Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.2005

Entrevista de Juan Manuel de Prada a MARCELLO PERA, Presidente del senado de ITALIA Continuar leyendo “Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.2005″

Joseph Ratzinger, “El laicismo está poniendo en peligro la libertad religiosa”, Zenit, 19.XI.2004

El cardenal Joseph Ratzinger constata que el laicismo está poniendo en peligro el derecho a la libertad religiosa. En una entrevista concedida al diario «La Reppublica» este viernes el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, constata que «existe una agresividad ideológica secular, que puede ser preocupante».

Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “El laicismo está poniendo en peligro la libertad religiosa”, Zenit, 19.XI.2004″

Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.2004

El conocido escritor y periodista italiano Vittorio Messori ha salido al paso de la ola de anticatolicismo que impera en toda Europa en una entrevista publicada estos días por el diario italiano «Il Messagiero». Messori analiza la situación y afirma que «afortunadamente» ha terminado el antisemitismo, pero ha sido sustituido en la cultura occidental por un «anticatolicismo» férreo. El intelectual asegura que, sin embargo, esta «furia anticatólica» es «providencial». Messori es célebre, además, por ser autor de un libro de conversaciones con el Papa que se ha convertido en bestseller en todo el mundo: «Cruzando el umbral de la esperanza». Continuar leyendo “Vittorio Messori, “El anticatolicismo ha sustituido al antisemitismo”, La Razón, 20.X.2004″

Joseph Ratzinger, “Fundamentos espirituales de Europa”, 13.V.2004

Conferencia que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el pasado 13 de mayo sobre los fundamentos espirituales de Europa.

Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Fundamentos espirituales de Europa”, 13.V.2004″

Francisco J. Mendiguchía, “Guerra fría, convivencia pacífica y amor fraternal”

Desde la terminación de la última guerra mundial «caliente», han sido frecuentes en los medios de comunicación los términos de «guerra fría» para designar un estado de belicosidad cercano a la agresión, aunque sin utilizar armas de fuego y de «convivencia pacífica», que significa ya un paso adelante en las buenas relaciones interhumanas; se convive, sin guerras frías ni calientes, pero de ahí no se pasa, y convivir no es amar.

Esto viene a cuento de que, para muchos autores, la familia constituye también un campo de batalla entre los hermanos que la componen, unas veces caliente ¡cuántas bofetadas se dan, si son pequeños o cuántas broncas tienen, si son mayores, al cabo del tiempo! y otras fría (no se hablan, no quieren salir juntos). Hay también temporadas de convivencia pacífica en las que todo parece ir sobre ruedas y, cómo no, momentos de amor y fraternidad plena, que muestran que no en vano son hermanos y se aman entre ellos.

Se trata de una mezcla de amores, los más, y de odios, los menos, naturalmente a nivel infantil, que se encuentra bajo el arbitraje de esa especie de «Comité de Seguridad» que son los padres, aunque éstos sean los primeros, sobre todo la madre, que se ven involucrados en estos problemas de rivalidades infantiles.

Por ello, las relaciones entre hermanos, así como el orden de su colocación en la familia con arreglo a la fecha de su nacimiento (primogénito, benjamín, etc.), han sido objeto de una abundante literatura que ha llevado a la confección de esquemas y plantillas, que se han vuelto rígidas con el paso del tiempo: hijo mayor dominante, segundo envidioso, «niño sándwich» si son tres y él está en medio, aplastado entre los otros dos, etc.

Estos esquemas han de someterse a revisión en cada caso y, antes de colocar al niño apelativos prefabricados, ha de investigarse el conjunto de las relaciones intrafamiliares, la dinámica familiar en el transcurso del tiempo y la personalidad del niño. A veces ocurre que el niño que nos traen a que lo veamos es el más sano de todos y es otro el que necesitaría nuestra atención. Estos casos se conocen con el nombre de «niño equivocado» y no son infrecuentes en nuestra práctica profesional.

La estructura familiar Lo primero que hay que tener en cuenta es que la familia, que aparentemente es la misma, no lo es a lo largo de los años pues, por muy estática que parezca, sus miembros van teniendo distinta edad. No es lo mismo nacer cuando los padres tienen veinticinco años, que hacerlo cuando tienen cuarenta, cosa que explica en parte la diferencia entre los primogénitos y los benjamines. Asimismo pueden influir otra serie de circunstancias, como pueden ser los cambios de residencia, vaivenes económicos, cambios sociales, enfermedades, etc.

Para demostrar la influencia de estos condicionamientos sobre el niño, el americano Watson porfía un ejemplo que, aunque teórico y exagerado, puede ser muy ilustrativo: Nace el primer hijo y, como es varón, el padre le guía y tutela, le da su misma carrera y acaba siendo un triunfador.

Nace después el segundo pero, como la madre esperaba una hija, hace de él un elegante presumido, le casa con una rica heredera y también se sitúa muy bien en la vida.

Pero ¡ay! nace el tercero, también varón, cuando ya no era deseado, le maleduca una sirvienta que lo seduce a temprana edad y el chófer hace de él un ladrón.

Como se ve por el ejemplo, para el autor, que no en balde fue el creador del conductismo o behaviorismo, sólo cuentan las circunstancias ambientales. Sin embargo, hoy en día se va volviendo otra vez a considerar muy importantes los factores de personalidad, heredados o no, de origen constitucional, hoy llamados genéticos, que determinan que, si por ejemplo, el primogénito es un inseguro y dubitativo (los psiquiatras les llamamos anancásticos), será difícilmente un niño dominante, por muy privilegiada que sea la situación en la que se encuentra dentro del hogar.

Teniendo en cuenta estas salvedades, se pueden, sin embargo, esbozar unos cuadros en relación con las circunstancias familiares de cada hijo: Se ha dicho siempre que la primogenitura da, al hijo que la disfruta, un dominio sobre los demás, cosa que se traduce en una personalidad autoritaria y dominante. Realmente creo que se ha sobrevalorado esta situación, en recuerdo quizá de cuando el primogénito heredaba el patrimonio familiar, cosa que ya no sucede en casi ninguna parte. Por el contrario, el primer hijo tiene en su contra varios factores, como son los de que, durante algún tiempo, es también hijo único y, cuando nace el segundo sufre con más intensidad su «destronamiento». Además, como es el mayor, ha de ser ejemplo y guía para los que vienen detrás, contando por ello con menos benevolencia para sus defectos y fracasos.

Además de ello, el primogénito tiene que sufrir que sus padres hagan su aprendizaje con él, cayendo sobre sus espaldas su inexperiencia, sus dudas y titubeos educativos y su miedo a ser blandos en su manera de tratarle, ensayando en él «todo» lo que dicen los manuales de educación infantil, para estar así más seguros de lo que hacen.

Al benjamín de la familia, que suele nacer cuando los padres son ya más maduros y menos rígidos, se le suele exigir menos, se le hiperprotege y mima más y por ello puede convertirse en un pequeño tirano al que hay que darle siempre la razón, sobre todo si ha llegado un poco tardíamente y hay mucha diferencia de edad entre sus hermanos y él. Menos frecuentemente, pero posible, es que se desarrolle en él lo que pudiéramos llamar «complejo de enano» y que consiste en sentirse disminuido frente a los demás hermanos, a los que admira y envidia por ser mayores, más fuertes físicamente y con más privilegios que él.

Celos entre hermanos Con el horrendo nombre de “complejo de Caín” conoce el psicoanálisis los sentimientos de celos entre hermanos, envidias y celos que son, por otra parte, una constante en todas las relaciones humanas de cualquier edad y condición, sobre todo si existe una situación de competencia y las posibilidades de alcanzar lo disputado no son iguales para todos.

Evidentemente, en toda sociedad infantil se dan estas circunstancias y, por lo tanto, hay celos y envidias que se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto, tal como sucede en las pandillas, en la escuela y, sobre todo, en la familia, en la que las condiciones apuntadas son particularmente acusadas; existe desigualdad (uno es más torpe e inhábil que otro, parece que existe uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, el regalo que uno ha recibido es peor que el de otro, etc.) y desde luego hay competencia (todos quieren, algunos más que otros, acaparar el cariño de uno de los padres, o quizá del abuelo, o quieren ser los primeros en alguna situación dada o bien uno se cree con más derechos que otros a que se les alabe por algo, etc.).

Esta situación de competencia es más evidente ante el nacimiento de un nuevo hermano que viene a destronar al hasta entonces rey de la casa, que era por supuesto el más pequeño de la familia. Se produce entonces una situación de tirantez que conocen bien los padres y en la que, el ya penúltimo, se vuelve más exigente, quiere que la madre le demuestre más cariño y le dedique más tiempo, que le den de comer cuando lo hacía ya él solo y, cuando no le ven, le quita el chupete al hermanito. En conjunto, sufre lo que se denomina una «regresión» a etapas infantiles ya pasadas, que puede llegar a la reaparición de una enuresis nocturna o la vuelta al empleo de un lenguaje que ya no utilizaba.

Esta situación de celos es pasajera si no se cristaliza por una desacertada actuación de los padres, bien por no hacer caso en absoluto de las demandas del niño, bien por doblegarse, también absolutamente, a su chantaje. Lo que hay que hacer ver al «desposeído» es que se le sigue queriendo igual, pero que tiene que compartir ese amor y esa madre con el recién venido.

El hecho que suele acabar con el problema es la llegada de otro nuevo, que viene a substituir en el trono al anterior destronador, repitiéndose el ciclo hasta que se interrumpen los nacimientos. Esta situación descrita es mínima, o no existe, cuando es grande la diferencia de edad entre el último y el recién nacido, por lo menos de cinco años, pues entonces el mayor sublima su envidia sintiéndose protector y paternal con el pequeño.

Estas reacciones celotípicas son tan naturales, que hasta se han podido observar en chimpancés que, ante un nuevo alumbramiento de la madre, los otros, sobre todo el más pequeño, se vuelven más agresivos, tercos y exigentes del contacto con la misma.

Para investigar esta problemática del niño, yo he aplicado mucho el test de «Las Fábulas» de Louisse Düss, pues una de ellas, la número tres, se dedica específicamente a detectar este problema. En este test proyectivo se le pide al niño que complete un cuento que le vamos a relatar. En nuestro caso la fábula es como sigue: «Una oveja tiene un corderito al que le da leche mañana y tarde; cuando la oveja tiene un corderito más pequeño, llama al mayor y le dice que no tiene bastante leche para los dos y que él se tiene que ir a comer hierba. ¿Qué hizo el corderito mayor?» Las respuestas, en la mayoría de los casos, son que el mayor se va a comer hierba, sin más complicaciones. Pero, cuando no se ha superado la situación de celos, éstos pueden manifestarse en respuestas que se agrupan del modo siguiente: a) Sustitución de la madre: «Se buscaría otra oveja para que le diera la leche.» b) Sustitución del hijo: «Se tomaría él la leche y que el pequeño se busque otra oveja.» c) Agresión: «Mataría al pequeño y se tomaría la leche de la madre.» Para el psicoanálisis, el complejo de Caín no es más que una proyección del complejo de Edipo, producido por el desplazamiento hacia el hermano del odio hacia el padre, por ello «los hermanos nacen ya enemigos», decía en su libro “El alma infantil y el psicoanálisis” el ya citado Dr. Baudouin, pero justamente pone el ejemplo de Víctor Hugo, quien desde los primeros años de su vida estuvo dominado por el afán de igualar y sobrepasar a sus hermanos mayores (para mayor ironía, el mayor de los tres que eran se llamaba Abel), lo que venía a dar la razón a Adler y su doctrina, para el que lo verdaderamente importante es el «instinto de poder», es decir, ser el primero en todo (en el cariño y atención de la madre, en inteligencia, en tener más juguetes).

A pesar de todo, hay que tranquilizar a los padres cuando nos consultan por estas problemas de rivalidades y celos entre los hermanos, pues hay que considerarlos normales, se superan fácilmente y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

No quiero terminar este tema, que se considera nada menos que en la Clasificación Internacional de Enfermedades bajo el título de «Trastornos de rivalidad entre hermanos», sin mencionar que fue magníficamente descrito por San Agustín, el Obispo de Hipona, quien hace ya más de mil quinientos años escribió lo siguiente: «He visto y observado un niño enfermo de celos, no hablaba todavía pero, muy pálido, dirigía miradas malévolas a su hermano de leche que mamaba.» Los hijos únicos Pero, ¿qué pasa si no existe más que Abel? Pues que lo puede haber ningún Caín, y esto es lo que sucede con los hijos únicos. El llamado «síndrome del hijo único» es descrito en todos los manuales de psicología y psicopatología infantiles, así como también es recogido por la sabiduría popular y es significativo que, tanto en el aspecto científico como en el otro, el hijo único es considerado muy peyorativamente, reconociéndosele pocos aspectos positivos y sí muchos negativos.

Se ha dicho de él: «el hijo único es demasiado egoísta, tiraniza a los que le rodean y no tolera otros dioses junto a él»; «el hijo único es un ser frágil, caprichoso, tímido, tiránico con los demás, indolente»; «tendrá dificultades de adaptación con sus compañeros y se integrará mal en un grupo», y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, también ha tenido algún defensor, como los profesores Tramer y Kanner que decían: «no debe entenderse que todo hijo único tenga que desarrollarse de un modo desfavorable» y «ser hijo único no es en sí una enfermedad». Si pasamos al terreno de lo patológico, vemos que la proporción de perturbaciones psicológicas necesitadas de algún tipo de tratamiento es, poco más o menos, igual en los hijos únicos que en el resto de los niños.

Sus rasgos negativos son achacados al hecho de que, al no tener hermanos, carece de la necesaria competitividad y ello aumenta su egocentrismo y le discapacita para tolerar las frustraciones. A esta situación se suma, la mayoría de las veces, otra de hiperprotección que les hace caprichosos y tiránicos y todo ello conduce a su inadaptación.

Estas características pueden darse, y de hecho se dan, en algunos hijos únicos, pero no las creo tan universales y definidas como para conformar un «síndrome de hijo Único» pues en otras muchas ocasiones no aparece en absoluto. La que sí es verdaderamente nefasta es la conjunción, hijo único-padres viejos, pues en ella sí que suele ser frecuente el desarrollo de todos estos rasgos negativos en el niño.

Algunos opinan que los hijos únicos son más inteligentes, yo no lo creo así; lo que sucede es que se produce una cierta precocidad en su desarrollo psicológico debida a que al vivir en el hogar solos entre personas mayores, acaban adoptando sus gustos, sus ideas, su lenguaje y hasta sus problemas.

En el plano afectivo puede producirse una situación de excesiva dependencia, de simbiosis padres-hijo, que hace más difícil la ruptura del «cordón umbilical psicológico» en la adolescencia, tanto por los unos como por el otro. El resultado es que o la dependencia afectiva dura más tiempo de lo debido, dificultándose así la futura integración psicosexual del hijo o la ruptura acaba produciéndose de una forma más violenta de lo normal.

Los actuales cambios de la familia De todas formas, todas estas descripciones clásicas de las relaciones entre hermanos, tienen que ser revisadas a la luz de un hecho nuevo: la familia ya no es lo que era y, salvo excepciones, en todo el mundo occidental el módulo familiar es de un padre, una madre y dos hijos, con lo que algunos problemas tienden a complicarse: así, a un primogénito le durarán más tiempo los celos respecto a su hermano que le sigue, porque éste será ya para siempre el niño pequeño y mimada, pero éste tendrá para siempre también la «losa» de su hermano mayor encima de él, sin que, a su vez, él pueda dominar a ninguno.

Si los dos hermanos se llevan poco tiempo, los problemas desaparecen pronto porque a los ocho o nueve años tendrán los mismos amigos, los mismos problemas y serán ya dos camaradas pero, si como es habitual en nuestro tiempo. los hijos vienen muy «programados» y se llevan tres o más años, todas estas situaciones pueden prolongarse hasta la adolescencia. De hecho, cuanto más numerosa es la familia, menos problemas hay y, los que existen, se superan mucho mejor.

Las estadísticas de las que dispongo no son demasiado fiables, porque los casos que consultan sólo lo suelen hacer por envidias y celos tan intensos que rozan ya lo patológico. De todas maneras, en los casos vistos por mí, la desaparición de estas situaciones celotípicas se produjo entre doce y dieciocho años en la mitad de los casos, mejoró en otra tercera parte y permanecía igual sólo en contadas ocasiones. Sólo tuve un caso de empeoramiento: la hermana menor odiaba a la mayor, cuando ambas tenían ya veinte años, más que cuando eran pequeñas. Claro que se trataba de una hermana mayor brillante y guapa y una hermana menor con un enorme complejo de «patito feo» (a los dieciocho años le habían tenido que hacer una operación de cirugía estética «a ver si mejoraba de carácter»).

Para terminar, sólo nos resta aconsejar a los padres que tengan paciencia, pues en la mayoría de los casos el problema desaparece solo, pero que, de todas maneras, actúen siempre con la máxima neutralidad en estas luchas y que repartan su cariño con la máxima equidad, aunque haya algún hijo que por su carácter apacible y bonachón se haga querer más que los demás, mientras que a otros, por todo lo contrario, sea más difícil manifestar el cariño hacia ellos. Por supuesto, ¡cuidado con las excesivas manifestaciones de cariño hacia el recién nacido delante de los otros!

Francisco J. Mendiguchía, “Fobias y obsesiones”

¿Qué son las fobias? Un diccionario de psiquiatría define las fobias del modo siguiente: «Repulsión o temor angustioso específicamente ligado a la presencia de un ser, un objeto o una situación cuyos caracteres no justifican tal emoción.» Como se ve por esta definición, es difícil separar en la infancia los miedos que he expuesto en el capítulo precedente, de las verdaderas fobias.

Por ello, los psiquiatras de niños, cuando hablamos de fobias infantiles, nos referimos a miedos exagerados, que no presentan mecanismos adaptativos, que aparecen o persisten a edades inadecuadas (el miedo a los perros es normal a los tres años, pero es una fobia a los quince), que se repiten ante la misma situación u objeto preciso, no ceden al desarrollo, son persistentes y, sobre todo, alteran la vida familiar y social del niño y son fuente de sufrimiento para él.

¿Cómo se generan las fobias? Cada escuela psiquiátrica tiene sus propias versiones de cómo nacen. Para unos existe una cierta predisposición natural, las más de las veces unida al padecimiento de obsesiones, que produce un tipo de personalidad que se llama «anancástica» o insegura de sí misma.

El psicoanálisis ha dedicado, ya desde Freud, numerosos estudios a estos problemas, y sostiene que siempre existe una ansiedad primaria que es proyectada a objetos o situaciones externas, que se convierten así en los aparentemente productores de las fobias.

Los conductistas explicaron el porqué de las mismas a partir de un famoso experimento del fundador de esta teoría, el norteamericano Watson que, en 1920, consiguió provocar una fobia en un niño llamado Albert, mediante un apareamiento entre la presencia de una rata blanca y un fuerte ruido que, a la séptima vez de haberse producido, provocó la aparición de la fobia del niño hacia la rata, a la que antes del experimento no tenía ningún temor.

Este mismo psicólogo logró, en otro experimento posterior, justamente lo contrario que en el primero: hacer que desapareciera la fobia asociando al objeto fobógeno un estímulo que evocara una reacción placentera, por ejemplo un dulce.

Desde aquellos años se han multiplicado experiencias que han confirmado la teoría del condicionamiento de las fobias y su tratamiento mediante técnicas de descondicionamiento y, aunque las cosas son algo más complicadas de lo que aquí se han expuesto, la terapia conductual sigue siendo la mejor para estos casos.

Fobias infantiles más frecuentes Las fobias infantiles son muy variadas en su contenido y así, en cincuenta niños con este problema, los temas a que se referían fueron los siguientes: El más frecuente fue el de los animales, en unos los grandes como perros, lobos, etc.; en otros los pequeños como hormigas o cucarachas y en uno la contestación fue la de pájaros, pero ésta en un niño que había visto hacía poco la famosa película de Hitchcock. Las enfermedades, y aun la muerte, son también, ya en estos años de la infancia temas bastante frecuentes, sucediendo lo mismo con dos fobias muy conocidas de los adultos: la agorafobia o temor a los espacios abiertos y la acrofobia o miedo a las alturas.

En los adolescentes es frecuente la fobia por su propio cuerpo, al que llegan a odiar, por no encontrarlo suficientemente atractivo, odio que se mezcla con el temor de que no cambie nunca y que apareció en cuatro casos de esta muestra de cincuenta.

Menos frecuentes fueron las siguientes respuestas: comidas y exámenes en dos casos cada una y aviones, puertas cerradas, personas deformes, ascensores, ruido desagradable, bomberos, máscaras, locura (en un adolescente) e inyecciones, con un caso por respuesta.

Un caso raro fue el de una niña de dos años que, a la vista de su propia cuna, se echaba a llorar y se negaba a meterse en ella, cosa que le pasaba desde que había ingresado en un hospital y dormía en una cuna parecida a la suya. La explicación es la de que esta fobia se había condicionado por una situación traumática anterior.

Una cosa que salió también en este estudio es que la mayoría de los casos de condicionamiento muy claro y evidente se producía en niños con edades entre los dos y seis años, mientras que en los mayores era más difícil de ver, lo que significa que con la edad aumenta la resistencia al condicionamiento.

En una cosa muy importante se diferencian los miedos normales de las fobias, pues así como los primeros tienen muy buen pronóstico y desaparecen con el tiempo, no sucede así con las fobias que tienen una cierta tendencia a persistir en la juventud y aun en la edad adulta, aunque a veces puedan cambiar de contenido. De todas maneras, hay casos en que desaparecen también por completo y los exfóbicos presentan una total normalidad.

Una fobia un poco especial, que puede producir muchos quebraderos de cabeza a los padres, es la llamada «fobia escolar», que consiste en que hay niños o adolescentes que se niegan a ir al colegio sin motivos reales y conocidos, reaccionando con cuadros de ansiedad y pánico cuando se intenta obligarlos.

Se trata de algo muy diferente a lo que vulgarmente se conoce con los nombres de «hacer novillos» o «hacer pellas», pues realmente el fóbico desea ir a clase y tiene ambiciones escolares, mientras que los otros no tienen ningún interés por el colegio ni por los estudios y suelen ser niños rebeldes, al revés que el fóbico que es un chico angustiado y conformista en todo, menos en lo de asistir a clase.

Esta ansiedad se manifiesta en forma de llantos, súplicas, depresión y hasta agitación cuando llega la hora de ir a clase o bien sufre una conversión psicosomática con aparición de dolores de cabeza o abdominales, náuseas, vómitos o diarreas, síntomas que desaparecen los sábados y domingos y en vacaciones.

Algunos adolescentes encubren muy bien la ansiedad y son capaces de salir de casa para el colegio sin que se les note nada pero, en vez de entrar en clase, se ponen a deambular por las calles hasta la hora de terminación de la jornada escolar, regresando después a su casa como si no hubiera pasado nada. Naturalmente la superchería acaba por descubrirse.

En los niños pequeños la fobia escolar, más que una fobia en sí, es un cuadro que se conoce con el nombre de «ansiedad de separación», producido por el temor del niño, no a ir al colegio, sino a separarse de su madre.

En los chicos mayores se trata más bien de una sobrevaloración de sí mismos que no coincide con la realidad y el muchacho, para mantener su autoestima, el famoso «self», opta por huir a su casa, en la que se encuentra a salvo. Por ello es frecuente fobias escolares a esta edad cuando se ha producido un cambio de colegio, de uno que tiene pocas exigencias a otro que las tiene mayores o simplemente, cuando ha sufrido una humillación en clase o fuera de ella, pero siempre dentro del colegio.

Es evidente que la fobia escolar desaparece sola con el tiempo, cuando al chico se le pasa la edad de asistir al colegio, pero para entonces habrá producido un fracaso escolar, y con él, el cercenamiento de muchas posibilidades vitales. Además de este grave problema la experiencia me dice que, por lo general, aparecen posteriormente signos neuróticos más o menos acentuados y tienen una integración familiar y social no demasiado buena.

De todo ello se deduce que las fobias infantiles deben ser tratadas siempre, por muy banales que parezcan, por un especialista y ya hemos dicho que son las técnicas conductuales las que dan mejor resultado, aunque, sobre todo en la fobia escolar, ha de unirse una psicoterapia que, en este último caso, puede ser larga y costosa.

Obsesiones y compulsiones Bastante relacionadas con las fobias se encuentran las llamadas «obsesiones», que si bien son menos frecuentes, también se pueden ver en la infancia y que, en la adolescencia, pueden aparecer en forma de verdaderas neurosis obsesivas.

Todo el mundo habla de obsesiones y de estar obsesionado, pero ¿qué son realmente las obsesiones? Pues las podemos definir como «ideas que se imponen a la conciencia a pesar de no ser aceptadas por ella (si lo fueran se trataría de ideas fijas) vivenciándolas el niño como algo extraño a él, que se le impone por la fuerzas. En muchas ocasiones, estas ideas obsesivas conducen a la ejecución forzada de actos, llamados «compulsiones» y que no son más que una defensa para evitar la angustia que tales ideas le producen.

El primer caso infantil de que tenemos noticia fue descrito por el psiquiatra francés Moreau de Tours, en un tratado que se llamaba nada menos que “La locura en los niños”, que fue publicado en 1888 y en que relataba el caso de un niño que fracasó en sus estudios porque tenía que estar repitiendo constantemente el número trece.

En el niño pequeño, antes de los cinco o seis años, es posible ver actos que, en un adulto, podrían ser considerados como obsesivos pero que, a esta edad, son completamente normales. De este tipo son los «rituales» de la comida (la misma cuchara, la misma silla, la misma persona que tiene que dársela), del sueño (dormirse abrazado al mismo muñeco, oír la misma canción, chupar el mismo pañuelo) o de los juegos (hacer y deshacer repetidamente las mismas torres de tacos, colocar y descolocar el mismo número de coches sin que pueda faltar ninguno, pasar y repasar las hojas del mismo cuento) y que, si no se cumplen, despiertan la ira y el llanto del niño.

Estos rituales pseudo-obsesivos pasan sin dejar ninguna huella y es solamente a los siete u ocho años cuando empiezan los verdaderos síntomas obsesivo-compulsivos.

Las ideas obsesivas son de muy diversa temática y dependen en parte de las circunstancias y condicionamientos exteriores. Antes, por ejemplo, eran muy frecuentes los «escrúpulos» o ideas de pecado, tanto en niños como en adultos, y a este propósito recuerdo muy bien el caso de un chico que tenía una imagen de la Virgen clavada en la cara interna de su pupitre y que, a lo mejor en mitad de una clase, se acordaba que había dejado encima de todos los libros el de Historia Sagrada, que tenía un dibujo de Adán y Eva desnudos y, rápidamente, levantaba la tapa del pupitre, quitaba el libro y lo metía debajo de todo «para que no tocara la estampa» y así se quedaba tranquilo por el momento aunque, al poco tiempo empezaba a pensar que ahora el libro que estaba arriba era el de Historia, que también tenía hombres primitivos no muy vestidos y comenzaba otra vez la misma operación, pasándose así la clase para desesperación de los profesores y la ansiedad del niño que racionalmente comprendía que era una tontería, pero no podía dejar de hacerlo.

Es frecuente también el miedo a las enfermedades y la idea obsesiva de que puede contagiarse de mil modos diferentes, tal como sucedía en varios casos vistos por mí, en los que, cada vez que se hacían un arañazo corrían angustiados a que se les pusiera la inyección antitetánica.

La misma muerte es también motivo de obsesiones, aun en los niños, como es el caso de una niña de siete años que empezó a hablar continuamente de la muerte y a hacer preguntas del tipo de «Y si me meten en una caja, ¿ya no respiro?» o «¿Qué pasa cuando se muere uno?» y vivía con el continuo temor de que se le muriera su madre y la dejara sola.

Las compulsiones son también frecuentes acompañantes de estas ideas obsesivas, tal como la de lavarse las manos muchas veces por la creencia de que están sucias y pueden enfermar (cuando digo muchas veces me estoy refiriendo a treinta o cuarenta), recorrer con un dedo las cuatro paredes de un cuarto para que a su padre no le pase nada porque está de viaje o, como un niño de nueve años que vi en cierta ocasión, que comenzó a pasarse horas y horas moviendo rítmicamente una cuerda, que se metía en la boca si se intentaba quitársela y que, solo al cabo de mucho tiempo, confesó que lo hacía para que le aprobaran en el colegio, mejor dicho, para que no le suspendieran, porque estos rituales suelen ser de evitación de cosas desagradables.

Durante la pubertad aparecen preocupaciones obsesivas de tipo metafísico o filosófico como la existencia de Dios, el origen del hombre, la locura, el infierno, pero siguen persistiendo las anteriores y otras muchas, más o menos extravagantes, como el de un chico de catorce años que me confesaba angustiado que le invadía el pensamiento de que podía estrangular a su madre.

Estos dos últimos ejemplos son un exponente de lo que se llaman «obsesiones por contraste», es decir, que lo último que querrían hacer es precisamente el objeto de las mismas.

Y así multitud de ideas, que a los demás nos parecen extravagantes, pero que para ellos son de una certeza absoluta. ¿Qué les parece el caso de un niño de doce años que tenía miedo a comer por si la comida tuviera algún pequeño trozo de cristal, por haberse roto algún vaso cerca? En los niños, pero sobre todo en adolescentes, además de las ideas y de las compulsiones, puede verse lo que se conoce con el nombre de «carácter obsesivo», caracterizado por una meticulosidad y un orden tan excesivos, que se hace muy difícil convivir con ellos.

Una de las características de los niños y adolescentes obsesivos, que les diferencian de los obsesivos adultos, es la de que, así como éstos «rumian» sus ideas sin comunicárselas casi nunca a nadie, aquellos las exponen una y otra vez a los padres buscando que les liberen del suplicio de la idea o del acto impuestos, pero como éstos recurren al raciocinio para convencerles de lo infundado de los temores, no hacen sino aumentar su ansiedad, pues los primeros convencidos de lo infundado de su irracionalidad son los propios niños.

Uno de los casos en que con más crudeza se manifestaba lo último que acabo de describir, fue el de un adolescente de trece años, que obligaba a su madre a pasar dos y tres horas todas las noches junto a él, cogiéndole la mano cuando estaba ya acostado, para contarle sus obsesiones, con la esperanza de que ella se las disipara, terminando siempre con una crisis de ansiedad en que culpaba a la madre de lo que le pasaba.

Naturalmente no todas las obsesiones son tan intensas, hay toda una gradación. ¿Qué chico no ha sentido alguna vez el impulso de no pisar las rayas de una acera o quizá contar los escalones de una escalera? Y esto es absolutamente banal. Más importantes son ya los síntomas obsesivos aislados de los siete a diez años, pero también suelen pasar sin dejar ninguna huella, no así los que van estructurando una personalidad obsesiva, que se manifiesta ya con toda su fuerza en la adolescencia, en la que estas ideas y actos llegan a constituir una verdadera neurosis obsesiva.

Para terminar esta descripción de lo que son los trastornos obsesivo-compulsivos en estas edades, hay que alertar a los padres cuando éstos son muy intensos y duraderos, sobre todo a la edad de la adolescencia, pues pueden constituir los primeros síntomas de una psicosis que comienza.

Para su tratamiento hay que consultar a un especialista psiquiatra pues, aunque se debe hacer también una psicoterapia profunda y una terapia conductual, hay que recurrir en el 90% de los casos a un tratamiento con imipramina.

Francisco J. Mendiguchía, “La televisión y la infancia (la caja no tan tonta)”

Allá por los años cincuenta, estaba muy de moda una de esas canciones sencillas y pegadizas, cuyo estribillo comenzaba con la frase «la televisión pronto llegará», del resto ya no me acuerdo, pero cantaba las excelencias de un nuevo medio audiovisual, con el que lo íbamos a pasar muy bien y con el que tendríamos distracción asegurada para nuestros ratos de ocio. Todo ello, sin salir de casa y sentados en un cómodo sillón.

Mas he aquí que, cuarenta años después, en libros y revistas dedicados a la psicología y psiquiatría infanto-juveniles, se pueden leer cosas como las siguientes: «Las generaciones que crecieron bajo la total influencia de la televisión, se diferencian claramente de las anteriores por un desvío del pensamiento racional lógico y sano, por una manifiesta inclinación a la falta de continuidad, a lo mágico y sobrenatural, por poner especial énfasis en lo sensorial y por la entrega al éxtasis de la música y de la droga.» «Intentamos describir aquí un cuadro neurótico, rayando en la psicosis, que denominamos televiosis o televisitis, esto es, una neurosis causada por la televisión. Consideramos que se trata de una enfermedad mental bastante seria, que encuadramos como situación crítica, o sea, posible de sucumbir a la desorganización psicótica y transformarse en psicosis.» (Todo esto se refiere a niños.) «En este contingente de teleadictos (niños y adolescentes) se encuentra un alto índice de conductas obsesivo-compulsivas, ansiosas y delirantes, semejantes a las de los cleptómanos, exhibicionistas y ludópatas.» «La televisión envía al niño falsos mensajes como éstos: el contacto corriente entre hombres y mujeres conduce invariablemente a relaciones intimas de carácter sexual mientras que cuestiones morales, como la prohibición de las relaciones sexuales pre o extramatrimoniales, pocas veces se mencionan.» «Lo lamentable, lo verdaderamente terrible, es que la televisión ataca a traición.» Es decir que la TV (así la denominaremos a partir de ahora) ha pasado a constituir, para muchos psiquiatras, psicólogos y educadores, algo peligroso para la salud mental de los niños y de los adolescentes y, por lo tanto, de los hombres que serán mañana, en vez de la sana diversión que creíamos que iba a ser y el excelente medio educativo que después vimos que podía llegar a convertirse, y todo ello en menos de cincuenta años.

Parece como si el hombre hubiera creado un instrumento hecho para su entretenimiento y hasta para su formación, y, como el aprendiz de brujo, se le hubiera escapado su control y vuelto contra él, de tal forma que ya han empezado a crearse en todos los países, incluida España, asociaciones para «defender» a la infancia y la juventud del peligro que la TV supone para ellos.

Los Estados también empezaron a preocuparse, tal como lo demuestran los trabajos del Centro Internacional de la Infancia, que datan ya de 1962, la Comisión Eisenhower y la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia del Presidente Johnson de 1968. Estas comisiones llegaron a la conclusión de que «los niños pueden aprender, y de hecho lo hacen, una conducta agresiva de lo que ven en la pantalla de TV» y, hasta en la misma Unión Soviética, se llegó a considerar que una censura previa podía ser útil para la prevención de la delincuencia en su país.

No deja de resultar curioso que lo único que preocupaba a estas comisiones, a la mayoría de los trabajos que iban apareciendo en las revistas médicas (JAMA y New Englad Journal of Medicine, de 1975) y a bastantes de estas asociaciones de «defensa contra la TV», era la violencia, y llevaban todos el mismo mensaje: poner fin a la violencia en la TV. Como veremos a lo largo de este capítulo, los problemas de la TV son bastante más complejos, y seguramente más graves, que el de la violencia.

El tiempo que los niños consumen viendo televisión Empecemos por uno de estos problemas: la «cantidad de TV que ven los niños.

En España disponemos de numerosos canales. Sus horarios son variables pero algunos de ellos empiezan ya a las siete de la mañana y terminan a las tres o las cuatro de la madrugada, o incluso transmiten las veinticuatro horas del día. Existe una cierta especialización, hay canales en los que domina lo cultural y lo deportivo, y otros que se han especializado en lo erótico y en lo pornográfico; pero la mayoría emiten noticias, películas, concursos, deportes, coloquios, etcétera en proporción variable según los canales.

¿Cuánta gente dispone ya de TV? Se ha extendido muchísimo la costumbre de tener dos, tres o más televisores por casa. Como un índice, aunque sea un poco anecdótico, de este crecimiento, se ha de señalar que en EE.UU. un millón de hogares tiene TV en los cuartos de baño.

Pero nuestro problema, en cuanto a cantidad, es determinar cuánta TV ven los niños. Sobre este asunto hay también bastantes estudios. Éstos son algunos datos: En EE.UU. se llega a las cuarenta horas semanales y de veinticinco a treinta en Francia. En España se puede calcular que, el término medio de tiempo de visión, se encuentra ya en las tres y media a cuatro horas diarias, cifra que se puede duplicar en sábados, domingos y vacaciones de invierno, es decir, un tercio del tiempo que están despiertos.

Se ha calculado que un escolar pasa, al cabo de un año, tres mil seiscientas horas en la cama, seiscientas en vestirse y arreglarse, setecientas en las comidas, novecientas en clases escolares, mil setecientas libres y mil doscientas viendo TV. (Datos del Instituto del Niño y de la Familia de Francia.) En relación con la edad, el número de horas que pasa el niño ante el televisor se va elevando desde los dos a los diez años y desciende después hasta los quince, en que se alcanzan las cifras de los adultos. Sin embargo, lo que se llama «visualización activa» aumenta rápidamente en los años preescolares, se mantiene estable entre los cinco y diez años y aumenta otra vez ligeramente entre los diez y los quince. Hoy día, un niño de dos a cinco años pasa 25 horas a la semana delante de la TV.

Como resumen de esta exposición de cifras, se ha calculado que un niño actual, cuando llegue a los sesenta años habrá pasado, si siguen las cosas como hasta ahora, ocho años, es decir, más de la décima parte de su vida delante del televisor.

Todos los datos expuestos hasta aquí son los que se pueden considerar normales, pero existen casos especiales de lo que se conoce con el nombre de «teleadicción», en los que el niño puede pasarse seis o más horas delante del televisor, si bien es verdad que estos casos son más frecuentes entre los adolescentes que en los niños, sobre todo en lo que hemos llamado televisión activa.

En estos casos de teleadicción llegan a producirse conductas que rayan casi en la anormalidad, ya que los chicos se recluyen en casa y, dentro de ésta, se aíslan en la habitación donde tienen la TV, dejan de salir a jugar y a divertirse con los amigos y se sumergen en el mágico y falso mundo de los programas televisados, con tal fuerza, que pueden pasarse horas inmóviles, con la habitación en penumbra y una ruptura casi total con el mundo exterior, por lo que acaban desarrollando una personalidad extraña de gran introversión e inafectividad, cercana a lo que los psiquiatras conocen con el nombre de personalidades esquizoides.

La denominación de adición no es exagerada pues, si por alguna causa, les falta su aparato de TV, se presentan verdaderos síntomas de abstinencia, que cesan cuando su querida TV vuelve a su habitación. Esto es lo que los americanos llaman «Plug-In Drug» o sea «droga del enchufar» y, para su tratamiento, hay que proceder a una disminución progresiva de la «dosis» de contemplación de TV y romper poco a poco su tendencia al aislamiento, haciendo que la vean en compañía del resto de la familia, metiéndoles así, poco a poco en una «visión compartida», mediante comentarios v° críticas de lo que se está viendo.

La influencia de la TV en la infancia es tan grande, que se ha comprobado que niños de doce a veinticuatro meses son ya capaces de imitar, a veces sólo en veinticuatro horas, los gestos y actitudes que han visto en la TV. Se me dirá que a esta edad los niños no ven TV, pues sí que la ven, porque son colocados, en muchas ocasiones, delante del televisor por los padres que así pueden dedicarse a otros menesteres. Además es conocido que hoy hay niñeras por horas, para cuando los padres se ausentan del hogar, las llamadas «baby sister» o «canguros» que, en cuanto los padres se marchan de casa, enchufan el televisor, colocan al niño delante y ellas se dedican a otras cosas, generalmente a leer o estudiar, dado que muchas son estudiantes.

La visión de televisión en el desarrollo psicológico Los efectos de TV han sido bien estudiados en niños pequeños y se han comprobado movimientos por inducción posturo-motriz y modificaciones emocionales, que pueden apreciarse a simple vista por sudoración o variaciones en el pulso, o más instrumentalmente, por alteraciones de los dermatogramas, de los trazados electrocardiográficos y del electroencefalograma. Desde un punto de vista psicológico, se ve que existe también una cierta pérdida de la organización temporal y espacial, pues acaban por no enterarse de dónde se encuentran ni del tiempo que ha pasado.

En algunos casos puede producirse retraso en la aparición del sueño, disminución de las horas de sueño nocturno y perturbación por ello de la vigilancia y atención diurnas. Estas alteraciones pueden llegar a ser realmente importantes en los casos de abuso del cambio rápido de canales, el conocido «zapping» impuesto por los adultos o por el mismo niño, pues llegan a modificar los procesos de aprendizaje en la escuela por atención saltígrada (enfermedad del «zapping»).

Independientemente de los fenómenos antes citados y después de varias horas de visualización televisiva, pueden aparecer alteraciones como fatiga visual, dolores de cabeza y, en niños predispuestos, crisis de jaqueca. Mención especial merece la posibilidad, afortunadamente no muy frecuente, de desencadenamiento de crisis epilépticas, como consecuencia directa de mirar la pantalla de TV, en niños que padecen un tipo especial de epilepsia llamada fotosensible. También se han descrito crisis psicomotoras desencadenadas por la temática de la emisión, sobre todo en niños con problemas familiares.

¿Interviene la TV en el desarrollo intelectivo del niño? Hay respuestas para todos los gustos. En un principio se pensó que lo aceleraría, dado el aumento de la estimulación sensorial y psíquica que produce, pero estudios posteriores han demostrado que el niño pequeño necesita que las imágenes de las personas y de los objetos tengan una cierta constancia y regularidad, a fin de mantenerlas en la memoria, y las de TV son, por el contrario, de una gran fugacidad. Por lo tanto, la visión excesiva de TV constituye una dificultad para la construcción de las imágenes en la memoria y es origen de una dispersión caótica de las mismas en la mente infantil, uniéndose a esto una perturbación de la atención acústica producida por los ruidos excesivos e inconexos, cosas ambas que se dan en alto grado en las películas de dibujos animados, que son las que más se visionan a estas edades.

Todo ello origina un barullo confusional que puede llevar a un trastorno en el aprendizaje, incluido el habla, y a una distorsión del desarrollo preoperatorio intelectivo y de las operaciones concretas. Asimismo la conciencia del mundo está enormemente deformada y, según algunos autores norteamericanos, las generaciones que van creciendo en su país bajo la influencia de la TV, muestran un desvío del pensamiento lógico y racional, una gran inclinación a todo lo mágico y una tendencia a la discontinuidad.

En relación específica con nuestro país, tenemos el que la mayoría de las películas y series que ven los niños en la TV, están dobladas del inglés, cuyos parlamentos son muy breves y muy limitados en cuanto al número y extensión de las palabras, en contraposición con la riqueza del castellano. Esto produce que las frases dobladas resulten breves, cortantes y, la mayoría de las veces, con un acento que no es el nuestro. Así, el niño termina por acostumbrarse a un léxico en el que predominan los monosílabos, de lo que resulta la pobreza actual del lenguaje de los jóvenes, aumentada a su vez por el hecho de que, cuanto más televisión se ve, menos se lee.

Todo lo expuesto hasta aquí en cuanto al desarrollo intelectivo, explica fácilmente que la adición a la TV sea una de las concausas, no la única por supuesto, del incremento del fracaso escolar, de tal forma, que ante cualquier niño que nos llega con este problema, es preceptivo preguntar a los padres sobre los hábitos televisivos del niño.

Sin llegar a los extremos de la teleadicción, la influencia de la TV en la personalidad del niño es también muy grande. El niño que ve mucha TV acaba siendo un poco introvertido, de escasa comunicación familiar y social, con un concepto distorsionado de la realidad y con tendencia a sumergirse en soliloquios imaginativos que pueden simular conductas semiautistas, habiéndose llegado a hablar de «perversión ecológica» por la falta de contacto con el entorno natural.

Más grave es el hecho de que pueda existir una cierta relación, por muy lejana que ésta sea, entre la dependencia televisiva y la adición a las drogas, pues, al fin y al cabo, en ambas se produce una evasión o escapismo de la realidad y, cuando por la edad el primer mecanismo no basta, se puede recurrir al segundo.

Otro aspecto negativo de la influencia de la TV, son las crisis de ansiedad y los miedos infantiles frente a las películas de terror. Estas películas les asustan, aunque al mismo tiempo no puedan resistirse a la tentación de verlas, en una relación ambivalente sadomasoquista típica de los años de la preadolescencia. Las reacciones de pánico y ansiedad, los terrores nocturnos y los miedos a quedarse solos en casa, son frecuentes después de haber visto una película terrorífica. Ha sido paradigmática la epidemia de miedos y terrores nocturnos provocados por la emisión en TV de la película “El exorcista”, de la cual vi yo más de un caso y que la revista «Time» calificó de «Exorcist fever».

Cuando las películas o series son realmente de terror, suelen visionarse por la noche y es fácil para los padres que sus hijos no las vean, lo malo es que hay películas de dibujos animados que, aun hechas específicamente para niños, son también terroríficas, pobladas de monstruos y personajes alucinantes y en las que se mezclan terror y violencia en gran proporción.

Con esta mención de las películas de terror hemos entrado en otro de los grandes problemas de la TV en relación con los niños y adolescentes: el contenido de los espacios televisivos.

Violencia y sexo en la televisión Empezaremos por uno que ya hemos mencionado anteriormente: la violencia. Hace ya más de veinticinco años que en Norteamérica se creó una «Comisión Nacional para el Estudio de las Causas y Prevención de la Violencia», y en ella se trataba extensamente de la influencia de la TV en la aparición de conductas violentas en niños y jóvenes. En 1972, un estudio de más de veinte años, mostraba que la preferencia por los programas violentos de TV estaba relacionada con agresiones concurrentes o subsiguientes y, en 1978, una investigación llevada a cabo en Inglaterra, delataba en forma inequívoca que los adolescentes que veían mayor número de programas violentos resultaban significativamente más agresivos que los que no veían tales programas.

En 1986 se realizó en Canadá un fascinante estudio en pequeñas poblaciones de aquel país, antes de la introducción de la TV en 1973 y después de la misma, y se vio un aumento de las conductas agresivas, tanto físicas como verbales, en los niños de las escuelas primarias, según iban teniendo acceso a la visión de programas televisivos.

Como los trabajos citados hay otros muchos y, aunque en algunos los resultados no son tan significativos, el informe norteamericano de su Instituto Nacional de Salud Mental es tajante: «Hay un consenso, entre la mayoría de los investigadores, en el sentido de que la violencia en TV provoca comportamientos agresivos en niños y adolescentes cuando ven los programas.» Todas estas investigaciones quieren decir que, mediante los programas de TV, se produce un verdadero aprendizaje de las conductas violentas y hasta se ha llegado a diseñar un tipo de «niño diana», que recibe más violencia que los demás por parte de sus compañeros y que coincide con el descrito preferentemente en las películas y series de TV.

Se dice también que la exposición prolongada de la TV durante la infancia multiplicaría por dos el riesgo de homicidio en la edad adulta y que asimismo podría ser responsable de la mitad de los diez mil que cada año se producen en Estados Unidos, ya que en este país se ven en TV una media de veinte mil actos violentos y once mil muertes en este mismo período de tiempo.

Un niño americano ve una media de siete actos de violencia por hora de visión; menos mal que en los jóvenes británicos la media es sólo de cuatro. Mucho nos tememos que el niño español esté más cerca del norteamericano que del británico, dada la procedencia de los filmes emitidos por las televisiones españolas.

Hemos visto que todos los estudios hasta ahora mencionados se refieren a la violencia hacia los demás, es decir, a la heteroagresividad; pero un estudio reciente ha mostrado que las tentativas de suicidio y los suicidios consumados, aumentan claramente en las dos semanas que siguen a emisiones televisivas que comportan escenas de suicidio. En nuestro caso son los adolescentes los más expuestos, dada su mayor sugestibilidad.

Pasando a otro tema sobre los contenidos de la TV, me referiré al sexual. En el capítulo sobre Acoso Sexual a la Infancia, he mostrado la gran influencia de la TV en el cambio de hábitos en la conducta sexual de niños y adolescentes. Este hecho ha sido mucho menos estudiado que el de la violencia, a pesar de la importancia que tiene para explicar las modificaciones que se están produciendo en las estructuras familiares y sociales de nuestros días. Por ello, no quiero pasar de largo sobre este tema sin citar dos opiniones de dos conocidos paidopsiquiatras: «Las conductas sexuales de los adolescentes pueden ser modificadas por ciertas emisiones televisivas y por los filmes retransmitidos, ya sean emisiones corrientes, eróticas o pornográficas, pudiendo estas últimas provocar el paso al acto’, sobre todo si van acompañadas de violencia» (P. Royer).

Publicidad, ética y cultura Otro aspecto muy estudiado en TV es el de la publicidad, dada la gran cantidad de spots publicitarios que el niño ve al cabo del año: de dieciséis a dieciocho mil para el norteamericano y de cuatro a seis mil para el europeo occidental, lo que supone que al graduarse de bachilleres, o el equivalente que haya en cada país, habrán visto más de cien mil de estos spots.

El impacto de la publicidad sobre los niños es tan grande, que muchos de ellos prefieren los espacios publicitarios a los demás y, dada su sugestibilidad y su capacidad para dejarse influenciar, lo normal es que sigan fielmente sus indicaciones y acaben comiendo lo que los anuncios les sugieren, jugando con juguetes, a veces absurdos, que los fabricantes les meten por los ojos y deseando lo que los spots les inducen a desear. Todo ello puede ser fuente de conflictos entre hijos y padres, cuando éstos no quieren, o no pueden, acceder a sus deseos, pero si acceden puede ser aún peor, como vimos al hablar sobre “El Pobre Niño Rico”.

Otro de los aspectos más negativos de la TV, tanto en España como en el resto de los países del mundo, es la distorsión de los valores culturales y morales. Según los especialistas, cuando un niño llega a la edad de tener opiniones propias, habrá visto por televisión más de treinta mil historias electrónicas y esta gran cantidad de conocimientos fantásticos habrá creado ya una mitología cultural, con unas normas y creencias que determinarán comportamientos apartados de los valores éticos y morales que, aún no hace muchos años, eran el fundamento de la sociedad.

La honradez, el respeto a los mayores, la consideración hacia el prójimo, la justicia, la caridad, el valor del trabajo y la consideración de la familia como base de la sociedad, han sido substituidos por el enriquecimiento a toda costa y como sea; el culto a la fuerza como arma para triunfar en la vida; el atropello de los derechos de los demás para lograr los objetivos apetecidos; el uso y abuso del alcohol como algo usual; la práctica del aborto como una cosa corriente y carente de toda significación moral, y hasta el uso de cocaína como algo natural y sin efecto negativo alguno.

De los valores religiosos más vale no hablar: Dios, las creencias religiosas, el modo cristiano de vivir, han desaparecido de las pantallas de TV y casi más vale que no aparezcan pues, cuando lo hacen es casi siempre como objeto de menosprecio y hasta ocasión para hacer un chiste o provocar una situación hilarante, cuando no suponen un ataque directo a las creencias religiosas y al modo cristiano de vivir. Al menos, esto es lo que ocurre actualmente en nuestro país.

Todo lo dicho hasta aquí de la TV normal, se complica con los vídeos, en los que la violencia y el sexo acaparan la mayoría de los títulos y que escapan al control de los padres mucho más fácilmente que las emisiones normales. En su favor hay que decir que se dispone también de vídeos para niños que pueden seleccionarse previamente, cosa que no se puede hacer con las emisiones normales, que ya están programadas de antemano.

Aspectos físicos Para terminar con los efectos negativos del uso y, sobre todo, del abuso de la TV, mencionaremos la alerta dada por los pediatras del peligro de la aparición de la obesidad en los niños, producida por la disminución de la actividad y del gasto energético que la visión de horas de TV conlleva, obesidad que se aumenta con la costumbre de consumir durante este tiempo todo tipo de golosinas.

Últimamente se ha señalado la posibilidad, aún no demostrada de una forma rotunda, de un aumento de la tasa de colesterol, que crece en proporción directa de las horas que pasa el niño ante el televisor. Se ha descrito también la aparición de alteraciones posturales (cifosis, escoliosis, etc.) por la adopción de posturas viciosas para ver la TV, si éstas se prolongan durante mucho tiempo.

La TV es también culpable, aunque no sola, del fomento del «culto al cuerpo» que ha invadido la juventud, y lo que no es la juventud, propiciado por el triunfo en sus pantallas de chicas esculturales o chicos apolíneos y el fracaso, y aun la burla, de los que no lo son. Esto ha producido una verdadera obsesión por la figura y ha llevado al seguimiento de unas dietas alimenticias que pueden acabar en algo que se ha convertido en una verdadera plaga entre los adolescentes, la llamada «anorexia nerviosa», que es un cuadro clínico realmente importante y a veces grave. Paradójicamente se produce también otro cuadro obsesivo, la «bulimia», u obsesión por comer en cantidades ingentes, pero a escondidas y con maniobras para defenderse de la obesidad como provocación del vómito, el uso de laxantes o el abuso del «footing».

La televisión también puede ser positiva Después de leer todo lo escrito hasta aquí sobre la televisión, el lector se preguntará si ésta tiene algo de bueno, porque todo parece malo e indeseable. La respuesta es que sí, que claro que tiene cosas buenas y más que podría tener. Si se ha hecho hincapié en lo malo es para poder evitarlo.

Es evidente que la TV es una gran distracción para personas que viven solas, para los enfermos, para los ancianos, etcétera, para los cuales constituye un gran consuelo en su soledad y aun para adultos que no les pasa nada, pero que les sirve para relajarse, en este mundo cada vez más conflictivo y duro.

Si nos ceñimos a los niños, vemos que la TV puede ser, no sólo un medio de distracción, que lo es mediante los programas infantiles adecuados a sus mentes, sino que además están los programas educativos que enseñan a los niños el amor a la naturaleza, a las bellas artes, a las costumbres de otros pueblos y razas, a la convivencia humana, al compañerismo y aun a facilitar al niño su aprendizaje escolar (un programa modélico en este sentido fue, tiempo atrás, uno que se llamaba «Barrio Sésamo»).

De lo que hoy no disponemos, y sigo hablando de nuestro país, son espacios dedicados a la exaltación de los valores éticos, morales y religiosos específicos para niños y adolescentes, como aquel inolvidable “Siempre alegres para hacer felices a los demás”, de los años sesenta.

Consejos a los padres Así las cosas, ¿qué pueden hacer los padres respecto a la TV y a sus hijos? Responderé planteando y respondiendo las siguientes preguntas: ¿Cuánta TV? En un principio se pensó que los niños menores de cinco años no deberían verla en absoluto, de cinco a ocho años, la contemplación de programas televisivos debería ser ocasional, y de los ocho a los diez sólo tres o cuatro veces por semana. Esto es imposible de cumplir hoy en día, pero sí hay que procurar que los niños no vean entre semana más de media o una hora diaria y no pasar de dos o tres horas los sábados y domingos.

¿Cómo contemplarla? Evitando en lo posible la contemplación pasiva y hacer que los niños participen, entre ellas y con adultos, con comentarios sobre lo que están viendo u oyendo. No ver nunca TV en habitaciones completamente a obscuras, ni demasiado cerca del televisor, ni tampoco desde el mismo sitio o la misma postura. ¡Cuidado con el mando a distancia y el abuso del «zapping»! ¿El qué? Los padres deben elegir y supervisar cuidadosamente los programas que los niños han de ver y no dejarse llevar por la comodidad de aceptar, «por no discutir», que vean toda clase de programas, especialmente los indicados para adultos.

No quiero terminar este capítulo sin hacer una pequeña aclaración sobre algo que se dice en el comienzo del mismo y que, acaso, pudiera asustar a los padres: la TV no produce nunca «per se» ideas delirantes. Sólo puede convertirse en objeto de delirio en personas, adolescentes incluidos, que están predispuestas a delirar por alguna enfermedad mental.