Angel García Prieto, “Literatura, psicoterapia y confesión”, PUP, 13.I.01

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Ignacio Sánchez Cámara, “Largo ejemplo”, ABC, 17.IX.02

El Papa, ayer con los jugadores y directivos del Real Madrid, es un deportista del espíritu y, como tal, sigue batiendo marcas. Ha presidido la mayor reunión al aire libre de la historia de Europa, ha realizado 98 viajes internacionales y ha recorrido casi tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna. Su pontificado, el próximo mes cumplirá 24 años, es ya el quinto más largo de la historia de la Iglesia. Pero mucho más relevante que la duración es la intensidad y ejemplaridad de su ejercicio. Aunque las valoraciones requieren tiempo y distancia, cabe afirmar que se trata de uno de los pontificados más trascendentes de la historia contemporánea del catolicismo.

Los juicios del mundo suelen ser torpes a la hora de valorar las cosas del espíritu. Así, no pocos se entretienen en diagnosticar si Juan Pablo II es conservador o progresista. Las etiquetas se aplican no sólo a su actitud hacia los regímenes políticos sino también a su tratamiento de las cuestiones morales. Pero sólo lo espiritual puede valorar lo espiritual. Sin duda, este Papa que vino del Este contribuyó a la caída de la mentira totalitaria del comunismo. Mas no reside ahí lo más importante. La altura de un pontificado la miden, si no me equivoco, la fidelidad al mensaje del que es depositario su titular y la ejemplaridad a la hora de difundirlo. Es ahí donde la talla de Juan Pablo II se agiganta haciendo que la intensidad supere a la cantidad. Su misión no es decir lo que el mundo quiere oír sino recordar lo que enseñó Jesús de Nazaret. Pese a su aproximación a algunos sectores de espiritualidad un tanto mezquina, prevalece un mensaje de defensa de la libertad espiritual, de búsqueda de la verdad, de acercamiento ecuménico a las demás confesiones y un ejemplo de aceptación del dolor aparejado al cumplimiento del deber. Así lo reconocen la mayoría de los católicos y muchos que no lo son.

Angel García Prieto, “¿Son los jóvenes malvados delincuentes?”, PUP, 30.I.01

El capítulo de sucesos de la última temporada está llena de desagradables acontecimientos protagonizados por niños, adolescentes y jóvenes. En algunos casos estos hechos son especialmente trágicos y en ocasiones espeluznantes. Fuera de nuestra latitud este problema se proyecta sobre todo en las aulas de los colegios e institutos. Baste citar el tiroteo de Columbine en Estados Unidos, como prototipo sangriento y las medidas que han debido tomar en Francia para mantener un mínimo de seguridad en los institutos de las periferias de las grandes ciudades, con unos planes que suponen la contratación de 7,000 personas (4,000 como auxiliares de profesores, 2,000 jóvenes dedicados a la vigilancia, 800 guardias jurados, 100 enfermeras y 100 consejeros educativos) además de que la Gendarmería vigile más de 200 centros escolares y se habiliten 350 aulas para alumnos con problemas de integración.

En nuestro país parece que la violencia es más extraescolar, muchas veces protagonizada por muchachos que no van a clase y casi siempre relacionada con la movida a altas horas de la madrugada, El alcohol excesivo, el uso de drogas de síntesis en los lugares de ocio juvenil tiene bastante que ver con estas conductas conflictivas y – lo que es más lamentable – desintegradoras para el desarrollo de la personalidad de esos chicos. En ocasiones esta violencia está organizada en bandas urbanas que añaden a la mala conducta una orientación, más visceral que ideológica, de lucha, reivindicación más o menos xenófoba o sectaria. En el fondo de estos problemas hay múltiples carencias que tienen en la familia la mayor carga de la causa. Hijos que ven poco a sus padres, o que ven a padres a su vez violentos o desestructurados, Poca vida de familia, excesos de sustitutivos para las relaciones domésticas: mucha televisión, walkkmans que aislan, comecocos que como su propio nombre indica comen el coco, desorden, falta de disciplina mínima…En fin, son chicos que crecen sin conocer los límites, inmaduros caprichosos a los que no se les han enseñado los valores de la convivencia, el sacrificio, el trabajo…incluso que no se les hace capaces de valorarse y quererse a sí mismos como personas humanas y las más de las veces presentan cuadros psicopatológicos de frustración, desesperanza, y autodesprecio.

A su vez los padres se sienten, en muchas ocasiones, incapaces de educar a sus hijos en un ambiente social en el que campan a sus anchas – sobre todo a través de la televisión – la violencia, las promiscuidad sexual – la escena de propaganda televisiva gubernamental de la mamá que recomienda a su hija llevar el casco de la moto y el preservativo es una invitación a abrirse la cabeza, como se la abren por miles en las madrugadas del fin de semana, y a que se abran también otras partes del cuerpo para acabar tantas veces en embarazos prematuros y abortos adolescentes – , el mal entendido “progresismo” a base de continuas dejaciones…Y los políticos mientras tanto inauguran narcosalas y piden sexosalas, repartiendo píldoras del día después y condones en los colegios…Eso sí, luego vienen las circulares que presionan a los profesores para que mantengan el orden en aulas y pasillos, que se enfrenten al navajero, que se peleen con unos padres que defienden las conductas espantosas de su “cielo” de hijo… En fin, a ellos siempre les quedará el recurso de pedir la baja por depresión, pero esos chicos ¿a dónde van?. ¿Esto es progreso?

José Luis Martín Descalzo, “Las tres plenitudes”

Habla San Alberto Magno que existen tres géneros de plenitudes: “la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene, y la de la fuente, que crea, retiene y da”. ¡Qué tremenda verdad! Efectivamente, yo he conocido muchos hombres-vaso. Son gentes que se dedican a almacenar virtudes o ciencia, que lo leen todo, coleccionan títulos, saben cuanto puede saberse, pero creen terminada su tarea cuando han concluido su almacenamiento: ni reparten sabiduría ni alegría. Tienen, pero no comparten. Retienen, pero no dan. Son magníficos, pero magníficamente estériles. Son simples servidores de su egoísmo.

También he conocido hombres-canal: es la gente que se desgasta en palabras, que se pasa la vida haciendo y haciendo cosas, que nunca rumia lo que sabe, que cuando le entra de vital por los oídos se le va por la boca sin dejar pozo adentro. Padecen la neurosis de la acción, tienen que hacer muchas cosas y todas de prisa, creen estar sirviendo a los demás pero su servicio es, a veces, un modo de calmar sus picores del alma. Hombre-canal son muchos periodistas, algunos apóstoles, sacerdotes o seglares. Dan y no retienen. Y, después de dar, se sienten vacíos.

Qué difícil, en cambio, encontrar hombres-fuente, personas que dan de lo que han hecho sustancia de su alma, que reparten como las llamas, encendiendo la del vecino sin disminuir la propia, porque recrean todo lo que viven y reparten todo cuanto han recreado. Dan sin vaciarse, riegan sin decrecer, ofrecen su agua sin quedarse secos. Cristo -pienso- debió ser así. El era la fuente que brota inextinguible, el agua que calma la sed para la vida eterna. Nosotros -¡ah!- tal vez ya haríamos bastante con ser uno de esos hilillos que bajan chorreando desde lo alto de la gran montaña de la vida.

Joseph Ratzinger, “La comprensión de la Eucaristía”, Zenit, 8.IV.03

CIUDAD DEL VATICANO, 8 abril 2003 (ZENIT.org).- ¿Qué hacer ante la disminución –registrada en muchos países– de la participación en la misa dominical? Para el cardenal Joseph Ratzinger, la respuesta está en explicar el auténtico sentido de este sacramento, que perpetúa la presencia de Cristo entre los hombres.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe afronta la cuestión en el libro «El Dios cercano» («Il Dio vicino», Edizioni San Paolo) que acaba de publicar, poco antes de la próxima encíclica que Juan Pablo II firmará el Jueves Santo –17 de abril– dedicada a la Eucaristía.

«La Eucaristía es sacrificio», memorial del sacrificio de Jesucristo en la cruz, explica el purpurado alemán.

«Cuando escuchamos esta frase, surgen en nosotros resistencias; surge la pregunta: cuando se habla de sacrificio, ¿no nos encontramos ante una imagen indigna de Dios, o al menos ingenua? ¿No se acaba pensando que nosotros, los hombres, podríamos y deberíamos dar algo a Dios?».

Ratinzger aclara que «la Eucaristía responde precisamente a estas preguntas. Lo primero que nos dice es que Dios se nos da a sí mismo para que nosotros podamos entregarnos. La iniciativa en el sacrificio de Jesucristo proviene de Dios. Al inicio, ha sido Él mismo quien se ha abajado».

«Cristo no es un don que nosotros, los hombres, presentamos al Dios irritado; por el contrario, el hecho de que esté aquí, viva, sufra y ame, es ya obra del amor de Dios. Es amor misericordioso de Dios, que se agacha sobre nosotros; el Señor se hace siervo por nosotros».

«Aunque hemos sido nosotros quienes hemos provocado el conflicto, y aunque no fue Dios el culpable, sino nosotros, es Él quien sale a nuestro encuentro y quien mendiga en Cristo la reconciliación».

«Cuanto más caminamos con Él más conscientes somos de que el Dios que aparentemente nos atormenta es el que de verdad nos ama y es en quien podemos abandonarnos sin resistencias ni temores», afirma Ratzinger.

«Cuanto más nos adentramos en la noche del misterio incomprendido y confiamos en él –concluye–, más lo encontramos, más hallamos el amor y la libertad que nos sostienen a través de todas las noches. Dios da para que podamos dar. Esta es la esencia del sacrificio eucarístico, del sacrificio de Jesucristo».

Tomado de Zenit, ZS03040801

Julio de la Vega-Hazas, “Violencia real, violencia virtual”, ARVO, IV.03

Desde hace unos años, la opinión pública está recibiendo cada vez con más frecuencia un mensaje de alarma sobre la violencia visual que están recibiendo los niños y jóvenes. Se ha referido particularmente a la televisión, frente a la cual pasan los más jóvenes un buen número de horas. Allí, un número creciente de programas mostraban muertes violentas de algún género, y en países como Estados Unidos, con un fuerte incremento de violencia juvenil, se empezó a estudiar la posible conexión entre los dos fenómenos. Los estudios tendían a concluir que la relación existía. Como afirma un manifiesto fechado en 2000 y firmado entre otros por el Director Ejecutivo Adjunto de la Asociación Americana de Psicología (una especie de colegio profesional, aunque con más atribuciones), “a estas alturas, más de mil estudios, incluyendo informes de la oficina del Ministerio de Salud y el Instituto Nacional de Salud Mental, y numerosos trabajos realizados por relevantes figuras de las organizaciones de salud médica y pública –nuestros propios miembros-, apuntan de manera decisiva hacia una conexión causal entre la violencia de los medios y el comportamiento agresivo en algunos niños”. En los últimos años, a la televisión y el cine hay que añadir los videojuegos. Éstos, cuando incluyen acciones violentas, se consideran aún peores: hay mayor densidad de muertes, y, sobre todo, aquí el niño o el joven se convierten en los ejecutores: ya no son meros espectadores, sino protagonistas. Estos mensajes crean una lógica inquietud en las familias, donde un creciente número de padres se preguntan si dejando que el chico juegue a videojuegos “de acción” no estarán contribuyendo a que su hijo se convierta en un ser violento, agresivo y asocial.

Los estudios sociales son más difíciles de lo que puede parecer a primera vista. La complejidad de nuestra sociedad y del ser humano mismo hacen que se pongan en juego muchos factores, de forma que aislar uno solo no es nada fácil. La coincidencia no puede transformarse en relación causal sin más. Los profesionales, cuando son honrados y no están dominados por alguna ideología, lo saben, y matizan mucho sus estudios. Un manifiesto extraído de sus estudios, como el citado arriba, ya tiene un componente de opinión sobre la conclusión científica, aunque conserva algunas reservas –“apuntan”… sobre “algunos niños”-. La prensa no especializada ya tiende a simplificar, con una sustancial pérdida de rigor, y emite el siguiente mensaje: los niños tienden a imitar lo que ven, y si ven mucha violencia se debe concluir que se hacen violentos. ¿Es así? Dicho de otro modo: ¿la violencia fantástica o virtual produce violencia real? Y hay que contestar que responder con un sí o un no a secas resulta insatisfactorio, o, si se prefiere, falso. El planteamiento, de puro simple, se ha convertido en equívoco.

Hagamos memoria. Volvamos atrás, a los años inmediatamente anteriores a la entrada en escena de la televisión. Encontramos a un niño que, pongamos, a los cinco años se divierte en el guiñol del parque; el argumento era repetitivo, y el final siempre el mismo: el bueno se despachaba a estacazos con la bruja de turno, mientras el coro infantil gritaba con todas sus fuerzas “¡¡¡bieeennnn!!!”. El mismo niño, a los diez años, pedía para Reyes un disfraz de guerrero –romano, vikingo, indio, etc.-, armamento incluido. A los doce, devoraba comics del Capitán Trueno, el Jabato o Hazañas Bélicas, con protagonistas nobles pero desde luego nada pacíficos; si le gustaba leer, es probable que entre sus favoritos figurara Salgari, en cuyas novelas rara vez se llegaba a la quinta página sin que hubiera ya algún cadáver con una muerte nada natural. Si iba al cine, la mayor parte de las películas que veía también abundaban en puñetazos, tiros –o flechas y espadas, según el caso- y muertos. Su imaginación también se llenaba de escenas con buenas dosis de violencia. ¿Ha creado todo esto una civilización especialmente violenta? No parece, al menos en lo que a España se refiere. En cualquier caso, es una constante universal. La misma literatura épica, que llenaba la imaginación de los jóvenes, ha sido bélica, desde la Iliada y la Odisea hasta los libros de caballerías. Y los cuentos de los hermanos Grimm solían tener asimismo un final nada pacífico.

Ahora bien, se trataba en todos estos casos de una violencia que se ajustaba a unos patrones: no era gratuita, respondía a algún tipo de necesidad –o sea, no se buscaba por sí misma- y, sobre todo, estaba asociada a la justicia. Lo primero significa que lo que esencialmente se ofrecía no era la violencia, sino la hazaña, la gesta heroica, siendo la violencia un medio que, a la vista de la situación, resultaba necesario, y servía para realzar el mérito de los protagonistas. Lo segundo rompe un cierto tópico contemporáneo, que ve a la violencia como un mal intrínseco –por tanto, mala sin excepción-, al poner de relieve que la restauración de un orden social violentamente roto exige emplear la violencia. Una violencia que debe ser proporcionada y no ir más allá de lo estrictamente requerido para ello, pero violencia al fin y al cabo. Pensar lo contrario entra en el terreno de lo utópico, de una visión roussoniana que desconoce la realidad humana, pecado original incluido. Es cierto que en buena parte de las historias que se ofrecían se iba más allá de esa justicia y se entraba en el terreno de la venganza –aquí se notaba bastante si la historia procedía de ambientes católicos o tenía otros orígenes-, sin espacio para el perdón; aunque también es cierto que en bastantes ocasiones, por el deber de proteger a terceros o a la sociedad en su conjunto, el perdón sólo puede otorgarse después de la victoria, lo que también quedaba reflejado en unos cuantos relatos. Para los niños, además, había alguna ventaja en todo este entorno, ya que estimulaba una cierta dosis de agresividad que temperamentalmente es necesaria para vencer las dificultades; o, dicho en términos más convencionales, de alguna manera enseñaba que la vida requiere luchar. Ciertamente, no a bofetadas, salvo casos muy extraordinarios, lo que significa que esa agresividad necesitaba ser educada, pero había quien se encargaba de ello, y los resultados eran casi siempre satisfactorios. En España concretamente, la violencia no llegó a las calles –incluso los delitos solían ser de “guante blanco”- por la profusión de escenas o relatos violentos. Llegó sobre todo por la droga.

En los años 70 empezó a cambiar la situación. Entraron en escena historias que difuminaban la clara distinción entre buenos y malos. En ellas, el malo seguía siendo malo, pero el “bueno” a veces era igual de malo, o casi, o de una rara bondad mezclada con cinismo, o por lo menos de un talante desalmado. Por otra parte, comenzó a verse en más de una película una recreación en la violencia misma –escenas particularmente crueles, muertes a cámara lenta, etc.-, que pasó así a convertirse en espectáculo ella misma. Junto con historias a la vieja usanza, entró, en otras, no ya la violencia, sino el sadismo. Y no es lo mismo. El mensaje es distinto, y así lo percibía el público, el infantil incluido. Aquí hay que deshacer un segundo tópico. Pensar que el hecho de ver violencia provoca una especie de mímesis en el niño, que tiende a imitar lo que ve, parece una afirmación muy razonable, pero en realidad tiene bastante de conductista, que no diferencia el aprendizaje humano del animal. El niño lo que percibe no son unos hechos físicos, sino unas conductas con significado, y entiende claramente la diferencia entre el vengador justiciero y el sádico, aunque en una escena determinada lo que hagan los dos sea lo mismo.

Lo verdaderamente decisivo es por tanto lo moral, no tanto lo material. No es tanto “ver muertos”, sino qué sentido tienen esas muertes. Se tratará de dilucidar primariamente si lo que se ofrece es una épica con buen fin y buenos personajes que tienen que acabar con el mal para conseguir un noble propósito, o si son el reflejo de un desprecio por el ser humano. Las mismas escenas muestran si el producto ofrecido es la aventura o el morbo que se estimula al recrearse en lo desagradable y lo violento. Si se trata de lo primero, la incidencia en la posible violencia de la vida real es verdaderamente escasa; si es lo segundo, la cosa empieza a ser más preocupante, pues sí produce efectos negativos; al menos, de una imaginación malsana, y en algunos casos de comportamientos antisociales y violentos. De ahí que en estas distinciones deben buscar los padres y educadores el criterio a la hora de elegir lo que los hijos puedan ver sin que sea contraproducente para ellos.

Lo mismo vale para los videojuegos. Es evidente que hay una gran diferencia entre un juego consistente en conquistar un espacio eliminando a todos los monstruos galácticos que salen al paso con actitud muy poco amistosa; y otro en el que el jugador se convierte en un conductor que se dedica a atropellar a todo el que puede, obteniendo desde un punto por anciana arrollada –la presa más fácil- hasta cien por un motorista de la policía, todo ello en medio de un baño de sangre (los ejemplos son reales). El primero puede ser una soberana pérdida de tiempo, y conllevar el peligro generalizado de los videojuegos que es la adicción a los mismos, pero en cuanto a generar conductas violentas resulta bastante intrascendente. El segundo, en cambio, no lo es. En cualquier caso, si no llega a producir una agresividad física, por lo menos invita a adoptar una actitud despectiva hacia el prójimo y potencia uno de los más bajos instintos del ser humano: la crueldad hacia el débil.

¿Cuál es por tanto la actitud correcta ante todo este mundo virtual violento? En primer lugar, hay que intentar suprimir lo inmoral: protagonistas sádicos, crueldad gratuita, cinismo violento, complacencia en el sufrimiento, modelos de conducta que hacen el mal. Y en segundo lugar, se trata de poner los medios para evitar lo que le sucedió al Quijote: dejarse absorber por un mundo fantástico de acción –en su caso, movido por las llamadas “libros de caballería”-, que desvincule al joven del mundo real, para lo cual hay que medir cuidadosamente lo que dedica a actividades que puedan desembocar en esa situación.

Ahora bien, al mismo tiempo hay que poner cada cosa en su sitio. Una cosa es evitar lo que pueda resultar perjudicial, y otra muy distinta es echarle la culpa a todo ese mundo virtual o fantástico de lo que sucede en el mundo real. Incidir en ello como factor primordial de la violencia juvenil es una ingenuidad, o un bote de humo que lanzan quienes no quieren enfrentarse a las causas reales de ese mal. ¿Cuáles son? Señalamos a continuación unas cuantas, al lado de las cuales los videojuegos o películas no pasan de ser un factor muy secundario (se debe tener en cuenta que suelen ser factores ambivalentes: en unos casos disparan la agresividad, en otros la anulan casi por completo, lo cual también es un daño a la personalidad): 1.- Sufrir la violencia. No hace falta vivir en un país en guerra: basta con un padre desquiciado o un colegio sin disciplina.

2.- La droga. Es más que evidente que allí donde entra la droga se dispara la violencia.

3.- La proliferación del alcohol y el mercado del sexo. Cuando se vive dejándose arrastrar por lo que apasiona o apetece, la voluntad se debilita y no sujeta a las pasiones. Una de éstas es la ira. Además, en particular, el sexo convertido en mercancía hace ver al prójimo sólo como objeto y dispara el afán de dominarlo, con lo que están servidas unas condiciones para que se prodiguen comportamientos violentos, que pueden llegar a lo patológico.

4.- Las rupturas familiares. Ya de por sí generan con frecuencia actitudes violentas como reacción a la desprotección que suponen para los hijos. A lo que hay que añadir que, a falta de un ambiente acogedor en casa, el chico puede buscar refugio en pandillas callejeras donde imperan comportamientos violentos.

5.- La construcción de la sociedad sobre la competitividad sin el contrapeso de la solidaridad. La competitividad es necesaria, porque estimula. Pero tan necesaria como ella es la integración que proporciona aceptación, confianza y seguridad. Si ésta falla, por una parte la agresividad se convierte en norma para salir adelante. Por otra parte, ese género de vida provoca no pocos resentimientos, cuya válvula de escape suele encontrarse en la violencia.

Joseph Ratzinger, “El Catecismo, manual de instrucciones de la felicidad”, Zenit, 9.X.02

Congreso internacional con motivo de los 10 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

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