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¿Qué hay de verdad en tantas leyendas negras de la Iglesia? PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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El ideal o el proyecto más noble
puede ser objeto de burla
o de ridiculizaciones fáciles.
Para eso no se necesita
la menor inteligencia.
Alexander Kuprin

 

Las historia de las misiones

—Hay bastantes movimientos críticos contra el modo en que se desarrollaron las misiones. Parece que la Iglesia lleva con esto un lastre importante.

Pienso que ha habido con esto muchos juicios sumarios y apresurados que no responden a la verdad de la historia. No pretendo disculpar los fallos, grandes o pequeños, que seguro que habrá habido a lo largo de todos estos siglos de trabajo en las misiones de tantísimas personas en tantísimos lugares del mundo. Pero hay cada vez más estudios históricos serios sobre este tema, y las nuevas investigaciones dejan al descubierto que la fe, y la propia Iglesia, realizaron una gran tarea de servicio y de protección de las personas y de la cultura frente al impulso de aplastamiento que muchas veces tuvieron los conquistadores o las potencias coloniales.

En el caso concreto de América Latina, el papa Pablo III y sus sucesores intercedieron con firmeza a favor de los derechos de los indígenas, y dictaron disposiciones jurídicas bien claras. La Corona española también promulgó leyes que protegían los derechos de los nativos, y fue en aquel siglo de oro español cuando los teólogos y canonistas católicos dieron origen a la idea de los derechos humanos. Todo aquello constituyó un auténtico valladar contra el exterminio de las poblaciones indígenas, tristemente habitual en otro tipo de colonizaciones.

Esa ingente actividad misionera se transformó en un gran movimiento defensor de la dignidad y los derechos del hombre. Y si los indígenas acogieron enseguida el cristianismo fue en gran parte porque comprendieron su enorme fuerza protectora y su valor liberador (liberador también del culto que muchos de ellos habían tenido hasta entonces). Los obispos, sacerdotes y misioneros se convirtieron en los principales defensores con que podían contar los débiles y los oprimidos. Y de modo semejante a como había sucedido en la Edad Media en la vieja Europa, actuaron también como educadores, como fundadores de universidades, como desbrozadores de terrenos baldíos, como estudiosos de aquellas culturas indígenas, como promotores de formas de vida que no concluyeran con el exterminio de una raza por otra, sino con el mestizaje. Si las etnias y las culturas indígenas no desaparecieron fue debido a esa fecunda labor que hizo prevalecer los principios cristianos sobre la codicia de los conquistadores.

 

La abolición de la esclavitud

—Pero así como la defensa de los indígenas americanos tuvo desde el principio sus principales valedores en el cristianismo, no puede decirse lo mismo de la esclavitud.

Es un asunto más complejo, y habría que analizar su evolución a lo largo de la historia. En el mundo antiguo se consolidó la idea aristotélica de que algunos de los hombres habían nacido para ser esclavos. Esto, unido a la piedad con los prisioneros de guerra, para los que ser esclavo era mejor que la muerte, hizo que el fenómeno de la esclavitud estuviera presente en todas las civilizaciones de la antigüedad. Entre las sociedades esclavistas estaban la griega y la romana. El derecho romano, por ejemplo, consideraba al esclavo una cosa —res, sin ningún derecho, a disposición total de su amo.

Con la llegada del cristianismo se proclama la igualdad absoluta de todos los hombres ante Dios. Sin embargo, se tardará siglos en llegar a la abolición de la esclavitud, pero ya estaba puesto el punto de partida. La Iglesia desde el principio consideró a los esclavos como personas, los admitió a los sacramentos, se preocupó de su instrucción e impulsó a los amos a tratarlos con la mayor consideración. Pese a eso, el fenómeno de la esclavitud vino a ser en todo el mundo una de las más grandes lacras sociales y una ofuscación que pervivió durante siglos y ensombreció verdades que estaban contenidas en el mensaje cristiano.

La lucha contra la esclavitud surgió poco a poco en el seno del cristianismo, y solo bastante después recibió el respaldo de otras culturas y otros modos de pensar.

—¿No fue entonces algo que impulsó más bien la Ilustración?

Coincidió en el tiempo con la Ilustración, pero no siempre en las ideas. Si examinamos las páginas de la Enciclopedia —el máximo exponente de la Ilustración—, puede verse que los ilustrados no solo no eran contrarios a la esclavitud, sino que veían como natural considerar que unas razas eran superiores y otras inferiores, y que las superiores dominaran a las inferiores por su bien, pues —afirmaba la Enciclopedia— “los negros se encontrarán mejor bajo el dominio de un amo blanco en América que en libertad en África”.

No resulta difícil imaginar lo que hubiera sido de esos hombres si, frente a la visión de los conquistadores, frente al pensamiento ilustrado y frente a las concepciones islámica y pagana de la esclavitud, no se hubiera alzado una recuperación del concepto cristiano acerca de la dignidad de todo hombre.

—¿Y cómo fue el proceso de la abolición de la esclavitud?

El inicio de la trata de esclavos a gran escala comenzó en el siglo XV en diferentes puntos de la costa africana. Durante más de un siglo, Portugal casi monopolizó ese tráfico gracias a la colaboración de los comerciantes árabes del norte de África, que ya enviaban esclavos de África central a los mercados de Arabia, Irán y la India. El descubrimiento de América llevó a otras naciones a sumarse a esa práctica tan denigrante. Ni siquiera la Revolución americana de 1776 cambió la situación, y la Constitución norteamericana admitió también la esclavitud.

La idea de abolir la esclavitud surgió en el seno del cristianismo, a medida que se fue tomando mayor conciencia de que se oponía a los principios del Evangelio. No fue una tarea fácil, ya que chocaba con evidentes e importantes intereses económicos, pero finalmente, y gracias sobre todo al empeño de William Wilberforce y de Thomas Clarkson, Inglaterra prohibió en 1807 el comercio de esclavos, y en 1833 declaró la abolición de la esclavitud en la totalidad de los territorios británicos. El único país que se adelantó fue Dinamarca, en 1792, y lo hizo también apelando directamente a valores cristianos. A lo largo del siglo XIX la esclavitud fue abolida sucesivamente en el resto de los países de tradición cristiana.

Hoy día, a pesar de las normas antiesclavistas de la legislación internacional, la esclavitud sigue siendo una triste realidad fuera de Occidente y afecta a no menos de cien millones de personas. En algunos países islámicos y budistas cuenta incluso con una cobertura legal. De no haber sido por la influencia del cristianismo, tal vez tendríamos ese mismo panorama en las sociedades occidentales.

 

Preocupación por los que sufren

Por otra parte, hay que decir que la influencia de la fe cristiana en la lucha por aliviar el sufrimiento humano ha sido decisiva a lo largo de la historia. Ya en el Imperio Romano, el cristianismo se preocupó por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que el imperio apenas sentía preocupación. También dio una acogida extraordinaria a la mujer, y contribuyó a suavizar las barreras étnicas entonces tan marcadas. El cristianismo predicaba a un Dios ante el cual no cabía mantener la discriminación que oprimía a las mujeres, el culto a la violencia, el infanticidio, el abandono de los desamparados, etc.

En los siglos siguientes, el cristianismo fue también decisivo para preservar la cultura y extender la educación. Impulsó la defensa y la asistencia de los débiles y se preocupó por quienes nadie parecía tener interés. Baste citar, por poner algunos ejemplos, la aportación de San Juan de Dios o de San Camilo de Lelis, que fundaron órdenes religiosas dedicadas a atender a enfermos pobres o abandonados, y en especial a los enfermos mentales, verdaderos olvidados de la sociedad durante siglos; o el esfuerzo de innumerables instituciones católicas dedicadas a atender leproserías, dispensarios, personas pobres o abandonadas, niños huérfanos, etc.

“Ahora —ha escrito Tomás Alfaro—, o en cualquier otro momento de la historia de los últimos veinte siglos, si buscamos un grupo de personas miserables, abandonadas por todos, marginadas por la sociedad, con los que nadie querría pasar una hora, es casi seguro que a su lado encontremos a alguien que se considera hijo de la Iglesia, y que hace lo que hace precisamente por ser seguidor de Cristo.”

 

Las cruzadas

—¿Y qué dices de las cruzadas, que fueron guerras de religión promovidas por la Iglesia?

Se trata de un tema complejo, pues las cruzadas abarcan cerca de doscientos años y al estudiar su desarrollo a lo largo de la historia debe hacerse un juicio de conjunto, pero no puede decirse que fueran guerras de religión. De entrada —como ha escrito el historiador Franco Cardini—, la palabra “cruzada” es una expresión moderna que se usa sistemáticamente solo desde el siglo XVIII. Hasta entonces no existía esa palabra, lo que indica que, hablando de Cruzadas desde entonces hasta hoy, se ha hecho toda una serie de generalizaciones engañosas.

Las cruzadas nunca fueron guerras de religión, no buscaban la conversión forzada o la supresión de los infieles. Los excesos y violencias realizados en el curso de las expediciones —que han existido y no se pretenden ocultar— deben ser evaluados en el marco de la normal aunque dolorosa fenomenología de los hechos militares de la época. La cruzada corresponde a un movimiento de peregrinación armado que se afirmó lentamente entre el siglo XI y el XIII, y que debe ser entendido en el contexto del largo encuentro entre Cristiandad e Islam, que produjo resultados culturales y económicos muy positivos. ¿Cómo se justifica, si no, el dato de frecuentes amistades e incluso alianzas militares entre cristianos y musulmanes en la historia de las Cruzadas?

San Bernardo de Claraval propuso que contra aquella caballería laica del siglo XII, formada por gente ávida, violenta y amoral, se creara una nueva caballería al servicio de los pobres y de los peregrinos. La propuesta de San Bernardo era revolucionaria, una nueva caballería hecha de monjes que renunciasen a toda forma de riqueza y de poder personal. Su objeto era ponerse al servicio de los cristianos amenazados por los musulmanes, recuperar la paz en Occidente y socorrer a los correligionarios lejanos. La cruzada exigía reconciliarse con el adversario antes de partir, renunciar a la disputa y a la venganza, aceptar la idea del martirio, ponerse a sí mismos y a los propios bienes a disposición de los demás, y embarcarse por un cierto número de meses o de años en una expedición movida por el deseo de garantizar el libre acceso de los peregrinos a los Santos Lugares, entendido como búsqueda de la memoria de Jesucristo en la tierra que había sido escenario de su existencia terrena.

Prescindiendo de la mayor o menor categoría humana y espiritual de los participantes, su impulso era fundamentalmente espiritual. Movidos por ese deseo de peregrinación, abandonaron todo lo que tenían y se lanzaron a una aventura en la que no pocos no solo se arruinaron sino que incluso encontraron la muerte. No se trató, por lo tanto, de un movimiento material disfrazado de espiritualidad, ni de una guerra santa, sino de un colosal impulso de raíces espirituales que no tuvo inconveniente, pese a sus enormes defectos, en afrontar considerables riesgos y pérdidas materiales.

Hay que decir que en nuestros días la Iglesia católica impulsa de modo decidido el diálogo religioso y cultural con el Islam. Los últimos pontífices han recordado que los cristianos reconocemos con alegría los valores religiosos que compartimos con el Islam. La Iglesia mira a los musulmanes con estima, convencida de que su fe en Dios trascendente puede contribuir a la construcción de una nueva familia humana. La adoración al único Dios, creador de todos, nos alienta a intensificar en el futuro nuestro conocimiento recíproco, caminando juntos por el camino de la reconciliación. Renunciando a toda forma de violencia como medio para resolver las diferencias, las dos religiones podrán ofrecer un signo de esperanza al mundo.

 

Isabel la Católica

—Isabel de Castilla es una figura histórica muy controvertida. Llama la atención que haya pasado a la historia con el título de “católica”, pero que, por ejemplo, fuera quien expulsó a los judíos de España…

El hecho de que en determinado momento la reina prohibiera la práctica del judaísmo en España (porque el judío que se convertía no se debía marchar) ha creado efectivamente un ambiente negativo en torno a su persona. Pero quizá no se tiene en cuenta que esa expulsión fue una medida general en Europa, y que España fue de los últimos países en aplicarla, y lo hizo solo cuando ya no quedaba otro remedio porque las presiones internacionales eran enormes (los judíos fueron expulsados de Inglaterra en 1290, de Alemania en 1375, de Francia en 1394, de Austria en 1421, etc.). Y cuando España tomó esa decisión, tuvo la preocupación de asegurar que los judíos dispusieran de un plazo para decidir, y que pudieran disponer de todos sus bienes, cosa no muy corriente en aquella época.

En el siglo XV, en todos los países, la ciudadanía estaba ligada al principio religioso, de modo que el “no fiel” podía ser un “huésped tolerado y sufrido” —esta es la frase que suelen utilizar los documentos— pero no un súbdito. Al huésped se le cobraba una determinada cantidad a cambio del derecho de estancia, pero ese permiso podía ser suspendido (recuerda un poco a los “permisos de residencia” de las actuales leyes de extranjería en esos mismos países).

Todas las figuras importantes de la historia han cometido errores, como sucedió en este caso, pero ha de quedar claro que no fue un error particular de Isabel la Católica: el judaísmo estaba prohibido desde mucho tiempo atrás en Inglaterra y en Francia, en Nápoles, y prácticamente en toda Europa. De hecho, el claustro de la Universidad de París se reunió para felicitar a los reyes de España por la medida que, al fin, habían tomado.

En aquellos tiempos se entendió esa medida como se entendería hoy una decisión de Estado que, causando grandes incomodidades a una serie de personas, se estimara digna de ejecutarse por el bien general de todos los demás. Si se pensara ahora en una minoría extranjera escasamente integrada en la nación y con unas fuertes señas de identidad, y se pensara que comprometen la seguridad del Estado, es probable que muchos justificaran la conveniencia de que se adoptaran medidas drásticas. Por ejemplo, exigirles fidelidad a las normas del juego democrático. Y no de modo muy diferente se consideraba el cristianismo en la Europa del siglo XV, es decir, como un sistema de valores incuestionable. No sé cómo se juzgarán dentro de cinco siglos nuestras actuales leyes de extranjería, o las expulsiones de inmigrantes ilegales, pero a quien entonces lo juzgue habrá que pedirle que lo haga considerando la mentalidad y situación actuales.

—¿Y qué dices del papel de la reina Isabel en la conquista de América?

Ella es la primera en muchos siglos que reconoce que los habitantes de esas tierras recién incorporadas a la Corona son hombres como los demás, que han sido redimidos por Cristo y que por tanto han de ver reconocidos sus derechos humanos. Sin esta postura de Isabel la Católica difícilmente se habría llegado tiempo después a la Constitución de los Estados Unidos, que repite prácticamente lo que ella dijo, que Dios nos ha hecho a todos libres, iguales y en búsqueda de la felicidad.

Se habla mucho de las atrocidades que se cometieron, y efectivamente hubo muchos errores prácticos, pues los encargados de llevar a cabo la tarea de colonización en ocasiones se dejaron llevar por sus intereses particulares y conculcaron los derechos de los nativos. Pero los principios siempre estuvieron claros, y de hecho, para burlar esa legislación, los grandes propietarios, siglos después, tuvieron que comprar negros ya esclavos en África para poder introducir allí esa servidumbre a la que aspiraban, porque las leyes de Castilla se lo impedían radicalmente: ningún indio podía ser esclavo.

Cada cristiano puede pensar lo que quiera sobre la actuación de Isabel la Católica, puesto que las decisiones personales de su reinado no comprometen a la fe cristiana, pero su actuación se ha utilizado tanto en contra de la Iglesia católica, presentando a la reina como una mujer intolerante —e intolerante precisamente por ser católica—, que conviene destacar algunos testimonios históricos sobre este punto.

Por ejemplo, los Reyes Católicos fueron personas conciliadoras y fáciles para el perdón, como demuestra el hecho de que al término de una guerra civil, fueron capaces de evitar las represalias y pactar con quienes estuvieron sublevados contra ellos, y garantizarles que no iban a sufrir perjuicio ninguno, sino que seguirían desempeñando las funciones sociales y el nivel que hasta entonces ocupaban. Aquello fue un ejemplo de cómo una guerra civil se cierra sin resentimientos, cosa muy difícil, pues lo normal es que se creen odios que permanecen durante mucho tiempo.

Otro ejemplo es cómo la reina acoge y educa a los hijos ilegítimos de la mujer de Enrique IV. Y cómo cuida también de los hijos ilegítimos de su marido, y cómo siente hacia todos ellos una obligación de afecto que va más allá del simple ejercicio de la caridad.

También defendió los derechos de las mujeres. En España no se había producido como en Francia una negativa tan rotunda al reconocimiento de los derechos de las mujeres, pero estos derechos eran más para ser transmitidos a los hijos o a los maridos que para ser ejercidos por ellas mismas. Isabel establece el principio contrario: no hay diferencia en cuanto a la capacidad de gobierno entre hombre y mujer, y así educa a sus hijas, y así procede ella misma también. Esa norma estaría vigente hasta principios del siglo XVIII en que, por razones de progreso ilustrado, se impuso la Ley Sálica.

Con sus errores, que los tuvo, fue una mujer que tuvo presente siempre el juicio de Dios. Una mujer que cuando escribe a su marido gravemente herido después de un atentado le dice: “Acuérdate de que tenemos que rendir cuentas ante Dios, y las cuentas que nos va a pedir a nosotros, los reyes, son mucho más estrechas que las que pide a ninguno de nuestros súbditos”.

 

Miguel Servet

—¿Y esa otra vieja historia sobre Miguel Servet, que por su descubrimiento de la circulación de la sangre fue quemado en la hoguera?

Esa vieja leyenda puede rebatirse sin grandes despliegues de erudición. Para empezar, Miguel Servet no descubrió la circulación de la sangre, sino solo lo que se conoce como la “circulación menor”, es decir el paso de la sangre de un lado a otro del corazón a través de los pulmones, donde se purifica la sangre en contacto con el aire que se respira.

Curiosamente, además, esa aportación mundial y motivo del lugar preeminente de este médico aragonés en la historia de los grandes descubrimientos, fue intercalada entre los párrafos de un libro de teología titulado “Christianismi restitutio”. Cuando el libro cayó en manos de Calvino, con su Reforma calvinista recién implantada en la ciudad de Ginebra, discrepó abiertamente de aquellas teorías teológicas, hasta el punto de declarar públicamente que si Miguel Servet aparecía por esa ciudad, sería quemado en la hoguera, tal y como se arreglaban por entonces muchas de las diferencias personales o políticas. Miguel Servet hizo caso omiso de la advertencia, se plantó desafiante en la aburrida ciudad y ocurrió lo previsible: terminó en la hoguera y sus cenizas esparcidas al viento. Fue ajusticiado por eso, y no por descubrir la circulación de la sangre. Fue algo terriblemente cruel e injusto, pero ni lo hizo la Iglesia católica ni fue por descubrir la circulación de la sangre.

 

Escándalos de abusos sexuales

—Y si pensamos en épocas más recientes, ¿qué dices de los escándalos por denuncias de abusos sexuales de sacerdotes, que se dieron sobre todo en Estados Unidos?

Han sido hechos muy tristes y lamentables, que saltaron con gran fuerza a la opinión pública sobre todo a partir del año 2002, y se criticó por ese motivo muy duramente a la Iglesia católica. Aunque casi todos los casos se remontaban a bastantes años atrás y afectaban a un pequeño porcentaje del clero católico, causaron daños muy graves, en primer lugar a las víctimas y después al prestigio del sacerdocio. Se reprochaba también a los obispos haber aplicado medidas insuficientes, sin decidirse a tomar otras más firmes para afrontar el problema, pues se publicaron historias de sacerdotes culpables de abusos de menores a los que el obispo se limitaba a cambiar de encargo pastoral o que eran reintegrados al ministerio tras un tratamiento psicológico que no curaba suficientemente sus desviadas tendencias.

Los medios de comunicación atacaron con insistencia a la Iglesia, pero apenas se prestó atención a las estadísticas generales de abusos a menores en el país. Se puso mucha atención en unas pocas decenas de casos protagonizados por sacerdotes a lo largo de los últimos veinte o treinta años, pero no se mencionaba la enorme cifra de casos en los que el responsable no era un sacerdote, y no se puede obviar que, por ejemplo, solamente en ese año hubo más de cien mil casos de abusos sexuales a menores en los Estados Unidos.

Es evidente que el abuso sexual a un menor por parte de un sacerdote es una falta gravísima y que debe hacerse todo lo posible por evitarlo. Y está claro que hay que tomar medidas drásticas cuando se produzcan, como se hizo entonces y fue un ejemplo de capacidad de reacción ante un triste y doloroso problema. Pero es fundamental defender a la inmensa mayoría de sacerdotes de conducta ejemplar que trabajan cada día en sus comunidades y parroquias, y atienden abnegadamente a su feligresía. La forma en la que se expusieron los hechos, datos y situaciones por parte de la mayoría de los medios de comunicación no solo enturbiaba y afrentaba a la Iglesia católica, sino que ensombrecía e infamaba a todos los sacerdotes que dedican esmeradamente sus vidas en servicio de los demás, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, muchas veces con caridad heroica.

Este escándalo hizo también que surgieran de nuevo voces pidiendo la abolición del celibato sacerdotal, al que se culpaba de esos problemas. La protesta pasaba por alto que esos tristes casos eran proporcionalmente menos frecuentes en el clero católico que en el clero casado protestante y en otras profesiones de atención a menores. Las dimensiones, los tiempos y el contexto histórico fueron sistemáticamente alterados o silenciados. Casi nadie dijo, por ejemplo, que en los Estados Unidos eran cinco veces más los casos imputados a pastores casados de comunidades protestantes, o que en el mismo periodo en que en ese país fueron condenados cien sacerdotes católicos, fueron cinco mil los profesores de gimnasia y entrenadores deportivos que sufrieron idéntica condena. Y tampoco nadie recordó que el ámbito más habitual de los abusos sexuales a menores es precisamente en la familia, donde suceden dos tercios del total de los casos conocidos.

Lo que esta crisis llevó a abordar a fondo es una cuestión bastante debatida en años anteriores en algunos sectores de la jerarquía católica norteamericana un tanto “disidentes” respecto a la doctrina católica oficial. Se trata de la homosexualidad dentro del clero y en la selección de los candidatos al sacerdocio. Hay que tener en cuenta que la mayoría de los casos ocurridos no habían sido de pederastia (trastorno psicológico por el que un adulto abusa sexualmente de un niño impúber), sino de abusos a chicos de más edad, protagonizados por una pequeñísima minoría de sacerdotes homosexuales activos que abusaron de adolescentes aprovechándose de su autoridad y de su condición de sacerdotes. El hecho de que casi todas las acusaciones se refirieran a abusos cometidos con chicos, no con chicas, indica que los sacerdotes acusados eran sobre todo personas con tendencias homosexuales. Era por tanto un problema de homosexuales activos dentro del clero, no de pederastia, y revelaba claramente una deficiencia en la selección de candidatos al sacerdocio y en su formación en algunos seminarios de Estados Unidos. Un grave error al que pronto se puso remedio.

Todo aquel sensacionalismo en torno a esas tristes noticias es un ejemplo de lo que el arzobispo de New York, Timothy M. Dolan, denominaba “indignación selectiva”. Por ejemplo, en octubre de 2009 se hicieron públicos en el New York Times cuarenta casos de abusos sexuales de niños en una pequeña comunidad judía de Brooklyn, solo en el último año. La actitud del diario ante ese caso fue infinitamente más benévola que la mantenida contra la Iglesia católica a raíz de casos similares en años anteriores. No exigió lo que pedía a grandes voces cuando hubo el mismo tipo de abusos por parte de una pequeña minoría de sacerdotes: la publicación de los nombres de los abusadores, expulsión inmediata, investigaciones externas, apertura de todos los archivos, transparencia total. Algo parecido sucedió en 2004, cuando la profesora Carol Shakeshaft documentó el enorme problema de abusos sexuales de menores en las escuelas públicas norteamericanas. O en 2007, cuando la Associated Press publicó otros nuevos informes después de una larga investigación sobre numerosos casos de abusos sexuales por parte de profesores de centros públicos. Como se ve, en unos casos esos medios de comunicación apenas prestan atención, y en cambio, cuando se trata de la Iglesia católica, se destapa la caja de los truenos con un furibundo anticatolicismo que da mucho que pensar.

Como ha señalado Juan Manuel de Prada, a nadie se le escapa que nuestra época padece con la pederastia una plaga de magnitud creciente. No hay semana en que no leamos en la prensa que se ha desarticulado una red de pornografía infantil; no hay semana en que no sepamos de niños que han sufrido abusos perpetrados por adultos sin escrúpulos, con frecuencia familiares suyos. Y, mientras la plaga arrecia, descubrimos que también ha alcanzado a unos pocos sacerdotes católicos: por ejemplo, en Alemania, de las 200.000 denuncias de abusos infantiles realizadas desde 1995 a 2010, solo 94 afectan a ministros de la Iglesia católica. De lo cual habría de deducirse, en estricta lógica, que las personas célibes incurren mucho menos en ese aberrante crimen, y que, si lo hacen, no es por ser célibes sino porque padecen una abominable perversión sexual. Los escasos sacerdotes que abusan de niños no lo hacen porque su sexualidad esté reprimida por el celibato, como desquiciadamente pretenden los promotores de esa campaña feroz contra la Iglesia, sino porque su sexualidad está desviada. En la misma dirección, por cierto, que nuestra época aplaude y estimula y promueve, aunque luego se rasgue farisaicamente las vestiduras cuando tal desviación se ensaña con la infancia.

Quienes promueven esas campañas denigratorias, no dicen que haya unos pocos curas pederastas que denigran su ministerio, entre tantos miles de curas que cada día lo dignifican y exaltan, sino que insisten en que los curas son pederastas. Cuando se trata de envilecer a la Iglesia, de nada sirve que por cada cura pederasta haya mil curas que alivian la miseria de millones de niños, que alumbran el porvenir de millones de niños, que desveladamente trabajan por salvar su infancia desvalida. De nada sirve que el Papa exprese su pesar ante conductas tan abominables como aisladas, que grite a los culpables que responderán ante Dios y ante los tribunales de justicia, que clame diciendo que han traicionado la confianza depositada en ellos por jóvenes inocentes y por sus padres, que les recuerde que han hecho un daño inmenso a las víctimas, a la imagen de la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y la vida religiosa. De nada sirve que haya mostrado su disposición a limpiar la suciedad que pretende refugiarse dentro de la Iglesia, aplicando soluciones dolorosísimas ante las que no le ha temblado jamás el pulso. De nada sirve que haya extremado su celo y reclamado a los obispos que extremen el suyo, vigilando la conducta de sus sacerdotes y seminaristas. A todos esos difamadores solo les interesa desacreditar a los sacerdotes, y saben que cuentan con una clientela crédula que, por cerrazón de su inteligencia o suciedad de su corazón, está dispuesta a tragarse todas esas mentiras.

 

¿No hacer nada para no equivocarse?

—Hay gente que piensa que la Iglesia debería recortar su actuación, para evitar el peligro de cometer todos esos errores reales o supuestos que ha habido a lo largo de la historia.

Es bastante fácil atacar a la Iglesia, y burlarse de las páginas más difíciles de su historia. No intento en estas líneas justificar los errores que realmente hayan cometido muchos cristianos a lo largo de los siglos. Pero a veces pienso que si a esas personas les parece que la Iglesia tiene las manos sucias, habría que decirles que quizá ellos no tienen las manos sucias porque no tienen manos o porque no las utilizan.

La Iglesia procura realizar su tarea, y vive inmersa en una sociedad cambiante que se desarrolla a su vez en una época determinada, y trata de insertar en ella la levadura sobrenatural del Evangelio. La grandeza de la Iglesia está en afrontar las variaciones del hombre en el transcurso de los siglos y tratar de introducir en su vida lo sobrenatural. Si para evitar el riesgo de contaminar su pureza, la Iglesia renunciara a intentar hacerse presente en la sociedad de cada momento, se quedaría en un simple y curioso empeño abstracto.

Hay mucho purista que se escandaliza de las actuaciones de la Iglesia o de los católicos, pero que no aporta ninguna solución a todos esos problemas que a cualquier persona debieran interpelar seriamente. Propugnan una seguridad en las actuaciones, un no asumir riesgos de ningún tipo, que no lleva a otra paz que la del cementerio. La Iglesia afronta con serenidad todos esos sarcasmos, porque desea cumplir su misión entre los hombres. Sabe que roza sin cesar el peligro de empañar la pureza de su mensaje, al menos según las apariencias, al tratar de encarnarlo en una historia que a veces se vuelve contra ella, contra quien quiere salvarla. La Iglesia prefiere ese riesgo a un estéril replegamiento sobre sí misma. Lo prefiere, y afronta ese riesgo desde hace veinte siglos porque, en su amor al hombre, acude a los puntos de más necesidad, más amenazados.

Siempre habrá personas que se obstinen en no ver en el cristianismo otra cosa que las deformaciones de las que ha sido objeto a lo largo de la historia. Siempre habrá quien relacione la fe cristiana con el oscurantismo, con la "sombría Edad Media", con la intolerancia, con la presión sobre las conciencias, con el subdesarrollo intelectual, con el retraso y la falta de libertad. Es una imagen que se ha creado unas veces con mala intención, y otras simplemente por desconocimiento, y que quizá procede de esa vieja idea ilustrada por la que tantos pensaban que el racionalismo ateo había obtenido un gran triunfo sobre la fe.

La historia de la Iglesia es una serie siempre repetida de intentos de construir el reino de Dios en la tierra, con sus correspondientes aciertos y sus correspondientes errores. Esto último no es nada sorprendente, ni es algo que Jesucristo no previera. La parábola de la cizaña sembrada entre el trigo muestra con claridad que Él lo sabía y que esto está de acuerdo con el plan de Dios.

La vida de la Iglesia en la historia, así como la vida del cristiano individual —afirma Thomas Merton—, es un acto constantemente repetido que empieza siempre de nuevo, una historia de buenas intenciones que acaba en éxitos y en equivocaciones; de errores que han de ser corregidos, de defectos que tienen que ser utilizados, de lecciones que se aprenden mal y deben aprenderse una y otra vez. Ha habido vacilaciones y falsos comienzos en la historia cristiana. Ha habido incluso errores graves, pero la Iglesia no ha perdido nunca su camino.

 

Alfonso Aguiló

 

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