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Robert L. Spitzer, "Terapia de reorientación sexual para homosexuales", V.01 PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Robert L. Spitzer, psiquiatra y profesor en la Universidad de Columbia (Nueva York), fue uno de los que en 1973 promovieron que la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) retirara la homosexualidad de la lista de trastornos psíquicos (DSM), decisión que tuvo consecuencias en todo el mundo. Ahora, durante la asamblea anual de la APA (Nueva Orleans, 10-15 de mayo), Spitzer ha presentado los resultados de un estudio según el cual, de 153 hombres y 47 mujeres entrevistados por él, el 66% de los hombres y el 44% de las mujeres habían cambiado su orientación sexual, pasando de la homosexualidad a la heterosexualidad.

En todos los casos, se trataba de personas que habían recurido a psicoterapia o ayuda espiritual de carácter religioso con el fin de cambiar su orientación sexual. Según declara Spitzer, el objetivo de su estudio no era saber si todos los homosexuales pueden cambiar, sino averiguar hasta qué punto los que desean cambiar lo consiguen. De todos modos, el mero hecho de plantearlo le ha acarreado duras críticas.

En otro estudio sobre el mismo tema, los psicólogos neoyorquinos Ariel Shidlo y Michael Schroeder entrevistaron –entre 1995 y 2000– a 202 gays y lesbianas que recibían ayuda médica en materia sexual. De ellos, 178 no cambiaron su orientación, 18 comenzaron a ser asexuales o tuvieron otras reacciones conflictivas, y 6 comenzaron a ser heterosexuales.

Sobre ambos estudios hemos conversado con el Dr. Aquilino Polaino-Lorente, psiquiatra y catedrático de Psicopatología en la Universidad Complutense de Madrid. “Habrá que esperar a conocer el contenido íntegro de ambos estudios –dice Aquilino Polaino– para valorar sus conclusiones. En concreto, será muy interesante conocer la predisposición a la reorientación sexual de los entrevistados y si al tratamiento psicoterapéutico se ha añadido medicación”. Polaino-Lorente ha tratado a más de 150 homosexuales, y dice no haber encontrado dos casos iguales. “Además conviene no olvidar la frecuente presencia en los homosexuales de dos trastornos simultáneos (un fenómeno denominado comorbilidad que suele abrir numerosos interrogantes sobre su interacción, influencia, relación causa-efecto y efectos de acción-reacción cuando se actúa médicamente sobre ellos): los trastornos de personalidad y los trastornos obsesivo-compulsivos”.

El presidente de la APA, Daniel Borenstein, no ha tardado en reaccionar para distanciarse del estudio de Spitzer. “Hay gente –declaró inmediatamente Borenstein al Washington Post– que piensa que toda conducta homosexual debe, tiene y puede ser cambiada, e intentan imponer sus valores morales. Lo cual es inapropiado”.

Para Polaino-Lorente, la actitud del presidente de la APA “se basa en una confusión deontológica: el médico no impone el tratamiento, sino que acoge la petición de ayuda de personas que sufren física o psíquicamente. De hecho, en Estados Unidos se está ejerciendo enorme presión sobre los psiquiatras que admiten a pacientes homosexuales que piden terapia de reorientación sexual”.

Spitzer salía al paso del aluvión de reacciones generadas por su intervención en el congreso de la APA, con un artículo publicado por Wall Street Journal (23-V-2001). Después de recordar los parabienes y las enemistades que se procuró al promover la salida en 1973 de la homosexualidad de la lista de trastornos psiquiátricos, comenta que “ahora, en 2001, me encuentro desafiando una nueva ortodoxia. Este desafío me hace aparecer como enemigo de la comunidad gay y de bastantes psiquiatras e instituciones académicas. Mi desafío es poner en cuestión que todo deseo de cambiar la orientación sexual sea siempre el resultado de la presión social y nunca una meta personal y razonable. La nueva ortodoxia establece que es imposible para un individuo que era predominantemente homosexual desde hacía bastantes años cambiar su orientación sexual y ser feliz como heterosexual”.

Spitzer explica que lo que ha descubierto en su estudio es que “se producían cambios sustanciales en las fantasías y en la excitación sexual y no meramente en la conducta. Incluso algunos sujetos que lograron un cambio menos decisivo lo estimaron extremadamente beneficioso. Los cambios absolutos eran infrecuentes”.

Concluye el artículo de Spitzer con un llamamiento al progreso de la ciencia y con una cuestión abierta: “A fin de cuentas, la total integración de los gays en la sociedad no requiere, a mi juicio, sostener la falsa noción de que la orientación sexual está invariablemente determinada en todas las personas”.

“Me parece –concluye Polaino-Lorente– que habría que descontaminar este asunto y proseguir con investigaciones serias. Me resulta inaceptable pretender vincular automáticamente una terapia de reorientación con las convicciones religiosas del psiquiatra y del homosexual que solicita ayuda médica, porque un buen psiquiatra nunca aborda este tema a menos que el paciente se refiera a él. ¿Por qué tanto miedo a los posibles sufrimientos que puede acarrear una terapia de reorientación? Cualquier tratamiento conlleva un dolor no deseado, de cuya posibilidad el buen médico debe informar al paciente, junto a la duración y el coste económico estimados de la terapia”.


Tomado de www.aceprensa.com
 
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