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La grandeza de un hombre
está en saber reconocer
su propia pequeñez.
Blas Pascal

 

Reconocer nuestra limitación

Si un estudiante de bachillerato va un día a la Universidad y asiste a una clase de doctorado en la que se está tratando una materia especialmente compleja, no debería extrañarse si ve que a veces pierde el hilo de la explicación (suponiendo que en algún momento llegara a encontrarlo). Le parecerá lo más natural, puesto que esa materia le supera por completo.

Algo parecido —ya siento no haber encontrado ejemplo mejor— podría decirse que sucede con la comprensión sobre la naturaleza de Dios que puede alcanzar el hombre.

Si ese estudiante de nuestro ejemplo dijera que todo lo que ha oído en esa clase es mentira por la sencilla razón de que él no entiende nada, habría quizá que decirle —educadamente, por supuesto— que su capacidad de entender las cosas no es quien concede la verdad a esas cosas. La verdad no está obligada a ser entendida completamente por todas las personas. Y esto no es decir que sean tontas, ni renunciar a la razón, sino simplemente constatar que tenemos limitaciones. Por eso dijo Pascal —y ciertamente era un gran científico— que la grandeza de un hombre está en saber reconocer su propia pequeñez.

Aquel profesor —volviendo a nuestra comparación— podrá hacer aproximaciones a esa verdad, con ejemplos o simplificaciones más o menos afortunadas que ayuden a que el estudiante lo entienda. Y también podrá rebatir, con mayor o menor acierto pedagógico, las objeciones que el chico ponga. Pero no logrará hacerle entender todas las clases perfectamente y hasta sus últimas consecuencias. Porque está a otro nivel.

Pensar que uno es tan listo como para abarcar por completo a Dios es de una ingenuidad tan pasmosa como presuntuosa. Más o menos, como si el estudiante de nuestro ejemplo pensara que ha entendido perfectamente todo lo que ha escuchado en esa clase (probablemente entonces habría entendido algo distinto a lo que realmente se explicó).

Si alguien dice que Dios no existe porque no cabe por completo en su cabeza, habría que hacerle considerar que si Dios cupiera por completo en su cabeza, quizá entonces ya no sería Dios. Y eso no tiene nada que ver con la posibilidad de la razón humana de demostrar la existencia de Dios. La razón es capaz de llegar a Dios, pero demostrar la existencia de Dios no es abarcar completamente a Dios.

Para creer, hay que reconocer humildemente —y sé que es difícil ser humilde— la limitación de la razón humana. Así podremos acercarnos a algo que es muy superior a nosotros.

—Pero Dios podría hacer algo para que le conozcamos más fácilmente...

Pienso que ha hecho mucho. Quizá sea al hombre a quien falte poner algo más de su parte. Además, sería poco conforme a nuestra condición humana obligar a Dios a aceptar nuestros axiomas sobre lo que tendría que hacer para darse sensatamente a conocer a los hombres.

Dios no ha querido obligar forzosamente al hombre a reconocerle. La razón humana puede demostrar la existencia de Dios y conocer bastante sobre su naturaleza. Pero no puede llegar por sí sola a todas las verdades relacionadas con la naturaleza de Dios.

El hecho de que el hombre no llegue a captar unas verdades no tiene por qué vulnerar esas verdades. Es algo —explica Mariano Artigas— que sucede también en las ciencias, y continuamente. Por ejemplo, nadie duda de la realidad de las partículas subatómicas, a pesar de que encontramos dificultades —que de momento son insalvables— cuando intentamos explicar su naturaleza. Pero esas dificultades no impiden que poseamos muchos conocimientos bien comprobados acerca de esas partículas, y que podamos utilizarlos como base de tecnologías muy avanzadas.

La fe es razonable, pero al hombre le resulta difícil llegar a comprenderla con profundidad con la única ayuda de la razón. Por eso la Revelación supone una gran ayuda en el laborioso camino de la inteligencia humana.

 

¿Creer en algo que no estoy seguro de que exista?

—Hay personas que se declaran agnósticas porque dicen que nadie ha conseguido demostrarles de forma convincente que Dios existe. Y que no pueden rezar a un ser del que no saben con seguridad si verdaderamente existe, porque sería como arrojar al mar mensajes en una botella, con la duda de si alguna vez alguien los recogerá.

Sin embargo —perdóname por la broma—, tengo entendido que los náufragos en islas desiertas arrojaban botellas al mar, o al menos eso se cuenta. Y supongo que lo harían porque confiar en algo que no es una certeza aplastante e incontrovertible no tiene por qué ser una actitud absurda. Lo que quizá sí sería absurdo es quedarse sin hacer nada porque no se sabe con total seguridad si alguien llegará a encontrarse algún día con la botella.

—Sí, pero dicen que ellos optan por no arriesgar nada, y por eso prefieren no creer en nada, puesto que no hay nada claramente probado.

Con ese planteamiento, si me apuras, habría que dejar de creer incluso en que uno es hijo de sus padres —pido perdón de nuevo por el ejemplo—, como única solución segura para evitar el riesgo de amar a unos padres falsos. La mayoría de nuestros conocimientos provienen del testimonio de otras personas, y en la mayoría de los casos no podemos comprobarlos incontrovertiblemente.

Y eso incluye datos tan sencillos como quiénes son nuestros padres, nuestro lugar y fecha de nacimiento, la mayor parte de la geografía y de la historia, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, solemos creer que el medicamento que tomamos corresponde a lo que indica el rótulo de la caja, o que el indicador de salida de la autopista nos hará llegar al lugar que señala, o que realmente existe aquel lejano país que viene en los mapas y del que tanto habla la prensa pero que jamás hemos visitado. Porque eso es lo razonable.

Nos pasamos la vida —todos, también quienes dicen que no creen en nada— teniendo fe en muchas cosas, corriendo riesgos, fiándonos de lo que no está claramente probado. La fe significa crédito o confianza. Si queremos demostración exhaustiva de todo, nos veremos abocados a un proceso infinito en el que la desconfianza absoluta recortaría drásticamente a una persona, y su vida quedaría reducida al pequeñísimo ámbito de lo que es comprobable por uno mismo.

Por eso, el hecho de que la fe en Dios exija una actitud de aceptación es algo también muy razonable. Lo que no sería razonable es el escepticismo absoluto, o pedir un desproporcionado grado de seguridad. Y menos razonable aún si solo se pide en cuestiones de religión o de moral.

La misma amistad, sin ir más lejos, requiere del ejercicio de la fe y la confianza, puesto que, sin ellas, ningún amigo merecería tal nombre. Así lo entendía un pensador de la antigüedad, que se preguntaba: ¿Cómo puedo afirmar que no se debe creer en nada sin conocerlo directamente, si, en caso de no creer algo que no puede ser demostrado con seguridad por la razón, no existiría la amistad, ni el amor?

 

¿Creer en algo que me complica la vida?

—Hay veces en que la resistencia a creer en Dios es sobre todo una resistencia de la voluntad para evitarse complicaciones morales.

Ciertamente, y por eso muchos agnósticos se amparan en la excusa de que no se puede conocer con certeza la existencia de Dios, para así vivir en la práctica como si no existiera. Y resuelven sus dudas intelectuales apostando a nivel práctico por la no-existencia de Dios, con una seguridad y asumiendo unos riesgos difíciles de conciliar con sus anteriores razonamientos.

Es una postura que, por otra parte, puede resultar muy seductora para quienes buscan eludir algunas de las exigencias morales que supone la existencia de Dios, al tiempo que se evitan la molestia de rebatirlas. De esta manera, su agnosticismo acaba siendo una sencilla fachada intelectual que esconde unos planteamientos que a lo mejor pueden ser cómodos pero desde luego no son muy consistentes.

Hay otros, a los que quizá habría que alabar inicialmente por su sinceridad, que afirman creer en Dios, pero que prefieren ponerlo entre paréntesis porque, por alguna razón más o menos confesada, no les interesa que afecte a su vida. Se trata de un indiferentismo que, si bien puede ser efectivamente sincero, no parece tampoco un ejemplo de coherencia.

Otros profesan una especie de agnosticismo estético, con el que hacen difíciles equilibrios entre el escepticismo y la búsqueda de aprobación social, o entre el miedo al compromiso y el miedo al “qué dirán”. Parecen pensar que la incredulidad es prueba de elegancia y sabiduría, y quizá por eso llegan hasta el extremo de fingirla.

En unos casos y en otros, son actitudes que responden a decisiones personales, que son muy libres de tomar, por supuesto, pero que con frecuencia no se fundamentan en un discurso intelectual muy riguroso. El discurso suele venir después, para justificar su decisión.

 

Agnosticismo y cálculo de probabilidades

—Otros, y parece que lo dicen honradamente, aseguran que si alguien les convenciera de que Dios existe, se convertirían. Pero que no pueden forzar una fe que no tienen. Dicen incluso que les gustaría tener la fortuna de poseer esa fe que ven que hace tan felices a otros...

Se le podría dar la vuelta a su razonamiento: que sea él quien demuestre que Dios no existe, o que no puede conocerse, y así entonces serías tú quien se convertiría a su postura.

—De entrada, me diría que no tiene ningún interés en convertirme, como parezco tenerlo yo.

Pienso que todo hombre realmente persuadido de conocer cualquier verdad debe tener la ilusión de compartirla con los demás. Buscar que los demás se acerquen a lo que uno considera verdadero —respetando siempre la libertad, por supuesto—, es algo positivo.

—Pues entonces admitiría que tampoco se puede demostrar que no existe Dios, pero como su existencia es algo dudoso, le parece igual de razonable apostar por cualquiera de las dos opciones.

Sin embargo, él, en la práctica, vive como si Dios no existiera. Está viviendo, en definitiva, conforme a algo que no puede demostrar. En el fondo, está teniendo fe en algo, en la no-existencia de Dios, pero con el agravante de que si efectivamente al final resultara que Dios existe —cosa que sabremos dentro de no tanto tiempo—, lo más probable es que él haya salido perdiendo en esa apuesta, y entonces ya no tendría arreglo.

—Pero dirá que si al final resulta que Dios no existe, eres tú quien pierde, y él, en cambio, habrá salido ganando.

No está tan claro, pues no parece muy seguro que quienes viven al margen de Dios pasen una vida más feliz. Ellos mismos reconocen muchas veces —lo comentabas antes tú mismo— que incluso les gustaría tener la fe que ven que hace tan felices a otros. Y es lógico que así suceda, puesto que tener fe es siempre servir a algo más elevado, y todo hombre —quiéralo o no— es siervo de las cosas en las que pone su felicidad.

O sea, que si al final de la vida se comprueba que Dios existe, el agnóstico ha apostado por el error de más trascendencia que pueda haber. Y si Dios no existiera, tampoco habría salido ganando. Así que, hasta por esta razón de probabilidad, parece bastante razonable apostar por la fe. Así lo resumía Pascal: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe".

"Porque —añadía, haciendo gala de su habitual pragmatismo de científico— si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.”

Por otra parte, si Dios existe, ha de haber una religión, pues la religión es lo propio de la relación natural entre cualquier ser y quien lo ha creado. Igual que lo natural es que un hijo trate a sus padres, por la sencilla razón de que le han traído al mundo, lo natural en el hombre es mantener una relación con su creador, y puede decirse que eso es la religión.

 

Alfonso Aguiló

 

 

 
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