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Pedro Antonio Urbina, "Tantos casos de homosexualidad", 25.V.05 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Fue en otra ciudad, en la suya. Hacía tiempo que no había visto a mi amigo y, poco después de llegar a su tierra, le llamé y nos vimos y tomamos unas cervezas. Hablamos de amigos comunes; uno de ellos seguía viviendo como amante con otro hombre. Se refirió también a algunos conocidos, muchos sólo de oídas, pero la ciudad es pequeña y todo se sabe. Cada vez hay más… Se quedó pensativo, y yo también; luego me preguntó:
-¿Por qué hoy se dan tantos casos de homosexualidad?
Sin buscar una razón, me vino a la memoria el famoso capítulo primero de la Carta a los romanos de san Pablo, y le contesté:
-Porque abandonan a Dios y Dios a su vez les abandona a ellos, y los entrega a esas pasiones, que les llevan a dejar la mujer y a encenderse de deseos sexuales unos hombres por otros hombres.
Me daba cuenta mientras hablaba de que mi contestación era muy libresca, y no quise rectificar para ser lo más fiel posible al texto.
Como mi amigo me miraba sorprendido, añadí:
-Lo dice san Pablo, o sea, es palabra de Dios. Y tú tienes fe y la pones en práctica…
-Sí, pero habrá alguna otra razón…-insistió.
Yo esforcé mi fe, pues tampoco veía en la explicación de san Pablo la claridad, y repetí:
-Esta es la razón básica, sin duda, y la principal. Dale vueltas verás cómo es así. Yo también lo haré.
Es cierto que hay “otra razón”, a la que cabe contestar desde la Medicina y desde la Educación; para esas respuestas no estoy capacitado, pero me atrevo a responder a la “razón básica y principal”. *
Y también lo hice: le di vueltas luego a ese texto. No razonándolo sino, como suelo, poniéndome delante el tema, y mirándolo, a ver si luce.
Y, de pronto, dos meses después, al hojear un libro, al ver el n.9 de la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem, de Juan Pablo II, me vino la luz. Me parece que es una luz.
Escribe el Santo Padre que el pecado original lleva, además de la medida humana, por la libertad, “una cierta característica diabólica”.
Pensé que todo pecado posterior al pecado original tiene también, además, una característica diabólica.
“El pecado provoca -escribe el Papa- la ruptura de unidad originaria, de la que gozaba el hombre”. Entonces relacioné esta afirmación con la cita del Génesis, que allí mismo, en la página siguiente de ese libro que había dejado de hojear, estaba: “Pondré enemistad entre ti y la mujer” (3,15). Dios se lo dice al diablo, pero si el pecado humano tiene una característica diabólica, Dios se lo dice también extensivamente al hombre. Perdida para el hombre -y queriendo el hombre esa pérdida- su unidad originaria, pone enemistad entre él, el hombre, y la mujer; el hombre se enemista con la mujer.
Esa unidad originaria de que gozaba Adán, es la que goza todo hombre redimido por Jesucristo, todo hombre bautizado, en gracia y en amor de Dios. Goza de una unidad muy superior a la de Adán.
Y esa enemistad -“enemistad entre ti (el diablo) y la Mujer”- es enemistad con la Madre de Dios, porque va a parir al verdadero Hombre; al Redentor del hombre.
Madre de la Iglesia, madre de todos los hombres, esta Mujer, da a luz a los hombres que gozan de esa unidad superior a la unidad de los orígenes. Esa unidad de los orígenes -dice Juan Pablo II- es “la unión con Dios como fuente de la unidad interior de su propio yo, en la recíproca relación entre el hombre y la mujer (communio personarum)”.
Rota voluntaria y pertinazmente esa unión con Dios, se rompe la unidad interior del yo del hombre, y, desintegrado, llevando en sí “una cierta característica diabólica”, desune. Hace lo desordenado.
Abandonado de Dios, al que él ha abandonado antes, su desintegrado corazón se abraza a lo que aún más le desintegra: la mentira, que ha elegido en vez de la verdad de Dios (Cfr. Romanos 1,25). Enemistado con la mujer, se abrasa en deseos de otro hombre (Cfr. Romanos 1,27), que no es communio personarum, sino destrucción de personas.
Es evidente que la ruptura de la unión con Dios es desintegración de la unidad interior del yo del hombre y, en consecuencia, todo género de pecado lo es; pero aquí me refiero sólo al pecado de las acciones homosexuales, del que además habla la Escritura con cierta frecuencia.
Es evidente también que aquí he usado en dos sentidos la palabra mujer de la cita de la maldición de Dios recogida en el Génesis: Uno, la Virgen María Inmaculada, que aplastará la cabeza del demonio. Uno, la Madre Virgen, que da a luz al Hombre perfecto -cuya alma humana es perfectamente una, cuya psicología está perfectamente unida, perfecta su virilidad, cuya naturaleza humana, sensibilidad, y cuyo cuerpo son perfectamente masculinos-, a ese verdadero Dios, Hijo del Padre. Por eso el demonio acechó su inmaculado pie, porque Ella pondría entre los hombres decaídos al verdadero Hombre, y verdadero Dios. Y este grandioso hecho que realiza María es permanente.
Ella es la mujer perfecta (“más que tú, sólo Dios”), con todo lo que esta perfección femenina lleva consigo, la sólo humana humanidad perfecta.
El hombre que permanece en pecado (el libre pecado mortal como estado habitual: vicio querido, sin arrepentimiento, cuya libertad elige el mal y sus consecuencias) adquiere, y “lleva además una cierta característica diabólica “: la enemistad con la mujer -este es el otro sentido, dos-, que es consecuencia de la desintegración de su yo, de su psicología y de su sensibilidad, y de su cuerpo: destructio personarum, final deseado por el demonio: destruir la obra de Dios, lo mejor de la obra de Dios, el hombre
El Papa explicita que esa pérdida de la unidad originaria por el pecado es también ruptura “en relación con la naturaleza”: la del hombre al que desnaturaliza, haciéndole perder su virilidad, su papel de varón, y su papel de varón en relación con la mujer, su masculinidad.
“Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo, pero el que fornica peca contra su propio cuerpo” (1 Corintios 6,18). Tanto más si el pecado contra el propio cuerpo es “abominación” (Cfr. Ezequiel 16, 47).
Esa pérdida de la unidad originaria por el pecado es también ruptura “en relación con el mundo exterior”. La ruptura de esta unidad (naturaleza-mundo exterior), conquistada por la Redención, es ruptura de mucho mayor gravedad. Ahora no es ya pérdida de la unidad originaria (en Adán) sino pérdida y rechazo de la unidad -muy superior a esa de la que gozaba Adán- conquistada para el hombre por Cristo. “La unión con Dios”, “fuente de la unidad interior” de Adán, es ahora unión con Dios Padre, es unión con Dios Hijo, encarnado, hijo de María Virgen, es unión con Dios Espíritu Santo santificador. Su ruptura es ruptura indecible.
Entiendo que si la unión con Dios es así de sublime, la desunión puede ser abismal, y la ruptura “de la recíproca relación entre hombre y mujer” puede llegar a ser como la de la Bestia.
La cita íntegra de san Pablo, en tanto que respuesta a la pregunta de mi amigo -¿Por qué hoy se dan tantos casos de homosexualidad?-, es esta: “… son inexcusables, porque habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios y llegaron a transferir la gloria de Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a aves, a cuadrúpedos y a reptiles.
Por eso Dios los abandonó a los malos deseos de sus corazones, a la impureza con que deshonran entre ellos sus propios cuerpos: cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.
Por lo tanto, Dios los entregó a pasiones deshonrosas, pues sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contrario a la naturaleza, y del mismo modo los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos de unos por otros, cometiendo torpezas varones con varones y recibiendo en sí mismos el pago merecido por sus extravíos. Y como demostraron no tener un verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a un perverso sentir que les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad; chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados. Ellos, aunque conocieron el juicio de Dios -que quienes hacen estas cosas merecen la muerte- , no sólo las hacen, sino que defienden a quienes las hacen” (Romanos 1, 21-32).

 
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