Alfonso Aguiló, “Una puerta a su intimidad”, Hacer Familia nº 17-18, VII-VIII.1995

Sección “El arte de educar”, de 7 a 12 años.

W. Amadeus Mozart, a los siete años, escribía sonatas; y a los doce, óperas. Parece increíble, pero alguien lo hizo posible: su padre Leopoldo Mozart, un gran músico que sacrificó sus muchas posibilidades de éxito para dedicarse por entero a la educación del pequeño genio.

Robert Browning, cuando contaba apenas cinco años, cierto día vio a su padre leyendo un libro. ¿Qué lees, papá? El padre levanta su mirada y contesta: “El sitio de Troya”. “¿Qué es Troya, papá?, pregunta el niño. La respuesta no fue: “Troya es una ciudad de la antigua Grecia. Ahora vete a jugar”, sino que allí mismo, en el cuarto de estar, el padre de Robert hizo con asientos y mesas una especie de ciudad. Una silla de brazos hizo de trono y en él puso al pequeño Robert.

“Aquí tienes a Troya, y tú eres el rey Príamo. Ahí está Helena de Troya, bella y zalamera (señaló a la gata bajo el escabel). Allá fuera, en el patio, ¿ves unos perros grandes que tratan siempre de entrar en la casa? Son los aguerridos reyes Agamenón y Menelao que están poniendo sitio a Troya para apoderarse de Helena…” A los siete años, Robert leía ya la Ilíada, penetrando gracias al ingenio de su padre, con toda naturalidad, en el mundo de la gran poesía. Años más tarde sería el más importante poeta inglés de la época victoriana.

Perspectiva histórica Para educar bien, es preciso conocer bien a las personas. Y para conocerlas bien, hemos de hacer un esfuerzo por comprenderlas bien: pensar en cada hijo, ponerse en su lugar, intentar comprender cada día un poco mejor la complejidad y la riqueza irrepetible de su carácter y su personalidad.

Para ello, resulta muy útil rememorar cómo éramos nosotros a su edad, y repasar un poco todos nuestros recuerdos infantiles, para así dar una mayor perspectiva histórica a nuestras ideas: recordar cuáles eran nuestras reacciones, qué pensábamos en situaciones análogas a las que vemos ahora en los hijos, o qué sentíamos cuando nos decían algo parecido. Y es importante porque a veces tenemos una sorprendente capacidad para olvidarnos de la propia infancia y borrar de un plumazo de nuestra memoria toda la rebeldía ante nuestros padres, lo que nos costaba obedecer o lo que nos molestaba tal o cual actitud en los mayores.

Hablar con los hijos Un padre o una madre normales no tendrán, por lo general, el talento musical de Leopoldo Mozart, ni el ingenio de Mr. Browning, pero sí pueden tener esa misma preocupación por ganarse la confianza de sus hijos y educarlos bien, que es cosa bastante asequible a todos.

Para educar bien a los hijos es preciso entrar un poco en su mundo, saber despertar su interés, saber motivarlos, saber interesarse por lo que a ellos les interesa. Además, como su mundo suele ser interesante y atractivo, los padres pueden disfrutar mucho con ese descubrimiento.

Las conversaciones con los hijos no pueden ser aisladas ni habitualmente tirantes, o con prisas, o a lo mejor únicamente cuando hay que dirimir una diferencia familiar, o hablar de la “paga del domingo”, o de las notas. Los padres deben salir al paso de este peligro facilitando que haya frecuentes tertulias y ratos de conversación de familia. No es la hora de echar la bronca ni de preguntar la lección: son momentos en los que todos exponen los incidentes y las pequeñas aventuras de la jornada; donde el padre y la madre cuentan cosas que despiertan el interés de los hijos; donde todos aprenden a vivir en familia.

Ganarse la confianza Aparte de esos ratos de conversación de familia, los padres han de tener de vez en cuando otras conversaciones personales con cada hijo, en un clima de distensión y de plena confianza.

A muchos padres esto no les resulta fácil, quizá porque falta el clima de confianza que propicia la confidencia. Podríamos preguntarnos cuáles deben ser las condiciones que ha de tener una persona para ganarse la confianza de otra, para así examinar nuestro propio caso y avanzar un poco. Hay que pensar que un chico o una chica de 7 a 12 años, por pequeños e infantiles que puedan parecernos, guardan en su intimidad pensamientos, inquietudes, sentimientos, zozobras grandes o pequeñas que en absoluto son –al menos ellos no lo consideran– cosas triviales o insignificantes. Y si no lo son para ellos, no deben serlo tampoco para quienes puedan escuchar sus confidencias: no puede olvidarse que es una persona que está haciendo partícipe de su intimidad a otra, y eso es siempre una cosa seria.

Guardar secreto Tal vez una cualidad que todos valoramos mucho a la hora de hablar confiadamente con alguien es encontrar en ese interlocutor una suficiente capacidad de guardar secreto. Bien sabemos que no todas las personas son capaces de dejar de comunicar a otros las cosas que saben, sobre todo cuando vienen a colación en un momento dado, y quizá les parece que quedarían muy bien contándolo y así dárselas de enterados. Las personas inmaduras, ésas que se sienten obligadas a decir todo lo que saben, aun sabiendo que no deberían decirlo, esas personas, desde luego, carecen de esa elemental prudencia tan necesaria en el mundo de la confianza.

Generalmente, cualquier padre o educador, cualquier persona, conoce más información de la que es conveniente y útil comunicar a otros en un momento dado. Los hijos educados en un ambiente de confianza suelen tener determinadas confidencias con sus padres y hermanos que, aunque no soliciten formalmente su carácter secreto, se entiende que no deben sacar esta información de su contexto y darla a conocer a terceros.

Hacerse cargo Otra condición que podríamos señalar, además de la prudencia, es tener una disposición al escuchar que no sea de curiosidad, ni de afán de dominar la situación o mostrar superioridad, o un paternalismo mal entendido, o un mezquino deseo de enterarse de todo. Ganarse la confianza de una persona no se parece en nada a un deseo malsano de curiosear en la intimidad ajena. La confianza brota cuando se escucha para comprender.

Es preciso, pues, escuchar con el deseo de hacerse cargo, con el deseo de comprender, para poder así aconsejar, consolar, animar o alegrarse con él. No nos interesa sobre todo lo que nos cuentan, sino más bien la repercusión que eso ha tenido en quien nos está hablando: nos debe interesar más la persona que las cosas que hayan podido sucederle, pues éstas son siempre pasajeras, y lo definitivo son las personas.

Saber escuchar Hay que saber dejar hablar, saber omitir comentarios innecesarios sobre cuestiones parecidas a las que estamos oyendo, que quizá vendrían a cuento pero romperían el hilo de la confidencia y robarían torpemente el protagonismo que ha de tener siempre quien se está confiando. Hay que dejar siempre cancha por delante a quien siente la necesidad de hablar, y no interrumpir, a no ser que nos lo pidan, y comprender que en ese momento es el otro el protagonista, no nosotros. Hay que demostrar nuestra atención con el silencio, con la mirada, quizá con un pequeño movimiento de cabeza, a lo sumo con una sencilla pregunta si hay alguna cuestión que no entendemos, o en esos momentos en los que –se ven muy claros– es preciso preguntar para reabrir el cauce de la confidencia que amenaza con extinguirse prematuramente.

PARA PENSAR…

  • Piensa en el estilo de vida familiar que hay en tu casa, y si es frecuente que unos y otros pasen muchas horas sumidos en una especie de hipnosis televisiva. Quizá en muchos casos sea la televisión uno de los principales obstáculos para esos ratos de conversación personal o de vida en familia.
  • Procura buscar ocasiones para tener pequeños o largos ratos de conversación con los hijos. Sería una pena que los padres se dirigieran a sus hijos casi exclusivamente para decirles lo que tienen que hacer, darles consejos o echarles broncas.
  • También es muy mala política rebatir sistemáticamente sus argumentos, o pretender sentar cátedra continuamente cuando hablamos con ellos. Quizá sus argumentos nos parezcan triviales, pero para ellos no lo son, y quizá efectivamente no lo sean.
  • Es preciso hablar con ellos sin afectación: a los chicos les gusta que se dirijan a ellos con voz normal; no se sabe por qué razón, a muchos adultos les encanta hablarles en tono subido y autoritario, pero como los niños no suelen ser sordos, agradecen mucho que les hablen en voz normal, como a los mayores.

    …Y ACTUAR

  • Procura hablar con frecuencia –por ejemplo, no menos de un rato cada semana, y tanto el padre como la madre– con cada uno de los hijos individualmente, buscando con naturalidad el momento más adecuado, sin dar sensación de prisa, facilitando la confianza.
  • Procura encontrar un rato diario de tertulia de familia, aunque sea breve, y procurar que todos intervengan. Un buen momento es después de comer, o de cenar.