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Quienes viven en armonía con su conciencia

muestran siempre un semblante atractivo.

Aleksander Solzenytsin


  • Independencia y formación

  • Apertura y receptividad

  • Cuidado del espíritu

  • El peligro de la trivialidad

  • Forjar el carácter: el león y la gacela


Independencia y formación

-—De todas formas, hay gente que piensa que formar a otros en unos valores supone una imposición de esos valores. Dicen que debería ser cada uno quien reconozca los que le interesen; que formar a otros en unos valores determinados es forzar a las personas, ahormarlas, someterlas a una influencia más o menos autoritaria y, en esa medida, destructora de la originalidad personal.

Sin embargo, parece claro que toda nuestra existencia está tejida con aportaciones de los demás, y que sería ridículo querer eludir de modo absoluto su influencia. Basta pensar en el proceso que sigue cualquier persona desde su nacimiento: el hombre viene al mundo como el más desvalido de los vivientes, incapacitado para casi todo durante largos años; y así como su desarrollo corporal no se produce sin una alimentación proporcionada por otros, algo parecido ocurre con su inteligencia, cuya potencialidad se desarrolla mediante la influencia de los demás, una influencia que –al menos durante los primeros años– resulta totalmente imprescindible. De hecho, los escasos ejemplos conocidos de niños que se criaron de modo salvaje, al margen de la civilización, muestran a las claras esa realidad.

Los más recientes estudios acerca de los factores que influyen en el desarrollo de la inteligencia –vuelvo a glosar al profesor Ibáñez-Martín–, coinciden en otorgar un considerable valor, al menos estadísticamente hablando, al medio cultural en que se ha vivido. El hombre apenas puede progresar en su propia vida, intelectual o moral, sin ser auxiliado por la experiencia colectiva que han acumulado y conservado las generaciones pasadas. Podría decirse que la sociedad atesora el pasado, y que gracias a ella en el hombre hay progreso e historia.

La pretensión de que todas nuestras acciones fueran realizadas de modo absolutamente autónomo y personal, significa desconocer la limitación del hombre. La búsqueda de la absoluta autonomía personal llevaría a una existencia empobrecida y agobiante, e incluso irracional en la medida en que sólo admitiría soluciones originales, renunciando sistemáticamente a todas las comprobadas y claras realidades que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos.



Apertura y receptividad

Es un triste error pensar que cualquier cosa que hagamos, para que sea verdaderamente personal, debe hacerse de modo totalmente original y solitario, ajeno a toda influencia o colaboración.

Como si cualquier influencia
atentara de inmediato
contra nuestra personalidad.

Eso supondría confundir el hecho de tener personalidad con adoptar una actitud de autosuficiencia y absolutez, que es un desatino de los más frustrantes en que se puede caer.

—Pero en esto puede haber grados, y siempre será bueno dejar un margen amplio a la creatividad personal...

Por supuesto, aunque cuidando cada uno de procurar no confundir la creatividad con esa vanidad pseudoinfantil que a algunos les hace pensar que están llamados a introducir novedades geniales en todo lo que hacen, y que además lo lograrán partiendo únicamente de sí mismos, sin contar con aportaciones ajenas.

-—Desde luego, eso sería confundir la espontaneidad con la sabiduría.

La verdadera creatividad precisa siempre de un equilibrio: no es ni el originalismo necio de quien busca llevar la contraria a todo lo establecido; ni la producción serializada y gris de quien es incapaz de introducir una aportación personal en nada de lo que hace; ni tampoco el originalismo mimético de esa gran oleada de mediocres que suele seguir a los verdaderos creadores, imitando ingenuamente su estilo sin llegar a captar su sustancia.

-—Entonces, volviendo a lo de la influencia de los demás en nuestro desarrollo personal, ¿qué crees que corresponde a uno mismo en esa tarea?

Ninguno nos hemos dado a nosotros mismos la vida, ni hemos determinado las características de nuestra personalidad. Sin embargo, a nosotros corresponde desarrollarla.

La plena realización de nuestra
personalidad es como
una progresiva colonización
de nosotros mismos.

Y para lograrlo, no tiene por qué ser obstáculo el hecho de ser ayudado por otros, es decir, recibir estímulo, consejo, ánimo, ejemplo.

—Bien, pero también existe el peligro de que ese consejo acabe transformándose en una cierta dominación por parte de otra persona...

Naturalmente, y por eso una cosa es recibir ayuda, hacer uso de esa segunda mano que se nos ofrece, y otra muy distinta es convertir nuestra vida en una existencia de segunda mano. Son cosas bien distintas, y de una no hay por qué pasar a la otra.

Podríamos compararlo a lo que sucede con otros fenómenos humanos como, por ejemplo, el lenguaje. El lenguaje puede parecer que coarta la libertad porque obliga a usar un repertorio estereotipado. Sin embargo, hay una enormidad de posibilidades de expresarse: basta ver, por ejemplo, la diferencia que hay entre un buen orador y quien habla torpemente.

De la misma manera, recibir de otros una buena formación es muy distinto a ser dominado y manipulado por ellos. Es evidente que el hombre puede abdicar de su personalidad allí donde debía mantenerla, de modo que esa ayuda deje de ser una colaboración para transformarse en una dictadura, pero eso sería una perversión –o al menos una trivialización– del recto sentido que tiene el hecho de formarse.

—¿Y dónde está el límite entre una influencia realmente formadora y legítima, y otra que fuera autoritaria e invasora?

Para que esa influencia sea legítima, es preciso que busque formar una auténtica interioridad en aquellos a quienes se dirige. Una interioridad que, entre otras cosas, pueda resistir a las tendencias superficializadoras y dispersoras de cada época. Un sólido núcleo personal que no deje a la persona a merced de los vaivenes de la moda del mundo del pensamiento.

Por otra parte, tener una notable autonomía personal no está reñido en absoluto con mostrar una conveniente receptividad, es decir, una apertura de mente que busque un constante enriquecimiento personal gracias a las aportaciones de los demás. Una receptividad que, como es natural, debe mostrarse solamente ante quien merezca esa actitud, y que no ha de ser pasiva sino activa, tanto en la búsqueda de las opiniones que nos merecen autoridad como en el esfuerzo por mantener después una actitud despierta ante ellas. Para lograrlo resulta preciso superar el orgullo y la pereza, mantener la necesaria frescura de imaginación y proceder con una cabal aceptación de las exigencias de la verdad que vayamos percibiendo.

Y quien asume la tarea de formar, ha de procurar siempre hacer pensar, pues formar no es modelar desde fuera el espíritu del otro a nuestra imagen y semejanza.

Formar es
despertar en su interior
al artista latente que esculpirá
desde dentro su obra.

Y eso aunque el resultado sea una obra imprevisible para nosotros, e incluso extraña a nuestros deseos. Mediante la formación no tratamos de conseguir la realización de unos actos determinados, ni buscamos simplemente transmitir unos criterios de conducta, por acertados que estos fueran. Se trata de buscar en cada persona el desarrollo más plenamente humano de sus capacidades, de modo que de ahí fluya con naturalidad un modo de ser y de actuar acorde con la formación que se ha ido asimilando.



Cuidado del espíritu

Todos tenemos un conjunto de verdades y de valores que nos inspiran, unas creencias que dan sentido a nuestra vida; y la gran mayoría de las personas tienen, además, una fe que llena de luz su existencia. En todo caso, siempre hay un espíritu que cultivar, y cuya renovación y cuidado exige una dedicación de tiempo.

-—Supongo que se trata de otra de esas muchas ocupaciones del famoso cuadrante II, que no apremian con urgencia pero son realmente importantes.

En efecto, aunque en este caso habría que decir que son algo más, puesto que no son simplemente ocupaciones –aunque las supongan–, sino sobre todo algo que ha de impregnar por completo nuestra vida.

Ese cuidado del espíritu requiere –para que no quede en algo vago y genérico– una dedicación periódica de tiempo lo más concreta posible. Un tiempo en el que trabajamos por renovarnos, por refrescarnos, por revisar nuestro compromiso con las verdades que nos inspiran (en el caso de la fe, además, una exigencia de trato personal con quien nos ha creado y a quien debemos todo).

Cultivar nuestro espíritu
requiere tiempo,
y es un tiempo importante,
pues las más grandes batallas
de nuestra vida se libran cada día
en el silencio del alma.

Si ganamos esas batallas, si resolvemos bien esos conflictos interiores, obtendremos esa paz y esa satisfacción interior que tanto necesitamos.

-—¿Recomiendas entonces algún tipo de preparación psicológica para alcanzar la paz con uno mismo?

Diría más bien que tendremos esa paz cuando nuestra vida esté en armonía con los principios y valores que la rigen, y cuando esos valores sean acertados.

-—O sea, cuando tengamos tranquila la conciencia.

Ya que lo dices, sí. La conciencia percibe la congruencia o incongruencia de nuestra conducta, y nos invita –si está bien formada– a elevarnos hacia la verdad moral, por la senda de la libertad y la sabiduría. Por eso la formación de la conciencia es tan decisiva para cualquier persona.

Formar bien la conciencia exige un deseo eficaz de hacerlo –leyendo, pensando, comentando con otras personas–, y exige, sobre todo, esforzarse por vivir en armonía con ella. Porque así como el exceso de comida o la falta de ejercicio pueden estropear la buena forma de un atleta, el hecho de actuar en contra de la verdad moral llena de oscuridad nuestra sensibilidad interior y embota nuestra conciencia.

-—Me parece que hay mucha gente que no se preocupa por formarse porque no tiene mayores aspiraciones. Se conforma con su nivel, y le parece que es suficiente para los problemas que se le plantean.

Sin duda, pero esas actitudes tan conformistas encierran serios peligros. No luchar por la propia superación equivale a entregarse en brazos de la pasividad, renunciar a muchas realidades a las que estamos llamados y, en consecuencia, arriesgarse a hipotecar seriamente la vida.

Hay que pensar, además, que algún día, quizá dentro de muchos años, o quizá dentro de pocos, nos encontraremos con dificultades mayores que las actuales, o nos sentiremos angustiados ante decisiones, reveses o tentaciones verdaderamente duras. Pero la lucha real por superar esa situación futura está en buena parte aquí y ahora. Con nuestra vida de ahora estamos condicionando en buena parte si el día que lleguen esas dificultades extraordinarias, fracasaremos miserablemente o las superaremos.

Es preciso prepararse
mediante un proceso constante
de mejora personal.



El peligro de la trivialidad

Las cosas son, con frecuencia, bastante más complejas de lo que a primera vista parecen. Es preciso tener en cuenta matices y detalles que, si no se valoran, muchas veces desfiguran la realidad.

La trivialización
es un peligro constante.

Y podría decirse, como ha escrito Messori, que la verdadera cultura consiste precisamente en adquirir el sentido de la complejidad de las cosas, en rehuir las simplificaciones, en respetar el misterio que hay detrás de toda apariencia.

Sin problematicismos patológicos,
hemos de procurar
ser lo suficientemente lúcidos
para profundizar en la realidad
sin empobrecerla.

Para lograrlo, es importante –entre otras cosas– leer mucho y con acierto: es ese uno de los mejores modos de abrirse a lo que han expuesto con brillantez los más grandes pensadores, de poder entrar en las mejores cabezas del presente y del pasado.

Siempre está la excusa de la falta de tiempo, pero si uno sabe organizarse, siempre se puede quitar tiempo a otras cosas menos productivas. Y empezar quizá por un libro al mes, para procurar pasar luego a dos –no es tan difícil como parece–, o incluso a más.

-—También en esto, creo que si muchos no leen más es, simplemente, porque no tienen mayores inquietudes.

Por eso, fomentar el deseo de saber es lo que puede introducirnos de una vez por todas en el mundo de la lectura, tan necesaria para no ir por la vida a tientas. Una lectura atenta y reflexiva, puesto que la sabiduría no surge ordinariamente por generación espontánea.

-—Pero supongo que no todos los libros han de exigir una lectura analítica y reflexiva.

Todos no. Como decía Francis Bacon, hay libros para probar, libros para tragar, y otros, muy pocos, para masticar y digerir. Lo que sería una pena es reducirse sólo a los de evasión o entretenimiento.

-—De todas formas, también la lectura se puede convertir en una adicción, y es bien conocido que el exceso de información nubla la inteligencia y favorece la pedantería.

Si la lectura es indiscriminada y errática, existe ese peligro. Por eso decíamos antes que no se trata de un simple acopio de lecturas, sino de buscar el modo de comprender mejor el mundo, a los demás y a uno mismo.

Por último, cabe añadir que otra actividad que contribuye a mejorar nuestra claridad mental es la escritura. Escribir ayuda a tender puentes con algunas zonas menos exploradas de nuestra mente, destila y cristaliza el pensamiento, nos facilita expresarnos con más precisión, glosar nuestras ideas con un poco más de método y de contexto, razonar con más rigor y hacernos comprender mejor.



Forjar el carácter: el león y la gacela

«Imaginen ustedes la escena...», decía pausadamente Fred Smith, al inicio de una conferencia en Tennessee (USA) hace unos años.

»Sitúense en la sabana africana, a orillas del lago Victoria, por ejemplo.

»Una gacela se despierta por la mañana, con la salida del sol, y piensa: "Hoy tengo que correr más que el más rápido de los leones, si no quiero acabar devorada por uno de ellos".

»A pocos kilómetros de allí, se despierta también un león, e inicia su día pensando: "Si no quiero morir de hambre, hoy tengo que correr al menos un poco más que la más lenta de las gacelas".

Smith hace una pausa más larga, y, dirigiéndose al auditorio, concluye:

»No sé si el papel de cada uno de ustedes en su vida es ahora el de león o de gacela. Pero, en cualquier caso, por favor, ¡corran!».

Aunque en aquel momento Smith se refería al fenómeno de la competencia en los mercados financieros, podemos aplicar esa imagen al esfuerzo por la mejora personal del carácter. En la vida de cualquier persona sucede algo semejante. Nos puede parecer que las circunstancias en que vivimos son duras, incluso crueles, como esa sabana africana en la que hay que estar siempre corriendo para lograr comer y no ser comido.

Ante esa coyuntura, tan real como la vida misma, podemos dedicarnos a pensar en el porqué de nuestra situación, o en la causa de todo lo que nos sucede, o en lo que sea...; y seguramente serán reflexiones positivas, pero lo que no podemos hacer, mientras, es dejar de correr.

-—¿Y eso no se contradice un poco con todo lo que has dicho antes sobre las sinergias y sobre la necesidad de superar los planteamientos innecesariamente competitivos?

Es preciso buscar sinergias, y superar los planteamientos innecesariamente competitivos, ciertamente, pero eso no quita que la vida suponga un reto permanente, que exige un esfuerzo y una exigencia constantes.

De hecho, la mayor parte de los fracasos humanos son causados por una precipitada cancelación del esfuerzo, porque uno admite demasiado pronto que no es capaz de resolver un problema, o que el problema no tiene solución.

En estas páginas hemos tratado muchas cuestiones sobre las que quizá conviene reflexionar con hondura, porque son cosas importantes, necesarias, incluso decisivas. Pero lo que no podemos hacer es dedicarnos plácidamente a pensar en ellas y dejar de correr: o sea, no podemos dejar de poner esfuerzo en las cosas.

Hay que esforzarse, espabilar, correr...; tanto si pensamos estar en el papel del león (peleando por alcanzar un objetivo), como si nos vemos más bien en el puesto de la gacela (intentando evitar un desastre). La vida es así, qué le vamos a hacer.

-—Pero tampoco el león y la gacela pasan el día en una carrera continua...

En efecto, y por eso tampoco sería exacto decir que la vida es una simple y extenuante carrera, puesto que lo que importa no es simplemente ir más rápido o ganar más tiempo.

Lo que importa es
nuestra capacidad
de acertar en la diana.

Y es verdad que hay muchos periodos más tranquilos, de cierto respiro, de mayor calma, pero también hay otros momentos de largas carreras, en los que todo parece muy difícil, y podemos llegar a estar cansadísimos, y desanimarnos.

Son ocasiones en las que notamos el desgaste de un esfuerzo continuado en determinada dirección, y la tentación que nos acecha es muy sencilla: dejar de correr.

Cuando esto sucede, hemos de pensar que, como el león o como la gacela, es preciso seguir corriendo si es que queremos sobrevivir. En eso la vida no va a cambiar. Bueno, mejor dicho: cambiará si nos paramos, porque ese será el principio del fin.

Forjar con acierto el propio carácter no es una tarea fácil ni rápida. Sin embargo, es posible y asequible a cualquiera, y, sobre todo, es decisiva para el resultado de nuestra existencia.

Es preciso centrar nuestra vida en principios y valores acertados, pero después hay que cultivar con paciencia esa buena simiente, sin desfallecer.

Hay que irrumpir con decisión
en esas zonas cómodas y oscuras
de nuestra vida, donde buscan cobijo
nuestros errores y debilidades,
para arrancar de allí la maleza
y lograr que no gane terreno en nuestra vida.

Si acometemos esa tarea con empeño, constancia y deportividad, en poco tiempo nos sorprenderemos del resultado.
 
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