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Si existen dos actitudes morales

que nuestro tiempo necesita con urgencia

son el autocontrol y el altruismo.

Daniel Goleman
Rasgos de su carácter

Todo lo que digamos sobre las características generales de un chico de diez o doce años serán..., eso, generalidades. Pero es útil pararse a analizarlas, introducirse en la profundidad y riqueza de su carácter, lograr sintonizar con la frecuencia de su efervescente personalidad, porque es algo clave para acertar en su educación.

Ciertamente, las circunstancias en que se ha desarrollado la vida de cada niño condicionan bastante su forma de ser y su carácter, pero hay todo un conjunto de rasgos que son comunes a esta edad. Tratemos de describirlos.

El carácter de un chico a los diez u once años ha alcanzado ya normalmente un considerable grado de equilibrio, como si se tratara de una madurez de su etapa infantil. El antes complaciente niño de ocho o nueve años presenta ahora rasgos más definidos de afirmación de su personalidad, de curiosidad y de sociabilidad.

Es inquieto, investigador, movido. No puede estar parado. Habla con desparpajo y con un ingenio que suele hacer gracia a los mayores. Se pregunta de continuo el porqué de cada cosa. Escudriña a los adultos, los estudia con mirada penetrante, hace radiografías de cada gesto, de cada reacción, de cada modo de hablar.

Le gusta explorar, curiosear, descubrir, entrometerse. Tiene una ruidosa espontaneidad sin mucho criterio que le hace alternar fácilmente lo ocurrente y simpático con lo inoportuno o grosero.

Su vida emocional presenta frecuentes contrastes. En poco tiempo puede pasar de un espectacular enfado a una explosión de risa. Es voluble en su estado de ánimo. Puede estar gruñón e insoportable por la mañana y alegre y juguetón por la tarde. Otras veces alternará días buenos con días sombríos. Su mal humor puede aparecer en cualquier momento, aunque no suele durar mucho: no es hombre de resentimientos.

Necesita hacerse oír. Es fácil verle alzar la voz o buscar con ansiedad el protagonismo. Tiene, por naturaleza, el deseo de atraer la atención sobre sí. No conviene ser cómplices de esa tendencia mostrando excesivo interés por él en detrimento de los demás.

Es travieso e incansable. La actitud de los padres ante sus trastadas deja enseguida su huella en el carácter del chico. Cuando le hacen frente con demasiada rigidez se suceden continuos episodios de irritación familiar. Si, por el contrario, las dejan pasar, su forma de ser cristalizará en un carácter molesto y prepotente. Acertar con un juicioso término medio entre ambas actitudes extremas es un continuo reto en su educación.

Manifiesta exuberancia, curiosidad, talante extrovertido y hablador, incluso una cierta ansiedad. Le falta aún bastante sentido de la medida y de los matices. A veces no comprende bien el alcance de lo que hace; cuando alguien bromea con él, es fácil que el chico acabe por faltarle al respeto.

El hecho de que por lo general se porte mejor fuera de casa, no debe extrañar a los padres. Puede y debe verse como algo positivo: cuando quiere, sabe comportarse bien. Es una actitud bastante común en esta edad.

Es fácil contemplarle en rebeldía, y oírle decir que hace lo que le da la gana, que no tiene por qué obedecer en todo a sus padres, que ya es demasiado mayor para hacer siempre lo que ellos quieran... pero nada le gusta más que sentir la protección del padre o de la madre a la primera dificultad.

No suele buscar el aislamiento. Si tiene habitación individual, no acostumbra a permanecer encerrado en ella. Le gusta gravitar en torno a los demás, estar con todos, aunque a veces manifieste deseos de independencia. Interrumpe y molesta, pero también tiene una capacidad desusada para la alegría y la risa. Es la alegría de la casa.

Prefiere contradecir a responder. Con el tiempo aprenderá a poner equilibrio en esos impulsos. No es malicia premeditada ni simple obstinación, es parte de esa crisis de consolidación de su carácter. Otras veces le gusta establecer cordiales intercambios de opiniones, casi siempre fuera de casa, y le encanta profundizar en el conocimiento de todo.

A esta edad empieza ya a ver a los adultos con otros ojos, de menor admiración y mayor sentido crítico. Censura su comportamiento y sus palabras. No es que disminuya su cariño, pero hay quizá un exceso de suspicacia para encontrar defectos, cierto ánimo discutidor, cierta inclinación a insultar, a gritar, o a contestar de forma insolente. Pese a ello, el chico sigue conservando un fuerte sentimiento de lealtad y apego hacia su hogar. Su turbulencia no proviene de un antagonismo con la vida familiar.

Habitualmente procura decir la verdad, pero si se le hace demasiado difícil puede acostumbrarse a mentir. Está en una etapa importante para consolidar su educación en la veracidad y necesita apoyo. Resultará negativo que una excesiva severidad le dificulte ser sincero.

En contraste con lo que sucede a las chicas de la misma edad, normalmente, a los diez u once años el interés del varón por el sexo opuesto aún es bajo, y puede incluso afirmar que las niñas no le importan, o que son cursis y aburridas. Es fácil, por ejemplo, verles jugar en el colegio o en la urbanización en grupos separados de chicos y de chicas.

No es extraño que, cuando salen en grupo, tiendan a un cierto gamberrismo de poca malicia contra el otro sexo. La conducta colectiva tiene mucha fuerza y la conciencia de grupo les lleva a hacer cosas que quizá no harían solos.

A los doce, en muchos casos, las cosas pueden haber cambiado y ese interés puede surgir con una fuerza hasta entonces desconocida. Son los primeros albores de la adolescencia. Esa atención por las chicas quizá se torne de nuevo en cierta indiferencia a los trece, pero, desde luego, ha llegado ya a un nivel cronológico de interés por el sexo opuesto.

Con el paso del tiempo empieza a reivindicar para sí el derecho a tomar determinadas decisiones por sí solo, y disfruta con ello. Esto constituye un saludable síntoma de crecimiento mental. Comienza a experimentar en su interior con especial fuerza la nueva libertad de la elección responsable.

En algunos casos pueden aflorar ya rasgos característicos de la pubertad. A lo mejor no le gusta ir por la calle con su madre. O todo quiere hacerlo con sus amigos. O, no sabe por qué, pero se siente tiranizado por los padres y presenta ingenuas muestras de independencia. O no cuenta casi nada y da respuestas cortantes y lacónicas.

Son pequeñas afirmaciones de su personalidad, ante las que una madre prevenida y un padre sensato, saben aflojar la cuerda prudentemente. Ya volverán las aguas a su cauce en poco tiempo. Unos padres ingenuos y asustadizos pretenderán introducirse entonces en la intimidad del chico, precisamente ahora que él trata de cerrarse.

Son momentos en los que se advierte con diáfana claridad que se ha perdido terreno, y que quizá incluso se ha llegado ya un poco tarde. En vez de lamentarse por haber dejado pasar tantas oportunidades de ganar en confianza con el chico cuando éste lo ponía más fácil, se trata ahora de aprovechar mejor las ocasiones que se presenten en el futuro. Estamos casi la última etapa en la que aún es fácil para los padres trabar una relación profunda con la psicología del chico. No hay tiempo que perder.

La candidez, el ardor y la simpatía se combinan en un confuso proceso de crecimiento. Quizá es ahora menos insistente y más razonable, más compañero de los suyos. Hace gala de un mayor discernimiento y discreción. Recurre más a ganarse la aprobación de los demás que a las anteriores presiones y desafíos. Ya no muestra un egocentrismo tan ingenuo, y es capaz de considerar a sus mayores, e incluso a sí mismo, con cierta objetividad.
Trata de parecer mayor. Quizás afirma con facilidad que ya no es un niño y que no debe considerársele como tal. Este proceso de madurez no es uniforme ni constante, y desconcierta muchas veces al adulto por sus fluctuaciones y su inestabilidad.
Todas sus actitudes encierran un gran potencial para el bien, pero que puede ser mal encauzado en un hogar desordenado, un colegio inadecuado o un ambiente adverso. Puede decirse que

La etapa de los
diez a los doce años
es un periodo clave
en la formación de la personalidad.

Y sobre todo en aspectos como la razonabilidad, la comprensión y el buen humor. Hay que estar atentos para que esas cualidades cristalicen en rasgos firmes de su carácter.

Algunos autores señalan su expansivo entusiasmo como el rasgo principal de esta edad. Se apasiona por una comida que le apetece, por un amigo que le ha caído bien, por una película o por un capricho. Se zambulle en lo que le interesa. Le deleita el debate y la discusión. Le gusta ejercer sus capacidades intelectuales y hacer demostraciones de memoria o ingenio. Cualquier concurso en el que haya puntos, competencia, dinero de ficción o posibilidad de ser elogiado, tendrá con él un éxito asegurado.

Es una edad estupenda para fomentar su afición a la buena lectura y sus deseos de saber. Suelen interesarle los cuentos, relatos, biografías o novelas sencillas, cuyo argumento capte su atención. No suelen gustarle, por el contrario, los libros o películas de carácter romántico o sentimental, y aún no entiende bien cómo pueden tener tanto atractivo para los adultos.

También es edad de asombrosas iniciativas, de actitud expeditiva y aires de ejecutivo. Exigirá realización inmediata para sus buenas ideas, pues su confianza y seguridad en sí mismo suelen ser arrolladoras.

Es poco permeable a las abstracciones. Las ideas no suelen interesarle si no van envueltas en una imagen o, mejor aún, en una acción. Por eso es tan importante hablarle con un lenguaje concreto, emplear imágenes y comparaciones claras, y mostrar con ejemplos lo que se le quiere decir.

En estos años el chico es ya más hábil para descifrar las expresiones emocionales de los demás y ser sensible a los sentimientos ajenos. Tiene curiosidad por saber cómo son los demás niños. Se plantea con frecuencia si él es raro por sus sentimientos o inquietudes, y se pregunta por los intereses ajenos.

Es bastante sensible a la intranquilidad y al nerviosismo. La agitación le desconcierta. Ver en sus padres una cara de desánimo o de fatiga mal disimulada le contagia y tiene en él un reflejo inmediato.

Espera de los adultos
seguridad y coherencia,
decisiones sabias y maduradas.

Suele enorgullecerle saber soportar el dolor físico sin quejarse, o ser capaz de resistir el frío o el calor, o cualquier cosa que se plantee como prueba de madurez. Es una buena edad para inculcar la paciencia y la reciedumbre. Por lo general logra reprimir mejor las lágrimas y la violencia. Acepta la autoridad y disciplina justas, y a veces busca, incluso, la autodisciplina.

Encierra ya modos de pensar, de sentir y de actuar que prefiguran nítidamente su carácter futuro. Es extraordinario que estos indicios de madurez adulta se presenten tan temprano en el ciclo del desarrollo adolescente, como si la naturaleza quisiera desde muy pronto proporcionarnos una visión general de sus mecanismos secretos y de sus reservas latentes.



Actitudes e intereses: una época de contrastes

A los diez o doce años quizá se encuentre menos seguro que antes sobre su futuro. A lo mejor sueña con ser un gran futbolista, un cantante famoso, o simplemente con tener un caballo o dirigir una granja. Es frecuente que todavía se encuentre bajo la influencia de las profesiones de sus padres, pero puede tener ya sus ideas propias, aunque más confusas de lo que aparenta.

Quizá haya pensado ya en el matrimonio y puede sorprendernos afirmando que no quiere casarse o que le falta poco para hacerlo. En cuanto a los hijos, no sería extraño que explicara con detalle el número de los que piensa tener.

Le hace particularmente feliz el éxito en su trabajo escolar. Al tiempo, le puede hacer perder su buen ánimo una acumulación de tareas para el fin de semana o el día antes de un sencillo examen.

En general no se muestra ahora tan temeroso como antes, pero echa bastante de menos la presencia del adulto. A menudo no le hace ninguna gracia, por ejemplo, quedarse solo en la oscuridad. A lo mejor mira debajo de la cama antes de acostarse. O quizá oye ruidos cuyo origen ignora y teme la presencia de un intruso. Puede haberle afectado una película de excesivo terror o suspense, y desde entonces alberga nuevos temores.

Contrasta sin embargo su ánimo decidido y resuelto para muchas otras cosas. No suele tener miedo a la velocidad ni al riesgo físico, normalmente por una falta de experiencia que le lleva a hacerse poco cargo del peligro en general, salvo que la memoria de un accidente le haga ser más prudente.

Se ha tornado mucho más consciente de su aspecto físico. Tiene una clara noción de lo que viste la mayoría de la gente y es raro que vaya en contra de esas corrientes. Si está de moda tal pantalón, aquella camiseta o esa cazadora, no quiere otra cosa. Puede acabar entendiendo muchísimo de marcas de vaqueros o de zapatillas de deporte.

Empieza ya a preocuparse de que las prendas hagan juego y de combinar los colores. Para desesperación de los padres, esta exigente atención a la elección de la ropa no suele extenderse a su conservación y cuidado. Le gusta dejar que se amontone y que sea mamá quien tenga que insistir para que quede bien doblada o para echarla a lavar o a planchar. Una excesiva transigencia con esa conducta malogrará hábitos tan propios de esta edad como son el preocuparse por sus cosas y tener ordenados su armario y su habitación.

Poco a poco va perdiendo su resistencia a trabajar mostrada en épocas anteriores. Reconoce cuales son sus deberes y no suele oponerse a cumplir con sus obligaciones. Puede no hacerlo por propia iniciativa y sigue siendo necesario recordárselo, pero de tanto en tanto llega a dar pruebas de verdadera buena voluntad. Tiende a querer hacer todo en un minuto. Por lo general es más responsable cuando los padres están ausentes o no muy pendientes de él:

Hay que darle posibilidades
de ejercitar
su responsabilidad.

La mayor parte de sus actos no están determinados por la premeditación, sino por la postmeditación, una vez que sus padres o profesores le han recordado sus obligaciones. Sabe de antemano que al final tendrá que hacer las cosas, pero todavía necesita con frecuencia el impulso inicial para decidirse.

Sabe que después de una larga conversación con su madre acabará por tener que ordenar la habitación o bajar a hacer ese recado, o que unos cuantos comentarios paternos censurando su pérdida de tiempo a lo largo de la tarde le harán sentirse lo bastante culpable como para ponerse a estudiar.

Toma las críticas muy a pecho, aunque no siempre lo suficiente como para seguir adoptando por propia iniciativa la conducta deseada.

A esta edad, los varones resultan a veces menos diplomáticos con su padre. Las niñas de esta misma edad suelen mostrarse mucho más zalameras con él, y a menudo –según dicen las madres– son las que mejor lo manejan en la familia. Ellas aprenden mucho antes a reconocer los sentimientos ajenos, y saben elegir con acierto el momento más adecuado para plantear en casa una petición o conseguir un permiso.

Puede surgir en el chico de esta edad una ilusión grande por cuidar y casi criar a sus hermanos pequeños, con los que quizá apenas sienta ya celos. Sabe cómo jugar con ellos y entretenerlos, y, si los padres saben facilitarlo, es fácil que les tome un gran cariño.

No es edad de fuertes sentimientos de envidia. Si siente celos de la mayor atención a un hermanito suele ser más bien por la idea de injusticia comparativa o por su preocupación de que mimen al pequeño. Le irritan las actitudes de sus padres que lleven a malcriarlo, y protestará con energía diciendo cosas como que "si le mimas así, luego no te quejes de que sea tan insoportable...", o frases parecidas.

También puede admirar o incluso idealizar a un hermano o hermana mayores. Es fácil que confíe más en ese hermano de quince o de dieciocho años que sabe mostrarse atento y comprensivo con él, que en sus propios padres. El hermano mayor puede jugar así un papel importante en su formación. Es ciertamente una labor educativa –muy natural en las familias numerosas– en la que los más mayores educan a los más pequeños, usando de la sabiduría que han adquirido, casi sin darse cuenta, observando a sus padres.



Vida escolar

Decíamos que a los doce años una de sus características distintivas es el entusiasmo, que puede ser tan fuerte que el chico se deje arrastrar por él. Es una edad a la que en el colegio se le puede exigir bastante. Está dispuesto a responder en la medida de sus fuerzas.

Aunque a veces manifieste con intensidad su desagrado hacia algo del colegio, la realidad es que suele ser un alumno dispuesto, entusiasta y deseoso de cooperar. Suele exigir en sus profesores o maestros capacidad de liderazgo, autoridad, justicia y comprensión.

Ahora, el grupo le resulta de suma importancia, hasta el punto de perder un poco su propia identidad dentro de él. Es probable que se una a las faltas de respeto hacia el profesor poco prestigioso, o a las bromas a otro alumno menos aventajado. Acostumbra a plegarse a la decisión colectiva. Intenta no dar apariencias de chico buenecito –suele decir– "porque si no se ríen de uno y le toman por tonto".

Si en la clase ven a su profesor poco seguro, o blando, y que no logra mantener la disciplina, no dejarán pasar la oportunidad de arrojar pelotitas de papel, gritar a coro con los demás compañeros o golpear por debajo el pupitre ruidosamente. Contrasta esto con su formalidad ante un profesor que sepa dirigir bien el grupo. Al adulto le suele sorprender esa doble personalidad, esa diferencia entre su comportamiento en un ambiente y otro, pero es una simple prueba de la importancia que empieza a dar al grupo.

No siente predisposición contra sus profesores. Le gusta que le enseñen, y suele tener admiración hacia los que se muestran enérgicos, saben mucho, destacan en el deporte o son capaces de llevar la clase a un tiempo con autoridad y sentido del humor. La lealtad colectiva hacia sus compañeros no suele volverse contra el profesor, al que más bien tienen tendencia a admirar si presenta algunas buenas cualidades.

Sus mayores preocupaciones pueden perfectamente ser el colegio, los exámenes, el boletín de notas o la posibilidad de suspender, o que el profesor haga llegar una queja a sus padres. El fracaso escolar puede repercutir con fuerza en toda su vida de relación con los demás, hacerle mostrarse agresivo o triste, o incluso provocar que un buen día no quiera ir a clase y llore en casa desconsoladamente.

Es importante conocer las causas de esas posibles angustias para poner remedio, cosa que no es difícil si se está en contacto con su tutor o sus profesores. A veces, ante esos resultados negativos, le faltará aprender a controlar sus emociones y superar esos contratiempos.

No será raro que le guste llegar al colegio un rato antes de la hora de entrada, para reunirse con sus amigos y charlar. Puede ser el momento de comentar el partido de fútbol o la película de anoche, o de finalizar una tarea –quizá copiándola de un compañero– que el día anterior dejó sin concluir.

A esta edad los niños ya no se aglomeran tanto en torno a su profesor, aunque siguen dándole entrada en sus conversaciones y actividades, y aún se preocupan bastante de su imagen ante él.

Puede existir un considerable intercambio profesor-alumno, pero ya no le gusta parecer que va detrás de él, o que le ríe todas las gracias o está demasiado atento a lo que dice.

Revela una gran diversidad de intereses en su trabajo escolar, aunque sigue prefiriendo los deportes. Puede encontrar una facilidad grande para las matemáticas, o deleitarse comprobando su facilidad para retener datos e ideas.

Es época de consolidar y desarrollar facultades como la memoria –tan erróneamente desprestigiada en algún tipo de enseñanza–, la capacidad de cálculo aritmético, la visión espacial, el sentido del ritmo y de la armonía, la sensibilidad artística, etc.

Es fácil encontrarle en clase deliciosamente abierto y falto de inhibiciones, igual que en el hogar. Es franco respecto a las cosas que le desagradan. Se ha dicho que el niño paga con su aprobación o su rechazo siempre al contado. Cualquier acción positiva suscita de inmediato su adhesión, igual que cualquier atropello provocará su más enérgica protesta. Si siente vulnerados sus derechos no tiene ningún reparo en decirlo. Le parecerá muy injusto, por ejemplo, que un profesor les retenga en el aula después de la hora en que comienza el recreo o el deporte.

Todavía en clase se suceden episodios que tardará en considerar infantiles. Es fácil ver cómo se pelean, hay persecuciones, se esconden carteras, pasan furtivamente los libros de un compañero por toda el aula o se lanzan cualquier tipo de objetos... y disfrutan con ello de una forma sorprendentemente pueril para el observador adulto.

Las entrevistas con su preceptor o tutor en el colegio empiezan ya a ser más normales. A los ocho o nueve años era casi imposible dialogar con él de modo un poco estable: no fijaba la atención, se distraía con todo, jugaba, no había forma de mantener una conversación por mucho tiempo. Ahora, es ya un hombrecito que muchas veces hace gracia por su agudeza y su amenidad.

Se muestra cortésmente amistoso, sincero, seriecito y objetivo. Da rienda suelta a su irrefrenable curiosidad. Su atento examen visual de todo le da un sociable espíritu inquisitivo. La conversación suele ser agradable para ambos.

Suele hacer comentarios o formular preguntas sobre cualquier cosa que se presente a su vista o irrumpa en su imaginación. Aunque responde con rapidez, se muestra más reflexivo. Sus frases son claras, espontáneas e interesantes. Cuando se capta su atención, escucha totalmente estático y con los ojos muy abiertos.

Su franqueza y su comunicatividad son tan grandes que basta con escucharle con interés para que el chico cuente todo lo que pasa por su cabeza. Si se logra esa confianza, es fácil conocerle y poder así orientarle bien.
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