Alfonso Aguiló, “¿Ideales? ¿Qué ideales?”, Hacer Familia nº 33, XI.1996

Sección “El arte de educar”, 13 a 16 años.

    La adolescencia es una época de contrastes. Por una parte se presenta lo noble; por otra, lo mezquino. Y ese debate no siempre se resuelve debidamente si la educación no es acertada.

    Hay que inculcar un inconformismo natural ante lo mediocre. Es mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

    La vida está llena de opciones. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

A cierto personaje le llamó la atención un joven a quien veía todos los días tumbado en el césped. Entabló con él una conversación que fue, más o menos, así: –¿Tú no estudias?, ¿no tienes ocupación? –¿Como cuál? –dijo el chico, entreabriendo un ojo. –Podrías estudiar. –¿Para qué? –Para ingresar más adelante en la universidad. –¿Para qué? –Para obtener un título y poder trabajar. –¿Para qué? –Para poder ganar mucho dinero. –¿Para qué? –Pues… para que puedas adquirir una buena casa, y muchas cosas más –contestó el buen hombre ya un poco perplejo. –¿Para qué? –Para que en tu vejez disfrutes de lo que tienes y descanses. –Pues eso es justo lo que estoy haciendo ahora: descansar.

A la gente joven no se le pueden hacer planteamientos como los que este personaje ofrecía a aquel chico. Con ideales de ese tipo es difícil dar sentido a la vida de nadie.

Lo propio de un adolescente correctamente educado es albergar en su cabeza la idea de que puede y debe llegar a ser una persona grande.

A veces, los cortos ideales de la gente que tienen alrededor les dan bastante motivo para pensar que ese nuevo mundo en el que entran no tiene nada de ilusionante. A eso se une que la etapa adolescente facilita un cierto aire desmitificador, como de persona que cree que ya lo ha visto y probado casi todo, y casi siempre con cierto desengaño, sin ideales, como muy pasota.

Miedo al desengaño Pueden pasar por una fase en la que parece como si para ellos lo importante fuera sólo lo inmediato, y no se atreven a creer en nada más, porque tienen miedo a decepcionarse luego. Prefieren creer en poco y esperar en nada, porque así se sienten más seguros.

Cuando veamos que les sucede algo de esto, hay que procurar darles ánimos y respaldar su confianza en sí mismos, decirles que es mejor soñar un poco aunque luego a veces uno se equivoque. Tener esperanza, aunque a veces se vea defraudada. Apostar por algo en la vida, sin resignarse a que todo siga en la mediocridad.

Una época de contrastes La adolescencia es una época de contrastes. La edad de los grandes ánimos y de los grandes desánimos. Por una parte se le presenta lo noble; por otra, lo mezquino. Y ese debate no siempre se resuelve debidamente si la educación no es acertada.

Es un tiempo de ilusiones, de proyectos, de posibilidades que se abren a cada paso. Chicos y chicas que dejan atrás la niñez como se abandona una camisa que se ha quedado pequeña. Ahora, para vestirse de nuevo, ya no les sirven sus sueños infantiles.

Rebeldía La adolescencia es también un tiempo de rebeldías: frente a una autoridad que consideran injusta, frente a lo inauténtico, o lo poco coherente.

La rebeldía siempre es preferible al conformismo burgués, a la mediocridad triste y ramplona. No estar satisfecho del mundo en el que uno vive, y querer cambiarlo, debe verse –en principio– como algo digno de alabanza.

La rebeldía, que es necesaria, debe reunir ciertas condiciones, y quizá la primera sea saber contra qué nos rebelamos. Hay que rebelarse contra el mal, contra la injusticia, contra la mediocridad, sí. Pero también, y antes, contra lo que de malo, injusto y mediocre hay en uno mismo. No podemos ser como esos rebeldes de pacotilla que ni estudian, ni dan ni golpe, ni pueden ponerse a nadie como ejemplo de nada. Lo suyo más que rebeldía son ganas de incordiar.

Para destruir, para arrasar, para gritar de forma estéril, para estar diciendo siempre que todo esta mal, que no es esto… para eso no hace falta arte, ni ciencia, ni esfuerzo, ni cualidades.

La Historia está llena de ejemplos de rebeldes que cuando llegaron al poder se volvieron burgueses. Y de rebeldes que, al fracasar, se convirtieron en resentidos que sólo sabían hacer crítica destructiva. Es muy fácil decir que algo está mal y que hay que cambiarlo. Lo difícil –y lo que hace falta– es aportar ideas positivas y conseguir cambiarlo realmente.

Grandes ideales Algunas deficiencias de la personalidad adolescente tienen su origen en la falta de magnanimidad. La magnanimidad es grandeza de ánimo, es un noble deseo de dedicar la propia vida a grandes ideales. Es virtud de personas que desean abandonar la transitada senda de la medianía y acometer empresas audaces en beneficio de todos. El hombre magnánimo está siempre dispuesto a ayudar, no se asusta ante las dificultades, se entrega sin reservas a aquello que cree que vale la pena.

El pusilánime, por el contrario, siempre piensa que todo está por encima de sus posibilidades. Es ése que espera sentado su oportunidad, que aguarda pacientemente tiempos mejores mientras se lamenta de lo difícil que está ahora todo. Es una desdicha convivir con pusilánimes: son aguafiestas permanentes, conformistas desalentadores. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso la diversión. Por eso podría decirse que el vacío de ideales resulta la más amarga de las carencias.

El sopor de la mediocridad Hay que inculcar en el adolescente un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta incomparablemente mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la del mal.

Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar, pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar. La vida está llena de opciones. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

PARA PENSAR…

  • Tan importante como tener grandes ideales es aprender a traducir esos grandes proyectos a la dura realidad de cada jornada. Es preciso no caer en ingenuos idealismos que llevan a grandes frustraciones.
  • Hacer cualquier cosa seria en la vida hay mucho que trabajar, mucho que aprender, mucho que corregir. El genio se compone de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración: de sudor, de trabajo.
  • A veces los problemas tiñen de negro el futuro, y parece que todo va a acabar mal, que ya no tiene sentido luchar más. Sería muy bonito tener luz para ver claro el camino todos los días, toda la vida, pero no siempre se tiene, y hay que seguir adelante.
  • Algunos abandonan su lucha simplemente porque no pueden lograr sus objetivos al cien por cien. Hay que ser realistas, y hacer ese poco que podemos, aunque parezca muy poco, y acabaremos consiguiendo mucho.
  • Otros quizá tendrían que temer menos al futuro y poner más coraje en el presente. Es mala política vivir demasiado mediatizado por el pasado o el futuro, tanto si es por amargura como si lo es por añoranza.

    Y ACTUAR…

  • Lo primero –y más importante de lo que parece– es reflexionar sobre qué principios y qué ideales deseamos para nosotros y nuestra familia. Luego, es preciso persuadirse de la importancia que esto tiene para nuestras vidas, y comprender que nadie podrá hacerlo en nuestro lugar. Como en las ideas no cabe la imposición, conviene hablar estas cosas en familia y ver el modo de ir avanzando. Quizá nos sorprendamos de que los demás son más razonables –y están más dispuestos a cambiar– de lo que pensábamos.