Alfonso Aguiló, “El desarrollo emocional”, Hacer Familia nº 44, X.1997

Alguna vez se ha dicho que al nacer somos como una pizarra en blanco que la experiencia de la vida va llenando de información. Sin embargo, nacemos sabiendo ya muchas cosas, sabiendo hacer muchas cosas y sabiendo distinguir muchas cosas. El recién nacido posee bastantes más habilidades de lo que parece. Los niños de muy pocos días saben imitar los movimientos de su madre y son particularmente sensibles a sonidos con la frecuencia de la voz humana. A partir de los dos meses, los ojos de su madre son objeto continuo de su atención, y también por esa misma edad distinguen ya si una persona trata de comunicarse con ellos.

Las madres suelen hablar con el niño desde el primer momento, cuando se lo entregan después del parto. No creen que el niño les comprenda tan pronto, pero le hablan. Como ha señalado José Antonio Marina, el niño se interesa por el lenguaje desde muy pronto, aunque al principio no lo entienda, y por eso es corriente, por ejemplo, que gire la cabeza cuando se le habla. El niño nace dispuesto a interesarse por lo interesante, y en esas palabras de sus padres va buscando sus primeras fuentes.

Su vida nos parece a primera vista muy sencilla, casi reducida a comer y dormir. Pero si lo pensamos más despacio, en realidad va asimilando cada día un enorme cúmulo de novedades. Vive en una interacción permanente con todo lo que le rodea. En los primeros dieciocho meses hay un enorme crecimiento sináptico, y se produce el enlace entre las estructuras corticales y subcorticales del cerebro, lo que permite un enorme desarrollo de su afectividad y su inteligencia, en la que se van integrando cientos de experiencias diarias.

El aprendizaje va modelando su cerebro, en el que hay mucho de biología pero también mucho de información y de experiencias personales. Se van formando unos hábitos relacionados con el estilo con que interpreta lo que observa en sí mismo y a su alrededor, y también un repertorio de habilidades afectivas, perceptivas y motoras, que irán poco a poco incorporándose al núcleo de su personalidad.

A los dos meses, el niño ya es capaz de dirigir la atención, experimenta sorpresa o furia, la sonrisa –que quizá antes era más automática, y que se mantenía a veces incluso durante el sueño– se va haciendo más personal, más dirigida a alguien en particular, y ya reconoce la sonrisa de su madre.

También hacia el segundo mes, el niño comienza a dominar la tensión. En su vida hay muchos acontecimientos estremecedores para él: tiene hambre, frío, calor, gases, angustia por la ausencia de su madre, etc. Se ve sometido a unas situaciones muy diversas y tiene que aprender a soportar esa tensión. La educación –porque a esas edades puede y debe haber ya una educación– ayudará o estorbará en esa tarea de aprender a dominar sus sentimientos. Si las personas que le atienden saben guiarle, irá ampliando con rapidez su capacidad de asimilar emocionalmente esos sucesos novedosos que van apareciendo en su vida. La sonrisa y el buen humor de quienes le rodean serán de gran ayuda, y pronto el niño comenzará a sonreír ante situaciones que antes quizá le habrían provocado tensión y llanto (por ejemplo, la presencia de alguien que no conocía).

LA PRIMERA INFANCIA Algunas personas tienden a considerar a los niños de pocos meses casi como vegetales, o como animales domésticos, como si fuera un período de muy poca consciencia, de vacío sentimental. Sin embargo, basta con fijarse atentamente en los ojos de un recién nacido para darse cuenta de que no es así. Su mirada no es vacía ni inconsciente, sino escudriñadora, atenta, sabia.

A lo largo de toda su primera infancia, cuando un objeto o una persona nueva aparecen ante su campo visual, el niño tiende a mirar enseguida a su madre; con una sagacidad sorprendente, lee en su expresión si ha de alegrarse o tener miedo ante lo que ambos están viendo. Si observa a su madre sonriente, no le importa separarse de ella e ir al encuentro de la novedad; pero si la madre hace un gesto de recelo o de desagrado, el niño corre a su lado en busca de refugio.

El niño interpreta la expresión facial como un comentario acerca del mundo, que va descubriendo y evaluando en ese diálogo afectivo e informativo. Más tarde tendrá que hacer esas evaluaciones por su cuenta y riesgo, obligado a enfrentarse a solas con los más diversos retos emocionales; pero por ahora es aún pequeño y vive en una realidad extraordinariamente compartida con su entorno familiar.

Ya desde los primeros años de su vida, el niño va configurando su temple básico, su estructura emocional y sus relaciones afectivas. Va configurando impresiones diversas sobre cómo funciona el mundo. Establece un diálogo minucioso y continuo con las personas que le rodean, y en especial con su madre.

Sustanciosa interacción Se trata de un diálogo que no es sólo de palabras, sino también de imitaciones, de búsquedas de aprobación, de asimilación de elocuentes gestos silenciosos. Y en esa sustanciosa interacción –vuelvo a glosar a José Antonio Marina– se va configurando la memoria afectiva personal del niño. Se hace una idea de qué, cuánto y cómo debe sentir ante cada tipo de suceso. Se va definiendo lo que le parece de interés y de lo que, por el contrario, no le llama la atención. En este sentido, podría hablarse de que se forma en su interior una especie de topografía vital de lo interesante, un relieve más o menos accidentado que indica de qué manera interpela sus sentimientos cada cosa que le sucede.

Con ese continuo goteo de experiencias afectivas se van introduciendo en él, de modo casi inadvertido, leyes por las que en lo sucesivo interpretará cómo debe ser su estado de humor ante cada cosa. Se trata de un lento proceso de desarrollo de la personalidad que es la vez psíquico, neurológico y fisiológico. Y además, todo esto influye no sólo en la evolución afectiva del niño, sino también en el desarrollo de su inteligencia.

Sentirse seguro, sentirse querido La motivación influye en el desarrollo de la inteligencia del niño. Si la motivación es alta, y hay por tanto ilusión por aprender cosas y desarrollar sus destrezas y capacidades, la inteligencia irá rindiendo cada vez más; por el contrario, una baja motivación dejará infecundas multitud de posibilidades.

El desarrollo de la inteligencia está muy ligado a la educación de los afectos. En esos años se va constituyendo su sistema motivacional, por el que, ante algo nuevo, se siente incitado a explorarlo, o bien a retraerse.

Una correcta educación de los sentimientos proporcionará en este periodo una tranquilizadora fuente de seguridad, cuestión decisiva para la motivación. Es importante que el niño encuentre en el ambiente familiar un buen soporte afectivo, una acogida que le proporcione seguridad y estimule su sistema motivacional. Con los años, se irán sucediendo diversos encuentros del niño con su entorno: encuentro con el lenguaje, con las tradiciones de la familia, con los compañeros de colegio, con la naturaleza, con la cultura, con valores de todo orden. Según sea la calidad y cantidad de esos encuentros, así será el desarrollo de su espíritu.

A esas edades, la sensación de sentirse seguro se fundamenta básicamente en la sensación de sentirse querido.

Un frecuente rechazo afectivo, o un estilo educativo asediante, imprevisible o hipercontrolador, disminuirán muy seriamente su capacidad de dominar sus miedos y sus problemas. Esas experiencias influyen en el estilo sentimental del niño, y configuran esquemas mentales que quedan en las capas más profundas de su memoria y forman parte del núcleo de su personalidad.

Los niños privados de afecto (es fácil observar casos extremos, por ejemplo, en los internados de niños confiados al cuidado del Estado) suelen presentar un desarrollo afectivo bastante anómalo, lo que demuestra, entre otras cosas, que la educación de los primeros años ejerce un influjo decisivo.

La memoria tiene una importancia grande, aunque muchas veces su efecto pase casi inadvertido. Hay muchas cosas que nos parece haber olvidado por completo, pero que en realidad no hemos perdido del todo, sino que están como dormidas en nuestra memoria. Todos tenemos experiencia, por ejemplo, de cómo de vez en cuando nos vienen viejos recuerdos –a veces simplemente con ocasión de un olor, o un sonido, o un gesto, o una situación–, y con esos recuerdos reviven muchos sentimientos asociados a ellos.

Este efecto a veces se produce de forma menos consciente, pero no por eso dejan de influirnos. Por ejemplo, una persona puede haber tomado miedo a los perros porque en su infancia fue atacada por uno de ellos, o a los coches con motivo de un lejano accidente de tráfico; esa persona quizá sienta miedo cada vez que vea un perro, o cada vez que suba a un coche, aunque no vengan expresamente a su memoria aquellos recuerdos, sino que revivan sólo sus sentimientos asociados.

En ese sentido, los niños que han pasado una infancia rodeada de cariño tienen más facilidad para interpretar las cosas de modo positivo y gratificante, para confiar en los demás, para sentirse seguros y dignos de aprecio. Por el contrario, los niños privados de cariño tienden a ser inseguros, a percibir con desconfianza las relaciones personales y a sentirse insatisfechos.

El problema es que esos estilos sentimentales funcionan bastante ajenos a nuestra experiencia consciente. Cada uno tenemos un estilo diferente de responder sentimentalmente a las situaciones, y hemos dicho que ese estilo depende de nuestra constitución de nacimiento y de los hábitos aprendidos. Lo que resulta de ambos es nuestra personalidad, y sabemos que no es fácil saber cómo es nuestra personalidad, entre otras cosas porque nuestro conocimiento de las cosas está siempre filtrado a través de ella.

Desarrollo del sentido de autonomía A los ocho meses, el niño comienza a sentir la angustia de la separación y el miedo a los extraños. Al finalizar el primer año de vida, comienza un periodo de gran actividad. Aprende a andar y aprende a hablar: dos gigantescas ampliaciones de su mundo. Muchos autores ven en este periodo una decisiva influencia en la transformación afectiva de la personalidad del pequeño.

El niño hace una entrada gloriosa en su segundo año de vida. Se encuentra exaltado y alegre, despliega una actividad infatigable, sonríe o ríe mientras se mueve, se esfuerza por mantenerse de pie, o en subir un escalón, o en lo que sea (los neurólogos dicen que todo esto está relacionado con un alto nivel de activación del sistema simpático). Explora su entorno, lo manipula y lo maneja, y con esa actividad desarrolla inevitablemente la conciencia de su autonomía, y disfruta enormemente con ello.

Pocos meses después, comprende ya mucho mejor los sentimientos ajenos y empieza a obtener claves emocionales de las expresiones de sus padres y hermanos. Todavía tiende a comportarse como observador, sin tratar, por ejemplo, de prestar consuelo a una persona afligida. Esto cambia enseguida, y al año y medio o dos años es fácil que sí lo haga, aunque, como contrapartida, también aprende a chinchar y a disfrutar saltándose las prohibiciones, tanteando hasta dónde pueden infringir las reglas establecidas.

A los dos años, aparecen otros sentimientos en los que intervienen más las normas y el juicio sobre el comportamiento propio y ajeno. Descubre el sentido de la responsabilidad y entran en su vida las miradas ajenas, que percibe unas veces como acogedoras y otras como terribles. Afortunadamente, los niños suelen disfrutar al ser mirados con cariño: frases como «¡Mira lo que hago!», o «¡Mira cómo salto!», suelen ser su frecuente reclamo de atención.

A PARTIR DE LOS CINCO AÑOS A partir de los cinco años, aparecen sentimientos más complejos, impregnados a un tiempo de responsabilidad personal y de respeto a las normas que va percibiendo en su vida. La alegría y la tristeza que hasta entonces había experimentado eran sentimientos bastante simples, pero el orgullo, la vergüenza o la culpa son mucho más complejos. Por eso tardan en llegar al corazón del niño.

A los niños de cinco años, por ejemplo, cuando se les pregunta después de un triunfo en un juego o un deporte, dicen que están contentos; y si han hecho algo malo, están asustados por miedo al castigo, pero aún no suelen mencionar sentimientos de orgullo o vergüenza.

Entre los seis y siete años, sí empiezan a referirse a esos sentimientos, sobre todo si los padres han sido testigos de la acción, pues el niño a esa edad aún atribuye en gran parte esos sentimientos a la reacción que ve reflejada en sus padres.

Uso de razón Alrededor de los siete u ocho años, comienza a sentirse orgulloso o avergonzado de sí mismo, haya o no testigos de lo que ha hecho. Una dualidad irremediable se instala en su conciencia. Se convierte en sujeto moral, adquiere lo que tradicionalmente se ha llamado uso de razón. La vida se le va a complicar un poco (por fortuna: son consecuencias de la reflexión y de la libertad).

Durante toda esta etapa cobra fuerza con gran viveza otro sentimiento importante para su educación: la satisfacción ante el elogio o ante las muestras de aprobación de aquellos a quienes él aprecia. Se trata de un sentimiento que no tiene por qué ser negativo, pues responde también a una positiva satisfacción por haber complacido a las personas que quiere.

Control de los sentimientos Y a todo esto, poco a poco entran en escena en su vida otro elemento sorprendente: va comprendiendo que los sentimientos pueden controlarse y que, en muchas ocasiones, deben controlarse. El niño está siendo solicitado continuamente por su afán de aprender, por su curiosidad, por su necesidad de comunicarse y entender a otros. Se trata de un proceso que con frecuencia le conduce a situaciones nuevas para él, y en ese proceso va reconociendo y educando sus sentimientos.

El buen educador advertirá cómo poco a poco se desarrolla en el chico o la chica una sensibilidad especial ante determinados valores, cómo surge una curiosa facilidad para fascinarse ante ellos, una prontitud de ánimo para asumir cierto tipo de ideales. Son como destellos que van surgiendo desde edades tempranas y que después, en la adolescencia, adquirirán una viveza mucho mayor. Destellos, en todo caso, que es preciso avivar hasta que lleguen a producir una lumbre estable que dé luz y calor a su existencia.

Los periodos sensitivos Hay que contar con la notable influencia que los periodos sensitivos del crecimiento del niño tienen en este proceso de aprendizaje emocional. Como ha señalado Berry Brazelton en un informe del National Center for Clinical Infant Programs, en Estados Unidos, durante los tres o cuatro primeros años de vida, el cerebro del niño crece hasta los dos tercios de su tamaño adulto, y su complejidad se desarrolla a un ritmo que jamás volverá a repetirse.

En ese periodo clave, todo el aprendizaje, y especialmente el aprendizaje emocional, tiene lugar más rápidamente que nunca. Es por ello que las deficiencias que se producen durante ese periodo impiden el adecuado desarrollo emocional y merman seriamente su capacidad futura. Y aunque es cierto que esto puede remediarse en parte después, eso no quita que el impacto del aprendizaje temprano sea muy profundo. Las lecciones emocionales aprendidas en los primeros años de vida son extraordinariamente importantes. Un niño con dificultades para centrar la atención, un niño que es suspicaz y triste en vez de confiado y alegre, o que es agresivo y ansioso en vez tranquilo y descomplicado, será siempre un niño que, a igualdad de otras circunstancias, tendrá muchas menos posibilidades de sacar partido a las oportunidades que luego le irá presentando la vida.

Si advertimos la gran influencia que esos primeros aprendizajes emocionales –positivos o negativos– tienen en el modelado del propio estilo sentimental –y, como consecuencia, en el resultado global de la vida–, es probable que no desaprovechemos tantas ocasiones como se presentan cada día para educar esmeradamente los sentimientos.

LA ADOLESCENCIA Recordar la propia juventud es algo siempre interesante. Cuando se es joven, y se vive rodeado de otros jóvenes en el ambiente escolar o en la familia, parecía quizá que todos teníamos un destino parecido. Pero si recordamos aquellos años nuestros, y vemos cómo fue pasando el tiempo, cómo se fue fraguando nuestra vida personal, y cómo nuestro destino iba serpenteando por una ruta que quizá ahora, años después, nos parece asombrosa, comprendemos entonces que la adolescencia es una etapa decisiva.

Los sentimientos fluyen en el adolescente con una fuerza y una variabilidad extraordinarias. La adolescencia es la edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos, la edad de los grandes ideales y de los grandes escepticismos. Una etapa en la que suele disminuir la autoconfianza y crecer la autoconciencia, en la que quizá emerge una imagen propia inflexible y contradictoria, años de frecuentes dudas y tempestades interiores. Y una de las batallas más decisivas se refiere al equilibrio afectivo.

Complejidad de los sentimientos Muchos experimentan, por ejemplo, una amarga sensación de rebeldía por no poder controlar sus propios sentimientos. Se sienten tristes y desalentados –o incluso resentidos y culpables– por ser incapaces de sentir lo que piensan que deben sentir.

Quizá son demasiado inquisitivos, y quieren verlo todo con una claridad que la vida no siempre puede dar. Quieren entrar en su vida afectiva con mucho ímpetu, y pretenden salir luego de ella seguros y claros, con todas sus ideas como en letra de molde, como aquellas viejas planas de caligrafía de los primeros años del colegio, limpias y sin la menor tachadura. Y al chocar con la complejidad de sus propios sentimientos, se encuentran como inundados por una tristeza grande, y pueden sentir incluso ganas de llorar, y si les preguntas por qué están así, es fácil que respondan desolados: «No lo sé».

Estilo emocional A esa edad hay muchas cosas que ordenar dentro de uno mismo. Hay quizá muchos proyectos y, con los proyectos, inseguridades. Y no hay siempre una lógica y un orden claros en su cabeza. Se mezclan muchos sentimientos que pugnan por salir a la superficie. Las preocupaciones de la jornada, la rumiación de recuerdos pasados que resultan agradables o dolorosos, y que quizá se deforman en un ambiente interior enrarecido, todo eso confluye como en una torrentera, mezclando las aspiraciones más profundas del espíritu y con los impulsos más bajos del cuerpo.

En medio de esa amalgama de sentimientos –algunos opuestos entre sí– va cristalizando el estilo emocional del adolescente. Día a día irá consolidando un modo propio de abordar los problemas afectivos, una manera de interpretarlos que tendrá su sello personal, y que con el tiempo constituirá una parte muy importante de su carácter.

Desde la inteligencia La vida afectiva de cada uno es el resultado de toda una larga historia de creación y de decisiones personales. No podemos llegar a tener un control directo y pleno sobre nuestros sentimientos, pero sí un cierto gobierno de ellos desde nuestra inteligencia. Todos somos abordados continuamente por sentimientos espontáneos del género más diverso, y una de las funciones de nuestra inteligencia es precisamente controlar esos sentimientos.

La inteligencia va ensayando actitudes ante los diferentes tipos de sentimientos que se nos presentan, y así va aprendiendo estrategias para influir de alguna manera en nuestra vida afectiva.

Por ejemplo, ante un comentario que ha suscitado en nosotros un sentimiento de irritación, podemos intentar sobreponernos adoptando una actitud dialogante, quitando importancia al posible agravio; también podemos responder con una actitud tolerante, como subrayando el respeto a otras valoraciones distintas a las nuestras; o incluso con una actitud de ironía teñida de humor, para relajar la tensión que se haya podido crear.

Hay muchas formas de influir en nuestra vida afectiva, y en todos los casos es la inteligencia quien se esfuerza en proponer actitudes que permitan activar o amortiguar a nuestra voluntad algunos de nuestros propios resortes sentimentales.

La época de los ideales En la historia de cada persona aparece, con mayor o menor frecuencia e intensidad, la voz del ideal. Un valor o un conjunto de valores que, poco a poco, o de modo fulminante, cobran relieve en nuestro aprecio, se destacan entre otros posibles, los percibimos como más entrañables, más propios, más personales.

Es algo que madura en nosotros, y que con el tiempo se nos muestra como algo que debe definirnos y diferenciarnos, que da sentido a lo que hacemos. Y experimentamos esos ideales como algo que viene a nosotros, a lo que estamos llamados. Como algo que, aunque esté sujeto a nuestra decisión, es casi más recibido que elegido. Como algo que necesita ser reconocido y asumido. Como algo que a la vez atrae y exige, que a un tiempo nos compromete y nos eleva.

Comienza un proceso que atravesará su etapa más delicada durante los años de la adolescencia. Una travesía que se caracterizará, sobre todo, por sus imprevisibles contrastes. Un camino estimulante y doloroso a la vez, de claridades y de tinieblas, de afanes apasionados y de terribles vacilaciones, y que concluirá habiendo definido –al menos en sus principales líneas– el estilo afectivo personal.

El descubrimiento de la libertad interior Otro proceso de maduración importante es el progresivo descubrimiento de la libertad interior. Al comienzo, es fácil que el adolescente identifique obligación con coacción, percibe el deber como una pérdida de libertad. Sin embargo, con el tiempo advierte que ser verdaderamente libres es elegir a la luz del ideal.

Es muy importante cobrar conciencia, desde muy pronto, de cómo se desarrolla nuestra vida; advertir que unas veces se teje y otras se desteje; que si uno no hace lo que sabe que debe hacer, no será verdaderamente libre. Si la libertad elige –por ejemplo– la insolidaridad, o si elige desde la soledad del propio egoísmo, será una libertad vacía, que no contribuye a la edificación de una vida verdaderamente humana y plena.

Percibe el deber como una obligación coactiva es uno de los errores más graves. Es preciso comprender que actuar conforme al deber es algo que nos perfecciona; que si aceptamos nuestro deber como una voz amiga, acabaremos asumiéndolo de forma gozosa y cordial, y descubriremos entonces lo que es la verdadera libertad interior: si logramos unir el querer y el deber, alcanzaremos un grado de libertad mucho mayor.

Nos sentiremos entonces ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud. Goethe decía que no nos hacemos libres por negarnos aceptar nada superior a nosotros, sino por acatar lo que está realmente por encima de nosotros. Percibir el deber como ideal constituye la conquista de la verdadera libertad.

El hombre sometido a sus apetencias permanece enclaustrado en una interioridad egoísta, con una enorme dificultad para dirigir la atención fuera de sí mismo. Una persona acosada por los deseos hasta el extremo de no poder dominarlos es una persona incapaz de percibir los valores de orden superior que reclaman primacía sobre esos deseos, una persona falta de libertad.

Así sucede, por ejemplo, cuando el noviazgo acaba degenerando en un mero canje de intereses eróticos. Lo que debía ser un encuentro de amor se torna en una yuxtaposición de dos egoísmos, de dos soledades. Y cuanto más avanza la relación, un abismo tanto más hondo se interpone entre ellos. La entrega a los placeres inmediatos les introduce en una atmósfera hedonista que ensombrece el horizonte del amor, y acaba por conducirles a la frustración y la tristeza.

Sabemos que esas tendencias, dejadas a su suerte, son insaciables, y piden siempre más, pues la sensibilidad se embota con la repetición de los estímulos y reclama estímulos cada vez más intensos si quiere conservar el mismo umbral de excitación. Entregarse en manos de las tendencias espontáneas produce euforia al principio, pero enseguida acaba en decepción y asfixia del espíritu; hace a las personas maniáticas y obsesivas, ajenas a la voz de lo valioso que pide ser realizado.

A quien está enfrascado en la satisfacción de sus placeres, le resulta difícil despegarse de ellos para pensar realmente en de los demás. Si no logra tomar las riendas de sus propias tendencias, no tendrá la necesaria libertad interior para poder orientarlas hacia un ideal, pues dar primacía a un valor superior siempre supone sacrificio. Por supuesto, reprimirse significa prescindir de algo atractivo para quedarse vacío. En cambio, sacrificarse implica preferir un valor superior a otro inferior. Cuando una madre se priva de algo por amor a un hijo suyo, por ejemplo, no se dice que se esté reprimiendo, sino que se está sacrificando por él.