Alfonso Aguiló, “Aprender a motivarse”, Hacer Familia nº 41-42, VII-VIII.1997

Coleccionable “Educar los sentimientos”, capítulo nº 3.

En cualquier ámbito profesional, es fácil observar cómo hay personas que sobresalen por su constancia y dedicación al trabajo, y esto hace que superen a otros compañeros que poseen un coeficiente intelectual bastante más alto. ¿Por qué sucede esto? ¿Por qué unos mantienen ese esfuerzo durante años y otros no lo logran, aunque también lo deseen? Casi todas las personas desearían llegar a una cota profesional más alta, y la mayoría de ellas tienen capacidades naturales suficientes para lograrlo. ¿Por qué unos logran transformar esa meta a largo plazo en una motivación diaria que les hace vencer las inercias de la vida, y otros, en cambio, no lo logran? ¿Por qué unos niños estudian con constancia sin que parezca costarles mucho, y otros, por el contrario, no hay manera de que aguanten más de unos minutos delante de los libros, aunque se les castigue o se les hable con claridad, serenamente, de las negativas consecuencias que su pereza va a traerles? Parece claro que hablamos de algo que no es cuestión de coeficiente intelectual, pues es fácil observar que no coinciden las personas más esforzadas con las de mayor coeficiente intelectual: hay personas inteligentísimas que son muy perezosas, y hay personas de muy pocas luces que muestran una constancia admirable. ¿Por qué? Hay toda una serie de factores emocionales que refuerzan el entusiasmo y la tenacidad de esas personas frente a los contratiempos normales de la vida. Hay un algo que les hace sentirse motivados, que les permite obtener satisfacción donde otros no encuentran –o no ponen– ninguna ilusión; o, al menos, un algo que les permite aplazar esa satisfacción.

La motivación implica siempre un aplazamiento, supone esforzarse ahora con el fin de lograr más adelante un objetivo que consideramos valioso. Algo muy relacionado con lo que algunos han llamado capacidad de demorar la gratificación.

La capacidad de demorar la gratificación abre la puerta a otras muchas capacidades de enorme trascendencia para la vida, pues las personas con un buen dominio sobre sus impulsos serán siempre personas mucho más equilibradas, eficaces y serenas.

Nos planteamos: ¿qué motivos podemos tener en la vida ordinaria para luchar con constancia cada día en esa tarea de conocer y controlar nuestros propios sentimientos? La clave es encontrar cada día motivos por los que hacer las cosas.

EL SENTIMIENTO DE LA PROPIA EFICACIA La fe de una persona en sus propias capacidades tiene un sorprendente efecto multiplicador sobre esas mismas capacidades. Quienes se sienten eficaces se recuperan más rápido de los fracasos, no se preocupan más de la cuenta por el hecho de que las cosas puedan salir mal, sino que las hacen lo mejor que pueden y buscando el modo de hacerlas mejor la siguiente vez.

El sentimiento de la propia eficacia tiene un gran valor estimulante. Va acompañado de un sentimiento de seguridad, que estimula la acción.

Puede parecer, a primera vista, un sentimiento un poco altivo, un poco orgulloso. Y es cierto que puede vivirse en su versión arrogante o altanera, envuelta en una actitud de cierto desprecio, o incluso de cólera o de temeridad; y es verdad que hay personas que parece que sólo disfrutan si consiguen dominar a los demás, y que a esas personas el sentimiento de la propia eficacia puede llevarles a comportamientos hostiles o agresivos; pero no son ésas las actitudes a las que me refería.

Afortunadamente, la búsqueda del sentimiento de la propia eficacia no tiene por qué conducir a un deseo de dominación de los demás. Tiene otras versiones más constructivas: hace al sujeto sentirse dueño de sí mismo, poseedor de habilidades y destrezas, capaz de controlar su comportamiento, dotado de facultades creadoras irrepetibles.

Como ha explicado José Antonio Marina, los sentimientos hacia nosotros mismos, el modo de evaluar nuestra eficacia personal, nuestra capacidad para realizar tareas o enfrentarnos con problemas, no son un sentimiento más, sino que intervienen como ingrediente decisivo en múltiples sentimientos personales, sobre todo en los se refieren a nuestra relación con los demás.

La propia valoración Las personas tenemos una profunda capacidad de dirigir nuestra conducta. Anticipamos consecuencias, nos proponemos metas, y hacemos valoraciones sobre nosotros mismos, valoraciones que a veces pueden ser un poco autodestructivas. Por eso, entre los distintos aspectos del conocimiento de uno mismo, tiene una considerable influencia en la vida diaria la opinión que cada uno tenga de su eficacia personal.

Nuestra inteligencia resulta estimulada o entorpecida por esos sentimientos, que componen un campo de fuerzas –animadoras o depresivas, constructivas o destructivas– entre las que ha de abrirse paso un comportamiento inteligente. Y digo abrirse paso porque hay una clara diferencia entre disponer de una determinada capacidad y ser capaz de utilizarla. Por esa razón, diversas personas con recursos bastante similares –o bien una misma persona en distintas ocasiones– pueden mostrar un rendimiento muy diferente.

J.L.Collins investigó extensamente este fenómeno. Seleccionó unos cuantos niños con una autoeficacia percibida alta o baja dentro de un mismo nivel de habilidad matemática. Entregó a los niños un número determinado de problemas, y comprobó que los que tenían un alto sentimiento de eficacia descartaron con mayor rapidez las estrategias de resolución incorrectas, solucionaron un mayor número de problemas, volvieron a insistir sobre los problemas no solucionados y los abordaron con mayor profundidad.

La eficacia en el rendimiento requiere una continua improvisación de habilidades que permitan dominar las circunstancias cambiantes del entorno, tantas veces ambiguas, impredecibles y estresantes. El sujeto responde a ellas con sentimientos distintos, que le llevarán a la retirada o a la constancia, dependiendo de la ansiedad que le produzcan y de su capacidad para soportarla.

Acciones condicionadas La gente teme –y por tanto tiende a evitar– aquellas situaciones que considera por encima de sus capacidades, y elige aquéllas en las que se siente capaz de manejarse. La idea que tenemos de nosotros mismos condiciona en gran parte nuestras acciones, y también el tono vital –pesimista u optimista– con el que elegimos o confirmamos nuestras expectativas.

Por ejemplo, aquellos que se consideran poco afortunados en el trato con los demás, o se minusvaloran en su capacidad de ganarse la amistad de otros, o en sus posibilidades de cara al noviazgo, tienden a exagerar la gravedad tanto de sus propias deficiencias como de las dificultades que les presenta el entorno. Y esa autopercepción de ineficacia o incapacidad suele ir acompañada de un aumento del miedo anticipatorio, que tiende a su vez a facilitar el fracaso. Por el contrario, cuando el sentimiento de propia eficacia es alto, el miedo al fracaso disminuye, y con él las posibilidades reales de fracasar.

La imagen refleja La imagen que cada uno tiene de sí mismo –vuelvo a glosar a José Antonio Marina– es en gran parte reflejo de lo que los demás piensan sobre nosotros; o, mejor dicho, la imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que creemos que los demás piensan sobre nosotros.

No puede olvidarse que la imagen que alguien tiene de sí mismo es una componente real de su personalidad, y que regula en buena parte el acceso a su propia energía interior. Y en muchos casos, no sólo permite el acceso a esa energía, sino que incluso crea esa energía.

Energía interior Puede parecer sorprendente que la imagen de uno mismo crear energía interior, pero es un fenómeno que puede observarse con claridad, por ejemplo, en los deportes. Los entrenadores saben bien que en determinadas situaciones anímicas, sus atletas rinden menos. Cuando una persona sufre un fracaso, o se encuentra ante un ambiente hostil, es fácil que se encuentre desanimado, desvitalizado, falto de energía.

Cuando un equipo de fútbol juega ante su afición, y ésta le anima con calor, los jugadores se crecen de una forma sorprendente. También lo experimentan los corredores de fondo, o los ciclistas: puedes estar al límite de tu resistencia por el cansancio de una carrera muy larga, pero una aclamación del público al doblar una curva parece ponerte alas en los pies.

Valor variable Nuestra energía interior no es un valor constante, sino que depende mucho de lo que pensemos sobre nosotros. Si me considero incapaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo, si es que llego a hacerlo. Además, la ruta del desánimo tiene también su poder de seducción, pues el derrotismo y el victimismo se presentan para muchas personas como algo realmente tentador.

El efecto de la propia imagen en la energía interior de cada uno es algo decisivo. Y en esto también se adquiere hábito: el tono vital optimista o pesimista, el sesgo favorable o desfavorable con el que vemos nuestra realidad personal, también es algo que en buena parte se aprende, algo en lo que cualquier persona puede adquirir un hábito positivo o negativo.

¿Narcisismo? Pensar en la propia imagen no tiene por qué ser narcisista. El error del narcisismo es fijar la atención final en nuestra imagen. O sea, en el momento de elegir entre uno mismo y su doble, preferir a este último, es decir, a la imagen.

El narcisista sufre por no amarse: no se ama a sí mismo sino a su imagen, a su representación. Y ésa es la causa de sus angustias: una atención exagerada a su imagen y, como consecuencia, una falta de identificación y afianzamiento en sí mismo, que le hace esclavo de su imagen.

OPTIMISMO: EL GRAN MOTIVADOR Matt Biondi, estrella del equipo de natación de Estados Unidos en las Olimpiadas de 1988, abrigaba muchas esperanzas de igualar la hazaña de Mark Spitz en 1972: ganar siete medallas de oro.

Sin embargo, Biondi quedó un en tercer puesto en la primera de las pruebas, los 200 metros libres; y en la siguiente carrera, los 100 metros mariposa, fue de nuevo relegado a un segundo puesto en el sprint final.

Los comentaristas deportivos predijeron que aquellos fracasos desanimarían a Biondi, que había partido como favorito en ambas pruebas. Sin embargo, y contra todo pronóstico, su reacción no fue de hundimiento sino de superación, pues ganó la medalla de oro en las cinco restantes carreras.

El optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la desesperación o la tristeza ante las diversidades. Como ha señalado Martin Seligman, de la Universidad de Pennsylvania, el optimismo (un optimismo realista, se entiende, porque el optimismo ingenuo puede ser desastroso) influye en la forma en que las personas se explican a sí mismas sus éxitos y sus fracasos.

Los optimistas tienden a considerar que sus fracasos se deben a algo que puede cambiarse, y gracias a eso tienen más fácil que a la siguiente ocasión les salgan mejor las cosas. Los pesimistas, en cambio, atribuyen sus fracasos a obstáculos que se ven incapaces de modificar.

Distintas actitudes Esa distinta forma de explicar los fracasos tiene unas consecuencias muy profundas en el modo de enfrentarse a la normal decepción del ordinario acontecer de la vida.

Por ejemplo, ante un suspenso, o ante el paro laboral, los optimistas tienden a responder de forma activa y esperanzada, buscando ayuda y consejo, procurando remover los obstáculos; los pesimistas, por el contrario, enseguida consideran esos contratiempos como algo irremediable y reaccionan pensando que casi nada pueden hacer para que las cosas mejoren, y entonces no hacen casi nada: para el pesimista, las adversidades casi siempre se deben a algún déficit personal insuperable o a la confabulación del egoísmo y la maldad de los demás.

Ante las adversidades Lo que conduce al éxito académico –aseguraba Seligman al término de sus investigaciones– es una mezcla de talento intelectual y capacidad de perseverar ante el fracaso. La cuestión clave es si uno seguirá adelante cuando las cosas resulten frustrantes, pues para un determinado nivel de inteligencia, el logro real no depende tanto del talento como de la capacidad de seguir adelante a pesar de los fracasos.

Las ventajas de la esperanza y el optimismo se extienden a todos los ámbitos de la vida. Toda persona pasa por momentos difíciles, la cuestión clave es cómo los abordamos. Los pesimistas piensan que fracasarán, y con esa disposición es bastante habitual que se cumplan sus negras previsiones y confirmen su pesimismo. Los optimistas confían en que sabrán manejarse y superar las dificultades; cuando no resulta así, saben encajarlo, y cuando sí resulta, fortalecen su sensación de autoeficacia, una aptitud que lleva a sacar mayor partido a los propios talentos y habilidades.

Estilos pesimistas y estilos optimistas Todas las personas sufrimos fracasos que momentáneamente nos sumergen en una situación de impotencia o desmoralización. ¿Por qué unas personas salen pronto de esa situación mientras que otras quedan encerradas en ella como en una trampa? Cada persona tiene un estilo para explicar y afrontar los sucesos que le afectan. Hay estilos pesimistas y estilos optimistas.

Los estilos pesimistas tienden a explicar los sucesos desagradables con razones de tipo personal (es culpa mía), con carácter permanente (siempre va a ser así) y proyectándolo de modo expansivo sobre el futuro (esto va a arruinar mi vida completamente). Con esa actitud, el fracaso no es ya sólo un resultado del pasado, o un acontecimiento del presente, sino que se convierte en una negra anticipación del futuro: Todo va a ser así, por mi culpa, y para siempre.

Los estilos optimistas son totalmente opuestos: hay cosas que no dependen de mí, las malas situaciones no van a durar siempre, ni ocupan toda la vida, sino sólo una parcela de ella.

Para pasar de un estilo pesimista a uno optimista es preciso, sobre todo, cambiar el modo de pensar, el estilo con el que se explican las cosas que nos afectan, y la atribución de causas a lo que nos sucede.

Aunque puede haber –y pienso que la hay– una determinación genética de esa propensión optimista o pesimista, influye de modo decisivo el aprendizaje personal, y desde edades muy tempranas.

A los siete años es probable que un niño haya aprendido ya su modo de explicar los sucesos. Antes de esa edad, los niños suelen ser siempre optimistas, razón por la que hasta entonces nunca hay depresiones ni suicidios. Ha habido niños de cinco años que han cometido incluso asesinatos, pero nunca han actuado contra su propia vida.

Adquisición de un estilo Las causas que determinan el modo en que el niño interpreta las cosas en esos años están, sobre todo, en el modo en que ven a sus padres explicar cada cosa que sucede. Un niño oye continuamente comentarios sobre los acontecimientos de la vida diaria. Sus antenas están siempre desplegadas, y siente un inagotable interés por encontrar explicaciones a las cosas. Busca con insistencia los porqués. El pesimismo u optimismo de los padres y hermanos es recibido por el niño como si fuera la propia estructura de la realidad.

El aprendizaje de la decepción Otro elemento que influye decisivamente es el modo en que los adultos –los padres, otros familiares, profesores, etc.– critican el comportamiento de los niños. Los niños se fijan mucho, y no sólo el contenido de la reprimenda, sino también su forma, es decir, al modo en que se plantean.

Por ejemplo, se fijan –casi inconscientemente– en si la reprensión suele basarse en causas permanentes o en cuestiones coyunturales. Si a un niño o una niña se le dice: «Has dicho una mentira», «No estás prestando atención», «Esta evaluación has estudiado poco las matemáticas», o frases semejantes, las recibirá como observaciones basadas en descuidos ocasionales y específicos que puede superar. En cambio, si se le dice habitualmente: «Eres un mentiroso», «Siempre estás distraída», «Eres muy malo para las matemáticas», etc., el niño o la niña lo entenderán como algo permanente en ellos y muy difícil de evitar.

Otro elemento importante en la formación de esos estilos optimistas o pesimistas es el modo en que los niños van superando las primeras crisis de entidad que se presentan en su vida. Si las superan bien, se enfrentarán de manera mucho más optimista a las siguientes. En cambio, los niños que han vivido situaciones críticas mal resueltas o cronificadas tienden a anticipar fracasos semejantes más adelante.

El sentimiento de fracaso o de decepción mal asumido tiene una característica determinante: la idea de fracaso se mantiene fija en la memoria, parpadeando como un señuelo perturbador; y en vez de proporcionar una experiencia aleccionadora, se apodera de la mente una idea negativa y dolorosa sobre uno mismo o los demás.

La solución es, entre otras, aprender a hacer las paces con uno mismo. En muchos casos, con sólo aceptar serenamente el error se esfuman los fantasmas del fracaso y puede llegarse a muchas enseñanzas útiles. Cuando una persona logra transformar el fruto del dolor en una herramienta que forja su persona y la templa, hace entonces un descubrimiento tremendamente liberador.

Como ha señalado José Antonio Marina, hay dos tipos de razonamientos peligrosos a la hora de afrontar un fracaso. El primero es éste: «Si procuro hacer bien las cosas, me irá bien. Como lo cierto es que me va mal, no lo estoy haciendo bien. Conclusión: depresión y culpabilidad.» Y el segundo es análogo: «Si procuro hacer bien las cosas, me irá bien. Estoy haciendo bien las cosas, pero me va mal. Luego el mundo es injusto. Conclusión: cólera o indignación.» Una de las claves de una buena educación sentimental es enseñar a asumir el fracaso.

CAPACIDAD DE CONCENTRACIÓN Cuando una persona atraviesa una crisis importante en su vida (por ejemplo, ante problemas familiares o profesionales graves, o ante enfermedades serias), experimenta en su propia carne lo difícil que resulta mantener la atención en las rutinas habituales del trabajo o el estudio.

De la misma manera, cualquier persona que haya padecido una depresión sabe también cómo, en esa situación, los pensamientos autocompasivos, la desesperación, la sensación de impotencia o desaliento, son tan intensos que dificultan seriamente cualquier otra actividad.

Cuando la situación emocional dificulta la concentración, disminuye notablemente nuestra capacidad de mantener en la mente toda la información relevante para la tarea que llevamos a cabo, y no logramos pensar con claridad.

El oasis de la concentración En el extremo opuesto de esa dificultad para fijar la atención, está lo que podríamos llamar concentración: un estado en el que la atención se absorbe por completo y se focaliza tanto que se ciñe casi sólo a la estrecha franja de percepción relacionada con la tarea que estamos llevando a cabo. Es un estado de olvido de uno mismo, lo opuesto a la preocupación obsesiva, pues en vez de perdernos en el desasosiego, nos encontramos absortos en lo que hacemos.

Como ha señalado Daniel Goleman, la concentración nos hace entrar en una especie de oasis en el que, una vez en él, con poco esfuerzo de voluntad mantenemos un alto rendimiento. Nos encontramos entregados a una tarea, sin pensamientos intrusivos que nos distraigan. Es un estado en el que hasta el trabajo más duro puede resultarnos entretenido, en vez de extenuante y agotador.

Valor educativo Ese oasis del que hablamos produce un efecto gratificante que tiene importantes consecuencias en la educación, por ejemplo, de los niños o los adolescentes.

Muchos de ellos pasan muchas horas aburriéndose en actividades tales como ver la televisión, que apenas ponen a prueba sus habilidades. Si logramos que descubran la satisfacción que produce entregarse a una tarea que estimule su capacidad y les haga sentirse comprometidos con algo que les pone a prueba y les lleva a desarrollar nuevas áreas de su talento, entonces habrán entrado en el ciclo de la motivación.

Si, por el contrario, no logran habituarse a concentrar su atención en tareas que supongan un desarrollo exigente de sus capacidades, quedará muy limitado el alcance de las tareas intelectuales de las que disfrutarán en el futuro, pues les resultarán desproporcionadamente áridas e ingratas.

Fortalecer la atención Es preciso encontrar tareas y habilidades que fortalezcan su capacidad de concentrarse y de proponerse objetivos: tareas en las que vea que rinde, en las que se sienta seguro, satisfecho, estimulado. Después, hay que ir ampliando y canalizando esas aptitudes hacia otros fines quizá menos atractivos a corto plazo (y enseñar a controlar los impulsos, demorar la gratificación y regular los estados de ánimo, etc.), pero para lograrlo es importante que antes sepan fijar la atención eficazmente.

A modo de conclusión de este capítulo, podríamos decir que hay estilos educativos que dificultan o favorecen la motivación. El mundo emocional de cada uno dificulta o favorece su capacidad de pensar, de planificar, de resolver problemas, de mantener con constancia unos objetivos. Y la educación de ese marco emocional establece el límite de la capacidad de rendir los talentos de cada uno.

EL VALOR DE LA ESPERANZA Según cuenta la conocida leyenda griega, los dioses, celosos de la belleza de Pandora, una princesa de la antigua Grecia, le regalaron una misteriosa caja, advirtiéndole que jamás debía abrirla. Pero un día, la curiosidad y la tentación pudieron más que ella y finalmente abrió la tapa para ver su contenido, liberando así en el mundo todas las grandes aflicciones que hoy existen. Pudo cerrar la tapa justo a tiempo de evitar que se escapara de ella también la esperanza, que es el único valor que hace soportables las miserias de la vida.

Y no parece que les faltara razón a los hombres de la antigua Grecia cuando valoraban en tanto la esperanza. La esperanza no es un simple consuelo a la aflicción, sino que desempeña un papel esencial en la motivación, factor clave en multitud de aspectos de la vida, como el rendimiento escolar o laboral, las relaciones humanas, y otros muchos.

La esperanza no es una especie de ilusión ingenua de que todo irá bien. Se trata más bien de tener fe en que uno puede, con las ayudas exteriores que sean precisas, superar las dificultades que se le presentan y alcanzar determinados objetivos, que además serán muy diferentes según las personas.

Altas expectativas Está claro que no todo el mundo tiene las mismas expectativas (sería terrible que todos aspiráramos exactamente a lo mismo), ni las vivencia en el mismo grado de intensidad. Y está claro que hay gente ilusa y gente muy parada: se trata –de nuevo– de encontrar un equilibrio sensato entre ambos extremos equivocados.

De todas formas, como la vida de nuestra época es más proclive a la desesperanza, quizá conviene alentar más las expectativas –nuestras y de los demás–, eludir los planteamientos derrotistas, desbloquear los enfoques victimistas, otear el horizonte de los grandes empeños y dirigirse hacia ellos con convicción.

Distinto nivel de expectativas, distinto rendimiento Sobre la relación entre el rendimiento académico y el nivel de expectativas, el investigador norteamericano C.R. Snyder llevó a cabo recientemente en la Universidad de Kansas un estudio sobre una amplia muestra de estudiantes universitarios. Entre otras, les hacía la siguiente pregunta: «¿Qué harías si acabaras de saber que has suspendido un examen parcial en el que esperabas sacar un notable?».

Quienes tenían un alto nivel de expectativas contestaron que estudiarían más, y expusieron las medidas que tomarían para sobreponerse a ese traspiés académico. Otros, cuyo nivel de expectativas era mucho más moderado, pensaron también en diversas soluciones posibles, pero parecían poco confiados en lograrlo. Por último, los que tenían menor nivel de expectativas hablaron de que les desalentaría y probablemente no se presentaran al examen final.

Snyder comprobó una vez más que el principal factor responsable del distinto rendimiento académico de estudiantes con similar aptitud intelectual parece ser su nivel de expectativas. Los estudiantes con un alto nivel de expectativas se proponen objetivos elevados y suelen arreglárselas para alcanzarlos.