Alfonso Aguiló, “Esperanzas equivocadas”, Hacer Familia nº 194, 1.IV.10

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Kino —el protagonista de “La perla”, de John Steinbeck— es un humilde pescador que vive con su mujer y su hijo pequeño en una mísera cabaña de un pueblo de pescadores. Una canoa heredada de su padre constituye su única fuente de supervivencia. Pasan por múltiples penalidades ocasionadas por su pobreza y por las injusticias de una sociedad llena de desigualdades.

El niño sufre una grave picadura de un escorpión y la familia no tiene dinero suficiente para administrarle el tratamiento que necesita. Desesperados, los tres montan en la canoa soñando con encontrar una perla que les permita pagar al médico y las medicinas. Kino se sumerge varias veces en su busca, y su sorpresa es mayúscula cuando encuentra una gran ostra en cuyo interior se halla la perla más grande que ha visto jamás. Su grito de emoción atrae rápidamente hacia su canoa a los demás pescadores de perlas. La noticia del hallazgo corre como la pólvora y llega hasta el pueblo. De la noche a la mañana, Kino se convierte en el centro de interés de todo el mundo.

Pero pronto se comprueba que lo que parecía la gran noticia y la gran solución a sus desdichas no resulta ser tal. La primera noche intentan robarle la perla. Luego, los tasadores del lugar se ponen de acuerdo para ofrecer por ella un precio irrisorio. Kino decide entonces ir a venderla a la capital, pero esa misma noche es atacado por otro ladrón, del que se defiende a cuchilladas y lo mata. Su mujer piensa entonces que lo mejor es echar de nuevo la perla al mar y acabar con lo que está trastornando sus vidas, pero él la descubre y se lo impide por la fuerza. Asustado por todo lo que le está sucediendo, decide huir con su familia en la canoa, pero la encuentran destrozada e inservible. Al volver, encuentran su cabaña en llamas. Huyen entonces de la ciudad a pie, y descubre al poco tiempo que son perseguidos por unos rastreadores, con los que se enzarzan en una terrible pelea.

El sueño de la educación de su hijo y de la salvación de su familia y de su gente parecía reflejarse en la superficie de la preciosa joya que Kino había encontrado. En aquel “golfo de luz incierta, donde había más ilusiones que realidades”, la perla parecía iluminar el camino hacia un mundo mejor y más justo. Sin embargo, aquella promesa de riqueza saca a la luz, de modo sorprendente, toda una oleada de maldad que había permanecido escondida en el corazón de aquella comunidad, de manera semejante a como la perla había estado escondida en el fondo del mar. La codicia, la envidia y el odio aparecen de un modo brutal, reflejando hasta qué punto las personas, pobres o ricas, pueden llegar a ofuscarse por el deseo de poseer bienes materiales.

Es frecuente, salvando las distancias, que algo parecido pueda suceder en nuestra vida diaria. Con frecuencia ciframos demasiadas esperanzas en cuestiones materiales que, cuando llegan, además de defraudarnos enseguida, nos llevan a problemas que antes no teníamos y que complican nuestra existencia. El afán poco moderado por alcanzar esas metas materiales, o de poder, o de vanidad, muchas veces nos separa de las personas a las que queríamos y a las que quizá pensábamos acercarnos gracias a esos logros. Por eso es tan importante analizar los sentimientos y las motivaciones reales que hay detrás de esos deseos y proyectos a los que dedicamos quizá demasiadas energías, y pensar también con realismo en sus consecuencias.

Quizá, si lo pensamos más despacio, veremos que a veces esos deseos ocultan intereses nacidos de afanes menos limpios de lo que pensamos, y que además están alimentados por esperanzas equivocadas. Desenmascarar a tiempo esos errores en nuestro interior puede evitarnos muchos problemas. Porque una cosa es saber que no debe confundirse el éxito material con el éxito en la vida ni con la liberación de los problemas, que eso lo sabemos todos, y otra muy distinta es descubrir cuáles son los éxitos que anhelamos pero que impedirán otros sin duda más importantes.

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