aquí en la tierra. Podrá incluso encontrar su “tarjeta de embarque” para irse con nosotros mientras dura esta pequeña “ventana”. Estamos muy agradecidos de haber sido receptores de esta oportunidad de prepararnos para ser miembros de Su Reino, y de haber experimentado Su ilimitado Cuidado y Atención”.

La primera reacción generalizada descartó con incredulidad la posibilidad del suicidio. Parecía que lo único razonable era pensar que el viejo chiflado los había envenenado. Pero los datos policiales eran contundentes a favor del suicidio. Habían acabado con sus vidas pulcramente, en tres turnos de quince, quince y nueve personas, con un día se separación entre cada uno, y los dos últimos del tercer turno retrasándolo un poco para asegurarse que dejaban todo en orden. No había signo alguno de violencia. Tampoco había sorpresa: estaba claro que ese desenlace estaba previsto desde el principio. Se buscaron, sobre todo por parte de la prensa, razones ocultas que pudieran explicar el hecho. Se descubrió que la hermana de uno de los fallecidos era una de las actrices de la serie Star Trek, y quizás ella pudiera... pero no, lo único que pudo decir es que desconectó de la familia cuando ingresó en la secta. Al final, se acabó imponiendo la evidencia: se habían suicidado porque creían en el mensaje del “Rey Do”.

Este caso sirvió como estandarte de quienes sostenían que lo que hay detrás de las sectas son unas técnicas de manipulación mental, con cuya aplicación se consigue un sometimiento total del individuo. Se habla así de “lavado de cerebro”, de “programación mental”, de “técnicas de manipulación”. ¿Qué hay de ello?

Aunque volveremos sobre el tema más adelante con más detalle, se puede adelantar que, como razón de ser misma de las sectas, esta teoría no puede aceptarse. La primera razón es muy sencilla: en caso de ser cierta, no explica el fin perseguido: se trata en todo caso de un instrumento con el que se pretende conseguir algo, remitiendo por tanto a un fin diferente.

Pero, además, resulta que el mismo ejemplo, con parecer tan propicio para sostener la existencia de ese tipo de técnicas, contiene elementos suficientes para su rechazo. En primer lugar, el “viejo chiflado” estaba solo, y por lo tanto era imposible que pudiera aplicar métodos manipulativos a quien no se prestase a ello. O sea, que sus adeptos tuvieron que acercarse a él libremente, y escucharle con ganas, antes de que pudiera tener la oportunidad de alterar su voluntad con cualesquiera técnicas. Y no hay que olvidarse de que, cuando después del suicidio se examinó su mensaje, se comprobó que hasta el nombre del grupo aludía a ese final. Y es que, hasta en la literatura o las películas de intriga o ciencia ficción que tratan de la manipulación mental, se pone de manifiesto que sólo se pueden aplicar a quien es apresado y retenido contra su voluntad, pues antes de “perderla” es indudable que la tiene y la ejerce.

Por otra parte, si bien se puede conseguir que alguien se decida a suicidarse, no se consigue de la noche a la mañana, y, sobre todo, sin que aparezcan otros efectos. El “lavado de cerebro” es un término que se puso de moda en los años 50 y 60 para aludir a ciertas técnicas, utilizadas sobre todo por policías de regímenes totalitarios, y tenían como objeto no ya modificar la personalidad, sino más bien anularla. Por diversos medios, se conseguían trastornos de memoria y sensoriales, y se lograba abatir la capacidad de resistencia de la voluntad. Con esto se destruía al individuo, que quedaba como un autómata, dócil para seguir cualquier instrucción, pero incapaz de ejecutar nada que fuera mucho más allá de una labor mecánica y, por supuesto, incapaz de una concentración mental continuada y de desarrollar un verdadero trabajo intelectual. Resulta por tanto una categoría inaplicable a unas personas que hasta la víspera de su suicidio acudían regularmente a su trabajo, que por lo general tenía bastante componente intelectual, sin despertar sospecha alguna sobre el propósito que tenían.

Aquí, como en la ecología, no puede olvidarse que la naturaleza es, literalmente, insustituible. No se puede fabricar una naturaleza “alternativa”; lo único que se puede es intentarlo y comprobar cómo lo que sucede es que se deteriora y se destruye la real. Estamos es un momento en el que se habla de “inteligencia artificial” con respecto a las computadoras. Puede ser válido el concepto siempre que se utilice como una analogía, por lo demás impropia (propiamente, un ordenador no tiene inteligencia), pero se exagera demasiado su significado. Es falso considerar el cerebro humano como un hardware al que se pueden cambiar los programas a voluntad con sólo hallar la técnica para ello. Quien lo intente, obtendrá como resultado que el cerebro deje, del todo o en parte, de servir como vehículo idóneo para el ejercicio de la inteligencia y la voluntad. Al menos en su sentido más estricto, hablar de “programación”, u otro término semejante, para referirlo a una conducta humana en la que intervienen inteligencia y voluntad –y por tanto libertad; todo lo condicionada que se quiera, pero libertad al fin y al cabo-, es impropio. Responde a una mentalidad conductista, de raíz materialista, que ve en el hombre una especie de “robot” biológico, con una libertad aparente pero no real. Y, cuando se confronta con la realidad, aun siendo la realidad de un caso tan inexplicable como el de la “Puerta del Cielo”, no encaja.

“Manipulación” es otra cosa: es un concepto más amplio, que tiene como objeto la modificación de una conducta, pero no es necesariamente determinista. O sea, que se puede considerar como una técnica para condicionar la conducta, pero no para determinarla mecánicamente. Puede existir, y de ello se hablará más adelante, pero en cualquier caso se trataría de algo propio de un segundo momento, no del primero: se podría considerar como un abuso cometido sobre quien ha puesto su confianza en las personas equivocadas, pero sigue sin explicar por qué alguien ha puesto su confianza en ellas. Puede explicar quizás los manejos de algunas sectas con sus adeptos. Pero no sirve como explicación del interés que puede suscitar una secta, ni por tanto del hecho de que surjan y se desarrollen.

¿Pero no podría darse el caso de un líder dotado de una especie de “magnetismo”, de unos poderes de sugestión –quizás, hasta de hipnosis- capaces de hacer que la gente les siga? Es indudable que hay personas con una capacidad de persuasión fuera de lo normal, que tienen verdadera capacidad de arrastre. Eso no quiere decir que su efecto sobre un determinado oyente sea automático, pero esto no constituye un problema en nuestro caso: es evidente que no todo el que se encuentra con una secta la sigue. Al revés: los rechazos suelen ser mucho más numerosos que las adhesiones.

Ahora bien, es claro que esta explicación tiene serias limitaciones. La primera y más evidente es que sólo es operativa cuando hay contacto personal; las cintas y el material audiovisual restan mucha eficacia a estas características. Por tanto, resulta prácticamente imposible recurrir a este expediente como explicación última cuando se trata de sectas numerosas, y no digamos ya cuando el “magnético” visionario que ha fundado la secta ha fallecido. No es muy razonable pensar que todos los que han estado al frente de los testigos de Jehová o los mormones han tenido un particular “don de gentes”; en más de un caso está comprobado lo contrario.

Estas dotes personales sí que explican algo. Explican por qué, dentro de un mismo género de sectas, hay fundadores que han prosperado, mientras que otros no. Visionarios de todos los tipos nunca han faltado, y quien más quien menos se ha encontrado con alguno a lo largo de su vida. Las condiciones personales aquí aludidas explican por qué a unos les sigue alguien y a otros no les sigue nadie. Esto, claro está, no es una característica exclusiva de las sectas. El “carisma” personal de Hitler, por ejemplo, explica en buena parte por qué, entre tantos líderes y tantos partidos de la extrema derecha en la Alemania de Weimar, prosperase precisamente el nacionalsocialista, mientras que parece claro que Drexler –el fundador del partido- no hubiera llegado muy lejos por sí mismo. Pero, a la vez, ningún historiador serio sostiene que la explicación del ascenso al poder de Hitler radicó esencialmente en su capacidad de sugestión, y que el resto de factores eran a la postre secundarios. Un razonamiento parecido se puede hacer también con Lenin, y con tantos otros. En realidad, puede decirse que ocurre algo semejante con muchos tipos de organizaciones humanas, incluidas las sectas. En resumidas cuentas, podemos concluir que este factor puede influir, incluso decisivamente, en explicar por qué ha prosperado esa secta y no otra, pero no por qué han surgido y –si es el caso- prosperado las sectas.

d) Entonces, ¿por qué?

Hay dos afirmaciones fundamentales a la hora de entender el porqué de las sectas. La primera es la necesidad de aceptar el hecho de que el hombre es, por naturaleza, homo religiosus. El ser humano, de una forma u otra, necesita de la religión. Sin ella, quedan sin respuesta las preguntas que más le interesa saber, y, por ello, las que en un momento u otro necesariamente se pregunta: su destino final, y, en dependencia de la respuesta que se dé, el sentido de la vida. La ciencia, o cualquier tipo de sabiduría intramundana, no puede contestar estas interrogantes. Sin respuesta, la vida, con su inevitable caducidad inherente, se convertiría en un sinsentido, un absurdo. Es cierto que algunos filósofos, y otras personas, han admitido que efectivamente es un absurdo –es el nihilismo-, pero en todo caso es una respuesta insatisfactoria, en sentido estricto: no puede dejar satisfecho a nadie.

Puede objetarse que hay ateos, y es verdad. Pero incluso en esos casos se pone de manifiesto en cierto modo el carácter religioso del ser humano, ya que esas personas tienden a convertir en una religión aquello en lo que han puesto su esperanza. Ya hemos visto que, tanto en la esfera económica como en la política, cuando “algo” ocupa el centro de la vida humana, adquiere tonos religiosos, y va incorporando su dogmática, su moral y su liturgia. En el siglo XX, la más clara manifestación de este fenómeno ha sido el comunismo, con ese dogmatismo ideológico que obligaba a aceptar como “científicas” cosas contra toda evidencia, con la inflexible “moral revolucionaria”, con la esperanza en el “paraíso comunista”, y con esas paraliturgias del partido; pero indudablemente no es la única manifestación de este tipo. Los marxistas encontraron su santuario en el mausoleo de Lenin, los nazis en esa especie de gran templo pagano de Nüremberg. Los ejemplos se podrían multiplicar. Lo cierto es que el ser humano necesita creer en algo, situar en algo su esperanza, poner en ello su corazón, y, de un modo u otro, manifestarlo.

Y aquí entra en juego la segunda afirmación, que viene a coincidir con el célebre lamento de Jeremías en el antiguo Israel: “Un doble mal ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que no pueden retener el agua” (Jer 2, 13). Cuando, por el motivo que sea, se rechaza la religión aprendida, se crea un vacío, y se buscan otras creencias para llenarlo. Cuando no se encuentran, o no se cree o quiere encontrar, respuestas a las preguntas fundamentales en la religión propia, queda una predisposición a aceptar las ideas de quien las sostiene, o así lo parece, con firme convicción, por extravagantes que sean. No se pretende aquí estudiar la veracidad de las distintas religiones, pero es fácil constatar que, desde el punto de vista de lo que es razonable, lo que ofrecen las sectas es un subproducto, un sucedáneo. A poco que se reflexione, resulta descabellado resucitar cultos de la antigüedad, seguir a quien ha fallado repetidamente con el anuncio del fin del mundo, fiarse de versiones sofisticadas del elixir de la inmortalidad, y no digamos rendir culto al principio del mal, por simbólico que se le considere. O, sencillamente, seguir e idealizar a personajes en quien no es difícil ver individuos poco normales o poco ejemplares, o ambas cosas.

Dicho con otras palabras, las sectas florecen en tiempos de crisis. Históricamente es un hecho comprobable, desde el Bajo Imperio Romano hasta nuestros días. Pero ¿crisis religiosa o social? La respuesta es que ambas cosas, pues de hecho suelen ir juntas, o, mejor dicho, la primera produce, en mayor o menor grado, la segunda. Algo ha fallado, por tanto, en la vida religiosa, y en la vida social.

Del análisis de las sectas que hemos hecho resulta una cierta coincidencia de fechas, que indica que el boom de las sectas tuvo lugar a finales de los años 60 y, sobre todo, en los 70. Es un momento crítico. Son los años de la contracultura, de la subversión de valores, de la revolución sexual, del ataque al orden establecido, de la protesta –a menudo, de la protesta sin propuesta-, del rechazo de los valores heredados. En el ámbito religioso, y más específicamente católico, son también años difíciles. La Iglesia sufre el embate de una ola secularizadora: se contesta a la doctrina, se ensayan liturgias a veces extravagantes, hay un buen número de abandonos en las filas del clero y los religiosos. Se propagan, desde instancias eclesiásticas, ideologías ajenas al Evangelio, y muchos predican una nueva moral, desde luego mucho más laxa que la “antigua”. Con frecuencia, donde se espera encontrar fe se hallan dudas. Lógicamente, todo esto provoca bastante desconcierto, que crea un caldo de cultivo propicio para quien se presente con una creencia firme.

Si se hiciera un mapa de la incidencia sectaria en el mundo católico, la mayor proporción corresponde a áreas de latinoamérica donde ha arraigado la llamada “teología de la liberación”. En los casos más extremos lo que predicaba era el marxismo (o la “relectura” de las fuentes de la doctrina cristiana en clave marxista), pero, incluso sin llegar a tanto, creaba una actitud de circunscribir el mensaje cristiano a su aplicación a los problemas sociales. Y las cuestiones fundamentales, conscientemente o no, eran dejadas de lado. Se ha cargado la responsabilidad de la expansión de las sectas al poderío financiero norteamericano. Incluso se ha hablado de que se intentaba establecer una especie de colonialismo religioso, con un plan centralizado en alguna oscura oficina estadounidense. Cuando se ven las cosas de cerca, esto último se descarta rápidamente: con frecuencia los distintos grupos norteamericanos no se llevan bien entre sí, y, en concreto, las relaciones entre el evangelismo fundamentalista norteamericano y las sectas son bastante hostiles. Pero tampoco el dinero americano, aunque contribuye, es la causa principal de su expansión. La causa primordial es que hablan de la vida eterna. Es un discurso que puede desfigurar el Evangelio, u ofrecer “formas alternativas” de más allá rebajadas o incluso absurdas; pero, en todo caso, insisten con convicción en la salvación que ofrecen, y quizás el cura del pueblo no lo hace, o lo hace de una forma tan difusa y esporádica que transmite, posiblemente sin quererlo, la impresión de que su convicción no es tan firme, o quizás de que duda, o incluso, en casos más extremos, que no tiene fe.

En Occidente, aun teniendo en cuenta que la sociedad es más compleja, puede decirse en buena parte lo mismo. Quizás un pastor de almas no cae en la cuenta de las implicaciones de lo que dice cuando afirma que en su circunscripción -donde menos de un tercio de los fieles cumple el precepto dominical, escasean las vocaciones al sacerdocio, y se dan otras graves carencias espirituales- el principal problema es el paro laboral, pero lo cierto es que está contribuyendo a una mentalidad muy extendida que ve a la Iglesia sobre todo como una sociedad asistencial. Es un fin muy noble, pero en sí mismo puramente intramundano, que deja en el aire la aspiración más fundamental del ser humano: la vida eterna. Esta dejación abre hueco a que quien hable del más allá, sea al menos escuchado con facilidad, y con más facilidad aún si se presenta como la auténtica versión del cristianismo. Su insistencia en la salvación puede hacer parecer a la secta como algo genuino, por encima de muchas otras carencias. Por otra parte, esto no quiere decir que el mundo católico sea más vulnerable que el protestante. Los católicos, por fortuna, están centrando su predicación –el reciente Catecismo de la Iglesia Católica ayuda mucho-, y hay signos esperanzadores de la salida de la crisis. No ocurre lo mismo en la esfera protestante –incluyendo aquí, con mayor o menor propiedad, al anglicanismo-, que también ha sufrido su crisis, con mayor virulencia aún en varios aspectos que la católica, pero donde no se aprecian apenas signos de recuperación. Por eso, cabe predecir que en el futuro más o menos inmediato las zonas protestantes serán más vulnerables ante las sectas, y que su dispersión en materia de fe permitirá asimismo que en buena proporción se trate de sectas más alejadas de la raíz cristiana, como de hecho sucede ya hoy en día.

La crisis religiosa tiene otros efectos indirectos en el tema que nos ocupa, a través de sus consecuencias en la vida social. En primer lugar, incide a través de la crisis de la familia. No podemos detenernos aquí en examinar detalladamente cómo la mengua en la fe y la práctica religiosas afecta a la institución familiar, pero no es difícil entender cómo produce un deterioro en la apreciación y la práctica de los valores familiares, y deja vía libre a una vida sexual sin barreras que necesariamente erosiona y llega a destruir a las familias. Esto tiene un precio: hombres y mujeres solos, niños con carencias afectivas, a causa de la rotura de sus familias. Esto hace a las personas vulnerables con respecto a quien ofrece una acogida y se presenta más o menos como una familia. Puede tratarse de un grupo cristiano dentro de la Iglesia, pero también puede tratarse de una secta. Son frecuentes los estudios que concluyen, tras un detenido análisis, en la vulnerabilidad de las personas que sufren este tipo de situaciones a la captación por las sectas. Y es así. Pero, curiosamente, son pocas las voces que ante esta situación proponen como solución el refuerzo de los vínculos familiares y la potenciación de la institución familiar. En parte, parece deberse a que la cuestión se plantea como un problema técnico y no como un problema humano; y, también, a que se quiere una solución, pero no el compromiso moral necesario para llevarla a la práctica.

Menos estudiada ha sido otra consecuencia de la crisis religiosa, que, no obstante, influye también poderosamente en la proliferación de las sectas. Se trata del desplazamiento, inherente a la falta de práctica religiosa, de las esperanzas humanas a logros terrenales, como son el éxito profesional o la posición social. Y, dejando aparte el hecho de que la consecución de esas metas nunca deja totalmente satisfecho al hombre, también es un hecho que muchas veces no se consiguen. La fuerte competitividad de muchos sectores de la sociedad actual aviva unas esperanzas que en un buen porcentaje de casos no pueden cumplirse. Necesariamente surge de aquí una buena cantidad de vidas con una fuerte frustración, y en más de un caso también resentimiento. De una manera u otra, estas situaciones invitan a buscar refugio en otras partes, donde uno pueda ser “alguien”, con una cierta tendencia en buscar ese lugar en “algo nuevo”, apartado de los elementos tradicionales de una sociedad que se rechaza por considerar que ella le ha rechazado a uno. Es evidente que ese “algo” no tiene que ser necesariamente una secta, pero lo es asimismo que muchas veces una secta encaja perfectamente en este cuadro.

Todo esto no es más que un desarrollo esquemático de lo que se señalaba al principio: que una secta es un sucedáneo de religión. Y sucede lo que sucede con los sucedáneos: se difunde su consumo cuando hay carencia del producto genuino. Pero supone también una invitación a reflexionar, especialmente para quien ha sufrido el que una persona cercana se haya incorporado a una secta. Es fácil echar la culpa a unas depuradas técnicas de captación, o al dinero yanqui, o a lo que sea fuera de uno mismo. Más difícil es examinar si hay algo de responsabilidad personal a la luz de las causas expuestas, especialmente por negligencia o mal ejemplo. De todas formas, tampoco podemos olvidar que, en última instancia, el ser humano es un ser libre, y su conducta no es el producto automático de una serie de condicionamientos sociales.


5) ¿SON PELIGROSAS?


a) Las tragedias

Cuando empezaron a desarrollarse las sectas contemporáneas, por los años 70, nadie les dio excesiva importancia. En cuanto a su posible peligrosidad, quedaban, para la opinión pública, muy por debajo de otros grupos como los partidos de extrema izquierda –algunos de los cuales desembocaban en grupos terroristas-, o incluso el movimiento hippy, con su anarquía y su apología de las drogas. En los años 80, con la progresiva decadencia de muchos de estos grupos y la aparición de noticias catastróficas relativas a algunas sectas, esto empezó a cambiar.

La primera gran voz de alarma surgió repentinamente a finales de 1978. La historia precedente habla de un predicador protestante que era a la vez un radical de izquierdas, llamado Jim Jones. Sus ideas y conducta le ganaron problemas con las congregaciones por las que pasó, y decidió, alrededor de 1960, fundar su propia “iglesia”: People’s Temple, “El Templo del Pueblo”. Cada vez era más radical de ideas marxistas y menos cristiano, mientras iba reuniendo un grupo bastante numeroso de seguidores: algunos jóvenes de clase media insatisfechos, y muchos extraídos de los guetos negros, desde jóvenes sacados de la alcantarilla social hasta personas mayores solitarias; su actividad era la atención social de marginados, la integración racial y la propuesta de un comunitarismo utópico. Más decisivo que esto era el hecho de que Jones era un desequilibrado que sufría de esquizofrenia y paranoia. Llegó a afirmar que era la reencarnación de Cristo y Marx a la vez. Por una parte, sabía moverse como un gangster hábil, ganando influencias –incluso de políticos-, combinando halagos y amenazas, y frenando críticas. Por otra parte, su trastorno se iba evidenciando cada vez más. Veía por todas partes amenazas y conspiraciones, y reaccionaba con una creciente violencia. Dirigía la secta con un despotismo cada vez mayor, desconfiando de todos y haciendo que todos desconfiaran de todos, y no dudaba en emplear malas artes para evitar los abandonos. En 1977, un artículo en una revista de San Francisco, donde tenía su sede tras haberla cambiado de sitio dos veces, que ponía al descubierto sus manejos, le hizo pensar que había llegado el momento de trasladar el montaje a la comuna que llevaba preparando desde 1974, y se trasladaron unas mil personas a la selva de Guyana –la antigua Guayana británica, entonces con un régimen filomarxista- para fundar lo que se llamó “Jonestown”. El pretendido paraíso se convirtió en algo más parecido a un infierno, donde el maníaco Jones imponía su dictado a voluntad, empleando si lo veía necesario amenazas de muerte y castigos físicos, y aprovechando el soborno de autoridades locales para que negaran visados a quienes intentaban escapar y para que no inspeccionaran en aduanas lo que le llegaba, que incluía un cargamento de armas. A pesar de todo, alguno consiguió escapar, gracias al consulado norteamericano, y llegaron algunas denuncias a Washington (que, a su vez, llegaban a Jones). Al final, un congresista estadounidense, Leo Ryan, se decidió a ir al lugar en noviembre de 1978, acompañado de un pequeño séquito y un grupo de periodistas, con la idea de ver qué pasaba y facilitar el retorno a quienes lo desearan. Para Jones, la noticia disparó su manía persecutoria. Envió a un grupo a que preparara una emboscada al congresista y su grupo –que incluía 16 hasta ese momento seguidores de Jones- en el camino de vuelta, a la vez que preparaba una nueva mudanza, la definitiva. La emboscada le costó la vida a Ryan y otros cuatro acompañantes. Y, en Jonestown, el “reverendo” Jones distribuía cianuro para un completo suicidio colectivo, que sólo parcialmente fue tal. Envenenaron primero a los niños, que no sabían lo que tomaban, y siguieron los adultos. Unos cuantos se resistieron a suicidarse, y fueron liquidados a tiros. Se salvó un pequeño número de habitantes, pero el balance fue aterrador: 923 muertos.

El suceso llegó a las primeras páginas de todos los periódicos del mundo, y la opinión pública se empezó a alertar sobre los peligros que podían esconderse en el mundo de las recientes sectas. De algo extravagante, se las pasó a considerar como algo potencialmente peligroso. Lo sucedido en Guyana también puso en guardia a las policías de muchos países, que empezaron a investigar las actividades de las sectas, y a tomarse más en serio las denuncias que contra estos grupos les llegaban.

A consecuencia de la expansión de las sectas y de la nueva sensibilidad, en los 80 comenzaron las acusaciones contra las sectas, y se definieron y lanzaron a la prensa los considerados factores de peligrosidad. Pero, a la vez, no surgió ninguna otra masacre en la que estuviera envuelta una secta, por lo que, en este aspecto, el ambiente se apaciguó. En los 90 la situación cambió. Entre 1993 y 1997 se sucedieron episodios que volvieron a las primeras páginas de los periódicos, y conmocionaron a una opinión pública que se esforzaba –con frecuencia, mal orientada- para entender las razones de lo sucedido.

La racha mortal comenzó a principios de 1993 con el episodio de Waco (Texas). El principal protagonista se llamaba David Koresh, y su grupo los “davidianos”. El nombre no se adoptó por Koresh –fue al revés: Koresh se llamaba en realidad Vernon Howell-, ni éste era el fundador de la secta. La historia se remonta a 1942, cuando un tal Victor Houteff, de origen búlgaro, protagonizó una escisión de los Adventistas del Séptimo Día, en la creencia de que era un hombre enviado por Dios para guiar la purificación de un grupo selecto de cristianos, paso previo a la segunda venida de Jesucristo a Jerusalén para establecer el Reino de David. De ahí que tomaran el nombre de Adventistas Davidianos del Séptimo Día. Ya antes de separarse del tronco original, en 1935 había fundado una comunidad en Waco, con once seguidores. Tras fallecer en 1955, su esposa, Florence, ocupó su puesto. Trasladó la comunidad a otro lugar, y profetizó que el Reino de David llegaría el 22 de abril de 1959. No se cumplió, claro está, y la mayoría de los seguidores abandonaron a Florence; en 1962, ella misma lo dejó. Parecía que ahí acababa todo, pero no fue así. Tomó el mando de lo que quedaba un adepto llamado Benjamin Roden, y con él comenzó un itinerario desquiciado. Roden se proclamó sucesor del rey David. A su muerte en 1978, su mujer Lois ocupó su lugar, y empezó a proclamar “visiones” del tipo de que en su segunda venida, Cristo asumiría forma de mujer. En 1981, se incorporó al grupo Howell, un joven de 22 años expulsado de la Iglesia Adventista, hijo de una madre soltera sólo quince años mayor que él; su vida era la conjunción de un niño inadaptado y sueños frustrados. A la muerte de Lois Roden, su hijo George y Howell se disputaron el liderazgo. Los dos tenían personalidades psicopáticas, y la disputa acabó a tiros. George fue herido, pero fue el único de los dos que acabó en la cárcel –por amenazar a los jueces-, donde tiempo después asesinó a su compañero de habitación con un hacha. Howell, que había salido airoso por falta de pruebas, no era mejor. Ya con el poder indisputado, Howell –que cambió su nombre por el de David Koresh-, empezó a cometer desatinos: acopió armas en el “Monte Carmelo” –al que rebautizó como “Rancho Apocalipsis”, porque ahí empezaría la “batalla de Armagedón”-, instaló un laboratorio de drogas, nombraba “esposas espirituales” a quienes quería (la relación no era sólo espiritual) –ya antes se había casado con una chica de 14 años, y había comenzado a adquirir influencia en parte por haber tenido relaciones con la sexagenaria Lois Roden-, y se presentaba como el profeta que abriría los siete sellos citados en el Apocalipsis que daría paso al advenimiento de Cristo. Hizo además una campaña entre los adventistas de todo el mundo, y acudieron a él un puñado de personas de distintos países anglosajones.

Una comuna como había llegado a ser la de Waco empezaba a ser peligrosa, por el carácter del líder más que por ninguna otra cosa, y cualquier intervención necesitaba una buena dosis de tacto. No hubo ninguno. A causa de alguna información llegada, una de las agencias policiales norteamericanas, el Bureau of Alcohol, Tobacco and Firearms, decidió irrumpir en el complejo davidiano el último día de febrero de 1993. Sonó un tiro, y enseguida se montó una batalla campal, con el saldo de cuatro agentes muertos y veinticuatro heridos por un lado, y seis muertos y un número indeterminado de heridos por el lado davidiano. Lo que siguió fue un asedio en toda regla, en el que participaron hasta blindados “Bradley”. Koresh fue soltando algunos de los que se querían ir –mujeres y niños, sobre todo-, pero no estaba dispuesto a rendirse, y amenazó con inmolar a toda la comunidad si se intentaba un asalto. No obstante, el 19 de abril se intentó..., y estallaron las cargas repartidas por todo el edificio. Hubo unos pocos supervivientes porque alguna falló, pero el balance final fue de 88 davidianos muertos, entre ellos Koresh. Fue el trágico final de un loco, pero también la muestra de la ineptitud de una policía que parece incapaz de superar una infantil actitud de cowboy. Bien llevado, probablemente el sitio habría acabado pacíficamente. Más tarde se demostró que el FBI había cometido errores, había mentido sobre ellos, y había forzado la autorización del asalto por parte de la Fiscal General Janet Reno con noticias distorsionadas. Y todo ello, para demostrar lo que el nuevo grupo de intervención del FBI era capaz de hacer. Sin duda alguna, lo demostró.

El siguiente episodio de la serie sucedió el siguiente año, y esta vez el centro de gravedad de la tragedia se desplazó a Europa. En dos fincas suizas, una de ellas lindante con Francia, fueron hallados en octubre de 1994 los cadáveres de 48 personas. La mayor parte estaba en una especie de capilla subterránea llena de espejos formando un círculo, con los pies juntos y vestidos rituales. Enseguida se supo que eran miembros –los adultos, porque entre los fallecidos había algún niño- de una secta llamada “Orden del Templo Solar”, y que no eran las únicas muertes: simultáneamente habían muerto cuatro personas en Quebec (Canadá); en total, sumaban 53 muertos, aunque en los dos años siguientes la cifra se amplió a 74. La identificación de los cadáveres reveló que algunos eran personas bien situadas en el mundo de las finanzas, sin que en su entorno se supiera que pertenecían a secta alguna, lo que produjo un general asombro. ¿Qué se sabía del Templo Solar? Casi nada. Las informaciones que llegaban eran confusas, en parte por tratarse de un grupo esotérico que se desenvolvía con una gran discreción, y también porque se le confundió con la “Orden Soberana del Templo Solar”, una organización distinta. Lo que sí resultaba más claro es que, conforme se ahondaba en la investigación, lo que aparecía no tenía nada que ver con sectas como el Templo del Pueblo o los davidianos, y sí tenía mucho más parecido con una logia masónica, aunque esto casi nadie lo dijo para no herir susceptibilidades.

Por los símbolos y los mensajes que dejaron, se dijo que era una mezcla de catolicismo y “new-age”. No era ni lo uno ni lo otro. El “Templo” al que se refería el nombre era en realidad la antigua orden de los templarios. La secta era una de las varias que habían surgido a raíz del “renacimiento templario” en Francia a mitad de siglo, y el Temple, con su aureola de misterio y su final trágico, constituía uno de los filones preferidos del gnosticismo en Francia y su esfera de influencia desde hacía siglos. Pero eso no es precisamente catolicismo, aunque emplee algunos de sus signos. La Orden del Templo Solar era una secta gnóstica, del tipo de la “Fraternidad Rosa-Cruz”*, que se había desquiciado. Se dieron más noticias inexactas. Al no figurar en el primer lote de cuerpos el cadáver del líder de la secta, Luc Jouret, se especuló con que había engañado a las víctimas y huido con la fortuna que le habían dejado. No era cierto. En realidad, la cúpula de la secta era bicéfala, compuesta por Luc Jouret, un médico homeópata de 46 años, y Joseph Di Mambro, un francés afincado en Canadá de 70 años; y en la segunda finca estaban los cadáveres de ambos: al parecer, habían supervisado la operación en la primera finca, para ir después a la segunda a morir.

También se fue aclarando el interrogante sobre si era un suicidio o un asesinato colectivo, pues había trazas de ambas cosas. Y se trataba de ambas cosas. Al parecer, el suceso se desarrolló en tres etapas. Primero, ejecutaron a ocho “traidores” a tiros. En segundo lugar, mataron también, pero esta vez posiblemente –nunca se sabrá con certeza- con su consentimiento, a treinta “inmortales”. Y por último, el resto, que formaban el grupo selecto de “despiertos”, se suicidaron mediante el “fuego purificador”, conectando unos ingeniosos artefactos incendiarios. Por lo que se sabe, es probable que Jouret y Di Mambro, o al menos uno de los dos, estuvieran afectados de un trastorno piromaníaco, con lo que también se explica la dedicación del “Templo” al sol. Dejaron una carta de despedida general (aparte de varias particulares), donde se traslucían varias de sus ideas básicas. Primero, como no podía faltar, el próximo fin del mundo: “El caos de este mundo conduce sin posible escape a la humanidad hacia el fracaso de su destino”; ha degenerado tanto, que “no puede escapar de la súbita autodestrucción”. Después, el porqué: “La Gran Logia Blanca de Sirio ha decretado la llamada de los últimos que portan la Sabiduría Ancestral; una Justa Sentencia será ejecutada conforme a las directrices de una Orden Superior Universal con todo el rigor de la Ley”. Esto se aclaró un poco más tarde: creían que lo suyo era una “transición”, no un “suicidio”, y que su destino era un planeta que giraba alrededor de la estrella Sirio. Más tarde aparecieron otros datos. Los dirigentes estaban teniendo dificultades dentro de la secta, pues se estaban descubriendo algunos engaños –como el que los “Grandes Maestros” de Zürich, de parte quienes hablaba Di Mambro, en realidad no existían- y había disensiones; y también fuera, con la policía investigando algunos de sus manejos monetarios –la secta era rica-. Pero, a la vez, aparecieron pruebas de que buena parte de los suicidios eran voluntarios, y que lo proclamado correspondía a sus creencias; las dificultades y disensiones sólo precipitaron una decisión que llevaba por lo demás bastante tiempo gestándose.

Toda esta historia sonaba, en los oídos de la mayoría, absurda y misteriosa a la vez, lo cual dejaba servida la polémica y daba pie a historias fantásticas. Pero pronto surgió una nueva que, aunque provocó menos muertes, resultaba más alarmante que estas tres precedentes. Esta vez tenía lugar en Japón.

El día 20 de marzo de 1995, alguien pinchó diez bolsas de las que emanaba gas sarin en cinco trenes del metro de Tokio en hora punta. Murieron once personas, pero pudo haber sido mucho peor, ya que los afectados por el gas pasaron de cinco mil. Lógicamente, hubo alarma y la policía puso todo el empeño posible en esclarecer el hecho. No tardaron en descubrir dos cosas: la autoría partía de una secta, y el atentado no iba dirigido contra nadie en particular, aunque la peor parte del ataque se la llevó la estación Kasumigaseki, situada bajo varios edificios del Gobierno y el cuartel general de la policía. La secta se llamaba Aum Shinri-Kyo (“Doctrina de la Suprema Verdad”), y era, como suele ocurrir, la hechura de su creador, Shoko Asahara (originalmente, se llamaba Chizuo Matsumoto). A primera vista, la secta, considerada a la luz de sus doctrinas, es un producto típico japonés, sin que llame particularmente la atención. Profesa un sincretismo que reúne elementos de varias religiones orientales –con algún elemento tomado del cristianismo-, con predominio de la hindú. Las líneas centrales de su pensamiento no difieren mucho de lo que ofrece Maharishi: reencarnación, liberación del karma mediante progresivas técnicas centradas en la meditación, desarrollo de poderes sobrehumanos –incluidos la clarividencia, la levitación y la “salida” del cuerpo-, consecución de una placentera felicidad (llamada aquí satori), y proyección social de todo esto generando un nuevo orden social que se extiende por el mundo. Si bien es cierto que junto al yoga se coloca una “práctica ascética” que incluye castigos corporales, este rasgo que resulta tan extraño para los occidentales no lo es tanto en Japón. Hay también un elemento apocalíptico –ellos salvan al mundo de la inminente catástrofe-, pero tampoco es desconocido en los hindúes, como menos todavía lo es el esoterismo que estructura la secta en círculos concéntricos. Un poco más sospechoso, si se examinan atentamente sus creencias, es que el culto se centra en la veneración del dios hindú Shiva, del que dice Asahara que se le apareció durante un viaje al Himalaya. Shiva es el dios de la destrucción.

Hasta aquí, de todas formas, no parece haber elementos suficientes para dar razón de lo que ocurrió. La explicación de lo sucedido hay que buscarla en otra parte: en la personalidad de Asahara-Matsumoto. Nació medio ciego en 1955. Desde niño ya mostró un carácter patológico: reaccionaba con violencia y odio cuando no conseguía lo que quería, y sólo era capaz de relacionarse con los demás como dominante. El resultado era previsible: se quedó solo, y los intentos de hacerse elegir representante de sus compañeros fracasaron uno tras otro. Intentó ingresar en la universidad, y volvió a fracasar. Se dedicó a vender productos homeopáticos, pero debió sobrepasarse ejerciendo como curandero, pues recibió una sentencia por ejercicio ilegal de la medicina. En resumen: reunía todos los ingredientes del perfecto resentido inadaptado y asocial. Tras viajar al Himalaya, fundó la secta en 1986. Sus métodos al frente de ella eran los de un gangster en todos los sentidos, incluidos el montaje de negocios y la compra de influencias. Reaccionaba contra todo y todos los que se ponían por delante recurriendo a cualquier medio: daba igual si era legal o ilegal con tal de que surtiera efecto. En 1989 varios padres de familia presentaron una querella contra la secta y contrataron para ello a un abogado de Yokohama llamado Sakamoto. Seis meses después, Sakamoto y su familia desaparecieron; habían sido asesinados. Recurrió más veces al asesinato y la extorsión, y las voces disonantes dentro del grupo eran drogadas y torturadas. El episodio del metro no fue el primero en el que se utilizó gas sarin. Anteriormente lo había hecho esparcir desde un camión en la zona en la que vivían tres jueces, que resultaron afectados. En otra ocasión, hubo un escape, y se vio salir de su complejo a varias personas con máscaras antigás (más tarde, esto causó un serio revuelo al salir a la luz pública: ¿por qué no se había hecho nada entonces?). Incluso después del atentado del metro ordenó utilizarlo una vez más. ¿Y por qué el intento de masacre? En parte, porque sabía que la policía estaba investigando. Y en parte porque en 1990 había inscrito a la secta como partido político (Shinrito: “Partido de la Verdad Suprema”), y presentaba candidaturas a diputados en veinticinco circunscripciones. Perdió estrepitosamente en todas ellas. Y eso era algo que no podía sufrir.

Todavía siguen en curso los juicios por este caso. Ya se ha dictado una sentencia de muerte y varias de cadena perpetua. Aún no se ha dictado sentencia sobre Asahara porque gravan sobre él más cargos que sobre ningún otro, pero se espera su próxima sentencia capital. En el juicio, ha hecho de todo: callarse, balbucear, hacerse el loco, declararse a ratos inocente y a ratos asumir responsabilidades...; menos una cosa: mostrar el más mínimo arrepentimiento.

El asunto ha sido verdaderamente alarmante. El sarin es un neurotóxico muy potente, y, a diferencia de productos más rudimentarios como el “gas mostaza”, requiere una tecnología sofisticada para su fabricación. Ha sido la primera vez en la historia en que alguien que no es un estado utiliza un arma de destrucción masiva, y no ha sido por parte de un grupo terrorista, sino de una secta. Y, por si fuera poco, en los registros policiales se descubrió que Asahara estaba preparando material para fabricar armas bacteriológicas. No está mal para quien se anunciaba con estas palabras: “Las pasiones y deseos de nuestro mundo contemporáneo nos rodean incesantemente y nos enganchan en su circulación. Tenemos que sufrir cada vez que empezamos a satisfacer nuestros deseos. La verdad, por el contrario, nos proporciona la calma mental, que aligera nuestra alma conforme progresamos en su práctica”.

Resulta sorprendente, por lo demás, que la secta siga aún en pie, aunque ahora se llame Aleph y manifieste públicamente su pesar por lo sucedido. Ya no pasa de los mil adeptos como en el pasado, pero sigue teniendo alguna incorporación, lo que manifiesta la desorientación religiosa de una sociedad como la japonesa. Aunque también es verdad que no se ha suprimido porque quizás le interese al Estado mantenerla bajo libertad vigilada: tiene bastante patrimonio para indemnizar a miles de víctimas, que de otra manera posiblemente exigieran un resarcimiento al poder público.

En 1996 no hubo ningún episodio parangonable a los que se mencionan en este apartado. En 1997 sí: el que implicaba a la “Puerta del Cielo”, del que se ha tratado anteriormente. Le ha sucedido una pausa de dos años. Pero, conforme se aproximaba el año 2000 creció la aprensión, ya que no era nada descabellado pensar que habría grupos milenaristas, aunciando el fin del mundo con el cambio de milenio, que podían causar una matanza. Al final, ha llegado el 2000, y sólo se ha producido un episodio de esta especie. Pero ha sido el más mortífero de todos. Y llegó de donde menos se esperaba.

El 17 de marzo de 2000 ardió un templo de madera en un remoto lugar de Uganda llamado Kanungu, cerca de la frontera con la actual República del Congo. Estaba abarrotado de gente. Cuando la policía acudió, comenzó a descubrir una tragedia que se iría desvelando poco a poco. No se podía saber con exactitud cuántas personas estaban calcinadas, pero una primera estimación situaba la cifra por encima de 300. No era un accidente: se había utilizado gasolina. Tampoco era exactamente un suicidio: se habían tapiado las ventanas con tablas y clavos; de todas formas, parecía que entre los muertos había por lo menos varios suicidas, pues el fuego se había iniciado desde dentro. El lugar formaba parte de un complejo donde vivían miembros de una secta llamada “Restauración de los Diez Mandamientos”. Se buscaron pistas en otras fincas de la secta y sus líderes, y aparecieron así varias fosas comunes, donde yacían los restos de personas asesinadas –con machetes o estranguladas- con anterioridad al incendio. Al final, la cifra de muertos era indeterminada, pero superaba la fatídica cifra del millar.

El origen de la secta es católico; la secta surgió, como otros grupos, en la confluencia de ambientes ultraconservadores –los llamados “integristas”, parte de los cuales eran “sedevacantistas” (consideran ilegítimo al Papa)-, y de ambientes caldeados por supuestas apariciones de Jesucristo o la Virgen María, la mayor parte de las cuales anunciando una próxima catarsis mundial con tonos apocalípticos. Nació casi por casualidad hacia 1991, al encontrarse Credonia Mwerinde, una mujer de dudosa reputación que alegaba haber tenido una aparición (de Jesús, la Virgen y San José), con Joseph Kibwetere, un antiguo político del católico Partido Democrático, que, tras perder unas elecciones, había dejado la política temiendo por su vida y se había refugiado en la religión apocalíptica. Kibwetere tenía experiencia en organización y asumió el liderazgo del incipiente grupo, que adquirió unos terrenos en Kanungu en 1994. Aseguró haber tenido apariciones él también –incluso presentó una cinta magnetofónica de una-, y se arrogó el título de obispo, por lo que fue excomulgado de la Iglesia Católica. Se les fue uniendo gente, entre ellos algunos sacerdotes, de los cuales permanecieron sólo dos –Dominic Kataribabo y Joseph Kasapurari-, que fueron suspendidos por sus obispos. También se adhirieron dos monjas, que, con los anteriormente mencionados, constituyeron el grupo dirigente de la secta.

El grupo se fue radicalizando. El mensaje central consistía en que los diez mandamientos habían sido abandonados y necesitaban ser rehabilitados. Pero lo entendían con un rígido rigorismo. Unido al mensaje apocalíptico, dio lugar a unas reglas draconianas: los adeptos entregaban todas sus posesiones, se abstenían hasta del sexo dentro del matrimonio, y apenas hablaban para no incurrir en alguna mentira. También se fue expandiendo, y surgieron otras fincas-convento además de la central, la Ishayuriro rya Maria (“Lugar de Rescate de (la Virgen) María”) de Kanungu. El rigorismo fanático les había costado la revocación de alguna autorización para la enseñanza, pero la policía les dejaba tranquilos porque, comparados con otras sectas de la región, eran y eran considerados como pacíficos.

Conforme se acercaba el año 2000, comenzaron las declaraciones del milenarismo apocalíptico. En un manifiesto escrito por Kataribabo –el único con un doctorado en teología en la secta- se leía: “Todos los vivientes del planeta, escuchad lo que voy a decir: cuando acabe el año 2000, el que seguirá no será el año 2001. El año que seguirá será llamado Año Uno (...) El Señor me ha dicho que lloverán del cielo huracanes de fuego sobre todos aquellos que no se hayan arrepentido”. Al final, se fijó una fecha concreta: 31 de diciembre de 1999.

Al fallar la predicción, comenzó a haber problemas serios. Una buena parte de los integrantes de la secta se sintieron decepcionados, perdieron la fe en sus dirigentes y reclamaron en dinero que les habían entregado, para irse. Se creó un ambiente que amenazaba con desintegrar el grupo, y aquí es donde los líderes perdieron la cabeza definitivamente, y decidieron el fin de todo. Anunciaron la llegada de la Virgen María en la iglesia de Kanungu para el día 17 de marzo. Mientras tanto, los disidentes eran llevados a otras instalaciones de la secta, donde fueron asesinados. Cuando llegó el día señalado, los presentes congregados eran los que esperaban verdaderamente la aparición, y sólo unos pocos sabían lo que se había planeado en realidad.

La mayoría de los cadáveres de Kanungu no han podido ser identificados. Y ha quedado una pregunta en el aire: ¿figuraban los de los líderes entre ellos? Se han barajado dos hipótesis: la primera, que se inmolaron allí; la segunda, que ha sido todo un montaje para huir quedándose con el dinero de los adeptos. Como cabía esperar, esta última es la preferida por los medios informativos, y también piensa lo mismo el gobierno de Uganda. Pero ese dinero estaba invertido sobre todo en inmuebles, y es imposible para ellos intentar venderlos. Es posible que hayan huido, sin más, buscando refugio donde pudieran, quizás en los vecinos Congo o Ruanda, con algo de dinero, pero parece claro que sin la fortuna que algunos creen. Si es así, el paso de los días sin que aparezca una pista clara sobre su supervivencia inclina la balanza hacia la probabilidad de que figuren entre los cuerpos calcinados.

b) “Destructivas” – “no destructivas”

Las tragedias enumeradas en el anterior apartado son las principales; evidentemente, no son las únicas. Pero, a la vez, son una muestra significativa. Si se colocan en un mapa, se descubre que vienen de todos los puntos cardinales: América, Europa, Asia y África. Si en cambio nos atenemos al tipo de secta involucrado en cada caso, encontramos que las hay varias de origen cristiano –tanto protestante como católico-, otra oriental, otra entroncada con el gnosticismo de raíces antiguas, y una última encuadrable en el paganismo de última generación. Si se quiere completar el cuadro, se podrían añadir varios crímenes múltiples recientes protagonizados por satanistas siberianos.

Se puede extraer una primera conclusión, ciertamente poco tranquilizadora: el peligro puede venir de cualquier lado. Personas insospechadas, incluso gente considerada como respetable, pueden convertirse en peligrosos líderes de una secta que revelan su auténtica personalidad sólo cuando se están contando los cadáveres que ha producido su locura. Ciertamente, no todas las sectas acaban así, ni siquiera la mayoría, pero, como señalaba un columnista norteamericano, “hay en Estados Unidos unos veinte mil grupos calificados de secta; con que sólo una de cada mil acabe así, ¡que Dios nos proteja!”.

En verdad que estas catástrofes no suceden con los grupos de mayor tamaño, aunque tampoco son exclusivos de los más pequeños, ya que varios sobrepasaban los mil adeptos, lo que ya constituye una cifra de cierta relevancia. Pero eso no supone que las grandes sectas sean inmunes a este peligro. Hay ejemplos claros de líderes trastornados y peligrosos. Hubbard, por ejemplo, era un paranoico que actuaba sin reparos morales. Otros, a pesar de su notoriedad, son unos perfectos desconocidos: ¿quién conoce realmente lo que pasa por la cabeza de un Maharishi? ¿Y si terminase como Asahara, que sostenía unas doctrinas no muy diferentes? En cualquier caso, ¿quién sabe cómo pueden reaccionar unos fanáticos ante la amenaza de que desaparezca aquello que significa todo para ellos? Los Testigos de Jehová sobrevivieron al fiasco de la predicción del fin del mundo en 1975, y consiguieron rehacerse, pero si se hubiera empezado a desmantelar irremisiblemente la organización, ¿quién puede garantizar que la reacción no fuera parecida a la Restauración de los Diez Mandamientos? Sí, es poco previsible una cosa así, pero... ¿quién pudo prever lo que iba a suceder antes de desencadenarse la tragedia?

Se ha creado así un clima de opinión pública de recelo ante todo lo que suene a secta. Se admite que no todas tienen peligros fatales, pero muchas son opacas, y es fácil recelar ante lo desconocido. Quién sabe cuáles son las más peligrosas; si no se sabe, entonces cualquiera es catalogada de potencialmente peligrosa. Un gran sector de la prensa, siempre ávido de noticias sensacionalistas que venden, se encarga de mantener viva esta mentalidad.

A la vez, ante sucesos de este tipo, o de menor gravedad pero también negativos, se ha producido una reacción bastante comprensible: se ha intentado entender, comprender lo incomprensible. El problema aquí no son los líderes. Un visionario loco puede aparecer en cualquier esquina, y casi todo el que haya recorrido calles de una gran ciudad se ha encontrado con alguno, mensaje apocalíptico incluido. La verdadera cuestión es el hecho de que les sigan incondicionalmente, incluso hasta la muerte, personas catalogadas de normales.

Y así llegamos al núcleo de la cuestión. Ante la imposibilidad de entender, se ha hecho generalizado partir del siguiente razonamiento: como esto no lo puede creer y seguir ninguna persona normal, el hecho de que haya efectivamente creyentes y seguidores sólo puede obedecer a la aplicación de técnicas psicosociales que de un modo u otro violentan la libertad del sujeto. Sobre las técnicas psicológicas ya se ha dicho anteriormente alguna cosa; se suele hablar de “programación”, “coacción”, “manipulación”. Las técnicas sociales consistirían en apartar al adepto o al candidato de todas las relaciones sociales que tiene, conforme a un estudiado patrón, para que sólo se relacione con los miembros de la secta, de forma que se cree una dependencia afectiva y efectiva que impide al adepto tomar la decisión de irse.

Y así se establece el criterio: cuando se utilizan estas técnicas, la secta es calificada de “destructiva”. E, implícitamente, se tiene por cierto que se emplean cuando resulta incomprensible para quien la juzga. Como resulta que quien lo juzga, en más de un caso, es un agnóstico o un relativista, para quien resulta incomprensible toda creencia religiosa firme, resulta que acaban siendo destructivas todas, y se incorporan a la lista otras organizaciones religiosas, que por este motivo son tildadas de sectas. En teoría se puede reconocer la posibilidad de que existan sectas “no destructivas”, pero no se pone ningún ejemplo de ello; si existen, no se sabe cuáles pueden ser. En este contexto se ofrece con demasiada frecuencia la información sobre las sectas. En un reportaje reciente, se podía leer este titular: “Un informe del Ministerio del Interior señala que en España funcionan alrededor de doscientas sectas destructivas a las que siguen 150.000 adeptos”. Pero ese es el número total de sectas, y, aunque el informe existe, en él se da esa cifra sin el adjetivo “destructivas”. Puede haber y hay manipulaciones en el mundo de las sectas, pero para completar el cuadro no hay que olvidar que no son las únicas en practicarla.

En apoyo de este criterio de valoración, se traen a colación algunos profesionales, a quienes se presenta como expertos en la materia. Lo que es menos conocido es el hecho de que esta “especialidad” se ha convertido, en buena parte, en refugio para psicólogos fuertemente ideologizados que por ello han perdido credibilidad en otras áreas más profesionalizadas del ramo, y así hay bastantes posibilidades de que el análisis del “especialista” esté viciado por planteamientos freudianos, conductistas o incluso marxistas. Uno de ellos, “experto internacional” según la presentación, declaraba recientemente lo siguiente: “Estos días se están diciendo muchas tonterías como que existen adeptos a las sectas, afirmación que es una auténtica barbaridad. Un individuo no entra voluntariamente en una secta, sino que es la secta quien le capta a través de un efectivo y lento lavado de cerebro o, lo que es lo mismo, modificación del pensamiento. Cuando un adepto sale de la secta es incapaz de justificar por qué entró, lo que demuestra que no lo hizo de forma consciente. Otra segunda estupidez que se pregona es que la mayoría de las masacres realizadas por grupos destructivos han sido asesinatos y no suicidios, también una falsedad”. Con los hechos en la mano estas afirmaciones se vienen abajo. Pero, aun suponiendo que no tuviéramos dato alguno, no corresponden al rigor que cabe esperar en un experto internacional. No hay adeptos, pero resulta que salen. Y, si tan involuntario es entrar, ¿cómo es que consiguen salir? Además, no es difícil encontrar alguien que no es capaz de explicar muy bien los motivos por los que escogió una carrera universitaria en vez de otra; y eso, ¿quiere decir que no la eligió de modo consciente? Hay, de todas formas, algo en lo que sí se puede estar de acuerdo fácilmente con el psicólogo: efectivamente, estos días se están diciendo muchas tonterías.

Hay otros dos grupos de personas cuyo testimonio se suele solicitar para corroborar estas teorías. El primero es el formado por exadeptos. Son muchas veces testimonios inapreciables para conocer el funcionamiento interno de una secta, especialmente si se trata de personas que han ocupado cargos de responsabilidad. Pero, a la vez, deben aceptarse con cierta prevención, por la animadversión que con frecuencia tienen, como por otra parte suele ocurrir con todo tipo de “ex” cuando la relación ha tenido algo de afectiva, que comprometen su objetividad. A esto hay que unir el hecho de que las creencias raras suelen atraer a personas raras. Esto no quiere decir que sus declaraciones no sirvan, sino que hay que tomar algunas precauciones si se quiere destilar la verdad: ver quién es la persona, su postura hacia la religión en general tras salir de la secta, confrontar sus datos con los de otras fuentes y lo que se conoce del grupo, etc. En general, suelen ser además mucho más fiables los testimonios que relatan fríamente datos, que aquellos apasionados que continuamente hacen juicios de valor. Pero, claro está, hace falta una mente libre de prejuicios y un esfuerzo por trabajar con rigor para actuar así, y no siempre es el caso. Tomemos, por ejemplo, una de estas declaraciones: “Ellos te lanzan sus disparos a los sentimientos, la parte inconsciente del hombre, y te manejan como Pavlov lo hacía con un perro: te dan un suculento filete o lo que es lo mismo hacen que te sientas en la gloria con ellos cada vez que escuchas la doctrina (la campana que hacía sonar el científico); poco a poco, el buen ambiente va desapareciendo y sólo queda el adoctrinamiento, entonces llegas a babear sólo con sus teorías”. Aparte de que cabe preguntarse si tan inconscientes son los sentimientos, lo que, dicho sea de paso, haría de la vida algo muy desagradable (habría que escoger entre la racionalidad sin sentimientos, o los sentimientos irracionales), hay aquí dos cosas que no suenan bien. La primera es que habría que preguntarse si el exadepto en cuestión ha hecho estudios de psicología o similares, pues resulta un poco sorprendente la familiaridad con los experimentos con animales de Pavlov para demostrar el funcionamiento del binomio estímulo-respuesta en la vida animal; desde luego, emplea una terminología tan propia de los psicólogos “especialistas”, que resulta de una originalidad por lo menos sospechosa, y ya por eso poco fiable. La segunda es que parece que los sentimientos que expresa –“estar en la gloria”, y la desaparición del “buen ambiente”- parecen reflejar simple y llanamente su estado interior y nada más. ¿Cambió de ambiente la secta? ¿No hubo adeptos más recientes cuando el buen ambiente se perdía? ¿Y qué hacían para tenerles en la gloria, mientras que a él no? ¿Por qué dejaron de darle ese elixir de la felicidad incluso cuando ya se veía venir que les abandonaba? Todas estas interrogantes inclinan a pensar que el interesado está centrifugando su propia responsabilidad; al fin y al cabo, a nadie le gusta admitir que ha hecho el tonto o simplemente se ha equivocado, y es tentador en esas circunstancias echar toda la culpa al prójimo y quedar de pobre víctima. La misma doctrina es la que primero le hace “estar en la gloria”, y luego “babear”.

El segundo grupo al que se recurre en apoyo de esas teorías es el de los familiares, particularmente los padres de gente joven. Aquí se pone el acento en el aislamiento a que la secta presuntamente somete a los adeptos. Pero lo más común es que esos testimonios sean poco fiables, por dos motivos: porque suelen hablar de lo que desconocen, y porque sus sentimientos fácilmente desfiguran la realidad. Con frecuencia parten de una premisa que tienen como incontestable: “mi hijo/a no ha podido hacer eso; se lo han tenido que llevar”. Y piensan que no tiene réplica posible, porque “si lo conoceremos nosotros, que somos sus padres”. Pero la verdad, por sorprendente que pueda parecer a primera vista, es que no lo suelen conocer; o, que, al menos, no lo conocen bien. Donde hay diálogo fluido padres-hijos es raro que el hijo acabe en una secta (salvo, claro está, si sus padres forman parte de ella). Por desgracia, es frecuente que los padres se despreocupen mientras el chico/a no da problemas, y cuando surgen ya es tarde, a veces demasiado tarde. Y, entonces, no es raro que se resistan a aceptar la realidad, y que echen la culpa a cualquiera con tal de no asumir lo que se presenta como un fracaso en su papel de padres; en algunos casos, esa actitud es tan inamovible que puede decirse lo de aquél general, que era tan valiente, tan valiente, que no se rendía ni ante la evidencia. Esto, claro está, no sucede sólo con las sectas. Los comisarios de policía son unánimes en manifestar que, cuando han detenido a un joven por primera vez por el motivo que sea –gamberrismo, drogas, altercados, pertenencia a grupos políticos extremistas, etc.-, la reacción de los padres es de incredulidad. Y, sin llegar a tanto, ante la sorpresa de cualquier mala conducta, se echa la culpa a “los amigos que se ha echado”, o lo que sea, sin que se les pase por la cabeza que eso es exactamente lo mismo que estarán pensando los padres de esos amigos.

Hay algún aspecto más que resulta interesante. Uno es el argumento consistente en pensar que no se puede pensar que el hijo/a haya buscado nada en una secta cuando ellos –los padres- “le han dado todo”. Bien, pero ese “todo” ¿incluye también unos ideales y un sentido espiritual de la vida, o se refiere tan sólo a la abundancia material? La juventud es un periodo donde se despiertan ideales, y el puro consumismo no es un ideal, sino más bien lo que queda cuando se abdica de un ideal. Muchos padres harían bien en hacerse la pregunta al revés: ¿qué no le hemos dado para que haya ido a buscarlo ahí? Todos los jóvenes procedentes de acomodadas familias norteamericanas de clase media que siguieron a Jones y su Templo del Pueblo a quienes se pudo entrevistar, fueron unánimes al decir que habían seguido a la secta porque en su casa encontraban un vacío espiritual y nada con que llenarlo. No son el único caso.

Otra faceta interesante de este problema es que se utiliza a la desconexión familiar del adepto como paradigma del argumento referido a la creación de un entorno social exclusivo que engloba al seguidor de la secta, impidiéndole así comunicarse con el exterior y asegurando así su permanencia en el grupo. Se ofrecen historias de padres que aseguran que la secta tenía prohibido a sus hijos visitarles e incluso comunicarse con ellos; algunos llegan a decir que les tenían encerrados. ¿Es así de verdad? La respuesta es que hay de todo. A veces es objetivamente verídico lo que dicen. Otras veces es una verdad exagerada. En otras ocasiones, en cierto modo han forzado la situación para dar esa resultado: cuando el sectario ve a su familia, recibe tal bombardeo verbal insistente para que deje la secta –a veces, con poca educación- que se le van progresivamente quitando las ganas de visitar a los suyos, consiguiéndose así el resultado inverso del pretendido. Y no faltan tampoco casos en los que son los padres quienes tratan de encerrar a su hijo. Son aquéllos que entienden que el hecho de ser “su” hijo les da derecho a decidir sobre sus destinos; ellos saben qué es lo mejor para su “niño” o su “niña”, cuando resulta que ya no son niños, y en cualquier caso sus padres, por bien intencionados que sean, no son dueños de la vida de un hijo. Son los mismos que no admiten que el hijo frustre sus planes –que tienen una fuerte dosis de egoísmo escondido en ese “hacerlo todo por su bien”-, y que dedique su vida a quien no les guste, y menos a Dios, no ya en una secta, sino en cualquier institución respetable. De todo esto se pueden extraer la conclusión de que, como fuente fidedigna para conocer una secta, la denuncia de los padres no es fiable sin una seria depuración y verificación; hay padres ejemplares, objetivos y serenos, pero, con demasiada frecuencia, el cariño ciega, y más todavía si se trata de un cariño mal entendido o mal enfocado.

Con esto no se quiere insinuar que las sectas carezcan de efectos perjudiciales para quien las sigue (sobre los perjuicios causados a la sociedad en general se tratará más adelante). Lo que se afirma es que el elemento esencial del perjuicio no se puede situar en la existencia de técnicas de anulación de la voluntad. No encaja con la realidad, y es una explicación que no puede evitar caer en contradicciones. En primer lugar, resulta obvio que la mayoría de las sectas no tienen capacidad para desarrollar esas supuestas técnicas, por falta de tamaño o de medios. La principal contradicción es que, de existir esas técnicas, sería imposible salir de una secta, y la realidad es que hay más personas que han estado envueltas en una secta, en mayor o menor grado, que las que permanecen en ellas, dato poco conocido porque la mayoría de ellos prefieren olvidar esa etapa de su vida y no declarar sobre ello. Además, una voluntad anulada da como resultado un autómata, figura difícilmente compatible con otras características que esos mismos detractores achacan al sectario, empezando por la de emplear astutamente esas mismas técnicas, una vez dentro, con otros que se incorporan después de ellos.

Menos aceptable aún es sostener que esas técnicas consiguen su objetivo de modo automático, de forma que quien las padece cae inevitablemente en las redes del grupo sectario. Esto significa, ni más ni menos, que negar la libertad humana: no ya la del sectario, sino la de todos. Parte de la premisa de que la conducta del ser humano responde al mecanismo de estímulo-respuesta: el hombre queda así reducido a la condición de un animal, que sólo se diferencia del resto en que sus mecanismos son más complejos. Por supuesto, esta teoría no resiste el contraste con los hechos. Pero, además, de ser cierta anularía también toda legitimidad de protestar acerca de la actividad sectaria. En primer lugar, no podría decirse que anulan la voluntad: ¿cómo se va a poder anular algo que en fondo no existe? Y, en segundo lugar, supondría pretender hacer lo mismo de lo que se protesta: sería dar al interesado otros estímulos, sólo que de signo contrario, para que haga, no ya lo que “ellos” quieren, sino lo que “yo” quiero.

Queda un último aspecto que desautoriza el tipo de clasificación que aquí se analiza. Si, atendiendo a estas supuestas técnicas, dividimos las sectas en destructivas y no destructivas, ¿quiere ello decir que las catalogadas de “no destructivas” son completamente inocuas para quien entra en ellas? No parece que sea así. Lo que no quiere decir, por supuesto, que las haya más perjudiciales o menos. Pero, de un modo u otro, la pertenencia a una secta no reporta precisamente bienes al sujeto. Hay que buscar, por lo tanto, otro criterio que permita medir mejor, en lo posible, los efectos negativos de las sectas.

c) La falsedad de las sectas

Los perjuicios que puede causar una secta a sus adeptos son muchos y variados, pudiendo llegar –como hemos visto- a la destrucción más radical: la muerte. Como impera el sentido común mismo, para atribuir peligros concretos hay que examinar a cada secta en particular, una por una. Ninguna es exactamente igual a otra. Ahora bien, si lo que se quiere es señalar una posible raíz común a la cual se remite de una manera u otra la negatividad de una secta, ésa existe y se llama falsedad. Podría también llamarse “mentira”, pero, en todo caso, estos dos términos están tomados en sentido objetivo; no significan necesariamente que exista un engaño intencionado –que existe en varias sectas-, sino sencillamente que la raíz básica del daño que hace una secta es que lo que predica es falso. Una secta pretende siempre dar las respuestas fundamentales sobre el ser del hombre y su sentido, como corresponde a su carácter religioso. De ellas depende la orientación de la vida entera. Y no se puede construir una vida sobre una mentira sin sufrir daño por ello.

Esto, a primera vista al menos, parece bastante obvio. ¿Por qué recurrir entonces al expediente de las misteriosas técnicas de control? Pues porque éste se lanza por parte de personas para quienes las categorías de verdad y mentira significan poco en cuestiones de fe, filosofía, y en general en todo lo que no es directa y sensiblemente comprobable. Se trata del agnosticismo, no sólo teológico –no se puede conocer realmente a Dios, ni siquiera si existe o no-, sino filosófico –no se puede conocer la verdad-. Desde este punto de partida, no se puede situar el mal que causa una secta en el entendimiento, ya que si éste es incapaz de alcanzar la verdad, admitir una mentira carece de relevancia. Y lo sitúan en la voluntad, hablando de manejos ocultos cuando lo que se ve son creencias equivocadas. Desde su visión agnóstica no pueden explicarse que alguien tenga una fe en la que cree como cosa cierta, y pasa a verlo, por definición, como producto de una especie de intoxicación mental por la que se introduce a presión la creencia en el cerebro. Se explica así que a la enseñanza de un grupo religioso la califiquen negativamente de “adoctrinamiento” o “indoctrinación”. Hay que fijarse en que no se rechaza porque se enseñan falsedades: lo rechazado es la enseñanza misma, el hecho de enseñar. La enseñanza de artículos de fe como dogmas es también tachada de “dogmatismo”, cosa inaceptable propia de fanáticos. Pero no parecen darse cuenta de que han convertido su relativismo en un dogma inapelable. Y a todo lo que no encaja con él le conceden la categoría de opinión. Pero no se puede opinar, sin más fuente de conocimiento que lo que se ve, de lo que nos trasciende. Por eso, no se puede sostener una religión como opinión: o hay fe, o no hay religión. Se descubre así que no hay sólo un ataque a las sectas: atacan a la religión. Las sectas son sencillamente su eslabón más débil.

Una de las principales diferencias entre estos dos modos de ver la religión radica en la implicación práctica de las creencias. Una opinión no da origen a una moral que compromete la vida; una fe, sí. El error no puede ser fuente de daños específicos para quien la verdad es inalcanzable. Pero lo cierto es que las personas tienden a obrar conforme a sus convicciones, y esto vale también para los agnósticos. Y una convicción de tipo religioso no es una opinión sobre el más allá –o sobre su ausencia, en ocasiones- que se mantiene simplemente para dar respuesta a un interrogante teórico, sin repercusiones en la vida, sino la aceptación de un mensaje sobre el destino final del hombre que mueve a poner los medios necesarios para poder alcanzarlo; o, en caso de que se niegue, lleva al hombre a desentenderse y poner su fin en el disfrute de lo que le puede dar este mundo. En uno u otro sentido, tiene trascendencia práctica. En una secta, como en toda organización religiosa o cuasirreligiosa, lo que se cree fundamenta lo que se debe obrar. Más aún, el carácter reciente de casi todas ellas motiva que su vida tenga la pujanza de la juventud, de lo reciente que se abre paso con dificultades, donde se mantiene una disciplina fuerte que empuja a cumplir la moral del grupo. Cuando se extienden en el espacio y el tiempo, aparecen los problemas, familiares a las iglesias constituidas, derivados de la necesidad de mantener el fervor y el cumplimiento de la moral. Los mormones conocen este tipo de problemas: por una parte, mantienen con fuerza los dos años de vida misionera; por otra, está bajando el índice de práctica entre sus miembros, y ya tienen que sufrir, como les sucede a otras instituciones, lacras como la existencia de una “asociación de mormones gays y lesbianas” presionando para que se ceda en los preceptos morales que les afectan.

¿En qué consisten entonces los daños causados por una secta al adepto? En primer lugar, en el hecho mismo de apartarle de la verdad, y proporcionar a cambio una expresión deteriorada de religiosidad, que, además, suele ser incompatible –una prueba más de que son poco razonables- con el desarrollo de una vida normal, por lo que cercena así muchas posibilidades de llevar una existencia alegre y equilibrada. En sí mismo no es poco, pero es que, además, trae otras consecuencias. Es frecuente que, tarde o temprano, el seguidor de una secta empiece a ver piezas que no encajan, y se dé cuenta progresivamente –es raro que sea de la noche a la mañana- que aquello no puede ser verdad, comenzando así un proceso que acaba en la ruptura. Lo malo es que, cuando hay apasionamiento, la conducta del hombre suele ser pendular. Y, así, el desengaño inclina frecuentemente al escepticismo; a veces, se vuelve al seno de la religión antigua, pero muchas otras veces la reacción es la que expresaba el que había sido la mano derecha del gurú Maharaj-Ji, Bob Misher: “creo que ya he tenido bastante religión para una buena temporada”; pero en su caso ni siquiera pudo disponer de una temporada para repensar las cosas: unos pocos meses después de estas declaraciones murió en accidente de aviación. En algunos casos, la desconfianza no abarca tan sólo la religión, sino a todo y a todos. El daño es serio. Otras veces, sobre todo cuando se ocupan cargos de cierta responsabilidad, es posible que el sectario permanezca en la secta, pero ya con una incredulidad que puede degenerar en cinismo hipócrita. No tiene por qué existir ese cinismo al principio: basta con pensar que fuera de la secta ya no se sabe cómo situarse en la vida.

A esto hay que añadir que, como las sectas suelen ser muy absorbentes, en todos los sentidos –tiempo, dinero, relaciones, etc.-, quien las abandona puede encontrarse en la triste situación de tener que rehacer su vida en todos los aspectos sin apenas medios ni recursos personales para ello. Si ya de entrada es doloroso hacerse consciente de haber dedicado lo mejor de la vida a un camelo, salir a un mundo al que se ha acostumbrado a ver como hostil sin recursos suele ser angustioso, con las consecuencias que ello trae, incluidas las psíquicas. La experiencia puede ser más o menos traumática, pero rara vez está ausente ese carácter traumático en quien ha gastado un buen número de años en una secta.

A partir de aquí, para evaluar los daños concretos hay que acudir al análisis específico de cada grupo. De todas formas, pueden establecerse algunos factores negativos genéricos. Sin pretender ser exhaustivos, podemos hacer un breve repaso.

Las sectas de origen cristiano tienen en su mayoría un carácter apocalíptico, que pregona un inminente fin del mundo o al menos una serie inminente de catástrofes universales, de los que sólo sus integrantes se salvan. Como consecuencia, suelen poner en práctica un aislacionismo -¿para qué esforzarse en nada terreno?: pronto se acaba todo- que, en mayor o menor medida, segrega y hace cortar relaciones con lo exterior, eliminando en todo caso proyectos e ilusiones humanas y lazos afectivos con los extraños al grupo. Generan asimismo una vida en permanente tensión –hay prisa, queda poco tiempo- que los no sectarios advierten en su estilo de hacer proselitismo (palabra hoy día desprestigiada, pero que significa sencillamente ganar adeptos); el deseo de marcar las diferencias se añade a ello –son los únicos “puros”, dignos de la recompensa-, y se traduce en un rígido puritanismo. Se crea un estilo de vida que puede ser mantenido durante una temporada, pero que empieza a resultar insostenible conforme avanza el tiempo y no aparecen los ángeles del Apocalipsis. Se pide un esfuerzo final, pero el final no llega y eso cansa, también psíquicamente. Se apuesta la vida a un pronto final, y la apuesta en cierto modo es de “todo o nada”. Esa vida frenética pasa factura, de un modo u otro y según la capacidad de las personas singulares. No es muy equilibrada –en sus expresiones más radicales, es claramente desequilibrada-, y eso constituye indudablemente una fuente de daños. Hay que añadir que, conforme se va diluyendo el carácter apocalíptico, también se van diluyendo estos efectos; se aprecia con claridad en los mormones –comparando sus principios con su situación actual-, y empieza a verse también con los testigos de Jehová. Pero, a la vez, si pierden este carácter, pierden también su identidad específica, amenazando así su continuidad.

Un punto favorable en este tipo de sectas es que, al mantener la vigencia –exclusiva o no- de la Biblia como texto sagrado, se establece un límite a los posibles excesos de la moral que proponen, aunque sus contornos concretos no estén muy bien señalados. Por mucho que se fuerce la interpretación o la traducción de la Biblia, es insostenible tratar de hacerla compatible con la justificación del robo o del adulterio. Y si el líder o el creador de la secta no es precisamente un ejemplo moral, la tendencia más común es a ocultar sus vicios, en vez de convertirlos en paradigma de conducta. Y si no se hace así, queda una contradicción flagrante, como sucede con Joseph Smith y la poligamia, donde sólo el hecho de que hubiera una tolerancia divina con el antiguo Israel permite encontrar una excusa que explica el caso como una excepción; aún así, deja un flanco al descubierto que ha sido aprovechado, pues constituye, con diferencia, el punto donde más ataques ha recibido el mormonismo.

Los grupos de corte oriental tienen, como rasgo perjudicial común, su carácter negativo con respecto a la persona y la personalidad. La felicidad que prometen se consigue fundiendo al individuo en un principio absoluto, y con ello desdibujando como método y anulando en último extremo la individualidad. Así, la meditación que proponen tiene como propósito más o menos declarado el vaciarse de lo propio desvinculándose de los rasgos individuales para intentar concentrarse en un oceano “trascendental” donde la personalidad se diluye. Quien conozca de cerca la fuerte personalidad de una Santa Teresa o un San Juan de la Cruz, podrá advertir el contraste con unos maestros hindúes que sólo presentan una imagen de paz ausente, empezando así a intuir la radical diferencia entre la meditación cristiana y la oriental, a veces poco advertida por tener una idea de la ascética cristiana demasiado negativa –focalizada sólo en lo que se deja y no en lo que se gana-, y por ello poco certera. No tiene nada de sorprendente por tanto que estas sectas produzcan, cuando se practica asiduamente lo que proponen, una especie de vacío existencial, que da signos de desconexión con la realidad –pérdidas de concentración, de memoria, de capacidad de diálogo, de afectividad, etc.- e incluso trastornos psíquicos, bien conocidos actualmente, derivados de la falta continuada de percepción sensorial. No es el único factor que provoca pasividad, pues hay que añadir la actitud fatalista que sigue a la profesión de la doctrina del karma, que puede llegar a producir cierta angustia por la razón de culpabilidad, sin que se sepa la causa, atribuida a cualquier suceso desfavorable de un pasado desconocido. Puede asimismo contribuir a la abulia un régimen alimenticio vegetariano, que para ser válido tiene que estar muy bien estudiado y aplicado y que con frecuencia no lo está. Hay, por ejemplo, un contraste radical entre lo que figura en los libros publicados por los seguidores de Prabhupada y el aspecto que presentan los miembros del Hari Krishna que viven en el ashram de Brihuega. Por último, en cuanto a la moral no puede hacerse una valoración generalizada. Hay fuertes contrastes, que a la vez indican algo: que, si no consiguen mantener un ideal exigente, caen estrepitosamente en excesos en los que no falta la droga y la promiscuidad. No parece haber términos medios.

Con las sectas de raíz pagana es más difícil hacer generalizaciones, debido a su gran variedad. Pero se puede aclarar un poco más el panorama si se hacen subdivisiones. Tenemos así un primer grupo, más fácil de calibrar, formado por las sectas que resucitan antiguos cultos paganos. Son las sectas con menos cohesión, y en la mayoría de los casos son una especie de “sectas de fin de semana”. Pero, en cierto modo, en la ligereza están sus perjuicios. Derivan éstos sobre todo del naturalismo profesado, que incita a sus miembros a cometer precisamente los mismos excesos que cometían los antiguos, con algunos avances –el carácter ecológico, y, sobre todo, el carácter pacífico de la inmensa mayoría-, pero también con alguna sofisticación en los vicios. No es difícil deslizarse, en este contexto, hacia unas celebraciones que pueden acabar con el tiempo degenerando en auténticas orgías, en las que no falta alcohol, droga y sexo, y a las que se puede dar incluso un carácter “sagrado”. No quiere esto decir que sea siempre así, pero hay una dinámica, consistente por un lado en el derribo de las barreras morales que la religión normalmente pone y por el otro en la tendencia a imitar a los antiguos, que conduce a ello o lo facilita sobremanera. El deseo de marcar distancias con las religiones más comunes puede asimismo contribuir a ello.

El segundo grupo lo constituyen las sectas de tipo gnóstico que pregonan un método para convertirse en una especie de superhombre. Lo más negativo en estos casos es que ese método se convierte en el único punto de referencia para la conducta, con lo que todo resulta válido con tal de conseguir el objetivo. O sea, el fin justifica cualquier medio. Por eso este grupo, junto con el satánico, es aquel en donde se suelen ver más transgresiones a la ley. Por lo mismo, también se transgrede con gran facilidad cualquier tipo de barrera moral. Por táctica, se miente, se engaña, se amenaza o se cometen fraudes. La medida concreta de estos males dependerá del carácter del fundador del grupo, o de su continuador, que suele ser hechura del primero. En cuanto al método en sí mismo, varía en cada caso, pero se ha llegado al extremo del suicidio colectivo como en el caso de la Puerta del Cielo, que es, significativamente, el único suicidio colectivo químicamente puro –nadie fue asesinado, nadie vaciló- de entre todas las tragedias examinadas. No se suele llegar a tanto, pero algunos de los métodos empleados son poco saludables tanto espiritual como físicamente.

Capítulo aparte merecen las sectas satánicas. Son seriamente dañinas para sus propios integrantes, y eso sin traer a colación los daños a terceros, en cualquier caso, aunque consideren al Satán a quien veneran una figura meramente simbólica. La religión que profesan es un compendio de los siete pecados capitales, y sus ritos reflejan esa realidad: una verdadera degeneración, que no deja de tener consecuencias en el entorno en el que viven. En varios casos es, además, un cauce para la “sacralización” de trastornos aberrantes, como el sadomasoquismo o incluso, en alguna ocasión, la pedofilia. El único aspecto positivo de todo ello es que generan un carácter tan antisocial que no se puede construir un grupo numeroso y coherente de este tipo sin que surjan enseguida disensiones y escisiones, a menudo con una feroz aversión entre los grupos resultantes. Hay contactos entre sectas satánicas afines, pero la existencia de una especie de “internacional satánica” que trabaja coordinadamente no es más que un mito.

En otro orden de cosas, son también dañinas para el integrante las sectas que propician un régimen de vida de “comuna”. No es un rasgo particular de un tipo de secta concreto –aunque en las satánicas nunca se da, y en las gnósticas y neopaganas es raro-, ni tampoco algo exclusivo de las sectas, ya que se encuentra en organizaciones tan diversas como grupos de extrema izquierda –comunistas y anarquistas- y agrupaciones de hippies, o incluso en idealistas que se agrupan sin una ideología muy bien definida. De todas formas, ya dentro de las sectas, hay que distinguir si se trata de un régimen de vida propuesto a una élite –una especie de monaquismo sectario- o a todos; no es lo mismo a estos efectos, por ejemplo, Hare Krishna que Ánanda Marga. Como modo de vida general tiene poco de natural, y por ello conlleva efectos negativos, no sólo en el aspecto patrimonial, sino sobe todo en dos aspectos: la libertad y la familia. Respecto al primero, convierte al individuo en una mera pieza de un mecanismo social, suprimiendo proyectos personales y cercenando considerablemente la capacidad de iniciativa y la libertad de movimiento. En lo tocante a la familia, suprime en buena parte esa propiedad personal que resulta indispensable para proteger la identidad y la intimidad familiar. Los lazos familiares tienden así a diluirse, con los riesgos inherentes de desarraigo e incluso promiscuidad. Además, la autoridad es omniabarcante, dando así lugar a un absolutismo radical que casi siempre se convierte enseguida en un despotismo total. La historia es rica en ejemplos del carácter utópico y equivocado de los intentos idealistas de una vida colectivista que sobre el papel puede parecer el ideal de igualdad y justicia.

No son éstos los únicos perjuicios originados por las sectas. Pero, si se desea concretar más, hay que acudir al examen de cada grupo concreto. Con cierta frecuencia se emiten juicios peyorativos contra las sectas, así en general, por el comportamiento de una o varias de ellas. Esto es injusto. Como también es necesario discernir, ante unos perjuicios concretos, si corresponden a un comportamiento individual o a la actividad propia de la secta. Muchas veces se generaliza con poco rigor, y una historia particular se traslada a todo un grupo, lo que tampoco hace justicia.

Haciendo un balance, hay que afirmar que, efectivamente, las sectas causan daños a quienes ingresan. Hay daños patrimoniales, daños psíquicos y daños que podríamos calificar de existenciales. Pero debe advertirse que el fundamento de todos ellos son los daños morales. La moral no consiste en un código de preceptos impuestos desde el exterior de la persona y sin repercusiones en ella. La moral señala unos preceptos encaminados a la vida en plenitud como persona, que suscitan así la armonía tanto personal como social. Cuando es equivocada, no sólo hay una mera transgresión, sino un daño a la persona y a su desarrollo, que repercutirá en la falta de armonía tanto personal como social, con perjuicios a todos los niveles, de una forma u otra. A la vez, la moral es la vertiente práctica de una visión del hombre, su sentido y su destino. La moral depende de una doctrina. Y llegamos así al necesario reconocimiento de que, para poder juzgar adecuadamente los daños de las sectas, es imprescindible hacerlo desde la verdad del hombre: su ser, su sentido, su destino eterno; o sea, desde la verdad de Dios mismo.


6) LOS GRUPOS ANTI-SECTA


La sociología no es una ciencia exacta como la física, pero puede constatar que, cuando irrumpe en la sociedad una dinámica social nueva o renovada, suele producirse en esa sociedad una reacción en sentido contrario; de ahí procede el término “reaccionario”, que tiene tan mal cartel en política, pero que en sí mismo no tiene una connotación negativa. Con las sectas se ha cumplido esta ley. Cuando se ha producido un auge expansionista del fenómeno sectario, han surgido paralelamente entidades expresamente dedicadas a combatirlas. Se ha generado así el llamado “movimiento anti-secta”. Guardando una simetría con el auge de las sectas, esta reacción ha tenido su origen en esa efervescente caldera religiosa que son los Estados Unidos.

Al tratar de la oposición a las sectas, es necesario empezar haciendo una distinción que es fundamental. Tanto, que en Estados Unidos se considera que no hay un movimiento anti-secta, sino dos, designados con los términos counter-cult movement y anti-cult movement. En Europa, la traducción literal de ambas designaciones (“contra-secta” y “anti-secta”) no significa gran cosa, pero sí es necesario distinguir las realidades que designa. El criterio básico que permite diferenciar los dos movimientos es el origen: en el primer caso, son entidades que surgen en el seno de organizaciones religiosas, principalmente iglesias cristianas; en el segundo caso, se trata de organizaciones nacidas al margen de toda entidad religiosa. Por ello, en este sentido y a falta de una mejor terminología, en los respectivos títulos las primeras serán denominadas “religiosas” y las segundas “seculares”.

Por lo demás, conviene aclarar que en cada grupo se incluyen organizaciones muy dispares y de distintos tamaños. Se trata de un mosaico de grupos, bastantes de los cuales no pasan de ser una única oficina atendida por media docena de personas que dedican a ella su tiempo libre, o incluso, últimamente, una website de Internet alimentada por uno o dos individuos. Pero esta misma precariedad de muchas de estas entidades actúa como un efecto multiplicador de la influencia de las más importantes, que tienen una repercusión desproporcionada a su tamaño. La razón es que, al carecer de medios las pequeñas, acuden a las mayores como punto de referencia: de ellas sacan las ideas, difunden sus artículos y demás publicaciones, llaman a sus dirigentes para pronunciar conferencias, y solicitan de ellas ayuda de diverso tipo –incluso, en ocasiones, asistencia legal-. Un segundo motivo es el frecuentemente privilegiado acceso que tienen a la prensa, o al menos a una parte de ella.

La dinámica de estos grupos suele seguir un patrón común. Van de abajo arriba, no al revés. Nacen pequeños, fruto de iniciativas particulares, normalmente por parte de una o dos personas como reacción ante un problema concreto. Algunas ven creciendo, a la vez que se extienden también en los temas que abarcan. Las mejor organizadas llegan a tener relevancia nacional. Y el último paso suele ser constituir federaciones de grupos afines para que sirvan de altavoz a sus actividades y sean un instrumento más apto para una influencia general, ante el poder público y el público en general.

a) Los “religiosos”

Son los primeros en aparecer. De hecho, ya funcionaba el “movimiento contrasectario” en Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Se generó en un caldo de cultivo que venía de más atrás. En la segunda mitad del siglo XIX fue tomando cuerpo un ambiente de hostilidad por parte de una buena parte de las confesiones protestantes, contra los que veían como intrusos en su terreno religioso: masones, católicos (son los años de la gran inmigración irlandesa), adventistas, y, sobre todo, mormones. Con el cambio de siglo va cambiando el punto de mira, y los ataques se seguían dirigiendo a los mormones –ya con menos intensidad-, pero los demás blancos eran ahora sobre todo los testigos de Jehová, los grupos pentecostalistas y las organizaciones “ilustradas” o gnósticas como la “Ciencia Cristiana” o la Sociedad Teosófica.

El núcleo de este movimiento estaba formado por fundamentalistas evangélicos. El llamado “fundamentalismo” fue una corriente que, frente al protestantismo liberal, buscaba una renovación que volviera a los fundamentos de la Reforma –de ahí el nombre, que en un principio no tenía nada de peyorativo-. Consiguió suscitar una ola de fervor en el campo protestante, pero su insistencia en los fundamentos, que situaban en los dos principios de la sola fe y la sola Escritura, lo convirtió en una versión muy simplificada del protestantismo. Necesitaba así unas señas de identidad claras que lo diferenciase de los nuevos grupos que se presentaban como cristianos. Se trataba de combatirlos desde una posición religiosa. Aquí hay que entender el problema desde una óptica protestante, distinta de la católica. Dividido el protestantismo en una pluralidad de denominaciones, desarrolló una visión de la Iglesia –de la única de que habla el Evangelio- como una especie de “todo virtual” que englobaba a todas las confesiones; ninguna de éstas podía considerarse como un reflejo perfecto de la Iglesia fundada por Jesucristo –a diferencia de la doctrina católica-, sino que ésta se reflejaba precisamente en la diversidad enriquedora: cada iglesia aportaba así algo al conjunto. Esto significa que, si se quiere atacar a algún grupo que se hace llamar cristiano, no basta un apoyo en la diversidad; si hay que combatirla, no puede serlo sólo por ser distinta: tiene que ser falsa. Pero uno de los principios básicos del protestantismo es la libre interpretación de la Escritura. ¿Por qué, entonces, tiene que ser un falso cristianismo el de los testigos de Jehová, y no simplemente un modo distinto de interpretar la misma Escritura? Más difícil todavía es la respuesta cuando lo que se cuestiona es algo más cercano todavía a las iglesias reformadas, como puede ser el adventismo. Era necesario así encontrar una base teológica bien delimitada para poder fundamentar su propia actividad contraria a lo que se calificaba de secta, y alguien que la formulara.

Tuvo que ser un europeo quien se encargara de esta tarea: el teólogo calvinista holandés afincado en Norteamérica Jan Karel van Baalen (1890-1968). No era un pensador de primera fila, pero en todo caso el objetivo propuesto equivalía a buscar la cuadratura del círculo. Un primer criterio era considerar las Escrituras como la única fuente de conocimiento salvador. Puede servir con los mormones –añaden otros textos-, pero no con otros grupos como los testigos de Jehová, y además deja a instituciones como la Iglesia Católica o las iglesias ortodoxas como no verdaderamente cristianas (no basta un cristianismo equivocado: tiene que ser falso). Y añade otro: la doctrina verdadera está “en los grandes credos históricos de la Iglesia universal”, ya que “sería una ingratitud de entrada, por no decir un desprecio detestable, e ingratitud no sólo hacia los hombres sino hacia Dios, ignorar los resultados de los trabajos arduos y sinceros de los hombres de Dios y llenos de espíritu de las pasadas generaciones”. Parece que no se acordaba de lo que hizo Calvino. Pero más importante aún es que no parecía darse mucha cuenta de que estaba introduciendo la noción de tradición eclesial como fuente de conocimiento de la doctrina verdadera, o al menos como aval de la recta interpretación de la Escritura, y esa idea es católica, no protestante. De este modo llegaba a una definición de secta carente de precisión y rigor alguno: “cualquier religión contemplada como no ortodoxa o incluso espuria”. ¿Pero contemplada por quién? Y así se llega a una noción muy poco académica pero que coincidía con lo que esos activistas querían, dándole un ropaje pseudocientífico: secta es lo que nosotros señalemos como secta.

Van Baalen se convirtió en el “ideólogo” del movimiento evangélico antisecta, y sus obras, especialmente The Chaos of Cults (“El caos de las sectas”), publicado por primera vez en 1938 y revisado varias veces posteriormente, en libros de texto obligados para sus miembros. Él era un hombre comedido, que supo ver el verdadero origen del auge de las sectas cuando señaló que eran “la factura impagada de la Iglesia”, y que no negó en ningún momento el carácter religioso y muchas veces bienintencionado de las sectas. Pero esas afirmaciones cayeron en el olvido por parte de buena parte de los que se basaban en su enseñanza, por lo general bastante exaltados, que sólo buscaban razones para mantener una beligerancia.

Esta beligerancia era más acusada en los grupos que, por su cristianismo simplificado, más cerca podían estar de los nuevos grupos y más vulnerables se creían, con razón, como los baptistas. Y de ellos saldrá la figura que, siguiendo las líneas trazadas por van Baalen, más ha contribuido a la actual configuración de los grupos “contrasectarios”: Walter R. Martin (1928-1989). Martin también escribió algunas obras, entre las que destaca The Kingdom of Cults (“El reino de las sectas”), de 1965, pero lo más importante es que en 1960 creó la que ha sido y es principal organización de este sector, el Christian Research Institute (“Instituto de Investigación Cristiana”). Era un hombre de acción, que dedicó su vida a combatir lo que entendía por sectas, desde su organización, sus boletines Christian Research Journal y Christian Research Newsletter, su programa de radio “el contestador bíblico”, y cualesquiera medios que estaban a su alcance.

Pero en ese dinamismo radicaba un problema. En un ambiente exaltado, suelen aparecer líderes con auténtico empuje, pero a la vez con falta de equilibrio, y ése era el caso de Martin. Era un ser egocéntrico que acabó tachando de sectario a cualquier grupo que no profesara su evangelismo, y llegó a escribir en 1981 una obra con el significativo título de Walter Martin’s Cult’s Reference Bible (“La Biblia de referencia de las sectas de Walter Martin”). Además, el tono de sus diatribas empezó a molestar a los afectados, que a su vez investigaron su vida. No resultó muy ejemplar: esgrimía títulos que no tenía; algunos bastante curiosos: afirmaba haber sido ordenado tanto en la Convención Basptista del Norte como en la del Sur. Lo que sí se comprobó es que había sido ordenado por la Asociación General de Baptistas Regulares, y que más tarde se había revocado la ordenación por bigamia. A su muerte, la mujer con la que fundó el CRI en California (aunque él era neoyorkino), Gretchen Passantino, tuvo que retocar sus escritos y reeditarlos.

El histrionismo exhibido por personas como Martin ha empañado el intento de organizaciones como el CRI, Watchman Fellowship (algo así como “La Compañía del Observador”), Spiritual Counterfeits Project (“Proyecto sobre las Falsificaciones Espirituales”) –las tres más importantes- y tantas otras, de presentarse como entidades de alto nivel académico y gran respetabilidad. Esto ha mermado su eficacia; han obtenido algunos resultados, pero en términos generales son convincentes sólo para quienes están de antemano convencidos. Lo que sí han obtenido es bastante dinero en donativos de la comunidad evangélica, estimulada por su tono de mesianismo belicista. Pero incluso estos ingresos han generado dificultades. CRI anuncia que sus autores “pueden no recibir derechos de autor sobre libros, cintas, o materiales vendidos a través de su ministerio”; noble empeño, aunque no estaría de más informar del porcentaje de veces en que esto se cumple. Afirma asimismo que “CRI está comprometido con la integridad doctrinal, no importa a qué costo”. Sin embargo, el sucesor de Martin al frente de CRI, Hank Hanegraaff, fue demandado por un colaborador por apropiación de fondos de la organización, lo que ha acabado en una conciliación que deja al menos la sombra de la duda (el demandante afirmó que no tenía recursos para litigar y por eso lo dejaba; además, la salida de CRI de un organismo evangélico que avala el aspecto financiero de sus miembros no dice tampoco mucho en su favor). Si se añade a ello la falta de preparación teológica de Hanegraaff (su principal obra es una “demostración” de la “falacia de la evolución”), y el que treinta y cinco personas que habían trabajado en CRI, incluidos algunos familiares de Martin, han pedido públicamente su dimisión, el futuro de la organización es incierto. Watchman Fellowship parece una entidad más saneada, pero en todo caso la evolución de CRI muestra el talón de Aquiles de este tipo de organizaciones.

El último escalón del movimiento cobró forma en 1982, cuando se fundó Evangelical Ministries to New Religions (“Ministerios Evangélicos hacia las Nuevas Religiones”), una federación que en la actualidad agrupa a treinta y dos organizaciones del movimiento, con IRC y WF a la cabeza. Prudentemente, se centra en las “nuevas religiones” (el resto es lo de siempre: “distinguir el cristianismo auténtico del inauténtico”), pero no se sabe bien qué abarca lo “nuevo”. Entre sus miembros figura, por ejemplo, el Mormonism Research Ministry (“Ministerio de Investigación sobre el Mormonismo”), y poco le falta al mormonismo para tener dos siglos de existencia: demasiado para ser “nuevo”. Y demasiado ambiguo todo para buscar, como buscan, un criterio común de actuación.

Y es que de ese criterio depende en buena parte el futuro del movimiento. No es raro encontrarse, en algunas organizaciones de este tipo, con que, desde una visión protestante de la Iglesia, establezcan como criterio para calificar a una organización de secta el que fije con precisión la doctrina y tenga una autoridad central, con lo que se incluye en el elenco, implícita o explícitamente, nada menos que a la Iglesia Católica. Esto no sienta mal sólo a los católicos, sino también a buena parte de las confesiones protestantes y a la opinión pública en general, que tienden así a marginar a este sector tachándolo de extremismo fanático.

Podemos preguntarnos ahora si existe alguna organización dedicada a las sectas en el campo católico. Hasta hace poco el fenómeno de las sectas no tenía mucha influencia en el mundo católico, por lo que, salvo estudios aislados, no se le prestaba mucha atención. Recientemente el panorama ha cambiado en este sentido, especialmente en Latinoamérica, y se observa lo que parece que son los inicios de una cierta reacción. Quizás el país más activo es México, lo que resulta muy lógico dada su proximidad a los Estados Unidos. Allí ha surgido recientemente la primera congregación religiosa dedicada a la apologética frente a la corriente sectaria: los Misioneros Apóstoles de La Palabra, fundada por Flaviano Amatulli. De todas formas, hay que constatar que existe una tendencia, todavía necesitada de una cierta maduración, de utilizar como criterio de catalogación de sectas de origen cristiano el método parasitario que suelen emplear no sólo las sectas sino también otros grupos protestantes, particularmente los evangélicos. Así, se colocan en el mismo saco realidades distintas, y convendría profundizar sobre el significado de reconocer un bautismo válido a un grupo no católico. Por esta razón, cuando se habla del “peligro de las sectas” en América latina, se está frecuentemente camuflando el hecho de que la verdadera amenaza, en la medida en que la haya, para la fe católica en esa parte del mundo no proviene tanto de las sectas –aunque contribuyen a ello-, sino más bien del evangelismo protestante.

La Jerarquía católica, desde una comprensible postura de prudencia, ha dado pasos en algunos lugares sobre el problema de las sectas, en la forma de creación de servicios informativos especializados. Más que a los fieles directamente, se dirigen más que nada a los sacerdotes y otros responsables pastorales, para que dispongan de la información necesaria; a partir de ahí, deberá ser el sentido pastoral de cada uno el que le aconseje sobre lo más conveniente en cada caso. Nuevamente México destaca en este sentido, aunque no es el único país que cuenta con estos servicios a nivel nacional. En España, país con bastante menos incidencia de este fenómeno, el único servicio de este tipo que existe se ha creado en la diócesis de Valencia (el principal responsable fue recientemente apuñalado por un satanista, al parecer porque intentaba facilitar la salida del grupo satánico a uno de sus componentes), pero se está dando algún paso en la Conferencia Episcopal Española que puede desembocar en la creación de un servicio análogo de ámbito nacional.

b) Las “seculares”

A comienzos de los años 70, un californiano llamado William Rambur se encontró un día con que su hija de veintidós años había dejado su empleo de enfermera y su novio para irse con un grupo del que nunca había oído hablar hasta entonces: los Niños de Dios. La buscó por todas partes, y al final la encontró en una finca de Texas donde malvivía con otros jóvenes, pero a pesar de sus esfuerzos no quiso salir de allí. Enfurecido, denunció el caso a la prensa e inició una campaña para alertar a otros padres en las mismas circunstancias. La respuesta fue inmediata, uniéndosele otros padres cuyos hijos se habían ido con los Niños de Dios. Se fundó así una asociación llamada Parents’ Commitee to Free Our Children from the Children of God, “Comité de Padres para Liberar Nuestros Hijos de los Niños de Dios”, que más tarde quedó en Free the Children of God (“Liberad a los Niños de Dios”) o, más abreviadamente, FREECOG. Había nacido así el embrión de lo que después se conocería como el movimiento antisecta.

Con el transcurrir del tiempo, llegaron peticiones de adhesión de padres cuyos hijos se habían marchado con otros grupos, a la vez que llegaban asimismo adhesiones de otros estados, y, al aceptarse, se cambió de nombre a la asociación, que pasó a llamarse Volunteer Parents of America (“Padres Voluntarios de América”), y poco más tarde Citizens Freedom Foundation (“Fundación de la Libertad de los Ciudadanos”). En 1975 ya sumaban 1500 componentes, y editaban un boletín. Diez años más tarde se volvió a cambiar el nombre, esta vez definitivamente, por el de Cult Awareness Network (“Red de Alerta sobre las Sectas”). CAN se convirtió en la principal organización antisecta, que marcó el camino para la constitución de muchas otras. Junto con otra organización, la American Family Foundation (“Fundación de la Familia Americana”), ha sido líder indiscutible y punto de referencia indispensable para todo el movimiento.

Desde el principio, estos grupos, cuya puesta en marcha realizaban siempre padres de hijos que habían entrado en una secta, quisieron ser aconfesionales, entre otros motivos porque sus integrantes provenían de muy distintas confesiones religiosas. Pronto acuñaron un lema: juzgaban deeds, not creeds, “hechos y no credos”. Parecía razonable, pero se pasó por alto, o no se quiso aceptar, que los hechos provenían de los credos mismos. También desde el principio pensaron que sus hijos estaban “manipulados” y su libertad anulada de alguna manera. La verdad es que, si hay una secta que invite a adherirse a las teorías manipulativas, ésa era los Niños de Dios. En España misma se tenía por aquel entonces la común experiencia, en las grandes ciudades, de encontrarse por la calle unos jóvenes con una especie de sonrisa postiza saludando con un “te amo”, y dando –más bien, intentando vender- unos panfletos firmados por un tal “Moisés David” (o “Mo” a secas) y anunciados como “un mensaje de amor”; a veces se les veía en grupo, bailando de un modo que hacía bastante honor al nombre, pues resultaba bastante infantil. Conforme se supo algo más del grupo, parecían confirmarse esas teorías. “Mo” era David Brandt Berg, y bajo su doctrina de un sencillo cristianismo primitivo, estaba un visionario con aires mesiánicos que se había declarado el “Profeta de los últimos tiempos”, que no era más que un enfermo de obsesiones de diversas clases, incluidas las sexuales, lo que le llevaba a lo que suele conocerse como corrupción de menores, e incluso al proxenetismo con chantajes posteriores. En lo que siempre fue hábil era en adelantarse a la policía, huyendo a Europa en 1972, y tras recorrer varios países, refugiarse en la Libia de Gadafi en 1978, donde murió en 1994. Hoy en día la secta apenas es más que un mal recuerdo.

Las teorías manipulativas, por otra parte, no eran nuevas ni mucho menos. Se habían difundido ante lo que parecía asombrosa fascinación que había producido el fundador de los mormones, Joseph Smith. No se le encontraba una explicación, y se empezó a correr la voz de que existía brujería. A finales del siglo XIX, en plena cúspide del cientifismo, la explicación parecía poco científica, y se cambió la brujería por el magnetismo. Poco después apareció Freud, y se recurrió a la hipnosis. En los años 70 del siglo XX tampoco servía este expediente, y se acudió a un término acuñado por el periodista británico Edward Hunter para referirse a los sistemas empleados por los chinos con los prisioneros de la guerra de Corea: “lavado de cerebro”. Más adelante el término empezó a perder crédito, por las razones explicadas anteriormente –son técnicas que sirven en todo caso para anular la voluntad y convertir la persona en autómata, no para modificarla y convertir a la persona en activo partidario-, y porque se vio con más claridad que no se podía trasladar sin más el concepto cuando en un caso eran prisioneros encerrados contra su voluntad y en otro gente que se adhiere voluntariamente. Nacía la era de las computadoras, y se empezó a difundir la noción de “programación” para referirse a estos supuestos procedimientos. Lo más reciente, conforme se comprueba que una persona no es un ordenador, es hablar de “técnicas de control mental”, un concepto más amplio que no requiere tantas revisiones.

Pero el caso es que, se le dé el nombre que se le dé, ésta es la noción básica alrededor de la que gira toda la actividad y la propaganda de esta corriente antisecta. Con este trasfondo comenzaron añadiendo campañas de propaganda alertando contra las sectas a la primigenia actividad de información y asistencia a padres con hijos en sectas, y, si el caso lo permitía, asesorando a miembros o ex-miembros de sectas para facilitar su salida y ayudar a recomponer su vida ya fuera del grupo sectario. Se añadió pronto un nuevo frente: el legal, proporcionando asesoramiento e incluso asistencia letrada para poder dar batalla a las sectas exigiendo fuertes indemnizaciones por daños causados a sus miembros.

El desastre de Jonestown trajo los años dorados para estas organizaciones. De repente, todo el mundo quería saber sobre las sectas y sus peligros, y ellos eran quienes estaban ahí para responder, los expertos a quienes todo el mundo –y especialmente los medios de comunicación- consultaba y entrevistaba. Se les eximió de impuestos, se les abrieron las puertas de los colegios para realizar campañas de prevención, se dispararon los donativos. Empezaron a creer que podían formar grupo de presión para introducir leyes que acotasen el poder y desarrollo de las sectas, y a contactar con políticos a tal efecto. La opinión pública aceptó sus explicaciones, y en los pleitos con jurado casi siempre se les daba la razón, aunque -y éste fue un signo cuyo alcance, en su euforia, no supieron calibrar-, los perdían también casi siempre en segunda instancia, cuando quienes juzgaban la culpabilidad eran los profesionales del Derecho.

Crecidos por el éxito inicial, se aventuraron a extender otra actividad: la “desprogramación”. Fijados los parámetros de lo que consideraban técnicas psicológicas de las sectas, la desprogramación consistía básicamente en revertir el proceso utilizando métodos similares. La desarrolló a principios de los 70 un psicólogo llamado Ted Patrick, y se adoptó rápidamente por el colectivo antisecta. Si los rasgos principales –no los únicos- que señalan a una secta “destructiva” son, según estas teorías, la persuasión coercitiva, el aislamiento de otras relaciones distintas a la intragrupal, la presión de grupo, la pérdida de privacidad y el adoctrinamiento repetitivo, con este procedimiento se trata de hacer lo mismo: es un método coactivo, llevado por un psicólogo o psiquiatra contratado por el grupo, que incluye el aislamiento de la secta –llegando si es necesario a la detención forzosa-; la presión grupal por parte de familia, amigos y miembros de la organización; la pérdida de privacidad, con continua introspección en sus pensamientos y creencias; y el insistente bombardeo de ideas y siembra de dudas en contra de las creencias de la secta.

En resumidas cuentas, podía discutirse si las sectas, todas o al menos algunas, utilizaban técnicas abusivas tendentes a manejar la voluntad del individuo, pero lo que era indiscutible es que la desprogramación utilizaba esas mismas técnicas. En honor a la verdad, hay que decir que, cuando se dieron cuenta de lo que suponían esas técnicas, hubo bastantes vacilaciones en muchos grupos antisecta. En general, los responsables empezaban a ser conscientes de los riesgos que acarreaban y tendían en numerosos casos a desmarcarse de esas prácticas o a mitigarlas. Pero no ocurría lo mismo con muchos padres, que estaban dispuestos a revertir la situación de su hijo a cualquier precio, y que contaban con la complicidad de los psicólogos contratados por los grupos, escépticos en su mayoría y deseosos de probar la eficacia de sus métodos, que llegaba al 50% y tenía éxito sobre todo cuando el adepto a la secta llevaba en ella menos de dos años. En todo caso, fuera sincera o no la prevención de los dirigentes –de todo había-, lo cierto es que la desprogramación se practicó en bastantes casos, sobre todo en los años 80.

Cuando llegó la racha de tragedias de los años 90, parecía que iba a redundar de nuevo en un auge de los grupos antisecta. No fue así. Los tiempos estaban cambiando, y la desprogramación tenía un papel de capital importancia en ello.

En primer lugar, habían surgido voces de protesta. No se trataba sólo de quejas de los grupos sectarios. Ya en 1974, el Consejo Nacional de Iglesias se había manifestado contrario a la desprogramación. Se habían dado cuenta de que era un arma que podía emplearse contra cualquier grupo religioso, secta o no. También se desligaron los grupos contrasectarios evangélicos. El mismo Walter Martin realizó en 1980 unas declaraciones en las que manifestaba que no podía compartir esos métodos –“no podemos inclinarnos ante tácticas no cristianas para cumplir la voluntad de Dios”-, sellando así la ruptura entre los dos movimientos antisecta, que hasta entonces habían mantenido unas relaciones amistosas y cooperativas. También se manifestó un rechazo por parte de los activistas de derechos civiles y sus organizaciones, y empezaron a aparecer denuncias de víctimas de esas técnicas; no sólo por parte de personas que continuaban en la secta, sino también por quienes la habían abandonado, que se sentían humillados y manejados por unos procedimientos que estimaban degradantes. Este coro de voces, a su vez, tuvo impacto en la prensa, que empezó a dudar seriamente de la objetividad de los grupos antisecta y dejó de considerarlos como única o incluso principal fuente de información al tratar de las sectas. En los 80, además, ya había otras fuentes de información aparte de la secta y la antisecta: ex-adeptos con ganas de contar su experiencia, sentencias de tribunales, servicios de información de las iglesias, etc., cuyo tono y contenido de sus declaraciones parecía bastante más variado, específico, ponderado y objetivo que el de unas organizaciones que contestaban con un prefabricado ideológico. Los políticos, por su parte, comenzaron a esquivar a unas organizaciones que se iban convirtiendo por lo menos en polémicas.

Una segunda serie de golpes provino de donde quizás menos lo esperaban los grupos antisecta: de la comunidad académica. En la década de los 80, el tema atrajo la atención de algunos profesores universitarios. En 1983, se interesó la Asociación Psicológica Americana (APA) –más o menos equivalente al colegio profesional del ramo-, y se acordó formar un grupo de trabajo. El estudio resultante se llamaría “Métodos de persuasión y control engañosos e indirectos” (DIMPAC, con las siglas en inglés), y en 1984 se encargó a la Dra. Margaret Singer, la principal teórica de las teorías de control mental, la formación de un equipo. Tras una serie de borradores, se elaboró un informe definitivo, sobre el que por fin dictaminó la APA en mayo de 1987. No pudo ser más vergonzoso para la ponencia: no se enmendaba, sino que se rechazaba en su totalidad, porque “carece del rigor científico y la inclusión de un enfoque crítico necesarios para el imprimatur de la APA”; concluía solicitando “que los miembros del equipo de estudio no distribuyan ni publiquen el informe sin indicar que éste es inaceptable para el Consejo” (el Consejo de Responsabilidad Social y Ética de la APA). El dictamen se difundió rápidamente –había gente interesada en hacerlo-, y supuso un duro revés para el movimiento.

Lo prudente para Singer y sus correligionarios hubiera sido callar y esperar a que pasara la tormenta, pero no fue capaz de hacerlo. Estalló en críticas y acusaciones –entre las que no podía faltar la de simpatizar con las sectas- contra los que habían juzgado su informe, y llegó incluso a llevar el asunto a los tribunales. Consiguió que sus oponentes fueran más explícitos. Escribieron sobre el DIMPAC los dos profesores universitarios que habían sido invitados a participar como expertos, aparte del equipo habitual de la APA. Uno de ellos, el prof. Fisher, escribió que el informe era “de tono acientífico, defectuoso en su naturaleza, y a veces (...) caracterizado por la utilización de técnicas de persuasión y control indirectas engañosas, precisamente lo mismo que investiga”. El otro, prof. Beit-Hallahmi, escribía por su parte que, “carente de teoría psicológica, el informe recurre al sensacionalismo del estilo de algunos tabloides”; y añadió juicios que iban más allá del informe: “tal como se practica la psicoterapia en la mayoría de las ocasiones, es bastante propensa a conducir a una conducta inmoral (...) No tengo simpatía alguna por el rev. Moon, Rajneesh o la cienciología, pero creo que los psicólogos harían un mejor servicio público barriendo su propia casa que metiéndose con varias religiones extrañas”. En el juicio, que Singer perdió, salieron a la luz pública varios informes internos del APA sobre el caso, hasta entonces reservados. Se divulgaron así cosas como las afirmaciones de la Dra. Catherine Grady que, refiriéndose al alegado daño de las sectas con estos métodos, señalaba que era algo “muy confuso”, “consistente todo ello en informes de prensa sueltos y sin probar, y casos judiciales sin resolver. Eso no prueba nada”.

No se hicieron esperar los efectos. Los favores de la opinión pública y de los tribunales de justicia empezaron a disiparse. Además, la provocación de Singer se volvió contra ella y su movimiento. Las universidades empezaron a interesarse más por el tema, descalificando todas las teorías que sustentaban el movimiento antisecta, y negando el concepto mismo de secta, que consideraban poco científico, y sustituían por el de “nuevos movimientos religiosos”, aunque el nuevo concepto tampoco sea el más idóneo, debido a su excesiva amplitud y a que el criterio básico de distinción sea únicamente el de la novedad. Pero hicieron algo más: investigaron los efectos de las únicas técnicas comprobadas que se practicaban de intento de control mental: las de los grupos antisecta. Lo que descubrieron, esta vez con métodos más científicos, es una alta proporción de casos de stress traumático en quienes han dejado una secta pasando por la desprogramación, que no se dan entre los demás ex-sectarios.

En este clima poco favorable para el movimiento, llegó una tercera serie de reveses, esta vez de los tribunales. Los grupos antisecta empezaron a descubrir que la vía judicial se podía recorrer en los dos sentidos, y de demandantes pasaron a ser demandados. Los principales enemigos no eran ya los Niños de Dios o los Hare Krishna, entidades poco acostumbradas y poco preparadas para litigar, sino sectas combativas y con recursos como la Iglesia de la Unificación de Moon y, sobre todo, la cienciología, con su afición a acudir a los tribunales. Cuando la cienciología obtuvo a finales de 1993 el ansiado reconocimiento legal como entidad religiosa, liberó gran cantidad de recursos –en dinero y personas- que quedaban libres para poder entablar nuevas batallas jurídicas, y se colocó en el punto de mira a los grupos antisecta. No debe perderse de vista que estos grupos ejercían una influencia que no correspondía a su tamaño, y que una sentencia adversa incidía –con el daño que podía provocar- sobre el tamaño, no sobre la influencia. Fueron principalmente a por la entidad más importante, el Cult Awareness Network, que en un corto plazo de tiempo tuvo que hacer frente a más de cincuenta demandas. A los cienciólogos no les importaba demasiado perderlas: era una batalla de desgaste, que en cualquier caso agotaba al contrario, mientras esperaban una buena oportunidad para asestar un golpe verdaderamente incisivo. No tardó mucho en llegar.

En 1989, una mujer llamada Katherine Tonkin ingresó, junto con sus hijos, en la llamada “Iglesia del Tabernáculo de la Vida”, un pequeño grupo pentecostalista. Era una mujer inestable, que se había casado tres veces, y enseguida dejó el grupo, pero tres de sus siete hijos no quisieron abandonarlo, y quedó claro que no tenían ganas de vivir en el hogar materno, con su madre conviviendo con un hombre que no era su padre: se fueron, el pequeño con sus abuelos, y los dos mayores con familias pertenecientes al grupo pentecostalista. Katherine no sabía qué hacer para recuperar a sus hijos, y alguien le dio el teléfono de una voluntaria de Cult Awareness Network. Ésta le puso en contacto con una de las más prominentes figuras del movimiento antisecta, Rick Ross. Ross acudió al lugar en diciembre de 1990, y comenzó un curso de desprogramación con los hijos de Katherine. El mayor, Jason Scott, fue el más problemático, pues se resistió a aceptarlo, y al final el equipo de Ross lo esposó, lo metió en una furgoneta y se lo llevaron a una casa amabandonada cerca de la playa (era el estado de Washington), donde fue sometido a un curso intensivo de desprogramación que duró cinco días. Al final, consiguieron que declarara que abandonaba el grupo pentecostalista, pero, cuando pensaban celebrarlo, Jason llamó a la policía. El problema venía de que Jason, que tenía 18 años, era ya, a diferencia de sus hermanos, mayor de edad, y lo que había hecho con él el equipo de Ross se suele calificar en los códigos penales como secuestro.

Se celebró un juicio criminal contra Ross, del que sorprendentemente salió sin cargos, gracias sobre todo a que el abogado de Jason no era bueno o no se lo tomó en serio. Hubiera acabado todo sin pena ni gloria si no fuera porque, mientras tenía lugar el juicio, Jason recibió una llamada de un abogado que trabajaba para la firma Bowles & Moxon, de Los Angeles, solicitando una entrevista. Se vieron, y convenció a Jason para entablar un juicio de responsabilidad civil, del que podía sacar una suculenta indemnización*. Jason se dejó convencer, y firmó el contrato. La firma se tomó en serio el caso, pues acudió para llevarlo personalmente Kendrick Moxon, uno de los dos que daban nombre al bufete. Y es que había algo que no le habían dicho a Jason: Moxon era un cienciólogo, que había pertenecido a la “Oficina del Guardián”, y el bufete era parte del entramado cienciológico.

La demanda finalmente se lanzó en enero de 1994. Los principales demandados eran Ross... y Cult Awareness Network, por el papel de la voluntaria. Ross era un experto en desprogramación, con más de doscientas practicadas, pero no pertenecía a esa organización, sino que había montado una propia, más pequeña. Cult Awareness Network trató de quitarse de en medio, alegando que había rechazado oficialmente esa práctica, y que en la sede desconocían la actuación de su voluntaria de Seattle. Era verdad, pero no toda la verdad: cada vez se fue evidenciando más que lo que había hecho la voluntaria era un procedimiento rutinario, según el cual se remitían estos casos a desprogramadores que no pertenecían al grupo. O sea, que se encargaba fuera el trabajo sucio que oficialmente se rechazaba. El grupo anticulto estaba agotado por otros pleitos, y no podía oponer a Moxon el despliegue de medios que puso. En cualquier caso, en septiembre de 1995 los nueve miembros del jurado fueron unánimes en fallar a favor de Jason Scott y otorgarle casi cinco millones de dólares (cerca de mil millones de pesetas), de los que casi dos correspondían a Cult Awareness Network.

Siguió una larga historia infructuosa por parte del grupo antisecta para conseguir parar la ejecución de la sentencia o incluso anularla. Mientras tanto, Jason Scott empezó a sentirse manejado y a darse cuenta –con bastante acierto, pues Moxon daba muestras de poca lealtad y poca sinceridad- de que no iba a ver mucho de ese dinero, ya que lo que pudieran dar de sí los demandados, mucho menos del total, iba a ir a los abogados. Cambió de abogados y firmó un acuerdo con Ross por el que se conformaba con cinco mil dólares (casi un millón de pesetas) y algún servicio, librándose así Ross de la hecatombe.

Pero Cult Awareness Network no se libró. En junio de 1996 se declaró en quiebra. Jason ya no estaba en liza, pues había vendido la parte que le correspondía por parte del grupo por veinticinco mil dólares, a un tipo que resultó ser otro cienciólogo (aunque ha acabado en conflicto con Moxon). Se subastaron los activos del grupo antisecta, que compró por sólo veinte mil dólares –valían bastante más, pero faltaban postores- un tal Steven L. Hayes: otro cienciólogo. Hayes la integró en la creada a tal efecto “Fundación para la Libertad Religiosa”, un nuevo brazo de la hidra cienciológica, y se eligió un consejo directivo formado por dos cienciólogos, un miembro de un grupo llamado Greater Grace (arruinado por un pleito), un budista y un neopagano. Así, la principal organización antisecta del mundo, con sus archivos intactos, cayó en manos de su principal enemigo.

Han decidido que siga funcionando, conservando el nombre y los demás signos distintivos. Pero, indudablemente, ha cambiado de orientación. Basta ver las diatribas contra los psiquiatras que aparecen en sus actuales boletines para darse cuenta de quiénes son sus nuevos dueños. Decidieron además enviar copia a todos los grupos calificados como secta por Cult Awareness Network de todo lo que aparecía en los archivos que les afectaba. La desprogramación había pasado así su factura final en los Estados Unidos.

El golpe fue duro para todos los grupos antisecta. No sólo había desaparecido el principal, también se estaba resquebrajando la confianza de los grupos en sí mismos y en su filosofía. Aparentemente, la única novedad es que American Family Foundation ha recogido el relevo como buque insignia en solitario del movimiento, y sigue todo igual salvo la práctica desaparición de la desprogramación con métodos coactivos: siguen con las mismas ideas, sigue siendo Margaret Singer su principal conferenciante, sigue todo lo demás. Pero en la trastienda algo está cambiando. Las adversidades despiertan la conciencia crítica al poner de manifiesto los perjuicios a los que conduce el exceso de confianza. Ya no se trata sólo de la vulnerabilidad a una demanda legal, o que la desprogramación supone llevar las cosas demasiado lejos. Se trata de hacer balance, comprobando que, dando una imagen de “antisecta” en su sentido más literal, o sea de “secta de signo contrario”, acaban siendo poco más que unos avivadores de polémicas que, por el revuelo que suscitan, terminan por dar a conocer y hacer propaganda de aquéllos a quienes se quiere combatir. O sea, que yendo por ese camino el remedio puede ser peor que la enfermedad. Entre bastidores va poco a poco tomando cuerpo la idea de que, si quieren tener futuro estos grupos, deben sobre todo renovar el equipo de psicólogos, deshaciéndose de los actuales, que van perdiendo poco a poco el crédito que les queda, no demasiado en verdad. Así, por una parte están fijando más la atención en algunas organizaciones que consisten en una especie de club de ex-miembros de una secta, donde plasman por escrito y difunden sus experiencias. La más importante es Trancenet, fundada por John Knapp, un antiguo seguidor de Meditación Trascendental, que agrupa personas en sus mismas circunstancias e intenta demostrar con las experiencias que lo que la secta propaga es una falacia. Con miras más limitadas, pero más libres de prejuicios, tienen cierta eficacia y, lo que es mejor, sin reveses importantes ni “efectos boomerang”. Por otro lado, American Family Foundation acaba de dar un paso realmente sorprendente, al organizar, en la primavera de 2000, un congreso en un antiguo convento católico de las afueras de Seattle, bajo el título de “Sectas y el milenio”, al que se ha invitado a una representación de todas las partes implicadas: miembros de sectas, antiguos miembros, profesores universitarios expertos en religión, y grupos antisecta. Cada uno ha expuesto sus pareceres, y ha quedado claro que los antagonismos son demasiado fuertes como para resolverlos en un fin de semana. Pero, por parte de American Family Foundation, lo que de verdad se buscaba no era tanto convencer como entender: tener un contacto más directo que permitiera comprender mejor cómo piensan unas personas a las que -están empezando a darse cuenta- no conocen muy bien. No seja de ser un paso significativo.

En Europa, las cosas son un poco distintas. En primer lugar, porque en este terreno, al ser una secuela del desarrollo de las sectas y venir éstas normalmente de Estados Unidos a Europa y no al revés, el viejo continente lleva unos años de retraso con respecto al nuevo. En segundo lugar, porque, en términos generales, el desarrollo de las sectas es menor en Europa; esto puede querer decir que se les presta menos atención, pero significa sobre todo que tienen por lo general menos medios para defenderse. En tercer lugar, hay en Europa una menor tradición de libertad religiosa –aunque la hay, y se nota-, con lo que resulta más fácil mirar a las sectas con peores ojos y difundir estereotipos. Y, en cuarto lugar, hay una menor religiosidad general que en los Estados Unidos, con lo que, por la mayor densidad de relativismo, hay una mayor propensión a aceptar los argumentos de los antisecta, que por su parte tienen menos obstáculos para atacar, tachándolas de sectas, a grupos religiosos que no lo son, por lo general caracterizados por no conformarse con una visión de la religión que se margina encerrándola en el ámbito de la decisión de la conciencia individual. El panorama se complica si se tiene en cuenta que se trata de países distintos, con distintas tradiciones religiosas y distinto sistema legal.

En líneas generales, puede decirse que, en Europa Occidental, el movimiento antisecta –aquí no hay un countercult movement comparable al americano- ha arraigado en los países latinos, y apenas lo ha hecho en los nórdicos y las islas británicas. Dentro de los latinos, por su extensión e influencia destacan los de habla francesa: Francia y Bélgica. Un caso bastante especial es el de Alemania, por el régimen de ayudas oficiales a las iglesias –y no a una sola, como en otros países-. Hay una fuerte reacción en contra de que se beneficien algunos grupos sectarios, y en particular la cienciología –por su doble cara religiosa y civil-, que tiene entablada una guerra judicial contra las autoridades federales y de algunos länder, en particular Baviera, que ha prohibido a los cienciólogos ocupar cargos públicos.

La pauta la han marcado los franceses, que cuentan principalmente con dos organizaciones: Union Nationale des Associations de Défense de la Famille (“Unión Nacional de Asociaciones de Defensa de la Familia”, UNADFI) –el mayor grupo europeo, fundado en 1974-, y Centre Contre les Manipulations Mentales (“Centro Contra las Manipulaciones Mentales”, CCMM). Son particularmente activos, y también particularmente radicales. Aprovechando el impacto de lo ocurrido con el Templo Solar, que les ha dado alas, tienen una intensa batalla planteada en cuatro frentes: contra los grupos que consideran sectarios; en la opinión pública –bastante a su favor en la actualidad-, presionando a los poderes públicos para que persigan a esos grupos, e intentando arrastrar a otros países a su militancia. Lo más peculiar son los dos últimos. Del tercero nos ocuparemos más adelante. Nos detenemos, por tanto, en el último.

Para dar a su movimiento un ámbito europeo han creado la Fédération Européenne des Centres de Recherche et d’Information sur le Sectarisme (“Federación Europea de Centros de Investigación y de Información sobre el Sectarismo”, FECRIS). Conviene notar que en ninguno de estos nombres aparece el término “secta” o “sectas”, y no es casualidad: la tesis que sostienen es que el “sectarismo” es algo que se puede encontrar en cualquier religión. O sea, que se trata de “depurar” la religión de “sectarismo”. De cara a la galería el tono se modera un poco. FECRIS convocó una conferencia internacional en abril de 1999 sobre los “problemas acarreados por las sectas”. No deja de ser llamativo que, después de la cienciología –el enemigo número uno- y antes que los testigos de Jehová –la secta más numerosa en Europa con diferencia-, quien recibió más invectivas fue... CESNUR (Centro di Studi su Nuovi Religioni), una organización académica internacional con base en Italia, que dirige Massimo Introvigne, probablemente el mayor experto mundial sobre el tema, y que, evidentemente, no comparte su visión. El tono del comunicado final se acerca al tono apocalíptico empleado por numerosas sectas: ellos salvan al mundo... del peligro sectario que se cierne sobre nuestra civilización. De hecho, la participación fue limitada, así como también lo habría sido la cobertura de la prensa si no fuera porque un grupo de cienciólogos repartía panfletos en la puerta. No obstante, se permitieron en sus conclusiones exigir el reconocimiento oficial de FECRIS “a fin de que sea consultada por el Parlamento europeo, el Consejo de Europa, la Organización para la Seguridad y la Cooperación de Europa (OSCE), así como por las Naciones Unidas y los organismos y comisiones que de ella dependen”. A la vez, se permitían el lujo de criticar fuertemente a la Secretaría de Estado norteamericana (el Ministerio de Asuntos Exteriores), como entidad protectora de las sectas (¡!). Aquí se pone de manifiesto el rechazo francés por lo que consideran invasión cultural americana. Pero no parecen darse cuenta de que mayor aún es el recelo de muchos europeos por lo que ven como altivo intento de preponderancia francesa en el seno de Europa. Significativamente, la American Family Foundation declinó la invitación a asistir, y la presencia norteamericana fue prácticamente inexistente.

En España, país en el que la incidencia de las sectas es menor que en otros europeos, se creó una entidad inspirada en las francesas, que constituye el único grupo antisecta domiciliado en territorio español. Se trata de AIS, Asesoramiento e Información sobre las Sectas (se creó con el nombre de “Pro Juventud”), presidida por María Rosa Boladeras, que a su vez ocupa una de las vicepresidencias de FECRIS. Su ámbito de actuación se reduce sobre todo a Cataluña, pero, al no haber otra entidad semejante en el resto de España, se le solicita información desde todo el país, especialmente por parte de la prensa, cuando alguna secta es noticia y se quiere hacer un reportaje. El lenguaje de AIS no aporta mucho en relación con los demás grupos del movimiento antisecta: se repite la misma cantinela, con los mismos autores citados.

La particularidad más destacable, que comparte con sus homólogos de lengua francesa, es su posición hacia la Iglesia Católica. Aparentemente, es de respeto; oficialmente hay una distinción clara entre secta y religión, y en la lista de sectas que publican actualmente no hay ninguna institución católica. Pero, a la vez, no dejan de difundir textos escritos a título personal que atacan a alguna –el Opus Dei es el primer blanco (enviaron incluso un memorandum a los obispos, que no se molestaron en contestar)-, o incluso siembran dudas sobre la actividad ordinaria misma de las parroquias. Así, se lee en uno de ellos –sin firma- que “de entrada sería muy torpe decir que un grupo no es peligroso porque pertenece a la Iglesia Católica y está reconocido como bueno (¿por quién?, ¿por los obispos?) (...) Un catequista puede dañar psicológicamente a unos niños si hace uso de métodos de manipulación mental, psicológica o coercitiva. Todo lo demás da igual, aunque la doctrina católica, a la cual pertenezco personalmente, sea tan buena como santa”. Al parecer, un simple catequista tiene a mano unas sofisticadas técnicas de control psicológico, que, según el autor, “se basan en las técnicas de Pavlov, que (...) demostró así que la conducta es manipulable”; sí, pero era la conducta de los perros. Queda en el aire especificar qué rasgos debe tener la conducta de semejante malévolo catequista para incurrir en esa manipulación. Las técnicas de captación sectaria que enumera AIS deben dar la respuesta: “atracción personal del captador”, “refuerzo positivo”, “seguimiento del neófito”, “presión del grupo” y “falsa exaltación de los valores individuales”. Curioso esquema, que asombraría aplicarlo a un profesor ante un alumno de bajo rendimiento: si quiere mejorarlo, lo más sensato parece hacer atractivas sus clases, estimular positivamente al alumno para que rinda más, seguir de cerca su evolución, incitar a sus compañeros a que le ayuden, e inducir el crecimiento de la autoestima. Es de manual, pero al parecer es un comportamiento sectario. O lo sectario, para los grupos como AIS, sólo se produce cuando se trata de religión.

Asimismo, cuando se enumeran las técnicas de “adoctrinamiento” –hay que fijarse bien: son “técnicas”, no “enseñanzas”-, también sorprenden algunas cosas. Hay algunas que sí son calificables de técnicas, como la hipnosis (“técnicas de inducción hipnótica”), pero, ¿qué secta en concreto la utiliza? Otras, como las mencionadas en términos de “martilleo del subconsciente”, “rechazo de los propios valores”, “sustitución de las relaciones personales” e “inhibición de la responsabilidad”, pueden encontrarse en alguna secta, pero son mucho más propias de las pandillas urbanas y los grupos “ultra” de fútbol que de aquéllos a los que se les aplica. Alguna se puede efectivamente encontrar en una catequesis, como “cánticos y plegarias” o “juegos, actividades”, pero aquí ¿dónde está la manipulación? La mencionada como “compromiso económico” es propia de cualquier entidad social seria. La de “doctrina confusa” es confusa en sí misma: casi ninguna secta tiene una doctrina confusa. Las hay ambiguas: “disciplina autoritaria” y “jerarquía omnipotente”; ¿qué quieren decir exactamente? Todo esto es poco riguroso. La última se enuncia como “prohibición de la duda”. Pero si se predica una fe, y no una mera opinión, la fe excluye la duda, que supondría desconfianza y por tanto tiene un juicio moral negativo. Y esto ya, rigor aparte, no tiene nada de católico, aunque se diga que su doctrina es buena y santa.

En las declaraciones de AIS se rechaza la desprogramación, pero lo cierto es que esta práctica no es ajena a su historia. A principios de los 80 ya se interesaron por ella. Cult Awareness Network ya empezaba a tener problemas legales con este asunto, así que recurrieron a American Family Foundation, y enviaron a algún integrante a Estados Unidos para seguir cursillos en la técnica. No tardaron en ponerla en práctica, pero tampoco tardó en aparecer un caso que trajo consigo problemas.

En 1983, se recibió en un organismo de la Generalitat catalana una denuncia, en la que varios familiares de acusaban a una secta llamada “Centro Esotérico de Investigaciones” (CEIS) de haber captado a sus allegados, desarraigándoles de sus familias y utilizándoles para prostituirse y recabar dinero para la organización. Las supuestas víctimas eran cinco mujeres y un hombre, de edades comprendidas entre los 27 y los 34 años de edad; no eran precisamente menores. En la Dirección General de Seguridad Civil decidieron infiltrar un agente en la secta. Lo que encontró no era estrictamente delictivo, pero tampoco muy edificante: no había prostitución, pero sí promiscuidad, unida a historias fantásticas, como suele ser habitual en las pequeñas sectas de tipo gnóstico. Les debió parecer a las autoridades razón suficiente para intervenir, e hicieron una redada de miembros de CEIS, incluidos los seis afectados por la denuncia. El juez los puso en libertad y los remitió a los familiares, pero recomendó un periodo voluntario en un centro psiquiátrico para su rehebilitación. Ya suponía un modo de enjuiciar la situación bastante peculiar, pero en todo caso señaló el carácter voluntario. Lo que siguió no fue tan voluntario. Instigados por AIS –en ese momento “Pro Juventud”-, que había estado desde el principio detrás de todo, y con el consentimiento de los familiares, la policía llevó a los seis a un hotel situado en las afueras de Barcelona. Allí fueron separados, encerrados en sus respectivas habitaciones, y sometidos a un proceso de desprogramación por parte de dos especialistas, que duró diez días.

Cuando pudieron salir, fueron al juzgado, donde se querellaron por detención ilegal y otros delitos. La judicatura española estaba por esos años bastante a favor de las teorías antisecta y, sorprendentemente, la pretensión de los denunciantes fue pasando por todas las escalas, incluida el Tribunal Constitucional, sin prosperar; más sorprendente fue la argumentación, que reconocía los hechos pero los exculpaba alegando una buena voluntad, algo que no se admite para ninguna otra conducta delictiva.

Y ése fue precisamente el criterio que esgrimió el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, al que acabaron recurriendo los demandantes: consideró, de acuerdo con la lógica jurídica más elemental, que las buenas intenciones no cambiaban en modo alguno la naturaleza jurídica de unos hechos calificables de detención ilegal y violación de la libertad religiosa. El fallo final tardó en llegar, pero fue unánime por parte de los siete magistrados, incluido el español. El Estado español no fue muy noble: viendo lo que iba a suceder, intentó desmarcarse del asunto ante la Corte europea, achacando la responsabilidad a los particulares que intervinieron. Pero fue condenado a indemnizar a cada uno de los perjudicados con 250.000 pts., más otras 300.000 a añadir al total para compensar gastos. No es mucho dinero; el principal castigo ha sido moral, poniendo en evidencia una conducta bastante vergonzosa, de la que apenas se ha querido hablar.

La sentencia europea ha tardado en llegar, pues se pronunció en 1999. En el intervalo, la desprogramación se ha seguido practicando, aunque la experiencia norteamericana ha vuelto más cautos a sus protagonistas, de forma que no ha sido muy frecuente. Sin embargo, puede decirse esta sentencia señala su fin; no sólo porque se puede seguir yendo a Estrasburgo, sino porque su argumentación pone en evidencia su ilegalidad con una claridad que no puede pasar inadvertida para las autoridades, incluidas las judiciales. Por su parte, AIS no ha tardado en desmarcarse oficialmente de ese tipo de prácticas, aunque vistos los antecedentes está todavía por demostrar la sinceridad de sus declaraciones al respecto.


8) ¿QUÉ HACER?


Tratamos ahora de ver qué puede y debe hacerse frente a los efectos nocivos que pueden originar las sectas. Es necesario distinguir, en este punto, entre las medidas que puede tomar la sociedad como tal –los poderes públicos-, y lo que pueden hacer los particulares afectados. Por esta razón, se examinan por separado.

a) Sectas y delitos; ¿una normativa sobre sectas?

Sería injusto afirmar que las sectas, en general, son organizaciones delictivas, o que todas ellas son origen de delitos de algún tipo. Por otra parte, sería una insensatez afirmar justo lo contrario: que no hay delito alguno alrededor de las sectas. A lo largo de este libro han ido desfilando varias conductas calificables de delictivas, y se encuentran delitos sin necesidad de ir al extremo del gas sarin o los asesinatos masivos. Lógicamente, el carácter religioso –reconocido o no- de las sectas no las puede librar de la necesidad de hacer frente a las responsabilidades penales y administrativas cuando las hubiere.

De todas maneras, hay que hacer distinciones a la hora de estudiar los delitos en relación con las sectas. En primer lugar, es preciso delimitar responsabilidades, y no confundir los delitos originados por una secta y los que puedan cometer sus afiliados individualmente, bien sea por exceso de celo o bien porque sencillamente se trata de delincuentes. Conviene precisar bien la cuestión: los delitos siempre son atribuibles a personas concretas, no a estidades colectivas (otra cosa son las sanciones administrativas). Pero, en este contexto, se trata de ver si esas conductas delictivas son praxis común del grupo, o son comportamientos instigados de alguna manera por el grupo –que se convierte así, de algún modo, en asociación con fines delictivos-, o bien son realizados al margen de la doctrina y praxis del grupo, aunque el delincuente se haya amparado en la cobertura que puede proporcionar la secta, o tenga una posición relevante dentro de ella. Si éste es el caso, aquí no puede juzgarse el grupo como tal, sino sólo las personas singulares. No podemos olvidar que hasta las mejores familias tienen sus ovejas negras. Habitualmente, para unos ojos verdaderamente imparciales es fácil ver cuándo se está ante una situación u otra. De todas formas, en algún caso puede no ser tan fácil la distinción; basta recordar lo sucedido en ISKCON (“Hare Krishna”) con tipos como Bhaktipada y alguno más, que no estuvieron lejos de convertir a la secta en un nido de gangsters, y pudo ser expulsado por un escaso margen de votos, salvándose así el grupo y su carácter genuino.

En segundo lugar, al hablar aquí de delitos hay que ver de qué delitos se trata. Podría darse el caso en el que la injusticia no estuviera del lado de la secta, sino del lado de la ley. Es una posibilidad que raras veces ocurre, pero ha sucedido alguna vez. Hace pocos años, el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo revocó una condena a un testigo de Jehová griego que había sido inculpado por el curioso delito de “proselitismo ilícito”, tras una conversación de un cuarto de hora con la esposa de un chantre ortodoxo. Y es que Grecia, a pesar de sus continuadas declaraciones de que tiene un régimen de libertad religiosa, tiene de hecho una fuerte discriminación religiosa –en favor de los ortodoxos-, que se refleja en la legislación, e incluso en su constitución, que incluye, en el artículo 13 –dedicado a este tema- la prohibición del proselitismo y la de prestar juramento alguno al margen de la ley, “que fija igualmente los tipos de juramento”. No hace falta ser un experto jurista para darse cuenta de que la sentencia del tribunal europeo es justa, y la ley del país –en este caso, la griega- no lo es. Y tampoco es ésta la única sentencia de la Corte de Estrasburgo contra este país en asuntos de religión.

Un segundo grupo de delitos, que merece una consideración especial, es el que deriva directamente de las convicciones estrictamente religiosas de una secta. Los dos casos más típicos tienen como protagonistas a los testigos de Jehová: la negativa a cumplir el servicio militar, y sobre todo la negativa a las transfusiones de sangre a menores cuando está su vida en peligro. El primer caso incide en la que quizás es la objeción de conciencia más generalizada. En España dejó de ser problema desde que la legislación admitió la objeción de conciencia, y por su parte los testigos admitieron la prestación civil sustitutoria, ya que no iba en contra de sus creencias. De todas formas, en algunos países sigue siendo una cuestión problemática, pues no está reconocida esta posibilidad. Con todo, parece que, al menos en tiempo de paz, la solución más razonable es admitir esa objeción. Desde luego, no puede dudarse de la sinceridad de los testigos de Jehová en este punto, ya que han llegado incluso a ser internados en campos de concentración y asesinados por los nazis alemanes en razón de esta negativa a alistarse. En el otro caso –negativa de transfusiones a niños por parte de sus padres o tutores-, la solución más razonable, y la que se adopta más frecuentemente, parece ser la intervención judicial para salvar la vida al niño autorizando la transfusión –aunque sea en contra de la voluntad de los padres-, a la vez que no se procede contra los padres por su negativa, aunque a tenor de la letra de la ley podría hacerse (por denegación de auxilio, u otro delito semejante). La solución es satisfactoria de este modo para la sociedad, y no parece necesario ni conveniente enviar a la cárcel a personas que, atendiendo a este motivo, pueden tener convicciones erróneas pero no resultan un peligro para la sociedad; de hecho, bastante suelen sufrir ellos mismos al afrontar esta situación. Estas soluciones pueden servir de guía para resolver otros casos más o menos análogos que pueden presentar sectas de menor importancia.

Sin embargo, hay otros comportamientos derivados de la práctica de algunas sectas que merecen un tratamiento distinto. Aquí destacan dos posibles delitos: el intrusismo profesional, sobre todo de la medicina; y el abandono de familia. El primero es un tema delicado. Hay que tener en cuenta que sólo se debe penalizar el curanderismo en sí mismo cuando pretende suplir y no complementar la medicina normal, y que se trata de penalizar solamente los casos graves; en los demás, aunque de derecho sea ilegal ese tipo de prácticas, de hecho hay una cierta tolerancia en la sociedad, y no hay razón para no dar al hecho el mismo tratamiento cuando procede de una secta. Lo mismo cabe decir si los remedios o prácticas de una secta no sólo no curan, sino que dañan. En este sentido, conviene examinar bien cada situación, y llegado el caso es prudente estudiar la cuestión a fondo, como hicieron las autoridades suecas encargando a una comisión médica un estudio sobre la “dianética” de Hubbard (la conclusión fue que ordinariamente no era particularmente perjudicial, pero tampoco servía para nada). Pero, por lo demás, dentro de estos parámetros no hay un motivo razonable por el que no se deban castigar los casos de intrusismo, de modo especial si se demuestra que media un fraude o sse aplican como curativos remedios que dañan gravemente la salud o impiden recibir el remedio oportuno. Además, si por el motivo que sea no es eficaz o procedente la vía penal, siempre debe quedar abierta la vía civil del proceso por reparación de daños, con las consiguientes indemnizaciones.

El abandono de familia es un caso bastante particular. La mayor parte de abandonos de hogar debidos al ingreso en una secta tienen como protagonistas a personas sin responsabilidades familiares y mayores de edad, o sea, jóvenes que dejan la casa paterna para dedicarse por entero al grupo. Esto, guste o no a los padres, en ningún caso puede considerarse delictivo si la marcha ha sido voluntaria, como suele ocurrir. Pero en algún caso se trata también de personas casadas, con esposo/a e incluso hijos menores. ¿Se debe perseguir este abandono cuando se ha debido a convicciones de naturaleza religiosa? La respuesta debe ser afirmativa: se trata de unas obligaciones naturales indeclinables, ni siquiera por motivos religiosos. Pero, a la vez, hay que tener un especial cuidado a la hora de imponer un castigo, ya que con éste se puede causar un serio perjuicio precisamente a quien se trata de proteger: la familia del interesado. De todas formas, por desgracia, estamos ante un delito al que se está prestando poca atención en general, aunque figura en los códigos penales. La mentalidad divorcista tiene mucho que ver en ello; de hecho, la tendencia legislativa conduce a legalizar verdaderos abandonos de familia a través de un divorcio que se está convirtiendo en un trámite realizado a voluntad de una parte. Tenemos así la paradoja de que hay quien pone el grito en el cielo por los abandonos de familia cuando media un motivo religioso –al fin y al cabo noble, aunque equivocado-, mientras que no protesta –o lo considera un avance de la sociedad progresista- si el abandono se debe sencillamente a que ha encontrado una pareja más a su gusto, un motivo evidentemente menos noble. Lo que está claro es que, a pesar de algunos episodios cuanto menos irresponsables alrededor de ciertas sectas, el principal ataque a la familia no proviene hoy en día de grupos religiosos, sino, por el contrario, de sectores más bien irreligiosos y agnósticos. Por el contrario, hay algunas sectas, como los mormones, que se cuentan entre los más firmes defensores de la institución familiar, y en este sentido su contribución a la sociedad es positiva.

Merecen también alguna atención los casos en los que no hay abandono, pero sí incumplimiento de graves deberes hacia los hijos a causa de las creencias de una secta. El problema aparece sobre todo respecto a la omisión de escolarización obligatoria que se presenta en algunos casos. Es una obligación que no debe dejarse de exigir, pero, a la vez, conviene examinar si puede tener arreglo sin necesidad de recurrir al castigo. Se trata de un caso particular de respeto a las minorías. En España, por ejemplo, la presión de las autoridades, obsesiva a veces, para que la educación secundaria sea mixta, ha provocado que casi todas las familias gitanas retiren a sus hijas de los colegios públicos cuando cumplen los catorce años. No sólo se incumplen así las nuevas disposiciones que elevan la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años, sino, sobre todo, supone un serio retroceso en los esfuerzos para la integración social de los miembros de esta raza. Lo razonable aquí es acceder a una demanda de los padres que en sí misma no tiene nada de perjudicial, sino que probablemente tenga ciertas ventajas, pero hoy por hoy no se quiere hablar de ello. Por lo que se ve, no sólo se encuentran prejuicios en el seno de las sectas. Si, en cambio, lo que se produce por la pertenencia a una secta es que hay menores de edad que son confiados por los padres a la custodia de la organización, quizás en una institución en el extranjero, el remedio legal para ello, cuando fallan otros, es retirar la patria potestad a los padres, aunque este recurso debe reservarse para casos verdaderamente graves.

Quedan los delitos que no derivan de las creencias mismas de las sectas, sino de su comportamiento en la práctica. Aquí figuran conductas de todo tipo, y entre ellas los delitos más graves. Es indudable que existen: en estas mismas páginas se ha aludido a unos cuantos, algunos de ellos de particular gravedad. La combinación entre un resurgir de las sectas en los años 70 y 80, el revuelo familiar que algunas trajeron consigo, y el conocimiento público de las masacres debidas a alguna secta y de algún otro caso lamentable –sobre todo de corrupción de menores-, ha generado cierta preocupación, que de la prensa ha pasado en varias ocasiones a los parlamentos. Se han oído allí voces abogando por una ley especial sobre el asunto, que permita vigilar y controlar el fenómeno sectario. Se ha promulgado una ley de este tipo en Japón. Obedece a la “ley del péndulo”: anteriormente, el carácter religioso de un grupo lo hacía prácticamente impermeable a cualquier investigación, y cuando cundió la alarma tras el episodio del metro de Tokio, se pasó al extremo opuesto.

En Europa no se ha llegado a ese paso, pero se han creado comisiones parlamentarias en varios países, sobre todo dos: Francia y Bélgica. Es significativo el que sean precisamente los países en los que el movimiento antisecta tiene más fuerza. En los dos casos se hicieron informes conforme a las teorías manipulativas y los expertos proporcionados sobre todo por el grupo antisecta francés ADFI. Pero en Bélgica, cuyo trabajo comenzó en 1993, varios parlamentarios valones empezaron a ver técnicas manipulativas por todas partes, y en especial en grupos religiosos que se mostraban activos. La lista que elaboraron incluía varios grupos católicos –se había hablado del Opus Dei, pero al final no figuraba; sí lo hacía el movimiento de Renovación Carismática, e incluso un grupo de teatro francés promocionado por eclesiásticos católicos-, protestantes –sobre todo grupos pentecostalistas- y hasta judíos ortodoxos –Baha’i y Satmar Hasidic-. De este modo consiguieron algo difícil de lograr: que protestaran con indignación a la vez la jerarquía católica, las federaciones protestantes y las entidades judías. Así, se puso de manifiesto pronto que lo que se pretendía era inviable, y el ruido que levantó todo el asunto cesó pronto, para quedar prácticamente en nada..

El informe francés, fechado en 1995, ha tenido más trascendencia, precisamente porque en su redacción final resultaba bastante moderado. En primer lugar, los datos son bastante más fidedignos, y tanto la relación de sectas como su catalogación y número de afiliados contienen pocos errores. Pero lo principal es que, a pesar del asesoramiento de los grupos antisecta y de recoger sus consabidos conceptos de manipulación, rechaza sus recomendaciones de crear una legislación particular sobre el tema. Señala, en primer lugar, un “problema de definición”: “secta” es un concepto poco precisado, y por ello poco adecuado para ser convertido en categoría jurídica. Y es que, en efecto, una normativa sobre sectas crearía un serio problema de inseguridad jurídica, al quedar a un juicio personal –de un juez, por ejemplo- que a la postre puede ser fácilmente arbitrario los grupos que deben ser considerados como secta y los que no.

Pero existe una razón más importante. Las leyes sancionadoras señalan conductas, no tipos de personas, con la excepción de algunos casos particulares para determinadas profesiones –policías, funcionarios, médicos, militares, etc.- en sus ámbitos específicos. En los códigos penales las sanciones son para “quien cometa...”, sea quien sea. Ni siquiera el terrorismo, siendo un fenómeno tan peculiar, suele tener un tratamiento diferenciado: se penaliza la pertenencia a un grupo terrorista como “pertenencia a banda armada” o a “asociación de malhechores”. Da igual que sean de un extremo o de otro, que sean separatistas o busquen un “nuevo orden” internacional, que tengan fines políticos o que simplemente busquen su provecho. Se señalan conductas, no personas. En el fondo, en eso consiste la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El caso de los terroristas es ilustrativo. Ahí sí que hay una especial peligrosidad, y a la vez hay una resistencia por parte de los gobiernos de hacer leyes especiales para atajar el mal. La razón es que, de haberlas, se les daría argumentos a los condenados y sus organizaciones para hablar de presos políticos, cuando lo que se quiere es castigarlos simplemente como delincuentes, que es lo que son. Por eso, se oye hablar en ocasiones de endurecer las penas para determinados delitos, pero no de aplicar una categoría delictiva a un tipo determinado de personas o de organizaciones. Es fácil trasladar el ejemplo a las sectas. Aparte de que la mayoría no presenta hechos delictivos, aplicar una normativa particular llevaría a una situación en la que sería difícil defender que no hay “presos religiosos” o que en el fondo no se castiga a nadie por sus ideas en materia religiosa. O sea, supondría una vulneración del principio de libertad religiosa, y una discriminación injusta. En el caso francés, estas consideraciones, que el texto califica a veces de “principios republicanos”, han prevalecido sobre cualquier otro tipo de consideraciones y de presiones. En la tradición anglosajona ni siquiera se plantea el problema. Sencillamente, se sostiene que quien cometa un delito sea sometido a la correspondiente sanción, sea quien sea, indivudual o colectivamente. Como debe ser.

La única victoria lograda por los grupos antisecta franceses en el terreno legislativo es la tendencia a dar entrada a las teorías manipulativas en los artículos del nuevo código penal dedicados al “abuso de debilidad o vulnerabilidad”. Victoria a medias, ya que el informe señala expresamente que “resulta difícil ir más allá en la represión de los métodos de persuasión sin atacar el principio de libertad de expresión”. Nótese que se emplea el término “persuasión”, y no “manipulación” u otro semejante.

La verdadera victoria de grupos como ADFI en Francia ha consistido en crear un clima de opinión a su favor, que incluye a las autoridades. Eso es lo que ha convertido a Francia en un país –posiblemente el único de régimen democrático- antisecta. Se multiplican las inspecciones de varios tipos de entidades –incluidas las de enseñanza- en busca de lo que suene a sectario. Y así, con la actual mayoría socialista los grupos antisecta han conseguido, al menos en parte, lo que no pudieron conseguir cinco años antes, al aprobarse, en la primavera de 2000, una ley que introduce el delito de “manipulación mental”. Todavía está por ver cómo se aplicará. Se puede pronosticar sin arriesgar demasiado que no se aplicará mucho; de lo contrario, podrían aparecer en el banquillo no sólo las sectas, sino todo el que aplique técnicas comunicativas con el fin de convencer, incluidos la prensa y las agencias publicitarias. Y, además, ya han empezado a aparecer otras secuelas, como algunos artículos en los que el autor se pregunta por qué se ha de aplicar sólo a las sectas y no a las religiones establecidas. Se podría responder que, siguiendo el hilo del razonamiento, ¿por qué no se tendría que aplicar también al periódico en el que aparecen los artículos? Por otra parte, una aplicación demasiado entusiasta acabaría pronto en el Tribunal de Estrasburgo, con las previsibles consecuencias humillantes para los franceses

Las protestas surgieron enseguida, y no procedían no sólo de cienciólogos o testigos de Jehová –que, por cierto, organizaron una manifestación en contra, siendo la primera vez que sucedía una cosa así-, sino de las principales religiones establecidas en suelo francés. El portavoz de la Conferencia Episcopal francesa expresaba la preocupación de que “la legítima legislación antisecta pueda convertirse un día en la mecha que encienda la lucha antirreligiosa”. Era una declaración comedida; quizás demasiado, porque lo legítimo no es tanto la legislación, sino la actuación cuando un grupo es delictivo. Pero incidía en el punto central de la cuestión. Más directo y sin rodeos se mostraba el Presidente del Consejo Nacional de Musulmanes: “se puede incluir en una ley antisectas lo que venga en gana”. Toda la propaganda que acompañó al lanzamiento de la ley, aduladora para con las grandes religiones, a la vez que insinuaba que con ella se restringía a quienes podían hacerles sombra, no engañó a aquéllos a quienes se dirigía.

En España se ha notado la influencia francesa. Ya se había creado, a finales de los setenta, una comisión parlamentaria, ante la novedad de la irrupción de las sectas y cierta alarma por adolescentes que dejaban el hogar siguiendo al gurú Maharaj-Ji o a los “Niños de Dios”. Entonces todavía no habían llegado las teorías manipulativas, y se recurrió a la solución más sencilla, justa y eficaz: pedir a la policía que investigara los grupos que fueran sospechosos de cometer actividades delictivas. De ahí surgió el desmantelamiento de sectas como los “Niños de Dios” y “Edelweiss”, el proceso a los cienciólogos y algunas actuaciones más, con verdadero fundamento. Es en los 90 cuando se empiezan a difundir las ideas sobre las técnicas de control mental, y han dejado sentir su influencia sobre todo en el nuevo código penal, de clara ideología secularizante, que considera delictivas las asociaciones que recurren a la violencia para ejercer un control sobre la personalidad. El reflejo, de todos modos, es menor que en la legislación francesa, y, al igual que en el país vecino, todavía está por verse cómo se aplicará, porque, tal como está redactado el artículo, es mucho más aplicable, en términos generales, a grupos como las pandillas callejeras que a las sectas. El problema radica, principalmente, en la ambigüedad del término “control sobre la personalidad”. ¿Qué significa exactamente? ¿Simplemente pretender que se obedezca al líder, o algo más?

En nuestros tribunales hay asimismo algún caso interesante. Ya nos hemos referido al caso de la desprogramación de los adeptos a la secta CIES. Hay algún caso más, que muestra las disparidades de criterio que puede haber sobre este tema. En 1995, una mujer presentó una demanda de separación alegando “dejación de las obligaciones familiares” por haber ingresado el marido en el llamado Movimiento Gnóstico Cristiano Universal. Se trata de una secta de no muy grande implantación –quizás haya podido llegar al millar de adeptos en España, pero sus disensiones internas lo han debilitado mucho-, que defiende la “Gran Religión Cósmica Universal”*. Pretende enlazar con el gnosticismo de la época apostólica, y mezcla en un sincretismo elementos cristianos bastante desfigurados con otros procedentes de una multitud de religiones, especialmente antiguas. Es una secta esotérica, que busca la “autosalvación” por medio de la gnosis, y sus ceremonias incluyen una “misa gnóstica”. Su único peligro proviene de una exaltación del sexo –con una “magia sexual”, que llaman “maithuna”, no exenta de sibaritismos-, pero eso no apareció por ninguna parte en los párrafos de las sentencias, aunque se trataba de un elemento central, ya que declaran que “los Cuatro Evangelios son gnósticos y no se pueden entender sin el Maithuna”. En primera instancia, el juez confió los hijos a la madre y estableció un régimen de visitas del padre –como suele ser habitual-, aunque añadió, quizás sabiendo el tipo de “magia” que empleaba, que el padre no podía hacer partícipes a sus hijos de sus creencias ni de sus ritos. Cuando subió a la Audiencia de Valencia, apareció el “equipo psicosocial”, que enseguida calificó la secta de “destructiva” con toda la parafernalia ideológica del movimiento antisecta. El tribunal, basándose en su informe, recortó considerablemente el régimen de visitas. El asunto acabó en el Tribunal Constitucional, que falló en junio de 2000. En su sentencia, anuló las restricciones de la Audiencia, pues “constriñen indebidamente la libertad de creencias”. Más interesante aún es que señalaba que el movimiento se había considerado peligroso sin que se acreditara suficientemente esta calificación. Al final, resulta que el único peligro real para la edicación de los hijos quedaba soslayado, y se le sustituía por los tópicos habituales de la “psicología” antisecta, que no resistían un análisis serio. A más pequeña escala, parece que se está repitiendo la historia estadounidense.

Pero, ¿son numerosos los delitos graves por parte de las sectas? En conjunto, no parecen un colectivo excesivamente peligroso en este aspecto. Los archivos judiciales muestran que el delito más frecuente es el fiscal; en algún caso, quizás se cometa incluso de buena fe, en la creencia de que el carácter religioso del grupo exime de tributación a sus negocios. En cualquier caso, este tipo de delitos parece que se resuelve fácilmente con una buena inspección fiscal, y tiene poco que ver con posibles efectos negativos para los miembros del grupo. Por lo demás, algunas sectas –pocas- sí pueden ser fuente de conductas más graves, y, por este motivo, resulta razonable contar en la policía con algún experto en la materia, que, en primer lugar, sepa distinguir dónde puede haber un grupo o un chiflado verdaderamente peligroso, o dónde puede esconderse un grupo de delincuentes bajo una tapadera religiosa o pseudorreligiosa, y sepa cómo actuar en esos casos. Resulta significativo que las policías, que en materia de delitos suelen ser muy realistas, señalan siempre o casi siempre como las sectas más peligrosas a las satánicas, mientras que el movimiento antisecta parecen prestar poca atención a este tipo de grupos. Como también lo es que insistan únicamente en las supuestas técnicas de control mental, sin que aludan para nada a aspectos como el consumo de drogas o la promiscuidad, que se encuentran en algunas sectas y son verdaderamente aspectos perjudiciales.

La experiencia española muestra que resulta eficaz lo verdaderamente procedente: no crear leyes especiales o crear una alarma que a la postre beneficia a las mismas sectas, sino sencillamente que la policía investigue a las entidades sobre las que hay fundadas sospechas de comisión de delitos. Cuando así se hizo, se procedió contra las que verdaderamente incurrían en delitos, y la cuestión de las sectas se apaciguó en la sociedad, así como el desarrollo mismo de los grupos sectarios. Al fin y al cabo, se procedió con el arma que verdaderamente funciona: la verdad. Se pusieron en conocimiento público, y de los fiscales, hechos, no teorías. Y, cuando alguno de los procesos a que este tipo de investigación da origen suscita el interés de la prensa y la opinión pública, se pone de manifiesto que el mejor antídoto contra los delirios de algún líder sectario es informar con veracidad, relatando qué sucede en la realidad, en vez de dejar la cuestión en manos de unos “expertos” que enseguida se muestran –y se nota- al menos tan ideologizados como aquéllos a quienes pretenden combatir.

En el Parlamento europeo, franceses y belgas han intentado que la Unión Europea siga sus pasos. Los belgas, más virulentos, incluso han insinuado con sonrisas irónicas a sus colegas de otros países –Alemania, en particular- que “quizás” estén ellos mismos “infiltrados por las sectas”, lo que sólo ha servido para confirmar el rechazo de los representantes de los demás países a sus propuestas. Y fue precisamente un francés, Pradier, quien puso el dedo en la llaga con la cuestión de las sectas, al señalar que “nadie ha pensado en mencionar que nuestras sociedades no proporcionan ninguna respuesta a las necesidades irreprimibles de trascendencia o a la angustia metafísica que es parte constitutiva de la condición humana. El destino que se nos propone no responde a ninguna de estas exigencias: como mucho se nos propone comprar otro vehículo o ser más eficaz en el mercado de trabajo. (...) Milito en una organización que durante siglos se ha visto perseguida como secta particularmente peligrosa y que sin embargo ha conformado el carácter de Occidente (...) y se llama Cristianismo. (...) Esto representa una caza de brujas que comienza a adoptar dimensiones preocupantes. (...) Si existen sectas que asesinan a niños pequeños en sus ceremonias religiosas, existen también leyes, reglamentos, administraciones para todos aquéllos cualquiera que sea su pertenencia, secta o no, que incurran en actos ilegales, criminales, inmorales. Es necesario perseguirles judicialmente, juzgarles y condenarles. Entretanto, temo que lo «políticamente correcto» dé lugar a persecuciones que confundan a todos en un mismo montón”. Chapeau!

b) Encuentro con las sectas

Es una idea generalizada el que las sectas realizan un proselitismo especialmente activo. La verdad es que esto es cierto en algunos casos, y en otros no. Lógicamente, las que han experimentado un fuerte crecimiento en pocos años deben tener algo que explique esa expansión. En el caso de las de origen cristiano sí suele ocurrir que sus miembros sean activos propagadores. Así sucede con los dos grupos más numerosos, tanto en el mundo como en España: los testigos de Jehová y los mormones. Con estilos diferentes, coinciden en utilizar lo que podríamos denominar “abordaje callejero”, aunque también, en el caso de los testigos sobre todo, se utilizan las visitas domiciliarias. En cualquier caso, suele tratarse de un encuentro imprevisto. ¿Cómo reaccionar?

De entrada, siempre es inconveniente la respuesta grosera. En primer lugar, porque no honra a quien la emplea. Y, además, porque reafirma al sectario en sus convicciones, y quién sabe si en su hostilidad hacia la Iglesia. Lo más natural es una amable respuesta de rechazo; quizás con humor, como la de aquél que, ante la presentación de la pareja de mormones como la “Iglesia de los Santos de los Últimos Días”, les dio su tarjeta pidiéndoles por favor que no dejasen de llamarle cuando llegaran los últimos días. Pero también hay quien quiere dialogar. A veces, por la convicción de que hay que oír a todos antes de formarse un juicio; otras, por el simple gusto de discutir; y no falta quien se toma la cuestión como una especie de deporte intelectual, intentando “pescarles en un renuncio” que les pudiera dejar confundidos.

Las argumentaciones con que se encuentran no son, evidentemente, siempre exactamente iguales, pero suele haber unos patrones marcados. Los testigos de Jehová se basan siempre en citas bíblicas –de “su” Biblia, con algunas deformaciones en la traducción-; su libro preferido, a tenor con su carácter, es el Apocalipsis (al que aluden con la traducción del término griego, “Revelación”). Los pasajes favoritos son el capítulo 7, en donde se encuentra una distinción entre los ciento cuarenta y cuatro mil “sellados” y otra “gran multitud” de salvados; el 20 –lugar común de muchas sectas-, en el que se alude al milenio del reinado de Cristo y los suyos; y el 21, en el que se habla del “cielo nuevo y la tierra nueva”. En realidad, el capítulo 7 hace una distinción simbólica, dentro de los salvados, entre judíos y gentiles, como se pone de manifiesto en el texto mismo, y resulta forzada una interpretación que trate de deducir destinos distintos para cada grupo; igualmente forzado es sostener esa tesis con el capítulo 21, ya que el texto es bastante claro en señalar que cielos y tierra nuevos son conjuntamente para todos los hombres que salgan favorecidos del juicio divino; El capítulo 20 es de los de significado más oscuro en lo que toca al milenio, y se han dado varias interpretaciones, siendo la más probable la de que trata de la expansión del cristianismo. En todo caso, no hay que olvidar que se trata probablemente del libro bíblico de más difícil interpretación, por su gran carga de simbolismos.

Los mormones, por su parte, acuden con el libro de Mormón, en el que tienen prefijados algunos pasajes a este efecto. Se trata de algunos versículos que tratan de la fe, como este de Alma 32, 27: “Mas he aquí, si despertáis y aviváis vuestras facultades hasta experimentar con mis palabras y ejercitáis un poco de fe, sí, aunque no sea más que un deseo de creer, dejad que este deseo obre en vosotros, sí, hasta creer de tal modo que deis cabida a una porción de mis palabras”; o este otro de Moroni 10, 4: “Y cuando recibáis estas cosas, quisiera exhortaros a que preguntéis a Dios el Eterno Padre, en el nombre de Cristo, si no son verdaderas estas cosas; y si pedís con un corazón sincero, con verdadera intención, teniendo fe en Cristo, él os manifestará la verdad de ellas por el poder del Espíritu Santo”. O sea, el argumento viene a ser algo así como: “si puede avivar la fe en Jesucristo que tiene usted algo dormida, crea en nosotros; ¿por qué no?” El caso es que hay bastantes razones para no hacerlo, pero el interpelado no suele conocer ninguna de ellas.

De todo esto se puede deducir que el truco –si se le puede llamar así- consiste en entablar un diálogo sobre algo que la otra parte desconoce prácticamente por completo. De hecho, cuando se muestra que no es así y sí que se conoce, se suelen retirar de la conversación. Aunque esto ocurre pocas veces: casi nadie conoce las claves de la exégesis del Apocalipsis –al fin y al cabo una cuestión muy marginal para un católico-, y menos todavía las escrituras mormónicas. Por eso, habitualmente no se encuentran razones para contradecir sus argumentos. Puede concluirse así que es poco sensato entablar este tipo de conversaciones si no se conoce previamente la doctrina que la secta proclama, al menos a grandes rasgos. O es un diálogo de sordos, o uno es llevado al terreno deseado por la otra parte, del que desconoce casi todo. Y aquí, aun en el caso de que el riesgo sea mínimo, se arriesga algo valioso, como es la fe, a cambio de nada. Una vez más, se pone de manifiesto cuál es el auténtico antídoto contra las sectas: la información veraz, la verdad.

La formación, en especial el conocimiento de la doctrina, es especialmente importante ante grupos cuya táctica es parasitar del catolicismo, presentándose como “el cristianismo auténtico”. En honor a la verdad, hay que afirmar que en este terreno las sectas, al menos las dos que hemos traído aquí a colación, de una u otra manera marcan diferencias desde el principio. Este tipo de táctica corresponde sobre todo a grupos del protestantismo evangélico, que envían todo tipo de propaganda, en forma de revistas de distribución gratuita (por buzones, normalmente), programas de radio y hasta de televisión (en España, no se les autoriza a poner anuncios televisivos en cadenas públicas), con una predicación bien calculada para que la pueda suscribir un católico. Sólo conforme se integra en el grupo se va poco a poco desvelando que no es lo mismo, y, en bastantes ocasiones, que hay también una marcada hostilidad hacia la Iglesia Católica. Son precisamente estos grupos los que constituyen el principal sector, dentro del protestantismo, que no quiere saber nada de ecumenismo ni de diálogo ecuménico. Y son estos procedimientos –éticamente cuestionables- los causantes de que en numerosas ocasiones no se distinga bien a estos grupos de las sectas.

Hay otras sectas que se promocionan con una propaganda que, en principio, no es de tipo religioso, sino de técnicas para conseguir el bienestar físico y, sobre todo, mental. La cienciología y Meditación Trascendental son aquí el paradigma. La mayor parte de la gente que se inscribe en alguna actividad de este tipo lo hace “por probar”, quizás cuando otras fórmulas no han dado resultado. Parece que, en un principio, se arriesga poco –la modesta cantidad que suele valer el primer curso-, a cambio de la posibilidad de ganar mucho, por lo que vale la pena intentarlo. Y, como los primeros resultados tienen algo de satisfactorio, dejan la impresión de que compensa seguir con el método. Se entra así en un mecanismo parecido al del póker: cuanto más se ha apostado más cuesta dejar la partida, a pesar de que se ve que cada vez la jugada tiene peor pronóstico. Independientemente de que bajo la máscara técnica se oculte una religión (en los dos grupos citados es así; en otros, quizás no), el planteamiento está viciado desde el principio. Se arriesga algo más que unos pocos billetes. Con la salud física puede haber placebos, productos inocuos que parecen curar y en realidad dejan al sujeto igual, pero con la salud y el bienestar mental no suele haber cosas indiferentes: o sirven para mejorar, o para empeorar, aunque por desgracia esto último no suele ponerse de manifiesto inicialmente. Es algo con lo que no se puede jugar, y es un error que puede causar funestas consecuencias pensar que con una pura mecánica o una pura química se pueden curar los males del espíritu y conseguir una felicidad placentera estable. Quienes se introducen en el mundo de las drogas tienen experiencia de ello. Por ello, es una seria imprudencia, aunque se pretenda únicamente experimentar una técnicas de relajación, hacer pruebas de este tipo sin saber bien dónde se mete uno. Y así, llegamos a lo mismo: es necesario informarse, y conocer la verdad sobre esas instituciones, incluido, si es el caso, qué hay detrás de lo que parece una aséptica terapia, y no es más que un curanderismo, quizás sofisticado y revestido de modernidad. También debieron parecer muy modernos en su tiempo los vendedores ambulantes de elixires milagrosos. Sean del tipo que sea, la mejor arma contra las sectas es la información, la verdad.

Hasta aquí, la casuística más frecuente. Hay, por supuesto, otras motivaciones, y no todas las sectas hacen propaganda. Varias, por el contrario, son elitistas, al menos pretendidamente, que exigen condiciones y avales para el ingreso. No podemos detenernos en todas. Pero sí insistir en la necesidad de saber a dónde vamos o a dónde nos han invitado a ir. Es una medida de elemental prudencia, pero a veces se olvida con facilidad.

c) “Se lo han llevado...”

Esta última sección está dedicada a lo que se puede hacer cuando un hijo, un familiar, un amigo, ha ingresado en una secta, quizás con un distanciamiento de quienes hasta ese momento constituían su entorno familiar y social. Nos centraremos en el caso de los padres. ¿Qué se puede hacer?

En primer lugar, un buen consejo es olvidarse del título del apartado. Es mucho más realista partir del hecho de que se ha ido. Descargar la responsabilidad de todo sobre “ellos” es casi siempre un expediente demasiado simplista, y, sobre todo, incomprometido. Los grupos antisecta se han estructurado –y siguen contando como su principal clientela- sobre padres que han partido de que “se lo han llevado” como una premisa incontestable, y de ahí han salido todas esas teorías de la manipulación mental, que tienen la sospechosa característica de exonerar de toda responsabilidad a esos allegados al sectario.

Es un mal comienzo, aunque por desgracia esté muy extendido. En efecto, resulta sorprendente hasta qué punto se buscan, ante la conducta negativa del hijo o la hija, explicaciones que no implican para nada a los padres y la educación que han impartido. Se culpa a “esos amigos que se ha echado” (como hacen los respectivos padres), o se buscan soluciones técnicas a problemas de educación y humanos, como el bajo rendimiento académico, cuando la vagancia explica muchos más fracasos escolares que la dislexia –pongamos por ejemplo-, y es un problema humano que tiene que ver más con la formación de la voluntad que con la aplicación de cualesquiera técnicas, aunque éstas pueden echar una mano. “Pero él/ella no ha podido hacer eso, ¡si lo conoceremos bien, que somos sus padres!”. Coincide, como ya se señalaba anteriormente, con lo que declaran los comisarios de policía cuando tienen que llamar a unos padres porque el hijo se ha visto implicado en un incidente serio: “la reacción de los padres es siempre de incredulidad”. Hace pocos meses saltó a la prensa el caso de un chico implicado en actividades terroristas; en este caso los padres eran policías, pero incluso siendo así la madre declaraba que “es un chico idealista, no un independentista radical” y que “es un hijo buenísimo, trabaja y además estudia”, pero pronto se puso en evidencia que lo estudiado eran los movimientos de los colegas de su padre y los manuales de la policía. Incluso, sin llegar tan lejos, es la reacción más común cuando llaman de unos grandes almacenes a unos padres para decirles que han sorprendido a su hijo/a adolescente hurtando. No, no les conocen tan bien. A veces, la experiencia muestra que les conocen menos que otras personas, con quienes en realidad comparten en mayor grado su intimidad. Y, en todo caso, nadie acaba de conocer del todo lo que hay en el interior de una persona, ni puede pronosticar con absoluta seguridad las decisiones que vaya a tomar.

Se oyen decir, cuando suceden estos casos, cosas como ésta: “no ha podido ser él/ella: ¡pero si le hemos dado todo!”. Esta última frase merece que nos detengamos en ella. ¿Qué significa aquí “todo”? ¿Hay que entender “todo lo que se puede comprar con dinero”? Lo que es imperiosamente necesario entender es que eso no es “todo”. Ni siquiera es lo principal. La juventud es el momento de la vida en el que se comienza a ser un ser adulto, capaz de tomar decisiones propias y, por primera vez, de orientar la existencia. Por eso, a pesar de que a veces no lo parece, es necesariamente una edad en la que más tarde o más temprano aparecen las cuestiones sobre el sentido mismo de la vida. Así como también, en el lado afectivo, aparece también un corazón deseoso de encontrar alguien o algo que pueda llenarlo. Es pues la época del despertar de los ideales, porque el espíritu humano adquiere en este época todas sus dimensiones. A la vez, es una época de inexperiencia, y por tanto de inseguridad, más o menos disimulada según los casos, pero real. Por tanto, se necesitan apoyos en otras personas para buscar el ideal en el que se sitúa el sentido último de la vida: hacen falta modelos. Si no los encuentra en casa, los buscará fuera. Y esta carencia hace al hijo o la hija muy vulnerables a las influencias exteriores, que pueden ser de todo tipo. Incluidas, por supuesto, las de una secta.

Resulta así necesario hacer un examen de conciencia, viendo si efectivamente se ha ofrecido una educación bien centrada en el sentido de la vida. Esto quiere decir una formación religiosa: sólo la religión presenta la respuesta sobre el fin último y la trascendencia. Con frecuencia, la razón fundamental del ingreso de un joven en una secta es que sólo en ella se ha encontrado una religiosidad que va más allá del cumplimiento superficial de la asistencia a unos ritos sin repercusión en la vida diaria. La desgracia que puede suponer la marcha de un hijo a una secta tendría que hacer recapacitar sobre el sentido que se da a la propia vida y el que se transmite; de un modo u otro, nunca deja de transmitirse de padres a hijos. También, y en relación con esto, conviene ver si se ha empleado la dedicación necesaria en la educación de los hijos, lo que siempre es sacrificado, o si ha habido descuidos, limitando las intervenciones a la aparición de situaciones problemáticas y poco más. Lo malo es que, conforme crece el hijo o la hija, la entrada en escena de un problema significa cada vez más que se ha llegado tarde.

De todas formas, no se puede caer en el extremo contrario, creándose un agobiantre sentido de culpabilidad, que a la postre resulta estéril. No se puede olvidar que las personas son libres, y los responsables de sus propias decisiones. Y, además, aquí es absolutamente necesaria la serenidad. Una madre que reaccione con una postura de sollozante tragedia cada vez que la llama el hijo o la hija miembro de una secta, de forma que éste/a sólo escuche un disco rayado compuesto de llorosos “¿cómo nos has podido hacer esto?” seguidos de insultos a la secta (“¡han sido esos sinvergüenzas que...!”), sólo conseguirá que se le quiten las ganas de volver a llamar, para luego echar la culpa a la secta de ello (“es que no lo/la dejan...”). El mismo resultado se consigue con un padre que se pone furioso, o que pretende ejercer una autoridad, cuando el hijo es mayor de edad desde hace tiempo, que no quiso o no supo ejercer correctamente en su momento. Si lo que hacen es acudir a una organización antisecta e intentan por todos los medios –incluido quizás el engaño- que se entreviste con un “desprogramador”, posiblemente están jugándose la relación con el hijo o la hija a una sola carta. Y, aun en el caso de que se salgan con la suya, lo más probable es que el hijo o la hija, si salen de la secta, sea para convertirse en escépticos sin ideales: se resuelve así un problema sentando las bases para problemas futuros de otro tipo, y posiblemente no de menor gravedad.

Esto no significa, ni mucho menos, que no se pueda ni se deba hacer nada. Una vez serenados, los padres deben intentar comprender a su hijo, qué ha hecho y por qué. Esto implica, como ya se ha mencionado, analizar las posibles carencias en su educación y en su entorno familiar, y cómo se le ha tratado (por ejemplo, es frecuente que un hijo sobreprotegido y tratado como menor acumule ganas de romper con esa situación de manera radical). Pero también supone un esfuerzo por conocer el grupo sectario, sus ideas, su modo de vida y de pensar; conviene informarse bien, con la mayor objetividad posible, de forma que, cuando se hable con el hijo o la hija, pueda haber un espacio común de diálogo, porque entienda que sus padres comprenden, aunque no compartan, el paso que ha dado. En caso contrario, es de temer que el diálogo, en caso de que llegue a existir, sea de sordos. A la vez, la información debe incluir la crítica: cuáles son los puntos menos razonables, más desatinados, más fácilmente criticables.

Es muy conveniente hacer ver al hijo o la hija que por su parte no van a romper relaciones por el ingreso en la secta, e incluso que se respeta su decisión, aunque, lógicamente, no se esté de acuerdo con ella, y, por supuesto, que los padres siguen queriendo al hijo o la hija. Hay que intentar evitar la pura discusión, que normalmente no conduce sino a que cada parte se reafirme en su postura. Junto con ello, un aspecto importante a tener en cuenta es que, así como el proceso que le ha llevado a la secta no ha sido instantáneo –cosa distinta es que para los padres haya sido una noticia repentina e inesperada-, tampoco lo será el dejarla. La precipitación y los impulsos anímicos hay que dejarlos a un lado. También la actitud de hablar mucho y escuchar poco; lo mejor es precisamente lo contrario. En cambio, preguntar es un buen camino, si se piensa bien qué preguntar. Incidiendo así con cuestiones en aspectos más débiles de la secta, y quizás con un breve comentario en el que implícitamente se invita a reflexionar sobre un punto u otro, se consigue mucho más que intentando hacer demostraciones exhaustivas, aunque se requiera una buena dosis de paciencia. Poco a poco se irá creando un clima de confianza, como quizás no lo había habido antes, que permita una conversación más pausada.

A la vez, de la mejor manera posible, es también muy interesante reconocer que lo que ha hecho el hijo ha hecho recapacitar también a los padres, de forma que se dan cuenta de cosas que no han hecho bien, o que han omitido. No se trata de un “meaculpismo” dramatizado, sino de algunas serenas observaciones en una conversación que hay que procurar que sea distendida. Pero tampoco debe ser un fingimiento. La marcha de un hijo a una secta debe provocar en los padres, si quieren reaccionar con autenticidad, una reflexión sobre su comportamiento; sobre todo, sobre el papel que ha jugado la fe en su vida.

Es asimismo importante procurar no herir orgullos. A nadie le agrada reconocer que ha sucumbido con armas y bagajes a lo que no es más que un camelo. Por eso, está de más la pretensión de que reconozca explícitamente que ha hecho una idiotez. Ya lo reconocerá él o ella por su cuenta cuando llegue el momento. Mientras tanto, sobra insistir en “argumentos” del estilo de que ha hecho el tonto, de que se ha dejado engañar ingenuamente, de que ha demostrado tener poco talento, de que está siendo manejado o tratado como un chiquillo. No existe mejor fórmula para provocar la exasperación, y cerrar así en falso todo posible diálogo. Complementaria de esta actitud es la de tragar el orgullo propio. Muchas indignaciones provienen, más que de un amor sincero por el hijo, de la idea de que ha hecho caso a unos extraños impresentables en vez de hacérselo a ellos, que son sus padres. Es comprensible esta postura, pero no deseable: es orgullo, orgullo herido si se quiere, que no es bueno y es fuente de choques y conflictos.

El hijo tiene que acabar viendo así en sus padres la autenticidad que ha buscado equivocadamente en otro lugar. No la encontrará, en cambio, si ve que el motivo del desasosiego familiar no es tanto el error que ha cometido, como el hecho de haberse frustrado los planes paternos para con el hijo o la hija. Esa falta de desprendimiento del descendiente tiene bastante de egoísmo, aunque se disfrace de cariño y de la machacona idea de que todo es por su bien. Su bien es algo que tiene que lograr por sí mismo a través de decisiones acertadas. En este sentido, tiene que estar claro que el disgusto es por haber ido al lugar equivocado, no por haberse ido; si hubiera ido a un sitio acertado, siguiendo una legítima vocación, podría no gustar, pero tomarlo como una desgracia estaría fuera de lugar.

Se trata, de esta manera, de hacer reflexionar, de forma que se vaya dando cuenta de que el paso dado ha sido equivocado, si bien ha obedecido a una legítima ilusión. No se trata, en cambio, de pedir cuentas de lo que vaya pensando. Queda en la intimidad de las personas, y, en este sentido, la confianza no se impone: hay que ganarla. Y hay que contar con el tiempo, poco o mucho. Aunque no se consiguiera nada, no habría que pensar que todo está perdido, pues no es así: siempre se puede volver, y quizás el día menos pensado, ante acontecimientos imprevisibles, se abran paso unos consejos que parecían haberse olvidado pero que siempre estaban ahí esperando su momento. Y, a la espera de que eso ocurra –lo que es probable si se hacen bien las cosas-, el hijo o la hija deben saber que tienen unos seres queridos que le esperan con ilusión y ganas de ayudar.

Con las necesarias adaptaciones, puede decirse algo análogo cuando quien ha seguido a una secta es un hermano o un amigo. Es entonces cuando más necesita una ayuda que quizás no quiera de momento aceptar. Pero, pacientemente, se puede lograr que reconsidere sus decisiones cuando se ponen unos medios que se pueden resumir en dos: amor a las personas, y amor a la verdad.
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