Alfonso Aguiló, “Pensamiento de grupo”, Hacer Familia nº 264, 1.II.2016

Una calurosa tarde en Coleman (Texas), una familia compuesta un matrimonio y sus suegros están muy animados jugando al dominó cómodamente a la sombra en su pequeño jardín. De repente, el suegro propone hacer un viaje a Abilene, ciudad distante 80 kilómetros. La mujer dice «Suena muy bien, una gran idea», pese a tener sus reservas porque el viaje promete ser largo y caluroso, pero piensa que sus preferencias personales no coinciden con las del resto del grupo. Su marido dice: «A mí me parece bien. No sé si tu madre tendrá ganas de ir.» La suegra después asegura: «¡Por supuesto que quiero ir. Hace mucho que no vamos a Abilene!».

Así, todos de acuerdo, emprenden viaje. Hay mucho tráfico y mucho calor, por lo que el desplazamiento resulta largo y pesado. Cuando por fin llegan a Abilene, dan una vuelta por el poblado y no encuentran ningún sitio interesante para disfrutar, ni para hacer una parada. Entran en una cafetería y acaban disgustados por el mal servicio y la pésima comida. Finalmente deciden regresar y, después de varias horas de camino, están de nuevo en casa, totalmente agotados y decepcionados.

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Alfonso Aguiló, “La estrategia de la desunión”, Hacer Familia nº 263, 1.I.2016

La batalla de Trafalgar tuvo lugar el 21 de octubre de 1805, en el marco de la tercera coalición iniciada por Inglaterra, Austria, Rusia, Nápoles y Suecia para intentar derrocar a Napoleón del trono imperial y debilitar así la influencia militar francesa en Europa.

Al mando de la flota hispano-francesa se encontraba el almirante Villeneuve, que ordenó a sus barcos formar una extensa hilera en forma de arco muy tendido en aguas próximas al cabo Trafalgar. Esa línea tan alargada facilitó a la flota británica, al mando del Almirante Nelson, atacar contra ella en forma de dos rápidas columnas perpendiculares.

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Alfonso Aguiló, “Espíritu de innovación”, Hacer Familia nº 262, 1.XII.2015

Clermont-Ferrand, zona central de Francia, año 1891. Un ciclista pincha su rueda y se dirige a una fábrica cercana en busca de ayuda. Allí encuentra a Edouard Michelin. Es un pequeño empresario dedicado al caucho vulcanizado. Cambiar una rueda de bicicleta a finales del siglo XIX es una tarea ardua que puede ocupar varias horas. Pero Edouard Michelin es una persona inquieta y creativa, y al hacer la reparación intuye un posible modo de diseñar unas nuevas llantas desmontables que podrían reemplazarse en menos de media hora.

La llanta desmontable será un éxito desde el mismo momento de su creación. La velocidad de difusión del invento se debió en gran parte a Charles Terront, un ciclista que usó ese prototipo en la clásica París-Brest-París ya en ese mismo año 1891. Su victoria en la prueba conquistó al público y sólo un año después ya había más de diez mil ciclistas franceses que usaban las llantas de Michelin.

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Alfonso Aguiló, “Aires de suficiencia”, Hacer Familia nº 261, 1.XI.2015

Arnold Bennett fue un prolífico autor británico que en sus 63 años de vida le dio tiempo para hacer multitud de cosas y en casi todas fue bastante reconocido. Destacaba por su carácter emprendedor, que le hizo embarcarse en numerosos proyectos. Escribió un buen número de novelas, un guión cinematográfico, una ópera e incluso ideó un plato gastronómico: la tortilla Arnold Bennett. Le gustaba mucho Francia, donde trabajó y vivió en varias etapas de su vida, hasta el punto de que durante la Primera Guerra Mundial el Ministerio de Información francés lo contrató para dirigir el Departamento de Propaganda.

Y fue precisamente en París donde, años más tarde y de una manera bastante estúpida, contrajo la enfermedad que le llevaría a la muerte. Todo se debió a su empeño en desoír los consejos de un camarero que le advertía de que no era conveniente beber agua del grifo, que con seguridad estaba contaminada. Pero Arnold Bennet, en un alarde de superioridad, se bebió un vaso entero para demostrar a todos los presentes que no pasaba absolutamente nada, y todo aquello eran prevenciones procedentes de la incultura popular. Enseguida cayó enfermo de fiebre tifoidea, coincidiendo con su retorno a Londres, donde falleció en su casa de Baker Street el 27 de marzo de 1931.

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Alfonso Aguiló, “Cambiar el entorno emocional”, Hacer Familia nº 260, 1.X.2015

Sonya Carson abandonó muy joven sus estudios y se casó siendo aún adolescente. El matrimonio se rompió y pronto ella se encontró a cargo de sus dos hijos pequeños, por lo que tuvo que simultanear varios empleos para salir adelante.

El más pequeño de los hijos, Benjamin, que había nacido en Detroit en 1951, manifestó tempranamente dificultades en su educación primaria. Parecía el peor alumno de su clase y era objeto de burlas e insultos por parte de sus compañeros. Todo eso le hizo desarrollar un temperamento un tanto agresivo e incontrolable.

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Alfonso Aguiló, “El buen y el mal ejemplo”, Hacer Familia nº 259, 1.IX.2015

Hay mucha literatura sobre los efectos que produce en el aula la presencia de otros compañeros diferentes, mejores o peores, y es interesante observar la diversidad de posibilidades en que se puede traducir esa influencia. Una diversidad y unos efectos que igualmente pueden observarse fuera de la escuela: en la vida familiar, en la empresa, o entre vecinos o amigos.

El modelo más invocado a lo largo de siglos, curiosamente, es el de la “manzana podrida” (“bad apple” en inglés). El ejemplo clásico es el de un alumno indisciplinado o poco estudioso que perjudica a sus compañeros y molesta al profesor, o que corrompe a otros con sus malas ideas o costumbres, o que desune a los demás malmetiendo a unos contra otros.

¿Cómo debe ser un ambiente para que las influencias sean positivas? Unos señalan como decisivo el hecho de que haya un entorno positivo general que sea homogéneo. Aseguran que los estudiantes mejoran cuando están rodeados de otros con similares características. Según este modelo, los que tienen menor rendimiento se sienten más apoyados si están rodeados de estudiantes de un nivel similar, y lo mismo sucede con los que tienen rendimientos más elevados.

Otros aseguran que es mejor que haya una cierta heterogeneidad en el aula, donde la presencia de estudiantes con niveles diversos resulta positiva para unos y para otros.

Otros consideran que la presencia de estudiantes brillantes es importante como referencia y estímulo para los demás. Y no faltan quienes aseguran lo contrario, y afirman que los estudiantes menos dotados se ven perjudicados por la presencia de compañeros que logran buenos resultados con poco esfuerzo, porque eso les lleva a comparaciones odiosas y desesperanzadoras.

Cuando leo estas interpretaciones tan diversas sobre las dinámicas de influencia en el aula, o fuera de ella, veo que todas tienen sus razones y sus objeciones, su cara y su cruz, su parte de verdad y su simplismo.

Está muy bien, sin duda, educar en un ambiente cuidado, estimulante y positivo. Pero también hay que aprender a manejarse cuando el ambiente no es así, pues la educación debe preparar también para eso. Los hijos, o los alumnos, van a presenciar en su vida muchos malos ejemplos, y quizá desde bastante antes de lo que creemos, y alguien les debe preparar para eso. Ellos mismos harán muchas cosas mal, y deben haber sido educados para salir adelante a pesar de no haberse dado buen ejemplo a sí mismos.

Es negativo que haya personas que corrompan a otras, es cierto, pero esas personas siempre existirán, y hay que aprender a desenvolverse cuando eso sucede. Y también hay que pensar en que alguien tendrá que ocuparse de corregir y educar a esos que consideramos “manzanas podridas”: no vale, como regla general, el simple descarte, optar por que los eduque otro.

Los grupos homogéneos tienen su eficacia, pero también su falta de estímulo ante otros mejores, y su falta de preocupación por ayudar a los que van peor.

Es importante el buen ejemplo, sin duda. Pero quizá es más importante que cada uno nos entrenemos en aprender de los buenos ejemplos, y también de los malos. A veces los malos ejemplos pueden llegar a resultarnos más útiles, al ver a dónde nos llevan. Quizá esté ahí uno de los grandes retos de la educación. No puede decirse que la educación ideal sea la que se desarrolla en un ambiente perfecto, libre de malos ejemplos, suponiendo que eso puede lograrse. Tampoco nadie defendería como ideal educativo lo contrario, la exposición permanente al mal ejemplo. Parece claro que no se trata de un tema sencillo ni obvio. Quizá la clave es que cada uno debe educarse aprendiendo a discernir el buen y el mal ejemplo, sin clasificaciones demasiado simplistas, sabiendo formarse juicios cada vez más maduros y más personales, pues al final se trata de formar personas autónomas, que encuentren su propio camino descubriendo en las vidas de los demás, y en la propia, lo que desarrolla y lo que malogra su naturaleza.

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Alfonso Aguiló, “El enemigo más fuerte”, Hacer Familia nº 257-258, 1.VII.2015

El historiador romano Tito Livio, educador del emperador Claudio, se lamentaba con amargura de la decadencia de la sociedad en que vivía, y lo resumía en una frase lapidaria: “Hemos llegado a un punto en el que ya no podemos soportar, ni nuestros vicios, ni los remedios que de ellos nos curarían”.

Se refería, por ejemplo, al deterioro de la familia. Los romanos, dueños de todo el mundo conocido, parecían incapaces de remontar su bajísima tasa de natalidad. Poco a poco, se habían vuelto muy remisos al compromiso y al sacrificio que supone el matrimonio y la crianza de los hijos. En el imperio había cada vez más divorcio, la fidelidad era objeto de mofa y era muy frecuente la práctica del aborto y el abandono de recién nacidos. Y así, aquella Roma creadora de aquel gran imperio, el primer Estado de Derecho, iba entrando poco a poco en el camino de su ocaso: su poder y su implantación eran enormes y por eso aguantaría aún mucho tiempo antes de caer, agotada su vitalidad, en manos de los bárbaros.

El mundo romano ofrecía una imagen de majestad, de orden y de poderío. Poseía un magnífico sistema político. Pero todo aquello encubría un gran desorden interior y un afán de poder y de placeres que rebajaban mucho la calidad de sus ideales. Por eso, personas lúcidas como Tito Livio comprendían que el peligro no venía tanto de los bárbaros que amenazaban sus fronteras, sino sobre todo de aquella carcoma que corroía los cimientos de aquella sociedad y que se manifestaba en una corrupción moral que se exhibía sin el menor recato.

A un ambiente de búsqueda constante de lujos y exquisiteces, se sumaba una vida de ociosidad. Y todo ello contrastaba con la miseria de los pobres y con la opresión contra los esclavos. Aquella economía tan basada en el esclavismo producía amos incapaces para trabajar, con lo que la esclavitud, además de ser una gran injusticia, desplazó al campesinado libre y no lo sustituyó por nada. ¿Quién se iba a preocupar por mejorar los medios de producción cuando los esclavos hacían tan barata la mano de obra? Y el esclavismo solo podía alimentarse con la guerra. La economía se sostenía con los impuestos y con el botín de las provincias conquistadas. Ambos hacían crecer el odio que destruía las raíces mismas del imperio. Las ciudades estaban llenas de magos, astrólogos y charlatanes, todo ello en medio de un gran vacío espiritual. Los romanos se reían de las costumbres judías y cristianas, quizá porque el hombre siempre ha tendido a menospreciar lo que no se ve capaz de entender o de vivir, lo que amenaza sus viejas rutinas aburguesadas.

Por eso, otro hombre lúcido, ya en el siglo IV, acabó por decir que “lo que hace tan fuertes a los bárbaros son nuestros propios vicios”. San Jerónimo conocía bien el Imperio y su prolongada decadencia. En pleno declive de Roma, no teme tanto a los bárbaros, que van conquistando las periferias del imperio, sino que se teme sobre todo a sí mismo, a la sociedad en que vive, a la propia cristiandad romana a la que faltaba el fervor de sus inicios.

Este breve y somero recorrido sobre el ocaso del imperio romano es una muestra de cómo las personas, desposeídas de su energía moral, acabamos por ser extremadamente vulnerables. La falta de fuerza interior, esa debilidad que se contagia en el ambiente, que se alimenta de la falta de valores morales, ahoga la energía y la fortaleza que necesitamos para mantener, defender y llevar a la práctica nuestras convicciones y nuestros proyectos de vida.

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Alfonso Aguiló, “¿Intereses o principios?”, Hacer Familia nº 256, 1.VI.2015

Los Acuerdos de Munich fueron aprobados y firmados durante la noche del 30 de septiembre de 1938. Ante la escalada de violencia y el inminente estado de guerra, el primer ministro británico Neville Chamberlain y el presidente francés Édouard Daladier acudieron dispuestos a darle a Hitler lo que pedía -los Sudetes- para que el Führer dejara en paz a franceses y británicos. Abandonaron a sus aliados, sin formular siquiera una consulta al gobierno checoslovaco, y, como es sabido, Hitler tardó muy poco en incumplir su palabra y anexionarse todo el país.

El pacto supuso la claudicación de las democracias ante un tirano que observaba con satisfacción que nadie ponía freno a sus desmesuradas ambiciones territoriales. Los nazis llevaban años militarizando el país, pero en aquel momento aún no estaban preparados para la guerra mundial que se desataría si invadían a los checos. Con este acuerdo Hitler ganó tiempo para asimilar los recursos que proporcionarían Austria y Checoslovaquia, y que servirían para reforzar su poderosa maquinaria de guerra, que estuvo lista al año siguiente cuando el objetivo fue Polonia y la guerra mundial una realidad ya inevitable.

Es difícil saber si aquella cesión ante Hitler en 1938 fue una decisión razonable, con los datos que entonces tenían. Pero el tiempo pareció demostrar que eludir el conflicto en aquel momento trajo consigo poco después un conflicto bastante mayor.

No significa esto que habitualmente sea mejor el conflicto que la conciliación. Es más, lo habitual es lo contrario. Pero el apaciguamiento como único principio tampoco funciona. Eludir la resistencia debida suele llevar al fracaso. Y cuanto más tarde, con más coste.

Es frecuente escuchar, o simplemente observar, cómo en muchas familias los niños son educados en la sencilla idea de que casi todo da lo mismo mientras nuestro pequeño mundo no se vea alterado. Y entre gente adulta, con frecuencia sucede algo bastante parecido. Se defienden a toda costa los intereses propios o de grupo, coincidan mucho o poco con los principios a los que sirven, y si esos intereses se alejan de las ideas que los han inspirado, no hay mucho problema en esconderlas un poco o incluso abandonarlas sin demasiada reflexión: lo importante es no sufrir daños, y eso a cualquier precio.

Hay quizá demasiadas personas para las que parece que no merece la pena sufrir por casi ninguna causa. Y que basta con una lágrima o un suspiro de vez en cuando lamentando los males y las injusticias que sufren otros, pero sin sacrificar nada de lo suyo. Maldicen a los poderosos, como culpables de todos los males, pero se arriman a ellos siempre que hace falta. Quieren paz para gozar de sus derechos, pero si se presenta alguien con actitudes violentas o amenazantes, les parece que lo lógico es ceder, dar lo que pidan, aunque sea la cabeza del amigo, para evitar complicaciones, para que no peligre en nada nuestra cómoda subsistencia. Como algunos han dicho, en ninguna época ha sido atractivo morir, pero quizá nunca como ahora está la gente dispuesta a todo por seguir vivo.

Muchas veces, lo inteligente, y lo necesario, es eludir el conflicto. Pero, en otras ocasiones, eludir un conflicto supone otro mayor. Cuando nos vence la cobardía, cuando rehuimos algo y en nuestro interior sabemos bien que lo hacemos sobre todo por evitarnos un mal trago, y no por más elevados motivos, entonces estamos escondiéndonos detrás de muros de miedo, de pereza, de orgullo o de egoísmo.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

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Alfonso Aguiló, “Recibir feedback”, Hacer Familia nº 254, 1.IV.2015

La falta de valor para abordar conversaciones difíciles suele ser uno de los mayores obstáculos en la comunicación entre las personas. No es fácil aprender a dar feedback de un modo que resulte positivo, pero parece que es aún más difícil aprender a recibirlo. Y por muy persuasivo y empático que sea el emisor del mensaje, el destinatario es finalmente quien decide si lo acepta o si se pone a la defensiva y lo rechaza.

Todos deseamos aprender. Todos queremos mejorar como personas. Queremos saber qué piensan los otros de nosotros, cómo nos valoran. Queremos ser reconocidos y aceptados. Todo eso nos provoca sentimientos contrapuestos. Queremos saber la verdad, pero nos cuesta aceptarla. Por eso es importante desarrollar nuestra capacidad de encajar la crítica. Es más, si sabemos incluso pedir oportunamente valoraciones críticas de lo que hacemos (con la voluntad de mejorar, no en busca de cumplidos), mejorará nuestro modo de actuar y mejorará la percepción que los otros tienen de nosotros.

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Alfonso Aguiló, “Optimismo en tiempos difíciles”, Hacer Familia nº 252, 1.II.2015

De Norman Foster dicen sus biógrafos que nació en el lado equivocado de las vías de ferrocarril que separan el centro de Manchester de los húmedos y fríos suburbios de la ciudad.

Discurre el año 1935. Sus padres, Robert Foster y Lilian Smith, alquilan una modesta vivienda en Crescent Grove, en Levenshulme, por 14 chelines a la semana. Se instalan allí con su bebé, y aquel chico parece destinado a la vida humilde propia de su clase social. No hay teléfono en casa de los Foster. Tampoco libros. La televisión aún no existe. Sus padres son muy trabajadores y sus modestos empleos no les dejan mucho tiempo para atender a su hijo único, que con frecuencia queda al cuidado de familiares y vecinos. Asiste a la escuela en Burnage, pero allí se siente un tanto desplazado. Cuando tiene 16 años, su padre le convence para hacer el examen de ingreso para trabajar como aprendiz en el Departamento de Tributos del Ayuntamiento. Aprueba el examen y sus padres están encantados, pero a Norman aquel trabajo le decepciona.

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Alfonso Aguiló, “La verdad, de donde venga”, Hacer Familia nº 255, 1.V.2015

El 18 de marzo de 2015, casi veinte años después de haberse cometido los crímenes, el Gobierno de Serbia ordenó la detención de ocho ciudadanos suyos por haber participado en la matanza de Srebrenica el 11 de julio de 1995. Estos ocho ex-miembros de la temida Policía especial serbobosnia estaban acusados de haber participado directamente en la ejecución sumaria de unos mil varones bosnios musulmanes, de los ocho mil que murieron durante los tres días de exterminio ordenados por el general serbio Ratko Mladic.

Ratko Mladic y Radovan Karadzic ya habían sido detenidos unos años antes, por orden del Tribunal Internacional de La Haya y en cumplimiento de leyes internacionales. Pero estas detenciones de 2015 eran por iniciativa del gobierno serbio, y una muestra de su decisión de perseguir de oficio los crímenes cometidos en su nombre, lo cual es bastante diferente, pues mejor es la justicia buscada que la impuesta. Reconocer los crímenes cometidos por el bando propio en una guerra, o en cualquier conflicto en el pasado, muestra que hay voluntad de mejora y de enmienda en una sociedad. Así se protege la reconciliación, purificándola de los intentos de capitalizar el dolor del pasado a favor de los propios intereses del presente.

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Alfonso Aguiló, “Conciliar derechos”, Hacer Familia nº 253, 1.III.2015

Charlie Hebdo es el nombre un semanario satírico francés fundado en 1992, que tomó su nombre de una publicación satírica que existió entre 1969 y 1981 (primero como Hara-kiri y Hara-kiri hebdo). Con sus publicaciones consiguió sucesivamente la indignación de musulmanes, judíos y cristianos. Pero cuando la revista cobró relevancia internacional fue al involucrarse en la controversia sobre las caricaturas de Mahoma en el año 2006. Charlie Hebdo republicó las caricaturas aparecidas en el periódico danés Jyllands-Posten. Fue también el medio que publicó el manifiesto de doce intelectuales como Salman Rushdie o Bernard-Henri Lévy a favor de la libertad de expresión y en contra de la autocensura, y fue demandado por autoridades islámicas francesas, acusándole de un delito de “injurias públicas contra un grupo de personas en razón de su religión”.

Pero lo que sin duda tuvo una enorme repercusión mundial fue lo que sucedió en la mañana del 7 de enero de 2015, cuando dos hombres encapuchados y vestidos de negro, portando fusiles automáticos Kalashnikov, irrumpieron en la sede de Charlie Hebdo, en el número 10 de la Rue Nicolas Appert, en París, y mataron a doce personas, dos de ellas policías, e hirieron de gravedad a otras cuatro. La organización terrorista Al-Qaeda en la Península Arábiga reivindicó el atentado “como venganza por el honor” del profeta Mahoma, fundador del Islam.

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Alfonso Aguiló, “Historia de un desafío”, Hacer Familia nº 251, 1.I.2015

Malala Yousafzai nació en 1997 en Mingora (Pakistán), y en octubre de 2014, a los 17 años, recibió el Premio Nobel de la Paz y pasó a ser la persona más joven premiada con este galardón en cualquiera de sus categorías en toda la historia.

A principios de 2009, cuando aún no tenía 12 años de edad, Malala empezó a escribir un blog en línea en la BBC, en lengua urdu, bajo el seudónimo Gul Makai. En sus relatos iba contando el transcurrir de su vida bajo el régimen del temible Tehrik e Taliban Pakistan (TTP), grupo terrorista vinculado a los talibanes, que estaba intentando tomar el control del valle del río Swat. Las escuelas privadas habían recibido orden de cerrar a través de un edicto talibán que prohibía también la educación de las niñas. Trataban de imponer su interpretación de la Sharia y habían destruido cerca de 150 escuelas en el último año.

Malala seguía escribiendo en ese blog y era cada vez más conocida por su encendida defensa de los derechos civiles. Pero su lanzamiento definitivo fue el verano de que aquel mismo año 2009, con el documental Class Dismissed: The Death of Female education, dirigido por Adam Ellick e Irfan Asharaf, del New York Times, que mostraba la vida de Malala y su padre, Ziauddin Yousafzai, y cómo la educación de las mujeres era casi imposible en aquellos lugares.

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Alfonso Aguiló, “Equilibrar la confianza”, Hacer Familia nº 249, 1.XI.2014

En una de las Historias Magrebíes de Rezzori, un padre anima a su pequeño hijo a saltar a sus brazos abiertos, desde el árbol al que se había subido. El niño salta, el padre se aparta y le deja caer al suelo. El niño llora y el padre le explica: “Eso es para que aprendas a no fiarte ni de tu padre”.

Robert Spaemann glosaba ese viejo relato diciendo que, en cierta manera, aquel padre tenía algo de razón: no es la confianza lo que se aprende, sino la desconfianza. Y dejando aparte las bromas, puede decirse que lo natural y lo esperable sería partir de la confianza, es decir, de que todos merezcamos por principio la confianza de los demás. Y contaba Spaemann otra anécdota que había vivido de cerca poco tiempo antes. La dueña de un pequeño teatro de Stuttgart estaba vendiendo entradas. Un joven pidió una rebaja por ser estudiante, pero no llevaba el carnet que lo acreditaba. La vendedora le concedió la rebaja diciendo: “No le conozco. Por tanto, no tengo motivo para no fiarme de usted”.

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Alfonso Aguiló, “La mariposa de Austin”, Hacer Familia nº 250, 1.XII.2014

Austin es un estudiante de seis años, que estudia primer grado en una escuela norteamericana llamada Charter Anser, en Boise, en el estado de Idaho. La escuela busca que sus alumnos aprendan a elaborar trabajos de calidad y que se acostumbren a recibir de sus compañeros un feedback sincero que les ayude a mejorar sus tareas, sin conformarse antes de tiempo.

Su profesor les ha pedido que hagan un proyecto en el que tienen que dibujar cada uno una mariposa a partir de una fotografía, pero debe tener la calidad propia de un estudio científico. Austin escoge una mariposa que responde al nombre de tiger swallowtail.

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Alfonso Aguiló, “La iniciativa social en la educación”, Nueva Revista nº 149, 1.X.2014

Hoy, el núcleo principal del debate sobre la libertad de enseñanza está en la pluralidad y  igualdad de oportunidades. Y eso nos lleva de inmediato a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos. Y esa igualdad de oportunidades en la financiación, para que sea justa, plantea de inmediato la necesidad de una adecuada rendición de cuentas.

¿Libertad o igualdad? El debate sobre la libertad de enseñanza ha ido evolucionando bastante, a mi modo de ver, durante los últimos años. Hoy casi nadie se plantea demasiados problemas respecto a lo que hagan con su dinero los centros educativos privados no concertados. Mientras se respeten las condiciones básicas generales y los planes de estudio establecidos, nadie muestra demasiado interés en ello.

Hoy, el núcleo del debate en la libertad de enseñanza está en la financiación. El interés no está centrado tanto en qué asignaturas estudian, o qué titulaciones han de tener los profesores, o qué instalaciones requiere un colegio. Las normativas establecidas en torno a esos puntos generan algo de debate, pero de muy baja intensidad.

El núcleo del debate está en la igualdad de oportunidades y en la pluralidad. Y, como veremos, eso nos lleva enseguida a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos.

Muchas veces, al hablar de libertad de enseñanza, parece que se abre un debate entre dos polos opuestos. Unos, “más conservadores”, con una posición supuestamente más desahogada, que insisten en la libertad. Y otros, “más progresistas”, en una posición supuestamente más desfavorecida, que insisten en la igualdad. La percepción de muchos es que aquellos que hablan desde una posición de ventaja, insisten más en la libertad, quizá como un modo de asegurarse su posición, que lograrán mantener si se impone una dinámica más liberal, puesto que ellos están en una posición de dominio. Mientras, los que están en una posición más vulnerable, por poseer menos medios económicos o menor fuerza para acceder a la educación de calidad, insisten más en la igualdad, puesto que si el marco que establecen los poderes públicos pone más el acento en la igualdad, ellos tendrán más oportunidades.

El debate no es sencillo ni obvio. Bajo muchos aspectos, en mi opinión, esa percepción tiene bastante fundamento. No soy nada partidario de sacralizar las leyes del mercado, ni de considerar que la simple libre concurrencia lo mejora todo. Precisamente, la obligación de los poderes públicos es establecer marcos normativos que faciliten, dentro de ellos, que las leyes del mercado fomenten realmente la igualdad de oportunidades, preserven la pluralidad y no reduzcan el libre mercado a un contemplar impasiblemente cómo el fuerte se impone “libremente” sobre el débil. En una sociedad verdaderamente humana, el imperio de la ley y de los valores sociales debe sustituir al imperio de la fuerza, propio del reino animal.

En ese sentido, me posiciono como un convencido de la necesidad de promover la igualdad de oportunidades en la educación, en vez de insistir demasiado en la libertad, para evitar que debate actual quede viciado por los motivos antes expuestos.

¿Igualdad y/o pluralidad? Igualdad de oportunidades de acceso, pero… ¿acceso a qué? ¿Todos a lo mismo? En una democracia moderna, ¿podemos contentarnos con que todos reciban la misma educación, decidida, planificada e impartida siempre y solo por quienes manejan los resortes de los poderes públicos? ¿No corre entonces el peligro de convertirse en una palanca de uniformización, en una fácil tentación de establecer dinámicas de adoctrinamiento, al haber concentrado en ellos una responsabilidad tan enorme? Es obvio que todos los ciudadanos deben tener una igualdad de oportunidades en el acceso a la enseñanza, a la cultura, al saber, a sus posibilidades de llegar a un empleo digno en el que se realicen como personas. Pero parece obvio también que la igualdad de oportunidades debe ir ligada a la pluralidad de caminos que tomar. Una igualdad de oportunidades que se limite a que todos hagan lo mismo sería una caricatura de la igualdad, un señuelo propio de regímenes autoritarios ya felizmente desenmascarados en sus promesas de igualación.

Siempre he pensado que para que una democracia continúe siendo siempre una democracia, ha de poner especial cuidado en que haya un gran respeto a la pluralidad en dos grandes ámbitos: en la educación y en los medios de comunicación. Si no hay un sistema plural de medios de comunicación y un sistema educativo plural, será muy difícil preservar una efectiva pluralidad de pensamiento, que es obviamente fundamental para que una democracia realmente lo sea.

Hemos superado felizmente los tiempos del partido único, del modelo único, de la censura previa, de la falta de libertad de expresión o de asociación. Es fundamental que nadie se arrogue, retorciendo la realidad de las cosas, el derecho a imponer un modelo único. Y, por ejemplo, decir que solo puede haber enseñanza pública sería al menos tan ridículo como decir que solo puede medios de comunicación públicos.

¿El que la quiera, que se la pague? En este punto del debate surge con frecuencia ese fácil descarte. No hay objeción ninguna a la enseñanza privada, pero… “el que la quiera, que se la pague; con dinero público, no; con mi dinero, no.” Podemos acudir entonces a una sencilla comparación. Los sindicatos y los partidos políticos son organizaciones privadas y se financian con dinero público. Los poderes públicos facilitan financiación a todos ellos, de acuerdo con su nivel de demanda e implantación (número de votos, escaños, concejales, representantes sindicales, etc.), pero desde luego no según la simpatía o cercanía ideológica o política que tengan con el gobierno de turno. Son, o al menos deberían ser, criterios objetivos de financiación, marcados por las leyes.

Se entiende que esos partidos y sindicatos prestan servicios esenciales, y que por eso conviene financiarlos en régimen de igualdad de oportunidades, para enriquecer la pluralidad de opciones y hacer más libre y democrática la sociedad.

Pues bien, la enseñanza es también un servicio esencial, y es lógico que reciba financiación pública según sea demandada por las familias, y desde luego no según la cercanía a las ideas políticas o ideológicas de quien gobierna en cada momento.

Quienes dicen lo de que “el dinero público, para la escuela pública”, ¿deberían también entonces decir que un partido o un sindicato ha de ser de titularidad pública para poder recibir dinero público? Desde luego, eso sería volver a los tiempos de la dictadura, con sindicatos verticales y partido único, y no creo que sea lo que quieran. Hay en ellos, sin duda, una seria contradicción.

Los partidos y sindicatos son organizaciones privadas, y el hecho de que sean organizaciones privadas es algo básico para garantizar la pluralidad y la igualdad de oportunidades en democracia. De la misma manera, sin una oferta educativa plural, adaptada a los deseos reales y demostrados de las familias, el futuro de la democracia quedaría en entredicho. Una educación que no fuera plural, que se impusiera a todos según un modelo único, poco a poco dejaría se der propiamente educación para deslizarse progresivamente en diversas formas de adoctrinamiento, de la misma manera que una información que no fuera plural poco a poco derivaría en propaganda. Por eso, una educación e información plurales son claves para la pluralidad de pensamiento y para la preservación de la democracia.

Facilitar financiación pública a las escuelas privadas no debe ser una liberalidad ni una discrecionalidad de los gobiernos, sino un derecho de iniciativas civiles que crean espacios de pluralidad democrática. Lo natural es que se financien los proyectos educativos que funcionen bien y tengan demanda por parte de las familias, pues es el modo más sencillo de incentivar la mejora de la educación en un país.

Las familias que eligen un tipo u otro de enseñanza pagan impuestos igualmente todas ellas, y por tanto tienen completo derecho a acceder a la financiación pública en igualdad de oportunidades con todos los demás.

Y el hecho de que se reciba financiación pública no justifica imponer criterios pedagógicos, ni políticos, ni ideológicos. Solo unos parámetros mínimos de calidad en la prestación de esos servicios, como se exigen en cualquier otro servicio similar. El hecho de recibir un concierto educativo no debe suponer más que una rendición de cuentas sobre el empleo de los fondos públicos recibidos.

La financiación pública no debe cercenar la pluralidad de modelos educativos, que es tan fundamental para evitar imposiciones ideológicas contrarias a la democracia. Y a quien dice que no está dispuesto a que con el dinero de sus impuestos se financien centros de enseñanza que no le gustan, quizá hay que hacerle ver que con los impuestos de todos (los de él y los de quien lleva a sus hijos a un colegio que a él no le gusta) se financian muchas cosas que a ninguno de los dos les interesará o gustará (sean determinados partidos, sindicatos, obras públicas, manifestaciones culturales, etc.), pero que son perfectamente legales y tienen todo el derecho de poder ser financiados, nos caigan mejor o peor.

Financiación y autonomía El siguiente gran punto de debate es en qué medida el hecho de recibir dinero público limita la autonomía de un centro educativo.

La Constitución Española, en su artículo 27, reconoce la libertad de enseñanza y el derecho de todos a la educación, e insiste en que los poderes públicos deben garantizar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación que esté de acuerdo con sus propias convicciones.

Por fortuna, se trata de un principio poco cuestionado en la actualidad. Pocos hablan hoy de hurtar a los padres el derecho a decidir sobre la educación de sus hijos, salvo aquellos pocos casos en que hayan de ser privados de la patria potestad mediante resolución judicial.

Pero, volviendo a ese derecho de los padres a decidir sobre qué educación reciben sus hijos, es obvio que, para que eso sea posible, debe haber una pluralidad de oferta educativa, pues de lo contrario ese derecho fundamental quedaría en papel mojado. Deben existir centros docentes que desarrollen proyectos plurales y diversos, como garantía de una verdadera democracia, igual que debe haber partidos políticos o sindicatos o periódicos o televisiones plurales.

Y es claro que, para que existan esos proyectos educativos plurales, debe haber libertad para crear centros docentes, como reconoce en el apartado 6º de dicho artículo, y debe haber también derecho a dirigirlos, como pronto reconoció a ese respecto el Tribunal Constitucional (STC 77/1985, ll.20), así como el derecho a definir el carácter propio de estos centros (STC 5/1981, ll.8-10 y STC 77/1985, ll.7-10), y el derecho de los padres a escoger libremente entre centros públicos o privados (STC 5/1981, ll.8 y STC 77/1985, ll.5).

Las leyes orgánicas de educación de las últimas décadas, han establecido una serie de limitaciones a la autonomía a los centros privados que reciben financiación pública, y esas limitaciones se han centrado en tres cuestiones principales.

Una es que deben incorporarse al sistema público de escolarización y emplear por tanto los mismos criterios de admisión que los centros públicos. Esto se ha implantado sin apenas debate, y hay que decir que los centros concertados se encuentran bastante cómodos en ese sentido. Las familias eligen con libertad el centro que prefieren, marcando un orden de prioridades, y los centros poco tienen que objetar, pues cuando una familia quiere un centro porque lo considera el mejor para su hijo, lo habitual es que el centro también quede satisfecho con la incorporación de esa familia.

Otra segunda limitación de autonomía para los centros concertados es el Consejo Escolar. Se trata de un órgano colegiado de participación en el funcionamiento y gobierno de los centros públicos y concertados, mediante el que las administraciones educativas garantizan la intervención de la comunidad educativa en el control y gestión de dichos centros. La experiencia de estos últimos treinta años es que los centros concertados se encuentran también bastante cómodos en ese modelo, pues, aunque suponga una efectiva pérdida de autonomía, también es cierto que les obliga a implicar más a todos (profesores, padres, personal no docente y alumnos) en la marcha del centro, y eso a largo plazo suele ser un beneficio también para el titular y para todo el centro.

La tercera de esas limitaciones se refiere a la prohibición de establecer cuotas obligatorias a las familias. Como la financiación pública suele ser muy ajustada o insuficiente, eso hace que la necesaria obtención de fondos para la buena marcha del centro acabe sometida a la voluntariedad de las familias. El titular tiene que ofrecer actividades y servicios añadidos que permitan la supervivencia económica del centro, y solo si son atractivos para las familias llevarán a estas a pagarlos. Todo ello lleva a los centros a elevar su calidad, como sucede por ejemplo, salvando las distancias, cuando las universidades han de prestar servicios externos para financiar sus proyectos de investigación: solo si son buenos reciben el dinero que necesitan, y eso les aleja de planteamientos ineficientes, o de públicos cautivos, nada positivos para la mejora de la educación.

No es que estas tres limitaciones sean las únicas de los centros concertados, pero sí las principales, y a mi modo de ver bastante sensatas si las administraciones públicas las gestionan sin sectarismos. Es lógico que quien recibe dinero público esté abierto a todos y se someta a un sistema de rendición de cuentas, y dentro de las muchas formas de plantearlo, la actual es una de las posibles. La diversidad en cuanto a su aplicación real en las distintas comunidades autónomas se refiere sobre todo al último punto, a la mayor o menor flexibilidad en cuanto a las cuotas de las familias, y también en otro más, que es precisamente la apertura al establecimiento de nuevos conciertos, es decir, a la planificación educativa según la demanda real por parte de las familias.

Cuotas de las familias Cuando una administración educativa se sobrepasa en su celo para limitar los cobros a las familias por actividades o servicios complementarios en los centros concertados, el resultado es que logra una igualación a la baja en el servicio educativo prestado. Si la financiación es finalista y es escasa –que lo es–, y además se dificulta que se haga cualquier mejora añadida, es obvio que eso obstaculiza su funcionamiento. Por el otro extremo, si hay un exceso de manga ancha en cuanto a esos cobros, hasta el punto de ser casi obligatorios, se resentiría la igualdad de oportunidades a la hora de elegir centro, pues algunos centros podrían en la práctica seleccionar a sus alumnos y quedarse solo con los que tienen más recursos.

A su vez, las familias que eligen centros privados sin ninguna financiación pública, ahorran al erario público cantidades importantes, y lo hacen muchas veces con un importante sacrificio por su parte. Parece lógico que los poderes públicos establezcan un modo de financiación parcial también para esos centros, que, además de ahorrar dinero público, suponen un incremento de la pluralidad de oferta.

Pienso que debe buscarse una solución satisfactoria para la red totalmente privada y para la red concertada, sin establecer oposición entre una y otra, ni entre ellas y la red pública. Debe buscarse una solución que no sea defensa de un interés de grupo, sino una solución de consenso, de respeto a la pluralidad de modelos consagrada en la Constitución.

Una opción es elevar la financiación de la enseñanza concertada de modo que no necesite de cuotas a las familias. El problema es que nuestro nivel económico no permite hoy por hoy grandes incrementos, y, por otra parte, sería bueno que ese incremento económico se produjera en la medida que mejora la oferta de actividades y servicios. Por tanto, una solución práctica y barata es flexibilizar el cobro de cuotas a las familias, como se hace, con respeto a las leyes actuales vigentes, en muchos lugares. Esto hace que haya una financiación compartida entre la administración pública y la familia, que incentiva la calidad y que no lesiona la igualdad, pues esas actividades son añadidas y voluntarias, y además están sometidas a aprobación por parte del Consejo Escolar.

Falta añadir, como ya se hace en algunas comunidades autónomas, una ayuda para quienes eligen centros totalmente privados, que bien puede ir por medio de una desgravación fiscal por esos gastos en educación por parte de la familia. Es una solución coherente con lo anterior. La enseñanza concertada es más barata para la familia, pero está más sometida a control en su financiación y en su gobierno, y está obligada a estar en el sistema público de escolarización. Quienes eligen una enseñanza no concertada pagan más, pero también tienen derecho a una ayuda, por ejemplo mediante una desgravación fiscal, como las hay para tantas otras cosas.

Hay o ha habido desgravaciones fiscales por planes de pensiones, por inversión en vivienda, por ascendientes a cargo, por discapacidad, por nacimiento o cuidado de hijos, etc. Pienso que si un puesto escolar privado ahorra un puesto escolar público, y está demostrado que además lo hace muchas veces con un coste menor, tiene toda la lógica que ese gasto tenga un buen tratamiento fiscal, pues en conjunto supone un ahorro económico y a la vez aumenta la pluralidad en la educación y la satisfacción de las familias.

Tres redes complementarias Pienso que el día que se logre llegar a un debate sereno sobre este tema, un debate que permanezca ajeno a luchas políticas o ideológicas, ese día se verá con bastante claridad que no tiene demasiado sentido ese enfrentamiento entre la red pública, la red privada concertada y la red privada no concertada. Hay que encontrar un equilibrio en cuanto a los mecanismos de cálculo de las ayudas a cada red, pero partiendo de que todas satisfacen un servicio esencial que se ofrece a los ciudadanos, y que el dinero invertido en una u otra no tiene por qué ir en detrimento de las demás. Todas han de ofrecerse a los ciudadanos en un régimen de libre concurrencia, y han de competir noblemente por atraer alumnos con un marco económico claro y transparente, aceptado por todos.

Creo que no es tan difícil. Ese marco abierto del que hablo mejorará a unos y a otros, pues quizá hoy la enseñanza es todavía un sector demasiado regulado y dependiente de públicos cautivos zonificados. Todo ciudadano responsable debería alegrarse de que la red pública de enseñanza sea cada vez mejor, y uno de los modos de lograrlo es que haya un régimen de mayor igualdad de oportunidades: para las familias, para los profesores y para quienes promueven y dirigen esos centros, sean públicos o privados.

Con ese enfoque, lo ideal es que cualquiera que desee promover un nuevo centro y acredite un número suficiente de familias que lo demandan, tuviera acceso a un concierto educativo. En buena parte, se trata de un planteamiento ya ensayado en algunas comunidades autónomas españolas y por supuesto en el mundo anglosajón.

Me preocupa también que haya demasiados que se inquietan demasiado ante cualquier posibilidad de competencia. No pienso que la competencia sea el único ni el mejor motor de la mejora de la enseñanza, pero sí pienso que algunos de los que tienen tanto temor a la competencia quizá esconden en esos miedos un mal disimulado deseo de que se prohíba cualquier movimiento de pudiera desenmascarar su propia mediocridad.

¿De dónde proviene tanto enconamiento? Quizá porque el debate está contaminado por intereses políticos o ideológicos. La educación es uno de los puntos donde unos y otros buscan su diferenciación frente a sus oponentes, y es precisamente la educación quien sale más perjudicada en esas luchas.

O quizá proviene de esa vieja idea de que la iniciativa privada siempre defiende intereses oscuros y egoístas, mientras que lo público persigue objetivos altruistas y nobles. Un axioma tan falso como pensar que las leyes de mercado lo arreglan todo. La enseñanza no es buena por ser pública ni por ser privada. La igualdad en la enseñanza no es mayor o menor por el mero hecho de acceder a un centro público o privado. La neutralidad no se garantiza por ser público o privado: es más, la neutralidad es casi imposible, y por eso la forma de evitar el adoctrinamiento es que haya un carácter propio del centro bien definido (también en los centros públicos) y que las familias puedan elegir sabiendo a dónde mandan a sus hijos. Los centros públicos también deben ser plurales, como lo debe serlo la oferta deportiva o cultural promovida por la autoridad pública.

Alfonso Aguiló, “Reconocer la propia debilidad”, Hacer Familia nº 248, 1.X.2014

Un rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais, hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino?

El primero respondió de inmediato y dijo: “Lo devolvería a su dueño, maestro”. “Ha respondido muy rápido y muy seguro –pensó el rabino–, me pregunto si será realmente sincero.”

El segundo discípulo mostró una tímida sonrisa y contestó: “Si no me viera nadie, me lo quedaría.” “Ha hablado con sinceridad –se dijo para sí el rabino–, pero no es persona de confianza.” Finalmente, un tercero dijo: “Probablemente tendría tentación de quedarme el dinero, por eso rogaría a Dios que me diera fuerzas para resistir este impulso y actuar correctamente.” “Este sí es sincero –concluyó el rabino–, pero, además, puedo confiar en él”.

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Alfonso Aguiló, “La terapia del perdón”, Hacer Familia nº 247, 1.IX.2014

Cuenta Roland Joffé el impacto que le produjo una entrevista en la CNN en la que una mujer hutu de Ruanda estaba tomando el té con un hombre al que ella misma presentaba como miembro de una tribu tutsi que había asesinado a su familia. El entrevistador, muy sorprendido, le decía: “¿Y por qué toma el té con él…? ¿Le ha perdonado?”. “Sí –respondía ella–, le he perdonado”. Y explicaba a continuación que aquel hombre iba todas las semanas a tomar el té con ella. “Lo hace para vivir en mi perdón”, añadía.

Ese era el modo –continuaba Joffé– que ella tenía de tratar con su dolor. Y ese era el modo que aquel otro hombre tenía de tratar con el suyo. Del sufrimiento humano de ambos, salía algo nuevo y mucho más grande. En aquel acto heroico de la voluntad había un propósito. Aquella mujer estaba dignificando su propia vida al perdonar a aquel hombre hutu. Era una mujer campesina de una sencillez conmovedora, pero sobre todo de un enorme poder moral, que se estaba sobreponiendo a la llamada del odio para imponerse a sí misma la terapia del perdón.

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Alfonso Aguiló, “Desmarcarse”, Hacer Familia nº 245-246, 1.VII.2014

Cuando en 1961 se celebró en Jerusalén el juicio contra el líder nazi Adolf Eichmann, la revista The New Yorker escogió como enviada especial a Hannah Arendt, una filósofa judía de origen alemán exiliada en Estados Unidos. Arendt parecía un perfil muy adecuado para escribir un reportaje sobre el juicio al miembro de las SS responsable de la “solución final” del Holocausto. Sin embargo, los artículos que la filósofa redactó acerca de aquel proceso despertaron una gran polémica. Y cuando luego publicó esos reportajes en forma de libro con el título “Eichmann en Jerusalén”, se desató una fuerte campaña contra ella, organizada por varias asociaciones judías norteamericanas e israelíes.

Tanto el fiscal en Jerusalén como la opinión pública del país buscaban retratar a Eichmann como a un monstruo al servicio de un régimen criminal. Sin embargo, Arendt no lo veía así, como un demonio, sino más bien como un eficiente y ambicioso burócrata que había hecho suya la ideología nazi, y, orgulloso, la había puesto en práctica hasta el final. Arendt veía en él una terrible muestra de la banalidad que tantas veces reviste el ejercicio del mal.

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Alfonso Aguiló, “Paciencia para educar”, Hacer Familia nº 244, 1.VI.2014

Hay algo muy curioso que, según parece, sucede con algunas especies de bambú como el Guadua Agustifolia o el Dendrocalamus Giganteus, plantas originarias de China y Japón. Sus hojas son de color verde claro, bastante alargadas. Con el tallo de bambú se construyen muebles, objetos de artesanía, cañerías, viviendas, e incluso puentes. Es un material muy ligero y resiste tensiones muy altas. Pero quizá lo más curioso de esta especie vegetal es que… se siembra la semilla, se abona, se riega, se cuida… y durante los primeros meses no sucede nada apreciable, y durante los primeros años su crecimiento es tremendamente lento. Un cultivador inexperto pensaría que las semillas no son buenas, o que hay cualquier otro problema. Sin embargo, pasados unos años, en un período de solo seis u ocho semanas, la planta de bambú puede crecer bastantes metros. ¿Tarda entonces solo unas semanas en crecer? No exactamente, en realidad se ha tomado también los años anteriores, de aparente inactividad, para poder llegar al desarrollo que iba a tener después.

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Alfonso Aguiló, “Defender la razón”, Hacer Familia nº 243, 1.V.2014

Entre 1910 y 1935 Gilbert Keith Chesterton escribió cerca de cincuenta relatos sobre el legendario Padre Brown, un sacerdote de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convertía en un formidable detective. El Padre Brown era un hombre de baja estatura que se movía con soltura y energía por las calles de Londres, siempre con un enorme paraguas, y conseguía resolver los crímenes más enigmáticos gracias a su certero conocimiento de la naturaleza y la psicología humanas.

Su primera aparición fue con motivo de la famosa historia de “La cruz azul”, sobre el robo de una cruz de zafiros azules. Un conocido estafador francés de guante blanco llamado Flambeau se disfrazó de clérigo para intentar engañar al Padre Brown y hacerse con la famosa cruz. El Padre Brown es una persona que estudia muy cuidadosamente cada uno de los crímenes, piensa exactamente cómo pudo haberse hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre cometerlo. Y cuando está bastante seguro de haberse puesto exactamente en el sentimiento del autor mismo, entonces, tarda poco en averiguar de quién se trata.

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Alfonso Aguiló, “Educación y nivel económico”, Hacer Familia nº 242, 1.IV.2014

Los niños británicos de clase media-alta tienen peor rendimiento académico que alumnos asiáticos que viven en el umbral de la pobreza. Ese ha sido un destacado titular reciente en los principales diarios británicos, a raíz de un estudio internacional de la OCDE. Los hijos de los trabajadores manuales de las fábricas de numerosas áreas del Lejano Oriente tienen un rendimiento que está al menos un año por delante de los hijos de los médicos y abogados británicos.

El estudio está basado en datos del último informe PISA, y muestra que con mucha frecuencia los adolescentes con menos recursos son más eficientes que los que tienen mucho más fácil las cosas en su vida diaria. No han faltado voces autorizadas que se han apresurado a decir que los países desarrollados deberían centrarse en mejorar sus modos de enseñar en la escuela y en la familia, en vez de achacar con tanta frecuencia sus problemas a la presencia de inmigrantes extranjeros en sus aulas.

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¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.

Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

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Alfonso Aguiló, “Postureo”, Hacer Familia nº 240, 1.II.2014

Observo que la palabra “postureo” es un término acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras motivaciones.

Parece que este neologismo aún no tiene registro en los diccionarios, pero no por eso deja de tener una amplia presencia, sobre todo en la plaza pública virtual, para impresionar a quienes te ven, te leen o te escuchan, y llegar al mayor número posible de personas.

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Alfonso Aguiló, “El fantasma de Canterville”, Hacer Familia nº 239, 1.I.2014

“El fantasma de Canterville” es una simpática parodia de los relatos de terror escrita por Oscar Wilde en 1887.

Un embajador norteamericano llamado Hiram B. Otis se traslada con su familia a un castillo recién comprado en un hermoso lugar en la campiña inglesa a siete millas de Ascot, al sur de Londres. El dueño anterior, Lord Canterville, que no quería engañarle, le avisa de que en el castillo habita un fantasma desde hace más de trescientos años, y que en todo ese tiempo nadie ha logrado vivir en paz en aquel lugar.

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Alfonso Aguiló, “Saberse vulnerables”, Hacer Familia nº 238, 1.XII.2013

“El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.

El protagonista, Guillermo, es un sacerdote comprometido con su labor pastoral, con dotes literarias y don de palabra, atractivo, culto, pero un poco imprudente, que un buen día se encuentra aceptando, sin un motivo muy claro, ser profesor particular del hijo de una adinerada mujer divorciada. Sin pensarlo mucho tampoco, acepta poco después la invitación de esa mujer para pasar las vacaciones con ellos y así continuar la educación del hijo, que ha experimentado un enorme progreso gracias a las indudables cualidades de su nuevo profesor. Cuando quiere darse cuenta, Guillermo se ha convertido en el hombre de moda de los encuentros sociales de la clase alta de la ciudad. Poco a poco, su segura religiosidad y sus claros principios morales se van resquebrajando ante la sensualidad y el glamour de la mujer y de su entorno. En paralelo, vemos la trayectoria de su mejor amigo, un sacerdote llamado Esteban, que opta por el camino contrario y busca una vida de mayor austeridad y entrega a los demás.

No es difícil adivinar quién acaba mejor. La novela describe con habilidad ese tipo de enamoramientos que son un autoengaño disfrazado de amor, una solemne trampa. Es verdad que el enamoramiento es una fase maravillosa que puede llevar a descubrir y a afianzar el verdadero amor. Pero también puede ser un estado de elipsis donde los sentidos cobran demasiada relevancia y el raciocinio se ofusca con sensaciones que nublan la mente y eclipsan la sensatez.

Guillermo se da cuenta de los riesgos que corre, se da cuenta de que se engaña, pero se engaña a su vez pensando que es algo que puede controlar, se cree más fuerte de lo que en realidad es. Se aventura en caminos y enredos que casi siempre nacían de la vanidad, del dejarse llevar por impulsos poco rectos, de reflejos que convertían simples corazonadas en realidades infalibles. Es la historia de una infidelidad a lo que más apreciaba, la historia de cómo una persona inteligente y cultivada se va engañando poco a poco, de cómo las ideas claras son extremadamente vulnerables cuando una persona se deja envolver por la efusión del sexo, el poder, el lujo o la vanidad. La historia de la importancia de proteger nuestros puntos débiles. Porque uno puede resistir largo tiempo, pero luego, por unos cuantos descuidos, caer en el abismo.

Cada persona debe construir una defensa en torno a sus puntos más vulnerables. Debe aprender de los tropiezos de otros, aprender a verse capaz de cometer los mismos errores que nos sorprenden tanto en los demás y en los que quizá a nosotros nos parece imposible caer. Saber que los halagos de cualquier vicio pueden ensombrecer nuestra razón igual que ha sucedido con otros. Detectar el fatalismo que rodea a esos engaños, que tantas veces son objetivamente absurdos o inviables pero que están avalados por la sinrazón que se ha apoderado de la persona.

Se puede tener una excelente formación y una excelente tranquilidad y seguridad pero, si no se sabe controlar el corazón, cualquiera puede verse arrebatado por la locura de unos cuantos descuidos, que parecían perfectamente controlados, pero que acaban llevando a decisiones desastrosas. Cuántos desencantos producidos tras la explosión impactante de un cuerpo perfecto, o de una mirada abrasante, que tienen un “después” frustrante: porque en la pasión humana, la rutina siempre acecha, y fácilmente acaba por desentronizar lo que la mirada logró en su día entronizar.

Reconocer la propia debilidad, saberse frágiles, alejar la altivez de esa prepotencia que nos hace exponernos a situaciones que quizá podemos superar habitualmente pero que no dejan de ser una temeridad innecesaria. Todo eso nos ayuda también a comprender los errores de los demás, incluso los que quizá nos parecen menos razonables, y guardar distancia con lo que vemos que ha perdido a otros.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

Alfonso Aguiló, “El pensamiento automático”, Hacer Familia nº 237, 1.XI.2013

Suele llamarse “pensamiento automático” a ese conjunto de ideas que surgen en nosotros de forma espontánea, son de formulación sencilla y están profundamente arraigadas, de modo que afloran en nuestra mente sin apenas deliberación y sin oponer sentido crítico. Es muy habitual que esos pensamientos no se reconozcan como tales sino se profundiza bastante en el propio conocimiento, normalmente con la ayuda del contraste con personas que nos conocen bien y nos ayudan a descubrirlos.

Por ejemplo, son muy frecuentes en cuestiones como las valoraciones negativas sobre uno mismo o sobre otras personas, o en nuestra opinión sobre determinadas situaciones o ambientes. El miedo al ridículo es otro ejemplo muy claro. La convicción de que a uno se le da mal determinado asunto, sin haberlo contrastado objetivamente, es también otro caso bastante habitual. O la idea de si caemos bien o mal alguien, o de si nos cae bien o mal a nosotros, o de si es apropiada o no determinada actuación. Son pensamientos que reflejan una valoración no objetiva que surge de modo automático sobre una cuestión que, con mucha frecuencia, es vista desde fuera de modo muy diferente.

El pensamiento automático no tiene por qué verse inicialmente como algo negativo. No podemos hacer una gran deliberación para cada pequeña decisión que tomamos. La mayoría de las cosas que hacemos se fundamentan en apreciaciones que hemos aprendido a hacer muy rápidamente y con un automatismo que resulta imprescindible, de la misma manera que subimos una escalera o nos bajamos del coche con un movimiento automático, sin pensar en cómo tenemos que adelantar la pierna o darnos impulso.

Lo malo del pensamiento automático es cuando nace de un dogmatismo interior plagado de respuestas automáticas a cada información que nos llega, con gran resistencia a analizar personalmente su contenido, quizá porque nos falta el coraje intelectual necesario para remar contra la corriente establecida.

Resistirse al pensamiento automático habitual supone plantearse de vez en cuando si debemos decir algo diferente de lo que se espera que digamos, porque quizá nos hemos encuadrado o nos han encuadrado en un conjunto de ideas a las que se supone que debemos total acatamiento. Significarse contra el pensamiento dominante de nuestro entorno, sea una entorno muy pequeño o muy grande, puede ser una muestra de personalidad, pero también puede ser muestra de falta de personalidad, depende de por qué lo hagamos, de si lo hacemos con convicción y rectitud o lo hacemos por motivos mucho menos elevados. En todo caso, el miedo a quedarnos solos sosteniendo una opinión, si esa opinión ha sido realmente madurada y purificada de intereses poco rectos, es un miedo que debemos superar, sea un miedo pequeño o grande, pues quizá hay veces en que esa soledad es condición propia del pensamiento intelectual libre de automatismos como actos reflejos de respuesta.

La idea de alinearse con “los míos” ante casi todo, suele ser una muestra de haberse rendido al pensamiento automático, ya sea en el ámbito político, deportivo, cultural, religioso, laboral, familiar o en lo que sea. Lo normal es que coincidamos en muchas cosas con los que nos resultan más próximos por un motivo o por otro, pero lo que no sería normal es que coincidiéramos siempre y en casi todo, porque eso sería muestra de haber renunciado a tener criterio propio. Superar el pensamiento automático debe ser un acto de rectitud y de valentía, no de orgullo tonto de significarse ante los demás, ni de afán de comodidad, o de llevar la contraria, o de presentarse como original. Y por supuesto debe ser empleado con sensatez y oportunidad.

Se trata de luchar contra el pensamiento polarizado, que nos impide observar las cosas desde diferentes perspectivas. De evitar la tendencia a generalizar situaciones a raíz de una situación aislada. De no pensar siempre como se espera que pensemos y, al tiempo, no creerse tontamente por encima del pensamiento de los demás, ni caer en la oposición automática. En fin, como casi siempre, una cuestión de equilibrio personal que cada uno tenemos que buscar.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

Alfonso Aguiló, “Enfadarse”, Hacer Familia nº 236, 1.X.2013

Un chico joven tenía un carácter bastante violento. Quería corregirse pero no lo lograba. Un día su padre, que tenía mucha confianza con él, le propuso una idea. Le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se enfadara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos. Durante las semanas siguientes, a medida que aprendía a controlar su mal genio, tenía que clavar cada vez un número menor. Fue descubriendo que no era tan difícil controlar su carácter.

Finalmente, llegó un día en que logró no tener que clavar ningún clavo en la cerca. Se lo dijo a su padre, con satisfacción. Su padre le propuso entonces una nueva etapa: que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia, a ver si era capaz de quitarlos todos y en cuánto tiempo. Pasaron los meses y finalmente el joven pudo decirle un día a su padre que ya no quedaba ningún clavo en la cerca.

Se acercaron juntos a verlo. El hombre se quedó pensativo, pues no quería dar lecciones a su hijo, sino ayudarle a pensar. Finalmente le dijo: “Hijo mío, ha sido un gran logro, sin duda, y mereces mi enhorabuena. Pero mira cuántos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta madera ya no está como antes, está medio deshecha. Algo parecido sucede con las personas. Cada vez que te enfadas con alguien y le dices algo desagradable, dejas una herida, como sucede en la madera cada vez que introduces un clavo. Cuando pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que ves ahora en esta madera. Aunque pidas disculpas, aunque te perdonen, el daño está hecho. Hay que quitar los clavos, pero sobre todo hay que procurar no clavarlos, no herir.” Para lograr no enfadarse hace falta energía para alcanzar una buena relación con cada persona; y luego, también, energía para mantenerse en ese empeño, que es lo que constituye la paciencia, una virtud un tanto desprestigiada por algunos que la ven como si fuera sumisión, victimismo o debilidad, cuando la realidad es que la debilidad está más frecuentemente en la falta de control de uno mismo, y el victimismo y la sumisión en el rendirse al propio mal carácter.

Tomás de Aquino decía que “por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma”. Y que paciente es el que “no se deja arrastrar por la presencia del mal a un desordenado estado de tristeza”. Y que la paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu “sea quebrantado por el abatimiento y pierda su grandeza”.

Por la paciencia se aprende a andar por la vida sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que cuesta y que necesita tiempo. Hay una paciencia con uno mismo, que tiene gran importancia para la formación y la maduración de cada uno, que lleva a saber esperar sin perder la calma y a perseverar en el camino emprendido sin desanimarse. Hay otra paciencia con los demás, sobre todo con los más cercanos. Podría hablarse también de paciencia con la realidad, porque si queremos cambiar el mundo que nos rodea necesitamos mucha paciencia, y saber soportar los reveses sin amargura, sin perder la serenidad, con firmeza: por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprendiendo a fortalecerse en medio de las adversidades. La paciencia trae paz y serenidad interior, hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato, y le permite mirar un poco por encima de los acontecimientos del presente, que cobran así una nueva perspectiva.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

Alfonso Aguiló, “El hombre que no tenía camisa”, Hacer Familia nº 235, 1.IX.2013

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivía un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que se fueron inventando, pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar jarabes y baños de lo más curiosos, aplicaron bálsamos y ungüentos con los ingredientes más insólitos, pero su salud no mejoraba.

Sus riquezas y su poder eran tan inmensos como su tristeza y su desazón. Tan desesperado estaba el hombre, que finalmente prometió dar la mitad de sus posesiones a quien fuera capaz de ayudarle a sanar de las angustias de sus tristes noches. El anuncio se propagó rápidamente, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes para intentar devolver la salud al monarca, pero todo fue en vano, nadie sabía cómo curarle.

Una tarde, finalmente, apareció un viejo sabio que les dijo el remedio: “Si encontráis a un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Tiene que ser alguien que se sienta completamente satisfecho, que nada le falte y que tenga todo lo que necesita. Vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.” Partieron emisarios hacia todos los confines del imperio, pero pronto vieron que encontrar a un hombre feliz no era una tarea nada sencilla. Quien tenía salud, echaba en falta riquezas; quien las poseía, carecía de salud; y quien tenía las dos cosas, se quejaba de los hijos, de la mujer o del marido. Nadie se consideraba totalmente feliz.

Finalmente, una noche, muy tarde, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un hombre que vivía humildemente en la zona más árida de sus dominios. El zar se llenó de alegría e inmediatamente mandó que le trajeran la camisa de aquel hombre, a cambio de la cual deberían darle cualquier cosa que pidiera.

Los enviados se presentaron a toda prisa en la casa de aquel hombre para comprarle la camisa y, si era necesario, para quitársela por la fuerza. La impaciencia de todos esperando la vuelta de los emisarios era enorme. Pero, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: el hombre feliz no tenía camisa.

Este antiguo cuento de Tolstói es una de esas historias que tantas veces se han contado a lo largo de los años para hacer reflexionar sobre la poca incidencia que sobre la felicidad tiene el hecho de acumular necesidades. Es un cuento simple, sin duda, pero encierra una filosofía clara, bajo la cual se han formado muchas personas, y con ello se han sentido ayudadas a sortear una multitud de problemas de su vida cotidiana. Estar contento con lo que se puede tener honesta y dignamente, no ansiar tener más y más, como si fuera un gran objetivo vital, buscar la felicidad en cosas sencillas, alejar los sentimientos de envidia o de comparación constante, todo eso son modos de no dejarse atrapar por la desazón propia de la espiral de los deseos insatisfechos.

Cuando nos abrazamos a lo que tanto nos atrae y nos conmueve, muchas veces, abriendo las puertas de par en par a esos deseos, podemos, sin darnos cuenta, caer en la peor de las dictaduras. A veces perdemos cosas importantes por culpa de pequeñas ráfagas de felicidad envenenada, que nos seducen y nos engañan. Nos lo prometen todo, pero luego viene la decepción, y nos encontramos aprisionados por esa opresión de las avideces o de la codicia, a las que quizá en su día nos entregamos en nombre de una engañosa libertad.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

Alfonso Aguiló, “El abuelo y el nieto”, Hacer Familia nº 233-234, 1.VII.2013

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez peor, babeaba y tenía serias dificultades para tragar.

A su hijo y a su nuera, esto les desagradaba cada día más. En una ocasión —prosigue la escena de aquel cuento de los Hermanos Grimm—, cuando le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos contra el suelo.

La mujer comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una cubeta de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.

Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó: “¿Qué haces, hijo?” El chico, sin levantar la cabeza, repuso: “Estoy preparando una cubeta para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos.”

El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo, y a su hijo, y todo cambió a partir de aquel día. Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.

Los niños poseen unas cualidades innatas para comprender los sentimientos de los demás. También es cierto que no todos vivencian con igual intensidad la tendencia natural a sentir misericordia. No es fácil saber la razón de estas diferencias, pero muchos sostienen que los niños peor tratados en su casa suelen mostrar menor interés por el dolor de otros, y que son los padres quienes más pueden hacer en la niñez por combatir ese virus feroz de la inclemencia, esa rudeza afectiva que tiende por sí misma a repetirse y a perpetuarse.

La comprensión de las reacciones emocionales de otros resulta fundamental en la formación del sentido moral del niño y de su capacidad para asumir los valores que se transmiten con la educación. Los niños suelen valorar la bondad o maldad de una acción observando la reacción de los adultos, o de quien ha sufrido las consecuencias de esa acción. Lo aprenden de una manera sorprendentemente natural, y por eso es importante ayudarles desde pequeños a observar los sentimientos de quienes han podido ofender o perjudicar con lo que dicen, hacen, o dejan de hacer. Muchas de sus intuiciones morales están altamente vinculadas a la comprensión de los sentimientos ajenos. Un niño que se acostumbra a reconocer la aflicción de la otra persona, y que es capaz de ponerse en su lugar, está mucho mejor dispuesto para comprender la bondad o maldad de sus acciones.

Todos debemos mantener el oído atento, ser receptivos a esos guiños con los que la realidad nos sorprende y nos ayuda a no hacernos insensibles al dolor de los demás. Debemos aprender a valorar la sabiduría de las personas mayores, a percatarnos de la necesidad de compañía y afecto que sienten. Debemos aprender a no caer en la seducción de la ira, a no decir esas cosas que luego duelen durante días, que dejan a todos entristecidos y deseando que nunca hubieran sido pronunciadas aquellas palabras.

No han faltado pensadores ilustres —como Nietzsche, Engels y Marx, por ejemplo— que consideraron la misericordia como una escapatoria de los débiles. Sin embargo, se necesita mucha más fuerza para perdonar que para alimentar el rencor. Más entereza para responder con bien al mal que para contestar con la misma moneda. Más inteligencia para descubrir lo bueno que hay en otros que para empecinarse en juicios inmisericordes. Más discernimiento para estimular la bondad que hay en el hombre que para exasperar su arrogancia.

Alfonso Aguiló, índice artículos “El carácter”

Juan Manuel de Prada, “Retrógrados”, El Semanal, 12.VII.2009

La vicepresidenta Fernández de la Vega ha tildado de ‘retrógrados’ a quienes se oponen al aborto; y, acaso sin pretenderlo, ha dado en el clavo. ‘Retrógrado’, liberado de su carga despectiva, significa ‘que retrocede’. Se puede retroceder por cobardía; pero también por cordura, que es la expresión máxima de valentía. Retrógrados fueron, por ejemplo, los patricios que, en la época de máximo esplendor del Imperio Romano, empezaron a manumitir esclavos. La prosperidad de Roma se asentaba sobre la institución de la esclavitud, protegida por leyes que establecían que los esclavos eran individuos que, aun perteneciendo a la especie humana, no eran ‘personas’ en el sentido jurídico de la palabra; esto es, no se les reconocía capacidad para obligarse, y tampoco los derechos inherentes a tal condición. Los esclavos eran ‘bienes’ en propiedad de sus amos, como pudieran serlo un predio o una vaca; y tal consideración se extendía a sus hijos, pues según el principio admitido por casi todos los pueblos de la Antigüedad, el hijo concebido fuera de justas nupcias seguía la condición que tuviera su madre el día de su nacimiento. Entonces surgieron unos insensatos, inspirados por las predicaciones de unos zarrapastrosos que se proclamaban discípulos de un oscuro rabí galileo, que empezaron a manumitir esclavos, aduciendo que, más allá de los principios jurídicos establecidos por el derecho de gentes, existía un estado de naturaleza que permitía reconocer en cualquier ser humano una dignidad inalienable, nacida de su filiación divina. Y que tal condición natural era previa a su consideración de ciudadano romano, o a las circunstancias en que hubiese sido concebido. Aquellos insensatos causaron un daño gravísimo a la administración del Imperio; pues, al ‘retroceder’ a ese estado anterior a la vigencia del derecho de gentes, erosionaban los cimientos sobre los que se sustentaban el progreso material y la prosperidad de Roma. Cualquier patricio celoso del cumplimiento de las leyes –cualquier patricio ‘progresista’– podría haberlos tildado de ‘retrógrados’, como ahora hace la vicepresidenta con quienes se oponen al aborto. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “Retrógrados”, El Semanal, 12.VII.2009″

Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.2008

Cada vez con mayor frecuencia, oímos hablar en los medios de comunicación sobre suicidio asistido, eutanasia, muerte digna…; y no pocas veces se advierte una notable confusión en quienes utilizan esos términos. Esa confusión “contamina” después necesariamente las encuestas que se hacen sobre estas cuestiones. Puede tener cierto interés, por tanto, empezar clarificando algunos conceptos.

Continuar leyendo “Manuel González Barón, “Suicidio aistido y eutanasia: ¿muertes dignas?”, El Mundo, 24.XI.2008″

Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?

Cuanto más vacío
está un corazón,
más pesa.

Madame Amiel Lapeyre

El amor y el sexo

El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser humano. Es lo más íntimo y más grande, donde encuentra la plenitud de su ser, lo único que puede absorberle por entero.

Y el placer que se deriva de su expresión en el amor conyugal, es quizá el más intenso de los placeres corporales, y también quizá el que más absorbe.

El entusiasmo que produce un enamoramiento limpio y sincero saca al hombre o a la mujer de sí mismos para entregarse y vivir en y para el otro: es el entusiasmo mayor que tienen en su vida la mayoría de los seres humanos.

Cuando el placer y el amor se unen a la entrega mutua, es posible entonces alcanzar un alto grado de felicidad y de placer. En cambio —como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría—, cuando prima la búsqueda del simple placer físico, ese placer tiende a convertirse en algo momentáneo y fugitivo, que deja un poso de insatisfacción. Porque la satisfacción sexual es en realidad solo una parte, y quizá la más pequeña, de la alegría de la entrega sexual con alma y cuerpo propia de la entrega total del amor conyugal. Continuar leyendo “Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?”

¿Hay algo malo en el placer?

Si las acciones humanas
pueden ser nobles, vergonzosas o indiferentes,
lo mismo ocurre con los placeres correspondientes.
Hay placeres que derivan de actividades nobles,
y otros de vergonzoso origen.

Aristóteles

Una ansiosa búsqueda

«Buscaba el placer, y al final lo encontraba —cuenta C. S. Lewis en su autobiografía.

»Pero enseguida descubrí que el placer (ese u otro cualquiera) no era lo que yo buscaba. Y pensé que me estaba equivocando, aunque no fue, desde luego, por cuestiones morales; en aquel momento, yo era lo más inmoral que puede ser un hombre en estos temas.

»La frustración tampoco consistía en haber encontrado un placer rastrero en vez de uno elevado.

»Era el poco valor de la conclusión lo que aguaba la fiesta. Los perros habían perdido el rastro. Había capturado una presa equivocada. Ofrecer una chuleta de cordero a un hombre que se está muriendo de sed es lo mismo que ofrecer placer sexual al que desea lo que estoy describiendo.

»No es que me apartara de la experiencia erótica diciendo: ¡eso no! Mis sentimientos eran: bueno, ya veo, pero ¿no nos hemos desviado de nuestro objetivo?

»El verdadero deseo se marchaba como diciendo: ¿qué tiene que ver esto conmigo?». Continuar leyendo “¿Hay algo malo en el placer?”

¿Una obsesión inducida?

El amor casto
engrandece a las almas.

Víctor Hugo

La omnipresencia del sexo

Es cierto que, desde que el mundo es mundo, el sexo ha tenido siempre una gran presencia en todas las civilizaciones. El instinto de conservación y el instinto sexual (que es como el instinto de conservación de la especie) son los impulsos más fuertes a los que el hombre, desde siempre, ha estado sometido.

Sin embargo, estamos quizá ahora en una época un tanto especial. Como afirma Julián Marías, “el sexo ocupa un espacio absolutamente incomparable con el que le correspondía en cualquier otra época”. Es un reclamo comercial que se difunde masivamente, y la presencia de imágenes y estímulos sexuales en la vida del hombre de hoy no tiene comparación con ningún otro tiempo ni cultura.

Un alto porcentaje de los impulsos eróticos del hombre o la mujer de hoy son consecuencia directa de alguna incitación artificial, casi siempre mediante imágenes en los medios de comunicación o de entretenimiento, o bien del recuerdo de esas imágenes que permanece en la memoria y alimenta la imaginación. Y casi todas proceden de imágenes de televisión, vídeo, cine, internet, videojuegos, ilustraciones de revistas…, que son medios que hace no muchas décadas no existían, o al menos se tenía a ellos un acceso muy limitado. Y son imágenes que se presentan, por lo general, de modo incitante o provocador. Continuar leyendo “¿Una obsesión inducida?”

¿Un respiro de vez en cuando en cuestión de sexo?

Cuando el amor desenfrenado
entra en el corazón,
va royendo todos los demás sentimientos;
vive a expensas del honor,
de la fe y de la palabra dada.

Alejandro Dumas

Somos humanos…

—Todo el mundo tiene deseos y apetencias sexuales. Y como somos humanos, no podemos ignorar que lo natural es que tengamos debilidades. Muchos piensan que no se le debe dar mayor importancia.

Cuando se dice “somos humanos”, muchos parecen querer justificar que lo natural en el hombre es no tener dominio sobre las pasiones y los instintos.

Sin embargo, debemos esperar algo más de nosotros mismos. Somos seres dotados de inteligencia, voluntad y libertad. Dios nos ha otorgado el don de la sexualidad no para deshonrarlo, abusar de él y degradarlo, sino para darle un uso conforme a nuestra naturaleza de personas racionales.

Decir “somos humanos”, en ese sentido, conduce a un lenguaje equívoco:

He estado viendo una película pornográfica cuando mi mujer estaba fuera. ¿Qué quieres que te diga…? Somos humanos.

Mi novio me dice… lo que dicen todos. Que si es verdad que le quiero, que se lo demuestre. Que “eso” es necesario para el conocimiento mutuo. Que es muy importante para enamorarse de una persona “saber cómo funciona en eso”. Somos humanos.

La otra noche, en un congreso en otra ciudad, coincidí en el hotel con una rubia encantadora. Todo el mundo lo hace. Las cosas son diferentes hoy día. Somos humanos.

Algunas revistas traen unas páginas un poco fuertes. Las lee todo el mundo. Es verdad que son bastante morbosas, pero me gusta estar en lo que pasa y en lo que se ve en la sociedad de hoy. Somos humanos. Continuar leyendo “¿Un respiro de vez en cuando en cuestión de sexo?”

¿Se puede superar la adicción al sexo?

El amor consiste
en sentir que el ser sagrado
tiembla dentro del ser querido.

Platón

Adictos al sexo

En un estudio sobre la adicción sexual, Patricia Matey comenzaba diciendo: “La adicción al sexo es una de las dependencias menos confesadas y visibles de todas las que existen. No obstante, ha aumentado el número de pacientes que pide ayuda debido a las consecuencias de su trastorno: ruina económica, matrimonios rotos, problemas laborales, ansiedad y depresión”.

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¿Qué hacer con el deseo sexual no legítimo?

No huye el que se retira;
por que has de saber, amigo Sancho,
que me he retirado, no huido;
y en esto he imitado a muchos valientes,
que se han guardado para tiempos mejores,
y de esto están las historias llenas.

Don Quijote de la Mancha

Siempre el mismo regate

—¿Y por qué el hombre parece especialmente débil ante la tentación del sexo no legítimo?

El regate de la tentación es muy parecido en todos los ámbitos de la vida del hombre.

Si una persona quiere abandonar el alcohol, pero tiene a mano la botella, y su deseo es más fuerte que su razón, sucumbirá tarde o temprano. Y eso aunque luego no tarde mucho en darse cuenta de que la tentación le ha vuelto a engañar de nuevo. Y que además le ha engañado con el mismo quiebro de siempre.

Todo hombre tiene en su interior zonas más o menos extensas de oscuridad, de confusión, de obcecación. Momentos de ofuscación que hacen posible que ejecute una acción mala atraído por los aspectos engañosamente buenos que esa acción presenta.

Quizá por eso, la mejor baza de la tentación siempre ha sido lograr que, mientras dure, el resto del mundo parezca carente de interés. Su gran logro es cortar cualquier discurso racional en contra del deseo. Por eso, en muchos casos, lo más inteligente, la forma más segura de preservar la lucidez de la mente, es, simplemente, mantenerse a cierta distancia de la tentación. Conociendo la fuerza del instinto y la resistencia de la propia voluntad, sabremos a qué podemos exponernos y a qué no. Continuar leyendo “¿Qué hacer con el deseo sexual no legítimo?”

Te querré… ¿mientras me apetezcas?

El amor,
para que sea auténtico,
debe costarnos.

Madre Teresa de Calcuta

Placer individual, aunque en compañía

En el ser humano no hay épocas de celo que garanticen el ejercicio instintivo de la sexualidad, como sucede con los animales. El hombre ha de controlar su sexualidad, que no puede reducirse a una necesidad biológica, sino que debe responder a una libre decisión.

Cuando una persona no busca al otro o a la otra como fin, sino como un medio que proporciona un placer, podría decirse —en palabras de Carmen Segura—, que entonces, en esa actitud, hacer el amor sería más bien hacerse el amor, lo cual, evidentemente, tiene más que ver con la masturbación —pues se circunscribe a la búsqueda individualista de la propia satisfacción— que con el acto sexual, pues, en definitiva, aunque se realice por medio de otro, es algo que se hace para uno mismo.

Cuando lo que se busca sobre todo es aplacar el ansia de sexo, ese placer no alcanza a satisfacer, aunque calme provisionalmente la apetencia, porque todo placer corporal desvinculado de lo espiritual acaba resultando frustrante. Y su búsqueda aislada —individual o en compañía—, cuando se convierte en hábito, llega pronto a saturar y defraudar (y todo eso aunque resulte difícil dejarlo). Continuar leyendo “Te querré… ¿mientras me apetezcas?”

¿Por qué tantas pegas a la anticoncepción?

El amor es una fuente inagotable de reflexiones:
profundas como la eternidad,
altas como el cielo
y grandiosas como el universo.

Alfred de Vigny

Paternidad responsable

—¿Por qué la Iglesia católica parece empeñada en que todo el mundo tenga “los hijos que Dios le mande”?

Esa afirmación es un tanto equívoca. La Iglesia católica habla sobre todo de “paternidad responsable”, que en absoluto significa una procreación ilimitada, ni una falta de consideración ante las dificultades que conlleva criar a los hijos. Se trata de que los padres usen de su inviolable libertad con sabiduría y responsabilidad, teniendo en cuenta su propia situación y sus legítimos deseos, a la luz de la ley moral.

La Iglesia católica no sostiene la idea de una fecundidad a toda costa. La Iglesia alaba y promueve la generosidad que supone formar una familia numerosa. Como es lógico, cuando hay serios motivos para no procrear, o para espaciar los nacimientos, esa opción es lícita. Pero permanece el deber de hacerlo con criterios y métodos que respeten la verdad total del encuentro conyugal en su dimensión unitiva y procreativa, como es sabiamente regulada por la naturaleza misma en sus ritmos biológicos. Continuar leyendo “¿Por qué tantas pegas a la anticoncepción?”

Todo sobre libro y película Código da Vinci

Todo sobre el libro y la película Dan Brown “Código da Vinci” en www.conelpapa.com

Thomas D. Williams L.C., “El Evangelio de Judas”, Zenit, 6.IV.2006

«National Geographic» ha anunciado su intención de publicar una traducción en varios idiomas de un antiguo texto llamado «El Evangelio de Judas» a finales de este mes. El manuscrito de 31 páginas, escrito en copto, hallado en Ginebra en 1983, no aparece hasta ahora traducido en las lenguas modernas. El padre Thomas D. Williams L.C., decano de la Facultad de Teología de la Universidad «Regina Apostolorum» de Roma, comenta la importancia de este descubrimiento.

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Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, Alfa y Omega, 20.V.2005

Cuando se aborda la historia de la Iglesia católica, tarde o temprano nos encontraremos con el fenómeno historiográfico que se ha dado en llamar leyenda negra. Ésta consiste en una labor de propaganda, de desinformación, que, a través de la presentación tendenciosa de los hechos históricos, bajo la apariencia de objetividad y de rigor histórico o científico, procura crear una opinión pública, bien anticlerical, bien anticatólica. Por eso se aparta de lo que podría aceptarse como una simple crítica, una denuncia honesta y rigurosa de los errores cometidos por los miembros de la Iglesia, dando en cambio una imagen voluntariamente distorsionada del pasado de la Iglesia, para convertirla en una descalificación global de una misión milenaria, tanto antes como, sobre todo, en la actualidad. Continuar leyendo “Alejandro Rodríguez de la Peña, “Leyendas negras de ayer, hoy y mañana”, Alfa y Omega, 20.V.2005″

Amy Welborn, “Descodificando a Da Vinci”, Palabra, X.2004

Los hechos reales ocultos en “El Código DaVinci”

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”. SAN JERÓNIMO Prólogo a Isaías Índice Prólogo Cómo usar este libro

Introducción
Capítulo 1.Secretos y mentiras
Capítulo 2. ¿Quién seleccionó los Evangelios?
Capítulo 3. Elección divina
Capítulo 4. ¿Reyes derrocados?
Capítulo 5. María, llamada Magdalena
Capítulo 6. ¿La era de las diosas?
Capítulo 7. ¿Dioses robados? El cristianismo y las religiones mistéricas
Capítulo 8. ¿Seguro que ha entendido correctamente a Leonardo?
Capítulo 9. El Grial, el Priorato y los Caballeros Templarios
Capítulo 10. El código católico
Epílogo: ¿Por qué importa?

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William Shea, “El caso Galileo en un contexto nuevo”, Alfa y Omega, 27.I.2005

Religión y ciencia son dos asuntos cuya capacidad de convocatoria en la opinión pública es cada vez más creciente. El conflicto que en el pasado las había confrontado parece haberse esfumado. El mismo caso Galileo, que representa el momento de mayor tensión entre ambas, se encuadra en un contexto nuevo. Hoy aparece como un acontecimiento sobre el que se ha especulado durante largo tiempo, y que debe ser juzgado con mayor objetividad. Los documentos de los Archivos Vaticanos no concuerdan con lo que la propaganda decimonónica anticlerical dice de este episodio. Lo afirma, en esta entrevista concedida al diario Avvenire, el profesor William Shea, quien, después de haber enseñado en Cambridge y en Harvard, ocupa hoy la misma cátedra de Historia de la Ciencia que ocupó Galileo, en Padua.

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Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer. Continuar leyendo “Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004″

Luis de Moya, “La visita que hice a Ramón Sampedro”, Zenit, 9.IX.2004

Entrevista con Luis de Moya, un sacerdote tetrapléjico que tuvo oportunidad de visitar a Ramón Sanpedro año y medio antes de que éste –también tetrapléjico por un accidente– se quitara la vida en 1998, una decisión que ha inspirado la película que pretende reavivar el debate sobre la eutanasia, «Mar adentro». Presentada en el Festival de Venecia, la película –dirigida por el cineasta español Alejandro Amenábar– en una secuencia ridiculiza «la intervención y las palabras de un sacerdote, también él tetrapléjico, metiéndole en los esquemas teóricos, siempre exigentes, de la moral católica, olvidando que ésta pide ser vivida con fe y amor», según constató «Radio Vaticana» el sábado pasado. En esta entrevista concedida a Zenit, Luis de Moya (Ciudad Real, 1953) recuerda el encuentro que tuvo con Ramón Sampedro y se sumerge en la cuestión de la eutanasia desde su condición de tetrapléjico a raíz de un accidente que sufrió hace más de 13 años. Médico y sacerdote, Luis de Moya se ha encargado de distintas capellanías universitarias en la Universidad de Navarra, una labor a la que sigue dedicándose con las limitaciones propias de su estado.

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Nuevo documento histórico sobre Galileo, Zenit, 21.VIII.2003

CIUDAD DEL VATICANO, 21 agosto 2003 (ZENIT.org).-

Una carta, descubierta en estos días, confirma que el Papa Urbano VIII se preocupó porque el proceso contra Galileo Galilei (1564-1642) se realizara con rapidez a causa y en el respeto de las precarias condiciones de salud del imputado.

El descubrimiento de la carta se debe al historiador Francesco Beretta, profesor de Historia del Cristianismo, en la Universidad alemana de Friburgo, que la ha encontrado en los archivos del antiguo Santo Oficio, actualmente Congregación para la Doctrina de la Fe.
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Imperialismo demográfico: ¿quién decide quiénes sobran?

Al hombre de cada siglo
le salva un grupo de hombres
que se oponen a sus gustos.

Chesterton

Oscuras profecías

Desde que Thomas Malthus se equivocara, hace ya muchos años, al pronosticar que Inglaterra jamás podría soportar una población superior a diez millones de habitantes, han sido muchos los que continúan repitiendo periódicamente sus mismas y agoreras predicciones. El argumento siempre ha sido el mismo: si la población mundial continúa creciendo, el planeta camina inexorablemente hacia su ruina.

Sin embargo, si echamos una mirada a la historia, deberíamos ser comprensivos con Malthus. Hagamos un supuesto, remontándonos veinticinco o treinta siglos.

Si a los íberos que poblaban la ribera del río Manzanares antes de la llegada de los romanos, alguien les hubiera preguntado por la población máxima que podrían admitir aquellas tierras que ellos ocupaban, es muy probable que hubieran asegurado que allí no había caza para alimentar más que a unos pocos miles de personas; y que si hubiera más, se exterminaría a los elefantes y bisontes de que se alimentaban; y no habría madera para construir sus viviendas; y los pequeños campos cultivables serían insuficientes; etc. Continuar leyendo “Imperialismo demográfico: ¿quién decide quiénes sobran?”