Necesitas reflexionar PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Pensar es el trabajo más difícil que existe.
Quizá sea esta la razón por la que haya
tan pocas personas que lo practiquen.
Henry Ford
  • Una experiencia en los campos de concentración nazis
  • La puerta del cambio
  • Una opción decisiva en la vida
  • Inteligencia, voluntad, sentimientos
Una experiencia en los campos de concentración nazis Sus padres, un hermano y su mujer habían muerto en las cámaras de gas. Él mismo había sido torturado y sometido a innumerables humillaciones. Durante meses, nunca pudo estar seguro de si al momento siguiente lo llevarían también a la cámara de gas, o se quedaría de nuevo entre los que se salvaban, o sea, entre aquellos que luego tenían que llevar los cuerpos a los hornos crematorios, y retirar después sus cenizas. Víctor Frankl había nacido en Viena pero era de origen judío, y eso precisamente le había conducido hasta aquellos campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial. Allí experimentó en su propia carne la dura realidad de una tragedia que asombró y asombra aún al mundo entero. Fue testigo y víctima de un gigantesco desprecio por el hombre, de todo un cúmulo de vejaciones y hechos repugnantes que, por su dimensión y su crueldad, constituyeron una dolorosa novedad en la historia. Frankl era un psiquiatra joven, formado en la tradición de la escuela freudiana, y fiel a sus principios, era determinista de convicción. Pensaba que aquello que nos sucede de niños marca nuestro carácter y nuestra personalidad, de tal manera que nuestro modo de entender las cosas y de reaccionar ante ellas queda ya esencialmente fijado para el futuro, sin que podamos hacer mucho por cambiarlo. Sin embargo, aquel día, estando desnudo y solo en una pequeña habitación, Frankl empezó a tomar conciencia de lo que denominó la libertad última, un reducto de su libertad que jamás podrían quitarle. Sus vigilantes podían controlar todo en torno a él. Podían hacer lo que quisieran con su cuerpo. Podían incluso quitarle la vida. Pero su identidad básica quedaría siempre a salvo, sólo a merced de él mismo. Comprendió entonces con una nueva luz que él era un ser autoconsciente, capaz de observar su propia vida, capaz de decidir en qué modo podía afectarle todo aquello. Entre lo que estaba sucediendo y lo que él hiciera, entre los estímulos y su respuesta, estaba por medio su libertad, su poder para cambiar esa respuesta. Fruto de estos pensamientos, Frankl se esforzó por ejercitar esa parcela suya de libertad interior que, aunque sometida a tantas tensiones, era decisivo mantener intacta. Sus carceleros tenían una mayor libertad exterior, tenían más opciones entre las que elegir. Pero él podía tener más libertad interior, más poder interno para decidir acertadamente entre las pocas opciones que se presentaban a su elección. Como ha comentado Stephen Covey, fue precisamente esa actitud mental lo que permitió a Frankl encontrar fuerzas para permanecer fiel a sí mismo. Y se convirtió así en un ejemplo para quienes le rodeaban, incluso para algunos de los guardias. Ayudó a otros a encontrar sentido a su sufrimiento. Les alentó para que mantuvieran su dignidad de hombres dentro de aquella terrible vida de los campos de exterminio. En aquel momento de tanto desprecio por el hombre, de un desprecio como quizá no había conocido la historia, cuando una vida humana parecía no valer nada, precisamente entonces la vida de este hombre se hizo especialmente valiosa. En las más degradantes circunstancias imaginables, Frankl supo sacar partido de modo singular al privilegio humano de la autoconciencia. Y le sirvió para comprender con mayor hondura un principio fundamental de la naturaleza humana: entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir. Una libertad que nos caracteriza como seres humanos. Ni siquiera los animales más desarrollados tienen ese recurso: están programados por el instinto o el adiestramiento, y no pueden modificar ese programa; es más, ni siquiera tienen conciencia de que exista. En cambio, los hombres, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, podemos formular nuestros propios programas, proponernos proyectos en la vida y alcanzarlos. Podemos elevarnos por encima de nuestros instintos, de nuestros condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos condicionamientos no influyan, porque sí influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar nuestra libertad. Entre el estímulo y la respuesta está nuestra mayor fuerza: la libertad interior de elegir. Y son esas dotes específicamente humanas las que nos elevan por encima del mundo animal: en la medida en que las ejercitamos y desarrollamos, estamos ejercitando y desarrollando nuestro potencial humano. La puerta del cambio Aquel chico tenía catorce años y se puede decir que era un auténtico desastre. Tenía un carácter muy difícil y una apatía impresionante. Apenas atendía en clase, y luego en su casa estudiaba menos aún. Parecía no tener ilusión por nada, suspendía habitualmente un montón de asignaturas, y sus padres estaban desesperados. Recuerdo que sus profesores comentábamos con preocupación el caso, sin duda el más problemático del curso: apenas escuchaba los consejos que se le daban, nadie sabía bien qué hacer con él. Todo parecía indicar que aquel chico estaba destinado al más negro de los futuros. El caso es que acabó el curso, y las vueltas de la vida hicieron que durante mucho tiempo apenas volviéramos a tener noticias el uno del otro, hasta que siete años después coincidimos una lluviosa tarde de septiembre en una cafetería. Me alegró verle sonriente, con sus flamantes veintiún años recién cumplidos y sus casi dos palmos más de estatura. Fue una coincidencia casual y, como procuro hacer siempre con quienes fueron mis alumnos en aquellos años que dediqué a la enseñanza, quedamos después para charlar un rato. Cuando nos sentamos, le pregunté cómo iba su vida. Mi primera sorpresa fue que estaba en cuarto curso de una carrera bastante difícil. Además, no sólo no había perdido ningún año, sino que llevaba esos estudios con unos resultados brillantes. Mientras me lo contaba, venían a mi memoria aquellas reuniones de profesores, cuando analizábamos la marcha del curso, donde varias veces se llegó a decir –quizá alguna vez yo mismo– que aquel chico, salvo un milagro, no llegaría a terminar el bachillerato. El caso es que el milagro se había producido. Su vida había cambiado. No es que hubiera cambiado un poco, podía decirse que había cambiado por completo y en casi todo. Es como si fuera otra persona. Como si de aquellos viejos tiempos conservara poco más que su nombre y sus apellidos. Yo estaba intrigado por el cambio. «Oye –le dije–, tienes que explicarme qué ha pasado contigo para que hayas cambiado de esa manera. Me tienes asombrado». La pregunta le sorprendió un poco. Calló por unos instantes, como queriendo ordenar sus ideas, se puso un poco más serio, y finalmente empezó su relato, despacio, pero con soltura: «Mira. Fue un día concreto. A lo mejor te parece un poco raro, y quizá lo sea, pero fue un día concreto, un día por la mañana. Llevaba unas semanas fatal. Mejor dicho, unos años. Llevaba años oyendo siempre lo mismo. De mis padres, de mis profesores, de todos. Siempre lo mismo. Que yo era un desastre, que estaba hipotecando mi vida, que iba a ser un desgraciado si seguía por ese camino, que me estaba buscando la ruina, que nunca sería un hombre de provecho, y todo eso que dicen las personas mayores». Le interrumpí un instante, con un poco de curiosidad, para preguntarle qué pensaba él entonces, cuando escuchaba esas cosas. «Bueno, no sé cómo decirte, todo aquello me entraba por un oído y me salía inmediatamente por el otro. Me parecía que era el rollo de siempre, y estaba cansado de escuchar todos los días los mismos consejos. »No es que no entendiera las razones que me daban, es que ni siquiera les prestaba atención. Me habían dicho ya mil veces lo mismo, y cuando veía que me venían con esas, desconectaba y ya está. Tenía como echada una barrera mental sobre todas esas cosas, prefería no pensar, y todos esos sabios consejos me resbalaban por completo. »Bueno, lo que te decía, fue un día concreto, me acuerdo perfectamente. Estaba en plena época de exámenes, y esos días no teníamos clase, para poder estudiar. Pero estudiar no me apetecía absolutamente nada. Estaba con la angustia de los exámenes, y al tiempo con la angustia de que no había dado ni golpe y me iban a suspender otra vez. »Tenía un sueño tremendo, y estaba tentado de volverme sin más de nuevo a dormir, pero llevaba mal el curso, como siempre. Si me volvía a la cama, iba a ser muy difícil que aprobara, y las cosas se iban a poner más feas que de costumbre. »Me había despertado temprano, y desde ese momento no había parado de darle vueltas en la cabeza a una idea: Oye, tío..., ¿qué es esto? ¿Voy a estar toda la vida así? ¿Cincuenta o sesenta años más así? Esto no funciona. Algo tiene que cambiar. No puedo seguir así el resto de mis días. »Debí tener un momento de especial lucidez, supongo, porque vi como algo angustioso continuar el resto de mi vida con el mismo plan que llevaba hasta entonces. Y me aventuré a pensar en cosas serias, en cosas que hasta entonces casi nunca me había planteado. »No encontraba ilusión en casi nada. Me veía dominado por la pereza de una forma terrible. Es algo bastante angustioso, de verdad. No sabía a qué podía conducirme todo aquello. Era como estar deslizándose por una pendiente oscura, cada vez más rápido y con más descontrol, y te das cuenta de que no sabes dónde puedes acabar. »Pensaba en el fracaso de mi vida, en todo eso que me había dicho tantas veces tanta gente. Pero aquella vez fue distinto. No me dijo nada nadie. Aquella vez me lo dije todo yo a mí mismo. Y cambié. Eso es todo». Levantó la mirada, como dudando si hacer o no una glosa personal de todo aquello, y finalmente concluyó: «Desde entonces, tengo una idea bien clara: los buenos consejos te dan oportunidades de mejorar, pero nada más. Si no los asumes, si no te los propones seriamente, como cosa tuya, no sirven de nada, por muy buenos que sean. Es más, para lo único que sirven es para que cada vez los valores menos, para que se produzca una especie de inflación de consejos que recibes. »Oír una cosa es muy distinto de hacerla propia. Y para mejorar realmente, la única manera es ser capaz de decirse a uno mismo las cosas, ser capaz de cantarte las cuarenta a ti mismo». Mientras le escuchaba, me acordaba de otros casos en cierto modo parecidos. Pensé en esos chicos y chicas jóvenes que a veces vemos ir como arrastrándose por la vida, y les hablamos de tantas cosas que deberían hacer, de tantas cosas que habrían de cumplir, y nos desespera ver su apatía y su indolencia, y sin embargo quizá no hemos advertido la raíz de su verdadero problema, que es algo mucho más de fondo: Aún no se han decidido a tomar realmente las riendas de su vida. Las causas de esa actitud pueden ser muy diversas: quizá han recibido una educación muy pasiva, o hiperprotectora, que no les ha ayudado a madurar; o tienen una fuerte tendencia a alejarse de la realidad, consecuencia de una vida muy cómoda, o demasiado sentimental; o no han aprendido a alzar un poco la mirada y aspirar a valores e ideales más altos; o, por los motivos que sean, apenas sienten responsabilidad sobre sí mismos, y olvidan, en la práctica, que son sobre todo ellos quienes se están jugando –y no es poco– su acierto en el vivir. Aquel antiguo alumno mío había espabilado gracias a una sana inquietud por su futuro. Me recordó algo que había leído tiempo antes a Zubiri, que aseguraba con gran fuerza que la pregunta ¿Qué va a ser de mí? resulta siempre decisiva en la vida ética de cualquier persona. Me parecía muy interesante su relato, pero le interrumpí de nuevo un momento. Quería preguntarle si le había costado mucho cambiar después de aquella decisión de esa mañana tan provechosa. «¿Que si me costó? Una barbaridad. Me costó muchísimo, como es natural. Pero lo había visto bien claro, y eso es lo importante. Ya estaba harto de seguir deslizándome por la cuesta abajo de la vida. Y además, como estaba ya muy abajo, no podía perder ni un minuto más. Así que acabé por cambiar. Y me costó muchísimo, pero aquello fue como entrar en una nueva dimensión de la vida. »Parece mentira, pero es tremendo lo que se puede sufrir cuando uno opta por la vida fácil. Cuando estás en ella, lo otro te parece insufrible, pero en realidad es al revés. Ahora veo con claridad meridiana que aquella vida era un infierno. Lo que pasa es que entonces no conocía otra, y no encontraba sentido a esforzarme más. Tengo la impresión de que para encontrar sentido a las cosas, antes hay que luchar un poco por ellas. Pero, desde luego, lo peor es dejarse llevar, porque vas como dando bandazos, pegándote golpes con todo, como cuando pierdes el equilibrio y no sabes bien dónde puedes acabar estrellándote». Aquella narración, tan sincera y tan cargada de realidad, me hizo pensar bastante en el fenómeno del cambio. Hay decisiones que son fundamentales en la vida, y no siempre están unidas a acontecimientos externos señalados, sino que son fruto simplemente de la lucidez de un pensamiento, y a veces tienen día y hora concretos. Salvando las distancias, me recordó aquella otra reflexión de Víctor Frankl en el minúsculo calabozo del lager nazi: en nuestra vida podemos realmente elevarnos bastante por encima de esos condicionamientos en que estamos inmersos y que a veces parecen marcarnos un destino inexorable. Cada persona custodia en su intimidad una puerta del cambio, una puerta que sólo puede abrirse desde dentro. Cambiar es algo asequible a todos. Lo decisivo es tratarlo seriamente con uno mismo. El consejo viene de Epícteto: Nadie tiene tanto poder para persuadirte a ti como el que tienes tú mismo. Una opción decisiva en la vida Llega un momento en la vida del hombre, una vez superada la niñez, en que tiene una clara percepción de su propia personalidad moral. Aunque está claro que el bien o el mal está detrás de cada una de las decisiones puntuales que toma muchas veces cada día, puede decirse también que hay momentos de la vida en los que la persona toma opciones de tipo mucho más global. Muchas veces, esas decisiones no se toman explícitamente, o son difíciles de situar con precisión en el tiempo, pero sin duda se toman. Porque en una vida coherente no caben las rupturas continuas. Una cosa es tener fallos, que son comprensibles aun en personas que se esfuerzan seriamente por evitarlos, y otra bien distinta es que esos fallos sean graves y habituales, y que los justifiquemos con cualquier excusa. Vivir con acierto exige una disposición de búsqueda solícita del bien, un compromiso claro y firme de dirigirse hacia él. La libertad se ensancha cuando se compromete con la verdad y el bien. El ser humano necesita saber, sin trivializaciones, lo que es bueno y lo que es malo. Cuando reflexiona con profundidad, comprende que la vida fácil sólo proporciona satisfacciones fugaces en medio de una insatisfacción general, descubre que su acierto en el vivir está necesariamente ligado a su desarrollo moral. -—Sin embargo, la mayoría de las personas suelen dedicar poco tiempo a reflexionar con profundidad, no se sabe bien por qué. Quizá se deba a que la reflexión va muy unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y por eso rehuimos un poco pensar en ello. -—Es muy humano, supongo. Sin duda, errar es muy humano. Pero también es muy humano –y quizá más– el empeño por superar esos errores. Por eso, si en nuestra vida hay una ruptura, sobre la que casi ni nos atrevemos a pensar, debemos alertarnos. Si la vida va por delante de nuestro pensamiento, y nos encontramos actuando sin habernos dado casi tiempo a hacer elecciones razonadas, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: necesitas reflexionar. Inteligencia, voluntad, sentimientos Todos habremos oído alguna vez el clásico comentario de la madre del adolescente perezoso que, apesadumbrada ante los deficientes resultados académicos de su hijo, acaba por decir al profesor: «Sabe usted, si el chico es muy inteligente, en los tests sacó un coeficiente muy alto. Lo que pasa es que es un poco vago...». Cuando oigo comentarios de ese estilo, siempre pienso que, en el fondo, no es así. Que no puede decirse con propiedad que esos chicos sean inteligentes. Pienso, como Shakespeare, que “fuertes razones hacen fuertes acciones”. Que ser inteligente, en el sentido más propio de la palabra, proporciona una lucidez que siempre conduce a un refuerzo de la voluntad. No niego que esos chicos –como subrayan sus bienintencionadas madres– puedan tener un alto coeficiente de capacidad especulativa del tipo que sea. Pero ser inteligente es algo más que multiplicar muy deprisa, gozar de una elevada capacidad de abstracción o de una buena visión en el espacio, o de otras capacidades semejantes que permiten obtener altos coeficientes en los llamados tests de inteligencia. Entre otras razones, porque si esos chicos fueran realmente tan inteligentes como parece deducirse de esas pruebas, es seguro que se habrían dado cuenta de que, así, con esa pereza y esa falta de voluntad, no van a hacer nada en su vida. Habrían visto que si no se esfuerzan decididamente por fortalecer su voluntad, toda su supuesta inteligencia quedará lamentablemente improductiva, pues obtener una puntuación elevada en un test, del tipo que sea, es algo que, por sí solo, arregla muy pocas cosas en la vida. Habrían comprendido que llevan camino de ser uno más de los muchos talentos malogrados por usar poco la cabeza, y hace tiempo que se habrían ocupado de cambiar. De todas formas, aun admitiendo que ese tipo de personas fueran inteligentes, debieran darse cuenta de que el valor real del hombre no depende tanto de la fuerza de su entendimiento como de su voluntad. Que la persona desprovista de voluntad no logra otra cosa que amargarse ante la lamentable esterilidad en que quedan sumidas sus dotes intelectuales. Quizá las personas más desgraciadas sean las grandes inteligencias huérfanas de voluntad, porque esa gran inteligencia, suponiendo que exista, se pierde sin remedio. Por eso se equivocan lamentablemente los padres que se enorgullecen tanto del talento de sus hijos y en cambio apenas hacen nada por que sean personas esforzadas y trabajadoras. Igual que esos chicos vanidosos que tanto presumen de su coeficiente intelectual, pero a los que su orgullo y su pereza acaban conduciendo a situaciones personales lamentables. O como aquellos maestros que sólo juzgan los conocimientos, como si la enseñanza no fuera más que una gasolinera donde se suministran conocimientos a los alumnos y se comprueba posteriormente el nivel de llenado. -—De todas formas, a veces tengo la impresión de que la gente tiene fuerza de voluntad sólo para lo que de verdad le interesa. También puede verse desde esa óptica: las personas aplican con firmeza su voluntad en la búsqueda de los objetivos que su entendimiento les presenta con un interés más vivo. En ese sentido, podría decirse que muchas veces sus problemas están más relacionados con el entendimiento que con la voluntad. Más que fuerza de voluntad, lo que les falta es una luz más intensa de su inteligencia sobre ese objetivo. -—Pero antes decías que era mayor el valor de la voluntad que del entendimiento. No pretendía dar una preponderancia a la voluntad, sólo resaltar su valor. La aparente contradicción que señalas nos remite a una cuestión más de fondo, muy interesante: La educación no se refiere a una parte de la persona: ha de llegar por entero a la inteligencia, a la voluntad y a los sentimientos. -—Antes hemos hablado sólo de inteligencia y voluntad. ¿En qué sentido añades ahora lo de los sentimientos? Son los tres grandes ámbitos que ha de impregnar cualquier tarea educativa o formativa (tanto si está dirigida hacia uno mismo como hacia otros):
  • ha de iluminar la inteligencia con un conocimiento profundo de la verdad sobre el qué, el cómo y el porqué de las cosas;
  • ha de consolidar la voluntad con toda una serie de virtudes que impulsen a vivir conforme a esas convicciones;
  • ha de educar los sentimientos de manera que generen adhesión y atractivo hacia la verdad presentada por la inteligencia y el bien deseado por la voluntad. Resultaría un error grave minusvalorar cualquiera de estos tres ámbitos, pues la vida verdaderamente humana ha de desarrollar armónicamente la inteligencia, la voluntad y los sentimientos. Por ejemplo, contribuir al fortalecimiento de la voluntad es decisivo, pero conviene no caer en el voluntarismo, pues hay muchos errores en la vida que no proceden de la relajación de la voluntad, sino de un incorrecto conocimiento del cómo y porqué de las cosas, o de una incorrecta educación de los sentimientos. Algo parecido sucedería si un proceso formativo diera una preponderancia excesiva a los sentimientos –podríamos llamarlo sentimentalismo–, pues los sentimientos no piensan, sólo sienten: cuando van por el camino de la verdad y del bien, son una gran ayuda; pero cuando surgen sentimientos innobles o equivocados, o que no se han educado debidamente, pueden acabar extraviando al entendimiento más recto o a la voluntad más firme. Y lo mismo podría decirse si se cayera en un intelectualismo que olvidara la necesidad de una educación de la voluntad y los sentimientos, tan decisiva para superar el ensueño o la debilidad, para saber afrontar el sacrificio que la vida conlleva, y para evitar que nos desmoronemos ante la presencia inesperada del fracaso o el dolor.
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