Alfonso Aguiló, “Demasiado perfeccionistas”, Hacer Familia, nº 95, I.2002

Aprender a equivocarse
Sección “El arte de educar”, De 13 a 16.

      Los perfeccionistas son personas que tienen cosas muy positivas: creen en el trabajo bien hecho, procuran terminar bien las cosas, ponen ilusión en cuidar los detalles…; pero tienen también bastantes negativas Una de las cosas más difíciles de aprender es a equivocarse y no venirse abajo, saber reconocer un error sin sentirse terriblemente humillado Debemos aprender a darnos cuenta de que no es una tragedia equivocarse, puesto que la calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores Triunfar es -en cierta manera- aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir

    El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”, decía el conocido estadista e historiador británico Winston Churchill. Todos hemos conocido chicos y chicas que acaban siendo personas raras por culpa de una especie de terror a hacerlo mal. Ese chico, o esa chica, a lo mejor no quiere jugar al fútbol o al baloncesto en el colegio, porque dice -y no es para tanto- que no juega bien. O jamás sale voluntariamente a la pizarra, porque le aterra la posibilidad de no saber contestar perfectamente. O no quiere participar de un juego que no conoce, porque no quiere arriesgarse a ser el perdedor hasta que haya conseguido dominar bien sus reglas.

Los perfeccionistas son personas que tienen cosas muy positivas: creen en el trabajo bien hecho, procuran terminar bien las cosas, ponen ilusión en cuidar los detalles. Pero tienen también bastantes negativas: viven tensos, sufren mucho cuando ven que no siempre pueden llegar a la suma perfección que tanto anhelan, su minuciosidad les hace ser lentos, y con frecuencia son demasiado exigentes con quienes no son tan perfeccionistas como ellos.

Reconocer los errores Una de las cosas más difíciles de aprender es a equivocarse. No me refiero al hecho en sí de fallar, de cometer un error, que eso es muy fácil. Hablo de equivocarse y no venirse abajo, de saber reconocer un error sin sentirse terriblemente humillado. Que no nos suceda como a Guille, el hermanito de Mafalda, aquella vez que su hermana lo encontró llorando desconsoladamente: -¿Qué te pasa, Guille? -Me duelen los pies -responde entre pucheros. Mafalda se fija en los pies del crío y le explica: -Claro, Guille, te has puesto los zapatos cambiados de pie, al revés. Guille, tras un instante para comprobar el hecho indiscutible, comienza a berrear más fuerte. Mafalda le interrumpe: -¿Y ahora? -¡Ahora me duele mi odgullo! Lo natural, el fracaso Los fracasos son algo connatural al hombre, le siguen como la sombra al cuerpo. Todos nos equivocamos, y a veces quizá más de lo que creemos. Por eso, cuando los perfeccionistas se derrumban al comprobar que no son perfectos, demuestran con ello ser personas que cuentan poco con la realidad. Debemos aprender a darnos cuenta de que no es una tragedia equivocarse, puesto que la calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores.

A veces en esto tienen bastante culpa los padres. Son peligrosos los padres que educan a sus hijos en la neurosis perfeccionista. Quizá educan a su hijo para que jamás suspenda o jamás rompa un plato, cuando más bien deberían educarle para que se esmere en ser un buen estudiante y procure que no se le caiga el plato, y -sobre todo- para que sepa sacar fuerza de cada error y sea capaz de volver a estudiar con ilusión o de recoger los pedazos del plato roto.

Enseñanza y humildad Porque errores…, cometemos todos. La diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros solo obtienen amargura y pesimismo. Conviene educar a los chicos de modo que tengan capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera, a nuestro favor. El fracaso hace lucir ante uno mismo la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la oportunidad de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos. Es así, en medio de un entorno en el que no todo nos viene dado, como se va curtiendo el carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad.

Ingenuidad ante la vida Sería una completa ingenuidad dejar que la vida se diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan utópico como es el deseo de permanecer en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y los que le rodeen probablemente acabarían estándolo también.

Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer suspenso; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a otros que no pueden soportar un pequeño batacazo en su brillante carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar.

Como decía G. von Le Fort, “hay una dicha clara y otra oscura, pero el hombre incapaz de saborear la oscura, tampoco es capaz de saborear la clara”. O como decía Quevedo, “el que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos”. Por eso, en la tarea de educar el propio carácter, o el de los hijos, es muy importante no caer en ese estilo de neurosis perfeccionista.

¿Quién triunfa? Los que puede decirse que triunfan en la vida no es porque no fracasen nunca, o lo hagan muy pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a superar esos pequeños y constantes fracasos que van surgiendo, se quiera o no, en la vida de toda persona. Los que, por el contrario, fracasan en la vida, son aquellos que con cada pequeño fracaso, en vez de sacar experiencia, se van hundiendo un poco más.

Triunfar es -en cierta manera- aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir. Cada frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.

Para pensar…

  • La equivocación del perfeccionista no es combatir el error, sino pretender aniquilarlo, como si fuera posible semejante cosa.
  • Corremos el peligro de entretenernos con detalles y minucias que distraen la mirada de lo principal.
  • El perfeccionismo suele ir unido a la indecisión y a la resistencia a delegar o confiar en los demás. Lleva a un estilo titubeante, rígido, demasiado exigente.
  • Al perfeccionista le cuesta comprometerse. Sin embargo, vivir es optar y adquirir vínculos, y eso supone riesgos: quien pretenda evitarlos siempre, no es libre, sino un prisionero de su indecisión.
  • ¿Te ves a veces un tanto atormentado por un diálogo interior incesante, por una de esas situaciones en las que la mente gira a gran velocidad y no concluye en nada claro? Ese diálogo de la mente consigo mismo, de modo interminable, sopesando pros y contras de una decisión intrascendente… lo más probable es que no te aporte casi nada.

    …Y actuar

  • Haz un esfuerzo por hacerte con el mando de esa voz interior. No dejes que se te llene la cabeza de ideas reiterativas o recurrentes, de nuevos argumentos a favor o en contra de cuestiones de poca importancia.
  • El hombre activo y práctico ha de saber confiar en los demás, delegar, distribuir las tareas, etc.
  • Una máquina de decidir no existirá nunca. Si tienes tendencia al perfeccionismo, márcate un límite y decide, y después quédate tranquilo, no pienses más en eso.