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Nunca sabe un hombre
de lo que es capaz
hasta que lo intenta.
Charles Dickens

 

No somos héroes

Quizá recuerdes aquella gran película protagonizada por Orson Welles que se titula “El tercer hombre”.

Una gran noria gira lentamente sobre los tejados de una Viena de posguerra, bombardeada y ocupada por las fuerzas internacionales, mientras debajo, como puntos lejanos, unos niños se entretienen en sus juegos.

El protagonista de la película es un adulterador de penicilina sin escrúpulos. Desde lo alto de la noria, su amigo le pregunta si ha llegado a ver personalmente la desgracia de alguna de sus víctimas, y este le contesta cínicamente: «No me resulta agradable hablar de eso. ¿Víctimas? ¡No seas melodramático! Mira ahí abajo: ¿sentirías compasión por algunos puntitos negros si dejaran de moverse? ¿Si te ofrecieran veinte mil dólares por cada puntito que se parara, me dirías que me guardase mi dinero..., o empezarías a calcular los puntitos que serías capaz de parar tú? Y... libre de impuestos. ¡Libre de impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero...»

«Antes creías en Dios», le recordó su amigo.

El protagonista reflexionó un momento y dijo: «¡Y sigo creyendo en Dios, amigo! Creo en Dios y en su misericordia; pero creo que los muertos están mejor que nosotros: ¡para lo que han dejado aquí...!».

Afortunadamente, son pocos los que llegan a ese grado de cinismo. Pero, salvando las distancias, todos corremos el riesgo de ser seducidos por esa especie de ética de la normalidad, cuyos eslóganes más emblemáticos podrían ser “eso es lo normal, lo hace todo el mundo”, “hoy día ya nadie piensa así”, “no hay que complicarse la vida”, “la vida es así, qué le vamos a hacer”, u otros semejantes.

“No somos héroes”, podría ser la consigna de los representantes de esta mentalidad. Una seducción que, de una forma o de otra, todos experimentamos de vez en cuando. Y quizá entonces, como al tercer hombre, nos asalta ese pensamiento: “No nos pongamos melodramáticos...”, y apartamos la vista de aquello que no hacemos bien.

En esas ocasiones se comprueba que para llevar una vida coherente y moral, hace falta a veces un cierto grado de heroísmo. Para acabar con la esclavitud, o con la tortura, o con la segregación racial, por citar tres ejemplos no muy lejanos, hubo un tiempo en que muchos hombres tuvieron que actuar contracorriente, con heroísmo. Y esto es aplicable a cuestiones grandes o pequeñas, porque pocos logros morales pueden alcanzarse sin esfuerzo.

 

Razones para obrar en la adversidad

Afortunadamente, han quedado muy atrás aquellos moralismos austeros de otros tiempos, con esa exagerada exaltación del sacrificio y con desproporcionados sentimientos de culpa. Ahora, sin embargo, habría que preguntarse: ¿es posible vivir rectamente sin sacrificio y sin una adecuada noción de culpa?

Es verdad que, habitualmente, la generosidad es preferible al egoísmo. Y que, al menos a largo plazo, el camino de la virtud es más atractivo que el camino del vicio. Pero esto no siempre aparece así de claro. Y es precisamente en esas situaciones, en las que lo bueno se nos presenta rodeado de inconvenientes, y en cambio lo malo aparece ante nosotros con un enorme atractivo, es entonces cuando la ética se hace más necesaria. Y esa ética debe ofrecer razones para obrar en la adversidad. Ahí está el punto débil de esa ética light que se niega a exigir el suficiente nivel de sacrificio: que luego nos deja en la estacada precisamente cuando más la necesitamos.

¿Quién no se ha encontrado en el dilema de tener que elegir entre pasar por un pobre escrupuloso o bien ceder ante el dinero fácil, la mujer del vecino o la seducción de la mentira?

Se trata de situaciones que pueden presentarse a cualquiera, antes o después, con mayor o menor frecuencia. En esos momentos, la tentación siempre nos invita, sonriente, a superar prejuicios y estrecheces morales. Y será bien fácil que nos seduzca si el propio discurso moral se reduce a corrección, buena voluntad, decencia..., pero ni el más pequeño sacrificio.

Sin embargo, el sacrificio es el gran tema de la ética. Es una ingenuidad pensar que se puede amar a alguien, repartir bienes escasos, respetar ideas distintas o proteger el medio ambiente..., sin sacrificio. Toda existencia auténtica topa en no pocas ocasiones con la contrariedad del bien arduo, pues no siempre coincide lo bueno con lo que más va en nuestro provecho o nuestro interés.

—Estás describiendo la ética como algo muy cuesta arriba...

Hay cuestas arriba, pero efectivamente no quisiera teñir la virtud de un aspecto hosco o antipático. La excelencia moral nunca debe perder su verdadero rostro, que es siempre amable y liberador. Además, la virtud es un hábito bueno, y como tal, facilita los actos buenos y permite una atenuación progresiva del esfuerzo.

 

¿Un talante negativo?

—Muchos tienen la impresión de que la Iglesia lanza continuamente mensajes negativos, de prohibiciones y de reacciones defensivas.

Esa impresión varía mucho según las diferentes culturas de las naciones. En tiempos de la opresión comunista en la Europa del Este, la opinión pública percibía que la Iglesia anunciaba un mensaje de libertad, que transmitía una energía que también comunicaba fuerza a los no creyentes y les inspiraba grandes valores. También en África se ve la Iglesia como una gran fuerza dinámica que sale en defensa de los derechos de todos y hace frente a las situaciones de injusticia y corrupción del Estado. La Iglesia es también el mejor valedor del Tercer Mundo, donde emprende numerosísimas iniciativas y promueve sus derechos y libertades. Y en Latinoamérica la perspectiva es también otra. Quiero decir con esto que si en Centroeuropa se ve a la Iglesia como una instancia severa, quizá se debe a que precisamente ahí es donde denuncia muchas cosas que gran parte de la sociedad ha aceptado solo porque le resulta más cómodo.

Cuando la Iglesia habla, algunos solo conservan en su memoria alguna prohibición moral —casi siempre en materia de sexo—, y les queda la impresión de que la Iglesia solo se ocupa de juzgar y restringir la vida. Esto puede suceder por falta de acierto en algunas explicaciones, o por el enfoque o la selección de noticias que hacen los medios de comunicación, o por lo que sea. Pero las prohibiciones encuentran su sentido dentro de un contexto más amplio y positivo, al que lamentablemente se presta menos atención.

 

¿Y si se cediera un poco?

—¿Y no sería mejor que la Iglesia cediera un poco en unos cuantos de esos detalles que a la gente le cuesta más asumir?

La Iglesia no puede ceder en cuestiones de fe. Además, no resolvería nada: ahí está, como prueba, la experiencia de muchas de las iglesias protestantes, que tomaron hace ya tiempo una opción muy condescendiente en todas las cuestiones morales más debatidas, y el resultado ha hecho evidente que sus problemas no se han resuelto, ni han disminuido, por aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite. Esas “soluciones” no han hecho más atractivo el Evangelio, ni han hecho más fácil ser cristiano, ni les han mantenido más unidos. Tener claro esto es importante para no equivocar el diagnóstico de lo que sucede.

Por eso es una lástima que en muchos ambientes (a veces, por desgracia, también en algunos círculos eclesiásticos), se centre el análisis y el debate siempre en el intento de cesiones en esos mismos puntos: el celibato opcional, la ordenación de mujeres, el matrimonio de los divorciados, el uso de preservativos, etc. Y es una pena que se orillen en cambio muchas otras cuestiones de mayor preocupación para la Iglesia y que apenas suelen tomar en consideración: por ejemplo, qué podríamos hacer, como cristianos, para explicar nuestra fe al ochenta por ciento de la humanidad que espera aún el anuncio del Evangelio; qué podríamos hacer para contribuir más a resolver los grandes retos morales que tiene la sociedad de hoy; o qué podríamos hacer para aliviar el sufrimiento que produce en tantos hombres su alejamiento de Dios y de la verdad.

La solución no está en ese catolicismo débil que adopta una cobarde estrategia de repliegue, de capitulación constante hasta en lo que más atañe a sus convicciones, de miedo a expresar su fe con voz alta y clara. Es triste escuchar sus declaraciones sinuosas, elusivas, vergonzantes, cuando se les inquiere sobre sus certezas religiosas; o asistir a la declinación de esas certezas si la conveniencia así lo exige; o ver su actitud acoquinada, achantada, resignada a aceptar cualquier veredicto supuestamente mayoritario. No puede fundamentarse la fe sobre cimientos tan medrosos y claudicantes.

Siempre y en todas partes, el Evangelio será un desafío para la debilidad humana, y en ese desafío está toda su fuerza. A pesar de todas las flaquezas de los hombres, la Iglesia debe continuar incansable en su tarea.

 

Alfonso Aguiló

 

 
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