Alfonso Aguiló, “Sufrir por una buena causa”, Hacer Familia nº 164, X.2007

El día 1 de diciembre de 1955, Rosa Parks regresaba a casa después de su jornada de trabajo como asistenta y costurera en Montgomery, capital del Estado de Alabama. Subió al autobús que recorría Cleveland Avenue. Vio unos sitios libres en la zona central y se sentó. Eran unos asientos que estaban permitidos a personas de color, pero que, de acuerdo con las leyes de segregación entonces vigentes, debían cederse a los blancos si estos no tenían asiento en los diez primeros puestos, que ya estaban reservados en exclusiva para ellos. En la siguiente parada, los puestos exclusivos para blancos se llenaron y el conductor exigió a Rosa Parks y a otros tres ciudadanos negros que se levantaran de sus asientos. Ella estaba agotada. Le dolían los pies. Estaba cansada de tantas horas de trabajo, pero sobre todo estaba cansada de tanta injusticia legal. Aquel día pensó que aquello no podía seguir siempre así. El conductor gritó: «¿No se va a levantar?». «No», respondió ella. «Bueno, entonces voy a hacer que la arresten.» «Puede hacerlo», respondió serenidamente.Rosa Parks fue arrestada y condenada a pagar una multa de diez dólares, más otros cuatro por costas judiciales. En ese momento estaba en vigor la doctrina de “separados pero iguales” impuesta por la Corte Suprema de los Estados Unidos en 1896, a raíz del famoso caso "Plessy versus Fergusson".La noticia de la condena contra Rosa Parks corrió de boca en boca por toda la ciudad. La comunidad negra se unió como un solo hombre y organizó un boicot total contra las empresas de autobuses de Montgomery. Durante más de un año, aquella población de casi cien mil habitantes vio cómo los ciudadanos de color se movían pacientemente a pie, de un lado a otro, en una lucha silenciosa contra la segregación racial. Las empresas de autobuses se arruinaron, ya que dos tercios de sus clientes habituales eran negros.El boicot fue un éxito, y el movimiento a favor de los derechos civiles se extendió por todo el país. El 20 de diciembre de 1956, Montgomery abolió las leyes de segregación racial en el transporte. El ejemplo fue imitado en otros lugares y en menos de un año decenas de ciudades siguieron su camino.Rosa Parks fue una mujer corriente que, con aquel memorable acto de valor, fue elevada a la categoría de leyenda. Aquel día se quedó sentada, con dignidad y valentía, con toda la fuerza de la historia de los sufrimientos de su raza latiendo en su sangre. Su gesto recorrió el mundo, y sus palabras, siempre parcas y nobles, taladraron la sociedad de su tiempo. «Nunca pensé en ser una heroína, yo simplemente hice lo que era correcto según mi conciencia. Quiero ser recordada como una persona que se levantó contra la injusticia, que quiso un mundo mejor para los jóvenes. Una mujer que quiso ser libre y quiso que otros fueran libres». Era una mujer culta, estudiosa, con una extraña serenidad ante los acontecimientos, con ese señorío y esa dignidad tan necesarios para defender la verdad sin violencia. Recibió numerosas amenazas de gente poderosa, y tuvo que sufrir mucho, pero fue valiente y no se arredró. Empezó ella sola, pero fue catalizadora de un gran cambio. Actuó sin alentar el rencor o la revancha, y nunca se permitió ni ser humillada ni odiar. Su figura ha servido a muchos como inspiración para luchar por lo que es justo, para atreverse a dar la cara cuando quizá es más fácil dejar las cosas como están. Porque es difícil lograr que las cosas mejoren sin aceptar que ese empeño supone, casi siempre, sufrir y hacer sufrir, al menos inicialmente. El mundo mejora cuando las personas apuestan por causas que merecen la pena, y, sobre todo, cuando no las eluden para evitarse así el correspondiente sufrimiento.