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Tomás Trigo, "La existencia de Dios. Otra perspectiva" PDF Imprimir E-Mail English Spanish
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«Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a al hombre que hay en ti y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón»
(S. Teófilo de Antioquía)

Recientes acontecimientos que, en algunos casos no pasan de ser anécdotas con una corta fecha de caducidad, han puesto en el primer plano la cuestión de Dios. En un tiempo tan paradójicamente centrado en lo periférico, este interés por lo esencial resulta estimulante.

Las preguntas, naturalmente, son: ¿Dios existe? ¿Cómo puedo tener una certeza fundada sobre la existencia de Dios? Quien se plantee estas preguntas debe evitar una tentación difícil de resistir en un mundo, como el nuestro, de respuestas inmediatas. Debe evitar la precipitación, el deseo de resolver la cuestión de un plumazo y sin más complicaciones. Como decía la famosa (y humorística) ley de Jenkinson que acompaña al principio de Murphy, «para toda cuestión difícil existe una respuesta fácil, rápida... y equivocada». Y cualquier persona sensata que se plantee honradamente la pregunta por Dios, no como ejercicio de agudeza mental, sabe que para acercarse a una respuesta necesita atención y examen, serenidad, sinceridad e interés.

El Catecismo de la Iglesia Católica avisa de esto cuando afirma que la búsqueda de Dios «exige del hombre todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su voluntad, “un corazón recto”, y también el testimonio de otros que le enseñen a buscar a Dios» .

Cuando una persona busca a Dios, es necesario que se pregunte, antes de nada, por su implicación personal en dicha búsqueda, es decir, si está dispuesta a correr el riesgo de ser alcanzada por la verdad, porque ésta no se impone por sí misma, sino que requiere “un corazón recto” y una voluntad bien dispuesta. O dicho con otras palabras, la búsqueda de Dios no es ajena, más aún, depende esencialmente de esa cualidad específica del hombre que viene determinada por las virtudes morales.


1. La influencia de la voluntad en el entendimiento

El hecho de que la tendencia a la búsqueda de la verdad sea propia del hombre en cuanto ser racional, no quiere decir que se realice exclusivamente con la razón. Si bien la persona conoce por medio de su entendimiento, quien conoce es la persona, y esta no solo posee entendimiento, sino también afectividad: voluntad, pasiones y sentimientos. Todas las facultades de la persona –cabeza y corazón- se relacionan de algún modo con la verdad. De ahí que el conocimiento intelectual implique problemas de moralidad .

Cuando una verdad se presenta al entendimiento, entra en juego la voluntad, que puede amar esa verdad o rechazarla. Si la voluntad está bien dispuesta por las virtudes, la acepta como conveniente, e incluso puede mandar al entendimiento que la considere más a fondo, que busque otras verdades que la corroboren, y, por último, si es necesario, ordena la conducta de acuerdo con esa verdad.

Por el contrario, si la voluntad está mal dispuesta, tiene mayor dificultad para aceptar la verdad y puede incluso rechazarla como odiosa. En efecto, una verdad particular puede resultar repulsiva cuando aceptarla impide a la persona gozar de algo que desea. «Es el caso de los que querrían no conocer la verdad de la fe para pecar libremente, a quienes el libro de Job hace decir: “No queremos la ciencia de tus caminos”» . Cuando esto sucede, es fácil que la voluntad incline al entendimiento a pensar en otra cosa, o a ver los aspectos negativos de la verdad que considera. El resultado es que la persona no “ve” la verdad porque no quiere verla.

La importancia de las disposiciones de la voluntad para acceder a la verdad es tanto mayor cuanto más relevante sea para la persona la verdad en cuestión, como sucede con la verdad sobre la existencia de Dios. La proposición de esta verdad provoca en la persona que la escucha una actitud radicalmente distinta de la que puede suscitar, por ejemplo, una verdad matemática. La primera tiene una relación más íntima con la vida personal: la persona no permanece indiferente ante ella, se siente interpelada, y experimenta que le exige una respuesta. Pues bien, esta respuesta dependerá, en gran parte, de las disposiciones morales de la persona, es decir, de sus virtudes morales.

La voluntad puede estar bien o mal dispuesta de modo pasajero, por una pasión; o de modo más estable, por una virtud o un vicio. En un momento de enfado, por ejemplo, la ira impide que se realice un juicio tan objetivo como el que se realizaría en un estado de serenidad. Esto sucede porque la pasión mueve a la voluntad a querer o a odiar algo, y si la voluntad se deja dominar por la pasión, ejerce su influencia sobre el entendimiento para que juzgue de un modo o de otro . Por eso, para ver la verdad es necesario hacer el silencio en las pasiones desordenadas.

Si un desorden pasajero de la pasión nos impide ver la verdad, mucho más los vicios, que son cualidades permanentes de una voluntad esclava de las pasiones. Es verdad, como decía Lope en uno de sus innumerables dramas, «que los vicios ponen a los ojos vendas». Las virtudes, en cambio, dan a la voluntad el dominio sobre las pasiones, le proporcionan connaturalidad con el bien, una predisposición afectiva gracias a la cual la voluntad está pronta para amar el bien, y de ese modo influye positivamente sobre el entendimiento en su búsqueda de la verdad.

Al mismo tiempo que se va cegando para ver la verdad, puede suceder que la persona trate de justificar con falsos razonamientos su opción por el rechazo de la existencia de Dios, adaptando así su pensamiento a su modo de vivir, pues experimentamos necesidad psicológica de coherencia entre el pensamiento y la vida.


2. Las disposiciones morales y el conocimiento de Dios

a) La razón y el conocimiento de la existencia de Dios

En el debate actual sobre la existencia de Dios hay una posición frecuente sobre la que es preciso reflexionar. Me refiero a la de quienes afirman que la existencia de Dios es “una cuestión de fe”, queriendo expresar con ello que se trata de una idea que no puede basarse en argumentos racionales ciertos y seguros, sino en otras motivaciones de tipo emocional, cultural, etc. Se trataría de una cuestión de sentimientos y de voluntad, de una opción libre, en el sentido de una apuesta, pero de ninguna manera una verdad racionalmente argumentable.

Según este planteamiento, unos optarían a favor de la existencia de Dios y de la vida eterna: ya sea porque les parece una idea reconfortante, una especie de analgésico, un consuelo ante las desgracias de la vida; ya sea porque piensan que es un principio eficaz en el que fundamentar el orden social, etc. Otros, en cambio, optarían por lo contrario, pues opinan que si la existencia de Dios no es un dato cierto, que si lo más probable es que no exista, como afirman incluso algunos científicos, no es lógico vivir como si existiese: la sociedad debe buscar otros principios de ordenación, y si alguien necesita un analgésico para las desgracias de la vida, la medicina puede ofrecer remedios eficaces.

En ambos casos, se da por supuesto que la razón no tiene nada que decir al respecto, por la sencilla razón de que “no puede” decir nada sobre una supuesta realidad que no es evidente. No se confía en la razón como fuente de conocimiento cierto en cuestiones que no son empíricas, experimentables.

La verdad de la existencia de Dios no es una cuestión de fe en el sentido arriba mencionado. Ni siquiera es una cuestión de fe en el sentido propio de la palabra (aceptar como verdadero algo que alguien nos dice, con garantías de veracidad), porque cuando se sabe que algo es verdadero, no es necesario creerlo.

¿Por qué se da por supuesto que la razón no puede conocer con certeza la existencia de Dios? Sin duda pesa demasiado una larga corriente del pensamiento moderno, desde Lutero, que maldecía a la razón, hasta las recientes teorías nihilistas, pasando por Kant, en quien gran parte de la cultura occidental parece haber hecho un verdadero acto de fe.

Tal vez la mejor manera de saber hasta dónde puede llegar la razón es seguir la famosa exhortación de Horacio, difundida, precisamente, por el filósofo de Königsberg: Sapere aude!, atrévete a saber, decídete a pensar, ten el valor de emplear tu razón y libérate de los prejuicios que la desautorizan para alcanzar la verdad, aunque estén avalados por el prestigio de Kant.

Ante esa tarea, sin embargo, es necesario tener en cuenta una experiencia frecuente. Cuando se trata de buscar la existencia de Dios, la razón sola no basta para ver con claridad. Necesita la ayuda de la buena voluntad. Si uno no está dispuesto a reconocer a Dios, es muy difícil que lo encuentre. D.H. Kerler, en una carta a Max Scheler, escribía: «Incluso si se pudiese probar matemáticamente la existencia de Dios, no quiero que exista, porque me limitaría en mi grandeza». Es evidente que una persona con tales disposiciones, por muy inteligente que sea, se cierra a sí misma el camino. «Nadie está tan dispuesto a creer que Dios no existe –afirmaba F. Bacon- como aquel a quien le gustaría que no existiese» .

Si la persona quiere, por encima de todo, la grandeza de su yo o cualquier otro tipo de egocentrismo, su razón tendrá los ojos muy abiertos para obtener lo que desea, pero su voluntad tratará de cerrárselos a fin de que no encuentre a Dios, porque encontrarlo sería –si es coherente- la sentencia de muerte de su egoísmo y de su orgullo.

En el acceso a la verdad sobre Dios, las disposiciones de la voluntad son especialmente importantes, porque se trata a la vez de una cuestión especulativa y práctica. El camino hacia la sabiduría no es un proceso exclusivamente intelectual, sino sobre todo volitivo, moral. No se busca a Dios solo con la razón (que tiene capacidad para conocer la verdad, pero también cierta dificultad), sino también con el corazón. Y éste puede abrirse al amor del bien o replegarse sobre sí mismo por la soberbia y el egoísmo.

En la adquisición de la sabiduría, la libertad o la esclavitud de la voluntad respecto a las pasiones, tiene un papel de primer orden. Para que la voluntad mande al entendimiento indagar sobre la Verdad última, es necesario que esté rectamente inclinada al bien. Por eso afirma San Agustín que el principio de la sabiduría es la bona voluntas, la buena voluntad . Y está tanto más inclinada al bien cuanto más arraigadas estén en ella las virtudes. En caso contrario, inclina al entendimiento a que cese en su búsqueda de la Verdad.

La necesidad de las buenas disposiciones de la voluntad para conocer a Dios, tema frecuente en los Padres de la Iglesia, aparece reflejada de modo muy expresivo en unas palabras de S. Teófilo, obispo de Antioquía, con las que encabezamos este trabajo. Veamos ahora el texto completo: «Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a tu hombre y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón (...). Porque a Dios le ven los que son capaces de mirarle, porque tienen abiertos los ojos del espíritu. Porque aunque todo el mundo tiene ojos, algunos los tienen oscurecidos y no ven la luz del sol. Y no porque los ciegos no vean ha de decirse que el sol ha dejado de lucir, sino que esto hay que atribuírselo a sí mismo y a sus propios ojos. De la misma manera tienes tú los ojos de tu alma oscurecidos a causa de tus pecados y malas acciones. El alma del hombre tiene que ser pura, como un espejo brillante. Cuando en el espejo se produce el orín, no se puede ver el rostro de una persona; de la misma manera cuando el pecado está en el hombre, el hombre ya no puede contemplar a Dios» .

b) Las disposiciones morales y el acceso a la fe

La buena voluntad es también necesaria para que la razón se abra a la fe en Cristo. «La voluntad es uno de los principales órganos de la creencia; no porque ella la forme, sino porque las cosas son verdaderas o falsas según la faz por la que se las mire. La voluntad que se complace más en la una que en la otra, desvía al espíritu de la consideración de cualidades que ella no gusta de ver; y de este modo, el espíritu, marchando conjunto con la voluntad, se detiene a mirar la faz que a ella le gusta; y así juzga por lo que él ve» .

El evangelio de San Juan presenta a Cristo, desde el primer momento, como la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (cf. Jn 1,9), pero esa Luz es recibida por unos, y ven; y rechazada por otros, y permanecen ciegos. La causa de tan diferentes actitudes ante la Luz la explica el mismo San Juan: «Vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no le acusen. Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios» (Jn 3, 19–21).

El problema, por tanto, no es sólo intelectual, sino sobre todo moral: «Porque sus obran eran malas». Las obras malas, puestas a la luz de Cristo, acusan al que las realiza. Puede suceder que, con la ayuda de la gracia, el pecador se enfrente a la realidad de su vida, muestre sus malas obras a la Luz, se humille y se convierta. Pero puede suceder también que “quiera” mantenerse en sus obras, y entonces se niega a sacarlas a la luz, a ver la verdad de sus obras, para no sentirse acusado. Y ante la posibilidad de ser iluminado, odia la luz, siente miedo y se niega incluso a oír hablar de Dios. En cambio, al que obra según la verdad no le importa que sus obras se vean, porque han sido hechas según Dios. Están dispuestos a recibir  la Luz, a Cristo, la Verdad .

Una de esas “obras malas” que ciegan de modo especial para “ver” a Dios y para creer en Él, es la soberbia, la búsqueda de la propia gloria. En el mismo Evangelio se San Juan, el Señor atribuye a este pecado la causa de la incredulidad: «¿Cómo podéis creer vosotros, que recibís gloria unos de otros, y no queréis la gloria que procede del único Dios?» (Jn 5, 44).

Un caso especialmente claro en el que se puede apreciar la incapacidad de ciertas personas para reconocer la divinidad de Cristo y la facilidad de otras para creer, es la curación del ciego de nacimiento, descrita en el capítulo 9 de San Juan. Llama la atención el esfuerzo que ponen los que se consideran sabios para negar la realidad. No acaban de aceptar que aquel hombre había sido ciego, preguntan a sus padres, le preguntan de nuevo a él, y se encuentran siempre con una realidad que no admite ser deformada, pero que se niegan a reconocer. La razón de su conducta es que han dicho un no a Cristo desde el principio, porque creer en Él, acoger la luz, sería permitir que sus malas obras fueran descubiertas. No se plantean estudiar con objetividad los hechos, con el deseo sincero de aceptar a Jesús en el caso de que hubiese realizado semejante milagro. Por el contrario, buscan por todos los medios alguna razón que les sirva para rechazar a Jesús. Y por eso se centran en el hecho de que el milagro tuvo lugar en sá
bado, despreciando al mismo tiempo las opiniones, llenas de sentido común, del que había sido ciego de nacimiento, porque no podía tener razón quien, según ellos, había nacido en pecado.

Las palabras de Jesús se refieren específicamente a la ceguera de los fariseos: «Dijo Jesús: Yo he venido a este mundo para un juicio, para que los que no ven vean, y los que ven se vuelvan ciegos. Algunos de los fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: ¿Es que nosotros también somos ciegos? Les dijo Jesús: Si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero ahora decís: “Nosotros vemos”; por eso vuestro pecado permanece» (Jn 9, 39-41). La ceguera de los fariseos es provocada por la soberbia, y es también la soberbia la que les impide reconocer que son ciegos. Piensan que ven, que no tienen necesidad de médico, y permanecen ciegos.

La negación de la verdad sobre la existencia de Dios (así como, en otro plano, la decisión de no creer en la divinidad de Cristo), aparece, por tanto, no como consecuencia de un proceso puramente intelectual, sino de la propia mala voluntad, que tuerce los ojos de la razón para que mire hacia otro lado, o para que fije su atención en todo aquello que parece contradecir aquellas verdades. 

c) El conocimiento propio, punto de partida para el conocimiento de Dios

En la perspectiva que estamos considerando, el punto de partida para el conocimiento Dios es conocerse a uno mismo. «La sabiduría consiste –afirmaba Bossuet- en conocer a Dios y en conocerse a sí mismo. El conocimiento de nosotros mismos ha de elevarnos al conocimiento de Dios» .

Se trata de uno de los conocimientos más difíciles, porque lo entorpece la soberbia o, mejor dicho, la imagen que de nosotros mismos nos hemos forjado con nuestra soberbia y vanidad. Y tal conocimiento exige librarse, precisamente, de esa imagen a fin de poder ver el yo que detrás se oculta. De ahí la importancia, en esta tarea, de la ayuda que pueden prestarnos otras personas que nos conozcan bien, pues nadie suele ser buen juez en causa propia.

El conocimiento propio debe conllevar la disposición a “reconocer” las propias culpas, a “aceptarse” y rechazar falsas justificaciones. Y así, «al desvanecerse las ilusiones sobre uno mismo, al des¬pertarnos de nuestros autoengaños, al superar el agarrotamiento de no querer ver muchas cosas, ya hacemos un gran progreso, ya subimos un nuevo escalón hacia la libertad. Esta liberación de nuestro orgullo que siempre trata de engañarnos, es algo que nos hace felices y nos eleva» .

Este conocimiento será constructivo y fecundo -y no destructivo y deprimente-, nos acercará a Dios, si va acompañado de la decisión de cambiar, es decir, de purificar el corazón. Solo entonces los ojos del corazón recobran de nuevo la capacidad de ver.

Pascal expresa muy acertadamente en uno de sus pensamientos esta necesidad del cambio interior para poder conocer a Dios y creer en Él: «“Yo hubiera abandonado enseguida los placeres si hubiera tenido fe” -Y yo te digo: “Hubieras poseído la fe si hubieras abandonado los placeres”. Ahora bien, eres tú el que debes comenzar. Si yo pudiera, te daría la fe. No puedo hacerlo, ni, por consiguiente, comprobar la verdad de lo que dices. Pero tú bien puedes abandonar los placeres y comprobar si lo que yo digo es verdad» .

Este cambio es siempre posible, porque Dios no deja de ayudar con su gracia al hombre que lo busca sinceramente.


2. La influencia de algunas virtudes en el conocimiento de la verdad sobre Dios

a) La necesidad de la humildad

Frente a la verdad, el hombre puede adoptar dos actitudes tan básicas como antiguas: reconocerla como un don y subordinarse a ella, o pretender que dependa de la propia voluntad. Este fue el núcleo de la primera tentación y también del primer pecado .

A partir de entonces, el hombre experimenta esta misma tentación (a veces, obsesión) de autonomía ante la verdad y, explícita o implícitamente, ante Dios. Y cuando cede a esa tentación y decide ser totalmente autónomo —ejercer una libertad plena al servicio de su propio egoísmo, sin depender de nada ni de nadie—, rechaza la verdad que se le ofrece junto con su Autor y termina por convertirse en creador de “su verdad” y de “sus valores”. En lugar de buscar a Dios y vivir de acuerdo con su Voluntad (en eso consiste la verdadera libertad), decide liberarse Dios y convertir en verdadero y bueno lo que a él le conviene.

«¿De dónde nace esta gravísima enfermedad espiritual? –se pregunta Juan Pablo II, refiriéndose a la indiferencia por la verdad-. Su origen último es el orgullo en el que reside la raíz de cualquier mal, según dice toda la Tradición ética de la Iglesia. El orgullo lleva al hombre a atribuirse el poder de decidir, cual árbitro supremo, lo que es verdadero y lo que es falso, o sea, a negar la trascendencia de la verdad respecto de nuestra inteligencia creada y a contestar, en consecuencia, el deber de abrirse a ella y recibirla cual don que le ha hecho la luz increada y no cual invención propia» .

Las personas que se dejan arrastrar por la soberbia no reconocen la existencia de un Dios personal porque no quieren someterse a Él. Algunas están dispuestas tal vez a reconocer un absoluto apersonal, con el que pueden relacionarse como partes de un todo, pero no a una persona absoluta, «pues mientras no se encuentran frente a frente con la persona absoluta, resulta que: primero no tienen que ceder su extrema soberanía, y  segundo, siendo parte de un todo absoluto, participan de él. El extremo afán de autoglorificación sólo se aniquila por la confrontación con el Dios personal, en la que nos concienciamos plenamente de nuestra condición de criaturas (...). El valor específico de la humildad aparece con toda claridad cuando lo contraponemos a esta forma de soberbia. La humildad implica el reconocimiento de nuestra condición de criaturas, la clara conciencia de que todo lo hemos recibido de Dios» .

De ahí que la humildad sea la virtud más necesaria para buscar la verdad, pues extirpa la soberbia, que es la raíz de todos los vicios morales y en especial de los que de un modo más directo se oponen al conocimiento de la verdad sobre Dios y sobre el bien moral .

La humildad es necesaria, en primer lugar, para reconocer a Dios como ser Absoluto y personal y a nosotros como criaturas de Dios, y, en consecuencia, para aceptar que la verdad sobre nuestro obrar –la verdad moral- depende también de Él. La persona humilde acoge esa verdad con agradecimiento, como un don divino no manipulable, y la toma como guía de su existencia. Reconoce en la ley moral (la verdad sobre el bien) una ayuda inestimable para alcanzar la perfección y la felicidad, un don que  permite ser libre. La persona soberbia, en cambio, ve en Dios un obstáculo para su afirmación personal, y en la ley moral una imposición contraria a su dignidad, una coacción de su libertad y, en lugar de obedecer a Dios, se convierte en dios para sí mismo y crea su propia ley.

La virtud de la humildad, que implica el conocimiento y aceptación de las propias limitaciones, lleva a admitir con sencillez que en la búsqueda de la verdad necesitamos la ayuda de los demás. La humildad proporciona la apertura a la verdad y la facilidad para aceptarla y rectificar, pues la persona humilde no se deja guiar por el deseo de independencia, sino por al amor a la verdad.

La soberbia, en cambio, conduce al error, «primero, porque los soberbios se quieren alzar hasta lo que no son capaces de alcanzar, y así es necesario que se equivoquen y fracasen (…). En segundo lugar, porque no quieren someterse a la inteligencia de otros, sino que se apoyan en su sola prudencia, y así se niegan a obedecer…» .

La humildad capacita a la persona para respetar la realidad y subordinar a ella el entendimiento. La actitud soberbia, en cambio, tiende a rechazar todo aquello que sea independiente de la propia voluntad. Y lo más independiente es la realidad y la verdad correspondiente, que exigen someter el entendimiento al ser e implícitamente a Dios. Por eso, el soberbio prefiere una irrealidad que sea su propia creación y la fuente de su propia verdad. Pero lo que no puede evitar es que la realidad esté ahí, frente a él, denunciando su error. Y esto hace que sienta cada vez más fastidio por la excelencia de la verdad .

La realidad más inmediata es la realidad personal. El contraste entre lo que el soberbio quiere ser y lo que realmente es, no puede dejar de herirle y, con frecuencia, la solución que adopta es ocultar y deformar la verdad sobre sí mismo. En cambio, la humildad permite que la persona se conozca como es, y ese conocimiento propio, a su vez, la lleva a crecer en humildad.

Por todo ello, la verdadera sabiduría, que consiste en ver las cosas como son, sólo es accesible al humilde. El soberbio, el que se cree sabio, no puede alcanzar la verdad porque ha decidido cerrarse en sí mismo, y ve la realidad no como es sino como quiere que sea.


b) La templanza o limpieza de corazón

Para ver la verdad sobre Dios se requiere un corazón limpio. «A los “limpios de corazón” se les promete que verán a Dios cara a cara y que serán semejantes a Él. La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir al otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina» .

En este sentido es muy sugerente la interpretación que nos ofrece R. Guardini de Mt 5, 8: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios», poniendo estas palabras del Señor en relación con Rm 1, 19-20: «Porque lo cognoscible de Dios les es manifiesto: Dios se lo manifestó. Pues lo invisible de Él es conocido desde la creación del mundo mediante las criaturas: su eterno poder y divinidad, de modo que son inexcusables». Puesto que “el ojo ve desde el corazón”, la limpieza del corazón, según Guardini, es el presupuesto que nos permite ver en las personas y en las cosas su condición de creaturas y, por tanto, de testigos de Dios. «El carácter de criatura, creada por el “eterno poder y la divinidad”, ¿no es lo primero que el hombre ve en el mundo? ¿No es esto lo primero, presuponiendo, naturalmente, que tenga un “corazón puro” y esté dispuesto al amor y a la obediencia? ¿No percibe el hombre todas las cosas únicamente en el hecho de la autotestificación divina que en todas partes se da? (…). El alma, la figura básica corpóreo-espiritual, es lo primero y auténtico. Sin embargo, el ser humano puede orientarse de tal manera hacia lo práctico, lo útil, lo realista, que ya no la vea, y en adelante tome a los hombres únicamente como datos fijos, económicos o biológicos o de cualquier otro género. De igual manera, un prolongado no-querer, un ensuciamiento del corazón, una culpa que se extiende a lo largo de la vida puede tener como consecuencia que al hombre se le torne problemático lo más evidente y seguro, es decir, el autoatestiguamiento de Dios en las cosas» .

Más concretamente, las virtudes de la castidad y la abstinencia, tan necesarias para la limpieza del corazón «disponen óptimamente –afirma Santo Tomás- para la perfección de la operación intelectual. Y por eso dice el libro de Daniel, 1,17, que a ciertos jóvenes, abstinentes y continentes, les dio Dios la ciencia y la disciplina para comprender todo libro y sabiduría» . La razón es que «el alma, cuando deja de ocuparse del propio cuerpo, se convierte en más hábil para entender lo más alto; por eso la virtud de la templanza, que distrae al alma de los deleites corporales, convierte principalmente a los hombres en más aptos para entender» .

En la misma dirección opera la virtud del desprendimiento, que es también parte de la templanza. La persona apegada a los bienes materiales y, por tanto, excesivamente preocupada por ellos, es esclava de esos bienes y, en lugar de buscar la verdad sobre Dios, tiende a fijar su atención sólo en aquellas verdades cuyo conocimiento puede resultar útil para conservar y acrecentar los bienes materiales . Se entiende así que el afán de tener y consumir, tan fomentado a través de la publicidad, contribuya también a la disminución del interés por la verdad.

«El hombre animal no percibe las cosas del espíritu» (1 Co 2, 14). En el apartado anterior, se ha visto que la soberbia ciega porque la persona busca su propia excelencia por encima de todo, incluso por encima de la verdad, a la que no quiere reconocer ni subordinarse. Los vicios de la sensualidad, en cambio, ciegan de un modo diferente, no porque el hombre quiera elevarse, sino porque se sumerge en los placeres.

Sobre la incapacidad para percibir las cosas del espíritu, Santo Tomás distingue entre el embotamiento del sentido intelectual y la ceguera del espíritu . Tiene embotado el sentido intelectual aquel que no llega a conocer la verdad sobre los bienes espirituales más que por medio de múltiples explicaciones, y aun entonces no ve perfectamente todo lo que se refiere a su naturaleza. Es ciego de espíritu, en cambio, el que está totalmente privado del conocimiento de esos bienes. 

Santo Tomás, siguiendo a S. Gregorio, afirma que el embotamiento del sentido intelectual tiene su origen en la gula, y la ceguera de la mente, en la lujuria . La razón es que los placeres de la gula y de la lujuria llenan el alma de sensaciones embriagantes, de imaginaciones, recuerdos y deseos, y, en medio de todo ello, el entendimiento no es libre para poder elevarse a la consideración de las cosas del espíritu . En esta situación, además, la persona no aspira a elevarse, pues tiene su corazón donde cree tener su tesoro. Por el contrario, ante la necesidad de atender a los asuntos del espíritu, la persona esclavizada por la sensualidad siente molestia, malestar y tristeza. «El bien espiritual les parece a algunos malo, en cuanto es contrario al deleite carnal, en cuya concupiscencia están asentados»  .


c) Valentía, fortaleza

La verdad es un bien ante el cual podemos sentir miedo. La sola consideración de la verdad hace que se ponga de relieve inmediatamente la falsedad que habíamos aceptado en nuestra vida práctica. El hombre que oculta sus malas obras cuando debería confesarlas, el que se niega a escuchar la voz acusadora de su conciencia, el que no quiere aceptar la corrección de sus errores, ¿no actúa de este modo por miedo a enfrentarse con la verdad y sus derechos? La fortaleza es, pues, necesaria para escuchar, aceptar y acoger el bien de la verdad cuando producen temor sus exigencias .

La verdad no solo ilumina, sino que también impugna, al descubrir las obras malas . Si el hombre acoge la verdad y permite que ilumine su conciencia, enseguida quedan al descubierto sus defectos y errores. La actitud que exige entonces la verdad es la conversión de la conducta, que se presenta a la persona como algo arduo y doloroso. Para afrontar esa situación se necesita la virtud de la fortaleza.

La verdad sobre Dios es un bien ante el cual el hombre puede sentir temor, porque reclama una respuesta positiva, no sólo teórica, sino también práctica, es decir, exige ser aceptada por el entendimiento y por la voluntad. Esto significa que el hombre que acepta esta verdad tiene ante sí la tarea de superar las dificultades que encuentre para adaptar a ella su vida. En este sentido, aceptar la existencia de Dios supone decidirse a luchar contra la soberbia, la ambición, el egoísmo y las demás pasiones desordenadas. Por eso, «el respeto a la verdad no es cosa de cobardes y débiles, sino que exige corazones fuertes y puros que sepan rechazar y vencer todos los obstáculos nacidos de las bajas pasiones (...) La docilidad a la verdad exige el valor para la verdad» .

Uno de los argumentos que suelen emplearse para rechazar la existencia de Dios es que la idea de un ser superior que nos puede conceder una vida eterna constituye un recurso fácil para las mentes débiles, un engaño con el que algunas personas –los creyentes- consiguen vivir con cierto sentido una vida que en sí misma es absurda, porque no se atreven a afrontar la realidad. No se trata, como es obvio, de un argumento que demuestre la no existencia de Dios, sino más bien de una afirmación que parte de la voluntaria negación de su existencia. De todas formas, el reconocimiento de la trascendencia es todo lo contrario de una solución fácil. «Tal reconocimiento constituye la más terrible amenaza contra mi voluntad de pertenencia y de suficiencia. Introduce en mi vida el amor y sus inmensas molestias. No es una seguridad contra la aventura, sino la aceptación de la aventura. Por eso la temo. Los más despiertos lo reconocen. Reclaman una dilación para decidirse. El peso de la gloria divina les parece demasiado duro de llevar. Defienden celosamente un mundo a su medida, un mundo humano y no ese mundo divino, desproporcionado e inhumano» .

A pesar de su extensión, pienso que vale la pena transcribir un texto de Carlos Cardona en el que explica el porqué del miedo a la verdad:

«La Verdad da siempre un poco de miedo. Nos desnuda delante de Dios. Nos despoja de esos disfraces con que nos escondemos y rasga nuestras máscaras de cartón pintado. Diga lo que quiera la ingeniería gnoseológica, la Verdad no es un mero asunto de circuitos y engranajes mentales. Es asunto del hombre entero y singular. Con esa misteriosa libertad que, siendo tan divina, Dios ha querido que fuese con Él nuestra mejor semejanza.

»También dice Kierkegaard, y no le faltaba razón, que los hombres tienen más miedo a la verdad que a la muerte; que lo que hay en el fondo de las charlatanerías e hipocresías de quienes proclaman la verdad y estar muy dispuestos a abrazarla..., siempre que consigan comprenderla, es el miedo a la verdad. Se diría que el hombre tiene naturalmente más miedo a la verdad que a la muerte, y es explicable, porque la verdad repugna a la naturaleza herida por el pecado de origen, más aún que la misma muerte. ¿Por qué? Pues porque la verdad es como la sentencia de muerte de la soberbia, de la ambición y de la lujuria y de los demás desórdenes de las pasiones; de ahí que quien se obstina en vivir en la “triple concupiscencia” de la que hablara el apóstol Juan, tenga horror a la verdad y la rehúya siempre. Pero incluso sin esa obstinación, la verdad, decía, asusta siempre un poco porque compromete personalmente. La verdad tiene consecuencias prácticas, y eso da miedo, porque no se sabe bien a dónde me puede llevar, qué sacrificios me puede exigir, qué renuncias me puede imponer. Pero en ella nos jugamos la vida temporal y la eterna. Por eso Juan Pablo II comenzó su ministerio apostólico gritándonos: “¡No tengáis miedo!”» .

La fortaleza es necesaria también para acoger y vivir la verdad sobre Dios sin  ceder al temor de no ser aceptados por los demás. Una de las causas más frecuentes del miedo a la verdad es perder “el buen concepto” de los otros sobre uno mismo. Cuanto más pobre es el propio ser, más importa vivir en la opinión ajena y llega un momento en el que la persona ya no se valora a sí misma por lo que es, sino por lo que aparenta. En tal caso, lo que más teme es que cambie el concepto que los demás tienen de ella y, para que eso no suceda, adopta como criterio de pensamiento y de conducta el criterio ajeno; deja de vivir en sí misma y pasa a “ser vivida” por los otros. Se trata de una tiranía voluntaria y sutil pero esclavizante, que lleva a actuar de modo irracional y supone una importante dificultad para aceptar una verdad que –como la existencia de Dios- implique el cambio de la conducta. «El hombre tiene más miedo de la cercana apariencia del humano poder de la opinión que de la lejana e inerme luz de la verdad –afirma J. Ratzinger-. Y se doblega al poder de la opinión, convirtiéndose en su aliado, en uno de sus portadores. Se hace esclavo de la apariencia. Si en algún momento ha empezado a confiar en ella, después no tendrá más remedio que seguirla paso a paso. Ya no puede romper la red de la deformación común. En sus acciones ya no se orienta según la realidad, sino según las presumibles reacciones de los otros» .

No pocas veces, tras la actitud de arrogancia o de indiferencia frente a la verdad sobre Dios se esconde una cierta cobardía: el temor a las dificultades que lleva consigo adaptar la conducta a la verdad encontrada. El que tiene miedo a afrontar los obstáculos que ese cambio implica, no presta atención a la verdad, la rehuye, no quiere dejarse iluminar por ella. Pero reconocer que se ha cedido al miedo es aceptar una verdad que hiere el propio orgullo. Por eso es fácil que la persona, en esas circunstancias, busque el modo de esconder su cobardía bajo las apariencias de autosuficiencia, autonomía, independencia o madurez intelectual.


d) El amor

La capacidad para conocer la verdad depende  en gran parte del amor. El corazón encerrado en sí mismo se torna ciego. El egoísmo y el odio le impiden ver a Dios, que es Amor.

En la primera carta de San Juan se subraya de modo especial la relación del amor a los hermanos con la luz, y del odio con la ceguera del corazón: «Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano, está todavía en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no corre peligro de tropezar. En cambio, quien aborrece a su hermano está en las tinieblas y camina por ellas, sin saber adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos» (1 Jn 2, 9-11). Un poco más adelante, San Juan señala la relación del amor a los demás con el conocimiento de Dios: «Queridísimos: amémonos unos a otros, porque el amor procede de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor» (1 Jn 4, 7-8).

Por eso, puede decirse que una persona que, en la medida de sus posibilidades, lucha contra su egoísmo y trata de amar y darse a los demás rectamente, está preparando su corazón para abrirse al conocimiento de Dios.


3. Los “argumentos” contra la existencia de Dios

¿Qué sucede cuando la persona que se pregunta por la existencia de Dios se niega a resolver los conflictos de su propio corazón? Los diversos “argumentos” que se esgrimen para negar la existencia de Dios, ¿no serán en muchos casos la consecuencia o la “tapadera” de esa opción por el yo?

Hay una especie de rastro de razones contra Dios: el sufrimiento de los inocentes y los niños, las catástrofes naturales, la maldad de los hombres, la existencia de personas creyentes cuya vida no es coherente con su fe, las conclusiones de algunos científicos, etc. Pero cabe preguntarse: ¿son estas razones las que llevan a algunas personas a negar a Dios, o es la decisión personal a favor del propio orgullo y del propio egoísmo lo que lleva a negar a Dios y a recurrir después esas razones a modo de justificación?

De todas formas y a pesar de todas las justificaciones que puedan buscarse, permanece siempre en el hombre un sentimiento de inseguridad, una inquietud en lo más íntimo su corazón que no se calma hasta que no encuentra el único fundamento sobre el cual se puede construir con certeza la propia vida: la verdad.

El sentimiento de inseguridad y la inquietud del corazón pueden también desoírse y ahogarse, y para ello puede el hombre buscar múltiples formas de aturdimiento o alienación, que lo convierten en un ser ajeno a sí mismo. En muchas ocasiones, es esta la causa de que vuelque toda su atención en actividades exteriores, desde el deporte hasta el trabajo profesional, evitando como fastidioso y molesto todo aquello que le invite a entrar en sí mismo, en “el hombre interior”, donde reside la verdad con la que debe enfrentarse .

Oponerse sistemáticamente a la verdad, cerrar los ojos a la luz, conduce a la autodestrucción; abrirse a la verdad es el camino de la realización personal y de la felicidad. Del mismo modo que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, que es Amor, y no se realiza como persona si no se convierte en don para los demás, tampoco puede realizarse como persona si no vive en la verdad, pues ha sido creado a imagen de la Verdad, que es Cristo.

Tomás Trigo
Facultad de Teología
Universidad de Navarra
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1.  Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), n. 30.
2. Cf. E. GILSON, El amor a la sabiduría, AYSE, Caracas 1974, 49.
3. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae (S.Th.), II–II, q. 25, a. 5, ad 2.
4. Cf. S.Th., I-II, q. 9, a. 2c.
5. F. BACON, Ensayos, XVI: Sobre el ateísmo.
6. Cf. S. AGUSTÍN, De libero arbitrio, I, 12.
7. S. TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Carta a Autólico (Lib. 1, 2.7).
8. PASCAL, Pensamientos, II, 472, Ed. Aguilar, Madrid-Buenos Aires-Méjico 1967.
9. «Es un hecho —afirma S. Atanasio— que la enseñanza de la verdad es diferentemente recibida según las disposiciones de los oyentes. El Verbo presenta a todos el bien y el mal; de modo que uno, bien dispuesto hacia lo que se le anuncia, tiene su alma en la luz, y el otro, dispuesto en sentido contrario y no decidido a fijar la mirada del alma en la luz de la verdad, permanece en las tinieblas de la ignorancia» (S. ATANASIO, De vita Moysis, II, 65).
10. Citado por E. GILSON, El espíritu de la filosofía medieval, Rialp, Madrid 1981, 230.
11. D. von HILDEBRAND, Nuestra transformación en Cristo, Ed. Encuentro, Madrid 1996, 40.
12. PASCAL, Pensamientos, o.c., II, 457. (Nos hemos permitido modificar ligeramente la traducción).
13. Cf. S.Th., II-II, q. 163, a. 2.
14. JUAN PABLO II, Audiencia general, 24-VIII-1983.
15. D. von HILDEBRAND, Nuestra transformación en Cristo, o.c., 109-110.
16. Cf. A. MILLÁN PUELLES, El interés por la verdad, Rialp, Madrid 1997, 139–140.
17. TOMÁS DE AQUINO, In Epistulam Pauli ad Timoheum, I, cap. 6, lect. 1.
18. «Los soberbios, deleitándose en la propia excelencia, acaban por sentir fastidio de la excelencia de la verdad» (S.Th., II-II, q. 162, a. 3, ad 1).
19. CEC, n. 2519.
20. R. GUARDINI, Los sentidos y el conocimiento religioso, Cristiandad, Madrid 1965, 149. «Cada cosa encierra y esconde en el fondo de sí misma una señal de su origen divino. Quien llega a divisar esa señal ve que esta y todas las demás cosas son buenas, más allá de cualquier “comprensión”. Lo ve y es feliz. He aquí toda la doctrina sobre la contemplación de los seres terrenales, creados por Dios» (J. PIEPER, Antología, Herder, Barcelona 1984, 160).
21. S.Th., II-II, q. 15, a. 3c.
22. S. TOMÁS DE AQUINO, Summa contra gentes, lib. II, caps. 80 y 81.
23. Cf. A. MILLÁN PUELLES, El interés por la verdad, o.c., 149.
24. Cf. S.Th., II-II, q. 15, a. 2 c.
25. Cf. S.Th., II-II, q. 15, a. 3.
26. Ibidem. Véase también S.Th., II-II, q. 46, donde trata Santo Tomás de la stultitia, cuya causa es asimismo la inmersión del hombre en los vicios de la sensualidad, especialmente en la lujuria, de modo que el hombre se vuelve incapaz de percibir las cosas divinas. Las consecuencias de la stultitia son el odio hacia Dios y hacia sus dones, y la desesperación respecto a la vida eterna.
27. TOMÁS DE AQUINO, De caritate, 12.
28. Cf. JUAN PABLO II, Encíclica Fides et ratio, n. 28.
29. Sobre esta característica de la verdad, cf. R. BRAGUE, «The angst of Reason», en TIMOTHY L. SMITH (ed.), Fait and Reason. The Notre Dame Symposium 1999, St. Agustine’s Press, South Bend (In.) 2001, pp. 241-242.
30. A. LANG, Teología fundamental, I, Rialp, Madrid 1966, 152–153.
31. J. DANIÉLOU, Escándalo de la verdad, Ediciones Guadarrama, Madrid 1962, 34.
32. C. CARDONA, Querer la verdad, Escritos Arvo, n. 128, Salamanca 1992.
33. J. RATZINGER, Mirar a Cristo, Ed. Edicep, Valencia 1990, 91.
34. «No quieras salir fuera, entra dentro de ti mismo, porque en el hombre interior reside la verdad» (S. AGUSTÍN, De vera religione, c. 39, n. 72).

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