Pío Moa, “De la neurosis a la trivialización”, La libertad digital, 1.XI.01

“La mayor parte de las creaciones del intelecto o de la fantasía —dijo Schumpeter— desaparecen para siempre en un plazo que varía entre una hora de sobremesa y una generación. Con otras, sin embargo, no ocurre así. Sufren eclipses pero reaparecen”. Esto ocurre con el freudismo, tan influyente en los años 20 y 30, difuminado tras la guerra mundial y resurgido con ímpetu en los años 60, a menudo en alianza con el marxismo. Hoy casi nadie —salvo en Argentina— se proclama freudiano, y el psicoanálisis suele darse por superado. Pero creo que simplemente ha pasado de moda, y que podría volver. Es más, en buena medida ha sido víctima de su propio éxito: la huella de Freud marca muy profundamente, sin que apenas se piense en ello, las actitudes sociales y políticas.

Su influencia deriva de su aparente aptitud para explicar el malestar psíquico común y la misma historia humana, desde principios muy sencillos. La neurosis, más o menos presente en toda la gente, provendría de la represión de los deseos sexuales —o de los deseos en general— impuesta por la vida civilizada (la “cultura”). Represión necesaria, según Freud, pues de otro modo la convivencia se hundiría en una lucha de todos contra todos. Se entiende que, pese a ello, muchos vieran en la “liberación sexual” la panacea, tanto más si, combinando el psicoanálisis con la lucha de clases, las supuestas exigencias de la civilización quedaban reducidas a imposiciones burguesas: la liberación sexual iría de la mano con el derrocamiento de los explotadores.

Efecto de estas ideas, tan fuertemente impresas, insisto, en nuestras sociedades, viene a ser lo que Paul Diel, pensador poco conocido, pero no por ello menos valioso, define como “trivialización”. Ésta constituye “un proceso deformador de la psique, que tiende a la satisfacción sin escrúpulos de los deseos sexuales y materiales”. Dada su frecuencia, “no es diagnosticado como estado patológico y se la suele confundir con la norma. Pero la norma no es eso, sino la simple trivialidad, un estado de equilibrio y buen sentido, aunque sin ímpetu de superación, que se contenta con la adaptación a las convenciones sociales”. En cambio la trivialización, o trivialismo ,sería “un desequilibrio de la facultad de valorar, una enfermedad de la función elemental del espíritu. Al revés que la neurosis, que exaltando el espíritu aplasta los deseos sexuales y materiales, la trivialización desecha la función armonizadora del espíritu y rompe la contención impuesta por la razón”.

El freudismo, incluso moderado, socava la función educativa, concebida como la formación de la capacidad moral. Siempre los mayores se han quejado de los jóvenes, pero no hay duda de que hoy un sector de la juventud desusadamente amplio es víctima de una ineptitud para valorar, al extremo, en algunos casos, de sustituir la percepción del bien y el mal por la de “lo que me divierte y lo que me molesta”. Esto ocurre porque los adultos, bombardeados desde la política, la televisión y la cátedra por las concepciones trivializantes, pretendidamente liberadoras, han perdido a su vez la capacidad y la confianza para educar, para transmitir valores. Creo que éste es un problema fundamentalísimo de nuestra época.

Pío Moa, “Si yo fuera obispo”, La libertad digital, 16.IV.03

Los obispos creen que la reconciliación se alcanza defendiendo la verdad, y no cayendo en miedos o falsas complacencias con el embuste generalizado hoy día por la izquierda, engendrador de nuevos odios y violencias. Continúa leyendo Pío Moa, “Si yo fuera obispo”, La libertad digital, 16.IV.03

Pío Moa, “Divagación sobre la no existencia de Dios”, La libertad digital, 15.XI.01

La interminable polémica sobre la existencia de Dios parece tener mucho de bizantina. Decimos que algo existe cuando podemos situarlo en el tiempo y el espacio. Por lo tanto, la no existencia de Dios está clara, tanto para creyentes como para no creyentes. Pero lo está de distinta manera. Para el creyente, Dios trasciende el tiempo y el espacio, y por tanto no existe al modo como existen las demás cosas, aunque se manifieste en ellas. El descreído, en cambio, excluye de sus consideraciones lo no existente, opina que nada puede trascender el tiempo y el espacio. Por lo tanto, atribuye a la idea de Dios el mismo valor que a la de los fantasmas, y explica la persistencia de la religión como un producto del desvalimiento —causado por la ignorancia— que padece el ser humano. Pero la ciencia, al superar esa ignorancia, terminará por superar también los fantasmas religiosos.

No obstante, sería extraño que la religión encontrara su causa en la ignorancia, y el ateísmo en la ciencia, porque tanto la creencia como su contrario han existido siempre, en mayor o menor grado. Si no, la Biblia no condenaría al segundo. La eclosión de la ciencia solo ha dado una nueva dimensión al viejo problema. El ateo corriente parte de una fe: la de que lo existente se explica por sí mismo, cosa que la ciencia no ha justificado nunca. Cualquier encadenamiento de razones aboca siempre a principios indemostrables, y las mismas matemáticas, el reflejo más abstracto del funcionamiento del mundo, remiten a proposiciones cuya verdad es indemostrable. Probablemente, la religiosidad nace de esta sensación, no eliminada por el método científico: la de que el mundo y su razón de ser tienen un fundamento distinto de su propia existencia, y una profundidad inasequible a nuestra mente. Es la emoción abrumadora ante el misterio, aludida por Paul Diel, y que puedo más o menos percibirla, aunque no transmitirla, debido a mi incapacidad, hija de mi espíritu algo trivial, para sentirla adecuadamente.

Una emoción no justifica una creencia, y menos una teoría, desde luego, pero algo me hace desconfiar del ateísmo, aparte de su fe contradictoria en el método científico: el comunismo, el nazismo y otras aberraciones de nuestro tiempo se han alzado precisamente sobre esa fe en la ciencia. Según Chesterton, cuando un hombre deja de creer en Dios, pasa a creer en cualquier cosa. Vista la experiencia, algo de verdad debe de haber en el aserto.

Pío Moa, “El pensamiento simplón”, La libertad digital, 23.I.01

Parece que vivimos tiempos de barbarie intelectual, en que el pensamiento se vuelve simple. No cesamos de oír a literatos, artistas y filósofos que, con expresión seria y responsable, anuncian su aversión “al poder”. No a la tiranía, por ejemplo, sino “al poder”, en abstracto. La experiencia más elemental muestra que en cuanto se asocian unas cuantas personas surge naturalmente alguna forma de poder, y los mismos enemigos del “poder” lo prueban: casi siempre forman clanes para ocupar los centros de decisión e influencia en sus medios, casualmente vinculados a los centros políticos de donde manan las subvenciones.

Leo ahora una diatriba de Carlos Fuentes contra los discrepantes de él y de Juan Goytisolo, ansioso éste, es natural, de recobrar antiguas y ventajas. Fuentes cita en su apoyo a Emilio Lledó, “gran filósofo español”. No soy quien para discutir esa loa, pues no he leído al filósofo. Hoy sólo es posible leer una ínfima parte de lo que se publica, y forzosamente nos perdemos todos muchas cosas, pero el pensamiento que le atribuye Fuentes no es como para lamentarlo en este caso. Lledó según el mejicano, censura al nacionalismo porque “inventa al otro como malo y de inferior calidad, para no tener que percibir nuestra propia miseria”. ¡El “otro”…! Nuevo hallazgo del pensamiento simplón que resuena a diestro y siniestro como fórmula orientadora en el laberinto moral de nuestros días: la salvación está en aceptar al “otro”, tolerarlo, solidarizarse con él, etc. Apliquemos la receta a Fuentes: ¿percibe él su propia miseria? Nadie lo diría, a juzgar por la arrogancia con que habla y acusa al “otro”, al discrepante.

Evidentemente, como en el caso del “poder”, hay gran variedad de “otros”, unos aceptables y otros no tanto. Me recuerda una escena cómica que presencié en una manifestación ácrata de primero de mayo, en el barrio de Tetuán. Unas mujeres portaban una pancarta a favor de “putas, lesbianas” y no recuerdo qué más. Un obrero mayor les ordenó retirarla, pero otro correligionario, más al día, le recriminó: “¿Es esa una actitud anarquista? ¡Prohibido prohibir!”. El obrero, desconcertado, se retiró murmurando “Pues que vengan aquí los fascistas. A ver cómo vamos a prohibírselo”.

Fuentes contrapone el estilo e ideas suyos y de Goytisolo (lo “bueno, de superior calidad”) a los de sus contrarios, colmo de “lo malo, de inferior calidad”, propio de lo que llama, algo toscamente, “la era fascista” española. El “otro” es fascista para Fuentes…. conocido por su productivo acoplamiento en la dictadura del PRI mejicano, por cierto mucho más larga y muchísimo más corrupta que la de Franco.

Que tales formas de pensar, no por simples inocentes, hayan tomado carta de naturaleza en nuestros medios intelectuales, indica dónde estamos.

Cierta marca de cerveza convirtió en publicistas suyos a una serie de personajes históricos — Shakespeare, Bach y otros–, colocando sus efigies al lado de una botella, y debajo una frase que sugería su entusiasmo por la marca en cuestión. Una muestra más, vagamente graciosa, de la trivialización de la vida actual. El pensamiento simplón –que no ingenuo– domina esa técnica, si bien con menos gracia. Canta Carlos Fuentes: “Para Goytisolo, mestizar es cervantizar, y cervantizar es islamizar y judaizar”. Que eso crea Goytisolo apenas importa, pues en fin de cuentas cada cual puede interpretar las cosas como le dé la gana, aunque no pretender que todas las interpretaciones tengan valor. Importa, en cambio, que Fuentes y demás intenten hacer de sus muy particulares y aun peculiares interpretaciones un canon, faltar al cual hundiría al transgresor en las tinieblas del fascismo.

No podemos saber –aunque sí imaginar razonablemente– qué replicaría a la versión goytisoleña Cervantes, tan estrechamente relacionado con la Inquisición, soldado en Lepanto, catador de las delicias del cautiverio en tierras islámicas, donde tantos miles de cristianos perdieron la salud y la vida, español y católico nunca desmentido. Y ante esa imposibilidad de saber, el mínimo pudor intelectual exige evitar la desvergüenza de usar al indefenso como hombre anuncio de nuestras preferencias ideológicas. Si, por ejemplo, Cervantes tuvo algunas frases de comprensión para los moriscos expulsados, eso entra perfectamente en la moral católica de la época, junto con la aceptación de una expulsión que, con los turcos y berberiscos amenazando el país (¿o sólo querían infundir tolerancia a los cristianos?) casi todo el mundo juzgó entonces necesaria, aun si dolorosa. En todo caso cabe suponer que Cervantes no hubiera caído en simplezas, puesto que no las escribió.

Trucos tales, que más que tergiversar destrozan la verdad, tipifican el campo de la barbarie. ¡Es tan relativa, y trabajosa, la verdad! A muchos intelectuales les da igual ser veraces, lo que cuenta para ellos es parecer “progresistas”. Les suena progresista pintar a los árabes y judíos medievales como tolerantes, emprendedores y avanzados frente a la cerrazón y brutalidad achacadas a los cristianos. Pero vayamos a nuestra época, sobre la que podemos conocer algunas cosas con más certeza: Goytisolo y Fuentes han encontrado fácil acomodo en tiranías tan siniestras como la de Hassan II o la del PRI.. Esto es una verdad, matizable, desde luego, pero en lo esencial indudable. Ambos intelectuales disfrutan de un carácter desenvuelto, gracias al cual pretenden sentar cátedra en asuntos de libertad y tolerancia. Esa pretensión es también un hecho, curioso, desde luego, pero cierto.

Nadie en sus cabales puede negar que la cultura española ha sido, y en lo fundamental sigue siendo, latina y cristiana: el idioma común, el derecho, las costumbres y actitudes corrientes, la religión vastamente mayoritaria –y hasta hace pocos decenios prácticamente unánime–, etcétera. Que esa cultura quedó asentada en la Edad Media, mediante un largo combate con la cultura islámica, también salta a la vista; los restos islámicos en España son arqueología, lo mismo que los latinos y cristianos en Marruecos. También está de sobra claro, aunque algunos no quieran verlo, que esa lucha de siglos fue posible porque antes de la invasión islámica España había sido latina y cristiana, y tenido un estado propio. Gracias a ello, existió la Reconquista. Si los árabes hubieran encontrado la península en las condiciones de división cultural, política e idiomática que la encontraron los romanos, hoy seguramente seríamos un país como los del Magreb, sin valorar ahora lo fausto o infausto del hecho. Sería la realidad, sin posible comparación con otra alternativa.

Estos hechos, que constituyen nuestra identidad más básica, son sentidos como un peso o una carga insufrible por Goytisolo o Fuentes. Les parecen opresivos, los niegan o los desacreditan. Lo importante, dicen, no fue la lucha, sino el “mestizaje” cultural, que ensalzan, haya existido o no. Todos los pueblos son mestizos, aunque unos muchos y otros muy poco. Ello no constituye un mérito, ni mucho menos una obligación. Es simplemente una realidad histórica no valorable, excepto para los racistas (la manía mestizadora de Goytisolo y compañía resulta tan absurda como la contraria de los hitlerianos). Pero, si por algo sorprende el mestizaje cultural español con el Islam es por su escasez, teniendo en cuenta el prolongadísimo contacto entre ambas partes. Naturalmente en esos siglos hubo intercambios de todo tipo entre España y Al Andalus, pero en un contexto histórico de hostilidad, en que uno de los contendientes venció (en el Magreb ganaron los que en España perdieron). No debe extrañarnos. Difícilmente ocurriría en la Edad Media algo distinto de lo que ocurre ahora en Palestina, entre árabes y judíos.

La incapacidad de aceptarse a uno mismo suele ser un rasgo neurótico. ¿Puede extenderse ese rasgo a grupos sociales? Da la impresión de que sí, de que esa tara afecta a muchos españoles desde el siglo pasado. Goytisolo y sus amigos no soportan la España real –ellos la llaman, osadamente, “oficial”–, la encuentran poco progresista, poco tolerante, poco libre. No como el Marruecos de Hassan o el Méjico del PRI, insistamos en ello porque nos da una clave para interpretarlos.

Pío Moa, “Dificultades del ateísmo”, La libertad digital, 19.XII.01

“¿Qué es el hombre? Un saco de deseos”. Lo dijo San Agustín, creo, aunque cito muy de memoria, y quizá fue otro. En todo caso es una buena definición. La capacidad humana para multiplicar los deseos de forma, en apariencia, ilimitada e insaciable, constituye una diferencia clave con la animalidad. Podría explicarse al ser humano, hasta cierto punto, por el dinamismo de sus deseos y temores.

Desde el principio de la Historia, el sentimiento religioso ha frenado esa tendencia típicamente humana, obligando a restringir y armonizar mejor o peor los deseos: la restricción suele aparecer como un mandato de la divinidad. Se comprende entonces que la negación de Dios pueda presentarse a su vez como una liberación, y así lo hacen los utopismos ateos. “Si no hay Dios, todo es posible”, vino a decir Dostoievski. Eliminado el sentimiento de Dios, desaparece el de culpa, y con él, el deber de autocontención.

Pero nadie puede comportarse del todo como si no hubiera Dios. Pues los deseos desatados de cada uno chocan con los ajenos, y su satisfacción exigiría tiranizar al prójimo y exponerse a sus represalias. La sociedad se convertiría en el albergue del crimen generalizado. Los utopismos han comprobado ese hecho, al cual intentan escapar imponiendo unas normas sociales que los individuos deberían interiorizar como una segunda naturaleza (el “hombre nuevo”). Interiorización solo alcanzable aboliendo la libertad y haciendo de la sociedad una cárcel. Así, la máxima liberación del deseo conduce a la máxima esclavitud. Por otra parte, los deseos liberados provocan, con su multiplicidad y contradicción entre ellos, un aumento paralelo del temor y la angustia, hasta desgarrar la psique del individuo. Ambos efectos manifiestan el castigo de los dioses.

En un plano menos extremo, cabe imaginar un equilibrio basado en la aceptación utilitaria de unas normas o restricciones acordadas por mayoría. Sobre este problema ha girado gran parte del pensamiento occidental. Las normas, quitado su referente religioso, serían meras convenciones sociales. Pero muchos podrían sentir que el acuerdo ajeno, incluso mayoritario, carece de virtud para obligarles. Tanto más ante la noción de la muerte sin trascendencia, pues esa noción hace de la vida un todo, y vuelve intolerable la perspectiva de constreñirla —de constreñir los deseos que son su sustancia— a decisiones de otros, nunca merecedoras de más respeto que las propias. El hombre débil aceptaría las convenciones, por miedo a la sanción social, pero el hombre fuerte y audaz podría rechazarlas. Recurriría a la violencia, pero no necesariamente. Al no tener las normas otra base que la convención, salta a la vista la posibilidad de sustituirlas por otras, arbitrariamente.

Como venía a decir un personaje de Aristófanes, si está establecido que los hijos no peguen a los padres, es porque a alguien se le ha ocurrido y los demás lo han aceptado. ¿Por qué no iba a establecerse la ley contraria, si alguien con suficiente labia convenciese a la mayoría?

Pío Moa, “Un fracaso intelectual”, La libertad digital, 16.II.01

Una aspiración nativa del diario El País, excelente aspiración, por cierto, fue la de promover un movimiento cultural con ciertas características ideológicas (defensa de la democracia, europeísmo, etcétera) pero que, por encima de ellas, tomara vuelo y altura intelectual. A tal efecto, el diario patrocinó una serie de talentos mayores o menores y un cierto debate, al principio, sobre cuestiones sociales, políticas e históricas que se suponían fundamentales.

Hoy, el proyecto puede darse por fallido; el periódico, más que un centro de promoción cultural, ha quedado en instrumento publicitario de determinadas firmas personales y marcas culturales, al servicio, a menudo, de la política en su nivel más ramplón. Lejos de adquirir vuelo, se ha quedado en el plano “políticamente correcto”, con el estilo trivial y romo que esas importaciones suelen adquirir en España. Lo ideológico ha ahogado a lo intelectual, lo mercantil a lo cultural, y el triunfo de los primeros se ha pagado con la derrota de los segundos.

Durante años, el ABC de Ansón intentó ser una contrapartida al proyecto de El País. Aunque el intento distó de cuajar en un éxito rotundo, al menos mantuvo el tipo y fue, desde luego, necesario para mantener una cierta vitalidad intelectual en España. Ahora, el suplemento cultural de ABC podría serlo también de El País, si acaso algo más ingenuamente progre.

¿De dónde vienen esos fracasos, que no deben alegrar a nadie, porque en definitiva son todos? Seguramente hay causas profundas, que deberían sacarse a la luz. En la más básica de ellas viene insistiendo Julián Marías: el sacrificio de la verdad a conveniencias ideológicas u otras. Sacrificio especialmente sangriento en todo lo que se refiere a nuestro pasado reciente. Este es cada día más irreconocible, y no sería mala cosa empezar a debatir en serio sobre él. Una clave: El País saltó al ruedo proclamando aquello del “páramo cultural del franquismo”. Se trataba de la típica falsedad autocomplaciente que tiende a imponerse por su carácter intelectualmente terrorista, pues quien se atreviese a negarla entraba sin más trámite en el rango de los “fachas”.

Por suerte, el mismo Julián Marías tuvo el valor de salirle al paso, aunque al parecer en vano, ya que los otros han insistido en su monserga como si no hubieran oído o leído nada en contra. Naturalmente, la implicación del “páramo” era el vergel cultural representado por El País; la realidad ha resultado casi la inversa. Como decía alguien, la verdad es una amante terrible: no acaba de entregarse a nadie y sin embargo castiga implacablemente a quien no la corteja.

Pío Moa, “El ateísmo hoy “, La Razón, 30.I.02

“Qué es el hombre? Un saco de deseos”. Lo dijo San Agustín, creo, aunque cito de memoria. En todo caso es una buena definición. Desde el principio de la Historia, el sentimiento religioso ha frenado esa tendencia típicamente humana, obligando a restringir y armonizar los deseos: la restricción suele aparecer como un mandato de la divinidad. Se comprende entonces que la negación de Dios se presente como una liberación, y así lo hacen los utopismos ateos. «Si no hay Dios, todo es posible», vino a decir Dostoievski. Eliminado el sentimiento de Dios, desaparece el de culpa, y el deber de autocontención.

Nadie puede comportarse del todo como si no hubiera Dios, pues los deseos de uno chocan con los ajenos, y satisfacerlos exigiría tiranizar al prójimo y exponerse a sus represalias. La sociedad se convertiría en el albergue del crimen generalizado. Los utopismos han comprobado ese hecho, al cual intentan escapar imponiendo unas normas sociales que los individuos deberían interiorizar como una segunda naturaleza (el «hombre nuevo»). Algo alcanzable si se abole la libertad y se hace de la sociedad una cárcel. Así, la máxima liberación del deseo conduce a la máxima esclavitud. Por otro lado, los deseos liberados provocan, con su multiplicidad y contradicción entre ellos, un aumento paralelo de temor y angustia, hasta desgarrar la psique del individuo. Ambos efectos manifiestan el castigo de los dioses. En un plano menos extremo, cabe imaginar un equilibrio basado en la aceptación utilitaria de unas normas o restricciones acordadas por mayoría. Sobre este problema ha girado gran parte del pensamiento occidental. Las normas, quitado su referente religioso, serían meras convenciones sociales.

Pero muchos podrían sentir que el acuerdo ajeno, incluso mayoritario, carece de virtud para obligarles. Tanto más ante la noción de la muerte sin trascendencia, pues esa noción hace de la vida un todo, y vuelve intolerable la perspectiva de constreñirla ­de constreñir los deseos que son su sustancia­ a decisiones de otros, nunca merecedoras de más respeto que las propias. El hombre débil aceptaría las convenciones, por miedo a la sanción social, pero el hombre fuerte y audaz podría rechazarlas. Recurriría a la violencia, pero no necesariamente. Al no tener las normas otra base que la convención, salta a la vista la posibilidad de sustituirlas por otras, arbitrariamente. Decía Aristófanes, que está establecido que los hijos no peguen a los padres, porque a alguien se le ocurrió y los demás lo aceptaron. ¿Por qué no iba a establecerse la ley contraria, si se convenciese a la mayoría?

Pío Moa, “Permanencia de la tradición jacobina”, La libertad digital, 20.II.01

El 26 de noviembre de 1869, aun reciente el derrocamiento de Isabel II, los diputados republicanos se dispusieron a probar en las Cortes la superioridad del ateísmo sobre el budismo, el islamismo y el cristianismo. Decían huir de “la fe, el cielo, Dios”, para afirmar “la ciencia, la tierra, el hombre”. Simplezas así siempre han colmado las ansias intelectuales de nuestros republicanos que, como es sabido, no han dejado en su dilatada historia una sola obra de pensamiento político medianamente seria. En fin, el presidente de las Cortes, tras oír una buena tanda de parrafadas de ese tenor, advirtió que demostrar la superioridad espiritual de una u otra doctrina estaba bien para una discusión académica, pero sobraba en el Parlamento. Los republicanos, por supuesto, lo tomaron muy a mal, y abandonaron la sala entre protestas e invocaciones a la libertad de expresión.

La anécdota trae a la memoria una célebre asamblea del Ateneo que votó si Dios existía, y salió una mayoría de noes, dejando la cuestión democráticamente, es decir, definitivamente zanjada. Estas cosas reflejan ese estilo delirante del jacobinismo español, al que se refería el buen y breve rey Amadeo cuando, poco antes de abandonar la empresa, clamaba: Io non capisco niente. Siamo in una gabbia de pazzi (“estamos en una jaula de locos”). Ya sabemos a qué abocó la experiencia: a la I Republica, que a punto estuvo de destruir a España como nación, hasta que el general Pavía, él mismo republicano, pero menos alucinado, cortó por lo sano.

La II Republica, basta consultar las memorias y testimonios de los republicanos, repitió la primera, y terminó mucho peor. Creo que la define aquel discurso, aplaudido con frenesí, en que Azaña proclamó, en nombre del “realismo político”, la no catolicidad de España, y, en nombre de “la libertad”, cercenó las libertades de asociación, expresión y enseñanza.

Parecía que las retóricas violentas y vacuas propias de esa tradición estaban superadas. Así lo expresa Tierno Galván en sus memorias: “El español que yo apenas había encontrado en España, lo veía repetido en la mayor parte de los exiliados. Tendían a dárselas de broncos, de amigos del chiste obsceno, propicios, no a los excesos eróticos, sino a la lujuria. El falso español dado a la agresión, la batalla, la palabrota, el desaire y la autoafirmación continua”.

Pero Tierno se equivocaba. Desde hace años asistimos a una beata exaltación de la II República, en que la desvirtuazación histórica llega a la obscenidad, compitiendo la mala fe con la ignorancia. Creo que si alguna vez vuelve una república y vuelve para bien, tendrá que ser sobre la exclusión, por no decir la abierta condena, de las experiencias anteriores.

Pío Moa, “Falsas causas del anticlericalismo”, La libertad digital, 12.V.02

Supongamos que Azaña (o Companys, o cualquier alto dignatario republicano) hubiera sido capturado por grupos derechistas que, después de someterle a un largo calvario de golpes y vejaciones, le hubieran cortado los testículos, para luego pegarle cuatro tiros y, aun agonizante, arrancarle los dientes de oro que tuviera.

Continúa leyendo Pío Moa, “Falsas causas del anticlericalismo”, La libertad digital, 12.V.02

Pío Moa, “El derecho al asesinato”, La libertad digital, 5.IV.01

Por supuesto, la Iglesia tiene pleno derecho, en una sociedad democrática, a beatificar a sus mártires de la guerra civil, tanto más cuanto que lo hace sin espíritu revanchista. Pero, cada vez que se produce una beatificación de éstas, se levanta la protesta en sectores jacobinos y progres. Para ellos, si la Iglesia reconoce y ensalza a los suyos, reaviva el espíritu de guerra civil y va contra la reconciliación. En cambio, los que protestan pueden ensalzar y exaltar ad nauseam a las víctimas que consideran de su bando, y fomentar un espíritu sectario, falsario y desde luego nada reconciliatorio. Estoy pensando en panfletajos como el de Santos Juliá y compañía titulado Víctimas de la guerra, diseñado para instilar odio, sobre todo en la mente de los jóvenes que no tienen casi idea de lo que realmente ocurrió. Como acertó a decir una vez Anguita sobre la hipocresía de Pujol: “siembra el odio con palabras suaves”. Juliá y compañía sustituyen las palabras suaves por lucubraciones seudoimparciales y aun más seudohistóricas.

En el fondo de estas actitudes hay una concepción rara vez expuesta con claridad, pero no menos evidente: los jacobinos –ya quedan pocos marxistas, al menos abiertos– tienen derecho a aplastar a quienes se opongan a sus designios, cuya sublimidad justifica todo: nunca se han conformado con menos de la emancipación del proletariado o del ser humano, y cosas así. Por contra, sus adversarios no tienen derecho a defenderse, y si lo hacen cometen un crimen. En definitiva, los clérigos y cristianos asesinados están bien asesinados, en el fondo se lo merecían y su mejor destino es el olvido, por oponerse al progreso o al “pueblo”, de quienes se proclaman representantes los que ahora protestan,.

Afortunadamente, esa actitud está en regresión en la izquierda, aunque sigue presente subliminalmente en actitudes como la vista. Donde se manifiesta de lleno es en el País Vasco. Recientemente, en una cena homenaje a Raúl Guerra Garrido, éste citó algunas frases que se oyen por allá, y que resumen la situación. Un locuelo de Jarrai con la mente envenenada decía que, naturalmente, ellos tienen derecho a matar. Se supone que si a ellos les pagasen con la misma moneda, sería un crimen inexpiable. ¿Por qué? Porque ellos tienen un sublime objetivo, la “construcción nacional” –transformado en la práctica en pesadilla miserable–, que justifica todo. La izquierda jaleó ese objetivo durante largos años: un asesino era “un patriota”, y los que provocaban un incremento de la represión resultaban “luchadores por la libertad”. Ahora, a esos mismos les llama fascistas y nazis (como llamaba “conservadores” a los comunistas cuando la caída del muro de Berlín). ¡Ah, esa mala y retorcida conciencia de la que no acaba de librarse la izquierda!

Pío Moa, “Razones de la persecución a la Iglesia”, La libertad digital, 19.V.02

La institución como sus doctrinas constituían un obstáculo al imperio de la razón y la libertad, según los jacobinos, o un aparato de engaño y sumisión de las masas, “opio del pueblo” en beneficio de los explotadores, según los aspirantes a la “revolución social”.

Continúa leyendo Pío Moa, “Razones de la persecución a la Iglesia”, La libertad digital, 19.V.02

Pío Moa, “Modelos juveniles”, La libertad digital, 5.VI.01

Una maestra describe, en carta a un diario, una zona madrileña de “diversión juvenil”: masas de gente “bebiendo botellón, vomitando, orinando y realizando todo tipo de necesidades fisiológicas sin ningún pudor”. Un cerdo bípedo le lanzó un escupitajo. “El lugar en que entramos parecía normal hasta que un “pasado de la vida” empezó a enrollarse con sus amigas y amigos, y terminó con los genitales a la vista, paseando tranquilamente por el bar. Las calles ofrecían un aspecto desolador: aceras, jardines, bancos, fuentes, eran un estercolero de botellas, vasos, plásticos, restos de comida…” etc.

Así ocurre desde hace muchos años, no sólo en Madrid, sino en cualquier capital menor y hasta en pueblos pequeños, y no creo que la asqueada autora de la carta descubra nada a nadie. En el País Vasco se combina con la “kale borroka”, variante “politizada” de lo mismo. La señora yerra, en cambio, cuando pretende desvincular tales conductas de la “movida madrileña” de hace años. Por el contrario, esta exhibición de zafiedad torpona, no acompañada siquiera del relativo ingenio asociado antaño a la golfería juvenil, nació con la “movida madrileña”, tan celebrada por los sociatas en sus buenos y corruptos tiempos.

La derecha, se suponía, iba a poner coto a tales cosas, así como a la burdelización de espacios públicos, etc. Pero no. La única mejora es que no hay tanta jeringuilla de drogadictos tirada por todas partes, y se ven menos desgraciados pinchándose o preparando la droga en las calles o en el metro –lo que no significa que se consuma menos droga. En el resto, la “movida”ha ido a más. La derecha, aunque fastidiada, es demasiado cobarde moralmente para hacer algo al respecto.

Estas conductas siempre han existido, y siempre los mayores se han quejado de ellas, olvidando a veces su propia juventud. Pero antes tenían carácter marginal, y lo que caracteriza la situación de ahora es su masividad: ¡grandes rebaños, realmente! ¿De donde viene todo esto? De sus padres, de quienes ahora tenemos entre 45 y 60 años, la “generación del 68”, en una palabra. Esa generación, una vez despedida su capa de charlatanería política, ha legado a sus sucesores unos modelos de conducta sintetizados, para los varones, en el macarrilla y el chisgarabís, y para las chicas en el marimacho y el putón verbenero. Uso estas expresiones populares porque me parecen más descriptivas y ajustadas que otras aparentemente más neutras y “serias”.

No faltarán quienes vean en esos comportamientos algo progresista y liberador. Por mi parte coincido con Li Chi-lai, el célebre poeta Sung: “ una de las cosas más lamentables de contemplar es una juventud echada a perder por una educación falsa”. Más lamentable por cuanto esa seudo-educación procede de nosotros.

Pío Moa, “Laicismo antidemocrático”, La libertad digital, 1.IX.01

La no renovación del contrato a una profesora de religión en Almería, por conducta incompatible con su trabajo, ha desatado el apasionamiento anticlerical. Según el marido de la señora, un divorciado, el acto es inconstitucional, pues “estamos en un estado laico”. Otros afirman que se ha violado el estatuto de los Trabajadores, al producirse una discriminación por razones ajenas al cumplimiento de las obligaciones laborales.

La base de esos argumentos es inconveniente. Desde el punto de vista laico, la Iglesia, en cuanto enseñante, es una empresa como cualquier otra, y tiene pleno derecho a exigir lealtad a sus empleados. Hace bastantes años unos sindicalistas sostuvieron que esa lealtad era un criterio “feudal”, no exigible. Por suerte les pararon los pies. Ninguna empresa puede funcionar sin un grado suficiente de lealtad por parte de sus empleados, y eso lo sabían bien aquellos sindicalistas. Pero, justamente, a ellos no les importaba hundir las empresas, creyéndose en vías de “superar el capitalismo” y de vivir todos del erario público.

Algo parecido ocurre ahora. La enseñanza de la religión tiene exigencias particulares. En principio, por ejemplo, un travesti que ejerciera la prostitución en sus horas libres, podría impartir clases de literatura o de inglés —seguramente se dan casos—, mientras lo hiciera con pasable profesionalidad. Pero pocas cosas hundirían más la religión que su enseñanza por personas que en su vida extraescolar y conocida vulnerasen las normas religiosas, y nada han aprovechado más los anticlericales que el mal ejemplo dado en todos los tiempos por algunos clérigos. Claro está que, como los aludidos sindicalistas, quienes niegan a la Iglesia el derecho a exigir lealtad a sus empleados, tratan deliberadamente de perjudicarla. El argumento supuestamente laboralista es así usado de modo fraudulento, y precisamente por quienes han dejado sin trabajo a plantillas enteras, como en el famoso antenicidio, por motivos ideológicos y políticos.

Otros arguyen que la decisión obispal “choca contra el sentimiento mayoritario de la sociedad”. Estamos ante un uso falso del argumento democrático. ¿Cómo saben que es el sentimiento mayoritario? Y aunque lo fuera, ¿no tienen las minorías derecho a defender sus sentimientos? ¿Y es legítimo un “sentimiento” por ser mayoritario? Por poner un ejemplo extremo, pero ilustrativo, durante años el sentimiento mayoritario en la Alemania hitleriana fue el nazi. ¿Habría que someterse a él, como ahora se pretende, “democráticamente”? La confusión nace de que nuestros presuntos laicos no piensan ni actúan como tales, sino que hacen del laicismo una contrarreligión, con sus integrismos y sus dogmas.

Pío Moa, “La visión cristiano-progre de la historia reciente”, La libertad digital, 7-12.IX.01

En 1981, en un foro titulado “¿Es posible la convivencia en España?”, Laín Entralgo condicionó la convivencia real a una pública confesión de los errores y crímenes del pasado, en referencia a la guerra civil. A tal pretensión, sentimental y en el fondo vana, opuso R. Salas Larrazábal que la concordia entre los españoles actuales y futuros “tiene muy poco que ver con el arrepentimiento o el empecinamiento de sus antepasados”. Salas veía la guerra como un problema de historia, Laín como un problema básico de política actual. Éste insistió desde El país: “Durante casi cuarenta años, la pública consideración de los vencidos como antiespañoles, asesinos, horda roja, etc., ha sido entre los vencedores una regla constante. ¡Qué antología de textos podría componerse!” Los horrores reseñados en la Causa General son ciertos –concedió– pero también lo son los crímenes contrarios, por lo cual animó a los partidos entonces en la oposición a elaborar su propia Causa.

¡Pésima idea!, observó Salas. Un aspecto de la guerra, como de todas, fue la prédica del odio al enemigo y la creación, contra él, de una leyenda de crueldad sin par. Desde luego, ¡qué antología podría componerse con los textos del Frente Popular contra el “fascismo”! ¡Y con los de cada partido de dicho Frente contra sus socios! Sería ingenuo, o algo peor, esperar que fueran a demoler esas leyendas quienes las crearon, es decir, los partidos y los intelectuales y propagandistas a su servicio. De la propuesta de Laín sólo podía salir lo que en efecto salió: una literatura revanchista y empapada de odio, como Víctimas de la guerra y tantos panfletos más, instrumentos de una política actual. ¿A qué vienen, si no, las exigencias de que la Iglesia pida perdón por una guerra cuyos mayores causantes fueron, precisamente, los exigentes? El camino es otro, dice Salas: la guerra “debe relegarse a la historia, y ser tratada con objetividad, humildad, comprensión y amor a la verdad”.

Tampoco sirve a la verdad la invocación sentimental de los cuarenta años de supuesta indefensión de los vencidos. Cuando salí de la niñez, con los años sesenta, se hablaba poco de la guerra, y a finales de la década se iban imponiendo, como en el exterior de España, las versiones de los vencidos, llenas de falsedades. En 1981 ya prevalecían por completo esas versiones que “no se someten a crítica y han creado un estado de conciencia que resiste impertérrito a cualquier prueba en contrario”, apuntaba Salas. Al estudiar la guerra, yo mismo he debido hacer un esfuerzo constante por cuestionar los viejos tópicos, cuyo pesado influjo sobre el espíritu desafía los documentos y a la lógica.

Viene esto a cuento por un artículo reciente de Ignacio Sotelo en El País, acerca de las ideas de Laín sobre la historia de España. Artículo merecedor de atención.

¿De dónde vino la guerra civil? “A la generación sobreviviente (de la guerra) —dice Sotelo— le quedaba el compromiso moral de dar cuenta de las causas de la tragedia, para evitar que se repitiese”. Y esas causas las expone Laín, en una vasta generalización, como la confrontación entre el catolicismo tradicional y la modernidad: “El mundo moderno es el mal y el error, dicen los tradicionalistas; el catolicismo no es aceptable para el hombre moderno y debe ser relegado al pretérito, afirman nuestros progresistas. Las dos tesis son, además, irreductibles a un proyecto histórico. ¿A qué podían conducir? En España, forzosamente, a la guerra civil”.

Las interpretaciones generales, tal la de la lucha de clases o, más modestamente, ésta de los católicos y los modernizadores, resultan fascinantes, porque explican los sucesos “a lo grande”, por encima de los hechos concretos, siempre fatigosos de aclarar. Pero por lo común los hechos suelen dar buena cuenta de esas generalizaciones excesivas, y así ocurre en este caso. Ante todo, ¿quiénes eran los modernizadores, para Laín? Parece claro cuando cita, en su propuesta de una Causa General desde la izquierda, a “republicanos, socialistas y masones vilmente asesinados”. Pero, ¿y los comunistas, socialistas de Largo Caballero, y anarquistas, que sufrieron muchas más víctimas? Significativamente, Laín los ignora: se ve que no acaban de entrar en el molde de los modernizadores, al revés que los republicanos, masones y socialistas —del sector minoritario de Prieto, se sobreentiende.

Ahora bien, desde 1934, los revolucionarios, y no los supuestos modernizadores, componían, con gran diferencia, la parte principal y más organizada de las izquierdas, y los “católicos tradicionalistas” se sublevaron invocando, precisamente, el peligro de revolución. Una seudocrítica muy repetida afirma que esa invocación no pasaba de pretexto, pues tal peligro no existía, pero basta comprobar el leve peso de los modernizadores frente a los revolucionarios, y el sabotaje de éstos a aquellos, para ver el sólido fundamento del temor derechista. Prieto mismo definió la situación, dos meses y medio antes de la revuelta, como insostenible. En 1936 no se planteaba en España ninguna “modernización”, sino la revolución. Sin esto, la comprensión de la guerra y sus raíces se vuelve imposible.

El conflicto, por tanto, no ocurrió entre modernizadores y católicos tradicionalistas, sino, en todo caso entre éstos y los revolucionarios. Pero dejar esto en claro requiere examinar con mayor detalle el papel real de los supuestos modernizadores.

Los modernizadores en la teoría y en los hechos Los que Laín llama modernizadores eran en 1936 un apéndice de los revolucionarios. Habían tenido su gran oportunidad en 1931, pero su balance difícilmente satisfará ni siquiera a un católico progresista: una oleada de incendios de conventos, bibliotecas, escuelas y obras de arte; una constitución hecha de espaldas a la mitad de la sociedad; leyes como la de “Defensa de la República”, o la de “Vagos y Maleantes”, que establecían una dictadura de hecho, con aplicación frecuente de la censura, cierre de periódicos, detenciones arbitrarias, etc.; un plan para eliminar la educación religiosa, con grave perjuicio directo para cientos de miles de personas; brutalidad policial, culminada en Casas Viejas, y manifiesta en el uso de la tortura y en la muerte por la policía, y en solo dos años, de muchos más obreros que la causada en dos decenios por el régimen de la Restauración, o en seis años por Primo de Rivera; miseria popular, reflejada en el aumento de las muertes por hambres, que volvieron a cifras de principios de siglo; auge espectacular de la delincuencia, en especial la política, con atentados, bombazos, etc.

Frente a los hechos, los Laín, Sotelo y otros apelan a las “buenas intenciones” de sus patrocinados, como si nadie más las tuviera: ¡los republicanos tenían la excelente intención de modernizar el país!. Hablan de la reforma agraria, pero ésta fue mal concebida y peor realizada; del impulso a la instrucción pública, aunque al mismo tiempo la contrajeron al excluir a los religiosos, y redujeron su nivel, al introducir en ella miles de maestros más politizados que profesionales; de la autonomía de Cataluña, aunque los republicanos catalanes la utilizaron para socavar la legalidad y sublevarse contra ella. Etc. Como era lógico, la oportunidad de los modernizadores pasó pronto, y en noviembre de 1933 ganó las elecciones el centro-derecha. Fue entonces cuando aquellos dieron toda su talla: simplemente probaron a burlar la voz de las urnas con intentos de golpe de estado, y desestabilizaron al gobierno legítimo hasta que, en octubre de 1934, se rebelaron los modernizadores catalanes, con el apoyo moral de los del resto del país, y en connivencia con los revolucionarios socialistas.

Esta realidad, se ha disimulado o excusado con el temor al fascismo. Pero el supuesto peligro fascista, al revés que el peligro revolucionario, era falso: una falsedad deliberada, urdida por modernizadores y revolucionarios para soliviantar a las masas y encubrir su propio ataque a la legalidad. Estos hechos pueden considerarse hoy día indudables, y disimularlos o excusarlos revela un espíritu alarmante, tan poco respetuoso con la democracia y las libertades como el de aquellos sospechosos modernizadores.

Modernizadores y revolucionarios ante la guerra Lo ocurrido en octubre del 34 fue mucho más que un error, como cree Laín: fue que el PSOE (salvo Besteiro) y la Esquerra, con apoyo político de los republicanos de izquierda, declararon la guerra al resto de España, cada cual con sus propios objetivos. Pues bien, esa declaración no fue retirada después del fracaso, juzgado momentáneo. Al contrario, los modernizadores no vacilaron en aliarse con los revolucionarios en el Frente Popular, en torno a un programa revanchista. Se ha calificado este programa de moderado, pero creo haber probado lo contrario: reivindicaba de hecho la guerra de octubre y pretendía reducir a la derecha a un papel testimonial, mediante la llamada “republicanización del estado”.

Ganadas las elecciones de febrero de 1936 en circunstancias caóticas, los modernizadores tuvieron su segunda oportunidad, y gobernaron. Pero sus aliados extremistas tenían mucha más fuerza que ellos. Los comunistas (ya entonces muy influyentes), les presionaban para que, desde el gobierno, aniquilasen a la derecha católica y encarcelasen a sus líderes. Los socialistas de Largo Caballero, hegemónicos, propiciaban el desorden con el fin de hacer fracasar al gobierno republicano y heredarlo, sin riesgo de nueva insurrección, e imponer la “dictadura proletaria”. Y los anarquistas, convencidos de la cercanía de su revolución, contribuían a la violencia. Estas fuerzas pesaban, como he dicho, más que los modernizadores. Y los asesinatos, asaltos a periódicos y locales derechistas, quemas de iglesias, invasiones de la propiedad, etc., se pusieron a la orden del día.

Según una versión muy difundida, la derecha católica y parte del ejército comenzaron a conspirar tan pronto perdieron las elecciones. La verdad es otra. Hasta finales de mayo, no hubo conspiración militar seria, y la derecha centró sus esfuerzos en presionar al gobierno para que cumpliera con su deber más elemental: garantizar el orden público. Pero, en el propio Parlamento, los modernizadores se negaron a cumplir ese deber, mientras comunistas y socialistas amenazaban de muerte a los peticionarios. Ese acto, repetido dos veces, privó de legitimidad al gobierno e hizo pesar sobre la derecha la amenaza, real y próxima, de destrucción. En esas circunstancias, no hubo tal “rebelión contra un gobierno legítimo y democrático”, como pretenden muchos –y como sí ocurrió en octubre del 34–, sino contra un gobierno deslegitimado por su falta de voluntad y de capacidad para defender la ley, y por su alianza con los revolucionarios. ¿Dónde está aquí el conflicto entre católicos tradicionalistas y modernizadores? Estos últimos apenas tenían importancia en el drama, arrastrados y desacreditados por su pacto con la revolución.

Miseria del anticlericalismo La tesis de Laín, defendida también por Peces-Barba y otros, no se limita a ver la clave de nuestras desdichas en la mutua hostilidad entre catolicismo y modernidad, sino que culpa esencialmente al primero. “Un catolicismo tradicionalista –resume Sotelo– que se enfrenta a cualquier intento de modernidad, lo que lleva a que los modernizadores españoles sean cada vez más anticatólicos”. El catolicismo, pues, sería culpable incluso del anticlericalismo, feroz sin duda y autor de crímenes, pero provocado por la absoluta cerrazón y bruticie católica. Sería el culpable final, por tanto, de las guerras civiles. Y de la escasa relevancia de la ciencia española y de otras muchas cosas.

Creo que esta versión padece dos errores de enfoque. El primero, ya visto brevemente, es ignorar la diferencia entre el siglo XIX, donde tendría cierto sentido, en principio, esa oposición católico-modernizadora, y el siglo XX, en que dicha oposición se diluye al pasar a primer plano la revolución social, sorprendentemente relegada por Laín y otros. El segundo error es considerar provocado el anticlericalismo y provocadora a la Iglesia.

Para abordar este último desenfoque debemos volver a los hechos. Las ideas modernizantes entraron en España, por desgracia, con la invasión francesa, es decir, las acompañó la imposición extranjera a sangre y fuego, que ya de por sí las hacía repelentes para muchos. Pero además también se reprodujeron aquí las fechorías jacobinas de Francia: los “derechos del hombre” sirvieron de bandera para el genocidio, el terror y el saqueo. España no era un país sin tradición ni cultura, y los invasores tuvieron amplia ocasión de destruir o robar un inmenso patrimonio artístico y monumental, bibliotecas, etc., ultrajando de paso el sentir religioso casi unánime en el país. Nos escandaliza el fanatismo destructivo de los talibanes, pero los “talibanes jacobinos”, como recordaba Arrabal hace poco, fueron harto peores. Si no descartamos arbitrariamente esto, como suele hacerse, entenderemos que la mayoría del clero y del pueblo viesen en las propuestas modernizadoras la excusa para todo tipo de crímenes, pues así había ocurrido realmente. El anticlericalismo no nace, pues, como una réplica a la cerrazón católica, según pretenden los católicos “progresistas”, sino que la barbarie anticlerical provocó el rechazo católico.

Luego, la semilla jacobina prendió en el sector del liberalismo llamado exaltado o progresista, de historial espeluznante en el siglo XIX, hasta culminar en la I República, que estuvo a punto de acabar con España como nación, y del que recordaremos algunas cosas sabidas, pero un tanto olvidadas.

Pío Moa, “Calidad de vida”, La libertad digital, 16.X.01

Antes se decía “nivel de vida”, pero hace años se encontró un concepto mejor: “calidad”. Hoy casi todo el mundo habla de “calidad de vida”. Los políticos o los economistas, los “camellos” o los bingueros, explican cómo un nuevo parque, o una escuela, o un coche, o un chalé, o una nevera, mejoran notablemente la “calidad de vida” de una región, de un barrio, una familia o la suya particular. La expresión se cuela inadvertida por doquier, hasta entre las gentes más serias.

Pretender medir la “calidad” de algo tan misterioso, variado e insondable como la vida humana es ya idea bárbara, de una necedad asimismo insondable. La expresión, en realidad significa “cantidad y calidad de consumo”, y eso quieren decir quienes la emplean. Pero no hay equivocación al respecto: para cada vez más gente, la vida se reduce a su nivel de consumo –desde ordenadores a sexo o “cultura” ( la “oferta cultural” famosa)–. Y ese mensaje chorrea sin descanso desde la publicidad, la televisión, la política… La brutalidad del concepto no radica en que el consumo sea despreciable –aunque puede serlo–, sino en la pretensión de hacerlo definidor del valor (la calidad) de la vida. Según eso, un parásito bien situado habría tenido una vida de calidad muy superior a la tan asendereada de Cervantes, una prostituta “fina” a la de una afanada y honesta ama de casa, un traficante de drogas exitoso a la de un poeta de valor apreciado tardíamente; o, en general, la vida tosca, trivial y pesada de los españoles actuales tendría mucha más calidad que la de sus compatriotas del siglo XVI, tan pobres, pero tan destacados en la historia y la cultura; o que la de los griegos de la época clásica, más menesterosos todavía.

No hay forma, desde luego, de medir la calidad de la vida de una persona; pero quizá se podría medir aproximadamente la de una sociedad, atendiendo a los exponentes negativos de su estado mental y moral: índices de suicidios, presos, delincuencia juvenil, asesinatos, robos, drogadicción, alcoholismo, divorcios y separaciones, embarazos de adolescentes, violencia y fracaso escolar, delitos y enfermedades sexuales, perturbaciones mentales, horas ante el televisor, etc. Alguna institución debiera estudiar y refinar una serie de tales índices, facilitando datos comparativos de unos países y otros, y una regiones y otras. Lograríamos así una aproximación a la “calidad de vida” superior a la hoy tenida por tal.

Pío Moa, “El anticlericalismo, una plaga de ayer y de hoy”, Alfa y Omega, 18.X.01

Según una opinión muy divulgada por ciertos medios, la Iglesia es la principal culpable de las desdichas y violencias, especialmente las guerras civiles, que han sacudido a España en los dos siglos pasados. La causa estaría en el fanatismo y cerrazón eclesiásticos ante los derechos humanos y las nuevas corrientes políticas. Esa acusación ha sido asumida incluso por muchos cristianos o próximos al cristianismo, y se puede leer hoy en órganos conservadores sin que levante críticas o protestas.

Sin embargo, los hechos desmienten por completo tal idea. Lo que olvidan esos críticos es que el liberalismo llegó a España, en gran medida, no a través de su versión anglosajona, consciente de sus raíces cristianas y en todo caso respetuosa con ellas, sino de la tendencia revolucionaria francesa, el jacobinismo, introducido aquí por la invasión napoleónica. La Revolución francesa fue realmente la fragua de los totalitarismos que iban a asolar el mundo en el siglo XX. Comentando los destrucciones de estatuas por los talibanes, el dramaturgo Arrabal recordaba recientemente las fechorías, enormemente peores, de los talibanes revolucionarios franceses contra edificios y obras de arte. Ello aparte de la institucionalización del terror, el genocidio y una mortífera persecución religiosa.

En España, la invasión francesa trajo los mismos efectos: matanzas, devastaciones y saqueos de obras artísticas, conductas vistas por los españoles de entonces, casi unánimemente católicos, como sacrílegas e intolerables. Es lógico, vista la cuestión desde un ángulo neutral, que no sólo el clero, sino también la gran masa de la población, entendiera aquellas prédicas sobre los derechos del hombre como el pretexto y encubrimiento del crimen, pues, efectivamente, así fue.

Sin embargo, el jacobinismo se asentó en el país, sobre todo, a través de logias masónicas militares, tuvo el anticlericalismo como su rasgo más marcado, y no contribuyó en lo más mínimo a cambiar las ideas que la gente se había hecho sobre él a partir de la experiencia. Al contrario. Muy débil, por su aislamiento, el jacobinismo recurrió enseguida a la violencia: suya es, contra lo que muchos creen, la invención de los pronunciamientos militares, tan dañinos para la estabilidad del país durante el siglo XIX. De él proceden las incitaciones al asesinato de frailes, con calumnias como la de que habían envenenado las fuentes. La Desamortización de Mendizábal fue otro hecho indicativo. La medida, seguramente necesaria, pero realizada a la manera jacobina, es decir, brutal y sin respeto al derecho de propiedad, resultó asoladora. Cientos de miles de personas que vivían en terrenos eclesiásticos fueron expulsadas, formando un ejército de mendigos, delincuentes y otros marginados, abono para la demagogia y la convulsión social. La desforestación fue muy intensa. Grandes bibliotecas se dispersaron o se perdieron, obras de arte de primera magnitud desaparecieron, se hundieron joyas arquitectónicas. Un ejemplo entre muchísimos: el Gobierno ordenó destruir el monasterio de La Rábida, cuna del descubrimiento de América, y sustituirlo por un monolíto. Todo ello no impedía a nuestros jacobinos invocar exaltadamente la cultura.

A lo largo del siglo XIX y parte del XX, continuaron estas conductas, más o menos esporádica o sistemáticamente. A principios del siglo XX Ferrer Guardia, ídolo de muchos progresistas, preconizaba “una revolución sangrienta, ferozmente sangrienta”, y la llevó a la práctica, en lo que pudo, mediante salvajes atentados. Las posturas jacobinas, mezcladas con las revolucionarias socialistas y anarquistas, culminaron en la II República, inaugurada con la quema de más de cien edificios: conventos, bibliotecas (incluyendo la segunda de España), centros de enseñanza y formación profesional, laboratorios, esculturas, cuadros, etc.

El fanatismo jacobino, aliado con el socialismo revolucionario, rechazó la victoria electoral, democrática, del centro derecha en 1933, y respondió a ella con la revuelta de octubre del 34, organizada por el PSOE y los nacionalistas catalanes de la Esquerra, con el apoyo moral de las izquierdas republicanas. Aunque la insurrección solo duró unas horas en Cataluña y dos semanas en Asturias, bastó para la matanza de unos 40 religiosos y la destrucción de numerosos templos, incluyendo la voladura de la Cámara Santa de la catedral de Oviedo, joya invalorable del románico, y de la universidad de la misma ciudad, arrasando su valiosísima biblioteca. Etc.

Todo esto no fue sino un aperitivo, comparado con lo que ocurriría desde febrero de 1936, al ganar las elecciones el Frente Popular y volver al poder el viejo jacobinismo, de la mano de los revolucionarios extremos, anarquistas, socialistas, radicales y comunistas. Como creo haber probado en El derrumbe de la II República y la guerra civil, la actitud izquierdista causante del levantamiento de octubre del 34 no sólo no se corrigió, sino que se extremó, y su victoria electoral se tradujo en el naufragio de la legalidad, manifiesto en oleadas de incendios, asaltos a locales y prensa derechistas, y cientos de asesinatos. Cuando los políticos de derechas urgieron al Gobierno a cumplir su deber poniendo coto al desorden, el Gobierno rehusó, y ellos fueron amenazados de muerte en el mismo Parlamento. Amenazas cumplidas en el caso de Calvo Sotelo, mientras Gil-Robles se salvaba por puro azar. En estas condiciones, la mitad del país (por lo menos) con sentimientos católicos se vio en el dilema de rebelarse o dejarse aplastar. Optó por lo primero, como es sabido.

Sobre la persecución religiosa del Frente Popular en la guerra, no hará falta extenderse, pero sí señalar que fue quizá la más sangrienta que haya sufrido nunca la Iglesia, peor probablemente que las del Imperio Romano o de la Revolución francesa.

En suma, a lo largo de los siglos XIX y XX el anticlericalismo ha dejado un rastro espeluznante de incendios, agresiones, torturas y asesinatos de clérigos y católicos. El rechazo a tales conductas es bien lógico, y no debe confundirse con el rechazo al liberalismo o las nuevas ideas en general. Pues la Iglesia logró un acomodo aceptable con el liberalismo moderado, o conservador, en especial durante el casi medio siglo de la Restauración, único período en 130 años en que España prosperó de modo sostenido. Y durante la República, su actitud fue en extremo legalista y moderada, contra lo que sostienen ciertas propagandas e historiografías sin base.

En la actualidad, el anticlericalismo no hace llamamientos a la sangre, pero no renuncia a su propio pasado, reivindicado explícitamente, o al menos disculpado o embellecido. Naturalmente, todo el mundo tiene derecho a criticar a la Iglesia, pero cuando esa crítica se ejerce por medio de la manipulación y la falsificación histórica, como ocurre casi sistemáticamente, entonces debe ser a su vez criticada sin ambages.

No siendo católico, amo sin embargo la verdad, y creo que de la falsificación no puede salir nada bueno. Un pueblo engañado sobre su propio pasado corre peligro de recaer en lo peor de él. Me repugna sumamente que quienes tienen tras de sí un historial siniestro, no sólo no lo repudien, sino que se erijan en jueces y fiscales de los demás y les exijan que pidan perdón.