Alfonso Aguiló, “Conocer los propios sentimientos”, Hacer Familia nº 39, V.1997

Coleccionable “Educar los sentimientos”, capítulo nº 1.

Hace ya más de veinticinco siglos, Tales de Mileto afirmaba que la cosa más difícil del mundo es conocerse a uno mismo. Y en el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática –gnosei seauton: conócete a ti mismo–, que recuerda una idea parecida. Conocerse bien a uno mismo representa un primer e importante paso para lograr ser artífice de la propia vida, y quizá por eso se ha planteado como un gran reto para el hombre a lo largo de los siglos.

La observación de uno mismo permite separarse un poco de nuestra subjetividad, para así vernos con un poco de distancia, como suele hacer el pintor de vez en cuando para observar cómo va quedando su obra.

Observarse a uno mismo es como asomar la cabeza por encima de lo que nos está ocurriendo, y así no sumergirnos del todo en el torrente de nuestra vida. De esta manera, podemos tener una mejor conciencia de cómo somos y qué nos pasa. Por ejemplo, es diferente estar fuertemente enfadado, sin más, a estarlo pero dándose uno cuenta de que lo está, es decir, teniendo una conciencia autorreflexiva que nos dice: «Ojo con lo que haces, que estás muy enfadado».

Advertir cómo estamos emocionalmente es el primer paso hacia el gobierno de nuestros propios sentimientos. Tomar conciencia de que estamos siendo dominados por sentimientos negativos suele llevarnos a activar de inmediato nuestro intento de sobreponernos. Por esa razón, comprender bien lo que nos pasa tiene un poderoso efecto sobre esos sentimientos perturbadores que nos invaden, y nos brinda la oportunidad de poner esfuerzo por superarlos.

OBSERVAR EL COMPORTAMIENTO PROPIO Y AJENO El conocimiento propio constituye un punto clave para la formación y educación del carácter. Y podría añadirse que esa autocomprensión de la vida propia –saber lo que realmente nos pasa y por qué nos pasa– está muy relacionada con nuestra capacidad de comprender bien a los demás. En este sentido, es muy útil desarrollar la capacidad de observación del comportamiento propio y ajeno: la literatura o el cine, por ejemplo, pueden enseñar mucho también a conocerse a uno mismo y a los demás, cuando sus autores son buenos conocedores del espíritu humano y saben reflejar bien el mundo interior de las personas.

Como es natural, no se trata de desarrollar un afán de malsana introspección psicológica, sino de poner los medios necesarios para evitar el riesgo de vivir con uno mismo como con un desconocido. Conocerse bien es un buen modo de combatir la inestabilidad que produce dejarse arrastrar en unas ocasiones por ensoñaciones y fantasías (sobrevalorando las propias posibilidades personales en momentos de euforia), y, en otras, quedarse a merced del pesimismo o la indecisión (subestimando esas capacidades cuando vienen circunstancias adversas).

Facetas de la personalidad Para facilitar el propio conocimiento, resulta útil analizar los múltiples elementos que interaccionan en nuestra vida y sobre los que debemos actuar en el proceso ordinario de la propia maduración personal: el propio carácter –con todos sus aspectos afectivos–, el proyecto de vida profesional, las relaciones familiares y de amistad, la salud, nuestra resistencia física y psíquica, etc.

Es lógico que, a lo largo de la vida, algunas de esas variadas facetas, pocas o muchas, puedan pasar por momentos de conflicto, más o menos importantes. Pueden ser cuestiones profesionales (dificultades para obtener o mantener determinado nivel profesional, de entendimiento con sus jefes o compañeros, fracasos debidos a los propios errores o a la superioridad de los competidores, situaciones de paro o de insatisfacción laboral, etc.); problemas de salud, que limitan de modo transitorio o permanente la propia capacidad, y que pueden ir acompañados de un serio sufrimiento físico o psíquico; problemas en la vida afectiva y la convivencia ordinaria (diferencias de criterio entre los cónyuges, o entre padres e hijos, etc.); o toda la problemática específica que puede plantear la madurez, la jubilación, la ancianidad; etc.

Y de la misma forma que, por ejemplo, una falta concreta de salud, por muy localizada que esté en un punto determinado del cuerpo, acaba produciendo de ordinario una sensación generalizada de malestar en toda la persona, incluso con repercusiones en su carácter o en su relación con los demás, también un problema grave en cualquiera de las otras facetas de la vida –por ejemplo, en la vida profesional, o en la familia– puede producir un efecto que trascienda esa faceta y provoque otros problemas en cadena: trastornos de carácter, retraimiento o agresividad en la relación con los demás, o incluso –si los problemas son subjetivamente importantes– propensión a algunas enfermedades.

Culpas equivocadas Esto hace que, si falta la necesaria madurez y conocimiento propio, algunos problemas de una faceta de la vida se acaben achacando a otra que en realidad no tiene la culpa, o al menos tiene muy poca.

Así, una persona puede culpar a su cónyuge o a sus hijos o a sus padres de la frustración que siente, cuando en realidad ese sentimiento se debe sobre todo a una razón de tipo profesional, o de falta de madurez afectiva; o puede culpar a su situación profesional de padecer un fuerte sentimiento de insatisfacción, que en el fondo se debe a la natural pérdida de capacidad o de salud que sobreviene con motivo de la edad o de los ciclos naturales de ánimo que la vida imprime; o puede achacar a determinados defectos de las personas con que convive lo que en realidad se debe a un enrarecimiento del propio carácter que debiera acometer con toda sinceridad y prontitud.

Aceptar la propia culpa Todos sabemos también que la tendencia a proyectar fuera de nosotros la solución de los problemas que experimentamos (habituarse a echar la culpa a otros de todo lo malo que nos sucede) suele ser una estrategia engañosa y un síntoma de poca madurez. Es cierto que las circunstancias ajenas siempre pueden ayudarnos a resolver y superar nuestros problemas, pero no debemos dimitir –ni total ni parcialmente– del amplísimo margen de responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida, que es propio y exclusivo de cada uno.

Tampoco debe olvidarse que la pereza y la comodidad –con todo el lastre interior que pueden llegar a tener en nuestra vida–, tratan de imponernos la ley del mínimo esfuerzo. Por eso, cuando sentimos desgana para afrontar una tarea que nos resulta costosa, es preciso identificar claramente su origen y reconocerlo como lo que es: cansancio razonable que exige descanso, o pereza que hemos de superar; pero no interpretar equivocadamente la desgana como carencia de aptitudes, para justificar así nuestra falta de esfuerzo o dispensarnos de nuestras obligaciones.

Resolver los problemas Además, esos problemas serán de más o menos importancia, y de solución más o menos fácil, y a un plazo mayor o menor. Hemos de buscar posibles modos de resolverlos, al menos hasta donde nos sea posible, pues tampoco podemos ignorar que en ocasiones sólo podremos minimizar sus consecuencias negativas y aprender a convivir con ellos (piénsese, por ejemplo, en enfermedades crónicas, fuertes reveses económicos o profesionales cuya solución queda fuera de nuestro alcance, problemas serios de relación con personas que tenemos necesidad de tratar, etc.).

Un profundo y certero conocimiento de un mismo, contrastado por la observación atenta del propio comportamiento externo y de las reacciones interiores, y enriquecido por el consejo de quienes nos conocen y aprecian, nos permitirá identificar con acierto el verdadero origen de las perturbaciones que –inevitablemente– experimentaremos siempre a lo largo de nuestra vida.

Proceso abierto El propio conocimiento es un proceso abierto, que no se termina nunca, pues la vida es esencialmente dinámica, y exige siempre una atención diligente. Todo lo dicho hasta ahora en este capítulo busca resaltar la importancia que para la formación del carácter y los sentimientos tiene el conocimiento propio, que es puerta de la verdad, y que, cuando falta, hace que no se pueda ser sincero con uno mismo por mucho que se quiera.

DISCERNIR LOS PROPIOS SENTIMIENTOS Querer ver qué es lo que nos sucede –y quererlo de verdad, con sinceridad plena– supone siempre un paso decisivo en el conocimiento propio. Porque encontrar escapatorias cuando no quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil del mundo. Siempre existen causas exteriores a las que culpar, y por eso hace falta cierta valentía para aceptar que quizá la culpa, o la responsabilidad, es quizá nuestra, o al menos una buena parte de ella.

Esa valentía personal es imprescindible para avanzar con acierto en el camino de la verdad, aunque a veces se trate de un recorrido que puede hacerse muy cuesta arriba. No percibir con ecuanimidad los propios sentimientos supone fácilmente quedar a su merced.

Querer ver Aunque no los advirtamos expresamente, también puede haber sentimientos que fluyen de forma casi inconsciente, y que pueden tener bastante influencia en nuestra forma de percibir las cosas o de reaccionar ante determinados estímulos.

Piénsense, por ejemplo, en el caso de alguien que haya tenido un encuentro desagradable y que luego permanece irritable durante muchas horas, sintiéndose molesto por el menor motivo y respondiendo de mala manera a la menor insinuación.

Esa persona puede ser muy poco consciente de su susceptibilidad, e incluso sorprenderse –y molestarse de nuevo– si alguien se lo hace notar, aunque a los demás resulte bien patente que sus ariscas respuestas se deben a esos sentimientos que brotan en su interior como consecuencia de aquel encuentro desagradable.

Sentimientos poco conscientes Una buena parte de nuestra vida emocional tarda en aflorar a la superficie. Hay sentimientos que no siempre llegan a cruzar el umbral de la conciencia. Por eso, ganar en conocimiento propio nos permite desplazar la frontera de los sentimientos plenamente conscientes, y supone un poderoso medio para mejorar el carácter.

Una vez que tomamos conciencia de cuáles son los verdaderos sentimientos que pugnan por salir a la superficie de nuestra conciencia, podemos evaluarlos con mayor acierto, decidir dejar a un lado unos y alentar otros, y así actuar sobre nuestra visión de las cosas y nuestro estado de ánimo. No hay que olvidar que en esto es, entre otras cosas, como se manifiesta que somos seres inteligentes.

Dirigir la propia vida Las personas que tienen un conocimiento más certero de sus sentimientos suelen dirigir mejor sus vidas, ya que tienen un conocimiento más real de sí mismas. Eso les permite apoyarse en sus puntos fuertes para actuar sobre sus puntos débiles, y así reforzarlos. Y esa potente luz que ilumina sus vidas les permite desenvolverse con acierto a la hora de tomar decisiones, tanto las más sencillas de la vida diaria como las más importantes (con quién casarse, qué modelo de familia y de educación adoptar, qué camino tomar en la vida profesional, etc.).

Conscientes, pero sin recursos Hay muchas personas que son plenamente conscientes de su estado emocional negativo, y sin embargo no logran salir de él. Son personas que se sienten desbordadas por sus propios sentimientos. Se dan cuenta de que están pesimistas, malhumoradas, susceptibles o abatidas, pero se consideran incapaces de escapar de ese estado. Son conscientes de su situación, pero de un modo vago, y es precisamente su falta de perspectiva sobre esos sentimientos lo que les hace sentirse abrumadas y como perdidas; y por eso piensan que no pueden gobernar su vida emocional y no hacen casi nada eficaz por salir del agujero en que se encuentran.

Hay otras personas que son bastante más conscientes de lo que les sucede, pero su problema está en que tienden a aceptar pasivamente esos sentimientos. Son proclives a estados de ánimo negativos, y se limitan a aceptarlos resignadamente, con una actitud rendida, de dejarse llevar por ellos, y no se esfuerzan por cambiarlos a pesar de lo molesto que les resulta sobrellevarlos.

En cambio, las personas que perciben con verdadera claridad lo que les sucede suelen alcanzar una vida emocional más desarrollada. Son personas más autónomas, más seguras, más positivas; y cuando caen en un estado de ánimo negativo no le dan vueltas obsesivamente, ni lo aceptan de modo pasivo, sino que saben cómo afrontarlo y no tardan en salir de él. Su ecuanimidad en el conocimiento propio les ayuda enormemente a gobernar con eficacia sus sentimientos.

SABER EXPRESAR LO QUE SENTIMOS Cuando logramos expresar en palabras lo que sentimos, damos un gran paso hacia el gobierno de nuestros sentimientos. La conciencia emocional es muy intensa en unas personas, mientras que en otras es mucho más moderada. Hay algunas personas, por ejemplo, que ante una situación de peligro reaccionan con asombrosa serenidad. Otros, en cambio, pueden quedarse consternados y hundidos durante varios días simplemente porque se les ha extraviado un bolígrafo o porque su equipo ha perdido un partido en la liga de fútbol.

Experimentar sentimientos intensos no es algo negativo. Es cierto que el exceso de sensibilidad emocional puede llevarnos a auténticas tormentas afectivas –positivas o negativas, de exaltación o de depresión–, y eso tiene muchos peligros; pero tampoco puede ponerse como ideal la indolencia de quienes apenas experimentan sentimientos intensos ni en las circunstancias más extremas, porque eso les lleva a ser personas sosas y blandas, monótonas.

Es preciso alcanzar un sensato equilibrio que reserve a cada momento los sentimientos más adecuados.

Incapacidad de reconocer y expresar los sentimientos Los desequilibrios emocionales, tanto por exceso –en las tormentas afectivas– como por defecto –en la indolencia o impasibilidad emocional–, muchas veces tiene su origen último en que esas personas no saben expresar bien sus propios sentimientos, y ese inconveniente les ha llevado a educarlos de manera deficiente.

No es que tengan escasa capacidad afectiva, sino que son incapaces de reconocer sus sentimientos y manifestarlos con la suficiente fluidez. Cuando hablan de sí mismas, difícilmente logran decir algo distinto de si se sienten bien, mal o muy mal. Les resulta difícil hablar de esas cuestiones, y manejan un vocabulario emocional sumamente reducido.

Traducir los sentimientos No es que no sientan, es que no logran discernir bien lo que bulle en su interior, y mucho menos traducirlo en palabras. Parecen ignorar el verdadero motivo de fondo de sus problemas. Perciben sus sentimientos como un desconcertante manojo de tensiones, que les hace sentirse bien o mal, pero no logran explicar qué tipo de bien o de mal es el que sienten.

Esa confusión emocional nos hace vislumbrar un poco la grandeza del poder del lenguaje.

PENSAR SOBRE LOS SENTIMIENTOS Para poder educar los sentimientos es preciso saber qué sucede en nuestro mundo afectivo, para después intentar explicarlo, buscar sus causas, sus leyes, sus regularidades, e intentar finalmente sacar alguna idea en limpio para mejorar en la educación de nuestra afectividad.

Siempre se ha dicho que si no comprendes bien una cosa, lo mejor que puedes hacer es intentar comenzar a explicarla. Por ejemplo, cualquier profesor de matemáticas ha experimentado muchas veces la dificultad para hacer comprender a sus alumnos los puntos más complejos de la asignatura. Son momentos en que uno se encuentra muy limitado, cuando comprueba que no es nada sencillo transmitir conceptos que requieren un considerable grado de familiaridad con la materia y de capacidad de abstracción. Sin embargo, a medida que avanza el desarrollo de la clase, y se abordan una y otra vez esos conceptos desde perspectivas diferentes, las ideas se van precisando, surgen pequeñas o grandes iluminaciones, van cayendo barreras hasta llegar al meollo del problema.

Por eso, una buena forma de avanzar en ese camino de autoconocimiento es pensar, leer y hablar sobre los sentimientos. Al hacerlo, nuestras ideas se van destilando, y serán cada vez más precisas y certeras.

¿Cómo hacerlo? Hay infinidad de caminos. En esta ocasión podemos proponernos uno muy sencillo.

Antes hemos hablado de cómo la perdición de muchas personas consiste en que echan la culpa siempre a otros de todo lo malo que les sucede, y así nunca se plantean seriamente cambiar ellas mismas.

A esa tórrida y paralizante costumbre, podríamos añadir otra, no menos peligrosa, en la que también resulta bastante fácil caer: la tendencia a proyectar en los demás nuestros propios defectos.

En ambos casos, se trata de fenómenos que, como suele suceder con todo lo relativo al conocimiento de las personas, se advierten con más facilidad en otros que en uno mismo. No es difícil, por ejemplo, ver a una persona muy egoísta que se lamenta del egoísmo de los demás y dice que nadie le ayuda; o a uno que siempre se está quejando y encima protesta de que otros a veces se quejen; o a un charlatán agotador que protesta de que otro habla demasiado; o al típico irascible que critica el mal genio de los demás.

Con sólo prevenirnos contra estos dos errores –que en el fondo son muy parecidos–, podemos avanzar mucho en esa importante tarea que es el propio conocimiento. Se trata de procurar ver las cosas buenas de los demás, que siempre hay, y aprender de ellas; y cuando veamos sus defectos, o algo que nos parece a nosotros que son defectos, pensar si no los hay –esos mismos– también en nuestra vida.

Algunos ejemplos Para concretar un poco, puede ser útil considerar algunos rasgos de carácter relacionados con la educación de los sentimientos:

  • timidez, temor a las relaciones sociales, apocamiento;
  • irascibilidad, susceptibilidad, tendencia exagerada a sentirse ofendido;
  • tendencia a rumiar en exceso las preocupaciones, refugiarse en la soledad o en una excesiva reserva;
  • perfeccionismo, rigidez, insatisfacción;
  • falta de capacidad de dar y recibir afecto;
  • nerviosismo, impulsividad, desconfianza;
  • pesimismo, tristeza, mal humor;
  • recurso a la simulación, la mentira o el engaño;
  • gusto por incordiar, fastidiar o llevar la contraria; tozudez;
  • exceso de autoindulgencia ante nuestros errores; dificultad para controlarse en la comida, bebida, tabaco, etc.;
  • tendencia a refugiarse en la ensoñación o la fantasía; dificultad para fijar la atención o concentrarse;
  • excesiva tendencia a requerir la atención de los demás; dependencia emocional;
  • hablar demasiado, presumir, exagerar, fanfarronear, escuchar poco;
  • resistencia a aceptar las exigencias ordinarias de la autoridad;
  • tendencia al capricho, las manías o la extravagancia;
  • resistencia para aceptar la propia culpa, o sentimientos obsesivos de culpabilidad;
  • falta de resistencia a la decepción que conlleva el ordinario acontecer de la vida; no saber perder o no saber ganar;
  • dificultad para comprender a los demás y hacernos comprender por ellos;
  • dificultad para trabajar en equipo y armonizarse con los demás; etc.

    Mejoraremos procurando conocernos, y conociendo en especial cuáles son nuestros defectos dominantes. Mejoraremos escuchando de buen grado la crítica constructiva que nos vayan haciendo con cualquier ocasión: y a eso se aprende sólo cuando uno es capaz de decirse a sí mismo las cosas, cuando es capaz de decirse las verdades a uno mismo.