Ignacio Sánchez Cámara, “La Navidad traicionada”, ABC, 24.XII.04

Si, como el clásico sentenció, lo pésimo es la corrupción de lo mejor, no existe mal comparable a la corrupción de la Navidad. Y no me refiero a las más burdas transgresiones de su naturaleza, sino a las que, sólo aparentemente, son más sutiles. Podríamos elaborar un catálogo, necesariamente incompleto, de lo que no es la Navidad: merecido descanso, tiempo de familia y amistad, buenos deseos, jornadas gastronómicas, lotería, iluminación callejera, instalación de belenes, esquí, campanadas de fin de año, cabalgata de Reyes, solidaridad, cine de Capra, sonrisa de los niños, regalos, consumo, voluntad de paz, horas en la carretera, árboles incandescentes, recuerdos de infancia, reencuentro con viejos amigos… Si no hubiera más que esto, Mr. Scrooge y sus laicistas herederos tendrían razón. Nada tiene que ver la Navidad con una falsa filantropía impostada y vomitiva.

Vivimos bajo la amenaza de la ignorancia y la impostura, tiempos de Logse resucitada y laicismo frenético, la era del sucedáneo, de la necedad como errado camino hacia la felicidad. Una nueva malaventuranza se anuncia: bienaventurados los necios de corazón. Gracias a Dios, el pueblo cristiano, lo que queda de él, a pesar de los idólatras del progreso hacia atrás, quizá la mayoría de los españoles, no se deja engañar. El riesgo no se encuentra en las imposturas más burdas, sino en otras más sibilinas. El peligro no está en la angula y la serpentina, sino en la falsa piedad. No hacen daño al cristianismo quienes lo niegan o combaten sino quienes lo falsifican. Y estos suelen invocar al «verdadero» cristianismo, al «genuino» espíritu solidario de la Navidad. Y, sin embargo, se les reconoce con facilidad. Se inventan un Cristo de izquierdas, tan insólito y extravagante como el de derechas, rodeado de pecadores, no para salvarlos y buscar su enmienda, sino por gusto y complacencia. Un Cristo que oscila entre Gandhi, en el mejor de los casos, y el Che, en el peor. Un Cristo del que se borra el más leve vestigio de la trascendencia. Un Jesús que ama y perdona, y en esto tienen razón, pero al que se le niega la condición divina. En suma, un profeta más de la pancarta. La deconstrucción no se detiene ante la verdad, como tampoco ante España y la Constitución. También se proyecta sobre la Navidad. Como hay cerveza sin alcohol y café sin cafeína, tampoco falta una Navidad sin Dios, laica, progresista y solidaria.

Acaso algún día, tal vez ya sea hoy, cuando la supresión de la asignatura de Religión y la sustitución del derecho a la educación por el derecho a la ignorancia hayan consumado su trabajo, haya que recordar las viejas verdades olvidadas. Por ejemplo, que en la Navidad celebramos el nacimiento en Belén de Jesús de Nazaret, Dios encarnado para salvar a los hombres, creados a su imagen y semejanza, de la muerte y el pecado. Un misterio inaccesible para la razón, pero comprensible a través de la fe en quienes tuvieron experiencia directa de él. Él mismo proclamó quién era: no el mensajero del camino, la verdad y la vida, sino el camino, la verdad y la vida mismos. Suprimidos Dios y el sentido de la trascendencia, nada queda de la Navidad. El apóstol Pablo lo dejó bien claro: Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres. Por eso, la celebración del nacimiento de Cristo carece de sentido si dentro de unos meses no celebramos también su resurrección. Pero de esto no quieren algunos hablar, y se hacen un Cristo a su medida, por cierto exigua y mezquina, que, en el mejor de los casos, lucha contra la injusticia, pero que en ningún caso salva. No celebran sino una Navidad falsificada, deconstruida y traicionada. Y no hay nada peor que la corrupción de lo mejor.

Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Nicotina del alma”, ABC, 1.IX.04

Éste no es un artículo en favor del tabaco. En Nueva York, ya no está permitido fumar en ningún lugar público. Las copas esperan solitarias en las barras de los bares a que sus dueños regresen de inhalar humo en la calle (por cierto, doble sesión de humo). En España, ya no es lícito fumar en el Congreso de los Diputados, salvo en un lugar especial reservado a los enfermos, que disponen de tratamiento gratuito para su mal. Nada que oponer. Salvo que, quizá, en el caso neoyorquino, cabría argumentar en favor de la posibilidad de que existieran locales públicos para fumadores. Pero el más moderado liberalismo debe ceder ante el paternalismo y los costes de la Seguridad Social. Claro que, por ese camino, habría que revisar la licitud de los deportes de alto riesgo, los encierros taurinos de las fiestas populares o el tráfico automovilístico. Su coste sanitario también lo pagamos todos. Al final, la lógica intervencionista conduce al prohibicionismo. Primero se limita, con toda razón, el derecho a fumar en beneficio de los no fumadores. Luego se apela, también con razón, a la obligación de los poderes públicos de velar por la salud de los ciudadanos. Más tarde, suprema razón, se acude al coste económico. El último paso es la prohibición total.

Bien está luchar contra la adicción al tabaco. Bien está el cuidado de la salud del cuerpo. Incluso las concepciones dualistas del hombre suelen aceptar la relación íntima entre cuerpo y alma. Pero sorprende el desprecio de la salud del alma que acompaña a tan solícita atención al cuerpo. Es verdad que los males de éste son empíricos y los del alma, como etéreos y metafísicos, pero no menos reales. El cáncer de pulmón es empíricamente verificable. Los tumores anímicos sólo son perceptibles para un observador agudo. La consecuencia es que la mayoría niega su existencia. Por supuesto que atribuir a los Gobiernos el cuidado de las almas es la vía más segura hacia el totalitarismo. Pero eso no impide que la tolerancia sea compatible con la advertencia. Además, una cosa es que los Gobiernos no se conviertan en censores, y otra que contribuyan a través de los medios de comunicación pública a difundir las enfermedades del alma y de la inteligencia. La cosa dista de ser nueva. En su Ciudad de Dios, censura san Agustín la corrupción de las costumbres de Roma y escribe estas palabras que podrían ser pronunciadas ante la contemplación, cualquier día, de la televisión. Y, por supuesto, no sólo de ella. «A lo vergonzoso se da publicidad, y a lo laudable clandestinidad. El decoro es latente, y el desdoro patente. El mal que se practica reúne a todo el mundo como espectador; el bien que se predica apenas encuentra algún auditor. ¡Como si la honradez nos diera vergüenza, y el deshonor gloria!… Así ocurre que los honrados, que son una minoría, caen en la trampa, y la gran mayoría, los corrompidos, quedan sin enmienda». Verdades limpias y antiguas, y siempre nuevas.

En suma, el tabaco proscrito, y la basura intelectual y moral, alentada y fomentada. Al menos, cabría imitar el procedimiento de las cajetillas que advierten sobre sus riesgos, y aplicarlo a algunos programas y espectáculos. Así, los telediarios podrían ir precedidos de la advertencia de que su contemplación puede confundir y manipular al espectador, y, antes de los programas que todos ustedes saben y de cuyo nombre no puedo acordarme, podrían emitirse avisos sobre su alta peligrosidad para la inteligencia y la salud de los espíritus. El lema parece ser «mentes enfermas en cuerpos sanos», y el objetivo, una estúpida salud.

Ignacio Sánchez Cámara, “Cultura y mercancía”, ABC, 15.IX.04

En la polémica sobre la «excepción cultural» se mezclan principios teóricos e intereses, más o menos confesados. Acaso convenga discernir entre unos y otros. El argumento principal de los partidarios de la llamada «excepción cultural» puede resumirse así: la cultura no debe ser tratada como una mercancía y debe ser excluida de la aplicación del principio de la libre circulación de bienes. Este argumento viene apoyado por otro, complementario: los productos culturales deben ser objeto de una protección especial por parte de los Estados, ya que entrañan la expresión del alma y la identidad de los pueblos. Los dos ofrecen deficiencias y, por otra parte, es posible defender lo segundo sin adherirse necesariamente a lo primero.

Una vez más, parece que nos encontramos ante un debate nominalista: ¿es o no la cultura una mercancía? La respuesta es: depende. Omitamos, a efectos de no complicar la discusión con la introducción de la cuestión elitista, el problema de la jerarquía. No toda obra cultural lo es del mismo rango, ni expresa igualmente al espíritu. Hay obras cuyo valor no rebasa la condición de servir de entretenimiento a las masas. Obra piadosa, sin duda, pero que nada tiene que ver con el espíritu, ni universal ni local. Seamos, aunque transitoriamente, un poco injustos y hablemos de todas ellas por igual. Una obra cultural, en cuanto expresión del espíritu o del ingenio, no es, en principio, una mercancía. Aclaremos que se entiende por mercancía, según la tradición liberal y también según la marxista, todo aquello que se produce con vistas a su venta, destinado a ponerlo en el mercado. La cosa, entonces, resulta bastante clara. Un texto literario, un cuadro, una obra musical, una película, no son, de suyo, mercancías. Si su autor se limita a producirlas o a exhibirlas ante un grupo de amigos o afines, no cabe hablar de mercancía. El texto del Ulises de Joyce o la Segunda Sinfonía de Mahler u Ordet de Dreyer no son, en principio, mercancías. Son grandes creaciones del espíritu humano. Pero cuando se ponen a la venta ejemplares del libro, o se interpreta en una sala de conciertos la composición musical, o cuando se exhibe la película en salas cinematográficas comerciales, sin dejar de ser producciones del espíritu humano, se convierten en mercancías. Y ahí comienzan, al parecer, las maldiciones y los problemas. Marx habló de la existencia de un «fetichismo de la mercancía» en las sociedades capitalistas. Cabría hablar de un fetichismo de signo opuesto por parte de los herederos, sepan o no que lo son, del marxismo. En Marx, la cosa estaba bastante clara. La esencia del hombre consiste en su capacidad de transformar la naturaleza para satisfacer sus necesidades, es decir, en el trabajo. La esencia del hombre es su trabajo. Pero, en el sistema capitalista, el trabajo humano funciona como una mercancía que se compra y se vende, es decir, se cosifica. En eso consiste la alienación. La esencia humana se convierte en mercancía que se compra y se vende. Si a esto se añade la teoría de la plusvalía, que pretende que el valor que recibe el trabajador por su trabajo es inferior a su valor real, quedaría demostrado que la renta del capital es el producto de la explotación, del robo. No es extraño que quienes se adhieren al marxismo asuman una concepción negativa, peyorativa, de la mercancía. Pero no son muy coherentes con su marxismo, expreso o tácito, quienes comprenden la explotación y la reducción del trabajo humano a mercancía cuando se trata de botas o de maquinaria, pero no cuando hablamos de libros o películas. Se desliza aquí subrepticiamente un elitismo latente y no deseado que acaso olvida la dignidad inherente a todo trabajo humano. Quien produce coches produce mercancías, pero quien produce películas o canciones realiza la obra del espíritu. La mercancía es para ellos cosa mala, pero habría que recordar que para Marx lo malo consistía en reducir el trabajo a mercancía y en cosificar al hombre, arrebatándole su propia esencia. Pero abundan más los herederos, acaso no queridos, de Marx que sus atentos lectores. En suma, guste o no a los defensores de la «excepción cultural», un libro puesto a la venta, una película exhibida o una audición musical en una sala a cambio del precio de la entrada son mercancías, del más alto rango espiritual, si se quiere o, al menos, en algunos casos excepcionales, pero mercancías.

Una vez solventada la cuestión nominalista o semántica, pasemos a la económica, pues a poco más se reduce el debate. El problema no consiste entonces en determinar si la cultura es o no una mercancía, sino en decidir si las mercancías culturales merecen o no un trato discriminatorio favorable por su condición espiritual o por ser expresión de las identidades o del alma de los pueblos, o en si hay que poner trabas a la obra foránea del espíritu para defender la propia. La verdad es que todo esto tiene un tufillo reaccionario, más bien poco ilustrado. Cervantes o Velázquez honran a la cultura española, pero, si no me equivoco, no tanto por ser expresión del alma española como por albergar a la universalidad del espíritu. Casi todo, y mantengo el «casi» por pura prudencia, lo que de grande hay en la obra de la cultura es universal. Vamos, que para el espíritu es apenas relevante el lugar de nacimiento. Si el Prado habla en favor de España, lo hace por su dimensión universal. Quiero decir que, si es necesario proteger a la cultura, que no lo sé, no será por su condición de producto nacional ni por su capacidad para expresar el alma de un pueblo. El espíritu es la obra de la humanidad, no de la nacionalidad.

Admitamos, no obstante, que sea misión del Estado proteger a la industria cultural de la nación. El problema es cómo y con arreglo a qué criterios. Porque acaso acabaríamos por desarreglar aún más lo que queríamos arreglar. ¿No tenderá el Gobierno a favorecer y proteger a aquel sector del «mundo de la cultura» más afín con sus ideas e intereses, es decir, más manso y menos crítico? ¿Qué garantiza que el poder político se vaya a decantar por el valor estético y no por la rentabilidad política? ¿Qué mecanismos garantizarán que no derivará, por un camino seguro, hacia el amiguismo y el partidismo? Y si ha de proteger a todos por igual, ¿habrá recursos en los Presupuestos del Estado para financiar al artista latente que casi todo ciudadano lleva dentro de su alma? En suma, el proteccionismo tenderá inexorablemente hacia el aldeanismo, el provincianismo, el nacionalismo, cuando no hacia el sectarismo rampante. No acabo de ver cómo la decisión de la Administración pueda convertirse en criterio de calidad estética. Acaso se trate de determinar qué tipo de ayudas deba otorgar el Estado y en qué ámbitos. Por lo demás, no deja de ser paradójico el espectáculo de cierta cultura que pretende ser de masas y a la que el mercado condena al fracaso o a la condición minoritaria. Porque lo mejor suele ser minoritario, pero lo peor, a veces, también. Por eso, la condición de minoritario no puede exhibirse como criterio de calidad. En definitiva, quien tenga aversión al mercado y aborrezca las mercancías tiene un recurso muy fácil: no poner sus obras egregias en el mercado, no convertirlas en tan odiosa condición como la que ostenta toda mercancía. Pues, si el mercado se equivoca, el juicio de la posteridad es inapelable. No es fácil servir a dos señores, al espíritu y a las masas. Al final, la verdad del espíritu resplandece.

Ignacio Sánchez Cámara, “Memoria parcial (víctimas guerra civil)”, ABC, 14.IX.04

El Gobierno aprobó el pasado viernes un Real Decreto por el que se constituye una Comisión Interministerial para el estudio de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo, cuyo cometido consiste en la elaboración de un informe que servirá para articular un anteproyecto de ley mediante el que se «rehabilitará moral y jurídicamente a los afectados». El anuncio previo se ha consumado, de manera que en este caso no se trataba, como en tantos otros, de una propuesta con fecha de caducidad, con freno y marcha atrás. Ninguna rehabilitación moral compete a los Gobiernos; sólo la jurídica. Sorprende, en primer lugar, la mera propuesta, pues entraña, de hecho, la pretensión de que esta rehabilitación no se ha producido desde el comienzo de la transición, ni siquiera durante la larga etapa del socialismo en el Gobierno. Acaso se trate de una autoinculpación, de una rectificación tardía. Por mi parte, sólo alcanzo a percibir una eventual justificación a la medida. Sólo estaría justificada si se tratara de conceder a las víctimas de un lado la equiparación de derechos con las del otro. Pero dudo de que esta equiparación no se haya producido. Por lo tanto, parece que se trata de algo más, de rehabilitar a unos y condenar expresa o tácitamente a los otros. Si así fuera, la decisión del Gobierno sería injusta y equivocada.

Todo parece sugerir que estamos ante una nueva revisión histórica que aspira a que la razón estaba de un lado y, por lo tanto, la sinrazón del otro. El espíritu de concordia que presidió la transición y la aprobación de la actual Constitución se pondría así en entredicho. Una cosa es igualar en derechos a las víctimas, y otra rendir homenaje y rehabilitar moralmente de modo parcial, selectivo y maniqueo. Todas las víctimas merecen el mismo trato. En ambos bandos hubo crímenes, heroísmo, defensa de las convicciones y también casualidades. Muchos combatieron en el lugar que les tocó. Por lo que a mí respecta, no me siento inclinado a elevar una contabilidad de crímenes y defunciones. Cuentan que estando Ortega y Gasset en París, huido del horror del Madrid republicano, un partidario de Franco le comentó que los republicanos mataban más. A lo que el pensador, al parecer, replicó que mala cosa es cuando hay que contar los muertos. Aunque algunos o muchos hubieran cometido errores o crímenes, todos merecen acogerse a la petición de Azaña: paz, piedad y perdón. Pero la rehabilitación moral de unos huele a condenación tácita de los otros. Y eso no se compadece con la justicia. El homenaje y la rehabilitación, de ser necesarios, deberían acoger a todas las víctimas.

Acaso estemos ante una muestra de parcialidad sesgada y de radicalismo. La Guerra Civil española, como todas, entraña uno de los peores males que pueden afectar a los pueblos: la pérdida de la concordia y la lucha entre conciudadanos. La reconciliación sólo es posible si cada parte omite la razón que tiene, que muchas veces no es sino la razón perdida de los otros, para acogerse a la concordia. Mas no faltan, por desgracia, quienes aspiran a erigirse en vencedores morales tardíos. Y no cabe olvidar que si la victoria con las armas no entraña la razón del vencedor, tampoco significa que la razón corresponda al derrotado por el solo hecho de serlo. Todo lo que no sea igualación de las víctimas, de todas ellas, puede ser imputado al resentimiento, acaso explicable, pero no a la obra de la concordia. La democracia no combatió en ningún bando o, si acaso, lo hizo parcialmente en ambos.

Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.04

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido.

LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica.

LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

Ignacio Sánchez Cámara, “Cristianismo y Europa”, ABC, 5.VI.04

Una visita a la maravillosa Exposición «Las Edades del Hombre», en la catedral de Ávila, y el recuerdo de un momento del reciente debate entre Mayor Oreja y Borrell, me incitan a dar otra vuelta al asunto de las raíces cristianas de Europa. El candidato socialista rechazó la conveniencia de la inclusión de una referencia al cristianismo en la Constitución europea, afirmando que ni siquiera se mencionaba en la española. Por una parte, sí se incluye una referencia a la Iglesia católica, si bien en el contexto de la defensa de la libertad religiosa y de la aconfesionalidad del Estado. Por otra, la analogía no sirve, ya que la Carta Magna española no contiene un comentario sobre las raíces culturales de España. No creo que deba encomendársele al Estado la asunción y defensa de ningún sistema de valores. Basta con que no haga imposible su existencia. Pero si se trata de exponer las raíces culturales de Europa, la cosa no ofrece dudas. O se omite toda referencia o hay que incluir, y en primer lugar, al cristianismo. No es una cuestión de opinión, sino de hecho. Puede gustar o no, complacer o irritar, pero, lo diga o no el Preámbulo de la Constitución, la realidad es como es. No consiste la misión de los textos legales en interpretar la historia o en resolver controversias teóricas, sino en organizar la convivencia. Podría extinguirse la civilización europea, podría incluso suicidarse, mas, mientras exista, sus raíces son cristianas.

Y no se trata sólo de una cuestión cultural o sociológica. En la expresión «arte cristiano», el adjetivo es sustantivo. Me explico. No se trata de que el artista elabore su obra a partir de cualquier material preexistente. Así, que tanto da que se inspire en una naturaleza muerta como en la Crucifixión. La sustancia del arte religioso no es puramente estética sino religiosa. Suprimida la fe, queda amputado lo esencial del arte religioso. Queda éste reducido a pura forma. Y el arte es fusión de materia y forma. Naturalmente que sin información acerca del cristianismo es imposible entender el arte y la cultura europeos. Pero no se trata sólo de eso. Es que no se entiende la profundidad de Bach o del gregoriano, de Fra Angelico o de Berruguete sino desde la fe. Lo cristiano no es entonces el pretexto del arte, uno más, sino su esencia y finalidad. Por eso no basta con garantizar la enseñanza de la historia de las religiones como productos culturales, sino también el ejercicio del derecho a ser educados en la fe que, al menos, cimentó nuestra civilización. Y que lo seguirá haciendo mientras no terminen de irrumpir y dominar los bárbaros. Nada de esto significa que la mención del cristianismo o la enseñanza de la Religión cristiana entrañen la confesionalidad de la Unión Europea y de sus Estados. Se trata sólo de entender nuestra propia realidad espiritual. Y ¿qué pasa con los errores de la Iglesia? Nadie, que yo sepa, pretende renunciar a la herencia jurídica romana por sus errores y aberraciones, ni a la herencia ilustrada y democrática por el terror y la guillotina. No veo que haya que alterar la actitud en el caso del cristianismo. Por lo demás, muchos son culturalmente cristianos, como el burgués hablaba en prosa, sin saberlo.

IGNORAN que la mayoría de los principios a los que se adhieren no existirían de no haberles precedido el cristianismo. La democracia y el socialismo son, en cierto sentido, ideas cristianas que han olvidado o traicionado sus orígenes. Así, no es extraño que haya tantos «progresistas» que defienden ideas y principios incompatibles con sus convicciones, y que, en el caso de que se impusieran, terminarían por destruirlas.