Alfonso Aguiló, “Vivir con tolerancia”, Hacer Familia nº 21, XI.1995

Sección “El arte de educar”, jóvenes.

La cultura actual ha dado a la libertad una consideración verdaderamente privilegiada. Al hombre de nuestros días, a la sensibilidad de hoy, y en especial a la sensibilidad de la gente joven, resulta insoportable –hay que decir que por fortuna– cualquier clase de tiranía, cualquier género de represión, cualquier atentado contra la libertad.

Junto a esto, y sin embargo, es igualmente claro que la historia reciente nos está mostrando que toda esa sensibilidad en favor de la libertad no ha logrado acabar con muchas –muchísimas– formas de violencia y de intolerancia, tanto personal como social. La actualidad nacional e internacional parece como empeñada en recordarnos a diario que la intolerancia no ha muerto. Más bien, parece que goza de buena salud: skin-heads, ultras de diversas tendencias, movimientos racistas, crecimiento alarmante de la delincuencia juvenil, etc.

Mi libertad, tu libertad Es cierto que –por suerte– la libertad se cotiza hoy al alza. Pero todos esos conflictos humanos que acabamos de mencionar marcan unos contrastes cuyo análisis parece apuntar a una sencilla y elemental cuestión: que el verdadero amor a la libertad ha de demostrarse en la defensa de la libertad de los demás; y que aunque ahí –lamentablemente– la libertad no siempre resulta tan atractiva, es donde más importante resulta.

Hay que partir de dos evidencias básicas: por una parte, está claro que todo no puede tolerarse, y esto lo ha comprendido siempre hasta el anarquismo más radical; y por otra, es también evidente que nuestra sociedad debe construirse sobre el respeto hacia las libertades. El problema que aquí se debate es dónde está ese equilibrio entre ambas afirmaciones obvias, porque, está claro, crear una verdadera cultura de la tolerancia requiere reflexionar seriamente sobre los límites entre lo tolerable y lo intolerable.

Y no es cuestión en absoluto sencilla. El problema de la tolerancia plantea toda una serie de dilemas, de conflictos, de dificultades, de paradojas, que han de proporcionar apasionantes temas de debate para cualquier sociedad que se precie de reconocer y proteger los derechos naturales de sus ciudadanos.

Por una verdadera cultura de la tolerancia La tolerancia, entendida como respeto y consideración hacia la diferencia, como una disposición a admitir en los demás una manera de ser y de obrar distinta a la propia, o como una actitud de aceptación del legítimo pluralismo, es a todas luces un valor de enorme importancia.

Estimular en este sentido la tolerancia puede contribuir a resolver muchos conflictos y a evitar muchas situaciones difíciles. Y como unos y otras son noticia frecuente en los más diversos ámbitos de la vida –familiar, laboral, política, social, etc.–, cabe pensar que la tolerancia es un valor que –necesaria y urgentemente– hay que promover.

¿Tolerarlo todo? Sin embargo, la promoción de la tolerancia requiere un especial discernimiento y prudencia, que logren dar a la tolerancia su justa medida, puesto que a nadie se le ocurre que ser tolerante –ejercitar correctamente la tolerancia– signifique tolerarlo todo: si todo debiese ser tolerado, a cualquiera le viene a la cabeza un caos completo y absoluto.

La tolerancia –como la libertad– ha de tener unos límites. No en vano, todos los análisis realizados con motivo del Año Internacional de la Tolerancia insisten en que una interpretación superficial de la tolerancia la llevaría a su ruina: al despropósito del todo vale. Hay respetar la diversidad, pero el problema surge cuando esa diversidad deja de ser legítima, o entra en colisión con nuestros derechos, o con los de los demás.

Piedras de toque Podrían ponerse muchos casos concretos sobre estos conflictos entre la libertad personal y la defensa de los derechos de los demás. Por ejemplo: ¿Debe tolerarse la esclavitud? ¿Y si hay personas que apelan a su libertad para tener esclavos, e incluso también personas dispuestas a aceptar ser esclavos? ¿Debe tolerarse la tortura? ¿Qué debe decirse a quien alegue su –supuesta– eficacia para la policía? ¿Y a quien sostenga que en sus convicciones personales se trata de un método perfectamente legítimo en su guerra sin cuartel contra la delincuencia? ¿Deben las leyes tolerar la poligamia? ¿Y si hay personas –marido y mujeres– que apelan a su libertad para que se les permita formar ese género de unión? ¿Qué se puede argumentar, por ejemplo, a quien considere la prohibición de la poligamia como un atentado contra las profundas raíces culturales y religiosas de un pueblo? ¿Debe tolerarse la actual proliferación de movimientos juveniles que promueven la violencia contra mendigos, homosexuales o inmigrantes? ¿Debe tolerarse la producción y el tráfico de drogas? ¿Por qué en este caso no parece justo respetar la libertad de esas personas para cultivar lo que quieran y luego venderlo, acogiéndose a las reglas del libre mercado? ¿Y con el tráfico de armas? ¿Y con los productos radioactivos? ¿Y con la conservación del medio ambiente? Son ejemplos muy diversos, que expresan un poco de la complejidad del problema de la tolerancia, y nos previenen contra una interpretación simplista de las cosas.

Atención al círculo vicioso La complejidad del problema de la tolerancia lleva a muchos a hacer planteamientos relativistas, como si hubiera nada inequívocamente bueno malo. Sin embargo, el principal problema del relativismo surge precisamente cuando se habla de poner límites a la tolerancia. Ya hemos visto que parece inimaginable una sociedad en la que se permitiera todo, puesto que hay cosas que no pueden tolerarse. Y si analizamos por qué no toleramos algunas cosas, pronto descubrimos que la causa está en verdades y valores que consideramos innegociables. O sea, todo lo contrario del relativismo.

Por ejemplo, no toleramos el robo para proteger la propiedad, necesaria para la subsistencia libre de las personas; o no toleramos el asesinato para proteger el derecho a la vida de todo hombre. Y es interesante resaltar que, en ambos casos, estamos imponiendo a los delincuentes algo con lo que pueden no estar de acuerdo. Y a todos nos parece obvio que si el ladrón no cree en el derecho a la propiedad, o el asesino no cree en el derecho a la vida, o ambos consideran que tienen razones personales para robar o matar, no por ello sus acciones dejarán de ser reprobables, y castigadas en una sociedad en la que impere la justicia.

Si aceptáramos el relativismo, cada persona tendría derecho a su verdad y su criterio para definir lo bueno y lo malo, y bien podría pensarse que cualquier imposición de la ley (que muchas veces es manifestación de un sentido moral) es una clara muestra de intolerancia (intolerancia que no puede tolerarse: atención al círculo vicioso).

El relativismo siempre acaba en un círculo vicioso, porque sin una referencia a una verdad que nos obligue a todos, ¿en nombre de qué autoridad se puede considerar que una acción es mala, e imponer a otros ese concepto de lo que es malo? ¿cómo defender razonadamente que hay que actuar así, que deben ponerse esos límites a la tolerancia? Ni cansancio ni indiferencia La cuestión es acertar con un estilo de tolerancia que no sea simplemente fruto del cansancio o de la indiferencia. Una tolerancia que no sea como ese tórrido respeto por la diversidad que ha hecho furor en los grandes defensores del permisivismo a ultranza, y que disfraza de respeto lo que a veces es simple claudicación e impotencia ante una tarea que no se sabe cómo afrontar y resolver; o que se esconde tras una falsa cortina de tolerancia para encubrir la pérdida de autoridad; o que recurre a una actitud de respeto a otras formas de pensar con objeto de evitarse el trabajo de explicar con convicción lo que uno considera verdadero e importante.

Este es el gran peligro de la tolerancia disfrazada de indiferencia: con ella, todos nos haríamos inaccesibles, reacios a la contrastación, afincados en una atalaya de orgullo e ignorancia.

PARA PENSAR…

  • El respeto a lo diferente debe considerarse como una actitud primaria positiva que es preciso promover.
  • Sin embargo, ser tolerante no significa que todo deba ser tolerado: la tolerancia tiene unos límites, pues hay ocasiones en que no podemos describir o presenciar una injusticia sin protestar contra ella, y juzgaríamos una vileza cualquier empeño por permanecer neutral.
  • La tolerancia no puede entenderse como indiferencia ante un mal que en nada nos interpela. La verdadera tolerancia es firmeza de principios, y se apoya y se alimenta de una convicción: hay que respetar la diversidad.
  • Es importante saber enriquecerse con las aportaciones positivas que siempre encontraremos en otras formas de ser y de pensar distintas a la nuestra.

    Y ACTUAR…

  • Plantear una serie de conversaciones en el seno de la familia, o de un grupo de amigos o conocidos, sobre algunos de los puntos tratados anteriormente.