Juan Manuel de Prada, “Misioneros”, ABC, 26.III.01

A mi colegio de monjas de la congregación del Amor de Dios iba, de vez en cuando, a visitarnos alguna misionera recién llegada de Nigeria o Mozambique. Eran mujeres que habían entregado su juventud a Dios y que, después de profesar, habían solicitado voluntariamente un traslado a aquellas regiones fustigadas por el hambre y la pólvora y las epidemias más feroces, para inmolarse en una tarea callada. Eran mujeres enjutas, prematuramente encanecidas, calcinadas por un sol impío que había agostado los últimos vestigios de su belleza, y sin embargo risueñas, como alumbradas por unas convicciones indómitas. Habían renunciado a las ventajas de una vida regalada, habían renunciado al regazo protector de la familia y la congregación para agotarse en una labor tan numerosa como las arenas del desierto. Entregaban su vida fértil en la salvación de otras vidas con un denuedo que parecía incongruente con la fragilidad de sus cuerpecillos entecos, reducidos casi a la osamenta. Con cuatro duros y toneladas de entusiasmo, habían puesto en marcha comedores y hospitales y escuelas, habían repartido medicinas y viandas y consuelo espiritual, habían enseñado a los indígenas a labrar la tierra y a cocer el pan. También habían velado la agonía de muchos niños famélicos, habían apaciguado el dolor de muchos leprosos besando sus llagas, habían sentido la amenaza de un fusil encañonando su frente. ¿De dónde sacaban fuerzas para tanto? «Un día descubrí que Dios no era invisible –recuerdo que me contestó una de aquellas misioneras–. Su rostro asomaba en el rostro de cada hombre que sufre». Este descubrimiento las había obligado a rectificar su destino: «Si no atendía esa llamada, no merecía la pena seguir viviendo». Y así se fueron al África o a cualquier otro arrabal del atlas, con el petate mínimo e inabarcable de sus esperanzas, dispuestas a contemplar el rostro multiforme de Dios. A veces tardaban años en volver, tantos que, cuando lo hacían, sus rasgos resultaban irreconocibles incluso para sus familiares; luego, tras una breve visita, regresaban a la misión, para seguir repartiendo el viático de su sonrisa, la eucaristía de sus desvelos. Y así, en un ejercicio de caridad insomne, iban extenuando sus últimas reservas físicas, hasta que la muerte las sorprendía ligeras de equipaje, para llevarse tan sólo su envoltura carnal, porque su alma acérrima y abnegada se quedaba para siempre entre aquellos a quienes habían entregado su coraje. Algunas, antes de dimitir voluntariamente de la vida, eran despedazadas por las epidemias que trataban de sofocar, o fusiladas por una partida de guerrilleros incontrolados.

Si los periódicos dedicasen la misma atención a la epopeya anónima y cotidiana de los misioneros que a este escándalo tan sórdido de abusos y violaciones y embarazos y abortos, no quedaría papel en el mundo. Repartidos por los parajes más agrestes u hostiles del mapa, una legión de hombres y mujeres de apariencia humanísima y espíritu sobrehumano contemplan cada día el rostro de Dios en los rostros acribillados de moscas de los moribundos, en los rostros tumefactos de los enfermos, en los rostros llagados de los hambrientos, en los rostros casi transparentes de quienes viven sin fe ni esperanza. Son hombres y mujeres como aquellas monjas que iban a visitarme a mi colegio, enjutos y prematuramente encanecidos, en cuyos cuerpecillos entecos anida una fuerza sobrenatural, un incendio de benditas pasiones que mantiene la temperatura del universo. Un día descubrieron que Dios no era invisible, que su rostro se copia y multiplica en el rostro de sus criaturas dolientes, y decidieron sacrificar su vida en la salvación de otras vidas, decidieron ofrendar su vocación en los altares de la humanidad desahuciada. Que nos cuenten su epopeya silenciosa y cotidiana, que divulguen su peripecia incalculablemente hermosa, a ver si hay papel suficiente en el mundo.

Juan Manuel de Prada, “Elogio de la lentitud”, ABC, 27.VII.02

Resulta cada vez más frecuente y extendido ese juicio turulato que descalifica una novela porque «no engancha», o una película porque adolece de lentitud. Hasta hace unos pocos años, estos juicios mentecatos sólo circulaban entre el público más plebeyo y adocenado, que se asoma a un libro o se mete en una sala oscura deseoso de que le entretengan la estulticia con atracciones de barraca, trepidaciones de pacotilla y pirotecnias de relumbrón. Pero el mercado, esa gangrena que todo lo devora, ha infectado también a quienes antaño distinguían entre arte y entretenimiento a granel; y así, cada vez resulta más asiduo que se juzgue una creación artística con estos criterios lacayos, incluso desde tribunas y púlpitos de prestigio. Con oprobiosa desfachatez, se desacreditan aquellas creaciones que no halagan las demandas más rudimentarias del lector de folletines, o del espectador acostumbrado a las pachanguitas estrepitosas. Quizá lo más triste del asunto es que, en un afán por ampliar la demanda de «productos culturales» (que así es como designan los apóstoles del mercado a los libros y a las películas), se rebaja el nivel de exigencia creativa; y el gusto plebeyo de la masa se convierte en veredicto tiránico de calidad.

Ninguno de los libros que han cambiado mi vida me han «enganchado». Eso del enganche es una majadería que quizá consuele a una bestia pasiva que busque en el libro un anzuelo que tire de su aburrimiento. Ni San Agustín, ni Dante, ni Goethe, ni Henry James, ni Marcel Proust enganchan; la misión de un libro no es la misma que la de un caballo tirando de una carreta. Los libros que han enaltecido la naturaleza humana sumergen al lector en océanos de incertidumbre, lo exponen a dificultades desgarradoras, retan su inteligencia, invocan su esfuerzo cognitivo, lo someten a una búsqueda laberíntica, lo conducen hasta territorios donde se dirime la verdad, lo inquieren exigentemente, reclaman el concurso de todas las potencias de su alma. Y el lector sale de estos libros adelgazado y transparente, bendecido por una epifanía, porque el viaje, sembrado de escollos y tormentas, lo ha transformado en un hombre nuevo. Los libros que «enganchan» son alfalfa para el ganado; porque la obra de arte verdadera no nos arrastra indolentemente, más bien tira de nosotros en direcciones opuestas, para hacernos sangrar y escindirnos.

Algo semejante podría predicarse de las películas. El público petardo asigna al cine que no le satisface el epíteto de lento. No entienden que la velocidad no es una virtud artística; confunden el arte con el motor de explosión. Quizá no haya existido un director más refractario al frenesí que Dreyer; pero cuando nos asomamos a sus creaciones inmortales, cuando nos anegamos de su cadencia (que no es lenta ni rápida, es la propia respiración que exige su búsqueda por pasadizos espirituales), sentimos que nos ha crecido un tercer pulmón en el pecho, sentimos que hemos asistido a una verdadera revelación. Y el camino hacia la revelación nunca es expedito ni asfaltado, sino, por el contrario, intrincado y cuesta arriba. ¡Y cuánta luz hay al final de la atalaya! Dreyer, según esa acuñación contemporánea digna de marujas y zascandiles, es lento; Eric Rohmer es lento; y también Pasolini, y Kurosawa, y Tarkovsky, y Ermanno Olmi, y Bergman, y Mizoguchi. Y si se paran a pensarlo, hasta John Ford es lento; y David Lean es lento, y Sergio Leone es lento, y todos son geniales en su bendita lentitud.

Acabo de leer que a José Luis Garci le han tachado de «lenta» una de sus películas, como excusa para excluirla del archisabido reparto de prebendas. No se me ocurre una más alta distinción, un elogio más honroso. Qué suerte tiene Garci por ingresar en esa selecta cofradía de artistas «lentos» que no «enganchan».

Juan Manuel de Prada, “El Papa está viejo”, ABC, 14.VI.99

De unos años acá, se ha desatado un debate mediático (si el oxímoron es tolerable) sobre la salud del Papa Wojtyla. Aprovechando cada una de sus comparecencias públicas, nos obsequian con primerísimos planos de su rostro golpeado por el cansancio, de sus manos agitadas por el parkinson, de sus andares torpes y vacilantes. Se han filmado, con intachable obscenidad, sus desvanecimientos súbitos, sus incursiones en la somnolencia, sus dificultades para articular un discurso en voz recia y elocuente. Las cámaras pertrechadas de «zoom» y teleobjetivo se han dedicado a explorar con tesón topográfico el mapa pobladísimo de sus arrugas, la palidez exhausta que a veces asoma a su rostro, el vitíligo que infama su piel, el brillo herido de su mirada. En toda esa avalancha de imágenes uno no descubre sino pornografía y vileza, casi tanta como en las observaciones malévolas o jocosas que algunos exegetas de esas mismas imágenes deslizan, regodeándose en la endeble salud del Papa, en su ancianidad esquilmada y casi moribunda. Parece que, por debajo de toda esta avilantez chusca, se estuviese insinuando: ¿qué signos de vitalismo podemos esperar de una institución que confía su jefatura a un viejo chocho? Cada uno de sus viajes pastorales, se convierte en una excusa renovada para que esta legión de carroñeros lancen sus pullitas; el último tropezón del Papa en Polonia, saldado con una brecha que condecora su cráneo, ha desatado un nuevo cafarnaum de comentarios chistosos o mostrencos. Prescindiendo de adhesiones religiosas, quisiera hoy mostrar mi admiración por ese viejo que agota sus días en el cumplimiento de la misión que le ha sido asignada. Como el soldado que siente una y otra vez el beso cruento de la espada pero se niega a abandonar el campo de batalla, Wojtyla merece el aplauso y la reverencia que se profesa a los héroes, esa especie en peligro de extinción. Que, en pleno desprestigio de la vejez (una edad que la agresividad analfabeta de nuestras sociedades ha desterrado a un arrabal de piadosa desidia), un hombre decida exponer al escrutinio público las heridas minuciosas que los años le han ido dejando y se levante cada mañana, sobreponiéndose al reúma y a las cicatrices del alma y de la carne, para seguir pronunciando su verdad refractaria a las modas, me parece un espectáculo de incalculable belleza. Esa vejez fecunda que se inmola ante las multitudes constituye uno de los emblemas más esperanzadores de una civilización que ya agoniza. Quizá no creamos en el evangelio que propaga, ni en la jerarquía que lidera, ni en la raíz divina de su mandato, pero la valentía de un viejo que carga con la cruz de una existencia extenuadora, para seguir ejercitando su vocación, no puede ser despachada con una sonrisita sarcástica. Hay demasiada abnegación en su gesto, hay demasiado heroísmo en su figura desvencijada, hay demasiado entusiasmo en la actitud de un viejo que prefiere el polvo y los abrojos del camino a la molicie de su palacio vaticano.

Los griegos, que fueron los progenitores de nuestra cultura, cantaron la cólera de Aquiles, pero también la elocuencia de Néstor. Sin los discursos de Néstor, no hubiese sido posible la conquista de Troya, porque las palabras de aquel anciano inclinado sobre su bastón supieron templar las pasiones que agitaban los pechos aqueos. Hoy, cuando tantos politicastros y titiriteros de la demagogia se esfuerzan por preservar un aire juvenil, temerosos de que los sondeos de popularidad anuncien su declive, se agiganta la figura de Wojtyla, ese viejo fatigador del atlas. No se me ocurre imagen más enaltecedora y vitalista que la de un anciano queriendo morir con las sandalias puestas y los labios bautizados de palabras.

Juan Manuel de Prada, “A vueltas con el crucifijo”, ABC, 21.IX.02

Recuerdo que, hace algunos años, un grupo de diputados españoles, amparándose en confusas razones ideológicas, exigió que se retiraran los crucifijos de las escuelas, y hasta amenazó con interponer recurso ante el Tribunal Constitucional, si el Gobierno se negaba a acatar su solicitud. Ahora, para demostrar que los extremos se tocan, la Liga Norte italiana propone que se exija por ley la presencia de crucifijos en todas las aulas escolares, así como en estaciones de ferrocarril y aeropuertos; con esta imposición, el partido de Umberto Bossi pretende responder a la «insolencia» mostrada por los musulmanes. De este modo, la Cruz vuelve a ser enarbolada como garrote de infieles, como instrumento de hostilidad y exclusión; como si la Historia no nos hubiese enseñado cuáles son las consecuencias de las guerras de religión. Para quienes hemos elegido la Cruz como asidero de nuestras zozobras descubrimos en la propuesta de Umberto Bossi, además, una índole sacrílega. Pues la Cruz es una invitación a la concordia, un signo redentor que abraza el sufrimiento de los hombres; cuando esa vocación primigenia de la Cruz se tuerce, o es suplantada por una coartada belicosa, Dios vuelve a ser crucificado.

Allá en mi ciudad levítica, llegué a aprender de memoria un poema de mi paisano León Felipe, que desde entonces guardo en mi devocionario particular. Rezaba así: «Más sencilla, más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se vean desnudos / los maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno / que distraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. / Más sencilla, más sencilla; / haz una cruz sencilla, carpintero». No creo que sea posible compendiar con palabras más elementales y austeras el significado de la Cruz y su doble vocación humana y divina. Los brazos en abrazo hacia la tierra, esto es, vueltos hacia la humanidad que sufre, en actitud hospitalaria y confortante; el astil disparándose a los cielos, con esa sed de misterio que empuja al hombre a vislumbrar la presencia de Dios entre las tinieblas de la desesperación. León Felipe no era, desde luego, el prototipo del poeta beatorro y meapilas. Pero entendió que en esos dos maderos cruzados quedaban registrados, en una síntesis escueta, los dos anhelos más enaltecedores del hombre, el «equilibrio de los dos mandamientos». Podría haber escrito un poema en que la Cruz representara los episodios de fanatismo y barbarie que los cristianos hemos protagonizado, a lo largo de los siglos; pero prefirió recuperar su mensaje prístino, celebrando la grandeza de aquel hombre entreverado de Dios que murió defendiendo sus palabras -sencillas como la misma Cruz- frente a la ira de los fanáticos.

Los episodios del Evangelio que más nos conmueven son aquellos en los que Jesucristo infringe el código de exclusiones imperante en la sociedad de su tiempo. Cuando, sentado al pie de la fuente de Jacob, le suplica a una samaritana que le dé un poco de agua, Jesús nos anticipa la universalidad de su misión, que alcanza su apoteosis trágica en el Calvario. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí? -le pregunta, perpleja, la mujer samaritana, que se apresta a llenar de agua su cántaro-. Porque judíos y samaritanos se aborrecen». Los samaritanos, que se negaban a adorar a Yavé en el templo de Jerusalén, eran unos apestados sociales. No puedo imaginar, sin embargo, a Jesús imponiéndoles por decreto la veneración de un símbolo que nos recuerda el barro del que procedemos, la luz a la que aspiramos y, en definitiva, toda nuestra genealogía de culpa y redención. Convertir ese símbolo en un cachivache de uso obligatorio quizá sea la forma más obscena de negar su vigencia; sería como volver a matar al hombre entreverado de Dios que lo enalteció con su sangre.

Juan Manuel de Prada, “Socialismo cristiano”, ABC, 23.IX.02

«Esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo.» Son palabras escritas por José Luis Rodríguez Zapatero, en el prólogo al libro «Tender puentes: PSOE y mundo cristiano», de Ramón Jaúregui y Carlos García de Andoin. Resulta chocante que justo ahora cuando muchos políticos ocultan vergonzantemente su filiación cristiana, el líder socialista avale este acercamiento a lo que podríamos denominar «el hecho religioso». Habrá quienes olfateen en esta propuesta una artimaña para obtener réditos electorales; pero para explicarla podríamos citar a aquel conspicuo historiador que definía el socialismo como «una herejía del cristianismo». Y es que basta leer los «Hechos de los Apóstoles» para descubrir que las primitivas comunidades cristianas regían su convivencia mediante reglas que prefiguran la utopía socialista, aunque su acicate fuese distinto. Cuando Jesucristo aconseja al joven acaudalado que deseaba incorporarse al séquito de sus discípulos que se despoje de sus bienes, está dictándole la más severa y primordial lección de socialismo. Y aquel hermoso pasaje evangélico que funde el amor a Dios con el amor a sus criaturas («porque tuve hambre y me disteis de comer…») ratifica que la vocación cristiana es, ante todo, un anhelo de entrega al prójimo.

Sin embargo, el socialismo siempre ha mirado con desconfianza cuando no con acérrima belicosidad, el mensaje cristiano, seguramente porque incorpora un consuelo de ultratumba como resarcimiento de las penurias soportadas en vida. Cuando Marx define la religión como «el opio del pueblo», en sintagma tan cerril como divulgado, se está rebelando contra ese consuelo que parece infundir al cristiano una especie de mansa resignación ante las injusticias terrenales, en espera de que el Reino de los Cielos quede por fin instaurado. Pero esa lectura torcida del Evangelio (que quizá la Iglesia haya favorecido, en algunas de sus épocas más complacientes con el poder secular) es refutada por el mensaje de Jesús, quien, en efecto, prometió el Reino de los Cielos a los perseguidos, pero también empeñó su esfuerzo por anticiparles esa buenaventura en vida. Cuando Jesús evita la lapidación de la mujer adúltera, cuando se deja frotar con ungüentos por María Magdalena, cuando elige a sus discípulos entre quienes se dedicaban a los oficios más plebeyos o infamantes, está abogando por la redención terrenal del hombre. Digamos, en lenguaje actual, que les está restituyendo la dignidad que el sistema les había arrebatado. Y ese impulso originario de Jesús ha caracterizado los episodios más enaltecedores del cristianismo: desde aquellas comunidades primitivas, en las que convivían nobles y esclavos manumitidos, hasta los esfuerzos actuales, en los que tantos religiosos y laicos entregan el pellejo por salvar hombres de la enfermedad y la miseria y el analfabetismo, el mensaje de Jesús se erige en la más formidable máquina engendradora de justicia que vieron los siglos.

El socialismo, si quiere desprenderse de su caparazón de rancios prejuicios, tendría que aceptar esta verdad inatacable. También debería enterrar el odio que infundió entre sus adeptos contra la Iglesia y sus jerarquías; ciertamente, han sido muchos los felones que, al amparo de la Cruz, han legitimado la opresión del débil, pero esa circunstancia deplorable no debe enturbiar el mensaje originario de Jesús, que no es el de un Dios olímpico y encaramado en una nube, sino el de un Dios sufriente que se encarna en el barro del que estamos hechos, para compartir nuestras necesidades y quebrantos.

Juan Manuel de Prada, “Sobre el aborto”, ABC, 5.X.2002

«POR si hubiera alguna duda al respecto -comenzaba Jesús Zarzalejos un muy atinado artículo publicado ayer en este periódico-, conviene recordar que el aborto sigue siendo delito en España». Hizo bien en adelantar esta premisa, pues existe la creencia cada vez más extendida (y arteramente divulgada desde ciertos púlpitos) de que el aborto es algo así como un mal menor o una suerte de remedio benéfico. Causa un poco de sonrojo malgastar tinta en estas precisiones, pero debemos repetir que el aborto constituye un crimen tipificado y sancionado por nuestro Código Penal. Es cierto que la ley exceptúa de la protección a la vida del nasciturus tres supuestos específicos, pero el sentido restrictivo de la norma (que, con tanta frecuencia, se interpreta con manga ancha, en fraude de ley) impide que podamos hablar de «despenalización» o «legalización» del aborto, mucho menos de ese aberrante «derecho al aborto» que enarbolan ciertos energúmenos. Conviene insistir en estas elementales precisiones jurídicas, pues se suele confundir el delito del aborto con un acto puramente dependiente de la voluntad del abortista, sobre el que la ley no posee jurisdicción. Así, por ejemplo, en este reciente caso coruñés, se hablaba de las «voluntades contrapuestas» de la niña embarazada que deseaba procrear y de sus padres que la incitaban al aborto, cuando lo cierto es que los padres estaban coaccionando a su hija e induciéndola a cometer un delito. Continuar leyendo “Juan Manuel de Prada, “Sobre el aborto”, ABC, 5.X.2002″