José Ignacio Moreno Iturralde, “Filosofía y fe católica”

Prólogo

Este trabajo se presenta como una búsqueda de servicio de la filosofía a la teología. Se trata de aplicar una serie de ideas centrales de la filosofía realista al entendimiento de la fe revelada cristiana. Adopta un carácter de ensayo, sin pretender una metodología y un carácter rigurosamente científico. No plantea un sistema cerrado ni con aspiraciones de globalidad.

 El estudio pretende ayudar a entender más la fe para amar más a Dios. Tiene un tono intelectual pero divulgativo, doctrinal y ascético. Se plantea la doctrina en orden a hacerla vida.

 La filosofía y la teología tienen su respectiva autonomía pero también hay en ellas complementariedad. Aquí intentamos ofrecer unas claves filosóficas al servicio de la mejor comprensión del siempre inabarcable misterio de la fe cristiana.

 Juan Pablo II, en su Encíclica “Fides et ratio” estableció una armoniosa relación entre el pensamiento humano y la fe sobrenatural. En este Documento el Papa animaba a los profesores de filosofía a profundizar en la búsqueda de la verdad mediante una razón abierta a la fe. He aquí una modesta contribución a los ánimos de aquel inolvidable Romano Pontífice, a quien tuve la gracia y la dicha de saludar y abrazar.

 No sé si hoy buscamos mucho el amor a la sabiduría. De lo que estoy seguro es de que queremos amar sabiamente. Lo primero ayuda a lo segundo.

 

Índice

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría.
2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe.

II. Verdad y conocimiento

1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
2. La verdad no siempre es evidencia.
3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo.

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.
2. Respetar la vida humana.

IV. Tú y los demás

1. La originalidad.
2. Unidad en la pluralidad.
3. Ser querido.

V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad
2. La familia como raíz de identidad.
3. Trabajar y disfrutar
4. Sociedad, valores y cristianismo.
5. El laicismo contra los laicos.

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo.
2. Ser y seres.
3. Vida y misterio.
4. Alegría en la verdad.

 

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida.
2. La experiencia del perdón.
3. Meditación y oración.
4. Casa de los hombres y Casa de Dios.
5. Muchos en uno: La Eucaristía.
6. Generosidad y apostolado.
7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos.
8. Enfermedad, muerte y eternidad.

Bibliografía seleccionada

 

I. Sabiduría humana y cristiana

1. El amor a la sabiduría

Filosofía significa amor a la sabiduría. Sólo se puede amar a algo que es apasionante, aunque no lo parezca a primera vista. La sabiduría es un núcleo de doctrina viva, palpitante, que satisface la inteligencia y el corazón.

 Se pueden desear cosas pero lo que propiamente se ama, o se odia, es a las personas. Las personas podemos ser amadas por nosotras mismas porque tenemos una libertad moral y, por tanto, una vida biográfica.

 Pronto hemos hallado que una auténtica sabiduría tiene que llevarnos a querer a los demás. Pero sólo sabremos amar si encontramos la verdad profunda y personal de los seres humanos.

 La búsqueda de la verdad de la propia vida se hace indispensable para alcanzar una filosofía satisfactoria. El esfuerzo de la inteligencia, acompañado de la acción de la voluntad que busca el bien, es condición imprescindible para el amor. No se ama a quien no se conoce. Nuestra vida se da en un mundo lleno de seres humanos semejantes a nosotros. Sin un sentido del mundo y de los demás la propia vida se torna incomprensible.

 Es fácil querer un entorno familiar lleno de cuidados y de cariño. Pero qué decir de un mundo lleno de acontecimientos duros e injustos; o al menos plagado de precariedades y límites. Desde luego nos hace falta la búsqueda de una verdad que hilvane todos los acontecimientos de la existencia.

 La Filosofía se ha interpretado como un saber acerca de las últimas causas de la realidad con las solas luces de la razón. Por otra parte, el cristianismo, la relación con un Dios personal que se ha encarnado y que está con nosotros todos los días, supuso y supone el acontecimiento más fascinante de la historia del hombre. La riqueza de sabiduría vital que trae Jesús de Nazaret es tan sublime como cotidiana. Tal convicción, la creencia en que Jesucristo es Dios hecho hombre, es posible por una ayuda del propio Dios en el creyente. Sin tal apoyo, el hombre no puede ser elevado a este conocimiento por el sólo esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad. En este sentido razón y fe se entrelazan estando cada una a su nivel. Creer para entender y entender para creer; éste era el lema de San Agustín.

Quiero recordar aquí  la necesidad vital que el estudiante de filosofía cristiano tiene de encauzar su inteligencia, su voluntad y su corazón a Cristo. No podrá hacerlo a base de hacer decir a la filosofía en nombre propio aquello que la excede. Pero tampoco puede excluir de su personal horizonte mental a quien considera el mismo Logos hecho carne.

 La riqueza de la Revelación es tal que una búsqueda de la sabiduría que olvidara este tesoro caería, en mi opinión, en un reduccionismo. Pensar el mensaje del Dios vivo a los hombres cobra un apasionamiento originario superior al de la búsqueda de las cuestiones últimas que fundaron, hace veintiséis siglos, los pilares de la cultura occidental.

 La Revelación divina aporta un mapa del conocimiento humano de  aguda eficacia. El conocimiento racional, basado en la experiencia y en el sentido común, tiene así una referencia y unas metas nuevas. La razón, donde ya no pueda llegar, dará paso a la confianza; algo –por cierto- razonable.

 Amar la sabiduría para saber amar sabiamente. Cristo, cumbre de sabiduría, esculpe un estilo de vida que no puede ser obviado en la tarea intelectual de un filósofo cristiano.

2. La cruz como punto de encuentro entre la razón y la fe

 La muerte de una persona joven, cualquier desgracia imprevista o la panorámica de las injusticias del mundo seleccionadas por los medios de comunicación pueden hacer que, en ciertas ocasiones, se tambalee nuestra comprensión del sentido de la vida. Pero junto a estas realidades duras  también hemos de saber que se nos escapa gran parte “del guión de la película”.

 La filosofía nos ha hablado con frecuencia del principio de no contradicción como primera y fundamental regla de la realidad: “una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido”. Sin este principio no se podría ni pensar: se estaría admitiendo entonces una cosa y su contraria a la vez. De todos modos no parece que esta máxima filosófica aporte mucho consuelo a los reveses serios de la vida. Sin embargo ofrece una idea fundamental: el absurdo radical es imposible; no por optimismo, sino por lógica.

 Los llamados “renglones torcidos de Dios” suponen una asignatura de extraordinario interés que supera el conocimiento filosófico, sin contradecirlo. Vallejo Nájera pone en uno de los personajes de su novela “Concierto para violines desafinados” un verso digno de reproducirse:
“Baja y subirás volando/ al cielo de tu consuelo, /porque para subir al cielo,
/se sube siempre bajando”.

 Es experiencia universal que la enfermedad puede hacernos más comprensivos con los demás. El fallecimiento de un ser querido nos recuerda las verdaderas dimensiones y límites de esta vida. Las guerras y calamidades están clamando que este mundo está en sí mismo mutilado. Frente a la tentación del absurdo, amarga y contradictoria desde la perspectiva de la experiencia sensible, la petición de complemento de sentido de la vida se hace necesaria y razonable. Vemos entonces como la Revelación cristiana plantea respuestas, no evidentes, pero  satisfactorias.

 ¿Puede haber algo más aparentemente contradictorio que un Dios ejecutado de una manera infamante? Sabemos por la fe, avalada por la historia, que esta ha sido la elección de Dios para justificar al mundo. Lo explica Juan Pablo II en “Fides et ratio”, 23: “… La relación del cristiano con la filosofía, pues, requiere un discernimiento radical. En el Nuevo Testamento, especialmente en las Cartas de san Pablo, hay un dato que sobresale con mucha claridad: la contraposición entre « la sabiduría de este mundo » y la de Dios revelada en Jesucristo. La profundidad de la sabiduría revelada rompe nuestros esquemas habituales de reflexión, que no son capaces de expresarla de manera adecuada.
El comienzo de la Primera Carta a los Corintios presenta este dilema con radicalidad. El Hijo de Dios crucificado es el acontecimiento histórico contra el cual se estrella todo intento de la mente de construir sobre argumentaciones solamente humanas una justificación suficiente del sentido de la existencia. El verdadero punto central, que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en la cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre a pura lógica humana está destinado al fracaso. « ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el docto? ¿Dónde el sofista de este mundo? ¿Acaso no entonteció Dios la sabiduría del mundo? » (1 Co 1, 20) se pregunta con énfasis el Apóstol. Para lo que Dios quiere llevar a cabo ya no es posible la mera sabiduría del hombre sabio, sino que se requiere dar un paso decisivo para acoger una novedad radical: « Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios […], lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es » (1 Co 1, 27-28). La sabiduría del hombre rehúsa ver en la propia debilidad el presupuesto de su fuerza; pero san Pablo no duda en afirmar: « pues, cuando estoy débil, entonces es cuando soy fuerte » (2 Co 12, 10). El hombre no logra comprender cómo la muerte pueda ser fuente de vida y de amor, pero Dios ha elegido para revelar el misterio de su designio de salvación precisamente lo que la razón considera « locura » y « escándalo ». Hablando el lenguaje de los filósofos contemporáneos suyos, Pablo alcanza el culmen de su enseñanza y de la paradoja que quiere expresar: « Dios ha elegido en el mundo lo que es nada para convertir en nada las cosas que son » (1 Co 1, 28). Para poner de relieve la naturaleza de la gratuidad del amor revelado en la Cruz de Cristo, el Apóstol no tiene miedo de usar el lenguaje más radical que los filósofos empleaban en sus reflexiones sobre Dios. La razón no puede vaciar el misterio de amor que la Cruz representa, mientras que ésta puede dar a la razón la respuesta última que busca. No es la sabiduría de las palabras, sino la Palabra de la Sabiduría lo que san Pablo pone como criterio de verdad, y a la vez, de salvación.
La sabiduría de la Cruz, pues, supera todo límite cultural que se le quiera imponer y obliga a abrirse a la universalidad de la verdad, de la que es portadora. ¡Qué desafío más grande se le presenta a nuestra razón y qué provecho obtiene si no se rinde! La filosofía, que por sí misma es capaz de reconocer el incesante transcenderse del hombre hacia la verdad, ayudada por la fe puede abrirse a acoger en la « locura » de la Cruz la auténtica crítica de los que creen poseer la verdad, aprisionándola entre los recovecos de su sistema. La relación entre fe y filosofía encuentra en la predicación de Cristo crucificado y resucitado el escollo contra el cual puede naufragar, pero por encima del cual puede desembocar en el océano sin límites de la verdad. Aquí se evidencia la frontera entre la razón y la fe, pero se aclara también el espacio en el cual ambas pueden encontrarse”.

 

II. Verdad y conocimiento
1. El sentido de la lógica: Fuera y dentro del mundo.
Si la historia del universo ocupara un año parece que la aparición del ser humano tendría lugar el 31 de diciembre. Podemos pensar que respecto a los 15.000 millones de años que parece tener el universo cada una de nuestras vidas es algo insignificante. ¿Cómo vamos a conocer el sentido de nuestra vida si no tenemos la referencia global del sentido del mundo? Sería algo así como determinar el valor de un cinco sin saber si esa nota cuenta sobre cinco, sobre diez o sobre cinco mil. Algo parecido es lo que plantea el pensador austriaco Wittgenstein en su obra “Tractatus”. Afirma que el sentido del mundo debe de quedar fuera del mundo y que “Dios no se revela en el mundo”.
 Al respecto se pueden objetar varias cosas: Si todo conocimiento es circunstancial y relativo llegamos a la consabida contradicción de establecer el dogma del relativismo. Por otra parte aunque una persona viva no muchos años sin salir de su propio pueblo puede darse cuenta de la existencia de verdades generales que son válidas para todo espacio y tiempo como son los primeros principios: el principio de no contradicción, el de causalidad; o, simplemente, que dos y dos son cuatro. Es decir: en experiencias temporales y concretas nos damos cuenta de principios generales que son condición necesaria para la realidad. El sentido del mundo y de la propia vida puede ser captado satisfactoriamente, aunque no exhaustivamente.
 Wittgenstein escribió otra obra llamada “Investigaciones Filosóficas”. Aquí se va a mostrar partidario de que el sentido de las palabras no tiene nunca un valor objetivo y permanente sino circunstancial y pragmático. El sentido de cada palabra sería el significado concreto que se le quiere dar por una persona determinada en un momento concreto. Sin embargo, frente a estas afirmaciones conviene recordar que por ese camino volveríamos a llegar a la contradicción relativista que establece como fijo la circunstancialidad total de los significados de las palabras y de las cosas. No es así: las palabras designan la naturaleza o definición de las cosas, que mantienen una identidad permanente a lo largo de los cambios.
 Las verdades parciales se sostienen si existe una verdad absoluta, como explicó Agustín de Hipona. El sentido de las palabras sólo puede ser verdaderamente significativo si queda sostenido por una palabra absoluta: “En el Principio existía el Verbo (la Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”  . Dios sí se revela en el mundo.

2. La verdad no siempre es evidencia
 Nos parece evidente que el sol gira alrededor de la tierra; sin embargo resulta que es al revés. En este punto, ponerse en el lugar de la realidad costó milenios de investigaciones. No se trata ahora de fomentar una malsana duda respecto a todas nuestras percepciones, pero sí hemos de saber que nuestro conocimiento no funda la verdad de las cosas. Estar muy seguro de algo no significa que necesariamente sea cierto: nos podemos equivocar. Tenemos que contrastar con la realidad.
 Cuando Descartes funda su filosofía en el “pienso luego existo” quiere hacer una sistema racional que comience en la primera evidencia: la existencia de mi yo me es revelada gracias a mi pensamiento. Pero, además de la certera crítica que le hace Husserl al establecer que gracias a que pienso algo soy capaz de pensar en mí mismo, tenemos que reconocer con sencillez y certeza que la verdad es que gracias a que existo soy capaz de pensar.
 Este dar la vuelta a las cosas resulta muy saludable a varios niveles. Por ejemplo, cuando Víctor Frankl -en su tremenda experiencia de Auschwitz, relatada en su libro “El hombre en busca de sentido”- llega a la conclusión que es más importante lo que la vida espera de nosotros que lo que nosotros esperamos de la vida.
 Salir de nosotros mismos para poder entender mejor la realidad  y entendernos no sólo es cuestión de generosidad sino también de inteligencia. En este sentido Joseph Pieper, en su obra “Las virtudes fundamentales”, al hablar de la prudencia destaca la importancia de ser realistas.
 Este darse la vuelta es de especial interés en el ámbito de la familia. Es muy posible que un padre feliz es aquél que se dedica a hacer felices a su esposa y a sus hijos, intentando olvidarse de que él existe: la historia da la razón a este exigente planteamiento. Se trata de una historia antigua. Chesterton la fundamenta así en un artículo suyo titulado “La familia como institución en el mundo moderno”: “El cristia-nismo, por enorme que fuera la revolución que supuso, no alteró esta cosa sagrada, tan antigua y salvaje; no hizo nada más que darle la vuelta. No negó la trinidad de padre, madre y niño. Sencillamente la leyó al revés, haciéndola niño, madre y padre. Y ésta ya no se llama familia, sino Sagrada Familia, pues muchas cosas se hacen santas sólo con darles la vuelta”.
 Toda esta escuela tiene una aplicación de un gran interés a la hora de entender la vocación cristiana. “Vocare” en latín significa llamar; no elegir. La misión humana y sobrenatural de una persona es ante todo una llamada de Dios que, teniendo en cuenta cómo somos, nos sugiere un planteamiento de vida que puede atraernos mucho, poco o nada; aunque no nos dejará indiferentes. Esta traslación de la cuestión a la correspondencia a la gracia divina parece de extraordinario interés a la hora de plantear adecuadamente la cuestión vocacional: ya sea irse a África de misionero o querer a nuestro cónyuge cuando el afecto parece debilitarse.
 En definitiva, no se trata de ser muy auténticos o autocoherentes con nosotros mismos, sino de ser muy verdaderos respecto a la vida que nos toca vivir.

3. Conocimiento racional y conocimiento intuitivo

 Aunque ahora no esté muy de moda considerar que la razón humana puede alcanzar la verdad de las cosas, la vida cotidiana con sus funciones fundamentales pone en evidencia la inconsistencia de tanto escepticismo postizo; por ejemplo a la hora de comer.

 A partir de la experiencia, a la que llegamos mediante nuestros sentidos, vamos obteniendo el conocimiento de leyes y de diversas finalidades de las cosas. Las ideas que vamos teniendo del mundo y de nosotros mismos se modelan a partir del contacto con la experiencia y de nuestra vivencia interior de esas experiencias. Otro factor de importancia fundamental es la confianza en quien nos enseña aspectos de la realidad: familia, amigos, profesores. La confianza se refleja como un aspecto matizable pero insustituible a la hora de adquirir conocimientos.

 A la hora de conocer, la inteligencia tiende a la verdad, la voluntad al bien y el corazón a hacerse uno con lo querido. Vemos, por tanto, que la inteligencia tiene una prioridad respecto a las otras dos capacidades citadas; aunque amar sea más importante que entender. El volante no es más valioso que el motor de un coche; pero si el volante falla el coche entero se puede perder. Inteligencia, voluntad y corazón deben ayudarse mutuamente.

 Existe un tipo de conocimiento que va más allá del discursivo o racional. Es, por ejemplo, el conocimiento que una madre experimenta respecto a su hijo con solo mirarle a la cara. Tal conocimiento se apoya evidentemente en múltiples experiencias y razonamientos sobre el chico; pero llega más allá. Hay algo que escapa y supera a la mera racionalidad. Se trata de un conocimiento del corazón para el que la razón y la voluntad han sido tan sólo medios. Como se ha escrito “el tú sólo se revela al amor”.

 En el juicio estético se da un proceso análogo. Es muy difícil explicar por qué algo nos gusta. De todas maneras no existe en este campo una total ausencia de reglas. El bien –fundado en la verdad- es la condición metafísica de la belleza. Aún así el juicio estético queda muy indefinido en su entidad; vamos a intentar una aproximación. El núcleo de la estética nos parece que consiste en la contemplación de algo o alguien que al verse en armonía con el conjunto del mundo, especialmente con nuestros semejantes, produce un sentimiento o emoción  que potencia nuestra entidad personal. Así experimentada, la vivencia estética es la única que nos hace entender la comunión, no identificación, de nuestro ser con el mundo.

 El conocimiento de Dios, en el que Él –no lo olvidemos- lleva la iniciativa, también se basa en conocimientos de experiencia razonados, y en actos de confianza en la Iglesia –podríamos parafrasear a San Juan diciendo que el que no cree a los hombres, a los que ve, no puede creer en Dios a quien no ve-. Pero la experiencia del trato con Dios nos habla de la realidad de la actuación de la gracia divina en el alma. En este sentido es aconsejable una dirección espiritual con una persona adecuada, quien tenga la formación necesaria para ayudarnos a discernir la Voluntad de Dios de meras impresiones subjetivas. Hay una nota distintiva al respecto: las cosas de Dios, suelen inundar de paz y de alegría, aunque supongan esfuerzos que, además, se presentan muy razonables. Otra cuestión interesante, que no procede aquí desarrollar, es la cierta facilidad con que podemos tergiversar estos mensajes de Dios.

 En los tres ejemplos citados de conocimiento intuitivo: el del amor de madre, el de la experiencia estética, y el del trato con Dios se dan algunos rasgos comunes: Se apoyan en el conocimiento racional pero lo superan. Hay un sentimiento de comunión con lo conocido. Existe una complementariedad entre los tres; salvaguardando la distancia infinita de la dignidad de Dios sobre lo creado. Quien sabe querer a Dios sabe querer mejor a los demás y al mundo; pero quien sabe encontrar más armonía en el mundo quiere con más facilidad a los demás y a Dios. La síntesis de la referida sabiduría está hecha vida en Santa María Virgen.

 

III. Moral y protección de la vida humana

1. Imperativos morales absolutos.

 Podría pensarse que no hay cosas buenas y cosas malas en general: Lo bueno, como lo malo, es para alguien concreto y en un momento determinado. Frente a esta postura el filósofo Spaemann explica que hay algunas acciones que siempre y para todos están bien –como ayudar a un enfermo- y otras que siempre están mal –como maltratar a un marginado-. No en vano la llamada regla de oro de la moral afirma: ”trata a los demás como quieres que te traten a ti”. Hay muchas cosas relativas y opinables; pero existen algunas intocables, entre las que destaca la defensa de los más débiles.

 La historia de las civilizaciones humanas pone de manifiesto que los hombres necesitan apoyarse en algunas verdades estables para vivir personal y socialmente. Desde luego que han existido civilizaciones más dignas que otras. Tan claro como lo anterior es que consideramos mejores a las sociedades que han tenido más respeto por las personas humanas. Sin embargo, dándonos poca o mucha cuenta, hoy nos estamos deslizando con rapidez hacia situaciones en la que el trato a la vida humana es, cuando menos, objeto de una fuerte polémica.

 Las verdades estables de las que hablábamos antes surgen, en muchas ocasiones, de la propia realidad natural. Lo que conviene darse cuenta es de que existen unas leyes que son condición de posibilidad de esa realidad y, si no se respetan, se rompe el juego de la vida. En la naturaleza humana se unen a las leyes físicas otras de tipo moral. A estas últimas leyes son a las que llamamos imperativos morales absolutos. Si el propio ser humano pudiera redefinir absolutamente la estructura física y moral de sí mismo no existiría ninguna instancia ética que pudiera culpar a estructuras de opresión y criminalidad como el exterminio de judíos perpetrado por algunos nazis; o los sistemas de trabajo complacientes con la esclavitud. El respeto a la naturaleza y a la moral de la persona humana solo puede provenir de la comprensión y respeto de una legislación previa a nosotros mismos. Los que etiquetan a estas posturas de fundamentalistas tienen el mismo rigor intelectual de quienes sostuvieran que no hace falta el suelo para andar o el aire para respirar.

 Las actuales democracias occidentales parecen erigir en último criterio de actuación, para cualquier cosa, la opinión de la mayoría –a la que se puede manipular con cierta facilidad-. La mayoría es ciertamente muy importante, pero si no existe un mínimo de verdades previas a ella aquí no hay quien se entienda. Si se hace pensar que la mayoría está de acuerdo en que no hay leyes naturales y morales comunes que respetar llegamos a la confrontación de intereses, caldo de cultivo para la violencia. La política debería ser muy consciente de que el patrimonio común de valores estables para la convivencia es algo que surge de la vida de las personas apoyadas por las instituciones ciudadanas y morales anteriores al quehacer político.

 La noción de derechos humanos se ha relativizado tanto que sin la aceptación de un origen y fuente de sentido de estos mismos derechos se están diciendo palabras vacías sobre lo más importante para una sociedad. Desde hace décadas es una exigencia divulgar en nuestra sociedad las verdades más básicas sobre el respeto a la vida humana. 

 El cristianismo establece su visión revelada de los imperativos morales absolutos en los Diez Mandamientos. Hay en ellos contenido sobrenatural que hace más humanos a los hombres. Cabe resaltar que para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo –el núcleo del Decálogo- hay que recordar que “Dios nos amó primero” .

2. Respetar la vida humana

Toda naturaleza tiene un modo de ser en parte permanente. El ser humano, recordamos, tiene una naturaleza biográfica. Se trata de un ser con libertad y responsabilidad limitadas, pero inalienables. Esta libertad y esta responsabilidad actúan en un organismo vivo, sujeto a leyes y condiciones particulares. La libertad propia se manifiesta desde un cuerpo con el que se une. La libertad humana opera en una materia con unas características morfológicas determinadas por la genética. Sin embargo la libertad no pesa un gramo y, si bien necesita de una base de operaciones fisiológicas, no es fisiológica en sí misma. La libertad tiene una cierta dependencia y una cierta independencia respecto al cuerpo; como una hoja respecto a su árbol. Pero si la libertad quiere ser hoja de nadie, como las caídas en otoño, se termina agostando.

 La naturaleza humana es la propia de un ser con libertad moral. La duda que puede plantearse es si el individuo humano lo es cuando no está capacitado para ejercer su libertad. Aristóteles aclara una idea capital: Una naturaleza se posee no cuando se ejercen los actos propios de ella; sino cuando se tienen las capacidades para hacerlos. Estas capacidades pueden no estar operativas, transitoria o definitivamente, como ocurre en múltiples casos: una persona que duerme, que tiene alguna discapacidad, que enferma, un anciano o un nonato. Negar la naturaleza humana por una disminución de actividades supone adoptar una actitud eugenésica.

 Otra de las cuestiones que pueden abordarse es la entidad de la naturaleza y su relación con la cultura. La cultura produce una transformación creativa de las naturalezas que nos rodean, así como de la nuestra propia. La historia forma, por tanto, un factor clave en las relaciones entre cultura y naturaleza. El paso del tiempo no es por sí solo un factor determinante en la mejora de la cultura. Las tremendas guerras del siglo XX lo han puesto de manifiesto. La cultura tiene por misión mejorar la naturaleza y para esto requiere de una condición previa: respetarla. La suplantación de la naturaleza por la cultura es una negación de la cultura misma.

 A la hora de comprender la entidad de la naturaleza humana  existen dos enfoques opuestos: el del interés y el del respeto. El ser humano, todo ser humano, merece ser tratado desde el respeto y no desde el utilitarismo. En la medida en que el respeto al ser humano, en cualquiera de sus fases y circunstancias, prima sobre la utilidad y la manipulación interesada estamos construyendo una cultura más humana y solidaria. De lo contrario la sociedad se va transformado en una selva donde los fuertes oprimen e incluso anulan a los más débiles. Por ejemplo, la esclavitud ha sido –y todavía es- una llaga dolorosa en nuestro mundo.

 En todas las polémicas bioéticas que surgen hoy existe una clara disyuntiva: El predominio de la propia autonomía sobre la naturaleza o el respeto a la naturaleza, al que debe subordinarse la autonomía o libertad propia. Lo que honradamente cabe observar es que la autonomía -o libertad propia- surge de la naturaleza humana; no ocurre al revés. Nadie ha elegido tener dos brazos y un solo corazón.

 Planteadas así las cosas  parece que sería lógico que el respeto primara sobre el interés en las relaciones humanas. Muchas veces ocurre así; pero también con frecuencia constatamos ataques severos a la condición humana como es la práctica habitual, extendida y permitida por muchos gobiernos, del aborto voluntario. Ésta y otras muchas lacras sociales nos hacen preguntarnos por los cimientos del respeto a la vida humana. El respeto sin más base se muestra transgredido e ineficaz. En efecto, si se despoja a la naturaleza humana de su sacralidad, de hecho, se la acaba cosificando. La sacralidad es una dimensión de la persona hacia lo absoluto. Los partidarios de legislar como si Dios no existiera, con frecuencia, no cimentan valores incondicionados y configuran una sociedad que, bajo la excusa de una falsa laicidad, desacraliza al hombre y, en parte, lo deshumaniza. Legislar debe atenerse a unos imperativos morales absolutos que, además, encuentran su raíz más segura en Dios.

 Abortar es matar una sonrisa humana. Pero además, para el creyente, el aborto es matar a una imagen y semejanza de Dios.

 

IV. Tú y los demás

1. La originalidad

Tal vez la originalidad tenga que ver con el origen. Y el origen nos puede recordar el lugar donde uno ha nacido, donde estaban los amigos de la infancia; en definitiva: la patria chica. Es un lugar entrañable. Allí uno se encuentra a gusto; esta bien consigo mismo.

 Hay niveles más profundos de encontrarse uno a sí mismo; de aceptarse -sin que esto suponga una claudicación por superarse-, de estar contento. Quizás sea ahí: en el conocimiento de nuestra naturaleza, en la madurez que supone saber algo sobre nuestras posibilidades y límites, donde uno puede lograr ilusión para hacer de sí mismo “un clásico”.

 Quizás para ser un “clásico” no hace falta poseer la intuición de Einstein o la imaginación de Spielberg. Simplemente puede consistir en sacar fuera lo mejor de nosotros mismos. Tal vez todo sea tan sencillo como ser normal o ser natural. Pero…¿qué es ser natural? Actuar según nuestra naturaleza más verdadera. Explica Antonio Millán  que las personas estamos compuestas por una tendencia a abrirnos a la realidad y por otra tendencia a cerrarnos en nosotros mismos. De la pugna entre ambas  surgirá el resultado de la propia vida. La tendencia a la apertura puede llamarse vocación, en sus dimensiones profesional, afectiva, espiritual, etc; la clausura es el egoísmo. Así la vocación es  para algunos motivo de felicidad y para otros motivos de angustia.
        
 Hay algo que a los humanos nos atrae como un poderoso imán: la alegría. Al entender la vida al revés, sustituyendo la autorrealización  por el servicio a los demás, uno se libera de las autoritarias exigencias de su propio yo. Exigencias que pueden ser gigantes e irrealizables y, por tanto, sustituidas con el tiempo por la apatía o el peor conservadurismo: la cobardía de encerrarse en el anonimato.

Salir de uno mismo supone iniciar la aventura de acceder a una realidad que es anterior a mí; es disfrutar con la existencia de unas leyes previas a mí, en las que puedo descansar. Esta actitud ofrece resortes para afrontar los imprevistos de la existencia. Posibilita abandonar la pesada carga de algunos proyectos personales que tal vez no sean necesarios. Cuando uno aprende a ponerse en su sitio también aprende a quererse mejor a sí mismo.
Una aguda frase afirma que el cielo no vale ni poco ni mucho sino exactamente todo lo que uno tenga. La confianza y el abandono en Dios hacen experimentar la frase evangélica que dice “mi yugo es suave y mi carga ligera” . Dios no suele pedir asuntos muy difíciles sino cosas sencillas hechas, en ocasiones, con esfuerzo y siempre con buena voluntad.

2. Unidad en la pluralidad

La unidad entre las personas que compran en unos grandes almacenes es por lo general una relación de interés y agregación. Sus relaciones son sobre todo utilitarias. La unidad entre los hinchas de un mismo equipo deportivo es algo más, comparten una afición: un interés no necesario. La unidad que se da entre los hombres de bien tras la liberación de un secuestrado que ha sufrido torturas es mucho mayor: las personas se alegran profundamente por la alegría de la persona que estaba siendo maltratada. Esta es una unidad  por la que se quiere el bien de la otra persona. El hecho de que le hayan sido devueltas las condiciones propias de su dignidad  crea en los demás un clima de unidad. Se comprende al otro  porque de algún modo es igual a los demás. La persona es el ser capaz de comprender; de ponerse en el lugar del otro; de salir de sí misma. Por esto, afirma Spaeman  , la persona es un símbolo del absoluto.
 
 Hay otro aspecto que no conviene olvidar: Lewis, al hablar de la amistad en su obra “Los cuatro amores”, afirma que cada amigo me revela parte de mi yo. La amistad no es sólo un lujo sino algo que nos engrandece; algo que nos hace ser más. “Las victorias de mis amigos son también mis victorias”, afirma Tomás de Aquino. La riqueza interior de cada uno depende de todos aquellos que le aprecian bien. Aquí hay algo muy importante: de alguna manera el otro está en el fondo de mí;  su verdad está conectada a la mía, aunque ambas son distintas. 

Si una mujer o un hombre viven rodeados de injusticias que afectan a otros y no hacen nada que esté a su alcance por evitarlas, sus propias vidas empiezan a perder sentido. Si trabajan por mejorar las condiciones de vida de sus semejantes comienzan a estar satisfechos: a estar a bien consigo mismos, a ser felices. Tenemos mayor unidad interior, integridad y plenitud de sentido en la medida en que somos generosos.

 En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta un tanto espesa y algo ambigua a su profesor: “El hombre tiene alma y cuerpo; podríamos decir que su número es el 2. Dios es tres Personas; su número es el 3. ¿Cómo puede pasar el hombre del 2 al 3?”. El profesor, de inmediato, respondió: “El 3 son los demás, la bendita fraternidad cristiana”. Cuando la Iglesia nos propone la doctrina de la comunión de los santos está afirmando la naturaleza humana y elevándola a la hermandad de los hijos de Dios. Esa familiaridad es imagen y semejanza del misterio central de la fe cristiana: Dios es uno en naturaleza y trino en Personas. Los hombres somos sustancias (seres en sí) que se relacionan, como es el caso de padres e hijos. Las Personas divinas son relaciones (Paternidad, Filiación, Expiración de Amor) subsistentes (permanentes). Dios Padre es todo y sólo Paternidad. Dios Hijo es todo y sólo Filiación. Dios Espíritu Santo es todo y sólo Amor Personal entre el Padre y el Hijo. Cuando el cristiano alaba a Dios no da culto a un Dios temible y distante; alaba a la misma Alabanza. Dios, en su seno, es comunión personal, familia.

3. Ser querido

Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.
       
 Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor. También este autor afirma que “amar es como decir: es bueno que existas”. Cuando me sé bueno porque me sé querido por alguien a quien valoro es cuando soy capaz de amar, de entregarme.

 Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, lo que puede sugerir cierto vértigo. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

 La realidad de fe en la filiación divina supone saberse íntima, personal e intensamente querido por Dios; y al conocerse concorpóreo y consanguíneo de Jesucristo surge la necesidad y la gozosa responsabilidad  de participar en su vida redentora. Dios nos dice “es bueno que existas”.
V. Familia y cuestiones sociales

1. Amor, familia, identidad 

Toda la entidad de la vida humana se relaciona directamente con la familia y la familia con el amor. Si no se sabe qué es el amor, no se sabe lo que es la familia y así tampoco se sabe quién es uno mismo.
 
 Hay que redescubrir la magnitud formidable de traer un hijo al mundo. Esto es así si a cada vida humana se le respeta su dimensión vocacional, la posibilidad de hacer de su existencia una aventura en servicio de una causa noble. La vocacionalidad de la vida humana sólo se entiende permitiendo la existencia de algo que no controlamos: la providencialidad. Un mundo sin providencialidad es un mundo hecho completamente por nosotros mismos; es decir: un mundo en que nos ahogamos porque no puede haber aventura. Los imprevistos, frecuentes e inevitables, se convierten en algo placentero o repugnante, pero -en cualquier caso- incomprensible.

 La ausencia de providencialidad lleva al olvido de la vocacionalidad. La atención se centra en el interés que necesita del dominio y del consumo: el dominio como meta y el consumo como medio. El ideal de servicio se valora en unos raptos de nostalgia y se practica en algunas dosis intermitentes de misteriosa eficacia tranquilizadora: se dan retales, en ocasiones generosos, pero no se da la tela. Así no se entiende una opción de servicio radical como modo de vida propio, porque esto es imposible sin vocación ni providencia.

 Si quiero dominar completamente la trayectoria de mi vida, si quiero ser totalmente autónomo, si quiero ser autor y actor al mismo tiempo: no puedo ser elegido, no puedo ser dotado de sentido desde fuera de mí mismo, no puedo ser transformado por el amor de alguien hacia mí.

Si mi medio de vida es sólo consumista, el amor queda reducido a atracción pasajera: a una suerte de apetito –refinado, en el mejor de los casos, por sentimientos y afectos satisfactorios-. Este falso amor no es darse, sino recibir. Es un amor cuyo fruto no se desea. Ese fruto es la piedra de toque del amor porque su aceptación y cuidado conlleva sacrificio y generosidad. La biología, ingenua e inconsciente, transmite la vida porque el amor debería dar vida, vida querida. Pero hoy, con brutal terquedad, se odia ese fruto, se le destruye…porque entonces no se ama.

Lo verdaderamente apasionante es nacer, incluso en siniestras condiciones, que penden de la providencia. Es normal en las historias que merecen la pena que haya pena. El amor, para no perder su identidad, respeta la vida. La nueva vida humana se respeta por sí misma: esa es la condición de la familia. La familia es el lugar del amor respetado, donde se quiere a cada uno por sí mismo. Los hijos nacen y se educan en un ambiente donde son tan queridos como exigidos, tan seguros en reivindicar los bombones como pesarosos ante el reproche de sus padres por no haber hecho la tarea.

 Los hijos encuentran en su madre y en su padre la raíz providencial de su vocación a ser hombres, a amar.

 2. La familia como raíz de humanidad

 Entre las cosas más fantásticas de este mundo destaca la diferencia maravillosa entre un hombre y una mujer. Esta complementariedad natural entre lo masculino y lo femenino es regla básica de la vida. El atractivo físico, psicológico y afectivo puede culminar en un amor de benevolencia por el que se quiere a la otra persona tanto como a uno mismo. Un sabio escribió en cierta ocasión que “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El compromiso matrimonial hace justicia a este amor. Cuando se ama a alguien se le quiere para siempre; de lo contrario estaremos hablando de pasión o mera afectividad, pero no de amor personal. La mutua ayuda, la conyugalidad en todos sus aspectos, requiere de personas generosas, con virtudes y aptitud para la convivencia. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión: El amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Los padres se ven en los ojos de los hijos.

La esponsalidad conlleva tareas y responsabilidades primordiales como la educación de los propios hijos. Esta realidad requiere de una relación exclusiva de fidelidad. Amor esponsal y fidelidad son las dos caras de una misma moneda. No es este el momento de reflexionar sobre las posibles causas de nulidad matrimonial o de separación; sino de pensar acerca de la hondura antropológica del matrimonio humano, en una época en la que se está intentando, con vehemencia internacional, romper la entidad natural de la familia.

La propia familia de origen supone las raíces de uno mismo. Se trata del lugar donde hay un amor incondicionado por cada uno de sus miembros. Este apoyo incondicional se da de modo natural entre padres e hijos. Reventar el sentido de la sexualidad y de la familia, como de hecho se está haciendo, redunda en fomentar diversos tipos de esclavitud en el ser humano.

A lo largo de los siglos han caído poderosos imperios; pero la Familia del que no tuvo una casa para nacer sigue siendo el faro de luz de nuestra civilización. El mensaje familiar del Redentor no niega nada de la nobleza humana sino que la eleva a alturas insospechadas.

La Redención del corazón, en expresión de Juan Pablo II, supone la purificación del amor familiar por la gracia divina y la correspondencia a esa gracia. El hecho de que aquél Papa haya dicho de la dimensión sexual de las relaciones esponsales que son un icono del amor intratrinitario es una afirmación entroncada con el Génesis, donde Dios bendice el amor humano. San Josemaría Escrivá de Balaguer afirmaba que el lecho matrimonial es un altar. Es conocida la relación que hace San Pablo entre Cristo y la Iglesia como esposo y esposa.

La Revelación cristiana no impone nada, sino que sublima lo genuinamente humano, salvaguardándonos de los errores, desvaríos y enfermedades del corazón. La familia, con sus roces, precariedades y ajetreos diarios, es el único lugar donde el hombre puede llevar a cabo su vocación al amor. Esto no quiere decir, como es lógico, que existan otros modos de entrega a los demás que impliquen el estado de soltero, como puede ser –por ejemplo- la vida sacerdotal. En este sentido, el libro “Amor y responsabilidad”, de Karol Wojtyla, manifiesta como una comprensión adecuada del matrimonio y del celibato por el reino de los cielos se potencian una a otra, ya que se trata de dos modos de entrega, de cumplimiento de la ley del “don de sí”.

La familia humana, aunque solo sea por la limitación de la muerte, necesita de una dimensión eterna para ser acorde con el corazón humano. Esta dimensión es para los cristianos la Iglesia, la familia de Dios.

3. Trabajar y disfrutar

 Es muy probable que lo fundamental del trabajo recaiga sobre todo en la propia disposición interior. Recuerdo la afirmación mañanera de un viejo profesor:”un nuevo día, sale el sol y estoy rodeado de gente a la que puedo ayudar”. A esa misma persona le hablé en una ocasión acerca del trabajo sobre la importancia de “gestionar la complejidad”; él me respondió que era más importante “gestionar la sencillez”. Así es.

Nuestro mundo occidental trabaja y consume desaforadamente pero, con todo respeto a los ritmos de competitividad, me parece que tal ritmo está algo desenfocado. El afán por el enriquecimiento que se transforma en ansiedad y en angostura de espíritu es la consecuencia de tomar al trabajo como un fin cuando no es más que un medio. La aceleración, la falta de autoposesión, difumina hacia delante la propia persona que queda sin peso, sin contornos, sin los límites que la hacen irrepetible.
 
 Cuando alguien se decide a serenarse, a aceptar su vida y la realidad más cercana que le rodea, empieza a ser un punto fijo; uno de esos escasos lugares desde los que se puede mover el mundo. Esto requiere sencillez de espíritu: una sencillez que no es sencilla de adquirir.

 Ser o no ser, he ahí una cuestión mal expresada. Ser amado o no ser, he ahí la verdadera cuestión. Trabajar desde, por y para el amor a Dios y a los demás es la  recia escuela de la plenitud del sentido humano del trabajo.
 
Trabajar, encanecer sonriendo, saborear una gran gama de matices, agrios y dulces de la vida cotidiana, aquí está el verdadero, real y fantástico reto que se nos ofrece; no hay otro. La dimensión humana del trabajo se abre así a su dimensión divina. El estilo de trabajo sencillo de la Sagrada Familia se nos muestra como el retrato vivo de la perfección de una vida de trabajo y amor.

 

4. Sociedad, valores y cristianismo

 Es mucho lo que la historia nos puede enseñar: no en vano se la considera “maestra de vida”. Desde hace dos mil años se ha ido perfilando el concepto de persona y de dignidad como atributo inalienable de todo ser humano. Kant lo precisó con acierto al afirmar que toda persona es un fin en sí misma. Esto supone que nunca se debe instrumentalizar al hombre.

 El proceso de avance de la idea de autonomía desde el siglo XVIII ha llegado, en algunos sectores muy influyentes de la actualidad, a disociar la autonomía de la naturaleza. Con tal motivo se plantean alternativas al matrimonio natural fundado en la unión estable entre un hombre y una mujer. Se busca el aborto como un derecho de la mujer, cerrando los ojos a la evidencia de que el nasciturus es  un ser humano. Se utiliza a los embriones humanos como si fueran los de un animal cualquiera. La religión en su dimensión social es entendida como una injerencia intolerable en la conseguida laicidad del Estado.

En el telón de fondo de la Declaración de los Derechos humanos de 1948 observamos la lección histórica de la necesidad de unos principios comunes entre las personas que tienen que basarse en la naturaleza humana para ser comúnmente aceptados. Las atrocidades y crímenes contra la humanidad perpetrados en la Segunda Guerra Mundial hicieron necesaria esta Declaración de principios. Valores actuales como la citada autonomía o libertad personales son valiosos en cuanto no comprometan la identidad de la naturaleza personal y social del hombre. Sin embargo, algunos de los promotores de una pluralidad de maneras de entender lo nuclear del ser humano, niegan -de hecho- el concepto de naturaleza humana. Esto necesariamente lleva a una acusada falta de valores comunes y, por tanto, de sociabilidad. La tolerancia, erigida como supremo valor equilibrador de intereses, es un pedestal muy débil sobre el que basar la cultura de los pueblos. Así, en la práctica, las sociedades se crispan.

 Por otra parte, en un clima donde la idea de comunicabilidad y participación de bienes está mermada, resurge un neoliberalismo de escaso rostro humano. En la era de la globalización somos más conscientes de un mundo en el que la riqueza está muy mal repartida y donde las soluciones a estos desajustes parecen de corto alcance para las necesidades reales de los más deprimidos.

 Todos estos factores hacen necesaria una nueva profundización y difusión del valioso patrimonio histórico europeo relativo a la dignidad de la persona, en sociedades democráticas con estados aconfesionales. En este sentido es de mucho interés recordar que el cristianismo, pese a los  defectos personales y sociales de los cristianos, ha sido un  impulsor principal de una idea clave: la fraternidad entre los seres humanos. Esta idea clave se está debilitando severamente. La fraternidad humana, pese a las tensiones y conflictos, supone un respeto incondicionado a toda persona a la vez que le recuerda su irrenunciable compromiso social. Los cristianos no pueden dejar de reivindicar esta perspectiva indispensable para la humanidad.

5. El laicismo contra los laicos

 Aristóteles –nada sospechoso de confesionalismo- decía que los opuestos pertenecen al mismo género: esto es lo que puede que ocurra entre clericales y anticlericales o laicistas. El clericalismo es la postura, a mi parecer, que considera como una “longa manus” del clero a los laicos sin entender la legítima autonomía de éstos.
 
El laico sabe que para ser buen cristiano tiene que ejercer su personal libertad y responsabilidad en las mil iniciativas de este mundo, al mismo tiempo que se adhiere al Magisterio de la Iglesia porque quiere libremente hacerlo. Este ciudadano no es que tolere el derecho de cada cual a su religión sino que lo desea positivamente, tal y como lo quiere para él mismo. Lógicamente quiere la libertad de las conciencias: tanto la de otro cristiano, como la de un musulmán o como la de un ateo; sencillamente porque tiene sentido común. Si defiende la propiedad privada no es por ser confesional sino por ser hombre; si no le gusta que otro tipo coquetee con su mujer no es por ser involucionista sino por no ser tonto.

 El laicista es alguien muy distinto al laico: el laicista es un clerical “rebotado”. Si un tipo defiende la dignidad de todos los embriones humanos porque él también ha sido hombre, el laicista le llamará vaticanista, aunque se trate de un inmigrante zulú. Ante un razonamiento que pone de manifiesto la esencial diferencia entre un matrimonio entre hombre y mujer, por un lado, y una unión entre dos personas del mismo sexo, por otro, la opinión laicista  tachará la reflexión con el sanbenito de machista. Tratándose de un jurista que se lleva las manos a la cabeza por una ley del divorcio que da al matrimonio menos estabilidad que un contrato de alquiler, el laicista percibirá influencias canónicas. Cuando un médico corrobora que un aborto voluntario es descuartizar a una criatura humana el laicismo entenderá a aquél doctor como un profesional dogmático.

 Actualmente los términos laicista y progresista casi se identifican conceptualmente. El progresismo consiste en romper barreras morales consideradas obsoletas hacia nuevas aventuras de la humanidad, aún a costa de la propia naturaleza. Para el progresista hay progreso pero no hay hombre. El progresista no acepta la libertad enraizada en la realidad natural sino la libertad por la que yo puedo decir que soy lo que me dé la gana.
 

El laicismo nace de la confusión en las relaciones entre naturaleza y fe; confusión que algunos clericales del pasado llevaron a cabo en sentido inverso; dicho sea sin juzgar las intenciones de ambos. Simplemente se trata de una insensatez que traspasa la raya, progresistamente, de la salud mental.

El laicista no ha entendido lo laico: el valor y la autonomía intrínsecos de las realidades civiles abiertas a la dignidad trascendente de la vida y la actividad humanas.

 

VI. Hacia el sentido de la vida

1. La vida como regalo

“Se trata de que no se vaya el santo al cielo sino que venga el cielo al santo”. Esta frase la decía un buen amigo en la mesa, señalando un magnífico postre en un día de fiesta.¡Cuanta razón tenía!

 Hoy parece que se ha acentuado el  afán de disfrutar. Muchos buscan una auténtica cultura del “éxtasis”, un empeño por gustar sensaciones fuertes, potenciado y extendido por capitalismos mediáticos  publicitarios. Es lógico querer pasarlo bien; sin embargo el problema está en que curiosamente no se sabe vivir bien . Las prisas, la búsqueda del éxito y del dinero rápido, la aceleración como modo de vida puede que no sea, en el fondo, más que una huida hacia delante.

 La exaltación de las emociones nocturnas no da respuesta a la realidad del trabajo cotidiano. Se vive con cierta histeria una única realidad en la que no se encuentra la unidad de sentido de la vida. Y esto se debe, como afirma Alfonso Aguiló , a que se busca la felicidad donde no está y se ignora que para ser feliz lo que hay que modificar no es tanto lo de fuera  sino lo de dentro de uno mismo.

 Reflexionar en que uno ha nacido sin ningún mérito personal ni consulta previa es mucho más que una perogrullada: es la pura verdad que, sin embargo, olvidamos con mucha frecuencia. A pesar de los flagrantes males del mundo, de la enfermedad y del dolor moral, la vida sigue siendo una llamada, un regalo de valor incalculable. El bien suele ser más discreto y silencioso que el mal, pero mucho más sólido y fundamental…como lo es una madre buena. Lo que podemos hacer, en expresión de Julián Marías es “educar la mirada”, y también el entendimiento y la voluntad, para caer en la cuenta de la cantidad de cosas estupendas que nos suceden: desde respirar hasta optar por ocupaciones quizás sencillas pero llenas de verdad y de bien, maduras de humanidad y sazonadas de buen humor. Quien procura vivir siempre  así, de hecho, es bastante probable que lo haga desde la fuerza de la fe.

 Hay un salto de confianza, de esperanza, de aptitud para la felicidad -esto es en parte la fe- que no puede ser impuesto racionalmente, porque la mano de Dios sólo se coge si libremente se quiere. Lo que sí se puede constatar es que quien así lo hace está en condiciones de disfrutar tanto en día laborable como en fin de semana; y con un gozo enorme, porque todo se llena de sentido. Y este sentido es la fuente de la felicidad.

 2. Ser y seres

 Un chico de unos nueve años le dijo a su padre en cierta ocasión: ”Papá; tú eres, pero podrías no ser; yo soy, pero podría no ser. Dios es, pero no puede no ser”. Este hecho verídico, me consta, es una de esas muestras en las que sencillez y sabiduría se identifican.

 La tierra es de tres dimensiones y tiene colores. Nos llaman la atención las cordilleras, los valles, los ríos, el mar, y la diversidad de especies vegetales y animales. Todas estas realidades son; pero…¿Por qué? Tomás de Aquino, entre otros, nos explicó que hay muchos modos de ser y que cada uno de estos modos constituye una naturaleza. No somos combinaciones de oxígeno y carbono desarrolladas, ni pequeños dioses; somos hombres. En sus conocidas cinco vías Tomás afirma que tiene que haber un primer motor inmóvil pues de lo contrario no existirían motores subordinados ni transmisión del movimiento. Lo mismo ocurre con una primera causa incausada; sin la que no habría causas secundarias ni efectos últimos. Junto a seres materiales, corruptibles, no necesarios, que alguna vez no fueron, tiene que existir un ser necesario e incorruptible, que sea desde siempre; porque, si no, hubo un tiempo en que no había nada y de la nada, por sí misma, no sale nada. Los seres parcialmente perfectos tienen una participación necesaria del  ser que es perfección en plenitud, de modo similar a como las verdades parciales participan de la existencia de una verdad absoluta. El orden inmaterial e inteligentemente diseñado en la materia también apunta la existencia de una inteligencia ordenadora que trasciende lo material.

 La comunicación entre los diversos seres y el ser por esencia propia es similar a la de un rayo de luz que penetra en un lago dando calor y vida a sus aguas, sin que él mismo se moje.

 En la Sagrada Escritura Dios revela su nombre a Moisés: “Yo soy el que soy”. Dios es el ser que por naturaleza tiene la plenitud del ser. La Revelación cristiana nos dice mucho más en el Nuevo Testamento: Dios es tres Personas. Dios es Amor Personal. El Ser Supremo no es alguien solitario sino una inefable Comunión de Personas, como anteriormente apuntamos.
 

El amor verdadero, el que nos hace ser mejor personas, es la única actividad que es un fin en sí misma. Qué lógico resulta que Dios mismo sea Amor, entrega, caridad –como afirma San Juan- . El ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, es un ser para el amor, para la ley del don de sí –en expresión de Juan Pablo II-. Esta vocación se robustece y enraíza cuando el hombre se siente querido por sus semejantes y sabe, por la fe, que Dios le quiere como a su hijo. Razón y conocimiento revelado vuelven a encontrarse y a potenciarse mutuamente.

3. Vida y misterio

La vida esconde en su origen y en su actualidad el misterio de su por qué. La palabra misterio era traducida por los latinos como sacramentum; esto es: algo visible que connota lo invisible, lo que está detrás; lo que es su sentido. La realidad visible es de alguna manera un símbolo; algo que remite a su origen, a lo que la dota de unidad de sentido. Y, en la realidad, viven unos símbolos vivos y libres que somos nosotros mismos.
 
Los hombres podemos representar personalmente el mundo; por ejemplo al escribir una novela, pero no podemos dotarla de realidad. Hay Alguien que si puede. En Él, en virtud de su máxima simplicidad, su ser se identifica con su pensamiento y su querer con su poder. Un “literato” ha creado la novela en que vivimos. Alguien entiende el mundo y al entenderlo lo ama. Nos entiende a través de su Idea, de su Nombre. Somos porque nos quiere. En expresión de Chesterton “el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor”  .

La Revelación bíblica da plenitud a las reflexiones anteriores, hasta el punto insospechado de que el propio Autor del libro del mundo se haga uno de nosotros dotando de gran valor a nuestras biografías.

 4. Alegría en la verdad

 ¡Eureka! Éste suele ser el grito de júbilo del investigador que da con la verdad de un problema. El hallazgo de algunas verdades trae consigo una subida satisfactoria del ánimo. Pero no podemos olvidar que no todas las verdades producen felicidad. Conviene recordar que los sufrimientos ante los males, como explicamos antes, pueden reconducirse hacia bienes superiores, no sin esfuerzo. Incluso los males provocados por la propia libertad pueden ser el humus de un replanteamiento fecundo en sabiduría.

 Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar a la cima.

Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos mencionado antes, para renovar, con más temple, la propia ilusión de vivir. Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

 La verdad y el bien son los que satisfacen la inteligencia y la voluntad llenando de paz el corazón. La verdad es la que deja tranquilidad en el alma. Esta serenidad es el marco perfecto de la dicha; algo así como el bosque respecto de los cantos de los pájaros.

 La alegría surge con frecuencia de la consecución de unas metas. Pero una alegría más honda nace de saberse querido y valorado por las personas más cercanas a nuestro entorno familiar, profesional y social.

 Todo lo anterior requiere del ejercicio de las virtudes. La prudencia busca la aplicación del bien a los casos concretos; es una virtud que supone realismo. La justicia se esfuerza por dar a cada uno lo suyo. La fortaleza se orienta a la búsqueda ardua del bien. La templanza procura el domino de lo racional sobre lo orgánico. Sobre estas virtudes humanas o cardinales se ensamblan las teologales: dones de Dios que implica nuestro empeño en cultivarlos. La fe por la que nos fiamos de Dios y de su Revelación. La esperanza a través de la que confiamos en que Dios nos ayudará a conseguir nuestro destino sobrenatural eterno. La caridad mediante la que amamos a Dios y a los demás por Dios. Esta última es la virtud por la que nos hacemos amigos de Dios; sabiendo, como afirma Tomás de Aquino, que las victorias de nuestros amigos son también nuestras victorias.

La asombrosa noticia cristiana es que somos hijos de Dios. Algo mucho más por conocer que conocido. A ninguna mente humana se le hubiera ocurrido, por sí misma, pensar que Dios se ha enamorado locamente del hombre; y éste es un postulado principal de la doctrina y la vida de Jesucristo.

Sin embargo, lejos de ingenuidades, experimentamos con frecuencia las precariedades y dificultades de la vida, en el ámbito personal y social. ¿Cómo reencontrar la alegría en nuestro normal transcurrir de los días? Buscando la verdad de la propia vida en tantas cosas: la familia, el trabajo, la amistad, el compromiso social.

Tomando ideas de clases impartidas por el profesor Antonio Ruíz Retegui, diremos que Dios se acepta plenamente a sí mismo. Al ser el hombre imagen y semejanza de Dios, la clave de su felicidad consiste en la aceptación de su propia vida, en los momentos fáciles y en los difíciles. Una aceptación que no nace de un mero conformismo sino precisamente de entender la propia existencia como una llamada vocacional divina.

 El cristianismo aporta una rotunda iluminación al problema de la verdad y de la alegría. Nuestra falta de aptitud estable para la gratitud y la dicha provienen de una herida en el corazón humano que hace al hombre pretender ser creador del bien y del mal, de la verdad y de la mentira. De este modo quiere elegir y no ser elegido; desea generar significado en vez de descubrirlo, falseando así su propia verdad y, como consecuencia, su felicidad. Esta herida de egolatría es sanada, nos explica el cristianismo, por la sublime muestra de humildad abismal de Cristo crucificado.

 El secreto de la paz y de la alegría, en la perspectiva cristiana, consiste en vivir en la cruz: en la verdad de nuestra condición –es decir, en la humildad-, en la ley del don de sí a Dios y a los demás, en la gratitud ante lo agradable y lo desagradable en la que medida en que son combustible para la “llama de amor vivo” –proveniente del soplo del Espíritu divino-, tantas veces alimentada por el arrepentimiento  de los  errores personales.

 

VII. Felicidad y vida en Cristo

1. La felicidad redimida

 La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

 Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

 El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

 Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

 La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

 El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.

2. La experiencia del perdón

 Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

 Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

 La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

 La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.

 Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.

3. Meditación y oración

 Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?… Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

 Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo .
Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.

4. Casa de Dios y casa de los hombres

 Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

 Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

 La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia” .

5. Muchos en Uno: La Eucaristía

 ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él”  . El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día”  . La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo  ”; “…es Cristo quien vive en mí  ”

6. Generosidad y apostolado

 La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

 La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

 El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.

 Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.

7. Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

 Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

 Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.
Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.

8. Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

 La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
 
 Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

 El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

 El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor  ”.

9. Modelo de sabiduría

 Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos concluir con el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre  .

 

Bibliografía seleccionada

– “Fides et ratio”. Juan Pablo II

– “Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. Primera Parte: La profesión de la fe. Primera Sección: Creo-Creemos”. Asociación de editores del Catecismo.

-“Ortodoxia”. Chesterton, G.K. Obras completas, tomo I. Espasa Calpe.

– “El amor o la fuerza del sino”. Chesterton, G.K.  Rialp, 1993.

-“Las virtudes fundamentales”. Pieper, J. Rialp

 

Llucià Pou Sabaté, “Infidelidad en el matrimonio”, 12.XI.05

“Qué duro es olvidar una infidelidad”, he oído decir a distintas personas, llorando porque hacía uno, dos, más años que le pedía a Dios que le hiciera olvidar esta terrible experiencia de sentir “la traición”. Sensación de tristeza, desconcierto porque sucedió con la persona menos esperada, y desde entonces ya nada es igual: “ya no siento lo mismo que antes”. Hay melancolía, pues “la herida” tarda en cerrar, y el dolor puede hacerse insoportable hasta poder decir: “a veces mi cabeza va a estallar”… entonces, se piensa en la separación para huir de esa situación.

Todo esto lo trata la película “Infiel” (Trolösa) tiene por directora Liv Ullmann, y por guionista Ingmar Bergman, los que en otro tiempo fueron director y musa, además de compañera sentimental. Ahora es ella quien dirige un drama por el que los dos han pasado, ella directora y él ahora guionista. No se juega ahí con ser “modernos” y decir que hay que ser “auténticos” en una relación y “encontrarse a sí mismo”: se va al fondo de la cuestión, hasta llegar a las víctimas del crimen: la revolución sexual es ya historia. En el cine comercial, como dice “Bloggermania.com” en la crítica de este film, se ve “una visión trivial de la infidelidad, que poco tiene que ver con la vida real”. Ahí se notan los cineastas de categoría, al abordar con expresión artística el adulterio y sus consecuencias sin ningún barniz acaramelado.

“Infiel” comienza con el relato de un escritor (Erlend Josephson, que representa a Bergman) solitario, en su casa junto al mar, que recuerda una mujer (Lena Endre). Ella aparece y responde a sus preguntas, que se van convirtiendo en el relato de su vida… un matrimonio que se resquebraja, por culpa del amigo íntimo del marido. La infidelidad será la causa de la infelicidad de todos, especialmente de la hija… (recordemos que Liv y Ingmar tuvieron una hija). Según la propia Ullmann es un “drama psicológico durísimo y muy oscuro… su historia es mi historia, y también la de Bergman… es la historia de todos nosotros, de todos ustedes, porque creo que la película habla de asuntos universales”.

Efectivamente, la realidad del adulterio y sus terribles consecuencias son una plaga hoy día, y se plantean cosas tremendas como el resentimiento: “Creo en el perdón, porque toda mi vida he pensado que si no somos capaces de perdonar al otro, por ejemplo a la pareja infiel, la vida no avanza, todo se estanca, será imposible ser feliz de nuevo”, sigue diciendo Ullmann.

Se plantean problemas interesantes. Uno de ellos es la irresponsabilidad, que destroza unas vidas por dejarse llevar por la sensualidad, por buscar una “historia más excitante” que la vida ordinaria. La irresponsabilidad viene muchas veces por una excesiva seguridad, y no cuidar las ocasiones previsibles, como dice Cervantes: “que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podría ser”, y lo mismo se puede decir del hombre pues en esto también hay bastante igualdad.

Ante un bien tan sagrado como es el matrimonio, la infidelidad aparece con falsas razones: “no causa ningún mal si hay ignorancia, si el engaño no se llega a saber”… Parece que no pasa nada, pero entonces ya “ha pasado mucho”. A eso se llama banalidad, que es una de las caras del mal. Poco a poco, imperceptiblemente se va desmoronando todo, el egoísmo va minando el amor hasta convertirlo en odio y venganza, una pasión que ciega y lleva a la crueldad, destroza todo, como dice el comienzo del film: “No hay ningún fracaso, ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente, como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida” (Botho Strauss). Podría matizarse esta afirmación, pero nos lleva a tomar conciencia de que la ruptura nunca puede ser considerada como un bien en sí misma, ni como la primera opción ante los problemas conyugales. En aquellos casos en que, tras mucho sopesar y recibir consejo autorizado, se vea como el mal menor, siempre será algo que cause mucho sufrimiento.

Ullmann ve que en un mundo de engaño y falta de verdad, “la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas. Los principios morales simplemente desaparecen. Hombres y mujeres deciden jugar a un juego de adultos: amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de juzgar qué es bueno y qué es malo. Pero súbitamente todo se desmorona. Viene la tragedia. Todos son infieles entre sí… la víctima resulta ser la niña, la personita que ha sido utilizada en el juego de los adultos, sentada en medio de un carrusel emocional, sin entender cuál es su verdadero papel en la historia. Esta lucidez choca con los comentarios engañosos que oímos: “no voy a dejar de ser feliz por culpa de los niños…” Sigue Liv con su análisis: “En este nuevo milenio que estrenamos, la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas”… al final, la muerte. Esta es la parte más negativa de Bergman y de sus películas: en el film aparece un “determinismo”, aporta un análisis psicológico de gran calidad, los problemas del hombre, pero no la dirección en la que se encuentran las soluciones, por eso tiene un punto de amargado en su lucidez cerrada a la trascendencia.

En realidad, la vida no es así: no somos “inamovibles”, siempre hay la posibilidad de recomenzar, hay voluntad de poder querer: esto es la libertad. La felicidad pasa por aceptar las personas como son, eso es querer. ¿Y qué pasa cuando el cónyuge es infiel? Hay motivos para separarse de él, si se quiere: pero es la última solución. Hay derecho a la ruptura, pero quien tiene fe –y todos podemos pedirla- ve en la desgracia una Cruz, un camino de encuentro con Jesús, de ser feliz. Muchas separaciones son precipitadas, se dice “me he liberado” -tanto ellas como ellos-, y luego es peor porque la liberación no viene de huir de las dificultades, la auténtica libertad viene de asumir compromisos y en definitiva de la fidelidad. La felicidad está en darse en un compromiso de amor. Quizá sea el momento de descubrir qué es el verdadero amor, que exige de cada cónyuge que asuma y responda realmente a su vocación. Quizá sea el momento de profundizar en las raíces de la herida que la vida conyugal ha sufrido, para pedir a Dios que sane y alimente cada vez más el vínculo indisoluble que Él unió sacramentalmente.

Olegario González de Cardedal, “¿Qué leer?”, ABC, 19.III.05

La casa del hombre se sostiene en cuatro columnas: realismo ascético de la acción, penetración perforadora del pensamiento, recogimiento actualizador de la memoria y anticipación proyectiva de la esperanza. Pero cada uno de nosotros sólo puede construir una pared de esa morada vital, encender unos fuegos, plantar unas semillas. La mayor parte de lo que necesitamos lo recibimos de los demás por la palabra viva; y, cuando ésta ya no es posible, por la lectura. ¿Qué sería de nosotros si no nos hubiera quedado escrita la palabra de los grandes filósofos y científicos, santos y poetas? Somos humanos extendiendo nuestra corta y pobre vida a la anchura y riqueza de quienes nos han precedido en la senda de la verdad y de la misericordia, del coraje y de la utopía.

Sólo quien ha perdido la pasión absoluta de lo humano y se ha aposentado con el sopor del animal en los prados de la inmediatez pregunta por qué leer. ¿Cómo seríamos ya libres sin libros? ¿Cómo seríamos contemporáneos de Sócrates sin Platón, de Jesucristo sin los evangelios, de la «humanitas» romana sin Cicerón, de los ideales y temores de la Edad Media sin la Divina Comedia, del humanismo renaciente sin Shakespeare y del idealismo ensoñador sin Cervantes? Hay que leer para ver con los ojos de quienes han pensado antes que nosotros y así ensanchar las posibilidades propias. El hombre lee para responder a sus necesidades, discernir sus entresijos, encender su soledad, ensanchar sus límites y, sobre todo, para acoger lo que le puede sobrevenir en la palabra de los otros y como don del Otro. La lectura es el espacio de la libertad.

Lecturas funcionales unas, que nos cualifican para el ejercicio de una profesión; lecturas gratuitas otras, que nos ayudan a ser más persona acogiendo el mundo como juego y tarea, viviéndolo como espectáculo, y transformándolo como el artista modela el barro con sus dedos y el escultor la madera con sus gubias. Hay lecturas gratuitamente necesarias para existir con dignidad y respirar con holgura. Hay libros vivos y vivificadores, que alumbran nuestros redaños, mientras que hay libros muertos y mortíferos, que por su vacuidad y vulgaridad, rencor o malevolencia, degradan al lector. Hay libros que son como personas vivas y hay personas que son como libros vivos. Cuando el «Índice» de libros prohibidos de 1558 dejó a Santa Teresa sumida en profunda tristeza, oyó del Señor esta palabra: «Yo seré para ti libro vivo».

¿Qué leer? Narrativa y poesía, épica y lírica, pensamiento y novela, ciencia y teología. Cada género requiere una actitud vital y una correspondencia afectiva. Pero sobre todo requiere aquella querencia que descubre lo implícito, percibe lo sugerido y adivina lo intentado. H. Hesse afirmaba que leer sin amor, saber sin respeto, formación sin corazón es uno de los peores pecados contra el espíritu. La lectura requiere cercanía generosa a la vez que distancia a lo leído. Leer requiere pensar y discernir, asentir y rechazar.

Hay una pedagogía y una ética de la lectura. Es falso decir que lo importante es leer y no importa qué. Unamuno alanceaba contra quienes, para aprender griego en la escuela, decían que lo mejor era traducir la Anábasis de Jenofonte. ¿Qué me importan las parasangas que avanzaban cada día los ejércitos griegos o persas? ¿No será infinitamente más valioso traducir los Diálogos de Platón que exponen al vivo la justicia, la verdad, la belleza, las ideas y los días, la tiranía y la libertad? La vida es corta y no es posible leerlo todo; hay que seleccionar. Hoy el problema no es la carencia de libros sino la superabundancia. Hay que elegir y recibir críticamente, y para ello es necesario aprender a leer. ¿Cómo leer? Con ilusión, libertad y silencio para integrar lo leído en el universo propio de valores, dejándose inhabitar por las propuestas recibidas del autor y confrontándolas con las experiencias fundamentales de la vida humana, con las grandes figuras de la creatividad, santidad y servicio que la historia ha ido ofreciendo. Sobre todo preguntándose: ¿este libro me hace más libre, limpio y fuerte? Pero ¿qué funda y sostiene nuestra libertad? Tiene dos fuentes: el saber y el amor. Hay que poder ser libre. Esta potencia en parte la conquistamos por nosotros mismos (saber) y en parte nos tiene que ser regalada (amor). La bella lectura es una fuente con dos caños, del uno mana el saber y del otro el amor.

Hay que leer, sobre todo, aquellos libros que han superado la prueba de humanidad: los clásicos. Estos han dignificado a los humanos tirando de ellos hacia arriba, hacia su mejor yo, y no correspondiendo vilmente a sus pasiones. La cesura cultural más grave que hemos conocido en los últimos decenios es la reducción del libro a producto de consumo, que se elabora por cálculo anticipado de lo que halaga y confirma al lector en sus necesidades inmediatas, otorgando legitimidad a sus gustos o pecados. Se suman todos esos elementos, se agitan conjuntamente, y se le entrega el libro como un bebedizo para anestesiar sus necesidades profundas y sumergirlo plácidamente en sus cotidianas infecciones. En cambio, la lectura de un libro bueno es una de las mayores fuentes de gozo personal, más allá del mero placer instintivo y de la placidez directa.

Hoy es necesaria una lectura informativa y sobre todo formativa, para poder contrarrestar los asedios de aquellos poderes que utilizan la noticia y el dato como trampolín para lanzarnos a la compra de sus productos o arrancarnos la adhesión a sus programas. Sólo quien lee libros y piensa por sí mismo, con saberes fundados y pensamientos confrontados, puede hoy ser libre, perdurar con dignidad. Los mejores teóricos de la democracia han repetido que ésta sólo crece y perdura donde la sostienen una ética real y una real cultura. Por eso yo invito a invertir las proporciones actuales: sesenta por ciento formación y cuarenta por ciento información. La información ante todo por libros, luego por periódicos, después por radio, y finalmente, en medida mínima, por televisión. De esta forma exorcizamos el peligro de convertirnos en masa o en secta, y persistimos enhiestos como personas y ciudadanos libres.

Si alguien me pidiese criterios para saber qué leer, yo le diría que elija: lo que ensancha la conciencia, en el sentido de saber intelectual, y la purifica en el sentido de responsabilidad moral (1); lo que alimenta el gozo de ser hombre y mujer, estar en el mundo y existir gratuitamente (2); lo que despliega ante nuestros ojos universos nuevos de realidad, los abismos de nuestro ser y las cumbres que podemos escalar (3); lo que nos relativiza con la crítica, ironía y sorna llevándonos a pensar en los demás, a contemplar el mundo tan diverso, tan vasto, tan hermoso, y a contar con Dios (4); lo que nos hace fraternales participantes en las diversas formas de grandeza y necesidad humana, discerniendo el poder, la ciencia, la cultura, la santidad, el heroísmo (5); lo que nos llega gratuitamente desde una voz amiga y sabia, sin ningún interés ideológico, político o económico (6); los libros que no están de moda pero que han superado cribas y cedazos porque en ellos ha latido el corazón humano con sus mejores vibraciones, desde la Odisea a la Biblia, desde Virgilio a Dante, desde San Juan de la Cruz a Góngora, desde Goethe a Hölderlin, desde Galdós a Unamuno, desde Dickinson a Edith Stein, desde Eliot y Hopkins a Muñoz Rojas y A. Colinas (7); lo que por la belleza de estilo y finura de espíritu nos arranca a la vulgaridad desenmascarando nuestras complicidades, malevolencias y olvidos culpables (8); lo que nos divierte en el mejor sentido del término y nos hace amar nuestro siglo, a la vez que nos abre a lo eterno y nos emplaza ante el Eterno (9); lo que nos recuerda que somos humanos, entre el animal y Dios (10).

No voy a repetir el intento de H. Bloom ofreciendo un «canon» de lecturas. Me parece, sin embargo, criterio supremo afirmar con él que hay que leer lo que exalta la magnanimidad y excluye la desidia, nos abre a lo sublime y rechaza la mediocridad, venga ésta propuesta o impuesta por quien fuere: «Cuando uno ronda los 70 le apetece tan poco leer mal como vivir mal, porque el tiempo transcurre implacable. No sé si Dios o la naturaleza tienen el derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie, cualquiera que sea la colectividad que pretenda representar o a la que intente promocionar, puede exigir de nosotros la mediocridad».

Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.05

Entrevista de Juan Manuel de Prada a MARCELLO PERA, Presidente del senado de ITALIA Continúa leyendo Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.05

Míchel Esparza, “La autoestima del cristiano”, Zenit, 2.IX.04

Entrevista a Míchel Esparza, filósofo y teólogo, autor de «La autoestima del cristiano», de la Editorial Belacqva, una obra que se dirige a cristianos corrientes que se afanan por mejorar la calidad de su amor. Michel Esparza es sacerdote y ejerce su ministerio pastoral en Logroño, y es autor de «El pensamiento de Edith Stein» (Eunsa).

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Antonio Fontán, “Humanismo cristiano y liberal”, ABC, 1.X.04

La palabra «humanismo» nació en alemán a principios del siglo XIX. Apareció impresa por primera vez en el título de un libro de 1808, publicado en Jena (Turingia), la ciudad por cuya universidad pasaron grandes ingenios germanos del «ochocientos» (Hegel, Fichte, los Schlegel, Schiller y más tarde Marx). El autor definía con ese término una filosofía de la educación y un sistema pedagógico que se proponían la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más propiamente humanos: las lenguas y literaturas antiguas, la filosofía, la historia, etc.

El invento de la voz «humanismo» era fácil. «Humanista» existía en las lenguas cultas de Europa desde el siglo XVI para designar a los estudiosos y cultivadores de las letras latinas y griegas y a acreditados escritores de lenguas modernas. Cervantes la emplea por lo menos en tres ocasiones. Una para elogiar a un poeta amigo suyo al que quiso honrar con ese título, otra en la novela del Licenciado Vidriera, y una tercera en un contexto magistralmente irónico en que se burla de las pedanterías de los que querían pasar por cultos. En uno de los más divertidos episodios de la segunda parte del Quijote aparece un personaje al que el autor no quiso poner nombre, y al que llama simplemente «el primo», que sería el guía que llevó a caballero y escudero a través de Sierra Morena hasta la boca de la cueva de Montesinos.

Don Quijote, siempre curioso escudriñador de vidas ajenas que gustaba de saber quiénes eran y qué hacían los hombres y mujeres que se encontraba en el camino, le preguntó por su profesión y «ejercicios». El «primo» respondió que él era «humanista», y su oficio «componer libros para dar a la imprenta de gran provecho y no menos entretenimiento para la república». A continuación enumeró una pretensiosa y ridícula retahíla de los títulos y de los asuntos que trataban los tales libros, que constituye una chispeante burla cervantina de las falsas erudiciones más frecuentes quizá en aquella época que en la nuestra, donde tampoco faltan.

En la misma Alemania, medio siglo después de acuñada la palabra «humanismo» empezaron a emplearla los historiadores de la cultura para referirse a las letras y a la época del Renacimiento, y a las artes de aquellos siglos. Pronto se extendió su uso en este sentido por las otras lenguas europeas. En el último tramo del siglo XIX el término «humanismo» está ya plenamente instalado en castellano con el mismo sentido que poseía en la cultura europea y norteamericana. El año 1878, en su primera lección de cátedra, Menéndez y Pelayo escribe que «una reseña de la literatura hispano latina , o sea, del «humanismo» en el siglo XVI, es preliminar indispensable para el estudio de la literatura en las lenguas vulgares».

El paso siguiente en la historia de la palabra humanismo en la cultura moderna es el de su transferencia a los campos de la filosofía social y política y de la sociología general. Humanismo es una marca de prestigio a la que desde todas partes le llueven adeptos.

Curiosamente, en las dos guerras mundiales de la pasada centuria, y en los años inmediatamente siguientes a ellas, el humanismo, o más bien los humanismos, aparece unas veces como solución y otras como problema. Maeztu, desde Londres, al final de la primera contienda vio en crisis una cierta versión filosófica y política del humanismo. Después de la segunda, en 1947, un escritor francés planteaba a Heidegger la cuestión de ¿cómo se podría volver a dar un sentido a la palabra Humanismo? El maestro alemán contestaba preguntando a su vez si es que era preciso hacerlo. Porque, añadía, «el humanismo se divide según el concepto que se tenga de la libertad y de la naturaleza del hombre». Para Marx y para los marxistas, incluso para los más modernos, «el hombre humano es el hombre social, que es también el hombre natural», una pura y simple naturaleza en el sentido común y final de la palabra, mientras que «el cristiano ve la humanidad del hombre en su delimitación con respecto a la divinidad», dice literalmente el filósofo alemán, que había sido católico y sabía de lo que estaba hablando.

Esa visión del hombre, que sería, según Heidegger, la del humanismo cristiano no significa una confesionalidad política y social, que en nuestro siglo no postula el catolicismo, ni en la práctica casi ninguna de las demás confesiones cristianas. Hay estados confesionales, o más bien de «iglesia establecida» en algunas monarquías protestantes, pero eso es otra cosa o más bien una herencia del pasado sin mucho contenido ni verdadera vigencia social. Eso no es el humanismo cristiano y liberal que inspira ciertas ideologías políticas y al que cuadran, sin incompatibilidad alguna, dos definiciones que se hallan en una obra tan neutral y objetiva como la actual versión del famoso diccionario Webster. El nuevo humanismo, se lee allí, es una doctrina filosófica del siglo XX que se distingue por su fe en la moderación, en la dignidad de la voluntad humana y en un sentido de los valores permanentes. Dentro de ese amplio espacio un cristiano puede encontrarse en su propio terreno, porque el humanismo cristiano es «una filosofía que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos».

Además de nuevo y cristiano, que en este caso son conceptos convergentes, suelen acompañar al término humanismo en el siglo pasado, y quizá también en este, otros adjetivos que quieren ser definitorios. Uno es el que se opone polarmente a cristiano y es toda una filosofía: el humanismo ateo que clasificó y estudió cumplidamente el jesuita Henri Lubac, uno de los padres de la «nouvelle théologie» y uno de los precursores del Concilio Vaticano, al que se vio pasar en pocos lustros de autor de doctrina sospechosa a cardenal de la Iglesia. Es el humanismo de Feuerbach, de Comte, de Nietzsche, del que daría cuenta con su experiencia religiosa de buscar a Dios el ruso Dostoievski.

Hay otros humanismos sectoriales, como el científico que, en cuanto filosofía general del hombre y de la vida, llega hasta donde llega y se queda ahí. Hay humanismos políticos como el antes mencionado de los marxistas, que ha sido arrumbado por la historia con la simple caída de un muro. Hay el fundamentalismo laicista, que algunos quieren extender desde Francia a toda Europa en la que podría ser la ley fundamental de la Unión. Incluso algunos apuntan a un humanismo de tradiciones occidentales, que implicaría consagrar una división del género humano según los puntos cardinales.

En medio de este desorden terminológico y lingüístico, la filosofía cristiana, que cree en la moderación como método, en la dignidad de la voluntad humana y su derecho a ejercerse libremente y en los valores permanentes de una concepción cristiana del hombre y de la vida, sin confesionalidades ni coacciones religiosas o laicistas, estaría llamada a asegurar la continuidad abierta y liberal de la historia de la actual Unión y de todo el continente, del que forma parte también la «santa Rusia» de la «tercera Roma».

Hace pocos meses, en los borradores de la que se pretende que sea una constitución -o más propiamente una ley marco- para la Unión Europea, se reconocía que la cultura social, literaria y política de este conjunto de naciones tenía sus raíces en las tradiciones cristianas del continente que, además de historia, son vida. Después, el fundamentalismo laicista del gobierno francés y de algunos de sus asociados han conseguido barrer esas líneas para sustituirlas por una corta serie de adjetivos que vienen a ser, como se dice en América, un «empty suit», un «traje vacío» sin nadie ni nada dentro.

El anterior gobierno español, con la mayoría política nacional que lo respaldaba, defendió hasta el final el mantenimiento de esa verdad histórica de que Europa, igual que España, y el cristianismo son realidades históricas, culturales y políticas que tienen mucho que ver entre sí.

Juan Cruz Cruz, “La envidia como raíz del odio”, Arvo, 5.X.04

La envidia es considerada por el Aquinate como una de las raíces del odio. Ella es, desde el punto de vista fenomenológico, una mirada fascinante. ¿Qué es la fascinación? Es simplemente, según el diccionario, la acción de «aojar», de emitir un mal a través de los ojos. ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente en el mismo acto comunicativo? Este es en síntesis el problema de la «fascinación», en el que resalta, de un lado, el «aojador» o agente fascinador y, de otro lado, el que provoca la fascinación.

Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza dispersa que, concentrada en algunos hombres, se emite por los ojos y perjudica a otras personas en su salud o en sus propiedades, impidiendo su felicidad en esta vida. Estos hombres son los «fascinadores», pues emiten una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la pupila de este «fascinador» descarga sobre lo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama aojo o mal de ojo. Cuando el «aojador» encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. Al hombre sobre el que ha recaído el mal de ojo no podrá ya salirle bien ninguna tarea, ningún proyecto: lo que emprenda o realice le saltará en mil pedazos; hasta el futuro que estima queda amenazado. Los «fascinadores» suelen tener aspectos contrahechos o mostrar una fealdad física, especialmente la apariencia facial, la que se ve o que entra por los ojos.

El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las «cualidades» de otros hombres, estimadas como negativas: por algo aprehendido como un mal hubiera dicho Santo Tomás y, por tanto, motivo de aversión u odio. ¿Pero qué cualidades son estimadas aquí como «negativas» y provocadoras de la reacción maléfica de la «fascinación»? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

2. Lo negativo y provocador es la inteligencia, la belleza, las cualidades, el bienestar que se ve, por ejemplo, en una persona. Este ser inteligente, capacitado o lleno de cualidades físicas, psíquicas y sociales es el provocador, el inductor: por su carácter presuntamente negativo, atrae el «mal de ojo» del «fascinador».

Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro caso, decir envidioso es decir fascinador del otro. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada, junto con su tinte cetrino, tienen una explicación fisiológica normal, pues en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola, simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.

3. La filosofía clásica encontró fenomenológicamente al menos seis características en el «envidioso».

Primero, al «envidioso» le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás: invidia est tristitia de bono alterius, inquantum aestimatur diminuere gloriam propriam. Por ejemplo, él ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que ha tenido que superar para conseguirlos.

Segundo, el envidioso es una persona próxima al provocador: próxima en espacio y en fortuna. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Próspero, el charcutero de mi barrio, que se está enriqueciendo. Y si a don Próspero se le rompiere una pierna, me consolaré pensando que ahora podría yo andar mejor por la vida. La gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza: invidia non est inter multum inaequales, sed ad illos tantum, quibus potest quis se aequare vel praeferre. El estudiante que se dirige a pie desde su barrio a la Universidad, odia solo un poquito al compañero que va montado en un modesto automóvil; pero el dueño de ese automóvil se muere de envidia cuando es adelantado por un vehículo deslumbrante y de afamada marca. A veces lo envidiado es igual o parecido a lo que el envidioso tiene; pero la imaginación inconsciente lo deforma y lo agranda. Por eso dice el refrán que el envidioso hace de los mosquitos elefantes.

Tercero, lo que al envidioso le molesta no son tanto los valores materiales del otro, sus cosas, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la persona que tiene el bien: su mal propiamente dicho es aquella persona colmada de tantos bienes. Y por eso dirige contra el otro una parte de su carga agresiva, queriendo anularlo: no pretende obtener sus bienes, sino destruirlos y, a ser posible, destruirlo a él también. Su envidia es sádica; viene a decir: si yo no puedo tener eso, haré que no lo tengas tú”.

Cuarto, cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.

Quinto, como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

Sexto, el fascinador nunca descansa: ni siquiera la expropiación forzosa de la fortuna del otro, en sentido igualitario, logra apagar su envidia. Por eso, si la envidia fuese fiebre, todo el mundo habría muerto, dice el refrán.

Tomado de “Ontología del amor humano en Tomás de Aquino”, (Ed. Rialp 1999), publicado en www.arvo.net

José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en las drogas. Pero resulta cada vez más claro que las toxicomanías son solo una modalidad de dependencia. Hay personas preocupadas de modo compulsivo por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego… Con droga o sin ella, el fenómeno tiene la misma raíz, que está en la persona, según explica José Luis Cañas, especialista en adicciones.

José Luis Cañas Fernández es profesor de Hermenéutica y Filosofía de la Historia en la Universidad Complutense (Madrid). Investiga el problema de las adicciones desde 1993, y en 1996 apareció su primer libro sobre el tema, De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo). Acaba de publicar el manual Antropología de las adicciones (Dykinson, Madrid, 2004), con la intención de que sirva de referencia teórica a los profesionales que trabajan en la lucha contra las dependencias –en especial, a la Asociación Proyecto Hombre–, desde una visión del fenómeno adictivo centrada en la persona.

Entrevista de Ignacio Fernández Zabala en Aceprensa 16/6/2004 Continúa leyendo José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Ana Mª Romero Iribas, “La tarea más personal, vivir”, Nuestro Tiempo, VI.04

Eso había sido un descubrimiento. Tras vivir inmersa en el torrente vital que caracterizó los primeros años en el mundo profesional, vi con claridad que vivir se perfilaba como algo más que un mero “sobrevivir”: que vivir era una tarea, y una tarea apasionante que –con palabras de Ortega– “me han dado pero no me han dado hecha”. Comprenderla así era como tener en las manos un libro: un libro en blanco que a cada uno nos corresponde escribir y que se redacta dando comienzo a la historia fascinante de vivir. Desarrollar esa historia exigía vivirla con protagonismo, en primera persona, evitando que fueran los acontecimientos , las circunstancias o las personas los que “me vivieran” a mí. Este protagonismo -propio de la vida humana a diferencia de la animal y vegetal- hacía que vivir se convirtiera en aventura, y que fuera tarea: el trabajo que yo tengo por delante para hacer de ella lo que quiero que sea; para hacer de mí lo que quiero ser. Para ir adonde quiero llegar.

La vida es tarea porque hay que trabajarla si quiero vivirla desde la más íntima libertad personal y no sólo de modo superficial. Eso la convierte en algo a veces difícil y costoso, pero apasionante, fascinante, porque al obligarme a poner en juego mi libertad más honda, pone en juego todo mi ser SOÑAR EL PROYECTO VITAL La vida se presenta ante nuestros ojos como senda hacia el horizonte, puesto que se percibe como algo que yo —dentro de unos límites— crearé, diseñaré y realizaré. Este hecho es una perspectiva que llena el alma, que la hace respirar hondo, y que se nos presenta a cada uno al despertar la juventud. La juventud es precisamente el momento biográfico de soñar la propia existencia, de crearla en el interior de cada uno y de compartirla en conversaciones nocturnas mirando —a oscuras— el techo de la habitación: qué seré, adónde llegaré, cómo será mi vida, con quién quiero compartirla… En esos momentos, soñar la propia vida es poner alas al alma y hacerla navegar por los mares de lo desconocido para que escoja en ellos lo que le es afín. Mares desconocidos porque esas preguntas, los deseos de infinitud y los anhelos de grandeza, son lo mismo que imaginaron los grandes conquistadores cuando lanzaron sus naves al mar. Comenzaban la singladura habiendo soñado una meta y queriendo llegar a ella, pero desconociendo lo que en el viaje les aguardaba.

Ser joven significa soñar la propia vida, y soñar es buscar horizontes: buscar los horizontes en los que se va a realizar. Para eso se requiere pasear el alma, la mirada: lanzarla a pensar, a desear y a querer infinitamente. Llevar la mente y el corazón por las alturas más grandes y por los más profundos abismos; por los picachos agudos y los verdes valles, por las arenas desérticas y por los hielos eternos, por los volcanes fogosos y las selvas más exuberantes. Por lo aparentemente inalcanzable, por los ideales más altos y bellos: cambiaremos el mundo, seré alguien importante, en nuestro futuro habrá paz… Así lo expresaba W. Whitman en uno de sus poemas más famosos, “¡Oh! ¡Hacerme a la mar en un navío! Abandonar esta intolerable tierra firme (…) Abandonarte, oh, tierra sólida e inmóvil, embarcarme en un navío, Y ¡navegar, navegar, navegar! ¡Oh! ¡Hacer de la vida, desde ahora, un poema de nuevas alegrías! (…) Ser marinero del universo, dirigirme a todos los puertos.” De la misma manera que para soñar la propia vida hay que llevar al alma por las alturas de los grandes deseos e ideales, no podemos dejar de pasearla también por la vida cotidiana, por —tomando un término de Tolkien— la Tierra Media, tan llena de bellezas y de verdades personales, quizá más ocultas o menos grandiosas, pero igualmente esplendorosas cuando se sacan a la luz: el esfuerzo que mis padres han realizado para que yo haya llegado aquí y sea así; el trabajo poco vistoso de tantos “normales” como yo, que dedican ratos libres y vacaciones a colaborar con una ONG , esas personas grandes que han pasado por nuestro lado y nos han dedicado sus energías y su tiempo… tantas y tantas cosas. Pasear la mirada y el alma por la “tierra media” es una actividad valiente y necesaria para percibir que lo grandioso de la tierra se ha hecho con cosas pequeñas o rutinarias y aparentemente insignificantes.

Y soñar así no es una tarea inútil, ni una pérdida de tiempo ni la ingenuidad del iluso que no sabe lo que es verdaderamente la vida. No. Soñar es lo que hace el valiente y el audaz, el que conoce que habrá dificultades, cansancio, rutina, inquietudes, incertidumbres y mil cosas más, pero no por eso niega la existencia de una tierra más allá de todo eso: la tierra que quiere conquistar. Como enseñaba el famoso profesor Keating a sus alumnos, “sólo al soñar tenemos libertad”..

Pero, ¿cómo se sueña?, ¿quién sueña? Pues soñar tiene sus condiciones. Se necesita un espíritu libre: inteligencia abierta, voluntad decidida, corazón grande y valeroso, y no sólo un alma pequeña. El alma pequeña es un espíritu atado al realismo encarcelante que no deja mirar más allá de los propios zapatos; es decir, más allá de lo que parece perfectamente posible y alcanzable. O el que se ata a la falsa felicidad de una vida cómoda y perfectamente calculada, y sin lugar para el riesgo, o lo inesperado… ni para que la vida haga que probemos y descubramos quiénes somos verdaderamente. Pues si hay algo que caracteriza al hombre frente a otras especies es precisamente que es capaz de innovar, de reaccionar ante una situación que nunca antes se había presentado y de hacerlo desde dentro de sí mismo, y siendo yo: Beatriz, Juan, Alejandro. Sin imitar lo que hace… mi padre, mi mejor amiga, lo que hace todo el mundo, lo que me han dicho que haga, lo que hace esa persona que admiro tanto. Manuel García Morente afirmaba en su “Ensayo sobre la vida privada” que “para ser persona no hace falta ser un genio (…). Basta con querer ser lo que realmente se es, sin dejarse sobornar por lo que ‘se’ dice, ‘se’ piensa, ‘se’ siente, ‘se’ cree; basta con resolverse enérgicamente a aquilatar en la intimidad del yo las mercancías que circulan en los bazares colectivos; basta con tomarse la cuenta de la vida. Pero esta actitud requiere cierto esfuerzo, resolución valerosa. Más cómodo resulta descansar en las convicciones ya hechas y recibidas de fuera, dejarse vivir en la grey, arroparse en los abrigos construidos por otros, que hacerse uno mismo sinceramente su propia vida, grande o pequeña”.

Sabe y puede soñar quien reconoce en su interior la llamada a ir más allá de la inmediatez, de lo que hago ahora mismo y de lo que haré este año. Quien vislumbra en su interior un destino personal y el deseo de cumplirlo. Eso es ser joven y poseer la riqueza de la juventud. La juventud se reconoce como un tesoro de la vida del hombre no sólo porque suponga plenitud de fuerzas y salud: sino fundamentalmente porque es el momento biográfico que le lleva a formular el proyecto de vida, el rumbo por el que marchará hacia el horizonte, la senda que ha de recorrer. Porque es el momento de mirar hacia adelante. Porque se ha dejado atrás una niñez centrada inadvertidamente en uno mismo, y se ha liberado de la inestabilidad de la adolescencia. Al encontrarse por primera vez consigo misma y con un gran mundo alrededor, cada persona es capaz de mirar hacia delante y ver en lontananza el futuro que quiere para sí.

Ese descubrir el mundo de alrededor supone, en primer lugar, saber quiénes somos nosotros mismos. Y por eso me decía una vez y con mucha razón Sara, que “no hay nada más bonito que encontrarse a uno mismo”. Porque poder decir “yo” sabiendo qué es lo que pienso, qué es lo que me gustaría o quién soy ahora mismo, es el paso previo a definir el proyecto vital.

Así pues, la tarea primera es tener un proyecto de vida: los sueños: quién y qué quiero ser; para quién quiero ser y vivir; cómo quiero ser y vivir.

EL TRABAJO QUE LA TAREA IMPONE Después llega el trabajo que la tarea impone: cómo voy a realizar, cómo realizo en mi vida de cada día eso que he soñado que soy y que seré. En eso consiste el encontrar el propio “lugar en el mundo”, que es el título de una buena película argentina de A.Aristaráin. Su protagonista se enfrenta a una vida algo difícil, pero acaba convencido de que tiene y encontrará su lugar en el mundo: el hueco, el sitio desde el que llevar a cabo la tarea de vivir, pues parece que no se hace desde cualquiera. Esto último tiene su parte de verdad porque no todas las tierras dejan florecer las mismas plantas: las hortensias se ahogan sin humedad, los geranios soportan bien situaciones extremas, la buganvilla sólo crece si hay abundante luz. Pero hay que saber también que el lugar de cada uno en el mundo no es tanto un espacio externo como un ámbito interior. Ese “lugar en el mundo” es más un modo de enfrentar la vida, las cosas y las circunstancias que un bello edificio externo en el que nos podamos refugiar. El lugar de cada uno en el mundo es su hogar, y el hogar está siempre ligado a la intimidad: al mundo interior que hay dentro de cada uno y a la capacidad de exteriorizarlo, de forma que podemos “hacer casa” casi de cualquier lugar porque sabemos volcar en él nuestra interioridad, y al hacerlo así éste se vuelve reconocible y habitable.

Sólo los lugares que quemen o ahoguen nuestras raíces se vuelven inhóspitos para nosotros, puesto que las raíces (mis principios, mis ideales, etc.), son el origen de la propia vitalidad y por tanto de la interioridad.

El encontrar el propio lugar en el mundo es la tarea de la primera madurez, pasada ya la juventud. Es el momento de empezar a poner por obra todos aquellos sueños que bullen en nuestro interior y que deben ser nuestro norte, el rumbo y el horizonte al que muchas veces habremos de dirigir la mirada para decirnos una y otra vez que sí, que seguimos detrás de ellos… aunque hayamos descubierto que alcanzarlos es una tarea esforzada y a veces costosa y difícil.

Para algunos, encontrar el propio lugar en el mundo pueda quizá parecer trivial, o innecesario (para quienes resulte “evidente” que todos tenemos un lugar); incluso puro romanticismo. Pero para muchas personas, encontrar el propio lugar es la única manera de vivir. Mientras tanto, se puede sobrevivir, es decir, se puede ir pasando por la vida, se puede ir paseando por los días, pero las cosas no se integran de modo unitario dentro de nosotros.

Encontrar el lugar propio es necesario para realizar la vocación vital. Y como la vocación es algo que se lleva dentro, “mi lugar en el mundo” no es tanto un lugar físico que yo haya de encontrar como un modo de vivir que he de aprender a desarrollar, allá donde me encuentre, y sean cuales sean las circunstancias. Pero darse cuenta de esto, quizá, no sea fácil y supone tiempo, atención a los acontecimientos, confianza, diálogo y paciencia.

Necesita tiempo y paciencia porque un camino que al principio podía resultarnos intrincado para nuestro modo de ser o para nuestros deseos, acaba abriéndose en un claro que nos permite sentarnos a recopilar nuestras aventuras y darlas a conocer facilitando así a otros el camino que nosotros hemos hollado ya. Para llegar al claro hay que andar, hay que esperar, y hay que confiar. Porque aunque el hombre sea un coleccionista de seguridades, y nuestra vida se asiente sobre ellas, la vida es en sí misma aventura además de tarea, y hay que admitir que en ella hay que dejar espacio al misterio, a un cierto riesgo o a la incertidumbre. A pesar de que tratemos incansablemente de convertir la vida —un terreno pantanoso— en suelo firme, quedan cosas que escapan a nuestro control: siempre habrá cierta incertidumbre respecto al futuro.

Y aunque esa es nuestra inclinación, es poco humano vivir constantemente de seguridades porque nosotros nos hacemos en el tiempo, somos seres biográficos; es decir, sólo somos dueños de nuestro presente y sólo con él podemos jugar a favor de nuestro crecimiento personal.

El diálogo es un elemento imprescindible para encontrar nuestro lugar aunque aquí sólo vamos a mencionar su importancia. Aprovechar la experiencia de quien ya ha tenido que hacer esa tarea; saberse comprendido en los momentos de dificultad; aprender a reconocer la verdad; aprender a mirar el horizonte; no vivir en soledad, que es lo más duro del caminar, como ya reconoció el mismo Aristóteles en su Etica: “No es fácil en soledad estar continuamente activo; en cambio es más fácil con otros y respecto a otros”.

También hay que evitar por todos los medios la comparación, el mirar a los lados del camino, o a las vidas ajenas. Mirar a nuestro lado, a los que nos cruzamos en los caminos de nuestra historia para aprender, siempre es positivo, pero deja de serlo cuando tomamos como propios sus parámetros de existencia. Cada camino es distinto aunque no lo parezca, porque aun siendo el mismo el sendero a recorrer, es distinto el calzado, el paso de quien lo recorre, la altura del sujeto, el talante y el estado de ánimo de quien lleva esos zapatos. Incluso el día en el que se recorre. Pues no es lo mismo andar con sol y calor, que hacerlo en un día primaveral; no es igual andar con barro en los zapatos que con ellos limpios; no es lo mismo estrenarlos, que usarlos cuando la horma se ha hecho a nuestro pie. Tantas cosas son diferentes, que la comparación al final no puede resultar más que negativa o inútil. Mirar hacia adelante y mirar hacia adentro de nosotros es lo que nos dará la clave verdadera de cómo recorrer la senda. Porque mirando hacia delante, veremos cómo se dibuja el camino y nos daremos cuenta de cómo encontrar la mejor manera de recorrerlo. Y para saber cómo hacerlo hemos de pararnos primero a escuchar lo que nos dicta nuestro interior y tener la valentía de saber actuar desde nosotros mismos, de buscar respuestas en nosotros, de actuar desde nuestra propia libertad. Porque en algún momento, nos encontraremos con dificultades, obstáculos o encrucijadas… y no siempre habrá a nuestro lado un amigo, un maestro o compañero fiel que nos aconseje o nos acompañe por él: sólo desde nosotros mismos podremos responder, actuando desde lo que somos y sabemos.

Una tentación frecuente al caminar, al tratar de cumplir esa vocación vital que cada uno descubrimos y tenemos, es la de rendirse ante los obstáculos que se presentan. Y oyendo de nuevo a García Morente sabremos que, “la vida privada hay que hacérsela, hay que conquistarla. No basta con existir para tenerla. Querer ser lo que realmente se es. Ahí está la clave”. Y eso supone, como me escribía una amiga, “ser capaz de asombrarse, de profundizar, de no dar la espalda a la inquietud de encontrar respuesta a las realidades más profundas y complejas”.

LA FORJA PERSONAL Lo que hay después de los sueños es el trabajo por realizarlos.

Y eso es una tarea algo más costosa y difícil que simplemente soñarla. Pues para soñar basta con tener alma grande, imaginación y capacidad de asombro. Pero para realizar los sueños, para la forja del hombre, de la persona, se necesita algo más que eso.

Aun suponiendo un esfuerzo importante, la forja personal, la dificultad de roturar el camino, de crecer, de seguir madurando, de sacar una y otra vez de nosotros cuando ya parecía que no había más, tiene también para la persona un atractivo, una grandeza especial.

¿Conoces las alegrías del pensamiento meditativo? ¿Las alegrías del corazón libre y solitario, del corazón tierno y sombrío? ¿Las alegrías del paseo triste, del espíritu agobiado pero orgulloso del sufrimiento y de la lucha? (W. Whitman, “Hojas de hierba”).

Vivir es crecer constantemente. Y el crecimiento implica estiramiento personal, sacar de donde parece que no hay, como el tallo de las plantas o los huesos de los niños. Implica mirar hacia arriba o hacia delante para alcanzar la meta que la mirada no pierde de vista. Implica confiar en uno mismo: en que no me he engañado cuando he visto la meta, la he admirado y he decidido que ella sería la que quería tener para toda la vida.

Ese crecimiento está acompañado por un cierto dolor, un cierto sufrir. El de superarse constantemente para alcanzar el rayo de sol que se ve al final y que necesitamos para vivir. El de no desanimarse cuando todo se oscurece o nos sentimos sin fuerzas para seguir adelante. No es solución pararse ante la negrura o la oscuridad, pues hay una parte de la vida, de nuestro camino, que se hace al andar. Y sobre todo hay que aceptar que en la vida hay tramos que se caminan en cierta oscuridad, como ocurre a la Comunidad del Anillo cuando se adentra en las Minas de Moria. En esos tramos, el mismo andar forja la meta y abre el camino. Los sueños que perseguimos se realizan en el mismo avanzar.

Pero la oscuridad nunca es total cuando se vive enamorado. El motor más importante para hacer realidad los sueños es precisamente el amor: vivir con la convicción de que hay un tú que espera de mí todo eso y lo mira con un cariño y una ilusión única. Saber que no hay un solo esfuerzo que caiga en saco roto porque todos son valorados. Tener la íntima alegría de compartir los logros; experimentar la certeza de no estar nunca solo: ni en los momentos nuevos, ni en los difíciles, ni ante las cosas o personas que nos inspiran temor. Tampoco en los tropezones, los errores, las equivocaciones o los fracasos Vivir la vida no desde el “yo”, sino desde el “nosotros”. Estar en el mundo no “para mí”, sino “para nosotros”. Ese es el motor fundamental del alma que se ha embarcado, que ha dejado atrás la orilla para lanzarse en pos de sus sueños. Por eso, el descubrimiento del amor en la vida del hombre, pertenece de modo íntimo e intrínseco a su realización como persona. Sin él las cosas tienen un sentido limitado, plano, y de resonancia escasa. El amor es configurador, es motor de crecimiento y de superación.

La mirada del amor hace crecer a la persona y le hace descubrir el mundo y la vida de un modo diferente. Hay quienes no necesitan para crecer más que la mirada del otro. Esa es su lluvia y su sol. Su ser se desenvuelve y despliega de modo asombroso, sólo porque hay un “tú” (persona amada, amigo, padre, madre…) que lo mira. Y es maravilloso descubrir personas llenas de mundo interior y de espacios que se iluminan… y que ese mundo se ha creado en ellas precisamente porque hay un tú, un alguien que lo mira con sorpresa, con admiración y con “ingenuidad”. Es como si hubiera una inmensa reciprocidad: uno descubre personas llenas de mundo… que a su vez han sido capaces de crearlo, porque yo lo he mirado. El encuentro entre las personas, la apertura y el darse, es lo que las hace realizarse más plenamente, lo que las hace ser más. La persona se realiza y despliega en la autoentrega, en el otro, en el darse y ser recibido. Ser persona es ser relación a, es ser para alguien.

BUSCAR Y ENCONTRAR MAESTROS DE VIDA Para quien ha comenzado a recorrer el camino de la existencia personal con protagonismo y profunda libertad, o para quienes perseguimos con empeño la tarea de vivir una vida intelectual en medio del tráfago de la existencia, buscar y encontrar maestros de vida es una necesidad indeclinable. Necesaria para poder avanzar en esa tarea y también para conservar el alma de filósofos en el vertiginoso transcurrir del día a día. Todos necesitamos de esos maestros, guías en la existencia, que nos hacen el camino más fácil porque se cuenta con su compañía, su sabiduría, su experiencia, su consejo y también con su exigencia. Los maestros muestran con su existencia el arte de vivir encarnado. Hacen atractiva la meta y motivan aun en los momentos penosos del camino porque se reconocen en ellos los valores, los ideales o los sueños que nosotros perseguimos todavía.

Los maestros suponen una guía, y una compañía en el recorrido porque han alcanzado ya lo que nosotros estamos todavía comenzando. Ellos suponen la seguridad de saber que se puede llegar al final del camino, y —sobre todo— facilitan el recorrido porque nos muestran cómo se anda por él. Muestran con su modo de vivir. Como escribió A. Ruiz Retegui a este propósito, “las lecciones del maestro son manifestación de búsqueda personal y libre de la verdad: son lecciones magistrales. La actividad del maestro es rica y densa pues supone la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas (…) Las lecciones magistrales son una muestra de libertad y por eso forman en libertad. La actividad del maestro requiere una gran intensidad de vida intelectual y personal. Esa actividad expresa la libertad al más alto nivel pues es mostrar la actividad investigadora y de relación con la realidad desde el más hondo foco personal. El maestro muestra el alma al mostrar que su acción es verdaderamente suya y no tomada en préstamo de otro.” Encontrar maestros, sin embargo, no es a veces tarea fácil para quien advierte su necesidad. Precisamente porque el maestro muestra el alma en su actuación, no sirve cualquiera, ni es el mismo para todas las personas, ni siquiera para todas las que comparten una misma inquietud. La relación del maestro y el aprendiz supone “la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas”. Y esa apertura de la intimidad, ese entreveramiento de intimidades que en cierto modo se da en ella, requiere conexión de las almas y un ambiente propicio para el encuentro entre el aprendiz y el maestro. Quien desea un maestro de vida debe, por tanto, estar muy atento a los acontecimientos y personas de su alrededor.

Estar atentos a las personas puede resultar más sencillo. Pero también es importante estar atento a los acontecimientos, a lo que la vida va depositando a nuestro lado en la orilla, a lo que no se va con la corriente, a lo que permanece con nosotros a pesar del color cambiante del cielo y del constante fluir del agua. Porque en eso que la vida va dejando a nuestro lado —si somos capaces de advertir que está ahí— aparecen los tesoros. Y quien nunca hubiéramos pensado que lo fuera, se perfila como el maestro personal.

Habrá para quienes la búsqueda del maestro no sea dificultosa. Pero para los que esto no resulte tan sencillo sirve aquello de García Morente de “atender a una vocación histórica imperiosa”. Es decir, de no dejar morir en nosotros el deseo de encontrarlo. Porque en ese recorrer el camino, lo que estamos pretendiendo, lo que estamos haciendo, es ir en pos de la verdad personal, en busca de la verdad de la propia existencia que es la búsqueda de la vocación vital.

LA AVENTURA DE VIVIR Al final, nadie puede sustituirnos a cada uno en esta andadura, que es una andadura de libertad, y eso despierta en nosotros cierto miedo y al tiempo pasión: temor a equivocarse y afán por vivir con protagonismo la existencia aventurándose, adentrándose en ella. Al hilo de una conversación así, me decía Jaime que esto supone todo un planteamiento vital: protagonizar la aventura por excelencia que es la propia vida. Me la comparaba –con gran acierto– con dirigir una película haciendo de director, realizador, protagonista y chico de los recados. En esos momentos, seguía describiendo, “Spielberg es a tu lado un farsante porque no actúa sobre la realidad. Tú sí. Tú consigues que cada plano pase a la posteridad y no termine arrinconado bajo una capa de polvo en un almacén cualquiera. Porque tus planos son reales y tienen la capacidad de cambiar el mundo. Aunque sea un pedacito. Pero el mundo se cambia así: a pedacitos; con vidas que provocan cambios en otras vidas.” Este planteamiento vital puede suponer cierta incomodidad: la que tiene forma de inseguridad y es resultado de no tener la certeza de ir por el camino adecuado, y como consecuencia tener que empezar de nuevo. Andar, vivir, es saber con certeza que te vas a equivocar alguna vez. Y sin embargo, eso no nos excusa a nadie del deber de luchar por encontrar y vivir la vocación personal.

También puede resultar incómodo porque, seguía argumentando Jaime, “lo cómodo es lo fácil, lo que no exige esfuerzo, el dejarse llevar –incluso en lo bueno–, el andar por caminos bien asfaltados, el vivir sin salirse de unos parámetros que impidan la agitación interior, el no llamar la atención, el creer lo que me conviene, el no preguntarse demasiado por nada, el “dar el pego”, la monotonía, lo esperable, el hacer por hacer.” Para vivir en primera persona se requiere –por tanto– valentía: quizá hayamos de romper moldes, abrir nuevas sendas o caminar en dirección contraria a la de la mayoría. En ocasiones nos tocará caminar en soledad o podremos sufrir la incomodidad y la angustia de la incomprensión… El coraje es un arma imprescindible para actuar así, como lo es la responsabilidad para asumir los riesgos que toda búsqueda y realización implican.

Este modo de vivir exige también la generosidad y grandeza de alma de no exigir a todos que nos entiendan; o la de saber perdonar y disculpar a quienes ponen piedras en nuestro camino por envidia, ignorancia… o incluso por bondad. No todos somos iguales, ni vemos la vida igual. No todos vemos con la misma hondura. Pero quien tiene la suerte de percibir la vida así, como tarea apasionante, y es consciente de que tiene en ella un papel importante (lo cual no depende de la trascendencia externa o apariencia exitosa), no puede ni debe renunciar a eso. No puede retirar la mirada de su interioridad y traicionar a su más íntimo ser, a la llamada que desde él está percibiendo, sólo porque muchos otros no la perciban o porque nuestro entorno nos dirija llamadas acuciantes –las de la prisa diaria- que aparentemente no pueden esperar más.

Frodo, Gandalf y Aragorn, los personajes de Tolkien, nos sirven a este propósito para entender que se necesita cierta capacidad para la soledad y paciencia. En la larga peregrinación a Mordor, cada uno de ellos guarda para sí ciertos datos, pensamientos o temores de los que no hacen partícipes al resto de la Compañía, porque parecen considerar que no es necesario cargarlos innecesariamente sobre los demás. En su viaje, como en el de la vida, se necesita cierta capacidad para la soledad y también paciencia. Pues se puede sentir el cansancio de vivir en permanente búsqueda al tiempo que estamos en el día a día del trabajo, los amigos, la familia, las relaciones profesionales… Haciendo que todo ello funcione lo mejor posible, a pesar de que son de momento piezas de un puzzle que no acaban de encajar. Y para sobrellevar la inquietud que aguijonea cuando nadie a nuestro alrededor parece sentir esa necesidad de integrar todas las cosas, o parece tenerlas feliz y pacíficamente integradas desde hace mucho tiempo. Porque la tranquilidad puede convertirse en un bien ardientemente deseado en el a veces tumultuoso buscarse, encontrarse, entenderse, poseerse y así poder entregarse.

¿Y cómo saber que se ha llegado a la meta? Simplemente, se sabe. Y cuando la búsqueda ha sido constante e intensa, de gran implicación personal, el descubrimiento produce una alegría íntima y especial: nada explosivo, ni apasionando, ni tampoco un alborozo exagerado. Se trata más bien de un sentimiento de serenidad, de equilibrio, una satisfacción honda, un regusto de plenitud personal. Y eso es lo que nos permite, una vez alcanzada la meta, esta meta, volver al camino de nuevo, pues la vida está llena de principios, de nuevas etapas que comienzan.

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

Carlos Soler, “La ética de Savater”

Recensión del libro
FERNANDO SAVATER, Ética para Amador, Ariel, 43 ed. Barcelona 2003, 189 pp Continúa leyendo Carlos Soler, “La ética de Savater”

Julio Barrilero, reseña-resumen de Alejandro Llano, “La vida lograda”, 7.III.02

La vida lograda, de Alejandro Llano (Editorial Ariel, 2002, 200 páginas).

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Juan Ramón García-Morato, “La educación afectiva, una asignatura pendiente en la cultura actual”

Escribir sobre el corazón del hombre sin caer en tópicos o reduccionismos fáciles parece tarea complicada. Y a la vez es materia constante de análisis, de obras artísticas, de literatura más o menos afortunada. Juan Ramón García-Morato, médico cirujano, sacerdote, profesor universitario, hombre inconformista y sobre todo lector insaciable, publica en su libro reciente “Crecer, sentir, amar”, una serie de sesiones televisadas. El origen de todo es una entrevista donde se le preguntaba a bocajarro, y respondía desde la espontaneidad: con sus convicciones y su experiencia. El atractivo de este libro brilla sobre todo en el diálogo con cientos de personas, muy distintas, muy lejanas en sus convicciones. Queda así un tejido rico, de rigor intelectual y ameno. Las preguntas y respuestas que siguen son sólo botón de muestra de cuestiones más complejas abordadas en su obra. Continúa leyendo Juan Ramón García-Morato, “La educación afectiva, una asignatura pendiente en la cultura actual”

Ana Mª Romero Iribas, “La amistad, un tesoro”, Nuestro Tiempo, I.03

Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida”, y nosotros cuando oímos decir que “un amigo es un tesoro” o que “donde está tu amigo, está tu tesoro”, nos damos cuenta de que esas palabras resuenan como un aldabonazo en nuestro interior. No nos dejan indiferentes, porque todos sabemos o intuimos qué clase de tesoro puede llegar a ser una amistad.

A las personas nos gusta tener amigos: gente con la que compartir vida, experiencias, tiempo, conversación… Nos gustan los amigos y nos parecen muy importantes, incluso imprescindibles. La amistad es una relación humana con un valor muy especial. Junto con la familia y el trabajo, es algo que nos parece que merece la pena y a lo cual dedicamos tiempo y esfuerzo. Queremos tener amigos en la vida: para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, “sin amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes”.

Quizá por eso escribo esto. Escribir sobre la amistad me ayuda a saber qué espero yo de ella, qué doy yo a mis amigos, si mi amistad con ellos es plena o sólo algo “satisfactorio”. Reflexionar sobre las cosas ayuda a vivirlas mejor. Reflexionar es un modo de vivir.

La amistad como regalo Decía más arriba que dedicamos esfuerzo a hacer amigos. Y el esfuerzo es necesario porque las cosas no salen solas. Sin embargo, la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe. En un momento dado, aparece entre dos personas un deseo de compartir, de comunicarse, de contar lo que se lleva dentro y de contrastarlo, de ser conocido muy a fondo. De hecho, cuando uno vislumbra en el horizonte la posibilidad de hacer una nueva amistad, de esas profundas y verdaderas, que aportan y llenan tanto por dentro, parece que su espíritu se hincha y crece. Es como ver nacer un día radiante. La vida se ve de otro color porque los amigos hacen cobrar sentido a nuestras vivencias: éstas no van a ser sólo para nosotros. Las cosas son distintas porque las vivimos pensando en compartirlas, en transmitirlas, en discutirlas, en compararlas. De nuestros amigos nos interesa todo: lo que piensan, lo que hacen, cómo viven las cosas. Lo importante no es sólo lo que cuentan ni lo que les pasa; lo importante es que eso “es tuyo”, “eres tú”.

Desde mi adolescencia he experimentado disgusto ante las cartas meramente descriptivas de los acontecimientos, o las que eran como una reseña informativa de lo que había ocurrido en el verano. Las cartas verdaderas eran aquellas en las que los acontecimientos del lunes o del viernes se describían como cosas que me pasaban y no sólo como cosas que pasaban a mi lado. Lo interesante y lo que hacía disfrutar era ver cómo esas cosas se vivían desde dentro de mi amigo. Como si fuera con él en un submarino: en el suyo. ¡Y qué deseos tan enormes se sentían de entrar en el submarino! ¡Qué maravilloso era todo desde allí dentro! Aunque no siempre fueran cosas bonitas las que se veían, se veían desde la casa de tu amigo, y estar en el interior de la casa, contemplar el mundo desde allí, era un privilegio. El grado de amistad con los amigos podía distinguirse precisamente por eso. Por si las cartas estaban llenas de preguntas convencionales y frases que se repetían del mismo modo en todas las demás cartas o si en ellas te dejabas llevar, trayendo a colación esto o aquello, y acabando en lugares desconocidos para ti misma, pero bonitos y en los que habías disfrutado. Escribir para los amigos era descubrir el mundo con unos ojos nuevos para dárselo a ellos.

La amistad es un regalo porque es vivir otra vida además de la propia. Es poder vivir dos veces. Y es también reafirmar tu propia existencia porque hay alguien que la quiere así: incondicionalmente. En el amigo encontramos aceptación plena. La amistad es don porque, en cierto modo, llega cuando y como quiere; no es programable; simplemente, surge y es como un regalo, un don que uno recibe. Esa comunión del espíritu que hay entre los amigos, ese compartir denso e intenso, ese vivir y ser sin dar explicaciones porque éstas no son necesarias para nuestro mutuo entendimiento, ese encontrar las puertas del alma siempre abiertas y acogedoras para ti porque eres tú, es el tesoro incalculable. No es extraño que los griegos la calificaran como regalo de los dioses.

Regalo es también en el sentido de que nunca es verdaderamente merecida. Si se puede hablar así, algunos podrían merecer más que otros el tener amigos. Pero en el fondo, la amistad de una persona difícilmente es algo que uno llegue a “merecer”. Se pueden tener de modo habitual disposiciones personales adecuadas para la amistad, para tener amigos (no todo el mundo las tiene). Pero no se puede decidir en qué momento aparecerá el amigo o de quién seré amigo. Por ejemplo, todos contamos con momentos imborrables de la vida en los que comprendes repentinamente que tienes delante a alguien que puede leer dentro de ti como si fueras tú quien lo hicieras; que puede pasearse por tu alma sin explicaciones de tu parte; sin necesidad de mapas, brújulas o palabras clave que le hagan entender lo que se va a encontrar. Es la empatía, una sintonía especialísima que se establece con muy pocas personas a lo largo de la existencia, y que es un descenso y un ascenso vertiginoso por las entrañas de la verdadera vida.

Mirar a las personas Cuando nos sentimos así, vistos con unos ojos ajenos que al mismo tiempo son como los nuestros propios, es como si todo nuestro ser despertara. Querríamos saberlo todo acerca de aquella persona y que ella conociera nuestro yo hasta el final. Las conversaciones se convierten en un continuo maravillarse y mutuo aportarse. Sentimos el mundo como un pequeño globo terráqueo que gira entre nuestras manos y el motor de ese movimiento es la corriente que entre nosotros se ha creado. Es un encuentro con otro yo, sin que ese yo se refiera a un yo idéntico, a un “alma gemela”; pues puede serlo o no. Es otro yo porque se pone en nuestra piel como si fuéramos nosotros mismos; pero al tiempo que mantiene su mismidad y su alteridad. Y por eso, hay mucha riqueza en el trato con el amigo, porque lo distinto siempre nos enriquece.

Mirarnos en un amigo es mirarnos en un espejo. En un espejo que devuelve algo más que una simple reproducción de la propia imagen. Mirarnos en un amigo es encontrarnos a nosotros mismos vistos desde fuera y con mayor perspectiva, pero con el cuidado con que nosotros mismos pondríamos al mirarnos: “a través de él, los amigos se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se podría decir que, al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse” (Marías). La acción de mirar que tanto aparece entre los amigos, es algo que me parece esencial para que pueda surgir amistad entre dos personas: para tener amigos hay que saber mirar.

En una carta que recibí hace unos meses me decía una amiga que “había encontrado el camino para trascender lo inmediato. El despertador para mirar (…) era el del pensamiento filosófico y la contemplación de las cosas bellas”. En mi respuesta, le reafirmé en su descubrimiento porque me parecía realmente valioso: la filosofía y la contemplación estética son dos medios muy buenos para acceder a lo más hondo de la realidad.

La belleza es un camino hacia la verdad especialmente bueno. Porque la belleza no produce únicamente la mera delectación estética; posee una cualidad inestimable, y es que exige contemplación por nuestra parte. Ante las cosas bellas no basta pasear la vista. Para disfrutarlas verdaderamente hay que mirarlas con detenimiento , con miramiento. Con ellas, hay que andarse con contemplaciones. Y contemplar es importante porque hace que nos detengamos y miremos las cosas tal como son, “dejando” que sean así.

La contemplación es un camino abierto hacia la verdad. Hacia la verdad personal, la de los demás y la del universo entero. Eso lo expresa muy bien de otro modo Lorenzo Silva en una de sus novelas. Escribía que “el mundo está lleno de tesoros sin descubrir porque no hay quien se pare a mirarlos. Pero en cuanto hay alguien que se detiene ante ellos, se abren ante esa persona como una maravillosa realidad llena de riqueza y significado ofreciéndole nuevos horizontes”. Yo he pensado muchas veces que eso exactamente pasa con las personas.

Por eso, para tener amigos hay que saber mirar. Mirar es ver con atención, es contemplar, es concentrar nuestro ser entero en los ojos deseando captar lo que hay frente a ellos. Mirar presupone una vista limpia, sin prejuicios ni cargas anteriores, para captar lo que hay y no lo que yo he puesto o quiero poner. Mirar no es ver lo que yo quiero ver sino percibir cómo son las cosas o las personas en sí. Y además de limpieza interior, la mirada requiere también aceptación, renuncia a dominar. Cuando miramos de verdad, estamos dispuestos a dejar ser a las cosas y a las personas tal y como son. Esto es especialmente importante con las personas. A las personas hay que dejarlas ser, hay que aceptarlas como son. Sin esa condición nunca sabremos lo que es una verdadera amistad; nunca llegaremos a saborear el gozo inmenso que produce esa identificación con el otro, ese compartir la vida, los sueños, los deseos, los fracasos. Habrá siempre en el amigo una zona de acceso prohibido o de “reservado”.

Para mirar de verdad hay que aprender a hacerlo. Los hay que conocen ese arte de modo natural o han sido educados en él. Pero también puede aprenderse. Para mirar hay que pararse, parar la rueda de la actividad exterior y parar también nuestro ruido interior (qué tengo que hacer luego, cómo resolveré la cena en casa de mi hermano, qué ropa necesito, a ver cómo queda el Madrid, a ver si consigo cerrar un buen trato con este cliente…) Para mirar hay que perder el miedo a “pasar tiempo” sin haber sido “eficaces”.

Todos hemos conocido personas que provocan que los que están a su lado den lo mejor de sí mismos. Son personas que logran que los demás quieran —parafraseando a Salinas— “sacar de sí su mejor yo”. Es así porque son personas que saben mirar y que por eso han sabido encontrar la llave interior de las personas. Esa llave de la confianza que uno entrega sólo cuando va a saberse visto, aceptado y querido por sí mismo.

La morada del yo Llegar a la intimidad del alma, al centro de la persona o sólo rozar su periferia, exige rodeos: rodeos que son esencialmente contemplación, escucha atenta y activa, mirada abierta y receptiva. Sólo cuando una persona percibe ese clima de confianza a su alrededor, es capaz de empezar a abrir las rendijas de su yo. Y a través esas rendijas pueden empezar a filtrarse los rayos de la luz que toda persona esconde. La intimidad, la interioridad es siempre luminosa en el sentido de iluminadora. Porque muestra siempre algo desconocido para quien no está allí dentro. No siempre será lo original y nuevo el qué diga esa persona pero sí el cómo ella lo vive. Esta es la llave que entregamos a nuestros amigos, y que hace que quedemos totalmente al descubierto: vulnerables, también.

Algunas veces, tras haber desnudado la intimidad del alma en conversación con la persona que nos ha inspirado esa confianza, uno siente el vértigo del miedo a romperse, a que le rompan, a que se burlen, a que no comprendan, al silencio indiferente o superficial. Hasta ahora, esos pensamientos, deseos, aspiraciones, miedos y preguntas más íntimas habían quedado dentro de nuestra alma. A veces nos angustiaban, otras nos elevaban, otras nos desbordaban por dentro de tal forma que había que expresarlos de algún modo (quién no ha cantado, llenado de piruetas su salón, compuesto una melodía o garrapateado un poema, historia o carta, por puro desbordamiento. Tanto no cabía dentro; fuera crecía, pero tenía más apoyos para ser sostenido, para ser vivido). Sin embargo, no dejaban de ser nuestros: los demás sólo poseían de ellos su cara externa, lo que era fruto de la superabundancia. Por lo demás, no habían sido escuchados por nadie hasta el final y sólo de vez en cuando abríamos a alguien una pequeña ventanita de nuestro interior, observando con atención la reacción del interlocutor ante aquello.

Pero, de repente, hemos encontrado alguien que ha provocado que primero quisiéramos abrir una ventanita y después otra, y otra… Luego le hemos pasado al interior de la casa, y —poco a poco— le hemos encendido todas las luces que había en ella, iluminando incluso rincones sucios, destartalados, rincones sin ordenar, o habitaciones llenas de trastos que no sabemos en dónde colocar. Le hemos enseñado el sillón de los sueños, frente a la ventana, y le hemos invitado a sentarse allí porque desde él puede conocerlos mejor. Le hemos presentado el rincón de los miedos, ese sí está a oscuras porque nos parece que la luz acabará por hacerlos crecer. Es un rincón siempre difícil de enseñar; se supone que de esos no tenemos, y nos cuidamos mucho de dejarlos salir. También le hemos pasado al cuarto de las preguntas; esa habitación está llena de frases sueltas, de pensamientos, de párrafos incluso y hasta de alguna página escrita. Pero sobre todo está lleno de interrogantes; es una habitación poblada de signos de interrogación que hemos ido recogiendo a lo largo de nuestra vida: por qué las relaciones humanas son tan complicadas, por qué hay personas que no miran hacia adentro, por qué las focas son más importantes que los países del Sur… Hay también un cuarto sin techo que mira directamente al sol, o al firmamento si es de noche. Ese es el cuarto de las aspiraciones grandes, el cuarto en el que respiro hondo, el cuarto al que hay que acudir siempre que hemos pasado un día entre mucho polvo, o mucho tiempo en el sillón. También ha conocido la buhardilla; allí no vamos demasiadas veces porque es donde están los pedazos rotos de nuestra vida y todavía nos cuesta mirarlos sin sentir dolor o pena.

Hay personas a las que paseamos por nuestra morada interior sin miedo alguno; es más, deseamos desde lo más íntimo de nuestro ser hacerlo. Sentimos desde muy hondo que apreciará, entenderá y comprenderá cada objeto que encuentre en ella. No le importarán los cacharros rotos, aunque tengamos la estantería llena de ellos; no querrá reírse de nuestras inquietudes: se le iluminará la mirada al conocerlas porque también ella las había sentido latir más de una vez. Le encantará que tengamos un sillón de sueños y un cuarto sin techo, y querrá saber qué nos dicen los astros por la noche y cómo es el vuelo de los pájaros que vemos pasar. Son personas que hacen que sintamos la necesidad de hacer crecer todo eso, de mostrárselo, de hacerlo vivir para ellas .

Esas personas son los amigos, el amigo: aquel con quien me atrevo a ser yo misma; sin restricciones y sin temores. Esa persona con la que puedo decir todo porque todo lo va a entender en su contexto; esa persona con la que puedo hablar en borrador: sin orden, sin hilazón, sin sentido algunas veces. Con rabia o ira otras, con desesperación, con alegría exultante, desvariando. Descubriendo todas las raíces de mi alma y sabiendo que en ningún momento se aprovechará de ello para arrancarme de mi lugar. “Y sabiendo que —como escribió alguien— “comprende esas contradicciones en mi naturaleza que llevarían a otros a juzgarme mal”. Eso es un amigo.

Amistad y silencio La amistad se nutre más de la comunicación que del silencio. Sin embargo, el silencio es precisamente en algunos casos el medio de comunicación que utilizan los amigos: es necesario tanto saber estar en silencio como transmitir lo que uno lleva dentro.

Asistir al desvelamiento de un secreto, al desvelamiento de la intimidad de las personas, produce en el ser humano un enmudecimiento del espíritu, un sentimiento de gratitud por lo que se percibe como un don o regalo inmerecido, una impresión de estar pisando terreno sagrado. De hecho, todos podemos remitirnos a alguna ocasión en la que, en conversación íntima con un amigo, al acabar de escuchar, no hemos encontrado palabras adecuadas para decir nada. En esos casos, quizá la prueba de mayor gratitud o de “correspondencia” sea precisamente el silencio; un silencio, eso sí, cuajado de respuesta.

Hay veces en las que no se puede decir nada… porque las palabras lo estropean todo. Hay cosas que la única contestación que merecen o que exigen es el silencio; hay cosas con las que sólo puede mantenerse conversación en silencio. Porque o el lenguaje es limitado, o uno es limitado, o ambas cosas. Pero algunas cosas, si se expresan, se profanan. Así ocurre en las experiencias de encuentro: con un amigo, con un paisaje, una obra de arte. En esos momentos, pronunciar algo es mancharlo; hablar es romperlo. Algunas veces la comunicación con las cosas y también con las personas requiere como condición que haya silencio; solamente silencio. Y no un silencio para llenar, sino como medio de entendimiento.

Cuando se tiene la suerte de topar con alguien que tiene algo —poco o mucho— que decir; cuando se tiene la suerte de que esas personas te abran sus puertas y dejan que te asomes y penetres en su mundo interior, en la mayor parte de los casos sólo se puede contestar enmudeciendo. Y ese silencio quiere ser entonces un homenaje: la mayor muestra de agradecimiento y de admiración. Porque no se trata de un silencio vacío sino pletórico de contenido: no significa carencia sino plenitud.

El silencio es importante en la amistad. Estar con un amigo es también poder estar en silencio sin miedo a que éste tenga que romperse y sin sentir la necesidad perentoria de tener que llenarlo con palabras. No hay verdadera amistad entre dos amigos si no saben disfrutar y valorar su silencio. El silencio es en sí mismo un espacio y un tiempo para compartir. Rico de contenido y esencialmente valioso porque supone una íntima comunión de espíritus.

La interioridad La amistad está también muy relacionada con la interioridad. Entre dos amigos ésta es más rica y sólida cuanta mayor sea la intimidad, la interioridad de cada uno de ellos. Hay quienes tienen un gran mundo interior; tienen mucho que decir porque son personas que integran en sí todo lo que hay a su paso: una frase que ha dicho en clase el catedrático, la actitud de tal o cual persona, la satisfacción de haber llegado al pico de la montaña, la crisis que le produce una situación difícil de trabajo, una novela que ha leído, los tirones de la madurez.

Así es como las personas se van enriqueciendo por dentro y como su interioridad cobra cada vez mayor volumen: integrando la experiencia, la vivencia personal y las de las otras personas. Aprendemos también a través de las vivencias de los demás, de la experiencia ajena. Quien está atento a su alrededor aprovecha todo intensamente.

Se puede aprender a sentir de un modo distinto al propio; se puede aprender a pensar de manera diferente a la que uno piensa; se puede aprender a valorar cosas que yo no valoro. Escuchar a las personas y tratar de ser ellas, nos permite conocer el mundo desde mil perspectivas diferentes a las nuestras. Y eso conlleva ampliación personal, crecimiento, enriquecimiento, altura, perspectiva y profundidad. La interioridad rica hace que la relación entre los amigos se amplíe. Una amiga me decía hace poco —hablando de otra persona— la satisfacción que le producía tratar con ella “porque es de esas personas que tienen algo que aportar”.

El conocimiento que alimenta la intimidad es —una vez más— el que sabe mirar, sabe escuchar, sabe estar. La sola convivencia con las personas, o el mero estar junto a las cosas o entre las cosas (junto al mar rodeado de un bellísimo paisaje, o entre las obras magníficas del Louvre) no basta. Más de una vez las ratas habrán correteado por los pasillos del Louvre; sin embargo todavía no hemos tenido ocasión de encontrarlas embelesadas frente a la Venus de Milo, tras haber pasado frente a ella toda la noche. Para las personas, las que son capaces de ello, las cosas tienen una historia que contar, la naturaleza tiene algo que transmitir y todo lo que encuentran es capaz de darles un mensaje. El hombre con interioridad es capaz de ver sentido a todas las cosas; y en cierto modo de darles él mismo el sentido puesto que es él quien lo capta, lo descubre y —en ese sentido— lo crea, lo recrea. Por eso, forma parte del “tesoro” de la amistad tener amigos con un gran mundo interior.

La amistad de las personas es un regalo. El regalo es mayor cuanta mayor sea la interioridad y la intimidad compartida. Esta debe cuidarse y en ella juega un papel muy importante el saber mirar porque puede franquearnos el paso al alma del amigo. Una vez dentro, el mundo se abre ante nosotros de un modo desconocido y luminoso que provoca en nosotros muy diversos sentimientos (admiración, compasión, respeto, etc.), pero siempre el de “desear el bien del amigo, por el amigo mismo” (Aristóteles).

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima”

FILOSOFÍA MÍNIMA
José Ramón Ayllón, ed. Ariel, 2003, 322 págs., 15 euros.
El último ensayo de José Ramón Ayllón, publicado por Ariel, lleva el título de “Filosofía mínima”. Ese adjetivo responde a su estilo descomplicado y coloquial, sin galimatías innecesarios. Responde también a su brevedad: apenas trescientas páginas para unos pocos temas esenciales: la verdad, la ciencia, el origen del hombre, las dimensiones de la persona, la libertad, el trabajo, el arte y la cultura, la conducta ética, la justicia y el derecho, las formas de gobierno… Esta invitación a la filosofía es mínima en un tercer sentido: incluye los contenidos fijados en el decreto oficial de mínimos para el primer curso de bachillerato. Por eso nos encontramos, en formato ensayo, un libro de texto con varias ventajas sobre los tradicionales: es más manejable, más ameno y mucho más barato. Continúa leyendo José Ramón Ayllón, “Filosofía mínima”

Enrique Rojas, “La educación del deseo”, ABC, 12.II.03

EDUCAR es convertir a alguien en persona. Introducir en la realidad con amor y conocimiento. La educación es la base para edificar una trayectoria personal adecuada. Etimológicamente significa acompañar y extraer. Educar es cautivar con argumentos positivos, entusiasmar con los valores, seducir con lo excelente. Eso significa comunicar conocimientos y promover actitudes, en una palabra, información y formación. Educar no es enseñarle a alguien matemáticas, literatura, arte o contabilidad, sino prepararlo para que viva su biografía de la mejor manera posible. Reglas de urbanidad y convivencia, hábitos positivos para no ser sujeto masa, anónimo e impersonal.

La educación es la estructura del edificio personal, la cultura es la decoración. La primera enseña a nadar para no verse arrastrado por las mareas de todo tipo que amenazan al ser humano, la segunda enseña a vivir. La cultura es la estética de la inteligencia. Hablamos ya de un nivel superior, que empuja a caminar hacia unos objetivos verdaderamente dignos. Por eso la cultura es libertad. Espesor del conocimiento vivido, lo que queda después de olvidar lo aprendido.

Educación y cultura forman un entramado en donde se dan influencias reciprocas, con fronteras difusas y linderos mal definidos. De ahí, que a la hora de ocuparnos del deseo, hagamos estas matizaciones. El deseo es la tendencia del pensamiento y de la conducta que proporciona alegría o que terminaría con algún tipo de sufrimiento. Apetecer algo que se ve y que depende de sensaciones exteriores, mecanismos que se disparan de forma mas o menos inmediata y que empujan en esa dirección. Hay ejemplos clarificadores: los instintos o las tendencias básicas, como el hambre, la sed, la sexualidad, etc. Apetito, inclinación, que impulsa a la acción.

Descartes definió el deseo como «la agitación del alma causada por los espíritus que la disponen a las cosas que ella se representa como convenientes». Es algo característico del vivir hacia delante del ser humano, nos proyectamos al futuro, que es la dimensión mas viva de nuestra existencia. El deseo es apetito, anhelo, ansia, apetencia, tener como objeto algo que vemos ó imaginamos y que tira de uno en esa dirección. Cicerón introdujo la doctrina de las pasiones fundamentales en dos apartados: los bienes presentes (la alegría) y futuros (el deseo); y los males presentes (la tristeza) y futuros (el temor, hoy hablaríamos aquí de la ansiedad).

Por otra parte, hay deseos que dependen de uno mismo y otros que están mas relacionados con las circunstancias. Si cada uno de nosotros somos un haz de deseos, ya que son tantas las cosas hacia las que corremos, es importante poner en claro cuáles son las que de verdad interesan y posponer las otras. La persona superior, la que es líder, no debe dejarse llevar por las pasiones, sino que las domina y gobierna. La administración inteligente del deseo es propio de los que tienen una visión larga y panorámica de la realidad. Levantan la mirada y ven mas allá de lo que aparece delante de sus ojos, miran por sobreelevación.

Hay otra palabra próxima que conviene precisar su significado. Me refiero al término querer, que en el lenguaje coloquial se suelen confundir. Querer es verse motivado a hacer algo que nos hace mejores, que nos eleva hacia planos superiores y que brota de vivencias mas profundas. Aquí entra de lleno la voluntad, esa pieza clave que nos hace capaces de renunciar a lo inmediato por lo lejano, capacidad para aplazar la recompensa próxima, buscando bienes de mas calado. Voluntad es elegir. Y elegir es anunciar y renunciar: me quedo con esto y dejo de lado aquello otro. Comportamiento mas lejano, que apuesta por aquello que tardará en llegar, pero cuya posesión será mas honda y enriquecerá nuestra condición. Esto complica las cosas, porque requiere un mayor grado de madurez. Querer es determinación. Y por eso necesita del apoyo de un voluntad firme, templada en la lucha y el esfuerzo.

En la practica desear y querer aparecen mezclados. Pero en la teoría es bueno distinguirlos, para saber qué terreno estamos pisando. Es necesario un cierto ejercicio de submarinismo para delimitar la geografía marina de uno y otro. Mirada cartesiana sobre la realidad tumultuosa que nos asedia, al estar inmersos en una sociedad de consumo que trata de vendernos un producto detrás de otro, creándonos necesidades que realmente no tenemos. Vertiginosa sucesión de imágenes que despiertan intereses contradictorios en una sociedad tan permisiva y pendular.

Lo diré de un modo mas tajante. El desear y el querer buscan la felicidad. Aunque los vericuetos son distintos y los medios ofrecen recortes y matices rescatados de esfuerzos continuados. La felicidad es un resultado, la consecuencia de lo que hemos ido haciendo con nuestra vida. Pero siguiendo este curso de ideas, la felicidad es un sentimiento de equilibrio entre lo que hemos querido y los que hemos conseguido, entre los objetivos y los resultados, entre los sueños juveniles y las metas conquistadas.

Los antiguos dividían la vida en dos zonas: ocio y negocio. La primera consiste en ocuparse de saborear la existencia, de lo humano y sus derroteros. La segunda está llena de esfuerzo por alcanzar un cierto nivel de vida, un bienestar, a través de un trabajo profesional concreto. También la felicidad busca aquí un territorio intermedio entre ambos. Hay en esa travesía toda una ingeniería de la conducta, que es menester que cada uno sepa cómo irla diseñando.

Es mas fácil desear, que querer. Desear es mas superficial e inmediato. Querer es mas profundo y lejano. Aquel va al corto plazo, con mirada corta. Éste va al largo plazo, con una visión alargada, extensa, espigada, que se sitúa en los aledaños del futuro.

¿Qué es lo que hace que apuntemos hacia esa dirección, qué es lo que arrastra? El sentirnos motivados por aquello que nos interesa. La motivación es la representación anticipada de la meta, que conduce a la acción. A través de ella nos vemos llevados a realizar algo valioso que hemos elegido. El problema está en la siguiente pregunta: ¿cómo fomentar la voluntad para buscar lo que uno quiere, cuando hay otros muchos deseos que nos sacan del camino emprendido y nos distraen y nos alejan y nos sacan del sendero que conduce a la meta?, ¿cómo no cansarse cuando el objetivo, que es bueno y valioso, está lejos y tarda en llegar y es costoso de entrada? Yo daría la siguiente respuesta: teniendo claro lo que uno quiere, concretando al máximo su contenido y evitando la dispersión; y a continuación, sabiendo hacer atractiva la exigencia. Mirando siempre fijamente al horizonte de las ilusiones del provenir. Poniendo una mirada inteligente, sublimando esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal o aparece el cansancio y las dificultades, creciéndose uno ante los problemas con una fortaleza que se va haciendo rocosa. Ese es el método.

Los esfuerzos y las renuncias de ahora, tendrán su recompensa. Sólo el que sabe esperar, es capaz de utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos. La vida feliz aspira a desarrollar de forma equilibrada el proyecto personal, cuyo envoltorio es la ilusión y cuyo contenido está habitado de amor, trabajo y cultura.

El hombre actual está cada vez más perdido. Nunca había tenido tanta información sobre tantos temas y a la vez, nunca había flotado sin asidero como en los tiempos que corren. Veo mucha gente sin hacer pie en lo fundamental. Y es que los modelos de identidad que nos presentan los grandes medios de comunicación social son cada vez mas pobres, menos sólidos. La televisión fabrica personajes famosos sin fondo. No perdamos de vista la diferencia entre la fama y el prestigio (entre ser conocido y tener consistencia).

La educación es ante todo educación de los deseos.

Querer es la mejor manera de descifrar la realidad, pirotecnia de propósitos concretos, que al ser pocos aterrizan en objetivos claros, que nos seducen con su carisma si están bien delimitados. El que no sabe lo que quiere no puede ser feliz. Si utiliza la voluntad, lo irá consiguiendo, porque su sombra es larguísima y sus frutos sabrosos. Gavilla de audacias cinceladas por el esfuerzo de lo diario.

ENRIQUE ROJAS Catedrático de Psiquiatría

José María Alimbau, “Utilidad del fracaso”, La Razón, 2.IV.03

Un novelista que ha conocido el éxito manifiesta: «Es más fácil salir del fracaso que del éxito. El éxito desconcierta; uno se siente como si estuviera en una nube. Y es que el éxito da una idea falsa de la realidad. Uno, que ha pasado también por años muy duros, reconoce que salió de los fracasos fortalecido. Tal vez por esa idea que los cristianos tienen e inculcan de que todo esfuerzo, todo sacrificio, todo sufrimiento… es útil».

Bazin afirma: «No tengáis miedo a los fracasos. El primero es necesario: porque educa la voluntad. El segundo fracaso puede ser útil. Y si os levantáis del tercer fracaso, es que ya sois personas hechas».

Los maestros espirituales de siempre ¬y ahora lo confirma la moderna psicología¬ han valorado positivamente el papel desempeñado por las dificultades, los conflictos, los fracasos, los sufrimientos. Todos concuerdan en que: -Los fracasos y conflictos son indispensables en el proceso de aprendizaje, tanto física como espiritualmente. Rimbaud decía: «Nadie se hace hombre sin haber triunfado de sus fracasos»; -Las dificultades son necesarias para el desarrollo, maduración y perfección del individuo. Valensin afirma: «Toda dificultad es un punto de apoyo»; -La aceptación de la propia cruz supone para el cristiano el primer paso (Mt. 16, 24) en el seguimiento de Jesucristo.

Javier Aranguren, “La idea de la formación”, 29.III.03

Una de las ventajas de la filosofía es que, al ser un saber que tiene un método propio, bien distinto del de las ciencias positivas o del de aquellas que pretenden pasar por tales, queda para el filósofo siempre un margen para jugar con el lenguaje, para buscar esa sorpresa capaz de despertar en sus oyentes (cuando existen) o en sus lectores (todavía más presuntos) el deseo de pensar. El filósofo tiene licencia para jugar con conjeturas, o con aparentes contradicciones significativas, que llamen la atención y nos sean útiles para trazar un mapa del mundo personal que sirva como coordenadas de la trayectoria que dibuja cada uno con su vida, para la que parece que no contamos con instrucciones de uso.

Movido por esa licencia, el primer título que se me ocurría para mi intervención era el de “Estatuto antropológico del estudiante”. Con ese enunciado pretendía hacer ver que nuestros alumnos son muy diferentes del material o clientela que se puede encontrar en cualquier empresa o labor que no sea directamente educativa. En estas jornadas en las que se quiere tratar sobre el binomio “motivación–esfuerzo” parece conveniente que nos planteemos como asunto de arranque, de qué idea de ser humano podemos partir en la formación de los que son parte de nuestros centros educativos, y en qué medida nuestra acción dentro de ese proceso puede tener sentido. Si llevamos entre manos un proyecto educativo, y por lo tanto metas y medios que nos permitan alcanzar el ideal planteado, debemos ser bien conscientes de qué o quiénes son aquellos a los que tratamos de motivar, cómo son las personas que constituyen tanto la materia como el fin de nuestro trabajo. Por eso decidí, finalmente, centrar mi exposición en la idea de formación, y en la diversidad de modos en que se puede entender esa expresión 1– Formación natural Todo proyecto educativo no busca otra cosa que formar a un grupo de personas. ¿Qué es propiamente formar? La primera acepción, la más básica y también la que menos relación guarda con nuestro cometido, sería la de formación natural. En ella asistimos al milagro cotidiano del desarrollo: el embrión que al cabo de pocos meses tiene manos y pies, y un complejísimo sistema nervioso; una expresión genética que de modo natural se va implementando, formando ese equilibrio maravilloso que es cada individuo de una especie. Esa formación natural no termina nunca: Aristóteles señalaba que «la vida está en el movimiento», en la continua plasmación de potencialidades. Así, el hombre pasa de la infancia a la adolescencia y de ésta a la madurez.

Esas diversas etapas van acompañadas por cambios corporales, por desarrollos psicológicos que antes no estaban, por pérdidas de otras virtualidades que se quedan formando parte del pasado. La psicología evolutiva tiene como campo de estudio ese proceso. Es evidente, especialmente en el caso del ser humano, que el desarrollo psicológico no es debido únicamente a nuestra biología: en el hombre lo natural interactúa con la cultura, la biología se acompasa con el elemento biográfico. Un ejemplo: probablemente a un percebe le baste con nacer y pegarse a una roca para ser todo lo que puede ser. A una persona no: necesita de un hogar, adquirir un lenguaje, tener un ambiente afectivo en el que descubra su propia identidad y vaya adquiriendo seguridades. La infancia del hombre es muy larga: su desarrollo físico va de la mano de su formación y capacitación social e intelectual.

La primera acepción de formación (el desarrollo natural de la formación de un cuerpo o de un individuo) no puede entenderse de un modo completamente aislado de los otros significados de la palabra. De todos modos tampoco podemos hacer mucho en algunas dimensiones de este desarrollo: la fisonomía de nuestro cuerpo o de nuestro rostro (siempre que la alimentación sea adecuada, y eso ya es un factor cultural) nos viene dada: «nadie puede añadir un solo codo a su estatura».

2– Formación humana: “paideia”, neutralidad y virtudes Se abre así un nuevo sentido de la palabra, al que podemos dar el nombre de formación humana. Aquí las posibilidades se enriquecen en la medida en que en esta dimensión entra siempre en juego la libertad. Los primeros que dejan constancia de esa preocupación son los griegos. Le dan el nombre de paideia. Bajo esa palabra (tal y como muestra el estudio ya clásico de Jaeger (1)) plantean sobre todo un ideal educativo. ¿Cuál es la pretensión de ese ideal? Fundamentalmente “formar ciudadanos” (2), esto es, hombres aptos para el gobierno de la “polis”, de la vida en la ciudad. Y para lograr esta aptitud –como recuerda Platón en “La República”- lo primero que necesitan es que esos hombres sepan gobernar ese microcosmos que es cada uno de ellos: la sociedad es la expresión comunitaria del individuo; política y ética guardan entre sí una relación de analogía.

Surge aquí un primer tema de reflexión: el concepto de “paideia” responde a un ideal, ¿se puede educar sin proyecto? No parece posible. En la acción práctica –y la educación es una tarea eminentemente práctica, más aún en la edad escolar– «el fin es el principio de la acción». Si alguien no sabe hacia dónde se dirige, si sólo pretende dejar en la cabeza de sus alumnos unos contenidos «neutrales», parece conveniente animarle a que cambie de profesión pues carecería justamente de lo definitorio de su tarea, que es el sentido teleológico.

Toda educación tiene que partir de un proyecto. Incluso la pretensión de «educación neutral» responde a un proyecto o a una tradición determinada –la ilustrada- que se considera a sí misma la correcta. Esto viene pasando desde siempre: se suele decir que los indios comanches se llamaban entre sí «seres humanos» pues ellos eran los que cumplían las condiciones que pensaban imprescindibles –ser comanche y comportarse como tal– para que les correspondiera ese atributo. De manera análoga los griegos califican de bárbaros a los que no hablan su lengua, es decir, a quienes no pertenecen a su tradición.

Con la “paideia” los griegos pretenden formar ciudadanos capaces de gobernar la polis. ¿Qué tipo de ciudadano es ése? Se trata de un hombre con un amplio elenco de habilidades y procedimientos, ducho en geometría, álgebra, Homero, gimnasia, retórica y filosofía. Pero no basta nombrar materias o destrezas. En Grecia no se pretenden eruditos. La sofística –en todo lo que tiene de descubrimiento del valor educativo– aspira a una cosa mucho más ambiciosa: que sus estudiantes sean hombres libres, que sepan gobernarse a sí mismos dominando sus pasiones y llevando la razón hasta sus más elevadas capacidades. Es decir, su proyecto se traduce en el deseo de formar “aristós” (de donde deriva la palabra aristócrata), hombres llenos de “areté”, término que nosotros solemos traducir por virtud, fuerza, capacidad.

Un buen alumno no se identifica necesariamente con el que adquiere montañas de conocimientos (la caricatura del empollón, o del chico dotado pero sin ilusiones que con frecuencia habita las aulas y a menudo se lleva incluso los premios o los aplausos), sino con el que optimiza sus capacidades sacándoles el mayor partido posible. Quien consigue esa excelencia (hermosa palabra) recibe el nombre de “megalopsikos”, esto es, magnánimo (3). Aristóteles caracteriza al hombre de ánimo grande como alguien dedicado a tareas importantes y capaz de funcionar por sí mismo (independiente, autárquico). Esas son las cualidades del liderazgo. ¿Por qué parece a veces que el líder tiene que ser cretino, engreído o egoísta? En Grecia -por el contrario- ser líder significa ser virtuoso, excelente, aquel que vive la vida del modo más propiamente humano, es decir, que es –o lucha por ser– prudente, justo, fuerte y templado. «Amigos así yo los quisiera», porque evidentemente con un buen grupo de personas poseedoras de esas características funcionarían mejor las cosas.

«Motivación y esfuerzo». Quizás el problema radique en la pequeñez de miras que encuentran los estudiantes en su propio entorno escolar o familiar. Tal vez nos resulte fácil identificar estos problemas con las faltas de virtud (especialmente las de la fortaleza –atreverse a decir ‘no’– y templanza –por el consumismo y la falta de sobriedad, por la pasividad con que se deja que lo sensual protagonice las sesiones televisivas o las lecturas que quedan sobre la mesa del salón–). La cortez de miras suele ser proporcional a la debilidad de los proyectos, a la desaparición de la magnanimidad en manos de un aburguesado abandono en el bienestar.

* * * Un apunte al margen. Habitualmente las virtudes cardinales se presentan en el orden que ya se ha expuesto: primero prudencia, segundo justicia, después fortaleza y por último templanza. A la hora de educar en las virtudes quizás el camino adecuado sea el contrario: empezar con la templanza, que fortalece la voluntad y relativiza el afán materialista que marca a la generación presente, haciendo con frecuencia que permanezca en la infancia, capturada por la inflación de caprichos propia de esa edad. Después la fortaleza, virtud de juventud, esa etapa de la vida en la que el enfrentamiento con la realidad (los padres, las salidas, el estudio, problemas psicológicos o de afectividad, etc.) se convierte con frecuencia en choque. En tercer lugar la justicia, virtud en la que la madurez hace presencia con su capacidad de dar a cada uno lo suyo. Por último la prudencia, tanto porque parece una virtud muy relacionada con la experiencia –y por eso suele ir acompañada de la edad, aunque ni se adquiere necesariamente sólo en la vejez, ni se adquiere siempre–, como porque sólo si se es templado, fuerte y justo se podrá tener la mirada suficientemente despierta como para caer en la cuenta del verdadero ser de personas y cosas (4). En nuestro caso, dedicados como estamos a la formación de niños y jóvenes, parece claro que deberíamos iniciar el edificio exigiendo –a padres y después a alumnos– en la virtud de la sobriedad, compañera íntima de la templanza.

3– Formación humana: la modernidad y la “bildung” Inicia Gadamer su monumental obra “Verdad y Método” con un estudio sobre la noción moderna de formación, palabra que en el contexto alemán se traduce como “bildung”, y que es uno de los conceptos básicos del humanismo (5). Desde la perspectiva de la Ilustración la formación «designa el modo específicamente humano de dar forma a las disposiciones y capacidades naturales del hombre». ¿Qué es lo más específicamente humano? Lo que nos haga lo más humanos posibles, esto es, aquellos aprendizajes a los que les acompaña la capacidad de potenciar la acción del sujeto, la libertad. Por eso señala Kant que existe la obligación de «no dejar oxidar los propios talentos», y si eso es una obligación quiere decir que realmente los talentos pueden echarse a perder. El hombre -el alumno-, ser libre, está en sus propias manos tanto de cara al triunfo como ante la posibilidad del fracaso.

En la mística del XVII se señala cómo «el hombre lleva en su alma la imagen de Dios según la cual fue creado, y debe reconstruirla dentro de sí». Ésa es la tarea, el proyecto, de la formación: reconstruir en cada persona la imagen de lo divino que lleva dentro de sí. ¿Y cómo es Dios? Inteligencia, amor, relación interpersonal, convivencia (coexistencia) entre las Personas trinitarias. El proyecto humano de formación, la tarea educativa, debe ir dirigida a la convivencia, al fomento de una actitud de donación, a elaborar una sociedad en la que los vínculos no sean el miedo a la amenaza externa o interna, sino el íntimo convencimiento de que la relación solidaria es la más enriquecedora.

Si formamos alumnos altamente eficientes pero aislados, encerrados en la torre de marfil del propio yo, del egoísmo o del triunfo a cualquier precio, el fondo de la tarea se habrá venido abajo: estaremos ofreciendo a nuestros discípulos vivir según una mentira, y por lo tanto oxidarán sus propios talentos al no darles forma según las disposiciones y capacidades naturales que como hombres poseían.

Hegel, siempre profundo, expresa la tarea de la formación del siguiente modo: «formar es reconocer en lo extraño lo propio, distanciarse de la inmediatez del deseo, de la necesidad personal y del interés privado». La noción hegeliana de formación se enfrenta al localismo, actitud desarrollada de manera casi escandalosa en esta España democrática, en la que cada ciudad levanta una universidad y cada pueblo quiere introducir la pequeña historia ocurrida dentro de sus muros como asignatura optativa. Frente al localismo, la formación ilustrada pide «reconocer lo extraño como propio», propuesta que quizás se convierta en el mejor modo de entender también lo propio.

De todos modos no es ese el tema que ahora me interesa. Más bien quiero subrayar lo significativa que resulta la palabra «distanciarse», porque me parece que refleja una clave: el hombre necesita trascender la inmediatez del deseo. Si una recompensa es demasiado instantánea impide el desarrollo de la inteligencia y el ejercicio de la propia libertad (6). El placer siempre presente, la recompensa apresurada, impide que la gente se atreva a afrontar proyectos ambiciosos, evita que abra sus horizontes. Una generación del “yo” que es también generación del “ya”, queda impedida para los grandes proyectos. Como se ve, es probable que Hegel también nos recomendara empezar por el ejercicio de la virtud de la sobriedad: el único modo de distanciarse es no estar tan pendiente.

* * * De los textos que recoge Gadamer, quizás el más atractivo sea el siguiente de Gracián, hablando de cómo el buen gusto supone la primera espiritualización de la animalidad (7). Señala el pensador español que el hombre culto (discreto, formado, de criterio) es «el hombre en su punto, aquel que alcanza en todas las cosas de la vida y de la sociedad la justa libertad de la distancia, de modo que sepa distinguir y elegir con superioridad y conciencia».

Vuelve a aparecer la idea de tomar distancia. Yo prefiero servirme de otra palabra, acuñada por Plessner: excentricidad (8). Decir que el hombre es excéntrico es lo mismo que señalar que no se encuentra necesariamente encerrado por la perspectiva utilitaria o interesada del instinto, sino que es capaz de trascender a ésta para hacerse con las cosas, con la realidad, tal y como son. Ahora bien, si no hay distancia no es posible la objetividad: el iracundo, el irascible, está incapacitado para ejercer la justicia porque casi siempre caerá en la precipitación en sus juicios y acciones. Distancia, excentricidad, son palabras relacionadas con virtud, pues el único modo de superar la dictadura interesada del yo tiene que ver con el ejercicio de la prudencia y de las demás virtudes. En el buen gusto se da la capacidad de distanciarse respecto a uno mismo y a las preferencias privadas.

Pero antes de explicar esto, permítaseme ofrecer un nuevo punto que quizás nos sirva para pensar un poco. Gracián ofrece su reflexión cuando habla de la formación del gusto, la cual es calificada como primer paso del proceso de humanización. En nuestros días esto resulta quizás difícil de entender, especialmente en los últimos años de la educación en los que el dominio de las materias técnicas, con salidas profesionales, útiles y productivas, han arrinconado las humanidades, hermanas pobres del saber que –como Cenicienta- son encerradas en las últimas esquinas de los planes de estudio. Parece que la eficacia, el utilitarismo, dominan el sistema educativo. ¿Deben dominar también nuestro propio proyecto? Hace unos días me preguntaba un universitario cuál era la utilidad de la filosofía, y si su fracaso no sería una señal definitiva de que es un saber del que por fin podemos prescindir. Pensando en qué decirle se me ocurría que el planteamiento debería ser justo el contrario: la filosofía –las humanidades, las artes plásticas– tienen una mala salud de hierro justamente por poseer la virtualidad de distanciarnos (nos obligan a ser reflexivos, a desarrollar el espíritu crítico e invitan a la contemplación deteniendo así la ansiedad y la prisa), y por lo tanto son ellas las que en último extremo nos enseñan a ser libres.

El éxito exige inmediatez, impide la reflexión: la gente se esclaviza por conseguir posiciones y realizar gastos que al final no están seguros de qué pueden aportarles. Por ese motivo –me atreví a señalar– la crisis de la filosofía –de las humanidades o de las artes plásticas– no es sino un factor más que señala una ruptura en el corazón del hombre, y por tanto el problema no radicaría en los saberes humanísticos sino en la antropología que estamos manejando en nuestros días, que reduce el ser humano a productor económico y a consumidor voraz de entretenimiento. Anorexia cultural y bulimia consumista (A. Llano) que hacen que alumnos y padres no busquen formación sino buenos sueldos. Viejos prematuros, fracasos del sistema educativo, hijos de una sociedad encerrada en el gasto e incapaz para lo humano.

El buen gusto nos obliga a desechar el afán de éxito a cualquier precio. Reivindica el señorío y el estilo; detesta la ansiedad. Por eso el hombre cultivado rechaza la prisa, no se le iluminan los ojos cuando aparece la comida aunque agradece los buenos platos, y habla de pocas cosas pero importantes. En esta línea, un factor central de cualquier proyecto educativo debería ser el de enseñar a hablar: en el aula, pero también en el pasillo. Superar los lenguajes monosilábicos o reducidos al código de mensajes del móvil, provocar en ellos la curiosidad, la capacidad de escuchar, el tono humano (que, y no por casualidad, recibe en nuestra lengua el nombre de buena educación).

Educar utilitariamente, además de una falta de buen gusto -lo que antes se llamaba una horterada- significa quedarse corto: el hombre no debe aspirar sólo a desenvolverse en el entramado social, sino que tiene que ser capaz de estar por encima de él, de mirarlo con cierta indulgencia o con suave ironía algo burlona. La palabra virtud en griego se dice “areté”, y está estrechamente vinculada a la noción de “aristós”, aristócrata, el hombre que es excelente, el magnánimo que se niega a verse arrastrado por acciones vulgares. ¿No sería eso también nuestro proyecto? A mi al menos me parece una idea atractiva, en buena parte también porque supone alejarse de las corrientes más comunes, de la mediocridad zafia que ahora recibe el espantoso nombre de «corrección política».

* * * Volvamos al hilo de nuestras reflexiones. Tener buen gusto, ser un hombre en su punto, significa guardar una distancia. ¿Qué es lo que implica esa distancia? Saber lo que uno es, no sólo saber hacer cosas. La formación no puede quedar reducida a procedimientos y técnicas. El educador no fabrica piezas, trabaja con personas. Su oficio no consiste ni en controlarlas ni en moldearlas de una manera prefijada, sino en fomentar y promover su condición personal: su capacidad de elegir, su capacidad de ser.

Socráticamente el ideal de educación se refleja con el dicho de Delfos: “conócete a ti mismo”. Tal lema implica una ganancia de libertad: sé de dónde parto, sé a dónde puedo ir, conozco las armas (los medios, las virtudes) con las que cuento para realizar ese viaje. Y esas armas, como ocurre con las humanidades, tienen relación tanto con la capacidad de pararse a pensar como con la de establecer un diálogo.

Pensamiento y amistad. ¿Se dan esos dos factores en una sociedad en la que se premia la prisa, el ruido, el éxito?, ¿se dan en una sociedad que insiste de un modo machacón en el valor del individualismo –«hazlo por ti mismo, nadie lo hará por ti»–, en un mundo en el que ya casi nadie entre los adultos sabe cultivar la verdadera amistad? Resulta curioso encontrar tantas personas solas, sin nadie a quien plantear una confidencia con la confianza de no ser traicionadas, en esa misma vida en la que la cultura del ocio y el aumento exponencial de salas de cine, bares y restaurantes nos tratan de hacer suponer que nunca habíamos tenido una existencia comunitaria tan intensa. Es probable que tal comunidad no exista: sí hay una muchedumbre solitaria, pero ¿con quién hablar?, ¿de qué? «Conócete a ti mismo», fomenta el buen gusto, la conversación grata, la afición hacia las cosas bellas, la lectura de los libros importantes, el silencio acompañado de la presencia de alguien que te importe. Eso es formar hombres cabales. La tradición humanista habla con frecuencia del “sensus communis”, el ‘sentido común’, dentro del cual incluye el arte de la “eloquentia”, hablar bien. No se trata de un mero ideal retórico. No es una reedición del sofístico arte de convencer, que a menudo se presenta como el sustituto entretenido y banal de la verdad (véase el prototipo de tantos debates, tanto televisivos como en las aulas). La elocuencia significa decir –y enseñar– lo correcto, lo verdadero, y en ella siempre se distingue al erudito del sabio, al trasmisor de información del que tiene conocimiento, y a éste del poseedor de sabiduría (quien sabe pocas cosas, pero sólo y todas las importantes). ¿En qué dirección, en qué sentido, formamos a nuestros alumnos?, ¿los dejamos desorientados en el mar de la arbitrariedad y faltos de puntos de referencia, o les proporcionamos un suelo firme desde el que plantarle cara la vida? Tienen internet, pero ¿ayudamos a su pensamiento?, ¿logramos que cultiven la voluntad y la inteligencia? 4– Personas y la misión mayéutica La idea de formación no se refiere por tanto a una cierta cantidad elevada de contenidos, ni siquiera a las destrezas técnicas que alguien sea capaz de adquirir, sino al fomento de las disposiciones y capacidades naturales de una persona, al cultivo de sus talentos, de esas posibilidades que el alumno lleva en su alma.

Al hablar de formación siempre hacemos referencia a cosas recibidas, a realidades que le pertenecen a él –al alumno–, y que nosotros debemos ayudarle a descubrir. Nunca tenemos que pensar que empezamos de cero, sino que él está lleno de unas virtualidades que tal vez desconozca, y que nuestra tarea “sólo” consiste en ir devastando la pieza de mármol para encontrar la escultura perfecta que subyace en ella. Sócrates hablaría de mayéutica, nosotros podemos seguir haciéndolo con él.

¿Qué encontramos en el “haber” de los estudiantes? Expresado con otra pregunta, ¿qué es el hombre? El filósofo diría: persona. ¿Y qué es lo propio de la persona? Hace tiempo que me gusta decirlo con palabras de Hanna Arendt (9): los seres humanos somos «la paradójica pluralidad de seres únicos». La expresión misma es paradójica, pero por su empeño en señalar una intuición que conduce a lo innegable: los hombres pertenecemos a una especie común, somos sujetos de derechos y deberes similares, llevamos un nombre común que nos hace reconocernos como semejantes. Pero al mismo tiempo cada uno de nosotros guarda en sí la conciencia de ser un yo, una identidad irrepetible, un ser que es único. Muchos, pero todos diferentes. Como indicaba un amigo, profesor de colegio, tenemos la ventaja –y el problema– de no trabajar con tornillos, sino con casos de individuos cada uno de los cuales en cierto modo agota su propia especie. Y eso exige un cuidado, un equilibrio y un sentido de la justicia –dar a cada uno lo suyo- realmente difícil de lograr.

La persona es alguien, y no algo; cada uno es un quién y no tan sólo un qué; la persona detenta un nombre propio que está más allá del nombre con el que se le llama (no es Javier, ni Manuela, sino ese quién que tiene una experiencia y visión del mundo estrictamente novedosa, nunca antes acaecida, que no se repetirá jamás); cada persona es la imagen de Dios, y por lo tanto llamada –referencia– hacia Él, el mismo que le otorga el nombre por el que le requiere. Tal es la materia prima de nuestro trabajo. Quizás ese mismo trabajo en último extremo consista en lograr que los alumnos, de un modo profundo, real, caigan en la cuenta de su valor único, esto es, que se descubran y alcancen la determinación de no conformarse con ser menos de lo que son. «Motivación y esfuerzo», a fin de cuentas, es un binomio que podría reconvertirse con el mandato imperativo de Delfos («¡conócete a ti mismo!»), o con una orden quizás de resonancias más bíblicas: «¡Se quien eres!», esto es, «atrévete a ser tú mismo, no te detengas antes, no te detengas nunca» (10).

Cada hombre, cada alumno, significa la aparición de una esperanza (¿será él quien elimine una plaga que azota a la humanidad?, ¿escribirá la novela que hará reír o llorar a tantos?, ¿se va a atrever a pedir perdón por todo el dolor que cause?, ¿sus hijos le mirarán como a un buen padre, recordándole gozosos también cuando acudan a despedir su cuerpo en el atestado cementerio?). Nuestra responsabilidad, al inicio del largo periplo de su existencia, es grande, incluso excesiva: quien tiene la posibilidad de lograr el éxito también lleva consigo el germen del fracaso. El hombre está abierto, por determinar. Una pequeña desviación en el inicio puede llevarle a un puerto bien distinto del deseado. En él está implícita la posibilidad de malograrse.

¿Qué es, en esta perspectiva, educar? Ayudarle -no sustituirle- a que quiera hacer de sí lo mejor posible. Por eso la motivación es plausible, pero siempre que sea capaz de apuntar a lo esencial: haz las cosas no por la recompensa externa (semanas de esquí, vehículos más o menos motorizados, horarios de salidas), sino por la recompensa interna, porque llegan a ver que son ellos los principales beneficiarios de la bondad de su acción. ¿En qué consiste esta recompensa interna? Será la retroalimentación constructiva del mismo agente o, con otras palabras, la conversión de ese estudiante en alguien más capaz, porque se ha enfrentado a sí mismo –a su dejadez, pasión, comodidad, falta de metas, aburrimiento– y ha terminado siendo un yo más allá de las cosas que tiene, un yo que posee su mundo circundante en vez de ser tenido por él (por el capricho, por la necesidad de diversión, la bebida, la duda o el desaliento). El profesor ejerce la mayéutica: debemos ser matronas que provoquen que el alumno se atreva a vivir a la altura de sus posibilidades, que no acepte la mediocre posibilidad de conformarse con menos.

5– Consecuencias a) Profesores o maestros Al tratar acerca del tema de la formación San Josemaría Escrivá solía servirse de la imagen del monje medieval que dedicaba horas a miniar un códice: cada página exigía un cuidado exquisito, de modo que las letras y los dibujos se sucedieran armónicamente, pero siendo cada uno de ellos algo único que había requerido todos los cuidados del artista. Algo similar ocurre en nuestro caso: servimos a todos de un mismo puchero (probablemente ninguno desearía más horas de clase, menos aún si eso supone seguir repitiendo la misma explicación todavía a más grupos), queremos que todos logren una cierta excelencia, pero a la vez, dando a cada uno según sus posibilidades.

La educación –por lo menos en su etapa escolar, que no quiere tanto contenidos como destrezas– no puede ir dirigida primordialmente a lo general. No podemos confundir educación e ingeniería. La capacitación técnica sí es genérica: cualquier obrero debe ser capaz de poner determinada pieza siempre y sólo de la forma correcta. Pero lo nuestro no es una educación técnica, o no debería serlo. Con frecuencia se escucha que la evaluación debe trascender las pruebas escritas u orales, que debe ir más allá del aula, y que dentro del recinto escolar hay que dar con una dinámica en la que se sucedan ininterrumpidamente los actos educativos: en la cola del comedor; en el modo de caminar o de llevar puesto el uniforme; en la evitación de las peleas, matoneos, críticas despiadadas de los ausentes; al dirigirse ellos a un profesor o un profesor a ellos: respeto, pero también simpatía, de modo que se evite cualquier asomo de relación funcionarial o de indiferencia (11).

Cuando se oferta determinado ideal educativo (no llegar a los técnicos o a los sabiondos, sino a las personas) el modelo inspirador del educador no es el del profesor (un pulcro cumplidor de deberes académicos), sino el del maestro, aquella persona capaz de ofrecer, junto con los contenidos, una manera de entender el mundo, la virtud que invite al entusiasmo por conocer o por ser una persona llena de honor, simpatía, solidaridad o cuidado. La estructura de la existencia humana es narrativa: nos atrae el cine o la novela porque necesitamos historias con las que identificarnos. Por eso lo que resulta verdaderamente educativo acaba siendo el ejemplo, la conversación, la convivencia (12), y no sólo la teoría, la lección o el libro.

El alumno necesita modelos a los que imitar, en los que reflejarse. El primero debería ser el que le ofrezcan los padres, aunque no cabe duda -y todos tenemos experiencia de ello- de que con frecuencia encuentran la imagen que les hace despertar en alguien distinto a su familia, a quien admiran por su conocimiento, fidelidad, interés hacia realidades insospechadas (la poesía, la historia, el álgebra), quizás bien distintas de lo que conocen en su casa, pero realidades que abren la mente hacia un mundo de ideas, contenidos, ideales y conceptos en el que el ser humano siente que descubre sus virtualidades más profundas.

Ser maestro es una meta cuyo logro afecta al profesor más que al alumno. Cuenta con dos riesgos: en primer lugar, que ellos no hagan caso Si se trabaja en razón de la recompensa, la amargura está asegurada, más aún entre adolescentes; trabajar por ese motivo parece contrario a la ética profesional: quien busque sobre todo el aplauso se tornará en un sofista capaz de acomodar la verdad o la exigencia a cambio de conseguir popularidad, y eso los alumnos lo notan, y no genera aprecio. El segundo riesgo está en lo que García Morente llamaba la tragedia del pedagogo: cada vez que consigue un avance –la pasión del alumno por su materia, un trato amistoso profundo, el ambiente adecuado para desarrollar a gusto la tarea que el grupo de alumnos y el profesor llevan entre manos– se cumple el plazo del curso, la generación cambia, los amigos se van y el aula se vuelve a poblar de desconocidos completamente por devastar. En educación los avances duran diez meses, tras los cuales –en septiembre– se vuelve a estar como al principio, ellos igual de jóvenes, tú un año mayor. Por eso el docente debe mantener un interior joven. Al profesor eso no le importa: él está siempre ante lo mismo; al maestro sí: la empatía que ha logrado con un determinado alumno, o con tal grupo, no es genérica, sino la adecuada para esas personas concretas. Y eso resulta cansado, aunque al mismo tiempo es el asunto más gratificante de la tarea de educar.

«¿No te aburres de explicar siempre lo mismo a jóvenes maleducados y carentes de motivación?, ¿no prefieres la universidad?». Son dos de las preguntas que me han hecho con más frecuencia el último año. Cualquiera que dedique su vida a la labor educativa conoce la respuesta: es evidente que si lo nuestro se limitara a transmitir unos contenidos, la educación sería una tarea imposible, lo más cercano a un castigo inmerecido: ¿qué licenciado puede apasionarse por las sociales de 2º de ESO o por cualquier otra materia? Pero es que no es eso lo que se quiere enseñar: a través de las sociales, o de lo que fuera, lo que se trata es de establecer unos vínculos, y que el alumno adquiera capacidades y modos de ver y actuar que hacen que los educadores nos hallemos a la cabeza de quienes transforman y mejoran el mundo. Por eso necesitamos maestros, no profesores; por eso el profesional de este medio debe sentirse orgulloso: no gana lo que un promotor, ni lo que muchos abogados, pero trata con personas, y además no como clientes, sino como compañeros de viaje que se encuentran todavía altamente desprotegidos, y a los que les va enseñando motivos y tareas, a los que va ofreciendo razones para el esfuerzo.

b) Todo por hacer Otro asunto que subraya la ambigüedad de nuestra ocupación es su mezcla de rutina y novedad. Este aspecto también nos sirve para caer en la cuenta de que la razón de ser de la enseñanza no está en los planes de estudio. Los programas se repiten, pero los alumnos no. Si sólo fuéramos profesores se nos podría sustituir por una máquina programada con las habilidades que tuviéramos que transmitir en el aula. En ese sentido, la tarea educativa ya se podría dar por terminada: un año más, los mismos contenidos, problemas y quejas. Pero tal ideal sería muy empobrecedor…, y falso. Si en sólo unos pocos años –pongamos, los que lleve en marcha el centro educativo en el que trabajas– ya estuviera todo hecho, de pobre ideal estaríamos tratando. Es verdad que habrá tradiciones, que habrá empezado con unos profesionales míticos que supieron dotar al colegio de una personalidad especial en los difíciles momentos del arranque, pero al tiempo en que todo está ya hecho, todo se encuentra por hacer.

Y es que el colegio –y las razones de la motivación, y la lucha por lograr en ellos el esfuerzo– comienza de nuevo en cada padre, en cada profesor y en cada alumno. Es una consecuencia lógica del ya citado carácter de novedad de la persona: cada uno es otra vez, y en cada uno tiene lugar un proyecto que antes estaba pero todavía no estaba. Con frecuencia una madre se indigna porque siente que su hijo ha sido clasificado bajo determinada categoría, cuando para ella siempre –y con razón– será simplemente su hijo. Por eso –y en el resto de empresas civiles ocurre lo mismo–, aunque la admiración y referencia hacia la tradición sea algo hermoso y forme parte de la virtud de la piedad, hay que mantener los ojos puestos en el proyecto, en lo futuro, en lo vivo.

El hombre es un ser histórico, por eso no puede pretender congelar el tiempo, «hacer las cosas como siempre se han hecho». La vida está en el movimiento, y los protagonistas de esa vida son los que deben en ese momento vivirla. Cada uno a su tiempo, nosotros, es siempre quien empieza.

c) Conjunción de libertades Y se empieza otra vez con cada alumno. Y cada chico debe saber que es él quien está empezando. Y así nos enfrentamos a una nueva dimensión –quizás la más desconcertante– de la compleja tarea educativa: la conjunción de libertades. ¿De qué libertades estamos hablado? De la de los sujetos activos de la educación: el alumno, los padres y los profesores.

c1– Los alumnos.

A ellos van dirigidas en principio las reflexiones de estas jornadas sobre «Motivación y esfuerzo». Con los pequeños parece que es fácil, ya que el ejercicio de su libertad está todavía en fase de descubrimiento, y con frecuencia le basta con tomar como modelo o líder tanto a los educadores como a los padres.

Con el adolescente la cosa cambia. Ha ido tomando conciencia de sí mismo, y esa conciencia se combina con un enorme deseo de autoafirmación que suele expresar por medio de elecciones a menudo marcadas por su carácter retador (es el momento de la melena, del estudiado desarreglo sistemático, de la lucha por la conquista de la hora de vuelta a casa, de poner a prueba la paciencia y capacidad del profesor novato). Pero su principal problema no es ese: le gusta elegir pero, ¿sabe lo que quiere? La inseguridad, hija de la inexperiencia y de la decepción, acompaña estrechamente a esta edad. ¿Encuentra comprensión, exigencia, respeto? Me parece que son tres palabras centrales para tratar con estas personas: 1-Tratar de ponerse en su lugar; comprender su inseguridad, sus gustos, lo que en el fondo está apuntando; eso es amor de benevolcencia: “delectatio in bene altrui” (Leibnitz) 2-Revestirle con la pesada armadura de la responsabilidad: hay que luchar contra el complejo de “Peter Pan”, la libertad sin consecuencias, y no fomentar unilateralmente la cultura de la recompensa, sino también la del deber cumplido (no tiene sentido idiotizarles con las manos llenas de regalos porque sacaron un seis en la prueba corta de sociales) y la del castigo, de modo que llegue a la consecuencia de que es él quien hace las cosas, y que sus decisiones son el peso desde el que aquilata su vida; 3-Y respetar el hecho de que él –ya desde la primera juventud– es una fuente original de elecciones que merece ser fomentada y cuidada, no solo controlada y reprimida.

Es verdad que todavía no es muy libre, que le falta carácter, personalidad –van en grupo, son las víctimas favoritas de la publicidad y del reclamo del tabaco–, que con frecuencia les puede la pasión –la ira, el deseo sexual, pero también la justicia o la amistad–, pero es precisamente por eso por lo que necesitan ayuda y formación: la tarea con ellos consiste en llegar a tiempo, no en suponer que la crisis no existe, dejarla estar y al final esperar que con un poco de suerte alguno de ellos «vuelva». Formar a un joven significa enseñarle a ser administrador de su propia libertad, en darle razones para actuar del modo que consideramos correcto y, desde luego, dejarle ser.

Aceptar la tarea de formar a una persona pasa por la asunción del riesgo de la libertad. El paternalismo es contraproducente, porque es injusto con las características ontológicas más profundas del ser personal –novedad, libertad, absoluto–. Quizás el amor a la libertad implique que no se vean los frutos, que no agradezcan nuestro desvelo. ¿Qué importa? Si las cosas se hacen mal todo agradecimiento será aparente (¡con qué frecuencia más adelante la hiper–protección acaba tornándose en recriminaciones amargas!), y además un pedagogo nunca trabaja por la recompensa inmediata, sino por la huella futura que su labor haya dejado en el educando, huella que quizás pase oculta para su beneficiario y de la que el educador recibirá noticia sólo en contadas ocasiones.

c2– Los padres El problema –y la ventaja– del adolescente es que no se encuentra solo. Tiene a sus padres. Lamentablemente no siempre es así, y cada vez con más frecuencia se nos presentan alumnos que en la práctica sufren el abandono de uno de los dos –o de los dos– progenitores. En ese caso el problema será realmente serio, pues los conflictos y ausencias afectivas en esas edades de maduración suelen producir consecuencias difícilmente reparables (13), o el alumno puede tratar de realizar una traslación de la fuente de amor de los padres a alguno de sus profesores o, con más frecuencia, al grupo de amigos que a esa edad adquieren a sus ojos un valor idealizado que acabará conduciendo con gran probabilidad a la decepción.

Una idea clave: colaboramos con los padres en la educación de los hijos, pero los principales educadores son ellos. A veces, por comodidad, por inconsciencia, «porque son los que pagan», delegan demasiado. La tarea es compartida, pero el colegio sólo tiene una responsabilidad subsidiaria. Hace unos meses un partido político hacía la propuesta de mantener los centros educativos abiertos siete días a la semana, durante doce horas al día los doce meses del año. Otros parecen preferir la cercanía de la guardería al centro de trabajo de los padres (o de la madre). No se trata tan sólo de una cuestión de perspectiva: lo primero es sencillamente un error que deja al hijo en manos de una abstracción (el “estado escuela”, los profesionales de la educación), mientras que lo que necesita como persona es de un ser concreto (la mirada de la madre, la voz exigente y cariñosa del padre).

Con los padres podemos repetir la pregunta planteada al adolescente: quieren cosas pero, ¿saben lo que quieren? A veces parece que les basta con que no haya conflictos en casa, sin importar que el hijo alcance o no la excelencia: prefieren a alguien que no dé problemas antes que un hijo con personalidad o arrastre. O le cubren de bienes y caprichos pensando que así lograrán un afecto, sin saber que su hijo se puede acabar convirtiendo en un tirano, en un ser que vive en la irreal imagen de un mundo fácil o que acaba recriminándoles porque interpreta esa abundancia de regalos o de dinero como una poco sutil forma de chantaje emocional, y no le faltará razón.

Vayamos al núcleo del problema: al hablar de motivación y esfuerzo la cuestión no puede ir dirigida sólo a los alumnos, sino en primer lugar a los padres. O se convierten en cómplices de la educación o casi todo lo que emprenda la escuela se dirigirá hacia el fracaso. ¡Con qué frecuencia somos conscientes de que toda la labor de un año se echa a perder con un veraneo vacío de cualquier contenido distinto del puro bienestar, con los fines de semana más allá de las reglas o de los límites, con la compra de la dichosa moto, o la “inocente” presencia del ordenador, la red de redes y la tele en la acomodada habitación del “estudiante”! Es verdad que a menudo trabajan, que llegan a casa cansados de luchar, sobre todo que no saben cómo hacer las cosas: nosotros llevamos años dedicados a la tarea de educar y nos sorprende lo difícil que resulta este trabajo. ¡Qué será en su caso, en el que siempre son novatos, y en el que las oportunidades se pasan sin poder corregir los errores cometidos, cosa que nosotros sí que vamos logrando hacer al enseñar a las siguientes promociones! Además, en nuestro caso los fracasos son contingentes: un mal alumno nos deja al cabo de los meses y lo olvidamos; por el contrario, la conciencia de haber fracasado en la formación del propio hijo, en la medida en que éste es insustituible por definición, les acompañará toda la vida. Los padres necesitan orientación y exigencia, en mayor medida que sus hijos.

Por este motivo quizás, ya lo he señalado, esta jornada debería haber estado dirigida sobre todo a ellos. Y todos coincidiremos en decir en que si motivar y exigir a un alumno es difícil, hacerlo con unos padres resulta todavía más complicado. En unos casos porque miran al educador por encima del hombro (se sienten socialmente superiores), o porque nosotros mismos nos dejamos influir por cierto complejo de inferioridad pues tienen mejor coche, sueldo, pinta o casa que el sufrido maestro. En otros porque se les cita y aparece sólo uno de ellos, «es que en casa me encargo yo», «es que está en el trabajo o de viaje», como si los hijos fuera una tarea equiparable al cuidado de los coches o a la elección del restaurante al que irán el viernes con el tradicional grupo de amigos.

Pero, también lo hemos dicho, las dificultades son las que hacen de nuestra tarea algo hermoso, y así la pregunta sobre la «motivación y esfuerzo» podemos –debemos– trasladarla de los padres hacia el educador: ¿nos implicamos con ellos?, ¿somos capaces de citarles para abrirles horizontes de exigencia o nos pueden los respetos humanos, el miedo a contristar o el pensamiento de que no deberíamos meternos donde no nos llaman aunque precisamente por la implícita confianza que han puesto en nosotros –o en la institución que representamos– tenemos el deber profesional y moral de a veces llegar a fondo en la intimidad que es una familia? A un técnico, a un profesor, esto es algo que no le hace falta: «yo cumplo mi tarea, y ellos salen del aula sabiendo cinemática, lo que dijo Descartes, la perspectiva caballera o la versificación de una redondilla». A un maestro sí. La pregunta es evidente, y va dirigida no al alumno ni al padre, sino al educador: ¿cuál es tu aspiración profesional?, ¿hasta qué punto te identificas con los fines de la tarea que has emprendido? La educación -quizás con la medicina- es una orientación profesional altamente vocacional: quien no esté en disposiciones de invertir tiempo, cabeza e ilusión en ella –más allá de convenios, de sueldos o de posibilidades de adquirir determinados modelos de automóvil– debe replantearse su actitud o bien su trabajo. De ese afán de servicio –y más tarde de la colaboración de los padres, ante la que lamentablemente bastantes veces constataremos nuestra impotencia– depende lo que alcancemos.

c3– Los profesores Con lo dicho podemos caer en la cuenta de la tercera clave en la tarea formativa: la libertad del docente. Externamente uno puede estar cumpliendo los términos de su contrato de una manera escrupulosa, y es bueno que ese contrato resulte adecuado a las condiciones en las que se pueda desarrollar una tarea ilusionante y eficaz. Lamentablemente el asunto económico vuelve a ser central (14) . Con demasiada frecuencia la docencia nos lleva muchas horas, la corrección otras tantas y el estrés por mantener la disciplina y la custodia de la cola del comedor pertenecen inexorablemente a nuestra jornada. Del mismo modo podemos tener que atender a un número tan elevado de alumnos que no nos quede la posibilidad de personalizarlos. O nos falta tiempo para dedicarnos a cuidarles, para la preceptuación (que en algunos casos supera a las 20 personas, desdibujándose también así la eficacia de ese medio supremo de educación), o para quedar con unos padres con el fin de mantener una reunión sosegada a la que podamos acudir bien preparados, con elementos de juicio y consejos pertinentes para colaborar en su tarea educativa.

El profesor es la clave. ¿Cómo puede formar quien no cuida su propia formación? Tanto en el campo de la pedagogía y la innovación en el aula, como en la materia de la que imparte lecciones o en la que tiene su enclave intelectual. Hay que formarse para dar clases, y para tener algo que decir a los padres. «Motivación y exigencia» es un binomio que en primer lugar debería ir dirigido a cada uno de nosotros, evitando el conformismo, guardando la actitud rebelde –del que no acepta quedarse detenido, del que siempre quiere crecer– que hace de nuestra tarea algo atractivo para el joven, algo joven en sí mismo, y que nos cambia a nosotros de profesores en maestros, de aburridos “dictadores” (de voz cansina, diciendo «lo de siempre», con los folios amarillentos temblando en nuestras manos) en fuentes de luz dentro de un mundo de sombras.

Podemos dedicarnos a cada uno, tratar a personas, o conformarnos con tener alumnos («Los de 1º A», que cambian cada año, que no dejan huella alguna en el aula anónima ni en nuestros corazones). Lo segundo es más cómodo, menos comprometedor. Pero no responde al fin de ciertos ideales educativos propios de nuestros centros, y tampoco a la tarea del pedagogo que busca audazmente la “paideia”.

c4– Dios No le había nombrado, pero –como creyente, y supongo que aunque no lo fuera– Dios me parece un término fundamental a tener en cuenta en la conjunción de libertades que acompañan a la educación.

Primero una breve consideración teórica: la libertad en Dios no se dice en el sentido de que pueda triunfar o fracasar, o de que se le plantee a inquietante disyuntiva de tener que elegir entre el bien y el mal. Dios refleja la tranquilidad de quien es en sí mismo cumplimiento puro. ¿En qué sentido es entonces Dios libre? En el sentido en que se entiende a Dios como amor. Nos ha creado no con fines pragmáticos, sino porque ha querido. No somos necesarios, sino amados de forma gratuita, libremente.

Eso da lugar a una fuente de tranquilidad: no hay que inquietarse si parece que las cosas (o tal expectativa con esa familia o con ese alumno) no sale adelante, si no responden, porque el hecho de que cada persona sea «imagen de Dios», y el de que Dios cuide de sus hijos los hombres, nos lleva a evitar el pensamiento de que en algún momento nos encontramos abandonados en la inmensidad de los espacios infinitos. «Nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (15) . La frase agustiniana se puede tomar superficialmente como una consideración piadosa para hombres de fe profunda. También se puede entender como lo que es: la descripción breve de un hecho en torno al cual se constituye la tensión dramática de cualquier existencia humana, tensión que provoca las preguntas y la búsqueda que cualquiera –siempre que no haya estropeado definitivamente las condiciones antropológicas del preguntar– lleva a cabo.

El cristiano –y por tanto el educador de convicciones cristianas– juega con la ventaja de la verdad: él cuenta con una respuesta real a las grandes cuestiones, respuesta que además se dice de modo alegre y afirmativo –la Redención–. Pero, por eso mismo, el educador cristiano en primer lugar será un gran defensor de la libertad (del alumno, del padre, del colega), pues parte del contenido de esa verdad, en la medida en que se relaciona con la dignidad de la persona humana, consiste en la obligación de no imponerla, en el respeto a la libertad de las conciencias.

El cristiano no impone la verdad (eso sería fanatismo), sino que procura mostrarla de forma que la belleza de esa verdad deslumbre. Su convicción es que el mensaje que porta resulta atractivo para cualquier corazón que no se conforme con quedarse dormido o atenazado en la casa semivacía del placer o del escepticismo. La verdad produce deslumbramiento, pero por eso mismo no basta presentarla en el discurso teórico, precisa la narración de la propia vida, la encarnación de la verdad en la existencia, la honradez, la paciencia, la alegría, del maestro. La verdad no es rutina y bostezo, sino fuente de creatividad y audacia.

6– Conclusión Educar en la verdad. ¿Existe una verdad de la plástica, del dibujo técnico, de las ecuaciones diferenciales o del deporte? No lo sé. Existe un estilo de vida que acompaña a todo procedimiento; existe la posibilidad de «educar en la búsqueda». ¿Es el fruto de nuestra educación un conjunto de conformistas pasivos, o somos capaces de sembrar inquietudes? Dicho de otro modo, ¿aportamos horizontes de sentido y contenidos a su vocación profesional e intelectual, o sólo esperan salidas profesionales? La persona es algo más que un profesional de cualquier campo. Es profesional, pero también marido, padre, amigo, pagador de impuestos, enfermo, parado, huérfano o hijo de padres que están enfermos o que ya son ancianos. La formación va más allá de la facultad universitaria, del aula de bachillerato o del ciclo formativo. Va más allá del éxito inmediato. Por eso mismo, la tarea del educador trasciende (y mucho) las paredes del aula.

Motivación y esfuerzo: lo primero es un reto, lo segundo una necesidad. O quizás sea a la inversa. O quizás resultan retadoras y necesarias ambas cosas. O además de todo eso necesitemos mucho más: ¿qué? No sé, es posible que la existencia de un proyecto como Attendis signifique ya por sí misma la realización de ese milagro que es la educación: en ella no se puede avanzar sólo. Los alumnos, los padres, los profesores, forman un todo; y a la vez deben integrarse en un proyecto más amplio. Probablemente Attendis signifique una respuesta eficaz a tal inquietud. Aunque, evidentemente, se trata de una respuesta que nunca va a estar del todo dada, que siempre estarán formulando los padres, los profesores y, en media proporcional, los alumnos que sean parte de estos colegios.

(1) W. Jaeger, Paideia. Los ideales de la formación clásica, FCE, México 1973. (2) C. Naval, Educar ciudadanos. La polémica liberal–comunitarista en educación, Eunsa, Pamplona 1995. (3) Cf. J. Aranguren, Resistir en el bien. Razones de la virtud de la fortaleza en Santo Tomás de Aquino, Eunsa, Pamplona 2000, pp. 228-231. (4) Tomo estas ideas de Francisco Altarejos. Cf. R. Guardini, Las etapas de la vida, Palabra, Madrid 1998. (5) H. G. Gadamer, Verdad y Método I, Sígueme, Salamanca 1997, pp. 38–48. Los entrecomillados que siguen los saco de esas páginas. (6) J. A. Marina, El laberinto sentimental, Anagrama, Madrid 1999, p. 46. (7) Cf. H. G. Gadamer, o.c., pp. 66-68. (8) Cf. J. Aranguren, Antropología filosófica. Una reflexión sobre el carácter excéntrico de lo humano, McGraw-Hill, Madrid 2003, capítulo 3, en prensa. (9) H. Arendt, La condición humana, Paidos, Barcelona 1994, p. 202. (10) Cf. S. Agustín, Sermón 169. (11) Cf. R. Pomar, Gaztelueta, un estilo educativo, Fundación Gaztelueta, Bilbao 1998.

Por ejemplo, en la preparación de actividades extracurriculares: teatro, festivales, visitas culturales o conversaciones más allá del estadillo de preceptuaciones. (12) Algo así muestran los estudios de H. Harlow, tal y como cuenta S. Zeki, Una visión del cerebro, Ariel, Barcelona, 1997, pp. 245 ss. (14) Quizás también lo sean el desarrollo de la carrera profesional y la posibilidad de contabilizar méritos y cobrar algo en variable. Aunque, ¿cómo medir eso sin convertir los centros educativos en nuevas jaulas de competencia? (15) San Agustín, Confesiones, 1, 1.

José Ramón Ayllón, “Nietzsche”

Existe un feroz dragón llamado “tú debes”, pero contra él arroja el superhombre las palabras “yo quiero”.
Nietzsche Continúa leyendo José Ramón Ayllón, “Nietzsche”

José Ramón Ayllón, “Sigmund Freud”

Hemos de hacer de la teoría sexual un dogma, una fortaleza inexpugnable.
Sigmund Freud Continúa leyendo José Ramón Ayllón, “Sigmund Freud”

Enrique Rojas, “¿Cómo es una personalidad inmadura?”, ABC, 19.II.05

La personalidad es la suma total de las pautas de conducta actuales y potenciales determinadas por tres notas: la herencia (el equipaje genético, lo que recibimos de nuestros padres), el ambiente (el entorno) y la experiencia de la vida (la biografía de cada uno). La personalidad es el sello propio y específico de cada uno. La tarjeta de visita. Dicho en otros términos, la personalidad es una organización dinámica, en movimiento, en donde confluyen los aspectos físicos, psicológicos, sociales y culturales de un individuo. Los psiquiatras nos dedicamos a la ingeniería de la conducta. Somos perforadores de superficies psicológicas, intentamos ahondar en la mecánica interna del comportamiento, para corregirlo, mejorarlo, hacerlo más equilibrado.

La inmadurez significa una persona a medio hacer, que da lugar a una psicología incipiente, incompleta, que no está bien terminada y que tiene muchos flecos negativos, pero que puede cambiar y mejorar y hacerse mas sólida, con la ayuda de un psiquiatra o de un psicólogo.

Voy a intentar sistematizar sus principales ingredientes en este decálogo, para que el lector pueda adentrarse en la frondosidad de lo que ahí reside. Los síntomas son los siguientes: 1) Desfase entre la edad cronológica y la edad mental: esta es una de las manifestaciones que más llama la atención de entrada, en una primera aproximación. No olvidemos que hay gente de maduración tardía y otra de maduración temprana, y esto le da un carácter ligeramente distinto a esta observación.

2) Desconocimiento de uno mismo: ésta era una de las normas del héroe griego. En el templo de Apolo, en Grecia, había en el frontispicio de la entrada una inscripción que decía así: «Nosci se autom», conócete a ti mismo. Se trata de tener claro que la asignatura más importante de cada persona es uno mismo, lo que quiere decir saber las actitudes y las limitaciones que uno tiene. Ambas son como el cuaderno de bitácora que nos ayuda a una navegación por la vida adecuada.

3) Inestabilidad emocional: que se expresa mediante cambios en el estado de ánimo, pasando de la euforia a la melancolía y esto de un día para otro o dentro de un mismo día. Esto hay que diferenciarlo claramente de las llamadas depresiones bipolares. El inmaduro es desigual, variable, irregular, sus sentimientos se mueven y bambolean de forma pendular, lo que hace que nunca pueda uno saber qué va a encontrar en el otro. Esa fragilidad mudable es una nota muy característica. Su estado de ánimo se expresa a través de unos dientes de sierra, una especie de montaña rusa, en donde las oscilaciones son muy frecuentes.

4) Poca o nula responsabilidad; la inmadurez tiene niveles, lo mismo que sucede con cualquier hecho psicológico. Esta palabra procede del latín «respondere», que significa: contestar, prometer, satisfacer. Estar en la realidad es conocer el hoy-ahora de uno mismo sin ningunearse y sin creerse uno más que nadie.

5) Mala o nula percepción de la realidad: la captación incorrecta de sí mismo y del entorno que le rodea le lleva a tener una conducta desadaptada tanto intrapersonal (disarmonía consigo mismo) como interpersonal (inadecuado contacto con los demás, no sabiendo medir las distancias ni las cercanías).

6) Ausencia de un proyecto de vida: la vida no se improvisa. Necesita una cierta organización, un esquema que diseñe el porvenir. Los tres grandes argumentos de éste son: amor, trabajo y cultura. En ninguno de ellos ha calado con profundidad. No se puede vivir sin amor, el amor debe ser el primer argumento de la vida, que da vida y fuerza a los demás. Del cumplimiento de estos tres grandes temas brota la felicidad, suma y compendio de una coherencia de vida donde los tres tienen una enorme importancia.

7) Falta de madurez afectiva: entender qué es, en qué consiste y cómo vertebra nuestra vida sentimental. Por amor tiene sentido la vida. Pero no hay amor sin renuncias. Y al mismo tiempo saber que nadie puede ser absoluto para otro. El amor eterno no existe; se da en las películas, en las canciones de moda y en las personas poco maduras. Lo que sí existe es el amor trabajado día a día. Amar no significa tener dulces sentimientos, sino volcarse con el otro en las pequeñas cosas de cada día. En mi libro Quién eres, describo la madurez afectiva como una modalidad aparte, con perfiles propios y específicos. Ahí solamente subrayaría ¡que fácil es enamorarse y qué complejo mantenerse enamorado. Hoy se ha producido en este campo una auténtica socialización de la madurez sentimental.

8) Falta de madurez intelectual: la inteligencia es otra de las grandes herramientas de la psicología, junto con la afectividad. Hay muchas variedades de inteligencia: teórica, práctica, social, analítica, sintética, discursiva, matemática, analógica, intuitiva y reflexiva… Pero para quedarnos con una idea clara: una persona es inteligente cuando sabe centrar un tema, haciendo razonamientos y juicios de la realidad adecuados, siendo capaz de elaborar un conjunto de soluciones asequibles y positivas que permitan resolver problemas concretos. Dicho en términos más modernos de la psicología cognitiva: inteligencia es saber recibir información, codificarla y ordenarla de forma correcta y ofrecer respuestas válidas, coherentes y eficaces. Aquí las manifestaciones de la inmadurez se expresan de forma rica y variada. Falta de visión y de planificación del futuro. Hipertrofia del presente, una exaltación del instante. No hay crecimiento en los análisis personales y generales, con poca o nula justeza de juicio. Serias dificultades para racionalizar los hechos y aplicar un cierto espíritu cartesiano. La vida es como un viaje, por eso es importante saber a dónde uno quiere ir.

9) Poca educación de la voluntad: la voluntad es una joya que adorna la personalidad del hombre maduro. Cuando es frágil y no está templada en una lucha perseverante, convierte a ese sujeto en alguien débil, blando, voluble, caprichoso, incapaz de ponerse objetivos concretos, ya que todos se desvanecen ante el primer estímulo que llega de fuera y le hace abandonar la tarea que iba a tener entre manos. Es la imagen del niño mimado que tanta pena produce; traído y llevado y tiranizado por lo que le apetece, por lo que le pide el cuerpo en ese momento. Que no sabe decir que no, ni renunciar. Alguien echado a perder, consentido, malcriado, estropeado por cualquier exigencia seria, que no doblará el cabo de sus propias posibilidades. Un ser que ha aprendido a no vencerse, sino a seguir sus impulsos inmediatos. Por ese derrotero se ha ido convirtiendo en voluble, inconstante, ligero, superficial, frívolo, que se entusiasma fácilmente con algo, para abandonarlo cuando las cosas se tornan mínimamente difíciles.

Esto trae consigo otros datos: baja tolerancia a las frustraciones, ser mal perdedor, ya que tiene poca capacidad para remontar las adversidades, pues no está acostumbrado a vencerse en casi nada; tendencia a refugiarse en un mundo fantástico, para alejarse de la realidad.

10) Criterios morales y éticos inestables: la moral es el arte de vivir con dignidad; el arte de usar de forma correcta la libertad, conocer y poner en práctica lo que es bueno. En la persona inmadura todo está cogido por alfileres y fácilmente se deshilacha y se rompe. La moda, la permisividad, el relativismo son pautas vertebrales básicas, sigue los vaivenes de lo último a lo que se apunta todo el mundo sin ningún espíritu crítico.

La madurez es uno de los puentes levadizos que lleva a la fortaleza de la felicidad, y es el resultado de un trabajo esforzado, serio, paciente, de quitar y añadir, de pulir, de limar, de intentar que nuestra forma de ser sea como una piedra de canto rodado de esas que vemos en los ríos y que casi no tienen aristas.

Jaime Nubiola, “El trabajo de sonreír”, La Gaceta de los Negocios, 20.II.06

¡Cuánto apreciamos todos, la sonrisa amable de las personas y cuántas veces nos resistimos a sonreír! Resulta un tanto enigmático que gustándonos tanto a todos el que nos atiendan con una sonrisa seamos tan roñosos a veces para sonreír a quienes solicitan nuestra atención. Los medios de comunicación presentan de ordinario rostros violentos, airados o doloridos que nos conmueven, y cuando ponen ante nuestros ojos caras sonrientes tendemos a menudo a considerarlas falsas y forzadas —”de circunstancias”, decimos— porque pensamos que con su talante amable buscan el propio interés o simplemente la eficacia. De modo semejante, nos parece increíble que alguien pueda acogernos con una sonrisa afectuosa aun sin conocernos y, sin embargo, todos tenemos la maravillosa experiencia de aquella sonrisa a primera hora de la mañana que logró cambiar nuestro día.

Es una pena minusvalorar la sonrisa, pues es uno de los rasgos más típicos del ser humano. Ludwig Wittgenstein —para muchos el filósofo más profundo del siglo XX— anotaba incidentalmente en un oscuro pasaje de las Philosophical Investigations que “una boca sonriente sonríe sólo en un rostro humano”. Con estas palabras Wittgenstein afirma que para sonreír hace falta un rostro humano que otorgue significado a la sonrisa, pero quizá sugiere también que un rostro es plenamente humano cuando sonríe. Ya los escolásticos medievales advirtieron que la capacidad de sonreír era un accidente propio de los seres humanos, era una propiedad derivada necesariamente de su esencia. Omnis homo risibilis est, decían; todo hombre es capaz de reír. Tomarse el trabajo de sonreír es un modo aparentemente sencillo en el que cada uno puede hacer un poco más humano este mundo nuestro y hacer así también más humana su propia vida.

Para entender esto un poco mejor viene bien recordar la ontogenia de la sonrisa, su manera originaria de desarrollarse en el niño. Según dicen los expertos en desarrollo infantil, el reflejo espontáneo en el arco bucal del bebé satisfecho induce a la madre a pensar que su hijo le está sonriendo. La madre, emocionada al descubrir aquella aparente sonrisa de su bebé, le premia con achuchones afectuosos. El niño, entusiasmado a su vez ante esas oleadas de ternura efusiva, le corresponde imitando la expresión del rostro materno con una sonrisa cada vez más franca y abierta. Este singular proceso educativo muestra que la sonrisa no es un mero reflejo espontáneo del placer, sino que, sobre todo, es una valiosa conducta comunicativa.

Esta semana pasó a visitarme una doctoranda con su hija Carmen de poco más de un año. Le dimos a la niña un juguete sencillo para que se entretuviera mientras su madre y yo hablábamos de filosofía. En un momento de la conversación en el que nos reíamos abiertamente de una broma filosófica, Carmen se unió entusiasmada a nuestra risa como si hubiera entendido algo. Con aquella risa espontánea nos dio una verdadera lección de filosofía: reír juntos, sonreírnos unos a otros, crea unos formidables espacios de comunicación.

Sonreír es reconocer al otro como persona: sonrío al bedel al entrar en el edificio en el que trabajo, pero no a la fotocopiadora que está en el pasillo. Hay personas a las que la sonrisa parece serles natural. Me viene a la memoria aquella sonrisa maravillosa de Juan Pablo I que en los breves días de su pontificado llenó de esperanza al mundo. Pero puede leerse en el libro suyo Ilustrísimos Señores, escrito unos pocos años antes: “Desgraciadamente sólo puedo vivir y repartir amor en la calderilla de la vida cotidiana. Jamás he tenido que salir huyendo de alguien que quisiera matarme. Pero sí existe quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un maleducado. En cualquiera de esos casos es preciso comprenderlo, mantener la calma y sonreír. En ello consistirá el verdadero amor sin retórica”. Todo hace pensar que aquella sonrisa que tan natural parecía era fruto de un prolongado esfuerzo de muchos años. Algo parecido me contaba un colega de su experiencia: “Hay temporadas, días, en que es una heroicidad sonreír por lo menos para mí: días en los que no has dormido, en los que no te encuentras física o psicológicamente bien, que tienes preocupaciones u otras ocupaciones en la cabeza que te impiden ponerla en las personas que tienes a tu lado. Si te lo propones consigues dar el pego: “tú siempre tan sonriente, qué bien te va la vida” te dicen. ¡Y cada sonrisa te cuesta un mundo!”.

La sonrisa es siempre muy agradecida. Como la madre con el bebé lactante, quien sonríe cosecha muchas veces la sonrisa y el afecto de los demás. Es muy conocida aquella afirmación de William James, uno de los fundadores de la psicología contemporánea, de que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Me parece que algo semejante puede decirse de la sonrisa. De hecho, cuando me encuentro con personas que sufren por su aislamiento, por sus dificultades de comunicación con los demás, suelo invitarles a que se empeñen en sonreír a quienes tienen a su alrededor porque —les digo— no sonreímos porque estamos contentos, sino que más bien estamos contentos porque sonreímos. No importa que en un primer momento la sonrisa sea forzada o parezca artificiosa, pues con su repetida práctica va calando por dentro hasta que alegra el corazón.

Hay quienes piensan que la guerra es el motor de la historia humana, que el conflicto y la confrontación son el motor del progreso social y científico. Lo que Benedicto XVI viene a recordarnos con su encíclica es precisamente que el motor de la historia —si es que la historia tiene motor— es el amor, el diálogo y la comunicación entre las personas y los pueblos. Lo que nos enseña es que cambiaremos el mundo a base de cariño. En este sentido, ponerse a sonreír es comenzar a cambiar el mundo, porque significa poner el amor —y no el egoísmo o el propio interés— en el centro de la vida humana. Por eso para comenzar a cambiar el mundo merece la pena tomarse en serio el trabajo de sonreír.

Julio Barrilero, reseña-resumen de Alejandro Llano, “El diablo es conservador”, 25.X.01

El diablo es conservador, de Alejandro Llano (EUNSA, 2001). El título del libro viene a significar que tan maligno espíritu es considerado como “conservador”; metáfora de la inercia y terquedad de los males sociales y, en particular, de las situaciones flagrantemente injustas. Una de las cosas por las que nos cuesta tanto cambiar las cosas que no van bien es que creemos que no podemos cambiarlas.

El diablo es conservador Claudio Magris, autor de Danubio, decía: “El diablo es conservador porque no cree en el futuro ni en la esperanza, porque no consigue siquiera imaginar que el viejo Adán pueda transformarse, que la humanidad pueda regenerarse. Este obtuso y cínico conservadurismo es la causa de tantos males, porque induce aceptarlos como si fueran inevitables y, en consecuencia, a permitirlos.” Los hechos no son lo mismo que las cosas. Las cosas reales están ahí, tranquilas, esperando sólo que las dejemos ser, es decir, que las conozcamos. Los hechos, en cambio, tienen que ser construidos: responder a los intereses de alguien y a estrategias casi siempre opacas. No confundir los hechos con la realidad representa el inicio de toda sabiduría, por modesta que sea.. La realidad “es de suyo” mientras que los hechos “son para mí”.

No hay sistema humano, ni siquiera “el nuestro”, el del liberalismo racionalista, que sea capaz de asegurar mecánicamente la felicidad humana en este pícaro mundo. Porque la felicidad nunca es un logro automático: hay que merecerla trabajosamente por el sabio ejercicio de la virtud, y vivirla gozosamente como un regalo inmerecido.

Según recuerda Donati, el Estado del Bienestar es una componenda entre burocratización y mercantilismo, donde se intenta reducir la libertad de los ciudadanos a veleidad hedonista. Lo que el permisivismo permite es siempre el dominio de los débiles por los fuertes, el asesinato flagrante de los físicamente indefensos, y la marginación de los más desfavorecidos. El ideal de vida personalmente lograda resulta sustituido por el éxito exterior, por los señuelos del dinero, el placer y la influencia. La verdad ya no es un valor en sí mismo …depende de lo que resulte socialmente plausible relevante, correcto, aceptable, es decir, de lo que se nos imponga desde fuera. El Big Brother, -el Gran Hermano de Orwell- resulta muy activo.

El campo de batalla decisivo de este comienzo de milenio no es la política ni la economía: es la cultura y la educación.

El totalitarismo siempre ha procurado aislar a las personas; pero también el individualismo hedonista contribuye a ese aislamiento, porque nos enseña a conjugar el “yo”, pero nos ha hecho olvidar qué significado pueda tener el “nosotros”.

De ahí que no quede más remedio que conspirar. Se trata de una leal y pacífica conspiración civil a favor de la dignidad y de la libertad de las personas humanas.

El otro modo de pensar Necesitamos más que nunca pensar. Pero hemos de pensar de otro modo. El modo de pensar dominante hasta ahora, desde hace más de dos siglos, es el que corresponde al racionalismo moderno y al predominio del Estado nacional, en el que se mezclan las utopías socialista y liberales, hasta desembocar en el capitalismo consumista.

Ha empezado a ser posible cuestionar públicamente las ideas que han dominado el llamado “primer mundo” a lo largo de los tres últimos siglos: la implacable racionalización del mundo y de la sociedad a través de la ciencia.

la creencia en un progreso histórico indefinido.

la democracia liberal como solución de todos los problemas sociales.

la revolución como medio radical para liberar a los individuos y a los pueblos.

Es necesario, como propone McIntyre, pasar del paradigma de la certeza al paradigma de la verdad que sitúa a la verdad por delante de la certeza, lo radical no es la objetividad sino la realidad.

Surge, así, el otro modo de pensar que se abre a la pluralidad de lo real y ajeno a los modelos unilaterales y cerrados.

El otro modo de pensar diferencia pero no discrimina. Se da un predominio de lo cualitativo sobre lo cuantitativo.

Se da el criterio de incidencia o de cercanía, que fomenta ámbitos compatibles, donde se cultivan bienes que han de ser compartidos: tal es el caso del conocimiento, de la paz, de la armonía, de la amistad, de la alegría, que crecen cuando se participan. El lema es “Yo sólo puedo estar donde tú estás”, en contraposición al “Donde yo estoy tú no puedes estar” propio del criterio de generalidad que produce ámbitos incompatibles, porque se manejan bienes que no se pueden compartir, como el dinero, el prestigio, el placer físico o la influencia, que disminuyen cuando se comparten.

La perfección del mundo, la plenitud de los tiempos, llega cuando el Hijo de Dios hecho carne se ha unido en cierto modo a todo hombre, haciendo al hombre manifiesto a sí mismo, revelando la grandeza de su vocación, de manera que el misterio del hombre sólo se desvela en el misterio del Verbo Encarnado.

Si volvemos la espalda a esta fuente de luz, nuestro saber es vano y nuestra cultura vacía, mientras que la filosofía se curva sobre sí misma, asfixiada por una erudición desesperante o debilitada por el narcisismo.

El otro modo de pensar es la pasión incondicionada por la verdad de lo que las personas son. Lo importante no es lo que nosotros hacemos con la verdad, sino lo que la verdad hace con nosotros, al desvelarla nos desvela lo que nosotros mismos somos.

El “proyecto moderno”, con sus profecías de progreso indefinido, ha entrado en pérdida y casi nadie cree ya que pueda remontar.

Hace ya algún tiempo que se va produciendo la mutación de la sociedad industrial a la sociedad del conocimiento. Hace ya más de treinta años se viene realizando una “revolución silenciosa” cuyo trasunto son las exigencias postmaterialistas de más alto nivel, configuradas en torno a los movimientos de disidencia social.

Un modo de pensar en el que se armonicen la pluralidad de métodos y de sensibilidades, más atento al juego de las complementariedades que a la dialéctica de las oposiciones. Un modo de pensar solidario en el que se practique la hospitalidad de considerar a los extraños como propios.

Un modo de pensar humanista que sepa ver el rostro de las mujeres y de los varones el resplandor de una dignidad intocable, reflejo de nuestra condición de Hijos de Dios, unidos vitalmente al Verbo Encarnado.

Al filo del milenio: encrucijadas culturales A) Relativismo cultural y valor de la verdad. Lo que se encuentra en la raíz del relativismo cultural es el abandono de la noción de naturaleza, y con ella, de la visión teleológica del hombre y de la entera realidad. Supone parámetros característicos de las sociedades modernas, en las que la clave relacional ya no es la amistad civil sino el comercio.

La vida buena, las Humanidades, la religión la cultura se convierten entonces en una creación circunstancial e histórica del propio hombre. Y, por lo tanto, poseen un valor estrictamente relativo.

La llamada “nueva economía” es la variante más reciente y ambiciosa de tal planteamiento. La mundialización y la emigración masiva que conlleva están contribuyendo al desarraigo de millares de personas y a ampliar el foso que separa a los países pobres de los países ricos.

Tal visión de la realidad social abre camino a una concepción minimalista de la moralidad. Es la ética sin metafísica. La ética es exclusivamente procedimental o funcional: es la moral del buen funcionamiento.

Hoy día decir la verdad siempre -sin componendas, cesiones o compromisos- es la estrategia subversiva por excelencia.

B) Los derechos humanos. Toda sociedad necesita algún referente en el que creer. Hoy día las únicas referencias “políticamente correctas” son los derechos humanos. Es imprescindible ganar la batalla retórica de los derechos humanos; no permitir que deriven irreversiblemente hacia su versión individualista y agnóstica; abrir un camino más ancho a su versión cognitivista, es decir, aquella que se basa en la admisión de la capacidad que el hombre tiene para conocer su propia naturaleza, que es lo que hace ser persona.

C) Materia y espíritu. El materialismo actual ya no es el materialismo burdo del siglo pasado o de comienzo de este. Pero aunque más sutil, en el fondo, seguimos pensando que -de manera extraordinariamente compleja y difícilmente inteligible para los legos en el tema- todo acaba por reducirse a materia y movimiento local, es decir, a un mecanismo que no se distingue esencialmente de lo que el hombre puede fabricar.

Recientemente, el director del Instituto Max Plank de Frankfurt, recordaba que los ordenadores no han sido capaces de simular hasta ahora ni siquiera parte del cerebro de una mosca; ni lo serán por más que se multiplique el volumen y la velocidad de las computadoras, porque los algoritmos que rigen, respectivamente, los cerebros biológicos y las máquinas cibernéticas son esencialmente diferentes y mutuamente irreductibles.

Hay que afirmar la primacía del espíritu sobre la materia. Y este sentido de la realidad y eficacia del espíritu procede reincorporarlo a la vida diaria, al común vivir y sentir de las gentes, hasta en los detalles aparentemente más intrascendentes.

D) Sexualidad y consumo. La pérdida del pudor, del respeto al cuerpo propio y ajeno, de la vergüenza a exhibirlo ante propios y extraños, es quizás el fenómeno más grave con el que nos enfrentamos.

Detrás de esta realidad social hay toda una labor de ejercicio de la “sospecha” intelectual que viene de muy atrás. Existe, también, una estrategia de seducción y perversión desde la infancia hasta la vejez, que ha conducido a una penosa “sexualización” del arte y de la moda.

Se trata de una re-educación del gusto, es decir, de que llegue de nuevo a agradar lo bello y lo bueno, y a repeler o disgustar lo soez y desvergonzado.

El consumo es otro de los grandes temas culturales de la hora presente. Hay que llegar a una situación en la que la riqueza común (no precisamente pública) sea compatible con la austeridad personal, sin que los consabidos indicadores económicos hagan sonar sus apocalípticas señales de alarma.

Como indica Schumacher, la virtud que hoy más necesitamos es la sobriedad. Y la sobriedad es la elegancia del espíritu.

E) Comprender la religión. El relativismo cultural y ético es ahora la coartada ideal para evitar tener que ponerse decididamente a favor o en contra de actitudes religiosas determinadas, actitud que siempre resulta peligrosa.

F) Educación y religión. Eliminar o marginar la religión de la enseñanza primaria, media o universitaria equivale a eludir el problema, al precio de que surjan otras aporías más angustiosas y empobrecedoras.

Apartar las cuestiones religiosas del debate público, con la coartada de que tales discusiones dividen a la sociedad y enconan a unos ciudadanos contra otros, es una salida en falso, teñida de un despotismo ilustrado que casi nunca logra ocultar las vergüenzas de su sectarismo religioso.

Hoy la religión ha vuelto a enraizarse en el suelo personal y vital -el de la cultura y el estilo de pensamiento- que es previo a toda estructura política y económica, aunque nunca deje de haber entre ambos niveles un diálogo constante.

Actualidad política del humanismo clásico El pensamiento clásico nos sitúa ante “lo natural” del hombre, entendiendo por natural lo opuesto a lo meramente humano o demasiado humano. El pensamiento clásico no es tradicional en el sentido usual y peor de la palabra, es decir, heredado y repetitivo.

El humanismo clásico es un modo de pensar libre de todo fanatismo.

La supresión casi total de las Humanidades clásicas en la enseñanza nos conduce a perder toda perspectiva histórica, toda visión de la profundidad de lo real, para resignarnos a un continuo deslizamiento por la brillantez de superficies niqueladas que esconden lo que son y deforman lo que reflejan.

El humanismo cívico se encuentra en la antípodas del ya residual empeño por reforzar el Estado del Bienestar. El nuevo modo de pensar del humanismo cívico propone una progresiva sustitución del modelo técnico-económico por el paradigma ético de la comunidad política, que proviene de la filosofía práctica aristotélica.

Según se ha discurrido desde Aristóteles hasta nuestros días, salirse fuera de la efectiva condición humana, es algo que no se debe intentar ni se puede conseguir. La “vida buena” consiste en la contemplación de la verdad y la virtud probada. Según McIntyre, la fusión de ambas es hacedera y fue llevada acabo por el humanismo cristiano de Tomás de Aquino.

La primacía de la “vida” sobre la “vida buena” hace perder todo el impulso ético y cultural del humanismo clásico, hasta acabar en el actual economicismo pragmático.

Lo que la revolución antropocéntrica quiso desterrar a toda costa fue precisamente la idea de sacrificio, es decir, el reconocimiento de una Santidad trascendente que exige entrega esforzada y generosa. … Pero esta emancipación del hombre ha originado el grandísimo efecto equivoco de un sufrimiento sin límite y sin consuelo.

Es preciso rescatar lo humano del humanismo racionalista.

Sólo si nos situamos más acá de la cultura, en una naturaleza teleológicamente cristiana, podremos acoger al multiculturalismo como una integración posible de identidad y diferencia.

Formación ciudadana Junto a una cierta satisfacción con las libertades públicas y el progreso económico, experimentan estas sociedades fenómenos de disidencia, marginación, paro, violencia e, incluso terrorismo, que provocan el generalizado sentimiento de que “algo no marcha”.

A los jóvenes actuales les faltan auténticos maestros. Se hallan desasistidos respecto a su preparación ética y cultural.

Aprender el oficio de la ciudadanía.. Se trata de un conocimiento práctico que sólo se puede adquirir en comunidades vitales cercanas a las personas mismas, como son la familia, el colegio, la parroquia o la universidad.

Hace poco había en Italia un inmenso cartel con la inconfundible imagen telegénica de Berlusconi. En este anuncio se trataba de la educación del futuro, que según el Honorable, consistía en tres palabras que coincidían en comenzar con la letra i: inglés, informática, internet. Un lúcido espontáneo había añadido, pintado con rotulador, una cuarta: ignorancia.

La formación cívica es asunto estrechamente relacionado con la adquisición de las virtudes morales e intelectuales: fortaleza, prudencia, sabiduría, templanza, arte y justicia.

Como decía Corts Grau, a la juventud hoy se la adula, se la imita, se la seduce, se la tolera, … pero no se la exige, no se la ayuda de verdad, no se la responsabiliza,… porque en el fondo no se la ama.

El amor noble y normal de los padres y maestros para con los jóvenes está siendo sustituido por el emotivismo, por la inundación afectiva,…

Al menos en una tradición histórica y religiosa como la nuestra, no es posible una formación cívica sin un sólido fundamento cristiano. Las exigencias sociales del cristianismo , sus demandas cívicas, serán mucho más altas y certeras que las que puedan transmitir cualquier doctrina científica, ética o política.

Reducir la moral al ámbito exclusivamente personal, familiar o profesional, con abandono de la esfera estrictamente pública, es un enfoque burgués y completamente insuficiente de la ética.

Antropología de la dependencia Sin que se pueda hacer todavía un balance, somos muchos los que pensamos que el pensamiento típicamente moderno -La Ilustración- se nos presenta hoy como una ficción que se ha tornado imposible.

El ideal metódico de la modernidad implica una racionalidad monocorde y unívoca, mientras que el pensamiento clásico de signo realista supone un uso abierto o analógico de la razón.

La suerte de algunas buenas iniciativas sociales depende del fomento de una cultura que no siga valorando negativamente lo que McIntyre llama “virtudes de la dependencia reconocida”: entre las que se sitúan el servicio a los más necesitados, el cuidado de los más débiles, el respeto a la corporalidad decaída, la capacidad de sacrificio, la misericordia, la compasión, la ternura, el agradecimiento, …

Lo que falta a la espléndida teoría clásica (Aristotélica) de la excelencia o virtud, es el reconocimiento del valor positivo de la dependencia respecto de otros. Es más, los humanos sólo podemos adquirir la independencia a partir de la dependencia misma.

Quien no sabe qué hacer con el dolor propio y ajeno, quien no acierta a descubrir su misterioso sentido, llevará necesariamente una vida desgraciada o de penosa superficialidad.

Es una sociedad escasamente humana la que sistemáticamente recluye a los niños en guarderías y a los ancianos en los asilos.

La edad-robot a la que suele dirigirse la publicidad mercantil y la propaganda política es la del adulto infantilizado y prematuramente envejecido.

Una buena definición del ser humano: aquél que en algún sentido es mejor que cualquiera de sus semejantes y que no puede ser sustituido por ninguno de ellos.

La intrínseca vulnerabilidad de la humana condición proporciona una inédita relevancia a las virtudes de la independencia reconocida y a las propias virtudes de la independencia ganada o rescatada, hasta tal punto de que la propia noción de virtud -y la misma necesidad de las virtudes- se oscurece si pensamos en los humanos como si fueran pura y simplemente personas lockeanas o sujetos cartesianos. Porque nunca lo somos, ni siquiera en las fases -menos frecuentes de lo que admitimos- de impecable lucidez y salud perfecta.

Si no entendemos que nuestra situación de dependencia es inseparable de nuestro logro de la independencia, comprenderemos escasamente lo más peculiar de la naturaleza humana.

Si el humanismo es tan soberbio e ilustrado que pierde el sentido profundamente humano que lleva consigo el sufrir por otros, y sobre todo, con otros, entonces es que se ha transmutado en su paradójica oposición, es decir, en lo inhumano o deshumanizador.

La familia ante la nueva sensibilidad Hemos de lograr una nueva sensibilidad familiar que sepa descubrir la unidad que late bajo la dispersión .

El Estado del Bienestar ha producido una multitud de efectos perversos o equívocos….

El fenómeno global que revela ese grandioso “efecto no pretendido” es la marginación. Marginación de los países del tercer mundo, de los pobres, de los suburbios, de los inmigrantes, de los parados, de los enfermos…

Pero hay más, es que la marginación ya no es marginal . Es un estilo, una moda. Los universitarios de familia bien acuden a la universidad vestidos de marginados; los ejecutivos se sienten obligados a revestirse cada semana con prendas que simbolizan la marginación, aunque sean carísimas.

La familia constituye el más fundamental grupo generador de sentido: la solidaridad primaria, la más radical y básica. Como dijo T.S. Elliot “home is where one starts from”; es el sitio del que se parte.

La familia es la víctima típica de la paradojas del Estado del Bienestar. Esta gran paradoja consiste en que el Estado del Bienestar ha ignorado la principal fuente humana del auténtico bienestar.

La anomia de la familia -su desregularización con el divorcio y las parejas de hecho- está en el origen de buena parte de los casos de marginación y “nueva pobreza”: minusválidos, ancianos, enfermos, depresivos, inadaptados, quedan abandonados a la intemperie pública, multiplicándose así las situaciones límite: autismo, delincuencia juvenil, prostitución temprana, infección por SIDA, fracaso escolar, drogadicción, violencia callejera o escolar, suicidio.

Los cinco principios de la nueva sensibilidad: a) Principio de gradualidad. Es preciso recuperar el principio de gradualidad del saber; Las familias de hoy han de redescubrir que la fecundidad formativa es más importante que la eficacia a corto plazo o el bienestar inmediato.. Lo importante es no ser el mejor, sino ser bueno.

b) Principio de pluralismo. El descubrimiento del valor de la diferencia es propio de la nueva sensibilidad. Los padres que se empeñan de hacer de todos sus hijos ejecutivos o tecnólogos -y les prohiben de hecho ser historiadores o literatos- les están prestando un flaquísimo servicio.

c) Principio de complementariedad. La realidad no es antagónica sino complementaria. No todo lo diferente es contrario. Los valores de la nueva sensibilidad familiar son, sobre todo, valores que la mujer representa. La postmodernidad ha descubierto la profundidad y el valor de la dimensión femenina de la persona.

d) Principio de integralidad. La persona humana es una realidad poliédrica, compleja y unitaria, que no debe considerarse de una manera unidimensional. Precisamente el humanismo es la visión pluridimensional y unitaria del hombre y el amor es el núcleo de todo auténtico humanismo.

e) Principio de solidaridad. Un nuevo desafío para las familias actuales, en sus empeños de renovación educativa, es el fomento de la empatía como raíz antropológica de toda solidaridad. Según Edith Stein, la empatía es la experiencia inmediata de sujetos distintos de nosotros mismos así como de sus vivencias. Una sola acción, una sola expresión corporal -una mirada o una sonrisa- puede darme una vivencia del núcleo de una persona, que quizá era ante para mí un desconocido. De la casa hasta la escuela, las familias han de cultivar en los niños y adolescentes esa capacidad primitiva de comprender a los demás, de hacerse cargo de lo que les pasa.

Comprensión, veracidad, diálogo El dialogar fáctico no plenifica una situación de comunicación interpersonal, que requiere, al menos, la condición de la comprensión mutua y la ayuda efectiva. La comprensión y la veracidad aparecen como presupuestos imprescindibles de un diálogo con sentido.

Comprender es hacerse cargo. La comprensión permite entendernos aunque no estemos de acuerdo, convivir estrechamente aunque nuestras ideas sean diversas o incluso opuestas.

La comprensión es una virtud que nos posibilita ser fieles al amigo y a la verdad conjuntamente.

La sociedad de la información arroja un notorio déficit de capacidad dialógica, que ha llevado a Jacques Ellul a hablar de “la palabra encadenada”. Ya Platón al final de Fedro dice que “todo hombre serio se abstendrá de poner cosas serias por escrito”.

El diálogo, que es un instrumento para encontrar soluciones justas, una vía hacia la verdad práctica, se prostituye al convertirse en una herramienta de superficial contemporarización: la verdad se dulcifica, se ablanda, se amortigua hasta convertirse en algo amorfo que vale para todos porque ya nada vale.

La veracidad es el presupuesto objetivo del diálogo.

Un riesgo: el deseo de ser claros, de darnos a entender, de estar al día, de ser “políticamente correctos”, de comprender al interlocutor, prevalece sobre el afán de ser veraces, por manifestar las cosas como son.

Es muy clara la afirmación de Tomás de Aquino: “En nada se perfecciona mi entendimiento sabiendo qué deseas o qué piensas tú, sino sólo sabiendo lo que pertenece a la verdad de las cosas”.

El diálogo es una actividad interpersonal en la que la mutua comprensión se basa en un interés común por la verdad.

¿Qué es la persuasión? Alusión constante a dos obras de Claudio Magris: “el Microcosmos” y “el Danubio”, en las que de diferentes maneras habla de la persuasión.

Dice Magris: “El desarrollo de la civilización occidental ha privado al individuo de la persuasión, o sea, de la fuerza de vivir poseyendo plenamente el propio presente y, por tanto, la propia persona…”.

“El presente para bastarse a sí mismo debe apoyarse en valores, pero el polvillo de fines y obligaciones convencionales…. ofusca y tapa esos valores, eso si no los destruye; impide al pensamiento detenerse en lo esencial.

“La leyenda que hace desembocar el Danubio en el Adriático revela el deseo de disolver las escorias del miedo, obsesiones, pudores, delirios de defensa, en la gran persuasión marina, distendido abandono, puro presente de la vida que se basta a sí misma y no se consume en la carrera hacia metas que alcanzar, en el ansia de hacer, de haber hecho ya y ya vivido, sino que es felicidad sin meta y sin agobio, eternidad y autosuficiencia del instante”.

Marisa Madieri, esposa de Magris, escribe: “No me gusta el declinar del año, el transcurrir demasiado rápido de las estaciones. Quisiera un tiempo que no pasa, la hora de la persuasión, porque sé que no me espera nada más hermoso que el presente que vivo”.

La nueva complejidad Lo propio de esta nueva complejidad es que nos deja perplejos, es, como dice Habermas una “nueva inabarcabilidad”.

La sociología actual viene a coincidir en que las variadísimas manifestaciones patológicas de la actual complejidad pueden sintetizarse en cuatro: Segmentación: es una especie de fragmentación o fraccionamiento creciente de los procesos y de las situaciones sociales.

Efectos perversos: Se multiplican las consecuencias equívocas o no pretendidas.

Anomia: Es la carencia de reglas y normas indiscutibles o, simplemente, vigentes. El hombre anómico es espiritualmente estéril, concentrado sobre sí mismo, no responsable ante nadie. Se burla de los valores de otras personas..

Implosión: Es la explosión seca, producida por el vaciamiento interior, por la pérdidas de la esencia propia y de los proyectos genuinos. Es significativo que las instituciones más frecuentemente afectadas por la implosión sean las más primitivas, las más originarias como la familia o la universidad.

Mi propuesta discurre por una descarga de la complejidad indeseada, que no es más ni menos que una desburocratización y una desmercantilización de la sociedad a favor de la iniciativa y la responsabilidad social.

La rápida historia de esta mutación hasta planteamientos humanistas, queda reflejada en un interesante proceso, aún en curso, que puede sintetizarse en cinco parámetros: Organizativo: En una empresa como institución, la organización es sólo instrumental y, por lo tanto versátil y flexible.

Relacional: Las organizaciones están ahora esencialmente orientadas hacia el cliente o usuario, hasta el punto que consideran que forma parte de la compañía.

Motivacional: Se entiende la corporación, en términos antropológicos, como una institución vital que se constituye en torno a valores, el motivo predominante es la efusividad, la necesidad de aportar, compartir y crear.

Cognoscitivo: A medida que la complejidad ha ido creciendo, los profesionales de la empresa han necesitado un espectro más amplio de conocimientos.

Ético: En este ámbito empresarial se registra un mundo ético de pensar que critica duramente al pragmatismo y actualiza el concepto clásico de virtud. Basta reflexionar sobre las virtudes que se requieren en la función directiva: para el diagnóstico: la prudencia; la decisión exige audacia y magnanimidad, y la ejecución fortaleza y confianza en los demás.

En la nueva empresa más valioso que tener “poder” es tener “peso”. El que obedece también manda, según Leonardo Polo. Porque al ejecutar una orden está devolviendo otra orden a quien emitió la primera.

¿Emergencia o colonización? Hay dos grandes posibilidades que se abren ante nosotros: a)La colonización. Es la intromisión del Estado, el mercado y los medios de comunicación en el ethos ciudadano.

b)La emergencia. Es la aportación de sentido que va desde las personas y sus relaciones originarias hasta la estructura político-económica y de la comunicación colectiva.

La colonización es descendente y alienadora, la emergencia es ascendente y personalizada. El humanismo civil y empresarial es emergencia.. Se trata de pasar del Estado del Bienestar a la sociedad del bienestar. Ese cambio tiene dos vertientes: a) El peso se traslada desde el Estado-mercado y mass media a la sociedad. b) El concepto de bienestar cambia, deja de ser pasivo y cuantitativo para ser cualitativo y activo, empieza a llamarse calidad de vida.

Lo que hoy llamamos postmodernidad es el mundo de lo radicalmente humano: el mundo de las solidaridades primarias, de las iniciativas sociales, de las relaciones cívicas, la sustancia misma del ethos o cultura en sentido radical. La postmodernidad puede llegar a representar una síntesis de clasicismo y modernidad.

Si consideramos el humanismo como emergencia, entonces la personalización no está reñida con la eficacia. Todo lo contrario: en una organización compleja y viva, la eficacia sólo se puede lograr a través de la personalización.

Organizaciones inteligentes Sólo las instituciones capaces de operar de manera corporativamente inteligente serán capaces de navegar en el espacio del conocimiento abierto por la nueva sociedad.

Personas cultas, habitar sabio, reticularidad compleja, espontaneidad vital … Son rasgos que nos hablan que la sociedad está volviendo a adquirir un sentido humanista.

Para cruzar los umbrales de la sociedad postindustrial necesitamos una silenciosa sabiduría práctica.

La primera confusión que hemos de evitar es creer que el conocimiento se identifica, sin más, con la información.

Lo que nos permiten los ingenios cibernéticos es descargarnos de las tareas rutinarias de buscar información, almacenarla y, en alguna medida, organizarla y procesarla. Quedamos a sí en franquía para ponernos a realizar esa misteriosa operación de la que sólo nosotros, los seres humanos, somos capaces: pensar.

Las únicas corporaciones adaptadas a la sociedad del conocimiento son las “organizaciones inteligentes”.

Seis propuestas para la sociedad del conocimiento Primera: Trabajar es aprender, dirigir es enseñar. Lo importante no es enseñar, lo importante es aprender. La única finalidad de la enseñanza es el aprendizaje, así como el único objetivo de la dirección es la mejora de la calidad del trabajo.

Segunda: Una organización inteligente es una comunidad de investigación y aprendizaje. Todos tienen la responsabilidad de no dejar de indagar, de reforzar sus ocurrencias acertadas y de cuidar de que sus innovaciones no tropiecen con rigideces burocráticas o con autoritarismos formales.

Tercera: Las organizaciones inteligentes entienden la profesionalidad como dominio de un “oficio”. Un profesional es quien resulta capaz de dar fe pública de sus conocimientos. La organización inteligente permite y fomenta que exista la creatividad, y esto sólo lo logra quien domina la técnica o el arte que le es propia..

Cuarta: Una organización inteligente posee una ineludible dimensión ética. Según Millán Puelles “la moral es la lógica de la libertad”, es la urdimbre de toda convivencia… La tolerancia institucional de mentiras o medias verdades es letal para una organización inteligente.

Quinta: Una organización inteligente ha de cultivar una profunda cultura corporativa. La capacidad para adquirir saberes nuevos no se puede restringir a unos pocos especialistas o a un departamento de innovación, sino que tiene que empapar la empresa de arriba a bajo. Esto es lo que debemos llamar hoy cultura corporativa. Una empresa culta es la que está llena de proyectos, más que de realidades logradas.

Sexta: En las organizaciones inteligentes investigación y gestión se identifican. La propia acción directiva consiste en poner a todos los miembros de la organización a pensar en lo que cada uno está haciendo.

José Ramón Ayllón, “La buena vida”, PUP, 30.XII.00

¿Se puede decir que le ética busca la buena vida? Pienso que sí. Por definición, la ética es el arte de vivir, de optimizar nuestra conducta. Pero el lector querrá saber si existe una fórmula para lograr la buena vida. La respuesta es que existen varias. Sabemos que el fuego quema, el agua moja y las vacas dan leche. De forma similar, el hombre está sometido a ciertas condiciones objetivas que no son negociables: tiene ojos para ver, piernas para caminar, pulmones para respirar… Respecto a la conducta humana, también existen unos ingredientes fijos y unas cuantas recetas acreditadas. Entre los ingredientes con los que siempre hay que contar están los afectos, la amistad y el amor, la conciencia moral, el placer, la vida familiar y social, la libertad y la responsabilidad. Respecto a las mejores recetas, las mejores han sido propuestas por los clásicos, al menos desde que Homero presentó en Ulises el primer diseño de una conducta esforzada e inteligente. Desde que Sócrates habló de la virtud y de la muerte. Desde que Platón interpretó el misterio del amor. Desde que Aristóteles dibujó los perfiles y matices de la amistad y la felicidad. Desde que Epicuro señaló los límites razonables del placer. Desde que Séneca defendió con su pluma la dignidad humana.

¿Son los placeres el secreto de la buena vida? Así lo han pensado muchos desde antiguo, porque el placer es uno de los resortes principales de la conducta humana. Pero también sabemos que es necesaria una gestión racional del placer, porque su abuso pasa siempre factura. A principios de este año, un Magazine de El Mundo dedicaba un amplio reportaje a la fiebre consumista de las navidades. Llevaba por título “Consumidos por el consumo”, y decía textualmente que “la clave frente al ambiente consumista es el autocontrol”. Ese autocontrol es lo que, desde los griegos, conocemos por moderación o templanza, una de las cuatro virtudes básicas que Platón explicó en el inovidable mito del carro alado.

Si las recetas mencionadas no se ponen más en práctica no es porque sean complicadas. El problema es que cuestan esfuerzo, pues el ser humano no realiza el bien de forma espontánea, como las plantas realizan la función clorofílica. Esa dificultad la expresa muy bien el emperador Marco Aurelio, cuando dice que “la vida se parece más a la lucha que a la danza”, y cuando pasa revista a las excusas que ponemos para no esforzarnos: “Cosas que dependen por entero de ti: la sinceridad, la dignidad, la resistencia al dolor, el rechazo de los placeres, la aceptación del destino, la necesidad de poco, la benevolencia, la libertad, la sencillez, la seriedad, la magnanimidad. Observa cuántas cosas puedes ya conseguir sin pretexto de incapacidad natural o ineptitud, y por desgracia permaneces por debajo de tus posibilidades voluntariamente. ¿Es que te ves obligado a murmurar, a ser avaro, a adular, a culpar a tu cuerpo, a darle gusto, a ser frívolo y a someter a tu alma a tanta agitación, porque estás defectuosamente constituido? No, por los dioses. Hace tiempo que podías haberte apartado de esos defectos”.

Como el lector puede apreciar, en los clásicos de la ética siempre encontraremos una guía de navegación para la travesía que más nos interesa a todos: la de la vida. Y una interpretación de la existencia humana que supera el actual reduccionismo que quiere ver a los adolescentes como una especie de monos con pantalones, enganchados al hedonismo y cerrados a la trascendencia. Por una larga experiencia sé que la mejor tradición ética puede ser un gran instrumento educativo en las manos de sus profesores.

José Ramón Ayllón es autor de La buena vida (Ediciones Martínez Roca, 2000)

José Ignacio Moreno, “La filosofía, una ciencia práctica”

El nombre filosofía es de una actualidad siempre nueva. No es fácil sustituir el nombre de filosofía por otro sinónimo porque filosofía significa amor a la sabiduría. Definir la sabiduría es algo atrevido, pero atractivo. Pretendo acercarme un poco a esta noción de un modo práctico y relativo a lo que he visto. Me parece que ser sabio es ser feliz; o, mejor dicho… intentar serlo. A la sabiduría la he visto más o menos encarnada en algunas personas distintas pero con un núcleo común: me parece que son mujeres y hombres felices y capaces de hacer felices a otros. Tienen también otros factores comunes: son gente práctica, laboriosa, con sentido común, paz, guasa, abnegación, fe, y -sobre todo- un amor maduro que se manifiesta en estar en las cosas de los demás de un modo simpático e ilusionado, sabiendo exigir cuando hace falta.

Es por lo que pienso que sabiduría es amor maduro, es decir: amor que sabe lo que es el sacrificio y cuenta con el dolor. En este sentido filosofía es querer alcanzar este tipo de actitud. Así vista la filosofía es algo que puede ser asumido por cualquier tipo de persona con una profesión honrada.

¿Qué pasa entonces con lo que comunmente se entiende por filosofía? Miles de razonamientos sobre lo que es la verdad y la mentira, qué sentido tiene la vida y la muerte, qué es moral o qué no lo es. Tienen el valor de buscar lo verdadero y procurar desmantelar lo falso porque no se puede amar sin conocer. Sin embargo alguien podría decir, con razón, que son muchas y muy distintas, incluso contrapuestas, las filosofías que han existido y existen. Es más, esta diversidad es con frecuencia presentada como cargo contra el estatuto científico de la filosofía. ¿Qué escoger? ¿Quién dice la verdad?… Pienso que hay que ser prudente: ayudarse por personas que merezcan nuestra confianza, dejarse asesorar, y ejercitar luego la libertad personal, porque la filosofía es una ciencia donde interviene de modo muy especial la voluntad. ¿Quién dice que se puede ser feliz a pesar de las cosas duras? ¿Quién fundamenta un auténtico sentido del humor que no sea ácido ni tonto? ¿Quién afirma que la felicidad pasa a través de los que me rodean y que esto no es una tontería?… Cada uno es quien ha de elegir una respuesta positiva y, si no quiere ser un renegado de la existencia, procurar vivirla. Conviene tener los suficientes resortes intelectuales y de voluntad para incrementar las propias convicciones hechas vida con un talante, dispuesto a rectificar, abierto al diálogo pero descubridor de errores y desviaciones, presentadas en ocasiones de modos muy sugerentes. Es una tarea antigua y novedosa.

Pienso que este es el valor de la filosofía como tarea intelectual: ayudar a vivir una vida lograda, una vida verdaderamente humana, una vida feliz. No son las luces por las sombras, sino al revés y siempre es una tarea actual, en el paisaje de la existencia, detectar dónde hay ceguera y dónde visión.

José Ignacio Moreno, “Ideas sobre la dignidad humana”

1. La sabiduría de Nelson Horatio Nelson fue un conocido almirante inglés que vivió entre los años 1758 y 1805. Tuvo mala salud y llegó a perder un brazo en un combate. Sin embargo era un genio militar. Cuentan de él que, en medio del fragor de las batallas, bajaba a su camarote y abría un misterioso cofre. Rápidamente volvía a subir y, renovado en su ánimo, continuaba dando órdenes muy eficaces. Tras su muerte unos compañeros suyos se decidieron a abrir el misterioso cofre. Contenía un papel en el que estaban escritas estas palabras: “izquierda, babor; derecha, estribor”.

Tantas veces la sabiduría está en no olvidar las cosas más sencillas, incluso las perogrulladas. Es difícil que alguien diga que esto son letras y que no lo son al mismo tiempo y en el mismo sentido. Pero…aquella jugada de fútbol decisiva…¿fue penalty?; lo que le he dicho a esta persona…¿está bien?…o: ¿puedo encontrar una razón verdadera para romper este compromiso?…No siempre las respuestas son fáciles aunque quizás en muchas ocasiones las dificultades provienen de que nuestros intereses o nuestra voluntad no coincide con la realidad de las cosas. No es una cuestión únicamente de inteligencia sino también de voluntad.

Las personas humanas a veces buscamos el término medio en lo que ya es un extremo, pero por mucho que nos afanemos eso no será nunca una virtud. Con tesón equivocado buscamos en ciertos momentos la cuadratura del círculo pero si somos más sencillos caemos en la cuenta de que esto es imposible o absurdo.

Así las cosas puede parecer que las reglas de la realidad un poco o bastante aguafiestas frente a los sueños de nuestra imaginación. A veces tal vez sí; pero otras no. Quisiera destacar una y una muy importante. Recuerdo la penetrante pregunta de un antiguo alumno mío: ¿por qué la vida no puede ser absurda? …Es cierto que ocurren cosas a las que no siempre sabemos encontrarles una respuesta: millones de personas sumidas en la pobreza, jóvenes o niños que encuentran la muerte de súbito, graves injusticias o, algo más cotidiano, la propia fealdad interior o exterior. Todo esto puede parecernos más o menos absurdo pero “la vida no puede ser totalmente absurda por la misma razón que un círculo no puede ser cuadrado”. Esta regla férrea de la no contradicción nos libera de la inquietud del absurdo y nos da una base andadera sobre la que avanzar con un sentido.

2. Resulta que es al revés Entre 1616 y 1633 tuvo lugar el famoso proceso de Galileo. Lo que tal vez no sepas es que la junta de teólogos astrónomos que juzgó las tesis de Galileo también sospechaban que era la tierra la que giraba alrededor del sol. Pero no tenían las pruebas suficientes y la matemática de Galileo estaba equivocada. Sobre el caso Galileo, Walter Brandmüller publicó un interesante libro titulado “Galileo y la Iglesia”. Lo he recordado ahora porque “realmente nos parece que desde el alba hasta el ocaso es el sol el que gira alrededor de nosotros y, sin embargo, resulta que es al revés”. Esta observación, que durante miles de años tenía la seguridad de una evidencia, se repite en otros órdenes de la vida: si escuchamos nuestra propia voz grabada en una cinta nos parecerá extraña; quizás si nos grabaran en vídeo durante un día nos resultaría francamente curioso.

La verdad de las cosas es anterior a nosotros y está fuera de nosotros; conviene no olvidarlo. Viktor Frankl ha afirmado en su best-seller “El hombre en busca de sentido” que es mejor plantearse la pregunta ¿qué espera la vida de mi?, en vez de ¿qué espero yo de la vida?…Desde luego no se trata de carecer de proyectos ni ilusiones, ni tampoco de tener un conformismo negativo, pero “hay que saber tomar la vida como viene y ser realistas para poder tener eficacia y fecundidad”. Chesterton escribió: “cuantas cosas se vuelven santas sólo con volverlas del revés”.

3. La originalidad Tal vez la originalidad tenga que ver con el origen. Y el origen nos puede recordar el lugar donde uno ha nacido, donde estaban los amigos de la infancia; en definitiva: la patria chica. Es un lugar entrañable. Allí uno se encuentra a gusto. Esta bien consigo mismo.

Hay niveles más profundos de encontrarse uno a sí mismo; de aceptarse -sin que esto suponga una claudicación por superarse-, de estar contento. Quizás sea ahí: en el conocimiento de nuestra naturaleza, en la madurez que supone saber algo sobre nuestras posibilidades y límites, donde uno puede lograr ilusión para hacer de sí mismo “un clásico”.

Quizás para ser un “clásico”, genio y figura, no hace falta poseer la intuición de Einstein o la imaginación de Spielberg, o el ritmo de los Beatles. Simplemente puede consistir en sacar fuera lo mejor de nosotros mismos. Tal vez todo sea tan sencillo como ser normal o ser natural. Pero…¿qué es ser natural? Actuar según nuestra naturaleza más verdadera. Explica Millán Puelles (1) que las personas estamos compuestas por una tendencia a abrirnos a la realidad y por otra tendencia a cerrarnos en nosotros mismos. De la pugna entre ambas surgirá el resultado de la propia vida. La tendencia a la apertura puede llamarse vocación profesional, afectiva, espiritual, etc; la clausura: egoísmo. Así la vocación es para algunos motivo de felicidad y para otros motivos de angustia.

Hay algo que a los humanos nos atrae como un poderoso imán: la alegría. Al entender la vida al revés sustituyendo la autorrealización o “egobuilding” por el servicio a los demás uno se libera de las autoritarias exigencias de su propio yo. Exigencias que pueden ser gigantes e irrealizables y, por tanto, sustituidas con el tiempo por la apatía o el peor conservadurismo: la cobardía de encerrarse en el anonimato.

Salir de uno mismo supone iniciar la aventura de acceder a una realidad que es anterior a mí; es disfrutar con la existencia de unas leyes previas a mí, en las que puedo descansar. Esta actitud ofrece resortes para afrontar los imprevistos de la existencia.

Posibilita abandonar la pesada carga de algunos proyectos personales que tal vez no sean necesarios. Cuando uno aprende a ponerse en su sitio también aprende a quererse mejor a si mismo.

4. Tu verdad “Hay verdades parciales porque hay Verdad máxima de modo análogo a que hay móviles porque hay una red”. Un teléfono que no tuviera conexión con el resto o insistiera en llamarse a sí mismo no sirve de mucho. Algo parecido nos ocurre a las personas. Tu verdad no es “tu verdad”…sino tú verdad relativa a la de los otros y a la Verdad primera que causa a todas.

Una antigua canción tonaba este estribillo “lo que soy es guapo”. Puede ser cierto, o no. Hay etapas en la que no nos cuesta nada aceptarnos; todo lo contrario: estamos muy orgullosos de nosotros mismos, tal vez con motivos poco fundados. Existen otros periodos en los que nos puede doler nuestra propia vida. Aceptar la penosa situación que atravesamos se nos revela como algo arduo y áspero. El realismo y el sentido común nos dicen que hay que seguir adelante, pero tal motivación no es por sí sola atractiva. Rechazamos el sinsentido y el puro azar como causa de lo que nos pasa por considerarlos motivos absurdos, irracionales e inhumanos. La familia, los amigos, la empresa -quizá en menor grado-, pueden ser puntos de referencia para proseguir la tarea de vivir.

Hay otra motivación más profunda que no sé si acertaré a expresar: nuestra vida es, ante todo, una llamada a la existencia, una biografía. Nadie hará por ti tu vida. En cualquier novela o película el protagonista encuentra dificultades, situaciones no previstas, difíciles, que tiene que afrontar. Sin ellas no habría ni encanto, ni atractivo, ni novela. Ninguno hemos elegido vivir sino que “hemos sido elegidos”; y es más ilusionante ser elegido para algo digno como es vivir, que elegir. Este es el motivo, como explicaba en sus clases el profesor Antonio Ruiz Retegui, por el que no cambiamos nuestra vida por la de nadie: porque nos ha sido dada con un sentido personal, no siempre fácil de descubrir, con una misión que solo cada uno puede cumplir.

5. Unidad en la pluralidad La unidad entre las personas que compran en unos grandes almacenes es por lo general una relación de interés y agregación. Sus relaciones son sobre todo utilitarias. La unidad entre los hinchas de un mismo equipo deportivo es algo más, comparten una afición: un interés no necesario. La unidad que se da entre los hombres de bien tras la liberación de un secuestrado que ha sufrido torturas es mucho mayor: las personas se alegran profundamente por la alegría de la persona que estaba siendo maltratada. Esta es una unidad por la que se quiere el bien de la otra persona. El hecho de que le hayan sido devueltas las condiciones propias de su dignidad crea en los demás un clima de unidad. Se comprende al otro porque de algún modo es igual a los demás. La persona es el ser capaz de comprender; de ponerse en el lugar del otro; de salir de si misma. Por esto, afirma Spaemann (2), la persona es un símbolo del absoluto.

Hay otro aspecto que no conviene olvidar: Lewis, al hablar de la amistad en su obra “Los cuatro amores” al hablar de la amistad afirma que cada amigo me revela parte de mi yo. La amistad no es sólo un lujo sino algo que nos engrandece; algo que nos hace ser más. La riqueza interior de cada uno depende de todos aquellos que le aprecian bien. Aquí hay algo muy importante: de alguna manera el otro está en el fondo de mí: su verdad está conectada a la mía, aunque ambas son distintas.

Si una mujer o un hombre viven rodeados de injusticias que afectan a otros y no hacen nada que esté a su alcance por evitarlas, sus propias vidas empiezan a perder sentido. Si trabajan por mejorar las condiciones de vida de sus semejantes comienzan a estar satisfechos: a estar a bien conmigo mismos, a ser felices. Tenemos mayor unidad interior, integridad y plenitud de sentido en la medida en que somos generosos.

6. Enfermedad y muerte No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos entender. Este es un punto importante para saber que “la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas”.

La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada y una tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.

Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a entender de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad. En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. Llega así un momento, un día radicalmente distinto, en el que uno va por primera vez detrás del coche funerario donde llevan a un ser muy querido. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sinsentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

7. La vida como regalo “Se trata de que no se vaya el santo al cielo sino que venga el cielo al santo”. Esta frase la decía un amigo mío en la mesa, señalando un magnífico postre en un día de fiesta.¡Cuanta razón tenía! Hoy parece que se ha acentuado el afán de disfrutar. Muchos buscan una auténtica cultura del “subidón”, un empeño por gustar sensaciones fuertes, potenciado y extendido por capitalismos mediáticos publicitarios. Es lógico querer pasarlo bomba; sin embargo el problema está en que curiosamente no se sabe vivir bien . Las prisas, la búsqueda del éxito y del dinero rápido, la aceleración como modo de vida puede que no sea, en el fondo, más que una huida hacia delante.

La exaltación de las emociones nocturnas no da respuesta a la realidad del trabajo cotidiano. Se vive con cierta histeria una única realidad en la que no se encuentra la unidad de sentido de la vida. Y esto se debe, como afirma Alfonso Aguiló (3) en alguno de sus artículos, a que se busca la felicidad donde no está y se ignora que para ser feliz lo que hay que modificar no es tanto lo de fuera sino lo de dentro de uno mismo.

Reflexionar en que uno ha nacido sin ningún mérito personal ni consulta previa es mucho más que una perogrullada: es la pura verdad que, sin embargo, olvidamos con mucha frecuencia. A pesar de los flagrantes males del mundo, de la enfermedad y del dolor moral, la vida sigue siendo una llamada, un regalo de valor incalculable. El bien suele ser más discreto y silencioso que el mal, pero mucho más sólido y fundamental…como lo es una madre buena. Lo que podemos hacer, en expresión de Julián Marías es “educar la mirada” y también el entendimiento y la voluntad para caer en la cuenta de la cantidad de cosas estupendas que nos suceden: desde respirar hasta optar por aventuras quizás sencillas pero llenas de verdad y de bien, maduras de humanidad y sazonadas de buen humor. Quien procura vivir siempre así, de hecho, es bastante probable que lo haga desde la fuerza de la fe.

Hay un salto de confianza, de esperanza, de aptitud para la felicidad – esto es en parte la fe- que no puede ser impuesto racionalmente, porque la mano de Dios sólo se coge si libremente se quiere. Lo que sí se puede constatar es que quien así lo hace está en condiciones de disfrutar tanto en día laborable como en fin de semana: y con un gozo enorme, porque todo se llena de sentido. Y ese sentido es la fuente de la felicidad.

8. Ser querido Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.

Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor.

Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, por esto puede dar vergüenza. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

9. Fijarse en lo positivo El agujero es en el queso y la herida en el cuerpo. Las sombras son por las luces; no al revés. Fijarse en lo positivo, en lo bueno, es ser realista. No se trata de la necedad de ignorar el mal ni sus consecuencias, a veces tremendas. Se trata de comprender una cosa: ser es ser agradecido.

Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que “el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido”. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar.

Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos antes, para recuperar, con más temple, la propia ilusión de vivir.

Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

10. Vida y misterio La vida esconde en su origen y en su actualidad el misterio de su por qué. La palabra misterio era traducida por los latinos como sacramentum; esto es: algo visible que connota lo invisible, lo que está detrás; lo que es su sentido. La realidad visible es de alguna manera un símbolo; algo que remite a su origen, a lo que la dota de unidad de sentido. Y, en la realidad, viven unos símbolos vivos y libres que somos nosotros mismos.

Los hombres podemos representar personalmente el mundo; por ejemplo al escribir una novela, pero no podemos dotarla de realidad. Hay Alguien que si puede. En El su ser se identifica con su pensamiento y su querer con su poder. Un literato ha creado la novela en que vivimos. Alguien entiende el mundo y al entenderlo lo ama. Nos entiende a través de su Idea, de su Nombre. Somos porque nos quiere. En expresión de Chesterton, “el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor” (4). Cada persona es una biografía dentro de la novela. Y hace falta un personaje principal que dé unidad de sentido a todas nuestras vidas.

11. Cuatro puntos de apoyo Vamos a destacar cuatro ideas. Hemos visto que desde experiencias parciales podemos extraer conclusiones generales que a su vez son reglas sólidas de la realidad y condiciones para que exista: “el sentido del mundo está diseñado desde fuera del mundo”. Otra conclusión estudiada es que “ser original es ponerse en el lugar del otro”. También tu verdad personal tiene mucho que ver con la verdad de los demás :existe una “unidad en la pluralidad”. Y, entre otras muchas cosas interesantes, “la realidad, y la propia vida de cada uno, remite a un misterio que permanece desconocido a unos y llena de sentido a otros”.

¿Piensas que hay una relación entre estas cuatro ideas y algo que está a diario al alcance de nuestra vista? (1) Cfr. Antonio Millán Puelles, “La estructura de la subjetividad”, Rialp, Madrid, 1967. (2) Cfr. Robert Spaeman,”Felicidad y benevolencia”, Rialp, Madrid, 1991. (3) Cfr. www.interrogantes.net (4) Cita recogida en “Alfa y Omega”, Nº 1, 9-XII-95, Madrid, p.27.

Susanna Tamaro, “Regreso al corazón”, Alfa y Omega nº 316

En esta entrevista concedida al diario italiano Avvenire, la escritora italiana Susanna Tamaro juzga «nuestros tiempos díficiles» y la incapacidad de comunicar. Habla la escritora que está a punto de rodar como directora su primer largometraje.

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Salvador Cervera, “La depresión, mucho más que la tristeza”, Alfa y Omega, 15.I.04

Se ha generalizado el término depresión, que se ha puesto de moda en el lenguaje de la calle y se utiliza en muchos casos de forma incorrecta. Sin embargo, la enfermedad es muy seria, no tiene nada que ver con esa apatía ante la vida del estudiante que ha suspendido seis asignaturas, y como tal debe ser tratada. El peligro de generalizar el término poliédrico puede llevar a descuidar una cura eficaz ante la enfermedad. Para esclarecer este punto, el profesor Salvador Cervera, de la Universidad de Navarra, explicó en el reciente Congreso Internacional de la Salud, celebrado en Roma, la diferencia entre el malestar y la enfermedad de la depresión El estado de ánimo triste es un malestar psicológico frecuente, pero sentirse triste o deprimido no es suficiente para afirmar que se padece la depresión. Este término puede indicar un signo, un síntoma, un síndrome, un estado emocional, una reacción o una entidad clínica bien definida. Por ello es importante diferenciar entre la depresión como enfermedad y los sentimientos de infelicidad, abatimiento o desánimo, que son reacciones habituales ante acontecimientos o situaciones personales difíciles.

En la respuesta afectiva moral nos encontramos con sentimientos transitorios de tristeza y desilusión, comunes en la vida diaria. Esta tristeza, que denominamos normal, se caracteriza por: ser adecuada y proporcional al estímulo que la origina; tener una duración breve; y no afectar especialmente a la esfera somática, al rendimiento profesional o a las actividades de relación.

En la depresión como estado patológico se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y la esperanza de recuperar el bienestar. Se acompaña de manifestaciones clínicas en la esfera del estado de ánimo (tristeza, pérdida de interés, apatía, falta de sentido de esperanza), del pensamiento (capacidad de concentración disminuida, indecisión, pesimismo, deseo de muerte, etc.), de la actividad psicomotriz (inhibición, lentitud, falta de comunicación o inquietud, impaciencia e hiperactividad) y de las manifestaciones somáticas (insomnio, alteraciones del apetito y peso corporal, disminución del deseo sexual, pérdida de energía, cansancio, etc.) Este conjunto de síntomas ponen de manifiesto que nos hallamos ante un estado patológico específico, netamente distinto de la tristeza normal y que adquiere formas e intensidades bien definidas. Y en este sentido se han establecido diversas formas clínicas de depresión internacionalmente aceptadas, que de menor a mayor intensidad son: reacción depresiva; trastorno depresivo mayor; distimia; trastorno bipolar; trastorno depresivo orgánico; depresión melancólica; y depresión psicótica. Cada una de ellas con rasgos diferenciales clínicos bien establecidos.

La depresión es el resultado de un diálogo interactivo entre la biología, los factores personales y psicológicos, y el ambiente. Como factores biológicos figuran una base genética, en algunas formas de depresión, alteraciones en los neurotransmisores cerebrales y alteraciones endocrinas e inmunológicas. Todos estos factores no deben ser considerados como agentes causales, sino como moduladores o marcadores biológicos del estado de enfermedad. Desde otro punto de vista, las características de personalidad juegan un papel, unas veces de predisposición, otras de complicación del cuadro clínico, o de configuraciones del cuadro clínico. Es de gran importancia también el estudio de los factores de vulnerabilidad, como, por ejemplo, la inestabilidad emocional, la hipersensibilidad, o la dependencia, la inseguridad y el pesimismo, o la alta vulnerabilidad a las situaciones de estrés. Estos rasgos predispondrían a la enfermedad especialmente cuando se asocian a factores sociales negativos.

Existe también una variedad de factores de protección que fortalecen al sujeto. Son los sistemas de creencias religiosas y de valores, el grado de madurez psicológica que permite una respuesta equilibrada desde el punto de vista emocional y racional, la facilidad para captar y asumir el sentido de las experiencias propias y ajenas, los sentimientos estables de apoyo y pertenencia propios de las relaciones personales, el ejercicio de la libertad para la realización de proyectos que comprometen de manera estable y que nos vinculan a los demás.

En cuanto a los factores ambientales, se han descrito una mayor probabilidad de padecer un trastorno depresivo cuando se dan factores externos adversos, como acontecimientos estresantes recientes, muerte prematura de un familiar, inadecuada educación, pobreza, malnutrición, insuficiente soporte social. Todos estos factores que forman parte de la biografía del individuo, repercuten en él, creando vulnerabilidad.

En conclusión, los factores que inciden en la génesis de la enfermedad depresiva forman parte de un sistema interactivo, que modula la respuesta a los sufrimientos que generan tristeza. Este sistema interactivo incluye una valoración, un discernimiento interno personal que otorga significado a lo percibido, con muy distintos significados clínicos. En la tristeza o aflicción normal, aunque hay una afectación, ésta no rompe el sentido armónico de la persona, y por eso se produce una respuesta adaptada al propio sujeto y a su entorno. En el trastorno adaptativo la afectación es desproporcionada. En la depresión mayor y en la distimia, la afectación de las estructuras es, no sólo intensa, sino distorsionante. Y en el caso de la melancolía, del trastorno bipolar y de la depresión psicótica, la respuesta está fragmentada, rota, con una fisura amplia respecto a las demás formas de depresión, pues manifiestan una ruptura interior, que supone un salto tanto cuantitativo como cualitativo. Consideramos que el principio armónico y de control global al que toda persona tiende, y que es adaptativo, se distorsiona en tres fases sucesivas, que podemos denominar sobrecarga, distorsión y ruptura. Y no parece que se deba plantear una disyuntiva entre incremento cuantitativo y salto cualitativo. En todos los ámbitos, desde lo inorgánico hasta los vivos, son muchos los casos en que un incremento cuantitativo del estrés se traduce en un cambio cualitativo, de forma y de función.

Diez características más comunes de la depresión: La persona experimenta un sentimiento general de falta de esperanza, de interés, con apatía, tristeza y abatimiento general. – Pérdida de perspectiva. Lucha por la confianza en uno mismo en lugar de contra los problemas de la vida. – Cambios en las actividades y preferencias. Alteraciones de sueño, en las comidas, en las relaciones sexuales… – Baja autoestima. – Tendencia al aislamiento. Temor sin fundamento a ser rechazado. – Deseo de huir de los problemas y de la vida misma. Deseo de suicidio. – Hipersensibilidad ante los comentarios y los actos de los demás. – Dificultad para controlar sus emociones, en especial la ira. – Fuerte sentimiento de culpa. – Estado de dependencia que refuerza el sentimiento de invalidez.

El término poliédrico de la depresión La tristeza normal es una respuesta afectiva constituida por sentimientos de la vida diaria, poco o muy intensos, pero escasamente duraderos, que aparece ante situaciones de estrés, frustración y pérdidas. Debe considerarse corno experiencia depresiva normal. – La depresión, como estado patológico, es un fenómeno en el que se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y la esperanza de recuperar el bienestar; se acompaña de manifestaciones somáticas y psíquicas, y produce en la persona diversos grados de incapacidad. – El proceso de estación de la experiencia depresiva patológica es altamente dinámico en el tiempo, con modos de vulnerabilidad que resultan de la combinación de la biología, factores personales y sociales o ambientales, y que se acentúan de acuerdo al curso de la biografía personal, los factores de protección y las experiencias de sí mismo y del entorno. – En la medida en que es una experiencia estrictamente personal, la vivencia de la enfermedad depresiva, como la de la tristeza normal, deben ser consideradas como únicas para cada persona, y su significado personal debe ser estimado en un plano existencial.

Cómo ayudar a personas que sufren depresión Mensaje de Juan Pablo II a la XVIII Conferencia Internacional sobre la Depresión: «La clave para ayudar a una persona con depresión es el amor y la oración. Las personas que cuidan de los enfermos deprimidos deben ayudar a recuperar la propia estima, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las ganas de vivir. Por eso, es importante tender la mano a los enfermos, hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida, en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos, dignos, en una palabra, de amar y de ser amados.

En el camino espiritual son de gran ayuda la lectura y la meditación de los salmos, el rezo del Rosario, la participación en la Eucaristía, fuente de paz interior. La difusión de los estados depresivos es preocupante. Se manifiestan fragilidades humanas, psicológicas y espirituales, que al menos en parte son inducidas por la sociedad. Es importante ser conscientes de las repercusiones que tienen los mensajes transmitidos por los medios de comunicación sobre las personas, al exaltar el consumismo, la satisfacción inmediata de los deseos, la carrera a un bienestar material cada vez mayor. Es necesario proponer nuevas vías, para que cada uno pueda construir la propia personalidad, cultivando la vida espiritual, fundamento de una existencia madura. La Iglesia y la sociedad deben proponer a las personas, especialmente a los jóvenes, figuras y experiencias que les ayuden a crecer en el plano humano, psicológico, moral y espiritual. La ausencia de puntos de referencia contribuye a crear personalidades más frágiles, llevando a considerar que todos los comportamientos son semejantes.

Juegan un papel relevante la familia, la escuela, los movimientos juveniles, las asociaciones parroquiales.

También es significativo el papel de las instituciones públicas para asegurar condiciones de vida dignas, en particular, a las personas abandonadas, enfermas, ancianas. Son igualmente necesarias las políticas para la juventud, que ofrezcan a las nuevas generaciones motivos de esperanza, preservándolas del vacío o de otros peligros».

Salvador Cervera Enguix