Alfonso Aguiló, “¿La fe católica no es demasiado exigente?”, ARVO, V.03

Facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmail

¿Y si la Iglesia cediera un poco? —Hay personas que se alejan de la Iglesia porque consideran que es demasiado exigente. ¿No sería mejor que cediera un poco en algunos de esos detalles que a la gente le cuesta más asumir? La Iglesia no puede ceder en cuestiones de fe. Pero antes de entrar en eso, quizá habría que decir que ceder en esos puntos no resolvería nada. Ahí está, como prueba, la experiencia de bastantes de las iglesias protestantes, que tomaron hace ya tiempo una opción muy condescendiente en todas las cuestiones morales más debatidas, y el resultado ha hecho evidente que sus problemas no se han resuelto, ni han disminuido, después de aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite. Esas soluciones no han hecho más atractivo el Evangelio, ni han hecho más fácil ser cristiano, ni les han mantenido más unidos. Este dato me parece importante para acertar en el diagnóstico de lo que sucede.

Viejos estereotipos —Pero esas personas consideran que la Iglesia tiene un aire opresivo y anticuado…

En bastantes ocasiones, esas prevenciones contra la Iglesia se desvanecen cuando se llega a conocerla más de cerca. Cuando se ha estado lejos mucho tiempo, es fácil haber asumido estereotipos que luego se demuestran falsos o inexactos en cuanto se hace el esfuerzo de acercarse sin prejuicios y observar las cosas por uno mismo y de primera mano.

Se ve entonces que la realidad tiene unos tonos distintos. Que en la Iglesia hay bastante más libertad de lo que pensaban. Que hay muchos sacerdotes ejemplares, inteligentes, cultos y que hablan con brillantez. Que la liturgia tiene mayor fuerza y atractivo de lo que creían. Que hay ciertamente un conjunto de normas morales bastante exigentes, pero que son precisamente la mejor garantía que tiene el hombre para alcanzar su felicidad y la de todos. Es más, el hecho de que la Iglesia se niegue a bajar el listón ético y no ceda a las presiones de unos y otros, es un motivo de admiración y de atractivo. La Iglesia no quiere ni puede hacer rebajas de fin de temporada en asuntos de moral para así atraer a más gente, sino que continúa presentando el genuino mensaje del Evangelio. Las rebajas y los sucedáneos cansan enseguida, y la historia está llena de cadáveres que cedieron a la acomodación a los errores del momento y no consiguieron nada.

Cuando se conoce de verdad la Iglesia se desenmascaran muchas falsas imágenes. Se descubre entonces que la moral cristiana no es un conjunto de prohibiciones y obligaciones, sino un gran ideal de excelencia personal. Un ideal que no consiste en prohibir tal o cual cosa, sino que sobre todo alienta de modo positivo a hacer muchas cosas. Ser católico practicante no es cumplir el precepto dominical, sino algo mucho más profundo y más grande. La fe pone al cristiano frente a sus responsabilidades ante sí mismo, su familia, su trabajo, ante la tarea de construir un mundo mejor.

¿Un talante negativo? —Otros tienen la impresión de que la Iglesia lanza demasiados mensajes negativos y defensivos…

Algunos tienen efectivamente la impresión de que la Iglesia sólo se ocupa de juzgar y restringir la vida. Esto puede suceder por falta de acierto en algunas explicaciones, o por el enfoque o la selección de noticias que hacen los medios de comunicación, o por lo que sea. Pero las prohibiciones encuentran su sentido dentro de un contexto más amplio y positivo, al que lamentablemente se presta menos atención.

Además, esa impresión varía mucho según las diferentes culturas de las naciones. En tiempos de la dominación soviética en los países de la Europa del Este, la opinión pública percibía que la Iglesia anunciaba un mensaje de libertad, y que transmitía una energía que comunicaba fuerza a todos, también a los no creyentes, y les inspiraba grandes valores. También en África se ve la Iglesia como una gran fuerza dinámica que sale en defensa de los derechos de todos y hace frente a las situaciones de injusticia y corrupción del Estado. Y la Iglesia es también el mejor valedor del Tercer Mundo, donde emprende numerosísimas iniciativas y promueve sus derechos y libertades. Si en Centroeuropa se ve a la Iglesia como una instancia severa, quizá se debe a que es precisamente ahí donde denuncia muchas cosas que gran parte de la sociedad ha aceptado sólo porque le resulta más cómodo.

¿Es una vida más cómoda? —Muchos piensan también que la vida sin fe suele ser más cómoda…

Me parece que a largo plazo sucede más bien lo contrario. La falta de fe hace la vida más oscura, con menos esperanza. Cuando una persona vive bien su fe, encuentra en ella una felicidad que no se consigue de ninguna otra forma. Lógicamente, ha de ser una fe bien vivida, entendida no como un conjunto de obligaciones y restricciones, sino como una luz que ilumina toda la vida y que favorece la conquista de la propia libertad. Una conquista que es siempre un camino de conocimiento y de exigencia personal.

—¿En qué sentido hablas de conocimiento y de exigencia? El conocimiento de la realidad siempre favorece la libertad. Si un navegante conoce la proximidad de un temporal, puede cambiar el rumbo, y sortearlo, o bien refugiarse en el puerto. Pero si ignora el temporal, se pondrá en peligro, y aunque se sienta muy libre, y muy cómodo, estará en camino de perder su libertad. Por eso, escoger el error, aunque la elección sea libre, no puede llamarse propiamente libertad.

Para ser libre hay que ponerse en guardia contra el influjo de la masificación y las corrientes de pensamiento de moda. No hay que olvidar que gran parte de nuestro acceso a la realidad es a través de los medios de comunicación, que poseen una gran capacidad de persuasión, y si una persona se descuida puede creerse muy libre al seguir su imperiosa espontaneidad, sin darse cuenta de que está siendo dirigida por una ingeniosa propaganda. Por eso dice José Antonio Marina que “la libertad es siempre cautelosa y algo desconfiada, y en cambio el hombre excesivamente espontáneo es carne de agencia de publicidad”.

Y me refería también a que querer liberarse de la exigencia personal es un engaño utópico. Además de saber lo que hay que hacer, es preciso tener un suficiente nivel de exigencia personal para poder hacerlo. La verdadera libertad empieza por ser capaz de obedecer a los propios mandatos.

Kant contaba la parábola de la paloma que creía que sin la resistencia del aire volaría con más libertad. La pobre paloma no se daba cuenta de que esa resistencia era, precisamente, lo que le mantenía en vuelo. Por eso, para acertar en la vida hay que distinguir bien lo que ata de lo que libera. Porque –como decía Martín Descalzo– las cadenas surgen al hombre como a la tierra los abrojos, que crecen y rebrotan a poco que uno se descuide. La libertad es cara y dolorosa, y por eso a veces elegimos una cómoda esclavitud frente a una costosa libertad.

Falta de pluralismo —Algunos afirman que en la Iglesia hay poco pluralismo, porque se quita de sus puestos a quienes manifiestan honrada y sinceramente su disconformidad con la “doctrina oficial”.

No dudo que las personas que han sido sancionadas por ese motivo hayan llegado de forma sincera a esas opiniones en las que se apartan del Magisterio de la Iglesia. Y tampoco dudo que las defiendan con honradez. Pero lo que parece poco honrado es que quieran continuar enseñando esas opiniones no católicas en las iglesias, aulas o catequesis de la Iglesia católica.

Un hombre que se ganara la vida como representante de una empresa, una fundación, un partido político, un sindicato, o cualquier otra organización, puede honradamente cambiar de opinión y hacerse sinceramente seguidor de otra empresa, partido o sindicato, y pasar entonces a defender rectamente otras ideas. Lo que no sería nada honrado ni recto es que quisiera seguir como representante de uno apoyando la política de otro (y además cobrando su sueldo de aquel a quien ataca). Cuando la Iglesia católica retira a alguien el permiso para enseñar en su nombre no hace más que aplicar el sentido común.

—Pero dicen que la Iglesia podría ser más sensible a las propuestas de cambio que hacen algunos, incluso desde dentro de la Iglesia…

Me parece que la Iglesia es una institución en la que hay una gran pluralidad de opiniones, y se puede hablar con más libertad que en la mayoría de las instituciones de nuestro tiempo. Pero la Iglesia predica el cristianismo como cree que es, como lo ha recibido de Jesucristo, no como le gustaría que fuera a un colectivo pequeño o grande de una época o de otra.

La Iglesia está vinculada a una herencia que ha recibido, de manera semejante –por poner un ejemplo– a como puede estar vinculado un científico a los resultados de su experimentación. No dice lo que le gusta, sino lo que es. Está sometido a la verdad. A la verdad que gusta más, y también a la que gusta menos.

Cuando un científico obtiene unos datos experimentales que no concuerdan con una teoría científica admitida en ese momento, eso le obliga a hacer nuevas consideraciones y le encamina hacia nuevos conocimientos. Y la ciencia progresa gracias precisamente a que los científicos no rehuyen ni esconden los fenómenos molestos para sus teorías, sino que sacan a la luz esos datos y siguen investigando hasta dar con una solución, se tarde el tiempo que se tarde. De modo semejante, y salvando las limitaciones de este ejemplo, el conocimiento cristiano progresa en gran parte gracias al desafío que entrañan algunas verdades cristianas que quizá nos cuesta más comprender o aceptar. Pero un cristianismo que se considerara libre de modificar la fe cada vez que le pareciera difícil de entender o de vivir, sería como un científico poco honrado que retocara los datos del laboratorio para ajustar la realidad a su realidad.

¿Son necesarios los dogmas? —¿Y es necesario que la Iglesia tenga dogmas, una autoridad y un Magisterio? ¿No bastaría que cada uno procurara vivir lo que dijo Jesucristo y lo que viene recogido en la Biblia? Esa es, en síntesis, la tesis protestante de la sola Scriptura. Sin embargo, si se trata de vivir lo que dice la Sagrada Escritura, habría que decir que en ella se lee con claridad que Jesucristo fundó la Iglesia (por ejemplo, en Mt 16, 16-19; Mt 18, 18; etc.). Y puestos a dar algunas otras razones de orden práctico, cabe añadir que ese planteamiento ha hecho que desde tiempos de Lutero hayan surgido más de 25.000 denominaciones protestantes diferentes, y actualmente surgen una media de cinco nuevas cada semana, en un proceso progresivo de desconcierto y atomización. Una Sagrada Escritura sin Iglesia sería parecido —salvando de nuevo las limitaciones de la comparación— a un país que promulgara una Constitución, pero sin prever un gobierno, un congreso legislativo y un sistema judicial, necesarios para aplicar e interpretar la Constitución. Y si hacer eso es imprescindible para gobernar un país, también lo es para gobernar una Iglesia que abarca el mundo entero. Por eso es de lo más lógico que Jesucristo nos haya dejado su Iglesia, dotada de una jerarquía, con el Papa, los obispos, los Concilios, etc., todo ello necesario para aplicar e interpretar la Escritura.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmail