Alfonso Aguiló, “Encauza su rebeldía”, Hacer Familia nº 24, II.1996

Sección “El arte de educar”, de 13 a 16 años.

    El adolescente tiende a vivir apasionadamente todo, es como una gran fuente se energía que debe ser bien encauzada.

    Hay que inculcar en el adolescente un sensato y natural inconformismo ante lo que está mal, ante la injusticia, ante la mediocridad.

    Resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

Un desenfadado estudiante rellenaba en cierta ocasión, sin mucho entusiasmo, el cuestionario de un test de personalidad que les hacían en el colegio. Una de las preguntas le interrogaba sobre qué entendía que les estaba sucediendo a los jóvenes que, como él, atravesaban esa tormentosa etapa de su vida que es la adolescencia. No sé qué sucedería en su familia, ni qué entendía exactamente él sobre la pubertad, pero la respuesta fue de antología: “La pubertad es una enfermedad que pasan los padres cuando sus hijos llegan a los catorce o quince años.” Cuando me lo contaron me hizo gracia y pensé si esa afirmación no tendría efectivamente una buena dosis de sentido común. Porque, con la llegada de la adolescencia, se produce una profunda transformación. Los hijos empiezan a ser más rebeldes, adoptan quizá un cierto aire de suficiencia, a lo mejor no cuentan casi nada, y dan respuestas cortantes, muchas veces parcos monosílabos.

Todo esto es algo natural, y lo extraño sería, en todo caso, que esta etapa no se presentara. En nada sorprenderá a una madre prevenida o a un padre sensato, que comprenderán que los años pasan y los hijos crecen, y que esto es lo normal. Ya volverán las aguas a su cauce.

No entrar al choque Pero unos padres ingenuos y asustadizos –como quizá debieran ser los del alumno protagonista de aquella anécdota– probablemente se empeñen entonces en imponer su autoridad a ultranza, o enfadarse, o incluso dar gritos, y finalmente acaben por desesperarse al ver que a su hijo apenas le conmueven, y que más bien, por el contrario, se afinca aún más en su beligerancia y en su actitud contestataria.

Cuando los padres apenas han hablado con ellos en los años anteriores a la adolescencia, ante esta situación pretenderán introducirse en la vida de su hijo, precisamente ahora que él trata de cerrarse. Pero tienen que comprender que a estas alturas les llevará mucho más trabajo franquear la barrera de su intimidad, porque entre los sentimientos nuevos que experimentan los adolescentes está el de no querer dejar entrar fácilmente a nadie en ella.

Si se han descuidado en los años anteriores y, por la razón que sea, tienen poca confianza con sus hijos, el problema tiene remedio, pero será evidentemente más difícil. No puede decirse que no pasa nada por haber perdido las buenas oportunidades que brinda la infancia para preparar a los hijos a hacer frente a la adolescencia.

El tiempo pasa Es probable que aquel chico dijera que la adolescencia era más bien cosa de los padres porque muchos padres no se hacen cargo de que su hijo ha crecido, y tienen por tanto que tratarle ya de distinta manera, y no pretender que siga obrando como en la infancia.

No se dan cuenta, por ejemplo, de que no pueden estar encima de sus hijos todo el día porque, si lo hacen, o los chicos se rebelan y rompen, o se infantilizan y no aprenden a decidir. No comprenden –al menos en la práctica– que es mejor darles responsabilidad y luego pedirles cuentas, porque, de lo contrario, lo que consiguen es problematizar la adolescencia de los hijos.

Encauzar esa potencialidad La rebeldía propia de estas edades es una potencialidad natural de gran importancia. El adolescente vive un periodo cronológico marcado por un sorprendente interés por los grandes proyectos. No suele estar satisfecho del mundo en el que vive. Siente el deseo de entregarse a ideales elevados, de arreglar el mundo, de ser pionero de grandes iniciativas.

Son cosas que, a los ojos de los adultos, muchas veces parecen ensoñación juvenil, pero que constituyen el empuje de las nuevas generaciones y que dan esa altura de horizontes y esa magnanimidad a la gente joven que ha recibido una buena formación.

El adolescente tiende a vivir apasionadamente todo. Por eso es fundamental saber discernir las potencialidades positivas que eso tiene, con objeto de encauzar toda esa fuente de energía.

Inconformismo positivo Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

Deben comprender que han sido muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de planes, de metas que iban a conquistar, y que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la mediocridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue. La vida está llena de retos y alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

Pedirles soluciones Una idea ha de estar siempre presente en el diálogo con los hijos, y en especial si son adolescentes: pedirles que transformen sus quejas en crítica constructiva, que aporten soluciones.

Que comprendan que es muy fácil decir que algo está mal y que hay que cambiarlo. Pero que lo difícil –y lo que hace falta– es aportar ideas positivas y conseguir cambiarlo realmente.

Que no pueden ser rebeldes de pacotilla, que quieren cambiar el mundo pero que luego ni estudian, ni dan golpe, ni pueden ponerse a nadie como ejemplo de nada: lo suyo, más que rebeldía, serían ganas de incordiar.

PARA PENSAR…

  • Hay rebeldías cuya solución es, sencillamente, no provocarlas. Piensa, por ejemplo, que el contenido de un mandato de los padres suele importar menos al hijo que el tono de voz con que se da. Los modos de ser autoritarios dificultan el correcto desarrollo de la personalidad de los hijos. Quizá provocas su rebeldía porque no sabes mandar sin imperar.
  • Si se rebela porque no se le permite hacer lo que –según él dice– “todos hacen”, busca un momento adecuado para hacerle pensar que debe demostrar su personalidad rebelándose contra esas costumbres imperantes equivocadas.
  • Lo habitual en muchos casos es que la rebeldía adolescente sea una sana y positiva potencialidad natural, si se sabe encauzar hacia un sensato pero radical inconformismo ante lo que está mal, ante la injusticia, ante la mediocridad, etc.
  • Analiza si estás aprovechando la energía interior propia de estas edades. Piensa si sabes plantear a tus hijos retos positivos, si sabes poner a su amor propio del lado del bien.
  • Una forma de hacer madurar su rebeldía es suscitar y formar su sentido crítico. Anímale a formarse un criterio propio de las cosas, y a saber defenderlo o rectificarlo cuando sea preciso.
  • No desdeñes el apasionamiento adolescente, oriéntalo. No menosprecies sus ideales, encáuzalos. Más vale dejar que se equivoque alguna vez, a querer apagar todas sus ilusiones por un pretendido planteamiento “experimentado” y “realista”.
  • Busca momentos en los que hablar tranquilamente con cada uno de tus hijos sobre cuestiones que provoquen su rebeldía: qué piensa que debe cambiar, y qué soluciones considera las más adecuadas.

    …Y ACTUAR

  • Anímale a hacerse un planteamiento ambicioso –de ambición buena, no egoísta– de sus ideales en todas las vertientes de la vida, y ayúdale a entenderlos como un servicio a los demás, y a concretar el modo de alcanzarlos, sabiendo traducirlos a detalles sencillos de la vida diaria: colaborar en algún servicio social de voluntariado, visitar o ayudar económicamente a personas necesitadas, estudiar más para poder acceder a aquel ideal profesional desde el que piensa que podrá contribuir a mejorar la sociedad, etc. Recuerda quizá aquel conocido proverbio ruso: si cada uno barriera delante de su puerta, estaría muy limpia la ciudad.