Llucià Pou Sabaté, “Infidelidad en el matrimonio”, 12.XI.05

“Qué duro es olvidar una infidelidad”, he oído decir a distintas personas, llorando porque hacía uno, dos, más años que le pedía a Dios que le hiciera olvidar esta terrible experiencia de sentir “la traición”. Sensación de tristeza, desconcierto porque sucedió con la persona menos esperada, y desde entonces ya nada es igual: “ya no siento lo mismo que antes”. Hay melancolía, pues “la herida” tarda en cerrar, y el dolor puede hacerse insoportable hasta poder decir: “a veces mi cabeza va a estallar”… entonces, se piensa en la separación para huir de esa situación.

Todo esto lo trata la película “Infiel” (Trolösa) tiene por directora Liv Ullmann, y por guionista Ingmar Bergman, los que en otro tiempo fueron director y musa, además de compañera sentimental. Ahora es ella quien dirige un drama por el que los dos han pasado, ella directora y él ahora guionista. No se juega ahí con ser “modernos” y decir que hay que ser “auténticos” en una relación y “encontrarse a sí mismo”: se va al fondo de la cuestión, hasta llegar a las víctimas del crimen: la revolución sexual es ya historia. En el cine comercial, como dice “Bloggermania.com” en la crítica de este film, se ve “una visión trivial de la infidelidad, que poco tiene que ver con la vida real”. Ahí se notan los cineastas de categoría, al abordar con expresión artística el adulterio y sus consecuencias sin ningún barniz acaramelado.

“Infiel” comienza con el relato de un escritor (Erlend Josephson, que representa a Bergman) solitario, en su casa junto al mar, que recuerda una mujer (Lena Endre). Ella aparece y responde a sus preguntas, que se van convirtiendo en el relato de su vida… un matrimonio que se resquebraja, por culpa del amigo íntimo del marido. La infidelidad será la causa de la infelicidad de todos, especialmente de la hija… (recordemos que Liv y Ingmar tuvieron una hija). Según la propia Ullmann es un “drama psicológico durísimo y muy oscuro… su historia es mi historia, y también la de Bergman… es la historia de todos nosotros, de todos ustedes, porque creo que la película habla de asuntos universales”.

Efectivamente, la realidad del adulterio y sus terribles consecuencias son una plaga hoy día, y se plantean cosas tremendas como el resentimiento: “Creo en el perdón, porque toda mi vida he pensado que si no somos capaces de perdonar al otro, por ejemplo a la pareja infiel, la vida no avanza, todo se estanca, será imposible ser feliz de nuevo”, sigue diciendo Ullmann.

Se plantean problemas interesantes. Uno de ellos es la irresponsabilidad, que destroza unas vidas por dejarse llevar por la sensualidad, por buscar una “historia más excitante” que la vida ordinaria. La irresponsabilidad viene muchas veces por una excesiva seguridad, y no cuidar las ocasiones previsibles, como dice Cervantes: “que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podría ser”, y lo mismo se puede decir del hombre pues en esto también hay bastante igualdad.

Ante un bien tan sagrado como es el matrimonio, la infidelidad aparece con falsas razones: “no causa ningún mal si hay ignorancia, si el engaño no se llega a saber”… Parece que no pasa nada, pero entonces ya “ha pasado mucho”. A eso se llama banalidad, que es una de las caras del mal. Poco a poco, imperceptiblemente se va desmoronando todo, el egoísmo va minando el amor hasta convertirlo en odio y venganza, una pasión que ciega y lleva a la crueldad, destroza todo, como dice el comienzo del film: “No hay ningún fracaso, ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente, como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida” (Botho Strauss). Podría matizarse esta afirmación, pero nos lleva a tomar conciencia de que la ruptura nunca puede ser considerada como un bien en sí misma, ni como la primera opción ante los problemas conyugales. En aquellos casos en que, tras mucho sopesar y recibir consejo autorizado, se vea como el mal menor, siempre será algo que cause mucho sufrimiento.

Ullmann ve que en un mundo de engaño y falta de verdad, “la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas. Los principios morales simplemente desaparecen. Hombres y mujeres deciden jugar a un juego de adultos: amémonos al límite, seamos felices juntos, olvidémonos de juzgar qué es bueno y qué es malo. Pero súbitamente todo se desmorona. Viene la tragedia. Todos son infieles entre sí… la víctima resulta ser la niña, la personita que ha sido utilizada en el juego de los adultos, sentada en medio de un carrusel emocional, sin entender cuál es su verdadero papel en la historia. Esta lucidez choca con los comentarios engañosos que oímos: “no voy a dejar de ser feliz por culpa de los niños…” Sigue Liv con su análisis: “En este nuevo milenio que estrenamos, la deslealtad es un modo de vida que cada vez adoptan más personas”… al final, la muerte. Esta es la parte más negativa de Bergman y de sus películas: en el film aparece un “determinismo”, aporta un análisis psicológico de gran calidad, los problemas del hombre, pero no la dirección en la que se encuentran las soluciones, por eso tiene un punto de amargado en su lucidez cerrada a la trascendencia.

En realidad, la vida no es así: no somos “inamovibles”, siempre hay la posibilidad de recomenzar, hay voluntad de poder querer: esto es la libertad. La felicidad pasa por aceptar las personas como son, eso es querer. ¿Y qué pasa cuando el cónyuge es infiel? Hay motivos para separarse de él, si se quiere: pero es la última solución. Hay derecho a la ruptura, pero quien tiene fe –y todos podemos pedirla- ve en la desgracia una Cruz, un camino de encuentro con Jesús, de ser feliz. Muchas separaciones son precipitadas, se dice “me he liberado” -tanto ellas como ellos-, y luego es peor porque la liberación no viene de huir de las dificultades, la auténtica libertad viene de asumir compromisos y en definitiva de la fidelidad. La felicidad está en darse en un compromiso de amor. Quizá sea el momento de descubrir qué es el verdadero amor, que exige de cada cónyuge que asuma y responda realmente a su vocación. Quizá sea el momento de profundizar en las raíces de la herida que la vida conyugal ha sufrido, para pedir a Dios que sane y alimente cada vez más el vínculo indisoluble que Él unió sacramentalmente.

Olegario González de Cardedal, “¿Qué leer?”, ABC, 19.III.05

La casa del hombre se sostiene en cuatro columnas: realismo ascético de la acción, penetración perforadora del pensamiento, recogimiento actualizador de la memoria y anticipación proyectiva de la esperanza. Pero cada uno de nosotros sólo puede construir una pared de esa morada vital, encender unos fuegos, plantar unas semillas. La mayor parte de lo que necesitamos lo recibimos de los demás por la palabra viva; y, cuando ésta ya no es posible, por la lectura. ¿Qué sería de nosotros si no nos hubiera quedado escrita la palabra de los grandes filósofos y científicos, santos y poetas? Somos humanos extendiendo nuestra corta y pobre vida a la anchura y riqueza de quienes nos han precedido en la senda de la verdad y de la misericordia, del coraje y de la utopía.

Sólo quien ha perdido la pasión absoluta de lo humano y se ha aposentado con el sopor del animal en los prados de la inmediatez pregunta por qué leer. ¿Cómo seríamos ya libres sin libros? ¿Cómo seríamos contemporáneos de Sócrates sin Platón, de Jesucristo sin los evangelios, de la «humanitas» romana sin Cicerón, de los ideales y temores de la Edad Media sin la Divina Comedia, del humanismo renaciente sin Shakespeare y del idealismo ensoñador sin Cervantes? Hay que leer para ver con los ojos de quienes han pensado antes que nosotros y así ensanchar las posibilidades propias. El hombre lee para responder a sus necesidades, discernir sus entresijos, encender su soledad, ensanchar sus límites y, sobre todo, para acoger lo que le puede sobrevenir en la palabra de los otros y como don del Otro. La lectura es el espacio de la libertad.

Lecturas funcionales unas, que nos cualifican para el ejercicio de una profesión; lecturas gratuitas otras, que nos ayudan a ser más persona acogiendo el mundo como juego y tarea, viviéndolo como espectáculo, y transformándolo como el artista modela el barro con sus dedos y el escultor la madera con sus gubias. Hay lecturas gratuitamente necesarias para existir con dignidad y respirar con holgura. Hay libros vivos y vivificadores, que alumbran nuestros redaños, mientras que hay libros muertos y mortíferos, que por su vacuidad y vulgaridad, rencor o malevolencia, degradan al lector. Hay libros que son como personas vivas y hay personas que son como libros vivos. Cuando el «Índice» de libros prohibidos de 1558 dejó a Santa Teresa sumida en profunda tristeza, oyó del Señor esta palabra: «Yo seré para ti libro vivo».

¿Qué leer? Narrativa y poesía, épica y lírica, pensamiento y novela, ciencia y teología. Cada género requiere una actitud vital y una correspondencia afectiva. Pero sobre todo requiere aquella querencia que descubre lo implícito, percibe lo sugerido y adivina lo intentado. H. Hesse afirmaba que leer sin amor, saber sin respeto, formación sin corazón es uno de los peores pecados contra el espíritu. La lectura requiere cercanía generosa a la vez que distancia a lo leído. Leer requiere pensar y discernir, asentir y rechazar.

Hay una pedagogía y una ética de la lectura. Es falso decir que lo importante es leer y no importa qué. Unamuno alanceaba contra quienes, para aprender griego en la escuela, decían que lo mejor era traducir la Anábasis de Jenofonte. ¿Qué me importan las parasangas que avanzaban cada día los ejércitos griegos o persas? ¿No será infinitamente más valioso traducir los Diálogos de Platón que exponen al vivo la justicia, la verdad, la belleza, las ideas y los días, la tiranía y la libertad? La vida es corta y no es posible leerlo todo; hay que seleccionar. Hoy el problema no es la carencia de libros sino la superabundancia. Hay que elegir y recibir críticamente, y para ello es necesario aprender a leer. ¿Cómo leer? Con ilusión, libertad y silencio para integrar lo leído en el universo propio de valores, dejándose inhabitar por las propuestas recibidas del autor y confrontándolas con las experiencias fundamentales de la vida humana, con las grandes figuras de la creatividad, santidad y servicio que la historia ha ido ofreciendo. Sobre todo preguntándose: ¿este libro me hace más libre, limpio y fuerte? Pero ¿qué funda y sostiene nuestra libertad? Tiene dos fuentes: el saber y el amor. Hay que poder ser libre. Esta potencia en parte la conquistamos por nosotros mismos (saber) y en parte nos tiene que ser regalada (amor). La bella lectura es una fuente con dos caños, del uno mana el saber y del otro el amor.

Hay que leer, sobre todo, aquellos libros que han superado la prueba de humanidad: los clásicos. Estos han dignificado a los humanos tirando de ellos hacia arriba, hacia su mejor yo, y no correspondiendo vilmente a sus pasiones. La cesura cultural más grave que hemos conocido en los últimos decenios es la reducción del libro a producto de consumo, que se elabora por cálculo anticipado de lo que halaga y confirma al lector en sus necesidades inmediatas, otorgando legitimidad a sus gustos o pecados. Se suman todos esos elementos, se agitan conjuntamente, y se le entrega el libro como un bebedizo para anestesiar sus necesidades profundas y sumergirlo plácidamente en sus cotidianas infecciones. En cambio, la lectura de un libro bueno es una de las mayores fuentes de gozo personal, más allá del mero placer instintivo y de la placidez directa.

Hoy es necesaria una lectura informativa y sobre todo formativa, para poder contrarrestar los asedios de aquellos poderes que utilizan la noticia y el dato como trampolín para lanzarnos a la compra de sus productos o arrancarnos la adhesión a sus programas. Sólo quien lee libros y piensa por sí mismo, con saberes fundados y pensamientos confrontados, puede hoy ser libre, perdurar con dignidad. Los mejores teóricos de la democracia han repetido que ésta sólo crece y perdura donde la sostienen una ética real y una real cultura. Por eso yo invito a invertir las proporciones actuales: sesenta por ciento formación y cuarenta por ciento información. La información ante todo por libros, luego por periódicos, después por radio, y finalmente, en medida mínima, por televisión. De esta forma exorcizamos el peligro de convertirnos en masa o en secta, y persistimos enhiestos como personas y ciudadanos libres.

Si alguien me pidiese criterios para saber qué leer, yo le diría que elija: lo que ensancha la conciencia, en el sentido de saber intelectual, y la purifica en el sentido de responsabilidad moral (1); lo que alimenta el gozo de ser hombre y mujer, estar en el mundo y existir gratuitamente (2); lo que despliega ante nuestros ojos universos nuevos de realidad, los abismos de nuestro ser y las cumbres que podemos escalar (3); lo que nos relativiza con la crítica, ironía y sorna llevándonos a pensar en los demás, a contemplar el mundo tan diverso, tan vasto, tan hermoso, y a contar con Dios (4); lo que nos hace fraternales participantes en las diversas formas de grandeza y necesidad humana, discerniendo el poder, la ciencia, la cultura, la santidad, el heroísmo (5); lo que nos llega gratuitamente desde una voz amiga y sabia, sin ningún interés ideológico, político o económico (6); los libros que no están de moda pero que han superado cribas y cedazos porque en ellos ha latido el corazón humano con sus mejores vibraciones, desde la Odisea a la Biblia, desde Virgilio a Dante, desde San Juan de la Cruz a Góngora, desde Goethe a Hölderlin, desde Galdós a Unamuno, desde Dickinson a Edith Stein, desde Eliot y Hopkins a Muñoz Rojas y A. Colinas (7); lo que por la belleza de estilo y finura de espíritu nos arranca a la vulgaridad desenmascarando nuestras complicidades, malevolencias y olvidos culpables (8); lo que nos divierte en el mejor sentido del término y nos hace amar nuestro siglo, a la vez que nos abre a lo eterno y nos emplaza ante el Eterno (9); lo que nos recuerda que somos humanos, entre el animal y Dios (10).

No voy a repetir el intento de H. Bloom ofreciendo un «canon» de lecturas. Me parece, sin embargo, criterio supremo afirmar con él que hay que leer lo que exalta la magnanimidad y excluye la desidia, nos abre a lo sublime y rechaza la mediocridad, venga ésta propuesta o impuesta por quien fuere: «Cuando uno ronda los 70 le apetece tan poco leer mal como vivir mal, porque el tiempo transcurre implacable. No sé si Dios o la naturaleza tienen el derecho a exigir nuestra muerte, aunque es ley de vida que llegue nuestra hora, pero estoy seguro de que nada ni nadie, cualquiera que sea la colectividad que pretenda representar o a la que intente promocionar, puede exigir de nosotros la mediocridad».

Míchel Esparza, “La autoestima del cristiano”, Zenit, 2.IX.04

Entrevista a Míchel Esparza, filósofo y teólogo, autor de «La autoestima del cristiano», de la Editorial Belacqva, una obra que se dirige a cristianos corrientes que se afanan por mejorar la calidad de su amor. Michel Esparza es sacerdote y ejerce su ministerio pastoral en Logroño, y es autor de «El pensamiento de Edith Stein» (Eunsa).

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Antonio Fontán, “Humanismo cristiano y liberal”, ABC, 1.X.04

La palabra «humanismo» nació en alemán a principios del siglo XIX. Apareció impresa por primera vez en el título de un libro de 1808, publicado en Jena (Turingia), la ciudad por cuya universidad pasaron grandes ingenios germanos del «ochocientos» (Hegel, Fichte, los Schlegel, Schiller y más tarde Marx). El autor definía con ese término una filosofía de la educación y un sistema pedagógico que se proponían la enseñanza y promoción de los saberes que se consideraban más propiamente humanos: las lenguas y literaturas antiguas, la filosofía, la historia, etc.

El invento de la voz «humanismo» era fácil. «Humanista» existía en las lenguas cultas de Europa desde el siglo XVI para designar a los estudiosos y cultivadores de las letras latinas y griegas y a acreditados escritores de lenguas modernas. Cervantes la emplea por lo menos en tres ocasiones. Una para elogiar a un poeta amigo suyo al que quiso honrar con ese título, otra en la novela del Licenciado Vidriera, y una tercera en un contexto magistralmente irónico en que se burla de las pedanterías de los que querían pasar por cultos. En uno de los más divertidos episodios de la segunda parte del Quijote aparece un personaje al que el autor no quiso poner nombre, y al que llama simplemente «el primo», que sería el guía que llevó a caballero y escudero a través de Sierra Morena hasta la boca de la cueva de Montesinos.

Don Quijote, siempre curioso escudriñador de vidas ajenas que gustaba de saber quiénes eran y qué hacían los hombres y mujeres que se encontraba en el camino, le preguntó por su profesión y «ejercicios». El «primo» respondió que él era «humanista», y su oficio «componer libros para dar a la imprenta de gran provecho y no menos entretenimiento para la república». A continuación enumeró una pretensiosa y ridícula retahíla de los títulos y de los asuntos que trataban los tales libros, que constituye una chispeante burla cervantina de las falsas erudiciones más frecuentes quizá en aquella época que en la nuestra, donde tampoco faltan.

En la misma Alemania, medio siglo después de acuñada la palabra «humanismo» empezaron a emplearla los historiadores de la cultura para referirse a las letras y a la época del Renacimiento, y a las artes de aquellos siglos. Pronto se extendió su uso en este sentido por las otras lenguas europeas. En el último tramo del siglo XIX el término «humanismo» está ya plenamente instalado en castellano con el mismo sentido que poseía en la cultura europea y norteamericana. El año 1878, en su primera lección de cátedra, Menéndez y Pelayo escribe que «una reseña de la literatura hispano latina , o sea, del «humanismo» en el siglo XVI, es preliminar indispensable para el estudio de la literatura en las lenguas vulgares».

El paso siguiente en la historia de la palabra humanismo en la cultura moderna es el de su transferencia a los campos de la filosofía social y política y de la sociología general. Humanismo es una marca de prestigio a la que desde todas partes le llueven adeptos.

Curiosamente, en las dos guerras mundiales de la pasada centuria, y en los años inmediatamente siguientes a ellas, el humanismo, o más bien los humanismos, aparece unas veces como solución y otras como problema. Maeztu, desde Londres, al final de la primera contienda vio en crisis una cierta versión filosófica y política del humanismo. Después de la segunda, en 1947, un escritor francés planteaba a Heidegger la cuestión de ¿cómo se podría volver a dar un sentido a la palabra Humanismo? El maestro alemán contestaba preguntando a su vez si es que era preciso hacerlo. Porque, añadía, «el humanismo se divide según el concepto que se tenga de la libertad y de la naturaleza del hombre». Para Marx y para los marxistas, incluso para los más modernos, «el hombre humano es el hombre social, que es también el hombre natural», una pura y simple naturaleza en el sentido común y final de la palabra, mientras que «el cristiano ve la humanidad del hombre en su delimitación con respecto a la divinidad», dice literalmente el filósofo alemán, que había sido católico y sabía de lo que estaba hablando.

Esa visión del hombre, que sería, según Heidegger, la del humanismo cristiano no significa una confesionalidad política y social, que en nuestro siglo no postula el catolicismo, ni en la práctica casi ninguna de las demás confesiones cristianas. Hay estados confesionales, o más bien de «iglesia establecida» en algunas monarquías protestantes, pero eso es otra cosa o más bien una herencia del pasado sin mucho contenido ni verdadera vigencia social. Eso no es el humanismo cristiano y liberal que inspira ciertas ideologías políticas y al que cuadran, sin incompatibilidad alguna, dos definiciones que se hallan en una obra tan neutral y objetiva como la actual versión del famoso diccionario Webster. El nuevo humanismo, se lee allí, es una doctrina filosófica del siglo XX que se distingue por su fe en la moderación, en la dignidad de la voluntad humana y en un sentido de los valores permanentes. Dentro de ese amplio espacio un cristiano puede encontrarse en su propio terreno, porque el humanismo cristiano es «una filosofía que defiende una plena realización del hombre y de lo humano dentro de un marco de principios cristianos».

Además de nuevo y cristiano, que en este caso son conceptos convergentes, suelen acompañar al término humanismo en el siglo pasado, y quizá también en este, otros adjetivos que quieren ser definitorios. Uno es el que se opone polarmente a cristiano y es toda una filosofía: el humanismo ateo que clasificó y estudió cumplidamente el jesuita Henri Lubac, uno de los padres de la «nouvelle théologie» y uno de los precursores del Concilio Vaticano, al que se vio pasar en pocos lustros de autor de doctrina sospechosa a cardenal de la Iglesia. Es el humanismo de Feuerbach, de Comte, de Nietzsche, del que daría cuenta con su experiencia religiosa de buscar a Dios el ruso Dostoievski.

Hay otros humanismos sectoriales, como el científico que, en cuanto filosofía general del hombre y de la vida, llega hasta donde llega y se queda ahí. Hay humanismos políticos como el antes mencionado de los marxistas, que ha sido arrumbado por la historia con la simple caída de un muro. Hay el fundamentalismo laicista, que algunos quieren extender desde Francia a toda Europa en la que podría ser la ley fundamental de la Unión. Incluso algunos apuntan a un humanismo de tradiciones occidentales, que implicaría consagrar una división del género humano según los puntos cardinales.

En medio de este desorden terminológico y lingüístico, la filosofía cristiana, que cree en la moderación como método, en la dignidad de la voluntad humana y su derecho a ejercerse libremente y en los valores permanentes de una concepción cristiana del hombre y de la vida, sin confesionalidades ni coacciones religiosas o laicistas, estaría llamada a asegurar la continuidad abierta y liberal de la historia de la actual Unión y de todo el continente, del que forma parte también la «santa Rusia» de la «tercera Roma».

Hace pocos meses, en los borradores de la que se pretende que sea una constitución -o más propiamente una ley marco- para la Unión Europea, se reconocía que la cultura social, literaria y política de este conjunto de naciones tenía sus raíces en las tradiciones cristianas del continente que, además de historia, son vida. Después, el fundamentalismo laicista del gobierno francés y de algunos de sus asociados han conseguido barrer esas líneas para sustituirlas por una corta serie de adjetivos que vienen a ser, como se dice en América, un «empty suit», un «traje vacío» sin nadie ni nada dentro.

El anterior gobierno español, con la mayoría política nacional que lo respaldaba, defendió hasta el final el mantenimiento de esa verdad histórica de que Europa, igual que España, y el cristianismo son realidades históricas, culturales y políticas que tienen mucho que ver entre sí.

Juan Cruz Cruz, “La envidia como raíz del odio”, Arvo, 5.X.04

La envidia es considerada por el Aquinate como una de las raíces del odio. Ella es, desde el punto de vista fenomenológico, una mirada fascinante. ¿Qué es la fascinación? Es simplemente, según el diccionario, la acción de «aojar», de emitir un mal a través de los ojos. ¿Hay en el acto comunicativo gentes que emiten maldad a través de sus ojos? ¿Hay personas que con su mirada maléfica influyen negativamente en el mismo acto comunicativo? Este es en síntesis el problema de la «fascinación», en el que resalta, de un lado, el «aojador» o agente fascinador y, de otro lado, el que provoca la fascinación.

Es preciso referirnos al hecho de que en nuestras sociedades aparece con frecuencia una creencia inconsciente en una fuerza dispersa que, concentrada en algunos hombres, se emite por los ojos y perjudica a otras personas en su salud o en sus propiedades, impidiendo su felicidad en esta vida. Estos hombres son los «fascinadores», pues emiten una fuerza que tendría la propiedad de dañar o consumir las cosas sobre las cuales se fija. Se estima entonces, también inconscientemente, que la pupila de este «fascinador» descarga sobre lo que mira una sustancia invisible, semejante al veneno de la serpiente. Cuenta Plutarco que Eutélidas tenía tanto poder negativo en sus pupilas que podía dañarse a sí mismo con sólo mirarse al espejo. Ese poder fue llamado por los latinos fascinum (de ahí nuestra palabra fascinación), que en castellano también se llama aojo o mal de ojo. Cuando el «aojador» encuentra una cosa viva y hermosa, buena, elevada, lanza contra ella la luz envenenada de sus pupilas y la hace languidecer paulatinamente, o incluso la mata. Al hombre sobre el que ha recaído el mal de ojo no podrá ya salirle bien ninguna tarea, ningún proyecto: lo que emprenda o realice le saltará en mil pedazos; hasta el futuro que estima queda amenazado. Los «fascinadores» suelen tener aspectos contrahechos o mostrar una fealdad física, especialmente la apariencia facial, la que se ve o que entra por los ojos.

El mal surgido del fascinador es provocado o inducido por las «cualidades» de otros hombres, estimadas como negativas: por algo aprehendido como un mal hubiera dicho Santo Tomás y, por tanto, motivo de aversión u odio. ¿Pero qué cualidades son estimadas aquí como «negativas» y provocadoras de la reacción maléfica de la «fascinación»? ¿Las buenas o las malas? Aunque parezca mentira, normalmente son las buenas.

2. Lo negativo y provocador es la inteligencia, la belleza, las cualidades, el bienestar que se ve, por ejemplo, en una persona. Este ser inteligente, capacitado o lleno de cualidades físicas, psíquicas y sociales es el provocador, el inductor: por su carácter presuntamente negativo, atrae el «mal de ojo» del «fascinador».

Salta a la vista que el fascinador está atormentado en su interior por un sentimiento de odio especial, provocado por la envidia, la cual no es otra cosa que la tristeza o el pesar del bien y de la felicidad del otro. Envidia, etimológicamente, viene del verbo latino videre que indica la acción de ver por los ojos, y de la partícula in; de modo que invidere significa mirar con malos ojos, proyectar sobre el otro el mal de ojo. En nuestro caso, decir envidioso es decir fascinador del otro. De este modo se erige la envidia en raíz o madre del odio a la persona: invidia est mater odii, primo ad proximum, decía Santo Tomás.

El mundo antiguo conocía muchos caracteres de la envidia como pasión íntima. Entre los griegos es representada como una mujer con la cabeza erizada de serpientes y la mirada torcida y sombría. Su extraña mirada, junto con su tinte cetrino, tienen una explicación fisiológica normal, pues en el acto de envidiar sufre el hombre una acción cardiovascular constrictiva, la cual produce lesiones viscerales microscópicas, dificulta la irrigación sanguínea y la asimilación normal. La cabeza coronada de serpientes era símbolo de sus perversas ideas; en cada mano llevaba un reptil: uno que inoculaba el veneno a la gente; otro que se mordía la cola, simbolizando con ello el daño que el envidioso se hace a sí mismo.

3. La filosofía clásica encontró fenomenológicamente al menos seis características en el «envidioso».

Primero, al «envidioso» le produce pesar o descontento el bienestar y la fortuna de los demás: invidia est tristitia de bono alterius, inquantum aestimatur diminuere gloriam propriam. Por ejemplo, él ve los bienes del otro, pero no las dificultades inherentes a su conducta, ni las privaciones y desventajas que ha tenido que superar para conseguirlos.

Segundo, el envidioso es una persona próxima al provocador: próxima en espacio y en fortuna. Yo no puedo envidiar a un Rockefeller, pero sí a don Próspero, el charcutero de mi barrio, que se está enriqueciendo. Y si a don Próspero se le rompiere una pierna, me consolaré pensando que ahora podría yo andar mejor por la vida. La gran desigualdad provoca admiración, mientras que la desigualdad mínima provoca envidia y ojeriza: invidia non est inter multum inaequales, sed ad illos tantum, quibus potest quis se aequare vel praeferre. El estudiante que se dirige a pie desde su barrio a la Universidad, odia solo un poquito al compañero que va montado en un modesto automóvil; pero el dueño de ese automóvil se muere de envidia cuando es adelantado por un vehículo deslumbrante y de afamada marca. A veces lo envidiado es igual o parecido a lo que el envidioso tiene; pero la imaginación inconsciente lo deforma y lo agranda. Por eso dice el refrán que el envidioso hace de los mosquitos elefantes.

Tercero, lo que al envidioso le molesta no son tanto los valores materiales del otro, sus cosas, cuanto la persona misma poseedora de esos valores. Aunque siente el bien del otro como mal propio, dirige un odio mucho más profundo a la persona que tiene el bien: su mal propiamente dicho es aquella persona colmada de tantos bienes. Y por eso dirige contra el otro una parte de su carga agresiva, queriendo anularlo: no pretende obtener sus bienes, sino destruirlos y, a ser posible, destruirlo a él también. Su envidia es sádica; viene a decir: si yo no puedo tener eso, haré que no lo tengas tú”.

Cuarto, cuanto más favores, atenciones o regalos haga el provocador al fascinador, más fuerte será en éste el deseo de eliminar a aquél, pues la dádiva le recordará siempre que él está en un grado inferior o de carencia. Y aun cuando se lograra una perfecta justicia igualitaria, siempre quedaría la desigualdad de inteligencia y de carácter, la cual sería motivo de envidia.

Quinto, como la mayoría de las veces el fascinador no puede destruir al otro y, además, no puede soportar la idea de que le sobrevivan las personas afortunadas, dirige contra sí mismo la otra parte de ese odio agresivo: no sólo quiere destruir al otro, sino destruirse a sí mismo; es autodestructivo, autodevorador, siendo su lema: «prefiero morirme antes que verte feliz!». El fascinador es también masoquista. De ahí que digamos que alguien se muere de envidia.

Sexto, el fascinador nunca descansa: ni siquiera la expropiación forzosa de la fortuna del otro, en sentido igualitario, logra apagar su envidia. Por eso, si la envidia fuese fiebre, todo el mundo habría muerto, dice el refrán.

Tomado de “Ontología del amor humano en Tomás de Aquino”, (Ed. Rialp 1999), publicado en www.arvo.net

Ana Mª Romero Iribas, “La tarea más personal, vivir”, Nuestro Tiempo, VI.04

Eso había sido un descubrimiento. Tras vivir inmersa en el torrente vital que caracterizó los primeros años en el mundo profesional, vi con claridad que vivir se perfilaba como algo más que un mero “sobrevivir”: que vivir era una tarea, y una tarea apasionante que –con palabras de Ortega– “me han dado pero no me han dado hecha”. Comprenderla así era como tener en las manos un libro: un libro en blanco que a cada uno nos corresponde escribir y que se redacta dando comienzo a la historia fascinante de vivir. Desarrollar esa historia exigía vivirla con protagonismo, en primera persona, evitando que fueran los acontecimientos , las circunstancias o las personas los que “me vivieran” a mí. Este protagonismo -propio de la vida humana a diferencia de la animal y vegetal- hacía que vivir se convirtiera en aventura, y que fuera tarea: el trabajo que yo tengo por delante para hacer de ella lo que quiero que sea; para hacer de mí lo que quiero ser. Para ir adonde quiero llegar.

La vida es tarea porque hay que trabajarla si quiero vivirla desde la más íntima libertad personal y no sólo de modo superficial. Eso la convierte en algo a veces difícil y costoso, pero apasionante, fascinante, porque al obligarme a poner en juego mi libertad más honda, pone en juego todo mi ser SOÑAR EL PROYECTO VITAL La vida se presenta ante nuestros ojos como senda hacia el horizonte, puesto que se percibe como algo que yo —dentro de unos límites— crearé, diseñaré y realizaré. Este hecho es una perspectiva que llena el alma, que la hace respirar hondo, y que se nos presenta a cada uno al despertar la juventud. La juventud es precisamente el momento biográfico de soñar la propia existencia, de crearla en el interior de cada uno y de compartirla en conversaciones nocturnas mirando —a oscuras— el techo de la habitación: qué seré, adónde llegaré, cómo será mi vida, con quién quiero compartirla… En esos momentos, soñar la propia vida es poner alas al alma y hacerla navegar por los mares de lo desconocido para que escoja en ellos lo que le es afín. Mares desconocidos porque esas preguntas, los deseos de infinitud y los anhelos de grandeza, son lo mismo que imaginaron los grandes conquistadores cuando lanzaron sus naves al mar. Comenzaban la singladura habiendo soñado una meta y queriendo llegar a ella, pero desconociendo lo que en el viaje les aguardaba.

Ser joven significa soñar la propia vida, y soñar es buscar horizontes: buscar los horizontes en los que se va a realizar. Para eso se requiere pasear el alma, la mirada: lanzarla a pensar, a desear y a querer infinitamente. Llevar la mente y el corazón por las alturas más grandes y por los más profundos abismos; por los picachos agudos y los verdes valles, por las arenas desérticas y por los hielos eternos, por los volcanes fogosos y las selvas más exuberantes. Por lo aparentemente inalcanzable, por los ideales más altos y bellos: cambiaremos el mundo, seré alguien importante, en nuestro futuro habrá paz… Así lo expresaba W. Whitman en uno de sus poemas más famosos, “¡Oh! ¡Hacerme a la mar en un navío! Abandonar esta intolerable tierra firme (…) Abandonarte, oh, tierra sólida e inmóvil, embarcarme en un navío, Y ¡navegar, navegar, navegar! ¡Oh! ¡Hacer de la vida, desde ahora, un poema de nuevas alegrías! (…) Ser marinero del universo, dirigirme a todos los puertos.” De la misma manera que para soñar la propia vida hay que llevar al alma por las alturas de los grandes deseos e ideales, no podemos dejar de pasearla también por la vida cotidiana, por —tomando un término de Tolkien— la Tierra Media, tan llena de bellezas y de verdades personales, quizá más ocultas o menos grandiosas, pero igualmente esplendorosas cuando se sacan a la luz: el esfuerzo que mis padres han realizado para que yo haya llegado aquí y sea así; el trabajo poco vistoso de tantos “normales” como yo, que dedican ratos libres y vacaciones a colaborar con una ONG , esas personas grandes que han pasado por nuestro lado y nos han dedicado sus energías y su tiempo… tantas y tantas cosas. Pasear la mirada y el alma por la “tierra media” es una actividad valiente y necesaria para percibir que lo grandioso de la tierra se ha hecho con cosas pequeñas o rutinarias y aparentemente insignificantes.

Y soñar así no es una tarea inútil, ni una pérdida de tiempo ni la ingenuidad del iluso que no sabe lo que es verdaderamente la vida. No. Soñar es lo que hace el valiente y el audaz, el que conoce que habrá dificultades, cansancio, rutina, inquietudes, incertidumbres y mil cosas más, pero no por eso niega la existencia de una tierra más allá de todo eso: la tierra que quiere conquistar. Como enseñaba el famoso profesor Keating a sus alumnos, “sólo al soñar tenemos libertad”..

Pero, ¿cómo se sueña?, ¿quién sueña? Pues soñar tiene sus condiciones. Se necesita un espíritu libre: inteligencia abierta, voluntad decidida, corazón grande y valeroso, y no sólo un alma pequeña. El alma pequeña es un espíritu atado al realismo encarcelante que no deja mirar más allá de los propios zapatos; es decir, más allá de lo que parece perfectamente posible y alcanzable. O el que se ata a la falsa felicidad de una vida cómoda y perfectamente calculada, y sin lugar para el riesgo, o lo inesperado… ni para que la vida haga que probemos y descubramos quiénes somos verdaderamente. Pues si hay algo que caracteriza al hombre frente a otras especies es precisamente que es capaz de innovar, de reaccionar ante una situación que nunca antes se había presentado y de hacerlo desde dentro de sí mismo, y siendo yo: Beatriz, Juan, Alejandro. Sin imitar lo que hace… mi padre, mi mejor amiga, lo que hace todo el mundo, lo que me han dicho que haga, lo que hace esa persona que admiro tanto. Manuel García Morente afirmaba en su “Ensayo sobre la vida privada” que “para ser persona no hace falta ser un genio (…). Basta con querer ser lo que realmente se es, sin dejarse sobornar por lo que ‘se’ dice, ‘se’ piensa, ‘se’ siente, ‘se’ cree; basta con resolverse enérgicamente a aquilatar en la intimidad del yo las mercancías que circulan en los bazares colectivos; basta con tomarse la cuenta de la vida. Pero esta actitud requiere cierto esfuerzo, resolución valerosa. Más cómodo resulta descansar en las convicciones ya hechas y recibidas de fuera, dejarse vivir en la grey, arroparse en los abrigos construidos por otros, que hacerse uno mismo sinceramente su propia vida, grande o pequeña”.

Sabe y puede soñar quien reconoce en su interior la llamada a ir más allá de la inmediatez, de lo que hago ahora mismo y de lo que haré este año. Quien vislumbra en su interior un destino personal y el deseo de cumplirlo. Eso es ser joven y poseer la riqueza de la juventud. La juventud se reconoce como un tesoro de la vida del hombre no sólo porque suponga plenitud de fuerzas y salud: sino fundamentalmente porque es el momento biográfico que le lleva a formular el proyecto de vida, el rumbo por el que marchará hacia el horizonte, la senda que ha de recorrer. Porque es el momento de mirar hacia adelante. Porque se ha dejado atrás una niñez centrada inadvertidamente en uno mismo, y se ha liberado de la inestabilidad de la adolescencia. Al encontrarse por primera vez consigo misma y con un gran mundo alrededor, cada persona es capaz de mirar hacia delante y ver en lontananza el futuro que quiere para sí.

Ese descubrir el mundo de alrededor supone, en primer lugar, saber quiénes somos nosotros mismos. Y por eso me decía una vez y con mucha razón Sara, que “no hay nada más bonito que encontrarse a uno mismo”. Porque poder decir “yo” sabiendo qué es lo que pienso, qué es lo que me gustaría o quién soy ahora mismo, es el paso previo a definir el proyecto vital.

Así pues, la tarea primera es tener un proyecto de vida: los sueños: quién y qué quiero ser; para quién quiero ser y vivir; cómo quiero ser y vivir.

EL TRABAJO QUE LA TAREA IMPONE Después llega el trabajo que la tarea impone: cómo voy a realizar, cómo realizo en mi vida de cada día eso que he soñado que soy y que seré. En eso consiste el encontrar el propio “lugar en el mundo”, que es el título de una buena película argentina de A.Aristaráin. Su protagonista se enfrenta a una vida algo difícil, pero acaba convencido de que tiene y encontrará su lugar en el mundo: el hueco, el sitio desde el que llevar a cabo la tarea de vivir, pues parece que no se hace desde cualquiera. Esto último tiene su parte de verdad porque no todas las tierras dejan florecer las mismas plantas: las hortensias se ahogan sin humedad, los geranios soportan bien situaciones extremas, la buganvilla sólo crece si hay abundante luz. Pero hay que saber también que el lugar de cada uno en el mundo no es tanto un espacio externo como un ámbito interior. Ese “lugar en el mundo” es más un modo de enfrentar la vida, las cosas y las circunstancias que un bello edificio externo en el que nos podamos refugiar. El lugar de cada uno en el mundo es su hogar, y el hogar está siempre ligado a la intimidad: al mundo interior que hay dentro de cada uno y a la capacidad de exteriorizarlo, de forma que podemos “hacer casa” casi de cualquier lugar porque sabemos volcar en él nuestra interioridad, y al hacerlo así éste se vuelve reconocible y habitable.

Sólo los lugares que quemen o ahoguen nuestras raíces se vuelven inhóspitos para nosotros, puesto que las raíces (mis principios, mis ideales, etc.), son el origen de la propia vitalidad y por tanto de la interioridad.

El encontrar el propio lugar en el mundo es la tarea de la primera madurez, pasada ya la juventud. Es el momento de empezar a poner por obra todos aquellos sueños que bullen en nuestro interior y que deben ser nuestro norte, el rumbo y el horizonte al que muchas veces habremos de dirigir la mirada para decirnos una y otra vez que sí, que seguimos detrás de ellos… aunque hayamos descubierto que alcanzarlos es una tarea esforzada y a veces costosa y difícil.

Para algunos, encontrar el propio lugar en el mundo pueda quizá parecer trivial, o innecesario (para quienes resulte “evidente” que todos tenemos un lugar); incluso puro romanticismo. Pero para muchas personas, encontrar el propio lugar es la única manera de vivir. Mientras tanto, se puede sobrevivir, es decir, se puede ir pasando por la vida, se puede ir paseando por los días, pero las cosas no se integran de modo unitario dentro de nosotros.

Encontrar el lugar propio es necesario para realizar la vocación vital. Y como la vocación es algo que se lleva dentro, “mi lugar en el mundo” no es tanto un lugar físico que yo haya de encontrar como un modo de vivir que he de aprender a desarrollar, allá donde me encuentre, y sean cuales sean las circunstancias. Pero darse cuenta de esto, quizá, no sea fácil y supone tiempo, atención a los acontecimientos, confianza, diálogo y paciencia.

Necesita tiempo y paciencia porque un camino que al principio podía resultarnos intrincado para nuestro modo de ser o para nuestros deseos, acaba abriéndose en un claro que nos permite sentarnos a recopilar nuestras aventuras y darlas a conocer facilitando así a otros el camino que nosotros hemos hollado ya. Para llegar al claro hay que andar, hay que esperar, y hay que confiar. Porque aunque el hombre sea un coleccionista de seguridades, y nuestra vida se asiente sobre ellas, la vida es en sí misma aventura además de tarea, y hay que admitir que en ella hay que dejar espacio al misterio, a un cierto riesgo o a la incertidumbre. A pesar de que tratemos incansablemente de convertir la vida —un terreno pantanoso— en suelo firme, quedan cosas que escapan a nuestro control: siempre habrá cierta incertidumbre respecto al futuro.

Y aunque esa es nuestra inclinación, es poco humano vivir constantemente de seguridades porque nosotros nos hacemos en el tiempo, somos seres biográficos; es decir, sólo somos dueños de nuestro presente y sólo con él podemos jugar a favor de nuestro crecimiento personal.

El diálogo es un elemento imprescindible para encontrar nuestro lugar aunque aquí sólo vamos a mencionar su importancia. Aprovechar la experiencia de quien ya ha tenido que hacer esa tarea; saberse comprendido en los momentos de dificultad; aprender a reconocer la verdad; aprender a mirar el horizonte; no vivir en soledad, que es lo más duro del caminar, como ya reconoció el mismo Aristóteles en su Etica: “No es fácil en soledad estar continuamente activo; en cambio es más fácil con otros y respecto a otros”.

También hay que evitar por todos los medios la comparación, el mirar a los lados del camino, o a las vidas ajenas. Mirar a nuestro lado, a los que nos cruzamos en los caminos de nuestra historia para aprender, siempre es positivo, pero deja de serlo cuando tomamos como propios sus parámetros de existencia. Cada camino es distinto aunque no lo parezca, porque aun siendo el mismo el sendero a recorrer, es distinto el calzado, el paso de quien lo recorre, la altura del sujeto, el talante y el estado de ánimo de quien lleva esos zapatos. Incluso el día en el que se recorre. Pues no es lo mismo andar con sol y calor, que hacerlo en un día primaveral; no es igual andar con barro en los zapatos que con ellos limpios; no es lo mismo estrenarlos, que usarlos cuando la horma se ha hecho a nuestro pie. Tantas cosas son diferentes, que la comparación al final no puede resultar más que negativa o inútil. Mirar hacia adelante y mirar hacia adentro de nosotros es lo que nos dará la clave verdadera de cómo recorrer la senda. Porque mirando hacia delante, veremos cómo se dibuja el camino y nos daremos cuenta de cómo encontrar la mejor manera de recorrerlo. Y para saber cómo hacerlo hemos de pararnos primero a escuchar lo que nos dicta nuestro interior y tener la valentía de saber actuar desde nosotros mismos, de buscar respuestas en nosotros, de actuar desde nuestra propia libertad. Porque en algún momento, nos encontraremos con dificultades, obstáculos o encrucijadas… y no siempre habrá a nuestro lado un amigo, un maestro o compañero fiel que nos aconseje o nos acompañe por él: sólo desde nosotros mismos podremos responder, actuando desde lo que somos y sabemos.

Una tentación frecuente al caminar, al tratar de cumplir esa vocación vital que cada uno descubrimos y tenemos, es la de rendirse ante los obstáculos que se presentan. Y oyendo de nuevo a García Morente sabremos que, “la vida privada hay que hacérsela, hay que conquistarla. No basta con existir para tenerla. Querer ser lo que realmente se es. Ahí está la clave”. Y eso supone, como me escribía una amiga, “ser capaz de asombrarse, de profundizar, de no dar la espalda a la inquietud de encontrar respuesta a las realidades más profundas y complejas”.

LA FORJA PERSONAL Lo que hay después de los sueños es el trabajo por realizarlos.

Y eso es una tarea algo más costosa y difícil que simplemente soñarla. Pues para soñar basta con tener alma grande, imaginación y capacidad de asombro. Pero para realizar los sueños, para la forja del hombre, de la persona, se necesita algo más que eso.

Aun suponiendo un esfuerzo importante, la forja personal, la dificultad de roturar el camino, de crecer, de seguir madurando, de sacar una y otra vez de nosotros cuando ya parecía que no había más, tiene también para la persona un atractivo, una grandeza especial.

¿Conoces las alegrías del pensamiento meditativo? ¿Las alegrías del corazón libre y solitario, del corazón tierno y sombrío? ¿Las alegrías del paseo triste, del espíritu agobiado pero orgulloso del sufrimiento y de la lucha? (W. Whitman, “Hojas de hierba”).

Vivir es crecer constantemente. Y el crecimiento implica estiramiento personal, sacar de donde parece que no hay, como el tallo de las plantas o los huesos de los niños. Implica mirar hacia arriba o hacia delante para alcanzar la meta que la mirada no pierde de vista. Implica confiar en uno mismo: en que no me he engañado cuando he visto la meta, la he admirado y he decidido que ella sería la que quería tener para toda la vida.

Ese crecimiento está acompañado por un cierto dolor, un cierto sufrir. El de superarse constantemente para alcanzar el rayo de sol que se ve al final y que necesitamos para vivir. El de no desanimarse cuando todo se oscurece o nos sentimos sin fuerzas para seguir adelante. No es solución pararse ante la negrura o la oscuridad, pues hay una parte de la vida, de nuestro camino, que se hace al andar. Y sobre todo hay que aceptar que en la vida hay tramos que se caminan en cierta oscuridad, como ocurre a la Comunidad del Anillo cuando se adentra en las Minas de Moria. En esos tramos, el mismo andar forja la meta y abre el camino. Los sueños que perseguimos se realizan en el mismo avanzar.

Pero la oscuridad nunca es total cuando se vive enamorado. El motor más importante para hacer realidad los sueños es precisamente el amor: vivir con la convicción de que hay un tú que espera de mí todo eso y lo mira con un cariño y una ilusión única. Saber que no hay un solo esfuerzo que caiga en saco roto porque todos son valorados. Tener la íntima alegría de compartir los logros; experimentar la certeza de no estar nunca solo: ni en los momentos nuevos, ni en los difíciles, ni ante las cosas o personas que nos inspiran temor. Tampoco en los tropezones, los errores, las equivocaciones o los fracasos Vivir la vida no desde el “yo”, sino desde el “nosotros”. Estar en el mundo no “para mí”, sino “para nosotros”. Ese es el motor fundamental del alma que se ha embarcado, que ha dejado atrás la orilla para lanzarse en pos de sus sueños. Por eso, el descubrimiento del amor en la vida del hombre, pertenece de modo íntimo e intrínseco a su realización como persona. Sin él las cosas tienen un sentido limitado, plano, y de resonancia escasa. El amor es configurador, es motor de crecimiento y de superación.

La mirada del amor hace crecer a la persona y le hace descubrir el mundo y la vida de un modo diferente. Hay quienes no necesitan para crecer más que la mirada del otro. Esa es su lluvia y su sol. Su ser se desenvuelve y despliega de modo asombroso, sólo porque hay un “tú” (persona amada, amigo, padre, madre…) que lo mira. Y es maravilloso descubrir personas llenas de mundo interior y de espacios que se iluminan… y que ese mundo se ha creado en ellas precisamente porque hay un tú, un alguien que lo mira con sorpresa, con admiración y con “ingenuidad”. Es como si hubiera una inmensa reciprocidad: uno descubre personas llenas de mundo… que a su vez han sido capaces de crearlo, porque yo lo he mirado. El encuentro entre las personas, la apertura y el darse, es lo que las hace realizarse más plenamente, lo que las hace ser más. La persona se realiza y despliega en la autoentrega, en el otro, en el darse y ser recibido. Ser persona es ser relación a, es ser para alguien.

BUSCAR Y ENCONTRAR MAESTROS DE VIDA Para quien ha comenzado a recorrer el camino de la existencia personal con protagonismo y profunda libertad, o para quienes perseguimos con empeño la tarea de vivir una vida intelectual en medio del tráfago de la existencia, buscar y encontrar maestros de vida es una necesidad indeclinable. Necesaria para poder avanzar en esa tarea y también para conservar el alma de filósofos en el vertiginoso transcurrir del día a día. Todos necesitamos de esos maestros, guías en la existencia, que nos hacen el camino más fácil porque se cuenta con su compañía, su sabiduría, su experiencia, su consejo y también con su exigencia. Los maestros muestran con su existencia el arte de vivir encarnado. Hacen atractiva la meta y motivan aun en los momentos penosos del camino porque se reconocen en ellos los valores, los ideales o los sueños que nosotros perseguimos todavía.

Los maestros suponen una guía, y una compañía en el recorrido porque han alcanzado ya lo que nosotros estamos todavía comenzando. Ellos suponen la seguridad de saber que se puede llegar al final del camino, y —sobre todo— facilitan el recorrido porque nos muestran cómo se anda por él. Muestran con su modo de vivir. Como escribió A. Ruiz Retegui a este propósito, “las lecciones del maestro son manifestación de búsqueda personal y libre de la verdad: son lecciones magistrales. La actividad del maestro es rica y densa pues supone la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas (…) Las lecciones magistrales son una muestra de libertad y por eso forman en libertad. La actividad del maestro requiere una gran intensidad de vida intelectual y personal. Esa actividad expresa la libertad al más alto nivel pues es mostrar la actividad investigadora y de relación con la realidad desde el más hondo foco personal. El maestro muestra el alma al mostrar que su acción es verdaderamente suya y no tomada en préstamo de otro.” Encontrar maestros, sin embargo, no es a veces tarea fácil para quien advierte su necesidad. Precisamente porque el maestro muestra el alma en su actuación, no sirve cualquiera, ni es el mismo para todas las personas, ni siquiera para todas las que comparten una misma inquietud. La relación del maestro y el aprendiz supone “la puesta en juego de las energías personales más íntimas y verdaderas”. Y esa apertura de la intimidad, ese entreveramiento de intimidades que en cierto modo se da en ella, requiere conexión de las almas y un ambiente propicio para el encuentro entre el aprendiz y el maestro. Quien desea un maestro de vida debe, por tanto, estar muy atento a los acontecimientos y personas de su alrededor.

Estar atentos a las personas puede resultar más sencillo. Pero también es importante estar atento a los acontecimientos, a lo que la vida va depositando a nuestro lado en la orilla, a lo que no se va con la corriente, a lo que permanece con nosotros a pesar del color cambiante del cielo y del constante fluir del agua. Porque en eso que la vida va dejando a nuestro lado —si somos capaces de advertir que está ahí— aparecen los tesoros. Y quien nunca hubiéramos pensado que lo fuera, se perfila como el maestro personal.

Habrá para quienes la búsqueda del maestro no sea dificultosa. Pero para los que esto no resulte tan sencillo sirve aquello de García Morente de “atender a una vocación histórica imperiosa”. Es decir, de no dejar morir en nosotros el deseo de encontrarlo. Porque en ese recorrer el camino, lo que estamos pretendiendo, lo que estamos haciendo, es ir en pos de la verdad personal, en busca de la verdad de la propia existencia que es la búsqueda de la vocación vital.

LA AVENTURA DE VIVIR Al final, nadie puede sustituirnos a cada uno en esta andadura, que es una andadura de libertad, y eso despierta en nosotros cierto miedo y al tiempo pasión: temor a equivocarse y afán por vivir con protagonismo la existencia aventurándose, adentrándose en ella. Al hilo de una conversación así, me decía Jaime que esto supone todo un planteamiento vital: protagonizar la aventura por excelencia que es la propia vida. Me la comparaba –con gran acierto– con dirigir una película haciendo de director, realizador, protagonista y chico de los recados. En esos momentos, seguía describiendo, “Spielberg es a tu lado un farsante porque no actúa sobre la realidad. Tú sí. Tú consigues que cada plano pase a la posteridad y no termine arrinconado bajo una capa de polvo en un almacén cualquiera. Porque tus planos son reales y tienen la capacidad de cambiar el mundo. Aunque sea un pedacito. Pero el mundo se cambia así: a pedacitos; con vidas que provocan cambios en otras vidas.” Este planteamiento vital puede suponer cierta incomodidad: la que tiene forma de inseguridad y es resultado de no tener la certeza de ir por el camino adecuado, y como consecuencia tener que empezar de nuevo. Andar, vivir, es saber con certeza que te vas a equivocar alguna vez. Y sin embargo, eso no nos excusa a nadie del deber de luchar por encontrar y vivir la vocación personal.

También puede resultar incómodo porque, seguía argumentando Jaime, “lo cómodo es lo fácil, lo que no exige esfuerzo, el dejarse llevar –incluso en lo bueno–, el andar por caminos bien asfaltados, el vivir sin salirse de unos parámetros que impidan la agitación interior, el no llamar la atención, el creer lo que me conviene, el no preguntarse demasiado por nada, el “dar el pego”, la monotonía, lo esperable, el hacer por hacer.” Para vivir en primera persona se requiere –por tanto– valentía: quizá hayamos de romper moldes, abrir nuevas sendas o caminar en dirección contraria a la de la mayoría. En ocasiones nos tocará caminar en soledad o podremos sufrir la incomodidad y la angustia de la incomprensión… El coraje es un arma imprescindible para actuar así, como lo es la responsabilidad para asumir los riesgos que toda búsqueda y realización implican.

Este modo de vivir exige también la generosidad y grandeza de alma de no exigir a todos que nos entiendan; o la de saber perdonar y disculpar a quienes ponen piedras en nuestro camino por envidia, ignorancia… o incluso por bondad. No todos somos iguales, ni vemos la vida igual. No todos vemos con la misma hondura. Pero quien tiene la suerte de percibir la vida así, como tarea apasionante, y es consciente de que tiene en ella un papel importante (lo cual no depende de la trascendencia externa o apariencia exitosa), no puede ni debe renunciar a eso. No puede retirar la mirada de su interioridad y traicionar a su más íntimo ser, a la llamada que desde él está percibiendo, sólo porque muchos otros no la perciban o porque nuestro entorno nos dirija llamadas acuciantes –las de la prisa diaria- que aparentemente no pueden esperar más.

Frodo, Gandalf y Aragorn, los personajes de Tolkien, nos sirven a este propósito para entender que se necesita cierta capacidad para la soledad y paciencia. En la larga peregrinación a Mordor, cada uno de ellos guarda para sí ciertos datos, pensamientos o temores de los que no hacen partícipes al resto de la Compañía, porque parecen considerar que no es necesario cargarlos innecesariamente sobre los demás. En su viaje, como en el de la vida, se necesita cierta capacidad para la soledad y también paciencia. Pues se puede sentir el cansancio de vivir en permanente búsqueda al tiempo que estamos en el día a día del trabajo, los amigos, la familia, las relaciones profesionales… Haciendo que todo ello funcione lo mejor posible, a pesar de que son de momento piezas de un puzzle que no acaban de encajar. Y para sobrellevar la inquietud que aguijonea cuando nadie a nuestro alrededor parece sentir esa necesidad de integrar todas las cosas, o parece tenerlas feliz y pacíficamente integradas desde hace mucho tiempo. Porque la tranquilidad puede convertirse en un bien ardientemente deseado en el a veces tumultuoso buscarse, encontrarse, entenderse, poseerse y así poder entregarse.

¿Y cómo saber que se ha llegado a la meta? Simplemente, se sabe. Y cuando la búsqueda ha sido constante e intensa, de gran implicación personal, el descubrimiento produce una alegría íntima y especial: nada explosivo, ni apasionando, ni tampoco un alborozo exagerado. Se trata más bien de un sentimiento de serenidad, de equilibrio, una satisfacción honda, un regusto de plenitud personal. Y eso es lo que nos permite, una vez alcanzada la meta, esta meta, volver al camino de nuevo, pues la vida está llena de principios, de nuevas etapas que comienzan.

Ana Mª Romero Iribas a_romeroiri@hotmail.com

José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04

Cuando se habla de adicciones, lo común es pensar en las drogas. Pero resulta cada vez más claro que las toxicomanías son solo una modalidad de dependencia. Hay personas preocupadas de modo compulsivo por el sexo, el aspecto físico, el trabajo, el juego… Con droga o sin ella, el fenómeno tiene la misma raíz, que está en la persona, según explica José Luis Cañas, especialista en adicciones.

José Luis Cañas Fernández es profesor de Hermenéutica y Filosofía de la Historia en la Universidad Complutense (Madrid). Investiga el problema de las adicciones desde 1993, y en 1996 apareció su primer libro sobre el tema, De las drogas a la esperanza (Ediciones San Pablo). Acaba de publicar el manual Antropología de las adicciones (Dykinson, Madrid, 2004), con la intención de que sirva de referencia teórica a los profesionales que trabajan en la lucha contra las dependencias –en especial, a la Asociación Proyecto Hombre–, desde una visión del fenómeno adictivo centrada en la persona.

Entrevista de Ignacio Fernández Zabala en Aceprensa 16/6/2004 Continuar leyendo “José Luis Cañas, “Por qué se extienden las adicciones”, Aceprensa, 16.VI.04″