Una pistola y dos hombres frente a Dios

Sucedió hace bastantes años en un campo de concentración en Francia. Había en él muchos refugiados españoles. Un sacerdote solía subir al estrado y explicaba a su auditorio temas de religión.Un día les habló de Dios y de su existencia. Cuando terminó el sacerdote de explicar sus ideas, preguntó al auditorio si alguno quería exponer algo.

Se oyó la voz de un refugiado gritando su disconformidad. El ateo subió al estrado y dijo al auditorio: “No estoy conforme con lo que ha dicho el sacerdote. Yo digo que Dios no existe. Y lo voy a probar. Aquí está mí reloj. Si Dios existe, le doy un plazo de cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada. El Dios de este sacerdote no existe”. Al acabar de hablar el incrédulo, sus partidarios le vitorearon. Le pasearon en hombros por el campo de concentración. El sacerdote quedó sin saber qué hacer. De repente tuvo una idea luminosa. Y dirigiéndose a la multitud de incrédulos y de creyentes les dijo. “Señores, no he terminado aún. Invitó al incrédulo a subir al estrado. El sacerdote pidió una pistola cargada. Un hombre le entregó el arma. Se hizo un silencio profundo. Todos estaban intrigados. Él sacerdote le dijo al incrédulo: “Ahí tiene esta pistola. No le hace falta más que darle al gatillo. Le concedo cinco minutos para que me mate. Faltan cuatro minutos. Faltan tres minutos. Faltan dos minutos. Falta un minuto. No falta nada.

Luego usted no existe. ¿Qué les parece a ustedes?” El rostro del sacerdote y el de su contrincante estaban pálidos. El incrédulo le dijo: “¿Cómo voy a matar yo a usted que tanto bien me ha hecho? El sacerdote le contestó: “Dios le ha hecho a usted muchos más favores que yo y es mucho más misericordioso con los hombres que usted ha sido conmigo. Usted me ha respetado la vida cuando yo le pedía que me matara, como Dios se la ha respetado a usted cuando le retaba a que se la quitara”. La escena fue de gran emoción. Dios recompensó el heroísmo del sacerdote que expuso su vida por El, haciendo que se convirtiera a la fe católica aquel incrédulo que unos momentos antes negaba a Dios.

La primera palabra a través del océano

En miles y acaso centenares de miles de años, desde que el extraño ser llamado hombre pisa la tierra, no ha existido otra medida máxima de la traslación humana que el correr del caballo, el girar de las ruedas y la velocidad alcanzada por embarcaciones a remo o a vela. La plétora del progreso técnico dentro del estrecho espacio iluminado por la conciencia que llamamos historia mundial, no produjo un aceleramiento sensible del ritmo de los movimientos. Los ejércitos de Wallenstein apenas adelantaron más rápidamente que las legiones de César ni se precipitaron más velozmente los ejércitos de Napoleón que las hordas de Gengis Khan. Las corbetas de Nelson atravesaron el mar muy poco más ligeras que los botes piratas de los vikingos y las embarcaciones mercantes de los fenicios. Lord Byron no cubre en su viaje de Childe Harold más millas diarias que Ovidio en su camino al exilio, ni viaja Goethe en el siglo XVII mucho más cómoda o aceleradamente que el apóstol Pablo al comienzo de nuestra era. En tiempos de Napoleón, los países estaban invariablemente alejados unos de otros en el espacio y en el tiempo como bajo el Imperio romano; sigue triunfante la resistencia de la materia sobre la voluntad humana.

Sólo en el siglo XIX cambia fundamentalmente el ritmo y la medida de la velocidad terrestre. En el primero y segundo decenios, los pueblos y países se aproximan con más rapidez que antes en milenios. Gracias al ferrocarril y al buque a vapor, los viajes de muchos días se reducen a un solo día de duración; las hasta entonces interminables horas de viaje se cubren en cuartos de hora y en minutos. Aun cuando este aceleramiento debido al ferrocarril y al vapor impresionó triunfalmente a sus contemporáneos, tales inventos no escapan a la zona de la comprensión humana. Esos vehículos quintuplican, decuplican y multiplican por veinte las velocidades conocidas hasta entonces, y tanto la mirada exterior como el sentido interior pueden seguirlas y explicarse el milagro aparente. Pero los primeros efectos de la electricidad aparecen completamente inesperados por sus consecuencias. Un nuevo Hércules destroza ya en la cuna todas las medidas valederas y anula todas las leyes en vigor hasta entonces. Nunca podremos imaginamos el asombro de la generación testigo de los primeros resultados obtenidos por el telégrafo, esa sorpresa entusiasta y formidable por que la chispa eléctrica, que ayer todavía apenas si cubría la distancia de una pulgada entre la botella de Leyden y el nudillo, adquiere de pronto una fuerza demoníaca que le permite saltar países, montañas y continentes enteros. Asombra a aquella gente el hecho de que la idea apenas concebida, la palabra escrita, que no se ha secado aún, pueda ser recibida, leída, comprendida, en el mismo segundo, a miles de millas de distancia, y que la corriente invisible entre los dos polos de la minúscula columna voltaica pueda ser extendida sobre toda la Tierra, de un polo al otro; que el juguete de los físicos, ayer mismo sólo capaz de atraer, por la fricción de un vidrio, unos trocitos de papel, pueda ser aumentado y equivaler a millones y miles de millones de energías humanas y velocidades, llevando mensajes, moviendo trenes, iluminando casas y calles, Botando invisible por los aires, como Ariel. Sólo este invento ha producido la más decidida mutación de la relación temporal y espacial desde la creación de la Tierra.

El histórico año de 1837, en cuyo transcurso el telégrafo permite la simultaneidad de la hasta entonces aislada experiencia humana, muy pocas veces se halla registrado en los textos escolares, que desgraciadamente, consideran más importante la narración de guerras y victorias de generales y naciones aisladas que los triunfos verdaderos, por ser colectivos, de la humanidad. Y, sin embargo, no hay en la historia moderna una fecha de mayor trascendencia psicológica que esa renovación del valor del tiempo. El mundo ha cambiado desde que resulta posible saber simultáneamente en París lo que acontece en Amberes, Moscú, Nápoles y Lisboa en el mismo minuto. Sólo falta dar un último paso para incluir también a los demás continentes en aquella magnífica comunidad y para crear una conciencia colectiva de la humanidad entera.

Pero la naturaleza se resiste todavía a esa unión definitiva, le opone un obstáculo, y durante dos décadas más quedan excluidos de aquella red los países separados por el mar. Pues mientras la chispa se propaga sin traba, gracias a los aisladores de porcelana colocados en los postes telegráficos, el agua absorbe la corriente eléctrica. Es imposible dirigirla a través del mar en tanto no se haya inventado un recurso para aislar totalmente los hilos de hierro y cobre en el líquido elemento.

En tiempos de progreso, un invento da la mano felizmente al otro. Pocos años después de la implantación del telégrafo continental se descubre la gutapercha, el material más indicado para aislar las conducciones eléctricas en el agua. Entonces puede empezarse a empalmar al país más importante allende el continente, Inglaterra, con la red telegráfica europea. Un ingeniero de apellido Brett coloca el primer cable en el mismo lugar en que más tarde Blériot habrá de lanzarse a cruzar el canal de la Mancha en avión. Un torpe incidente malogra el éxito inmediato, porque un pescador de Boulogne, creyendo haber pescado una anguila singularmente grande, arranca el trozo de cable ya colocado. El 13 de noviembre de 1851 una segunda tentativa da el resultado apetecido. Desde entonces Inglaterra queda empalmada, y con ello Europa se transforma en la verdadera Europa, un ente que vive todos los acontecimientos de la época con un solo cerebro y un solo corazón simultáneamente.

Tan enorme éxito obtenido en tan pocos años -pues ¿qué significa una década sino un abrir y cerrar de ojos en la historia de la humanidad?- forzosamente ha de dar a aquella generación un coraje infinito. Todo cuanto se ensaya consigue éxito en un tiempo inimaginablemente breve. Al cabo de unos pocos años Inglaterra está unida a su vez con Irlanda, Dinamarca con Suecia, Córcega con el continente, y ya se sondea la posibilidad de extender la red a Egipto y luego a la India. Pero un continente, el más importante, parece condenado inmediatamente después a quedar eternamente excluído de esa cadena universal: América. ¿Cómo habría de abarcarse con un solo cable el océano Atlántico o el Pacífico, cuya inmensa extensión se opone a la instalación de estaciones intermedias? Por aquellos años de infancia de la electricidad todos los factores son ignorados todavía. Nadie ha medido la profundidad del mar, y sólo se tienen nociones poco exactas respecto a la estructura geológica del océano. No se ha hecho ningún ensayo que permita saber si un cable colocado a semejante profundidad logrará soportar el peso de ingentes masas de agua. Y aun en el caso de que fuese técnicamente posible depositar tal cantidad de cable con seguridad en aquellas profundidades, ¿dónde hay un barco suficientemente grande como para transportar la carga de hierro y cobre constituida por uno de dos mil millas de largo? ¿Dónde hay una dínamo de fuerza suficiente como para enviar una corriente eléctrica a través de una distancia que en vapor se cubre en dos o tres semanas? Faltan todas las premisas. Aún se ignora si en la profundidad del océano existen corrientes magnéticas que puedan desviar a las eléctricas; faltan todavía un aislamiento eficaz y aparatos de medición adecuados. Sólo se conocen las leyes primitivas de la electricidad, que acaba de abrir sus ojos después de su secular sueño de inconsciencia. En cuanto alguien menciona el proyecto de un cable transoceánico, los entendidos lo rechazan resueltamente con un “imposible, absurdo”. Los técnicos más atrevidos admiten que “quizá más tarde” pueda pensarse en semejante empresa. El mismo Morse, a quien el telégrafo de entonces debe su mayor perfeccionamiento, considera tal proyecto como una empresa incalculablemente audaz, pero agrega, profético, que en el caso de realizarse efectivamente la colocación de un cable trasatlántico, este hecho sería el más glorioso del siglo: the great feat of the century.

Para que se realice un milagro, o algo milagroso, siempre ha sido preciso como primera condición que alguien tenga fe en el milagro. El valor ingenuo de un hombre sin experiencia puede dar el impulso creador, precisamente en ocasiones en que los entendidos titubean. También en este caso es una simple casualidad la que genera la empresa grandiosa. Un ingeniero inglés, de nombre Gisborne, que en el año 1854 está dedicado a la tarea de colocar un cable entre Nueva York y el extremo Este de América, Terranova, gracias al cual las noticias lleguen unos días antes que los vapores, tiene que interrumpir su tarea apenas realizada la mitad de su proyecto, debido a que se han agotado sus recursos financieros. Se dirige entonces a Nueva York “en busca de capitalistas. Se encuentra, gracias a la casualidad, madre de tantos hechos famosos, con un joven de nombre Cyrus W. Field, hijo de un pastor, quien ha progresado en sus negocios tan rápida y grandemente que, siendo muy joven todavía, ha podido retirarse a la vida privada con una gran fortuna. Este desocupado, demasiado joven y enérgico para permanecer inactivo, es el hombre a quien Gisborne trata de conquistar para la terminación del cable entre Nueva York y Terranova. Cyrus W. Field -casi se diría, felizmente- no es un técnico, un entendido. Desconoce los secretos de la electricidad, jamás ha visto un cable. Pero en la sangre del hijo del pastor está mezclada una confianza apasionada, y como norteamericano posee una enérgica audacia. Y mientras el ingeniero y perito Gisborne no considera sino el fin inmediato, la unión de Nueva York con Terranova, el joven, lleno de entusiasmo, ve mucho más lejos. ¿Por qué no extender ese mismo cable y comunicar Terranova, mediante un cable submarino, con Irlanda? Y con una energía dispuesta a vencer cualquier obstáculo -en esos años realizó treinta y una veces el viaje a través del océano, de un continente a otro-, Cyrus W. Field pone manos a la obra, férreamente resuelto a dedicarla desde ese momento todo lo que tiene dentro de sí y a su alcance. Con ello ya se ha producido el fenómeno gracias al cual una idea recibe la fuerza explosiva necesaria para su realización. La nueva fuerza milagrosa, la electricidad, se ha mezclado con el elemento dinámico más fuerte de la vida: la voluntad humana. Un hombre ha encontrado su misión vital, y una misión ha encontrado a su hombre.

Los preparativos Cyrus W. Field comienza su actuación con una energía increíble. Toma contacto con los hombres del oficio, importuna a los Gobiernos solicitando concesiones, lleva a cabo en ambos continentes una campaña para reunir los capitales necesarios, y es tan grande el impulso que irradia de ese hombre, tan apasionada su convicción interior, tan potente la fe en la nueva fuerza milagrosa de la electricidad, que en el término de pocos días queda totalmente suscrito, en Inglaterra solamente, el capital inicial de 350.000 libras esterlinas. Resulta suficiente invitar a los comerciantes más ricos de Liverpool, Manchéster y Londres para fundar la Telegraph Construction and Maintenance Company, para que afluya el dinero. Entre los suscriptores figuran también los nombres de Thackeray y lady Fyron, que quieren fomentar la empresa por entusiasmo moral y sin interés pecuniario. Nada simboliza mejor el optimismo ambiente para la técnica y la máquina que animaba en Inglaterra a los grandes ingenieros en los tiempos de Stevenson y Brunel, que el hecho de que un solo llamamiento baste para poner tan enorme cantidad de dinero a disposición de una obra enteramente fantástica, y a fondo perdido.

El costo aproximado de la colocación del cable es casi el único que puede calcularse en la empresa. No existe precedente alguno para su realización técnica, ya que en el siglo XIX jamás se ha pensado ni proyectado nada en tales dimensiones. No es posible comparar la tarea de tender un cable a través del océano con la de tirar otro entre Dover y Calais, a través de una franja relativamente estrecha de agua. En este caso bastaba desdevanar, desde la cubierta de un simple vapor a paleta, treinta o cuarenta millas de cable que se desarrollaban despaciosamente como el cable de un ancla. Cuando se trataba de colocar el cable en el Canal, podía esperarse tranquilamente un día de bonanza, aparte de que se conocía exactamente la profundidad del fondo del mar y se estaba siempre a la vista de las dos orillas, a resguardo de toda contingencia peligrosa. Así, la unión pudo establecerse cómodamente en el término de un día. Pero en una distancia que supone por lo menos tres semanas de viaje ininterrumpido, un cable cien veces más largo y cien veces más pesado no puede quedar expuesto en la cubierta de un barco a todas las inclemencias del tiempo. Por otra parte, ningún barco de aquel tiempo es suficientemente grande como para contener en sus bodegas el gigantesco capullo de hierro, cobre y gutapercha, y ninguno tan poderoso como para soportar su peso. Hacen falta, por lo menos, dos vapores que, a su vez, deben ir acompañados por otros, que han de mantener el rumbo más corto y prestar auxilio en caso de accidente. El Gobierno inglés pone a disposición de la empresa uno de sus buques de guerra más grandes, el Agamemnon, que luchó como nave capitana frente a Sebastopol; y el Gobierno norteamericano presta el Niágara, una fragata de cinco mil toneladas (el desplazamiento máximo de la época). Pero hace falta reformar completamente los dos buques para poder emplazar en ellos la mitad de la interminable cadena que debe unir dos continentes. El problema principal lo sigue constituyendo, sin embargo, el cable mismo. Ese cordón umbilical entre dos continentes ha de responder a exigencias inconcebibles: debe ser resistente e irrompible como una jarcia de acero, y al mismo tiempo ha de ser elástico para ser devanado con facilidad; debe resistir cualquier presión, soportar cualquier carga y, sin embargo, correr al mismo tiempo con la facilidad de un hilo de seda; tiene que ser macizo y no demasiado relleno; sólido, y, sin embargo, bastante exacto para permitir que la menor onda eléctrica oscile a través de él a lo largo de dos mil millas. La menor rotura, la más mínima desigualdad en cualquier parte del cable gigantesco puede impedir la transmisión por una vía que cubre un trayecto igual a quince días de viaje marítimo. Y se hace un ensayo. Las fábricas tejen día y noche, y la voluntad demiúrgica de un solo hombre pone en movimiento todas las ruedas. Se gastan montañas de hierro y cobre en la fabricación del cable, y por él han de sangrar bosques enteros la goma para proporcionar el revestimiento de gutapercha de tan enorme distancia. Nada revela más evidentemente las proporciones estupendas de la empresa que el hecho de que en un solo cable tengan que entretejerse trescientas sesenta y siete mil millas de diferentes alambres, trece veces más de lo que bastaría para abarcar el mundo y suficiente para unir a la Tierra con la Luna. Desde la construcción de la torre de Babel la humanidad no ha osado, en materia técnica, nada igualmente grandioso.

La primera partida Durante un año zumban las máquinas, e incansablemente pasa el alambre como un hilo delgado y corriente de las fábricas al interior de los dos buques, y después de miles y millones de vueltas, está enrollada la mitad del cable en cada buque. Ya están construidas y montadas también las nuevas máquinas que, provistas de frenos y dispositivos de retroceso, han de desdevanar ahora en una, dos o tres semanas, el cable, ininterrumpidamente, hacia las profundidades del mar. Están reunidos a bordo los mejores electricistas y técnicos, entre ellos el mismo Morse, llamados a comprobar con sus aparatos si durante la colocación del cable la corriente sufre interrupción. Integran la flota reporteros y dibujantes para describir con palabras y dibujos la partida más emocionante desde las de Colón y Magallanes. Finalmente, todo está listo para el viaje, y si hasta entonces los incrédulos estaban en mayoría, se interesa ahora Inglaterra entera, apasionadamente, en la empresa. Centenares de pequeños botes y embarcaciones rodean, el 5 de agosto de 1857, en el pequeño puerto irlandés de Valentia, a la flota portadora de los cables, para presenciar el momento histórico en que un cabo del cable es llevado en bote a la playa e incrustado en la tierra firme europea. La despedida se transforma espontáneamente en una gran solemnidad. El Gobierno envía a sus representantes, se pronuncian discursos, y en una alocución conmovedora, el sacerdote pide la bendición divina para la audaz empresa. “Dios eterno -exclama-, Tú que eres el único que extiendes los cielos y dominas la agitación de los mares; Tú a quien obedecen los vientos y las aguas, mira misericordioso a estos servidores tuyos… Manda y detén con tu mandamiento todo obstáculo, aparta toda resistencia que pueda impedir la realización de esta importante obra.” Y luego, desde la playa y el mar, se mueven saludando miles de manos y sombreros. Paulatinamente la Tierra va hundiéndose en la penumbra. Uno de los sueños más osados de la humanidad trata de convertirse en realidad.

Revés Originariamente se había proyectado conducir los dos barcos grandes, el Agamemnon y el Niágara, cada uno de los cuales lleva la mitad del cable, conjuntamente hasta un punto prefijado en medio del océano, y sólo en este punto proceder al remache de las dos mitades. Uno de los barcos debía seguir hacia el Oeste, en dirección a Terranova, y el otro al Este, hacia Irlanda. Pero luego parecía demasiado arriesgado exponer todo el valioso cable en esta primera tentativa, y se resolvió colocar la primera parte desde tierra firme, sin saberse con exactitud si tal transmisión telegráfica submarina realmente funcionaría como se esperaba, a través de tan grande distancia. Se destinó el Niágara a colocar el cable desde tierra firme hasta el medio del océano. La fragata americana viajaba despacio, cautelosamente, dejando tras sí el cable como una araña va dejando su filamento, sin interrupción. La máquina devanadora trabaja regularmente, y el ruido que produce es el mismo que los marineros conocen de siempre: el del cable a cuyo extremo se baja el ancla. Al cabo de pocas horas, los tripulantes ya no advierten ese rumor regular que les resulta tan natural como el latido de sus propios corazones y prosigue el viaje mar adentro, y continuamente se hunde el cable en la estela del buque. Esta aventura no parece, en realidad, tener nada de aventurero. Pero en un camarote aparte están reunidos los electricistas, que atienden sin interrupción a sus aparatos e intercambian continuamente signos con la tierra firme de Irlanda. Maravillosamente, a pesar de que no se ve la costa desde hace mucho tiempo, la transmisión por medio del cable submarino funciona tan claramente como el entendimiento entre dos ciudades europeas. Ya la expedición ha salido de las aguas poco profundas y se ha llegado al llamado plano profundo, detrás de Irlanda, y aun cuando el barco le ha cruzado, el cordón metálico sigue desdevanándose regularmente como la arena de un reloj, remitiendo y recibiendo mensajes, simultáneamente.

Ya se han colocado trescientas treinta y cinco millas de cable, más que el décuplo de la distancia entre Dover y Calais; ya han pasado dos días y dos noches desde la primera inseguridad, y a la tercera noche, el 8 de agosto, Cyrus W. Field busca por primera vez un bien justificado descanso después de muchísimas horas de trabajo y emoción. Entonces, de repente -¿qué sucedió?-, se interrumpe el ruido martilleante. Y así como el durmiente se levanta sobresaltado en el tren cuando la locomotora se detiene inesperadamente, o como el molinero salta de su cama cuando de repente se queda parada la rueda del molino, del mismo modo despiertan en el acto los tripulantes y se abalanzan sobre la cubierta. La primera mirada a la máquina revela que el tambor está vacío. El cable escapó repentinamente al malacate. Fue imposible retener el cabo escapado, y más imposible todavía encontrarlo ahora en la profundidad del mar y recobrarlo. Sucedió lo más terrible. Un insignificante error técnico había malogrado el trabajo de años. Los que salieron tan audaces, regresan como vencidos a Inglaterra, donde el repentino cese de todo signo y señal se adelantó a la terrible noticia.

Otro revés Cyrus W. Field, el único que queda inconmovible, héroe y a la vez comerciante, hace un balance ¿Qué se ha perdido? Trescientas millas de cable, alrededor de cien mil libras de capital, y, lo que más le aflige, posiblemente, un año entero, éste sí irrecuperable. La expedición sólo puede esperar buen tiempo en verano y ya la estación está demasiado adelantada. En el otro platillo de la balanza se registra una pequeña ganancia. Esta primera tentativa ha dejado una buena experiencia práctica. El cable ha resultado útil y se puede guardar para la próxima expedición. Sólo hace falta reformar la máquina devanadora que causó la desdichada rotura. Así pasa un año en preparativos y en larga espera. Sólo el 10 de junio de 1858 los buques pueden reiniciar el viaje, con renovado valor y cargando el viejo cable. Como la transmisión de signos eléctricos funcionó perfectamente durante el primer viaje, se volvió al primitivo proyecto, y se dispuso que se iniciase la colocación del cable en medio del océano, tendiéndolo simultáneamente hacia los lados opuestos. Los primeros días del nuevo viaje pasan sin que suceda nada digno de mención. Sólo al séptimo día debe comenzar en el lugar preestablecido la colocación del cable, y con ello el verdadero trabajo. Hasta entonces el viaje es, o parece ser, un paseo. Las máquinas descansan, los marineros están desocupados y pueden gozar del buen tiempo; el cielo está limpio y calmo; demasiado en calma, quizá, está el mar. Pero al tercer día, el capitán del Agamemnon siente una secreta inquietud. El barómetro le demuestra que la columna de mercurio bajó con una rapidez alarmante. Debe estar preparándose una tormenta singular, y, efectivamente, al cuarto día se desencadena una tempestad como ni los marineros más probados han vivido pocas veces en el océano Atlántico. Este huracán es singularmente fatal para el buque inglés, el Agamemnon. Es de por sí un vehículo excelente que ha superado las más duras pruebas en todos los mares y aun en la guerra, y por eso el buque almirante de la marina inglesa debería resistir también este temporal. Pero por desdicha el buque ha sido completamente reformado para poder llevar la enorme carga del cable. No es posible distribuir el peso regularmente, como en cualquier buque mercante, sino que toda la carga pesa en el medio, y solamente una pequeña parte ha sido guardada en la proa, lo que tiene por consecuencia, peor todavía, que el movimiento de péndulo se duplique cada vez que la proa emerge o se hunde. Debido a ello la tempestad hace un juego peligrosísimo con su víctima, levantando el barco hacia izquierda y derecha, adelante y atrás, hasta un ángulo de 45 grados, mientras las olas inundan la cubierta y todos los objetos quedan destrozados. Y nueva fatalidad. Uno de los terribles golpes que estremecen al buque desde la quilla hasta el mástil destruye el depósito de carbón improvisado sobre la cubierta. La masa cae como un granizo negro sobre los marineros, ya sangrantes y exhaustos. Algunos quedan heridos por el golpe, otros por los calderos que se vuelcan en la cocina. Diez días dura la tempestad; un marinero se ha vuelto loco y ya se piensa en una medida extrema: echar por la borda una parte de la fatídica carga del cable. Afortunadamente, el capitán se resiste a tomar sobre sí semejante responsabilidad y, al fin, resulta tener razón. Después de indecibles pruebas, el Agamemnon resiste el temporal de diez días, y a pesar de su gran atraso encuentra a los demás barcos en el sitio fijado, en medio del océano, donde debe iniciarse la colocación del cable. Sólo entonces se comprueba el daño que ha sufrido la valiosa y sensible carga de los alambres mil veces entrelazados, a consecuencia del constante balanceo. Los alambres han quedado enredados en distintos lugares, y la cobertura de gutapercha está rota o desgastada por él roce. A pesar de todo, se hace una tentativa de colocar el cable, aunque con escasa confianza, pero se comprueba entonces que sólo se han perdido unas doscientas millas de cable, que desaparecen inútiles en el mar. Por segunda vez, hay que darse por vencidos y regresar sin gloria en vez de triunfantes.

El tercer viaje Los accionistas, enterados de la noticia fatal, esperan en Londres con los rostros demudados a su conductor y seductor Cyrus W. Field. En estos dos viajes se ha perdido la mitad del capital de la sociedad anónima, sin que por otra parte hubiera quedado probada o realizada cosa alguna. Es comprensible que la mayoría diga ahora: “Basta!” El presidente aconseja que se salve lo que pueda salvarse. Propone que se retire de los barcos el resto del cable inutilizado, para venderle, si fuese menester, a menos de su costo y poner fin en seguida a este terrible proyecto de abarcar el océano. El vicepresidente comparte su opinión y envía su dimisión por escrito, para manifestar así que no desea intervenir más en esta empresa absurda. Pero la tenacidad y el idealismo de Cyrus W. Field son inconmovibles. Declara que no se ha perdido nada, que el cable ha resistido brillantemente la prueba y que a bordo queda cantidad suficiente para repetir el ensayo, aparte de que la flota está reunida y comprometida la tripulación. El temporal extraordinario del último viaje permitía, por otra parte, presagiar un período de hermosos días de bonanza. Valor una vez más, y más valor! Aduce que ahora se presenta la única y última oportunidad para realizar una tentativa decisiva. Los accionistas se miran unos a otros, cada vez menos seguros. ¿Deberían confiar realmente a este loco el resto del capital invertido? Pero como una firme voluntad siempre arrastra finalmente a los indecisos, Cyrus W. Field impone por fuerza la resolución de que se inicie ese nuevo viaje. El 17 dejulio de 1858, cinco semanas después del segundo viaje desdichado, la flota abandona por tercera vez el puerto inglés y nuevamente se confirma la vieja experiencia de que las cosas decisivas casi siempre se logran en secreto. Esta vez la partida se realiza casi sin ser notada. No hay botes ni barcas que giren alrededor de los buques deseando felicidad, ninguna multitud se reúne en la playa, no se ofrece banquete de despedida alguno, nadie pronuncia discursos, ningún sacerdote implora la ayuda divina. Los barcos parten silenciosos, casi atemorizados, como si se dieran a una empresa de piratería. Pero el mar los espera, gentil. En la fecha prefijada, el 28 de julio, once días después de la salida de Quetown, el Agamemnon y el Niágara pueden iniciar la tarea en el punto convenido, en medio del océano. Extraño espectáculo: los buques se colocan popa contra popa. Entre uno y otro se refunden los cabos del cable. Sin formalidad alguna, más aún, sin que los tripulantes demostrasen mayor interés por el suceso (están cansados de tentativas infructuosas), el cable de cobre y hierro se hunde entre los dos barcos hasta la mayor profundidad del océano, no explorado todavía con plomada alguna. Sigue todavía una salutación de bordo a bordo, de bandera a bandera, y el barco inglés toma rumbo a Inglaterra, el norteamericano a América. Mientras se distancian mutuamente dos puntitos móviles en medio del océano, el cable les mantiene continuamente unidos, y por primera vez desde que los hombres tienen memoria dos barcos pueden comunicarse entre sí a través del viento y las olas, el espacio y la distancia, en lo invisible. Cada tantas horas convenidas, un barco comunica con señales eléctricas, que pasan por la profundidad del océano, la cantidad de millas que ha cubierto, y el otro buque confirma que gracias al excelente tiempo ha salvado una distancia igual. Así pasa un día, otro, un tercero y un cuarto. El 5 de agosto, el Niágara puede informar que ya distingue la costa americana de Trinity Bay, Terranova, después de haber colocado unas mil treinta millas de cable, y el Agamemnon triunfa a su vez porque ya ha dejado asegurados en el fondo del mar cerca de mil millas de cable, y distingue la costa irlandesa. Por primera vez llega la palabra humana de país a país, de América a Europa. Pero sólo esos dos buques, los pocos centenares de hombres reunidos a su bordo, saben que se ha realizado la gran hazaña. Todavía lo ignora el mundo, que ha olvidado ya esta aventura. Nadie les espera en la plaza ni en Terranova ni en Irlanda pero en aquel mismo segundo en que el nuevo cable transoceánico queda comunicado con el cable terrestre, la humanidad entera conocerá su imponente triunfo común.

El gran “hosanna” Por bajar este relámpago de la alegría de un cielo completamente limpio, su efecto es portentoso. El Viejo y el Nuevo Mundo reciben casi a la misma hora, en esos primeros días de agosto, la noticia de la obra llevada a feliz término. Su efecto es indescriptible. En Inglaterra, el Times, de ordinario tan reservado, publica un editorial en el que dice: “Desde el descubrimiento de Colón no ha sucedido nada que en forma alguna sea comparable a esta enorme ampliación de la esfera de la actividad humana.” Y la City refleja la mayor emoción. Pero esta alegría orgullosa de Inglaterra parece sombría y tímida en comparación con el entusiasmo huracanado que estalla en Norteamérica al recibirse la noticia. Los negocios quedan interrumpidos, las calles invadidas de gente que pregunta, grita y discute, y de la noche a la mañana, Cyrus W. Field, un hombre desconocido, ha quedado convertido en héroe nacional. Se le compara enfáticamente con Franklin y Colón; toda la metrópoli y otras cien ciudades tiemblan y resuenan esperando ver al hombre a cuya decisión se debe el “enlace de América y el Viejo Mundo”. Pero el entusiasmo no ha llegado todavía a su grado supremo. Sólo se conoce la noticia escueta de que ha terminado la colocación del cable. Queda por saber aún si el cable habla. ¿Ha dado realmente resultado la gran proeza? Magnífico espectáculo: una ciudad entera, todo un país, aguarda y atiende una palabra sola, la primera palabra a través del océano. Se sabe que la reina de Inglaterra será la primera en enviar un mensaje, su felicitación, que se espera cada vez con más impaciencia. Pero pasan días y días, porque un accidente casual ha interrumpido el cableque comunica Nueva York con Terranova, y sólo el 16 de agosto por la tarde llega el mensaje de la reina Victoria a Nueva York.

La comunicación oficial llega demasiado tarde para que los diarios pudiesen publicar la ansiada noticia; sólo es posible informar al público por medio de letreros colocados en las oficinas de telégrafos y en las redacciones, donde súbitamente se aglomeran enormes multitudes. Los vendedores de periódicos tienen que abrirse camino por entre la masa, con los trajes hecho jirones y maltrechos. En los teatros y en los cafés proclaman la buena nueva, y miles de hombres que no acaban de comprender que el telégrafo puede adelantarse en muchos días al buque más rápido, corren hacia el puerto de Brooklyn, donde esperan en vano hasta altas horas de la noche, para saludar al Niágara, el heroico buque de la victoria pacífica. Al día siguiente, los diarios publican jubilosos con grandes títulos la noticia: “El cable funciona perfectamente”, “Todo el mundo loco de contento”, “Extraordinaria sensación en toda la ciudad”, “Ha llegado el momento de celebrar una gran fiesta universal”. Triunfo sin par: desde que los hombres piensan, ninguna idea se ha propagado con su misma velocidad a través del océano. Ya resuenan en las fortificaciones cien disparos de cañón en señal de que el presidente de los Estados Unidos acaba de contestar a la reina. Ahora ya nadie osa dudar. La misma noche del acontecimiento histórico, Nueva York y las demás ciudades quedan iluminadas con decenas de miles de luces Y antorchas. No hay ventana sin iluminación, Y la alegría general no disminuye aun cuando en aquel momento se incendia la cúpula de la municipalidad. El día siguiente trae nueva fiesta. Ha llegado el Niágara y está en la ciudad Cyrus W. Field, el gran héroe. El resto del cable es llevado triunfalmente a través de la ciudad, y la tripulación del buque es objeto de grandes agasajos. Día tras día se repiten las manifestaciones en todas las ciudades hasta el océano Pacífico y el golfo de México, como si América festejase por segunda vez la efemérides de su descubrimiento. Pero no basta con eso. La verdadera marcha triunfal habrá de ser más grandiosa todavía, más soberbia que cuantas haya presenciado jamás el Nuevo Mundo. Los preparativos duran dos semanas, y el 31 de agosto, toda una ciudad celebra a un hombre solo, Cyrus W. Field, como desde los tiempos de los emperadores y césares ningún otro triunfador haya sido agasajado por su pueblo. Ese hermoso día otoñal recorre las calles un desfile que necesita seis horas para llegar de un extremo al otro de la ciudad. Le encabezan unos regimientos del ejército, con sus bandas y banderas; tras ellos siguen por las calles, adornadas y embanderadas, las sociedades corales, los bomberos, los colegios y los veteranos, en interminable sucesión. Todo lo que puede marchar, marcha; todo el que puede cantar, canta; todo el que puede prorrumpir en júbilo, anima su voz. Cyrus W. Field es conducido como un antiguo triunfador en un coche tirado por cuatro caballos; en otro igual le sigue el comandante del Niágara, y en un tercero el presidente de los Estados Unidos; tras ellos siguen el alcalde, los funcionarios y los profesores. No termina la cadena ininterrumpida de discursos, banquetes, desfiles de antorchas; se echan a vuelo las campanas, truenan los cañones y no acaba el júbilo que envuelve al nuevo Colón, al unificador de ambos mundos, al vencedor del espacio, al hombre que en esta hora resulta el más glorioso y más endiosado ser de América, Cyrus W. Field.

El gran “crucifix” Miles y millones de voces gritan jubilosamente ese día. Una sola, la más importante, permanece extrañamente muda durante los festejos: el telégrafo. Es posible que Cyrus W. Field intuya en medio del júbilo la terrible verdad. Sería horrible que fuese el único que supiera que el cable atlántico ha dejado de funcionar precisamente ese día, después de haber registrado en los últimos nada más que unos signos confusos, apenas perceptibles. Nadie sabe aún ni sospecha ese lento fracaso, fuera de los pocos hombres que en Terranova fiscalizan la llegada de los mensajes, y aun ellos titubean días y días, en vista del descomunal entusiasmo, en hacer llegar la amarga novedad a los jubilosos. Sin embargo, llama la atención la escasez de noticias. América había esperado que ahora llegarían a todas horas noticias a través del océano, y en su lugar sólo recibe muy de tarde en tarde alguna vaga y no confirmable información. No pasa mucho tiempo antes de que circule de boca en boca el rumor de que, ansiosos y ambicionando obtener mejores transmisiones, se habían enviado unas cargas eléctricas demasiado fuertes, destrozando con ellas el cable, que de por sí no era suficientemente eficaz. Se alienta aún la esperanza de poder salvar el inconveniente. Pero pronto resulta imposible negar que los signos han llegado cada vez más imprecisos e incomprensibles. Al día siguiente al de los grandes festejos, el 1 de septiembre, no llega a través del mar ningún sonido claro, ninguna oscilación nítida. Nada perdonan los hombres menos que el desengaño después de haberse entusiasmado sinceramente, viéndose defraudados por un hombre de quien esperaban todo. Apenas se comprueba la verdad del rumor respecto al fracaso del tan alabado telégrafo, y la ola apasionada del júbilo se convierte en otra de maliciosa amargura e inculpación contra el inocente culpable, Cyrus W. Field. Se afirma en la City que ha engañado a una ciudad, a un país, al mundo; que él sabía el fracaso del telégrafo, pero que se hacía celebrar egoístamente aprovechando el tiempo para vender entretanto sus acciones con enormes beneficios. Toman cuerpo otras calumnias peores todavía, entre ellas la más extraña quizá, de todas que afirman que el cable atlántico jamás había funcionado, que todos los mensajes habían sido una engañifa, y que el telegrama de la reina de Inglaterra había sido redactado de antemano, sin ser transmitido jamás por el telégrafo trasatlántico. Se rumorea que ninguna noticia había llegado en todo el tiempo claramente a través del mar, y que los directores sólo habían redactado telegramas imaginarios, basados en presunciones y signos aislados. Y se produce un verdadero escándalo. Los que ayer prorrumpieron en los más agudos gritos de júbilo son los mismos que protestan ahora con más vigor. Toda una ciudad, un país entero, se avergüenza de su entusiasmo prematuro y sobreexcitado. Se elige a Cyrus W. Field víctima de esa ira. El hombre que ayer fue considerado héroe nacional, hermano de Franklin y sucesor de Colón, tiene que esconderse como un criminal de quienes fueron sus amigos y admiradores. Un solo día lo ha creado todo, y un solo día lo ha destrozado. La derrota es completa: se ha perdido el capital, se ha perdido la confianza, y como la legendaria serpiente de Midgard, yace el cable inútil en las profundidades del océano, inaccesible a la vista.

Por espacio de seis años el cable permanece olvidado y sin provecho en el mar; durante seis años vuelve a reinar el viejo y frío silencio entre los dos continentes que en un momento histórico palpitaron al unísono. América y Europa, que habían estado unidas un momento, el tiempo preciso para decir unos centenares de palabras, vuelven a estar separadas como desde hace milenios, por una lejanía invencible. El proyecto más audaz del siglo XIX, ayer mismo una realidad, ha vuelto a convertirse en una leyenda, en un mito. Desde luego, nadie piensa en reanudar la obra lograda a medias; la terrible derrota paralizó todas las fuerzas y ahogó todo entusiasmo. La guerra de la Independencia desvía en Norteamérica su interés. En Inglaterra discuten muy de tarde en tarde comités, pero necesitan dos años para dejar constancia, trabajosa y escuetamente, de que, en principio, existe la posibilidad de que funcione un cable submarino. Pero de este informe académico a la realización práctica hay un trecho que nadie se atreve a recorrer.

Todo lo que antes resultaba infinitamente difícil se revela ahora muy simple. El 23 de julio de 1865 el buque mastodóntico abandona el Támesis, llevando a bordo un cable nuevo. Aun cuando fracasa la primera tentativa, y dos días antes de llegar a la meta, el cable se rompe, y el océano insaciable se traga otra vez seiscientas mil libras esterlinas; la técnica ya domina la materia lo suficiente como para no dejarse amilanar. Y cuando, el 13 de julio de 1866, el Great Eastern sale por segunda vez, el viaje se torna triunfal. El cable habla ahora clara e inconfundiblemente a Europa. Dos días después se encuentra el cable viejo, perdido, y dos lazos unen ahora al Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, convertidos en uno solo. El milagro de ayer se ha transformado en lo natural de hoy, y desde este momento el mundo responde, como quien dice, a un solo latido de corazón, y oyendo y comunicándose, la humanidad vive una vida simultánea desde un extremo al otro de la tierra, divinamente omnipresente, gracias a su propia potencia creadora y en virtud de su triunfo sobre el tiempo y el espacio, podría constituir ahora para siempre una magnífica unidad, si no la confundiese una y otra vez la manía fatal de malograr incesantemente esa unidad grandiosa, destrozándose a sí misma con los propios medios que le han facilitado el dominio sobre los elementos.

Stefan Zweig

La hora de la verdad sobre la eutanasia

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, una gran novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen. ‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’. Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen. –‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’. –‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’. Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’. –Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Invierno frío

Era otoño, y los indios de una remota reserva preguntaron a su nuevo Jefe si el próximo invierno iba a ser frío o apacible. Dado que el jefe había sido educado en una sociedad moderna, no conocía los viejos trucos indios. Así que, cuando miró el cielo, se vio incapaz de adivinar qué iba a suceder con el tiempo… De cualquier manera, para no parecer dubitativo, respondió que el invierno iba a ser verdaderamente frío, y que los miembros de la tribu debían recoger leña para estar preparados. No obstante, como también era un dirigente práctico, a los pocos días tuvo la idea de telefonear al Servicio Nacional de Meteorología. – ¿El próximo invierno será muy frío? -preguntó. – Sí, parece que el próximo invierno será bastante frío –respondió el meteorólogo de guardia. De modo que el Jefe volvió con su gente y les dijo que se pusieran a juntar todavía más leña, para estar aún más preparados. Una semana después, el Jefe llamó otra vez al Servicio Nacional de Meteorología y preguntó: – ¿Será un invierno muy frío? – Sí – respondió el meteorólogo- va a ser un invierno muy frío. Honestamente preocupado por su gente, el Jefe volvió al campamento y ordenó a sus hermanos que recogiesen toda la leña posible, ya que parecía que el invierno iba a ser verdaderamente crudo. Dos semanas más tarde, el Jefe llamó nuevamente al Servicio Nacional de Meteorología: – ¿Están ustedes absolutamente seguros de que el próximo invierno habrá de ser muy frío? – Absolutamente, sin duda alguna -respondió el meteorólogo- va a ser uno de los inviernos más fríos que se hayan conocido. – ¿Y cómo pueden estar ustedes tan seguros? – Fíjate si va a serlo que los indios están recogiendo leña como locos.