Joseph Ratzinger, “El cristianismo ¿es una religión europea?”, El Corriere della Sera, 3.VII.03

En el debate sobre la historia de la misión cristiana se ha convertido en habitual decir que, con la misión, Europa (Occidente) ha tratado de imponer al mundo su religión. Se ha tratado –se dice– de colonialismo religioso, una parte del más amplio sistema colonial. La renuncia al eurocentrismo tendría por tanto que incluir también la renuncia a la misión. En relación con esta tesis hay algunas cosas que criticar, empezando por el plano histórico. El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en el punto geográfico donde se encuentran los tres continentes, asiático, africano y europeo. Un contacto que nunca ha sido solo geográfico, sino de las corrientes espirituales de los tres continentes. Por esta razón, la “interculturalidad” pertenece a la forma originaria del cristianismo. Además, en los primeros siglos, la misión se extendió tanto hacia Oriente como hacia Occidente. El punto focal del cristianismo se encontraba en Asia Menor, en el Oriente Próximo, pero pronto se dirigió también hacia la India; la misión nestoriana llegó hasta China, y numéricamente, el cristianismo asiático equivalía, poco más o menos, al europeo. Solo la difusión del islam ha sustraído al cristianismo del Oriente Próximo gran parte de su fuerza vital, y al mismo tiempo, dejó fuera de los centros de Siria, Palestina y Asia Menor a las comunidades cristianas de India y de Asia, y de este modo ha provocado su desaparición.

En cualquier caso, desde entonces en adelante el cristianismo se convirtió en una religión europea. Sí y no, habría que responder. La herencia del origen, que no había germinado en Europa, seguía siendo la raíz vital de todo, y seguía así siendo también, siempre, criterio y crítica de lo que es puramente europeo. Además, con “europeo” no se indica en realidad un bloque monolítico. Desde el punto de vista cronológico y cultural, se indica una realidad extremadamente estratificada. Se encuentra en primer lugar el proceso de “inculturación” en el mundo griego y romano, al que sigue la “inculturación” entre las distintas poblaciones germánicas, entre las eslavas y neolatinas.

Todas estas culturas, desde la antigüedad a la Edad Media, hasta la época moderna y contemporánea, han recorrido amplios espacios en los que el cristianismo ha tenido siempre que volver a nacer, no subsistía en sí mismo por así decir. Es importante centrar la atención sobre este punto con la ayuda de algunos ejemplos. Para los griegos, el cristianismo, como decía Pablo, era “una estupidez”, es decir, barbarie respecto a la altura de su cultura. El espíritu griego proporcionó a la fe cristiana estructuras esenciales de pensamiento y de razonamiento, pero no sin obstáculos: la comprensión cristiana de las cosas tuvo que sustraerse al espíritu griego empeñándose en ásperos debates que acogieron la herencia griega, pero al mismo tiempo la transformaron profundamente. Fue un proceso de muerte y resurrección.

Es cierto, existe el “Plato christianus”, pero siempre ha existido el “Plato antichristianus”: el platonismo de Plotino hasta sus configuraciones más tardías, opuso la más vehemente resistencia al cristianismo, ha querido constituir el polo opuesto. En el ámbito latino vemos algo similar. Basta recordar la historia de la conversión de Agustín. La lectura del libro de Cicerón Hortensius hizo nacer en él la nostalgia por la belleza eterna, por el encuentro y el contacto con Dios. Por la educación recibida, le resultaba evidente que la respuesta a esta nostalgia, que la filosofía había despertado, podría encontrarse en el cristianismo. Por lo tanto, pasa del Hortensius a la Biblia y vive la experiencia de un shock cultural. Cicerón y la Biblia –dos mundos– chocan entre sí, dos culturas colisionan. ¡Entonces, la respuesta no es esta!, debió de decirse Agustín. La Biblia le parecía como pura barbarie, que no estaba a la altura de las exigencias espirituales que la filosofía romana le había transmitido. Este shock cultural de Agustín puede ser sintomático de la novedad y alteridad del cristianismo, que verdaderamente no provenía del espíritu latino, aunque también en él había una espera de Cristo. Para poder convertirse en cristiano, Agustín –y el mundo greco-romano– tuvo que realizar un éxodo, mediante el cual obtuvo como don aquello que había perdido. El éxodo, la fractura cultural, con su “morir para renacer”, es un rasgo fundamental del cristianismo.

Joseph Ratzinger, “Si Europa pierde la familia, perderá su identidad”, Zenit, 16.V.04

Discurso en una ceremonia organizada por el Senado italiano Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Si Europa pierde la familia, perderá su identidad”, Zenit, 16.V.04″

Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, Madrid, 16.II.2000

Reflexiones a propósito de la encíclica “Fides et ratio”.

Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, Madrid, 16.II.2000″

Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.00

Debate entre Joseph Ratzinger y Flores d”Arcais. Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.00″

Joseph Ratzinger, “Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra”, París, 6.IV.01

Para el cardenal Joseph Ratzinger el infierno es en realidad la ausencia de Dios, como lo demuestran los acontecimientos del siglo XX y hechos a los que aluden palabras tan terribles como Auschwitz, archipiélago Gulag o nombres como Hitler, Stalin o Pol Pot. El prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe expuso esta reflexión al pronunciar la última intervención de Cuaresma en la catedral de Notre-Dame de París por invitación del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de esa ciudad. El texto ha sido publicado por el diario católico «La Croix». Para Ratzinger la definición del infierno es precisamente vivir en la ausencia de Dios. El cardenal alemán aseguró que basta dar una ojeada al siglo pasado para percatarse: «Estos infiernos fueron fabricados –dijo el cardenal– para preparar un mundo futuro de hombres que se bastaran a sí mismos, convencidos de no tener ya necesidad de Dios». «Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios», añadió. Lo más paradójico, continuó constatando, es que esta exclusión de Dios se hace de manera sutil, casi siempre afirmando que se quiere el bien de los hombres. «Cuando hoy se hace comercio de órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de reserva o para hacer progresar la investigación y la medicina preventiva, muchos consideran como implícito el contenido humano de estas prácticas, pero el desprecio del hombre que está debajo –cuando se usa y se abusa del hombre– conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos». El cardenal subrayó que la respuesta de los cristianos a estas situación, en los albores del tercer milenio, «es al mismo tiempo sencilla e inmensa: testimoniar a Dios, abrir ventanas de par en par y cuidar así que su luz pueda brillar entre nosotros, de manera que podamos dejar espacio a su presencia. Demos la vuelta a las cosas: donde está Dios, está el cielo; a pesar del precio de las miserias de nuestra existencia, la vida se ilumina». Zenit, ZS01041002

Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.00

Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.00.

Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.00″

Joseph Ratzinger, “Testigos de la luz de Dios”, La Razón, 23.IV.01

He leído recientemente las afirmaciones de un intelectual alemán que en relación con la «cuestión de Dios» se profesaba agnóstico, a la vez que añadía que no se puede ni probar ni excluir totalmente la existencia de Dios, de modo que el problema siempre queda abierto. Sin embargo, se declaraba firmemente convencido de la existencia del infierno: le bastaba encender la televisión para constatarlo sin sombra de duda.

Si la primera parte de esta afirmación corresponde de lleno al sentir moderno, la segunda parece extravagante, al menos en un primer examen. ¿Cómo es posible creer en el infierno si Dios no existe? Sin embargo, si las consideramos con un poco más de atención, esas palabras encarnan una lógica. El infierno –tal es su definición– es vivir en la ausencia de Dios. Donde no está Dios, allí está el infierno. Seguramente la prueba no nos la da tanto el espectáculo diario de la televisión, cuanto la mirada al siglo que hemos concluido y que nos ha dejado palabras como «Auschwitz» o «Archipiélago Gulag», y nombres como Hitler, Stalin, Pol Pot. Estos infiernos fueron construidos para preparar un mundo futuro de hombres autosuficientes que no tenían necesidad alguna de Dios. Donde Dios no está, surge el infierno, y el infierno persiste, simplemente, a través de la ausencia de Dios. Se puede llegar a este extremo incluso a través de formas sutiles, que casi siempre afirman que lo que se busca es el bien de los hombres. Hoy, cuando se comercia con órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de repuesto o para progresar en la investigación y en la prevención médicas, muchos consideran implícito el carácter humano de estas prácticas. Pero el desprecio por el hombre que supone el cómo se usa y abusa del ser humano, conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos. Esto no quiere decir que no pueda haber o que no haya ateos con un gran sentido ético. De todos modos, me atrevo a afirmar que dicha ética se basa en aquella luz emanada un día desde el Monte Sinaí, y que sigue brillando: la luz de Dios. Nietzsche tenía razón al subrayar que cuando la noticia de la muerte de Dios fuera conocida por todo el mundo, que cuando su luz se hubiera apagado definitivamente, que ese momento, tendría que ser terrorífico.

El cristianismo no es una filosofía complicada y envejecida con el pasar del tiempo; no es un amasijo inmenso de dogmas y preceptos; la fe cristiana consiste en ser tocados por Dios y ser sus testigos. Entonces podemos decir: la Iglesia existe para que Dios, el Dios viviente, sea anunciado para que el hombre pueda aprender a vivir con Dios, bajo su mirada y en comunicación con él. La Iglesia existe para evitar el avance del infierno sobre la tierra y para hacer que ésta sea más habitable a la luz de Dios. Gracias a Él y solamente gracias a Él, la tierra será humana. Aunque sólo fuera por este motivo, la Iglesia debe seguir existiendo, porque un posible venir a menos arrastraría a la Humanidad al torbellino de las tinieblas, de la oscuridad, incluso a la destrucción de lo que le hace hombre. Por eso la Iglesia debe medirse consigo misma y también con la manera en que se viven en ella la presencia de Dios, el conocimiento y la aceptación de su voluntad. Cuantas más vueltas dé la Iglesia sobre sí misma y no tenga ojos más que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no vive en ella el primado de Dios, no puede vivir ni dar fruto.

Una serie de valores ha tomado hoy el puesto del desaparecido concepto de Dios y es, al mismo tiempo, la fórmula unificadora que, por encima de todas las diferencias, podría, por un lado, conducir a una cohesión universal de los hombres de buena voluntad (¿alguien se opone?) y, por otro, llevarnos a un mundo realmente mejor. Parece seductor. En ese momento, ¿Dios habría llegado a ser algo superfluo? ¿Pueden suplantarlo estos valores? Pero, ¿cómo hacemos para saber lo que es útil para conseguir la paz? ¿De dónde tomamos la medida de la justicia y la distinción entre el bien y el mal? Y, por último, ¿cómo discernimos el momento en el que la técnica responde a las exigencias de la creación de aquel en que la está destruyendo? Quien se aferra a estos valores no puede ignorar que en seguida se convierten en el teatro de las ideologías y que no resisten la ausencia de unos criterios coherentes y repuestos de la realidad misma de la creación y del hombre. Los valores no pueden sustituir la verdad, no pueden remplazar a Dios, de quien no son más que una pálida figura, y sin cuya luz no están bien definidos. Regresamos al inicio: sin Dios, el mundo no se puede iluminar. La Iglesia sirve al mundo haciendo que Dios viva en ella, siendo transparente para Él, estando lista para llevarlo a la humanidad. Llegamos así a un problema de orden práctico: ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo podemos reconocer a Dios y llevarlo a los demás? La misión que yo veo más urgente para la Iglesia en nuestro siglo es la de luchar por una nueva presencia de la inteligencia de la fe. La fe tiene necesidad del amplio espacio de la razón, tiene necesidad de apertura, de confesar a Dios creador. Sin tal profesión de fe, la misma cristología se volvería árida, y sólo hablaría de Dios de una manera indirecta, refiriéndose a una experiencia religiosa particular y a la fuerza limitada. Una experiencia más entre otras.

Una gran tarea de la Iglesia es reclamar la razón. Cuando la fe y la razón se dividen, sufren ambas. La razón pierde sus criterios, se hace cruel puesto que ya no tiene nada por encima de ella. Entonces, el intelecto limitado del hombre decide por sí solo cómo continuar la creación, decide por sí solo quien tiene el derecho de vivir y quien debe quedar excluido de la mesa de la vida: llegados a este punto se abre el camino del infierno. Pero la fe también puede enfermarse sin una ayuda de la razón. No es casualidad que en el Apocalipsis se presente la religión enferma que ha roto con la grandeza de la fe en la creación, como el verdadero poder del Anticristo.