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Pío Moa, "El pensamiento simplón", La libertad digital, 23.I.01 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Parece que vivimos tiempos de barbarie intelectual, en que el pensamiento se vuelve simple. No cesamos de oír a literatos, artistas y filósofos que, con expresión seria y responsable, anuncian su aversión “al poder”. No a la tiranía, por ejemplo, sino “al poder”, en abstracto. La experiencia más elemental muestra que en cuanto se asocian unas cuantas personas surge naturalmente alguna forma de poder, y los mismos enemigos del “poder” lo prueban: casi siempre forman clanes para ocupar los centros de decisión e influencia en sus medios, casualmente vinculados a los centros políticos de donde manan las subvenciones.

Leo ahora una diatriba de Carlos Fuentes contra los discrepantes de él y de Juan Goytisolo, ansioso éste, es natural, de recobrar antiguas y ventajas. Fuentes cita en su apoyo a Emilio Lledó, “gran filósofo español”. No soy quien para discutir esa loa, pues no he leído al filósofo. Hoy sólo es posible leer una ínfima parte de lo que se publica, y forzosamente nos perdemos todos muchas cosas, pero el pensamiento que le atribuye Fuentes no es como para lamentarlo en este caso. Lledó según el mejicano, censura al nacionalismo porque “inventa al otro como malo y de inferior calidad, para no tener que percibir nuestra propia miseria”. ¡El “otro”...! Nuevo hallazgo del pensamiento simplón que resuena a diestro y siniestro como fórmula orientadora en el laberinto moral de nuestros días: la salvación está en aceptar al “otro”, tolerarlo, solidarizarse con él, etc. Apliquemos la receta a Fuentes: ¿percibe él su propia miseria? Nadie lo diría, a juzgar por la arrogancia con que habla y acusa al “otro”, al discrepante.

Evidentemente, como en el caso del “poder”, hay gran variedad de “otros”, unos aceptables y otros no tanto. Me recuerda una escena cómica que presencié en una manifestación ácrata de primero de mayo, en el barrio de Tetuán. Unas mujeres portaban una pancarta a favor de “putas, lesbianas” y no recuerdo qué más. Un obrero mayor les ordenó retirarla, pero otro correligionario, más al día, le recriminó: “¿Es esa una actitud anarquista? ¡Prohibido prohibir!”. El obrero, desconcertado, se retiró murmurando “Pues que vengan aquí los fascistas. A ver cómo vamos a prohibírselo”.

Fuentes contrapone el estilo e ideas suyos y de Goytisolo (lo “bueno, de superior calidad”) a los de sus contrarios, colmo de “lo malo, de inferior calidad”, propio de lo que llama, algo toscamente, “la era fascista” española. El “otro” es fascista para Fuentes.... conocido por su productivo acoplamiento en la dictadura del PRI mejicano, por cierto mucho más larga y muchísimo más corrupta que la de Franco.

Que tales formas de pensar, no por simples inocentes, hayan tomado carta de naturaleza en nuestros medios intelectuales, indica dónde estamos.

Cierta marca de cerveza convirtió en publicistas suyos a una serie de personajes históricos -- Shakespeare, Bach y otros--, colocando sus efigies al lado de una botella, y debajo una frase que sugería su entusiasmo por la marca en cuestión. Una muestra más, vagamente graciosa, de la trivialización de la vida actual. El pensamiento simplón --que no ingenuo-- domina esa técnica, si bien con menos gracia. Canta Carlos Fuentes: "Para Goytisolo, mestizar es cervantizar, y cervantizar es islamizar y judaizar". Que eso crea Goytisolo apenas importa, pues en fin de cuentas cada cual puede interpretar las cosas como le dé la gana, aunque no pretender que todas las interpretaciones tengan valor. Importa, en cambio, que Fuentes y demás intenten hacer de sus muy particulares y aun peculiares interpretaciones un canon, faltar al cual hundiría al transgresor en las tinieblas del fascismo.

No podemos saber --aunque sí imaginar razonablemente-- qué replicaría a la versión goytisoleña Cervantes, tan estrechamente relacionado con la Inquisición, soldado en Lepanto, catador de las delicias del cautiverio en tierras islámicas, donde tantos miles de cristianos perdieron la salud y la vida, español y católico nunca desmentido. Y ante esa imposibilidad de saber, el mínimo pudor intelectual exige evitar la desvergüenza de usar al indefenso como hombre anuncio de nuestras preferencias ideológicas. Si, por ejemplo, Cervantes tuvo algunas frases de comprensión para los moriscos expulsados, eso entra perfectamente en la moral católica de la época, junto con la aceptación de una expulsión que, con los turcos y berberiscos amenazando el país (¿o sólo querían infundir tolerancia a los cristianos?) casi todo el mundo juzgó entonces necesaria, aun si dolorosa. En todo caso cabe suponer que Cervantes no hubiera caído en simplezas, puesto que no las escribió.

Trucos tales, que más que tergiversar destrozan la verdad, tipifican el campo de la barbarie. ¡Es tan relativa, y trabajosa, la verdad! A muchos intelectuales les da igual ser veraces, lo que cuenta para ellos es parecer "progresistas". Les suena progresista pintar a los árabes y judíos medievales como tolerantes, emprendedores y avanzados frente a la cerrazón y brutalidad achacadas a los cristianos. Pero vayamos a nuestra época, sobre la que podemos conocer algunas cosas con más certeza: Goytisolo y Fuentes han encontrado fácil acomodo en tiranías tan siniestras como la de Hassan II o la del PRI.. Esto es una verdad, matizable, desde luego, pero en lo esencial indudable. Ambos intelectuales disfrutan de un carácter desenvuelto, gracias al cual pretenden sentar cátedra en asuntos de libertad y tolerancia. Esa pretensión es también un hecho, curioso, desde luego, pero cierto.

Nadie en sus cabales puede negar que la cultura española ha sido, y en lo fundamental sigue siendo, latina y cristiana: el idioma común, el derecho, las costumbres y actitudes corrientes, la religión vastamente mayoritaria –y hasta hace pocos decenios prácticamente unánime–, etcétera. Que esa cultura quedó asentada en la Edad Media, mediante un largo combate con la cultura islámica, también salta a la vista; los restos islámicos en España son arqueología, lo mismo que los latinos y cristianos en Marruecos. También está de sobra claro, aunque algunos no quieran verlo, que esa lucha de siglos fue posible porque antes de la invasión islámica España había sido latina y cristiana, y tenido un estado propio. Gracias a ello, existió la Reconquista. Si los árabes hubieran encontrado la península en las condiciones de división cultural, política e idiomática que la encontraron los romanos, hoy seguramente seríamos un país como los del Magreb, sin valorar ahora lo fausto o infausto del hecho. Sería la realidad, sin posible comparación con otra alternativa.

Estos hechos, que constituyen nuestra identidad más básica, son sentidos como un peso o una carga insufrible por Goytisolo o Fuentes. Les parecen opresivos, los niegan o los desacreditan. Lo importante, dicen, no fue la lucha, sino el “mestizaje” cultural, que ensalzan, haya existido o no. Todos los pueblos son mestizos, aunque unos muchos y otros muy poco. Ello no constituye un mérito, ni mucho menos una obligación. Es simplemente una realidad histórica no valorable, excepto para los racistas (la manía mestizadora de Goytisolo y compañía resulta tan absurda como la contraria de los hitlerianos). Pero, si por algo sorprende el mestizaje cultural español con el Islam es por su escasez, teniendo en cuenta el prolongadísimo contacto entre ambas partes. Naturalmente en esos siglos hubo intercambios de todo tipo entre España y Al Andalus, pero en un contexto histórico de hostilidad, en que uno de los contendientes venció (en el Magreb ganaron los que en España perdieron). No debe extrañarnos. Difícilmente ocurriría en la Edad Media algo distinto de lo que ocurre ahora en Palestina, entre árabes y judíos.

La incapacidad de aceptarse a uno mismo suele ser un rasgo neurótico. ¿Puede extenderse ese rasgo a grupos sociales? Da la impresión de que sí, de que esa tara afecta a muchos españoles desde el siglo pasado. Goytisolo y sus amigos no soportan la España real –ellos la llaman, osadamente, “oficial”–, la encuentran poco progresista, poco tolerante, poco libre. No como el Marruecos de Hassan o el Méjico del PRI, insistamos en ello porque nos da una clave para interpretarlos.
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