Alfonso Aguiló, “Reconocer los sentimientos ajenos”, Hacer Familia nº 43, IX.1997

Coleccionable “Educar los sentimientos”, capítulo nº 4.

Hay personas que sufren de una especial falta de intuición ante los sentimientos de los demás. Pueden, por ejemplo, hablar animadamente durante tiempo y tiempo, sin darse cuenta de que están resultando pesados, o que su interlocutor tiene prisa y lleva diez minutos haciendo ademán de querer concluir la conversación, o que el tema no le interesa nada en absoluto.

A lo mejor intentan dirigir unas palabras que les parecen de amigable y cordial crítica constructiva –a su cónyuge, a un hijo, a un amigo–, y no se dan cuenta de que, en la situación de su interlocutor en ese momento concreto, sólo están logrando herirle.

O irrumpen sin consideración en las conversaciones de los demás, cambian de tema sin pensar en el interés de los otros, o hacen bromas inoportunas y se toman confianzas que molestan o causan desconcierto.

O quizá intentan animar a una persona que se encuentra abatida después de un disgusto o un enfado, y le dicen unas palabras que quieren ser de acercamiento pero, por lo que dicen o por el tono que emplean, su intento resulta contraproducente.

Esas personas, que parecen entrar en la vida de los demás como un caballo en una cacharrería, no suelen ser así por mala voluntad, sino porque, como decíamos, les falta sensibilidad ante los sentimientos ajenos.

Y como ha señalado Daniel Goleman, esto sucede porque las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestros sentimientos, sino que emitimos continuos mensajes emocionales no verbales, como los gestos, la expresión de la cara o de las manos, la postura, el tono de voz que empleamos, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Es como un amplio conjunto de emisiones multimedia, con muchos ámbitos diferentes, muchos registros y muy diversos medios de transmisión, que ilustran y enriquecen las simples palabras.

Esas personas de las que hablábamos, tan inoportunas, son así porque apenas han desarrollado su capacidad de captar esos mensajes no verbales: se han quedado –por decirlo así– sordas a esas otras emisiones que todos irradiamos de modo continuo.

Y lo notamos también en nosotros, en nuestra propia relación con otras personas, cuando quizá a posteriori advertimos que nos ha faltado intuición; o que quizá no nos hemos percatado de que alguien –sin decirlo expresamente– había querido darnos a entender algo; o caemos en la cuenta de que, sin querer, hemos ofendido a una persona, o hemos sido poco considerados ante sus sentimientos.

Es entonces cuando advertimos nuestra falta de empatía, nuestra sordera ante las notas y acordes emocionales que todas las personas emiten, unas veces de modo más directo y otras más sutilmente, más entre líneas. Pero caer en la cuenta de que hemos cometido esos errores es una excelente forma de mejorar esa capacidad de reconocer los sentimientos ajenos. No hay que olvidar que se trata de una capacidad que resulta decisiva para la vida de cualquier persona, pues que afecta a un espectro muy amplio de necesidades vitales del hombre: es fundamental para la buena marcha de un matrimonio, para la educación de los hijos, para hacer equipo en cualquier tarea profesional, para ejercer la autoridad, para tener amigos…, en fin, para casi todo.

DESDE LA PRIMERA INFANCIA Esa capacidad de reconocer los sentimientos ajenos, ese discernimiento que tanto facilita establecer una buena comunicación con los demás, tiene unas raíces que se retrotraen hasta la primera infancia. Ya en los primeros años, algunos niños se muestran agudamente conscientes de los sentimientos de los demás, y otros, por el contrario, parecen ignorarlos por completo.

Esas diferencias se deben, en gran parte, a la educación. Es importante, por ejemplo, que al niño se le haya hecho tomar conciencia del dolor o la alegría que su conducta supone para otras personas, es decir, hacerle caer en la cuenta de las repercusiones que sus palabras o sus hechos tienen en los sentimientos de los demás.

Para lograrlo, hay que prestar atención a la reacción del niño ante el sufrimiento o la satisfacción ajena, y hacérselo notar, con la correspondiente enseñanza, en tono cordial siempre que sea posible. Por ejemplo, en vez de referirse simplemente a que ha hecho una travesura o una cosa buena, será mejor decirle «Has hecho mal, y mira que triste has puesto a tu hermana», o «Papá está muy contento de lo bien que te has portado», de modo que repare también en los sentimientos que los demás tendrán en ese momento como consecuencia de lo que él ha hecho.

Procesos de imitación De todas formas, no es sólo cuestión de educación. Por ejemplo, a veces pueden ser bastante distintos dos hermanos que han sido educados casi igual, pues hay en juego muchos otros factores, y hay que contar un amplio margen de otras causas relacionadas con el temperamento con el que cada uno nace, con las decisiones personales que poco a poco –ejercitando su incipiente sentido de la libertad– el niño comienza a tomar, etc.

De todas formas, la educación es un factor de gran peso, y por eso es frecuente que durante los primeros años –y también después– los hermanos se parezcan bastante en cuanto a su educación sentimental. Y aunque la educación no sea el único factor, es el factor sobre el que los padres más pueden actuar. Esa educación de los sentimientos se transmite por cauces muy diversos. Como siempre, lo primero es lo que los niños ven. En la educación de los sentimientos tienen un gran protagonismo los procesos de imitación, que pueden llegar a ser muy sutiles en la vida cotidiana.

Basta pensar, por ejemplo, en la facilidad con que se producen transferencias de estado de ánimo entre las personas, pues tanto la alegría como la tristeza, el buen o mal humor, la apacibilidad o el enfado, son estados de ánimo notablemente contagiosos.

O, por señalar otro ejemplo, piensa en cómo se transmite de padres a hijos la capacidad de reconocer el dolor ajeno y de brindar ayuda a quien lo necesita. Es un estilo emocional que los niños van aprendiendo con enorme naturalidad, casi –como decíamos antes– por impregnación.

Exigencia personal Es verdad que hay niños muy egoístas e insensibles con padres de gran corazón, y el motivo es claro: el modelo es importante, pero no lo es todo. Además de presentarles un modelo (en el ejemplo que estábamos, de padres sensibles a las necesidades de los demás), también hace falta sensibilizarles frente a esos valores (hacerles descubrir esas necesidades en los demás, y señalarles el atractivo de un estilo de vida basado en la generosidad), pero después –y esto es decisivo– hay que educarles en un clima de exigencia personal, pues si no hay autoexigencia, tarde o temprano la pereza y el egoísmo acaban por ahogar esos tiernos brotes de sentimientos positivos.

Es importante subrayar esto, pues el cariño potencia el aprendizaje, pero no puede sustituirlo, y sin un poco de disciplina difícilmente llegarán a aprender la mayoría de las cosas que consideramos importantes en la vida.

Sintonía con padres y educadores En la educación de los sentimientos, es importante la sintonía del niño con los padres y demás educadores:

  • que haya un clima distendido, de buena comunicación;
  • que en la familia sea fácil crear momentos de más intimidad, en los que puedan aflorar con confianza los sentimientos de cada uno y así ser compartidos y educados;
  • que no haya un excesivo pudor a la hora de manifestar los propios sentimientos (se han hecho, por ejemplo, numerosos estudios sobre el efecto positivo de manifestar el afecto a los niños mediante la mirada, un beso, una palmada, un abrazo, etc.);
  • que haya facilidad para expresar a los demás con lealtad y cariño lo que de ellos nos ha disgustado; etc.

    Cuando en la familia falta esa sintonía frente a algún tipo de sentimientos (por ejemplo, de misericordia ante el sufrimiento de los demás, o de deseo de superación ante una dificultad prolongada, o de alegría ante el éxito de los demás), en la medida en que esos sentimientos no se fomentan, o incluso se dificultan o se desprestigian, el niño tiende a no manifestarlos y, poco a poco, a sentirlos cada vez menos: se van desdibujando y desaparecen poco a poco de su repertorio emocional.

    Este fenómeno se presenta con dolorosa claridad en los casos más extremos, como son los de droga y delincuencia juvenil, pues la experiencia constata que casi todos los que caen en esos trágicos errores suelen haber experimentado serias carencias emocionales en su infancia o adolescencia.

    HABILIDADES SOCIALES Y RELACIONES HUMANAS La falta de autocontrol o de capacidad de reconocer los sentimientos de los demás conducen a la ineptitud y la torpeza en las relaciones humanas. Por eso, hasta las personas intelectualmente más brillantes pueden fracasar en su relación con los demás, y resultar arrogantes, insensibles, e incluso odiosas.

    Hay toda una serie de habilidades sociales que nos permiten relacionarnos con los demás, motivarles, inspirarles simpatía, persuadirles de una idea, tranquilizarles, etc. A su vez, la carencia de esas habilidades nos lleva con facilidad a desalentarles, inspirarles antipatía, despertar su defensividad y ponerles en contra de lo que hacemos o decimos, inquietarles, enfadarles, etc.

    Se trata de un aprendizaje que, como hemos dicho, comienza desde una edad muy temprana, y que puede consistir tanto en contener las emociones (por ejemplo, para dominar su desilusión ante un regalo bienintencionado pero que ha defraudado las expectativas del niño), como en estimularlas (por ejemplo, procurando poner y manifestar interés en una cortés conversación de compromiso que de por sí no le resulta interesante).

    Proceso de modelado Eso no es esconder los verdaderos sentimientos y sustituirlos por otros que no se tienen, y que por tanto son falsos, o al menos artificiales. No se trata de eso, pues lo que debe buscarse no es el falseamiento de los sentimientos, sino el automodelado del propio estilo emocional.

    Si una persona advierte, por ejemplo, que está siendo dominada por sentimientos de envidia, o de egoísmo, lo que debe hacer es procurar contener esos sentimientos negativos, al tiempo que procura estimular los sentimientos positivos correspondientes: de esa manera, con el tiempo éstos acabarán imponiéndose éstos sobre aquéllos, y transformando positivamente la propia vida emocional.

    Es un proceso de modelado en el que el niño aprende lo que ha de hacer viendo lo que hacen los demás, y ensayando en sí mismo diversas actitudes ante cada una de las situaciones que le toca vivir. Es importante que el niño aprenda a conocerse bien, ya que cuanto más sensibles seamos a nuestros propios sentimientos, más fácil nos resultará advertir y comprender cuáles son los sentimientos de los demás.

    Las habilidades sociales y de relación Unas personas logran establecer enseguida un contacto personal con quienes tratan, y a otras, en cambio, les cuesta muchísimo. Cuando analizamos a qué se debe esa diferencia, observamos que se trata de una cuestión muy sutil, de unas cualidades humanas que a veces tienen unas características bastante misteriosas. Puede estar en la forma de saludar, en el tono de voz, en el interesarse por un detalle personal, en la mirada que despierta un sentimiento de cercanía y de conexión, que hace al interlocutor sentirse bienvenido y valorado, o en otras muchas cosas.

    Además, esas personas tan sociables, con las que resulta agradable estar porque su destreza emocional nos hace sentirnos bien a su lado, tienen una valía muy especial, pues son personas que pueden desarrollar una capacidad extraordinaria de ayudar a los demás. Son las personas a las que nos dirigimos cuando necesitamos un consejo, unas palabras de consuelo o un rato de conversación, y son especialmente estimables por sus posibilidades de transformar a quienes tratan.

    Aprendizaje emocional Como hemos dicho, esa capacidad de comunicación, de establecer contacto personal, está muy relacionada con la capacidad de reconocer los sentimientos ajenos.

    Se trata de un proceso silencioso y constante que va decantándose en nuestro interior con la vida diaria. Cada uno vamos grabando y registrando en nuestro interior, de forma más o menos consciente, los sentimientos que observamos en los demás, y vamos asociando cada uno de esos sentimientos a unas determinadas expresiones faciales, tonos de voz, tipos de reacciones, etc., que también observamos simultáneamente.

    Y a medida que avanzamos en ese aprendizaje emocional, cada vez logramos interpretar mejor –a raíz de esos síntomas emocionales que hemos ido registrando– los sentimientos que embargan a una persona, y vamos sabiendo mejor cómo comportarnos ante ellos, e incluso cómo prever esos sentimientos. Esto último es especialmente importante, pues podemos saber con bastante exactitud, por ejemplo, cuándo una persona está a punto de enfadarse, o, mejor, qué es lo que a esa persona le puede molestar, y qué es lo que puede tranquilizarla.

    Ajustar el tono Por el contrario, las personas que no desarrollan esa habilidad para captar y transmitir emociones suelen tener problemas, pues despiertan fácilmente la incomodidad de los demás. Y lo más doloroso para ellos es que –precisamente por su incapacidad para reconocer los sentimientos de los demás– no logran entender bien por qué los otros se molestan.

    Por esa razón, saber ajustar el tono emocional de una conversación, por ejemplo, es una habilidad extraordinariamente importante en las relaciones humanas, y signo de un control inteligente y profundo de la propia vida emocional. Es una habilidad que algunos poseen en alto grado de modo innato (igual que otros nacen más dotados para determinados deportes, o para el ritmo musical, o con para actuar en público), pero son habilidades que cualquiera puede desarrollar poco a poco, con esfuerzo, motivación y conocimiento propio.

    Las personas más dotadas para las relaciones humanas son aquéllas que observan los sentimientos de los demás, saben reconocerlos saben preverlos y saben estimularlos positivamente.

    Camaleones sociales Hay personas con gran éxito social, muy populares, pero que están insatisfechas por dentro, puesto que las habilidades sociales no deben ser un fin en sí mismas, sino un medio para hacer el bien, a uno mismo y a los demás. Si una persona busca ese éxito en sus relaciones humanas quebrantando los valores morales o traicionando sus principios, podrá ser un experto en causar buena impresión (en expresión de Mark Snyder, un auténtico camaleón social), pero fracasará rotundamente en su vida personal.

    Algunas personas caen en ese error como consecuencia de un deseo excesivo –a veces patológico– de ser querido y apreciado por todos. Ese deseo les lleva a aparentar de continuo lo que no son, y, en esa enfermiza carrera por ganarse el afecto de los demás, caen en una especie de mercantilismo emocional. Son personas que pueden llegar a tener una imagen excelente, pero unas relaciones personales muy inestables y poco gratificantes.

    UNA BUENA CONVIVENCIA Hay personas cuya torpeza en sus relaciones humanas proviene, simplemente, de haber recibido una escasa educación en todo lo referente a las normas de comportamiento social. Y cuando advierten esas carencias, puede invadirles un considerable miedo a saber manejarse con soltura ante los demás sin cometer errores que les parece que serían extraordinariamente ridículos.

    La falta de habilidades sociales suele generar una cierta ansiedad en quien la padece, al advertir su propia torpeza y comprobar que su falta de manejo va produciendo perturbaciones a su alrededor. Son personas a las que en su momento habría que haber enseñado –y seguramente aún estén a tiempo de aprender– cuestiones bastante elementales para la buena convivencia diaria. Por ejemplo, quizá deben aprender a:

  • hablar con los demás sin apartar la mirada;
  • iniciar o mantener con soltura una conversación circunstancial;
  • saber decir que no, o dar por terminada una conversación o una llamada telefónica que se alarga demasiado;
  • advertir que su interlocutor lleva tiempo emitiendo discretas señales de su deseo de cambiar de tema, o de terminar la conversación o la visita;
  • no hacer preguntas molestas o inoportunas;
  • no invadir el espacio personal de los demás (no acercarse físicamente demasiado al hablar, o entrar en temas o lugares que requieren andarse con mucha más prudencia y respeto);
  • no emplear un tono paternalista, o de reconvención inoportuna, de hostilidad o de superioridad (todos ellos despiertan automáticamente incomodidad o defensividad en el interlocutor); etc.
  • pedir perdón cuando sea necesario;
  • dar las gracias, o pedir las cosas “por favor”; etc.

    Mensajes acertados Hay que aprender a acertar con los mensajes emocionales que emitimos de continuo. A veces, por ejemplo, una simple expresión de la cara que resulte desafortunada, o un tono de voz que se interprete de forma negativa, puede hacer que los demás reaccionan de forma distinta a lo que esperábamos, y nos sentiremos frustrados ante esos efectos indeseados de nuestro comportamiento.

    Por eso resulta decisivo aprender a situarse en relación a cada persona, sabiendo que cada uno puede tener una forma de ser muy distinta a la nuestra. No basta con tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros, hay que tratarles como querríamos que nos trataran si fuéramos como ellos.

    En otros países Es algo que sucede, por ejemplo, con la idiosincrasia de cada país o cada región. Hay modos de decir o de tratarse que en un lugar pueden resultar muy normales, pero en otros resultarían chocantes. En unos lugares es habitual tratarse enseguida con mucha confianza, pero en otros lo normal es ir más despacio; y lo que en unos sitios puede ser una muestra de franqueza, en otros puede parecer agresivo o provocador.

    También hay que tener presente que la gente de determinados lugares suele ser más sensible, y se tratan entre sí con mucha delicadeza, empleando un tono de voz más suave y diciéndose las cosas de modo menos directo. Si alguien ajeno no actúa así, aparecerá ante ellos como una persona seca y cortante. En cambio, en otros sitios, ese mismo modo de ser resultaría extraño, o podría interpretarse incluso como amaneramiento o falta de carácter. De nuevo aparece, como siempre, la importancia de hacerse cargo de quién se tiene delante.

    APRENDIZAJE POR “IMPREGNACIÓN” Una extensa investigación realizada hace unos años por Robert Rosenthal, de la Universidad de Harvard, puso de manifiesto la importancia que tiene esa capacidad de reconocer esos mensajes emocionales no verbales. Quienes manifiestan un buen nivel de discernimiento ante esos mensajes suelen ser personas mejor dotadas para las relaciones humanas, más sociables, de mayor facilidad para la amistad, emocionalmente más estables y con un mejor rendimiento académico (para un mismo coeficiente intelectual).

    De ese estudio, llevado a cabo sobre unas 7.000 personas de 19 países distintos y que abarcó una amplia gama de sentimientos, se desprendieron algunas otras conclusiones interesantes. Por ejemplo, la escasa relación entre la empatía y el coeficiente intelectual; esto es algo que quizá hemos comprobado muchas veces: todos conocemos, por ejemplo, personas inteligentísimas pero con un bajo talento social y absolutamente negadas para reconocer los sentimientos de los demás; y, al contrario, personas de modesto coeficiente intelectual que se manejan de maravilla en el mundo de las relaciones humanas.

    Otra conclusión de aquella investigación se refiere a cómo una gran parte de las veces las personas captamos esos mensajes no verbales de una forma casi inconsciente, y los registramos en nuestra memoria sin saber bien qué son, y respondemos a ellos sin apenas reflexión. Por ejemplo, ante determinada actitud de otra persona, reaccionamos con afecto y simpatía, o, por el contrario, con recelo o desconfianza, y todo ello de modo casi automático, sin que sepamos explicar bien por qué.

    Todos estamos muy influidos por hábitos emocionales, que en bastantes casos hemos ido aprendiendo inadvertidamente, casi sin darnos cuenta, observando a quienes nos rodean, en un proceso natural que casi podríamos llamar de impregnación.

    NECESIDAD DE SER ACEPTADO El miedo a no ser aceptado es uno de los principales factores que retraen a un niño a la hora de aproximarse a un grupo de compañeros de clase que están enfrascados en un juego. Se trata de una inquietud que produce en él un cierto grado de ansiedad, que habitualmente potencia su falta de habilidades sociales y aumenta el riesgo de que actúe con torpeza cuando se acerque al grupo –si finalmente se atreve– e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.

    Es ése un momento crítico, en el que esa falta de soltura y de habilidad social se hace patente con toda su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta tan ilustrativo como doloroso ver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de compañeros que están jugando y que no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.

    La ansiedad que siente el niño rechazado, o que teme ser rechazado, no es muy distinta de la que experimenta el adolescente que se encuentra aislado en medio de una conversación de un grupo de amigos, y no sabe bien cómo o cuándo intervenir. O la del que está en una fiesta, o en una discoteca, y quizá sufre una profunda soledad, pese a estar rodeado de quienes parecen ser sus amigos íntimos. O la que siente un adulto en una comida o una reunión en la que no logra situarse y entablar una conversación fluida con nadie.

    Marco de referencia Si observamos cómo actúa un niño que sabe manejarse bien, veremos que quizá el recién llegado comienza observando durante un tiempo qué es lo que ocurre, antes de poner en marcha una estrategia de aproximación. Su éxito depende de su capacidad para comprender el marco de referencia del grupo y saber qué cosas serán aceptadas y cuáles estarían fuera de lugar.

    Un error muy habitual es pretender tomar protagonismo demasiado pronto. Eso es lo que sucede a los niños más torpes, que enseguida dan sus opiniones o muestran su desacuerdo, cuando aún no han sido suficientemente aceptados por el grupo, y entonces son rechazados o ignorados.

    Observar a los demás Los niños más hábiles observan antes al grupo, para comprender bien lo que está ocurriendo, y luego hacen algo para facilitar su aceptación, esperando a confirmar esa aceptación por el grupo antes de tomar la iniciativa de dar sus opiniones o proponer un plan. Antes de expresar sus ideas o sus preferencias, procura que los demás expresen las suyas: así, al tener en cuenta los deseos de los demás, les resulta más fácil no perder la conexión con ellos.

    En cambio, el niño que fracasa en sus relaciones sociales –en el aula o en otros ámbitos– sufre de una manera que a muchos adultos les resulta difícil comprender (o recordar). Pero la cuestión clave no es eso, sino el riesgo de que esa frustración reduzca seriamente sus posibilidades futuras en cuanto a las relaciones humanas y condicione negativamente el desarrollo de su estilo sentimental. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que todo esto repercute con facilidad también en su rendimiento académico. Por eso, lo que la familia y la escuela puedan hacer para fomentar el talento social de los niños resultará de indudable trascendencia de cara a su futuro.