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Tito Brandsma: No hay que odiar cuando nos odian PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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Por Rafael Arce Gargollo

Era frecuente verle en su escritorio, muy concentrado, tecleando fuerte y ágilmente su vieja máquina de escribir. Tenía los ojos clavados en el papel, a través de unas gafas redondas que le sentaban muy bien, rodeado de la nube de humo azul de su pipa. Al interrumpirle, antes de decir él nada, levantaba la cabeza y lo primero que distinguías en su rostro era una sonrisa inigualable. Regalaba a todos su buen humor y una íntima alegría, que conquistaba la simpatía de cualquiera.

Así pasaba largos ratos Tito Brandsma (1881-1942) quien, a pesar de su débil constitución física, que estuvo a punto de llevarle varias veces a la muerte, llegó a ser en su tiempo uno de los hombres más cultos e importantes de Holanda. Había obtenido en Roma el doctorado en Filosofía, donde también se especializó en Sociología, Espiritualidad y Periodismo, una vez ordenado sacerdote en 1905. A su regreso a Holanda fundó bibliotecas, escuelas y la Unión de Escuelas Católicas. Aunque en esa época su patria tenía mayoría absoluta protestante, Tito consiguió que el Parlamento aprobara una iniciativa suya para que el Estado otorgara ayuda económica a los colegios católicos.


Rector de Universidad, profesor y periodista

La Universidad Católica de Nijmegen, la primera de su especie dentro de la joven historia de Holanda, fue fundada en 1923. Era el símbolo de la anterior vitalidad de los holandeses católicos, que durante algunos siglos soportaron terribles persecuciones. Tito fue allí catedrático de Filosofía y de Mística. En 1932 le eligieron Rector por un año. No obstante —pensaba Tito— , la universidad era sólo una pequeña porción de la muy amplia realidad nacional y había que influir también en todos los que vivían fuera de las instituciones académicas. Para servir mejor a su patria, se hizo periodista activo. Fundó varias revistas y fue redactor-jefe de varios periódicos, volcando en centenares de escritos las riquezas de su mente y su sensibilidad. Pero su impacto en el medio periodístico rebasó el ámbito profesional. Muchos colegas encontraron en él a un confidente discreto, consejero iluminado y amigo sincero, siempre dispuesto a compartir penas e infundir esperanza.


Defensor de judíos perseguidos

En el año 1933 Adolfo Hitler obtuvo el poder en Alemania. En mayo de 1940 los nazis invadieron Holanda y comenzaron a apoderarse de la enseñanza y la prensa católicas para someter al pueblo. Tito Brandsma, nombrado entonces Asistente de la Unión de Periodistas Católicos, alzó valientemente la voz para denunciar la persecución contra los hebreos de las escuelas católicas y el atropello total de la libertad religiosa por parte del nazismo. Los periodistas, animados por él, formaron un frente común contra el enemigo. Pronto empezaron los arrestos de sacerdotes. El 26 de enero de 1941, los obispos holandeses declararon que el nacional-socialismo era lo más opuesto a la enseñanza de la Iglesia Católica, y ello provocó una nueva ola feroz de persecución hacia católicos y judíos. Tito fue hecho prisionero por la temible Gestapo el 19 de enero de 1942 y encerrado en la celda 577 de la tristemente célebre prisión de Oranjehotel, donde se encarcelaba a los combatientes de la resistencia. Allí pasó siete semanas de terrible soledad. Sin embargo, para conservar su libertad, a pesar del aislamiento, se trazó un plan diario de trabajo. Escribió versos, comenzó una biografía de Santa Teresa de Ávila, redactó un Vía Crucis y escribió dos pequeñas obras Mi celda y Cartas desde la cárcel. El 12 de marzo le condujeron al campo de concentración de Amersfoort, destinado a trabajar en los aserraderos. Un trabajo agotador para los prisioneros, mal alimentados e insuficientemente equipados. Una horrible tortura. A todos los sacerdotes presos les estaba terminante­mente prohibido, bajo pena de duros castigos, realizar cualquier acción de tipo espiritual, pero para Tito —hombre valiente y enamorado de Dios— eso no era un obstáculo. Durante la Semana Santa se reúne con varios presos a meditar sobre la Pasión de Cristo. Los demás prisioneros le buscaban día y noche para encontrar a su lado consuelo y recibir su bendición. Sigilosamente les dibujaba la cruz en las manos, oía sus confesiones y asistía a los enfermos y moribundos. Además de católicos, entre sus compañeros de prisión, había personas de otras confesiones religiosas, incluso agnósticos y ateos. Pasados los años, varios de ellos dejaron testimonios de enorme admiración por él.


Hacer más fácil el perdón

Ante las quejas de los malos tratos, Tito apremiaba a los demás prisioneros a sobreponerse al odio y a rezar por sus verdugos: —Reza por ellos —les decía una y otra vez. —Sí, padre, le contestaban, pero eso es ....¡¡tan difícil..!! Con mucha comprensión y un poco de humor respondía Tito: —No te preocupes, no tienes que hacerlo durante todo el día... También ellos son hijos del buen Dios y quién sabe si algo queda en ellos... Víctima de la furia del odio, supo amar a todos. El Domingo de Pascua comenzaron las ejecuciones de setenta y seis miembros del movimiento clandestino de Holanda. Durante más de una hora Tito y sus compañeros tuvieron que contemplar el fusilamiento masivo de sus compañeros. Tito rezaba por ellos y se lo hacía comprender por señas, cruzando las manos y mirando al cielo. El 16 de mayo de 1942 Tito fue transportado a Dachau, cerca de Munich. En este campo de concentración vivían unos 110 mil prisioneros, de los cuales 80 mil encontraron la muerte. Tito llegó a conocer toda la brutalidad de régimen nazi: puñetazos, azotes con tablas y palos, patadas y otras torturas. Allí los sacerdotes católicos eran tratados como hombres de segunda cla­se; en las tres barracas que formaban este bloque habría aproximadamente 1600 eclesiásticos. En total se calcula que Hitler llevó a la muerte aproximadamente a unos cuatro mil sacerdotes católicos.


Los resentimientos son fruto amargo del orgullo

Tito Brandsma fue terriblemente azotado una y otra vez. No se le permitían descansos para reponerse de su debilidad. Aparte de su uremia incurable, se le infectó un pie por el uso continuo de sandalias de madera. En ocasiones, al terminar el día, sus compañeros tenían que llevarle hasta la barraca. Un sacerdote que le ayudaba con frecuencia, recuerda: A pesar de todo conservaba ánimo y en medio de todas aquellas miserias que nos ro­deaban por todas partes, nos llenaba el corazón de alegría. Otro preso comentaba: Irradiaba un ánimo apacible y sereno. Animaba incansablemente a los compañeros de prisión: No hay que caer en el odio. Tengamos paciencia. Estamos en un túnel oscuro, pero hay que continuar caminando, al final la luz eterna nos rodeará. En este tiempo recibe un trabajo más moderado, pero estaba tan débil que fue llevado a una barraca para enfermos. Se cuenta que su cuerpo ya moribundo, acostado sobre un saco de paja, fue utilizado para infames experimentos bioquímicos que practicaban médicos nazis. Se le oía decir: Señor, que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Después, era tal su estado, que perdió el conocimiento. Eran las dos de la tarde del 26 de julio de 1942. Una enfermera le aplicó entonces una inyección de ácido fénico que acabó con su vida. Más tarde, ella declaró que siempre recordaría la mirada de este sacerdote y lo que esto significaba: —Tenía compasión de mí. Después se convirtió al catolicismo. El cuerpo de Tito fue incinerado y las cenizas arrojadas a la fosa común.

No responder al odio con el odio, sino con el amor. Quizás sea ésta una de las mayores pruebas de las fuerzas morales del hombre. Tito Brandsma salió vencedor de esta prueba [1]. En tantos ambientes donde lo tristemente habitual es tratar a las personas con la única y pobre medida del gusto, de las simpatías, o de los rencores y antipatías, la lección de Tito Brandsma es atractiva, actual y fuerte.

Cuántos viven amargados o hasta rabiosos —a veces durante semanas, años o toda una vida— por pequeños resquemores y tontas enemistades que tienen, a veces, una base real, pero casi siempre ridícula. Algo que han hecho, dicho, o “dicen que dijeron”. Una broma inoportuna. Una frase indirecta. Una ceja levantada a destiempo, un gesto poco feliz, una llamada de atención que parecía exagerada o el tonito de la voz, un poco golpeada. Sentirse y quedarse herido porque no se les saluda como esperaban, o —como se dice en México— los vieron feo. Detrás de esos resentimientos sólo se oculta un orgullo de muchos kilates que no se quiere reconocer. Y, como hay que justificarlo elegantemente, se dice: .... —Es que no me han tratado con la dignidad y respeto que merezco... cuando la única explicación es que se tiene un corazón muy pequeño, mezquino, intolerante, lleno de sí. Cuando hay un desplante fuera de tono, o dejamos de hablar a alguien, o hay gritos de por medio, es muestra de que así ocultamos nuestras propias debilidades y falta de carácter; y pretendemos impresionar con una fuerza que no tenemos: la del propio dominio. Aunque la comparación sea poco afortunada, tiene buena sustancia lo que decía un admirador y buen conocedor de los perros: la mayoría de ellos ladran no por bravos y mordelones, sino porque tienen miedo al entorno y a los transeúntes. Por débiles. Tito Brandsma nos recuerda que para ser profundamente humanos no se han de guardar en la memoria una lista de daños y “agravios” que los demás nos hacen o pensamos que nos hacen.... Tito, que sí ha sufrido vejaciones e injusticias terribles, no quiere recordarlas, ni se siente enemigo de nadie. Sabe olvidar, tolerar, perdonar heroicamente. Retener o alimentar rencores, aunque sean pequeños, hace más daño que un virus mortal. Cuando el orgullo se mete, es capaz incluso de quebrar para siempre el gran afecto que han tenido hermanos entre sí, o hacia sus padres: o entre amigos, novios, matrimonios, familias enteras y barrios. Crecen como fuego devorador las rencillas, que luego alimenta la gasolina de las envidias y los más graves odios. Y se dan lo mismo entre personas como entre pueblos, ciudades, países o continentes. No es otra la razón última que explique el porqué de muchas guerras: nuestro antiguo, mezquino y barato orgullo. Y es que la raíz de todo se remonta a los orígenes del planeta donde estamos. No olvidemos que la primera persona que odió a otra en toda la historia del mundo se llamaba Caín, quien discriminó y mató a su buen hermano Abel por puritito resentimiento. Es mejor perdonar, darse la mano y olvidar. Lo otro no arregla nada. Se ve que la humanidad no ha cambiado mucho: hace trescientos años un famoso escritor decía que el ser humano, para ser perfecto, necesitaría tener en la cabeza una chimenea por donde pudieran salir todos los humos que se nos suben al cerebro, sobre todo cuando nos vamos haciendo mayores [2]. El amor volverá a ganar al mundo entero

Un pastor protestante decía de Tito: Nuestro querido hermano en Cristo es realmente ¡¡un misterio de la gracia!!. Esto es lo que explica qué había en el alma de aquél hombre que le impulsó a vivir y amar a todos con tanto ánimo y perdonar con tanta sinceridad: era el despliegue cada vez más manifiesto de la gracia de Cristo. Este era el secreto de su entrega total hacia los demás, la fuente de su honda y fresca caridad. Tito sabía que todo se lo debía a la gracia, a la vida divina que actuaba en él. Las palabras de Cristo: Sin Mí no podéis hacer nada (Jn 15, 5), eran el principio orientador de su vida cotidiana. En sus propias palabras, Tito dejó por escrito su ilimitado amor y capacidad de querer. En ellas descubrimos la profundidad de su alma ante el ambiente de odio —difícil de igualar— que sufrió durante los últimos años de su vida: Aunque el neopaganismo no quiera más el amor, el amor volverá a ganar el amor de los paganos. La práctica de la vida lo hace ser siempre de nuevo una fuerza victoriosa, que conquistará y mantendrá ligados los corazones de los hombres.




Tomado de www.encuentra.com


[1] Juan Pablo II, Homilía en la Beatifcación de Tito Brandsma, 3 de noviembre de 1985
[2] Baltasar Gracían, El Criticón,Madrid, 1984.
Tags: Testimonios,
 
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